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Presidente Trump: guía de perplejos

Ahora resulta que los cisnes blancos son la excepción: primero el Brexit, ahora Trump. ¡Dos cisnes negros en seis meses! A primera vista, ambos acontecimientos representan la normalización de lo inesperado en la escena política contemporánea: la materialización de aquello que parecía imposible. Sin embargo, quizá el problema está en la mirada del observador, que descarta como imposible aquello que le parece ante todo indeseable o no puede comprender. Tras el triunfo del Brexit, la segunda gran victoria del populismo global -la presidencia de Trump- no podía ser descartada en absoluto. Menos aún tratándose de un país que, como observó en cierta ocasión Don Delillo, produce más historia de la que sus novelistas pueden absorber. Ahora, la histórica presidencia de Obama, primer negro en llegar a la Casa Blanca, da paso a la histórica presidencia de un empresario lenguaraz que representa el summun de la incorrección política. He ahí una paradoja para la que no tenemos respuesta, salvo que elijamos la más sencilla y veamos en el trumpismo una reacción -en sentido propio- al obamismo. Sea como fuere, la victoria de Trump demanda explicaciones y lo que sigue es un intento por ofrecerlas: aunque ya se ha dicho todo y seguirá diciéndose estos días. Nada de lo que se diga, por lo demás, logrará modificar un hecho que posee más fuerza que todas sus interpretaciones. En lo que sigue se ofrecen algunas, eludiéndose de manera consciente aquellas -influjo polarizador de las redes, perdedores de la globalización, brechas geográficas campo/ciudad, crisis de los partidos tradicionales- sobre las que ya se está haciendo mayor hincapié en otros lugares.

1. La nueva incertidumbre. Si en la mañana del miércoles 9 de noviembre nos hemos despertado estupefactos, es en buena parte porque las encuestas han vuelto a fracasar. Son comprensibles las dificultades logísticas que presenta un país de dimensiones continentales, pero algo distinto parece asomarse en el horizonte: nuestra incapacidad para detectar fenómenos de fondo que no se transparentan mediante el trabajo de campo tradicional. Hubo alguien que sí acertó, sin hacer encuestas: un profesor de historia, Allan Lichtman, que no ha fallado en ninguna elección presidencial desde 1984. Su método consiste en responder a trece preguntas, entre las que se cuentan la existencia o no de una recesión, si el presidente aspira o no a la reelección, si existe descontento social o terceros candidatos con apoyos significativos. Lichtman se pregunta, en definitiva, por los factores que nos permiten explicar las decisiones reales de los ciudadanos, no por aquel voto que sería deseable o permisible a la vista de las cualidades morales de los candidatos. Y funciona. Es verdad que Hillary ha ganado en votos y perdido en delegados; que, por tanto, la elección ha sido muy reñida. Pero no lo es menos que esperábamos una cosa y ha sucedido la contraria. Eso habla de instrumentos que necesitan refinarse, o de expectativas sobre su utilidad que hemos de reajustar.

2. El viejo lenguaje. Difícilmente podemos explicar la victoria de Trump sin introducir el factor decisivo de nuestra especie: el lenguaje. Porque ha sido a través del lenguaje, del discurso, que Trump ha convencido a sus conciudadanos de que Estados Unidos es un país en decadencia. Un discurso acompañado de elementos simbólicos que lo reforzaban a ojos de una buena parte del electorado: un empresario blanco que dice lo que piensa sin componendas de politicastro. Por supuesto, hay muchos ciudadanos que se sienten left behind, como hay territorios del país que padecen una pobreza sorprendente; pero esto no es suficiente para darle una presidencia a nadie. Hace falta un lenguaje que conecte con el sentimiento de un número considerable de votantes, capaz de desplegar una ficción -un relato- que dé forma a la realidad. Ningún modelo basado en la elección racional posee la sensibilidad necesaria para capturar esa diferencia que el discurso, en un sentido amplio que incluye cualidades carismáticas y corporales, es capaz de producir. Su memorable lema de campaña, Make America Great Again, apunta en esa dirección y contrasta con la ausencia de un mensaje claro en el lado de Clinton: nadie sabría decirnos hoy cuál era su frase de ayer.

3. You are fired! Aunque hizo su fortuna en el mercado inmobiliario, Trump se hizo célebre como maestro de la telerrealidad. He ahí un entrenamiento que le ha permitido escenificar su personaje político con una maestría que el disgusto moral no nos ha permitido apreciar en toda su medida. David Foster Wallace escribió lúcidas páginas sobre la televisión norteamericana, que ahora encuentran plena vigencia política. Trump ha hablado el lenguaje de la democracia ocular, estableciendo una relación directa con la audiencia, como si se presentase a un plebiscito (rasgo que la democracia presidencialista norteamericana viene por sí mismo a reforzar). Si la audiencia lo adoraba en su papel de empresario capaz de despedir sin contemplaciones a los aspirantes a trabajar para él, ¿por qué no iban a elegirlo presidente? Ante la aparente incapacidad de los políticos profesionales para get things done, el fanfarrón se ha presentado como el atajo perfecto para poner en evidencia al establishment de Washington y recuperar las virtudes perdidas de una Norteamérica nostálgica de un pasado mejor. De manera que la audiencia lo ha investido afectivamente de rasgos redentores, fuertemente arraigados en la psique humana y especialmente presentes en el imaginario norteamericano: la historia del loser que vuelve a ganar, el desarraigado que encuentra un valle donde vivir, el ex-alcohólico que consigue rehabilitarse.

4. La extraña pareja. Que los norteamericanos hayan debido elegir entre dos malos candidatos no es culpa de los norteamericanos, sino de sus partidos; muchos de ellos han decidido no votar a ninguno de los dos. Hay quien protesta ante la sugerencia de que Hillary Clinton ha hecho posible la victoria de Donald Trump, pero hay buenas razones para creerlo así: no ha movilizado lo bastante a sus mujeres y latinos, al tiempo que desmovilizaba a antirrepublicanos potenciales. Bien haría el partido conservador francés, enfrascado en el proceso de primarias que habrá de identificar al rival de Marine Le Pen en las elecciones del año próximo, en tomar nota. Se ha dicho que los norteamericanos no se estaban dispuestos a elegir a una mujer como presidenta; es más verosímil concluir que no han querido elegir a esta. Hillary es ya la chica de ayer, pero quizá lo era desde hace tiempo y no quisimos verlo: presentar a una eximia representante del «sistema» en plena ola de descontento antielitista no era la mejor idea, desventaja de partida que sus deficiencias oratorias y empáticas no han sabido -no podían- compensar. ¿Nadie supo ver este problema en el Partido Demócrata? En cuanto al Partido Republicano, otrosí: el disgusto con que sus principales oligarcas han recibido la candidatura de Trump habría podido remediarse con un candidato inicial de consenso. Parece una banalidad, pero no lo es: Trump obtuvo la nominación porque concurrían hasta 16 candidatos y el voto «razonable» se fragmentó irremediablemente. Por lo demás, estas elecciones demuestran que los más movilizados son siempre los activistas, que no por casualidad son, asimismo, los más radicales: en Estados Unidos, en Gran Bretaña, en España. Y en cualquier comunidad de vecinos.

5. Democracias sentimentales. Quien se sorprenda de que un candidato como Trump pueda ganar unas elecciones es un ante todo un optimista; entendiendo por tal, como suele decirse, a alguien mal informado sobre la naturaleza de la realidad. Tal como intento explicar en un libro que llega estos días a las librerías (La democracia sentimental. Política y emociones en el s. XXI, Ed. Página Indómita), la descripción del ciudadano como sujeto racional, que toma sus decisiones mediante una deliberación interior e informada, no deja de ser una bienintencionada exageración. Aunque los jefes de campaña saben desde hace tiempo que la gran mayoría de los votantes decide sobre la base de la pura percepción del candidato, percepción teñida de tonalidades emocionales, el giro afectivo experimentado por las ciencias sociales y las humanidades durante la última década confirma sin género de dudas nuestra alta vulnerabilidad emocional. Somos seres sujetos a influencias y sesgos de toda clase, tanto racionales como afectivos, y solo quien hace un verdadero esfuerzo reflexivo se vacuna con ello en alguna medida. No es este el lugar donde extenderse al respecto, pero la sentimentalización de nuestras democracias es menos un fenómeno nuevo que un fenómeno, ahora, más intenso y visible que nunca. Sucede que el liberalismo pluralista estará siempre en desventaja ante aquellos rivales que, como el populismo o el nacionalismo, juegan abiertamente la carta emocional. Quien logra que le adjudiquen la portavocía de la ira en tiempos turbulentos, tiene mucho camino recorrido.

6. Complejidad/simplificación. Si empleamos la categoría propuesta por Margaret Canovan, podemos decir que Trump representa la faceta redentora de la política democrática: un populismo que se dirige directamente al ciudadano medio, asegurándole que sus sueños pueden realizarse sin mayores especificaciones. Ha dicho Trump en la noche de su victoria: «¡Qué hermosa e importante noche! El hombre y la mujer olvidada nunca volverán a caer en el olvido. Todos nos uniremos como nunca». ¡No es el primero en hablar así! Se trata de una promesa de mejoramiento, de comunidad, de reconocimiento: una apelación a los descamisados. Y es que la democracia no sería democracia si no pudiera formular esa promesa; por eso los defensores del populismo dicen que este es la ideología de la democracia: la defensa del pueblo ante sus enemigos. El problema es que este anhelo romántico casa mal con la complejidad del mundo moderno; o sea, con el aspecto tecnocrático que conforma el grueso de las políticas estatales. Si Trump hace la mitad de lo que dijo que haría, sus votantes no tardarían en ver unos resultados deprimentes; igual que el deterioro económico provocado por el Brexit amenaza con perjudicar ante todo a sus defensores. Es por eso que los referéndums son una mala idea: la democracia debe ser defendida de sí misma. O de otro modo: una democracia contaminada por el populismo termina, de catástrofe en catástrofe, por entregarse a un cirujano de hierro. Sucede que la Gran Recesión ha sido interpretada por muchos votantes como un fracaso de los tecnócratas y, sintiéndose impotentes para comprender un mundo inasible, se entregan a alguien que habla como ellos y sabe decirles lo que esperan oír. Alguien «auténtico» en su simpleza, con arreglo a un mecanismo básico pero eficaz de identificación emocional.

7. De Mussolini a Reagan. Se ha dicho de Trump que es un fascista, pero la conclusión parece precipitada. De momento, tenemos a un bufón que se ha convertido en rey, sin que podamos saber si su parlamento delirante es el de un loco o el de alguien que se hace el loco. A quien recuerda es a Berlusconi, pero convendría no olvidar que Ronald Reagan, mediocre actor de westerns, interpretó el papel de su vida como presidente norteamericano. De manera que hay razones para temer lo peor, pero tambien pudiera ser que Trump -un empresario sin ideología casado con una extranjera- hiciese equilibrismos en el interior de un sistema político que limita el aventurerismo gracias a su eficaz sistema de checks and balances. Acaso el mayor peligro resida en el proteccionismo económico, aunque en su breve discurso de ganador Trump no ha hablado de aranceles ni de muros, sino de crear empleo reparando las pobres infraestructuras estadounidenses. Es pronto, en fin, para saber cómo será el Trump presidente. Solo podemos esperar que sea diferente al Trump candidato. Y tampoco eso sería del todo nuevo.

8. La tentación del tremendismo. Antes y ahora, con demasiada facilidad, cedemos a la tentación de la hipérbole: describimos el mundo como una catástrofe sin paliativos y al hacerlo formulamos sin quererlo una profecía que acaba por traernos aquello que queríamos evitar. Si la Union Europea es la gran culpable de los males británicos, ¿cómo no votar contra ella? Si Estados Unidos no tiene remedio, ¿por qué no elegir a un salvapatrias populista? Nada de esto quiere decir que no haya votantes justamente frustrados en sus expectativas, bien por efecto de la globalización y el cambio tecnológico, bien a consecuencia de un cambio cultural y demográfico que les ha hecho perder estatus de manera acelerada. O, como parece suceder en Estados Unidos, una minoría sociológica que solía ser mayoría y ha visto cómo los protagonistas pasan a ser otros: minorías pugnaces, mujeres emancipadas, ingenieros informáticos. No obstante, la batalla por la atención del público -así como la expresión del público mismo a través de la autocomunicación digital de masas- ha producido un relato tremendista del estado de las sociedades occidentales que amenaza con devorarlas. Véanse, sin ir más lejos, los comentarios del día sobre la victoria de Trump: parecen anunciar el fin de los tiempos. Pero este rara vez tiene lugar y conviene no perder la perspectiva: esperar y ver sigue siendo la receta más aconsejable. Ya hemos visto a dónde conducen los diagnósticos simplistas.

9. Rebelde con causa. Nadie quiere a un conformista: miremos donde miremos, en el cine y la publicidad, en el deporte y en la moda, los rebeldes tienen la buena prensa de que carecen los obedientes. Tarde o temprano, el fenómeno había de llegar a la vida política y esta crisis ha terminado por precipitarlo. Incluso la HBO tiene su cuota de responsabilidad: su forma de representar la política institucional dar la razón a quienes piensan que los pasillos del poder solo los recorren las alimañas del cinismo. De nuevo: si repetimos que el sistema está podrido, prestigiamos al insurrecto y depreciamos al reformista. Jaleamos a Varoufakis, pero gana Trump.

10. Una cierta izquierda y el momento populista. Se ha hablado estos meses del «momento populista» que, para la teórica Chantal Mouffe debe permitir -al socaire de la crisis económica- aglutinar a las fuerzas de la izquierda alrededor de un proyecto unificado de transformación del capitalismo global. Por ahí se explican el éxito de Podemos y Corbyn, el fenómeno Sanders o la victoria de Syriza en Grecia. Pero Podemos y Corbyn no gobiernan, Sanders perdió las primarias y Syriza anda veinte puntos por detrás de los conservadores en las encuestas. Hay, sin duda, un momento populista: pero no lo protagoniza la izquierda. Ha ganado el Brexit, Trump será presidente, Marine Le Pen amenaza con serlo. Nos encontramos así con la paradoja, nada desconocida históricamente, de que las esperanzas de la izquierda en tiempos de tribulación se ven frustradas por el triunfo de la derecha. Desgastar al centro-izquierda, por tanto, no sirve para nada: la aspiración a lo mejor termina a menudo en lo peor. Tal vez convendría reflexionar al respecto: no por casualidad se ha dicho que la divisoria izquierda/derecha tiene ya menos utilidad que la que separa a cosmopolitas de antiglobalistas. Tampoco lo es que la izquierda populista se cuente entre estos últimos, compartiendo de facto más con Trump y Le Pen que con la socialdemocracia reformista y, como se ha dicho, complicando a esta última su tarea. Nada refleja mejor esa actitud que la preferencia de Zizek por una victoria de Trump, a fin de que -ya saben- el sistema se corrompa desde dentro.

11. El fin de la inocencia. De un plumazo, los shocks suministrados por los electorados británico y norteamericano han terminado con la confianza que pudiéramos conservar en la capacidad de las democracias para tomar, siempre y en todo caso, buenas decisiones. De repente, la idea de que la democracia presenta la ventaja de que, si nos equivocamos, al menos no sequivocamos nosotros mismos, no nos parece ya tan buena. Quien sostenga que los ciudadanos nunca se equivocan cargará, de ahora en adelante, con la carga de la prueba. Es fácil extraer de aquí las conclusiones equivocadas, cargando sobre los hombros del proyecto ilustrado el peso de un fracaso amenazante. Ahora bien, ¿de verdad estamos ante una enseñanza que el siglo XX no nos había proporcionado? ¿No se trata más bien de que olvidamos sistemáticamente aquello acerca de lo cual se nos instruye? Hay, como se ha dicho antes, nuevos datos sobre las deficiencias racionales del individuo; pero de ellos no se deduce, o no todavía, que hayamos de renunciar a un ideal de autonomía que ha traído consigo indudables progresos civilizatorios. De hecho, buena parte de los padres de la Ilustración eran conscientes de ello: Hume anticipó a Freud cuando dijo aquello de que la mente es una esclava de las pasiones. En realidad, la sociedad abierta no se funda sobre el principio de racionalidad; ese atrevido mérito hay que atribuirlo, como señala Boris Groys, al comunismo soviético. Las democracias constitucionales asumen de entrada los agujeros de la racionalidad: por eso se organizan en torno al imperio de la ley, la división de poderes y los contrapesos institucionales. No está de más recordarlo, no sea que tiremos al niño junto al agua de la bañera.

En los días que siguen iremos ordenando nuestras ideas y comprobando, de paso, qué tipo de presidente quiere ser Donald Trump: si un Orban o un Reagan. Su populismo agresivo es una mala noticia para todos los amigos de la razón; pero el populismo es menos una ideología que un estilo político: una estrategia para alcanzar el poder. Esperemos que, cuando de ejercer ese poder se trate, las instituciones democráticas frenen sus peores instintos. Más preocupante es el daño que para la cultura política democrática supone comprobar que el extremista puede ganar por medio de la descalificación directa, la xenofobia y la provocación. Lo ha dicho alguien: es como si la sección de comentarios de una página web accediese a la presidencia. Al menos, nos queda el humor.

España necesita educar en una excelencia orientada al empleo

La tasa de paro juvenil se sitúa en el 41%. La solución a este problema, según Andrés Pedreño, está en colocar en el centro de todas las atenciones a una educación que mire sobre todo a la capacidad de generar empleo. Esa idea fue el hilo argumental de la conferencia que ayer pronunció en UNIR el ex rector de la Universidad de Alicante, a la que tituló La sociedad digital y la empleabilidad. Dos temas cruciales para la reforma del modelo educativo.

En el marco de un seminario del Foro de Nueva Revista, el catedrático de Economía Aplicada y también fundador de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes habló de las convulsiones que se ciernen sobre el mercado de trabajo: en el transcurso de una década habrá desaparecido la mitad del empleo tal y como lo conocemos hoy; y el 90% se habrá transformado. Solo sobrevivirán los más competitivos y los que posean capacidad de anticipación, prospectiva.

Recordó seguidamente los sectores del futuro, según lo había expuesto ya en otras ocasiones: véase Las diez revoluciones que nos cambiarán.

Con este paronama, Pedreño sostuvo que o España despertaba aspirando a lo mejor, no solo a lo bueno, o quedaría marginada. Entre ese “lo mejor”, “lo más grande”, estaba la cultura de emprendimiento dentro de la Universidad. Se trataba de colocarse en la vanguardia, pero sabiendo asimilar. Por ejemplo, en realidad solo Amazon y unas pocas empresas más se estaban aprovechando del Big Data para su negocio. ¿Y quién sacará partido a la inteligencia artificial, como nos advierte el presidente Obama? Se refería Pedreño al informe Preparing for the Future of Artificial Intelligenceal que en los EE.UU. se está dando una enorme importancia. La Universidad (la Economía en general) tenía que “saber anticiparse”.

En el turno de debate destacó la intervención de Rafael Puyol, ex rector de la Universidad Complutense. Si en el transcurso de una década desaparecerán muchos empleos tal y como ahora los conocemos, ¿qué estudiar?, ¿qué sentido tiene hablar de profesiones de futuro?, preguntó. Pedreño defendió, para salvar este escollo, lo que él llamó “la hibridación de estudios”: pongamos por caso computación y filología. Lo que a su vez implica dar enorme libertad de actuación a las Universidades. Pedreño mencionó una empresa japonesa con la que él está en contacto. Los nipones le dicen que contratan a los mejores ingenieros del mundo, de las mejores universidades y con los mejores expedientes, pero que aun así “no están preparados”.

¿Por qué? ¿Por qué no están preparados si son tan buenos? Justo porque no conocen la cultura de la empresa, muchas facetas de las relaciones humanas, trabajar en equipo, la amistad, la simpatía y otros valores que se pueden asociar a la cultura humanista. Las humanidades no están muertas. Al contrario. Cuando los mejores técnicos adquieren ese otro saber y lo asimilan en forma de principios sólidos empresariales, una institución determinada se convierte en “top, revolucionaria”. Irá fantásticamente bien porque entre otros aspectos sabrá poner “el foco en las áreas adecuadas”, “será flexible”, “sabrá pivotar”. Pivotar es una palabra que le gusta mucho a Pedreño, casi talismán para él: salir por el lugar adecuado en el momento adecuado, como los buenos bases del baloncesto

Sobre recetas para mejorar las universidades y la educación, el catedrático alicantino aludió a las soluciones de muchos informes serios al respecto: los presentados al Ministerio de Educación por diversos especialistas en los últimos meses. No todo estaba mal en la Universidad española, pero justo la complacencia sería el error, decir que no todo está mal y no impulsar la mejora, esperando solo a que el Estado dé más dinero (que no lo da). De nuevo resaltó la importancia de aplicar la mentalidad empresarial que debía regir también en la universidad, y que se demostrara en el hecho de que sus alumnos encuentran trabajo de calidad. Esa sería la mejor carta de presentación de una determinada universidad. Para ello tenía que mirar más a la realidad. Aquí Pedreño se quejó de que un excelente trabajo de un alumno suyo sobre cómo Ryan Air cambiaba los precios, probablemente suspendería como tesis doctoral por no ser lo “suficientemente académica”, “no tener la suficiente cantidad de matemáticas inútiles”, cuando la investigación de su pupilo interesaría “hasta al mismo presidente de Ryan Air”, sostuvo.

Las notas de Valentí Puig. Regreso a Cacania

Individualismo sin individuos. Empeora nuestro desconcierto invocar la sensación grave, bella y soberbia que tuvo Canetti al saberse el último eslabón de las generaciones de Kafka, Broch, Karl Kraus o Musil. ¿Existen maestros a quienes emular o destronar? Robert Musil pensaba en el escritor como conciencia de su tiempo, superior a su tiempo, abogado de su tiempo, superior a su tiempo, y abogado de su tiempo contra su tiempo. Para él, la literatura “es una vida más osada, más lógicamente combinada”. Después de la Gran Guerra, dice que “el individualismo ha producido pocos individuos”. Una consecuencia: “Nos hemos  de apoderar de la irrealidad; la realidad ya no tiene sentido”. Había escrito la mejor novela inacabada de la historia de la literatura. No le hacía falta completarla. Cuando Musil muere a los sesenta y dos o sesenta uno, a su incineración asiste media docena de personas. Eran otros tiempos: había criticado a Thomas Mann, pero Mann contribuyó a su subsistencia económica, siempre precaria. Lo que importó fue “la apasionada energía del pensamiento”. Es el estilo que se reflexiona a sí mismo.

Entre Musil y Renard. Es aleccionador contrapesar  el dietario de Musil con el de Jules Renard. De una parte, método; de otra, biología. Ciencia, sensualidad; pensamiento, intuición. Sistema, detalle. Construcción, fragmento. Digresión, elipsis; voluntad, fatalismo. Forma, color. Horizonte, mirada; transcendencia intelectual, inmanencia sensual; demasiado remoto, demasiado inmediato; inteligencia inhumana, inteligencia cruel; amoral, inmoral.

Unión Europea sin atributos. La tesis de que la Unión Europea necesita de unos Padres Fundadores que “ex novo” la moldeen constitucionalmente presupone que en las aguas profundas europeas existe una Atlántida racionalista al alcance del Nautilus.  Después de la Gran Guerra, Musil se pregunta qué ha cambiado: “Antes éramos laboriosos ciudadanos, luego nos convertimos en homicidas, asesinos, ladrones,  incendiarios y cosas de esa ralea; y, con todo, no hemos vivido, propiamente, nada”. El desasosiego se aceleraba. “El hombre sin atributos” lleva a un paralelismo satírico con esa franja cada vez más ancha que se extiende entre las apariencias y las realidades de la Unión Europea, entre su querer y su poder: “Se tenía un parlamento, que hacía un uso tan violento de su libertad que normalmente se le mantenía cerrado, pero también existía una clausula de emergencia, con cuya aplicación se podía pasar sin el parlamento, y cada vez que todos estaban ya tan contentos con el absolutismo, entonces la corona ordenaba que había que gobernar de nuevo al modo parlamentario”. Un extraño acueducto va del Imperio Austrohúngaro a la Unión Europea. Aquel Estado –según Musil- no tenía cerebro porque le faltaba una voluntad central. Era un organismo de administración anónimo, un verdadero fantasma, “una forma sin materia, sujeta a influencias ilegítimas, a falta de influencias legítimas”. También en Cacania “se actuaba siempre de modo diferente de como se pensaba, o se pensaba de modo diferente de como se actuaba”. Siempre nos queda Cacania.

Útero o intemperie. Los nuevos versos de Bárbara Butragueño

Este poemario de Bárbara Butragueño (Madrid, 1985) se dio a conocer públicamente el pasado mes de febrero y contó con otras presentaciones todavía en plena primavera. Se trata de su quinta colección de poemas ─cuatro libros y una plaquette─, y la segunda que la autora confía a la imprenta. Esto evidencia una doble característica de la escritora: la prolificidad y la paciencia, lo que seguramente se debe a su predisposición natural a engendrar versos a partir de cuanto le ocurre y a la virtud de someterlos a escrutinio con minuciosidad de orfebre.

Al lector mínimamente avisado sobre la poesía española actual, no le habrá pasado desapercibida la obra de esta, todavía joven, poeta madrileña. En ella, destaca su lenguaje personal, imaginativo que, sin hacerse eco de las anunciadas defunciones de la retórica, emplea con provecho la metáfora y la imagen, en un ritmo libre, casi siempre sin puntuación. Una escritura en la que cada verso parece brotar en el centro de alguna conmoción existencial y en la que se advierten no pocas referencias que la autora nunca ha dudado en admitir. De esta manera, en sus composiciones percibimos la resonancia de voces como las de Alejandra Pizarnik o Blanca Varela. Y el aliento de lecturas diversas que bien podrían dibujar un arco con diferentes puntos de paso, que van desde el intimismo de Dickinson, al despliegue trópico de Umbral o el poder visionario de Plath. Y, en la órbita de nuestra literatura más cercana, los de la poesía de Ada Salas, Rosa Castro y David Meza o la de su admirado Juan Antonio Marín, por citar el trabajo de autores que son de recuerdo frecuente en sus comparecencias y entrevistas.

En sus composiciones percibimos la resonancia de voces como las de Alejandra Pizarnik o Blanca Varela

He tenido la oportunidad de seguir la evolución de la madrileña desde hace ya bastante tiempo y siempre me ha parecido que le acompaña un insaciable deseo de tragarse el mundo para devolvérnoslo temblando en los poemas. De entresacar esos secretos que la realidad esconde y que al entrar en contacto con el lector suscitan un sonoro escalofrío. Algo que se hace aún más evidente si se ha tenido la oportunidad de asistir a algunos de sus recitales, como los que ha llevado a cabo durante años para la Red de Arte Joven de la Comunidad de Madrid o el que celebró en la tertulia Esmirna, por citar dos ejemplos que me resultan familiares. En ellos, con frecuencia, su fraseo parece transcurrir con ademanes de trance contenido, revelando, aún más si cabe, la naturaleza vital e inspirada de su desempeño creativo.

No otra es la propuesta en esta Casa útero, que nos ocupa, si bien advertimos en sus textos un ligero encaminarse hacia un territorio expresivo que, sin renunciar a lo emocional/humoral, busca ensancharse por la vía de lo reflexivo y metafísico, potenciándose así el mensaje. O eso nos parece.

El volumen se divide en tres partes: «La culpa», «Las grandes palabras» y «El hogar caliente», en las que se nos habla de la culpa, de la relación del personaje lírico con la palabra poética y de la búsqueda de la identidad, respectivamente. Como colofón final, encontramos una suerte de anexo con trazas de coda, más que de epílogo, «Calor residual», que añade interesantes reflexiones adicionales a la tercera sección.

En «La culpa» la almendra argumental es el sentimiento de culpa y la manera en que este nos afecta, nos despierta o, también, nos abre al mundo. Así, de cuantas identidades conforman nuestro yo, solo se justifica aquella que no nos exime de la culpa. Pero permanecer en ella es una forma de mentira y hace falta «un grado de ardor un estallido» (pág. 18), ya que «solo muriendo / fieramente cada día / y dejando al temblor / calar el hueso / se puede dar a la vida hondura» (ibid.). Este temblor, por tanto, depende de no circunscribirse en exclusividad a la culpa, lo que permitirá que esta se transforme en un reclamo a un vivir más intenso y profundo, que acabe suponiendo una forma de redención ―nunca explicitada en el poemario, por otro lado―. Además, se propone una perspectiva de desgarro existencial donde saberse tan culpable como disponible a la negación de uno mismo, que nos procure alguna forma de pureza. Aun con todo, no hay palabras que lo consigan y asumimos ese fracaso; ese estado natural de anhedoniaespiritualcaracterizado porla sensación de «no estar nunca del todo / en ningún sitio» (pág. 19). Por eso, experimentamos un yo insatisfecho y aislado, ante el que uno se pregunta «para qué la bondad / para qué la fe / para qué la herida» (pág. 22) si «nadie nunca / nos responde» (pág. 23). De tal manera que, para ser libre, se estima necesario dejar escapar tales aspiraciones y tan elevada consideración de su cumplimiento. Una resignación y frustración en la que, a pesar de todo, no es imposible la esperanza. Por eso, se exhorta a los que consiguen renacer vaciándose de sí mismos a que compartan la verdad, la mirada limpia, la experiencia que nos salve de la propia culpa. No en vano, a ellos se dirige el final de esta parte: «vosotros vosotros enseñadme / enseñadme / a hacer justicia // enseñadme a ser» (pág. 29).

En «La culpa» la almendra argumental es el sentimiento de culpa y la manera en que este nos afecta

«Las grandes palabras» principia reconociendo que no se desea saber el significado preciso de la palabra «culpa», pues no es percibida con nitidez la delgada frontera de sus términos, y se prefiere «una forma cauta de certeza» (pág. 36). Se reflexiona sobre la oscuridad de la palabra poética y se lamenta cada vez que el verbo no está incendiado, en la misma medida en que se relaciona la escritura acometida con un lenguaje más convencional con una especie de aurea mediocritas literaria a la que se renuncia, porque «Quizá mi pecho no conozca más idioma / que el diluvio» (pág. 41). Pero la oscuridad igualmente puede ser una forma de refugio: «¿acaso no es esta oscuridad / donde crees que reside la belleza / la escafandra perfecta para ocultarte?» (pág. 42). Y se termina por reconocer que se escribe desde el rapto, desde una posesión en la que la palabra poética toma prestada la voz del poeta como si de un profeta/oráculo se tratara: «Sé que hay incendios, sé que por momentos escucho la música nacer de mí como un antílope mojado, pero esa boca no es la mía, ese odio no es mi odio, yo tengo un cuerpo puro» (pág. 43). En definitiva, este debate interno escenifica la lucha, tan de la autora, por la sinceridad poética sin renunciar a la belleza. La búsqueda, en suma, de los grandes significados en moldes de atractivos significantes.

La última de las partes, «El hogar caliente», aclara que salir del útero, de la casa, es exponerse demasiado «en este mundo de lobos donde los otros tan lobos siempre» (pág. 49). Salir o no salir, esa es la cuestión. Ser útero o intemperie. Así, el útero tiene el valor de lo originario y el exterior supone el bagaje de lo vivido, de lo heredado; lo familiar, emocionalmente. Una aventura al aire libre que se vive a la defensiva: «Pensabas que solo lobo los lobos te amarían» (pág. 52), y que implica la negación del propio cuerpo: «donde dijiste mujer dijiste nunca» (ibid.) y «te borraste el sexo» (pág. 53), para refugiarse en una forma de poseer errática que no es la verdadera fuerza anhelada, aunque sea poderosa y se parezca a la fuerza del varón. Hay, por tanto, inseguridad, miedo, estupor. Y el sujeto poético recuerda de niña a una mujer de caderas grandes que «siempre se está marchando» (pág. 56). En última instancia, se acaba por identificar la deseada fuerza, el protagonismo de la conciencia, como un lugar con un centro, «un animal diminuto que ― espera ― al fin ― encontrarse» (pág. 59) a sí mismo. Y por aquí ya vamos entendiendo el título de la obra, la urgencia por regresar al origen, a la esencia, a la matriz, a un útero desde el que sea factible recomenzar. Un lugar que representa ese espacio desde el que es posible emitir un canto como el de este libro-aullido cuando reivindica la autenticidad ante las más hondas e íntimas encrucijadas personales.

Finalmente, el calor residual que emana del apéndice redunda en la incapacidad del yo para reconocerse, para lograr la esperada identidad, pero nos reserva una hermosa sorpresa final con la que se cierra la esfera uterina del volumen. La aspiración de ser afirmado por otros con una exigencia semejante: «Yo quería que alguien me perdonara para poder perdonarme» (pág. 68); «Sé que hay otros que también vagan y buscan. Con la boca llena de algodones. Cuerpos que tienen frío a todas horas. Y también viven el amor propio como un tartamudeo eterno». (pág. 69).

Cuerpos asimismo con un contorno como el de este poemario, que redondea su forma con la plasticidad a la que nos tiene acostumbrados la escritora. Con las aludidas capacidades metafóricas e imaginativas, vertidas en moldes rítmicos de notable aliento, que consiguen un libro con maneras ―y más que maneras, por la persistencia en el tropo― de alegoría. Más allá, insiste la poeta en su voluntad de omitir las comas, excepto en los poemas en prosa que igualmente jalonan la obra. Además, hay un reiterado empleo del guion tipográfico en la prosa que cierra la tercera parte, que nos permite rastrear los razonamientos fragmentados y discontinuos del sujeto poético, como si la autora copiara al natural del pensamiento sin cocer las frases. De hecho, y en términos generales, en este volumen el ritmo de las consideraciones parece ofrecerse a trazos, manifestando la otra faceta creativa de la escritora: la de la ilustración y el dibujo. Porque Butragueño escribe como dibuja ―o a la inversa―, transcribiendo en cada línea lo que le pasa ― y traspasa― partiendo de una referencia original que, decantada en la memoria, traslada al papel ya transformada en una realidad nueva.

Esta realidad, ya se ha dicho, ofrece una versión bastante reflexiva en este texto, lo que no deja de resultarnos llamativo, por cuanto cada vez son más los que dirigen su mirada hacia esa poesía neopopular e intranscendente que prolifera por las redes y se da bacanales en los nuevos y viejos sellos editoriales. En este sentido, nos parece que la poeta es fiel a su pretensión de ofrecer en palabras de meritoria factura sus más hondas inquietudes vitales. Algo por lo que vale la pena reparar en esta propuesta poética en un tiempo en el que nuevos paradigmas antropológicos ―el literario entre ellos― no dejan de suponer una revalorización del viejo e ingenuo culto al valor omnipotente de la razón, y de esta a los pies del bienestar y el progreso, como suele suceder en las épocas determinadas por los grandes avances.

Ofrece una versión bastante reflexiva en este texto, lo que no deja de resultarnos llamativo

Buscamos el bienestar y progresamos, cómo no, pero no es posible hacerlo con éxito si rehuimos hacer las cuentas con nuestras más hondas hechuras: esa dependencia de la realidad que nos muestra la fragilidad estructural de la condición humana, la pertinencia de los interrogantes últimos y penúltimos, y la necesidad de significados verdaderos. Es por este motivo que esta escritura, y la de tantos otros que transitan los arduos caminos de la autenticidad y la belleza, está llamada a erigirse en testimonio de resistencia en un momento en el que hasta la poesía parece rendida al poder de lo banal y lo efímero.

«Ten más modestia, Muerte»

Machado, mediante Juan de Mairena, ironizó sobre el deber profesional de los poetas de hablar de la muerte, y se recreó en la sorpresa que, a pesar de haberla nombrado tanto, se llevaría más de uno al encontrarse de golpe con ella. Por debajo de la broma de humor negro, late una verdad muy honda: la poesía lleva enfrentándose a la muerte desde sus inicios.

A veces, plantándole cara. Otras, huyéndole, como en el viejo “Romance del enamorado y la muerte”. Otras, más de perfil, contando con ella, como cuando José Mateos dictamina que verdadero poema sólo es aquel que puede recitarse a un moribundo. Otras, acompañando a los muertos, como intentaron, incluso físicamente, Ulises, Orfeo, Er el Armenio, Eneas y Dante con sus respectivas bajadas a los infiernos. Bécquer, ya nuestro contemporáneo y, por tanto, resignado, se limitó a lamentarse delicadamente: “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”. Buena parte de la grandeza de las Coplas de Jorge Manrique se debe a que no renuncia a ninguna de las posibilidades: tiende astutas celadas a la muerte, la encara directamente y, a la vez, la asume con melancolía y esperanza.

Horacio encontró las palabras precisas, breves e inmortales, que plantaban los poderes de la poesía frente a la muerte: Non omnis moriar (“No moriré del todo”), decía, confiando en sus propios versos. A Unamuno aquello le puso de un pésimo humor y le replicó con ásperos endecasílabos: “¡No todo moriré! Así nos dice/ henchido de sí mismo aquel poeta/ que odia al vulgo profano y que le reta/ a olvidarle esperando le eternice/ el reto mismo; es calculada treta”. Quizá se enfadó porque Horacio le lleve siglos de inmortalidad de ventaja, o quizá porque esa inmortalidad, “donde el recuerdo es lo único que queda” le sepa a poco al cristiano (atormentado, pero cristiano) Unamuno. Lo indiscutible, se ponga como se ponga el rector de Salamanca, es que Horacio ha quedado en nuestro recuerdo, y eso ha dado moral a los poetas para mirar a los ojos a la muerte.

Nadie con más dulzura que John Keats: “A thing of beauty is a joy for ever”, y nadie con más contundencia que su tocayo John Donne, que dio muchas vueltas al asunto. De él es el cinematográfico verso sobre la conveniencia de no preguntar por quién doblan las campanas cuando lo hacen a muerto: ¡es por ti! Pero para compensar, de Donne es también el afilado soneto donde le pone los puntos sobre la i a la misma parca. Víctor Botas lo tradujo con maestría: “Ten más modestia, Muerte, aunque se te haya/ erróneamente dicho poderosa/ y temible; pues esos que has borrado/ no mueren, pobre Muerte, incapaz hasta/ de aniquilarme a mí. Si el reposo/ y el sueño son tan gratos, cuánto más/ no debes serlo tú: así se explica/ que los mejores antes den contigo/ libertad a sus almas y a sus huesos/ descanso. Azar, reyes, suicidas,/ son tus amos, habitante de pócimas,/ enfermedad y guerras. Y más diestros/ que tú son los hechizos. Menos humos/ que veremos tu fin; tu muerte, Muerte”.

Más pegado a la tierra, reflexiona José Jiménez Lozano en su poema “El precio”: “Matinales neblinas, tardes rojas,/ doradas; noches fulgurantes,/ y la llama, la nieve:/ canto del cuco, aullar de perros,/ silente luna, grillos, construcciones de escarcha;/ el traqueteo del tren, del carro, niños,/ amapolas, acianos, y desnudos/ árboles de invierno entre la niebla;/ los ojos y las manos de los hombres,/ el amor, la dulzura /de los muslos, un cabello de plata,/ o de color caoba;/ historias y relatos, pinturas y una talla./ Todo esto hay que pagarlo con la muerte./ Quizás no sea tan caro”.

La muerte como intensificador de la vida ha hecho un gran papel. De ahí a su relación con el amor, no es tanto el salto. Lo dio la Biblia: “Fuerte como la muerte es el amor”, clama, y los poetas se apuntan enseguida. El recurrente éxito de Don Juan Tenorio por estas fechas radica en su habilidad para mezclar frenéticamente la muerte, el erotismo y la teología. Los poetas españoles han podido tratar a la muerte como una amada porque nuestro idioma, como anotó Borges, permite la metáfora. En inglés, la muerte es masculina. La diferencia de género explica que el gran poeta moderno sobre la muerte en español sea Juan Ramón Jiménez, que supo sacarle resonancias sensuales, mientras que en inglés ha escrito memorables poemas mortuorios Emily Dickinson, recogidos en una antología indispensable: Poemas a la muerte (Bartleby Editores, 2010). Aprovechando su género masculino, la norteamericana en algunos de ellos utiliza la imagen del noviazgo galante y del futuro encuentro conyugal.

El pueblo, en cambio, ha preferido la otra metáfora ancestral: el sueño. Lo canta la copla con clara contundencia: “Cada vez que yo me acuerdo/ que me tengo que morir,/ echo una mantita al suelo/ y me jarto de dormir”. Habría que investigar cuánto ha influido el cristianismo y su fe en la resurrección en posturas tan líricas o tan flamencas. San Pablo constató que la muerte había perdido su aguijón. Lo había cambiado, efectivamente, por un plumín.

Brasil: cambia de presidente, la crisis sigue

La derecha pidió «impeachment», el alejamiento constitucional de la presidenta Dilma Rousseff, consumado al final. La izquierda gritó «golpe». ¿Quién tiene razón?

Yo prefiero decir que la historia es más sencilla, casi un clásico de la política, que se podría resumir así: un gobierno fracasa estrepitosamente, pierde en consecuencia el apoyo del público y, al perderlo, los políticos que lo apoyaban lo abandonan (no conozco caso en la historia en que políticos mueran abrazados a un gobierno que está mal visto, muy mal visto, en la opinión pública).

Como «fracaso» no es motivo constitucional para impeachment utilizaron un pretexto legal (maniobras contables irregulares adoptadas por la entonces presidenta) para alejarla de su cargo.

Es más o menos el equivalente al voto de desconfianza en el parlamentarismo, solo que aplicado a un régimen presidencialista.

Los datos del fracaso son elocuentes. La economía de Brasil retrocedió 3,8% en 2015 y solo creció a un promedio anual del 0,9% en los primeros cinco años de gobierno de Dilma Rousseff, lo que ubica a su gestión como la tercera con peor desempeño desde la instauración de la República en 1889.

Es, por lo tanto, un colosal fracaso, el segundo más fuerte en ciento dieciséis años.

Consecuencia inevitable de ese desempeño horrible: solo en 2015, el último año completo de Dilma en el gobierno, 1,5 millones de personas perdieron el empleo, el peor resultado en treinta años.

La inflación alcanzó en 2015 su mayor nivel en trece años (10,67%) y hubo además un déficit histórico en las cuentas públicas.

Como los datos macroeconómicos parecen abstractos al común de la gente, es necesario recopilar hechos de la vida real, del cotidiano, para que se entienda mejor la dimensión del fracaso.

A ellos:

  1. En una de las más importantes clínicas de diagnóstico por imagen de São Paulo, el movimiento cayó este año de 130 agendamientos por quincena hasta 60. O sea, se redujo a menos de la mitad, pese a que han rebajado los precios. Como hoy día son raros los médicos que se animan a diagnosticar sin tener a mano un examen por imagen, no es que la salud de los brasileños haya mejorado. Lo que empeoró fue el bolsillo de la gente.

2. La publicidad en los periódicos, en general, sufrió, también este año una caída que los directivos nunca habían visto en muchísimo tiempo. Si se suma a esa caída la crisis mundial del negocio de la comunicación, se forma una tormenta perfecta cuya consecuencia inexorable es el corte sistemático de puestos de trabajo.

3. La Volkswagen, presente en Brasil hace más de cincuenta años, conoció en 2016 en el país su peor desempeño en el mundo. Vendió un 37,6% menos autos en el primer trimestre, en comparación con idéntico periodo de 2015. A principios de esta década, Brasil era el tercer mercado de la montadora. Ahora es el séptimo.

4. El rendimiento promedio del trabajo cayó más del 3%, en términos anuales, descontada la inflación.

5. Los planes privados de salud perdieron 1,4 millones de clientes en un año. El grueso de la perdida viene de los clientes de empresas, por las dimisiones. Doble crueldad, por lo tanto: si pierde el empleo, se pierde también el plan de salud y es obligado recurrir al (pésimo) servicio público.

Es una masacre, a la cual se suman los datos macroeconómicos que la gente no siente inmediatamente en su cotidiano pero que son obviamente determinantes para la marcha de un país.

Resumen apretado de tales datos:

  • Desequilibrio fiscal que generó un déficit del 6% del Producto Interno Bruto en 2014, 10% en 2015 y amenaza repetirse en 2016.
  • Preocupante dinámica de la relación deuda bruta-PIB, que subió del 52% a finales de 2013 hasta el 67% al terminar 2015.
  • Total descontrol de los gastos públicos, al punto de que el déficit previsto en marzo por el anterior gobierno (90 mil millones de reales, equivalentes a 25 mil millones de euros) ha sido elevado por la nueva dirección económica, en concreto, casi el doble (a 170 mil millones de reales, equivalentes a 47 mil millones de euros).

¿Alguna sorpresa ante tales datos por el hecho de que la popularidad de Dilma cayera a mínimos igualmente históricos (11% de apoyo)?

El PMDB, partido sin ideología definida y que fuera compañero de viaje de Dilma en las elecciones de 2010 y 2014, ambas ganadas por ella y por su candidato a vicepresidente, Michel Temer, sintió la posibilidad de llegar al poder, después de haber pasado los veintidós años anteriores sin tener un candidato presidencial viable.

La mayoría de sus parlamentarios y el mismo Temer traicionaron a Dilma y se sumaron al proceso de impeachment, utilizando el pretexto legal abierto por el hecho de que la presidenta realmente practicó maniobras fiscales, que, sin embargo, no serían suficientes para castigarla sin el fracaso administrativo, el retroceso económico y la devastación social consecuente.

Alejada Dilma, ¿se resuelven los problemas del país? Para nada.

Para empezar, hay el hecho de que el nuevo presidente, Michel Temer, puede tener la legitimidad jurídica (el reemplazo de Dilma siguió los trámites previstos en la Constitución y fue aprobado por dos tercios de cada una de las dos Cámaras del Parlamento, en proceso supervisado por la Corte Suprema).

Pero no tiene, a mi juicio, la legitimidad electoral. Como candidato a vicepresidente de Dilma, su figura no aparecía en la pantalla de la máquina en que votan los brasileños.

Además, es una figura gris, al punto de nunca haber sido ni siquiera propuesto como candidato a presidente o gobernador de su estado (São Paulo) o ni siquiera a alcalde.

Asumió con el apoyo de tan solo el 14% de los encuestados, no mucho más, por lo tanto, de los 11% que respaldaban entonces a Dilma.

Es importante señalar que dos de los cuatro presidentes elegidos democráticamente después del fin de la dictadura militar del periodo 1964-1985, fueron derribados por el procedimiento legal conocido como impeachment.

Parece haber ahí un claro déficit de consistencia en el sistema político-partidario.

Pero es siempre posible ver las cosas de una manera más positiva: el alejamiento de dos presidentes, impopulares pero elegidos democráticamente, se dio por el Parlamento y no por los tanques en las calles, a la vieja usanza latinoamericana.

Da la sensación de que la democracia está consolidada en Brasil. Lo que le queda es funcionar mejor, lo que implica poner coto a los altísimos niveles de corrupción (sería ingenuo suponer que se puede eliminar).

Desde mi punto de vista, el sistema político brasileño está podrido. Me parece obvio que hay algo profundamente equivocado en un sistema político en que la jefa del poder ejecutivo está alejada por decisión de un poder legislativo, en el cual, sin embargo, el entonces presidente de la Cámara de Diputados también perdió el puesto y, luego, el mandato, bajo acusación de corrupción.

Y, además, pero no apenas, el presidente de la otra Casa, el Senado, está igualmente pendiente de acusaciones que terminarán por ser juzgadas en la Suprema Corte. Complica todavía más las cosas el hecho de que treinta y cinco partidos estén legalmente registrados en la Corte Electoral, de los cuales veinticinco ocupan asientos en el Parlamento.

No hay, por supuesto, veinticinco ideologías distintas que necesiten un partido para expresarse. La mayoría de las siglas que están presentes en el escenario político brasileño son los que llamamos «partidos de alquiler». Véndense al mejor postor —con lo cual contribuyen enormemente a la corrupción—.

Para demostrar que no hay ideología por detrás de los partidos, basta mencionar un dato: Dilma y Temer pasaron a simbolizar las cabezas de dos enemigos mortales, el anterior y el actual gobierno. Sin embargo, el 55% de los miembros del nuevo gobierno o participaron en el anterior o, por lo menos, lo apoyaron.

Es una situación surrealista, comparable a imaginar, por ejemplo, que el 55% de los fans del Real Madrid lo sean también del Barcelona o que el 55% de la directiva del PSOE se animarían a formar parte de un gabinete del PP.

Es, por lo tanto, un sistema enteramente disfuncional, lo que facilita enormemente la aparición de crisis y dificulta también enormemente la resolución de ellas.

LA CORRUPCIÓN RAMPANTE

Hablemos un poco ahora de Newton Ishii, aunque dudo que los lectores hayan escuchado hablar de él, pese a que ha sido durante los primeros meses del año la figura más notoria de Brasil.

Ishii es más conocido como el «Japonés de la Federal», por ser descendiente de japoneses y miembro de la Policía Federal. En esta última condición, fue el custodio de todos los importantes personajes de la política y del empresariado detenidos en el curso de la «Operación Lava Jato» —la más impresionante cruzada contra la corrupción en 516 años de la historia brasileña—.

Por la importancia de las personas que iban siendo detenidas, los diarios y las televisiones estaban siempre presentes en el momento de la detención y Newton Ishii aparecía, inevitablemente, día y noche (a veces también de madrugada) en las portadas de los diarios y en los noticieros de televisión. Se transformó en celebridad instantánea. De pronto, volvió a las portadas y a los telediarios, esta vez como preso él mismo, condenado por facilitación de contrabando.

O sea, el custodio de los acusados de corrupción era también corrupto —irónica demostración de cómo la corrupción está gangrenando Brasil—.

La opinión pública siempre supo que obras públicas y corrupción andan juntas muchas veces —y no solo en Brasil—. Los escándalos en España, por ejemplo, tienen que ver, casi siempre, con la adjudicación de obras o servicios públicos a empresarios amigos.

La sospecha es tan arraigada en Brasil que una de las principales constructoras del país, la oas, era traducida en charlas café o en las redacciones periodísticas como «Obras Arregladas por el Suegro». En referencia al todopoderoso gobernador, senador y ministro Antonio Carlos Magalhães, suegro de uno de los fundadores de OAS (no por coincidencia, es una de las empresas involucradas en la «Lava Jato»).

Nunca antes se había dicho nada de empresas y políticos involucrados en tales negocios sucios. Por eso, cuando la «Lava Jato» saca a la luz un escándalo tras otro y señala con el dedo a casi todas las grandes constructoras y miembros importantes de casi todos los grandes partidos, se produce un shock de proporciones considerables.

No es trivial que un apellido como Odebrecht (de la constructora del mismo nombre) aparezca entre rejas y, más que eso, adhiera el mecanismo llamado en Brasil de «delación premiada». Termina siendo la confesión de que cometieron los crímenes de los cuales son acusados, lo que involucra automáticamente buena parte del mundo político, del anterior y del nuevo gobierno.

Según las cuentas de un sitio llamado «Congreso en Foco», dedicado a la información (y vigilancia) sobre el Parlamento, 24 de 81 senadores (29,6%) responden a acusaciones criminales en el Supremo Tribunal Federal —el único que tiene competencia para juzgarlos—

El presidente del Senado, Renan Calheiros, acumula la nada envidiable marca de once investigaciones.

En la Cámara de Diputados, la situación es prácticamente idéntica: hasta el final del año pasado, 148 de los 513 diputados federales (28,9%) estaban pendientes de resoluciones de la Suprema Corte.

Si el gobierno anterior tuvo inmenso desgaste por las acusaciones de corrupción, el nuevo no tuvo reparo en proponer, como líder en la Cámara de Diputados, al diputado André Moura, reo en tres acciones pendientes en la Suprema Corte, investigado en tres casos —uno de ellos por nada menos que intento de asesinato— y una condena por improbidad administrativa en un estado del Sureste.

Uno de los principales aliados de Michel Temer, el senador Romero Jucá, está mencionado en las delaciones de ejecutivos de dos constructoras, en casos que involucran supuestas (o reales) propinas en el sector eléctrico.

En esas circunstancias, no sorprende que Jucá se haya alejado del cargo de ministro de Planeación, después de tan solo doce días en el puesto. Un antiguo aliado, también reo en la «Lava Jato», grabó —y filtró posteriormente— una grabación en que los dos discutían maneras de contener lo que Jucá llamaba «sangría» —en alusión a la cantidad de prisiones en la «Lava Jato»—.

Contener la «sangría» parece ser del interés de todos los partidos, todavía más después que el juez Sergio Moro, que conduce los procesos correspondientes, aceptó la denuncia de los fiscales contra el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, líder de la oposición al nuevo gobierno.

Como la «Lava Jato» es apoyada firmemente por la mayoría de los brasileños, la dicha «sangría» parece imparable y, mientras siga, cualquier apuesta política es arriesgada: nadie sabe lo que saldrá, mañana o pasado de Curitiba, la ciudad sureña en que se concentran las investigaciones.

EL DESAFIO ECONÓMICO

Mientras tanto, el desafío es evaluar las perspectivas del gobierno Temer.

De hecho, son dos gobiernos Temer, con distinta suerte, hasta ahora. Hay el gobierno económico, formado para satisfacer a los agentes de mercado y a los empresarios. Y hay el resto del gabinete, formado para asegurar a la nueva gestión el apoyo de los parlamentares.

En relación a la economía, la reacción más o menos generalizada fue de apoyo a la elección de Henrique Meirelles para Hacienda.

Meirelles fue banquero toda su vida hasta aventurarse en la política en 2002. Presidió BankBoston hasta ser elegido diputado por el PSDB, la socialdemocracia brasileña.

Pese a ese origen y a sus credenciales neoliberales, fue indicado por Lula, supuestamente de izquierda, para presidir el Banco Central, con lo que, durante los ocho años de gobierno Lula, controló las principales palancas de la economía, como las políticas cambiaria y monetaria.

Hasta ahora, el nuevo equipo económico se dedicó a hacer más anuncios que a tomar medidas concretas, pero, sin embargo, el simple hecho de que un hombre como Meirelles, market-friendly, esté al frente de la economía, hizo cambiar la expectativa de los agentes económicos.

Sofocados por la recesión, que ya dura seis trimestres, no creían que Dilma fuera capaz de recuperar la economía. Sin ella, por lo tanto, esperan mejoras.

La principal apuesta de Temer/Meirelles es una auténtica revolución en las cuentas públicas (sin entrar en juicio de valor, sino por mera constatación): trátase de la congelación de los gastos públicos, quizás por veinte años. Solo podrían aumentar de acuerdo con la inflación.

Para dar una idea concreta de lo relevante que es la congelación, basta decir que, en los diez años más recientes, los gastos crecieron un 93% por encima de la inflación. Otra comparación relevante: si la nueva regla estuviese en vigor en 2015, los gastos públicos habrían sido de 600,7 mil millones de reales (166 mil millones de euros), poco más de la mitad de los 1,16 trillón de reales efectivamente contabilizados.

Parece claro, por esas comparaciones, que, una vez recuperado el crecimiento de la economía y de la recaudación, el límite de gastos será más que suficiente para reequilibrar el presupuesto dentro de algunos años.

La cuestión es saber si el país aguanta hasta entonces sin que haya simultáneamente un programa más definido para reactivar la economía y sacarla del profundo pozo en que está.

Reducir el rol del Estado, por la vía de la congelación de sus gastos, tiene un efecto necesariamente de contracción de la economía, como se ha visto en Europa en los años recientes.

No están todavía definidos los detalles para ese techo de gastos. En la versión más radical que se escucha en círculos gubernamentales, los gastos estarían en 2036 al mismo nivel en que estaban en 1997, en el primero de los dos periodos de Fernando Henrique Cardoso (13,4% del PIB). Hoy, está en el 19,1%.

De todos modos, la implementación depende de aprobación del Congreso, que no será fácil una vez que una buena parte de los parlamentarios que apoyan el gobierno son adictos a hacer política con base en los gastos públicos para sus regiones.

Austeridad no es una palabra que combine con PMDB, el partido del presidente.

Economía al margen, en el ámbito político hubo demasiadas idas y venidas, empezando por el hecho de que el gobierno perdió tres ministros en un solo mes, el primero de su gestión, antes de que fuera confirmado el impeachment de Dilma.

Así y todo, la composición del gabinete, para agradar a los congresistas, ha funcionado hasta ahora. De acuerdo con la encuesta realizada por el sitio Aos Fatos, el gobierno tiene el apoyo del 70% de los congresistas en las dos Casas del Congreso, lo que, en teoría, hace fácil aprobar proyectos de interés del poder ejecutivo, incluso enmiendas constitucionales. Y estas demandan el voto de dos tercios de cada Cámara.

Esa mayoría tiene, en todo caso, que ser demostrada en la práctica —y la ocasión crucial será el voto sobre el límite de gastos—. Si se aprueba, bien para el gobierno, que verá la confianza de los agentes económicos reforzada. Pero la confianza de los trabajadores solo vendrá si la economía realmente se recupera y, en consecuencia, se recupera también el empleo.

Los españoles saben, mejor que nadie, que en recuperar el empleo se tarda más que en recuperar la economía. El plazo, en ese caso, es más largo —y lo que Temer no tiene es largo plazo—.

He aquí el gran problema: el tiempo de que dispone el gobierno es de tan solo 28 meses, lo que constituye, en mi opinión, un reto insoslayable. Y eso, sin tener en cuenta las dificultades que puedan venir de esa caja de Pandora que es la «Lava Jato».

La última novela española, asediada por la literatura comercial

Un análisis de la novela contemporánea no puede dejar de lado la situación editorial, para mí una de las claves que explican parte de la evolución y las tendencias de la novela española última. Hoy más que nunca, la industria editorial condiciona más de lo que parece, en nuestro país y en otros muchos, la manera de hacer literatura y la proliferación de los argumentos de moda. En este sentido, las editoriales, sobre todo las grandes, imponen su sello y su estilo. Por eso, antes de entrar en el análisis de la literatura española contemporánea, conviene apuntar algunas notas distintivas de nuestra realidad editorial.

EN MANOS DEL MARKETING

Vivimos un momento de acusada concentración editorial, que tuvo su momento álgido con la adquisición del grupo multinacional Peguin Random House de la editorial Alfaguara y de otros sellos del grupo Prisa. Desde el punto de vista económico, la crisis ha afectado de lleno al sector, que hace lo que puede para mantener el tipo ante las convulsiones de la crisis y la amenaza del libro digital. Aquí podemos recuperar las conclusiones del ensayo La edición sin editores (Destino), de André Schiffrin, donde ponía el dedo en la llaga en algunos de los problemas del mundo editorial: la desaparición de los editores tradicionales y la irrupción desbocada de las estrategias del marketing.

Ahora, sin disimulo, sobre todo en las grandes editoriales (simplificando el análisis bastante, pues para ser justos habría que hacer muchas excepciones), lo que se busca es vender como sea y de manera masiva.

APOTEOSIS DEL BEST-SELLER

Muchas editoriales, por cuestión de supervivencia, reafirman su fe en las estrategias del best-seller, la manera más eficaz de llegar a un amplio número de lectores que buscan, sin más, entretenimiento al por mayor, tendencia que ya está determinando la elección de los títulos que se publican y que es una advertencia para aquellos escritores que no cuenten con estas premisas. No parece que muchos escritores sufran por esto, pues se prestan sin rubor a escribir novelas con una explícita vocación comercial. Y si no los hay, convertimos a famosos en escritores, sobre todo a los presentadores televisivos, rostros conocidos para el gran público: Mara Torres, Mónica Carrillo, Sandra Barredo, Maxim Huerta, Christian Gálvez, Marta Fernández, David Cantero, Luján Argüelles…

La obsesión por el best-seller se traslada también a las técnicas literarias. El best-seller busca públicos masivos, por eso un buen número de autores estudian las estrategias de los grandes escritores extranjeros que han pegado el pelotazo internacional y marcado el camino (por ejemplo, Dan Brown. E.L. James y Ken Follett, y la lista es amplia). En muchas ocasiones, lo peor de este fenómeno no es el libro que triunfa, sino los sucedáneos que vienen a continuación, las obras clónicas que los imitan sin rubor. Menciono algunos autores de best-seller españoles, eficaces representantes de una manera de escribir que, hay que reconocerlo, ha servido también para que miles de lectores se acerquen a la literatura: María Dueñas, Julia Navarro, Carlos Ruiz Zafón, Matilde Asensi, Ildefonso Falcones, Javier Sierra, Luz Gabás, Paloma Sánchez-Garnica, Javier Moro…

Un fenómeno singular en este panorama es Arturo Pérez-Reverte, uno de los escritores más leídos en nuestro país, que aporta en su literatura un gran trabajo de documentación, los ingredientes más vistosos de la novela histórica y policíaca y los temas del best-seller culto, a los que hay que sumar un estilo ágil, trabajado, dinámico, repleto de intriga y de una calidad muy superior a la de otros autores que van en esta línea, de ahí su éxito. Entre sus últimas novelas, Algunos hombres buenos (2015) contiene, sin embargo, una tópica trama histórica que le sirve al autor para hacer una sesgada radiografía de la España del siglo XVIII, con mucha moraleja; me ha resultado más novedosa y lograda El francotirador paciente (2013), una novela de aventuras sobre el mundo clandestino de los grafiteros.

EL ESPECTÁCULO DE LOS PREMIOS LITERARIOS

Este reconocible estilo editorial se ha trasladado a los premios más populares (Planeta, Nadal, Alfaguara, Primavera, Azorín…), que son un ejemplo redondo de esta vocación mercantilista de la literatura. Los premios, con su correspondiente boato de marketing, no buscan nuevos valores literarios ni obras en verdad originales, sino escritores y libros que puedan venderse al por mayor. Esto lo tienen muy claro los jurados.

Ante este panorama comercial, la crítica literaria ha adoptado una postura complaciente, pues no resulta ni fácil ni agradable convertirte permanentemente en un pepito grillo que cuestione la validez de tantos libros prescindibles. Además, estos libros son los que tienen visibilidad, los que marcan tendencias, los que imponen su sociología y los que garantizan el mercado y la pujanza de la industria editorial. Sin embargo, la crítica ha olvidado demasiadas veces su papel de señalar las diferencias que existen entre una obra de calidad y una obra de usar y tirar y en ocasiones parece un eslabón más, hasta programado, de las campañas de marketing de las editoriales.

NUEVAS EDITORIALES, NUEVOS LECTORES

Así, resumiendo este panorama, podemos apuntar la coexistencia de una apabullante literatura comercial con una literatura minoritaria que se dirige a un lector más literario y más interesado en la calidad literaria que en el cómodo entretenimiento.

Y aquí quiero destacar un fenómeno editorial: la consolidación de las editoriales pequeñas e independientes: Libros del Asteroide, Impedimenta, Nórdica, Periférica, Minúscula, Funambulista, Sajalín, Gallo Nero, Ático de los Libros, Menoscuarto, Errata Naturae, Alpha Decay, Gadir… Aunque para el tema de este artículo no nos son de mucha utilidad (salvo excepciones, publican poca literatura contemporánea española), sí que son un testimonio de la pujanza del sector y de la variedad de lectores actuales, pues no todos se dejan seducir por lo comercial.

AUGE DE LOS SUBGÉNEROS

La huella de lo que más vende se manifiesta también en la moda de los géneros populares. De hecho, algunos auto-res se han convertido en verdaderos fenómenos, como es el caso, en la novela histórica, de Santiago Posteguillo. En este género, también han conseguido popularidad Javier Negrete, Jesús Sánchez Adalid, María Gudín, José Javier Esparza y una inabarcable lista de autores que frecuentan uno de los géneros de moda en la actualidad.

Y lo mismo pasa en la novela policiaca con Dolores Redondo, Lorenzo Silva, Domingo Villar, Reyes Calderón, Carlos Zanón y un largo etcétera, pues estamos ante uno de los géneros más leídos en toda Europa. La novela policiaca tiene un interés añadido, pues a los ingredientes habituales del género hay que añadir el análisis crítico que hacen de la sociedad actual, con sus peligrosas sombras y corruptelas, característica que han tomado de la novela policíaca nórdica.

ESCASO EXPERIMENTALISMO

En la literatura última no se aprecian grandes maestros, autores que marquen tendencia y que impongan su magisterio. No domina ninguna escuela ni ningún magisterio, ni tampoco una única manera de escribir y de cuestionar la realidad. Hoy, en tiempos de una espumosa y líquida posmodernidad, se imponen la heterogeneidad y la pluralidad. Son muchas las voces que describen y analizan la realidad, casi siempre desde una perspectiva realista y tradicional, la más asequible para un amplio número de lectores.

Hay experimentalismo, porque hay de todo, pero no es una tendencia dominante. Este experimentalismo se manifiesta en determinados autores y fenómenos teóricos (como la denominada Generación nocilla, con Agustín Fernández Mallo y, entre otros, Vicente Luis Mora), con escasa visibilidad comercial y literaria, salvo algunas excepciones. Eso sí, hay un caso singular que merece la pena destacar, y mucho: Enrique Vila-Matas. El escritor catalán continúa con una carrera insólita, sorprendente, alejada del realismo y con la que ha abierto nuevas vías narrativas, muy imaginativas, como ha demostrado en su última novela, Kassel no invita a la lógica (2014), una nueva vuelta de tuerca a su ya de por sí ingeniosa y vanguardista trayectoria literaria.

SENTIMENTALISMO Y AGUADO EXISTENCIALISMO

El individualista posmodernista suele ser el protagonista de muchas novelas contemporáneas. La novela actual es un buen catálogo de los comportamientos individuales, sean los que sean y descritos desde múltiples puntos de vista. Este individualismo muestra muchas caras, tantas como escritores, predominando en su análisis la perspectiva sentimental sobre la existencial.

El peso de los sentimientos, si no se canaliza convenientemente, puede acabar siendo incluso un peligro literario, pues los límites entre la novela sentimental y la cuasi-rosa son difusos. Para mí, el sentimentalismo epidérmico y narcisista, con sus dosis de literatura de autoayuda y de moralina light, invalida la literatura como radiografía de las complejidades de la individualidad (y hasta de la sociedad). Y eso que a algunos autores, desde un punto de vista comercial, les está yendo muy bien este camino.

Por otra parte, la perspectiva existencial, salvo excepciones, tiene escasa entidad, pues el desasosiego del que se hace gala suele ser prefabricado y muy literario, más una moda que una auténtica inquietud. No son creíbles muchos conflictos existenciales que se plantean, más cerebrales que reales, ni tampoco el cómodo pesimismo, el hastío y el hartazgo que arrastran muchos antihéroes, demasiados.

UNA LITERATURA TESTIMONIAL Y CRÍTICA

Como tímida novedad en la novela actual, podemos destacar el intento de algunos autores por presentar una visión testimonial y comprometida de la realidad como hacía décadas que no se daba. En algunos autores, ha sido crítica, realista, ideológica, con gran calidad literaria, destacando con rigor las sombras de un sistema deshumanizado, como ha hecho Rafael Chirbes con ciertas dosis de amargura en sus mejores novelas, Crematorio (2008) y En la orilla (2013).

Sin embargo, en otros escritores este análisis social y político de lo que está pasando ha caído en un maniqueísmo ideológico partidista.

Destaco, sin embargo, algunas recientes novelas que describen literariamente y con calidad las consecuencias de la crisis económica —Julio Fajardo Herrero, en Asamblea extraordinaria (2016)— y también la conflictiva realidad política del País Vasco —asunto que aborda la ambiciosa Patria, de Fernando Aramburu (2016)—.

LOS CONSAGRADOS

En estas vertientes literarias, hay autores consolidados que han sabido mantener el listón alto de su compromiso y calidad, eso sí, con sus lógicos desniveles. Algunos de estos autores consagrados han continuado en los últimos años recreando el conflictivo pasado con unas reconocibles y personalísimas señas de identidad instaladas en la posguerra y el franquismo, como ha hecho Juan Marsé, aunque sus últimas novelas (como Esa puta tan distinguida, 2016), igualmente ambientadas en su territorio reconocible de los barrios populares de la Barcelona de posguerra, están muy lejos de las mejores de su dilatada, sólida y lograda trayectoria.

Lo mismo podemos decir de Eduardo Mendoza, que se ha prodigado en publicar novelas humorísticas y policiacas (El enredo de la bola y la vida, 2012, y El secreto de la modelo extraviada, 2015, cuarta y quinta entregas de las novelas protagonizadas por su anónimo y divertido detective), en las antípodas de sus obras de más entidad narrativa: ni siquiera Riña de gatos, premio Planeta 2010, ambientada en la guerra civil, está a la altura de las anteriores.

Parecida sensación de cansancio se aprecia en las últimas novelas de Álvaro Pombo: en unas porque el exceso de originalidad ha descafeinado sus mejores y reconocibles ingredientes y en otras porque se aprecia ya una saturación de su mundo novelesco. Sus últimas novelas publicadas son La transformación de Johanna Sansíleri (2014), Un gran mundo (2015) y La casa del reloj (2016), novela esta última donde consigue recuperar por momentos los mejores rasgos narrativos de su literatura. Tanto Juan Goytisolo, premio Cervantes, como Luis Goytisolo, poco han aportado últimamente a sus cuajadas trayectorias literarias.

LOS MÁS PRESTIGIOSOS

Hay autores actuales con una reconocida proyección nacional e internacional. Antonio Muñoz Molina sigue sirviéndose en sus novelas de su historia personal y colectiva para realizar un lúcido análisis de cuestiones contemporáneas, como ha hecho en la última de ellas con bastante originalidad en la estructura y en los temas, Como la sombra que se va (2014). Javier Marías le sigue sacando partido literario a los mareantes vaivenes del pensamiento, donde es más importante el estilo que la trama, aunque en sus últimas novelas se aprecia un cierto ensimismamiento endogámico que a algunos entusiasma y a otros saca de quicio: Así empieza lo malo (2014) y en Los enamoramientos (2011).

Javier Cercas incorpora a sus novelas las técnicas de la autoficción, la crónica y el reportaje con las que construye unos ingeniosos argumentos con los que también analiza de manera crítica, no sin polémica, la historia reciente de nuestro país, como ha hecho en El impostor (2014), una sutil alegoría sobre la Transición.

Y continúan desarrollando una interesante carrera literaria, en algunos casos no siempre a la altura de las expectativas que levantan con cada novedad, escritores como Luis Landero, Julio Llamazares, Ignacio Martínez de Pisón, Andrés Barba, Juan José Millás, Vicente Molina Foix, Soledad Puértolas, José María Merino, Luis Mateo Díez, Bernardo Atxaga, Juan Bonilla, Abel Hernández, Felipe Benítez, Ignacio Vidal-Folch, Justo Navarro, Juan Manuel de Prada, Andrés Ibáñez, Benjamín Prado, Rosa Montero, José María Guelbenzu, José Ángel Mañas, Almudena Grandes, Juan Cruz, Ricardo Menéndez Salmón, Elvira Lindo, Cristina Fernández Cubas, Ray Loriga, Pablo d’Ors, Marcos Ordóñez, Manuel Rivas, Jorge Carrión, Belén Gopegui, Isaac Rosa, Adolfo García Ortega, Javier Pérez Andújar, Gustavo Martín Garzo, Alberto Olmos, Eduardo Lago, Víctor del Árbol, Usue Lahoz, Espido Freire…

Y también una larga lista de jóvenes promesas de la que, por mencionar solo unos cuantos nombres y para no caer en un listado de guía telefónica, cito a Milena Busquets, Jesús Carrasco, Sergio del Molino, Sara Mesa, Llucia Ramis, Natalia Sanmartín, Vicente Valero, Jenn Díaz… Y no hablo en este artículo de los escritores que se han especializado en cultivar el relato, un género todavía más minoritario, que cuenta con excelentes representantes que no voy a destacar, para no liarnos. (Ya sé que de estas largas listas de consolidados y promesas quedarán dentro de unos años una docena, como mucho.)

VARIEDAD DE REGISTROS

No resulta fácil encontrar hilos conductores en la narrativa española contemporánea. En unos autores domina el análisis crítico del pasado (con especial obsesión por la guerra civil española, que sigue siendo un recurso muy utilizado hoy día, para mí demasiado); hay escritores con un estilo más europeo que emplean un existencialismo denso y complejo; otros que han optado por las posibilidades narrativas del memorialismo, muy presente en la literatura última; en otros se mezcla la investigación histórica con el análisis de la condición humana en circunstancias a veces enrevesadas.

Hay también autores que deliberadamente se han ideologizado, a ver si así rascan bola y público, y que ponen hasta en su biografía a qué partido votan; otros mezclan los ingredientes policiacos con la narrativa más analítica; y están los que imitan de mala manera algunas corrientes de autores norteamericanos para bucear literariamente en el alcohol, el sexo y las drogas… Los hay que apuestan por un realismo de corte tradicional y testimonial y los que tienen una querencia más fantástica; los que utilizan como argumento temas sociales y políticos candentes de nuestro tiempo y los que se mueven en el territorio de la alegoría de la actualidad… Como decíamos antes, mucha heterogeneidad y pluralidad, sin excesos.

LA LITERATURA DEL YO

Otra consecuencia del acusado individualismo estético de la literatura última es su marcado carácter memorialístico, interesante rasgo que viene repitiéndose en las últimas décadas. Esta arrolladora presencia del yo es el ingrediente fundamental en el mundo novelesco de algunos escritores —que utilizan como ingrediente fundamental su biografía personal o la autoficción, como ya hemos apuntado— o aparece en unos géneros, los libros de diarios y de memorias, que han sido minusvalorados en la historia de la literatura española y que ahora mismo, sin embargo, gozan de mucho prestigio.

Los diarios o dietarios actuales, para mí una de las tendencias más sobresalientes de la literatura española, tienen como referente a autores del siglo XX que han dotado a sus diarios de un trabajo literario similar al de otros géneros, sin considerarlo un género secundario o de menor entidad. En este sentido, El cuaderno gris, de Josep Pla, es el libro más prestigioso e influyente.

La muestra de diaristas contemporáneos es sobresaliente: Andrés Trapiello, José Luis García Martín, Iñaki Uriarte, Valentí Puig, José Carlos Llop, José Jiménez Lozano, Miguel d’Ors, Karmelo C. Iribarren, Enrique García-Máiquez, Gabriel Insausti… Para todos ellos, el diario no es una actividad literaria secundaria o marginal sino que encaja perfectamente dentro de su trayectoria literaria, siendo, quizá, lo que más les define como escritores, como le sucede, por ejemplo, a Andrés Trapiello, quien ha publicado ya diecinueve volúmenes (el último, Seré duda, 2015) de unos diarios a los que ha dado el título genérico de Salón de pasos perdidos y que para mí son una de las aventuras literarias más sobresalientes de la literatura española última.

PERIODISMO Y COLUMNISMO

Por último, el yo tiene también más presencia en el articulismo literario actual. Las fronteras entre el periodismo y la literatura están desapareciendo en muchos casos, y el periodismo, para sobrevivir, necesita ofrecer algo más. Hay pues, hoy día, un estilo de periodismo que merece también nuestra atención literaria. Lo han hecho las editoriales, que han recuperado los mejores libros de los grandes maestros españoles del género (como Manuel Chaves Nogales, Julio Camba, Josep Pla, Gaziel, Augusto Assía, Eugeni Xammar, Azorín, Fernández Flórez, César González Ruano, Jaime Campmany, Vázquez Montalbán, Umbral…), muy leídos hoy día y que son el declarado ejemplo para los columnistas actuales más jóvenes que gozan de más popularidad: Manuel Jabois, David Gistau, Hughes, Jorge Bustos, Antonio Lucas…, que se suman a la larga lista de escritores famosos y periodistas que publican columnas políticas, sociales, costumbristas, literarias, etc., en la prensa nacional y de provincias, aportando vitalidad al periodismo y también buena literatura (en este sentido, el periodismo literario ha recibido un fuerte espaldarazo con la elección de la bielorrusa Svetlana Alexiévich como Premio Nobel de Literatura 2015).

EL FUTURO ESTÁ EN LOS LECTORES

En el futuro, la escasez de lectores literarios puede agrandar todavía más el peso de lo comercial en la industria editorial, ya que no habrá muchas editoriales dispuestas a arriesgarse a publicar a autores noveles y obras minoritarias que no conecten con lo comercial. Además, la literatura está perdiendo peso como vehículo para reflexionar de manera crítica sobre la realidad y el hombre contemporáneo, pocos autores se atreven a ir en esta dirección; cada vez más, la literatura, especialmente la novela, forma parte de la todopoderosa industria del ocio, siendo una pata más en una larga lista de ofertas de entretenimiento. Sería un peligro que las editoriales pequeñas perdiesen espacio y oxígeno, pues ahora, al dirigirse a lectores más exigentes, aportan variedad, intensidad y originalidad.

Hacen falta, pues, editoriales literarias y escritores literarios que vayan por libre y analicen críticamente la realidad, buscando formas y técnicas nuevas, sin plegarse a los intereses de un mercado cada vez más acrítico, plano y clónico. Será la manera, también, de provocar nuevos lectores que conviertan la lectura en una profunda experiencia estética y vital.

Dylan o la nostalgia del canon

Digámoslo ya: la sociedad pluralista es extenuante. Siempre hay alguien en desacuerdo, cualquier consenso contiene disidencias irremediables, la discusión pública no termina nunca. Para colmo, la eclosión de las redes sociales ha intensificado este rasgo contencioso: cada teléfono es ahora una potencial unidad de emisión de desacuerdos. De ahí que a veces nos sintamos abrumados por semejante carga de negatividad y experimentemos la tentación del aislamiento. Y es que hace falta mucha paciencia para ejercer la ciudadanía de manera activa. No es así de extrañar que el espacio público suela estar superpoblado por los actores más dogmáticos y radicales, que son quienes más pasionalmente defienden sus ideas y menos se cansan de discutir con los demás: si la fe no mueve montañas, bien podría.

Viene esto a cuento de la todavía reciente concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, que ha suscitado una intensa conversación pública y confirmado que la nuestra es una época caracterizada por un intenso conflicto dialógico: los temas cambian, la contienda continúa. Sería ingenuo pensar que el pasado era más pacífico; sencillamente, el ciudadano de a pie carecía de los medios técnicos para expresarse públicamente y el debate consiguiente estaba dominado por un conjunto limitado de voces, representativas -a escala- del conjunto. Pero también es claro que la articulación digital del debate lo ha desordenado y banalizado: basta tener la posibilidad de opinar para que uno crea tener opiniones sobre cualquier cosa. Bob Dylan, entre ellas: ¿cuántos de quienes se manifestaron en contra de la concesión del premio conocerán de veras su obra y serán capaces de entenderse con ella en inglés? A cambio, para no caer en el pesimismo, las herramientas digitales ofrecen la posibilidad de refugiarse en comunidades epistémicas especializadas que responden a nuestros intereses: un foro dedicado al análisis de la obra de Dylan, pongamos por caso. De modo que no se trata de las redes; se trata de nosotros.

En cualquier caso, quizá lo más llamativo de esta controversia haya sido la fortaleza aparente de un premio que, en buena lógica, debería carecer ya de toda autoridad. No nos engañamos: muchos hablan del Nobel por hablar de algo. Pero en la ferocidad con que se ha criticado o defendido su concesión a un músico por vez primera se adivina un curioso deseo de jerarquías, una nostalgia del canon que no deja de llamar la atención tras el giro posmoderno de los años noventa. ¿Qué importancia puede tener lo que diga la Academia Nobel, más allá del beneficio que proporciona a los libreros impulsando las ventas del escritor premiado? ¡Es como tomarse los Oscars en serio! Y sin embargo, parece que necesitamos de este tipo de autoridades: para respetar su juicio o para rebelarnos contra él. Sin ellas, sin el propósito de codificación que implícitamente conllevan, no habría manera de evaluar la validez de la candidatura que cada creador -lo busque o no- presenta ante sus contemporáneos.

Irónicamente, de hecho, la discusión sobre el Nobel de Dylan concierne menos a Dylan que al Nobel. O sea, ha versado antes sobre la naturaleza del premio, y por tanto del canon, que acerca del mérito literario del genio de Minnesota. Algo que vale también para quienes quizá tendrían más que ganar con este reconocimiento: la influyente web musical norteamericana Pitchfork decía en un editorial que el rock no necesita un Nobel, reafirmando con ello las fronteras entre las diferentes disciplinas artísticas. Menos afortunado ha estado Mario Vargas Llosa al preguntarse sarcásticamente si el año que viene no le darán el premio a un futbolista. Solo quien no conoce la música y los versos de Dylan, que por supuesto forman una unidad difícilmente separable, puede expresarse con tal desdén. Desde luego, la obra de este judío errante no alcanza la densidad y sofisticación poéticas de un Derek Walcott o un Pere Gimferrer, por citar a un premiado y a un premiable. Pero pocos discutirán eso. Más bien, se trata de determinar si la literatura oral de nuestro tiempo -la poesía del rock este año, la obra testimonial de Aleksiévich el pasado- tiene sitio o no en el canon. Y, de paso, si la cultura es ya por definición cultura de masas o la cultura culta conserva todavía un estatus diferenciado frente a ella.

Esto último parece indiscutible si atendemos a las prácticas culturales realmente existentes. Solo una minoría se dedica a leer clásicos grecolatinos, tragedias de Racine o novelas de William Gaddis; también son pocos, en términos relativos, quienes escuchan a Bártok o ven películas de Béla Tarr. Eso no significa que estos consumidores exquisitos no cultiven otros jardines; al contrario. Tal como señala el historiador del consumo Frank Trentmann, las diferencias en nuestros días están menos en el acceso a la cultura que en los contenidos elegidos y estos, a su vez, tienden a ser variados entre quienes atesoran más capital cultural: somos omnívoros y consumimos todo tipo de contenidos, desde los novelistas rusos del XIX a los Simpson, del expresionismo abstracto a las series de HBO. No obstante, hay reductos más exclusivos por razón de su mayor exigencia; son productos por lo general solo disfrutables tras un largo esfuerzo en la construcción del gusto: la música de cámara, la poesía, el cine de autor. Y lo mismo puede decirse del cine clásico y la novela anterior al siglo XX frente a sus manifestaciones contemporáneas, o de las variantes modernistas o autorales de las dos primeras.

Por eso, aunque empieza a ser lugar común que hablemos de una gradual separación del público en dos grandes categorías, un público masivo al dictado de las industrias culturales y un público minoritario más dispuesto a consumir productos alternativos, quizá la realidad sea un poco más compleja. De forma que, al menos, podríamos hacer una distinción adicional entre los segundos, separando a los presentistas de los archiveros: unos, más estrictamente contemporáneos; otros, más interesados en ir al fondo de las cosas por muy lejos que haya que ir. Son, se entiende, tipos ideales y no sujetos de una pieza. Pero seguramente las cosas vayan por ahí. De este modo, de nuevo, es la actitud lo que diferencia: la capacidad de profundización y asociación más allá del disfrute inmediato del producto en cuestión.

Desde este punto de vista, podría leerse la protesta contra el Nobel de Dylan como una defensa de la cultura culta ante su fagocitación por la cultura de masas. Pero, ¿no será una protesta de los autores que no han sido premiados, o de quienes no han visto premiados a sus autores predilectos? Ya que los lectores, los lectores de verdad, sonreirán irónicamente ante el escándalo y seguirán con sus cosas, quizá lamentando que la función reveladora que a menudo cumple el Nobel -descubriendo al resto del mundo a un escritor poco traducido- no se haya cumplido en este caso. Es, quizá, la razón más sensata para lamentar que se haya otorgado el premio a alguien que no necesita premios; ni, a juzgar por su actitud desde que se anunciase el fallo, está esperándolos. ¡Qué mundano resulta a su lado Philip Roth, quien según parece anhela recibirlo!

Si bien se mira, la cultura del siglo XXI está irremediablemente marcada por la hibridación. No es un fenómeno nuevo, ni mucho menos, pero está adquiriendo una nueva intensidad de la mano de procesos sociales más amplios: la globalización cultural, las nuevas tecnologías, la influencia del ingles, la movilidad personal, la consolidación de la cultura de masas, la crisis de la mediación, el descrédito de los géneros. Quizá el Nobel a Dylan sea un premio a esa creciente porosidad, a la dificultad de trazar divisorias firmes entre distintas artes, al vehículo masivo de expresión poética que es la música pop. En ese sentido, la decisión no carece de audacia. A su manera, la Academia sueca se está premiando a sí misma.