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Mary Beard, SPQR. Una historia de la Antigua Roma

Crítica, Madrid, 2016, 664 págs., 27,90 euros

Mary Beard, galardonada recientemente con el Premio Princesa de Asturias, ha dedicado su vida a adentrarse en la historia del Mundo Antiguo, especialmente en Roma. En SPQR presenta de un modo sintético su visión, tras sus años de investigación y después de haber publicado importantes trabajos. Beard sobre todo quiere ofrecer una historia alternativa, de algún modo desmitificadora, que obvie o desmonte lo legendario y dé voz a los hechos sociales, económicos y culturales que en otras narrativas han pasado desapercibidos. Desconfía de las fuentes romanas que nos han llegado; los historiadores romanos con frecuencia han ayudado a consolidar un relato de los hechos poco verídico, más útil para legitimar o justificar, así como para engrandecer, que como registro fidedigno de lo que ha sucedido. Beard se remonta a los orígenes de Roma y explica cómo los mitos sobre la prístina fundación de la ciudad son elaboraciones posteriores, cuya finalidad política a ella se le antoja evidente. La mirada de esta historiadora inglesa llega hasta el año 212, cuando Caracalla decide la concesión de la ciudadanía a todos los hombres libres del Imperio.

Frente a esa idealización del pasado, Beard interpreta la labor de los historiadores romanos como si su pretensión fuera no dar sentido a su pasado, sino enmendar o encubrir los desmanes de una historia de la que no tenían muchos motivos para sentirse orgullosos. No hay mucha admiración en spqr por el pueblo romano; como ha señalado en alguna entrevista, no hay razones para reverenciar Roma y ha de leerse su historia también teniendo en cuenta las perspectivas sociales, políticas y culturales de hoy.

Pero, si no se puede recurrir a las fuentes, ¿dónde encontrar información? Beard lee los grandes textos entre líneas; por otro lado, rastrea esos testimonios de la vida cotidiana que la arqueología y los descubrimientos nos deparan: inscripciones, textos funerarios, arquitectura urbana, cartas, etc. Así puede escribir una historia de Roma que «deconstruye» ese relato de grandeza para descubrir una historia escrita por vencedores y poderosos, en contra de los oprimidos.

El libro, así, adquiere cierto aire de refutación global a todas esas retrospecciones utópicas tan habituales y busca, en definitiva, dar a conocer ese otro lado de la historia que las rememoraciones imaginativas, para bien o para mal, sortean.

No está mal ese intento de superar el simplismo que diferencia en la historia a buenos y malos. Para Beard, los romanos no son más dignos de admiración que otros pueblos, pero tampoco de repulsión. Su atención se dirige sobre la situación social: los desfavorecidos, la mujer, la familia, la religión, etc. De toda la lectura de su ensayo, se puede sacar la conclusión de que la apoteosis histórica de Roma ha descansado más sobre las idealizaciones posteriores que por el valor de sus propias aportaciones. No fue ni más ni menos que un pueblo como otros, que por motivos accidentales y sin casi previsión construyó un imperio.

Al lector de hoy, sin embargo, también le puede parecer simplista interpretar la historia de Roma como una lucha entre pobres y ricos. Para Beard, la constante de la historia romana es el enfrentamiento fratricida: ya desde los orígenes míticos y el asesinato fundacional hasta las virulentas y frecuencias muertes de algunos emperadores. A juicio de Beard, hay sin embargo dos puntos de inflexión: en el siglo ii a. C., que comienza el declive de las instituciones republicanas y los raptos personalistas, aunque los emperadores se conciben a sí mismos como seguidores de la tradición republicana; y en segundo lugar, cuando se produce la ruptura con lo que había significado Roma, que es justamente con Caracalla. Por eso, termina ahí su relato.

Si nos preguntáramos, entonces, ¿para qué recordar la historia de Roma?, Beard diría que para aprender no. A pesar de la herencia romana que configura nuestra cultura, los romanos no pueden ser hoy un motivo de inspiración ni modelos para nosotros. Beard dialoga con ellos, pero su mirada hacia el pasado está filtrada por la óptica de hoy: la desigualdad, la relación con los extranjeros, el papel de la mujer, etc.

SPQR es una buena introducción al mundo romano y aunque permite que se conozca mejor su época, no deja de provocar distanciamiento con una cultura que conforma uno de los pilares de la civilización occidental. La mirada de Polibio, Cicerón, Plutarco o Tito Livio tal vez no sea exacta, pero no debe enjuiciarse desde esta óptica, sino por su importancia cultural. Gracias a esos relatos Roma también supo dar sentido y fundamentar unos valores que, a pesar de no cumplirse, constituyen parte de nuestra cosmovisión occidental, e incluso han motivado otros cambios sociales. Si no fuera así, no tendría sentido seguir investigando, como hace Beard, sobre su historia.

Josemaría Carabante

Luis Goytisolo, El sueño de san Luis

Luis Goytisolo (Barcelona, 1935) es novelista, ensayista y miembro de la Real Academia. Su tetralogía Antagonía (reeditada en 2013 y publicada entre 1973 y 1981) le consagró como uno de los mejores novelistas del siglo XX en España. Ahora continúa su trayectoria ensayista —cuya última muestra fue Naturaleza de la novela (2013)— con El sueño de San Luis (2015) donde relaciona algunos rasgos de su narrativa con su biografía.

Este estudio-ensayo se dirige a aquellos interesados en la trayectoria narrativa de Luis Goytisolo, pues el mismo expone la razón de la elección de ciertos motivos recurrentes en su obra. Por esta minuciosidad es un estudio dedicado fundamentalmente al ámbito académico. La explicación onírica de ciertos motivos de sus novelas quizá pueda resultar poco convincente para los incrédulos de las secuelas de la teoría freudiana —cuyos planteamientos revalorizan el inconsciente y asocian la creación literaria a una sublimación de los instintos sexuales—.

El ensayo está dividido en cuatro partes de las que daré cuenta, señalando los temas más relevantes de cada una. En la primera parte, «Relectura con sorpresa» (3-12), el autor narra que El sueño de San Luis surgió a raíz de la reedición de su primera novela, Las afueras; al releerla para prologarla, se dio cuenta de que su subconsciente se había manifestado en ella cuando la compuso. Por esta razón, en este ensayo-estudio decide sacar a la luz los rasgos relativos de su biografía que se plasman inconscientemente en sus novelas y que, sin su ayuda, serían irreconocibles al lector. Aislando estos elementos, por ejemplo, señala el recuerdo de su madre, Julia, que murió en un bombardeo durante la guerra civil cuando él contaba tan solo tres años; su nombre —en género masculino— le ha servido para apelar a alguno de sus personajes (como al hijo del protagonista del capítulo IV de Las afueras). Y también el tema de «la muerte de la madre» resurge en sus novelas (como es el caso de la de Raúl Ferrer Gaminde, el protagonista de Antagonía). Asimismo, en esta parte el autor nos comunica la actualidad de Las afueras y cuáles fueron sus influencias: «Yo la había escrito de acuerdo con las estrictas normas del “realismo objetivo”, teorizado por Gertrude Stein y desarrollado por novelistas como Hemingway o Pavese» (4).

La segunda parte, «Ascendencia incierta» (13-21), muestra cómo el tema de los hijos concebidos fuera de la institución matrimonial, que ronda algunas de sus novelas (a partir de Estatua con palomas), proviene de una historia familiar según la cual su bisabuelo tomó el apellido de su verdadero padre, Agustín Goytisolo, tan solo en el momento en que recibió el sacramento de la confirmación, ya que no fue reconocido por este antes. Igualmente, Magdalena, la madre de su bisabuelo Agustín, mujer de carácter que se relacionaba con sus amantes sin romper el matrimonio, impresionó al autor tanto que su nombre reaparece en sus personajes.

En la tercera parte, «Al despertar del solsticio» (22-33), el autor da cuenta de un sueño en el que siempre ocurre lo mismo; él descubre un solar con un edificio lleno de en-canto que debe reconstruir. Esta ensoñación la relaciona con los edificios familiares adquiridos con el patrimonio que su abuelo Agustín consiguió amasar en Cuba. Un sueño similar a modo de metáfora aparecerá en Antagonía.

En la cuarta parte, «Impulsos afines» (34-43), el autor señala la estrecha relación entre creatividad e impulso sexual y se confiesa admirador de Freud por su perfecto análisis de estos aspectos en el Hamlet de Shakespeare (38). Igualmente considera que el aislamiento favorece la creación literaria; lo argumenta con El Quijote (ideado en la cárcel) y con las creaciones de fray Luis de León, Lope de Vega o Quevedo. Por su parte, señala que también Antagonía la concibió en el retiro (la cárcel) (40). Concluye que todo escritor se reconstruye a sí mismo al construir su obra.

En la quinta parte, «Otras conjeturas» (43-51), reconoce su admiración por Joyce y la influencia en su propia escritura de los novelistas Proust, Hemingway y Faulkner. Aquí, de manera poco ordenada, singulariza los rasgos de estos autores que se encuentran en su narrativa; por ejemplo, la metáfora proustiana (40) o la frase larga de Faulkner —«la frase subordinada que se prolonga páginas y páginas creando un escenario con atmósfera propia» (49)—. Respecto a Hemingway, concluye que sus novelas en la actualidad no le convencen pero que no ocurre lo mismo con sus cuentos, «que sí aguantan» (46), —sin embargo no explica este cambio de opinión, ni qué significa «aguantar», expresión que reitera para indicar la lectura todavía interesante deLas afueras—.

Finalmente, el apartado «Adenda [añadido]» (52-58) incluye, primero, un «Pequeño diccionario personal de narrativa» en el que Goytisolo filtra algunos puntos de su taller literario; verbigracia, confiesa distinguir entre autor, voz narradora y protagonista (55), así como preparar con esmero la estructura de sus novelas. Aparte de pequeños detalles personales de técnica narrativa, el diccionario no aporta ningún conocimiento nuevo a los expertos en narratología. En segundo lugar, en el «Post scriptum», se incluye un breve apéndice fotográfico en el que aparece el autor de infante (con su servicio doméstico uniformado), su madre (Julia Gay), su bisabuelo (Agustín Goytisolo), él de joven junto a sus dos hermanos (José Agustín y Juan), una foto escolar (en la que él posa con su compañero y amigo el editor Jorge Herralde) y, entre otras, las de su tío Luis y Leopoldo.

En conclusión, este estudio-ensayo aporta más un conocimiento de la personalidad del autor que de su narrativa, pues presenta aspectos personales ajenos a la estructura de esta; estructura de cada novela trabajada con ahínco, como dice el autor, porque sus escenas, personajes, trama y lengua están programadas para que se relacionen y coordinen. Así pues, el intento de una crítica freudiana se antoja en estos tiempos trasnochada porque no aporta ningún factor relevante para el mejor entendimiento de la totalidad de su obra ni para cada una de sus narrativas en particular. Es decir, se muestran solo «curiosidades» tangenciales a estas.

Carmen Fragero Guerra

Después del boom: pragmatismo y estridencia política

América Latina se encuentra en un cambio de rasante. La prosperidad lograda durante el boom del precio de las materias primas se ve dañada por la crisis que atraviesan numerosos países, acuciada en algunos de ellos por dogmatismos políticos de izquierda. Latinoamérica deja atrás su década de oro, pero lo que viene no tiene por qué ser otra década perdida, como la de los años ochenta. Es el momento propicio para las reformas y para los proyectos de integración de mercados: ambos como medios para asentar unas economías aún muy dependientes de la exportación de unos pocos productos y para tratar de recobrar los estándares democráticos, menospreciados por ciertos gobiernos. Más de medio continente avanzará probablemente en esa positiva línea, pero el bolivarianismo, aunque en situación de pérdida de apoyo, amenaza con lastrar la situación allí donde se agarra.

En los últimos cinco años, el largo ciclo de bonanza de la economía latinoamericana —un notable progreso económico y social generalizado— se ha visto truncado. La llamada década de América Latina, de 2004 a 2013, acabó cuando se produjo el pronunciado descenso del precio de las materias primas, sobre todo de los minerales e hidrocarburos, cuya exportación constituye la mayor parte de ingresos de buena parte de los países de la región.

Las bases para el crecimiento se habían puesto ya en los años noventa, cuando la consolidación de regímenes democráticos y las medidas de choque contra la galopante inflación previa permitieron aprovechar una nueva época de crecimiento económico mundial. El salto económico fue especialmente notable entre 2004 y 2008, con un aumento del PIB del 5,2% de promedio anual en la región. Luego la crisis financiera global atemperó algo las cifras en muchos países, si bien en ciertos lugares los números siguieron siendo altos. Aún hoy, acabado el ciclo expansivo general, Perú, Bolivia y Paraguay continúan con crecimientos superiores al 3% del PIB, tal como ocurre en las naciones de Centroamérica, cuyas economías dependen menos de la exportación de materias primas.

Esa buena marcha económica a lo largo del decenio facultó reducir el paro en la región, de un promedio del 11,3% en 2004 al 6,2% en 2013. También hizo posible una importante mejora en la distribución de riqueza, de manera que si en 2002 la población latinoamericana que vivía en la pobreza era del 44%, en 2014 se había reducido al 28%, de acuerdo con las cifras de la Cepal, la organización de las Naciones Unidas para el desarrollo de Latinoamérica. Por su parte, la clase media pasó del 23 al 34%.

Los mayores ingresos del Estado, no obstante, sirvieron también para alimentar la corrupción y para diseñar un sistema de programas sociales cuyo fin primordial era el clientelismo electoral. Eso ocurrió sobre todo en países con grandes ingresos por petróleo (o gas), cuyo precio por barril pasó de diez a cien dólares a lo largo de la década. Sobre esa ingente disponibilidad de capital se asentaron los populismos de izquierda de Venezuela, Bolivia, Ecuador y, con dinámicas internas algo distintas, de Brasil y Argentina. México y Colombia, países en los que el sector petrolero tiene también importante peso, en cambio, utilizaron los recursos para mejorar el propio entorno de inversiones.

El desplome del precio del crudo a partir de junio 2014 —a finales de ese año había caído a los 45 dólares por barril, lo que supone una depreciación del 60% en pocos meses— marcó el brusco cambio de signo. En el caso de los minerales, su depreciación había comenzado un poco antes, a un ritmo más moderado, debido a la gradual desaceleración de la economía china: a la vez que bajaba el precio, también lo hacían los volúmenes de hierro y cobre —también grano de soja, por citar los tres principales productos— que Pekín importaba de Sudamérica. En los últimos años, el área de Latinoamérica y el Caribe se había convertido en el cuarto socio comercial de China, solo por detrás de Estados Unidos y sus vecinos asiáticos de Japón y Corea del Sur, de ahí la influencia en la región de cualquier variación en la economía china. En 2014, el valor de ese comercio bajó por primera vez desde 2009.

Las dificultades presupuestarias que todo esto supuso para los gobiernos latinoamericanos comenzó a tener consecuencias políticas. El caso más palmario ha sido el de Venezuela, donde el cese de la entrada en caja de ingentes ingresos petroleros ha llevado al colapso económico e institucional del país, que está sumido en una grave crisis humanitaria por falta de alimentos y medicinas.

Con el retroceso de capital a libre disposición comenzaba a retroceder también la marea del dominio social bolivariano. En diciembre de 2015 la oposición logró una amplia mayoría en las elecciones parlamentarias de Venezuela. Un mes antes, el kirchnerismo fue desalojado de la presidencia argentina; en marzo de 2016, Evo Morales perdió un referéndum para poder optar a la reelección en Bolivia. Simultáneamente, en Brasil se tramitó el impeachment contra la presidenta Dilma Rousseff, a raíz de escándalos de corrupción que arrastran también a su antecesor, Luiz Ignácio Lula, y erosionan el poder que había llegado a tener el Partido de los Trabajadores brasileño.

La previsión de ese declive de popularidad del bolivianismo, y por tanto el riesgo de perder la ayuda económica que recibe de Venezuela, fue una de las razones por las que Cuba abrió el diálogo secreto con Estados Unidos en 2013, justo tras la muerte del benefactor Hugo Chávez. Si La Habana había intentado compensar la pérdida de las subvenciones soviéticas, a raíz de la caída del telón de acero, con el petróleo venezolano, ahora buscaba un nuevo salvavidas financiero. El restablecimiento en 2015 de plenas relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, en cualquier caso, constituye uno de los principales acontecimientos de los últimos años en Latinoamérica, como también lo son las negociaciones del Gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC. El desarrollo de ambos procesos va a tener un gran protagonismo en el nuevo quinquenio ya comenzado.

LA HORA DE LAS REFORMAS Y LA INTEGRACIÓN

En un entorno de más dificultades económicas, los gobiernos latinoamericanos están llamados a aplicar los próximos años un mayor pragmatismo en sus políticas presupuestarias. «Con menos ingresos disponibles para pacificar poblaciones nerviosas, los nuevos gobiernos probablemente serán económicamente más pragmáticos que sus predecesores», asegura un informe de Stratfor. Esta firma de inteligencia global pronostica que posiblemente los líderes de izquierda se abstendrán de nacionalizaciones en masa o de hostigar a compañías extranjeras: «alentarán inversiones en lugar de ahuyentarlas».

En esa línea, la nueva coyuntura económica debería forzar a América Latina a hacer reformas. El Fondo Monetario Internacional propone dos tipos de mejoras, destinadas a conseguir que el crecimiento no esté tan ligado a condiciones externas. En primer lugar, la diversificación de la estructura productiva, orientada hacia una reindustrialización, así como un avance tecnológico en los procesos de explotación de bienes naturales para ganar en competitividad. También debería haber una diversificación del comercio con China, para que no estuviera tan limitado a las materias primas. En segundo lugar, Latinoamérica debería hacer importantes progresos en integración regional, algo que comenzó a procurarse en la década de 1990, pero que con el tiempo perdió inercia. Junto a estos dos objetivos, el FMI apunta la mejora de la calidad de la educación y la inversión en infraestructuras.

Lubricante ideal para todo eso sería un incremento del precio del petróleo, que los expertos creen que a corto plazo se situará por encima de los cincuenta dólares el barril, aunque las previsiones al alza están tardando en cumplirse. En cualquier caso, difícilmente América Latina va a conocer en el futuro un desarrollo que aumente su peso relativo en la economía global. Adrián Bonilla, anterior responsable de la red FLACSO, la institución creada por la ONU para el desarrollo de las ciencias sociales en Latinoamérica, estima que, si se hacen bien las cosas, el continente americano, descontado Estados Unidos y Canadá, seguirá generando el mismo 8% del PIB mundial. La previsiones del FMI para 2030 apuntan precisamente a ese mantenimiento de la cuota de la producción de riqueza general.

Pero para ello deben tomarse medidas. La más comúnmente citada, como ya se ha hecho referencia, es la imperiosa necesidad de integración de mercados, en un continente cuya principal característica física es la fragmentación provocada por la cordillera de los Andes y la selva de la cuenca del Amazonas. «Fragmentada como está, América Latina no tiene capacidad para los niveles de desarrollo que pretende. La integración no es un lujo, sino una necesidad», afirmó Enrique García, presidente de la Corporación Andina de Fomento (CAF), en un reciente encuentro en Washington dedicado a las perspectivas de desarrollo regional. En ese acto, Enrique Iglesias, antiguo presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), lamentó que hasta ahora a Mercosur le haya faltado el empuje de sus dos principales socios, Brasil y Argentina. Por su parte, Augusto Latorre, economista del Banco Mundial, advirtió que el crecimiento que necesita la región no vendrá de la demanda doméstica de cada país, sino de la integración de mercados nacionales, pero no concebidas esas uniones islas, sino como medio para la interacción global.

El desarrollo efectivo del Mercado Común del Sur debiera ser la gran noticia económica de los próximos años. Si una zona transfronteriza de Sudamérica está especialmente llamada a un notable progreso, esa ha sido siempre la que va del tercio sur de Brasil a la mitad norte de Argentina, con Paraguay y Uruguay en medio. Lo que está dictado por la geografía y el clima quiso ser aprovechado finalmente en 1991 con la puesta en marcha de Mercosur. Pero la unión aduanera se vio lastrada primero por inestabilidad económica de Brasil en los años noventa y luego por la inestabilidad doméstica de Argentina en la década siguiente; después vino el boom de las materias primas, que hizo que cada país se concentrara en sus exportaciones hacia terceros países. Así, en 2013 el comercio intrarregional era solo el 15,5% del comercio total conducido por sus miembros.

Los cambios políticos operados en Brasilia y Buenos Aires debieran servir para reactivar este club comercial. En el caso de Brasil, no porque Dilma Rousseff no estuviera ya suficientemente comprometida con la idea, sino porque la necesidad de una nueva política económica obliga a reducir el proteccionismo brasileño y por tanto aconseja apostar aún más por Mercosur; en el caso de Argentina, porque Mauricio Macri ha recuperado la bandera del libre comercio que había sido enterrada por el kirchnerismo. En esa nueva dinámica que pone las razones económicas por encima de las políticas, Venezuela tiene poco espacio en Mercosur, donde entró en 2012 como estrategia del bolivarianismo. Solo dejando a un lado a Venezuela, al menos de momento, la organización puede avanzar en sus propósitos originarios.

Un avance de Mercosur permitiría equilibrar el esfuerzo comercial de las dos mitades de Sudamérica, esta encarada hacia el Atlántico y la que se encuentra al oeste de los Andes, articulada en la Alianza del Pacífico (Chile, Perú, Colombia y México), organización que desde su creación en 2011 ha dado un importante salto. En los próximos años, esa alianza se beneficiará del aumento de los contactos con Asia y del crecimiento de esa región. El éxito de ese club llevará a otros países a llamar a su puerta, como ya ha hecho Costa Rica. Otro candidato podría ser Ecuador, en el supuesto de que en ese país se produzca un cambio político.

Ambos pulmones comerciales seguirán contando con el oxígeno que aportan las relaciones con China. La moderación del crecimiento chino ha contribuido al fin del ciclo de bonanza de la economía latinoamericana, pero eso no quiere decir que las importaciones de materias primas que ordene por Pekín no vayan a seguir siendo importantes. Así, el plan de cooperación entre China y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) para el periodo 2015-2019 prevé un comercio anual por encima de los 500.000 millones de dólares. No obstante, en esa relación van a ir adquiriendo un creciente peso las inversiones financieras directas, que pueden llegar a 250.000 millones de dólares en el conjunto de los próximos diez años. Las consecuencias del fin del boom de las materias primas debiera llevar a los gobiernos latinoamericanos a introducir ciertas correcciones en los acuerdos con el gigante asiático. A pesar del enorme volumen de ese comercio, «casi no hay pensamiento estratégico en el hemisferio [occidental] orientado a cómo maximizar los beneficios», advierte el Atlantic Council, un think-tank de Washington, en un informe dedicado a analizar cómo ese comercio «puede ser un win-win», es decir, que lleve a ganar a las dos partes. Entre los consejos están más transparencia de los acuerdos bilaterales, un mayor papel de los organismos multilaterales para supervisar ciertas cláusulas y fomentar una política de reciprocidad.

HUIDA HACIA DELANTE DEL BOLIVARIANISMO

El fin de la década expansiva, ya se ha dicho antes, augura una agenda de mayor pragmatismo económico y rigor presupuestario para los próximos años. Además, aconseja la adopción de reformas que permitan poner las bases para un crecimiento menos sujeto a ciclos externos. Pero políticamente no todos los países responderán de modo adecuado. La previsible mayor inestabilidad social y política puede dificultar la aprobación de las soluciones correctas, por más que los recortes vayan a ser generalizados.

Las sociedades latinoamericanas han vivido la década de oro con bastante estabilidad política. Allí donde el PIB seguirá creciendo por encima de la media probablemente continuará habiendo ese mismo clima. Es el caso singular de Perú, donde la calma tras la ajustada victoria de Pedro Pablo Kuczynski en abril de 2016 demostró una consolidación institucional nada desdeñable en un entorno que ha visto mermados los estándares democráticos. En cualquier caso, el consenso básico dependerá de la cooperación entre Kuczynski y la mayoría parlamentaria de Keiko Fujimori. En Chile, Paraguay y Uruguay los respectivos procesos electorales de los próximos años pueden alterar el tono del debate, pero de momento nada indica que vaya a deteriorarse sustancialmente la paz social.

Más incógnitas presentan México, donde la presidencia de Enrique Peña Nieto ha malogrado las expectativas que generó, y sobre todo Brasil y Argentina, donde la enconada lucha política puede minar los esfuerzos de los respectivos gobiernos para enderezar la economía. Por lo demás, casi todos los países están expuestos a la general ola anti establishment que se observa en muchos lugares del mundo, aprovechada por diversas formas de populismo.

Donde diríase que la inestabilidad está asegurada es en las plazas fuertes del bolivarianismo. El menor apoyo social cosechado en varias votaciones recientes llevó a hablar del fin de ese particular populismo de izquierdas; sin embargo, lo que puede suceder en varios casos es una fuga hacia delante. Así, lo previsible es que varios de esos regímenes aceleren su deslizamiento por la pendiente de un creciente autoritarismo, en caso de no ser sustituidos. Es la senda que recorre Venezuela, donde el interés del chavismo por esquivar la Asamblea Nacional, controlada por la oposición desde diciembre de 2015, ha llevado al Gobierno a romper del todo el orden constitucional. Se produzca o no un recambio interno de Nicolás Maduro a partir de comienzos de 2017, el chavismo seguirá dirigiendo el poder al menos hasta las presidenciales de finales de 2018.

Igual huida hacia delante está protagonizando Daniel Ortega en Nicaragua, cuya esposa concurrirá como candidata a la vicepresidencia en las elecciones del próximo año, vetadas por el sandinismo para la mayor parte de la oposición. En Ecuador, la Alianza País de Rafael Correa ha recurrido a extrañas operaciones, como la importación de fusiles no solicitados por las Fuerzas Armadas y la formación de grupos de choque callejeros, algo que no encaja en los supuestos democráticos y siembra sospechas. También en El Salvador, la antigua guerrilla del frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) ha dado muestras de acoso a la oposición, mientras que hay dudas de que en Bolivia Evo Morales acepte de buena gana irse a casa cuando termine su mandato.

De ese mismo poso contrario a la democracia liberal, y con el mismo eficiente asesoramiento cubano del que algunos de los movimientos citados se han beneficiado, pretende surgir la nueva formación política de las FARC, la guerrilla colombiana. La implementación del acuerdo de paz que pueda alcanzarse tras el fallido plebiscito va a ocupar los próximos años. Posiblemente podrá llevarse a cabo sin críticos sobresaltos, pero la fortaleza que puede adquirir la izquierda podría condenar a medio plazo al país a una cierta ingobernabilidad, lo que perjudicaría el estirón económico que prevén los colombianos.

La mayor estridencia a la que está abocada el bolivarianismo va a alterar la convivencia en las organizaciones multilaterales regionales. La celac, que reúne a todos los países de la Organización de Estados Americanos (OEA) menos Estados Unidos y Canadá e incluye a Cuba, y la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) surgieron en 2010 y en 2011, respectivamente, como iniciativa principal de Brasil y las naciones del Alba (en el caso de la CELAC también hubo interés de México, luego venido a menos), mientras que el resto de países dejaron hacer. Hoy esa dinámica se ha roto, por lo que es de esperar menos acuerdos y más roce entre delegaciones, al tiempo que la CELAC y Unasur perderán algo del protagonismo que habían alcanzado. De hecho, la oea ya ha recuperado su posición predominante, además con informes críticos contra Venezuela y Nicaragua, en términos con los que pocas veces la organización se había expresado.

Celebrar el mundo mutilado. Entrevista con Adam Zagajewski (II)

(Viene de esta entrada)

Su poema “Intenta celebrar el mundo mutilado”, se dio a conocer después del 11-S. En general, hay en su poesía esta coexistencia entre la vida y la belleza, por un lado, y el desastre y la catástrofe, por otro. ¿Cómo afronta usted esta escritura del desastre, y cómo cree que es posible dar testimonio de él?

 Yo nací justo después de la guerra. Las generaciones, en literatura, tienen su importancia. No se debe exagerar, es decir, no se puede pensar que participar en una generación es una cosa única y determinante, pero tampoco podemos negar el hecho de que los escritores y artistas pertenecen a generaciones. Yo veo mi generación como a la sombra de los desastres de la Segunda Guerra Mundial. Una sombra larga que aún hoy permanece. Es algo que me llevó tiempo comprender. Cuando era joven tenía otras preocupaciones literarias, pero terminé viendo que, si existe algo así como una lista de labores para los escritores, en la lista de mi generación está en primer lugar la de ser conscientes de esa sombra pero también contribuir a la reconstrucción de la vida. En mi caso, se podría decir que nací en medio de ruinas. No literalmente, puesto que la ciudad de Lvov, donde yo nací, no fue ferozmente bombardeada, aunque sí sufrió terriblemente el Holocausto, tal y como mis padres me contaron. Nací en el paisaje de después de la batalla, donde la pregunta “qué hacer ahora” era muy importante. Yo no quería consagrarme a la escritura de novelas sobre la guerra, eso no era lo mío. Creo que mi instinto era más bien el de construir, renacer, mirar la vida, pero no podía hacerlo sin tomar en consideración las ruinas. En la ciudad a la que mi familia debió trasladarse, en Silesia, sí había ruinas de bombardeos, americanos según parece. Como el comunismo no era un sistema económico muy fiable, esas ruinas permanecieron mucho tiempo allí. Varsovia en cambio se rehízo muy rápido, fue casi un milagro, y también Gdansk, en la costa, reconstruida de una muy bella manera, pero no las ciudades como aquella en la que yo crecí. Estaban las ruinas pero también el renacimiento con nuestro entusiasmo, el de los jóvenes. Es lo que leí y vi también en otros poetas de mi entorno en aquella época. En mí, desde luego, coexisten esos dos hechos: haber nacido en un paisaje de ruinas y estar fascinado por la plenitud de la vida. Como reconciliar ambas cosas, todavía hoy no lo sé. Es una de mis cuestiones principales.

 Eso nos lleva a la relación entre escritura y compromiso político. El hecho de haber comenzado su andadura poética en un régimen dictatorial comunista, donde la confesionalidad era quizás una disidencia, ¿ha marcado de alguna manera esa relación entre literatura y política?

 Bueno, hay que aclarar algo al respecto. En el caso de Polonia no había, como en otros países, un programa estético fijado como el del realismo social. Era casi un milagro, pero en Polonia, después de la muerte de Stalin, se había abandonado aquello. Así que de jóvenes no teníamos esa obligación de ajustar nuestra creación a un programa prefijado. Estaba completamente permitido escribir cosas confesionales. Había censura pero estaba limitada a asuntos estrictamente políticos, a las expresiones abiertamente contrarias al régimen. Por lo demás, todo estaba permitido: yo crecí en una cultura más bien permisiva, y la disidencia consistía precisamente en romper con una confesionalidad íntima, privada, que nosotros considerábamos fácil en nuestro país. Era un contexto muy diferente al que había vivido, por ejemplo, el joven Brodsky en Leningrado, donde ser confesional y metafísico era verdaderamente una rebelión. Para nosotros la rebelión era hacer cosas estrictamente políticas. Burlarse, criticar, decir no. En aquella época, a los 25 años, yo quería ser un poeta político que se alzara contra el totalitarismo, en la medida de lo posible, porque tampoco estábamos locos y queríamos seguir presentes en la vida pública. Solamente después, más o menos a los 35, comprendí que era necesario de nuevo ser metafísico y confesional; vi que la poesía política era limitada, que el campo de imaginación política resultaba insuficiente como elección estética. Ahora bien, lo cierto es que últimamente, con la situación en Europa, y sobre todo con el Gobierno actual en Polonia, y el ascenso del nacionalismo y la xenofobia, sí he sentido la necesidad de volver a ser abiertamente político. No hace mucho, por ejemplo, escribí un artículo sobre el gobierno polaco y la situación política polaca que apareció también en la prensa española.

 Durante su estancia aquí también ha hecho un paréntesis para ir a Barcelona, a un recital de sus poemas bajo el título “El éxtasis y la ironía”. ¿Por qué este título para el acto?¿Cuál es la relación entre ambos conceptos?

 “El éxtasis y la ironía” es el título de un ensayo que escribí hace muchos años. En él hablaba de cómo el éxtasis es un momento de gracia, de inspiración, de recepción, donde uno sobrevuela, alcanza las alturas. La ironía es aquello que compensa momentos así, y resulta necesaria tanto en la creación literaria o artística como en la vida, para tomar tierra. Tiene incluso una función higiénica: ayuda a distinguir los éxtasis verdaderos de los falsos, y permite tomar distancia, no tomarse tan en serio, no ser arrollado por la vida. Se vive y se escribe entre estos dos momentos, el éxtasis y la ironía. Creo que en mí la tendencia irónica procede de mi padre, que era un ironista magnífico, y que la parte extática me fue dada por mi madre.



Foto: Adam Zagajewski en el Literarische Salon de 2017, en la ciudad alemana de Colonia. Autor: Udoweier. Fuente: Wikimedia Commons bajo licencia CC-BY-SA-4.0

Colombia. Una paz firmada pero no refrendada

Cuando la prensa internacional registra que después de cuatro años de negociaciones entre el Gobierno y la guerrilla más longeva de América Latina, una apretada mayoría de ciudadanos (50,22% vs 49,77%) rechazó en las urnas lo acordado que días antes había sido ratificado en La Habana, en la ONU y en Cartagena de Indias, es lógico pensar que el realismo mágico de Gabriel García Márquez sigue siendo la mejor forma de describir lo que sucede frecuentemente en Colombia.

El propósito de este ensayo es ofrecer una radiografía del estado actual del proceso de paz e identificar los cambios culturales que vienen operando en la sociedad colombiana en los últimos años por cuenta del mismo.

UNA DERROTA INESPERADA

Si se tiene en cuenta que en los últimos dieciséis años la imagen desfavorable de las farc ha estado por encima del 82% y que la popularidad del presidente Santos en las semanas previas al plebiscito rondaba el 29% según los datos del Gallup Poll, parece relativamente sencillo explicar que un acuerdo entre ambos iba a tener muchas dificultades en ser ratificado popularmente. No obstante, las encuestas no son el mejor elemento de análisis del resultado plebiscitario, menos aún cuando todas vaticinaban que el Sí ganaría con al menos diez puntos de diferencia sobre el No.

El Sí perdió, entre otras cosas, porque la propaganda —llamada pedagogía por el oficialismo— del voluminoso acuerdo de 297 páginas escritas, por lo demás, en lenguaje farragoso e incomprensible para el ciudadano promedio, se estructuró sobre un falso dilema: refrendar la paz o volver a la guerra. Se trataba de un falso dilema no solo porque, en efecto, los colombianos no amanecimos el 3 de octubre con la noticia de nuevas confrontaciones militares en las selvas del país, sino además porque solo los poetas de la paz y algunos incautos podían creer que un acuerdo firmado con una organización que en los últimos años representa alrededor del 20% de la violencia del país y cuyo cese al fuego unilateral catorce meses antes había aproximado a cero sus acciones violentas más significativas traería la pacificación.

La paz como panacea, la paz total —como la llamó el presidente Santos— en suma, era un ideal demasiado ambicioso como para hacer cambiar de opinión a quienes estaban precavidos de la acendrada actitud taimada de las FARC y de su tendencia a hacer de las negociaciones una puesta en escena de su cinismo. Por si fuera poco, las escasas apariciones mediáticas de los aburguesados revolucionarios y sus equívocos gestos de conversión llegaron tardíamente, reforzando la desconfianza hacia su voluntad de paz.

Los partidarios del Sí, cual liebre confiada en su ventaja absoluta sobre sus competidores, fueron castigados en las urnas por una ciudadanía que, aunque amedrentada por el estigma que se promovió desde el Gobierno y los medios de comunicación de que votar No era oponerse a la paz, depositó el 2 de octubre un voto de protesta que no estaba en los cálculos de ningún analista o encuestador. Y menos, paradójicamente, entre los líderes del No, quienes tampoco tenían un plan B.

UNA VICTORIA IMPREVISTA

Si las causas de la derrota del Sí pasan por la ausencia de un liderazgo fuerte de los protagonistas del acuerdo y de razones plausibles para aprobar un extenso texto, las causas del triunfo del No obedecieron a liderazgos tradicionales cuyo mensaje se enfocó en potenciar la indignación ciudadana que producían decenas de aspectos de lo acordado que eran vistos por el votante promedio como una concesión injusta a una organización que hasta el 2010 era calificada como terrorista. Que se estaba entregando el país a las FARC, que los cabecillas no irían a la cárcel y llegarían al Congreso de la República en 2018, que se abriría el camino hacia el castro-chavismo y pronto imitaríamos a Venezuela en sus récords de pobreza, y que las FARC no dejarían el negocio del narcotráfico ni repararían a las víctimas fueron algunas de las consignas —ciertas unas, falsas otras tantas— que repitieron consistentemente los líderes del No, entre quienes se contaban dos expresidentes —otra contribución del realismo mágico— (Álvaro Uribe y Andrés Pastrana), consecuencia de que la paz se hizo antes en La Habana que en Bogotá.

Más allá del alineamiento de las fuerzas políticas y de sus estrategias de campaña, la sociedad colombiana se dividió antagónicamente en torno a la persecución de dos ideales políticos: la paz y la justicia. Pero en su maximalismo, ni los defensores de la paz ni los de la justicia lograron persuadir a sus antagonistas de que su propuesta constituía un acomodo razonable a los Rawls o una elección trágica inevitable por lo demás en la vida política, como advirtió Isaiah Berlin. De allí que el proceso y la campaña estuvieron marcados por las retóricas de la intransigencia de las que habla Albert Hirschman.

El país, sin embargo, continuó su curso el 3 de octubre, aunque envuelto en una crisis política inédita: tener una hoja de ruta consensuada, apoyada internacionalmente y verificada por Naciones Unidas, de la desmovilización, desarme y reinserción de las FARC, pero que no tenía apoyo ciudadano y que había perdido su sustento jurídico.

LOS ÁRBITROS DE UNA DEMOCRACIA

Reconforta saber que, en un partido de fútbol, no todos corren tras la pelota en la misma dirección. Por eso, mención aparte merecen cuatro instituciones que, al evitar tomar partido por uno de los bandos en disputa, actuaron como árbitros imparciales. Se trata de la Corte Constitucional, la Corte Penal Internacional, la Registraduría Nacional del Estado Civil y la Iglesia católica.

La Corte Constitucional consideró ajustado a la Constitución política el inédito mecanismo de refrendación: un plebiscito con una pregunta de Sí o No cuya validez dependía de que participara al menos el 13% del censo electoral. Pero hizo algunas advertencias que, a la postre, resultaron oportunas. Enfatizó la responsabilidad del jefe de Estado en la conducción de la negociación señalando que un resultado favorable lo vinculaba a él, pero no a las otras ramas del poder público y precisó que un rechazo ciudadano del acuerdo haría imposible su implementación mediante reformas constitucionales y legales. Aunque el presidente Santos desafió las indicaciones del Tribunal Constitucional de no formular una pregunta que indujera al elector a pensar que votaba por la paz y no por un acuerdo específico, el espíritu republicano que animó a los jueces puso de relieve la importancia del control que ejercerá de lo que finalmente se acuerde.

Por su parte, Fatou Bensouda, fiscal de la Corte Penal Internacional, expresó su beneplácito por el acuerdo y destacó que no se pactaran amnistías e indultos para crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra. Pero al mismo tiempo advirtió que la Jurisdicción Especial para la Paz, el sistema de justicia transicional pactado que juzgaría a los miembros de las farc y a otros responsables del conflicto armado —militares, políticos y empresarios, entre otros—, debía hacer rendir cuentas a los máximos responsables de los crímenes más graves, juzgarlos y sancionarlos efectivamente. De este modo, dicho organismo no otorgó un cheque en blanco —como esperaban los defensores del Sí— pero tampoco anunció una inminente intervención en el país —como presagiaban los defensores del No—.

El día de la votación, tan solo una hora después de que se cerraran las urnas en todo el país, la Registraduría Nacional del Estado Civil ya había informado públicamente del resultado final de la consulta. La rapidez y transparencia fueron cruciales en un proceso que le dio el triunfo al No por 53.894 votos de diferencia. Ello enalteció a la democracia más antigua de la región y puso en evidencia que la limpieza de las reglas de juego electorales son el abecé de una democracia seria.

Finalmente, otra institución que jugó el papel de árbitro imparcial fue la Iglesia católica. En un país donde la Iglesia es, después de las Fuerzas Militares, la segunda institución con mayor favorabilidad —60% según el último Gallup Poll, mientras que las de aquellas es del 73%—, no es extraño que esta haya sido un actor relevante durante el proceso de refrendación. Aunque algunos entusiastas del proceso criticaron a los obispos por no tomar partido abiertamente por el acuerdo e invitar a los fieles a votar afirmativamente, lo cierto es que un escueto comunicado de la Conferencia Episcopal condensó de modo impecable el principio de laicidad del Estado y subrayó el deber de los católicos de votar de modo informado y según su conciencia. De este modo la Iglesia se puso por encima de una confrontación que polarizó a los ciudadanos entre amigos y enemigos de la paz.

LA DERECHA SALIÓ DEL CLÓSET

Además del realismo mágico, otro de los contrastes que definen a la sociedad colombiana es la brecha, señalada por el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, entre el país político y el país nacional. Esto es, entre una élite política urbana, liberal y secularizada, de un lado, y una ciudadanía rural y de clase media, conservadora y religiosa, del otro. Pues bien, aunque la sociedad es mayoritariamente de costumbres conservadoras, ningún partido político se define abiertamente como de derecha y el Partido Conservador es una fuerza política minoritaria y desprestigiada.

Dicho de otro modo: la derecha en Colombia es vergonzante. Un líder político tan característicamente de derecha como Álvaro Uribe, por citar un ejemplo, en cuyo ideario y políticas de gobierno sobresalen la seguridad, la inversión privada y los valores morales, nunca se ha definido a sí mismo en esta tendencia y su agrupación política se llama Centro Democrático.

Por ello, uno de los fenómenos políticos más relevantes de la campaña fue precisamente que diferentes fuerzas de la derecha se unieron y se visibilizaron. Aunque el expresidente Uribe es el referente más conocido de la misma desde el 2002, en esta ocasión hicieron causa común con él, el expresidente Andrés Pastrana, el exprocurador Alejandro Ordóñez, un grupo de juristas, líderes de iglesias evangélicas y un par de obispos. De tendencia política conservadora todos, y en lo personal humillados y ofendidos— para parafrasear a Dostoyevski— por el presidente Santos algunos, encontraron en la defensa de la Constitución liberal de 1991 —que los acuerdos de La Habana modificarían sustancialmente— motivos suficientes para enfilar sus dardos en la misma dirección.

Además de la visibilidad que obtuvieron los principios defendidos por estos actores —justicia punitiva, propiedad privada, seguridad jurídica, sostenibilidad fiscal—, que contrastó con un entorno mediático tendiente a la estigmatización de las críticas al proceso, resulta llamativo que esta variopinta y espontánea coalición de derecha lograra poner en la agenda de discusión un elemento marginal en el acuerdo: el enfoque de género. Y como lo relevante en la política no es solo lo que se dice sino cuándo y dónde se dice, a la unión y exposición de la derecha contribuyó dos polémicas medidas tomadas por organismos del Gobierno —el Ministerio de Educación y el Departamento Nacional de Estadística— en los días previos a la votación tendientes a indagar por la orientación sexual de los niños. Estas medidas, particularmente una cartilla del ministerio destinada a combatir la discriminación en los colegios mediante la incorporación de una perspectiva de género en los manuales de convivencia, suscitaron marchas ciudadanas y reclamos públicos de padres de familia, educadores y organizaciones de la sociedad civil —sectores que tradicionalmente no se movilizaban— en contra de una intromisión indebida del Estado en cuestiones que son del resorte de las familias y las comunidades.

Aunque tras la unificación y movilización de estos sectores subyace cierta nostalgia confesionalista —no defienden la neutralidad del Estado en estas materias sino su compromiso activo en implementar los valores cristianos— y una dosis de clericalismo —pastores y obispos son protagonistas, codo a codo con los laicos, de la movilización—, el fenómeno le dio un protagonismo inédito a la sociedad civil en un país que oscila entre el estatismo y el individualismo.

Este fenómeno puede definirse como populismo moral, y consiste, básicamente, en la pretensión de darle un estatus legal y constitucional a valores ampliamente compartidos por la población, lo cual está motivado por las convicciones morales y religiosas de sus promotores y trae como resultado previsibles réditos electorales. Este frente común ha convertido en compañeros de ruta a activistas de las iglesias evangélicas y a sectores tradicionalistas del catolicismo, los cuales, congregados en torno a una visión catastrófica y maniquea de la política han logrado situar en la agenda pública la discusión sobre los alcances sociales y culturales de la ideología de género.

Aunque los defensores del acuerdo de La Habana insistieron en que el acuerdo no contenía la ideología de género, es un hecho que el texto aludía profusamente a un enfoque de género como clave interpretativa de planes, comisiones y políticas que se implementarían en la etapa del posacuerdo. Asimismo, que el texto estuviera redactado en un lenguaje incluyente activó las alarmas de activistas religiosos al tiempo que suscitó el guiño de organizaciones de derechos humanos y de los colectivos lgbti del país. Pero, a decir verdad, la presencia que puede tener la ideología de género en un tratado de paz entre un Estado y una longeva organización subversiva solo puede ser marginal. Hacer de ello un tema central del debate sobre la conveniencia del mismo evidenció la capitis diminutio democrática a la que se han autosometido los activistas de la fe cristiana.

DE LA GUERRA CIVIL A LA BATALLA DE LAS IDEAS

Ahora bien, que la ideología de género haya sido un tema marginal en el acuerdo no significa, sin embargo, que el proceso de paz no conllevara serios desafíos ideológicos y culturales. De hecho, la batalla en el campo de las ideas se libró desde la definición de la agenda de negociación. Las FARC, por su parte, han intentado ampliar el espectro del conflicto armado llamándolo también «conflicto social» y situando sus orígenes varias décadas antes de su fundación en 1964. Con ello se ampliarían también los responsables del mismo —además de la guerrilla, los grupos paramilitares y los sectores de la sociedad civil que los financiaron o apoyaron—. La estrategia semántica y cronológica no pretende, ni mucho menos, ser más rigurosa con la verdad histórica sino diluir su responsabilidad en el proceso de victimización.

El Gobierno, por su parte, fue consciente de este desafío y le apostó a una composición pluralista de sus delegados en la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas —creada en 2014— y en aquellos puntos en los que según las FARC las condiciones sociales —las agrarias, por ejemplo— fueron causa del conflicto, el Gobierno tomó distancia expresamente de tal interpretación y advirtió que fueron más bien consecuencias del mismo.

En este sentido, el proceso de paz ha puesto de presente un debate ideológico que ha estado latente en la sociedad durante décadas: el de la justificación y la crítica de la violencia. Así, en la defensa del proceso de desmovilización de los paramilitares acaecido durante la administración Uribe, algunas voces tienden a minimizar el horror de la violencia que aquellos ejercieron y la deslegitimación que el recurso a medios ilícitos trajo para las instituciones del Estado.

Pero al mismo tiempo, en su apología del proceso de negociación con la guerrilla entraron en escena voces románticas que ven en la «guerrillerada» una versión criolla de Robin Hood y los espacios políticos con ellos pactados el pago de una deuda histórica por parte de una democracia de cuestionada legitimidad. En este sentido, el inflacionismo con el que se identificó a las víctimas —se habla de 8.000.000— y las alusiones a las mismas como una suerte de oráculo del perdón y la reconciliación colectivas develan visiones que conspiran contra las lecturas matizadas, problemáticas y no simplificadoras de nuestro pasado violento.

Sin embargo, al sincerar y visibilizar las posturas ideológicas se hace posible abordar públicamente el problema de la crítica y la justificación de la violencia, un debate público imprescindible en la construcción de una narrativa que rechace el recurso a la violencia política y cuya verdad de lo ocurrido trascienda la selectividad de la verdad histórica y la parcialidad de la verdad judicial, para configurar, más bien, una verdad como modus vivendi que incorporando una pluralidad de lecturas del pasado se oriente hacia el futuro. Una verdad política de este tenor puede ser un derrotero para la convivencia pacífica y no una coartada, propia de la esencialización o la instrumentalización, de revanchas sobre el escritorio de derrotas sufridas en los campos de batalla.

¿ACUERDO A LA VISTA?

El Premio Nobel de la Paz a Juan Manuel Santos, que fue anunciado cuatro días después del plebiscito, supuso un reconocimiento a sus esfuerzos por poner fin al último conflicto armado del hemisferio occidental, el último rezago de la guerra fría en la región. El galardón trajo consigo, paradójicamente, un tácito ultimátum. Y es que la ceremonia del 10 de diciembre en Oslo quedaría empañada si Santos acudiera a la misma sin haber cerrado el proceso. Este elemento, sumado al carácter propositivo con el que han actuado los líderes del No, quienes tras reuniones con el jefe del Estado le han hecho llegar sus propuestas para la renegociación y a la movilización de amplios sectores de la sociedad civil —estudiantes, académicos y empresarios— pidiendo un pronto acuerdo permiten inferir que en diciembre podría haber un nuevo texto consensuado entre el Gobierno y las FARC.

Se trata, debo aclararlo, de una especulación. Lo que es un hecho es que tras los años del proceso parece haberse gestado un nuevo consenso en la sociedad colombiana en torno a la negociación con las guerrillas como forma de terminar con su insurrección. La ilusión por una derrota militar definitiva, imposible por lo demás en lo que Jorge Giraldo llamó las guerras civiles posmodernas, parece haber dado paso al realismo condicionado de que dicha estrategia no sea a costa de excesivas concesiones, pues las imágenes de sus atrocidades están vivas en la memoria colectiva y las heridas de las víctimas aún no han cicatrizado. El reto es, entonces, que aunque estas negociaciones de paz —incluida la incipiente con el Ejército de Liberación Nacional (ELN)— no supongan la rendición del enemigo público tampoco sean una reivindicación de sus prolongadas injusticias.

El trabajo intelectual. Algunos obstáculos

No hay tarea más ingrata que tratar de distinguir y circunscribir racionalmente —o, dicho con otras palabras, esforzarse por elevar a un nivel científico o filosófico— las nociones comunes… Todo el mundo se encuentra más a sus anchas al utilizar conceptos cuanto con menor exactitud conoce su significado. Mas apenas trata uno de definirlos y separarlos, surgen legiones de problemas y dificultades. Uno corre el riesgo de caer sobre una pista falsa mientras intenta obtener la verdad y hacer analítico y sistemático lo obtenido… (Jacques Maritain)

Cuando alguien se decide a estudiar filosofía (pero me animaría a afirmarlo de cualquiera de las humanidades) suele tener la idea de que el trabajo intelectual es una cosa sencilla. En muchos casos uno se encuentra demasiado seguro de quién es, de dónde viene y hacia dónde va. Cree que el estudio de la cultura y de las ideas es lineal, con algunos recovecos, pero nada más. Piensa que uno puede refutar a cualquiera en tres páginas, o quizá en menos. Supone, además, que uno puede explicar cualquier problema, pongamos por ejemplo «el de los universales», a cualquier lego que se asome a la materia.

Esto no debe sorprender demasiado: puede atribuirse, quizá, a las ínfulas inocentes de la juventud, propias de ese momento vital. Pero no me resigno a creerlo completamente. He conocido profesores entrados en años muy reconocidos, cuyo esquematismo en las respuestas y la asombrosa confianza en sus sentencias denotaban más una intelección adolescente de los problemas que la madurez serena que debería venir con el paso del tiempo.

Podemos suponer que, como lo afirma el mismo Sertillanges, hay personas que nunca abandonan la edad escolar,

que son esclavos del trabajo en vez de impulsarlo delante de sí en plena luz. Dejarse envolver por estrechas fórmulas y petrificar el espíritu con teorías librescas representa una marca de inferioridad que contrae claramente la vocación intelectual. Ilotas o eternos niños: tal es el nombre de esos pretensos trabajadores, que se sienten extranjeros en toda región superior, en presencia de todo horizonte amplio y que con gusto reducirían a los demás a su ortodoxia de escolares estrechos.

Lo anterior es cierto y creo que no podría expresarse mejor. Sin embargo, confluyen en ciertos intelectuales otros factores que limitan el horizonte de comprensión y que no tienen que ver solo con esta especie de falta de madurez del pensamiento. O quizá, para decirlo mejor, la posible inmadurez intelectual se explica como una confluencia de factores y es el resultado de estos.

Aquí me propongo enumerar algunas de esas cortapisas que limitan la profundidad analítica de quien busca dedicarse al trabajo intelectual. Dada mi especialidad, me detendré fundamentalmente en la filosofía, pero no me limitaré únicamente a ella. Creo que muchas de las cosas que he observado pueden aplicarse con bastante facilidad a otras disciplinas humanísticas.

Aparece así la primera objeción. ¿Quién soy yo para enumerar escollos intelectuales? ¿Es que tengo tanta confianza en mi propia razón y tanta desconfianza en la autoridad de otros? La respuesta a estas preguntas es la siguiente: he dirigido el artículo, en primer lugar, a mí mismo; dedicado a «algunos de los insolventes hombres que he sido», como dice Alejandro Dolina. En segundo lugar, estas reflexiones se postulan como avisos y marcas en el camino para todos aquellos que emprenden el viaje de la vida intelectual. Por ello deben tomarse por lo que valen: un aviso en un camino conocido para muchos, pero no por eso menos sinuoso. Muchas de las cosas que aquí propongo son harto sabidas y me reconozco en deuda con A. D. Sertillanges, José Ortega y Gasset, Ernesto Garzón Valdés y J. M. Bochenski. Entre sus recomendaciones y las que aquí propongo, las similitudes saltan a la vista. Sin embargo, he aprendido que aunque muchas de las cosas que sostengo sean sabidas, eso no me dispensa de repetirlas. Tal como dice Garzón Valdés en Moralejas de una vida intelectual: «Suele no ser inútil reiterar lo ya conocido. Por el contrario, a menudo es aconsejable y hasta necesario reiterar o reformular los llamados ‘lugares comunes’… no toda reiteración es vana, ni toda innovación fecunda» (el resaltado es mío).

FALTA DE ACTITUD CONTEMPLATIVA Y SERENA ANTE LAS COSAS Y OPINIONES

Examinadlo todo y quedaos con lo bueno (1. Tes. 5,21)

Ante una determinada obra filosófica, literaria o histórica; ante un hecho o una opinión, el intelectual debe ser capaz de escrutarlo en sus implicancias más profundas llegando a mostrar aspectos que una visión rápida y desprevenida pasaría por alto. Entender una tesis filosófica desarrollada por un determinado autor, por ejemplo, implica pensar junto con el autor, asumir sus presupuestos e intentar recrearlos de la forma más fiel posible. Implica aceptar que lo dicho nos interpela y tiene algo para decirnos.

Como diría un profesor amigo, supone, en primer lugar, meterse en la piel del autor y buscar entender qué dice y luego por qué lo dice. Nunca se podrán clarificar estas cosas sin una actitud serena y contemplativa.

Ocurre lo mismo con los hechos, los conceptos y las cosas: suelo decir a mis alumnos que para hacer filosofía hay que darle la última palabra a las cosas. Esto es, dejar que las cosas me hablen, e interpretarlas del modo más fidedigno posible. El filósofo alemán Robert Spaemann denomina a esto intentio recta.

Nótese que digo «contemplación» y «serenidad», y de estos términos no se siguen «aceptación» o «rechazo». La actitud contemplativa, según mi parecer, implica como decía Tácito, contar los acontecimientos «sin ira y sin parcialidad»: sine ira et estudio. Lo cual, de ningún modo, supone aceptación sin más de lo que se describe.

Hasta aquí parecería que solo repito cosas sabidas con las que parece que nadie podría estar en desacuerdo. Solo serían estos unos principios tan generales, que por decir tanto no dicen nada. Pero, ¿cómo se ve esto en el plano de la praxis, en el ámbito de las concreciones, donde las cosas no parecen ser tan unánimes? Para responder a esto propongo algunos criterios que mostrarían esta falta de serenidad.

1. La excesiva adjetivación y el abuso de la retórica. A menudo un exceso de calificativos demuestran la vacuidad de lo que se dice. Haga el esfuerzo el lector y piense en escritos panfletarios o de barricada y verá que se caracterizan por denostar, por medio de adjetivaciones profusas o de innumerables figuras retóricas, una posición y ensalzar otra (la propia, naturalmente), de un modo maniqueo, como si de «blanco o negro» se tratara. Tales escritos pueden ser, en algunas ocasiones, simpáticos, motivadores, decididos. Pero de ningún modo contribuyen a un conocimiento acabado de las realidades que nos circundan.

Es cierto que el intelectual debe «usar la ayuda del poeta», como dice Garzón Valdés. Es innegable que la objetividad de un texto no implica que sea completamente aburrido o mal escrito. De ninguna manera es así. Por eso decimos excesiva adjetivación. Siempre debemos tratar, en la medida de lo posible, de darle a nuestro discurso giros que lo embellezcan o expresiones metafóricas que lo hagan más asequible. Pero limitar las calificaciones suele traer como resultado, entre otras cosas, evitar la descalificación rápida (sobre todo ad hominem). Además de impedir, en alguna medida, el «énfasis sobre la precisión», como diría Ortega y Gasset.

2. La descalificación en bloque de los estudios más confiables o recientes sobre un tema. El intelectual solipsista. La descalificación de todo lo escrito suele revelar una actitud que es, cuanto menos, sospechosa. Supongamos que alguien se interesa por el pensamiento de Aristóteles: flaco favor le hará al Estagirita si se sienta él solo con la Metafísica y trata de decir algo original sobre el tema sin conocer o descalificar sin más los estudios de Werner Jaeger o Pierre Aubenque.

Por supuesto que una investigación debe revelar algún aspecto original de un determinado tema, y puede ocurrir que incluso ese aspecto haya pasado completamente

desapercibido. Heidegger decía que «en cada cosa sabida se oculta aún algo digno de pensarse». La realidad es muy compleja y siempre nuestra razón, aunque limitada, puede descubrir algo en ese todo que es lo real. Pero esto no debería convertir al investigador en un «solipsista» que ignora a sabiendas la mayor parte de las cosas que se han escrito o dicho sobre un tema.

Este vicio se hace especialmente patente cuando alguien solo conoce y cita autores de una determinada tradición. Esto se puede apreciar cuando observamos muchas aprobaciones en un sentido, y llegado el momento de reconocer el valor de una proposición expresada por un autor de otra tradición, se usan expresiones como «en un rapto de lucidez» o «a pesar de sus errores, en esto acierta».

El intelectual solipsista, por sus razones ideológicas, suele arribar a las simplificaciones más descabelladas, porque despreciar lo dicho por otros entraña, en el fondo, un menosprecio de lo real en sí. Es como si este intelectual nos dijese: «nadie ha acertado, solo yo y, eventualmente, los míos [los que piensan como yo]». Incapaz de levantar la mirada, tropieza irremediablemente con la reiteración vacía o con palabras sinópticas que no significan nada, defectos ambos en los que casi siempre cae el pensamiento sectario.

El investigador solipsista es todo lo contrario de lo que afirma Aristóteles, para quien «es razonable suponer que quienes vivieron antes que nosotros no se han equivocado en todo por completo, sino que en algún punto o en la mayor parte de ellos han pensado rectamente» (e.n.1098b 29).

LA CONFUSIÓN DE REGISTROS Y LA NECESIDAD DE SU MANEJO ADECUADO

Hay escritores que aumentan el número de lectores.

Otros solo aumentan el número de libros. (Anónimo)

De lo anterior, ¿cabe deducir que al intelectual que se precie de tal le están vedados la ironía, la defensa airada y la invectiva? Pero hay que considerar que quien desee transitar por la senda del estudio metódico en las humanidades: a) debe ser capaz de distinguir este tipo de texto de uno académico/científico; b) debería cultivar otros géneros.

En nuestras hodiernas «sociedades del conocimiento» se hace necesario que el intelectual domine todos los registros del lenguaje: desde el más formal (científico/académico) hasta el de difusión. En ámbitos tan complejos y diversos, el conocimiento no se difunde adecuadamente en un solo registro. Los públicos son muy variados y la necesidad de satisfacer «ese deseo natural de saber de todo hombre» (Aristóteles) se presenta como una exigencia y un desafío enorme para quienes se dedican a las humanidades en nuestro tiempo.

Pero ¿es posible dominar todos los registros? Evidentemente es muy difícil. Es cierto que el cultivo de un tipo textual sobre otro en muchos casos depende de razones subjetivas. En su libro contra Jacques Maritain titulado El mito de la nueva cristiandad, Leopoldo Eulogio Palacios advierte que, al menos entre los intelectuales católicos, suelen darse dos tipos: el ensayista y el académico. El primero sería aquel que, sin demasiado aparato crítico, sale al encuentro de las cuestiones más candentes de su tiempo, se hace cargo de ellas y, por lo general, pega donde duele. El otro modo intelectual es el del académico: erudito, al tanto de las discusiones, preciso, riguroso.

Aunque pueda sonar pretencioso, quien se dedica a la vida del espíritu debería aspirar a fusionar en sí ambos modos. Es decir, no limitarse a publicar o colaborar solo en un tipo de formato. No se puede renunciar a comunicar el conocimiento en ninguna forma.

Suele ser un obstáculo muy común entre los intelectuales de una cierta trayectoria, creer que el conocimiento se degrada si sale del recinto académico o si se adapta para un público más amplio. Es cierto que esto es hoy cada vez menos frecuente. Pero como estamos enumerando actitudes y hábitos que pueden limitar el trabajo intelectual, no podemos dejar pasar este.

Por otra parte, y esto creo que está más extendido y es igual de grave que lo anterior, existe quien se dedica a denostar sistemáticamente el modo intelectual académico, creyendo que el único valioso es el ensayístico o periodístico. Generalmente quienes afirman esto suelen ser personas frustradas por lo árido que resulta, a veces, alcanzar un resultado más o menos agradable en la investigación institucionalizada.

Sin embargo, en muchos casos, quienes postulan este ensayismo radical suelen ser buenos conversadores, pero incapaces de profundizar, de dar precisión a los conceptos o de mantener un debate académico sin caer en la descalificación fácil y en la ofuscación ideológica. Además, esta negativa a intervenir en los intercambios de ideas más recientes suele ser un síntoma de intelectual solipsista: perdida su confianza en la capacidad de razonamiento de sus pares y porque juzga que la academia está irremediablemente perdida por quienes sostienen «el sistema», considera irreal, sesgado, poco valioso todo lo que se produce fuera de su estrecho círculo no académico.

Quien comienza en el cultivo de la discusión racional, debe prevenirse de no leer solo discursos ensayísticos o no académicos o asistemáticos, ya que si bien la historia nos ha legado grandes personalidades «asistemáticas» (Nietzsche, Chesterton), no todos los autores que cultivan este modo intelectual tienen ese talento. En muchos casos, solo abren sendas que se pierden en un lejano bosque pero que no conducen a ningún lugar, o dan la impresión de decir muchísimo, pero, en el fondo, no dicen nada.

LA FILOSOFÍA NO DEBERÍA SER ALGO SUPRARRACIONAL O NECESARIAMENTE OSCURO

Dunraven, versado en obras policiales, pensó que la solución del misterio siempre es inferior al misterio. El misterio participa de lo sobrenatural y aun de lo divino; la solución, del juego de manos. (J. L. Borges, «Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto»)

Desde que el positivismo conquistó la escena intelectual desde finales del siglo xix, muchos autores comenzaron a pensar que se podía abandonar la filosofía. Otros, por el contrario, negaron decididamente esto, pero observaban que luego del avance de las «ciencias duras» la filosofía debía considerarse como algo más cercano a las bellas artes que a la ciencia. Para estos últimos, prácticamente no existiría diferencia entre poesía y filosofía. Como lo explica J. M. Bochenski en su impecable Introducción a la filosofía, los existencialistas tanto en su vertiente atea (Sartre, Camus) cuanto en su vertiente cristiana (Marcel) fueron los principales difusores de esta idea.

Naturalmente los existencialistas no fueron los únicos. Ante un universo cultural que negaba lo espiritual como ámbito de indagación, era natural que las reacciones se suscitaran en todos los sentidos, y esto caló muy fuerte en todos aquellos que se interesaban por las humanidades. Desde entonces, como dice el mismo Bochenski, la indagación de la realidad, que pregunta por los principios y causas últimas, parece que debe hacerse buscando un cierto «estremecimiento metafísico».

La identificación de lo filosófico con lo desconocido, con lo misterioso, lo suprarracional, lo que trasciende las categorías de verdadero/falso, con ese lenguaje necesariamente oscuro puede ser muy tentadora. No han faltado filósofos que han cultivado esa oscuridad. Por otra parte, dado el nivel de abstracción que se requiere para hablar de ciertas cuestiones, no es de extrañar que a veces lo que decimos aparezca, a los ojos del lego, como despojado de toda claridad.

Puede sumarse a lo anterior razones de tipo subjetivo, que hacen al humanista buscar esta oscuridad conceptual y lingüística.  Alejandro Dolina, en su libro Crónicas del Ángel Gris, nos dice que suelen existir dos tipos humanos: «los muchachos sensibles» y «los refutadores de leyendas». Los primeros son aquellos más dados a conceder sin problemas que existe realmente algo más que esta realidad que vemos y tocamos. Los refutadores, por el contrario, necesitan probar racionalmente, a través del razonamiento y la verificación empírica, todo cuanto se asevera. Afirma Dolina que si uno le dice a un muchacho sensible que hay una persona que vuela, él mirará inmediatamente al cielo. En cambio, el refutador de leyendas armará un silogismo para probar que eso es imposible. Para los muchachos sensibles, es natural que la filosofía busque el estremecimiento metafísico.

Pero estoy convencido de que la filosofía no siempre debe ser un arrobamiento y un éxtasis: las más de las veces llegamos a conclusiones provisorias, difusas y bastantes prosaicas. Muy a menudo nuestras conclusiones poco tienen que ver con «lo eterno», «lo infinito», «lo misterioso» o «la nada». ¿Dejan de ser por ello «filosóficas»? Me inclino a creer que no. En algunas oportunidades el papel del filósofo es bastante humilde: tratar de deducir conceptos que definan una cierta realidad y, a su vez, que la expliquen. Es una actividad racional bastante modesta. Dice Ernesto Garzón Valdés: «Claridad no es trivialidad».

Es innegable que los grandes genios de la filosofía (al menos muchos de ellos) tenían un gran talento literario: podemos pensar en las imágenes poéticas de Platón o la retórica pulida de san Agustín. Incluso existen grandes escritores que tuvieron escarceos filosóficos: recordemos ese bellísimo texto de Leopoldo Marechal, Descenso y ascenso del alma por la belleza. Pero si pudiéramos consultarles a Platón o san Agustín sobre qué buscaban transmitir con sus obras, de seguro no habrían respondido «algo suprarracional» o «un tipo de sentir parecido a la poesía». De seguro se hubiesen inclinado por una actividad cognoscitiva, una actividad que explica las realidades que nos rodean.

La oscuridad en el lenguaje y la consiguiente vaguedad conceptual que de ella se sigue, suele ser una salida fácil, un «tranvía intelectual», como decía José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas: un concepto que me deja donde quiero llegar. Es decir, cuanto más amplios y vagos los conceptos, entonces más realidades pueden abarcar, pero en concreto puede que no signifiquen nada. Para ello es importante mantener una sana distancia de la sinonimia a mansalva y hacer un uso morigerado de los conceptos, sabiendo que cada término trae consigo un horizonte de significación muy amplio, que Tomás de Aquino denominaba analogía de los términos.

Para concluir este apartado se puede decir que no debe buscarse la oscuridad a sabiendas. Puede ocurrir, no obstante, que el tema a tratar imponga un cierto nivel de abstracción o de terminología específica. Aun así, siempre debería intentarse mostrar los conceptos con la mayor claridad.

EN EL TRABAJO INTELECTUAL LA MAYORÍA DE LOS CONCEPTOS SON RESULTADOS, NO PRESUPUESTOS

Saca agua de tu propio pozo. Para mí todos esos hombres, nunca autores, intérpretes siempre, cobijados bajo la sombra ajena, nada tienen de animoso, porque no se atreven a hacer algo de aquello que con tanto tiempo aprendieron. En obra ajena ejercitaron su memoria; pero una cosa es recordar y otra cosa es saber. Recordar es guardar una cosa encomendada a la memoria; y al contrario, saber es habérsela asimilado y no estar colgado del ejemplo, volviendo a cada instante los ojos al maestro. (Séneca)

He coincidido con muchos colegas en que el mejor maestro es aquel que fomenta en su interlocutor la posibilidad de arribar a una conclusión, pero conociendo y asumiendo como propias también las premisas. Es decir, el maestro buscará mostrar cómo se llega a ese resultado para que el alumno tenga el razonamiento completo, es decir, que conozca también las premisas. De ningún modo impondrá el camino por donde se arriba a la conclusión, y mucho menos debería imponer la conclusión. Según afirma Ernesto Garzón Valdés, en el ya citado Moralejas de una vida intelectual, la propuesta debe superar a la imposición. Dice:

Es mejor proponer que imponer. La aceptación de una propuesta implica compartir razones: tiende a la creación de un marco argumentativo estable; la imposición no se basta a sí misma, no pierde nunca su desigual unilateralidad y mantiene, por ello, una siempre inquietante inestabilidad.

Salvando algunas excepciones, el análisis de lo real supone un camino arduo. La realidad es necesariamente compleja y para poder afirmar algo y tener un concepto cierto, debemos pasarnos un largo tiempo reflexionando, leyendo y contrastando opiniones. Tomás de Aquino lo sabía: se requiere mucho análisis y muchos errores para poder llegar a una conclusión. La tarea de un buen maestro será, entonces, la de guiar en ese análisis, proponiendo un marco argumentativo que contemple la complejidad de lo real. El buen maestro, por consiguiente, debe mostrar resultados completos, no imponer presupuestos ni conclusiones apresuradas.

Entender esto debe hacernos desconfiar de los anatemas caprichosos. Por otra parte, debería prevenirnos también contra las interpretaciones que dan por supuestas explicaciones que no se brindan. Una de las cosas contra las que debemos estar en guardia son las elipsis conceptuales, que casi siempre terminan en una justificación post factum. Es decir, muchas veces se ensayan tristes explicaciones como «cuando el maestro dijo tal cosa, quiso decir tal otra» o «hay que suponer esto y lo otro».

Hemos aclarado ya que los términos deben tomarse con un sentido análogo. Así, unliteralismo excesivo puede pecar de reduccionista. La hermenéutica textual es la disciplina que se encarga de darnos las pautas de la correcta interpretación, para no caer en extremos ridículos. Pero en el trabajo intelectual el contexto no debería salvar continua y milagrosamente al texto: si un autor quiere decir algo, debe decir eso y no otra cosa. Volvemos a lo que decíamos al principio de este apartado: cuando alguien afirma algo, debe mostrarnos cómo llega a esas conclusiones. Tal fue la insistencia  del gran Platón con lógon didónai; o el pasaje evangélico: redde rationem (Lc. 16,2): da cuenta de eso que dices.

CONCLUSIÓN

Nos hemos detenido en algunos puntos que pueden obrar como obstáculos en el trabajo intelectual. Podríamos, naturalmente, enumerar otros: el teologismo, el afán inmoderado de novedades, la construcción ideológica independiente de lo real, y así un largo etcétera. Pero detenernos en ellos nos llevaría demasiado.

Aunque la lista sea incompleta, podemos afirmar que tomar a la ligera algunas de estas advertencias que hemos enumerado puede desembocar fácilmente en la «inmadurez intelectual» de la que nos prevenía Sertillanges. En muchos casos, esta se refleja en la incapacidad de trascender las fórmulas vacías.

La modestia, el rigor, la sobriedad en el uso de los términos suele tener su recompensa: gozar del fruto maduro del conocimiento, que permite trascender los esquematismos muertos. Por el contrario, abusar de los conceptos perimidos, la repetición libresca y aferrarse a lo que dijo el maestro solo porque el maestro lo dijo, suele conducir al anquilosamiento. O lo que es peor: a la vanidad. Atado a dos o tres conceptos vagos que escuchó de su maestro, el intelectual solipsista cree estar sobre todo y sobre todos.

Algo de esto adivinó Juan de Salisbury (según nos cuenta Etienne Gilson en La unidad de la experiencia filosófica) en su retorno a París cuando, al encontrarse con sus viejos compañeros, sufrió una fuerte decepción:

Los encontré como antes y donde antes; no parecían haber avanzado una pulgada en el planteamiento de las viejas cuestiones, ni les habían añadido ni siquiera una proposición. Los propósitos que entonces les habían estimulado, les estimulaban todavía; solamente habían progresado en un punto: ignoraban la moderación, no conocían la modestia, y esto en tal medida que se podía desesperar de su recuperación.

Aunque escritas en el siglo XII, estas palabras tienen gran actualidad. Cualquiera que identifique un intelectual en el que algunos de estos vicios que hemos enumerado (o todos ellos) se han hecho carne, podrá fácilmente reconocerlo en las palabras de Salisbury.

A los que se nos ha concedido la gracia de advertir estas falencias de la vida del espíritu nos queda velar para no caer en la tentación.

Fred Kiel, Return on Character. The Real Reason Leaders and Their Companies Win

Harvard Business Review Press, Boston, 2015, 276 págs., 23,81 euros

El poder de los conceptos es menos simbólico de lo que parece ser y más real de lo que estamos dispuestos a aceptar, como organizadores de la vida social, que es siempre cultural por la naturaleza misma del ser humano. En este sentido, toda sociedad —estructurada en el marco político, económico, empresarial que sea— tiende a elaborar, desplazar e incluso ocultar los conceptos que crea o que ha heredado.

EL PODER OCULTO DE LOS CONCEPTOS

En una interesante obra de Daniel Bell, publicada ya en 2001 (no siempre lo más reciente tiene por qué ser lo mejor) y titulada The Cult of the Nation in France. Inventing Nationalism, 1680-1800, el historiador norteamericano relacionaba, con gran acierto, los conceptos y el lenguaje del discurso en la historia cultural —y, en concreto, en la cultura política— con la constitución y desarrollo de los procesos históricos. Y así examinaba el discurso político francés y la formación paulatina de una nueva idea de Francia que encontraría su expresión a partir de 1789 con el estallido de la Revolución.

En esta línea de argumentación, el lenguaje, por tanto, no solo describe, sino que actúa. Y, a este respecto, el impacto discursivo de la Revolución Francesa ha sido tal que, más de doscientos años después, no puede darse todavía por finalizado. Aunque para el caso del libro que analizamos aquí parezca que nos hemos ido muy lejos, en realidad no es así. Pongamos, para demostrarlo, un doble ejemplo.

A partir y raíz de la Revolución Francesa, y desde Europa sobre todo, se ha producido en distintos tramos históricos el desplazamiento u ocultación de dos conceptos clave de la que hasta ahora conocemos como civilización occidental: El desplazamiento y sustitución del concepto de «bien común», por el discurso del «interés general» y la ocultación y sustitución de la cultura de las «virtudes» por el lenguaje de los «valores».

De tal manera que si en la concepción de siglos pasados el bien común era una causa ineludible de todos los ciudadanos de una nación o territorio, pongamos por caso, ahora el interés general se ha convertido en el ejercicio político y/o cultural de unos pocos, las denominadas élites. Y si para vivir las virtudes en aquellos siglos la cultura del hábito y del esfuerzo eran imprescindibles, hoy los valores se adoptan, o no, en función de las modas de pensamiento, ligadas sobre todo a las novedades de una cultura predominantemente sometida al desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación (ya popularmente conocidas como tic) y sus aplicaciones, sobre todo sociales.

Por señalar un caso más actual, asistimos, por ejemplo, al auge del concepto de innovación, de tal modo que el que no innova, sea institución o persona —en imagen, lenguaje, proyectos de vida personal o profesional—, se va quedando supuesta e ineludiblemente atrás en el camino del progreso de la humanidad. Cosa bien distinta sería establecer respecto a qué se produciría ese atraso… Pues no. La innovación por la innovación parece ser un bien en sí mismo, aunque no se sepa con qué fin y con qué objetivo real.

EL LIDERAZGO: UN CONCEPTO DE IDA… Y VUELTA

Otro tanto ha ocurrido con el concepto de liderazgo. También aquí el análisis del discurso actual nos aporta una interpretación de la cultura —política, empresarial, educativa— basada en una concepción del hombre y su lenguaje, no solo como medio de comunicación, sino sobre todo como matriz significativa de esa realidad política, empresarial…; aquí, nuevamente, el lenguaje también actúa.

Pero la fragmentación del área de estudio del liderazgo que se observa desde fines del siglo xx ha sido de tal magnitud que ha convertido el ejercicio y enseñanza del liderazgo tanto en un campo de interacciones diversas y complejas como, con excesiva frecuencia, en una práctica incluso contradictoria. Así, por ejemplo, J. Gosling, I. Sutherland y S. Jones, en su manual introductorio sobre el liderazgo, con el título de Key Concepts in Leadership, nos ofrecen hasta 33 estilos básicos de liderazgo… y otros 33 como contrarios a ellos.

Y, entretanto, las evidencias nos muestran que a la altura de 2016 el reto del liderazgo en las organizaciones ha alcanzado un nivel crítico. Hasta tal punto que ese año Josh Bersin, en su estudio 6 Ways Work Will Change in 2016, ha remarcado que en 2015 el 87% de las compañías más citadas globalmente admitían serios fallos de liderazgo en todos los niveles de la organización.

Ante este aparente callejón sin salida, la investigación del profesor Fred Kiel, reconocido experto internacional en análisis estratégico y desarrollo de liderazgo, y su equipo de KRW International, resulta muy oportuna y conveniente. Así, tras siete años de intensas investigaciones, aplicando las herramientas estadísticas y de evaluación adecuadas, nos plantea abiertamente la necesidad de repensar el paradigma actual del liderazgo empresarial —en su caso— regresando a conceptos originales y, en su propuesta, a la validez, nunca tan actual, de la cultura de los hábitos y las virtudes.

EL EJERCICIO DEL LIDERAZGO Y SUS REPERCUSIONES

En línea con lo expuesto hasta ahora, el libro de Kiel nos presenta una doble y afortunada aportación. Por un lado, demuestra suficientemente que regresar al carácter de las personas, y particularmente de los líderes que trabajan en una organización, constituye en sí misma una fuente indiscutible de valor, en la propia cadena de valor de una institución —sea esta económica, empresarial, o no—. Esta aportación la han realizado con anterioridad, y a distintos niveles, otros investigadores o expertos, en el terreno de lo social o lo empresarial.

Con todo, Kiel y su equipo van más allá, demostrando fehacientemente en su estudio que las condiciones o elementos que constituyen el carácter de los líderes y su proyección (definidos y desarrollados en los capítulos 2 al 5) conllevan un indudable beneficio o «return», en el sentido propio del libro desde su mismo título. Y no únicamente un beneficio en el sentido de influencia, sino en el de una repercusión directa, y cuantificable incluso, en los resultados económicos de la empresa o actividad de que se trate.

De los 121 ceo norteamericanos entrevistados y encuestados por el equipo de Kiel tan solo 84 accedieron a que también lo fueran sus empleados; alcanzándose no obstante, y de forma voluntaria, más de ocho mil respuestas por parte de estos sobre el comportamiento y estilo de liderazgo en los directivos de sus compañías.

Esta conexión era imprescindible para el estudio, puesto que, como ya han demostrado recientemente otras investigaciones, conocer a quienes ejercen un liderazgo real es solamente la mitad de la historia. En este sentido, puede consultarse la interesante obra de Marc y Samantha Hurwitz titulada Leadership Is Half the Story. A Fresh Look at Followership, Leadership and Collaboration.

EL FRACASO DEL LIDERAZGO INSTRUMENTAL

Para Kiel y su equipo existe sin duda una relación intrínseca entre lo que un líder es (character) y lo que un líder hace (skills) y esta ecuación —su propia cadena de valor— tiene un impacto directo y demostrable en los resultados empresariales de su compañía. El eslabón clave en esta cadena lo constituye, más de lo que ha sido considerado hasta ahora, el carácter de un líder: una combinación singular de creencias, principios, experiencias de vida y hábitos, que se manifiestan en sus acciones y comportamientos como tales líderes.

Pero han ido todavía más lejos, tras un detenido análisis de los datos recopilados. De tal modo que han identificado cuatro hábitos que consideran básicos para el desempeño de un auténtico liderazgo: integridad (integrity), responsabilidad (responsibility), compasión (forgiveness) y empatía (compassion). Hasta el punto de que una combinación elevada de estos hábitos en acción (high-character leaders) es lo que distingue precisamente al líder orientado hacia los demás (que denominan Virtuoso Leaders) del líder centrado en sí mismo (Self-Focused Leaders).

Y de hecho, en su investigación descubren que, a medio y largo plazo, un liderazgo virtuoso —personal y en equipo— consigue hasta cinco veces más retorno (return on assets, capítulo 6) para sus organizaciones, que el ejercicio de un líder focalizado prioritariamente en sí mismo, sus logros y los de su propio equipo.

UNA CAJA NEGRA DENTRO DE OTRA CAJA NEGRA

Finalmente Kiel insiste en que los cuatro hábitos de carácter señalados constituyen una caja negra cuyo valor y trascendencia —siguiendo un símil aeronáutico— requieren ineludiblemente trazar un camino específico de desarrollo directivo (capítulo 7) y de los equipos ejecutivos necesarios (capítulo 8).

Es más, el ejercicio del liderazgo exige, por encima de todo, un intenso recorrido interior: «otra caja negra dentro de aquella caja negra». Todo un arte para saber convertir, siguiendo como el propio Kiel a Jim Collins —un clásico ya de la gestión del liderazgo—, una buena empresa en una gran empresa (Good to Great. Why Some Companies Make the Leap… and Others Don’t).

Daniel Rivadulla Barrientos

Julio Martínez Mesanza, Gloria

Julio Martínez Mesanza aclara en una breve nota al final de su Gloria que escribió estos versos entre agosto de 2005 y marzo de 2016 y que los compuso en Madrid, Túnez y Tel Aviv. La racionalidad cartesiana («abstracta» y tal vez «imperdonable») hace que él mismo sitúe en el tiempo y en el espacio sus poemas; pero esas dos coordenadas no explican lo que el lector acaba de experimentar: que tiene en sus manos una joya que solo raramente encuentra quien busca en la poesía belleza, emoción y verdad.

Hablemos del tiempo. Estos treinta y seis poemas han necesitado once años de gestación, lo que pone de manifiesto una vez más que Martínez Mesanza es un escritor minucioso y sosegado. Hay que esperar para que las ideas y las imágenes se hermanen con los vocablos hasta lograr endecasílabos redondos que fluyen con ritmo y elegancia.

Es posible que algún poema haya brotado en un solo día; pero ha necesitado largos periodos de maceración, quizás de ensoñación, para que salga armado y victorioso de su cabeza, y necesitará después de un pausado trabajo de ajuste.

Sin duda, el poeta es su crítico más feroz, el más exigente de sus lectores, y por eso ha tardado tanto tiempo y ha dejado por el camino bellos cadáveres, algunos de los cuales pueden atisbarse en los blogs que ha mantenido durante esta década. Porque a las exigencias de fondo y forma se añaden las de la coherencia interna del conjunto. Al igual que en sus libros anteriores, un hilo de oro enlaza todos los poemas y justifica la presencia de cada uno de ellos en esas páginas.

Gloria es la crónica del alma. El alma, lo sabe el poeta ante una Madonna de Bellini, es inextinguible, aunque camine «en los ríos de niebla» o tenga que rezar ante «Nuestra Señora de los laberintos», por otro nombre «Nuestra Señora de los indecisos». Agitada por el viento que sopla incesantemente, el alma «devora dones», busca «ante las puertas cerradas», «en el desdén de quien amamos», en las equívocas estelas de las galeras, en «las zarzas del tiempo», «en el juego, la geometría y la guerra» que la gobiernan. El alma tantea entre las tinieblas, la apatía y «el infierno tibio» para aprender a cantar a la Creación, a los dones y la gracia que Dios derrama en el mundo.

Resuenan los carros de Kipur o la carga de los húsares (y ahí reconocemos al Martínez Mesanza fascinado por los símbolos de la estrategia militar y la belleza de los campos de batalla); pero Gloria es por encima de todo un libro intimista en que lo divino se vislumbra en el mar, en el cielo y en la pereza de las naranjas que reciben la lluvia que las limpia, porque la merecían «como merecen todos los que esperan».

El poeta contempla otra Virgen, la de Van Eyck, y percibe un «claro en el cielo incomprensible / que dice imagen, gloria y esperanza». Las mujeres, las mujeres de carne y hueso, se le deshacen al poeta, e invoca ansiosamente a la niña madre de Dios cuando admira la solidez heroica de Jan Sobieski o de Gino, que salva vidas en silencio metiendo salvoconductos en el tubo de su bicicleta, que el poeta compara de forma deslumbrante con los tubos de las mezuzás que custodian textos sagrados en las puertas de las casas judías.

¿Y el espacio? Las pistas geográficas son engañosas. Es cierto que Túnez es el azul intenso, las olas paralelas de Ghar el Mehl, el mar de mayo de La Marsa y la cordialidad de una conversación en Les Ombrelles; es cierto también que Israel le revela la otra faceta del Mediterráneo para que se encuentren su «alma fenicia» y su «alma cristiana»; pero no estamos ante la aventura de un explorador, ni siquiera ante el itinerario de un viajero. La peregrinación de Julio Martínez Mesanza es siempre interior porque, si bien «malvive en sitios diferentes», el suyo es un mundo estático: una cueva de ermitaño acolchada con las lecturas de la Patrística, de los grandes pensadores de la edad moderna o de los clásicos que nunca dejan de enriquecerle. Por eso lamenta que no sepa usar los nombres propios en sus poemas (por más que, cuando lo hace, pinte cuadros de intenso poder evocador); por eso siempre es fiel a sí mismo y a los asuntos que le in-quietan (que le mueven en su quietud). Por eso también su poesía es perfectamente coherente, y su estilo y su modo de hacer, personales e inconfundibles. Aunque Gloria avance por terrenos nuevos, reconocemos con agradecimiento al poeta que añadió versos a un primer libro, Europa, hasta que por razones más editoriales que personales se vio obligado a pasar a Las trincheras. Tanto es así que el primer verso de este poemario empieza con una «Y», recordándonos que los caminos nunca tienen un principio definido.

Lo que le interesa al poeta de los lugares donde ha vivido es el reflejo de la cultura, la evocación de figuras y hechos históricos o los restos, siempre huidizos, de la huella de lo divino. Afortunadamente su cabotaje le ha hecho rodear el Mediterráneo, ese «mar de Homero» donde confluyen sus lecturas, sus visiones y su concepto del hombre forjado en la Biblia, en Grecia y Roma, el hombre revestido de valores y profundamente moral.

Gloriaes otro puñado de diamantes que este poeta ermitaño nos ofrece después de su larguísimo retiro en las minas del Génesis; diamantes perfectamente pulidos, porque es el diamante la piedra de mayor dureza para penetrar en la verdad, la de los reflejos más puros, la más rica en facetas; aunque sea también la más frágil, como son frágiles todas las empresas humanas. Es bueno no olvidarlo, y saber que, aunque «vuelves siempre a lo mismo» y «te ocultas con tu culpa» «porque la vida siempre desconfía», puedes mirar la atalaya desde donde nos defiende la Niña de Nazareth y tener la certeza de «que la gloria existe».

Santiago Miralles