Mi cesta

Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.

Ver productos

Eva Leira y Yolanda Serrano: convirtiendo un personaje en persona

Eva Leira y Yolanda Serrano,  directoras de casting de famosas películas españolas, han intervenido esta tarde en el Simposio Ser +, organizado por UNIR, y han puesto el acento en la certeza de que «todos somos únicos». Trabajando en lo más específicamente nuestro, podremos hallar nuestro lugar en el mundo. Han definido su trabajo como la elección de quienes son capaces de «convertir un personaje en persona».

Leira y Serrano, hablando alternativamente pero muy compenetradas, como ejecutando una pequeña pieza de teatro, han resaltado la importancia de ponerse siempre en la piel de los otros y en la aceptación de los otros, también como enriquecimiento propio. Es lo que afirmaba Josef Pieper con frase más filosófica: «¡Qué maravilla que existas!» A eso había que añadir la suerte de que algún alma discreta, desde fuera, nos dijera cómo nos ve, con nuestros defectos y virtudes.

Las prestigiosas seleccionadoras de actores han precavido contra la artificiosidad y las normas rígidas al estilo de «mover las manos así y así». Por el contrario, «todo sale de dentro».  Cuando uno es lo que es y no intenta aparentar, «las manos se mueven con naturalidad; cuando uno está pendiente de mover las manos, se ven las cosas espantosas que se detectan en las posturas de tantos políticos».

La alegría de trabajar con otros, de aceptar a los otros, unida a «estar pendiente del otro» («no yo, el otro siempre») resuelven la mayor parte de los problemas de las relaciones humanas. A ellas, siguiendo esas máximas, les ha ido muy bien y han acertado plenamente escogiendo a actores como Dani Rovira (Ocho apellidos vascos), Mario Casas y Berta Vázquez (Palmeras en la nieve).

Leira y Serrano sostienen rotundamente que «todos somos actores» y «debemos conocer las cosas que nos hacen únicos», pero no «jugar una liga» que no es la nuestra.  Contrariamente a la opinión común, han subrayado al unísono que «los grandes actores no fingen» y que «los grandes actores son tímidos». Leira ha dado un consejo de Fernando Fernán Gómez en este contexto.  Para actuar bien el célebre intérprete se hacía esta pregunta: «¿Qué haría si me hubiera pasado en la vida real lo que tengo que representar?».

Un nutrido grupo online ha escuchado y visto con gusto a esta pareja de directores, que han expuesto su arte además en el auditorio lleno de la delegación de UNIR en Madrid.

Rivero Taravillo: “La proporción de genios en Irlanda es altísima”

Escritor, ensayista y traductor, Antonio Rivero Taravillo lleva toda la vida preparándose para este libro, En busca de la isla Esmeralda, un “diccionario sentimental” que acaba de publicar la editorial Fórcola. Siguiendo, algo caprichosamente, los pasos de la historia y cultura Irlandesa, Taravillo nos ofrece un personalísimo recorrido por la isla de origen celta.

 ¿Por qué un diccionario sentimental dedicado a Irlanda?

No se elige escribirlo, es una cuestión vocacional y tiene que ver mucho con el amor; no fue, por tanto, una decisión racional. Una vez, hace ya muchos años, me entró el gusanillo por Irlanda y fui desarrollando el interés por ella y, a partir de ahí, una cosa lleva a la otra. El libro, podríamos decir, estaba destinado a ser escrito.

Su libro, muestra a Irlanda como un país de contradicciones.

Porque es así. Por decirlo de alguna manera, Irlanda es un lugar que, aunque no tiene grandes montañas, tiene mucho relieve y mucha diversidad de elementos que contrastan: sur y norte, católicos y protestantes, paganismo y cristianismo… hay muchos elementos que están en contraste y, precisamente esto, crea tensión, conflicto, riqueza y, si me apuras, crea también poesía y literatura. Si, como suelde decirse, de aguas estancadas no sale nada interesante, Irlanda es todo lo contrario a aguas estancadas.

Al contrario de lo que el tópico nos llevaría a pensar, usted reivindica la tradición protestante como una tradición fundamental en la conformación cultural de Irlanda.

Cierto. Si bien Irlanda es un país de grandes contrastes, muchas veces, por simplificar, nos quedamos en lo más esquemático y, en cuestión de religión, lo más esquemático es decir que Irlanda es un país monolíticamente católico, pero esto no es cierto. Hay una herencia importante, sobre todo en lo cultural, de las élites protestantes y varios autores han dado fe de ese mundo protestante, un tanto decadente y en desaparición, pero que ha tenido y tiene influencia en la cultura irlandesa. Basta pensar que el principal periódico irlandés, The Irish Times, que procede de la minoría protestante y funcionó como vehículo de esta élite cultural que se ha mantenido durante siglos.

¿Podemos hablar, por tanto, de un país con grandes diferencias sociales?

Habría que matizar un poco, porque el caso de Irlanda no es como el de Inglaterra, donde hay una disparidad enorme entre la aristocracia y el pueblo. Es cierto que parte de esta disparidad se ha trasladado a Irlanda, puesto que el sistema inglés ha imperado en Irlanda durante mucho tiempo, sin embargo, los polos de la diferencia, en Irlanda, son de otro tipo y no tan marcados. Los dos principales polos son religiosos, está el catolicismo y el protestantismo, aunque también hay que matizar: decimos protestantismo en general, pero dentro del protestantismo hay muchas otras familias. Otro dos los polos en oposición son lo urbano y lo rural y en esta oposición está también la diferencia entre aquellos que han optado por el inglés (principalmente, el ámbito urbano) y aquellos que han optado por el irlandés (principalmente las zonas rurales), aunque ahora mismo se impone el inglés en un 95%.

En su diccionario, usted precisa que es erróneo identificar Ulster con Irlanda del Norte.

Irlanda tiene una historia milenaria,

se pierde a lo largo del tiempo, pero básicamente en los orígenes había cinco provincias de las que una desapareció y, ahora quedan:  Leinster, Munster, Connacht, y Ulster. Ulster, a su vez, está compuesta por nueve condados. Tras producirse la participación, de estos nueves condados, solamente seis terminaron formando la identidad de Irlanda del Norte. Por tanto, hay tres condados del Ulster que forman parte de la República de Irlanda.

Sin embargo, a nivel general, esta distinción no suele hacerse y se identifica Ulster con Irlanda del Norte.

Cierto y se debe, en parte, al discurso protestante fanático que se refiere al Ulster apropiándose de los tres condados que no forman parte de Irlanda del Norte. En ciertas campañas electorales se colgaban carteles diciendo: “Ulster says no” Sin embargo, quien decía “no” eran solamente los seis condados que pertenecían a Irlanda del Norte, no los otros tres. Por lo que se refiere a nosotros, lo que sucede es que con la distancia y con la falta de conocimiento concreto no nos hacemos una imagen certera de lo que sucede. Un ejemplo es la ortografía: durante años y años, aquí en España se ha escrito el nombre del partido político republicano de la siguiente manera: “Sinn Fein”. Es decir, se ha omitido la tilde sobre la “e”. Que esto suceda en Inglaterra, donde no tienen tilde, puede ser razonable, pero no se entiende que suceda aquí, pues tenemos tilde y lo suyo habría sido escribir correctamente el nombre del partido. Lo que sucede es que todas las fuentes de información proceden del Reino Unido.

¿Cuánto de nuestro conocimiento de Irlanda ha estado influenciado por el relato proveniente de Inglaterra?

En su mayor parte. Irlanda tiene una riqueza cultural que es muy visible, por ejemplo, en la música, que es evidentemente distinta de la música de otros países europeos. Sin embargo, nunca se nos ha dicho que tiene una riqueza mitológica enorme, visiblemente distinta de la tradición mitológica de Gran Bretaña, que, al fin y al cabo, es el resultado de la llegada de los anglosajones y su mundo no tenía nada que ver con el mundo de los pueblos célticos. La cultura antigua irlandesa es riquísima, pero sabemos muy poco de ella. No quiero decir que se desconozca esta cultura, pues hay interesantes estudios sobre el tema; lo que quiero decir es que estos estudios y este conocimiento no han trascendido y, entonces, casi nadie en Europa sabe prácticamente nada del mundo celta, más allá de cuatro tópicos que se repiten.

¿Podemos hablar de una conexión entre la cultura celta de Irlanda y la cultura celta de Galicia?

Sí, podríamos hablar de un efecto de retroalimentación: la tradición irlandesa reconoce que, en un cierto momento, hubo una corriente de inmigración de Galicia a Irlanda. Y esto, sin duda, supuso un intercambio cultural. Y, posteriormente, entre el XVIII y el XIX, la propia Galicia se ha alimentado de esta conexión céltica y ha habido una continua atención a Irlanda, incluso, una especie de proyección en Irlanda de la identidad gallega. Esto se ha notado, principalmente, en la música y también en algunos autores, aunque también es cierto que Álvaro Cunqueiro no era muy amigo de hablar de lo céltico en Galicia. No sé si lo hacía para no llevar la contraria, pero lo cierto es que no quería enfatizar esta relación.

En la introducción, afirma que Irlanda es uno de los países que mejores literatos ha dado. Una afirmación muy contundente, ¿no cree?

Es contundente, aunque hay que ponerla en sus justos términos. Es decir, teniendo en cuenta la población de la isla, la ratio de genios que hay en Irlanda con respecto a la población es altísima. Y, realmente, todo el mundo reconoce que los irlandeses tienen un don para la palabra, un don que se manifiesta de forma espontánea y popular al contar historias, en las conversaciones cotidianas o en las tertulias de pub, algo que ahora ha desaparecido. A todo esto, se añade que, por lo que se refiere al cultivo literario, Irlanda es un país que posee dos lenguas e, incluso, tres, puesto que, en la Edad Media, durante bastantes siglos, el latín fue muy empleado por los clérigos para hacer una literatura interesante. Y si hablamos de la literatura más próxima, ¿quién revoluciona la literatura del siglo XX? Joyce en 1922 publicando Ulises. Y lo interesante es que Joyce no era ningún elemento aislado, sino que bucea entre las letras irlandesas, donde había literatos de todo tipo.

No todos eran grandes genios, pero conformaban un tejido social que, por el motivo que sea, ha fomentado que haya tantos escritores.

Si antes mencionaba el escaso número de hablantes de irlandés, ¿podemos hablar de una producción literaria en lengua irlandesa?

La lengua irlandesa sufrió un golpe de muerte en el siglo XIX, cuando a mitad del siglo hubo una gran hambruna que partió por la mitad la población: muchos murieron y tantos otros se fueron a América. ¿Quiénes murieron? ¿Quiénes emigraron? Los que formaban parte de la población rural más pobre, que eran los que hablaban irlandés y los que habían mantenido la tradición, puesto que no procedían de la colonización británica más reciente. Entonces, lo que era una lengua normal, empleada por la extensa mayoría, tuvo un gran golpe. Además, los ingleses, a través de unas leyes que penalizaban el uso del irlandés y de todas las peculiaridades de los católicos, fomentaron también el retroceso del irlandés. Y, a nivel literario, hay una literatura en irlandés riquísima que va del siglo III hasta el XIII; luego tiene un cierto momento de revitalización y, actualmente, se mantiene a duras penas, aunque evidentemente la producción en irlandés es muy inferior, en todos los sentidos, a la producción en inglés.

Sin embargo, se estudia el irlandés en las escuelas, ¿verdad?

Sí, es una asignatura obligatoria en la enseñanza y solamente en casos muy especiales los alumnos están exentos de estudiarla. Más allá de los esfuerzos para su enseñanza, lo cierto es que la mayoría de las personas olvidan el irlandés al terminar el colegio o lo practican muy poco, puesto que no llega a ser una lengua de comunicación diaria, aunque sí es verdad que ha habido un fuerte empuje en los últimos veinte años con la aparición de un canal en irlandés. Es un canal muy bueno que, subtitulando los programas en inglés, consigue que mucha gente lo vea.

¿Qué relación tiene Irlanda con pasado, con su lucha por la independencia y sus héroes?

Los irlandeses siempre hacen gala del epíteto de “rebelde”

al mismo tiempo que se han sentido a gusto en el papel romántico de perdedores. Una vez y otra, los diferentes alzamientos contra los ingleses que fueron fomentaron que en el inconsciente colectivo céltico se consolidara la idea de perdedor, que ha adquirido con el tiempo una especie de halo romántico. Dicho esto, los irlandeses han luchado muchísimo contra los ingleses, sufriendo grandes derrotas y mucha represión. Basta pensar en lo que sucedió hace 101 años: el levantamiento de Pascua de 1916 fue un rotundo fracaso, pues los irlandeses no tenían ninguna posibilidad de salir victoriosos; sin embargo, fue la salvaje represión inglesa la que convirtió a un puñado de medio locos en héroes.

¿Cómo es la actual relación entre Irlanda e Inglaterra?

Creo que los dos países se llevan bien.

Ha habido incluso algún acto simbólico: el viaje de la Reina Isabel a Irlanda, por ejemplo, selló cicatrices. Irlanda se ha ido reconciliando no solo con Inglaterra, sino con su propia relación con Inglaterra y, de hecho, cada vez se ve con más normalidad el hecho que se rinda homenaje a los irlandeses que lucharon en la Primera Guerra Mundial. Muchos de esos irlandeses murieron, pero hasta hace poco tiempo se corría una especie de velo sobre ellos porque habían estado aliados con Inglaterra. Y, hoy en día, las relaciones son buenas, aunque hay una gran inquietud por lo que pueda suceder con el Brexit, pues todavía hay bastante dependencia o interdependencia con Inglaterra.

Actualmente, si no me equivoco, no hay una firme voluntad, por parte de la República Irlanda, de recuperar Irlanda del Norte.

Ahora las cosas son mucho más tranquilas con respecto a hace alguna década y ahora la población de la República ya no tiene ese afán de unificación: todos entienden que lo lógico es que hubiese un país unido, pero no van a mover un dedo para conseguirlo. En cualquier caso, la población protestante de esos seis condados pertenecientes a Inglaterra no permitiría una unificación con el resto de Irlanda. Además, hay que tener en cuenta que las fronteras en Europa se han ido difuminando, aunque hay que ver qué va a pasar con el Brexit.

El Brexit deja a esos seis condados en una posición incómoda.

Sin duda. De todas formas, hay una cuestión demográfica que hay que tener en cuenta, puesto que va a cambiar la correlación de fuerzas en Irlanda del Norte: los católicos van siendo cada vez más numerosos y, dentro de poco, serán mayorías. Y vamos a ver qué pasara, aunque no es solo una cuestión de religión, sino de cultura y de civilización.

Hablando más en concreto de su libro, usted cita el libro de Ignacio Peyró, Pompa y circunstancia, como uno de los modelos para su diccionario sentimental. ¿Qué otros modelos tenía en mente?

Hace ya unos quince años, publiqué Viaje Sentimental por Inglaterra un libro que rendía homenaje a al libro de Lawrence Sterne, Viaje Sentimental por Francia e Italia. Por entonces,  lo que quería hacer con ese libro era un recorrido por Inglaterra, pero un recorrido en el que la impronta del autor estuviera muy presente y su presencia ser reflejara a través de los caprichos que introducía en el texto, mostrando así mi mundo interior. El libro de Peyró es fantástico, ante todo, porque está escrito admirablemente y cuando hablé con Javier Jiménez, editor de Fórcola, le planteé hacer un diccionario similar, pero de Irlanda, pues llevo toda la vida preparándome para un libro así. Lo que yo quería hacer era un diccionario de autor, donde no es tan importante la información que se da como el interés que le aporta al texto el autor, que se permite licencias, digresiones y libertades que un texto de referencia no permitiría.

En su diccionario, el concepto de Irlanda o, por lo menos, de irlandés sobrepasa los límites geográficos.

No soy el único loco por Irlanda, un país que ejerce su fascinación sobre muchos. Y en el diccionario, por tanto, están citados una serie de personas que se han sentido interesadas por Irlanda. Además, doy importancia a cosas y personas que no son propiamente irlandesas; por ejemplo, hago mención a John Ford, director de El hombre tranquilo, extraordinaria película ambientada en Irlanda. Asimismo, lo que he intentado es subrayar los lazos de Irlanda con España, pero también con otros países.

¿Lo no irlandés también ha terminado por configurar la idea de Irlanda que tenemos?

Claro. Es paradigmática la película El hombre tranquilo: es un film muy irlandés, pero que al mismo tiempo da una imagen algo edulcorada y postiza del país. Lo que sucede es que esa imagen ha tenido un influjo en los millones de espectadores, que, de algún modo, han sido modelados por la película.

¿Hay demasiados tópicos?

Hay tópicos y con mi diccionario lo que he querido hacer ha sido precisamente subsanar todos los tópicos que se han creado en torno a Irlanda y mostrar que hay mucho en donde escarbar.

El regreso de las multitudes

Pocas fantasías psicopolíticas más instructivas que la fábula del estado de naturaleza. O sea, el relato sobre lo que sucedería si los seres humanos vivieran sin autoridad alguna que los constriñese. En este escenario prepolítico han buscado pensadores de todas las épocas justificación para su idea del ser humano y la sociedad que debe contenerlos: desde el buen pionero de Locke al buen salvaje de Rousseau, de la guerra de todos contra todos en Hobbes al acuerdo entre sujetos razonables en Rawls. ¿Qué pasaría si estuviéramos solos? Ninguno de ellos arranca de esta hipótesis para llegar a una conclusión, claro, sino que todos ellos tienen ya una conclusión y se sirven de la hipótesis para vendérnosla. ¡Hasta los grandes pensadores tienen algo de mercachifles!

Ahora bien, lo que interesa subrayar ahora es que cuando nos asomamos a esas narraciones solemos fijarnos en su protagonista individual y no en el hecho, determinante, de su aglomeración. Herencia de las técnicas de la novela, hay que suponer: el lector se ve envuelto en una conciencia y desde ella contempla el mundo. Sin embargo, es la coexistencia forzosa entre seres humanos lo que nos obliga a pensar moral y políticamente: Robinson Crusoe cobra interés cuando aparece Viernes y no antes. Ya lo dicen los anglosajones: It takes two to tango. En otras palabras, hacen falta dos para poder bailar. Además, con dos basta: la coexistencia es ya problemática en el Jardín del Edén -paradisíaco estado de naturaleza- a causa del error de Eva que padece Adán. Es porque somos muchos, en fin, que tenemos que decidir cómo queremos ser: no hay individuo sin humanidad. Ya nos parezca esta última una bendición o una condena.

 Sucede que la pluralidad está de moda. O mejor dicho, se ha impuesto por sí misma en este turbulento comienzo de siglo: allá donde miremos vemos grupos humanos enfrentados entre sí, recelosos del prójimo, dedicados a tener razón. Ahí están las migraciones masivas que sacuden el paisaje político europeo, el terrorismo islamista que resucita viejas divisorias religiosas, el tribalismo moral que agudiza la polarización política en el interior de las democracias occidentales, los disturbios raciales que disipan el espejismo de la Norteamérica postracial, la brecha entre las distintas Gran Bretañas que nos trae el Brexit, la cólera de los populistas contra el establishment y la de los usuarios de las redes sociales entre sí. De repente, el otro nos irrita: desandamos el camino recorrido desde Rimbaud («yo es otro») y echamos mano de Sartre («el infierno son los demás»); pasamos de la zozobra interior a la beligerancia exterior. Y es que creíamos habitar una cómoda casa con jardín en las afueras, pero nos hemos descubierto de viaje en un vagón de metro atestado.

A esta creciente irritabilidad misantrópica se opone la idea de que la pluralidad, además de inevitable, es benéfica. ¡En la variedad está el gusto! Pocos acontecimientos simbolizan mejor la versión mainstream de esta tesis que los Juegos Olímpicos: la pluralidad se convierte allí en una diversidad multicolor que se identifica con una humanidad bien avenida. Se confunden entonces el colono y el subalterno, el creyente y el profano, el rico y el pobre. Todos reunidos en torno a un ideal que trasciende la unidad metodológica nacional para apelar a los impulsos más nobles de la especie: la superación de unos atletas que simbolizan la humanidad en su conjunto. Porque somos distintos, pues, somos mejores. Pero basta prestar atención a esa variante política del Comité Olímpico que son las Naciones Unidas para comprobar que las diferencias no son tan fácilmente solubles en la festiva diversidad: las bombas siguen cayendo sobre Siria con unánime fuerza destructiva. Y en una clave menos sangrienta, el independentismo catalán ha censurado la elección como pregonero de las barcelonesas Fiestas de la Mercé de un escritor que hace, justamente, elogio de la diversidad más mestiza.

En la sociedad globalizada y digitalizada de este siglo, la sola idea de que un grupo humano pueda resultar dominante carece ya de todo crédito. Podemos hablar, como la demografía norteamericana prueba sobradamente, del ocaso del Hombre Blanco. De ahí que cualquier solución que pueda concebirse para el problema de la pluralidad deba arrancar de ese hecho: no hay una cultura mayoritaria que pueda decirle a las demás cómo deban organizarse. ¿O sí la hay? Quizá sí. Una cultura de libre adscripción que es transversal a toda pertenencia sentimental o identitaria: la cultura liberal-democrática. Precisamente, aquella que se encuentra amenazada ahora mismo por sus elementos menos flexibles, movilizados a través de las familiares amenazas del populismo, el nacionalismo y la xenofobia.

A grandes rasgos, por cultura liberal hay que entender la creencia en que una sociedad abierta constituye el mejor remedio contra las tendencias sociofóbicas de la humanidad, reprimiendo la capacidad de los grupos humanos de amenazarse unos a otros y concediendo al individuo misantrópico la posibilidad de retirarse a su esfera privada mientras los demás se relacionan libremente entre sí en la sociedad civil y el mercado. Digamos que la pluralidad resulta así transmutada en diversidad mediante las normas y las instituciones. Sobre las dificultades que este ideal encuentra en la práctica no es necesario abundar: es suficiente asomarse a la ventana. Pero no existe ningún otro mejor; al menos, no hemos dado aún con él.

Sería ingenuo creer, empero, que el éxito de las estructuras políticas y económicas liberales se asienta sobre una visión optimista del ser humano. Sucede, más bien, lo contrario: los padres fundadores del liberalismo democrático conciben un sistema de gobierno, una sociedad civil y un mecanismo de producción de riqueza que se basan en la desconfianza en sus semejantes. No porque estos no sean capaces de cooperar: solo porque lo somos, como ha enseñado la teoría evolucionista, hemos llegado hasta aquí. Sino porque esa buena voluntad se encuentra siempre amenazada por una peligrosidad que ha conocido infinitas manifestaciones históricas: de las luchas entre hordas al campo de exterminio. ¿Y acaso los colectivismos del siglo XX no fracasan por no reconocer la relevancia de impulsos humanos tan frecuentes como la envidia, el resentimiento o el deseo de dominación? Peter Sloterdijk lo tiene claro:  «en la sociabilidad humana habría que contar siempre con un componente, igualmente primario, sociofóbico. Ninguna política social podría poseer en absoluto la más mínima previsión de éxito si no entendiera que el sentido de la organización social debe consistir en mantener dentro de sus límites las molestias del hombre por el hombre».

Eso hace, justamente, el liberalismo constitucional. Este introduce un elemento misantrópico en su diseño institucional, cuyo resultado más llamativo es privar del poder a los seres humanos para dárselo a las leyes. Y aunque las leyes las hacen los seres humanos, representan una ganancia de abstracción con indiscutibles efectos civilizadores. Para Judith Shklar, eminente representante de esta tradición, limitar la crueldad y el abuso de poder exigió de los pensadores ilustrados despersonalizar el orden político, creando con ello un gobierno limitado que puede considerarse expresivo de una «misantropía liberal». Ya que los abusos de poder son inevitables, habrán de ser cuidadosamente reprimidos. Seguramente eso vale también, aunque Shklar no lo diga, para el principio de tolerancia religiosa en su formulación original: como no podemos contar con que las religiones rivales se entiendan cabalmente entre sí, que cada uno practique la fe que quiera privadamente sin hacer de su creencia un motivo de disputa pública. Y lo mismo pudo decirse, andando el tiempo, sobre los estilos de vida. Aunque el reconocimiento constitucional de la neutralidad moral del poder público no ha evitado los conflictos: mods y rockers se peleaban en las calles de Brighton a mitad de los años 60 y medio siglo más tarde queremos decidir qué ropa deben llevar las mujeres árabes a las playas europeas.

Desde este punto de vista, la diversidad quizá sea un credo demasiado optimista para tener un éxito masivo o servir de contrapeso eficaz contra nuestras acendradas tendencias sociofóbicas. Al conminarnos a amar la diferencia, el idealista sobrevalora la capacidad de los seres humanos para identificarse con otras comunidades. Quizá la noción de apreciar el hecho de la pluralidad, sin necesidad de adherirnos a todas sus manifestaciones, resulte más convincente. Pero no hace falta ser muy inteligente para darse cuenta de que un exceso de diversidad constituye un inconveniente para el orden social: en el conocido pasaje bíblico, Babel era una maldición y no una fiesta. Por eso la diversidad, tan aficionada a echar mano de las armas retóricas de la cursilería, es un programa para almas simples: bisuterías de aspecto oriental al son de unas mandolinas desafinadas. Por contraste, el pluralismo liberal posee una gravedad distinta que solo puede explicarse a partir de sus potentes reservas misantrópicas. Su mejor complemento, en todo caso, es la ironía: la distancia que gana quien acepta que la coexistencia humana no cabe ni en la comedia de la diferencia ni en la tragedia de la aversión: es, más bien, tragicómica.

Y hablando de ironías, añadamos una más. A saber, que la mayor parte de estas soluciones teóricas y diseños institucionales son concebidas por sujetos misantrópicos: intelectuales despegados del mundo sobre el que meditan y políticos ambiciosos que no dudan en prescindir de toda moralidad. Por eso ha dicho el filósofo italiano Alfonso Berardinelli que la misantropía ha de ser considerada una «filantropía crítica»: porque sólo quien se excluye en parte de una sociedad que le disgusta puede conocerla y enjuiciarla. Es a través de la misantropía que reconocemos amargamente la distancia que media entre nuestros ideales y la realidad, lo que nos permite modificar aquellos para mejor atender a esta. Demos gracias, pues, a los misántropos: sin ellos, nos detestaríamos sin descanso.

Una mañana en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales

Un grupo de profesores de UNIR ha tenido hoy una experiencia de gran valor formativo: una visita guiada al Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y con un guía de excepción, su director, Benigno Pendás, catedrático de Ciencias Políticas.

La sede del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales es el Palacio de Godoy, también conocido como el Palacio del Marqués de Grimaldi. Pisar sus famosas escaleras es como sentir una parte de la historia de España. Goya pintó aquí. Murat, el general jefe de las tropas francesas que ocupaban Madrid en mayo de 1808, dirigió desde este palacio la labor de sofocar la revuelta, el levantamiento del 2 de mayo. El edificio fue ocupado en el siglo XIX por las secretarías de Gracia, de Marina, de Justicia y de Guerra. Parte de su trasera fue demolida hacia 1868, por la ampliación de la calle de Bailén. En su sala de juntas está la misma mesa que utilizaba Franco para sus consejos de ministros. Desde el Palacio de Godoy se accede directamente al Palacio Real, y al Senado…

El grupo de profesores de UNIR, más en sintonía con la historia de España a través de las vibraciones de este imponente edificio, ha escuchado a un Pendás que, Constitución de bolsillo en mano pero sin tener que consultarla, ha sintetizado la historia de «su» casa.

Ha recordando las épocas de Alfonso García Valdecasas, el primer presidente del entonces Instituto de Estudios Políticos, de Fernando María Castiella y de Javier Conde, autor de Teoría del caudillaje. Conde, siendo falangista, dio trabajo a intelectuales de «la oposición» como Manuel García-PelayoJuan Linz y Enrique Tierno Galván (a esto Pendás lo ha llamado «intrahistoria»). Ha llegado hasta Manuel Fraga y Carmen Iglesias, entre otros ilustres. Pendás se ha sentido orgulloso de la larga y fecunda trayectoria del organismo que ahora representa. Él mismo, con la reciente edición de un libro de Antonio Fontán sobre Cicerón, ha querido ampliar el espectro de intelectuales ligados al Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. En concreto, ha querido abrazar a aquellos que «en la época franquista publicaban en editoriales como Rialp». Se refería a Antonio Fontán y también a Rafael Calvo Serer y a Florentino Pérez Embid.

El catedrático de Ciencias Políticas ha hablado de la labor realizada durante su mandato, como las aportaciones a la Ley de Transparencia y a la Ley de Financiación de los Partidos Políticos; de los grupos de trabajo en que interviene el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales (por ejemplo, uno formado para delimitar las competencias del Estado y de las comunidades autónomas); de los másteres que se imparten; de las prestigiosas publicaciones y revistas que se editan, etc.

Finalmente, se ha mostrado «profundamente preocupado» por la situación actual, aunque optimista. Preocupado por las derivas independentistas y por la incapacidad de formar Gobierno. Pero la sociedad española es «fuerte y más madura de lo que a veces parece», las «instituciones funcionan» y nuestra democracia no es «ni peor ni mejor que la de nuestros vecinos».

Su receta en esta hora: «Una sociedad civil más fuerte».

La visita al Centro de Estudios Políticos y Constitucionales es la primera de una serie prevista por UNIR a las grandes instituciones del Estado, en el futuro ampliada también con la participación de alumnos.

Miguel Ángel Garrido Gallardo recibe el Menéndez Pelayo

Miguel Ángel Garrido Gallardopresidente del comité científico de UNIR, catedrático de Gramática General y Crítica Literaria, recibió el pasado viernes en el Palacio de la Magdalena (Santander) el Premio Internacional Menéndez Pelayo, el mismo que en 1987 obtuvo Octavio Paz y que desde entonces se otorga a destacadas personalidades del ámbito de la creación literaria o científica.

En su discurso de agradecimiento Garrido Gallardo citó la Introducción y programa de literatura española que Menéndez Pelayo preparó para su oposición a cátedra de la Universidad Central en 1878, y se opuso, «con don Marcelino», a los que «defienden el exclusivismo castellano para la noción de literatura española”.

Menéndez Pelayo se resistió a identificar literatura castellana con literatura española. Como recordó Garrido Gallardo, «planteado el proyecto como la historia de la literatura salida del solar de la Hispania romana, resulta efectivamente chocante que Alfonso X sea considerado español como historiador y no como poeta porque las Cantigas están en gallego». La literatura española, por lo tanto, es la escrita por españoles y por tales hay que tener a todos los habitantes de la península ibérica.

Pero con un programa así bien podría considerarse literatura española no solo a la producción de España y América Latina hasta Rubén Darío, sino que podría volverse a considerar unitariamente la literatura que se escribe en España, Argentina, Chile, Colombia, Venezuela, Puerto Rico, Cuba, Perú o… Brasil,  en esta hora de la mundialización. Podríamos añadir la literatura producida en los Estados Unidos por hispanos. Según Garrido Gallardo, «los círculos concéntricos no tendrían límites y las fronteras geográficas o las divisiones administrativas no se impondrían como algo absoluto».

El también investigador del CSIC ensalzó esta propuesta de Menéndez Pelayo «que suma y no divide, integra y no separa. Y es ajena a todo imperialismo.» Garrido Gallardo no postula que se llame «literatura española a lo que no esté escrito en español ni por un autor de otra nación que España». Simplemente, en estos tiempos de exclusivismos, ha evocado «con envidia un modo de sentir y de pensar cuya meditación podría hacernos alumbrar felices conclusiones».

La España añeja de Chaves Nogales y Belmonte

La biografía de Juan Belmonte firmada por el periiodista Chaves Nogalesuna de las mejores del siglo XX escrita en lengua española— tan alabada y sin embargo tan poco leída, no es tanto el retrato de un torero como el perfil de una época. La crónica última, en definitiva, de una España que ineludiblemente nos precede.

Juan Belmonte, matador de toros constituye en cierto modo un cuaderno de bitácora vital. Se trata de un anecdotario, de un libro de toros y toreros, de un viaje a México, a Nueva York, a Lima, a La Habana, a París, a la vieja Andalucía, de un entrelazado compendio de relatos en parte quijotesco y en parte costumbrista que, patinado por la modernidad, aún puede adivinarse en lo más anciano y rural de nuestra piel de toro.

Juan Belmonte, matador de toros (Libros del Asteroide), 376 págs.

Porque quijotesco es el humor de Manuel Chaves, el continuo errar de la juventud belmontiana, la Sevilla –¿o debería escribir la Triana?— que fue durante siglos y ya nunca volverá. Una España de picaresca actualizada pero no por ello exenta de ternura, provista de una brava dignidad en la lucha diaria ante la que hoy es difícil reconocerse.

“Era ya costumbre establecida que cuando el guarda venía, nosotros nos íbamos; pero había también el tácito acuerdo de que el guarda no se diese tanta prisa en llegar que nosotros no tuviésemos tiempo de marcharnos ‹‹cantando bajito›› con cierto decoro”.

5. La gesta de Tablada

En la medida en que estas cualidades van desplegándose página a página, Chaves y Belmonte trasladan al lector a épocas sin duda pretéritas. Pero no debe olvidarse sin embargo que el Pasmo de Triana, por antiguo que hoy parezca, creó la estética del toreo moderno. Si a la vista de lo que hoy ocurre en casi todas las plazas esta originalidad puede llegar a parecer reprochable, debe tenerse también en cuenta el bosquejo visionario con el que ambos –matador y literato— adivinaron que la verdadera decadencia de la Fiesta vendría de la mano del hombre, sí, pero a través del toro. Hablamos del año 1935.

Pero más allá de las cuatro décadas de vida que recoge esta obra, hay en el tránsito vital y profesional de Belmonte un poso de indefinida tristeza que su biógrafo trata de redimir a través del arte. Heredero sin saberlo del mejor Oscar Wilde, Belmonte llega a afirmar que si toreaba como lo hacía era porque, en el campo y de noche, había que torear así.

“Era preciso seguir con atención el viaje del toro, porque si se despegaba se perdía en la oscuridad de la noche y luego era peligroso recogerlo; como toreábamos con una simple chaqueta, había que llevar al toro muy ceñido y toreado. (…) Fueron las circunstancias las que me hicieron torear como toreo.

5. La gesta de Tablada

La distancia infinita entre este planteamiento y las escuelas taurinas de hoy no puede sino abocarnos irremediablemente al pesimismo. Así, en el espléndido epílogo que remata la faena chavesnogaliana, Josefina Carabias relata cómo, preguntado sobre la menguante afición a los toros en Sevilla, el maestro respondió: “Hay más aspirantes a toreros que nunca. Lo que ocurre es que ahora los padres les empujan, en lugar de pegarles, como nos ocurría a nosotros”.

En esa sociedad antigua y extinguida, Chaves y Belmonte representaron, más allá de lo artístico, una tercera España.

“Los ricos huían asustados de los cortijos, y los pobres, triunfantes, se hacían los amos de los pueblos (…) satisfechos de andar por el campo vengando viejos agravios de los caciques y llevándose de paso lo que buenamente podían con un aire importante de expropiadores.”

24. El torero y el ambiente

 

Y sin embargo: 

“Las cosas habían cambiado radicalmente. Aquellos mismos que al proclamarse la República no se atrevían a incautarse de mis caballos porque yo había ganado lícitamente mi capital, venían un año después a hurtármelos sin ningún escrúpulo teórico.”

24. El torero y el ambiente

 

Hay, es cierto, un tránsito burgués en el niño atónito, en el mozalbete trianero convertido en propietario y ganadero, pero también una distancia voluntaria del oficialismo franquista y una voluntaria adhesión a la austeridad en el vivir.

Don Juan Belmonte, el Pasmo de Triana –a quienes tan bien trataron toros, sociedad, mujeres y escritores— se fue como llegó, toreando como se es, sobreviviendo en unos meses pero emulando al tiempo a quien mejor logró exportar su figura, Ernest Hemingway. Acabada la lectura, devuelvo el volumen a su escaño en la biblioteca despidiéndome de su perfil aguileño, de dureza casi amable, apuesto aún el torero entrada la madurez, diciendo adiós a su estampa de seda y brillantina, de lunares y flores.

Reposará su España añeja –de leños encendidos, olor de jara y tomillo, ruido de espuelas y herraduras, sonar de cencerros, ladridos en el silencio de la noche— entre las Novelas Ejemplares de Cervantes y unas cartas apócrifas del Vizconde de Valmont.

El libro impreso gana al formato digital en EE.UU. con cifras constantes desde 2012

Un creciente número de estadounidenses lee libros electrónicos en tabletas (tablets) y en teléfonos inteligentes (smartphones) frente a los tipos especializados de e-readers (otros dispositivos electrónicos de lectura), pero el libro impreso sigue siendo mucho más popular que el libro en formato digital,  y la tendencia no cambia desde 2014, según un reciente informe publicado por el Pew Research Center.

El estudio se basa en una encuesta realizada telefónicamente entre el 7 de marzo y el 4 de abril de 2016, con una muestra de 1520 personas.

Un 73 por ciento de norteamericanos ha leído un libro en los últimos doce meses. Cuando un estadounidense se decide a leer un libro, es mucho más probable que lo haga en formato impreso  (65%) que en digital:  e-books (28% ) o audio books (14%).

La cifra sobre el libro impreso ha cambiado relativamente poco desde 2011: 71% frente al 65% actual. Y es constante desde 2012, con el 65 por ciento. (Para los e-books: del 17% en 2011 al 28% en 2016; para los audio books: del 11 al 14% en esos mismos años).

Otros datos notables del informe:

¶ Media de lectura de los estadounidenses al año: 12 libros

¶ Los lectores de medios electrónicos aumentaron en 11 puntos entre 2011 y 2014 (del 17 al 28 por ciento), pero no ha habido ya cambios en los últimos dos años.

¶ El 28 por ciento de los estadounidenses lee libros tanto en formato digital como impreso.

¶ Los jóvenes no están más inclinados que los mayores a leer solo en formato electrónico.

¶ Entre 2011 y 2016 el número de estadounidenses que lee libros en tablets ha pasado del 4 al 15% y en smartphones del 5 al 13%. Por el contrario, en los lectores especiales en formato digital (e-readers), la cifra en 2016 es del 8 por ciento, casi la misma que en 2011, que fue del 7 por ciento.

El informe completo (en inglés) se puede descargar en formato PDF en la página web del Pew Research Center:

Book Reading 2016

Ferran Caballero: «En España lo débil no es la democracia, sino el Estado»

La pregunta por Maquiavelo es la pregunta por la realidad en su relación con el poder. El joven filósofo catalán Ferran Caballero ha intentado actualizar los viejos consejos del maestro florentino en un libro titulado precisamente “Maquiavelo para el siglo XXI” (Ariel).  Con su autor dialoga Daniel Capó en esta larga entrevista que trata del momento político y del valor imperecedero de los clásicos

-El arte de la política consiste en “hacer creer”, nos recuerda Gregorio Luri en el prólogo a su libro. ¿De ello se deduce que la debilidad actual de la democracia española puede tener que ver con el agotamiento de un relato? Aunque sea maquiavélicamente, ¿convendría emprender a una segunda transición que diese lugar a un nuevo relato?

El arte de la política tiene que ver, necesariamente, con el de “hacer creer”. El problema que surge aquí, como en todo arte, es el de cuál es su mejor versión, el ejemplo de su realización más lograda. Es decir, qué es lo que un político debería hacernos creer. En su interpretación más noble, más virtuosa, podemos decir que el político debe hacernos creer en la grandeza de nuestra ciudad o país y, por lo tanto, en nuestra propia grandeza. Porque esta grandeza es la condición de posibilidad de todas las cosas bellas, nobles y justas a las que podemos aspirar. En su versión menos virtuosa, más maquiavélica, el político tiene que hacernos creer en la natural coincidencia entre sus intereses y los nuestros, y tiene que hacernos creer también en su propia grandeza, para que estemos dispuestos a entregarle el poder y pagar los impuestos que imponga y cumplir con las leyes que dicte, etc.

En las preguntas que me hace se mezclan las dos versiones de este arte. Y creo que es un vicio muy propio de la democracia el que sea difícil separarlas, pero que hay que intentar hacerlo. Cuando se habla de la debilidad de la democracia, ¿de qué se habla? No veo surgir con fuerza en nuestras sociedades ningún modelo de gobierno alternativo, por ejemplo. Me parece muy evidente, en cambio, que hay algunos actores políticos interesados en hacer diagnósticos muy claros y rotundos de una enfermedad que, en caso de existir, a mi al menos no me resulta tan fácil de detectar. Y me parece evidente que eso lo hacen para poder, después, prescribirse a si mismos como terapia, e incluso como terapia de choque. Estos mismos actores son los que ponen en cuestión la Transición e insisten en que es necesaria una “Segunda transición” (que no cuenta con consenso alguno y que por lo tanto deberían comandar ellos mismos en exclusiva), que ponga fin de una vez y por todas a los defectos de la primera.

Además, la transición fue y tiene que ser, por definición, transición de una cosa a otra, como la nuestra fue transición de una dictadura a una democracia. Si alguien propone una “segunda transición” tendrá que explicar muy bien hacia dónde pretende hacernos transitar y con qué pretende hacernos transigir. Mientras esto no llegue, esta supuesta debilidad de nuestra democracia me parece que es poco más que la debilidad de algunos partidos y algunos proyectos, y que eso es algo muy normal en cualquier democracia.

la auténtica debilidad no es la de la democracia sino la del Estado

Otra cuestión, que sí tiene más que ver con el relato de España, e incluso con el relato de la transición, es que la auténtica debilidad no es la de la democracia sino la del Estado. Hablo, claro está, del peligro que supone el independentismo catalán para la integridad del Estado. Y este peligro sí que tiene que ver con el agotamiento de un relato según el cuál los catalanes podían confiar en una coincidencia, no natural pero sí al menos consubstancial al juego democrático, entre su identidad y sus intereses y aspiraciones y la identidad, los intereses y las aspiraciones del resto de España. Por muchas razones, y no meramente económicas, este relato se agotó y, aquí sí que hubiese sido, es o será necesario tratar de recomponerlo de algún modo. Pero creo que estos dos problemas son de naturaleza distinta y requieren de tratamientos, de relatos, distintos. O, dicho de otro modo, creo que ninguno de ellos requiere desechar el régimen democrático ni emprender una segunda transición.

Usted escribe que un gobierno que se tiene por natural, “si no se hace odiar por vicios extraordinarios, es razonablemente querido por los suyos”. Me gustaría preguntarle por el “vicio extraordinario” del PP. ¿Cuál sería esa lacra que lo hace tan odioso a sus adversarios? Del “no es no” sanchista a las turbulencias separatistas, ¿el “vicio extraordinario” del PP es el franquismo o hay algo más?

Al escribir sobre estos gobiernos que dice Maquiavelo que se tienen por naturales pensé, precisamente, en el gobierno del PP en Galicia desde los tiempos de Fraga. Se tienen por naturales en el sentido en que parecen haber estado allí desde siempre y porque parecen corresponder de algún modo a la propia naturaleza de la comunidad que gobiernan. El caso del gobierno gallego sirve también para evidenciar que el supuesto franquismo del PP no representa ningún vicio extraordinario que lo haya hecho odiado entre los suyos. De hecho, y de ser un vicio, este supuesto franquismo sería de lo más ordinario, por ser un vicio incluso constitutivo. El franquismo del PP no es un vicio del PP sino de la oposición, que lo usa como arma arrojadiza para desprestigiarlo, ya no entre los suyos, sino entre todos los demás. Hasta qué punto se logra esto creo que depende más de los actores y circunstancias del momento, dentro y fuera del partido, que de alguna característica esencial del partido.

Si algún “vicio extraordinario” puede achacársele al PP es la corrupción. Un vicio que, por otro lado, no tiene mucho de extraordinario, ya que la corrupción es la condición natural de los hombres y sus asuntos y es por tanto muy habitual también en los partidos políticos, como bien hemos visto últimamente. Sólo es extraordinario en el sentido en el que creo que habla Maquiavelo; en que siendo poco habitual o poco conocido de un gobierno de los que se tienen por naturales sale a la luz poniendo en jaque su continuidad. Me parece evidente que la corrupción ha puesto al PP en muchos más apuros electorales que el supuesto franquismo que se le atribuye.

Usted observa que “hay tres formas de mantener las llamadas nacionalidades históricas: la primera, arruinarlas; la segunda, colonizarlas; la tercera, dejarlas vivir con sus propias leyes, imponiéndoles algunos tributos, favoreciendo a una oligarquía que las mantenga como aliadas”. Entiendo que el modelo autonómico tiene mucho que ver con la tercera vía que usted señala, y aquí de nuevo cabe preguntarse qué ha ido mal o qué no ha funcionado. ¿Se trata acaso de un conflicto entre elites u oligarquías?

La democracia limita bastante el margen que tiene un gobierno para hacer cosas

Está claro que democracia limita bastante el margen que tiene un gobierno para hacer cosas como las que propone Maquiavelo. Arruinar deliberadamente una de las llamadas nacionalidades históricas como Cataluña o tratar de convertirla en una colonia no forman parte de lo que sensatamente podría intentar hacer un gobierno del Estado. Como bien dice, el modelo autonómico tiene más que ver con la tercera vía, pero no excluye las conocidas discusiones sobre el déficit fiscal ni el efecto que las distintas olas migratorias hayan podido tener sobre la identidad nacional y la importancia que se le concede.

El problema con Cataluña es, por lo tanto, y fundamentalmente, un problema sobre en qué pueda consistir este “dejarlas vivir con sus propias leyes” del que habla Maquiavelo. Sobre qué grado de autonomía se considera compatible y conveniente con aquellos intereses por los que debe velar el Estado.

Pero, además, al hablar sobre esta tercera vía para mantener a las oligarquías como aliadas se suelen invocar pactos evidentemente secretísimos entre élites del Estado y elites autonómicas para tolerar unas ciertas prácticas a cambio de una cierta tarea de apaciguamiento nacional. Desconfío de este tipo de discursos, y entiendo además que esta no sería la única forma de favorecer una oligarquía que, al sentirse bien tratada o reconocida por el poder político central, no vería ni necesario ni conveniente emprender aventuras rupturistas. Esta oligarquía no es, por supuesto, exclusivamente política, pero es también política. Y el conflicto que tenemos planteado no es exclusivamente un conflicto entre elites u oligarquías, pero también lo es. A pesar de la retórica popular e incluso populista de algunos dirigentes independentistas, según los cuales sería el pueblo quien habría iniciado el llamado “procés”, me parece evidente que este empezó por unas decisiones muy personales de unas personas muy concretas tanto dentro como fuera del gobierno de la Generalitat; desde la política pero también desde el periodismo y desde el mundo económico y empresarial. Más allá de la validez de las razones que estas elites puedan esgrimir para sentirse maltratadas, siguiendo a Maquiavelo deberíamos decir que cuando estas elites dan el paso es que no se ha sabido como favorecerlas o atemorizarlas.

Los líderes al frente del procés catalán han intentado situar el conflicto en el campo de la democracia radical, bajo la fórmula del “dret a decidir”. En realidad, parece una reformulación postmoderna del concepto de revolución. Mi pregunta es: ¿cuánta democracia puede resistir un país? O, propiamente, ¿dónde establecer los límites a la democracia si que hay establecer alguno, por supuesto?

Para empezar por el final de la pregunta, creo que los únicos límites a la democracia tienen que ser los derechos individuales. Para entendernos, el derecho a la vida, la propiedad y la libertad. Estos derechos son los únicos que entiendo que deben quedar fuera del ámbito de la discusión democrática. Así que, si aceptamos esto, la cuestión ya no puede ser “cuánta democracia”, porque es toda la que queda. El problema del “dret a decidir” o de la democracia radical es que no tratan tanto de cómo gobernarse sino de quién se gobierna. Es decir, tratan de algo previo a la democracia misma, al menos en un sentido conceptual, como es el demos. Para entendernos, si la democracia es el gobierno del pueblo, antes de hablar de un gobierno democrático tenemos que saber quién es el pueblo que se gobierna democráticamente. Cómo se constituye ese pueblo es un problema muy difícil de aclarar teóricamente, porque lo cierto es que por todos lados vemos pueblos ya establecidos como tales por la fuerza bruta de la historia. Pero esto es precisamente lo que plantea el secesionismo y a lo que se refiere con expresiones como “dret a decidir” o radicalidad democrática, que apuntan hacia una forma alternativa de establecer un nuevo pueblo soberano, un nuevo sujeto político, mediante un proceso de votación y no mediante un proceso violento o, en cierto sentido, revolucionario.

De hecho, una de las fuerzas principales del independentismo es su atractivo para votantes tradicionalmente centristas hasta por vocación o incluso conservadores, que esperan que la independencia no cambie en lo fundamental la estructura de la sociedad.

Podríamos establecer alguna diferencia entre estos dos conceptos que, aunque algo forzada, sería quizás interesante porque apunta a dos maneras de entender el “procés” y la política misma. Entiendo que el “dret a decidir” no es nada más que una versión del derecho de autodeterminación de los pueblos y que presupone, por lo tanto, la existencia de un pueblo o demos catalán que tendría derecho a decidir si quiere o no seguir formando parte de España. Otra manera de entenderlo, que asocio al discurso sobre la radicalidad democrática o con algunos de los que lo sostienen, es el que viene a defender que cualquier grupo de gente puede, si así lo desea, establecerse como comunidad política independiente, autogobernarse y dotarse, por lo tanto, de sus propias leyes. En este sentido, el discurso que incide en la radicalidad democrática no necesita presuponer la existencia de un pueblo con determinados derechos y, tomado en serio, implicaría por ejemplo que no tendría sentido que una Cataluña independiente pretendiese ser indisoluble como no debería pretenderlo España.

Por otro lado, quienes desde dentro del independentismo hablan de revolución lo hacen para añadir algo a este proceso, que es una subversión del orden social. Pero no creo que el derecho a decidir sea por si mismo un sinónimo o una versión posmoderna, como decía usted, del concepto de revolución porque creo que los dos conceptos apuntan a realidades o procesos distintos.

En un pasaje del libro, usted cita el ejemplo de Pedro Sánchez, “que quiso copiar los modos y discursos de sus nuevos adversarios populistas, pero sin sus excesos y a quien, por así hacerlo, se le rebeló el partido entero, lo que no nació más que de su excesiva afabilidad, de su falta de carácter y de crueldad”. Pero lo interesante de este caso es que luego revirtió y Sánchez de nuevo lidera el PSOE acercándose a los discursos populistas. ¿Qué lección política nos deja este episodio?

El caso de Pedro Sánchez es muy interesante. Cuando escribí esto, Pedro Sánchez parecía un cadáver político que había iniciado una especie de marcha fúnebre por los pueblos de España para llorar su propia muerte. Lo que sucedió después parece demostrar que algo ha aprendido Pedro Sánchez de su derrota y ha dado muestras, por ejemplo, de ser capaz de ejercer la crueldad para con los propios, que es la que verdaderamente cuenta. Creo que una de las lecciones políticas que nos deja este episodio es que la gente, en este caso los votantes del PSOE, valora el liderazgo y valora a los políticos que parecen saber lo que quieren y se atreven a defender lo que creen que es bueno y necesario incluso, o quizás especialmente, cuando aparentemente su posición no es la más popular. Creo que esta es, hecho, una de las lecciones que el populismo de Podemos y el liderazgo de Pablo Iglesias nos había enseñado; la gente valora a los políticos que no se avergüenzan de su afán de poder y que están dispuestos a dar la cara por sus convicciones, por extrañas o peligrosas que parezcan. En los últimos años se ha hablado mucho de nuevos liderazgos y de una especie de feminización de la política que, de algún modo, pretendía incidir en la importancia de líderes que escuchen y deliberen. Esto ha tenido, creo, mucho que ver con la emergencia de las redes sociales y con un cierto desprestigio de las élites a raíz de la crisis que llevaba a pensar que la democracia representativa no era auténtica democracia y que una democracia más delibertiva y, por así decirlo, horizontal, era más y mejor democracia. Pero estos últimos tiempos hemos visto surgir, incluso de entre los que sostienen este discurso, unos hiperliderzgos que se parecen muy mucho a concepciones del poder político como las de Maquiavelo.

Algo que hay que recordar, a pesar de todo, es que estas virtudes en el sentido maquiavélico que parecían faltarle a Pedro Sánchez y en las que ahora se va ejercitando con mayor soltura son condición necesaria pero no suficiente para poder alcanzar el poder y, con él, la gloria. Está por ver si después de recuperar el liderazgo es capaz de llegar a gobernar España y es capaz de hacerlo bien.

Volviendo a Rajoy, a quien usted dedica el libro. ¿Hay más en él de Burke o de Maquiavelo? ¿Y a cuál de los dos necesitamos más?

Esta es una pregunta muy difícil de responder por varios motivos. El primero es que lo más determinante de Rajoy en particular y de los políticos en general es lo que no vemos. Eso nos hace pensar que él y la mayoría de políticos que han tenido éxito, que han alcanzado el poder, son los más dotados de estas terribles virtudes de las que habla Maquiavelo. Y, al proceder de este modo, parece que maquiavélico se convierta en un término válido para referirse a cualquier dirigente de cualquier país o régimen político. Sabemos que esto no es y no puede ser así, pero es muy difícil evaluar las auténticas cualidades de nuestros gobernantes porque, precisamente, una de estas cualidades es la de saber escondernos su verdadera naturaleza. El caso de Rajoy me parece paradigmático porque parece ser un hombre de lo más corriente, incluso hay quien dice que de lo más vulgar, y sin ninguna virtud política especial pero, en cambio, ha logrado alcanzar el poder y mantenerse en él en circunstancias muy difíciles y contra todo pronóstico. O es el hombre más afortunado del mundo, o alguna importante virtud oculta debe tener.

Volviendo a la pregunta, es también difícil de responder, al menos para mi, porque es difícil comparar directamente las filosofías de dos pensadores como Burke y Maquiavelo. Y, para que no parezca que me escapo de responder, me limitaré a decir que tanto el uno como el otro son pensadores, no políticos, y que Rajoy es un político y no parece precisamente un político demasiado interesado en cuestiones teóricas o ideológicas. En este sentido, parece un conservador, como Burke, pero ya hemos visto que le suponemos virtudes maquiavélicas y sabemos, además, que tampoco Maquiavelo era muy partidario de que los gobernantes perdiesen el tiempo construyendo o contemplando castillos en el aire. La cuestión principal en esta comparación, me parece a mi, es que Maquiavelo y Burke, como grandes filósofos que son, nos dan algunas claves para tratar de observar la realidad política, pero ninguna realidad se agota en estas observaciones. Me parece que Rajoy sirve constantemente como recordatorio de los límites de la teoría para comprender la realidad política.

Sobre si necesitamos más a Burke o a Maquiavelo tampoco sabría responder con rotundidad. Creo que necesitamos a los dos y a todos los grandes que seamos capaces de encontrar, entender y estudiar porque, a pesar de que su lectura y su estudio no sean suficientes para entender plenamente la realidad política, está claro que sin ellas nuestra comprensión de estos asuntos es mucho peor de lo que podría ser. Aunque parezca paradójico o contradictorio, lo que realmente necesitamos en el ámbito de la política es menos teoría y más buenos políticos que puedan servir de ejemplo a la sociedad y a sus propios colegas. Son ellos, y no los filósofos, quienes más poder tienen para mejorar o empeorar las cosas.

Para terminar, dos últimas preguntas: la primera versa sobre la postverdad. ¿La podemos considerar una virtud maquiavélica?

La virtud maquiavélica sería la de la noble mentira; la de aquella mentira, engaño u ocultación que sirve para mejorar la vida de la ciudad y de sus gentes. Pero creo que la postverdad es toda otra cosa y que no tiene tanto que ver con las virtudes del político sino con los defectos del ciudadano. Un político que miente no es un político que viva instalado en la postverdad, sino un político que miente. Y me parece que lo verdaderamente interesante o novedoso que pueda señalar un término como la postverdad es la indiferencia que eso produce en una sociedad que es capaz, al mismo tiempo, de salir a la calle con pancartas y megáfonos a exigir que no nos engañen. La postverdad no se tiene, en la postverdad se está. Y yo creo que esta postverdad en la que supuestamente estamos ahora instalados no es más que la vieja indiferencia de siempre de la mayoría de nosotros por los hechos y por el debate de ideas. Hablar de postverdad sirve más para poner en evidencia nuestra sorpresa antes este hecho tan natural que para señalar algún cambio sustancial en nuestro mundo o en nuestra política. Creo que pone en evidencia un exceso de fe en la razón, que se había visto reforzado de nuevo en los últimos años por la emergencia de internet, las redes sociales y lo que incluso vino a llamarse política 2.0, donde se suponía que, por el simple hecho de tener toda la información al alcance de la mano, todo el mundo estaría al fin informado e interesado en dedicar su tiempo al debate racional de ideas.

-Y la segunda: en una de sus cartas, Maquiavelo reflexiona sobre el placer y la necesidad de leer los grandes libros. “Aprender leyendo” es un lema que también hizo suyo Leo Strauss. La lectura detenida de los clásicos se diría que atenta contra los principios de la “vulgata moderna”. ¿Por qué regresar a los clásicos? ¿Por qué ponerse las mejores galas para convivir y dialogar con los muertos?

Los clásicos son de gran utilidad para enriquecer nuestra mirada sobre los asuntos humanos

Como decía ahora, creo que esos libros a los que llamamos clásicos son de gran utilidad para enriquecer nuestra mirada sobre los asuntos humanos y, en el caso que nos ocupa, políticos. Los clásicos son aquellos libros que han superado la prueba del tiempo y, como suele decirse, son clásicos porque siempre son de actualidad. Una idea de Strauss que me gusta mucho y que atenta, efectivamente, contra los principios de la “vulgata moderna” es que los clásicos son importantes porque saben cosas que nosotros hemos olvidado. Decimos que atenta contra la “vulgata moderna” porque esta nos hace creer que algo, por el simple hecho de venir después, es mejor. Es el progresismo presentado en su forma más evidentemente ridícula, pero que a pesar de su evidente ridiculez suele guiar nuestras reflexiones y lecturas. Lo que encontramos en clásicos como Maquiavelo son cosas como las que comentábamos ahora sobre Pedro Sánchez o sobre la postverdad. Vemos que nos sorprendemos de el retorno del liderazgo o la indiferencia respecto a montones de hechos que pueden ser de primerísima importancia para el orden social y para nuestras vidas, pero en casos como estos lo sorprendente no es  la realidad sino nuestra propia sorpresa. Lo que vemos es que habíamos olvidado lecciones que teníamos al alcance de la mano, a veces incluso en nuestras estanterías, y que simplemente no habíamos leído por lo que sea o no habíamos entendido bien o habíamos olvidado por no pensar detenidamente en ellas. Contra la “vulgata moderna”, según la cual por haber llegado después sabemos más sobre los clásicos de lo que ellos sabían sobre si mismos, yo creo con Maquiavelo que hay que dialogar con los muertos porque ellos saben más de nosotros que nosotros mismos. Y hay que hacerlo, como bien dice Maquiavelo, vestidos con las mejores galas, porque una de las lecciones de los clásicos es que, a pesar de escribir con mucha mayor claridad y sencillez que nuestros politólogos, sus enseñanzas no son fáciles de aprender.

No podemos leer estos textos como leemos el periódico porque las lecciones que esconden necesitan de toda nuestra atención y dedicación para ser aprendidas. La utilidad de este ejercicio no siempre es evidente, pero sospecho que el placer de este “aprender leyendo”, de esta “lectura lenta” que receta Strauss, es de aquellos que justifican una vida.