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Sólo hechos. Repasamos con Trapiello sus veinte años de diarios

Sólo un año después de la publicación de Seré duda, Andrés Trapiello publica un nuevo tomo de sus diario, Sólo hechos, también en Pre-Textos, con el que llega a la veintena de volúmenes. Y el recién llegado, como todos los precedentes, es un festival de inteligencia, poesía y humor de la mejor calidad. En todos y cada uno de ellos está simplemente todo, lo mejor y lo peor de lo que somos, vida y muerte, las inclemencias del tiempo, miserias y compañía, locuras con fundamento.

– Veinte tomos ya, querido Andrés. Perdona, por favor, el manoseadísimo tópico, pero ¿»veinte años no son nada»? Tu diario parece desmentirlo.

Son un tercio de nuestra vida. Y digo nuestra y no mía porque esos libros son la vida de todos nosotros, incluidos, claro, quienes no los hayan leído y los que no han podido leerlos aún, porque nazcan dentro de los famosos ochenta años de los que hablaba Stendhal. Cuando me hablan de «literatura del yo», suelo replicar: no «literatura del tú»; yo no podría ser nunca el argumento de mi libro por diferentes razones. No soy más que un condimento de ellos, o si se prefiere, un aditivo, un colorante, unas veces azafrán, otras azulete… y poco más.  

– Tu diario, como vida que es, ha ido naturalmente cambiando, mutando imperceptiblemente con el tiempo, adaptándose… pero sigue firme en determinados principios y en unas pocas certezas que estuvieron allí desde «El gato encerrado».

Los libros, o al menos los que uno escribe, se hacen un poco solos. Éstos y todos, de poesía o de ensayo, incluso las novelas, a las que se les supone un plan. Como la vida también. Está uno atento a cosas, como cuando camina por la calle, que no te atropelle un coche, no atropellar tú a un ciego (vivo a dos pasos de la sede de la Once)… Y cuando quieres darte cuenta el libro está escrito, y antes de que te des cuenta, dices: Dios mío, si ya tengo sesentaitrés años. En todos estos años he visto que a mí lo que de veras me gusta es escuchar a la gente, a los pájaros, a las cosas que me encuentro, lo mismo en el Rastro que en un museo. Oír lo que dicen, y contarlo a los que acaso no pueden oírlo o no logran oírlo. Y hacer que la vida no tenga fin para nadie.

– Permíteme una pregunta un poco retorcida: en el tomo anterior, correspondiente a 2005, había mucho Cervantes, en este hay mucho Juan Ramón Jiménez… El hecho de que tus años, según leemos, vayan estando más condicionados por las efemérides, ¿puede querer decir que tu estatus o prestigio o como quieras llamarlo iba creciendo?, ¿empezaba a ser el que tienes ahora?

La expresión «mundillo literario» dice mucho de lo pequeño que es, en todos los sentidos. Quien escribe libros forma parte de ese mundillo, con más o menos conformidad. He podido editar algunos libros de otros que me gustaban, aunque no estuvieran de moda, y los míos los he escrito un poco contracorriente, he opinado sin echar la vista a los lados, sin preocuparme mucho tampoco de las reacciones de los demás y algunos editores me han editado a mí sin importarles tampoco que se lo afearan los colegas… Ahora, cuando causa baja alguien del alto mando, me llaman a veces de sustituto para hablar de Cervantes o de JRJ, voy si puedo, y en cuanto puedo, deserto. A veces no debería haber satirizado tanto la vida del mundillo famoso, pero he procurado no hacer sangre con ello.  Si fuera carpintero, hablaría del mundo de la garlopa. Mis mejores amigos son escritores, pero si fuera carpintero seguro que eran carpinteros o de los oficios. Procura uno vivir con naturalidad todo, la vida y la obra, y recordar la frase de Santa Teresa: «Cuando perdiz, perdiz; cuando sardina, sardina», y no darle más vueltas. Las fronteras de nuestra irrelevancia están mucho más cerca de lo que pensamos.

– ¿Y qué es lo siguiente tuyo que leeremos? Hay, por así decirlo, algunos libros que «nos debes»: estabas preparando uno con textos y fotos tuyas sobre el Rastro, algún día tendrá que llegar una monografía sobre «tu» Ramón Gaya…

En eso andamos. El del Rastro está medio escrito y medio hecho. Le falta muy poco, nada. Y lo demás lo mismo, un libro nuevo de poemas, a falta de una corrección, unos libros que recogen artículos, otro nuevo… Todo un poco así, haciéndose solo, como el pan en el horno. Un misterio, porque hasta que no se prueba no sabes si ha salido bueno o malo. Y luego, cuando sale, ya no piensas en ello, sino en lo siguiente. ¿Y por qué me preguntas tanto de mí?

El futuro de Cataluña, I: del «Procesismo» al tren del diálogo

Tras cuatro años de improductiva tensión sentimental, un debate más realista empieza a emerger en Cataluña. Los partidos nacionalistas aún se esfuerzan por hacernos creer que el único cambio posible y deseable es la independencia. No obstante, la elección real es otra. Hasta ellos mismos lo saben perfectamente. La elección es entre un status quo representado por los propios dirigentes nacionalistas y un reformismo basado en el diálogo y el respeto a las normas de convivencia.

Vayamos paso a paso. Cuando la responsabilidad pedía altura de miras y compromiso político para evitar el rescate, salvar el Estado del bienestar y salir de la crisis económica, Artur Mas et alii quisieron hacer del sufrimiento social un negocio electoral, apostando por la retórica de la ruptura y la confrontación. Se echaron al monte del populismo identitario y traicionaron aquel catalanismo político que no pretendía romper España, sino liderarla y reformarla. Y fueron tan lejos que hoy la recuperación económica les pilla con el paso cambiado y sin autoridad moral para recuperar el tono.

Quizá la tentación les resultó demasiado grande. Sólo los mejores políticos se atan al mástil y no se dejan arrastrar por los cantos de sirena de la demagogia, aunque debemos reconocer que jugaron la carta populista con gran maestría, definiendo el marco del debate y logrando, así, una clara ventaja discursiva. El nuevo establishment independentista consiguió dibujar su objetivo como una especia de tierra prometida, donde subiría la esperanza de vida y los niños comerían helado cada día. Ambas promesas eran claramente contradictorias; pero eso no importaba, porque separados del resto de España no habría obstáculo para que cada uno pudiera realizar sus sueños más íntimos por muy desapegados de la realidad que estuvieran.

Además, la utopía tomaba fuerza al contrastarse con la situación económica de aquella España de 2012, al borde de la quiebra, ahogada por la ya olvidada prima de riesgo y con unas expectativas desesperanzadoras. Y por si no era suficiente, el independentismo supo apropiarse también de la idea de democracia inventándose el “derecho a decidir”. Era una falacia, incluso llegó a ser definido como una “tontería” por uno de sus más ilustres impulsores, pero era efectivo. ¿Quién puede estar, a priori, en contra de un concepto tan genérico como el “derecho a decidir”?

Las élites soberanistas lograron situar una espuria contraposición entre independentismo ilusionante y status quo declinante. Se pintó la posibilidad de una Cataluña convertida, de la noche a la mañana, en nuevo Estado miembro de una Unión Europea que la esperaba con los brazos abiertos. Una posibilidad que es puro voluntarismo  y no goza de ningún sustento legal, social o internacional. El impedimento legal es obvio a todos los niveles. Por esta razón, los dirigentes independentistas juegan con el fuego schmittiano del clamor popular frente a la legalidad, pero la verdad es que esa supuesta “voluntad de un pueblo” nunca se ha traducido en una victoria en las urnas.

En ninguna de las elecciones generales o autonómicas el independentismo ha alcanzado la mitad de los votos catalanes. Tampoco en las pasadas autonómicas, cuando primero se inventaron un plebiscito y, después, se inventaron que lo habían ganado. Ni con el “voto de tu vida” el secesionismo obtuvo más del 50 % de los votos. Ante tales evidencias no es de extrañar que no tengan ningún aliado internacional. De hecho, fuera de España, solo aceptan fotografiarse con los actuales responsables de la acción exterior de la Generalitat aquellos políticos eurófobos que echarían a los catalanes de sus propios países. Políticos que han entendido muy bien que el relato del establishment independentista es totalmente equiparable al suyo en cuanto a populismo, pero ni representan a la mayoría de ningún país, ni son los socios adecuados para barnizar un proyecto de modernidad y democracia.

Siendo la independencia imposible en el contexto actual, el debate es, pues, otro. La elección está entre reformismo y status quo. Pero, en esta ocasión, el status quo ya no es esa España débil que iba a caer en manos de la troika. Ahora el inmovilismo en el debate catalán es lo que se denomina el “procesismo”. Un “procesismo” que lideran los mismos que han dominado la vida pública en Cataluña los últimos decenios. Un “procesismo” entendido como bucle de amenazas rupturistas que no llevan a ninguna parte más allá de dividir a los catalanes en lo emocional, aunque nos unan en el hartazgo. Algún día habrá que evaluar los costes, no de la independencia, sino del independentismo en el poder, porque en tiempos delicados nos está hurtando la posibilidad de realizar debates más importantes para nuestro futuro y, con su desprecio hacia el Estado de derecho y la democracia representativa, está abriendo la puerta a otros populismos.

A pesar de todo ello, algunos en la Generalitat, sobre todo los conversos, creen que la amenaza de un conflicto aún puede resultarles un buen negocio electoral. Y, así, siguen instalados en la estrategia de la provocación. Que en los actos de la Delegación del Gobierno español en Cataluña sean los responsables de la acción exterior los que representen a la Generalitat es un claro ejemplo. Será desesperada, mas no deja de ser ésta una estrategia torpe, porque sitúa a los partidos nacionalistas en la peor de las partes del nuevo debate, en el status quo y el bloqueo, en un momento de clara fatiga nacionalista.  Y, además, confirma aquella sospecha que no pocos intuíamos: que para muchos líderes del procés el conflicto es un modus vivendi, es un subirse al carro para atrapar un cargo o una subvención, pero no un proyecto patriótico para mejorar la situación social y económica de los catalanes.

Ellos sabrán. Obsesionados con vivir del cuento del choque de trenes, quizás acaben perdiendo el tren que realmente importa, el del diálogo. El nacionalismo se irá quedando cada vez más separado de los intereses reales de los catalanes, atrapado en la obcecación, hasta ser relevado democráticamente del poder. Huyo de cualquier determinismo, pero no puedo dejar de pensar en aquellas palabras de Vicens Vives que señalaban el tremendo error de los dirigentes catalanes que siempre gritaban ¡basta! cuando la coyuntura les era más desfavorable, cuando la razón menos les asistía. Si ahora pierden el tren del diálogo, pueden quedarse pasmados en el andén del pasado.

Steinberg sobre el acuerdo comercial Europa-EE.UU.: «Toca soberanía»

La Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (ATCI), en inglés el Transatlantic Trade and Investment Partnership (TTIP), abre una «nueva generación» en la historia de los acuerdos comerciales, que «toca soberanía». Por eso es tan difícil de negociar y encuentra un considerable rechazo.

Esas dos realidades, el hecho de que abra una «nueva generación» y las causas del rechazo, centraron la conferencia de Federico Steinberg, investigador principal del Real Instituto Elcano. Disertó ayer en la delegación de UNIR en Madrid sobre La negociación del TTIP y CETA: perspectivas para el comercio internacional. El acto se enmarcó dentro de las jornadas organizadas por el Foro de Nueva Revista sobre «Globalización: desafíos y oportunidades», dirigidas por Manuel de la Rocha.

El profesor Steinberg recordó que quienes apoyan el TTIP sostienen que aumentará el crecimiento y el empleo y devolverá el liderazgo político global al eje transatlántico. En consecuencia, quienes «quieran vender a nuestros mercados tendrán un interés en aproximarse a cualquier norma que podamos concertar» (Karel de Gucht, ex comisario de Comercio).

Sus detractores afirman con igual rotundidad que destruirá empleo, aumentará el poder de las multinacionales y socavará el Estado del Bienestar y la democracia. Con palabras de Lori Wallach, directora de Global Trade Watch (una ONG estadounidense): el TTIP está siendo negociado para «darles a las empresas todo lo que quieren: el desmantelamiento de todas las protecciones al consumidor, sociales y medioambientales, y compensación por cualquier violación de sus supuestos derechos».

El ponente no se apuntó ni a un extremo ni a otro, aunque defiende el TTIP y en concreto piensa que es muy favorable para España.

Los tres pilares del TTIP son: 1) el acceso a mercados, que además de incluir la supresión de aranceles intenta eliminar otras medidas proteccionistas; 2) la cooperación entre reguladores para que las normas técnicas sobre fabricación o comercialización de ciertos bienes sean parecidas; 3) reglas comerciales para facilitar el despacho aduanero, promover las exportaciones de las pymes y proteger a los inversores frente a medidas públicas discriminatorias mediante tribunales de arbitraje independientes.  El TTIP tiene más que ver con la convergencia normativa y la protección de los inversores que con las reducciones arancelarias.

Steinberg pidió cautela ante ciertos estudios y predicciones, como que el PIB de la UE aumentaría en 119 millardos de euros. Y advirtió que habría perdedores de aprobarse. Esto último algo improbable: «Posiblemente entrará en hibernación por Trump», dijo. Era prioritario, en cualquier caso, compensar a los «perdedores de la globalización» subiendo impuestos. El TTIP era como una especie de nueva UE pero sin los fondos de cohesión de la UE, y esto había que remediarlo

Sintetizó bien los temas controvertidos: 1) el supuesto secretismo en la negociación; 2) las disputas entre los inversores y los Estados; 3) los servicios públicos en Europa y 4) la seguridad alimentaria. También resumió el contenido de las filtraciones.

En el turno de debate destacó la intervención de Manuel Conthe, economista, árbitro internacional. Comparó la situación actual con la del americano que ante la llegada de inmigrantes comentaba: «Hay pocos búfalos para todos». Rebatió lo de la falta de transparencia e invitó a que se lea todo lo que hay (muchísimo) sobre el TTIP en las páginas web de la UE. Véase: Trade. Recordó que en Economía siempre hay «perdedores» («¿qué ha sido de los fabricantes de sombreros»?), que los tribunales de arbitraje eran una buena solución y calificó de «viscerales» las acusaciones de los medioambientalisas, como si en EE.UU. se comiera mal. Rocío Martínez-Sampere, directora de la Fundación Felipe González, añadió otro aspecto significativo al debate: el coste de oportunidad, el perder una ocasión de avance.

Cervantes para Mendoza

 

Hace unos pocos años, en un congreso de escritores jóvenes que se celebró en Teruel, Eduardo Mendoza intervino en la inauguración, junto a Alfredo Bryce Echenique, y no defraudó las expectativas, aunque probablemente no en el sentido que se habría esperado. Lo que vino a decir, básicamente, es que si sus últimas novelas (las de él y las de Bryce) eran tal vez un poco decepcionantes, era algo que todos teníamos que comprender y perdonar, pues con algunas de sus novelas de presentación se habían ganado el derecho a una jubilación serena y poco autoexigente. “Nuestra obra más o menos ya está hecha –dijo–, o al menos, desde luego, lo principal de ella, de modo que en cuanto salgamos de aquí nos vamos a ir a comer un entrecot. Pero vosotros, que apenas estáis empezando a balbucear, perdonadme pero os tenéis que ir al desierto a comer saltamontes, y seguir haciéndolo hasta que demostréis que tenéis derecho a algo más.” Aquel discurso sentó mal (es decir, se entendió mal) entre escritores que en general, diez años después, siguen sin haberse ganado ni un filete a la plancha, pero Mendoza, aparte de tener razón, infravaloraba su propio porvenir, ya que algún tiempo después ganó el Premio Planeta con Riña de gatos una de sus mejores novelas.

 Todo el mundo ha leído su serie de narraciones cómico-detectivescas, y también la parábola un tanto facilona de Sin noticias de Gurb, pero lo que todo el mundo debería haber leído, para disfrutarlas, es La verdad sobre el caso Savolta y La ciudad de las prodigios. Será una pena que la gente piense que le acaban de dar el Cervantes por sus exitosas y reeditadísimas bromas de El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas (la más graciosa de la serie, con diferencia) o La aventura del tocador de señoras, con relativas prolongaciones en Mauricio y las elecciones primarias, porque son aquellos dos títulos, verdaderamente magistrales, los que convirtieron muy pronto a Mendoza no sólo en un valor consagrado sino en uno de los responsables principales de que en su día la literatura española contemporánea volviera a valorarse y a venderse. La Barcelona de cambio de siglo y en construcción de La ciudad de los prodigios, torpemente industrial y hambrienta de modernidad (“en plena fiebre de renovación”, se lee en la primera línea de la novela), y la Barcelona pistolera y bastante desquiciada de finales de los años diez y principios de los veinte de La verdad sobre el caso Savolta encontraron en Mendoza a un cronista superdotado, en estado de gracia, actitud que, si bien no alcanzó con toda esa abrumadora calidad su abordaje a la Barcelona olímpica y actual, nunca dejó de arrebatarnos una sonrisa de complicidad, que refleja esa sonrisa maliciosa y sagaz con la que siempre hemos visto al escritor, y con la que no es nada difícil imaginarlo mientras escribe (también sus artículos, y sus columnas, y aquellos prólogos formidables que reunió en ¿Quién se acuerda de Armando Palacio Valdés?).

Zumbón, travieso, pícaro, barojiano, insolente pero inofensivo (es decir, inteligente), Eduardo Mendoza se ha merecido todos los entrecots del mundo, y este premio de hoy, tan justificado, no puede ser sino la vistosa salsa de lo que hay debajo, que es aquello que celebra. Una salsa un poco picante, chispeante, como una guarnición nada indigesta para rematar algunas de las obras más sólidas y duraderas de la literatura de nuestra democracia.

Julián Marías, crítico de cine. Una conversación con Alfonso Basallo

Después de 35 años y 1.500 artículos de cine, Julián Marías seguía sin considerarse crítico. El periodista Alfonso Basallo, cinéfilo admirador del filósofo vallisoletano, se adentra en el corazón de Marías para rebatirle su propia convicción, para demostrarle que por mucho que renegara de su condición, era un crítico de cine. Y un filósofo. Y un intelectual. Y un pensador. Una rara avis que no ha dejado herederos… Todo ello lo ha contado en Julián Marías, crítico de cine (Fórcola) del que Alfonso Basallo habla para Nueva Revista.

Alfonso Basallo: Javier Marías, crítico de cine. Fórcola, 2016

¿Por qué cree usted que un filósofo de la categoría de Julián Marías decidió dedicar tantos artículos, tiempo y talento al cine, considerada hasta hace muy poquito la menor de todas las artes?
Porque era un gran cinéfilo y porque le parecía que en el cine había respuestas a grandes preguntas. Lo impresionante es que él rescataba esas ideas de una manera muy llana e inteligible. Era capaz de hablar de Aristóteles o Kant con un estilo claro y elegante, muy en la estela de Ortega, que estaba obsesionado con que la filosofía fuera accesible a todo el mundo. Así que digamos que llevó la esencia de la filosofía a la butaca del espectador.

¿Pero era sobre todo un filósofo o sobre todo un espectador?
Las dos cosas (risas). No se puede separar ni elegir. Él decía: “Ver es pensar con los ojos”, de nuevo siguiendo a Ortega. No se puede disociar la filosofía de la expectación, de la contemplación, de mirar la realidad del mundo y del hombre. Por eso sus críticas están tan intrincadas con la razón, pero también con la vida. El cine es para él una realidad inventada que tiene que tener sentido, tiene que tener lógica y coherencia, pero una realidad, desde Fort Apache a My fair lady.

Pese a que no se sentía crítico de cine hay pocos que le hayan superado en tiempo y artículos.
Marías empezó a escribir artículos sobre cine en el año 62 en La Gaceta Ilustrada, y ya entonces le empecé a seguir. Estuvo cerca de veinte años hasta que empezó su larga y rica trayectoria en Blanco y Negro. Sí es verdad que su estilo no se acoge al género de la crítica cinematográfica propiamente dicho, pero me llamó siempre la atención la insistencia con la que renegaba de esa condición, quizá es porque quería mantenerse al margen de la crítica ideológica, tan en boga en los años 60 y 70 cuando los críticos eran de izquierdas o derechas y por tal se les conocía. Su acercamiento al cine era meramente cultural, y por supuesto antropológico y filosófico, pero nunca ideológico o político.

Del estilo de Marías sigue asombrando hoy en día su lenguaje claro y meridiano, hablara de cine o de razón pura.
Cuando termina la Guerra Civil, Marías, por ser orteguiano, es castigado: le suspenden la tesis y no le dejan enseñar. Se tiene que ir a Estados Unidos a dar clase y se pone a escribir libros porque tiene que comer. Por eso tiene tanto interés en que su prosa sea muy clara, porque necesita vender libros para poder vivir. Creo que ahí fue cuando adquirió ese estilo que, al margen de sus ideas, es absolutamente admirable.

Si Truffaut definía al crítico de cine como el espectador más completo, ¿cómo podría definir a Marías?
Bueno yo sí le considero crítico de cine (risas). De hecho, escribí el libro para demostrar que sus artículos son críticas además de pequeños ensayos filosóficos. Pero supongo que él se habría considerado a sí mismo como un mero aficionado. Como mucho un intelectual aficionado. Pero un aficionado capaz de hacer reflexiones filosóficas sobre el amor, la libertad, el destino, la muerte, la política o la educación sin olvidar nunca la película y valorando el trabajo del director y de los actores, evaluando el resultado y aconsejando o desaconsejando verlas. Su trabajo cumplía la función de la crítica, sin duda, e iba mucho más allá.

Marías buscaba el sentido antropológico de cada historia, casi de cada personaje de una película. ¿Cree que ello intrinca con su anhelo, como católico, de búsqueda de la Verdad?
La buscaba en el cine y en la filosofía. De hecho, para él la filosofía era un género literario llamado a realizar esa búsqueda. Cuando escribió Historia de la Filosofía quiso construir un relato en el que contara la búsqueda del hombre en pos de la Verdad. Él mira todo desde este prisma. Y pide al cine que no dé una visión reduccionista del ser humano, no le gustaba que el personaje fuera tratado como una marioneta, como James Bond, por ejemplo. Le gustaban los personajes con sustancia humana.

Como crítico era un hombre exigente. Por ejemplo no le gustaba la intrincación de género y consideraba que la voz en off era un recurso literario dentro del cine, “el fracaso del cine” lo llamaba, porque sustituía ortopédicamente la imagen. En esto es difícil estar de acuerdo con él…
Una de las cosas que él pedía a las películas era la visualidad, que con verlo baste. Era un fanático de que con la imagen hubiera suficiente de que la palabra esté supeditada a lo que vemos. Y así pensaban grandes maestros como Hitchcock, al que él admiraba profundamente.

Pero también era benevolente… Hay películas donde la historia o el hombre y su conflicto no hay por dónde cogerlas, no dignifican al hombre ni plantean preguntas. Son lo que son, sin más. Y él sin embargo, les sacaba cierta enjundia.
Efectivamente. Siempre salvaba algo de alguna película. Pero precisamente por eso cuando es duro es muy interesante. Fue duro con Fellini o con Oliver Stone… Le parecen directores vacíos, sin sustancia.

Marías habla del placer de ver el cine, del gozo. Él exigía esto, aunque la película fuera bélica o trágica. Esto es interesante porque el cine de hoy tiende a un feísmo a veces asombroso… Parece que para hacer género hay que se enfático y duro y que los cineastas se lo quieren poner difícil al espectador para sentir ese gozo de mirar.
En los años 80 y 90 anticipó ese feísmo. Le irritaban las concesiones vulgares al lenguaje, el cine feista, obsceno, poco elegante en definitiva. Para él era una bajada del nivel cultural, una concesión fácil al énfasis.

Una pregunta complicada: ¿qué cree que hubiera opinado Julián Marías del cine de hoy?
Me hubiera gustado que hubiera hecho la crítica de algunas películas contemporáneas porque creo que habría visto con pena el bajo nivel educativo, la carencia estética y cómo se ignora ahora la belleza de las artes, y la terrible influencia de la televisión a la hora de contar una historia. El público de hoy ha perdido el paladar para entender y captar la belleza. Pero los cineastas tienen que atraparlos con brocha gorda.

¿Qué quiere decir Marías cuando afirma que una película tiene que ser fiel a sí misma o que está por debajo de sí misma?
Por supuesto se refiere primero al nivel formal: un buen director, unos buenos actores tienen que ser fieles a la calidad de su trayectoria y a lo que se espera de ellos, no pueden ser infieles a su público. Y, segundo, al nivel aspiracional de una película: muchas veces no llegan a lo que se proponían, por multitud de razones, pero no llegan, como Cleopatra de Mankiewicz, una película que le molestaba especialmente porque, habiendo podido ser una gran obra, a medida que avanza se desparrama, se pierde, y uno ya no sabe por dónde va. Él pedía un ejercicio de responsabilidad al propio creador, pero les pone el listón muy alto. Se pone siempre de lado del público, y el público es implacable y la taquilla poderosa.

Él solía decir “prefiero un western a un festival de Cannes” lo que viene a vindicar que la calidad no está reñida con el entretenimiento puro y duro. Por eso le encantaban Ford y Hitchcock, y otros muchos directores clásicos que hacían películas que el público veía en masa y que eran extraordinarias, muchas de ellas auténticas obras de arte, con una visión del hombre muy interesante y hasta elevada y muy entretenidas. Nada de esto está reñido con la calidad. De hecho, las películas sesudas y vacías le irritaban mucho. Le irritaba mucho el crítico pedante que sólo consideraban buen cine las películas abstractitas del neorrealismo italiano o de la Nouvelle Vague francesa. Películas interesantes sin duda, pero para el espectador aburridas. Él quiere distanciarse de todo aquello y pide a las películas inteligibilidad y entretenimiento, por eso se identifica tanto con el espectador popular porque quiere líneas claras, objetivos concretos. Para Marías el cine debería ser una pugna equilibrada entre el arte y el entretenimiento.

Pero qué humildad, además, identificarse con el espectador popular teniendo un nivel intelectual elevadísimo…
Cualquier lector instruido entiende las críticas de Marías perfectamente.

¿Cuándo se publicará una compilación de sus artículos?
Eso quisiera saber yo… Hay un editorial que publicó una selección. Las de La Gaceta Ilustrada no se pueden leer en ninguna parte, hasta lo que yo sé, pero las de Blanco y negro están en ABC digital.

Usted ha sido periodista cultural casi la mitad de su carrera, o más: ¿que le ha aportado esta mirada tan compleja y a la vez tan meridiana de la valoración crítica de una obra?
Lo primero, la escritura. Me fascina el estilo de Julián Marías. Y, segundo, la curiosidad que tiene por todos los temas, la avidez por conocer más y más cine. Era una persona abierta, de gustos muy amplios. Veía western y clásico, pero también cine ruso y europeo. Podía valorar Pulp Ficiton, de la que habló muy bien, y sin embargo Bergman, que es el director de las grandes preguntas, le parecía un tostón. Pero sí quisiera destacar la huella de la cultura de sus críticas. Todas y cada una de ellas están llenas de filosofía, de literatura, de arte, de ballet, de Galdós y de Alejandro Dumas, de historia y de música clásica. Y por su puesto de reflexiones filosóficas, antropológicas o teológicas. A la crítica de ahora le falta mucho ese sacarle el jugo cultural a una película. Los críticos de ahora sólo saben de cine. No abren su espectro. Él revertió el género, por eso era único.

Póngame un ejemplo.
El Padrino sería uno. Él la consideraba un tratado de política y en su crítica de la película, sin olivarse nunca de ella y teniendo siempre la historia y lo que ocurre como eje, es capaz de hablar de Maquiavelo, de los Borgia, del Renacimiento, de la teoría y la razón de Estado. El Golpe, por ejemplo, la relacionaba con la picaresca española del Siglo de Oro. Eso a ningún otro crítico se le ocurría y pienso que no se le ha ocurrido todavía. Eso sólo te lo da una trastienda cultural vastísima y una apertura de miras que yo creo que ahora no hay…

¿Por eso no tiene un heredero natural?
No lo tiene no. Pero tampoco lo tiene a nivel filosófico. Pienso que filósofos cinéfilos o accesibles en su aproximación a la cultura ha habido cuatro o cinco a lo largo del siglo XX: Ortega, Laín Entralgo, Eugenio Trías o Fernando Sabater, pero poco más. Y desde luego no han sido tan sistemáticos como Julián Marías.

Dígame como son las críticas de Julián Marías, para concluir.
Son un regalo. Es pedagógico, enseñan a ver cine, ayudan a ver cosas que igual antes el espectador no ha visto. Y enseña a entender el misterio del hombre. Casi nada…

Las notas de Valentí Puig. Deshoras de Europa

En el transcurso de la crisis de la conciencia europea la guerra de Siria no ha sido “la hora de Europa” según se había dicho, como también se dijo al desintegrarse Yugoslavia y tampoco lo fue. Desde la deshora del Brexit – en Santa Helena Napoleón decía que los ingleses bloqueaban muy bien- pasando por la elección de Donald Trump, el único indicio de una Europa con más voluntad de rehacerse acaba siendo el inesperado François Fillon, aunque el poder no es lo mismo que el discurso electoral, ni es fácil reformar una Francia aquejada del “mal francés” que hace ya años diagnosticó Alain Peyrefitte y que Baverez –más aroniano- formuló como “La Francia que cae”. Pero, ¿en qué país europeo no se diagnostican  resistencias e inercias que al final acaban asemejándose, desde Italia a Hungría? Si llega al palacio del Elíseo, Fillon pronto sabremos cuanto de lo que ha dicho se convierte en acción política dispuesta a poner fin a la psicosis del declive.

Seguramente es inevitable la equivalencia coloquial entre Europa y la Unión Europea pero la semántica histórica no es la misma. Europa representa siglos de disrupción y fugaces concordias, la Europa de los grandes monasterios y de la Ilustración, de la llegada de los turcos a las puertas de Viena, Auschwitz, el Muro de Berlin y el final de la guerra fría. La Unión Europea en cambio y con sucesivas denominaciones parece como la inspiración de un procedimiento para restañar las heridas de la vieja Europa. Un elemento central del europeísmo fue la alarma ante la presencia soviética en media Europa, al igual que la reconciliación franco-alemana, afrontada con pragmatismo al crearse la Comunidad del Carbón y del Acero. Sin atender a los precedentes de la Europa de siglos resulta difícil entender los acelerones y frenazos de la Unión Europea.

Por ejemplo: si se acostumbra a criticar las pulsiones populistas de Polonia, es como si únicamente quisiéramos ver el lado oscuro de la Historia. Extraño pueblo, curtido por la desmesura y el arrojo. Experiencia de exilio y destierro, obnubilación patriótica, particiones sin límite. Cargas de caballería contra carros blindados, vuelo temerario de los pilotos polacos en la Batalla de Inglaterra: luego tuvieron que quedarse en Londres tomando vodka en un recóndito bar de Kensington. Apabullante literatura polaca, desde “Pan Tadeusz” a Gombrowicz. Hoy es una sociedad pujante, que busca la prosperidad, arrolladoramente vitalista, por grande que sea el peso de la Historia. Pararon a los turcos a las puertas de Viena, vieron salir el ejército de Hitler y como entraban las tropas de Stalin. Creyeron incluso en Napoleón. Más tarde pensaron que los Estados Unidos, al menos, no les habían traicionado. El centro de Europa está en Varsovia.

Sin sentido histórico, las nuevas generaciones europeas caen el descontento de improvisación, al igual que nos sucede en España con la Constitución de 1978. Los observadores de las principales instituciones multilaterales sostienen que la elección de líderes se hace por eliminación, al contrario de lo que ocurre con las naciones, cuyos gobernantes son elegidos por elección de los ciudadanos, si aplicamos el método popperiano, para sustituir el que ha gobernado mal por otro que tal vez gobierne bien. En las organizaciones supranacionales, el elegido acostumbra a ser el que dice que sí a los Estados-miembro que han de proceder a su elección. Indirectamente, ese proceso tiene que ver con otro “mantra” europeo. Cuando las cosas van mal, siempre se dice que la solución es “Más Europa”. Sin embargo, ¿en qué secuencia empírica se basa esta conclusión? De hecho, no se trata de una secuencia empírica sino de una retórica de poderes consolidados por un conjunto –natural, si se quiere- de conveniencias e intereses. Uno puede pedir “Más Europa” siempre que se le antoje pero para eso se requiere un gran liderato político que las instituciones europeas, por su idiosincrasia híbrida, tardarán en tener. Es, ni más ni menos, un déficit de ética de la responsabilidad en una Unión Europea que quiera ser gran potencia mundial.

Luis de León Barga: “La Transición fue admirable porque se sobrepuso al inmovilismo y a la ruptura”

 

El periodista Luis de León Barga escribe Los durmientes (Fórcola), una novela que, inscribiéndose en la tradición de la narrativa de espías, retrata –a través del personaje de Jaime Monasterio– la España de los primeros años de la Transición, una España de traiciones ideológicas, de ausencia de lealtades y de reacomodación al nuevo escenario democrático. A través de la mirada de una joven historiadora, contratada para investigar a Monasterio, antiguo espía de la URSS, León Barga se acerca a la Transición, al tiempo que desmitifica los ideales políticos e indaga en las relaciones extra oficiales entre los servicios secretos y la alta diplomacia.

Uno de los temas principales de Los durmientes es la falta de lealtad, que se hace particularmente evidente en el campo político en el cambio de “bando” de algunos de los protagonistas de la política de la Transición. ¿esta falta de lealtad puede leerse también como una relativización de las filiaciones ideológicas o de las propias ideologías?

En cierto modo sí porque la traición, si nos retrotraemos al arquetipo arcaico, tiene que ver con el concepto del honor, en el sentido de que la persona posee un referente claro que le invita a no quebrantar la palabra dada o el juramento de fidelidad hecho a un vasallaje, creencia o ideología. Cuando esto se ha extinguido, la traición no es vista como tal porque el vínculo se ha disuelto. Ya no hay un arquetipo, solo un individuo y éste se convierte, al ser uno consigo mismo, en el referente de sí mismo, por lo que cabe cambiar de lealtades según las oportunidades del momento, algo que él no ve como traición sino como una readaptación a una nueva situación.

Las motivaciones para convertirse en traidor, se lee en la novela, “son el dinero, la ideología, la conciencia, el sexo, el ego y el resentimiento”. Excluyendo la ideología y la conciencia, los otros motivos nada tienen que ver con ideales políticos, que son los que, al final, terminan por ser menos determinantes en las trayectorias de los personajes.

Efectivamente, los personajes de la novela son en cierto modo “víctimas” de los hechos históricos que les toca vivir, y en los que se ven obligados a desenvolverse.

La figura del traidor y del espía se inscriben en parte, a partir del protagonista, Jaime Monasterio, en la Transición, que usted desmitifica. ¿Debemos hablar de la Transición más que como un proceso admirable como una remodelación de cargos y representantes provenientes, en gran parte, del régimen franquista?

Resulta evidente que la correlación de fuerzas fue determinante para el desarrollo de la Transición, y también que los principales actores de la Transición procedían de los sectores más jóvenes del régimen, que eran conscientes de que Franco no era inmortal. Pero no hay que negar que fue un proceso admirable porque se impuso a las fuertes resistencias de los sectores inmovilistas del franquismo y el deseo de ruptura de una mayoría de la oposición antifranquista.

En este sentido, ¿la Transición fue, para muchos, una continuidad política solo que bajo un orden democrático?

Más bien fue un intento de continuidad política bajo un orden democrático que no llegó a fructificar del todo, y por eso se intentó revertir su rumbo con el fracasado golpe de Estado del 23 de febrero de 1981.

Hay una frase de Jaime Monasterio absolutamente demoledora: “Nosotros, la gente de mi generación, nos vimos obligados a actuar contra nuestra propia palabra, pero el traidor siempre es el hombre del cambio. De no ser así seguiríamos bajo una dictadura, pues los que mandaban eran partidarios de que las cosas siguieran como estaban. Si conseguimos acabar con ellos fue gracias a la traición”

Es innegable que los impulsores de la Transición traicionaron sus principios y juramentos con el fin de traer la democracia, tanto en el lado del régimen como de la oposición antifranquista, pero también es cierto que no tenían otra forma de hacerlo, como dice el personaje de la novela.

“Nunca sabes quién te va a pegar un tiro en la nuca, por eso deberíamos tener un espejo retrovisor sujeto en nuestras cabezas” dice un agente del KGB en la Roma de 1970. La Roma que usted describe, ¿no es metáfora de la confluencia y de los intercambios entre los dos lados del muro y el Estado Vaticano?

No se puede entender Roma sin el Vaticano, cuya política de cara a los países del este de Europa que se encontraron bajo regímenes comunistas después de la Segunda Guerra Mundial fue llevada a cabo con mucha inteligencia, y en este sentido sí cabe hablar del Vaticano como un centro de confluencias.

A partir del diálogo que se instaura en Los durmientes entre España e Italia ¿podemos hablar de Roma como contrapunto y, a la vez, punto correlativo de España, sea durante la Segunda Guerra Mundial sea durante los años setenta?

Sí, Roma tuvo una importancia vital para el franquismo, primero por el fascismo que fue un modelo a seguir y le ayudó a ganar la Guerra Civil y, tras su caída, por el Vaticano, que le sirvió junto a Estados Unidos para ir saliendo del ostracismo internacional en el que se encontraba sumido desde 1945.

El protagonista es detenido, a finales de los noventa, por ser espía ruso; sin embargo, sus supuestos diarios revelan que el Estado Español conocía sus contactos con la URSS y utilizaba dichos contactos. ¿La detención es un acto de hipocresía política o un intento de reescribir la historia?

En el mundo del espionaje no rigen las mismas reglas jurídicas que para el resto de los mortales y, por otro lado, es un acto de hipocresía como también pudo serlo que el régimen franquista hacía del anticomunismo una de sus banderas y negociaba comercialmente con dichos países a través de otros o incluso directamente.

Uno de los papeles más importantes jugados por Monasterio es el poner en contacto la diplomacia de la URSS con el Vaticano, así como con el estado Español de la Transición.

El Vaticano jugó un papel muy importante en la política internacional y, en especial, respecto los países comunistas, con los que mantuvo contactos secretos a partir de los años sesenta del siglo pasado y de los que no se ha  hablado mucho.

El diario del protagonista, ¿un acto de exculpación o el intento de una hija por salvar la reputación de su padre?

Es el intento de una hija por salvar la reputación de su padre.

En este sentido, Los durmientes podría definirse, parafraseando la película sobre Paesa, como una novela sobre hombres de mil caras. Y, retomando a Paesa y llegando hasta la hija de Monasterio, sobre la cual cae la sospecha de ser espía, ¿ha cambiado mucho el espía desde el Monasterio de los años cuarenta hasta la actualidad?

Me imagino que las nuevas tecnologías son muy útiles hoy día, pero como lo demuestran los fracasos de la guerra en Irak o en ciertos casos de terrorismo islamista, es evidente que todavía hay mucho sitio para el espía infiltrado en una organización o viviendo en territorio enemigo.

Los durmientes alude a la red de contraespionaje, en la que, teóricamente, está la hija de Monasterio. En estas redes invisibles, ¿es donde se maneja, actualmente, el poder político y económico internacional?

Los servicios de espionaje tienen poder, pero no es tan extenso como para manejar todos los hilos del planeta.

En cierta medida, Rosa ocupa el lugar del lector y, al mismo tiempo, representa la generación más joven, aquella que ahora pone en cuestión el mito de la Transición.

Rosa es la mirada distante en el tiempo sobre la Transición y por eso puede verlo con más amplitud y profundidad.

Rosa es una mujer en un mundo de hombres. ¿El espionaje y, podríamos añadir, los servicios secretos están dominados todavía por los hombres?

Sí, pero las mujeres ocupan cada día mayores parcelas de poder y, en el Reino Unido, una mujer dirigió los servicios de espionaje y en España, actualmente, la número dos del Centro Nacional de Inteligencia es una mujer.

Por último, si le digo que su novela, Los durmientes, puede definirse como una novela de espías, pero una novela en la que usted vacía el mito de los espías para llenarlo de contenido político-histórico, ¿estaría de acuerdo?

Es cierto que es una novela disfrazada de novela de espías para entablar un diálogo con el lector sobre otros asuntos. Pero éstos no solo son históricos. La amistad, el sentimiento y la lealtad tienen una importancia mayor.

Martínez de Aguirre: «Un episodio de Modern Family se carga cualquier conferencia sobre la familia»

Carlos Martínez de Aguirre es catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Zaragoza y presidente de The Family Watch España. Su conferencia, el pasado viernes en Madrid, en el seminario sobre Buenas prácticas internacionales de apoyo público a la familia, fue quizá la más luminosa.

Empezó con una paradoja. Hay un esfuerzo en familia como nunca. Hay leyes de apoyo a la familia. Hay libros sobre cómo educar a tu hijo a los 6 años, a los 7 años, a los 8 años… Y la familia, sin embargo, no parece que marche del todo bien: más divorcios, más fracaso escolar, más enfermedades mentales…

Continuó con una fábula, la de un explorador que a base de latigazos pone a sus renos en dirección al Polo Norte. Pero al final de cada día mira la brújula y el mapa y comprueba cómo invariablemente se aleja cada vez más del Polo Norte. La brújula funcionaba bien, los renos volaban, como el Metro de Madrid. ¿Qué ocurría? El aventurero iba, sin saberlo, en un iceberg que se dirigía al Sur con una velocidad muy superior a la de los animales de los villancicos navideños.

aplicó la paradoja y la fábula a la familia. Hay políticas familiares nucleares (defensa del matrimonio hombre-mujer-hijos, adopciones, protección de menor, etc.) que refuerzan a la familia en sí misma. Hay política familiares periféricas (fiscales, administrativas, laborales…). Las primeras son el iceberg y las segundas son los renos. Las periféricas son costosas y aparentes (protección a la vivienda, por ejemplo), se “venden” bien. La tentación con las políticas nucleares es la tendencia a bajar continuamente el nivel (el “matrimonio gay”, la ideología de género, etc.) porque juega mucho la emotividad y es más popular.

Pero hay que “trabajar con datos, no con ideologías”, subrayó Martínez de Aguirre. Y “los datos nos dicen que hay modelos familiares que funcionan mejor que otros”. Esos datos ponen de manifiesto que hay muchas más rupturas y promiscuidad en el “matrimonio gay”.

Martínez de Aguirre desconoce la estrategia comunicativa para revertir esta tendencia, en la que triunfa el sentimentalismo sobre la razón y la experiencia empírica. “Un episodio de Modern Family se carga cualquier conferencia sobre la familia”, sostuvo el catedrático. Solo se atrevió a dar alguna pauta: trabajar el concepto de matrimonio, ser proactivo, ser respetuoso, tener una mentalidad abierta, buscar argumentos sólidos y saber argumentar, y no tener miedo. Con una actitud así, en los Estados Unidos se había revertido la tendencia de apoyo al aborto. Y es que, añadió, “el sexo es socialmente relevante porque a continuación vienen los hijos”. Y lo socialmente relevante va más allá de las emociones. La realidad y los datos avalaban la heterosexualidad, la estabilidad y el compromiso, “porque los hijos son un incordio durante muchos años”.

Es, pues, una locura no llevar a cabo una política familiar adecuada y de preventiva ante las rupturas familiares. “En más de 40.000 millones de libras al año cuantifican los británicos los costes por las rupturas familiares”. Es muy oneroso para el Estado. Además, emotivamente no se soluciona nada. Pensemos en la mentalidad y aptitudes que se exigen a la ex pareja para la custodia compartida. Cuando lo ven y lo viven, afirman que se lo habrían pensado mejor antes de romper, concluyó el ponente.

https://youtu.be/RFviy5_0U2U