Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosEsta obra crea una atmósfera que atrapa al lector desde los primeros párrafos. Explicar la creación del nuevo orden monetario mundial que nació en julio de 1944 en el complejo hotelero de Bretton Woods (New Hampshire, Estados Unidos) no es nada sencillo, y Steil, mediante un trabajo bien documentado y gracias a una profunda investigación, decide tomar como eje central de la historia la pugna entre dos personajes esenciales, John Maynard Keynes, el economista británico más influyente del siglo pasado, y Harry Dexter White, un tenaz alto funcionario del Tesoro de Estados Unidos, criado en el barrio obrero de Boston y fascinado por la Unión Soviética.
Steil ayuda a entender el entorno político, social y personal en el que se movieron, explica el porqué de su enfrentamiento y justifica la evolución de sus posiciones. Todo ello caminando página tras página en el interior de la cabeza de ambos protagonistas. Es un excepcional relato en el que también tienen cabida las maniobras políticas, y sirve para evidenciar cómo las personas —sus intereses, fobias y filias— influyen en los hechos históricos.

La obra describe a White como un poco conocido tecnócrata del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, profesional inteligente, seguidor entusiasta del New Deal de Roosevelt, profundamente interesado por el entorno social soviético y que en su fuero interno defendía un modelo económico con una creciente planificación centralizada que poco a poco resolviera las ineficiencias del capitalismo liberal estadounidense.
El lector descubrirá a un experto en problemas de política económica que destaca por su enorme capacidad de trabajo, dedicación y una sorprendente dialéctica. Desde los primeros párrafos se ofrece la visión de un auténtico americano hecho a sí mismo, que logra tener éxito a pesar de las adversidades a las que debe enfrentarse a lo largo de su vida. Será el principal oponente de Keynes en Bretton Woods. White llega a la conferencia sin ser una figura de prestigio internacional, pero contará con el respaldo de un país en pleno ascenso político y económico, y que tiene una moneda, el dólar, en una posición dominante.
Keynes es presentado como la gran estrella de esta conferencia
Keynes, que procedía de la clase media y que desde los treinta años se relacionaba cordialmente con los grandes políticos, la aristocracia y los millonarios, es presentado como la gran estrella de esta conferencia. Era la referencia de la delegación británica y, como se aprecia durante el desarrollo de las conversaciones llevadas a cabo, tratará de utilizar ese poder e influencia sobre la opinión pública para defender sus intereses. Esa habilidad permite que las ideas de Keynes susciten inmediata atención por parte de los medios de comunicación, sean acaloradamente discutidas y casi todas acaben por ser aceptadas tras un periodo de tiempo no muy largo. Su autoridad intelectual era indiscutible en todo el mundo, sobre todo tras la publicación de su principal obra, Teoría general del empleo, el interés y el dinero, que había convencido a la mayoría de los economistas occidentales, entre otros, al propio Harry D. White, de la necesidad de la intervención de los poderes gubernamentales en el rumbo que debía seguir la economía para superar los problemas de deflación y paro; problemas que consideraba que necesitaban respuesta inmediata dentro de cualquier sistema.
Keynes como principal actor que encabeza una delegación británica en la cual había otros excelentes economistas como Lionel Robbins y Dennis Robertson, buscará con arrojo defender los intereses del Reino Unido en un futuro orden económico mundial, destacando las preferencias comerciales en sus dominios y la penalización tanto de los déficits exteriores persistentes como de los superávit.
Sin embargo, conseguir imponer los intereses de un país agotado por la guerra, con una deuda que excedía con mucho el doble del pib, y de un imperio que se aferraba a los últimos resquicios de gloria y pierde el protagonismo, se antojaba difícil. Ante este escenario y como mente brillante que ha conseguido un respeto intelectual inaudito, incluso por parte de quienes más lo critican, se dispone a llevar la discusión económica a su terreno. Reino Unido se abandona de forma desesperada al ingenio del maestro, pero sus pretensiones colisionan frontalmente con las de su hermano americano. Estados Unidos es el principal proveedor de recursos y capitales de los aliados europeos y desea mantener esta posición después de la guerra y garantizar de ese modo su supremacía.
En principio, desde el punto de vista intelectual, Keynes partía con ventaja y nada podía hacer contra él White, que veía al Reino Unido como una potencia rival, salvo desarrollar una estrategia política lo más velada posible para imponer sus intereses en una conferencia en la que se jugaba el liderazgo económico mundial. White, como hombre inteligente, y sabiendo que el enfrentamiento frontal no le beneficiaba, aprovechó la soberbia intelectual de Keynes, que le hacía pecar de ingenuidad y de falta de dotes diplomáticas, para asestar el certero golpe. Utilizó el punto fuerte de su adversario y lo transformó en su talón de Aquiles. Y Keynes, lejos ser la figura triunfante que se esperaba, dejó Bretton Woods con la cabeza baja. White, con su victoria, aparece como el arquitecto de un nuevo sistema económico internacional en el que primaba Estados Unidos.
El libro muestra tanto el ascenso definitivo de Estados Unidos a nivel político y financiero, como la pérdida de liderazgo del Reino Unido
El libro muestra, pues, tanto el ascenso definitivo de Estados Unidos a nivel político y financiero, como la pérdida de liderazgo del Reino Unido; gracias a ello, se fortaleció la posición del dólar como moneda de referencia en el sistema monetario internacional y se sentaron las bases para el nacimiento y desarrollo del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial.
Steil ofrece también una visión crítica al sugerir que las medidas de Bretton Woods no fueron del todo correctas debido a los análisis equivocados que se hicieron en aquel momento. Entre otras cosas, Reino Unido fue durante las reuniones el adversario de Estados Unidos cuando el auténtico rival era la Unión Soviética, como se comprobó poco después. En cualquier caso, en la situación de hoy, en la que se debate la posibilidad de otro sistema económico, la perspectiva histórica que brinda Steil es interesante y muy ilustrativa.
· Fatalistas, tecno-utópicos, apocalípticos y optimistas racionales son los nuevos personajes de la ya antigua escenografía para la idea de una decadencia europea. La declinología ha regresado como comparsa sombrío de los vértigos digitales y la omnipotencia del teléfono móvil en el bullicio trivial de la mente. Bajan los índices de lectura y se derrumban los últimos contrafuertes del elitismo meritocrático. Incontables diagnósticos de decadencia occidental mueblan los museos antropológicos, desde mucho antes de la idiotización del “homovidens” y de la compresión de lo complejo en la simplificación del twitter. El progreso ya no es lo que era. Remodelar las comunidades humanas en torno a valores comunes se hace, casi de repente, una cuesta empinada, un pedregal, un puñado de cenizas. Pero ¿es tan honda la crisis de la conciencia occidental?
· Quizás no lo sepamos hasta conseguir perfilar este cambio de época que, a la manera, de las metástasis, configura nuestro tiempo sin que sepamos lo que nos pasa. Toynbee apelaba a una minoría creativa de la sociedad, porque el crecimiento es la obra de personalidades creativas y todo depende de si consiguen o no que avancen los sectores no creativos de la humanidad, que siempre son abrumadora mayoría. La audiencia del documental sobre las Campos –imitación castiza del imperio de las Kardashian- parece dejarlo todo en manos del retroceso. Spengler, aunque con tantos errores de prognosis, creó una morfología para la interpretación de Occidente. El ángulo de visión ha ido angostándose pero tanto la fórmula de Fukuyama al terminar la Guerra Fría o la tesis del choque de civilizaciones según Huntington, si no acertaban de pleno, nos sugerían algo.
· En el año 2000, Morris Berman certificó el crepúsculo de la cultura americana. Desde entonces la complejidad del declive ha aumentado exponencialmente. La nueva versión de Pokémon conecta con alguna forma de falla neuronal. En plena deconstrucción del discurso público, Facebook genera comunidades en falso, identificaciones ilusorias, redes del mal y a la vez fuentes inagotables de conocimiento. Andamos pisando la línea de sombra, cada vez más desatentos al deber de lucidez y las formas de cohesión pública y privada. Trump ha llegado a Ellis Island en el mismo paquebote que transportó a King Kong. El relativismo nos ha situado en las antípodas de la voluntad de obra bien hecha. Berman escribió que el postmodernismo no solo aporta la negación de la verdad sino también la negación del ideal de la verdad. No hay más verdad que “¡Sálvame!”.
Podemos aprender que China se piensa a sí misma como se pensaría el Egipto faraónico, si todavía existiese. Que a finales del siglo III antes de Cristo, durante el auge y caída de la dinastía Qin, en China ya se disputaba una gran batalla entre los partidarios del feudalismo y los del absolutismo, una lucha que llegó a Europa más de mil quinientos años después. Que dos discípulos de Confucio, Mencio y Xun Zi, inauguraron —en los albores del siglo III antes de Cristo—un enfrentamiento filosófico entre aquellos que consideraban que la naturaleza del hombre era buena y los que creían que era mala. Que si China es una civilización —grande, fuerte— capaz de tener perspectiva histórica de más de veinte siglos, ¿qué valor puede tener la vida de un hombre ante esa rueda inmensa?
Que si China ha roto las concepciones del tiempo también lo ha hecho con las del espacio. Que más allá de las millones de almas que habitan en grises mega-ciudades de las que no habíamos oído nunca el nombre —y que, si viajásemos a ellas, nos parecerían todas iguales—, China se extiende hacia paisajes insospechados propios de un imperio. Al noroeste, desiertos ardientes donde los hombres degüellan corderos y rezan a Alá. Bajando al sur, cadenas de montañas que desembocarán en los picos más altos del mundo, donde los hombres llevan sombreros de vaquero, los templos se adornan de papeles multicolores y las viejas esconden, temerosas, pequeñas fotografías del Dalái L—ama debajo del colchón. Más hacia el este, siguiendo la costa, aparecen las palmeras, la humedad, los barcos y puertos donde antes desembarcaban piratas y ahora embarcan contenedores de mercancías, mientras —a lo lejos— se observa una gran isla de playas paradisíacas llena de hoteles de cinco estrellas y bases militares. En este momento, si cruzáramos al extremo norte del país, nos encontraríamos ante una gran tundra desértica y helada, donde el número de almas va descendiendo y el mandarín se mezcla con los acentos rusos y coreanos. Que si China no es un país sino una civilización, tampoco es un estado, sino un continente.
Que esta inmensa masa de tierra está habitada por un pueblo que fue asaltado, durante el siglo XIX y XX, por potencias occidentales, por Rusia y por Japón, pero ha sabido salir adelante creyendo en sí mismo, en lugar de refugiarse en el victimismo o el complejo de inferioridad, enfermedades de los países pos-coloniales. Que aunque no olvida los agravios, ni de hace ochenta años ni de hace milenios, eso no lo frena en su camino de saber lo que quiere y tener grandes ambiciones. Que este sentimiento se extiende desde las élites políticas del país —con todo lo admirable y temible que eso comporta— hasta al niño chino de seis años que conocí en un parque de Pekín y me explicó que, de mayor, quería ser Premio Nobel de Ciencia.
Que toda esta energía nacional está sustentada en los personajes más fascinantes que he conocido: los ancianos chinos. Seres humanos que sobrevivieron a una dinastía feudal, a una guerra mundial, a una guerra civil, a una hambruna planificada en el nombre de la utopía, a una purga humana y delirante que buscaba quemar hasta las cenizas todo lo viejo. Que nacieron cuando aún existían emperadores y eunucos y morirán en el mundo de los drones y los smartphone.
Que, con esa piel tostada y arrugada por acumular recuerdos, te ofrecen en silencio y con una sonrisa un cigarrillo, en la zona de fumadores de un tren en el que dormirán tres noches seguidas en una silla o en el suelo. Que te los encuentras en Leshan, a los noventa y cinco años, subiendo las miles de escaleras —casi imposibles—que conducen a la estatua de Buda más grande del mundo. Que todavía hacen cosas bellas, como entrenar pájaros del norte, a los que en primavera dejarán en libertad, o domesticar grillos, que guardan cuidadosamente en pequeñas jaulitas de madera.
Que toda la violencia y el horror que han soportado se escapa de las formas más insospechadas a través de su literatura. Que, ante la censura política, el dolor sólo puede tratarse a través del humor o el surrealismo. Que el cuento del escritor Lu Xun que inaugura la literatura china contemporánea habla de personas que se comen a otras personas, mientras los demás miran a otro lado y, a la vez, desean hacer lo mismo. Que tras los horrores del maoísmo, uno de los grandes escritores, Yu Hua, empieza una de sus novelas con un padre que muere ahogado en una piscina de excremento líquido, al resbalar mientras espiaba el trasero de las mujeres de la letrina de al lado. Que ante la tristeza y la imposibilidad del perdón o la ira, quizá sólo nos queda lo irónico y lo escatológico.
Que toda esta tristeza se les derrama a algunos por las letras, pero que la mayoría de chinos lo soluciona abandonándose a lo que más les gusta: comer. Que esta civilización-continente abarca cuatro escuelas de cocina, que se dividen en muchas más, imposibles de abarcar. De las gambas, moluscos y pescados frescos de la costa occidental; a las intensas setas silvestres y los pasteles rellenos de pétalos de rosas de Yunnan; a los grandes calderos picantes de Sichuan, donde los maléficos cocineros usan aceites especiales para que ningún ingrediente se libre del ardiente aderezo y la lengua del comensal no obtenga tregua en ningún bocado. O los especiados pinchos de cordero y berenjenas rellenas de Xinjiang; o el famoso, dulce y crujiente pato laqueado de Pekín, bañado en una hermosa melaza color caramelo; o las contundentes sopas de patata y carne de yak que alivian el intenso frío tibetano. Que las magnitudes también son gastronómicas.
Que toda esta diversidad en manjares no rompe la obsesión china por la unidad nacional. Que esta necesidad —y a la vez inseguridad— de mantenerse como potencia les lleva al imperio y que, ante este hecho, el imperio que por ahora domina el sistema no se está quedando quieto, sino que está moviendo sus piezas al otro lado del Pacífico. Que la relación entre las dos potencias que van a dominar el sistema internacional, Estados Unidos y China, será el gran problema que deberá afrontar el siglo XXI. Que, por ahora, un conflicto de características que no habíamos visto antes se está desarrollando en el Mar del Sur de China, donde los buques de guerra sustituyen a los tanques y los ataques cibernéticos a los bombardeos. Que, cuando la guerra se desplaza de la tierra hacia al mar y al espacio, cada vez tendremos menos muertos pero, a la vez, menos información. ¿Cómo una televisión podrá explicar una guerra donde no hay balas ni sangre, sino—simplemente—buques y submarinos moviendo posiciones?
Que la guerra de los barcos y los satélites no podrá opacar, como tampoco pudo la inquisición maoísta, la sonrisa de una joven China. Que su pelo largo y negro e hipnotizante seguirá ondeando cuando se monte en su bicicleta. Que sus ojos se iluminarán como los de un niña —medio tímida, medio divertida—, con un fulgor simple y milenario. Que una civilización tan antigua entiende la elegancia de la línea y eso se traza en las siluetas de sus mujeres, que no olvidaremos.
Que en Europa nos cautivamos por el brillo de unos ojos, pero también nos cautivaron figuras míticas y opiáceas como Mao y Ho Chi Minh, cuando —en realidad— los hombres que marcaron el destino de Asia Oriental fueron otros dos.
Que Deng Xiaoping consiguió la mayor reducción de pobreza y la mayor explosión económica de la historia de la humanidad, y que Lee Yuan Kew, autócrata de Singapur, consiguió convertir una ciudad decadente en una potencia militar, financiera y, quizá lo más importante, intelectual. Que con el modelo ideado por Lee y las cifras alcanzadas por Deng consiguieron demostrar que las dictaduras pueden conseguir inmensos éxitos económicos y sociales, y que los grandes temas pueden solucionarse más rápido en manos de tecnócratas. Ante esas evidencias, ¿qué modelo mejor tiene Europa para ofrecer a los países del Tercer Mundo? Que quizá esta tensión creciente forzará a Occidente a desempolvar un dilema que, por miedo y comodidad, tenía escondido: ¿Para qué sirve la democracia?
A continuación, les ofrecemos una selección.
· ¿En la onda? Mejor en lo hondo.
· Nuestros despistes suponen un juicio de valor.
· Las agujas del reloj, cuando se cruzan, se dicen: “¿Qué, a dar una vuelta?”.
· Intentar que las cosas se atengan a nuestra idea como las dunas a un mapa del desierto.
· Mercaderes de ideas: su ideal de debate es la Bolsa.
· Nuestro canto no resuena en ninguna cúpula, ha de erigir la cúpula.
· Cuando sacan el insecticida, ¿qué se le pone a la mosca detrás de la oreja?
· El exceso puede ser de moderación.
El fin no justifica el tedio
· La obsesión por cuantificar esconde, en 87 de cada 100 casos, una forma de inseguridad.
· El nihilista ya no milita, constata.
· No se pierde la fe, se cambia de dioses.
· Fue a tomar un café con los amigos y acabó en una terapia de grupo.
· Los principios, como el maquillaje, se notan más cuando no están.
· El naufragio sólo es otra singladura.
· La vida es un juego cuyo objeto consiste en averiguar cuál es el objeto del juego.
· Se requiere mucha tinta para vencer la persistencia de la primera impresión.
· En la decepción hay una pedagogía.
· Obstáculo: (sust.) dícese del pretexto que concedemos a nuestra pereza.
Perder la cabeza, como las cerillas, por un simple cigarrillo
· Que nada te empañe la lucidez de verlo todo empañado.
· Todas las opiniones son respetables salvo ésta.
· Hace falta mucha astucia para conservar intacta la inocencia.
· Se escucha un consejo como se lee un libro subrayado por otro.
· El infiel compulsivo sólo tiene que pensar que cuando está con su mujer es infiel a todas las demás.
· Un nuevo rico es un tipo que no sabe gastar el dinero que tiene. Un aristócrata es un tipo que sabe gastar el dinero que no tiene.
· Lo increíble es que sea el periodismo el que tenga mala prensa.
· Siempre tememos que se formen de nosotros una opinión equivocada. Deberíamos temer que se formen la opinión correcta.
· En el mercado de la vida el fresco es el pescadero, no el pescado.
· En grandes dosis, el desencanto es un virus. En pequeñas, una vacuna.
· La diferencia entre el pesimista y el cretino estriba en que el segundo se alegra de tener razón.
· Todo el mundo cree en las estadísticas, pero nadie se siente incluido en ellas.
· Lo que realmente demuestra tanta teoría moderna es nuestra capacidad para equivocarnos del modo más brillante posible.
· A algunos les concederían la nulidad de inmediato. Aunque no estén casados.
· Mantener en pie el espejismo de la utopía sirve para no tener que cambiar nada en el desierto.
· Nada como una exhortación para desbaratar un buen ejemplo.
· Una renuncia sólo consiste en la sensatez de aceptar de antemano una pérdida.
· Los otros están ahí para recordarnos que los espejos mienten.
· A falta de luz propia no es poco, como la luna, reflejar la ajena.
· El buen maestro enseña a no necesitar maestros.
· ¿Conciencia tranquila? Una contradicción en los términos.
· Saber que el espejismo lo es no cambia al espejismo. Cambia nuestra relación con el espejismo.
· Un silencio a tiempo puede ser lo más elocuente.
Una vez, en la plaza del Campillo del Mundo Nuevo, el pintor José Vázquez Cereijo y yo estuvimos fanáticamente de acuerdo en que una de las cosas fundamentales de la vida es no terminar convertido en un idiota. No recuerdo a qué venía aquella contundente conclusión, pero vendría a cuento de algún libro, de algún grabado o incluso de algún mueble que habría emergido por ahí. Una de las mejores cosas del Rastro de Madrid es que ofrece continuamente temas de conversación: allí es imposible quedarse sin asuntos que comentar pero, aunque ocurriera, dado que allí siempre es domingo se puede aprovechar para compartir las noticias y novedades de la semana, discutir los suplementos culturales de la víspera, pasar la vida.
Él hablaba poco, pero hablábamos mucho. Un poco por ciertos achaques y otro poco por carácter, nunca hosco pero habitualmente melancólico y hasta fatalista, a él le costaba reunir ánimo para subir las exigentes cuestas de aquel lugar, y muchas veces se quedaba en la plaza mientras Juan Manuel Bonet y Andrés Trapiello, nuestros compañeros de búsquedas, conversaciones y bromas, recorrían con admirable jovialidad e indeclinable ilusión aquellos restos de no se sabe qué naufragios: jarrones, catálogos, cerraduras. Seguramente él hubiera preferido quedarse solo (era gallego), pero a mí me daba cierto reparo dejarlo ahí hasta que volviésemos a dar la vuelta, veinte minutos después, y por tanto me quedaba a hacerle compañía y ojear con él álbumes de fotos, admirar vitolas de puros, observar la mañana y el cielo y a la gente. Por eso digo que llegamos a charlar mucho, en esos momentos de espera entretenida, de pasividad atenta, y llegamos a entendernos bien.
Ahora que lo pienso, no sé cuántos domingos coincidiríamos por allí, tal vez cincuenta, tal vez sesenta, tal vez más, y juraría que jamás le vi comprar nada. Eso, más que carácter, era sabiduría. Y experiencia: cuando Juan Manuel y Andrés, divertidos y amables, me adoptaron para acompañarles en esos paseos me explicaron quién era ese tercer amigo que llevaba décadas de rastrismo a su lado, y me aseguraron que, nacido varios años antes que ellos (pero su fecha exacta de nacimiento es un pequeño secreto sobre el que nunca quiso arrojar luz, no por coquetería sino por humor), era no sólo el más veterano sino quien mejor conocía esos rincones, el más perspicaz y sabio, aparte de que a él se le deberán siempre algunas de las más brillantes ocurrencias que se han escuchado jamás en esas calles (donde a lo largo de los siglos no han faltado precisamente la gracia, la sabiduría popular o la picaresca en estado de ebullición). En tiempos había comprado mucho y bien, pero ya hacía mucho que había llegado a ese definitivo e inevitable “¿para qué?”, lo cual no le impedía seguir disfrutando mientras curioseaba por allí, y también al observar a un novato como yo hacer sus primeras compras, incurrir en ingenuidades, aceptar precios muy discutibles, equivocarse. Parecía que no estaba atento, pero no se le escapaba una, y varios meses después de que yo hubiese comprado por no sé cuántos euros (nunca muchos) la Historia de las esparragueras de Eugenio d’Ors sin que él hubiese comentado ni una palabra al respecto, sonreía malicioso y bonachón, bonachón pero malicioso, mientras me enseñaba un ejemplar mejor del mismo libro que se ofrecía en alguna manta por cincuenta céntimos.
La muerte también debe de ser un poco gallega porque, en silencio y sin escándalo ninguno, cumpliendo sin más su papel, profesional e inapelable, se lo llevó con él a mediados de agosto, y lo hizo por el atajo del corazón. Yo llevo ya algunos años lejos del Rastro, pero era en buena medida por él por lo que añoraba aquellas mañanas, aquellas sentencias suyas, aquel lugar incomparable. Si ahora sigo sin saber ni una palabra sobre arte, por aquel entonces no sabía ni media, pero poco a poco fui enterándome de cosas estimulantes sobre él: era sobrino del poeta Luis Pimentel; había dibujado los grabados para el libro Praga, de Pavel Hrádok, que yo traía ya de mi formación en la aturullada y hermosa Zaragoza como uno de mis libros-talismán; conocía bien Europa, veraneaba en Escocia, pintaba paisajes fríos pero sentimentales, oscuros pero no tétricos, reconocibles pero también metafísicos. Algún día habrá que admitir por fin que en realidad la luz no es tan mansa como nos gustaría, y él –norteño, un poco taciturno, un poquito fúnebre, incluso…– se había dado cuenta. No hacía falta que la muerte viniera a darle la razón a su pintura, que tenía su propio idioma, su propia naturaleza, y ésa sí que era, a su modo, luminosa (que no colorista), testimonio de una mirada sorprendida pero resignada, que, si se me permite una última paradoja, parecía pintada con una energía lánguida. En sus cuadros hay al mismo tiempo fuerza y rendición, y apreciamos también un talento muy particular que no busca tanto distinguirse reflejando lo que sólo él ve como aportar una mirada hibernal de un mundo más bien estático, poco alegre, cambiante pero tal vez previsible, lo cual no es insatisfactorio: es simplemente así y no hay por qué hacer nada más que mirarlo, que pensarlo, que pintarlo. El mundo estaba ahí, y él lo recogió. La vida, definitivamente, estaba en otra parte.
Trabajan mucho, cuidan los detalles, si una cosa no funciona, a otra». Eso dice que ha aprendido Leopoldo Abadía de gente como Andreu Buenafuente, Alaska, Mario Vaquerizo o Belén Esteban, de los que se ha hecho amigo tras convertirse él mismo hace unos años en una estrella mediática. Abadía y Jaime de Jaraíz intervinieron ayer con dos fantásticas conferencias en el simposio Ser +, organizado por UNIR.
Abadía sostuvo que habrá cinco cosas en la mesa del Gobierno, el Gobierno que sea, cuando haya Gobierno: Merkel («gracias a Dios que manda Angela Merkel»), déficit (gastamos más que ingresamos), deuda (que no para de aumentar), más de cuatro millones de personas en paro, pero sobre todo una crisis de decencia que ha hecho pensar a muchos que al haber tantos sinvergüenzas esto es lo normal, pero no, es «anormalmente frecuente», pero no lo normal.
Con su desparpajo y simpatía y chispa habituales, con sus más de ochenta años y su honradez, Abadía se permite emitir frases que en boca de otros supondrían un terremoto: «El que no es leal a su mujer, ¿por qué ha de ser leal a su empresa?»; «Si soy desleal, soy desleal desde que me acuesto hasta que me levanto»; «El que tiene un lío es un mal dirigente».
El autor de La crisis ninja y otros misterios de la economía actual se traza tres columnas mentales para mejorar su formación: lo que es bueno, lo que no sé, y lo que es malo. La formación, para él, consiste en estudiar para despejar dudas sobre «lo que no sé», de tal manera que esos asuntos pasen a la columna de «lo que es bueno» o «lo que es malo». Le sirve mucho, a este respecto, la lectura diaria, unos veinte minutos, de dos periódicos, uno generalista y otro económico. En su caso son La Vanguardia y Expansión. Pero podrían ser cualesquiera otros siempre que fueran siempre los mismos para conocer las manías de los periodistas y del periódico. A partir de ahí, «profetiza» para él mismo. Si se cumple lo que profetiza, es un puntazo. Si no, como profetiza para él solo, su prestigio no sufre.
Es optimista: «Pero optimismo es luchar con uñas y dientes». Recomienda «focalizar», como esa empresa catalana que «vende sillas a medio mundo», y espabilar, porque la competencia es brutal y si no damos el mejor servicio los clientes cambiarán de empresa. Innovar es espabilar y darle vueltas a la cabeza, como Fujifilm, que ha pasado de las fotos analógicas (negocio muerto) a usar las materias primas que tenía y transformarlas en cosméticos y en mercería, con enorme éxito. O una tendera de Barcelona, que pone letreros en japonés, ha aprendido algo de japonés y corta la carne como le gusta a los japoneses, de tal manera que no hay japonés ahora mismo en Cataluña que no pase por su dependencia.
Más ideas de su poso de sabiduría:
«Si no se vende, hay que mirar lo que estamos vendiendo, porque quizá lo que vendemos (pongamos por caso diligencias) ya interesan poco».
«La cuestión no es qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos, sino qué hijos vamos a dejar al mundo». El mundo en sí es precioso: ríos, valles, montes, nieve… Nuestros hijos, por el contrario, si no reciben una buena educación y una buena formación, si no son personas con virtudes, son los que quizá contribuyan a degradar el mundo. «No hay generaciones perdidas, si me pierdo, me pierdo yo», sostuvo. Los valores no son ni nuevos ni viejos, son los que son, hay que luchar, hay que esforzarse, y así, gente en situaciones tan difíciles como alguien que se queda en paro a los cincuenta años (estos les preocupan más a Abadía que los jóvenes sin trabajo), con esa lucha constante, podrán salir de nuevo a flote. Habló de un amigo suyo de esa edad que realizó 2.471 gestiones antes de volver a encontrar trabajo. En un tiempo récord: 2.471 gestiones en tres meses, al término de los cuales ya se incorporó a la vida laboral.
Finalmente: «El ser humano tiene manual de instrucciones, que son una ayuda. Saltárselo es peligroso, muy peligroso. Es como contravenir el manual de instrucciones de un coche e intentar, por ejemplo, dar marcha atrás cuando se va a 180 kilómetros por hora.»
Pasión como firma personal
En la segunda parte del simposio intervino Jaime de Jaraíz, presidente de LG España.
De Jaraíz, más centrado en los recursos humanos, defendió que todos «nos creemos líderes, que tenemos empatía, resiliencia, y que sabemos trabajar en equipo». La verdad, según él, es que todo esto es como el movimiento: se demuestra andando.
Recomienda, para hacer una carrera profesional exitosa, para «sobresalir sobre la media en la que todos nos hallamos», lo siguiente: motivación, generosidad, pasión como firma personal y humildad, «porque si uno se cree que ya lo sabe todo, no hace nada ni se puede hacer nada con él». Recomienda «escuchar, escuchar mucho» para conocer a los empleados. Añadió: «Como hacía Michael Schumacher, que se metía en el bolsillo a todos los ingenieros y a toda la gente de su equipo, hablando mucho con ellos»; recomienda, por último, la formación constante.
Recordó que el salario no es lo primordial: «Lo más importante es la sensación de que uno está haciendo algo útil y mejorando la empresa». Así, «como el equipo de fútbol del Mirandés» en su momento, nos convertimos en «gente normal que hace cosas extraordinarias».
Un último consejo: «A los directivos se les gana dando, no pidiendo un aumento de sueldo». Esa actitud, a la larga, hace que se nos aumenten el sueldo, según De Jaraíz.
Clausura
Los profesores de UNIR Adriana Pascual y Manuel Herrera, con sendos y brillantes discursos, clausuraron el seminario, este «espacio de aprendizaje integral», como lo calificó Pascual, en el que, según Herrera, se había puesto de manifiesto que el infierno no son los demás (grave equivocación de Sartre).
(La conferencia completa de Leopoldo Abadía se puede seguir en el vídeo de arriba)
Nacido en Ávila en 1934, Olegario González de Cardedal ejemplifica el valor de la teología española en este último siglo. Formado en Múnich y en Oxford, profundo conocedor de la teología centroeuropea que ha definido el pensamiento cristiano desde el Concilio Vaticano II, en la ingente obra de Olegario González de Cardedal se persigue el diálogo entre la tradición y la actualización del mensaje cristiano al lenguaje y las claves hermenéuticas de nuestra época. Merecedor del prestigioso Premio Ratzinger en 2011, Olegario González de Cardedal acaba de publicar Ciudadanía y cristianía (Ed. Encuentro), una honda reflexión sobre el vínculo que existe entre el humanismo, la ciudadanía y la cristianía. Nueva Revista digital dialoga con el autor, entre otros temas, sobre el aggionarmento de la fe, el nuevo ateísmo, los gestos proféticos de Benedicto XVI y los retos de la evangelización en una sociedad líquida y desligada.
¿Cree usted que sería posible en España plantear los debates que se han dado en países como el Reino Unido, Alemania o Italia entre un miembro de la jerarquía de la Iglesia y un intelectual no creyente? Que yo sepa, en España no se ha intentado y quizás sea debido a que resulta muy complicado encontrar figuras que puedan o quieran hacerlo.
Es una tristeza pero en España nos falta el diálogo público y crítico sobre las cuestiones fundamentales de la vida humana y de la sociedad; no solo sobre las cuestiones religiosas o teológicas. El desconocimiento del cristianismo por nuestros intelectuales es sobrecogedor, unas veces por la ignorancia que supone y otras por la insolencia con la que se expresan. No salimos de un clericalismo decimonónico. Y tampoco tenemos en la Iglesia hombres y mujeres del campo de la ciencia, de la cultura y de la Universidad que con toda libertad y rigor planteen las cuestiones científicas, teóricas y prácticas en relación con la fe cristiana. En este orden reina un silencio mortal. La ausencia de esas personalidades de valor trasversal, cualificadas por su dignidad, saber y capacidad de diálogo, es una indigencia moral suprema en nuestra sociedad.
El papa Benedicto XVI nos invitó a pensar “como si Dios efectivamente existiera”, en lugar de “vivir como si Dios no existiese”. Es una cuestión importante porque plantea la pregunta de Ciudadanía y cristianía. Brevemente, en su opinión, ¿qué pueden aportar la fe y la razón cristianas al mundo secular de hoy? ¿Cómo pueden iluminar y acompañar los problemas actuales? De hecho, en su libro, usted señala que ésta es precisamente para Joseph Ratzinger la pregunta crucial: “En un mundo donde se apaga la luz de Dios, ¿permanece entera y encendida la luz del hombre?”.
En los últimos años se ha utilizado la frase de Hugo Grocio (1583-1645) para proponer una comprensión de la vida humana sin Dios y vivir como si él no existiera. Pero el texto original de Grocio está en otra línea. “Aun cuando concediéramos la hipótesis impía de que Dios no existe, permanece válido el derecho natural como fundamento del Estado y de las naciones”. A esta cuestión dediqué unas páginas en mi libro: “El hombre ante Dios” (Salamanca 2013) exponiendo cuál es el verdadero objetivo que intenta aclarar Grocio. Él parte de la existencia de Dios, de la naturaleza y de la revelación divina como fundamentos del derecho. Se apoya en el origen natural de éste y afirma que el derecho puede ser notificado a quienes no creen en Dios. Considera el más grave delito negar la existencia de Dios, pero aun cuando se la negase, el derecho seguiría teniendo su fundamento y validez universal. Los creyentes tenemos la inexorable y sagrada misión de vivir en la luz, la presencia y el agradecimiento a Dios tal como él se nos ha manifestado en Jesucristo. Es decir, vivir como quienes existen ante Dios y ante un Dios que existe para los hombres. Y desde ahí creer en Dios y creer en el hombre; servir a Dios y servir al hombre. Dios no es demostrable por razón ninguna pero es mostrable en la vida vivida de quienes se confían a él; es iluminable desde las realidades personales, morales, y escatológicas sin las cuya consideración el hombre no puede existir con dignidad, libertad y alegría en el mundo. A la vez tenemos que reconocer que creer es una real posibilidad humana, pero es a la vez una gracia divina. Tarea sagrada de los creyentes es reconocer y mostrar la propia fe como don de Dios. Y un don se acoge, no se exige, aun cuando uno pueda hacerse digno de recibirle. Vista así la fe decimos que es sobrenatural (gracia de Dios, que recibimos pero que no podemos conquistar o reclamar); que es libre (implica predilección y decisión sin las cuales no hay verdad); que es racional (la racionalidad propia de lo humano espiritual y no solo la mera racionalidad positiva de lo cuantitativo y material).
Me gustaría conocer su opinión acerca de dos gestos proféticos del papa Benedicto XVI. El primero fue su motu propio Summorum Pontificum, con el que facilitó la recuperación de la conocida como misa tridentina. El segundo fue, indudablemente, su renuncia al papado por cuestiones de edad y de salud. ¿Qué opinión le merecen ambos?
El motu propio “Summorum pontificum” fue uno de los actos que más lucidez, humildad y coraje exigieron a Benedicto XVI. Y prevaleció en él el corazón de padre, llegando hasta el extremo máximo de tender la mano hasta el mismo límite de lo posible, a esos hijos alejados del Concilio. La carta que escribió a los Obispos explicando las razones de su decisión es uno de los textos más cristianos y más bellos que he leído en los últimos años. ¡El alemán Ratzinger no quiso que se volviera a repetir lo que algunos dijeron a propósito de Lutero: que con una mayor misericordia de Roma se habría evitado la ruptura de la Reforma protestante! La renuncia al pontificado es un gesto supremo de responsabilidad, de humildad y de valentía. No fueron motivos externos los que le movieron a dar el paso sino la conciencia de las exigencias objetivas del cargo y la precedencia de la misión sobre la persona. En su último libro él mismo ha explicado estas razones. El hecho no es solo un ejemplo individual; establece un criterio moral para toda la Iglesia.
La liturgia ocupa un espacio central en lo que podríamos denominar la “guerra cultural” entre progresistas y conservadores en el seno de la Iglesia. A nivel de la teología y de la Iglesia, ¿cree que es posible crear espacios de diálogo entre progresistas y conservadores, o realmente existen espacios opacos donde resulta muy complicado el encuentro y el intercambio?
Es una inmensa tristeza que la liturgia, ámbito y fuente de nuestra comunión con Cristo y de comunión con los hermanos, formando el único cuerpo de Cristo, se haya convertido en un motivo de discordia. Hemos pervertido el fundamento de la unión en raíz de la contraposición. En realidad, más allá del mantenimiento del misal San Pío V lo que está en juego con los seguidores de Lefebvre es la actitud ante el Concilio, sus expresiones y su normatividad; más aún, la actitud de acogimiento o de rechazo de mucho de lo que en la Iglesia ha acontecido después de la Ilustración. Por eso es tan difícil el diálogo con ellos, ya que no se trata de aspectos puntuales, de meras normas disciplinares sino de la valoración de la apertura de la Iglesia a los logros de la conciencia humana y también a los logros de la propia experiencia eclesial en los siglos después de Trento, en temas tan de fondo como la libertad religiosa, el ecumenismo, las relación con otras religiones… Antaño hubo las diferencias entre escuelas teológicas y entre órdenes religiosas, pero eran menores y parciales, no afectaban a la lectura global de la revelación. Hoy el diálogo es tan difícil porque lo que está en juego es una lectura diferente del cristianismo, una distinta percepción de la relación del universo y del hombre con Dios.
De Benedicto XVI al papa Francisco, las prioridades eclesiales parecen haberse movido. Francisco, por ejemplo, es un papa mucho más interesado por la política que Benedicto XVI. Si Ratzinger confiaba el futuro de la Iglesia a unas minorías creativas, Bergoglio no descree de la movilización popular y, en cambio, parece menos interesado por las cuestiones identitarias propias del catolicismo. En su opinión, ¿se trata sólo del paso de una sensibilidad claramente europea a otra no europea o Francisco define claramente un cambio de época?
Dos papas han acentuado dos orientaciones fundamentales en la iglesia, ya que cada uno ha conformado la misión de acuerdo con lo que consideraba su peculiar vocación personal, el legado anterior que había recibido, las primacías y necesidades que consideraba más urgentes en la Iglesia. Son, por tanto, incomparables. Y con su personalidad cada uno de ellos arrastra e introduce en la iglesia el horizonte cultural, pastoral y moral del que proviene, en el que se ha forjado y para el que se siente especialmente cualificado. ¿En qué se parecen Alemania y la República Argentina? Ambas son porción de la única humanidad y porción de la única iglesia, pero cada una de ellas ha hecho su historia, ha troquelado lo humano y lo cristiano con unos acentos. En mi libro: “Ciudadanía y cristianía. Una lectura de nuestro tiempo” he analizado esos acentos distintos bajo el título: “Vuelcos en la Iglesia”. Porque no se trata de cosas aisladas, el vocabulario o algunas decisiones particulares, sino de la percepción diferenciada de lo que el cristianismo puede y debe aportar hoy a la humanidad, del lugar que debe escoger la iglesia en la historia presente. A la pregunta: ¿Qué es lo más urgente hoy en la Iglesia?, cada uno de los papas responderá con unos u otros acentos. También ellos son expresión de la catolicidad, es decir de la capacidad del evangelio para informar desde dentro vidas, situaciones y tareas distintas.
Mi última pregunta quería dirigirla hacia el futuro. Usted señala en Ciudadanía y cristianía que uno de los grandes dramas del hombre contemporáneo es haber roto por completo con la tradición. En una sociedad líquida y desligada, ¿cómo se puede transmitir una fe que no sólo es memoria, pero que es también memoria? Una fe que, como usted señala, “deja de ser transmitida por la exterioridad social y comienza a ser transmitida sólo desde la interioridad eclesial”.
La fe es fundamentalmente testimonio; en primer lugar de una historia que nos precede, de la presencia y acción de Dios encarnado con nosotros y por nosotros, pero es a la vez testimonio de unas realidades actuales, sanadoras y santificadores; y no en último lugar testimonio de la promesa de Dios que funda nuestra esperanza. Son las dimensiones que ofrecen las tres virtudes teologales, que se implican y en el fondo tienen el mismo contenido: el Dios que está en el principio de nuestro se y de nuestra historia (fe), el mismo que funda nuestro presente (caridad) y garantiza nuestro futuro (esperanza). Testimonio personal del individuo creyente poniendo en juego su inteligencia y libertad, en una forma específica de vivir la existencia moralmente; es lo que he descrito como cristianía. Pero no menos testimonio comunitario, eclesial, por el que aparecen las realidades cristianas objetivas, anteriores y posteriores a cada individuo. El cristianismo es decisión referida a Dios (‘Yo creo’) pero a la vez es adhesión a la comunidad que nos precede y entrega el contenido objetivo de nuestra fe en el Símbolo, que de ella recibimos en el bautismo (‘Nosotros creemos’). No ha habido cristianismo sin iglesia concreta, sin articulación institucional y sin acción social. Es comunidad con autoridad y nada tiene que ver con el espíritu de secta que aísla lo común y lo privatiza, excluyendo al prójimo. El cristianismo es una religión pública, no de selectos o predestinados. Es comunión de pobres pecadores que imploran cada día el perdón y la alegría de Dios. Donde surgen una vida personal y una comunidad eclesial así, allí la fe se convierte en una palabra significativa para los otros; allí se manifiestan ante los hombres el tesoro y la perla que son el reino de Dios, con su justicia, su misericordia y su amor.
Nacido en Ávila en 1934, Olegario González de Cardedal ejemplifica el valor de la teología española en este último siglo. Formado en Múnich y en Oxford, profundo conocedor de la teología centroeuropea que ha definido el pensamiento cristiano desde el Concilio Vaticano II, en la ingente obra de Olegario González de Cardedal se persigue el diálogo entre la tradición y la actualización del mensaje cristiano al lenguaje y las claves hermenéuticas de nuestra época. Merecedor del prestigioso Premio Ratzinger en 2011, Olegario González de Cardedal acaba de publicar Ciudadanía y cristianía (Ed. Encuentro), una honda reflexión sobre el vínculo que existe entre el humanismo, la ciudadanía y la cristianía. Nueva Revista digital dialoga con el autor, entre otros temas, sobre el aggionarmento de la fe, el nuevo ateísmo, los gestos proféticos de Benedicto XVI y los retos de la evangelización en una sociedad líquida y desligada.
A la hora de reflexionar sobre Ciudadanía y cristianía me gustaría mirar hacia atrás y detenernos un momento en ese acontecimiento fundamental para el catolicismo que fue el Concilio Vaticano II. Medio siglo más tarde, ¿qué lectura realiza usted de aquel concilio y de su posterior aplicación? ¿Defiende la hermenéutica de la continuidad o la de la ruptura?
Fue un Concilio renovador de la propia vida interna de la Iglesia con la cualificación y fortalecimiento para el encuentro con la conciencia moderna. Sin él hubiéramos permanecido en un choque de fondo con la cultura contemporánea. Fue expresión de la decidida voluntad de la iglesia de ser fiel al Evangelio en un tiempo nuevo. En él se manifestaron las distintas tendencias a la hora de comprender el tiempo propio y las primacías del evangelio. La aplicación ha sido muy diferenciada: según las diferentes iglesias locales, según los grupos y minorías directivas, y por la aplicación de los documentos conciliares en unos u otro campos que el Concilio trató de iluminar. En la historia de la Iglesia ha habido concilios dogmáticos, concilios de reforma y los que yo llamaría “concilios de complementariedad”: aquellos que prolongan y completan la lectura de los anteriores, como en cristología Calcedonia relee y perfecciona la lectura de Éfeso. Entre la ruptura violenta y la continuidad perezosa está la continuidad creadora. El Vaticano II fue un concilio incomparable con los anteriores, requirió una actitud interior nueva capaz de leer la historia de los hombres desde la perspectiva de Dios. No identificó nuevas herejías, ni propuso nuevos dogmas ni enumeró nuevas reformas institucionales o disciplinares, sino una relectura de la totalidad de lo cristiano desde sus fuentes y raíces originantes y a la vez desde la nueva posición de los hombres del siglo XX ante la realidad. En este sentido, tienen razón quienes hablan del concilio como acontecimiento, como un nuevo espíritu, desde los que hay que entender los textos conciliares. Pero ese espíritu no puede ser contrapuesto a la literalidad de los documentos, tal como quedaron al final.
Durante el Concilio se popularizó el concepto de aggiornamento, que pasaba por la puesta al día de la Iglesia y de la teología. Fueron décadas de efervescencia intelectual, con teólogos de primera línea que dialogaban con los grandes pensadores del siglo XX. Sin embargo, a la hora de conversar con el mundo secular contemporáneo, mi impresión es que los problemas de comunicación resultan evidentes. Por ejemplo, pensemos en el debate con las llamadas ideologías de género o con las ciencias. ¿Hay que hacer un esfuerzo mayor para inculturar la teología en el siglo XXI? ¿O la lógica del Evangelio nos invita a pensar que la fe del cristiano se debe situar en contraposición con el lenguaje intelectualmente imperante en nuestros días?
La teología está siempre por hacer y de manera especial cuando el cambio en la conciencia humana es tan rápido y radical como el que nos ha tocado vivir: fin de la cultura rural, predominio de la ciencia y la tecnología, la información inmediata de todo lo que ocurre en el mundo, la globalización, la comprensión secular de la realidad, la obsesión por el futuro derivado de la tecnología y a la vez la desatención al futuro espiritual y personal, el fin del eurocentrismo, el choque de religiones, culturas y civilizaciones que de hecho estamos viviendo… La tarea del teólogo en este sentido es doble repensar: la totalidad del cristianismo como propuesta de sentido y desde ahí comprender el dinamismo de verdad propio de las cuestiones nuevas. No hay soluciones predeterminadas. La inculturación no es un proyecto mecánico de aplicación de unas respuestas teológicas a unas cuestiones nuevas sino el resultado de la relectura recíproca del Evangelio en la luz de estas cuestiones y de estas cuestiones en la luz del Evangelio. El lenguaje de la teología nace de una doble fuente: la conciencia que la Iglesia tiene del misterio en la luz de las fuentes normativas y la cultura propia de cada tiempo. Ahora bien, esta no da al teólogo un lenguaje hecho, ni ninguna filosofía le ahorra el trabajo de pensar las cuestiones metafísicas por sí mismo. Tertuliano afirmaba que no hay “un cristianismo platónico, o aristotélico o estoico”. Una cosa es “pensar desde y con” y otra cosa es la utilización mecánica de esquemas procedentes de otros universos. La lógica del Evangelio es una y la lógica del mundo sin convertir es otra: ni son del todo convergentes ni del todo divergentes. Convergentes porque ambos proceden de Dios, pero divergentes en la medida en que el pecado ha afectado al hombre y al mundo en su orientación fundamental. El mensaje de Jesús siempre ejercerá una fascinación por la que atrae y un escándalo por el que es rechazado. Ese escándalo hay que reconocerlo, pero a la vez hay que pensar la “racionalidad” objetiva del cristianismo (necesidad de la teología) y acreditar en la acción moral y social su fecundidad. Es el imperativo de Jesús: “Que vean vuestras obras y glorifiquen al Padre”. Y en otro contexto bien distinto dirá siglos más tarde Plotino: “Sin la virtud, Dios no es más que un vocablo” (Eneadas II. 9,15)
Un fenómeno creciente en Occidente es el que se conoce como nuevo ateísmo. En su libro, usted se refiere a algunos de sus principales portavoces. ¿Qué opina del mismo?
Hoy estamos ante formas diversificadas de ateísmo. El más grave es el ateísmo silencioso de la indiferencia y despreocupación por lo religioso, el ‘ateísmo mundano’ de una forma de vida determinada por el egoísmo y la mentira por el olvido o rechazo ante las cuestiones que desbordan la inmediatez y eficacia, la distancia a las propuestas que la religión ofrece a la vida humana, la negación implícita o explícita de la trascendencia de la vida misma. Hay luego los ateísmos humanistas como los franceses de L. Ferry y A.Compte-Sponville, que son una reedición del antropocentrismo de Feuerbach, queriendo extraer el jugo humanista del cristianismo sin sus fundamentos de historia, de fe y de Iglesia. Luego vendría el ateísmo de los ingleses, los que han hecho más ruido en los últimos años – los llamados cuatro jinetes del Apocalipsis: R. Dawkins, S. Harris, C. Hitchens, D.C. Dennet– que hacen derivar su posición de una lectura evolutiva de la realidad. Aparentemente son muy radicales pero objetivamente son mucho menos críticos de sus propios presupuestos, porque donde al final no aparecen las cuestiones metafísicas, teológicas y antropológicas, no se ha tocado fondo. Estos autores no se adentran a las cuestiones que hacen surgir siempre de nuevo la pregunta por Dios, por el hecho de existir, por el sentido de la historia, por la irreductibilidad del destino individual a hechos generales. Pregunta por Dios y pregunta por el hombre son diferentes pero inseparables.