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Ver productosResumimos a continuación de forma telegráfica las ideas principales de los ponentes que intervinieron el pasado viernes en el Seminario sobre buenas prácticas internacionales de apoyo público a la familia. Los que aquí no aparecen es porque han sido tratados de forma más extensa en posts separados (Véase los enlaces al final). La francesa Ludovine de la Rochère propuso renovar la política familiar para evitar que se “deconstruya” a la familia.
Manuel de Soroa y Suárez de Tangil. Vicepresidente de la Fundación Universitaria San Pablo CEU.
Cita al cardenal Gomá: “Desquiciar a la familia” es “desquiciar la sociedad” / Desligar el sexo del amor y de la procreación daña a la convivencia social.
Lourdes Méndez Monasterio. Presidenta de Familia y Dignidad Humana.
El valor central del matrimonio, hay que apoyarlo y hay que protegerlo / Todos los Estados le deben la máxima consideración / Enemigos de la familia: el laicismo (“deconstruir” la familia), el “practicismo”, la ideología de género.
Ludovine de la Rochère. Presidenta de la Manif pour Tous. Francia.
(Jaime Mayor Oreja habla de Ludovine de la Rochère como “la aurora”)
Ventajas para la familia en el derecho francés, tras 1945: económicas y fiscales / Objetivos de esas ventajas: la renovación generacional y conciliar la vida laboral y la vida familiar / Gasto en familia en Francia: el 3,1 del PIB; en Europa, de media, el 2,7% / Ayudas: a la familia independientemente de la condición económica de la familia; prestaciones a partir de los dos hijos; ventajas fiscales; prestaciones para el cuidado de los hijos y para la baja de maternidad: hasta 3 años en Francia / Resultados: tasa de natalidad alta en Francia, 2,1%, pero cae en la época Holland: 2,01 en 2013-14: ya no se llega al umbral de la renovación generacional / Cambio de tendencia social: impacto sobre las familias de las cuestiones antropológicas y éticas como la inseminación artificial y la maternidad subrogada / Cifras alarmantes: más de la mitad de los niños franceses (6 millones) ya nacen fuera del matrimonio / El matrimonio se degrada / La política no se anticipa a estas dificultades: “Si alquien quiere fundar una familia numerosa, allá él”; “ayudar a los que tienen familia, allá ellos” / “Va ganando terreno la idea de que la solidaridad horizontal no es algo bueno para todos y se olvida la necesidad del cambio generacional “/ Algunos perciben la familia como “un lugar de injusticia y de desigualdad” que se transmite a los hijos en el seno de la familia / “Hay que deconstruir a la familia”, dicen: Holland ataca con la deconstrucción; los “gay” pueden adoptar; menos prestaciones, que llegan a ser “ridículas e imponibles”; más impuestos; de los tres años de permiso tras la maternidad, uno se lo tiene que tomar el hombre, con lo cual en el 86% de los casos se queda esa baja maternal en dos años; el índice de fecundidad ha caído fuertemente a 1,96 en Francia en 2015; dos hombres y dos mujeres también son “matrimonio”/ Combate: hay que luchar por la Familia en todos los campos de la acción política (las 50 propuestas de su institución) como el respeto al interés superior del niño en la Constitución; largo plazo: los políticos hablan de ayuda a la familia pero mirando solo al pasado, sin tener en cuenta los problemas de ahora: bioéticos, biológicos, antropológicos, éticos. “Es hora de renovar nuestra política de familia”.
Kresimir Planinic. Cofundador de In the Name of the Family y de Mary’s Meals Croatia.
Hay ya la “originalidad” de quien “se casa consigo mismo”: el “matrimonio” de uno con uno mismo / La institución de Planinic ha conseguido que la Constitución croata defina el matrimonio en su artículo 62.2 explícitamente como la unión “de un hombre y de una mujer” / Ser proactivos / La educación sexual adecuada / Que se ame y se proteja a la familia / Nunca desfallecer en esta actitud.
Martin Patzelt. Diputado del Bundestag.
Tener una vida lograda no es solo cuestión de vivienda y comida / La familia y los hijos, fuente de felicidad, pero los hijos no están ahí para hacer felices a los padres, los hijos no son mi propiedad / Se desea tener hijos, pero el 35% de los niños ya no viven en familias tradicionales; el 20% en familias con solo mujeres / Los compromisos en democracia y la dificultad de compromisos en una sociedad democrática por lo que se refiere a política familiar.
Beatriz Elorriaga. Concejala del Ayuntamiento de Madrid, ex consejera de Familia y Asuntos Sociales de la Comunidad de Madrid.
Sensibilizar a la sociedad / En Servicios Sociales he visto mucha tragedia, mucho dolor / Ayuda a la familia en todos los ámbitos
Mariano Calabuig. Presidente del Foro Español de la Familia.
1,13% del PIB es la inversión en España en familia: Faltan 12.000 millones al año para ponernos a la altura del entorno / Retirar las leyes que atacan a la familia / Pacto nacional por la familia / Pacto nacional por la educación / La visión cortoplazista de los grupos políticos hace difícil la solución / Entre todos: buscar una solución seria al problema demográfico en España / Las cincuenta medidas de apoyo a la familia del Foro Español de la Familia.
Rafael Fuertes. Director General de la Fundación Más Familia.
Conciliación entre trabajo y familia: una ley no cambia nada / Entender bien la conciliación: cuando la empresa se preocupa por los trabajadores los trabajadores rinden más / Se da mucho dinero público a los planes de igualdad y poco a la conciliación querida desde la empresa.
Antonio Román. Alcalde de Guadalajara.
Usar la palabra familia / Su municipio: ejemplo de buenas prácticas de apoyo a la familia y a la maternidad
Elio A. Gallego. Director del Instituto de Estudios de la Familia. Universidad CEU San Pablo.
En la clausura: Cicerón decía que lo que no se aplaude decae / Propone que se aplauda a la familia
Más información sobre el seminario:
Buenas prácticas en política familiar: valentía y aprender de los mejores
Martínez de Aguirre: “Un episodio de Modern Family se carga cualquier conferencia sobre la familia”
Benigo Blanco: “Política familiar no es lo mismo que política social”
https://youtu.be/RFviy5_0U2U
Cualquiera que lea la biografía del abogado Benigno Blanco (1957) y no sepa más de él quizá se lo imagine como un alto funcionario (ex secretario de Estado de Aguas y luego de Infraestructuras) sin capacidades intelectuales adicionales. Cuando se le conoce, o al menos cuando se escucha una conferencia suya, lo que más bien uno se pregunta es qué hacía un hombre como él con las aguas y las infraestructuras, debido a que su perfil se asemeja más al de los grandes pensadores y oradores que al de los gestores.
Me quedo, pues, con su segunda faceta. Recuerdo, para objetivarla, que en 2011 fue galardonado con el premio San Benedetto que se otorga en Italia a personas e instituciones que destacan por su contribución a la construcción de una Europa comprometida con la tradición cristiana y humanista. Es un galardón que en 2005 fue otorgado ni más ni menos que al entonces cardenal Joseph Ratzinger.
Beningo Blanco clausuró el pasado viernes el seminario sobre Buenas prácticas internacionales de apoyo público a la familia, organizado por la asociación Familia y Dignidad. En él intervinieron Katalin Novák, ministra para la Familia y la Juventud de Hungría, la francesa Ludovine de la Rochère, presidenta de La Manif pour Tous, el croata Kresimir Planinic, cofundador de In the Name of the Family, Martin Patzelt, diputado del Bundestag, Manuel Calabuig, presidente del Foro Español de la Familia, Carlos Martínez de Aguirre, catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Zaragoza y presidente de The Family Watch España; Antonio Román, alcalde de Guadalajara y Rafael Fuertes, director general de la Fundación Más Familia.
La intervención de Blanco el pasado viernes fue tan brillante, que en vez de trocearla con citas parciales, he decido transcribirla y darla casi por completo. El lector que la lea saldrá ganando, seguro. Aquí van las palabras de Blanco:
Mi función aquí es hoy, simplemente, sacar conclusiones.
Empiezo con la señora Novak, la ministra húngara, cuando ha dicho literalmente: “La neutralidad no es buena opción para gobernar, hay que defender siempre valores”. Y eso es importante. Hemos escuchado a Antonio Román, el alcalde de Guadalajara, los planes que aprueba, los nombres que pone en su municipio, no se puede ser neutro ante algo bueno, y la familia es algo bueno.
Por eso también me ha gustado lo que ha dicho la ministra húngara y luego ha salido también en otras intervenciones de la mañana, de que “las políticas familiares no pueden confundirse con las políticas sociales”. Las políticas sociales son para atender problemas, y la familia no es un problema, es una gozada; como es una gozada, merece ser tratada como algo bueno por las políticas; pero no por ser un problema.
Por eso cuando se habla del tanto por ciento que se está dedicando a las familias en los presupuestos, en realidad se habla de lo que se está dedicando a las políticas sociales. Atender a las mujeres víctimas de violencia de género, atender a los niños desamparados, a los ancianos solos, a los discapacitados que no tienen quienes les cuiden…, no es política familiar; es política imprescindible por justicia, pero eso no es política familiar.
Política familiar es aquella que trata a la familia como algo bueno, al margen de que en ella haya o no haya personas individuales en situación problemática. Merece el apoyo la familia que tienen hijos con problemas y merece el apoyo la familia que tiene hijos sin ningún problema, y merece el apoyo la familia donde se dan situaciones de violencia entre los cónyuges, y en aquellas donde los cónyuges se quieren y se respetan profundamente, porque repito: la familia es algo bueno, y verse tratado por las instituciones públicas como algo bueno, digno de ser protegido, al margen de situaciones de desprotección, injusticia, necesidad o insuficiencia de atenciones.
Tendría que haber una política que trate a la familia como tal, como algo bueno, y esto todavía no existe en ningún país europeo. Son procesos que llevan su tiempo… Sí parece evidente que hemos dado un salto positivo en las últimas décadas, y es que se habla mucho de familia. Que en España tengamos este seminario demuestra que también en España hablamos de familia.
En Europa se impone cada vez más la constancia de que una sociedad sin una consistencia familiar cualitativamente sólida es una sociedad con problemas estructurales muy difíciles de resolver. El divorcio es la mayor causa de pobreza femenina en la Unión Europea. La ruptura de las uniones son la mayor causa de falta de socialización de los niños y de los jóvenes. La ausencia de las familias es una de las causas determinantes del abandono de las personas de la tercera edad, y cuando esa situación de falta de familia afecta a una minoría de la sociedad, es relativamente fácil para las políticas públicas suplir, cuando va afectado a sectores mayoritarios de la población, es inviable para las políticas públicas sustituirla.
David Cameron, aunque no sea santo de mi devoción, decía algo cierto: que compensa invertir en la familia para no tener que invertir mucho más cuando esta falte y con mucha menos eficacia que la familia. Por eso invertir en las familias por ser buenas es el gran requerimiento de nuestra época que se ha puesto de manifiesto en todas las intervenciones a lo largo del día de hoy, pero con una política familiar, no como una parte de las políticas familiares.
Todos los ponentes han comentado aquí también que las políticas familiares han de ser transversales. No se trata tanto de que haya un Ministerio de la Familia, que bendito sea si lo hay, se trata de que el ministro de Industria haga política industrial pensando también en las familias, de los que consumen energía, y lo mismo el ministro del Trabajo, y el de Hacienda, viendo cómo el presupuesto incide en los ingresos y gastos en las familias. Y así con todos. Esa transversalidad de las políticas familiares es fundamental y hay que conseguirla, porque repito: no se puede hacer pintar de verde familiar las políticas un poquito sin introducir conceptualmente en el seno de todas las políticas públicas esa perspectiva de familia, porque por ejemplo lo que pasa en la familia incide en el rendimiento laboral, y viceversa.
Me resultó muy atractivo el final de la intervención de la señora Novák cuando hablaba de una sociedad amable con la familia. La familia es fuente de felicidad, y sin embargo nuestra sociedad tiene problemas con la familia. Tasa de natalidad baja, de rupturas altas, etc. Pero seguimos amando a la familia…Las mujeres quieren tener más hijos que los que tienen, dicen todas las encuestas europeas. Se desea que el matrimonio sea para siempre, y si hay una ruptura se vive como un fracaso. Cuando se tienen niños se quiere que sean buenas personas. Uno no sabe cómo conseguirlo, pero se quiere que sean buenas personas. Y si corrompen a tu niño en la escuela, te duele. La naturaleza humana es así, qué le vamos a hacer. Gracias a Dios. Y por lo tanto hay un sustrato fuerte y sólido para reconstruir una sociedad amable con la familia. Es cuestión de ponerse a ello. Y además en ese ponerse a ello, hay que tener en cuenta lo que decía el representante de Croacia: “Nunca desfallecer”. Hay profundas razones para la esperanza. Que estemos aquí en el siglo XXI hablando de la familia demuestra esperanza. La familia ha sobrevivido al siglo XX, y eso quiere decir que es indestructible. La familia ha sobrevivido a los totalitarismos, a las guerras mundiales, a la incorporación de la mujer al mercado del trabajo, a la revolución sexual, a los anticonceptivos, al género. Ahí está, con problemas como siempre, pero ahí está. La familia es indestructible.
Ahora tenemos que enfrentarnos a los restos específicos de nuestro momento. Esa es la labor que nos toca a nosotros, pero sabiendo que hay razones para la esperanza. Y en la sociedad en que vivimos, ha salido esta mañana, son muy importantes las redes de influencia. Se puede influir desde la política y desde la cultura, desde las iglesias, desde las familias, desde los colegios, con el ejemplo y con la palabra. Se puede aprender del fracaso también para aprender a crear una mentalidad de amor a la familia: la abuela, el alcalde, el periodista, el político…, todos aportan, aporta uno con la experiencia triste de su fracaso matrimonial y otro con la alegría de su no fracaso matrimonial. Y de todos se puede aprender.
Por esto creo, y esto no ha dicho nadie, lo digo yo, que hay que crear dinámicas ilusionadas de procesos aunque no sepamos cómo van a acabar. A mí no me preocupa tanto ocupar espacios de poder en defensa de la familia (el apoyo de este político, aquel consejero, el discurso del otro, una reseña en un periódico, que está muy bien todo). Lo que me ilusiona, lo que creo que es eficaz de verdad, no es tomar espacios de poder sino generar dinámicas, sembrar, ilusionar. Las convicciones de la gente no se forman viendo la tele o escuchando un debate, los criterios se cambian cuando alguien te mira a los ojos y te transmite con convicción algo. Cuando alguien te cuenta su experiencia. Es decir, es en el roce existencia del día a día donde de verdad cambiamos y donde de verdad formamos los criterios para bien o para mal. Y hablamos así no a masas, sino a gente que conocemos y que nos conocen. Por lo tanto todos podemos aportar mucho a crear estas sociedades amables con las familias.
La francesa también lo dijo: para hacer políticas familiares hay que saber lo que es familia. Muchos hablan de familia y no saben de qué están hablando. Dicen matrimonio y no saben lo que están diciendo. Y por eso creo que nos ha venido muy bien a todos la intervención del profesor Carlos Martínez Aguirre recordando lo que es una familia, que yo lo digo así: chico, chica, niño, o chico, chica potencial niño: eso es una familia. Y si falta alguno, no hay familia. Habrá amistad, sexo, puede haber muchas cosas, pero no familia. Y esto es por la propia constitución del hombre y de la mujer, de la naturaleza humana, es una realidad así dada. No hay ideología que se pueda saltar esto. La realidad tiene una gran fuerza, es así. Pero vivimos en una época en la que la realidad ha dejado de tener fuerza normativa. Nuestra época necesita gente enamorada de la realidad de las cosas. Que hable con convicción de cómo son las cosas. De qué es un niño y una niña, para empezar, y de que no son lo mismo. Que luego somos sexualmente libres, por supuesto, pero solo hay hombres y mujeres y no podemos ser otra cosa: un hombre no puede dejar de ser hombre y una mujer no puede dejar de ser una mujer. ¡Cómo no va a ser eso relevante para organizar una sociedad! Tenemos que volver al respeto y al amor a los hechos. A las realidades.
Com habrán visto ustedes también esta mañana, las fórmulas políticas para ayudar a la familia están todas inventadas. Las políticas fiscales en Francia, las más liberales por acá, las más intervencionistas por acá. No es un problema teórico. Pero no todas funcionan igual porque inciden sobre sociedades distintas. La política de ayuda a la maternidad desde De Gaulle hasta Holland (que las está derogando) ha hecho que Francia tenga una tasa de natalidad que permite la sustitución generacional. Y esas mismas políticas, aplicadas en Alemania, con una crisis demográfica ya insoportable, no funciona. Porque falta el sustrato moral. Ni con ayudas económicas funciona. Y sin embargo en Noruega y Suecia, sí se recupera la natalidad, en los paraísos de la revolución sexual cuando yo era joven. No hay reglas fijas. Hay que ver lo que funciona, pero los mecanismos están estudiados. Por ignorancia no será para ayudar a la familia, será por falta de voluntad para llevarlo a cabo. Sabemos cómo apoyar a la familia.
También ha quedado claro en este seminario que no basta con pedir políticas públicas a los gobiernos. Yo a los gobiernos, ahora que no nos oye nadie, lo que les pediría es que nos dejen en paz. Ya con eso habríamos dado un gran paso adelante. Si nos dejaran educar a nuestros hijos con libertad, ya habríamos adelantado un montón. Pero pidamos lo que pidamos a los políticos, luego nos toca hacer mucho a los que queremos vivir en familia. Hay políticas públicas hechas con la mejor intención que provocan el efecto contrario que pretendían. Por ejemplo, las políticas públicas de conciliación. Porque se convierte en una carga para las empresas privadas. Es mejor que las empresas tomen la iniciativa de defensa familiar, sin imposiciones, por convencimiento, porque comprueban que eso ayuda a que sus empleados trabajen mejor. Y es siempre más eficaz actuar “porque me interesa” que “porque me lo imponen”.
Por último, no todo es familia y hay modelos que aportan más a la sociedad, como nos ha recordado el profesor Martínez. Y que tratar igual a lo desigual no es justo. Dar recursos a lo socialmente rentable y a lo que socialmente no es rentable, no es justo. Y esto no es juzgar a nadie. Por eso el modelo de familia que funciona, que nos ha presentado el profesor Martínez, me parece de lo más razonable. Sobre emociones no se puede hacer política. Lo emocional es subjetivo, limitado a este momento, que cambiará. Las políticas deben definirse sobre los hechos. No se puede construir una sociedad sobre emociones, como no se puede construir una familia sobre emociones. La familia se funda en una voluntad, que lleva normalmente emociones positivas, pero que no desaparece cuando las emociones cambian. Reivindico de nuevo la razón, la fuerza normativa de los hechos, el admitir la naturaleza humana.
https://youtu.be/RFviy5_0U2U
Ángel Gabilondo, ex ministro de Educación, portavoz del Grupo Socialista de la Asamblea de Madrid, estuvo en 2011 a punto de alcanzar un pacto para la Educación, como miembro del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. El PP se retiró en el último momento de la mesa por cálculos electoralistas. A día de hoy, unos y otros lo lamentan.
Así lo puso de manifiesto Alberto Ruiz-Gallardón, presidente de la Fundación Ciudadanía y Valores (FUNCIVA) y del Consejo Social de UNIR, en la presentación que ayer hizo de su huésped.
Catedrático de Metafísica, ex rector de la Universidad Autónoma de Madrid, Gabilondo disertó sobre ¿Qué significa acordar?, en el marco de las jornadas con académicos y profesionales que organiza FUNCIVA.
Como suele ser normal en él, el ex ministro hilvanó un discurso de grandes vuelos expuesto con una notable soltura retórica. Más precisión, cuando era necesario, iba a buscarla recurriendo al latín, al griego y a la formación de palabras en alemán. El desarrollo de campos semánticos y el juego de palabras fueron las dos técnicas adicionales añadidas.
Con esas premisas, recordó que acordar viene de cor, cordis, en latín «corazón», que con el corazón se quiere, y por lo tanto tenemos que querer un acuerdo como primera medida, y antes que nada con nosotros mismos. Para conseguir acuerdos no había en realidad manuales, o al menos él no los tenía. Era como preguntarse: ¿cómo convertirse en un buen latinista? Evidentemente, no solo estudiando latín, se necesita algo más.
Había que aprender a vivir con los que no piensan como nosotros y había que convencerse de que hay muchas maneras de hacer las cosas. El acuerdo no era una rendición, ni una claudicación, pero sí apuntaba a buscar el mayor consenso posible, porque la gente, la buena gente, y «todos tenemos algo de bueno», «está dispuesta a dejar decirse algo».
Obstáculos para llegar a acuerdos: el partidismo, el sectarismo, no los partidos; la gente «arrogante» y «engreída» que se creía «extraordinariamente preparada»; el «rígido», que no riguroso; el que aún no se ha enterado que vale la máxima griega «solo sé que no sé nada» (Sócrates); los peritos en desanimar, los impedidores. El convencido ha de ser, además, convincente. Y los argumentos no son nunca demostraciones: tras un debate queda la decisión, la toma de decisiones.
Gabilondo insistió en que un acuerdo se labra, se hace, se toma. Ante un buen acuerdo nadie se siente derrotado. El acuerdo era creativo (la póiesis griega), ponía en juego la inteligencia y la moral, no pensaba en los puntos medios ni el el simplista «yo te doy esto para que tú me des esto otro» porque aspiraba a algo bueno que solucionara de verdad problemas; requería ponderación (pondus, «peso» en latín), mesura en ese poner en juego los propios intereses, en ese conflicto de intereses en el que no se trataba de hacer idéntico lo que es diferente. El acuerdo, así visto, era una transformación, una transubstanciación (Gabilondo también utilizó este término técnico de la Teología), una metanoina (se llegaba a otra cosa mejor a través del cambio interior de los que negociaban); requería inteligencia práctica, no a «listillos» que piensan que es mejor negociar con gente poco inteligente.
El acuerdo requería saber escuchar, una escucha serena y activa (más difícil de lo que parece), y pasar del escuchar (en alemán, hören) al gehören (verbo que en alemán significa «pertenecer«). Así se podría educar, porque la educación es en primer lugar comprender a los otros y comprender las situaciones.
Los acuerdos quedaban siempre abiertos, y había que saber qué se quedaba abierto y en dónde residían las diferencias; el acuerdo no era un «arreglito», acogía con gusto el pasado recibido y se anticipaba al futuro.
Finalmente, en la última vuelta de tuerca de su espiral filosófica subrayó que ya toda palabra es un acuerdo y entre otras razones por este motivo era tan necesario el amor y el respeto al significado de las palabras.
Entre los participantes había representantes de todas las tendencias sociales. Intervinieron animadamente en el debate desde Eduardo Maura, portavoz de Cultura de Unidos Podemos en el Congreso, pasando por Manuel Cruz (catedrático de Filosofía, diputado del PSC) hasta Cándido Méndez, ex secretario general de UGT.
(En el vídeo de arriba se puede seguir la conferencia de Ángel Gabilondo)
“Es necesario decirle adiós a nuestros muertos –leemos en Camino a Trinidad, el último libro de José Andrés Rojo-. Y consuela saber que algunas cosas pueden seguir vivas”. La buena literatura, por ejemplo, sedimentada en una memoria que se confiesa libre. Ambientada en parte en la Bolivia de Hugo Bánzer, Camino a Trinidad (Pre-Textos) es una excelente novela, sobria y meditativa, que reflexiona sobre el misterioso azar que atraviesa, con sus interrogantes, el sentido de nuestras vidas.
Empecemos por la biografía. Usted es nieto del general Rojo, héroe republicano de la Guerra Civil, a quien le ha dedicado una magna biografía. Al terminar la guerra, su abuelo se exilió, si no recuerdo mal, primero a Argentina y después a Bolivia, donde nace usted en 1958. Quería preguntarle en primer lugar por la sombra de su abuelo en la familia. ¿Qué recuerdos guarda de él y de qué modo su personalidad y su ejemplo conformaban un capítulo del “léxico familiar”?
No guardo recuerdos del general porque no llegué a conocerlo. Regresó a España -estaba ya enfermo y creía que iba a morirse enseguida-en 1957. Aguantó una larga temporada, hasta 1966, unos cuantos años antes de que mi familia se trasladara a Madrid en 1971. Así que no coincidimos nunca. Pero ha estado siempre presente, de la misma manera (imagino) que en tantas otras familias siguen pesando en los hijos y los nietos los abuelos y, de paso, aquella remota Guerra Civil. Esa antigua herida dura quizá un poco más en los que tuvieron que irse y luego volvieron. Como si no pudieran terminar de quitársela de encima. Yo tenía que haber sido boliviano y terminé siendo español. Al final no eres de ninguna parte. El léxico familiar, en nuestro caso, está por eso lleno de lagunas, no hay continuidad. Hay muchas palabras que vienen de lejos y que ya no sabes qué significan. Me embarqué en escribir sobre mi abuelo porque quería entender qué significaba aquello de que, en la guerra, “había cumplido con su deber”. La honradez de su posición nos ha marcado a todos, pero de manera muy distinta.
En el año 71 usted regresa a España, estudia Sociología y termina, ya en el año 92, trabajando en uno de los periódicos centrales de la democracia española, El País. Su itinerario, siendo singular, es también representativo de una España determinada: la que regresa del exilio y participa vitalmente, tras la muerte de Franco, en la construcción de un país democrático y plenamente europeo. Hoy en día, en cambio, hay una corriente social importante en España que rechaza de plano la Transición y la democracia que surgió del 78, achancándoles todo tipo de déficits democráticos. Me gustaría preguntarle por este periodo y por la evolución que ha vivido el país desde que usted llegó en el 71 hasta nuestros días. ¿Qué lectura hace de este casi medio siglo?
Madrid era, cuando llegué en 1971, una ciudad gris e infinitamente triste. Yo venía de un país pequeño y pobre de solemnidad, y de pronto me encontré en el patio de una cárcel, en medio de una sociedad atemorizada e infantiloide. Tenía trece años. Mi mayor afición entonces, a la que me aplicaba con una disciplina espartana, era la música. Había traído discos de los Stones, Grand Funk Railroad, Frank Zappa, Iron Butterfly, Hendrix, CSN&Y…, y en el colegio descubrí que mis compañeros jugaban en el recreo a policías y ladrones. Aquello fue un shock, del que no sé si me he recuperado aún. Esa peste a lugar cerrado: en fin, la dictadura. La Transición vino a abrir las ventanas. Y el aire empezó a circular. Me incorporé a El País muy tarde, así que no colaboré en absoluto en la construcción de la democracia. Estaba en la universidad cuando mis ‘hermanos mayores’ trabajaban en una nueva Constitución, y formo parte de los que salieron ranas. Entre una de esas aburridísimas reuniones de los partidos de extrema izquierda (a las que fui alguna vez) y una buena juerga, elegí la juerga. Los que achacan tantos déficits democráticos a la Transición, que algunos tendrá (es lógico, ¿no?), me temo que son los que se pasaban el tiempo en esos conciliábulos interminables destinados a construir un orden perfecto. Afortunadamente no hay órdenes perfectos. Pero me parece que algunos se quedaron enfadados por no haber tenido el protagonismo con el que soñaban (y están resentidos, ay). Claro que estoy trivializando, pero no me queda otro camino. La nueva izquierda, si es que puede llamarse izquierda, ha salido solemne y cursi. Y meterse en ese marco que proponen, el del ‘régimen del 78’, es aceptar un discurso tan simple que casi da vergüenza ajena. Por eso está empezando a ser urgente recuperar los instrumentos críticos (de esa izquierda que ya no existe), porque las cosas pueden ir rematadamente mal.
Camino a Trinidad, su último libro, es a la vez una quest y una Bildungsroman, simbolizadas también por el fluir de un río, el Amazonas. «Tengo la impresión –leemos en un capítulo– de que, durante ese viaje, fui abandonando algunas cosas que hasta entonces habían sido muy importantes, con una extraña naturalidad, con naturalidad […]. El mundo seguía siendo exactamente el mismo, pero lo miraba ya de manera diferente». El cambio en la mirada nos remite a la memoria y también a los ritos de paso. Hablemos primero de la memoria. ¿Qué papel juega en esta novela? ¿Podemos fiarnos de ella? ¿Y de qué modo nos construye?
Tengo una mala relación con la memoria. Se me olvida todo. Y aquí debo confesarle que Camino a Trinidad, que es verdad que se alimenta del pasado, tiene mucho de invención. Es la primera vez que tengo que explicarme sobre esto y no sé si me entenderé yo mismo. Pero probemos: en algún sitio dentro de mí debe existir, por ejemplo, la imagen de una tienda a lo que iba de niño. Muy desdibujado todo: me acuerdo de la esquina de la calle donde estaba, de unas gradas por los que había que bajar, del cristal de un aparador, de las golosinas. Pero también me acuerdo de lo que me contó hace poco un amigo del chaval que trabajaba allí (que yo ya había olvidado) o lo que me dijo mi prima cuando pasamos por allí hace un par de años: que olía fatal. Ese es el material con el que trabajo. Cuatro flecos de nada. El leve recuerdo y algunos afectos a los que me arrastra. Con eso he construido Camino a Trinidad. Y, efectivamente, se puede decir que tiene mucho de ‘memoria’. Pero de una memoria un poco tramposa: construida, inventada, improvisada sobre la marcha. Quizá lo que he procurado es quitarme algo que me está pesando. El compromiso con el deber de mi abuelo, por ejemplo. O la infancia perdida, la rabia de mi adolescencia por no estar donde debería haber estado. ¿De qué modo nos construye escarbar en la memoria? Más bien habría que preguntar de qué modo nos destruye. De un modo muy saludable, creo: vas tirando cosas, les das nombre y vida y te las quitas de encima. Soy más ligero desde que terminé este libro.
El rito de paso, en este caso, es la entrada en el mundo de la vida adulta. Ese instante, en el caso de Camino a Trinidad, tiene lugar en 1977, durante la dictadura de Hugo Bánzer en Bolivia. El narrador y sus amigos, apenas unos adolescentes, sienten la llamada de la revolución. Pero pronto «tras el deslumbramiento –leemos en el libro- empieza a pesar la monotonía del paisaje». El paisaje es el Amazonas, aunque también un espacio moral. Y cuando años más tarde el narrador regresa a Bolivia, lo que encuentra es algo muy distinto pues ya sólo quedan restos de ese deslumbramiento inicial. Al final, usted termina hablando precisamente de “lo poco” como un valor crucial… ¿Qué ha aprendido el narrador –y usted- a lo largo del camino?
Ah, “lo poco”: eso está bien visto. Es justo lo que he aprendido. Creo que la literatura es una vía de conocimiento. Empiezas en un sitio y no sabes dónde vas a ir a parar. Yo fui a parar a “lo poco”. Fui vaciando y vaciando. Y todavía me toca seguir vaciando.
Un personaje fascinante del libro es el tío Pepe, columnista ocasional, gran lector, dotado de un carisma personal notable. En un momento dado, se nos narran sus discrepancias con el embajador Kennan y cómo el tío Pepe, desde una columna en un periódico de Bolivia, quiere corregir al teórico de la doctrina de la contención que puso en marcha la Guerra Fría. Sospecho, sin embargo, que, a su modo y a pesar de las diferencias, ambos personajes habrían congeniado. Me pregunto qué pensaría el tío Pepe de la Bolivia y del mundo actual.
El tío Pepe le reprochaba a Kennan ser muy blando con los comunistas. Nada de contención, a él le habría gustado matarlos a todos como a piojos. No sé qué pensaría de la Bolivia de Evo Morales y de un mundo en el que Donald Trump coquetea con Vladimir Putin. Forma parte de un mundo cada vez más lejano. Barruntar lo que pensaría: eso sí que sería un ejercicio de imaginación, del que ahora no soy capaz.
Hay una cita maravillosa del historiador Owen Chadwick: «The ends of man are not designed to make a soul seem of pure consistency», que se refiere a algo de lo que usted también habla en el libro: «la continuidad les da a las acciones de los hombres una coherencia que no siempre tienen». En realidad, ¿se puede rastrear esta línea? ¿No están condenadas todas las quests a concluir en un punto ciego, como termina en el libro la búsqueda del amigo desaparecido del narrador?
Esto de la consistencia, uy, ¡se me ponen los pelos de punta! La consistencia, la coherencia, la fidelidad: y enseguida estamos ya ensuciándonos hasta las cejas con esa pasta pringosa de la identidad. Es lo peor que le está pasando al mundo. Ese regreso supersticioso a un mítico lugar en la que cada cosa es la que es. Y todos tan tranquilos. Pues no, resulta que siempre estás negociando, que nunca eres igual a ti mismo, que es un empeño vano ser de una pieza y que es, además, un disparate. Lo que ocurre es que el tiempo permite camuflar las fallas, los agujeros, los saltos al vacío, los ruidos. La búsqueda del amigo desaparecido es inútil, pero la motiva ese miedo permanente que tenemos a extraviarnos. Es como si el narrador se dijera: voy a poner el kilómetro cero de mi vida de adulto en aquel viaje por el río; y, a partir de ahí, voy a ir midiendo cuánto me he ido separando de mis deseos, esperanzas, convicciones. El afán es, efectivamente, vano. Ese punto ciego al que se refiere. No hay manera de saber cuánto te has podido traicionar porque no hay un punto fijo de comparación. Es verdad que tiraste el ancla, pero no enganchó nunca. Vas a la deriva.
Así habló Zaratustra de Nietzsche viene a ser como una columnata que enmarcara la novela. El narrador lo hereda de la biblioteca de su tío Pepe y sus páginas le acompañan a lo largo de toda su vida. Al final de Camino a Trinidad, hay un pasaje espléndido donde se lee: «Hace falta un alto sentido moral para moverse más allá del bien y del mal que dicta una época, y también entereza, y una enorme fortaleza». ¿Qué función desempeña Nietzsche en el libro? ¿Y quién es Nietzsche para José Andrés Rojo?
Nietzsche se coló en el libro. Y todavía no sé qué función está cumpliendo ahí. Pero me gusta que esté, me tranquiliza. Encontré esa cita de Musil que abre el libro casi cuando éste caminaba a la imprenta. Tuve que pegar un berrido para que pararan. “El destino: Que Nietzsche cayera por primera vez en mis manos a los dieciocho años”. Es exactamente eso. Y estamos juntos desde entonces. A ratos tengo que llamarle la atención porque es francamente faltón con las mujeres. Pero lo que importa es lo que me contagia. Ganas de caminar y perderse, no sé si me entiende: celebrar la vida, brincar de alegría, estar con el espíritu abierto para que estalle la risa. Y tampoco está nada mal el martillo: para acabar con cualquier asomo de resentimiento es bueno no dejar que florezcan las buenas intenciones, la buena conciencia, la superioridad moral. El afán, vaya, de formar parte del rebaño.
No me gustaría terminar esta entrevista sin preguntarle por el futuro de la prensa, en un mundo cada vez más condicionado por la opinión inmediata en las redes sociales. ¿Hacia dónde cree que se dirige la prensa escrita? ¿Y de qué modo se podrá preservar la tradición constructiva del periodismo y del pensamiento en una época que se alimenta de un maniqueísmo fácil?
Cuando ando optimista pienso que todo es coyuntural, y que el péndulo, que se ha ido de madre hacia el matonismo de la santa simplicidad y hacia la tontería de la solemnidad en 140 caracteres, volverá un día al otro lado y que entonces recuperaremos la cordura. Cuando estoy pesimista toco el violín y voy lloriqueando por las esquinas: todo ha terminado, digo, y sollozo. Luego, lo que me pasa todos los días, es que sigo encontrando cosas magníficas, en las redes y en la prensa en papel. Hay gente que hace las cosas muy bien.
Jaime Mayor Oreja moderó en Madrid el pasado viernes una mesa redonda sobre Buenas prácticas internacionales de apoyo público a la familia. En el seminario habían intervenido Katalin Novák, ministra para la Familia y la Juventud de Hungría, la francesa Ludovine de la Rochère, presidenta de La Manif pour Tous, el croata Kresimir Planinic, cofundador de In the Name of the Family y Martin Patzelt, diputado del Bundestag.
Al término de la sesión matinal, UNIR Revista conversó con Jaime Mayor Oreja. Este fue el diálogo:
-¿Qué balance hace de las sesiones matinales de este seminario sobre la familia?
–Todas han sido intervenciones profundas. Es evidente que todas tienen un denominador común. Hay algunos matices. Y yo creo que confirman el momento crítico que vivimos en el debate cultural.
-¿Hay alguna razón especial para la celebración de un simposio sobre la familia en este momento?
–No, pero la observación de lo que está sucediendo reitera el momento crítico que vivimos. Ha habido demasiados reveses en los últimos tiempos del nuevo orden mundial: Gran Bretaña (el Brexit), Colombia (el proceso de paz) y la elección del líder norteamericano Trump. Todo ello apunta a la entrada en una nueva etapa.
-He tenido la impresión de que el ponente alemán era como más escéptico, que según él hay que tener muy en cuenta a las mayorías para elaborar una política familiar, mientras que la representante francesa era mucho más combativa en la línea de la defensa de la familia.
–En estos momentos el riesgo, para mí es un riesgo, es que nos alineemos. Yo no quiero estar en el nuevo orden mundial, porque está siendo una catástrofe en el ámbito cultural. Yo desconfío de los extremistas, que no nacen del diagnóstico, del análisis de valores, que nacen del hartazgo, y por eso pasan al extremo. Yo no quiero formar parte de ese extremismo. Yo quiero que seamos capaces de entrar en profundidad en lo que somos, en el debate de los valores cristianos que representamos. Esa es la tarea. Tenemos que existir en el ámbito cultural, que hemos desaparecido. Ese es el reto, más que alinearnos con los que van a combatir en el ámbito político. Algunos de nosotros no vamos a estar representados en ese debate. Pero es evidente que no tenemos necesariamente que alinearnos.
Luis Peral, a través de la asociación Familia y Dignidad, ha sido el organizador del seminario sobre Buenas prácticas internacionales de apoyo público a la familia, que se celebró el pasado viernes en Madrid. En el seminario intervinieron Katalin Novák, ministra para la Familia y la Juventud de Hungría, la francesa Ludovine de la Rochère, presidenta de La Manif pour Tous, el croata Kresimir Planinic, cofundador de In the Name of the Family y Martin Patzelt, diputado del Bundestag.
En esta conversación con Nueva Revista, Peral sintetiza lo más importante del evento.
-¿Cuéntenos, por favor, el porqué y la idea para la organización de este seminario?
-Uno de los objetivos de nuestra asociación es defender a la familia y creo que parte de esa defensa es dar a conocer cómo está la familia en Europa: ver las buenas prácticas que hay en esos países, qué riesgos, qué amenazas, y es lo que hemos visto aquí. Las buenas prácticas por parte del Gobierno de Hungría, buenas prácticas fiscales por parte de sucesivos gobiernos franceses, y cómo se han deteriorado estas prácticas durante la presidencia de François Hollande; la amenaza en general contra la familia por parte de la ideología de género en el mundo. En algunos entornos hablar de la familia (así, en singular) levanta suspicacias, siempre hay alguno que dice no hay que hablar de las familias, de los distintos tipos de familias. En España tenemos una situación donde probablemente hay un insuficiente apoyo público económico a la familia. La media de la Unión Europea está en el 2,5% del PIB. Aquí hemos visto que hay países que están en el 4%, como Hungría; y próximo al 3%, como Francia. Nosotros estamos muy mal, estamos en el 1,2%. Ahora que se van a debatir los próximos presupuestos, los partidos deberían reflexionar y pensar cómo la familia… cómo la familia ha ayudado mucho a sacar a España de la crisis, ha habido abuelos que han ayudado a salir adelante a sus hijos, padres que se han hecho cargo de las hipotecas de sus hijos, personas que han acogido a sus descendientes en su casa, cuando han perdido la suya. La familia es algo muy valorado por los españoles.
-¿Qué mensaje y qué fruto espera que dé este seminario a la sociedad española?
-El mensaje es que hay que ser valiente para apoyar a la familia, que hay países que lo están haciendo, que hay países como Hungría que están consiguiendo resultados muy importantes, elevando la tasa de natalidad, elevando el número de parejas que contraen matrimonio, es decir, una unión estable, una unión consolidada, y que hay que ser valiente en defensa de la familia, porque al final, cuando se pregunta a la gente qué instituciones valora, la primera siempre es la familia. Los políticos están para servir a los ciudadanos y para priorizar las cosas que los ciudadanos priorizan.
-De las intervenciones en el ámbito internacional, ¿cuál ha sido la que más le ha llamado la atención?
-La verdad es que todos han estado muy interesantes. Yo tengo bastante vinculación con Francia. Me ha parecido muy importante el análisis de Ludovine de la Rochère en el sentido de cómo en Francia ha habido políticas fiscales importantes que han conseguido que Francia tenga una natalidad claramente por encima de la media, pero cómo eso puede deteriorarse rápidamente con un gobierno como el de Holland, que ha recortado todas esas ventajas. Y por supuesto, las propuestas de Hungría son francamente espectaculares: un Gobierno sin complejos a la hora de apoyar no solo a la familia, sino el derecho a la vida y el matrimonio entre hombre y mujer: lo han puesto en la Constitución.
https://youtu.be/RFviy5_0U2U
Francisco Reyero, fascinado por Estados Unidos, su país favorito, ha escrito un libro sobre Donald Trump. Muy necesario porque desmonta el personaje. Lo analiza, radiografía, disecciona. Y para ello ha estado varios meses en Estados Unidos. En Nueva York, en Los Ángeles, en Las Vegas, donde empieza la obra desde el cielo de Nevada. Una labor de narrador entremezclado con el reporterismo. Entrevistas a fondo, olfateando atmósferas y escenarios. “Trump: el león del circo”, editado por El Paseo, está a punto de lanzar su segunda edición. El autor habla con Nueva Revista. Esta es la conversación.
Nadie creía que Trump iba a ganar. Bueno, casi nadie…
En la primera edición del libro no descartaba que el desastre no se concitara a nuestro alrededor y estimo algunas vías de victoria para Trump. Incluyo al final del libro una previsión con un análisis interesante de ‘Wall Street Journal’ destacando dónde estaban las vías de victoria, el sendero de Florida, el sendero sin Florida, que parecía más complicado… Al final todo eso ha quedado empequeñecido, pero se valoraba. Yo pensé que era una especie de prototipo de lo que va a venir por llegar, resultado de la globalización, en Silicon Valley… Sin embargo, va a gobernar un aborigen de los años 80.
Trump es el presidente electo que tiene a Ronald Reagan como modelo.
Bueno, su modelo es Reagan y John Wayne, pero no John Wayne en ‘El hombre tranquilo’, sino como poco en ‘Fort Apache’. [Reyero es un pertinaz cinéfilo, del cine clásico, de todo buen cine. Del clásico de Hollywood, sobre todo. Y lo ha estudiado. Hay que leer su libro de Sinatra en España]. Trump reproduce esos modelos simples, reiterativos, aunque es diferente porque Reagan tenía espacios para redimir a la ciudadanía, como el gran anuncio de campaña de 1984 titulado ‘It’s morning in America’, que habla de cómo todo va mucho mejor. Eso no se da con Trump, que da la parte áspera y la parte más matona. En Reagan siempre había algo de confort. Él hablaba que América era más que un espacio físico, una idea, la del recurrente sueño americano.
En el capítulo de Reagan del documental de los años 80 que produce Tom Hanks, aparece Colin Powell [secretario de Estado con George Bush]. Powell, que no es un hombre dado a la sensiblería, dice: “Al final Ronald Reagan se fue, se despidió de la Casa Blanca, y todo se acabó”. A Powell se le saltan las lágrimas y dice: “Era magia, pero una magia real”. Reagan, aunque sea simple, ni mucho menos era un intelectual, ofrecía una imagen de solidez personal y de cierta verdad, dentro de la interpretación de la política. Donald Trump es una impugnación permanente de todo, de lo que hace y lo que no hace. ¿Cómo te puedes fiar de alguien así?
Recién elegido sorprendió con un discurso moderado. Incluso conciliador.
Eso es interesante, porque uno es presidencial o no en función de las circunstancias. Aunque las exigencias para tener un cargo sean las ideas de honestidad, disciplina, facilitar la convivencia y regenerar el bienestar… Eso no importa para Trump. No creo esa transformación en alguien que ha ganado soliviantando la propia convivencia, la estabilidad. Y ahora sus detractores se encomiendan al Altísimo para que él no sea como se pretendía que fuera. Es disparatado y en cualquier caso es mentira tras mentira. Ahora dice que no quiere hacer daño a Hillary Clinton y en la campaña dijo que la quería encarcelar.
Bienvenidas sean esas mentiras.
Esa es no es la manera de alcanzar el poder. Que se haya establecido que la eficacia no tiene nada que ver con la honradez… Trump puede no pagar impuestos durante 20 años, no hacer pública su declaración de la Renta y tener su avión embargado. Puede colocar a sus hijos en el Gobierno de transición y mantenerlos al frente de sus empresas y decir también que él va a cobrar un dólar de salario. Puede hacer todo esto y la gente lo acaba votando. Estamos en un momento de desconcierto general y encumbrado por los propios medios, la propia televisión, que le ha dado grandes beneficios.
¿No ha sido un gran fracaso mediático? ¿Los grandes medios ya no influyen en las decisiones de los votantes?
Cuando se habla del fracaso de la prensa, estoy de acuerdo en el fracaso comercial, pero no hay un fracaso deontológico de The New York Times o las revistas de calidad como ‘The Atlantic’, ‘New Yorker’, ‘New York’… Asunto distinto es que eso no tenga un acomodo mercantil, que la gente no se gaste dinero en ese tipo de prensa, que es más necesaria que nunca. NYT ha elaborado un análisis riguroso sobre quién era Trump. Lo que pasa es que si el 2% de la población americana es la que puede comprar un tipo de prensa donde se analiza de manera detallada la figura de Trump para hacer una evaluación aproximadamente real de la persona y hay un porcentaje aplastante que se informa por televisión o Facebook, que ha sido acusado de jugar a favor de Trump. Hay que ser honesto: la prensa escrita, con sus hipotecas y dependencia, es mucho más plausible que la televisión.
En el libro se hace referencia a un comentario de Trump: “El rating es el poder”. Ha llevado esta máxima a rajatabla. Incluso quiso cobrar por conceder entrevistas.
Eso es verdad. Trump no ha contratado anuncios. Otra cosa es que, si la Asociación Nacional del Rifle se lo quiere pagar, pues se lo paga. Trump es un mercader, se dedica a comprar y vender. No tiene otra misión. Poner a los hijos al frente del gobierno de transición y a la vez mantener el poder en las empresas, ya te dice por donde va. Rich, el articulista, cree que el Gobierno Trump estará entre los trabucazos de Bush y una corrupción de primer nivel al estilo de Warren Harding, en la década de los veinte, robando con las manos llenas.
Y entonces, ¿por qué lo han elegido?
¿Hay que creer en alguien que sería inelegible por lo que ha hecho y ha llegado a la Presidencia con las herramientas que tiene el poder? Que quiera bajarse del acuerdo del Clima contra el calentamiento de la Tierra, que esté dispuesto de volver al fracking. En todo este tipo de cosas que pretende hacer de alguna manera se verá beneficiado. No creo que las haga por amor al arte. Trump se ha convertido en un personaje tan sórdidamente entretenido que han acabado votándolo.
Se habla mucho que el hombre blanco ha vuelto, el desheredado. ¿Y los demás? ¿Y los latinos, negros y asiáticos que son el 30% de la población? ¿Por qué no han votado esos? Y es que en campaña no sólo habló del muro de México, sino de deportar a los hijos de inmigrantes que hubieran nacido ya en Estados Unidos.
Hay efectos correctores como el control del propio Partido Republicano, el Congreso y el Senado, los alcaldes de las grandes ciudades que se negarán a participar en las grandes redadas contra los inmigrantes.
Siempre hay posibilidad de actuar con fuerzas contrarias y es verdad que han dado buenos resultados: se han establecido competencias de moral. A mí me da que pensar que él se iba a caer del caballo en algún momento, que el Partido Republicano no iba a tolerar ninguna insolencia más… hasta la siguiente. Porque al final las toleraron todas.
Poco a poco está montando su equipo, pero está teniendo rechazos y tarda demasiado.
Son muchos puestos y hay desconfianza hacia Trump. Es normal que la gente lo rechace si no existen unas ciertas garantías. Su forma de actuar es muy desorganizada, no hay una estrategia; lo que hay brotes y espasmos. Se mueve muy bien en los movimientos astutos, es un hombre sagaz, las va viendo venir. Y va cambiando el rumbo en función de lo que le vaya interesando.
¿El efecto Trump podría amplificarse en otros países europeos como en Francia con Le Pen?
El populismo comparte tácticas y modos de llegar al poder. Que haya rasgos de compartir esas tácticas pues es lógico: dicen que “yo tengo la solución” y “los demás son tibios”. “Hay que separar entre los vuelos y los malos”. “Te voy a decir quiénes son los malos”, pero luego la personalidad de cada uno es muy distinta y lo interesante de Trump es que ha roto barreras de contenedores ideológicos. Él no ha atendido a unos determinados espectros. Ha dejado atrás las ideas y se ha ido directamente a la barriga. Lo interesante de Trump es que ha sido capaz de maniobrar en una selva de esquemas ideológicos.
¿Trump está más cerca de Podemos o de una extrema derecha?
Trump es un populista de mercado a la sombra del gran capital. Su idea es que el rico puede ser cualquiera, que es cuestión de voluntad. Lo que decía Rockefeller: “Dios solo me dio mi dinero” y en las otras parcelas es una suerte de impugnación del sistema con un nuevo modelo estatal y sesgo entre los que tiene la razón y los que no la tienen.
Ya nadie se fía de los sondeos. De nuevo, han vuelto a fallar.
Vivimos en un mundo de encuestas. Nosotros tenemos una percepción y luego la encuesta te dice cuál debe ser esa percepción. Es imposible vivir tomándose la temperatura permanentemente. No hay posibilidad de avanzar porque uno siempre te está sondeando. Si las encuestas fallan estrepitosamente, y de manera constante, se sospecha que puede haber intereses para generar una opinión pública en función de un determinado interés.
Las encuestas sí decían que Hillary no era una buena candidata.
Desde luego. Ella ya en 2008, cuando compite contra Obama, dijo: “Cada vez que compito para ganar” y va ella y pierde… Esto es un síntoma. Luego ya su pasado y como Trump ha sido capaz de establecer que ha sido una mujer corrupta… Ella no se ha sacudido esa presión. Para mí no era una buena candidata, sobre todo a la hora de defender su espacio que ha sido invadido por Trump.
¿Estará Trump ocho años o para él con cuatro basta?
Con Trump puede pasar de todo; me imagino cualquier cosa. En función de lo que haga y se verá. De las cosas que me ha asombrado es el tono físico de este hombre, está sobrepesado y no se está cuidando. Y con 70 años y el ritmo que ha llevado, que es brutal, con el avión que toma como si fuera un autobús de línea.
David Felipe Arranz es licenciado en filología hispánica, en Teoría de la Literatura y en periodismo. Ejerce la docencia en la Universidad Carlos III de Madrid y, a la vez, el periodismo cultural: dirige el programa radiofónico El marcapáginas y colabora con distintos medios escritos. Además de todo esto, David Felipe Arranz ha tenido tiempo de escribir dos ensayos, Arquitecturas de la ficción y Sueños de Tinta y Celuloide, dos textos (ambos publicados por Líneas Paralelas) en los que reúne artículos en los que reflexiona sobre el acto de la lectura y su carácter hermenéutico en la conceptualización de la literatura y de las obras a lo largo del tiempo así como sobre el cine y la relación de este con el texto escrito.
Dos libros, uno de artículos ensayísticos sobre literatura y otro de artículos ensayísticos sobre cine, y una afirmación: “la literatura es la hermana mayor del cine”. Sin embargo, leyéndote, uno podría afirmar que esa mayoría de edad de la literatura parece convertirse en un arrinconamiento social en favor del cine, que se impone.
– La literatura y el cine, es indiferente el orden en que se mencionen, nos inician en las intimidades de otros horizontes, ampliándolos, porque nuestro vivir cotidiano es finito y va languideciendo con nuestras pequeñas servidumbres a medida que nos vamos complicando la vida. De esta forma, el visionado de una película maravillosa o la lectura enriquecedora de una novela o un poemario exquisito nos engrandece. Cada vez que cerramos un libro o nos levantamos de ver una gran película, no nos quepa ninguna duda de que volvemos a esa jungla de barbarie que es nuestro día a día, sobre todo en las grandes ciudades, mejores y más sabios. En ese sentido son manantiales de recuperación de los que es muy aconsejable beber, como si se tratase de las aguas de un balneario salvífico. Cierto que el mundo audiovisual le está ganando la partida al literario, pero, aunque siempre ha sido así, la caída de ventas en la taquilla y en el mundo editorial acusa un cambio de paradigma que, como mínimo es preocupante y que tiene mucho que ver con las descargas piratas y una mirada saturada, agotada, infoxicada, que muchas veces no es capaz de filtrar y se deja llevar por un ritmo de consumo mainstream, de hamburguesas culturales a medio hacer y con unos ingredientes poco nutritivos.
“Son tiempos difíciles para todo, especialmente para la cultura en general y la literatura en particular”. Así empieza Arquitectura de la ficción, ¿un antídoto contra estos tiempos difíciles o la confianza en que, a pesar de todo, la literatura sigue teniendo su peso?
-Me gusta recordar la frase de Bertolt Brecht de los Malos tiempos para la lírica, que pertenece a los Poemas de Svendborg (1939) y que reivindica la necesidad de leer y de escribir poesía en momentos de crisis. La literatura sigue teniendo un peso en la sociedad, muy a pesar de los políticos, poco o nada preocupados por el fomento de la cultura, y gracias al empeño, a veces desinteresado, de cientos de pequeños editores, orfebres de los libros, y de autores que siguen pensando que una existencia sin literatura constituiría una inconsolable monotonía. Para incontables lectores, Cervantes, Shakespeare, Mark Twain o Luis Cernuda siguen constituyendo unas presencias tutelares imprescindibles.
“Son tiempos difíciles para todo, especialmente para la cultura en general y la literatura en particular”.
La humanidad se desgasta en periodos más cortos, por eso la modulación ética y estética de la literatura resulta esencial a la hora de disfrutar y de asumir nuestras enormes limitaciones, nuestra descomunal soberbia promovida solo por el hecho de tener un smartphone en la mano cuya batería puede llegar a durar tanto como un trabajo basura, una relación fugaz o un almuerzo apresurado en un garito de comida rápida. Si no nos tomamos nuestro tiempo y nuestros tiempos, nuestro déficit espiritual y mental va aumentando al cabo del día hasta vaciarnos de todo aquello que nos hace humanos. Recordemos que cuando somos pequeños y adolescentes el tiempo transcurre más lento, en gran medida gracias a los cuentos, los tebeos, los cómics, aquellos largometrajes de dibujos animados que saboreábamos y trasladábamos a nuestros sueños: el que se vaya progresivamente acelerando es culpa nuestra porque nos dejamos arrastrar por un sistema diabólico y enloquecido. Tenemos que regresar a la síntesis de lo experimentado y de lo imaginado.
Ya sea al cine ya sea a la literatura los defines como moradas, refugios, casa a la vez que los analizas como medios de configuración del sustrato cultural, ideológico y de costumbres. En este sentido, pareces plantear una ambivalencia entre lo íntimo y lo social que definen sea el cine sea la literatura.
-La literatura posee unas propiedades restauradoras y protectoras probadas. Es refugio, ya lo descubrieron Santa Teresa de Jesús en El castillo interior o Virginia Woolf en Una habitación propia. Con ese enfoque metafórico he abordado los distintos hogares conformados por libros en los que he vivido una grata temporada salvo de la intemperie. También creo en el teatro de la memoria y en cómo articula nuestro entendimiento según ciertos marcos mentales que nosotros hemos elegido o que nos han elegido. A mí me eligió Quevedo hace muchos años y no lo conocía de nada, pero fue gracias a mi padre, cuya biblioteca familiar es una casa dentro de otra casa: ahora mi madre se afana en desmontarla y en dispersarla caóticamente porque amenaza con invadir todo el espacio; esa escena familiar me recuerda mucho el donoso escrutinio de El Quijote. En mi casa sucede lo mismo, los libros se reproducen y multiplican, al punto de que he tenido que buscarle un hogar a la literatura, esta vez cerca de la Universidad Carlos III donde hoy clase y levantar una biblioteca para miles de volúmenes, siempre a caballo entre lo íntimo y lo social, como usted apunta. ¿Qué mayor estímulo hay que compartir ese conocimiento con los demás, transmitir unos valores?
La arquitectura adquiere un valor metafórico en su ensayo sobre literatura: la escritura, literaria y periodística, adopta formas espaciales distintas en pos de un sentido –la libertad del articulismo- o de un tema –el humor como refugio, la música como casa o la guarida del Diablo en la tradición de la figura de Lucifer. ¿Por qué optaste por elementos topográficos y arquitectónicos para acercarte a la literatura?
-Escribe Oscar Wilde en Las artes y el artesano que la vida es un conjunto de influencias que es conveniente armonizar estética y espiritualmente. El otro día me sucedió algo verdaderamente curioso: fui a ver Yo, Feuerbach de Tankred Dorst al Teatro de La Abadía y en el coloquio con el director, Antonio Simón, y el actor Pedro Casablanc, comenté que me parecía maravilloso que una obra tan compleja donde aparecían desde alusiones al Torcuato Tasso de Goethe al propio Feuerbach, pasando por La rata de Zaniewski o los cantos italianos medievales de San Francisco de Asís, se llenase de público. Un espectador me reprochó airado que a él le daba igual que hubiesen representado una obra protagonizada por “una chacha” y que todo el teatro satisfacía por igual. La Abadía es un ejemplo perfecto de maridaje entre arquitectura y ficción: una hermosa capilla del siglo XIX en la que se representan piezas verdaderamente excelsas. A eso me refiero, a extender lo sublime y el gusto por la belleza, los abismos del horror o la inteligencia recogidos por la ficción por toda nuestra realidad, tan prosaica.
En arquitectura de la ficción, la ordenación de los ensayos no sigue, aparentemente, ningún orden concreto: de Bioy Casares a Jovellanos, de Dostoievski a Dickens y de Gore Vidal a Cervantes, Shakespeare y Cernuda. ¿Este “desorden” cronológico responde a una concepción de la literatura como un todo a temporal?
-Responde sobre todo al criterio de ordenación del editor, Juan Manuel Corral, que ha hecho un excelente e innovador trabajo de maquetación y diseño para su editorial, Líneas Pararelas. Pero también tiene mucho del anarquista que soy, al romántico que busca los residuos del pasado para contrastarlos con el presente: pocas personas hablan ya de Tennyson, de Diego de Torres Villarroel, de Thomas Mann o incluso del best seller que fue mi admirado Gore Vidal. Se trata de restos de un mundo en sueños que conllevan una transmisión de valores frente al pacto acordado tan de moda de lo inferior, de lo efímero, de lo epidérmico… Apelar al canon es, hoy en día, ser un provocador, un iconoclasta. Me gusta la seducción de lo azaroso porque conlleva su pérdida irrevocable, antes o después, y este libro fue fruto de la casualidad y del encuentro con Corral en un momento en que estaba extraviando todos mis artículos publicados en revistas literarias, entre traslados y olvidos. Y traer de la lejanía a estos grandes creo que puede deparar grandes sorpresas.
Y al “desorden” cronológico se suma la mezcla de géneros: en tu concepto de literatura, ensayismo, ficción narrativa, poesía y periodismo conforman un mismo todo, ¿me equivoco?
-La ausencia absoluta de literatura, incluso a nivel discursivo, me causa inquietud y diría que hasta terror. Es casi una exigencia melancólica no confesable y una seguridad: la de que los libros nos devuelven la mirada en un desafío sentimental e intelectual. Acepto las leyes de lo diverso y que haya personas que se ufanen de su ignorancia, pero también creo en el poder de transformación de la literatura, como si recogiese las promesas de las ficciones que vivimos y en las que creímos cuando éramos niños. No podemos evitar relacionar a Cervantes con Mark Twain o William Thackeray para comprender la soledad infinita de un niño arrojado al mundo, un mundo lleno de mutilados mentales, pero también de personas extraordinarias que se convierten en maestros a través de distintos géneros, como Oscar Wilde o Mariano de Cavia: ¿hacían periodismo o literatura? A quién le importa. El gusto, esa categoría escurridiza, es lo que verdaderamente importa, donde uno puede sentir una libertad más completa. ¿Y qué decir de la empatía? Escribir, leer es atender también a los grandes errores y, como escribió Sontag, de la que hablo en el libro, entender el dolor de los demás. La literatura nos hace mejores.
Con respecto a los ensayos de cine reunidos en Sueños de tinta y celuloide, lo interesante es ver el papel que juega la literatura en tu lectura de las películas. ¿Es imposible, y volvemos en parte a la primera pregunta, entender el cine sin la literatura?
no es posible disfrutar dos veces de la misma experiencia frente a la gran pantalla”
-Para mí así es. Si lees obras que estén relacionadas con la película, incluso sin que se trate necesariamente de su adaptación cinematográfica, los pensamientos generados por ese visionado estimulan y fertilizan nuestro pensamiento. La belleza comparece en los lugares más inesperados: hace poco volví a ver Horizontes de grandeza (1958) y a Jean Simmons montando a caballo: las miradas que se cruza con Gregory Peck cuando ambos creen que están a punto de morir… revelan a la vez una extrema esperanza. William Wyler se apoyó nada menos que en cinco guionistas para adaptar la novela de Donald Hamilton, una novelita de quiosco, y plasmar esas emociones incontenibles, imposibles de obviar para un espectador medianamente sensible.
En Sueños de tinta y celuloide afirma que “no es posible disfrutar dos veces de la misma experiencia frente a la gran pantalla”. A partir de aquí, desmonta la idea de la interpretación única y, sintoniza con la Escuela de la Recepción, plantea la mirada cinematográfica como una mirada dialéctica, en perpetuo cambio.
-La experiencia del cuerpo frente al cine atraviesa un espacio único y provoca una extrañeza, una sensación en movimiento, la acción de ciertas fuerzas que emanan de los personajes y de los paisajes sobre el espectador: las imágenes parecen interrogarnos bajo el foco del proyector, pero lo hacen de una forma diferente cada vez. Gadamer, Hans Robert Jauss o Wolfgang Iser lo sabían; conocían de esos efectos caprichosos y desordenados que van cincelándonos: jamás olvidaremos el final de Dos hombres y un destino o de El ladrón de bicicletas. Y cada vez que las volvamos a ver, serán películas distintas porque nosotros ya no seremos los mismos. La metamorfosis del cinéfilo no es más que el resultado de ese tiempo maravilloso condensado en el que las historias más fascinantes ya han sucedido, ya nos han ocurrido porque estuvimos allí, junto a Gable y Monroe, viviendo nuestras Vidas rebeldes.
En relación a esto, el primer ensayo “El cine como reescritura: Shakespeare y La Torre de Londres” es muy significativa pues resume parte de la tesis de libro: ¿El cine es la reescritura de la literatura?
-El cine es la evolución natural de la narrativa y del teatro. La escritura, diría incluso que la cultura en su totalidad, comparece en el cine frente al fulgor de lo mínimo en esta sociedad estúpida y atolondrada. El mundo mágico se plasma en una pantalla y ese visionado nos aleja de la barbarie cotidiana, del seudoconocimiento troceado, deshilachado. El cine y sobre todo el cine literario es el último refugio de una elegancia: como diría Roland Barthes, es la fatiga amorosa que deja tras de sí la imagen tras el poderoso acto erótico de la escritura. Frente a la burocracia, basada en la repetición y en la automatización, el cine recrea un desvanecimiento: el del deseo. Shakespeare resume todo eso, es en sí mismo un concepto ampliado de arte, toda una antropología.
El cine se ha convertido, desde sus orígenes, en un arte de masas, mientras que la literatura y, esto se ve en los índices de lectura, ha ido retrayéndose. ¿El cine es o ha sido vendido como un arte más fácil que la literatura?
-Es un arte más cómodo, eminentemente visual, aunque no más “fácil”: Andrei Tarkovsky, Zanussi, Krzysztof Kieslowski, Terrence Malick o más recientemente Lars von Trier no hacen concesiones a la comodidad de pensamiento. Nos estimulan constantemente. Hay otro cine más fácil, el palomitero, pero ese no responde a ninguna pregunta: es como comerse una hamburguesa y produce nostalgia de lo complejo. Lo importante del buen cine es que genera la voluntad de incorporar a uno mismo esas imágenes o esas vivencias enriquecedoras. Te activa, es fértil y nos hace más conscientes de la fragilidad de la vida o la idea de redención, por ejemplo.
Y, en relación a esto, en una sociedad frenética, ¿la captación rápida de las imágenes en contra de la lentitud de la lectura ha sido motivo del desnivel entre estas dos artes?
-Sin ninguna duda. El cine mainstream no requiere de la soledad, la calma y el aislamiento, ni un bloc de notas siquiera. Nuestra mente es sometida a la precariedad de lo convencional. Por el contrario, la detención, que es la estrategia de la literatura y del llamado cine de autor, nos muestras las grandes cicatrices en mitad de un silencio ceremonial, para que no tengamos la sensación de que la vida loca que nos ha tocado vivir en el siglo XXI nos ha pasado de largo o, lo que es peor, por encima.