Mi cesta

Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.

Ver productos

Un homenaje a Carlos Pujol: recordamos su última entrevista

En el sexto aniversario de la muerte de Carlos Pujol, les ofrecemos la última entrevista que dio en vida. Su conversación con Ignacio Peyró apareció publicada en la Navidad de 2011 en La Gaceta de los Negocios. Junto a la entrevista, también publicamos el perfil con que el entrevistador la acompañó

PERFIL

Han pasado ya años desde que Carlos Pujol nos enseñara a leer a Saint-Simon y ahora va publicando novelas, libros de artículos y libros de poemas como el goteo más feliz, en el plinto de los mejores, siempre avalado por la serena autoridad de la buena literatura. En realidad, seguramente casi todo el mundo ha leído a Carlos Pujol: por sus manos de traductor han pasado lo mismo Andrew Marvell que la Dickinson, Samain y Joubert. Si traducir es leer más hondo, he ahí a uno que ha buceado más que nadie por los clásicos, aunque para la gloria mundanal queden ante todo sus muchos años de factótum en la mayor editora del país.

En una época de crítica en declive, sus reseñas y sus recopilaciones –de Itinerario francés a El espejo romántico– cumplen con la vieja aspiración de la crítica, a saber: configurar por sí misma un género literario, lo que incluye estar informado, ser leído, tener voluntad ecuánime y –ante todo– escribir bien. Es así como la literatura se hace fiesta. Mientras van y vienen los novelones de templarios y los ídolos del día, su labor narrativa –El lugar del aire, Jardín inglés, Dos historias romanas- tendrá siempre sutileza y ligereza, el ritmo necesario y el humor más cercano. Este humor viene a desmitificar las solemnidades del mundo, y también estará en esas delicias de género mixto que son libros como La casa de los santos o 1900. Todo tiene calidad para durar, porque la buena prosa nunca muere.

“Para nombrar el mundo, / que es claro y misterioso como el agua”, Pujol lleva más de dos décadas publicando poemas: poeta tardío, ha tenido la suerte de que su poesía calara poco a poco entre gentes jóvenes. Así ha encontrado su reivindicación al margen de los codazos en pos del Parnaso y el numerus clausus de las antologías. Con cierta actitud moral de discreción en tiempos exhibicionistas, quizá a alguno le pueda parecer que en ciertos poemarios de Pujol –donde habla con la voz de Job o la Sevigné–, el poeta parece jugar al escondite. Pero todo queda sublimado en la calidad de su lírica, “como si se cumpliese una promesa / que al fin nos hace ser tal como somos”.

ENTREVISTA: “El humor en la novela es el gran aporte de los españoles”

Carlos Pujol, nacido en Barcelona en 1936, es una de nuestras personalidades literarias de mayor relieve. Autor de una obra amplia y sólida que abarca cuarenta títulos de todos géneros, también ha traducido un centenar de las  obras indispensables de la literatura universal: Balzac, Baudelaire, Hemingway, Austen o Shakespeare. Catedrático emérito de literatura románica y profesor durante cuatro décadas en la Universidad de Barcelona, Pujol es también miembro de los jurados del Premio Planeta y del Ramon Llull, entre otros, y como editor ha ayudado a incontables jóvenes escritores. Crítico literario tan inagotable como sabio, es quizá el más reputado experto y difusor de la literatura francesa entre nosotros, aunque su conocimiento de las letras anglosajonas no le va a la zaga.

¿Cómo ha logrado escribir su propia poesía habiendo traducido a tantos poetas insignes?

Con cierto sentimiento de vergüenza. Se necesita valor para escribir poesía habiendo traducido a Baudelaire, por ejemplo. Era algo que tenía en mente ya desde la adolescencia, pero luego lo dejé correr porque descubrí que estaba imitando lo que me gustaba entonces.

Explíqueme esta tardanza en sus primeras publicaciones de poesía

Tenía 45 años cuando publiqué la primera novela. Y al cabo de pocos años pensé: -Hombre, por qué no probar de nuevo con la poesía. Tenía más experiencia y las traducciones en verso me dieron muñeca. Cuando era estudiante comprendí que lo que hacía no llevaba a ninguna parte. Eran imitaciones y parodias de lo que yo admiraba. Mi poesía viene traída por la novela. Utilizo normalmente el recurso poético del  monólogo dramático, que me llevó a pagar la deuda que tenía con Robert Browning, que fue si no el inventor, sí el que se dedicó más a este género. Un personaje histórico conocido que cuenta sus cosas como si estuviera en un escenario. Y esto es una secuela de una actitud novelesca. Mi poesía es más de contar que de cantar.

¿Sintió aprensión al poner versos en boca  de Bernini o de Madame de Sevigné?

Sí, desde luego, un gran respeto. Pero al entrar en ellos también descubres que hasta el sol tiene manchas.

¿Qué papel ha jugado el humor en su obra?

Un amigo mío considera que combinar el humor con la poesía es sacrilegio. Pero una novela requiere humor, que no es reírse de los demás, sino de uno mismo. El humor en la novela es el gran aporte de los españoles. El descubrimiento de la novela como humor. Los españoles inventamos, pero no sabemos sacar las patentes. Las patentes del Quijote las sacaron los ingleses. El humor es lo que da trasfondo y relativización de las cosas, más que los alarde técnicos. Sin embargo, cometimos el disparate de poner lecturas como Tiempo de silencio entre las obligatorias en el bachillerato. Como para desanimar a generaciones enteras de futuros lectores.

¿Cómo enmarca su poesía en la lírica española contemporánea?

He tenido una gran ventaja: nadie me ha hecho caso. Al principio me produjo ciertas contrariedades, pero me ha dado libertad. Nadie se ha molestado en incluirme en estos grupos de los que todo el mundo disfruta: generaciones, escuelas… No sabría qué decirte. No me identifico con ninguna clasificación, me parecen bastante ramplonas. El peor enemigo de la literatura es la historia de la literatura. Al preguntar a mis alumnos -¿Qué sabe de Cernuda, o de García-Lorca? La respuesta siempre era la misma, prefabricada: -Es un miembro de la generación del 27. Punto final. Y creían que con esto la cosa estaba explicada.

¿Se ha desleído con el tiempo la influencia de la literatura francesa, en otro tiempo tan grande?

Del todo. La cultura francesa y Francia en general se ha venido abajo completamente. Una literatura impresionante en riqueza e influencia que en el siglo XX se ha desplomado. Sobre todo en Barcelona se vivía culturalmente pensando en París. La novela francesa, el premio Goncourt, la última película francesa, las últimas modas de la pintura… Cualquier cosa que pasaba en París era un acontecimiento. La gente leía las revista literarias francesas. Estaba la Librería Francesa, con tres tiendas en Barcelona; se vendían muchos libros en francés. Todo esto ha pasado a la historia completamente. Las películas francesas no le interesan a nadie. Las novelas no valen nada. Uno coge una revista francesa y ve cómo han llegado a este grado tremendo de la decadencia que es el ‘ombligismo’, hablan sólo de lo suyo.

¿Le ha compensado traducir tanto en prosa como en verso? Porque usted lo ha dejado…

Empiezo a tener una edad venerable y me canso. He traducido un centenar de libros. Era un complemento muy mal pagado, pero yo era más joven y tenía más brío. Me lo tomaba como aprendizaje e ilusión y como un modesto complemento económico. Luego me dediqué de lleno a escribir. Traducir a Balzac o Jane Austen requiere sentarse durante tres o cuatro horas todos los días durante mucho tiempo. La poesía es más fragmentada, que se puede ir haciendo mientras se pasea.

Ha dejado dicho que la realidad, en literatura, está para ser saboteada. Pero ha defendido con énfasis la literatura realista del XIX frente al experimentalismo del siglo XX

Las aventuras y cabriolas del siglo XX nunca me han convencido mucho, ni los autores que ahora se veneran con un buen grado de esnobismo, como Joyce. Ulises es una obra de ingeniería admirablemente bien hecha. De eso a compararlo con las novelas clásicas del XIX como Balzac, o Dostoyevski, incluso Henry James… El XIX es el gran siglo de la novela, y no se si es realista, pero mantiene el respeto aparente por la realidad. Y creo que esto se ha perdido. El cine ha influido mucho y el lector de hoy ya no puede leer la Regenta, que empieza con aquel tour de force en lo alto del campanario de la catedral: páginas y páginas explicando qué es lo que se ve desde el campanario. Esto hoy no lo soporta nadie. El cine lo resuelve en un plano general que dura segundos. ¿Está bien o está mal? Las cosas cambian, cambia el lector.

Se dice que la literatura es menos importante e influyente que antes

No tiene influencia. Este mundo que está cambiando tan rápido se refleja en la literatura con el adocenamiento literario de los best-seller.

¿Nos han faltado en España tradiciones críticas como las de Francia o Inglaterra?

Lo que podríamos llamar la sociedad literaria, en Francia o Inglaterra es mucho más sólida. Viene de raíz: de la educación y la escuela, mucho mejor que la nuestra. Los lectores son lectores mejores y más críticos. Fíjese que a Gracián y Calderón nos lo descubrieron los alemanes. Pero también me ha repugnado siempre la falta de espíritu crítico con lo propio. En la universidad no se podía discutir que el Arcipreste de Hita había sido un genio, que Lope de Vega era el no va más. Una especie de nacionalismo cultural. Dos palabras difíciles de casar. Cuando descubrí La Divina Comedia me quedé viendo visiones. Aprendí italiano leyéndola. Pero en España siempre hemos vivido muy cerrados en nuestra tradición. Por eso escandalizaba Eugenio D’Ors, porque ha ido rompiendo fronteras. Parece que hay que ponerse de rodillas y rezar ante una cosa que se llama generación del 27. Pero con el tiempo no sé que quedará, como discretos escritores, supongo. El todo por la patria no es un lema de cultura.

Usted nunca ha escrito en catalán aun teniendo amigos como Joan Sales o Joan Perucho

Desde que tuve uso de razón el castellano era la lengua de expresión única: el cine, los tebeos, las novelas de quiosco, la escuela, la universidad. Todo me vino completamente dado. Muchos años sin una sola clase en catalán. Además, me encontré con que mi devoción por la literatura catalana quedaba bastante mitigada porque la lengua en la que se había expresado la literatura catalana en el siglo XX me resultaba completamente ajena. La lengua de Carner, Riba, etc. era artificial, no tenía nada que ver con el catalán hablado. Josep Pla decía aquello tan divertido de que “el poeta Joan V. Foix es un gran poeta catalán que escribe en checoslovaco”. La sensación que uno tiene con Foix es de que está leyendo una cosa rarísima, nadie ha hablado de esta manera. La evolución del catalán tan controlado por unas opiniones políticas me parece que ha sido negativa porque no se ha atenido a la lengua viva, sino a una imposición. También es sintomático que Pompeu Fabra, el arquitecto de este asunto, fuese un ingeniero de profesión. Acabé encontrándome con que no puedo escribir en catalán, ni siquiera domino la ortografía. Para mí el catalán ha sido una magnífica lengua de comunicación.

Aunque no haya hecho alarde, su condición de católico es muy visible en su obra.

Pues sí. Nunca me ha gustado hacer una literatura confesional porque la novela y la poesía es para todo el mundo. Pero no descartar a nadie empieza por no descartarse a uno mismo. No se puede dar la espalda a lo que uno es. El mundo literario se ha secularizado de forma brutal.

La correspondencia: el otro relato de las hermanas Mitford

No tires nada”. Así comenzaba la carta que Nancy Mitford le escribió a su hermana Diana el 6 de marzo de 1965, ocho años antes de fallecer la propia Nancy y más de tres décadas antes de que concluyera, tras el fallecimiento de Diana, el prolongado intercambio epistolar entre las hermanas. En su carta de marzo de 1965, Nancy parecía ser consciente de que las cartas que se habían intercambiado las seis hermanas desde principios de 1925 eran algo más que el testimonio privado de sus relaciones, constituyendo un corpus narrativo que completaba el legado literario conformado por las obras de ficción, así como autobiográficas de las que habían sido autoras la propia Nancy, Jessica o Diana. Tal y como le explica en su carta Nancy a Diana, la librera de viejo de Heywood Hill, Handasyde Buchanan, le había comentado “que las cartas de Evelyn [Waugh], por ejemplo, ahora vale 1 libra cada una –las compran las universidades estadounidenses. Pero la correspondance suive de una familia entera, algo muy raro de encontrar en esta época, va a ser oro para tus herederos”. ¿Fueron las palabras de Buchanan aquellas que llevaron a Nancy a ver la correspondencia con sus hermanas como un testimonio narrativo de interés futuro? Apenas dos años antes de la carta de Nancy a Diana, el 5 de marzo de 1963, ésta recibía una carta de la hermana pequeña, Deborah, que le rogaba: “¡No tires ni una sola carta, es una locura!”. Las palabras de Deborah y las de Nancy a Diana, que no dudaría en seguir las instrucciones de sus hermanas, conservando todas y cada una de las cartas que, años más tarde, reuniría su nuera Charlotte Mosleyen la que sería la definitiva edición de la correspondencia completa de las Mitford, permiten concluir que, tal y como puede constatarse a mitad de los años sesenta, treinta años después de que se iniciara la correspondencia,  las hermanas fueron tomando conciencia de la posible trascendencia de su intercambio epistolar, conciencia que, sin embargo, no parece plasmarse de forma explícita en las cartas, donde, como señala Carmen Cáceres, traductora junto a Andrés Barba de las correspondencia completa publicada por la editorial Tres Hermanas, destaca el tono familiar: “al principio sí había una voluntad de estilo, pero no ‘literario’ sino familiar: elegían escribirse en idiomas inventados, llenaban las cartas con apodos privados, promovían los sobreentendidos, etc. Digamos que el estilo de las cartas tenía la intención de continuar el estilo que cada una deseaba proyectar dentro de la familia”. Para Barba, en perfecta sintonía con Cáceres, “las Mitford fueron famosas desde su más tierna infancia y no se les escapaba que en buena medida muchos de estos textos acabarían publicándose total o parcialmente; lo bonito es que esa conciencia no provoca (como sí provocaría en nosotros) que sean rígidas o impostadas”.

Era un hecho que los documentos epistolares se habían convertido en objeto de interés editorial y académico: lo probaban, entre otros, las cartas del fallecido escritor Evelyn Waugh, íntimo amigo de Nancy, con quien ésta intercambió, a lo largo de los años más de una misiva. Y era un hecho que las Mitford tenían una extraordinaria presencia pública, como señala Cristina Pineda, editora de Tres Hermanas: “pertenecían a una clase social alta y Deborah, sin ir más lejos, era miembro de la aristocracia británica en virtud de su matrimonio con el duque de Devonshire”. En efecto, tal y como apunta Carmen Cáceres, “las hermanas Mitford eran absolutamente conscientes del lugar que le daban los medios de comunicación y, en este sentido, no eran nada ingenuas”; para la traductora, esta conciencia del lugar ocupado se expresa no sólo en la carta de 1963 de Deborah a Diana o en la de Nancy a Diana en 1965, sino en la atención por el contenido de las cartas: “es evidente que en la vejez se cuidaron de no dejar por escrito todo lo que piensan respecto a Unity y Hitler…”, comenta Cáceres, aunque observa como este cuidado es, en parte, traicionado, puesto que “no pueden evitar ‘discutir’ sobre eso entre ellas. De modo que al final, incluso por la negativa, todo cae en las cartas”.

Las Mitford de las cartas y las Mitford de las novelas

El juego entre el control sobre lo escrito, debido, en gran parte, como sostiene Barba a que “eran lectoras fascinadas (y relatoras) de vidas ajenas y como buenas lectoras y personalidades célebres se daban perfecta cuenta de que el papel impreso es siempre antropófago”, y una aparente falta de autocensura en lo escrito se refleja en las cartas como una prolongada confrontación entre la plasmación de un sujeto privado y, por tanto, reservado al ámbito de la intimidad y la construcción de un sujeto público. La intervención de Nancy para evitar la excarcelación de su hermana Diana, detenida con su marido Oswald Mosley, que, en palabras de Ignacio Peyró, “parecía encarnar el atractivo propio de una época que glorificaba la violencia y las armas”, al ser acusados por colaboracionismo con el nazismo –la pareja, de hecho, se casó en el despacho de Goebbels- y el desconocimiento por parte de Diana de esta traición –se enterará solo en 1985, diez años después de la muerte de Nancy-  ejemplifica como las cartas se sitúan en un lugar intermedio entre lo privado y lo público: nada cambió en la relación entre Nancy y Diana precisamente porque esta última nunca llegó a saber que Nancy había acudido a la policía pidiendo su no puesta en libertad. Aquella Nancy, aparentemente despreocupada por la política, que se acercó al socialismo movida por su marido Peter Rodd y que era definida por Diana como una “zurda sintética” acabó, sin embargo, pidiendo la reclusión para su hermana Diana por la filiación de ésta a las ideas nazistas. ¿Era, por tanto, Nancy, tan apolítica como parecen afirmar sus hermanas? No debe olvidarse que, además, Nancy pidió que su hermana Pamela y su marido Derek fueran vigilados en cuanto eran “antisemitas, antidemocráticos y pesimistas”. Si bien es cierto que no puede ponerse en cuestión la filiación nazista de Diana, ¿podía definirse Pamela una antidemocrática? Y, no solo, ¿corresponden estos gestos de Nancy a su descripción de mujer desinteresada por la política y que, como su hermana pequeña Deborah, creía que la política solo provocaba desencuentros familiares? En un pequeño librito de juventud, All about everybody, Unity Mitford había pedido a sus familiares que respondieran a algunas cuestiones y allí Nancy no dudaba en confesar que su mayor pecado era la deslealtad. Sin embargo, pecados al margen, lo que si aparece a través de estas cartas es la construcción de un sujeto que, en parte, contradice el sujeto ajeno a la correspondencia e, incluso, al sujeto fuera del ámbito familiar. “No creo que haya una intención de diferenciarse estilísticamente en las cartas”, comenta Cáceres, “sino más bien de sonar lo más honestas y directas posible, y eso naturalmente refleja la particularidad de cada una”. Una honestidad que, sin embargo, en el caso de Nancy, parece circunscribirse a la producción epistolar y que la pone en clara oposición a Jessica, cuyas ideas comunistas la distanciaron muy pronto de Diana, con quien no volvió a escribirse nunca, mientras que Nancy sí siguió escribiéndose con sus hermanas a pesar de. A través del silencio hacia Diana y de su poca correspondencia con las demás hermanas, reflejo de esa distancia que no dudará en narrar, casi a modo de ajuste de cuentas en Nobles y rebeldes, Jessica construye su identidad en abierta contraposición con sus hermanas, mientras que Nancy parece construir una identidad dentro de la correspondencia que no forzosamente debe coincidir con la imagen pública que ofrece contemporáneamente.

Las cartas, sobre todo en el caso de Nancy y de Jessica, no pueden desligarse de su producción literaria; en efecto, como señala Cáceres, “Nancy es igual de irónica en sus cartas que en sus novelas y Jessica igual de crítica que en Nobles y rebeldes” y como en sus cartas, en las novelas parecen proseguir la construcción del universo Mitford y de su propio sujeto dentro de dicho universo. “Nancy ha escrito una novela llena de exquisitos detalles sobre la vida familiar de los Mitford”, afirmó Evelyn Waugh refiriéndose a la novela de Nancy A la caza del amor (Libros del Asteroide), aunque sus palabras bien podrían haberse referido a Trifulca a la vista (Libros del Asteroide), novela escrita siempre por Nancy en 1935 y en la que parodiaba el fanatismo de sus hermanas Nancy y Unity por el nazismo y por la figura de Hitler. La propia Nancy nunca negó el carácter autobiográfico de sus novelas y así, en 1943, a pocos meses de la publicación de Trifulca a la vista, escribía a Diana: “El libro sobre ti va a quedar fantástico, los abuelos con los que vives tendrán el nombre de ‘Lord y Lady Tremorgan’ y tú te llamarás Eugenia, dime si prefieres otro nombre”. La actitud de Unity, la hermana que más contacto tuvo con Hitler, llegándose a especular que hubiera podido ser su amante, se opuso radicalmente al libro y así se lo comunicaba a Nancy en una carta de julio de 1943: “Ahora hablando en serio, respecto al libro: Muv (apodo de Diana) me ha contado algunas cosas y te advierto que no puedes publicarlo, así que mejor deja de perder el tiempo. Si lo publicas no volveré a dirigirte la palabra jamás”. El libro se publicó y si bien la relación entre las hermanas se enfrió, tras la definitiva puesta en libertad de Diana y de Mosley, la relación volvió a ser cordial y el 18 de marzo de 1945, Nancy escribía a su hermana, comentándole sobre A la caza del amor, la novela sobre la que trabajaba por entonces: “Me muero de ganas de volverte a ver, pero es muy difícil trabajar con las hermanas cerca porque una quiere pasarse el día charlando con ellas. El libro tendrá que ser todo un éxito porque estoy viviendo de mis ahorros”. Si bien, no fue la única escritora de las hermanas, para José Carlos Llop, autor de la introducción de A la caza del amor, Nancy fue la novelista, “cuya raíz está en Austen pero que tiene puntos en común con Edith Wharton, la autora de La edad de la inocencia. Incluso hay paralelismos. Puede afirmarse que Nancy Mitford es a Evelyn Waugh lo que Edith Wharton fue a Henry James: amigas personales y en cierto modo, sus discípulas. Y al revés: si Wharton y Mitford fueron aristócratas -una del dinero neoyorquino, la otra de la Vieja Inglaterra- tanto James como Waugh fueron dos deslumbrados por el lenguaje de ambas, y llamo aquí lenguaje a cualquier forma de relación”.

Por su parte, Jessica fue autora de la novela autobiográfica Nobles y rebeldes  (Libros del Asteroide), que tampoco fue bien recibido por parte de todas las hermanas aunque, a pesar de las diferencias que las distanciaban, Nancy y Jessica comparten una misma mirada crítica hacia el ambiente de proveniencia y hacia la educación conservadora recibida: “En algún lugar arreciaría la lucha por una educación igualitaria para las mujeres (…) pero a Swinbrook nunca llegó ni el más leve eco de la polémica” escribía Jessica en Nobles y rebeldes lamentando, al igual que lo haría Nancy, la convicción de sus padres de que las mujeres no debían recibir ningún tipo de formación superior. Al mismo tiempo, como apunta Peyró, “las Mitford son un producto acabado de la aristocracia inglesa en toda su excentricidad, es decir, en toda su libertad, y en todo su humor, es decir, en toda su educación”; ellas representan ese mundo de ayer de la aristocracia inglesa del que Jessica pronto se alejó –en 1963 escribió The American way of death, un largo trabajo de investigación en torno al mercado abusivo que rodeaba el negocio de las funerarias en Estados Unidos- y al cual Nancy, por lo contrario, quedó más ligada. En 1956 publicó Noblesse oblige, un breve ensayo sobre la diferencia entre la clase alta y la clase baja inglesa a partir de los distintos sociolectos y que, como comenta Ignacio Peyró, “empezó como una broma cultista y sigue causando alborozo snob e inseguridad social hasta hoy”. Por su parte Diana escribió A life of contrasts, su autobiografía en la que se reafirmaba en sus posicionamientos políticos y lejos de mirar hacia atrás con la perspectiva crítica de sus hermanas, parecía evocar entre el recuerdo y la melancolía aquel tiempo ya agotado. En este sentido, si bien desde una perspectiva más despolitizada, Diana compartía su mirada melancólica con Deborah, la hermana que, tras haberse casado con el Duque de Devonshire mantuvo, a lo largo de su vida, no solo la pose, sino los hábitos aristocráticos, y que, como Diana también, ya anciana, escribió sus memorias. Las autobiografías de Diana y Deborah son la respuesta a Nobles y rebeldes de Jessica en cuanto proponen, en cierta manera, el otro relato familiar, cuya construcción puede rastrearse a lo largo de la estrechísima correspondencia mantenida entre ellas dos. En efecto, mucho antes de la publicación de sus memorias, el 20 de mayo de 1957, Deborah escribe a Diana: “Le he escrito a Decca (Jessica) para intentar quedar y le he propuesto la comida o la cena del día 28, ¿quieres que hagamos el intento de que estés tú allí o prefieres no hacerlo? Tampoco me muero de ganas de verla, pero me ha escrito unas cartas tan simpáticas que creo que es mi obligación. Respecto a sus memorias, hagamos nosotras las nuestras para varias”.

En esta carta, no sólo se hace patente la distancia entre las hermanas, no sólo resulta evidente la completa indiferencia entre Diana y Jessica, sino también la consciencia de que hay una historia de las Mitford por contar, pero no hay un acuerdo acerca de cuál debe ser esta historia. Deborah, aparentemente en broma, propone a Diana su historia y utiliza precisamente el adjetivo posesivo “nuestras” para referirse a sus memorias, adjetivo que no hace sino excluir las otras variantes del relato y, por tanto, las otras interlocutoras. La historia o, mejor dicho, las historias de las Mitford se van escribiendo así a través de la correspondencia, pero se apuntalan, en versiones distintas, a través de las obras biográficas de las hermanas. Por ello, resulta imposible desligar la correspondencia de la obra narrativa a la vez que resulta enriquecedor releer la narrativa teniendo la correspondencia como contrapunto constante.

Las cartas en diálogo con las novelas

“Mi proyecto nace de ‘hace muchos, muchos años, en un reino junto al mar’ en los estantes de la biblioteca en casa de mis padres. Mi madre fue editora y lectora y tenía todos los títulos de las hermanas Mitford publicados por Penguin aparte del epistolario en Harper Collin” explica Cristina Pineda, que recuerda como “hace 13 años, antes de que Luis Solano, con gran acierto, decidiera publicar las novelas de las Mitford, yo quise aventurarme pero en el grupo no había espacio ni lugar para un sello de literatura de esas características y yo en ese momento no podía garantizar una viabilidad económica a un libro de tal envergadura como las correspondencia completa.” Trece años después, sin embargo, la correspondencia de las hermanas Mitford llega por fin a las librerías y lo hace respaldada por las novelas de Nancy y Jessica, que Libros del Asteroide decidió rescatar del absoluto olvido que las rodeaba en el campo literario y editorial español. “Los libros del Asteroide han contribuido a abonar y allanar el camino”, continúa Pineda, reconociendo la labor de Solano, cuya publicación ha permitido que “los lectores conozcan las hermanas Mitford y querían saber más de ellas”. La publicación de la correspondencia satisface, así, a la curiosidad de los lectores de las Mitford a la vez que ofrece esos otros relatos que complementan y apuntalan el relato novelístico de Nancy y Jessica. Para Andrés Barba, sin embargo, la lectura de la correspondencia, si bien ligado a la obra novelística de las hermanas, es un texto autónomo, que respira independiente de los textos literarios: “Este libro se sitúa en un no-lugar precisamente porque uno podría no conocer en absoluto la literatura de las Mitford y sin embargo caer fascinado por su correspondencia. Es cierto que muchas de las novelas de las Mitford tienen como tema precisamente el ámbito familiar y las relaciones entre ellas, pero en la correspondencia esas mismas relaciones están vistas desde un prisma tan distinto que, siendo las mismas, se lee con un interés que nace de otro lugar. En este caso el interés comienza siendo documental, pasa a ser histórico y acaba siendo sentimental”. Como Barba, Pineda hace también hincapié en el carácter documental de la correspondencia, que, si bien puede leerse desde una perspectiva autobiográfica, aunque no responda al género, es un recorrido histórico-cultural a lo largo del siglo XX: Lo cierto es que las hermanas trazan con sus vidas un relato sumamente prolijo de la historia del siglo XX. Este es un libro de no ficción que podría leerse también como un ensayo o una historia coral en el que aparecen actores principales y secundarios desde el presidente John F. Kennedy, cuya hermana Kathleen estuvo casada con el heredero del ducado de Devonshire; el general Palewski, secretario de De Gaulle y amante de Nancy Mitord; Winston Churchill, cuya mujer, Clementine, era prima de Lord Redesdale, padre de las Mitford, pasando por pintores como Lucien Freud o Emil Nolde, modistas como Oscar de la Renta, escritores como Evelyn Waugh y nuestro Lorca, actores como Gregory Peck o Audrey Hepburn hasta Lady Di, el príncipe Charles, la Reina Madre o la reina Isabel II, sin olvidar a Hitler o Goebbels. Como actores de reparto, ellos, los Mitford. Este epistolario debería leerse en las aulas en las clases de bachillerato. En la editorial”, concluye Pineda “lo comparamos con La Historia del siglo XX, de Eric Hobsbawm, no sólo por los personajes, sino también por los acontecimientos que trenzan los mimbres de las cartas como la Segunda Guerra Mundial, la guerra civil española, el asesinato de Kennedy”.

Y puede que sea precisamente este carácter documental, el ser testigo, como diría Peyró, de un mundo inglés ya agotado aquello que conceda vigencia a las Mitford. A la pregunta de James Walcott en Vanity Fair de por qué siguen fascinando las Mitford, Pineda responde:“Sus cartas son la historia del siglo XX y también su gran novela. Sus obras perdurarán y nos sobrevivirán porque en ellas encontraremos siempre a las grandes damas tragicómicas del siglo pasado y su hechizo no terminará nunca porque nadie ha sabido limpiar con tanto humor y sarcasmo las heridas que les infligió la vida”. Si bien Peyró matiza que “el fenómeno de las Mitford es irreductiblemente inglés por el motivo de que, en Inglaterra, la aristocracia ha marcado el tono más que en ningún otro lugar del mundo”, destaca su valor literario: “Quizá no sea el tipo de escritura que premia el Nobel, pero la literatura de la Mitford no es una literatura de peso pluma: rebosa el encanto, el humor, la gracia, la ligereza y la soltura al narrar que esperamos de la mejor tradición inglesa”. La correspondencia entre las Mitford son un ejemplo más de esta tradición inglesa, son el otro relato o, parafraseando a J. K. Rowling, la mejor biografía de las Mitford, pues nadie ha contado mejor su historia de historias que las seis hermanas.

El futuro de Cataluña, V (y fin): La causa de la libertad

La recuperación económica suele ser el primer paso para acabar con el populismo, pero esta vez es diferente. La retórica de la confrontación se enquista en una opinión pública fragmentada, con un alto voltaje emocional y sin referentes compartidos. Hasta en el barrio más acomodado de la cosmopolita Barcelona puede uno sentirse oprimido si mañana, tarde y noche sólo escucha voces que dicen que lo está. No despreciemos la influencia de la demagogia incluso en las mentes más inteligentes y bondadosas. El nacionalismo, como señaló Isaiah Berlin, es fruto de una herida real o imaginaria; por lo que lo subjetivo es fundamental. Sin embargo, un sentimiento política y mediáticamente caldeado puede generar pérdidas tangibles para una sociedad. Y si uno acaba creyendo que la mitad de sus compatriotas son el enemigo, por muy burgués que sea, acabará dejándose arrastrar por la radicalidad. Así de fina es la capa de la civilización, tan fácil de quebrar como difícil de reconstruir. Un mismo sentimiento, como el amor a un pueblo, es capaz de sacar lo mejor y lo peor de uno mismo, ya que los seres humanos somos más que simples calculadoras de costes y beneficios.

La identidad, los sentimientos y las emociones juegan un papel fundamental en nuestras decisiones, como bien escribe Manuel Arias Maldonado en La democracia sentimental. Por esta razón, todo político con sentido de la realidad no sólo tiene en cuenta los datos y los argumentos, sino también la fuerza de las emociones. El político populista sabe agitar las emociones negativas para hacerse con el poder y lo hace a costa de la libertad de los ciudadanos y del debilitamiento de la sociedad ante los grandes retos reales. Nosotros contra ellos. Al dirigir el odio contra una parte de los conciudadanos se pierden las virtudes cívicas. “Cuando actúan en nombre de un grupo, las gentes parecen liberadas de muchas de las restricciones morales que dominan su conducta como individuos”, advirtió Friedrich Hayek. Se rompen, así, los consensos básicos para la democracia. Y si se alzan con el poder, volvemos al problema de siempre, al de las utopías: prometen el paraíso terrenal y acaban justificando el sacrificio de las libertades individuales.

Es este el principal dilema hoy tenemos sobre la mesa. No es una simple cuestión entre Cataluña y España. Y si me apuran, tampoco entre derechas e izquierdas. El debate que ahora importa es entre democracia y populismo, entre libertad y autoritarismo. Quizá no nos hemos dado cuenta del todo, pero los de los significantes vacíos lo tienen muy claro. Los enemigos de la libertad vuelven a usar su nombre para atacarla y vuelven a adjetivar la democracia, ahora “real”. Es una historia que se repite. Lo muestra una anécdota explicada por Leszek Kolakowski: en los estantes de la Alemania comunista había dos tipos de mantequilla, una etiquetada como tal y la otra, como “mantequilla genuina”. Todo el mundo sabía que la buena era la primera y la falsa, la segunda. ¿Lo sabremos esta vez?

La lógica discursiva es muy parecida en la propaganda independentista. “Això va de democràcia” nos dicen. ¡¿En serio?! ¿Convertir en extranjeros a tus conciudadanos es democracia? No aguanta un mínimo análisis crítico. Por esta razón, fuera de Cataluña sólo aquellos políticos que quieren una Europa más débil y menos democrática sienten cierta simpatía hacia el procés. Sin embargo, dentro de Cataluña, la defensa de la libertad y de la democracia lleva algunas décadas de desventaja respecto al nacionalismo y es importante tenerlo en cuenta. Es condición humana maximizar las ofensas  recibidas y minimizar las emitidas, y los nacionalismos juegan hábilmente con ello. No les importa descontextualizar frases o atribuírselas a quien nunca las ha proferido. La causa por encima de la verdad. Tras décadas de esta política comunicativa no es de extrañar que en una gran parte de catalanes se haya instalado un pétreo marco mental en el que todo aquello que pueda ser positivo proviene del gobierno catalán y todo lo negativo es por culpa de “Madrid”. Todos los gobiernos nacionalistas han tratado siempre de ocultar, de forma calculada, cualquier aportación del Estado a Cataluña. Si no era posible esconderla, maquillaban cualquier inversión, la desprestigiaban o la mostraban como un mérito propio. La deslealtad institucional ha llevado incluso a apropiaciones indebidas: inversiones estatales que se han sumado al particular medallero del gobierno nacionalista. Y es lógico que así lo hicieran. Tenían incentivos electorales para hacerlo, porque vivían del sentimiento de agravio y, además, éste les permitía relajarse en la gestión de la realidad y de las numerosas competencias del autogobierno. Una vez los cimientos estaban construidos, es decir, los marcos mentales bien asentados, era fácil inflamar el nacionalismo romántico –recordemos las descaradas falsificaciones históricas de la conmemoración del tricentenario de 1714-. La crisis económica simplemente ha catalizado un resentimiento que se había ido fabricando desde los medios públicos hasta las escuelas durante años. Si sentirte parte de un grupo siempre había sido psicológicamente cómodo, ser independentista en el momento de la épica era el summum de la emotividad. No importaba el análisis crítico de las consecuencias, ni tener el respaldo de una mayoría de los catalanes –nunca lo han tenido-, porque la historia nos ha demostrado que la organización y la motivación facilitan la victoria de una minoría convencida sobre una mayoría apática.

Sin embargo, todo tiene un límite. También la teoría de los marcos mentales y los Lakoff de turno. Y uno puede ir chocando con la realidad sólo hasta cierto punto. Por esta razón, creo que ahora tenemos una gran oportunidad para presentar la idea de España en positivo. El nacionalismo teóricamente moderado, que antes era percibido como buen gestor económico, ha sido incapaz de presentar una sola propuesta -no mágica- contra la crisis económica y voluntariamente se ha echado en brazos de lo  más parecido al chavismo que hay en Europa. No sólo eso, cada día son más los catalanes que perciben que el establishment independentista está buscando artificialmente el conflicto. Y es así, porque sólo defiende un único objetivo, la independencia, que es lo único que une a los partidos nacionalistas. Por eso, cuando sólo una cosa importa, cualquier medio acaba siendo justificado, desde intentar politizar la ilusión de los niños en la cabalgata de los reyes magos hasta presentar como un triunfo que en un importante medio internacional como Político se les presente casi como archienemigos de la democracia y de Europa. El secesionismo se ha vuelto obsesivo y eso lo debilita, aunque también lo hace más peligroso ya que le ha dejado de importar que el radicalismo empeore la situación de la sociedad que dice defender, socavando los pilares que sustentan la libertad.

Tres ejemplos. En primer lugar, el discurso independentista contra la ley no sólo crea una inseguridad jurídica poco atractiva para las inversiones, sino que allana el camino a otros populismos que prometen convertir cualquier deseo en un derecho, dejando las obligaciones para los otros. En segundo lugar, al presentar cualquier crítica al independentismo como un ataque a Cataluña se aumenta el coste de la discrepancia. Algún día se tendrá que hablar del precio que pagan aquellas personas y familias que, sobre todo en las áreas menos urbanas, se han atrevido a decir “yo no”.  Ahogar el pluralismo nos convierte en una sociedad más cerrada y ensimismada, pero también más débil. Ha provocado que muchos de los políticos que impulsan el procés no se atrevan a decir en público lo que reconocen en privado –que todo esto no lleva a ninguna parte- por miedo a ser señalados como traidores. Y, en tercer lugar, una derivada de la segunda: la erosión de la libertad informativa, fundamental para la calidad de la democracia. Poner los medios públicos al servicio de una causa excluyente, incluso en los programas no informativos, ha rebajado su audiencia, al mermar su calidad y credibilidad para mayoría de los catalanes, pero ha acostumbrado a la minoría motivada a no tolerar la crítica. Y eso está trascendiendo fuera de nuestras fronteras. No son pocos los corresponsales y periodistas extranjeros que han denunciado presiones e insultos por parte de independentistas, incluso de algún cargo público.

He destacado tres puntos en los que el independentismo erosiona la libertad de los catalanes, aunque podríamos señalar muchos más. Por lo tanto, ahora más que nunca el nacionalismo puede ser percibido como un problema para la democracia y la libertad de los catalanes, no como la solución. Ahora los que no queremos separar Cataluña del resto de España tenemos la gran oportunidad de hacer nuestros los valores de un catalanismo que ha sido traicionado por el independentismo populista: pactismo, reformismo, espíritu emprendedor, seny… y otros que el separatismo viola claramente como la libertad individual, el pluralismo o la sociedad abierta. La sociedad catalana necesita ser sacudida con más libertad en la educación, en los medios, en las empresas… y así despertar de su ensimismamiento. No sólo eso.  Una presencia de España en positivo resquebrajaría el monopolio comunicativo nacionalista en Cataluña abriendo la posibilidad de un pluralismo más enriquecedor y, sobre todo, más liberalizador. Aunque estemos en la época de la posverdad, las ficciones, si se combaten, no se aguantan eternamente. Lo hemos señalado: los medios públicos catalanes han perdido audiencia al mismo tiempo que perdían la credibilidad. Si queremos seguir cerrando la herida, habrá que ofrecer datos y argumentos que desmonten las falsedades de quienes prometen una independencia exprés sin costes; pero también será necesaria una estrategia para que la idea de España no sólo esté más presente en Cataluña sino que también sea atractiva e integradora. Identidad, sentimientos y emociones vinculados a valores positivos.

No obstante, repetimos: la causa de la libertad no sólo está en peligro en Cataluña. Lo está en toda Europa. Europeizar el debate no sería, pues, mala idea. El alma de la libertad debe florecer de nuevo en Europa. Habrá que recuperar a la clase media, pilar pragmático de la moderación y de la democracia liberal. Habrá que combatir las causas del malestar. Los populismos, como el independentismo, no son una vocación, son un síntoma. No nos quedemos mirando el dedo cuando éste apunta a la Luna. Es el malestar. Quizá le hemos pedido a la democracia más de lo que nos puede dar y las expectativas se han frustrado. Se señala la desigualdad de rentas, pero quizá la causa esté en la percepción de una verdadera injusticia, la desigualdad de oportunidades. El ascensor social que no funciona o que no funciona por méritos, ya que se percibe que el premio no está en el esfuerzo, la inteligencia o la asunción de riesgos, sino en las actitudes inmorales. Crony capitalism. Por lo tanto, malestar ante la injusticia, pero también inquietud, incluso miedo. Miedo ante un mundo que ha alcanzado una complejidad difícil de entender sin referentes y que sentimos que amenaza nuestros trabajos y la seguridad de nuestras familias. Vía libre para los populismos que agravan el problema al dividirnos ante los graves desafíos que nos deberían unir, desde la nueva relación entre tecnología y trabajo hasta el terrorismo islamista en una Europa que está entre un Mediterráneo que arde y una Rusia que se expande.

Desde el final de la Guerra Fría, nadie toma la bandera de la libertad en Europa. No emociona. Se da por descontada, por lo que su defensa no da muchos votos. Además, suele ser frustrante, porque lo que te da la felicidad o la prosperidad no es la libertad, sino lo que haces con ella, la responsabilidad. Así pues, la estudiamos y algunos escribimos sobre ella, pero poco más. Y ahora, cuando viejas y fracasadas ideologías renacen con ropajes diferentes, nos damos de bruces con la advertencia de James Buchanan: “no nos hemos preocupado por salvar el alma del liberalismo clásico. Los libros y las ideas son necesarios, pero no son suficientes, por su propia cuenta, para asegurar la viabilidad de nuestra filosofía. No, el problema está en la presentación de las ideas”. Por consiguiente, el triunfo de la libertad frente a populismos, entre ellos los nacionalismos, requerirá de datos y argumentos, pero también de una gran dosis de persuasión; de una inteligencia práctica que entienda que la identidad nunca se ha ido de la política y que las emociones pueden ser destructivas, pero que esas mismas emociones pueden ser también la mejor defensa de la libertad. Trabajar por ella puede y debe ser, pues, emocionante.

Ricardo Piglia. Réquiem por el último lector

Dice Borges en uno de sus cuentos que “la certidumbre de que todo está escrito nos anula y nos afantasma”. Por eso se enorgullecía mucho más de lo leído que de lo escrito. Ricardo Piglia lo recuerda en una fotografía agachado, en una de las galerías altas de la Biblioteca Nacional, tratando de leer una página que mantenía muy cerca del rostro. La contemplación de esa fotografía se le reveló como “la imagen del último lector”, uno que pasó por la vida con la vista inmersa en los libros hasta que ya no pudo leer más. “Yo soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven”.

En los últimos años, sabemos que Ricardo Piglia estaba enfrascado en la relectura de sus diarios, un total de 327 cuadernos que se convirtieron en leyenda entre amigos y conocidos. Nadie los había leído pero, al parecer, existían. Por eso, cuando el cineasta Andrés di Tella se fue a verle, pidió verlos, como Santo Tomás. Y allí estaban, apilados en un armario que el escritor abrió de par en par.

Decidieron hacer un documental de esa relectura y del proceso que daría lugar a Los diarios de Emilio Renzi. En el fondo, él quería tener algo que lo obligara a releer sus cuadernos. Pero quizá en el fondo anidaba un deseo por dejar filmado lo que resulta difícil de registrar por escrito. Volver como lector a sus diarios lo situaba siempre ante la paradoja de reconocerse a duras penas en lo escrito. Pasajes que juzgaba importantes en su vida y recordaba nítidamente no estaban consignados. Y otros momentos que había olvidado por completo se describían en cambio con todo lujo de detalles. Como si el tal diario lo hubiera escrito una persona próxima, testigo de su vida, pero que no era él.

Puede que lo pensara cada vez que se sentaba delante de la cámara de Andrés di Tella. En ese momento aparecía deslizando la vista por las líneas del diario, acto que iba convirtiéndose en algo íntimo y personal, que le empujaba al silencio y a la distancia entre quien lee y quien escribió. Desbrozar ese desfase fue la tarea que se impuso para sacar a la luz unos diarios que empezó a escribir con 16 años, cuando vio todos los muebles de su casa metidos en un camión y volvió a las habitaciones ya desnudas, donde sólo quedaba en el aire el trajín de los mozos. Allí, en una esquina, abrió el cuaderno y comenzó a escribir. «Miércoles. Nos vamos pasado mañana. Decidí no despedirme de nadie. Despedirse de la gente me parece ridículo. Se saluda al que llega, no al que se deja de ver».

De esos cuadernos se han publicado ya dos partes y la tercera estaba prevista para septiembre de este año. Un día en la vida se llama esta última. 327 cuadernos parecen muchos para sólo tres libros publicados, pero a buen seguro que de ahí saldrán algunos libros más. La muerte parece haberle sorprendido en mitad de una tarea que, al parecer, llevaba ya muy avanzada. Saber esto en estas horas posteriores a su fallecimiento no resulta baladí. Para quien escribe, el verdadero consuelo es poder espantar el miedo a no llegar, a dejar la obra a medio concluir y huérfanas las palabras que bullen en la cabeza mientras el cuerpo se apelmaza.

A mitad de documental, y así queda registrado, a Ricardo Piglia le diagnostican ELA o esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad neurodegenerativa que va dejando inservibles los músculos mientras se conserva la lucidez mental hasta el fin. Una dolencia para la que no hay cura posible, entre otros motivos porque hay poca gente aquejada de ella para que a un laboratorio farmacéutico le resulte rentable dar con un remedio. Parecen tan crueles los efectos de la propia enfermedad como las razones para que todavía no se conozca una forma de revertirla. La fatalidad hace peligrar la empresa, pero es el propio escritor el que se decide a continuar la revisión de los cuadernos y reanudar el documental. Con decisión, quiere llegar.

«Hay un anacronismo esencial en don Quijote que define su modo de leer ―escribe Piglia―. Y a la vez surge de la distorsión de esa lectura. Es el que llega tarde, el último caballero andante. En la carrera de la filosofía gana el que puede correr más despacio. O aquel que llega último a la meta, escribió Wittgenstein. El último lector responde implícitamente a ese programa». Llegar, aunque sea tarde, pero llegar. Al escribir, pero sobre todo al leer. En él, la lectura es otra forma de creación, como cuando disertaba en conferencias, muchas de ellas accesibles hoy en internet. Hasta tal punto era así que si bien se desdoblaba en Emilio Renzi para escribir, parecía alguien distinto cuando hablaba. Hasta tal punto que, cuando alguien cercano había tenido la posibilidad de tratarlo, de escuchar sus encendidas charlas,  sobre todo si eran entre amigos, imaginabas a un Piglia que luego tardabas en reconocer en una obra variopinta y con distintas ambiciones. Junto a novelas de suerte desigual que profundizaban en lo mejor del género policiaco, como Plata quemada o Blanco nocturno, se elevaban ensayos literarios que solo podían estar escritos por un verdadero lector, como Crítica y ficción o El último lector. De alguna manera, Ricardo Piglia nos enseñó a leer como John Berger, también desaparecido estos días, nos enseñó a mirar.

Bauman ya comprende

La vida se nos escapa entre los dedos como el agua. En el momento en que pretendemos aferrarnos a algo “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Se pulveriza como una rosa marchita. Como el castillo de la fábula, cuanto más nos acercamos más lejos estamos.

Bauman ha muerto. Para la posteridad el afortunado concepto de modernidad líquida que explica el discurrir del hombre entre los sólidos bloques de piedra que un día sirvieron para crear las catedrales hasta el cristal y el acero que componían el Crystal Palace de Londres.

Parece increíble que de un hombre que ha muerto con noventa y un años se pueda decir que nos ha dejado cuándo más falta nos hacía. Pero es la verdad. Claro que ese “parece increíble” lo dice aquella sociedad líquida en la que la vejez es inasumible porque nos negamos a admitir la derrota del hombre.

-¿Qué podemos hacer, Vieja Morla, para que la Emperatriz Infantil no se nos muera en nuestros brazos?-, preguntamos a esa venerable cabeza, arrugada como una pasa y con una aureola de pelo blanco que era Zygmunt Bauman y que, como en La Historia Interminable, emerge del caparazón que el mismo se había construido en Leeds.

-Nada-.

Durante sus largos años de vida el pensador polaco y judío ha sido testigo de la absurda licuefacción de la familia, la educación, el Estado, la comunidad, el pensamiento, el amor. En un mundo devastado por la falta de certezas leer a Bauman es la manera de recuperarlas. “La única certeza es la certeza de la incertidumbre”.

Y con esa única verdad, tan rudimentaria como la primera piedra que talló el hombre, era con la que había que comenzar el viaje. Porque si estamos en un mundo líquido la forma de abrirse camino es la que inventó Pompeyo para Roma creando así la civilización. Navegar. Hacerse a un océano embravecido que ruge y se agita como una bestia en la que habitan cien mil demonios.

Coger un libro de Bauman es ya una forma de comenzar a domeñar ese líquido. Para los que hemos estudiado alguna disciplina humanística, es decir, Sociología o Ciencias Políticas entre algunas otras, Bauman era como el “wingardium leviosa” de nuestro Hogwarts particular. La primera lección en un mundo plagado de arcanos, indescifrables para la mayoría, pero al que consagrábamos nuestra inteligencia y talento en pos de desvelar la verdad. Bauman era el rito iniciático de la tribu.

Repaso algunos de sus libros que descansan en la estantería. Encuentro un párrafo subrayado en Pensando sociológicamente, de un capítulo dedicado a los extranjeros:

“Desacreditamos sus torpes imitaciones ridiculizándolas, riéndonos de ellas, inventando y contando chistes que son una “caricatura de la caricatura”. Pero en nuestra risa hay una nota de amargura, nuestra burla enmascara cierta ansiedad. Hagamos lo que hagamos para disminuir el daño, el mal ya está hecho. Nuestras costumbres, nuestros hábitos inconscientes nos han sido mostrados en un espejo deformante. Hemos sido obligados a mirarlos burlonamente, debimos permanecer a distancia de nuestras propias vidas. Por lo tanto, aun sin preguntas explícitas, nuestra seguridad ha sido socavada.”

Pienso en Lesbos y también en las pequeñas comunidades de Alemania donde los refugiados han sido ahormados. Nuestra Modernidad líquida sigue desbordándonos. Volvemos a revivir nuestras propias contradicciones sin que haya nada que nos garantice no volver a cometer los mismos errores.

En Modernidad y Holocausto Bauman explica que los campos de concentración, los guetos, el régimen nazi, no son una regresión ni una distorsión de la Modernidad. Los avances técnicos, la racionalización de los procesos, el control de las sociedades son los requisitos previos al exterminio sistemático e industrial de los judíos.

Si la Modernidad era algo tan terrorífico como para que de ella emanara el Holocausto ¿cómo esperar algo de positividad en el progreso? Si el progreso nos conducía a todo ese horror ¿cómo explicar el sentido de nuestra existencia?

Recuerdo su discurso de agradecimiento del Premio Príncipe de Asturias, que más que un agradecimiento por el premio fue un agradecimiento a Cervantes. Nos decía Bauman que decía Kundera que “Cervantes envió a Don Quijote a hacer pedazos los velos hechos con remiendos de mitos, máscaras, estereotipos, prejuicios e interpretaciones previas; velos que ocultan el mundo que habitamos y que intentamos comprender”. Quijote fue derrotado y nos enseñó que lo único que se puede hacer frente a la constante derrota que es la vida es intentar comprenderla.

A los hombres nos gustaría vivir en un mundo de seguridades, donde lo bello y lo feo, lo falso y lo verdadero, lo bueno y lo malo estuvieran separados por una gruesa línea. Pero no es así. Nuestro mundo es un enigma y nuestra misión es intentar comprenderlo.

Ahora Zygmunt Bauman comprende totalmente, su lucha de años contra la zozobra de ser hombre ha concluido. La nuestra continúa.

La alegría no perdida de vivir. Un viaje en busca de los Reyes Magos

Son los personajes más enigmáticos de la Biblia y, en lógica consecuencia, los que más han excitado la imaginación de grandes y pequeños a lo largo de los siglos. Solo uno de los evangelistas, Mateo, les dedica un pasaje, y tan esquemático que lo que en él se adivina sugiere tanto como lo que se dice. Hablamos de una hermosa historia de viajes y estrellas que dura hasta hoy. Y es en la palabra “viaje” donde está la clave de lo que sigue. Porque ¿acaso los Reyes Magos, una vez vislumbrada la estrella en el firmamento, se limitaron a anotar el hallazgo en uno de sus librotes? ¿O más bien abandonaron la comodidad de sus reinos y de sus observatorios para emprender un viaje de incalculables proporciones?

Quiere decir lo anterior que son varias las aproximaciones posibles a tan majestuosas y familiares figuras, las de los Reyes. Vaya por delante que no se trata de reconstruir el mismo itinerario que Sus Majestades hace dos mil años, desde su país hasta Belén; entre otras cosas porque no se tiene noticia exacta de qué país fue aquel, más allá del impreciso Oriente del que habla Mateo en su texto. ¿Persia? ¿Caldea? ¿Arabia? Un punto válido de referencia podría ser la muy legendaria -y aromática- ruta del incienso. Que Melchor, Gaspar y Baltasar transitaron por ella lo avala la leyenda y, qué caramba, la publicidad. Iberia, por ejemplo, rodó hace unos años un anuncio en el que el comandante se dirigía al pasaje para anunciar que en ese preciso instante sobrevolaban la ruta del incienso, animándoles a mirar por la ventanilla, casi con la misma ilusión con que un niño se asoma a la ventana de su habitación la noche de Reyes, por si acaso.Está, por ejemplo, la vía documental, que incluye patearse durante años librerías de viejo y bibliotecas, con la fantasía añadida de que el polvo de los archivos y de los almacenes que cubre las páginas es, en verdad, arena del desierto. Pero con ser importante el acopio bibliográfico, es insuficiente para ponerse en la misma longitud de onda que los Magos. No queda, por tanto, sino moverse.

No se trata, cabe insistir, de recorrer la ruta del incienso, y menos aún en verano (NOTA: fecha de escritura de este artículo), con una arena bajo los pies recalentada por el sol hasta los ochenta grados y la alta probabilidad de un secuestro seguido de degollina. Queda, eso sí, el viaje apuntado en la agenda para cuando bajen las temperaturas, las climatológicas y las geopolíticas, si es que bajan. La pregunta es qué plan veraniego puede tener como propósito a los Reyes Magos, tan asociados en nuestro imaginario con la Navidad, la blanca Navidad, y la respuesta es Colonia, en cuya catedral reposan sus restos. Téngase en cuenta que la ciudad a orillas del Rin recuerda a los Reyes el 6 de enero, como el resto de la cristiandad, pero también el 23 de julio, pues tal fecha como esa, en 1164, hicieron su entrada en Colonia las reliquias de Melchor, Gaspar y Baltasar procedentes de Milán. Sirva el dato para marcar el punto de partida de nuestra peregrinación -Milán- y su destino final -Colonia.

Que nadie piense, ahora bien, que el trayecto Milán-Colonia está libre de peligros. Pero qué viaje lo está ya hoy. Solo en lo que llevamos de año, se cuentan por centenares las víctimas de los atentados en nombre de los airados hijos del Islam; atentados que se suceden cada vez con mayor frecuencia, hasta el punto de que apenas da tiempo, entre bomba y bomba, a izar de nuevo las banderas arriadas a media asta en señal de luto. Por otro lado, basta viajar al corazón de Europa -y el trayecto entre Milán y Colonia dibuja una de sus arterias- para comprobar cuán equivocados estaban los agoreros que pronosticaban que algún día Europa sería invadida por el Islam. ¿Algún día? Pero si ya hemos sido invadidos; mientras dormíamos, además, y no precisamente el sueño inocente de la noche de Reyes. Y sin embargo…

Sin embargo, hay que osar, salir, moverse por Europa como lo que es y siempre fue, antes incluso de Schengen, o sea, la casa común de los europeos. Pero sin fiarlo todo a la suerte, ni a nuestras solas fuerzas, ni a un seguro de viaje, antes bien poniéndonos bajo la protección de lo alto, en concreto, invocando a los que durante siglos fueron considerados patrones del buen viaje: Melchor, Gaspar y Baltasar.

No en vano, fueron ellos los primeros peregrinos. A este respecto, antes de emprender la marcha, es visita obligada el Museo Arqueológico de Madrid, sección España visigoda, donde puede contemplarse una fíbula áurea redonda, del tesoro sepulcral Granja del Turuñuelo, pieza en la que aparece representada una adoración de los Magos, con el ruego incorporado a María de que ayude al portador del objeto; parecidos debieron de ser, probablemente, los pequeños distintivos de metal que los antiguos peregrinos a Colonia se prendían de los gorros y los mantos del viaje.

Ponerse en manos de la providencia, ojo, no significa descuidar los preparativos del viaje, entre los que se cuenta seleccionar un trayecto de Milán a Colonia, y no forzosamente el más rápido. Porque lo que siglos atrás se tardaba varias y fatigosas jornadas en completar, hoy puede hacerse en solo unas horas. Pero no es eso, no es eso. De lo que se trata es de recorrer las mismas etapas que en el siglo XII la comitiva de Reinaldo de Dassel, obispo de Colonia y archicanciller del Sacro Imperio Romano Germánico, recorrió con las reliquias de los Reyes Magos a cuestas; la célebre translatio.

Toca, por tanto, consultar los documentos de la época. Y es aquí donde nos las dan todas, porque los cronistas parecen no ponerse de acuerdo. Más todavía, de dar por buenas todas las fuentes, la única conclusión posible es que Reinaldo de Dassel y su comitiva tenían el don de la bilocación, es decir, la capacidad de estar en un sitio y en otro al mismo tiempo, algo no predicable del común de nosotros, pobres peregrinos en este valle de lágrimas. Quiérese decir con esto que quien pretenda rastrear, casi diez siglos después, y sin perderse, las huellas de aquella expedición habrá de quedarse a una única carta, seguir un único itinerario.

Dos cosas se saben con certeza de la translatio: el lugar adonde se llevaron las reliquias -la catedral de Colonia- y el lugar del que se trajeron -la basílica de San Eustorgio, en Milán. Puede suceder que uno visite San Eustorgio, pregunte por los Reyes Magos y nadie sepa darle razón de los mismos. De eso se quejaba Marco Polo, cuando en la ciudad persa de Sabá preguntó a quiénes correspondían las figuras enterradas en una hermosa sepultura y los lugareños se limitaron a responderle que se trataba de tres reyes cuyos restos reposaban allí desde antiguo, pero sin precisar si eran los mismos que tiempo atrás habían protagonizado un larguísimo viaje para adorar a un Niño como a un Dios.

La razón de que en el lugar mismo donde una vez se veneraron las reliquias de los Reyes pueda ocurrir que los parroquianos no tengan noticia del hecho no es atribuible al despiste generalizado del personal. O no solo. La razón, como casi todo, hay que buscarla en la historia y en la política. No se olvide que la translatio fue una orden directísima del emperador Federico I Barbarroja para, entre otras razones, premiar a la leal Colonia frente a la rebelde Milán. Con que para los milaneses los Reyes Magos significaron el memorial de una ofensa, de una humillación, al menos durante un tiempo; el decisivo, en cualquier caso, para que los símbolos fragüen, para que los mitos echen raíces.

De permanecer las reliquias hoy en Milán, y dado el carácter exuberante de los italianos, qué duda cabe de que a los tres puntales de la industria del souvenir en Italia -Mussolini, el Padre Pío y Vasco Rossi- los milaneses habrían añadido otros tres: Melchor, Gaspar y Baltasar. Hoy, sin embargo, en la ciudad, rótulos con el nombre “Reyes Magos” pueden verse en una pizzeria, en una autoescuela, en una pista de natación -esta última en la vía Karl Marx, lo que son las cosas- y poco más. Bueno, y también en una capillita de la basílica de San Eustorgio, pero en un ángulo tan oscuro -el más oscuro de todos, donde se amontonan unos confesionarios destartalados y unas sillas metálicas de tijera- que se comprende mejor que haya viejitas de misa de once que no sepan que, siglos atrás, allí descansaron los restos de tres sabios venidos del Oriente.

Una vez apuntado el itinerario -preferiblemente en una moleskine de tapa blanda, preferiblemente con boli pilot azul- toca elegir el medio de locomoción con el que recorrer los más de mil kilómetros que separan Milán de Colonia. Completar la distancia a pie, más que de peregrino, es propio de recordman del Libro Guinness, y ya todos sabemos que el Guinness es la enciclopedia de los tontos, con que queda descartada la caminata.

De hecho, los Reyes Magos no atravesaron el desierto en el coche de San Fernando -ya se sabe, un ratito a pie, otro ratito andando-, sino a lomos de dromedarios. Lo que no significa que estemos obligados a ir por ahí dando la nota. En este punto es de estricta aplicación aquello de Juan Domingo Perón de que de todo se vuelve, salvo del ridículo. Se acepta caballo, si se quiere, como compañero de viaje. Y que sepa quien así se decida a peregrinar que hay una fórmula medieval para detener a los corceles desbocados: “Caspar te tenet, Balthasar te liget, Melchior te ducat”. Y no es esto lo único.

Durante siglos fue costumbre peregrinar a Colonia bien pertrechados de unas tiras de papel o pergamino con los nombres de los Magos y breves oraciones contra los peligros del viaje, las fiebres o los encantamientos. En la biblioteca Santa Genoveva de París, por ejemplo, se conserva un manuscrito del siglo XIII con una jaculatoria supuestamente eficaz para curar la epilepsia; al parecer, bastaba con susurrar al oído del enfermo los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar y los regalos de los que cada uno era portador: oro, incienso y mirra. Pero nos habíamos quedado en lo del itinerario y el medio de locomoción.

Que el tren es el mejor amigo del hombre es algo que admite poca o ninguna discusión. Es, además, el ejemplo más acabado de la inteligencia en movimiento y, a efectos de una investigación como esta, la prueba irrefutable de que estuvimos allí. A quien ponga en duda que un día salimos de casa en busca de los Reyes Magos, solo habremos de mostrar el traqueteo del tren impreso en nuestro itinerarium o diario de peregrinación, en nuestro cuaderno de notas. Por otro lado, nada nos hace tan sabios como ver pasar la vida a través de la ventanilla de un tren. Y luego está la carga poética que los trenes llevan consigo; ahí, por ejemplo, El tren expreso, el recitadísimo poema de don Ramón de Campoamor y Campoosorio. Además, si se piensa con detenimiento, de haberse visto en la tesitura de cruzar Europa, Melchor, Gaspar y Baltasar no hubieran dudado en viajar en tren, y en vagones de primera, de acuerdo con su dignidad. Quedan, por tanto, bautizados a partir de ya como Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente y de los Grandes Expresos Europeos.

Pero me divierto, como diría Santa Teresa. A veinte millas al norte de Milán, cerca del lago Como, casi en la frontera con Suiza, rodeado de montañas, se encuentra el pueblecito de Grandate. Hay allí una callecita que lleva por nombre San Pos; antes se llamó Santi Pause, y antes, mucho antes, muchísimo antes, Sanctorum Pause, esto es, Santa Pausa. Porque fue el lugar elegido por Reinaldo de Dassel y su comitiva para hacer su primer alto en el camino a Colonia. Y, sin embargo, aparte del letrero de la calle y la memoria de los más viejos del lugar nada conmemora el acontecimiento; ni una placa, ni un monolito, nada. Desde luego, si en algún momento los pueblos, incluso aquellos por los que no pasó el cortejo en 1164, se disputaron el honor y la gloria de haber dado posada a las reliquias peregrinas, hoy no queda nada de todo aquello. Pero no solo en San Pos de Grandate; en el resto de las etapas tampoco.

La frustración de no encontrar una sola señal oficial a lo largo de más de mil kilómetros de viaje -al modo, qué sé yo, de la concha amarilla de la Ruta Jacobea o del peregrino de la Vía Francígena- puede llevar a arremeter contra las cámaras de comercio y las concejalías de cultura de los países por los que pasamos: Italia, Suiza y Alemania. Desempolvar un camino fatigosamente recorrido durante siglos y adornarlo con las comodidades del turismo hoy… ¡qué oportunidad, amigos!

Y, sin embargo, reducir la majestad de los Magos a la condición de souvenir puede traer consigo peligros mayores; por ejemplo, la utilización de sus figuras con propósitos políticos. Ejemplo de esto último, de manipulación, fue Federico I Barbarroja y su empeño en el traslado de las reliquias de Milán a Colonia para legitimar, de alguna manera, el Sacro Imperio Romano Germánico. Pero lo triste es que nuestros gobernantes hoy no servirían ni como escabel para los pies del emperador ni la Unión Europea es el Sacro Imperio. ¿No será mejor, por tanto, seguir nuestro camino y cantar nuestra canción sin llamar a según qué puertas?

Sucedió como lo cuento, por más que suene a mistificación embellecedora del relato, tan del gusto de aquellos que confunden la fe con una gymkana. La cosa es que iba yo en el tren -y perdón por introducir la primera persona del singular en la narración- preguntándome por las razones del olvido de Melchor, Gaspar y Baltasar, mientras leía distraído un libro de J.R.R Tolkien, cuando una frase captó entera mi atención: “… el recuerdo de los viejos reyes ya se ha borrado en la tierra”. No se trataba, no, de una respuesta, en todo caso de la constatación de un hecho, con la invitación a asumirlo sin más y, sobre todo, a estar atento lo que quedara de viaje, no fuese que en la siguiente estación se subieran al vagón y entrasen en mi compartimento tres caballeros de aires sabios y porte aristocrático, de esos que uno juraría conocer de siempre, desde la niñez, pero sin saber decir exactamente de qué. Porque, hora es ya de que se sepa, los Reyes Magos existen.

No solo existen, sino que el trayecto de Milán a Colonia lo sembraron de pistas, a primera vista imperceptibles. Está, por ejemplo, ese hotelito asomado al lago Como, el Tre Re, es decir, Tres Reyes. De hecho, y de alguna manera, todos los hoteles del mundo hablan de nuestros protagonistas, al menos los de una estrella (la estrella de Oriente) y los de tres (las coronas de Sus Majestades).

Pero es en Alemania, y según nos aproximamos a Colonia, donde su presencia sepultada por los siglos va adquiriendo relieve, siquiera tímidamente. Así, el carbón con el que los niños que no han sido buenos amanecen el 6 de enero viaja por toneladas -o eso nos gusta imaginar- a bordo de esos cargueros planos que surcan el Rin, y que contemplamos cómodamente desde la ventana de nuestro tren o desde un crucero por el río. En la catedral de Bamberg, una de las etapas de la peregrinación, puede visitarse la figura ecuestre de un misterioso caballero, en el que la tradición ha querido ver a lo largo de los siglos a uno de los tres Reyes Magos. Y luego están unas enigmáticas inscripciones con yeso a la entrada de los edificios, 20*C+M+B+16, donde 20 hace referencia al siglo, * es la estrella de Oriente, C Caspar, M Melchior, B Baltasar y 16 el año en curso; es la manera con que los alemanes, y desde la Edad Media, dan la bienvenida al año nuevo y ponen sus casas y comercios bajo la protección de los Magos.

Sonará exagerado, pero identificar pequeños detalles como estos y dotarlos de sentido provocará en nosotros una sensación similar a la que debió de experimentar Pedro Páez a comienzos del siglo XVII cuando descubrió las fuentes del Nilo o nuestro también compatriota García de Silva y Figueroa cuando hizo lo propio trescientos años antes con las ruinas de Persépolis. Porque a pesar de que el trayecto entre Milán y Colonia es recorrido a diario por miles de personas -lo mismo que cada una de las etapas que lo componen- podemos tener la certeza de que seremos los primeros en siglos que lo completan con las figuras de los Reyes Magos recortadas en el horizonte, y eso nos hará sentir como lo que somos: únicos e irrepetibles.

Además, durante los largos ratos en que no tengamos noticia de nuestros soberanos y señores -esto es, lo más del tiempo- siempre podremos hacernos pasar por el turista un millón y confundirnos con el paisaje y, sobre todo, el paisanaje que hace fila en las catedrales y en los los museos, despistando así a los palizas que no han de faltar y que de saber cuál es el verdadero propósito de nuestro viaje no dudarían en pegársenos como lapas.

Así, en Turín, haremos cola para visitar la Sábana Santa. El Monte San Gottardo, por ejemplo, dependerá de nosotros atravesarlo por el túnel recién inaugurado -el más largo del planeta- o bien por el sendero pegado a la ladera que corre paralelo a las vías del tren y que une las estaciones de Göschenen y Eistfeld. Lucerna es un buen sitio para abrir una cuenta en la Unión de Bancos Suizos, dar cuerda a nuestro Swatch o comprar un Toblerone. En Remagen tomaremos el puente -setenta años después de los animosos muchachos de la 9ª División del Primer Ejército de los Estados Unidos- y por Maguncia pasa la ruta de los castillos del Rin. Y así con el resto de etapas de la peregrinación, hasta llegar por fin a nuestro destino: Colonia.

Que conste que no es la plaza que separa la estación central de Colonia de la catedral una suerte de Monte del Gozo, donde el peregrino vislumbra por vez primera, con emoción apenas contenida, la meta largamente acariciada. Porque, como en la Dinamarca del príncipe Hamlet, algo huele a podrido en Colonia, por paradójico que suene. No olvidemos que esta plaza fue el escenario el pasado fin de año de las agresiones sexuales sin cuento de refugiados a las chicas del lugar. Que no fue cosa de una noche lo prueba la instalación de una comisaría portátil en el centro de la plaza y que la policía patrulle de seis en seis los alrededores, algo, por otro lado, cada vez más frecuente en la Europa de hoy.

Lo cierto es que cuando uno presenta, rodilla en tierra, sus respetos a Melchor, Gaspar y Baltasar, no puede evitar fantasear con una operación de rescate que los saque de allí y los lleve bien lejos, a salvo de la racaille que acampa en las gradas de la catedral y de los turistas que aguardan su turno a las puertas. Aunque lo más probable es que Sus Majestades no estén ya para demasiados trotes, para demasiadas fugas, achacosos por el peso de los siglos y de los regalos, carentes de la rapidez de reflejos que demostraron cuando el ángel les advirtió en sueños de las aviesas intenciones de Herodes y ellos regresaron a su país por otro camino.

Claro que quizás su sitio sea ese, Colonia. Y quién sabe si ante un asalto a la catedral no ejercerían el mismo efecto disuasorio que cuando en el siglo VII los persas redujeron Palestina hasta sus cimientos, salvo la iglesia de la Natividad, que respetaron por verse reflejados en aquellas tres figuras ataviadas como sus antepasados; los Reyes Magos son, en este sentido, los guardianes de una civilización y, en un orden de cosas menor, la única razón que va quedando para no declararse republicano. Bien haríamos, de cualquier manera, en preguntarnos si no tienen una propuesta que hacernos hoy.

Porque se equivoca quien piense que una civilización puede levantarse de sus cenizas con los mismos instrumentos con que fue demolida. Europa -léase Occidente, lease la Cristiandad- no volverá a ser ella misma enfrentando al nihilismo más nihilismo. Por difícil que resulte de entender, la manera más efectiva y mejor de cerrar el paso a las banderas negras de la devastación que acampan a las puertas del continente -a las que hay que sumar una quinta columna ya en el interior- es un retorno a la inocencia, como si para ello fuera necesario subirse a un tren en marcha. Y no es la inocencia, ojo, sinónimo de buenismo, más bien su antónimo. De lo que se trata es de regresar a los mundos que en el pequeño reino afortunado de los cuartos de juegos nos prometían las ilustraciones de los libros la mañana del 6 de enero, aquellas grandes epopeyas que durante siglos hicieron soñar a los hombres pero también los relatos más menudos de casas en el árbol, excursiones en bicicleta y cerveza de jengibre. Se trata de no resignarse a languidecer frente al televisor o la pantalla del móvil, de recuperar la alegría perdida de vivir, de volver a creer, de que todas las noches, en fin, sean noches de Reyes.

(NOTA: Una primera versión de este texto fue publicada en www.religionenlibertad.com)

El futuro de Cataluña, IV: la doble reconciliación

Algo se ha roto. Los políticos independentistas afirman que existe una fractura emocional entre una parte importante de catalanes y el resto de españoles. Y esto es un implícito reconocimiento de que algo se ha roto entre los propios catalanes. Coincidiendo con la peor crisis económica de nuestra vida, la sociedad catalana ha vivido desde 2012 un proceso de división social artificiosamente inducido por una cuña político-mediática. Quizá esta fractura no se perciba en aquellos entornos más monolíticos y de mayor euforia independentista o quizá no interese su reconocimiento a aquellos que nos quieren hacer creer que convertir a compatriotas en extranjeros es la gran fiesta de la democracia. No obstante, la división existe y curar las heridas sociales debería ser la prioridad de una política responsable. Así pues, debemos denunciar al actual separatismo como lo que es, un populismo que aprovecha el sufrimiento para hacer negocio electoral; debemos ser contundentes en la defensa de la democracia y el Estado de derecho, al mismo tiempo que con espíritu reformista abrimos la puerta al diálogo sincero y leal, por una parte y, por otra, articulamos una alternativa política creíble que supere claramente al independentismo.Sin embargo, todo ello resultará ser un simple parche si no reconocemos la necesidad de una doble reconciliación: una reconciliación entre catalanes y una reconciliación entre éstos y el resto de españoles.

El actual momento de hartazgo es, sin duda, mucho mejor que el enfrentamiento que parecía dibujarse hace tan sólo un par de años, pero no debemos caer en la tentación de creer que todo está solucionado. Los más astutos abandonan el barco procesista y pronto veremos a muchos negar haber participado de todo este tinglado; mas el establishment independentista no desistirá. Sus menguantes expectativas electorales y la mediocridad de sus liderazgos les han llevado a concluir que no hay vuelta atrás, que cuanto peor, mejor, y que si incrementan la tensión política volverán a movilizar a los fatigados. Pero esta radicalidad es cada vez más percibida por los catalanes como insensatez y más en un contexto como el actual, de recuperación económica, pero también de grandes desafíos globales que requieren cooperación e interdependencia. Habiendo puesto en riesgo la convivencia en Cataluña, los políticos independentistas podrían ser vistos más como un problema que como una solución para los propios catalanes y, si los no nacionalistas fuéramos capaces de crear un relato de reconciliación que superase el independentismo por elevación, éste podría volver a reducirse a su mínima expresión. Cierto: no será fácil. Hoy las grandes narrativas capaces de crear cierto consenso respecto a los objetivos del país parecen irrepetibles. La fragmentación de la opinión pública premia el odio al enemigo inventado y castiga una virtud tan importante en democracia como la empatía. Se trata de una dinámica populista que no sólo dinamita el pacto burkeano con las generaciones pasadas y futuras, sino que también socava la capacidad de entendimiento con nuestros compatriotas.

Esta realidad no debería empujarnos al desánimo, sino a redoblar nuestros esfuerzos de comprensión y de construcción de puentes. La reconciliación sólo puede pasar por los reconocimientos mutuos, por descubrir que la diversidad de identidades y sentimientos no es una amenaza, sino una riqueza, y que reconocerlas nos hace más libres, porque sólo en una sociedad que respeta el pluralismo puede florecer la libertad. La doble reconciliación pasa por el reconocimiento de la diversidad, pero, cuidado, con un pluralismo bien entendido. Existen varias maneras de gestionar la diversidad y algunas de ellas, aunque bienintencionadas, podrían no colaborar ni con la reconciliación, ni con el respeto a las libertades individuales. A simple vista multiculturalismo y pluralismo podrían parecer concepciones similares, pero, como bien indicó Giovanni Sartori, son antitéticas.

La primera manera, la multicultural, es la de algunos de los que en Cataluña se autodenominan federalistas. Es ver España como un mosaico donde cada una de sus regiones o nacionalidades es una tesela monocolor. Proponen que la Generalitat de Cataluña tenga competencias exclusivas sobre cultura, lengua y educación, sin que el Estado tenga nada que decir.  Las propuestas de blindajes lingüísticos y culturales pueden hacerse con la buena voluntad del apaciguamiento, pero no suponen reconciliación, sino la creación de compartimentos estancos, guetos culturales, que separarían las realidades catalanas y españolas haciéndolas internamente monolíticas y cada vez más artificialmente diferentes. Este poder en manos de los nacionalistas significaría el principio del fin del pluralismo dentro de Cataluña. Significaría acelerar un proceso de distanciamiento en el que llevan años trabajando. Sólo hay que ver en que se ha convertido el Estado belga tras décadas de cesión a los nacionalistas y cómo las sociedades flamenca y valona se han distanciado hasta el punto en que un matrimonio mixto es una sorprendente excepción. Así, la recurrente idea de nación de naciones –nunca se nos dice cuántas- podría ofrecer una visión plural del conjunto de España, pero estaría lejos de defender el pluralismo, ya que lo eliminaría en cada una los territorios, haciendo a los individuos menos libres que en la situación actual. En realidad, ese federalismo de blindajes no deja de ser un nacionalismo light. Un primer paso hacia una separación definitiva y nada que ver con otros federalismos. Por ejemplo, en Quebec los federalistas luchan contra el nacionalismo y no abogan en favor de la compartimentación, sino del pluralismo en todos los niveles. A mi modo de ver, esta sería una concepción más acertada para superar los nacionalismos.

La solución no pasa, pues, por blindajes competenciales que favorezcan la exclusión, sino por el reconocimiento de los pluralismos que garanticen la libertad individual. Reconocer el pluralismo de España, sí; pero también el de Cataluña y esto es algo que no parece estar en el debate actual, que suele confundir Cataluña con independentismo. Nuestro país no sería el mosaico de teselas monocolor, sino un bello cuadro impresionista donde los colores se entremezclan, donde no se imponen figuras definidas, sino que las pinceladas matizan diferentes realidades. En Cataluña el pluralismo pasa por reconocer que tan catalán es el que tiene como lengua materna el catalán como el que se expresa en castellano. Y en España pasa por una defensa de todas nuestras lenguas cooficiales, incluida la catalana, como propia. Normalizar su uso en las instituciones sin dejar de reconocer la ventaja de poseer una lengua común como el castellano o español. Y también hacer visible que el Estado español es el propio de los catalanes con una presencia en Cataluña más visible que la habida en las últimas décadas, escuchando a esa sociedad catalana no nacionalista que haya podido sentirse desamparada y colaborando con la Generalitat para resolver legítimas demandas o problemas que afecten a todos los catalanes. Significa más pinceladas catalanas en el resto de España y más españolas en Cataluña. Un Estado que defienda la cultura catalana como propia y una Generalitat que no excluya lo español.

Hoy la idea de España podría no sólo representar la libertad para aquellos catalanes que no comulgamos con el nacionalismo, también podría ejercer un atractivo pluralismo para aquellos catalanistas que no se sienten cómodos con la actual deriva radical de la Generalitat independentista. Por consiguiente, es necesario fortalecer un patriotismo bien entendido, lo que vendría a definir Ángel Rivero, en su libro La constitución de la nación, como “un principio de simpatía hacia los compatriotas, vinculado a la defensa común de la libertad individual”; a diferencia del nacionalismo que es “un principio de exclusión hacia los compatriotas y hacia los extranjeros, en nombre de un sujeto colectivo abstracto”. Por tanto, mientras el “nacionalismo sólo permite la incorporación por asimilación: haciendo que lo diferente se vuelva igual”, los que defendemos la nación de ciudadanos estamos defendiendo “un instrumento de integración política” donde los individuos pueden realizar su libertad, en lugar de sacrificarla, y sentirse como son en toda su complejidad.

Estar orgullosos de nuestra pluralidad sería, de este modo, un buen antídoto contra los fanatismos. Además, ésta es una riqueza en un mundo globalizado, ya que los países acostumbrados a respetar la pluralidad cultural son capaces de jugar mejor sus cartas en el escenario internacional. Si el patriotismo liberal español es capaz de enlazar claramente con el pluralismo integrador, el actual nacionalismo catalán correrá con la desventaja de representar un proyecto excluyente y contrario al signo de los tiempos. La doble reconciliación será, así, más probable.

Las notas de Valentí Puig. Arrecifes de 2017

El modelo de una Unión Europea que sea norma sin el recurso de la fuerza choca con lideratos cuya ostentación de la fuerza sin norma –en diverso grado, Putin o Daesh- les sitúa en posición de belicosidad ventajosa, del mismo modo que sin el uso de la capacidad coactiva contra el tráfico de inmigrantes ilegales seguirá alterándose el mapa político europeo con tanto emocionalismo nutrido de temor y desconfianza. En 2017 y cuanto antes mejor, concertar una estrategia común frente a Putin e instrumentar la operación de cirugía expeditiva y precisa con las mafias que trafican con inmigrantes –a estas alturas, ya más rentable que el narcotráfico- es un pre-requisito “sine qua non” para deslindar semánticamente el inmigrante económico de quien pide asilo político y para controlar al máximo la penetración de terrorismo islamista que en 2016 ha atacado el corazón de Europa. El peso de la ley no puede prescindir de su presión de fuerza, del mismo modo que la diligencia en la interacción de los servicios de inteligencia da mucho más resultado de los que ha de conocer la opinión pública. El año entrante justifica sobradamente la elisión de un buenismo que agiganta la distancia entre los ciudadanos y las instituciones, con letales dosis de inseguridad.

2017 va a ser a la vez un año limítrofe para el secesionismo catalán a partir de las más recientes fases de repliegue independentista –de un tacticismo confuso y rudimentario- al constatar la consistencia del Estado de Derecho y la falta de una mayoría social significativa que avale la ruptura con España. Seguirá la demagogia de fractura, pero con un gran desapego de las clases medias y con las ambivalencias de Ada Colau. Al entregarse la exConvergència a manos del anticapitalismo de la CUP y su desprecio por la ley, en unas elecciones anticipadas Esquerra Republicana puede ser el partido más votado, como umbral de un nuevo tripartito intrínsecamente ambiguo, pero sin capacidad real para ejecutar unilateralmente una secesión. Mientras tanto, Cataluña pierde energía económica y social, autoestima y creatividad. No parece que, en su caso, la recuperación del centro catalanista llegue a tiempo para ser significativa en otras elecciones anticipadas.

Esos son factores regresivos, especialmente cuando el mundo va adentrándose en una nueva época, de paradigmas todavía indefinidos. Al pasar del “shock” del futuro al “shock” del presente, lo que vivimos no es una crisis sino una acumulación caótica de sinergias y dispersiones eruptivas, un vacío de poder mundial y de fragilidades sistémicas. Microdrones del tamaña de un insecto incrementarán el efecto mariposa, en plena mutación tecnocientífica, la caída de Aleppo, anemia institucional, ética de “selfie” y la toxicidad global de las falsas noticias en la red, en un mundo sin liderato global, sin el gran gendarme. Seguir sobrevalorando lo que creemos saber nos lleva a subestimar la progresión geométrica de la incertidumbre. No habrá un perfil claro de transmodernidad que aleje de nuestros destinos el componente trágico de la Historia. Gran oportunidad para los demagogos simplificadores.