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Lucia Berlin: «Manual para mujeres de la limpieza»

Se publica por vez primera en castellano la obra de la escritora norteamericana Lucia Berlin (1936-2004). Manual para mujeres de la limpieza es una selección de 43 relatos de los 76 que escribió y publicó en diferentes revistas literarias en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta y que reunió posteriormente en tres volúmenes publicados en pequeñas editoriales. Poco a poco, sin embargo, la literatura de Berlin, desconocida para el gran público, se está convirtiendo en una autora de culto, muy leída y valorada, en Estados Unidos y en otros muchos países, como demuestra el éxito de esta antología, de la que en poco tiempo han salido varias ediciones.

Berlin publicó solo relatos. No se dedicó profesionalmente a la literatura sino que los fue escribiendo de manera esporádica. Muchos de ellos se refieren a su convulsa biografía, que alimenta sus relatos de historias y personajes que saltan de un cuento a otro. Tal es así que la lectura de estos relatos se asemeja a la de los distintos capítulos de una autobiografía, eso sí, no muy fiel aunque se inspire en sucesos que ella conoció y vivió, alterados literariamente por el desarrollo del relato. Sorprende también su radical y original mirada femenina sobre todo lo que cuenta, mirada que añade tonos literarios nuevos e insólitos.

Nació en 1936 en Alaska. El trabajo de su padre en la industria minera lleva a la familia a residir en diferentes localidades (Idaho, Kentucky, Montana…). El padre fue llamado a filas durante la Segunda Guerra Mundial y Lucia, su madre y su hermana pequeña se trasladaron a vivir con unos parientes a El Paso. Tras la guerra, vivieron durante años en Chile en un ambiente de riqueza y privilegios que Lucia compartió con una dura enfermedad, la escoliosis, que la obligó a llevar durante años un corsé ortopédico de acero. Estudió a partir de 1955 en la Universidad de Nuevo México.

Pero su vida a partir de entonces —y ya incluso antes— no fue muy convencional. Se casó muy joven con un escultor con el que tuvo dos hijos y que la abandonó para trasladarse a Europa a estudiar. Se relacionó con escritores de prestigio, como Edward Dorn; con músicos, poetas, artistas variopintos… Volvió a casarse en 1958 con el músico Race Newton. Ya en Nueva York, Lucia se separó de nuevo y se casó con Buddy Berlin, con quien tuvo dos hijos más. Sus matrimonios estuvieron llenos de problemas provocados por el alcohol y las drogas. De Buddy se divorció en 1968.

Comienza entonces la época más dura de la autora. Ya no volvió a casarse y se dedicó al cuidado de sus hijos. Para sacarlos adelante, trabajó en diferentes ocupaciones que aparecen muy a menudo en sus relatos: profesora de universidad y de secundaria, telefonista en una centralita administrativa de un centro hospitalario, mujer de la limpieza, auxiliar de enfermería… Vivió en Berkeley y Oakland. Y durante esos años, complicados desde muchos puntos de vista, cayó en el alcoholismo y luchó hasta conseguir dejar el alcohol. En 1991-1992, se dedicó por entero en la ciudad de México a cuidar de su hermana Sally, enferma de cáncer (suceso que se cuenta en unos cuantos relatos muy biográficos). En 1994 se trasladó a la Universidad de Colorado, donde colaboró con el profesor y escritor Edward Dorn. Se retiró por enfermedad en 2000 y falleció en 2004 en Los Ángeles.

Aunque la antología incluye algunos relatos que se escapan de su peripecia personal, la mayoría tienen que ver, de manera directa o indirecta, con su propia y agitada vida. Así, aparece el trauma del alcoholismo, los conflictos familiares, problemas laborales y económicos, desesperadas relaciones amorosas, anécdotas profesionales… El contenido es importante, pero lo que más sorprende de estos relatos, nada complacientes con el lector, es el tono y el ritmo. Todo en ellos es concreto, tangible, real. Los personajes están muy bien caracterizados y hablan llanamente, sin rodeos; con una económica franqueza, aborda todos los temas y situaciones; también hay ironía y humor, rasgos que rebajan el ambiente a veces espeso y agrio de muchas narraciones. Los finales suelen ser inesperados y cortantes, y en ocasiones los relatos tienen la forma de una escena costumbrista y realista, sin desenlace.

El descenso a los infiernos toma forma cuando describe su intensa, turbia y agitada vida (el alcohol, las drogas, rupturas amorosas, abortos…) y la de personajes muy cercanos. Pero queda suavemente mitigado por una sugestiva piedad, ausente de valores trascendentes. Como escribe Lydia Davis en un texto introductorio, «la brutalidad de la vida siempre queda atenuada por su compasión», que en su caso es una explícita influencia de Chéjov.

La lectura de estos relatos deslumbra por su novedad y por su arrolladora carga de humanidad, a menudo volcada hacia personajes que viven en los márgenes de la sociedad, con una sucesión de vidas rotas y fracasadas. Lucia Berlin describe este mundo desde dentro, con un estilo directo, ingenioso y lúcido que da forma a una voz ciertamente única y sorprendente, a pesar del mazazo moral que contienen sus historias.

Franco, Cataluña y todo lo demás. Una conversación con Jon Lee Anderson

Ya sabes que mi intención era preguntarte por la figura del Che Guevara, ahora que se cumple el 50 aniversario de su muerte, pero la actualidad nos ha impuesto otra agenda.

Me imagino.

En los últimos diez días, tu artículo en The New Yorker ha recibido muchas críticas. La más sonada fue la de Antonio Muñoz Molina en El País, que te acusó de mentir deliberadamente al referirte a la Guardia Civil como «paramilitary».

Ya expliqué que la acepción es correcta en inglés, y que él debería saberlo. Muñoz Molina me atacó deliberadamente y mi única conclusión es que lo hizo para distraer de lo importante, que es el abuso de autoridad por parte de la Guardia Civil el 1 de octubre.

Te aseguro que ese uso de «paramilitary» no es conocido. Me parece muy verosímil que no lo supiera.

En ese caso, debería pedirme perdón por eso. Su artículo es, como él mismo dice, una especie de reflexión melancólica en torno al hecho de que «nadie nos entiende». Me recuerda mucho a la época de la dictadura, en que los franquistas se quejaban de que el mundo afuera no les entendía, con una actitud españolista hosca, que todavía llevaba la carga de la derrota del 98.

En su defensa diré que entiendo su indignación: el uso del término «paramilitary» puede dar lugar a una confusión grave: confundir a un policía con un mercenario.  De todos modos, la crítica más repetida tiene que ver con tu insistencia en recurrir a Franco para enmarcar la realidad española.

Se me ataca porque yo me atrevo a opinar que España no ha logrado prescindir de su sombra franquista. Si no fuera así, habría una tumba a Lorca; si no fuera así, habría una casa museo en la ciudad de Granada. Habría algo, además del Valle de los Caídos. No sólo Muñoz Molina me ha reprochado, he recibido muchas cartas de gente que me dice que España es una democracia moderna. Y lo que se hizo el 1 de octubre en Cataluña no es la actuación de una democracia moderna. Yo dirijo mi crítica hacia algunos aspectos, para mí jurásicos, que están muy arraigados y muy enquistados en España todavía y que hoy en día los estamos viendo salir a flote a calzón quitado.

¿Tanta importancia otorgas al Valle de los Caídos y las fosas comunes en el presente de España?

El Valle de los Caídos y las fosas comunes son el elefante en la habitación. Hasta el día en que los españoles puedan reconciliarse frente a un monumento en común a la Guerra Civil no van a voltear la página.

¿Pero es esa la medida de una democracia? Para la mayoría de observadores es evidente que España es un estado democrático de derecho. En el Intelligence Unit Index de The Economist, España aparece como full democracy. Y en los marcadores de país de Freedom House, España tiene un 95/100. Por encima de  Francia, Italia y de Estados Unidos. Sin embargo, se insiste en ver a España a través del prisma del franquismo.

En mi artículo yo no hablo de Franco. Fue Muñoz Molina quien arrastró mis palabras hasta “Francoland”.

Es cierto, pero yo he leído otra entrevista tuya en Público donde sí hablas de la visibilidad de la sombra de Franco en esas actuaciones.

A lo que yo me refiero es a la imposibilidad de muchos españoles de afrontar, o minimizar, lo que hizo la Guardia Civil ese día. Yo creo que la imposibilidad de recibir críticas, es el legado de Franco.

Pero un estado democrático puede equivocarse, y excederse en el uso de la fuerza, sin tener un precedente como Franco. ¿A qué sombra atribuyes un exceso policial en Francia, por ejemplo?

Pero estamos hablando de España en este caso, no vamos a relativizarlo hablando de otros países. Me has preguntado sobre España, dejémoslo ahí.

Me refiero a que una actuación policial, como la que vimos el 1 de octubre, no necesita de un pasado dictatorial que la explique.

Yo tengo mis opiniones sobre el legado de Franco. Yo he vivido en España, sé cómo es el tema del pasado.  Y para mí llega a ser una de las cosas más grandes, que me incomodan en España: la incapacidad de los españoles de enfrentar lo que pasó en la Guerra Civil española. Esto de «dejemos las cosas como están», resulta muy conveniente para quienes dejaron a la gente en las tumbas. Al Partido Popular no le interesa, pero ¿cuál es el origen del Partido Popular? Son los herederos del franquismo.

Yo no creo que haya que imputar crímenes a ningún partido democrático, independientemente de quienes fueran sus fundadores.

Yo no estoy imputando crímenes. Estoy hablando de un síndrome que impide voltear la página de España.

¿Consideras que el “legado de Franco” es el prisma adecuado para leer lo que está sucediendo ahora?

Puede que no, pero fue Muñoz Molina quien lo trajo al tapete. Yo no lo estaba pensando cuando critiqué la actuación de la Guardia Civil. Yo denuncio la testarudez; en mi artículo lo llamé “Vintage Iberian obtuseness” (torpeza ibérica añeja). Algo familiar a todo español. Por eso Cervantes inventó a Don Quijote; qué era Don Quijote sino un “torpe ibérico”.  Tiene su lado virtuoso y loable, pero también es ejemplo de la testarudez española, o ibérica, que estamos viendo hoy en día: la incapacidad del gobierno central, y de Puigdemont, de ponerse a dialogar. Esta testarudez es muy ibérica.

¿Realmente crees que podemos hablar de “testarudez ibérica”? España es de los países más descentralizados de Europa, donde más años ha gobernado la izquierda desde 1980, uno de los primeros en legalizar el matrimonio homosexual y de los que tienen un menor índice de xenofobia.

Podemos hablar de todas las bondades de España si quieres, pero eso no elimina el hecho de que si voy a España, puedo ir al Valle de los Caídos, el único lugar donde hay fascismo vivo en Europa, donde hay personas haciendo el saludo fascista. Y si voy a Alemania lo que hay es un monumento a las víctimas.

Pero en el Parlamento Alemán está sentada la extrema derecha. Esos españoles que hacen el saludo fascista existen, pero están muy lejos de tener representación parlamentaria. Parece que importan más los símbolos fascistas, que las prácticas fascistas.

En toda España hay muertos que no han sido enterrados. Todo se debe a una imposibilidad de enfrentar el pasado, punto. Podemos mantener el franquismo al margen de lo que pasó en Cataluña, pero en algo también está vinculado, porque esta testarudez, esta imposición, este hábito nacional-político de monologar en lugar de debatir, este repetir «no, de esto no vamos a hablar», no es propio de una democracia moderna.

Lo que se dice ahora es, “no vamos a hablar de lo que está fuera de la ley”, ¿eso es anti-democrático?

Lo que yo digo es que hay cosas impuestas en esta «democracia».

¿Por qué las comillas?

Mira, por ejemplo, el Rey: supuestamente fue el gran salvador de la democracia, y por eso hablar de él fue un tabú hasta hace poco. Lo mismo pasa con los muertos del franquismo.

En los medios españoles se habla, y mucho, de los muertos del franquismo.

Bueno, se habla desde hace diez o quince años. Cuando han empezado los nietos a buscar a sus abuelos. Fue un tema tabú. Son síndromes que se relacionan. Fue un tabú hablar de los muertos, y ahora lo es hablar de la independencia. ¿Piensa Rajoy que cerrando la puerta al diálogo va a acabar con el problema? Además no tiene una aplastante mayoría en el Parlamento.

Creo que no es una cuestión de mayorías. El gobierno se equivoca si piensa que basta con remitir todo a la Ley. Ahora bien, tener la Ley de tu parte no es un tema menor. Además, ha ofrecido diálogo dentro de esa Ley, y existen mecanismos constitucionales para llegar a un referéndum legal en Cataluña, pero hace falta un consenso, y no podemos olvidar que en Cataluña hay un movimiento nacionalista cada vez más fanatizado.

Yo no soy un experto en los vericuetos del catalanismo. Mi artículo buscaba denunciar la violencia de la policía española en Cataluña. Yo quería explicar lo que había sucedido a quienes vieran las imágenes en televisión. Veo que en cada punto que toco, tú tratas de darme la versión española.

Yo me represento a mí mismo, y creo que el nacionalismo catalán tiene un fuerte cariz supremacista y  xenófobo. Y creo que la izquierda, española y extranjera, ha sido poco rigurosa valorando un movimiento que invoca una falsa homogeneidad para apropiarse de Cataluña, que es una realidad plural.

¿Cómo pueden los catalanes “apropiarse” de Cataluña?

Algunos catalanes. Por ejemplo, me has dicho antes que has recibido muchos mensajes tras el asunto “Francoland”, y que los catalanes te apoyaban mientras que los españoles te criticaban. ¿Cómo sabes quiénes eran catalanes y quiénes españoles?

Por los apellidos.

¿Sabes cuáles son los apellidos más comunes en Cataluña? Los mismos que en el resto de España: García, González, Pérez, etcétera. En cambio, no verás a muchos líderes nacionalistas, con estos apellidos. Representan una minoría que, sin embargo, se presenta como encarnación de la totalidad del «pueblo».

Yo no niego que el movimiento catalanista sea complejo.

No sé cuán complejo, pero las encuestas revelan que el movimiento tiene dos dimensiones claras: identitaria y de clase.  Y esto también revela que el conflicto social está en Cataluña. El debate no es España contra Cataluña, y mucho menos Franco contra Cataluña, sino Cataluña contra Cataluña. El eslogan del “derecho a decidir” es excelente. Cualquiera dice que no. Es como aquel del “derecho a la vida” de los antiabortistas. Pero en realidad el “derecho a decidir” es un mecanismo para volver extranjeros, en su propio país, es decir, en un territorio compartido, a sus conciudadanos. Es una apropiación, una privatización del espacio compartido. Lo que no entiendo es cómo desde la izquierda no se ha denunciado esto, cuando somos, y te incluyo, los primeros que tendríamos que denunciarlo. Este movimiento, además de identitario y clasista, es insolidario, pues reclama el “derecho” a no redistribuir la riqueza. Te recuerdo el eslogan de “la Cataluña productiva frente a la España subvencionada”. En mi opinión, o se defiende el nacionalismo, o se defiende a la clase trabajadora, no se puede estar con los dos.

Mucho de lo que me dices suena sensato y estoy dispuesto a aceptarlo. Pero, ¿sabes una cosa? No lo escucho, yo no oigo a la clase política española dando estos argumentos. Sólo escucho discursos antagónicos, griterío, tipos envueltos en la bandera española y todo eso. Vuelvo a decirlo, yo no soy catalanista, por más que lo parezca por criticar al gobierno central español. Lo que dices es cierto, y puede que me equivoque en esto que digo que han sido sobre todo españoles quienes me han atacado.

¿Cómo ves tú Cataluña actualmente?

Pues he notado cada vez que iba a Cataluña que el catalanismo iba en aumento. Mira, a mí me invitaron a un show de noticias en la televisión catalana. Yo accedí, pero pregunté si el programa era en catalán. Me dijeron que sí, pero que me iban a hablar en español; yo dije «ok, porque yo no hablo catalán». Y al final me hablaron en catalán, en un programa en vivo, y no lo entendí. Yo lo intenté, y cuando me hicieron una pregunta creí haber entendido, pero en la respuesta que yo di se vio que lo había entendido mal, y tuvieron que traducir. Bueno, el problema es de ellos. Yo estaba molesto, no lo mostré en vivo, pero yo me quedé muy indignado de que me hubieran provocado ese traspié, por su afán de hablar en catalán.

Es una anécdota que revela que no todo son vino y rosas allá.

¿Pero podría haber un primer ministro catalán en España?

Por supuesto

¿Lo ha habido?

Sí, por ejemplo, Juan Prim, Estanislao Figueras o Francisco Pi y Margall. Y en los últimos años, Borrell pudo serlo, y si Albert Rivera ganara las elecciones sería un Presidente catalán, otra cosa es que los nacionalistas no lo consideren catalán.

De acuerdo, lo que dices sobre los problemas de Cataluña puede ser totalmente cierto. Pero, ¿y el problema en España? ¿Acaso no hay un problema en España?

Hay muchos problemas, claro que sí.

¿Y el artículo de Muñoz Molina demuestra alguno de esos problemas?

Quizá demuestre que la democracia española es frágil, y por eso hay que defenderla.

¿Y van a ganar adeptos a su causa atacando a los que intentan observar el proceso con ojos críticos pero constructivos?

Entiendo que no, pero no sé si es constructivo explicar la España de hoy a través de Franco.

Cuando yo hablo del legado de Franco es porque es simbólico de esa incapacidad de enfrentar las cosas. Puede ser que otros países lo hayan hecho también y lo han tenido más fácil. Pero, por lo que sea, eso no va a ser posible en España. España inspira pasión, siempre lo ha hecho, la Guerra Civil española fue de gran pasión,  lo sigue siendo y siempre lo va a ser.

Creo que esto es precisamente de lo que los ciudadanos españoles pretenden huir, de que se les encorsete en estereotipos, y se les observe como a personajes de Mérimée. 

Eso nos pasa también a los norteamericanos. Yo toda la vida he sido el “gringo de mierda”, allá donde fuera. Yo he tenido que cargar con todos los estereotipos emanados de Hollywood. Pero, volviendo a España, es un gran país. Es un país que ha superado tantas cosas, un país que merecidamente tiene la admiración de mucha gente, ha sido un país muy tolerante, en recibir tanta gente del extranjero, de todos los países europeos es el que menos problemas de terrorismo ha tenido. Su policía ha actuado con mucha sofisticación en prevenir los ataques. No hay un sentimiento ultra como el que vemos en Francia. Pero ahora lo que me preocupa es ver el sectarismo creciente en España, inspirado por el secesionismo.  Y ese sectarismo español lo reconozco de mi adolescencia: un españolismo nacionalista y sectario. No lo había visto en muchos años. Ese españolismo no murió con Franco. Y sigue existiendo ese nacionalismo español, por eso yo reaccioné con tanta preocupación cuando vi las cargas policiales.

Estoy de acuerdo contigo: ahora se ven más banderas españolas que antes, y el nacionalismo español es tan tóxico como los otros. Ahora bien, creo que en este momento no supone una amenaza a la democracia, ni a la convivencia, mientras que otros nacionalismos sí. ¿Por qué quien reacciona con tanta vehemencia contra el nacionalismo español se muestra impasible frente al nacionalismo catalán?

No tengo una respuesta para este silencio. Desde hace diez años España está en un limbo político. Los partidos tradicionales han perdido cancha, y hay dos movimientos, neo partidos, que tampoco son mayoritarios. Pero esta situación de limbo la señalé justamente como ejemplo de lo estable que era España, porque a pesar de todo, del desempleo y demás problemas, no hemos visto las reacciones antiinmigración que hemos visto en Francia y el Reino Unido post Brexit.

Celebrar el mundo mutilado. Entrevista con Adam Zagajewski (I)

El polaco Adam Zagajewski (Lvov, actualmente Ucrania, 1945) es autor de una valiosa obra ensayística, poética y narrativa, algunas de cuyas muestras más representativas han sido publicadas en España por editorial Acantilado. Le entrevistamos aprovechando su presencia en Mallorca durante el mes de septiembre: ha sido invitado a inaugurar con su estancia el proyecto Habitació 2016, que pretende reflexionar sobre la relación entre hotel y escritura, turismo y cultura, a fin de recuperar vías que hoy parecen rotas entre ambos espacios.

¿Es Adam Zagajewski un turista? Nos encontramos con él en el hotel donde ha residido este mes: un lugar silencioso, de espléndida sencillez, en una antigua finca que representa uno de los enclaves más hermosos de la isla. Nos recibe con preguntas en torno al enigma que pesa sobre esta isla y por el que más de una vez los locales somos objeto de curiosidad: nuestro invierno. La sombra de George Sand y su Un invierno en Mallorca es alargada, y el paso de Chopin enfermo por tan húmedos parajes arroja sobre la isla un imaginario gris, frío, algo tenebroso. Querríamos, al ser preguntados, aportar una visión más luminosa. El artista Miquel Barceló, con quien Zagajewski se ha encontrado estos días, le ha contado que él se baña todo el año, que el agua nunca se enfría por debajo de los 18 grados. Escribir por las mañanas, nadar por las tardes, en eso ha consistido la rutina del poeta estas semanas. Nos asegura que ha descubierto un pequeño rincón, una de esas calas minúsculas donde uno se encuentra de pronto en la más absoluta y sorprendente soledad, y le aconsejamos que no revele el secreto, ni siquiera a nosotros. Su mirada es escrutadora, y su rostro transita entre la seriedad, la timidez y la afabilidad. Se toma su tiempo en escoger las palabras, así que la cadencia de sus respuestas es sosegada, pero no vacilante.

¿Cree usted que en el contexto de masificación y uniformidad que genera hoy el turismo es posible todavía el viaje como tal? Si fuera así, ¿cuáles serían sus espacios y procedimientos?

Es una cuestión complicada. Respecto del turismo, ocurre que cuando estamos dentro de la masa de turistas tendemos a pensar que no somos como los demás, que somos en cierta manera mejores, pero no somos los únicos que tenemos ese pensamiento. Hay, por supuesto, personas que no son muy reflexivas y que por tanto no se hacen preguntas cuando viajan, pero es probable que dentro de esa masa estemos rodeados por otras personas que, como nosotros, piensen que son diferentes a los demás, que no son turistas comunes. Caemos en cierto esnobismo, en cierta arrogancia. En relación con su pregunta, creo que sí, que el viaje todavía es posible, y que siempre habrá viajeros y escritores de viajes, aunque yo no me considero un viajero. A lo largo de mi vida he vivido en diferentes ciudades: Cracovia, París, Chicago, e incluso Texas, en Houston. Prefiero habitar los lugares que moverme de un lado a otro. Me gustan, eso sí, los primeros momentos del viaje: no en coche, porque entonces uno está tan concentrado en la carretera que es difícil ver nada, pero sí en tren, en avión, o incluso en barco. Adoro eso, hay momentos en que se está como suspendido. No se está en un lugar concreto, se está en ninguna parte. Eso es para mí un gran placer, estar separado momentáneamente de la propia dirección, del lugar donde se pasa la mayor parte del año, de la propia vida. Son buenos momentos para la reflexión, para la escritura. Muy a menudo las ideas vienen a mí cuando estoy en ese estado de gracia que está ligado al viaje. Aún así, nunca he escrito libros de viaje, y tampoco me interesan o me gustan mucho. Los he leído, en ocasiones, pero no son mi pasión. Me parece que lo más interesante del mundo son las personas: los hombres, las mujeres, los niños… y los gatos, a los que adoro. No tanto los lugares, que se parecen unos a otros. Hay personas a quienes apasiona ver constantemente cosas diferentes, pero no es mi caso. Pienso que en principio es posible pasar la vida en un pequeño pueblo, y, si se lee mucho y se posee una imaginación, conocer el mundo sin moverse. Eso no quiere decir que esté absolutamente desprovisto de curiosidad por otros lugares, de vez en cuando me fascinan los cambios de ubicación.

Es cierto que si se indaga un poco en su biografía, se encuentra de inmediato que está efectivamente marcada por el paso por diferentes ciudades. Su primer cambio de ciudad se produjo por motivos geopolíticos, al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los aliados cedieron su ciudad natal a la República Socialista Soviética de Ucrania y la población polaca fue expulsada, con lo cual su familia se vio obligada a trasladarse a Silesia. Su libro Dos Ciudades (Acantilado, 2006) no habla tan sólo de esas dos ciudades, sino de La Ciudad como una amalgama entre lo extraordinario, (en el libro podemos pasear con Jünger por París, por ejemplo), pero al mismo tiempo lo ordinario, la cotidianidad y sus fenómenos pequeños y continuos. ¿Son la ciudad y la cotidianidad urbana su espacio vital y literario privilegiado?

Sí, aunque habría que precisarlo un poco. La ciudad, por supuesto. La ciudad es un lugar donde vemos a las personas, a los otros, día tras día. Pero hay ciudades demasiado grandes, donde la gente va en metro en medio de una multitud enorme. Nunca he estado en Japón, pero leí sobre ese fenómeno en Tokyo, donde existe una profesión que consiste en empujar a las personas dentro del metro para que quepan. Eso es un poco exagerado para mí. Mi ideal es una ciudad media, como Cracovia. En China, por ejemplo, hay ciudades con 27 millones de habitantes. No puedo decir que no me interesen, pero… Hace un tiempo pasé algunos días en Guangzhou, que tiene unos 13 millones de habitantes. Si pensamos en la noción de flâneur de Baudelaire, hay que concluir que no es posible serlo en Guangzhou, simplemente porque hay demasiada gente y las calles no están hechas para pasear, son arterias para los coches. En cambio en París, que tiene un número de habitantes similar al de Guangzhou, se puede todavía ser flâneur. Baudelaire podría hoy todavía pasearse por allí. Mi ideal es, pues, una ciudad de tamaño medio, como en Europa hay muchas: Barcelona (aún con sus problemas de sobrepoblación precisamente a causa del turismo), Múnich, Colonia, o incluso Berlín, que es mucho más grande pero permite todavía cierta libertad de movimiento. El gran placer de una ciudad mediana es ver a la gente. Me gusta mucho observar a las personas, sus rostros. No es fácil, pero lo ideal para mí es no ser visto. Hay, además, días especiales: me gusta mucho el primer día de colegio en Cracovia. Los estudiantes se visten muy bien, con una camisa blanca. Lo hacen sólo el primer y el último día de colegio. Es muy bello, la ciudad está de pronto completamente cambiada por esta festividad de los niños, que están por todas partes con sus camisas blancas. Es uno de esos pequeños fenómenos que hacen la vida interesante. La ciudad es un teatro para aquellos a quienes nos gusta mirar. Lo cual es un privilegio. Hay personas que trabajan tanto y tan duro que no tienen tiempo para tener esa actitud de contemplación, que corren a todas horas. Soy consciente de que soy privilegiado por poder hacer lo que hago, por poder escribir y vivir de mi pasión intelectual. Hay otra cosa que me gustaría mencionar: en la ciudad mediana, muchas veces, la naturaleza no ha sido aplastada por la ciudad. Hay parques, árboles, pájaros: los mirlos, que adoro. De ese modo se puede ser naturalista en la ciudad. Es una de mis pequeñas pasiones, si bien no soy ningún especialista. Conozco algunos tipos de pájaros y de árboles y estoy lejos de ser un gran experto en la materia, pero me fascina observar el equilibrio que existe (si todo va bien) entre la naturaleza y la ciudad. La ciudad tiene de por sí tendencia a destruir la naturaleza, pero hay fuerzas de la naturaleza que se defienden. Por ejemplo los mirlos: leí en alguna parte que hace 100 o 150 años no se veían mirlos en las ciudades. Vivían en los bosques, pero hubo quizás un primer mirlo “genio” que descubrió de pronto que la ciudad ofrece condiciones incluso mejores que el bosque para los mirlos: hay más comida y las personas no son hostiles a ellos. Tan sólo los gatos son peligrosos para los mirlos en las ciudades. En fin, hay otros privilegios que da una ciudad, como grandes bibliotecas, teatros o cines, cosas evidentes sin las que me cuesta imaginarme, de las que carecería en un pueblo pequeño, por ejemplo.

Siguiendo con esa relación entre cotidianidad y belleza, entre lo ordinario y lo extático, en su prefacio al libro de Aleksander Wat, Mi Siglo (Acantilado, 2009), usted escribe: “Wat reconstruye su pasado en dos planos, el de la creciente experiencia de lo cotidiano y el del éxtasis. Todo lector reconocerá en este dualismo la materia de la vida espiritual, una vida siempre desdoblada entre el continuo de la experiencia y los intervalos de las experiencias extáticas”. ¿Cómo piensa usted que la literatura, la poesía en especial, da testimonio de esta doble experiencia? ¿Qué relación tiene ello con la memoria, en el sentido defendido por usted en dicho prefacio, como un mecanismo imperfecto pero cercano a la verdad?

En el caso de Aleksander Wat, esos dos niveles son especialmente importantes. En su juventud fue un modernista radical, un futurista, que había estudiado mucho y era ya uno de los poetas más eruditos de Polonia. Estaba fascinado por la energía del modernismo, también en su sentido destructor. En Mi siglo describe al menos dos momentos de éxtasis que tienen para él un gran valor didáctico, puesto que le enseñan cosas que tienen en su vida y en su pensamiento una importancia fundamental. Uno de estos momentos es para él una auténtica revelación: de pronto ve la lengua como algo que es necesario defender. Los futuristas la masacraban porque para ellos se trataba de un objeto burgués, lleno de tesoros ficticios, que había que destruir para crear una nueva lengua. Pero cuando Wat se encuentra en el centro de la opresión totalitaria comunista, descubre que la lengua es frágil, que es necesario protegerla en lugar de atacarla. Se trata de una visión mayor, que me ha enseñado mucho a mí también. Wat relata también ese otro momento en que desde el tejado de su prisión oye tocar música de Bach, y ello supone para él un momento absolutamente iluminador, una revelación de belleza. Me resulta conmovedora la imagen de una persona que estaba en prisión y cuyo futuro era más que dudoso, con la posibilidad de ser enviado a los confines de Siberia, que de pronto descubre de nuevo la belleza de la música y recibe su consuelo. Al mismo tiempo hay, también, ese segundo nivel de lo cotidiano. Wat recopila conversaciones con otros presos, entre ellos viejos bolcheviques que llevan muchos años en prisión, y ello tiene un gran valor histórico. Construye su narración con esos dos niveles: recopilación de hechos históricos y políticos como los ve y oye un prisionero, en su día a día, junto con esos momentos de gracia que coronan la experiencia.

Cuando el libro fue publicado Wat ya había muerto, y el proceso de publicación, además, fue largo. El libro recibió críticas: es impreciso, menciona cosas que no son exactamente verdad, o hechos que no han sido debidamente verificados. Se dudó incluso de la veracidad del momento extático que mencionábamos antes, sobre la música de Bach desde el tejado de la prisión. Su actitud no es ciertamente la de un historiador que no dice nada sin verificarlo. Wat menciona las cosas tal y como acuden a su mente. Aparentemente comete errores por lo que respecta a los hechos, pero yo tampoco soy historiador y no me parece un crimen cometerlos. Wat era además un gran poeta, y sus poemas albergan una memoria aún mayor. Era alguien que conocía la Biblia a la perfección, y que abrazó las tradiciones judaica y cristiana, alguien ecléctico en el buen sentido de la palabra. Es para mí, en ese sentido, alguien parecido a Ezra Pound, pero mejor que Ezra Pound, con una clara intención de comprender el pasado y hacerlo vivir, sin por supuesto el antisemitismo de Pound, que para mí estropea completamente su obra.

Eso nos lleva a un camino interesante, la relación entre la ideología y la vida de un escritor y su obra, y esa idea de si ciertas adhesiones o comportamientos en vida “estropean la obra”, así como la cuestión de nuestra actitud ante todo ello. Pienso por ejemplo en el debate en Francia hace unos años, sobre si celebrar o no a Céline.

Sí, es complicado… Céline no es precisamente mi escritor favorito, aunque lo haya leído y lo conozca. Su caso es especial porque no se trata solamente de su panfleto antisemita, sino que sus novelas son abiertamente violentas, y están animadas por la energía del odio. Pero tenemos, por otra parte, a Gottfried Benn, que junto con Rilke o Bertold Brecht es uno de los grandes poetas alemanes del siglo XX. Es un poeta importante para mí, un poeta que adoro. Tuvo un momento nazi en su vida, 12 o 16 meses, pero jamás escribió un poema nazi. Publicó, eso sí, algunos artículos no muy agradables. Pero yo adoro sus poemas. Mi problema es Gottfried Benn (risas). Lo hablaba con alguien no hace mucho, y esa persona me preguntaba cuán lejos se puede llegar en la tolerancia. Yo respondía que si Goebbels hubiera escrito poemas tan buenos, yo habría dicho no, pero Benn no era Goebbels. Él comprendió enseguida que se había equivocado, y cambió completamente de camino. Considero que es necesario analizar esta cuestión caso por caso, porque no creo que haya una regla general al respecto. Además, es de notar que la Europa intelectual tiene tendencia a ser mucho más severa con los escritores fascistas que con los comunistas. Ambos totalitarismos son muy diferentes ideológicamente, pero no por lo que respecta a los crímenes. Nadie dice “Brecht es un monstruo”, o Maiakowski, aunque este último sea un caso algo especial. Brecht era un poeta talentosísimo, sin lugar a dudas, y algunos de sus poemas me gustan mucho, pero… es difícil. Definitivamente, no hay una regla general.

(Sigue aquí)


Foto: Adam Zagajewski en el Literarische Salon de 2017, en la ciudad alemana de Colonia. Autor: Udoweier. Fuente: Wikimedia Commons bajo licencia CC-BY-SA-4.0

Releer el sentido de España dentro de Occidente

Nuestra civilización hunde sus pilares en el derecho romano, la filosofía griega y la religión judeocristiana. El sentido de trascendencia que marca nuestra impronta y esa pasión dominante por salir de nosotros mismos, tiene su origen en un pequeño pueblo de Palestina. La posibilidad de abarcar a otros, dándoles carta de ciudadanía, con igualdad de derechos y deberes, hunde sus raíces en la tradición del derecho romano. El reconocimiento de la autonomía de la razón y la reafirmación de la dignidad del hombre, solo se entiende desde la filosofía griega. Los rasgos característicos de nuestra cultura se perfilan en la síntesis de una tradición que ha cincelado, no sin esfuerzo, un cuerpo de doctrina, un imaginario humano, una sensibilidad especial para saborear la belleza, cuyos pilares pivotan en el encuadre oriental del Mediterráneo. Metafóricamente podemos decir que España, ya que se encuentra en el embudo de la salida de ese mar hacia el océano Atlántico, ha filtrado los elementos fundamentales que dan definición a esa cultura, los ha vivido, enriquecido y hecho propios, y los ha proyectado hacia el occidente americano. Se convirtió en un «reservorio» de los valores culturales occidentales, en el depósito del que volver a beber las aguas de la tradición que dio origen a la cultura occidental, protegiéndola por momentos de sí misma y difundiéndola a otros territorios.

Me llamó la atención una frase, oída de labios del americanista Hernández Sánchez-Barba, en la que se comentaba que hasta que los españoles salieron a navegar al Atlántico, se navegaba «a la vista». A partir de entonces, la navegación se hizo mirando las estrellas. Los españoles enseñaron a mirar a las estrellas para hacer algo útil, enseñaron a mirar hacia arriba no solo para admirar y para conocer la realidad que circunda a nuestro mundo, sino para orientarse en él. El descubrimiento de América posibilitó la apertura y revitalización de unos valores culturales que languidecían. No fue solo un acontecimiento político y económico, lo fue también a nivel religioso y vital: la semilla de una cultura que daba síntomas de agotamiento por las luchas internas entre reinos, fecundó en el vientre de una tierra que no había sabido mirar con sentido de trascendencia sus activos y riquezas.

El presente es la síntesis armónica del pasado y el futuro. Es el momento que destila las lecciones de una vida que ya fue y que simultáneamente la abre a su proyección. El presente es superador del instante hedonista que vive del capricho del «ya». España y Portugal tuvieron un papel crítico en recuperar el sentido del presente difuminado en los albores de la Edad Moderna: España abrió nuestra cultura hacia el futuro, poniendo la mirada en el occidente, en el Nuevo Mundo, y Portugal lo enfrentó, en un diálogo abierto, con el pasado que supone las culturas orientales. Europa se recupera a sí misma por la labor de unos hombres que se tomaron en serio la necesidad de ir más allá para resolver los problemas que se tenían «más acá» —disculpen esta forma poco ortodoxa de expresión—.

Se pueden proyectar unos valores, enfrentándolos a una nueva realidad, cuando se está seguro de ellos, cuando no se duda de su relevancia y pertinencia. Solo se da lo que se tie-ne, y algo se tiene cuando se posee en plenitud. Para darse, poseerse; para poseerse, quererse; para quererse, conocerse. Este proceso del conocimiento de lo que uno es, hasta la posesión de sí mismo para la entrega a otro, requiere de un movimiento ascendente que no puede pararse, enquistarse. Cuando me recreo en el propio conocimiento caigo en la parálisis del «narcisismo»; cuando me encorvo sobre mí mismo autocomplaciéndome en mi propia posesión, caigo en los vicios de un egoísmo estéril que me deforma como al Gollum de Tolkien. Si me entrego sin tomar posesión de mí, caigo en un huero sentimentalismo que difícilmente deja huella. España, cuando se abrió a América, cuando abrió Europa a América, propició que Occidente iniciara un nuevo itinerario fructífero: tuvo que tomar conciencia de lo que era, reconocer las fuentes de su cultura, respetarlas y quererlas. De algún modo, obligó a Europa a entenderse y a hacerse entender, poniendo los pilares para un verdadero proyecto común. La Edad Moderna puso las bases para reconocernos y proyectarnos; la Edad Contemporánea —en la que ya había que incluir en el debate y en el proceso de crecimiento y madurez a los nuevos territorios con sus singularidades e idiosincrasias, con sus legítimos objetivos y tradiciones— supuso ese esfuerzo que hace la crisálida dentro del capullo en el que se gesta una nueva realidad, por transformarse de gusano en mariposa. Esa lucha por reinventarse no estaba libre de esfuerzos, de tensiones incluso dramáticas. Las grandes guerras, los grandes dramas, las grandes revoluciones, se gestan en esta época. Y estas grandes revoluciones, a pesar de su dramatismo, van invadiendo territorios cada vez más amplios y sustanciales: de la guerra por la expansión territorial, a la guerra política por cambiar los sistemas. De las revoluciones nacionales, a la imposición de un nuevo orden secular. De la lucha por imponer un nuevo orden, a la revolución cultural —se da ya el paso de lo material a lo espiritual—. De la revolución cultural, al cuestionamiento radical del espíritu. Todo se pone «patas arriba», sobre todo se debate, todo se discute y se opina.

Estos fenómenos de transformación se viven con una especial violencia y vehemencia porque se es consciente, explícita o implícitamente, que lo que está en juego es mucho. El antropocentrismo que supone la emancipación del hombre llevada a cabo por la Ilustración, es el catalizador de este proceso. Es cierto que las aporías a las que nos enfrentaba el diálogo con una nueva realidad requerían de una reafirmación del papel del hombre en su propio gobierno. El reconocer el estatuto epistemológico propio de nuestro pensamiento, la autonomía de nuestra razón, debía llevar al hombre a superar planteamientos mitológicos que lo encorsetaban en una pesada realidad, que impedían su crecimiento y proyección, que dificultaban hacerlo mayor de edad, dar cuenta de sí mismo. El ser consciente de estar hecho a imagen y semejanza de Dios, llevó al hombre occidental a reclamar para sí y para los demás una dignidad usurpada por el miedo a un futuro que no se domina ni se gobierna. Pero ese logro necesario se llevó hasta el extremo.

La aparición de las ideologías en el debate sobre los valores nos llevó a claudicar sobre nosotros mismos. El deslumbramiento que nos provocó la conquista científica y tecnológica nos debilitó aún más la mirada sobre los asuntos que realmente eran relevantes. Desde el siglo xvise produce una dilución del hombre occidental en sí mismo: se deja ubicar en un mundo acuoso, donde ya no hay más seguridades para anclarse que aquellas que nos da la ciencia. El hombre navega intencionalmente en el mar de lo opinable, de lo relativo: necesita una sociedad líquida que no imponga sendas e itinerarios, donde cualquier camino y recorrido sea posible, donde no se deje más rastro que una estela en el agua —de manera que los demás no se vean obligados a seguir un rastro, ni yo mismo tenga por qué seguir el de otro por haberlo rotulado en un terreno sólido que se convierte para mí en una especie de «punto focal» que condiciona mi libertad y creatividad—. Esta dilución es paulatina, nos va llevando por un plano inclinado. Los acontecimientos históricos se amontonan, cada vez se precipitan con mayor rapidez: lo que antes se vivía desde una humana parsimonia, ahora se acelera en un movimiento centrípeto y en espiral que tiene al hombre como foco. Casi sin tiempo para sacar lecciones, para aprender de los errores y recrearse en los aciertos, el hombre occidental contemporáneo se ve a sí mismo como ser simplificado. Y lo único que le basta para no caer en un pesimismo irredento es afianzarse en lo que la tecnología puede hacer por él.

Pero hay que caer en la cuenta que estos abusos solo pueden darse en una cultura que es capaz de cuestionarse a sí misma, una cultura capaz de mirarse desde fuera, de ser, por tanto, trascendente. Este es el hecho relevante: la cultura occidental es una cultura capaz de cuestionarse, capaz de ir más allá, es la cultura de la libertad. Es la única cultura que puede destruirse a sí misma: las demás lo hacen desde fuera, necesitan de un enemigo que erosione sus fundamentos. La nuestra, es capaz de hacerlo desde dentro. De aquí nuestro drama… y también nuestra grandeza.

El problema, a mi juicio, no es por una cuestión de método, sino de equivocarse en la premisa de partida. No se trata de cuestionar la conquista de la libertad, sino de hacerlo adecuadamente, y eso pasa por entender que la libertad es una «libertad-para» y no una «libertad-de». La emancipación del hombre que se inició con la Ilustración —fenómeno qué solo podría darse en nuestra cultura— nos llevó por un itinerario lleno de trampas. Era necesario emancipar al hombre de las instituciones, pero no para llevarlo al nudo gordiano de sí mismo. La fractura que se produce en el siglo XVII de los trascendentales clásicos llevó al hombre a no reconocerse en su unidad. La unidad del ser y su desvinculación de la Belleza, la Verdad y el Bien nos permitió avanzar por caminos insospechados en el desarrollo de los respectivos campos, pero se hizo a costa de fracturar al hombre en su unidad. El énfasis en la libertad de la persona para que no tenga ningún condicionamiento en su acción, nos llevó a perder el sentido de finalidad. La libertad es para el Bien (para la Verdad, para la Belleza, tanto da una como otra porque son categorías del ser, inseparables en cuanto que el ser es uno), y eso no condiciona, sino que ordena. Se confunde la libertad con el libertinaje y se anula la dignidad del «libre albedrío»; no se entiende lo que esto supone y se reduce al capricho subjetivo.

La fractura de los trascendentales clásicos permitió, en efecto, desvincular el desarrollo de la ciencia de lo moral. En la medida que la Verdad tiene su propio ámbito y no tiene que estar referida a un bien, puede mantener su propio discurso y no encuentra más límites que los que ella quiera darse a sí misma. Todo lo que se pueda hacer científicamente, se debe hacer. De igual modo en el campo de la moral y las nuevas formas de ética laica. Lo bueno no tiene por qué estar sometido a lo verdadero, tiene su propia autonomía. El procedimentalismo ético es la forma básica por la que el hombre posmoderno puede darse asimismo los valores contingentes en los que fundamentar la evaluación de su acción.

Esta larga disquisición viene a cuento porque pone de manifiesto, a la vez, el problema y los rasgos diferenciales de nuestra cultura, de nuestro genuino carácter español: es una cultura con ideal de belleza, de bien y de verdad; es una cultura holística, que toca todos los campos, que sobre todos los asuntos que competen al hombre tiene algo que decir y que proponer. Además, tiene un discurso sólido sobre ellos —o mejor dicho, ha tenido un discurso sólido—, un discurso coherente, sistemático y sistémico. Nuestra cultura ha avanzado mucho en el desarrollo de la ciencia pero haciendo que el hombre sea capaz de anularse a sí mismo. Nuestra cultura ha propiciado sistemas políticos que garantizan los mayores niveles de libertad jamás conocidos, pero haciendo que el relativismo imponga la dictadura de la individualidad, llevando al hombre al aislamiento. Nuestra cultura ha posibilitado una producción artística y literaria riquísima, pero poniendo al mismo nivel una acto de creación y un acto de improvisación, haciendo que el hombre confunda lo espontáneo y lo libre.

Se dijo que en España se ensayó la Segunda Guerra Mundial con la participación de los bloques en el apoyo a las dos facciones de hermanos que se enfrentaron. Ahora también España es el campo de experimentación de las ideologías de género que nos impone el posmodernismo. Parece que nuestro papel de irradiación de la cultura occidental sigue estando en nuestro adn, e igual que antes sirvió para difundir y afianzar valores permanentes, ahora está sirviendo para experimentar y esparcir contravalores. Los acontecimientos históricos surgen como consecuencia de ideas y estas también se forjan al hilo del desarrollo de esos acontecimientos. Sin solución de continuidad, se van superponiendo actos y pensamientos, acelerando un proceso que deja al hombre casi sin armas para defenderse de sí mismo.

La Edad Media había permitido al hombre occidental superar dos grandes problemas: por una parte, despojarse de los prejuicios y de la esclavitud del mito. Ya no era víctima de la discrecionalidad de los dioses y del destino. Gracias al cristianismo, el hombre se reconocía como hijo de Dios y se veía liberado de la pesada losa de las fuerzas de una naturaleza caprichosa. La Edad Moderna permitió al hombre liberarse de una institucionalización de su vida. La cosmovisión medieval se materializó en instancias muy visibles, en organizaciones políticas, sociales y religiosas que facilitaban el acceso a una vida trascendente, pero que a la vez lo hacían por «carrilitos de acero» (por utilizar una expresión de Américo Castro) muy estrechos, para evitar que nadie se equivocase. Los estamentos cosificaban y solidificaban los proyectos personales. El abuso y simplificación de estos itinerarios institucionalizados podía llevar al hombre a una cierta asfixia por respirar siempre un aire enrarecido, no oxigenado. Pero la Edad Moderna y la Contemporánea han impuesto otro tipo de abuso: el de la dictadura del hombre sobre sí mismo. Había que emanciparse de los mitos, y el hombre occidental lo hizo, había que emanciparse de las instituciones, y el hombre occidental lo volvió a hacer; ahora el hombre occidental tiene que emanciparse de sí mismo, y está por ver si es capaz de hacerlo. Una novedad frente a este nuevo reto concurre en el escenario. Siempre que nos habíamos emancipado lo habíamos hecho contando con Dios, o al menos sin cuestionarlo. Ahora el hombre occidental se encuentra sin su apoyo, y no porque Él esté debilitado o desinteresado, es porque nosotros lo hemos excluido de nuestro mundo (para algunos, de nuestro imaginario).

De nuevo ahora, España, debería jugar un papel crítico en la defensa de un carisma, de una forma de entender el mundo y las relaciones vitales. La mística española fue una de las principales aportaciones a un mundo que daba los primeros síntomas de secularización. La mística encontró en el arte la mejor y más adecuada forma de expresión de las verdades que contemplaba y admiraba. Mientras que otros se dedicaban a hacer un desarrollo de la verdad mediante la especulación filosófica, mediante la disciplina y el rigor de un pensamiento discursivo, España se dedicó a darle cauce a esas mismas verdades utilizando un método más completo, menos cerrado, más sugerente y libre: el que nos proporcionaba el arte. Cuando en el siglo xixse empiezan a producir los primeros avances de la ciencia y la tecnología, en esta ocasión verdaderamente efectivos para la mejora del bienestar, en España surge un romanticismo peculiar, con singulares y profundas consecuencias políticas y culturales que permiten innovar en campos distintos a los puramente materiales. El haber utilizado siempre métodos distintos al resto, el haber «mirado siempre a las estrellas» para dirigirnos y organizarnos —mientras otros lo hacían mirando la proximidad de la costa—, nos ha permitido ir un poco más allá del resto. No siempre bien entendidos, hemos innovado y no solo renovado. Gracias a que no nos hemos guiado por los perfiles reconocibles de una costa ya transitada y familiar, sino que nos hemos lanzado a mar abierto, mirando siempre arriba, a puntos del firmamento que nos permitían avanzar a mayores distancias ya que la vista podía referirse a ellos desde puntos más distantes entre sí, hemos sido capaces de proteger un legado y abrirlo al encuentro con el otro. Hemos sido cauce de diálogo entre culturas sin caer en un peligroso sincretismo. Si somos capaces de volver sobre nuestras raíces asumiendo nuestra responsabilidad histórica como punto de encuentro entre Oriente y Occidente, entre reafirmación de la persona y su apertura a la trascendencia, si nos reconocemos como la necesaria puerta de entrada del Sur hacia el Norte, podemos volver asumir un papel que nos hemos usurpado a nosotros mismos. Quizás los vicios de nuestra cultura occidental los vivamos aquí con una pasión especial, de igual forma que vivimos también sus virtudes. Quizás esa vehemencia nuestra nos lleve a identificar con mayor grado de precisión el rostro enfermo de una civilización que para alguno puede estar dando síntomas de deterioro. Pero, como decía Toynbee, la existencia de una minoría creativa puede ser la garante de la reconstrucción que el sistema necesita. Esa minoría creativa, nos dice Benedicto XVI en su diálogo con Marcelo Pera —publicado en forma de libro con el título Sin raíces—, se encuentra en aquellas personas que tienen la convicción y el compromiso de vivir conforme a unos determinados valores, aquellas personas que no pactan con lo políticamente correcto ni con la comodidad de una vida sin sobresaltos.

Las fuerzas centrípetas que nos pueden llevar al colapso, se equilibran con las centrífugas que nos fuerzan a la fractura de nosotros mismos. Sin caer en la peligrosa dialéctica histórica de lucha de clases, de movimientos e incluso de ideologías y tendencias, puede haber algo bueno en el mantenimiento de un cierto equilibrio respecto de estas dos fuerzas.

Argentina 2011-2016: de Cristina a Macri

 

La nota característica del último lustro de política argentina ha sido el cambio: en diciembre de 2011, Cristina Kirchner era reelecta en primera vuelta con el 54% y cuatro años después, su candidato, Daniel Scioli, es derrotado en la segunda vuelta, por margen estrecho del 2,6%, por un político emergente proveniente del ámbito empresario, Mauricio Macri.

El kirchnerismo que gobernó la Argentina tres períodos consecutivos entre 2003 y 2015, fue la expresión local del populismo que dominó la política latinoamericana durante la primera década del siglo XXI y los primeros años de la segunda.

Tanto en la política regional como en la global, Cristina Kirchner —como antes su extinto esposo y también presidente— se alineó con esta corriente ideológica. Cabe mencionar que en su última participación como jefa de estado en la asamblea anual de la UN, se reunió con solo dos presidentes del mundo: el de China y el de Venezuela, confirmando así que la primera era su aliado en el ámbito global y la segunda en el regional.

El triunfo de Macri en la Argentina en noviembre de 2015 marcó el inicio del retroceso del populismo latinoamericano, que dominó la región durante más de una década.

Winston Churchill decía que «los gobiernos populistas se terminan cuando se acaba la plata para financiarlos», y América del Sur confirma esta tesis.

El último año que la región creció fue 2014, y quienes gobernaban ganaron las cuatro elecciones presidenciales que tuvieron lugar en ella: reelección de Dilma en Brasil, de Evo Morales en Bolivia, de Santos en Colombia, —apoyado por el populismo en función de su frustrado acuerdo de paz con las farccontra un candidato del expresidente Uribe—, y el Frente Amplio volvió a ganar en Uruguay con una nueva Presidencia de Tabaré Vázquez.

Pero en 2015 y 2016 América del Sur fue la región del mundo que menos creció. Se sucedieron así las derrotas del kirchnerismo en Argentina en noviembre del año pasado; la del chavismo en las elecciones legislativas que tuvieron lugar en diciembre; Evo Morales fue derrotado en un referéndum para tener un cuarto mandato consecutivo en febrero; en mayo fue suspendida Dilma en Brasil; en junio un economista neoliberal, Kuckzynski, gana en Perú; seguidamente Correa fracasa en lograr un referéndum para tener un cuarto mandato consecutivo; en agosto Dilma es destituida en Brasil, y el 2 de octubre el gobierno colombiano fracasa en el referéndum para aprobar el acuerdo de paz con las FARC.

Todo esto sucede en menos de un año y tiene una dirección políticoideológica clara: la región sale del populismo y crecen o llegan al poder expresiones políticas y programas de gobierno que pueden ser considerados de centroderecha, más allá de diferencias que se dan en cada caso.

Las circunstancias hicieron que Argentina con el triunfo de Macri fuera el primero de esta serie de hechos electorales y políticos, y de ahí su significación regional.

Tras una apertura internacional que tuvo por objetivo recomponer las relaciones con los países desarrollados de Occidente, en la última semana de marzo, antes que Macri cumpliera cuatro meses en el poder, visitó el país el presidente Obama. Su definición fue contundente: «Argentina es el ejemplo para la región». Es el mismo tipo de afirmación que el presidente Clinton hacía acerca de Chile veinte años antes.

Al abrir en la primera semana de septiembre un foro para inversores extranjeros realizado en Buenos Aires, Macri dijo respecto a la elección de medio mandato que tendrá lugar en octubre del año próximo: «Creo que vamos a tener una elección maravillosa que va a confirmar la elección que hemos elegido».

Dada la experiencia argentina, en la cual en seis de las últimas siete elecciones presidenciales la previa anticipó su resultado, tiene lógica que lo diga.

Mientras tanto, el primer año de Macri muestra que está sobre las expectativas en materia política al lograr acuerdos claves en un Congreso en el cual está en minoría en ambas cámaras, movimientos en política exterior de acuerdo a lo esperado y por debajo de las expectativas en lo económico, al demorarse el crecimiento y las inversiones a las cuales apostó desde el primer día.

Darío, el último libertador de América

 

Los hispanoamericanos somos ecatónfilos, para decirlo con un falso grecismo: nos acordamos con veneración de nuestras realidades esenciales cada cien años. Dos frases borgesianas lo rubrican. En el velorio de su madre, doña Leonor, una señora pregunta a don Jorge Luis qué edad tenía a la hora de su muerte. Él responde que 99 años, y la señora lamenta: «Lástima que no llegó a los cien». A lo que Borges comentó: «Se ve que la señora tiene un notable respeto por el sistema decimal». Y, en ocasión del cuarto centenario de Góngora, escribió: «Yo estoy siempre dispuesto a acordarme de Luis de Góngora y Argote cada cien años».

En medio de las celebraciones del bicentenario de nuestras independencias políticas, hagámosle sitio memorioso a dos evocaciones: el centenario de la muerte de Darío (1916-2016) y, el año venidero, el sesquicentenario —dicho sea con sesquipedalia verba, a la manera horaciana— de su nacimiento (1867-2017), en el pequeño pueblo nicaragüense de Metapa.

Evoquemos el primer siglo de la ausencia física de Darío, pero, a la vez, hagamos un arqueo básico de los cien fructuosos años vivificados por su generosa y creativa herencia lingüística y literaria expandida, primero, por el amplio seno de la literatura hispanoamericana, que él llamó, en una ocasión, con acierto, «neomundial», y, a poco, por la peninsular.1

La evolución dariana acentuará su atención por el legado hispano, como la prueba Cantos de vida y esperanza. Pero lo hace después de haber brindado a España su propio aporte renovador, imponiéndose en las letras peninsulares. Lugones señalaba en 1916: «La joven poesía de España es rama de su tronco» y «América dejó ya de hablar como España y en cambio esta adopta el verbo nuevo».2 De parecida manera lo proclamaron Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado.3

Rubén no inicia ni agota el llamado «modernismo», designación vaga para un vasto y complejo movimiento literario iniciado al oeste del Atlántico. Deberíamos precisar los aportes de cada cual en esta renovación, no solo de la literatura sino de la lengua. Hubo precursores, los sanjuanbaustistas, es decir, aquellos que aportaron desde sus poéticas individuales rasgos innovadores aislados, no organizados en una poética concreta. Es el caso de los mexicanos Manuel José Othón y Salvador Díaz Mirón, del argentino Carlos Guido Spano —a quien Darío llamó «el precursor de las formas puras»—, el uruguayo José Zorrilla de San Martín, y pocos más. Un segundo escalón lo pisan los verdaderos iniciadores, un cuarteto formado por dos cubanos, José Martí y Julián del Casal; el mexicano, Manuel Gutiérrez Nájera y el colombiano José Asunción Silva. Esta diversidad de naciones de origen indica cómo ya estaba sembrada en toda América la semilla del cambio. En tercer lugar, Darío, que es la máxima figura del movimiento, es el maestro, quien llevó en personalísima síntesis creativa todos los aportes a una concepción unitiva, varia y fecundísima. Después, el mejor discípulo, Leopoldo Lugones, es decir quien aprovecha las lecciones del maestro para plantar su propia tienda; y, en otro registro, lo que Ezra Pound llama «los creadores de manías», que pulsan con virtuosismo pero con exasperación, una sola cuerda, pisando un solo pedal de todo el órgano de posibilidades, como es el caso del uruguayo Julio Herrera y Reissig, en lo que su obra tiene de más personal; finalmente, los epígonos, calcadores de oficio, de formas, de temas y modalidades y que nada agregan a la innovación.

También debemos al modernismo la herencia vastísima que nos legó en sus proyecciones, diversísimas y que suelen apretarse en una designación de apelación solo cronológica: el «posmodernismo», bautismo que nada caracteriza. La siembra fue fructífera porque en distintos niveles y puntos pluralidad de creadores talentosos hallaron en la veta modernista motivación para sus propios surcos en los que laboran su cosecha fecunda. La asimilación del legado dariano generó una riquísima variedad de líneas y poéticas de él que matizaron la poesía en lengua española. Antes de Darío ningún poeta alcanzó tal hegemonía poética en ambos lados del océano.

Max Henríquez Ureña troqueló una expresión acertadísima para referirse al modernismo: «la vuelta de los galeones». Las naves españolas nos trajeron la lengua: «y nos dejaron la palabra», como dice Neruda. Andados los siglos, los hispanoamericanos supimos pilotear esas naves en viaje de retorno con la carga de la lengua enriquecida, renovada, revitalizada. Fuimos buenos administradores de esa herencia porque supimos acrecentarla. Y la recepción en la Península se dio abierta y agradecidamente. Allí está la continuidad manifiesta de Manuel Machado, la impronta personal que Valle-Inclán puso a lo recibido, la primera presencia dariana en los poemas de Juan Ramón Jiménez y de Antonio Machado que, a la hora de revisar sus textos, en un segundo momento, en que retomaron sus poemas, supieron «juanramonizarlos» «machadizarlos», alivianándolos de la presencia rubeniana inicial, muy acentuada, cosa que supo señalar con su habitual perspicacia Dámaso Alonso, y, en fin, un vasto etcétera. Y en este ir y venir de la lengua poética a través del mar Atlante, de legárnosla, recibirla, acaudalarla y retornarla acrecida, es que hemos contribuido desde América a tejer la historia de la hispanidad y de lo que en la Argentina, hacia 1927, Amado Alonso llamara por vez primera «lo panhispánico».4 A esta empresa el modernismo contribuyó acentuada y hondamente.

Jaimes Freyre consideró a Darío: «el autor de la más grande de las revoluciones literarias que hayan visto los hispanidas de los cien últimos años».5 Y Borges, en ocasión de evocar a Darío cuando el centenario de su nacimiento, en 1967 (el irónico y talentoso argentino sacrificó esta vez su ofrenda en el altar ecatónfilo, del cual se burlaba) afirmaría: «Su labor no ha cesado y no cesará; quienes alguna vez lo combatimos comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar el Libertador».6 Medio siglo después Borges hacía, casi, paráfrasis de las palabras de Lugones escritas a la muerte de su maestro y amigo, en 1916: «Así resulta el hombre más significativo de un Renacimiento que interesa a cien millones de hombres, el último Libertador de América, el creador de un nuevo espíritu».7 No está mal la concatenación: Darío, Lugones, Borges…

La frase certera de Lugones se enclava, con oportunidad, en este momento de celebraciones bicentenarias de la Independencia de los países hispanoamericanos. La contribución del modernismo va más allá de la poesía y de las formas literarias: supone una renovación de la lengua española, una puesta al día creadora y caudalosa.

Con percepción estrecha, se asocia y suele limitarse la renovación modernista a la poesía, a la modalidad en verso. Y es un grave error de estimación. Por supuesto que la revolución en la poesía es incuestionable y es muy notable porque la modificación de las formas fijas y canonizadas del verso son más perceptibles que las logradas en la prosa. En el verso se dieron restauraciones, como el rescate del alejandrino berceano; rescates de formas antiguas como las del gay decir de los cancioneros; incorporaciones de ritmos y fraseos orales, como los endecasílabos de gaita gallega y la versificación rítmica de la poesía popular; adaptaciones de los pies cuantitativos de los grecolatinos a los grupos rítmicos acentuales; las innovaciones en metros, en acentos, en estrofas, combinaciones de diversa medida; incluso ensayos de versolibrismo, apenas insinuado; en fin, una extensísima gama de contribuciones que modificaron las formas más o menos estáticas y repetitivas que nos legara el romanticismo.

Todos estas contribuciones marcaron —hasta visualmente— los aportes modernistas. Pero, en cambio, se ha desconsiderado una verdad de a puño: la revolución y trascendencia mayor del modernismo se dio en la prosa.

Un año antes de que Darío pisara la Argentina, un cronista del diario La Nación, de Buenos Aires, don Mariano de Vedia, publicó la primera reseña que se hizo en el país de una obra dariana. Se refiere a Azul…, que para 1892 ya había tenido dos ediciones (1888 y 1890). En esa recensión el crítico destaca un hecho capital: la prosa del libro es superior y más innovadora que el verso de sus poemas. Es el primer señalamiento que se hace en la dirección que señalo.

Y cuando damos un paso atrás, y tomamos perspectivas, la precursión crítica de De Vedia, se ratifica y se muestra como una previsora lectura de lo adveniente. En efecto, la renovación en la prosa será de mayor latitud que la del verso porque ella supuso varios géneros: la narrativa —novela y cuento—, el poema en prosa, el ensayo, el teatro, la literatura egotista (diarios, autobiografías), todas las formas periodísticas, ficción y no ficción, para decirlo a la sajona.

En el campo periodístico cobra un relieve inusual el género crónica, que va a ser renovado por Darío. Rubén hizo la mano como cronista, según el mismo lo confiesa, robando oficio en las páginas que Martí y Paul Groussac —un francés radicado en la Argentina, dueño de una notable prosa vigilada— publicaban en «la sábana» de La Nación, de Buenos Aires.8 Pero, como varón talentoso, el hombre no fue epigonal, sino discipular, y supo renovar el género que asumió desde 1893 hasta su muerte, en las mismas páginas del diario de Bartolomé Mitre. En la crónica, Darío introdujo tres innovaciones destacables. En primer lugar, flexibilizó el estilo decantándolo de cierto tono oratorio que aún subsistía en Martí; incorporó a la lengua cronística registros lingüísticos varios. Por solo dar un ejemplo: incorporó lunfardismos en su decir, esto es «la jerga de la furca y la ganzúa», con una notable y personalísima capacidad de aclimatar en su prosa cualquier materia del más diverso origen, apueblándola con naturalidad. Así incluye «noches de farra» (a las que era afecto su «inquerida bohemia», la cursiva es mía) o llama al poeta Jean Richepin, «Píndaro atorrante», con acertada designación, para quien era nocherniego como el Arcipreste o los avechuchos de Minerva. O bien, expresiones del «cocoliche» (media lengua que funde materia del español y dialectal italiana), como cuando habla de Los amores de Giacumina, novelita que él prefería entre otras de más renombre rioplatense, por el delicioso juego lingüístico que suponía; o maneras expresivas gauchescas y populares de los distintos países de Hispanoamérica. Estos niveles se codean, sin brechas, con adjetivos requintados y frases espiritadas. Y así como supo allegar lo distante en callida iunctura lingüística, también lo hará, en un segundo rasgo propio en el manejo de la crónica, con la incorporación en lo temático de una notable diversidad de asuntos, pues dio al género una inusual hospitalidad de materia. Fue lingüística y temáticamente de gran porosidad y adecuación.

Una tercera contribución destacable en su calidad de cronista es que hibridizó el género: lo que comienza como un comentario bibliográfico, vira hacia el ensayo o hacia el cuento; una tesitura descriptiva, se inclina hacia lo lírico y se transpone en un poema en prosa o en una «fantasía», como entonces se decía; un apunte biográfico o anecdótico se enlaza con lo mítico… En esto debe vérselo también como un precursor de Borges.

Pese a los muchos intentos de agavillar sus obras completas, la tarea está aún lejos de cumplirse. Si bien en el campo de la poesía se ha recogido casi todo y quedan solo algunos textos huidizos al rodeo de la investigación, en el de la prosa estamos muy lejos de colectar todo lo disperso.9

El centón más firme y rico de la prosa dariana sigue siendo las páginas del diario argentino La Nación, donde Darío comenzó a publicar en febrero de 188910 y lo hizo por veintiséis años, ininterrumpidamente, hasta su última crónica: «Apuntaciones de hospital», escrita en Nueva York, desde el lecho de enfermo, en julio de 1915.11

Hace medio siglo, cuando era ayudante de cátedra de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de La Plata, trabajé intensamente la colección del gran diario argentino. Como premio al esfuerzo alcancé a publicar dos tomos de Escritos dispersos de Rubén Darío.12 Con ellos sumé 700 páginas desconocidas a las potenciales obras completas darianas. Quedó inédito —lo está aún parcialmente— un tercer tomo de aquel material.13

Las tres cuartas partes de sus libros en prosa reúnen el material publicado inicialmente en La Nación. Así es el caso de: Peregrinaciones, La caravana pasa, Tierras solares, España contemporánea, Letras, Todo al vuelo, Opiniones, La isla de oro, Historia de mis libros. Además, claro, de dos tercios de sus cuentos. A ello debemos sumarle Las repúblicas hispanoamericanas y Cabezas, obras que se integrarían con piezas publicadas en Mundial Magazine.14

Quedaron sin editar por su autor libros completos que recogí en los dos tomos dichos: El castellano de Víctor Hugo, Films de Paris, Articles de Paris, El mundo de los sueños, y vasta cantidad de crónicas sobre materia diversísima.

La producción prosada de Darío constituye una selva selvaggia para los investigadores, pues publicaba dos y tres veces muchos de sus trabajos, con cambios titulares, en diversas publicaciones periódicas.

Fue La Nación la que lo mandó como corresponsal a España y luego a París. Y la que le dio sustento económico en su vida. Fue su hogar de papel y el medio por el que difundió casi toda su prosa.15

La obra dariana ha tenido notable trascendencia porque no solo revolucionó la poesía y la prosa, sino la lengua misma. Hoy nos beneficiamos de sus contribuciones en plurales campos.

En la lírica, Darío inició su renovación en 1888 con Azul… Este libro primicial generó un «azulamiento», como dijo Roberto Payró, amigo del poeta, en la poesía del momento y una cascada de imitaciones lamentables y epigónicas de las que no se puede hacer responsable a Rubén. La epidemia arreció cuando apareció Prosas profanas (1897). Esta descendencia involuntaria se manifestó en parodias de las más diversas intenciones. Uno de los textos en que más se cebaron la caricatura y el pastiche fue la magnífica «Sinfonía en gris mayor», que motivó sinfonías en «color fresa de leche» o en «verde mayor». La viruela —en solfa o en serio— prendió en todos y todos «rubendarizaron». Y, como se convalidó dijera Benavente: «Bienaventurados vuestros discípulos porque de ellos serán vuestros defectos»; o lo de Oscar Wilde: «La caricatura es el homenaje que el mediocre rinde al genio».

Después de un agitado periplo centroamericano, estadounidense y europeo, recaló Darío en Buenos Aires, don-de permaneció por un lustro entre nosotros (1893-1898). El período porteño fue esencial para la consolidación poética de Darío. Encontró un haz sostenido de amigos que lo acompañaron y respaldaron, incluso, que pagaron las ediciones de sus dos obras porteñas —Los raros y Prosas profanas—, un ambiente de alta cultura artística, una variada gama de peñas, cenáculos y ateneos en los que rodeados de camaradas en las letras, de admiradores y discípulos halló eco y respaldo; vasta gama de revistas y periódicos de calidad en los que esparció sus prosas y sus versos. «Fui para mí magnífico refugio la República Argentina, en cuya capital, aunque llena de tráfagos comerciales, había una tradición intelectual y un medio muy favorable al desenvolvimiento de mis facultades artísticas», evocará en sus apuntes sobre Prosas profanas, en 1913. Con motivo del centenario del 25 de Mayo, creación del primer gobierno patrio, en 1910, Darío le destinó el entonado «Canto a la Argentina». Y hacia 1915, a poco de su muerte, confiesa que pensaba destinarle un libro a su país de adopción intelectual. Los Cantos de vida y esperanza están dedicados a sus dos patrias: la nativa Nicaragua y la cordial Argentina.

Los dos mayores poemarios de Darío son, sin lugar a dudas, Prosas profanas y otros poemas (Buenos Aires, 1897)16 y Cantos de vida y esperanza (Madrid, 1905). El primero de estos libros se instaló como un hito en la expresión lírica en lengua española. Desde el hallazgo del título, con su oxímoron, en que aproxima las «prosas» —secuencias litúrgicas en verso latino sobre temas religiosos, que cultivaron desde Tomás de Aquino a la monja Hildegarda—, y el adjetivo de «profanas», de predominante base carnal y erótica, instala su contraste con aquella materia.17

En 1896, Darío es dueño pleno de su instrumento. Ha traducido, imitado, estudiado, ensayado, pulido y trabajado hasta lograr una obra de innegable impronta personal. Ha alcanzado su sello a fuerza de depuración, selección, sentido artístico exquisito y arte combinatoria.

Las «Palabras preliminares» del poemario de 1897 dicen que quiere alejarse de toda actitud magistral («Soy el ser menos pedagógico de la tierra») y de toda posición de cabeza de movimiento («Yo no soy jefe de escuela»). No obstante, afirma principios que son básicos de la nueva estética: la individualidad creadora, el acratismo estético, la condena de lo vulgar, lo guarango y el rastacuerismo; cierto grado de turrieburnismo («La torre de marfil tentó mi anhelo»); etc. Abre formas de evasión frente al presente cartaginés y craso explorando ámbitos como la Grecia antigua, la Edad Media, la América precolombina, el Oriente y el siglo XVIII francés.

Lo curioso es que el libro dariano ha influido en la Argentina en los niveles más diversos, con notable poder de pregnancia. Para dar un solo ejemplo: su presencia en las letras de tango es paradójica. El más alquitarado de sus poemarios, Prosas profanas, haciéndose sitio en las canciones populares. Daré solo, de muestra, algunos ejemplos. En el más arrabalero de los poemarios lunfas, La crencha engrasada, de Carlos de la Púa, leemos:

Y ayer, en el Florida matutino,

que cantara Rubén en verso fino,

te campanié de nuevo embelesado.

En «La novia ausente», tango con letra de Enrique Cadícamo, con música de Guillermo Barbieri, nos habla de una pareja de novios que vaga en la tibieza de la noche. «Al raro conjuro / de noche y reseda / temblaron las hojas / del parque, también / y tú me pedías / que te recitara / esa “Sonatina” / que soñó Rubén».

Los ejemplos abundan. El más definido es, sin lugar a dudas, la «Sonatina», de Celedonio Flores, en que las cinco primeras estrofas se corresponden ecoicamente, en su adaptación al andurrial y al conventillo, con las iniciales del antologizado y recitado poema de Darío:

La bacana está triste, ¿qué tendrá la bacana?

Ha perdido la risa su carita de rana

y en sus ojos se nota yo no sé qué penar;

la bacana está sola en su silla sentada,

el fonógrafo calla y la viola colgada

aburrida parece de no verse tocar.

Puebla el patio el berrido de un pebete que llora,

Tiran bronca dos viejas y chamuya una lora,

mientras canta «Pagliacci» un vecino manghín.

La bacana no ríe, la bacana no siente,

la bacana parece que ha quedado inconsciente

con el mate ocupado por algún berretín.

¿Piensa acaso en el coso que la espera en la esquina?…18

Le hubiera sido grato al poeta de Nicaragua escuchar estas letras en boca de cantores de tango en cafetines porteños, o en la voz de recitadores de boliche esquinero, y ver cómo sus versos alabeados se trasmundaban de ámbito y atmósfera, manteniendo viva en esa aclimatación extraña su capacidad sugestiva.

Por los elementos señalados de distanciamiento del presente y exquisitez expresiva, se simplificó la complejidad de su poemario porteño reduciéndolo muchos críticos a meras versallerías, juegos banales y falta de hondura lírica. Bastaría para barrer con esta simplificación, la relectura de un texto del poemario, «El reino interior», donde el alma, como una princesa encerrada en una torre se debate en una psycomaquia esencial.

Todavía hoy sigue pesando un prejuicio sobre Prosas profanas: que es un libro exterior, sin raíz lírica, pura superficie; brillante, sí, pero sin hondura anímica. La contraposición con el confesionalismo de varios de los poemas de la obra siguiente, Cantos, agrava el cargo. Al definírsela como «poesía de cultura» se la distancia de un lirismo auténtico. Cierta impersonalidad y formalismo del libro ratificarían aquel juicio. Aceptar que este poemario no es obra de un lírico es un absurdo. Habría que suponer que la intensidad anímica del poeta fue puesta en suspensión, o entre paréntesis, durante el lustro en que compuso las piezas que lo componen, para retomarla pocos años después en una de las obras más notables de la lírica del siglo XX: los Cantos de vida y esperanza, profunda desnudez de un alma. La índole lírica sí puede ser velada, vestida, transpuesta en símbolos, pero siempre estará como sustrato espiritual nutriendo cada poema.

Esa raíz suya es la que se ha asomado en los planos más diversos de su expresión manteniendo su tensionado conflicto de carne y espíritu, de cuerpo y alma, de Carnaval y Cuaresma, como en los debates medievales.

La socorrida comparación contrastada entre las Prosas y los Cantos repetidamente iterada por crítica superficial, no advierte que son dos manifestaciones de la misma unidad interior conflictiva. Su espíritu se movió «entre la Catedral y las ruinas paganas» y en la antonimia permanente de «la carne que tienta con sus verdes racimos / y la muerte que aguarda con sus fúnebres ramos». Eros y Tánatos. Como lo ha demostrado Pedro Salinas en su libro La poesía de Rubén Darío, uno de los más hondos y certeros análisis que se han hecho de la poesía del nicaragüense.19

Si algo puede encarnar ambas tendencias convivientes en su ánimo es la imagen del cisne, que aparece con esplendidez visual y externa:

El olímpico cisne de nieve,

con el ágata rosa del pico,

pule el ala eucarística y breve

que abre al sol como un casto abanico.

Este poema, «Blasón», se incluye en las primeras páginas de sus Prosas, el mismo libro que se cierra con este verso cuestionante: «El cuello del gran cisne blanco que me interroga». Es decir que conviven en la misma imagen, según la perspectiva de la mirada, lo decorativo estético y lo inquietante existencial humano profundo.

Para los críticos que sobreponen su personal interpretación a los textos mismos, el poeta, en el texto inicial de Cantos, que empalma con las Prosas, les dirige una advertencia esclarecedora:

En mi jardín se vio una estatua bella;

se la juzgó mármol y era carne viva.

Un alma joven habitaba en ella:

sentimental, sensible, sensitiva.

La lírica de Darío es una expresión de sí, de su hondón espiritual, traspuesto en símbolos e imágenes que, por veces, parecen ajenos a esa realidad profunda. Si se quiere una semejanza contemporánea, es el mismo procedimiento que utiliza Borges cuando traspone preocupaciones anímicas y aun situaciones biográficas, a símbolos y mitos antiguos. Habla de sí por ellos, en el «Poema de los dones»:

De hambre y de sed (narra una historia griega)

muere un rey entre fuentes y jardines;

yo fatigo sin rumbo los confines

de esta alta y honda biblioteca ciega.

La magnífica hipálage del verso final esclarece cómo expresa su angustia personal de ciego frente a la rica materia libraría que le es vanamente ofrecida. «Voy a hablar de mí, a propósito del mito de Tántalo», puedo decir con variante de la sabida frase de Flaubert.

La potencia dariana es de alquimia poética: transformar la lágrima en cristal, como la ostra margaritana genera, a partir del grano de arena que la hiere, una perla magnífica.

Cierro con dos apuntes, uno amical y otro del propio lírico, un par de definiciones que cifran su modalidad profunda. «Nadie sintió el horror de la muerte con mayor angustia. Nadie amó la vida con amor más intenso. Y no fue feliz, porque nunca supo cómo se busca y cómo se encuentra la felicidad», dice de él, que bien lo conoció, Ricardo Jaimes Freyre.

Fue un alma hondamente religiosa, con dejos de superstición popular temerosa. «Para mi uso particular tengo a bien conservar una pequeña nave, una navicella, una parva navis, si no completamente católica, muy cristiana.

Eso sí: los remos son de marfil y las velas de púrpura», confiesa con simpática imagen reveladora. Este es Rubén, quien lo leyó, lo sabe.

NOTAS

1 Darío es el único autor hispanoamericano del siglo xix que Harold Bloom incluye en su tan meneado canon.

2 Lugones, Leopoldo, en el discurso pronunciado en el funeral cívico por Darío; recogido en Darío, Rubén, Páginas olvidadas. Ediciones Selectas América, Cuadernos Mensuales de Artes y Ciencias, Buenos Aires, a. III, nº 39, 1921, pp. I-VII.

3 Recuérdese el magnífico poema compuesto a la muerte de Darío, a quien llama «Jardinero de Hesperia»: «Que en esta lengua madre la clara historia quede. / Corazones de todas las Españas llorad. Rubén Darío ha muerto en Castilla del Oro».

4 En un artículo de una revista social porteña, El Hogar, en 1927, Amado Alonso usó por vez primera esta designación que hoy manejamos desde la Asociación de Academias: «las mejores mentes de la comunidad panhispánica». Américo Castro comenta los trabajos de Amado Alonso y retoma la designación: «En el fondo, todos reconocen que la lengua panhispánica, con su admirable riqueza y elástica soltura, es un instrumento maravilloso», apunta, en La peculiaridad lingüística rioplatense y se sentido histórico, Buenos Aires, Losada, 1945, p. 15.

5 Ob. cit., en n. 2, p. V.

6 Borges, Jorge Luis: «Mensaje en honor de Rubén Darío», al II Congreso Latinoamericano de Escritores, recogido en Estudios sobre Rubén Darío. Compilación y prólogo de Ernesto Mejía Sánchez. México, Fondo de Cultura Económica, 1968, p. 13.

7 Lugones, Leopoldo, ob. cit. en n. 2.

8 En efecto, abierto el diario sobre una mesa se expandía en sus dos alas por un metro y medio de superficie, de ahí la designación popular.

9 El esfuerzo mayor para la prosa sigue siendo, con todas sus imperfecciones, Obras completas. Madrid, Afrodisio Aguado, 5 tomos, 1950-1955. Para la poesía: Poesías completas, Madrid, Aguilar, 1967. El último intento de diseñar sus obras completas se dio en el congreso reunido en Managua por la Sociedad Internacional Rubén Darío, que presidia Mimi Hammer, del 10 al 15 de enero de 1993. De entre los seis proyectos presentados, el mío fue votado y elegido como el oficial de la Sociedad. Lamentablemente, razones económicas impidieron llevarlo adelante. V. Memorias. Simposio Internacional sobre las obras completas de Rubén Darío. Managua, Nicaragua, del 10 al 15 de 1993. Managua, Fundación Internacional Rubén Darío, 1993, 224 pp. V. el mío en pp. 59-100.

10 «Desde Valparaíso. Llegada de La Argentina y del Almirante Barroso. Recepción y festejos. Domeyko», en La Nación, Buenos Aires, 15 de febrero de 1899, p. 1.

11 La Nación, 15 de julio de 1915, p. 1.

12 Barcia, Pedro Luis. Escritos dispersos de Rubén Darío (Recogidos de periódicos de Buenos Aires). Estudio preliminar, recopilación y notas de Pedro Luis Barcia. «Advertencia» de Juan Carlos Ghiano. La Plata, unlp, Inst. de Lit. Arg. e Iberoamericana, tomo I, 1968; el tomo II se publicó en La Plata, UNLP, 1977. Restó inédito, el tomo III, 380 pp. En esa época no se disponía de microfilms de los tomazos, y uno debía espigar hoja por hoja, día por día, por meses, por años, en mesas de trabajo, con lenta manipulación.

13 Algo edité tardíamente: Barcia, Pedro Luis, Nuevos escritos dispersos de Darío referidos a la Argentina. Buenos Aires, Academia Argentina de Letras, 2007; separata del baal n° 291-292, mayo-agosto de 2007.

14 V. Darío, Rubén. Las repúblicas hispanoamericanas. Edición y estudio de Pedro Luis Barcia. Buenos Aires, Embajada de Nicaragua, Buenos Aires, 1997.

15 El año que viene, con motivo del sesquicentenario de su nacimiento, editaré Darío y «La Nación», con el detalle completo de cuanto publicó en el diario y un estudio sobre su epistolografía con las autoridades del periódico.

16 He demostrado, documentalmente, que el poemario salió no en 1896, sino en enero del año siguiente. V. Darío, Rubén. Prosas profanas y otros poemas (18961996). Edición, estudio y notas de Pedro Luis Barcia. Buenos Aires, Embajada de Nicaragua, 1996; el estudio preliminar, pp. 15-68.

17 En la misma línea del cruce se sucederá títulos como El misal rojo, de Lugones,

o las Misas herejes, de Evaristo Carriego. «Y tal es este libro, que amo intensamente y con delicadeza, no tanto como obra propia, sino porque a su aparición se asomó en nuestro continente toda una cordillera de poesía poblada de magníficos y jóvenes espíritus. Y nuestra alba se reflejó en el viejo solar.» V. Barcia, Pedro Luis, «Prosas profanas y otros poemas», en Darío, Rubén, Del símbolo a la realidad. Obra selecta. Madrid, rae y aale, 2016, pp. 337-375.

18 He rastreado las proyecciones en: Barcia, Pedro Luis, Rubén Darío entre el tango y el lunfardo. Managua, Nicaragua, 1997.

19 Salinas, Pedro, La poesía de Rubén Darío (Ensayo sobre el tema y los temas del poeta). Buenos Aires, Editorial Losada, 1948.

Las Edades del Hombre 2016, un proyecto consolidado

Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, recién fundada por don Antonio Fontán, publicó en su número 9, correspondiente a noviembre de 1990, como tema de portada un artículo del entonces subdirector del diario El Norte de Castilla, José Jiménez Lozano, en el que exponía los propósitos y alcance de una iniciativa tan ilusionada y ambiciosa como de incierto futuro. Dos amigos, el sacerdote don José Velicia (1931-1997) y el periodista, poeta y narrador, premio de las letras Miguel de Cervantes 2002 y autor intelectual del proyecto Jiménez Lozano, se habían concertado en el mismo propósito de dar a conocer al público el tesoro de arte, cultura y religiosidad que se ocultaban en los más apartados lugares de la Comunidad de Castilla y León. La autorizada pluma de Jiménez Lozano en las páginas de nuestra publicación presentaba los rasgos definidores de un programa que ha superado las más optimistas previsiones y permite hoy, una vez más desde Nueva Revista, reconocer el acierto de sus fundadores y el valor de los trabajos realizados por sus continuadores.

BAJO EL LEMA DEL AQUA

Se celebra este año 2016 en la ciudad de Toro (Zamora) la vigesimoprimera exposición de Las Edades del Hombre. Se cumple un año más del programa de actividades iniciado por la fundación del mismo nombre en Valladolid en el año 1988, bajo la presidencia de honor del rey don Juan Carlos I. Las actividades desarrolladas han permitido inventariar, recuperar y restaurar centenares de piezas de incalculable valor, no solo desde el punto de vista estrictamente religioso, sino también artístico, histórico y cultural.

Los objetos seleccionados y tratados por los expertos, van desde la más delicada orfebrería en metales preciosos a los más modestos materiales: cobre, plomo, bronce, barro y cerámica y cristal. Permanece constante el mismo propósito inicial de dar a conocer a los hombres de hoy las obras que nos legaron nuestros antepasados, a las cuales se ha devuelto, después de una restauración rigurosa y concienzuda, su belleza original. Así, ha sido recuperada una cantidad innumerable de esculturas en piedra, imágenes policromadas y tallas en maderas nobles, escenas en relieve, óleos sobre tabla o lienzo, tapices y muebles, así como pergaminos, incunables, planos, cartas, libros litúrgicos y de polifonía y archivos parroquiales.

Todo este ingente material ha escapado de una más que probable desaparición debido a diversos factores, que van desde el deterioro natural a las agitaciones sociales, guerras o el más reciente expolio y comercio ilegal de obras de arte. La mayor parte de los objetos rescatados se hallaban diseminados en iglesias, conventos, monasterios, colegiatas, basílicas, templos y catedrales, aunque también los hay cedidos por fundaciones, museos o colecciones particulares.

Encuentros con el pasado

A través de las veintiuna exposiciones ya celebradas, Las Edades del Hombre, además de impedir en gran medida la pérdida de un rico patrimonio nacional, referido en este caso a la religiosidad popular, se muestra buena parte de la historia secular de los habitantes de las tierras reconquistadas por los reyes de León y Castilla a los invasores musulmanes.

El ámbito geográfico que abarca la Iglesia en la región castellanoleonesa se corresponde con la demarcación política y administrativa de España de la Junta de Comunidades de Castilla y León. Se trata de una zona extensa, de reconocida raigambre histórica, que atesora una extraordinaria riqueza, tanto en lo que se refiere a la calidad de sus grandes monumentos como al número elevado de las piezas que estos albergan tras sus muros.

A la vista del patrimonio heredado, es fácil descubrir el espíritu que animaba a mecenas, arquitectos, escultores, imagineros, pintores, orfebres y artesanos de las sucesivas épocas históricas que, observadas en conjunto, permiten seguir el pulso de los siglos y apreciar los cambios de mentalidad y costumbres experimentados por los diversos estamentos de la sociedad castellanoleonesa.

El visitante puede entablar un diálogo con el pasado. Sentir el latido y la voz de los hombres y mujeres que las idearon, encargaron, costearon o bien trabajaron con sus propias manos. En ellos quedaron reflejados para la posteridad inquietudes e ilusiones que, salvando las distancias de tiempo y lugar, podemos llegar a compartir los hombres y mujeres de hoy. La realidad que presentan las salas de exposición no se reduce a una época determinada, sino que ofrece un amplio recorrido a través de una historia secular tan diversa y amplia como variados son los acontecimientos que marcan la aventura del ser humano sobre la tierra en la que nace, vive y muere.

Junto a las aguas del Duero que riegan la ciudad de Toro

Esta visión cambiante y dinámica de la existencia en permanente transformación, constituye uno de los rasgos definidores de los propósitos que movieron a los impulsores de Las Edades del Hombre. Así, la actual vigésimo primera exposición que se celebra en la basílica de Santa María la Mayor y en la iglesia del Santo Sepulcro de Toro, presenta ante el público las obras que muestran, sobre el tema acuático de fondo, los múltiples significados del patrimonio que nos habla de un pasado común.

Es cierto que los objetos incluidos en la actual edición de Las Edades transmiten en su mayor parte una visión cristiana, católica, de la existencia, rodeadas además del suntuoso marco ambiental que prestan los espacios de arquitectura religiosa.

Sin embargo, no está de más señalar que el lema central elegido, el término latino aqua, gira en torno al agua, el líquido elemento, recurso indispensable, fuente de la vida, y del modo de servirse de ella, a través de la ciencia, la tecnología, el arte y la cultura, ámbitos que se relacionan más tarde con el significado religioso que, obviamente, constituye el eje central de la exposición.

Por otra parte, el tema del agua aparece estrechamente vinculado a la provincia de Zamora, regada en Toro por las aguas del legendario río Duero, frontera natural de dos zonas características de la región, al separar los trigales de las llamadas «Tierras del Pan» al norte de la capital zamorana, de las situadas al sur o «Tierras del Vino», de las que forma parte la ciudad de Toro, afamada por sus tintos con denominación de origen.

Los dos itinerarios de la exposición

Como elemento indispensable de vital importancia, el agua parece como si quisiera elevarse sobre la fluida corriente de su cauce, para recorrer primero las naves de la basílica de Santa María la Mayor y para surcar después las salas de la iglesia del Santo Sepulcro, y recordarnos que, además de fuente de vida, el agua ha desempeñado una papel trascendental en la historia de la salvación del hombre, tal como viene representada en los textos de la Sagrada Escritura del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Considerada en su conjunto, la exposición se distribuye en seis grandes capítulos que, a modo de relato, desarrollan una trama argumental dentro de la cual el agua figura como gran protagonista. Los cuatro primeros apartados, I. Agua de vida, II. Preparando caminos, III. Los cielos se abrieron y IV. Cristo, fuente de agua viva, se albergan en las naves de la basílica, mientras los dos restantes, V. El bautismo que nos salva y VI. Renacidos por el agua y el espíritu, se ubican en la iglesia del Santo Sepulcro, situada frente a la basílica. El simple enunciado de los títulos que presentan a continuación ayudará comprender el significado de las obras que se van a mostrar al visitante.

PRIMERA PARTE: BASÍLICA DE SANTA MARÍA LA MAYOR

I. Agua de vida

En este primer capítulo, al amparo de las bellas imágenes en piedra que adornan la Portada de la Majestad, se desarrolla el relato que gira en torno al agua tratada, en fase textual de los organizadores, «desde las perspectivas natural y antropológica». Un recurso indispensable para alimentar y mantener la salud e higiene del cuerpo, además de servir al hombre para regar los cultivos y aprovechar las corrientes como fuentes de energía.

De entre las veintitrés piezas que integran este capítulo, destaca por su antigüedad y simbolismo un fragmento de mosaico romano del siglo IV d.C, que representa un tritón, en abierto contraste temporal con la imagen del agua que fluye entre las manos del hombre, pintada diecisiete siglos más tarde (2014) por el artista Eduardo Palacios.

Paisajes del Duero de distintas épocas y lugares, copas y jarra de cristal de La Granja, una preciosa edición de los diez libros de la arquitectura de Vitrubio (s. XVIII) planos de proyectos hidráulicos y cántaros de cerámica, cierran este primer capítulo dedicado a los aspectos naturales del agua.

  

II. Preparando caminos

Las veintidós obras que integran este capítulo, se refieren a los siglos que precedieron al nacimiento de Cristo. Desde el relato bíblico de la Creación, donde las aguas aparecen como el primer paso de la vida animada, hasta los bautismos de Juan a sus seguidores en el Jordán, se exponen distintas representaciones del Diluvio Universal, del Arca de Noé y de Moisés, en tres versiones: salvado de la muerte en el cañaveral del Nilo, en la travesía del mar Rojo y al hacer brotar bajo su cayado la fuente para calmar la sed de los israelitas en el desierto. En todo momento, el agua es protagonista destacada, imprescindible, para la salvación de cuerpos y almas. La edición facsímil del Beati Liebanensis Tractatus de Apocalipsin (s. XI) y la acuarela titulada Vegetación cedida por el artista Fernando Lozano Bordell (2016) señalan los límites del tiempo en este apartado, en el que también figuran óleos de los siglos XVI y XVII, algunos de gran valor como El baño de Betsabé atribuido al taller de Pedro Pablo Rubens (hacia 1635), procedente de la colección del marqués de Remisa.

III. Los cielos se abrieron

San Juan Bautista, figura que cierra el tiempo de los profetas del Antiguo Testamento, también abre como precursor los caminos del Nuevo para anunciar la inmediata venida de Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, Redentor y Salvador de la Humanidad. A través de las veinticinco obras que componen este capítulo se ofrece una amplia visión sobre la vida y mensaje del Bautista, desde su nacimiento e infancia, con óleos de artistas italianos de los siglos XVII-XVIII, al drama de su muerte, recogido de forma conmovedora en los óleos sobre tabla de Fernando Gallego (s. XV) y de Javier Carpintero (s. XX). Entre las obras más relevantes dedicadas a su figura, destacan la talla en madera policromada de Gregorio Fernández (s. XVII) y el Bautismo de Cristo, óleo sobre tabla de Pedro de Berruguete (s. XV) en el que el Precursor derrama sobre el cuerpo de Jesús las aguas purificadoras del Jordán. Es el momento cumbre del capítulo, cuando «los cielos se abrieron» para dejar paso a la voz de Dios Padre que reconoció ante el mundo: «Este es mi Hijo amado en quien me he complacido» (Mt. 3, 13-17).

IV. Cristo, fuente de agua viva. Iglesia del Santo Sepulcro.

Este apartado, que se configura como el eje central de la muestra ofrece, a través de las dieciocho obras que lo componen, diversos episodios de la vida de Jesús relacionados con el agua, desde las escenas que transcurren en torno al lago de Tiberíades a otras en las que el líquido elemento aparece como referencia, símbolo o motivo que sirve de cauce para transmitir el mensaje salvífico de Cristo.

Al observar los contenidos del capítulo tendremos ocasión de recordar cómo el Señor dirige sus primeros pasos hacia las orillas del mar de Galilea, donde llama a sus primeros discípulos. El momento viene representado en la pintura al óleo de Bartolomé de Cárdenas, titulada La vocación de san Pedro (1626), cedida por la iglesia del convento de San Pablo, de Valladolid.

En la escena de la pesca milagrosa, los cuadros dedicados a Cristo sobre las aguas, de Juan Carlos Savater (2014), y el cuadro anónimo del siglo XVII junto a la Aparición a los discípulos en el mar de Galilea, de Martín Alén (2016), tanto el agua como las riberas del gran lago sirven de marco ambiental donde transcurre buena parte de la predicación de Jesús.

El agua mantiene su presencia en El milagro de las bodas de Caná, copia del óleo de Gerard David (s. XVI) y en el relieve en madera de Pérez Calvo (1966). Aunque de forma distinta, vuelve a ser protagonista en la escena conmovedora de Jesús con la samaritana junto al pozo de Jacob, en la ciudad de Sicar. El Señor pide a la mujer agua para calmar la sed. A cambio, le revela que Él es la verdadera fuente de agua viva: «El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás […] será en él una fuente que salta hasta la vida eterna» (San Juan, 4, 11/42).

Nuevos episodios se suceden bajo el signo del agua. En la pintura de Pieter van Lint (s. XVII) titulada Jesús cura a un enfermo en la piscina de Betesda, el agua reviste propiedades sanadoras que, en el relieve de nogal Lavatorio de los pies, simboliza el amor de Jesús a sus discípulos. Las últimas escenas de la Pasión en el Calvario, vistas a través de la tabla del maestro Francisco Gallego (s. XV) y de las imágenes del Crucificado, la Dolorosa y san Juan, obra de los Ducete, Juan y Sebastián (s. XVI), muestra la fuerza salvadora del agua que brota del costado de Cristo y se convierte en símbolo visible del misterio de la Redención.

Finaliza aquí el recorrido por las naves de la basílica que se reanuda en el cercano templo del Santo Sepulcro, donde se muestran los capítulos V. El bautismo que nos salva y VI. Renacidos por el agua y el espíritu, con los que se cierra aqua, la edición de Las Edades del Hombre 2016 en Toro.

SEGUNDA PARTE: EN LA IGLESIA DEL SANTO SEPULCRO

V. El bautismo que nos salva

El agua desempeña en el sacramento del bautismo una acción purificadora que limpia las culpas del que lo recibe y elimina los efectos del pecado original cometido por nuestros primeros padres. A través de las veintiocho piezas reunidas en este capítulo se ofrece una variada muestra de cuadros, pilas, cacitos y conchas bautismales, hisopos y acetres para el agua bendita, crismeras para los santos óleos, aguamaniles, vinajeras, navetas y otros objetos de plata repujada, conservados celosamente en las sacristías y museos de iglesias y catedrales. Destacan en este apartado el Pontificale Romanum, libro impreso en Venecia en 1769, y los dos cantorales de música polifónica (motetes, misas y salmos), ambos del siglo XVII, cedidos por la catedral de Zamora.

VI. Renacidos por el agua y el espíritu

Este capítulo, continuación del anterior, presenta en sus veintiuna piezas un resumen del tema central elegido para la muestra: el agua en sus múltiples aplicaciones para la historia de la salvación del hombre. Se incluyen numerosos retratos, óleos sobre lienzos y tablas, diversas tallas en madera policromada que representan las vidas de santos canonizados a los que rinde culto la Iglesia católica. Se trata de hombres y mujeres que a lo largo de los siglos dieron testimonio y ejemplo de fidelidad al mensaje del amor predicado por Jesucristo durante su paso por la tierra. Ocupan lugar destacado en este apartado la pintura sobre tabla de la Inmaculada Concepción, de Antonio Vázquez (s. XVI), con la que se inicia el capítulo, y la imagen de su divino Hijo, Cristo resucitado, en madera policromada, de Antonio Tomé, joya relevante del siglo XVIII  que enriquece la misma iglesia del Santo Sepulcro y que sirve para clausurar el recorrido de Las Edades del Hombre que dio comienzo en la basílica de Santa María la Mayor. Intercalados entre los dos extremos, la Virgen Inmaculada y su Hijo resucitado, figuran, entre otros, numerosos óleos de notable valor artístico dedicados a los apóstoles Santiago (s. XVI), San Andrés y San Pablo (s. XVII) seguidos de las Santas Práxedes y Úrsula (s. XVII), junto a los de San Agustín (s. XVII), San Antonio de Padua (s. XVII), San Nicolás de Bari (s. XVI), San Isidro labrador (s. XVIII), San Pedro de Alcántara (s. XVIII) y San Francisco Javier bautizando a los infieles, de Claudio Coello (s. XVII).

LAS EDADES DEL HOMBRE UN PROYECTO DE AMPLIO ALCANCE

El proyecto de Las Edades del Hombre, que gestiona administra y promueve la fundación del mismo nombre, centraliza actividades en el monasterio de Valbuena, perteneciente a la provincia y diócesis de Valladolid. Declarado Monumento Histórico-Artístico Nacional en 1931, fue designado como sede de la Fundación Las Edades del Hombre a finales de la década de 1990, restaurado en el año 2001 y recuperada la antigua hospedería del convento, reconvertida hoy en hotel-balneario. Edificado por Estefanía de Ermengol, hija de los condes de Urgel, en el siglo XII, ha recibido el apoyo de diversos monarcas españoles a través de los siglos.

En la actualidad la Casa Real Española ha distinguido en varias ocasiones con su presencia y respaldo Las Edades del Hombre. El rey don Juan Carlos I ha ostentado en dos ocasiones la presidencia de honor y la reina doña Sofía y las infantas han inaugurado o clausurado algunas de las exposiciones. El entonces príncipe Felipe inauguró la sexta exposición celebrada en Burgo de Osma (1997) y la veintiuna en la ciudad de Toro que ahora se reseña, se abrió de nuevo con la presencia de la reina doña Sofía el pasado 26 de abril.

Consolidado ya un proyecto que ha reunido a millones de visitantes de toda España y viajado fuera de la comunidad castellanoleonesa, en Madrid y en las capitales de Amberes (Bélgica) y Nueva York (EEUU), Las Edades del Hombre ha rebasado el ámbito de la Junta de Comunidades de Castilla y León para alcanzar una dimensión extraordinaria dentro y fuera de sus fronteras.

Las próximas convocatorias previstas en Cuéllar (Segovia, 2017), Aguilar de Campoo (Palencia, 2018) y Lerma (Burgos, 2019) garantizan la continuidad de los trabajos de la Fundación Las Edades del Hombre y convierten su proyecto en serio candidato a optar al premio Princesa de Asturias en algunas de las próximas convocatorias.

Manuel Sánchez Cuesta, Calidoscopio de la memoria y la escritura

La contraportada de esta obra ya nos da pistas suficientes acerca de su contenido, una reflexión filosófica profunda y sutil sobre la mutua interrelación entre memoria y escritura. Su autor retrata a través de una serie de textos temáticamente autónomos pero interrelacionados entre sí la trascendencia de las palabras en el tiempo. En cada uno de los capítulos, presentados como «figuras» del calidoscopio, aparecen distintas perspectivas de la conexión entre la existencia, el relato que hacemos de ella a través del lenguaje y el tiempo. Perspectivas que se van yuxtaponiendo y complementando, sin caer en ningún momento en una visión atomizada sin unidad temática. Esta última se puede resumir en que todo lo esencial de lo humano y de nuestra vida lo han captado las palabras, reflejo de la existencia de los seres humanos, con la idea de interpretar lo vivido y de no morir del todo. Es el valor de la memoria que pervive mediante el lenguaje como representación y proyección de la existencia humana.

La obra de M. Sánchez Cuesta es conceptualmente precisa y certera para acceder a una visión humana, esencial y filosófica de la escritura, un texto lleno de claves que abre vías de comprensión honda de la poesía humana y metafísica esencialmente universal y abstracta, más cerca de la concepción del lenguaje como sustancia lingüística conformada que como un análisis formal, una perspectiva sociohistórica o un estudio inmanente del texto. Este calidoscopio permite acercarse directamente a la poética del relato más desde el plano del contenido que del de la expresión. Y es que la definición y descripción esencial de los conceptos abstractos relevantes más recurrentes del texto (palabra, existencia, finitud, vida, muerte, yo…) nos acerca a esta concepción sustancial del lenguaje y marca la jerarquía axiológica de la obra.

En un estilo sintético, depurado de todo adorno superfluo, el relato está visto aquí como una búsqueda de los universales del lenguaje humano en el tiempo. Estilísticamente no hay artificios retóricos. Es una expresión directa y rigurosa al servicio del conocimiento. Mediante el análisis de la trascendencia del relato como espejo de la memoria, Sánchez Cuesta nos muestra la proyección de la vida en el discurso.

Sin embargo, pese a ser un libro abstracto y concienzudo donde no abundan las alusiones contextuales, no deja de ser ameno, por estar provisto de ese didactismo y esa claridad que son «la cortesía del filósofo». Aborda las diferentes perspectivas de la relación entre memoria y escritura fuera de las coordenadas concretas del tiempo y el espacio para situarse en un terreno más universal. No hay casi erudición ni referencias históricas, excepto algunas citas ilustrativas, como Auschwitz o los clásicos griegos, que adquieren más el valor de símbolo atemporal que el de pretender un análisis discursivo de determinados textos en particular.

Por eso, una de las categorías esenciales del libro de Sánchez Cuesta es el tiempo en la narración, dentro del cual destaca el propio sujeto de quien narra, «Nuestro yo es siempre resultado» (pág. 103), «Donde hay yo hay una historia» (pág. 103). Pero en esta reflexión teórica sobre la memoria narrada, sin negar la esencialidad del presente, todo relato trascendente y humano, expresa «La sombra alargada de la finitud» (pág. 103), la angustia existencial, la imposible inmortalidad. El ser en el tiempo, la conciencia de estar hechos de temporalidad nos sitúa ante el autoengaño de que es posible un instante eterno. El relato busca en el tiempo un sentido vital, una razón vital.

Otro eje temático lo constituye la relación entre la palabra y la memoria: «Si no hubiera palabras, nuestra amnesia sería absoluta» (pág. 35). La palabra se convierte así en inmortalidad, pues la escritura después de la muerte es otra forma de existir, una lucha contra el olvido.

Por eso el lenguaje como reliquia del existir es la trascendencia más allá de la vida, lo que nos acerca a la definición machadiana de la poesía de palabra esencial en el tiempo. El lenguaje articula nuestro recuerdo, nuestros pensamientos y nuestra visión del mundo. Nos queda la palabra, nos quedará la palabra. La trascendencia de nuestra vida —individual y colectiva— no será posible sin la palabra escrita que permanece.

Estamos, pues, ante una visión calidoscópica del análisis del discurso y del relato, de la vida y mito (al fin y al cabo, mito es originariamente palabra). El relato es el espacio temporal más aferrado al tiempo o a la palabra esencial. El lenguaje, como uno de los ejes de la vida en el tiempo, es un elemento central de este libro.

Pero no estamos ante una teoría del relato esencialmente literaria ni lingüística, sino sobre todo existencial. Así, el relato cuenta con un final previsto, conocido. No es cualquier relato, es el relato de nuestra vida, lo cual explica el sentido de la escritura, que devuelve la vida a nuestra biografía, por lo que el autor va en busca de sí mismo, más de su yo profundo que de su yo exterior. Como subrayaba Camilo José Cela en su teoría de la novela, la vida no tiene trama. El relato es una reconstrucción del sentido de la vida. En la narración se funden existencia, memoria y vida, se trata de una interpretación de lo vivido. La escritura da cuenta de fragmentos de vida, pero ya no es la vida. La memoria es lo que queda, la memoria persigue y a veces logra «blindar su recuerdo a la escritura en el tiempo» (pág. 85). De ahí que en esta obra se aborde la cuestión de la percepción, las perspectivas y visiones del relato, donde «No existe un ver puro» (pág. 119), «Ningún ver es neutral» (pág. 121).

Podemos de esta forma hacer una reconstrucción de los componentes del relato, en el que destacan la figura del narrador, el punto de vista y la distancia, personas y personajes, el héroe del relato, un sentimiento y una filosofía de la vida, el sentido de la vida, que conecta realidad y ficción, los sueños, nuestros sueños, con la verdad; relato individual y colectivo.

Cabe destacar finalmente que el valor fundamental de la obra de M. Sánchez Cuesta son los aforismos o tesis sintéticas que se van desgranando en las distintas figuras, tesis rigurosamente argumentadas.

Nos quedamos al finalizar la lectura con una teoría general sobre el valor de la escritura como trasunto de la vida, no entendida como una mera narración biográfica, sino interpretada a la luz de la filosofía. Pasa la vida. La memoria es lo que queda tras ese final.

La visión perspectivista y esencial sobre la relación entre la memoria y el relato que proporciona el libro que reseñamos enriquece nuestro entendimiento de la trascendencia del lenguaje como resultado de la vida humana, por lo que recomendamos su lectura a quienes estén interesados en entender en un plano teórico y filosófico el valor de la palabra en el tiempo.

Mariano del Mazo de Unamuno