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El trabajo social sin emotividad está condenado al fracaso

La Universidad internacional de La Rioja (UNIR) ha celebrado la semana internacional del trabajador social con una mesa redonda sobre Solidaridad y trabajo social. 

Manuel Herrera, director académico de Relaciones Internacionales de UNIR, catedrático de Sociología, en la presentación ha hablado de la “clara vocación social y de colaboración” de UNIR y ha subrayado el papel de la familia como auténtico motor para “el bienestar”; ella ha evitado “el desmantelamiento del estado del bienestar” durante la crisis. Ha señalado que los trabajadores sociales, en las sociedades del conocimiento, “se están convirtiendo en gestores de relaciones sociales y agentes de cambio”.

El periodista José Luis Roig ha ido dando paso a los diversos ponentes, que ha intervenido en este orden:

Clara Pardo. Presidenta de Manos Unidas. Ha explicado la labor de Manos Unidas, una institución de la Iglesia católica con “sesenta años de experiencia”, que nació con un grupo de “mujeres audaces que declararon la guerra al hambre”.  Ha calificado a Manos Unidasde “austera”, “eficaz”, “transparente”, como vocación de “servicio a los demás”. Ha sostenido que “la gente más necesitada es la más solidaria”, como se pone de manifiesto en Iberoamérica: “Ellos son los primeros que ayudan: son una lección para nosotros”, y ha defendido que para actuar se conozcan muy bien los problemas sobre el terreno: “Desde aquí no pretendemos saber qué está pasando en Etiopía”.

Sebastián Mora. Secretario general de Cáritas. Ha hablado de la batalla que hubo entre los defensores de la “solidaridad” y los de la “justicia social” y luego se ha preguntado: “¿Qué nos quedó de aquello?” Tres cosas, ha dicho: 1) “El trabajo social es una disciplina, pero si expulsa los valores y la emotividad está condenada al fracaso, es una profesión vacía”. Hemos perdido “el horizonte de los valores que sustentan a la profesión”, ha destacado. 2) La crisis de lo común, de lo comunitario: “No se habla ya de lo social, ahora se habla de calidad de vida, no del bien común, no de la justicia social”, al menos, “cuesta encontrarlo”. Pero “se necesita el entronque comunitario más que nunca; vivimos un trabajo social extremadamente individualista”. 3)  Se llegó a la conclusión de que el trabajo social no era solo para los pobres; esto es “un gran descubrimiento pero también una gran pérdida”. El trabajo social ha de ser “universal desde los márgenes, y empezando donde hay injusticias;  se ha de desarrollar una teoría de la justicia desde las víctimas”.  “La justicia sin compasión, sin solidaridad, no es justicia”. Pero con la crisis nos hemos vuelto “universales con los nuestros, no con los que menos tienen”.

Manuel Gutiérrez Pascual. Tesorero del Consejo General de Trabajo Social. Partiendo de la idea de que a los trabajadores sociales no los tiene que guiar el buenismo, quizá se han encerrado demasiado en que su tarea “no la puede hacer cualquiera”, y por eso la pérdida del referente de los valores. Estaba de acuerdo con que nos “habíamos olvidado de los laterales”, pero ahí estaba la dependencia, que nos ha enseñado la necesidad de “ciertos servicios sociales”. Ha reclamado una ley marco sobre el modelo de servicios sociales que queremos a nivel estatal; ahora mismo “no tiene nada que ver lo que se hace en Andalucía con lo que se hace en el País Vasco”. Y hay que innovar en servicios sociales cuando hay cosas que no funcionan, hay que preguntarse por el retorno de la inversión en el terrero social, que es dinero público, que tiene que ser eficiente y que genere impacto social.

Pablo Gómez-Tavira. Director general de servicios sociales de la Comunidad de Madrid. Crecemos al tres por ciento, pero “la calidad de vida de muchas familias no se recupera”. Hay que ir a un modelo mixto que “dé cobertura y sea eficaz”. La lucha contra la pobreza no es solo un campo del trabajo social sino también de la sanidad, la educación, el empleo, etc. En Madrid hay 30.000 familias con renta mínima (entre 400 y 600 euros) que a veces “rechazan ofertas de trabajo”. Había que impulsar más las “políticas que activan a la persona hacia el empleo”.

Erika Rodríguez Pinzón. Concejala del Grupo Socialista del Ayuntamiento de Madrid. Los proyectos salen adelante por “el factor humano”. En la enseñanza de Ciencias Sociales hay que prestar más atención a la innovación para que “los trabajadores sociales sean productores de cambios”. Los políticos tenían que hablar más con los beneficiarios de los servicios: “En política no hablamos con las personas”.

Mercedes Valcárcel. Directora de la Fundación Tomillo. Los valores y la emoción que pedía Sebastián Mora tenían que ampliarse “a todas las profesiones” porque “la parte emocional es crítica” y la reclama especialmente la gente joven. Hay escasez de recursos y nos hemos de tomar muy en serio “la parte de gestión y la evaluación del impacto”.

Réplica de Sebastián Mora: “Cuidado con los discursos culpabilizadores”.  Ante los que denuncian que los perceptores de rentas mínimas están desincentivados para aceptar trabajos, ha apuntado que el asunto clave es “qué tipo de trabajo estamos creando”, tan absolutamente “precario”. Hay picaresca, como en todos los campos, pero los hay también tan desfavorecidos que no se les puede aplicar la regla “El que no trabaje que no coma”. Cáritas atendía a gente, un tanto por ciento elevado, no en el paro sino con “trabajos precarios”.

Alberto Reyero. Diputado de Ciudadanos en la Asamblea de Madrid. Portavoz de la Comisión de Políticas Sociales y Familia. Se ha mostrado de acuerdo con el punto de vista de Sebastián Mora por lo que respecta a la “cronificación de la pobreza”. “Yo también les diría que no cogieran esos trabajos”. Porque los perderán enseguida (son trabajos muy inestables) y luego les costará volver a “la renta mínima”.

Rubén Herranz. Adjunto a la secretaría confederal de protección social y políticas públicas de CC.OO. Ha arremetido contra la precarización laboral de los propios trabajadores sociales, un sector donde se trabaja “un día sí y otro no”.

Aurelio López Barajas. Consejero delegado de Super Cuidadores (UNIR). Ha reflexionado sobre la necesidad de formar bien a los cuidadores en una sociedad con un tanto por ciento creciente de envejecimiento. La formación a los cuidadores y el oficio de cuidador, a su vez, eran un nicho de mercado laboral importante. Pero había que profesionalizar esa labor de cuidadores, por ejemplo, el de cuidadores a domicilio.

Eva López Simón. Servicios sociales de UGT. Insistiendo en la tesis de Sebastián Mora: “Hay trabajadores pobres y esto va a más, con salarios mínimos que no dan para vivir”. Tendría que realizarse una reforma laboral. Por supuesto que entendía a los que con renta mínima rechazaban un “trabajo” (basura).  En otro orden de cosas: India cambia la visión de la pobreza. “Niños peleándose con un perro por un pedazo de pan que había tirado un turista”. Pero el trabajo social es otra cosa, “no es solo lucha contra la pobreza”. Es lucha “contra la soledad; la soledad es algo tremendo. Que va en aumento”. Y el trabajo con “la gente que llega de fuera y que termina integrándose. Un trabajo muy complicado que no se reconoce a veces”, etc.

Beatriz Elorriaga. Concejala del Grupo Popular del Ayuntamiento de Madrid. Deben cambiar los servicios sociales. La dependencia, por supuesto, es importante, pero ella sola no es el cuarto pilar. Hay que mejorar las plantillas, en estos momentos insuficientes.

Rosario Cayuela. Directora del departamento de políticas sociales de la Presidencia de Gobierno. Ha centrado su intervención en la gente joven desatendida y en la gente con baja cualificación, para mejorar también aquí el estado del bienestar.

Manuel Herrera ha concluido la sesión recordando su reciente experiencia en Iberoamérica. “Allí se reinventa el trabajo social comunitario”, allí te recuerdan que “la comunidad da sentido al trabajo social”, que “las relaciones sociales son lo que hay que reclamar”.

La sesión completa online se puede ver en este vídeo:

https://youtu.be/syIich0y8tw&rel=0

Ernestina de Champourcin, esencial

El 25 de diciembre de 1927, Carmen Conde le preguntaba en una carta a una joven Ernestina de Champourcin de 22 años si había “muchas mujeres de talento, moderno, en Madrid” y sí, parece contestarle la poeta nacida en Vitoria en 1905, la capital era por entonces escenario de aquella cultura que, como apunta Jaime Siles en la introducción a Poesía esencial (Fundación Banco Santander), se había convertido para Ernestina “en una liberación” y “no es de extrañar”, continúa Siles, puesto que, desde muy pronto, la poeta encarnará “un modo de incipiente feminismo poético, visible en su interés por Juana de Ibarbourou, Delmira Agustini y Gabriela Mistral”. La poeta, la misma que en 1928 escribirá a Conde preguntándose “¿por qué no podremos ser nosotras, sencillamente, sin más? No tener nombre, ni tierra, no ser de nada ni de nadie, ser nuestras, como son blancos los poemas o azules los lirios”, la misma que declarará en 1928 detestar a Primo de Rivera y en 1931, en contra la opinión de su familia, se definirá Republicana y la misma que dirá que no puede pensarse sin la poesía –“Yo sin la Poesía no existo, no soy nada. Prescindir de ella sería anularme”-, se definirá a sí misma y definirá a su poesía desde la inadaptación “que no es orgullo ni maldad”, sino “un triste privilegio de los escogidos”.

Y es precisamente este carácter inadaptado, su rebeldía poética y política y su poesía de madurez trascendental-metafísica que convierte, en palabras de Jaime Siles, a Ernestina de Champourcin en un “paradigma” de esas mujeres de los años veinte y treinta que “asumieron un protagonismo intelectual, visible en las publicaciones y la política de la épica, y fueron ellas mismas un decidido agente del tipo de modernidad a la que los sectores más cultos y progresistas de la sociedad de entonces aspiraban”. Sin embargo y a pesar de ello, la historia de la literatura ha olvidado en gran medida a Ernestina así como a aquellas mujeres de cultura de los años ’27, hoy reunidas bajo la etiqueta de las Sinsombrero, término, comenta la poeta y editora Elena Medel, término “muy reciente —surgido a raíz del proyecto transmedia del mismo nombre, y que recoge a las autoras vinculadas no sólo a la Generación del 27, sino a un determinado círculo intelectual: el de los hombres que se agrupaban en torno a la Residencia de Estudiantes y otras instituciones similares. De hecho, el documental —que ha logrado crear cierta necesaria expectación sobre la figura de estas mujeres— consigna sus logros particulares, por supuesto, pero también las relaciones sentimentales que mantuvieron con los hombres del 27: por ejemplo, Marga Gil Roësset termina definida por su vínculo con Juan Ramón Jiménez. De manera que el término refleja a una parte de las mujeres de la Generación del 27, pero orilla una vez más a quienes por cuestiones geográficas —la poeta María Cegarra— o socioeconómicas —la narradora Luisa Carnés, la poeta Lucía Sánchez Saornil— se encontraban fuera de ese círculo formado en su mayoría por miembros de la clase alta del país”. Por ello Medel prefiere optar por otro término más incluyente, el de “generación del 26”, acuñado por Laura Freixas y que desplaza “el foco del homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla —integrado en exclusiva por hombres— a la fundación del Lyceum Club Femenino”, donde la propia Ernestina acudía. Terminología aparte, de lo que no cabe duda es que, como comenta María Cristina Mabrey, “en el marco histórico-cultural de la Generación del 27, la presencia feme­nina ha llegado a ser hoy un hecho innegable para la crítica. Aunque sepamos que una generación intelectual la forman tanto mujeres como hombres, del rótulo se ha excluido tradicionalmente la contribución de las mujeres y, por consiguiente, ellas han recibido apenas atención”. Precisamente por ello, la edición por parte de la Fundación Banco Santander de la Poesía esencial de Champourcin es un gesto esencial para restituir a Champourcin el espacio que ocupó dentro de la poesía española del XX y reproponer una historia de la literatura que incluya, finalmente, a estas autoras que, como decía Siles, son paradigmas de nuestra modernidad poética. Al mismo tiempo, Poesía esencial obliga a repensar a Champourcin, su trayectoria literaria, sus vaivenes estilísticos y su inscripción dentro de la tradición poética española.

Ernestina de Champourcin y la tradición poética

Es cierto que, a la pregunta en torno a su concepción poética, la poeta afirmaba: “Carezco en absoluto de conceptos. La vida borró los pocos que disponía, y hasta ahora no tuve tiempo de fabricarme otros nuevos. Por otra parte, cuando todo el mundo define y se define, causa un secreto placer mantenerse desdibujado entre los equívocos linderos de la vaguedad y la vagancia”. Sin embargo, también es cierto que el ideario poético de Champourcin no sólo fue modificándose, sino que su giro poético, de una poesía pura a una poesía metafísica-espiritual y religiosa, quedó registrado en sus escritos. Si en 1927 publicaba en El Heraldo de Madrid un artículo de título programático, La poesía pura, en 1928 se va distanciando de esa poesía pura cerebral: considera a Jorge Guillén un poeta demasiado “depurado”, considera a Paul Valery “demasiado cerebral” y se acerca al surrealismo y a la poesía de Paul Claudel. Para Carmelo Guillén Acosta, que no cree que pueda hablarse exactamente de una poesía pura dentro de la producción de la poeta, la trayectoria de Ernestina puede dividirse en tres partes: “una primera, en la que se manifiesta el magisterio del poeta moguereño; una segunda, de búsqueda de trascendencia que coincide con el influjo de Thomas Merton, San Juan de la Cruz y, en especial, su incorporación al Opus Dei (…) y una tercera, de poesía ‘evocativa y esperanzadora’”. Sobre la influencia que tuvo Juan Ramón en Ernestina también se detiene la profesora de la Universidad de Barcelona, Virginia Trueba: Champourcin pertenecería a una tradición poética muy fértil en la poesía española, la de cierto simbolismo de corte romántico que encuentra a uno de sus paradigmas más importantes en Juan Ramón Jiménez. La presencia de Juan Ramón no ha cesado en todo el siglo XX, incluso cuando los tiempos exigieron una poesía de corte más realista y explícitamente política (no debe olvidarse, por cierto, que también hubo ‘compromiso’ en la poesía de Juan Ramón, aunque durante mucho tiempo eso no se quiso ver)”. Y es, precisamente, a Juan Ramón a quién Ernestina dedica algunos de sus versos:

Hoja blanca de hoy, de siempre, de mañana.

Frutal de cada día, semilla fecunda

Por un rayo de luz o una gota de agua.

La vida fluye abajo, arrastrándose vana.

Encima de mi frente, los divinos fantasmas

Del sueño verdadero, los éxtasis del alma….

Cicatrices de otro, que mi pluma va abriendo

Sobre la hoja blanca.

Fue el simbolismo de corte romántico juanramoniano, sostiene Trueba, el que “integró en buena medida el llamado modernismo español y me parece que fue ese modernismo, con su corriente espiritualista incluida, el que predominó en la trayectoria poética de Champourcin. Fue asimismo el que continuó atravesando una parte de la vanguardia española que tuvo un desarrollo propio –hispánico- en relación a otras vanguardias europeas, y de la que también participó en un momento dado la poesía de Champourcin”. Si en su poemario Ahora, tal y como señala Ascunce, puede verse la influencia de las greguerías ramonianas y de Rubén Darío, en La voz en el viento se observa la influencia del surrealismo con la irrupción en su poesía de términos propios de dicha vanguardia, como “sueño” o “deseo”:

Nunca podrás tenerme sin abrir tu deseo,

Sobre la desnudez que sella lo inefable,

Ni encontrarás mis labios

Mientras algo concreto enraíce tu amor…

O

Fuiste duro, suave, eterno.

Variaciones de ti mismo

En la unidad de mis sueños.

Si para Guillén Acosta no puede hablarse –si bien así sucede- de una poesía pura en Ernestina, para Trueba no puede hablarse de una poesía mística, si bien el poemario Presencia oscura ha sido leído en más de una ocasión desde el misticismo poético, sobre todo desde Santa Teresa o San Juan de la Cruz, cuya presencia –menciones explícitas- en los poemas, sin embargo, no debe llevar a confundir la inscripción en el misticismo con el uso retórico de la poesía mística: “Considero posible hablar de un lenguaje proveniente más bien de la tradición romántico-simbolista a la que antes me refería, en la que actuó de diferentes modos una pulsión espiritualista y mística que después cierta vanguardia reescribió. En sentido estricto”, continúa Trueba, “me parecen difíciles los puentes entre la gran escritura de los/las místicos/as  históricos/as y cierta poesía contemporánea como la de Champourcin, a no ser que nos quedemos en el terreno retórico del recurso a ciertos símbolos o metáforas, a cierto léxico o incluso ciertos ritmos”. Para Trueba, la poesía religiosa de Champourcin debe ser leída desde otra perspectiva, introduciendo como posible objeto de comparación la obra filosófica –e, incluso, podría decirse entre muchas comillas, poética-  de María Zambrano: “Su declaración de que toda poesía sincera es religiosa es ilustrativa de una concepción de lo poético que apunta a un vitalismo de signo metafísico que se irá acentuando o haciendo más explícito con los años. Sería muy interesante comparar esa concepción con la que tenía una compañera de época, María Zambrano. No sé si alguien se ha hecho cargo de esa comparación, pero, en todo caso, creo que se descubrirían similitudes y diferencias relevantes.”

La producción poética de Ernestina, donde la experiencia del exilio juega un papel fundamental –“Ya no hay manera de volver atrás, de poseer nuevamente / aquello a lo que se ha renunciado”- describe un recorrido que, a pesar de los vaivenes, “resulta bastante unitaria tanto en su amplio recorrido como en su totalidad”, comenta Siles, un recorrido que incorpora el modernismo juanramoniano, el surrealismo de Bretón, la tradición religiosa, la retórica mística como también lo autobiográfico, sobre todo en su obra en prosa: “La casa de enfrente —la reeditó Renacimiento en 2014—“, comenta Medel,  “me parece una rareza en la época y una rareza en su propia escritura: me interesó como novela de iniciación protagonizada por una mujer de las primeras décadas del siglo XX, más por su carácter testimonial que por su voluntad de ruptura. Esa voluntad de retrato generacional y de relato de una sociedad no están presentes en su poesía, cuya construcción tiene mucho más que ver con la intimidad y con la confesión autobiográfica.” Junto a la obra novelística de Ernestina, Medel destaca “su actividad epistolar, en especial la que mantiene con Carmen Conde —existe una edición a cargo de Rosa Fernández Urtasun, en Castalia en 2007—, por su condición reveladora sobre la posición de ambas ante la creación y tanto en la literatura como en la sociedad de la época. Y resulta muy llamativa su labor como traductora: en Latinoamérica continúan reeditándose, por ejemplo, sus versiones de Gaston Bachelard”.

Ernestina hoy

A la pregunta de qué queda de Ernestina de Champourcin, Elena Medel y Virginia Trueba comparten opinión: poco o nada queda. Para la profesora de la Universidad de Barcelona responder la pregunta sobre el legado de Champourcin en la poesía contemporánea “es responder acerca de la huella de la tradición romántico-simbolista en la poesía actual. La poesía actual (como por otra parte ocurre siempre) no es una sino muchas, aunque si de hegemonía hablamos, no tengo claro que esa tradición romántico-simbolista sea ahora mismo (2017) la predominante”. Y es precisamente en este sentido que la poesía de Ernestina de Champourcin no está presente, en términos generales, “entre los nuevos poetas ni entre las nuevas poetas”, aunque, matiza Trueba, no hay que olvidar que “tampoco lo estuvo entre los poetas anteriores más deudores de esa tradición romántico-simbolista, y este es un tema interesante si se relaciona con la importante presencia que sí tuvo entre los poetas, más incluso que entre los pensadores, María Zambrano. Solo hay que pensar en el magisterio que ejerció en José Angel Valente y en la consecuente forja de la tradición de la denominada (con mayor o menor acierto) poesía del silencio. De nuevo aquí, las diferencias entre Champourcin y Zambrano, más allá de las similitudes, son las que permitirían explicar la recepción que tuvieron”. Desde una perspectiva menos teórica, Medel considera que la no presencia de Champourcin en la poesía actual se debe, en primer lugar, a que “ni se la ha leído ni se la lee. Tanto La casa de enfrente como el epistolario con Carmen Conde se encuentran sin demasiado esfuerzo, y la Fundación Santander publicó Poesía esencial. Sin embargo, como en tantos otros casos, resulta necesaria una antología —con un buen estudio introductorio, en una colección de clásicos— para llamar la atención sobre su obra”.

Más allá de la accesibilidad de la obra de Ernestina, de lo que no cabe duda es que, como apunta Trueba, “desde principios de la década del 2000 ha ido apareciendo en España una poesía muy distinta a la que conformó el canon que todos conocemos hasta el punto de que, a veces, es una poesía que suena poco a poesía española. Fenómenos como la globalización, la multiculturalidad, la emergencia y configuración de las distintas plataformas digitales donde habitamos ya una buena parte del tiempo, la lectura convencida, y militante en algunos casos, de determinados pensamientos postmetafísicos provenientes o derivados de los que tuvieron lugar en los años sesenta y setenta, la lectura de poetas de tradiciones culturales y lingüísticas muy diferentes a la hispánica (peninsular, me refiero), etc…, todo ello, irrumpió con fuerza a principios del nuevo siglo en un panorama poético en el que sí pervivían aún algunos de esos otros lenguajes que habían sido canónicos en el siglo XX, entre ellos, el lenguaje de la tradición romántico-simbolista”. El lenguaje ha cambiado, sostiene Trueba, que introduce una interesante cuestión al debate: la impugnación de la tradición romántico-simbolista como impugnación a un canon predominante masculino, sobre todo por parte de las poetas, “cuyo gesto actual de resistencia ante esa tradición puede leerse desde (entre otras) una perspectiva de género, en tanto la tradición romántico-simbolista que se quiere impugnar remite, en última instancia, a una tradición escrita mayoritariamente en masculino, por mucho de determinas mujeres poetas del pasado intervinieran en ella para, al menos, desestabilizarla”.

Si la impugnación del canon puede leerse, en parte, como una revisión del mismo, también obliga a replantearse la consideración de las poetas dentro del canon: la propia Ernestina afirmaba: “Nunca he logrado pensar en la poesía como algo exclusivamente masculino o femenino. Y en igual forma me repugnan los calificativos con los que suele acompañarse esa palabra”. Sin rechazar el concepto de “poesía femenina”, Medel propone entenderlo “no como simple contenedor que agrupa toda la ‘literatura escrita por mujeres’ —una etiqueta diferente, a mi juicio—, sino como una propuesta en la línea sobre la que trabajaron Béatrice Didier y Hélène Cixous allá por los años setenta y ochenta. Cixous afirmó que ‘no podemos hablar de escritura femenina por el hecho de que una obra la firme una mujer’. No sé si superado o no, desde luego sugerente todavía, nos invita a replantearnos la posición de la escritura, la posición de la lectura y la posición de género —impuesto o escogido— desde la que afrontamos ambos gestos. Esto implicaría que muchos autores escribirían literatura femenina, y muchas autoras no”.

En definitiva, la recuperación de Ernestina de Champourcin obliga, ante todo, a un replanteamiento del gesto lector en tanto que gesto configurador del canon poético peninsular y cuya pregnancia en la concepción del lenguaje es visible en la actual producción poética, aunque sea a través de su contestación. No se trata, por tanto, solo de recuperar a una autora, ni siquiera de restituirle su sitio, pues siempre lo tuvo, sino de que el ejercicio de lectura de Champorucin se convierta en un ejercicio paradigmático para una nueva reconsideración crítica de la tradición poética, donde, como sostenía la propia Ernestina, cabe hablar de poesía y de poetas, sin otras distinciones que no sea su propia obra poética. Solamente llegados a ese punto podrá hablarse de un canon o, mejor dicho, de una historia literaria tendente a la inclusión y no a la exclusión.

La servidumbre rebelde. Una relectura de «La rebelión de las masas»

Antes de que las naciones europeas sucumbieran al desastre bélico en 1939, Ortega compuso un retrato clarificador de las sociedades de masas, fértil para el análisis de la convulsa actualidad geopolítica, más allá de los vicios de su escritura, inflada a veces por la vanidad venial de metáforas algo pretenciosas o acartonadas. En él, trata de zafarse de las estrecheces terminológicas de la época, rechazadas por incurrir en una suerte de hemiplejía (“Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”), pero aún hoy persistentes por inercia y pereza analítica, a pesar de que confunden más que aclaran acerca de los aspectos esenciales del panorama electoral y de la realidad política.

En 1930, la Historia ofrecía ya suficientes muestras de unas tendencias que estallarían después, con la Segunda Guerra Mundial, y que, si bien bajo condiciones distintas, rebrotan en nuestros días. Una relectura de La rebelión de las masas ofrece pistas con las cuales sopesar los movimientos ideológicos que, desde la constitución de sociedades masivas (“el advenimiento de las masas al pleno poderío social”, dice Ortega), se alimentan de las pasiones desatadas en fases de crisis e incertidumbre social, económica, política.

El encuadre que propone Ortega no es técnicamente político. Es, más bien, pre-político y neutro —aun defendiendo un liberalismo poco definido políticamente—, es decir, filosófico, radical, en el sentido en que su filosofía pretendía serlo. Se trata de dar un paso hacia atrás para observar con la distancia que el análisis requiere esa realidad social e histórica en la cual un “politicismo integral” se impone como marca distintiva de la era de las multitudes, que al emerger como agente social, empujan a la política a cubrir todos los aspectos de la existencia. La aparición de las masas reduce lo vital al posicionamiento ideológico, a la puesta en escena pública. A la política como imagen. Dicho de otro modo y un punto más allá de Ortega: la política queda investida de las galas y ceremonias reservadas otrora a las religiones. Las ideologías ocupan ahora el lugar de la religión en retirada. El Pueblo o la Gente, el del Dios vacante. Por eso no es ya que la aglomeración de individuos en las grandes urbes decante nuevas políticas. Es que esa amalgama de sujetos diluidos en la masa y tendencialmente indiferenciados se erige en protagonista político y lo político tiende a absorberlo todo. La individualidad se difumina y el peso de las masas marca los cauces de la acción pública. Ahí, la codificación de los brotes pasionales, su cristalización en reivindicaciones políticas y en movimientos populares ocupan el escenario visible. El poder es imagen, siguiendo a Maquiavelo. La apariencia creíble de poder es, en sí misma, ejercicio de poder. El manejo de las imágenes y de los dispositivos simbólicos permite encauzar los sentimientos elevados a asuntos de Estado y desviarse o renunicar al tedio de las medidas técnicas —sin las cuales la estabilidad de la nación es inviable—, tras denunciarlas por opresoras y al servicio de la casta, apartarse de la aburrida gobernación de un país a medio y largo plazo y entregarse al espectáculo televisado o tuiteado con el cual consolidar el poder. Y la demagogia espectacular se alza más fácilmente en fases de debilidad o descomposición del Estado, como la que España padece en estos momentos.

Las causas del triunfo de las masas en Europa, según Ortega, son sobre todo la “educación progresista de las muchedumbres” y el “enriquecimiento económico de la sociedad”. Los efectos perniciosos más sintomáticos de este espasmo histórico, cíclico, advertidos también por Ortega, son la mediocridad y el infantilismo. Como dos caras de la misma moneda, la escolarización universal y la tecnificación de la infancia y de la adolescencia han generado el paradójico resultado de sujetos en edad escolar a la vanguardia de los aparatos electrónicos y de una realidad virtual casi obsesiva, huérfanos de una formación académica sólida, y, al mismo tiempo, víctimas de un síndrome de Peter Pan sin precedentes. Con gracejo no exento de casticismo desenfadado, Ortega habla de la época del “señorito satisfecho”. Diríamos nosotros: el niñato consentido y tiránico que lo tiene todo al alcance de la mano y cuyos deseos son órdenes para los adultos que le sirven. Déspotas que se creen libres por acceder a cualquier trivialidad con sólo pulsar en una pantalla táctil. La hipérbole indica la tendencia. En este marco, el triunfo de las masas es el triunfo de la mediocridad, el “derecho a la vulgaridad”. Lo vulgar no es ya lo cotidiano, lo privado, sino un motivo de reivindicación política e, incluso, de imposición. Las aristas de lo excepcional (tan raro como sublime, sentenciaba Spinoza en las últimas palabras de su Ética) resultan sospechosas, marginales, casi clandestinas.

Quizá lo más esclarecedor para una lectura sobre los inicios del siglo XXI sea reparar en la concepción de hombre-masa ofrecida por Ortega pero llevada a una escala más extrema en términos cuantitativos y cualitativos. La definición de hombre-masa no tiene que ver con clases sociales, no es asimilable al proletariado, no responde a criterios socio-económicos, sino éticos y vitales o, diríamos por nuestra parte, estéticos, filosóficos. El hombre-masa es el que no se valora a sí mismo, el que, por ello, necesita recibir su valor del flujo y la inercia del grupo, de la identificación en la que su insignificancia es sofocada, ocultada. Es el sujeto que no se reconoce más que en el eco de las multitudes, en la espontaneidad fácil de lo nuevo, lo joven, lo que aún no ha sido torcido. Es un adán sin tradición, sin historia, sin pasado, sin herencia, sin deudas, puro, limpio de conocimientos que mancillen su virginidad de buen salvaje, vacío y libre, es decir, pleno de esa ilusión de libertad que es la más férrea esclavitud, la que el propio esclavo ama como a su vida, a la que se agarra porque sin ella nada tendría, nada sería, desamparado ante su fragilidad vital. Es la rebeldía contra todo lo que ponga en peligro su servidumbre. Es el niño caprichoso dotado de las ortopedias digitales que lo elevan a señor feudal con derecho de pernada, a lactante eterno cuyos deseos subjetivos se convierten en derechos políticos que el Estado ha de sufragar, ganados ya sin más merecimiento que haber nacido:

“Tiene sólo apetitos, cree que sólo tiene derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga —sine nobilitate—, snob.”

La ordinariez estética y social que teme Ortega se respira hoy en las ciudades, en las televisiones, en las redes. La nobleza ausente o residual reivindicada por el filósofo madrileño no es cosa de linaje o sangre. Es la altura intelectual y estética a la que el hombre libre se obliga con tal de no ser mero repetidor de consignas, lemas o clichés vacíos. En este marasmo, la sentimentalización masiva de lo político a golpe de tuit, titular o pancarta es el alimento con el que populismos de transversalidad ideológica elemental engordan. Negando legitimidad a las leyes —nunca perfectas, pero tampoco caprichosas—, a su objetividad impersonal y precaria, bajo la proclama de que son grises artificios que oprimen la Santa Voluntad Popular de las buenas gentes, se erigen en la voz de los perdedores de la Historia, condenados a perecer trágicamente bajo el mando de los que dicen ser de los suyos.

Los católicos entre la democracia y los totalitarismos. Política y religión 1919-1945

La crisis que asoló Europa entre 1919 y 1945 afectó también a la posición de los católicos en la esfera pública. En las sociedades sacudidas por la I Guerra Mundial los cambios que trajo el fin de la contienda permitieron dar paso a una nueva etapa. En el período inmediatamente posterior, en Alemania, la República de Weimar se asentó sobre la cooperación entre los socialdemócratas y el partido católico Zentrum, Francia recuperó sus relaciones bilaterales con la Santa Sede, Gran Bretaña las estableció, por vez primera un Presidente de Estados Unidos visitó a un Papa e incluso con la Unión Soviética se mantuvieron contactos diplomáticos. En Italia, los católicos participaron abiertamente en la esfera pública a través del Partido Popular, una fórmula apoyada por el Papa Benedicto XV. Este pontífice involucró abiertamente a la Iglesia en las cuestiones de su tiempo, llevó a cabo una iniciativa de paz durante la I Guerra Mundial, que fue rechazada por los contendientes, y, a su fallecimiento, los católicos se encontraban en una mejor situación en el seno de sus sociedades.

Su muerte coincidió con la eclosión de lo que se ha dado a conocer como el tiempo de las religiones políticas. Las democracias parlamentarias tuvieron que hacer frente a nuevas ideologías que polarizaron las sociedades en un momento de crisis económica con el objetivo de llevar a cabo una ocupación total del Estado para construir una nueva sociedad. Si en un primer momento el comunismo soviético pudo ser contenido militarmente por Polonia y por la guerra civil que sufrió Rusia y también fueron controlados los brotes revolucionarios que se dieron en Europa inmediatamente después de finalizada la Guerra Mundial, el fascismo italiano fue el primer movimiento que desbarató a una democracia parlamentaria. Poco después, en Alemania, el nazismo a imitación del fascismo trató de acabar con la república de Weimar. A partir de entonces la tensión interna se extendió por el conjunto de las sociedades europeas.

El nuevo Papa, Pío XI, tuvo que navegar entre estas aguas turbulentas. Para la actuación de los católicos en la esfera pública prefería la Acción Católica, mucho más dependiente de la jerarquía y con un proyecto claro de restauración de la unidad social y no la división aparejada a la participación a través de los partidos políticos. Además, desvincular a la Iglesia del Partido Popular en Italia podía eliminar interferencias y abrir la posibilidad de resolver cuestiones pendientes en las relaciones entre la Iglesia y el Gobierno de Italia, especialmente la situación jurídica de la santa sede, todavía en precario desde 1870. Resolver esta cuestión tan significativa era para Mussolini una oportunidad para garantizarse el apoyo de una mayoría de los católicos italianos. Los acuerdos de Letrán de 1929, entre otras cosas, crearon el Estado de la ciudad del Vaticano con lo que la Iglesia podía contar con un nuevo instrumento de acción pública. El profundo simbolismo del acuerdo no impidió que surgiesen conflictos cuando, en su afán por monopolizar y reordenar la vida social, el Estado fascista ocupó ámbitos que la Iglesia considerada propios para su función. En primer lugar, fue la actividad de la Acción Católica –lo que el Papa denunció a través de una encíclica- y ,al final del pontificado, por las leyes racistas aprobadas por Mussolini, a imitación de Alemania, y que el Pontífice condenó públicamente.

En su ascenso al poder en Alemania, los nazis contaron con la oposición de la jerarquía católica pero, el apoyo de un católico significativo como era el antiguo dirigente del Zentrum, Franz von Papen, hizo que esta cuestión fuera relevante en los inicios de su régimen. A imitación de lo ocurrido en Italia, y buscando asentar el gobierno de Hitler desactivando al influyente Zentrum, von Papen impulsó la firma de un concordato con la Santa Sede. En pocos meses, mientras los partidos de Weimar o se disolvían o eran proscritos, Papen consiguió el acuerdo. No fue el primer acuerdo internacional al que llegó el gobierno de Hitler, pero sin duda tuvo una enorme relevancia, causó no poca perplejidad y acabó con las resistencias que hasta entonces habían mostrado los obispos y los católicos alemanes ante el nazismo. El concordato se entendió por parte del Vaticano como oferta irrechazable que además daba una base jurídica a la acción de la Iglesia. Al igual que en el caso italiano, el hecho de que el nazismo tratase de anular la influencia de la Iglesia en la sociedad dio origen a no pocas fricciones siendo la encíclica de 1937 el aldabonazo público que confirmó el difícil entendimiento con un Estado que pretendía conformar desde una ideología pagana al conjunto del pueblo alemán.

Una ideología basada en el racismo y que excluía a los judíos como miembros de la comunidad. Unos judíos entendidos como tales no por su confesión religiosa, sino de su ascendencia. Por esta razón, aquellos que se habían convertido al catolicismo también resultaron afectados. Era una situación compleja, el antisemitismo estaba extendido entre no pocos católicos que, además, veían al judío como símbolo o bien del liberalismo más secularizado o bien del comunismo soviético. La Santa Sede se pronunció de un modo rotundo contra la ideología racista. Pío XI, sin desembarazarse del todo de algunos prejuicios, se mostró claramente contrario al antisemitismo, aunque en su acción diplomática amparase exclusivamente a aquellos convertidos al catolicismo, que, por otra parte, eran a los que cobijaban los concordatos.  Esa fue la política que mantuvo su sucesor Pío XII a lo largo de la Guerra Mundial. Cuando los acontecimientos alcanzaron un nivel de brutalidad ensordecedor se refirió a ellos, aunque tratando de evitar que esta cuestión pudiera ser un motivo que fuera entendido como una falta de imparcialidad por parte del Papa. No hubo indiferencia, inacción o silencio, aunque las cuidadas referencias públicas no estuvieron al nivel del dramatismo de los acontecimientos ni a la responsabilidad que algunos católicos –incluso un sacerdote- tuvieron en el holocausto. Su papel como obispo de Roma en los sucesos de octubre de 1943 es hoy controvertido –no hubo protesta pública por las detenciones de un millar de judíos en la Roma ocupada por los nazis, pero hubo una clara política de protegerles de un modo privado-. Es también indudable que los hombres de su tiempo, empezando por el Presidente Roosevelt, enjuiciaron de un modo positivo la labor que desarrolló en esa cuestión durante esta dura etapa. En 1945 se entendió que había hecho lo humanamente posible. Roma era una ciudad ocupada, amenazada por los bombardeos aliados, las autoridades civiles habían huido y existía el riesgo de que se convirtiera en un campo de batalla. Pío XII no abandonó la ciudad y no volvió a producirse una acción de las características de la del 16 de octubre de 1943.

Uno de los cambios más importantes que se dio por parte de la Santa Sede en esta época fue el acercamiento a Gran Bretaña y Francia. En este último caso, incluso en un tiempo en el que el Frente Popular contaba con mayoría parlamentaria. Aunque la fórmula óptima para la Santa Sede era el concordato, no dudaron en buscar Arreglos con México cuando no era otra la fórmula posible y negociar con todas las autoridades reconocidas internacionalmente, incluso la Unión Soviética.

El hecho de que algunos católicos comenzasen a asumir que de la fe religiosa no se extraía una única política, que aceptar la convivencia plural en la sociedad no es indiferentismo y que es la persona la titular de los derechos y no el error o el acierto, hizo inevitable la colisión con aquellos católicos que defendían que si la fe es una sólo hay una única verdad política, que el error no tiene derechos y que la unidad de la sociedad a través de la acción del Estado es el objetivo irrenunciable de toda actuación pública.

Al mismo tiempo que esto sucedía, en España a partir de abril de 1931 la cuestión del catolicismo fue uno de los elementos de mayor división de la naciente II República. Aunque la clara instrucción que dio Roma fue de acatamiento al orden establecido y trató de llegar a acuerdos con las autoridades republicanas –algo que muchos católicos no aceptaron- la tensión en torno a la cuestión religiosa fue uno de los símbolos de esta época. La guerra civil que desencadenó el fracasado golpe del 18 de julio no tuvo en su origen una motivación religiosa aunque los hechos posteriores pronto le dieron este significado y el bando rebelde no dudó en buscar el reconocimiento y respaldo del Vaticano. Este conflicto tuvo una enorme repercusión internacional, dividió a los católicos y acentuó la aproximación de la Santa Sede a Francia y Gran Bretaña. La cuestión vasca hizo también que fuera una guerra entre católicos y el apoyo de Hitler y Mussolini al bando rebelde provocó no pocas desconfianzas y reticencias en la Santa Sede, aunque la jerarquía española no dudó en apoyar la contienda como una “cruzada” y garantizar la fiabilidad católica del bando nacional. Una vez finalizada la guerra, la cercanía del régimen de Franco a Alemania, la eliminación de algunas instituciones católicas y las diferencias en torno al nombramiento de los obispos fueron elementos que dificultaron la relación. Al mismo tiempo, la Iglesia entendía que sólo desde la cercanía podía mitigar la influencia de las tendencias más totalitarias que el curso de la II Guerra Mundial contribuyó en diluir en favor de aquellos elementos más vinculados al catolicismo en un claro afán de Franco por sobrevivir políticamente ante las nuevas circunstancias.

Al mismo tiempo que era tan compleja la relación con un régimen como el franquista, uno de los elementos que más acentuó Pío XII, ya incluso como secretario de Estado, fue lo relativo al diálogo con Estados Unidos. Un país donde los católicos se habían fortalecido como minoría política y a los que Roosevelt cultivaba con deferencia. Pacelli visitó a Roosevelt en 1936 y en la correspondencia que mantuvieron el trato que se dispensaron era de “amigo”. En 1939, una vez desencadenada la guerra, Roosevelt envió a Roma un representante personal ante el Papa que fue una particular manera de establecer unas relaciones diplomáticas que los equilibrios políticos internos de Estados Unidos y las connotaciones culturales que ello tenía hacían entonces imposible. El estrecho canal de comunicación que se estableció a través de Myron Taylor no impidió la extensión del conflicto bélico a todo el continente y singularmente la entrada de Italia en la contienda. La confianza bilateral permitió que la santa sede aceptase apoyar al Presidente cuando el respaldo que dio a la Unión Soviética a partir de junio de 1941 fue cuestionado por algunos católicos.

Pío XII interpretó como un error que no deseaba repetir el hecho de que Benedicto XV hubiera lanzado una iniciativa de paz sin el visto bueno previo de los contendientes. Él no renunció a poder ser facilitador de algún tipo de acuerdo que evitase no sólo la prolongación de la barbarie sino también que una derrota de Alemania dejase el continente sin ninguna resistencia frente a la amenaza que suponía la Unión Soviética. Para Roosevelt no había más salida que la rendición incondicional y la Unión Soviética no iba a suponer una amenaza. La Unión Soviética debía ser uno de los protagonistas del nuevo orden internacional y estaba dispuesto a hacer las cesiones necesarias –incluso posponer compromisos suyos como había sido en el discurso de las cuatro libertades lo referente a la libertad religiosa- que eliminaran cualquier susceptibilidad por parte de Stalin. Una de las tareas en las que se empeñó fue en tratar de limar las diferencias entre el Vaticano y Moscú, algo a lo que ambos se mostraron reacios y escépticos. Las cuestiones que surgieron conforme se acercaba el fin de la guerra, como el futuro de Polonia o el de Italia, no contribuyeron a facilitar algún tipo de conciliación. Tampoco la forma en la que la Unión Soviética liberó los territorios del este de Europa. La muerte de Roosevelt acabó con un mediador insistente.

La relación de Roosevelt con Pío XII se había enfriado como consecuencia de la falta de voluntad de los aliados por evitar los bombardeos sobre Roma. Era una decisión difícil ya que la efectividad de los mismos se había comprobado con la caída de Mussolini. Aun así Roosevelt no dejaba de tener en cuenta la influencia moral del Vaticano en su diseño de postguerra aunque en ningún caso como un miembro de la organización de naciones que impulsaba para evitar nuevas guerras.

En un tiempo en el que todo tipo de instituciones habían quedado arrasadas contar con la legitimidad de la Santa Sede podía ser conveniente, incluso para los nazis, de ahí que trataran de que el Vaticano reconociera el nuevo orden europeo que habían creado, algo a lo que se negó Pío XII aunque fuera a costa de limitar la interlocución con la entonces potencia hegemónica.

Los Pactos de Letrán permitieron que la Santa Sede mantuviera la relación directa con todos los beligerantes y poder atender sus intereses. Aunque Pío XII no pudo llevar a cabo una mediación que acabase con la guerra, sí que facilitó los contactos entre el gobierno de Badoglio que sucedió a Mussolini y los aliados para permitir desvincular a Italia de la alianza con Alemania. Aunque, en un principio, el resultado no pudo ser más adverso ya que desencadenó la ocupación alemana de Roma, con lo que ello supuso durante esos nueve meses, permitió, una vez más, constatar dónde estaban sus preferencias. También, durante la guerra civil española, había tratado de llevar a cabo una mediación, al menos que evitase la guerra entre católicos, algo que al final fue imposible.

En el fragor de la batalla, qué hacía o decía el Papa fue seguido con atención tanto por parte de los dirigentes políticos como los eclesiásticos. La repercusión de sus palabras fue limitada en el desarrollo de los acontecimientos pero permitió que al final de la contienda la Iglesia Católica saliese del conflicto con una posición mucho más reforzada que la que tenía en 1939. El pueblo de Roma que unas décadas antes había intentado lanzar al río el cadáver de Pío IX ahora aclamaba a Pío XII como su protector. El nuevo Presidente de Estado Unidos, Truman, poco a poco vio en los católicos –que se articularon en torno a la democracia cristiana- una de las fuerzas en las que apoyarse en su conflicto con la URSS y en las democracias liberales se pasó página a las relaciones de confrontación con el hecho católico. La conocida pregunta de Stalin sobre las divisiones del Papa fue una prueba más de que no era prescindible. Los católicos tenían todavía pendientes de abordar cuestiones culturales muy complejas que siguieron provocando tensiones internas, pero ya no lo harían desde una posición de marginalidad en la esfera pública.

De 1.900 a 800 millones de pobres extremos en las dos últimas décadas

Mario Negre fue ayer el principal ponente en la jornada de expertos sobre Globalización: desafíos y oportunidades, el foro de Nueva Revista que dirige Manuel de la Rocha. Negre, investigador del Instituto Alemán para Política de Desarrollo  (Deutsches Institut für Entwicklungspolitik) e investigador del Banco Mundial, mantuvo la siguiente conversación con Nueva Revista, antes de defender su ponencia sobre Pobreza y desigualdad global: evolución y desafíos.

Usted trabaja en el Deutsches Institut für Entwicklungspolitik. ¿Puede contarnos qué es esa institución y en qué consiste su tarea?

Es un organismo que investiga y traduce luego su investigación en políticas factibles para el Gobierno alemán y para Europa en general. Es una institución pública y está sobre todo financiada por el Gobierno alemán.

¿Cómo ha sido su carrera profesional?

Un tanto rocambolesca. Yo soy Físico, por la Universidad de Barcelona. Pero me comprometí muy pronto con organizaciones sociales, 14 años de voluntario. Cuando terminé Físicas trabajé unos años como profesor de Física y de Matemáticas, para alumnos de Bachillerato. Luego decidí ver mundo, y acabé haciendo un Máster de Políticas de Desarrollo en Alemania, dos años, en Bremen, seguí a mi mujer (alemana) y acabé con un doctorado en Nueva Delhi, en la Universidad de Jawharlal Nehry, sobre Economía del Desarrollo. De ahí trabajé en el Parlamento Europeo, de asesor de Desarrollo, me fui al Deutsches Institut für Entwicklungspolitik, acabo de estar tres años en el grupo de investigación del Banco Mundial,  y ahora he vuelto al Deutsches Institut für Entwicklungspolitik y sigo comprometido con el Banco Mundial.

Usted ha investigado acerca de cómo mejorar las ayudas por medio de una mejor coordinación. ¿Puede poner algún ejemplo de dónde está el problema en esto y cómo resolverlo?

Sabemos académica y empíricamente que una mayor coordinación tiene grandes beneficios: de eficiencia, de efectividad, de costes de administración en la ayuda al desarrollo. El problema es la economía política de los donantes: los donantes europeos y Europa se deben a sus votantes pero también se deben a los compromisos de desarrollo de los países con quienes están alineados. Los donantes europeos tienen necesidad de cierta visibilidad cuando dan dinero para proyectos, tienen necesidad de cumplir con pautas propias del país, supervisión del Parlamento, etc., y eso no es siempre compatible con coordinar completamente la ayuda. Un ejemplo práctico sería que se aplicara el código de conducta europeo y que no hubiera cinco donantes en un mismo sector de un mismo país, pongamos por caso todos financiando escuelas en el mismo lugar. Se podrían repartir los sitios, se podrían repartir los temas, y sería mucho más efectivo. Pero ningún donante quiere que otro donante “le implemente el programa” porque “es mejor en ese campo”. Eso es punto muy delicado.

¿No hace eso la Unión Europea?

Sí. En este momento hay más de una veintena de ejercicios, en veinte países, de programación conjunta, donde se está intentando que toda la programación europea sea coordinada, de tal manera que no se repitan los proyectos, que los donantes se adapten a los sistemas del país, al ciclo presupuestario del país, etc. De lo contrario, cada fin de semana llega al país al que se quiere ayudar una delegación del país donante con nuevos requisitos, otros tiempos… y eso es un coste brutal para el Estado al que se quiere ayudar.

¿Hay avance?

La conciencia está, los compromisos están, pero los países se encuentran en la difícil situación de tener que responder a su público y a su sensibilidad y hacer algo más eficiente. No siempre es fácil.

Una de las palabras clave que emplea en sus trabajos es “fragmentación”. ¿A qué se refiere?  

Fragmentación es el término que usamos en plan un poco negativo: tantos donantes en un mismo sitio y en un mismo sector. O los miles de proyectos parecidos cuando se podrían juntar y hacer uno mejor. Pero esto también ofrece ciertas cosas positivas al receptor. Y es que el país que recibe la ayuda puede escoger y no estar tan sujeto a condiciones. Algunos gobiernos condicionan su ayuda a que el país receptor compre los productos de su gobierno. Lo hacen muchos. Que lo hagan casi todos en cierto modo es comprensible. Se llama ayuda condicionada. Es lógico que un donante llegue y proponga proyectos que puedan ayudar a implementar, pero es importante que no sea exagerado y que se haga cada vez menos. En Europa ya no regalamos nuestro grano, o cosas así, como ayuda: hunde los mercados locales, y no es bueno. El aspecto positivo de la fragmentación es el hecho de que el receptor tenga cierto mercado de ideas. Pero en general a la fragmentación la vemos como una cosa más bien negativa.

¿Qué es la prosperidad compartida?

Es el término que el Banco Mundial emplea para focalizarse en los más pobres. Estrictamente significa potenciar el crecimiento de 40 por ciento más pobre de la población en cada país. Esto quiere decir que el Banco se concentra en los más pobres de cada país, en los pobres absolutos mundiales, pero además en cada país el Banco Mundial se concentra en el 40 por ciento más desfavorecido. Que son los que más ayuda e implicación necesitan.

Eso es como la Madre Teresa de Calcuta y su ayuda a “los pobres de los más pobres”.

Cuando uno se concentra en el 40 por ciento más pobre no es fácil llegar al 10 por ciento, al 20 por ciento de la banda baja: esa es la gente con la que es más difícil trabajar en cooperación, en intervención pública; los que están en el 20 por ciento para arriba son gente que ya tienen una actividad, no están descolgados de la economía. Con los realmente más pobres (y hablo de los más pobres en los países más pobres) la intervención es más difícil. Por eso el Banco Mundial insiste en que hay que tener educación y salud universal, porque sin esas bases no se puede ayudar a esa gente. Pero yo diferenciaría de la Madre Teresa de Calcuta, por la que personalmente siento una gran admiración. Su labor, por la forma en que está enfocada, no creo que sea el mejor ejemplo de cooperación internacional. Hay que establecer unas estructuras que permitan a la gente más desfavorecida que por sí misma salga de la pobreza. Que tengan más acceso a la financiación, que tengan más acceso a la salud, a la educación.

¿Acabaremos con la pobreza?

Estamos ahora con menos del 11 por ciento de la población en pobreza extrema (1,90 dólares por persona y día); es una hazaña, porque de 1990 a 2013 hemos pasado de 1.900 millones de pobres a 800 millones de pobres, la progresión en términos de reducción es un hito. La pobreza extrema está asociada a un montón de problemas: psicológicos, de salud, terribles, etc.; terminar con esto, por primera vez en la historia, lo tenemos a mano. Como para erradicarla para el 2030. Nuestras simulaciones muestran que eso solo puede pasar si mejoramos la distribución del ingresos.  Aunque tuviéramos el crecimiento fantástico de la última década, no llegaremos a erradicar la pobreza en 2030, que es el compromiso internacional, si no atacamos la desigualdad.

Usted ha estudiado en las universidades de Barcelona, de Bremen y de Jawharlal Nehry en la India. ¿Qué cosas positivas y negativas destacaría de esas instituciones?

Yo estoy muy contento y agradecido por toda la educación a la que he tenido acceso. El hecho de haber estudiado en diversos países es casi más importante que la propia educación de contenidos que he recibido. Es lo que me ha llevado a aprender idiomas, a saber trabajar en ambientes multinacionales, y a tener una red de contactos y de conocidos que es tan valiosa como los conocimientos. Dependiendo del país, uno, como extranjero, tiene más o menos dificultad. La India no fue tan fácil, pero es un mundo fascinante y superinteresante. Y ahí también aprendí que uno piensa que en los países en desarrollo hay pocos recursos de investigación, pueden haber pocos recursos de investigación y académicos, y no siempre es así.  Descubrí que hay gente muy buena. La India tienen mentes extraordinarias, grandes científicos, grandes de todo.

Los ricos cada vez más ricos, la riqueza del mundo cada vez en menos manos: ¿es esto así?

Sí, sí. Completamente cierto. Pero hay que saber que la desigualdad ha crecido últimamente en los países industrializados, no en los países en desarrollo. En los países en desarrollo, a la vez, se genera una élite que multiplica sus ingresos. Esos dos factores son compatibles. Esta es una tendencia para la que no tenemos aún muchos datos, porque necesitamos datos fiscales y no nos los dan, pero es una tendencia que se corrobora en los casos en que sí tenemos datos. Y sí vemos una polarización increíble de riqueza acumulada, no solo de ingresos, sino sobre todo de riqueza acumulada. Que son dos cosas distintas. En riqueza acumulada, unas sesenta personas tienen lo mismo que media humanidad. Y eso es ya no solo una cuestión ética y moral, es una cuestión de que con muy poca acción, ahí se podría conseguir mucho.

¿Le podemos dar la razón entonces a Thomas Piketty en el sentido de que el capitalismo lleva a esos extremos?

Yo personalmente, porque no sé cuál es la postura aquí del Banco Mundial, o de mi Instituto, yo personalmente creo que hay mucho de verdad en sus trabajos. Sus trabajos han sido altamente reconocidos científicamente: creo que hay poca duda de que el capitalismo ha sido tremendamente positivo a nivel global en reducir la pobreza pero está llevando a una desigualdad aún mayor en muchas zonas y en muchas gentes, y por lo tanto necesitamos que haya una acción estatal moderadora: a nivel de país y a nivel internacional.

¿Qué le parece que una empresa pague, por ejemplo, una pensión de diez o treinta millones de euros a algunos de sus altos ejecutivos o sindicalistas en consejos de administración, como denunciaba Der Spiegel en el caso de Volkswagen?

De nuevo, es mi opinión. Yo, para ponerlo de una forma gráfica, me imagino al extraterrestre de Eduardo Mendoza que llega a Barcelona, aparece en la Diagonal, le atropella un coche, etc., imagino encontrarme con él y que me pregunte que cómo estamos organizados aquí en la Tierra, y le contesto que hay sesenta tipos que tienen lo mismo que el resto de la mitad de la humanidad; y algunos se mueren de hambre. Me daría vergüenza. Las disparidades salariales parecen surrealistas. Yo he vivido en la India y he visto trabajar a gente 16 horas al día, sin parar, motivados, trabajando a fondo, y cobrando dos o tres dólares. En España también he visto a gente trabajar fortísimo, durísimo, para cobrar 800 euros. La pregunta es si el que cobra 30 millones es tantísimas veces más valioso que el otro.

Bill Gates ha fundado Microsoft, Steve Jobs, AppleQue ganen lo que quieran, que hagan lo que les dé la gana. ¿Qué le parece ese eslogan?

Que hagan lo que quieran es algo que me parece muy bueno para ellos y para la economía. Los incentivos son muy importantes de preservar. Pero eso no quiere decir que uno no pueda luego trabajar en la parte fiscal. En la parte fiscal se puede hacer mucho. Alemania, por ejemplo, en la medida de la desigualdad (el coeficiente de Gini) baja 20 puntos porcentuales después de impuestos. Del 50 al 30 por ciento. La redistribución fiscal que uno puede hacer es muy fuerte. Y Alemania no es una economía que esté yendo mal o que no sea competitiva. El estado del bienestar en los países escandinavos se hizo, tras la II Guerra Mundial, con tasas fiscales del 60 por ciento.

India y otros países piensan introducir un salario universal. ¿Qué le parece?

En Finlandia se está haciendo una prueba con dos mil personas. Me parece una idea no solo buena sino necesaria. Hay estudios que dicen que el 50 por ciento de los empleos son reemplazables por los robots. ¿Qué hacemos? Dos personas que tienen los robots ganan todo el dinero del mundo y el resto no trabaja. ¿Quién va a comprar los productos?  Necesitaremos caminar hacia el salario universal. De tal manera que si hay poco trabajo se reparta, pero que la gente tenga con qué vivir y vivir bien. No solo subsistir. Y es factible económicamente, si se hace bien.

¿Cuáles son los tres libros de Economía que más le han influido?

Además de un resumen del ya mencionado Piketty, añado sobre todo: Amartya Sen con Development as Freedom;  Anthony B. Atkinson y su Inequality: What Can Be Done; y Branko Milanovic con Global Inequality: A New Approach for the Age of Globalization.

Las paradojas de la pobreza: más desigualdad en los países ricos, menos en los en desarrollo

La jornada de expertos sobre Globalización: desafíos y oportunidades, el foro de Nueva Revista que dirige Manuel de la Rocha, debatió ayer sobre Pobreza y desigualdad global: evolución y desafíos. La ponencia marco fue de Mario Negre.

Las ideas principales de este investigador en su conferencia son las que él mismo, de forma resumida, expuso a Nueva Revista en una conversación. Se puede consultar esa charla pinchando en este enlace: De 1.900 a 800 millones de pobres extremos en las dos últimas décadas.

Partiendo de esa premisa, podemos enriquecer el contenido de la sesión de ayer de este modo:

-Negre utilizó el siguiente texto para su exposición: La pobreza y la prosperidad compartida 2016.pdf

La pobreza y la prosperidad compartida 2016.pdf

-En el seminario participaron (además de Mario Negre, Manuel de la Rocha y Alberto Ruiz-Gallardón, presidente de Funciva), estos expertos: Luis Ayala (Universidad Rey Juan Carlos), Kattya Cascante (UCM), José Luis Curbelo (CSIC), Arnau Gutiérrez Camps (Ayuntamiento de Madrid), Rocío Martínez-Sampere(Fundación Felipe González),  Iliana Olivié (Real Instituto Elcano), Miguel Alba  (Intermón-Oxfam) y Ángeles Sánchez (UAM).

Otros aspectos destacados de la intervención de Mario Negre:

-Asia del Este y la zona del Pacífico habían elimiando casi por completo el número de pobres extremos. China ha sacado a 400 millones de la pobreza en los últimos años. El problema ahora es África Subsahariana. Negre no es muy optimista sobre que se pueda conseguir el objetivo de erradicar completamente la pobreza en 2030 si no hay cambios fiscales.

-La desigualdad global (mundial) ha bajado, a pesar de lo que corrientemente se cree.  En los países en desarrollo (Brasil, por ejemplo) disminuía la desigualdad pero aumentaba la tajada de los más ricos (son sucesos compatibles). Los paraísos fiscales y la armonización fiscal (para que las empresas no cambiaran de lugar sin más) eran aspectos muy importantes en el asunto de la redistribución.

-El 1 por ciento de los ricos de los EE.UU. acumula el 15 por ciento de la riqueza del país.

-Negre propuso la necesidad de incluir el impacto sobre la desigualdad en todos las investigaciones que se hagan, y también la importancia de tener más en cuenta el cambio climático y el papel de la mujer.

Debate

Jose Luis Curbelo señaló el problema de los “estados cleptómanos”, grandes responsables en el impedimento para salir de la pobreza.  Luis Ayala preguntó hasta qué punto estaban consolidadas las tendencias de huir de las desigualdades en los países emergentes y recordó que la globalización estaba siendo buena para los países en desarrollo y mala para las clases medias de los países desarrollados (por ejemplo, España y otros europeos). Rocío Martínez-Sampere expuso que parece que sabemos reducir la pobreza extrema pero no la desigualdad en los países desarrollados y nadie habla de impuestos sobre la riqueza.  A Ángeles Sánchez le sorprendió que no se hubiera tenido en cuenta el factor de la digitalización y cómo influye a la hora de incrementar las oportunidades. Arnáu Gutiérrez Camps insistió en la necesidad de que los diversos niveles de las administraciones conozcan las mejores prácticas y los mejores resultados que crean otros organismos, para actuar luego en consecuencia, de lo contrario seguiremos ahondando en el “descrédito de las instituciones.”  Kattya Cascante subrayó que ya no había de forma tan clara una “geografía de la pobreza”, que “trabajo” ya no era un “sinónimo de progreso” y que le preocupaba el dominio del mercado de alimentos por parte de las elites y de grandes multinacionales.

Manuel de la Rocha y Mario Negre han publicado recientemente sobre el tema de debate ayer en UNIR. Su artículo se encuentra aquí: Eliminación de la pobreza extrema.

España. Imagen y estereotipos

Corría el año 1992 cuando desde la Fundación José Ortega y Gasset (hoy Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón), y por iniciativa del historiador José Varela Ortega, se organizaron una serie de seminarios y encuentros, diálogos y conferencias, bajo el título de La mirada del otro. La imagen de España en el extranjero. Comenzaba así un largo camino de estudio, reflexión y análisis histórico y presente. Estos seminarios y simposios fueron patrocinados por el Banco Santander en el Pabellón de España de la Exposición Universal que se celebró ese mismo año en Sevilla. Exposición que, junto a las Olimpíadas de Barcelona, constituyó si no un cambio radical en el proceso de modernización que, hacía ya años, había emprendido la sociedad española, sí supuso un punto de inflexión en la imagen de España y en su proyección en el exterior. En aquellos encuentros se contó con académicos, intelectuales, periodistas de primer nivel, conocedores y comunicadores de excepción que trataron los muy diversos asuntos que comprende lo que hemos dado en llamar «la imagen de España en el exterior». O, mejor, «la mirada del otro», un título –conviene precisarlo– muy repetido desde entonces, pero que ya había encabezado el curso que, sobre este tema, impartió el profesor Varela en 1987 en el Instituto Di Tella de Buenos Aires, haciéndose eco de una expresión que, por entonces, escuchó a Emilio Lamo de Espinosa –que sepamos, el primero que utilizó tal titular.

Es decir, ¿cómo se contempla España por ahí afuera? Y para entenderlo mejor, viajar en el tiempo y desentrañar los pasajes ignorados o desconocidos de ese formidable trayecto en el tiempo, ¿cómo se vio España a través de los siglos? Entre otros, cabe destacar la presencia por aquellos días sevillanos de Carlos García Gual que trató, con la solvencia a la que nos tiene acostumbrados, sobre un estereotipo recurrente y la imagen de España en la Antigüedad; Francisco Javier Faci se adentró, con maestría y difícil ecuanimidad, en los recovecos de la imagen de España en las centurias medievales, tan polémicas para anteriores generaciones; María Victoria López Cordón presentó una ponencia espectacular y sabia sobre la proyección de los estereotipos españoles en la Europa moderna; continuaba Ana Guerrero con la visión crítica de los philosophes del siglo XVIII, un tema central en este largo proceso en la fabricación de la imagen de España. Más tarde, Vicente Cacho Viu –el que fuera gran maestro sobre aquella época– estudiaba el impacto que significó el fin de siglo xix para España, tras la pérdida de sus últimas posesiones ultramarinas; tanto Enric Ucelay-Da Cal como Javier Tusell describían, de forma original y estimulante, los pormenores de la proyección internacional de España en los años de la Guerra Civil (1936-1939); y concluía Charles Powell –autor de un libro clásico sobre el período– con los bienaventurados años de la denominada Transición política de la dictadura a la democracia. Este apartado de reflexión histórica se completaba con las diversas visiones que de España se tenían, en aquel preciso momento de 1992, desde Inglaterra, a cargo de Raymond Carr, Tom Burns Marañón, David Mitchell, David Searl; Extremo Oriente, con sendas presentaciones de Noritaka Fukushima y Tatiana Fisac, y la imagen turística, aspecto esencial, que expuso Hervé Poutet, un clásico del tema. Román Gubern abordó el fascinante apartado de cómo el cine, de manera particular el hollywoodiense, había presentado a España ante millones de espectadores de todo el mundo, entre otras colaboraciones.

Desde entonces, las transformaciones de la imagen de España en el exterior, y la mirada del otro, han sufrido una serie incontable de variaciones, en función de la situación política, económica y cultural no sólo de la propia España sino del decurso internacional. El presente volumen –que ha contado con la colaboración de la Secretaría de Estado de Comercio y el apoyo de ICEX– se remite, por razones obvias de espacio y utilidad, a la secuencia contemporánea comenzada en el siglo XIX y su deriva posterior, sin que por ello renunciemos en la Fundación a dar salida a las excelentes ponencias que en este tomo se nos han quedado en el tintero. Los autores han hecho hincapié en la actualidad, procurando conservar la referencia de los trabajos ya realizados en 1992. No se trata de una mera adecuación al presente, sino de una reflexión que se enmarca tanto en el cuadro histórico como en los días presentes. Ello revela una doble intención: contextualizar de dónde se viene, dónde se está y hacia dónde deben dirigirse los trabajos encaminados a lograr que «la mirada del otro» se adecue a la realidad de hoy en España, sin ignorar estereotipos, pero salvando tópicos y lugares comunes.

Inevitablemente, en un libro de estas características la parte histórica se ha reducido a lo imprescindible: que ya es bastante, porque, como nos decía Enric Ucelay-Da Cal en aquellas jornadas sevillanas de 1992 –y decía bien–, vivimos abrumados por una indeleble y repetida colección de cromos históricos. Pues la imagen de España en el exterior ni es una pintoresca entelequia ni una precipitada reinvención, en la medida en que España forma parte de un restringido grupo de naciones que ha generado una fuerte y marcada imagen en su dilatada historia: tiene –escribió José Carlos Mainer hace tiempo– «ese privilegio y esa condena». El tópico español, que ocupa un lugar preferente en la cultura occidental, ha combinado, hasta anteayer, el folclore tradicional, los restos borrosos de la memoria histórica y diversas peculiaridades recientes surgidas del proceso de modernización emprendido en las últimas décadas.

Tras el final de la profunda anomalía histórica que fue la dictadura franquista, la consolidación de la monarquía parlamentaria resultó un modelo de éxito de una nación. El proceso de la Transición política española retomaría una tradición ocultada de comportamientos cívicos. Y ésa es la tradición que debe conjugarse con la actual realidad en la proyección internacional de la imagen de España.

¿Se corresponde esa realidad española con la imagen que se percibe, o se sospecha, en el exterior? La imagen que el conjunto de la nación proyecte en el exterior no sólo es esencial sino decisiva de cara a su posición en el mundo.

Valga sólo un dato: la inversión española en el exterior en estos últimos años se ha multiplicado por veinticinco. España ha pasado de ser una nación que salía más allá de sus fronteras para buscar inversores que se instalaran aquí, a ser una nación que sale al exterior para instalar sus inversiones allí. La transformación, además de extraordinaria, constituye un camino sin retorno en cuanto a la imagen que de España se tenga por las anchas y ajenas tierras. Los datos sobre la expansión de la lengua española confirman el momento especial.

La nueva imagen de España, la del umbral del siglo XXI, ha de servir de soporte de los activos y la acción española en el exterior. Así, esa imagen en los círculos culturales, políticos y económicos no será ya sólo una referencia intelectual sino un activo –o un pasivo– en el balance final del peso de España en el mundo. La imagen que de una determinada nación se tiene en el exterior también es tangible y puede evaluarse con mayor o menor presencia en los foros internacionales, no estrictamente políticos, y constituye una marca genérica que define y se extiende a un universo, casi infinito, de actividades. Y para coda, un anhelo: lo cabal es que todas estas acciones se coordinen bajo un interés común, que, además, es general.

La belleza humana

En el primer capítulo de este libro he identificado una disposición de la mente –resultante de enfrentarnos a la belleza– y el juicio que parece estar implícito en ella. Y he analizado dicha disposición o estado de ánimo con el fin de mostrar cómo se podrían explicar ciertas obviedades acerca de la belleza que todos tenemos por ciertas. La argumentación era completamente a priori, centrada en distinciones y observaciones que se supone que resultan evidentes para cualquiera que entienda los términos empleados para expresarlas. El asunto que tenemos que considerar a continuación es si esta disposición o estado de ánimo tiene algún fundamento racional, si nos dice algo acerca del mundo en el que vivimos, y si su ejercicio forma parte de la realización de la naturaleza humana. En todo caso, éste sería el punto de vista filosófico sobre nuestro tema.

Pero no es el punto de vista de los psicólogos evolutivos, que argumentan que podemos entender mejor nuestros pensamientos si identificamos sus orígenes evolutivos, y su posible contribución (o la de alguna versión anterior de los mismos) a las estrategias reproductivas de nuestros genes. ¿De qué manera es más probable que un organismo transmita su herencia genética mediante el ejercicio de sus emociones ante las cosas bellas? Para muchos, este interrogante científico, o de apariencia científica, es a lo que se reduce el sentido último de la estética, la única pregunta posible sobre la naturaleza o el valor del sentimiento de la belleza.

Existe una polémica entre los psicólogos evolutivos que admiten la posibilidad de una selección de grupo y los que insisten, como Richard Dawkins, en que la selección se produce a nivel del organismo individual, ya que es ahí, y no en el grupo, donde se reproducen los genes. Sin tomar partido en esta controversia, podemos reconocer dos grandes categorías de estética evolutiva: la que destaca la ventaja que supone para el grupo el sentido estético y la que sostiene que los individuos dotados de intereses estéticos poseen una capacidad superior de transmitir sus genes.

El primer tipo de teoría lo defiende la antropóloga Ellen Dissanayake, que, en Homo Aestheticus, sostiene que el arte y el interés estético pertenecen a la misma categoría que los ritos y las celebraciones: son fruto de la necesidad que sentimos los humanos de «hacer especiales» las cosas, de extraer de su contexto cotidiano los objetos, los acontecimientos y las relaciones humanas y convertirlos en el centro de la atención colectiva. La práctica de «hacer especiales» las cosas aumenta la cohesión del grupo y también lleva a la gente a tratar todo lo que es realmente importante para la supervivencia de la comunidad –ya sea el matrimonio o las armas, los funerales o los cargos públicos– como asuntos merecedores de la atención colectiva, con un aura que los protege de la desconsideración negligente y la erosión emocional. La necesidad de «hacer especiales» las cosas, tan profundamente arraigada, se explica por la ventaja que confiere a las comunidades humanas, al mantenerlas unidas en momentos de amenaza y fomentar su confianza reproductiva en épocas de paz y prosperidad.

La teoría es interesante y contiene un elemento indudable de verdad; pero no alcanza a explicar lo que hay de singular en lo estético. Aunque el sentido de la belleza pueda tener sus raíces en alguna necesidad colectiva de «hacer especiales las cosas», la belleza en sí misma es un tipo especial de «cosa especial», que no debe confundirse con el ritual, el festival o la ceremonia, aunque estos últimos a veces puedan poseerla. La ventaja que adquiere la comunidad reafirmando mediante ceremonias las cosas que importan se podría obtener sin la experiencia de la belleza. Existen muchas más formas de dar un relieve especial a las cosas, más allá de lo cotidiano, para dotarlas de un aura preciosa; mediante acontecimientos deportivos, por ejemplo, como los juegos descritos por Homero; o mediante rituales religiosos, en los que la solemne presencia de los dioses se invoca para proteger la institución o práctica que precise un reconocimiento colectivo. Desde el punto de vista de la antropología, el deporte y la religión son parientes próximos del sentido de la belleza: pero desde el punto de vista de la filosofía, las diferencias son tan importantes como las afinidades. Cuando la gente se refiere al fútbol como «el bello juego», «the beautiful game» u «o jogo bonito», describen el fútbol desde el punto de vista del espectador, como un fenómeno cuasi-estético. En sí mismo, como ejercicio competitivo, en el cual se ponen a prueba la habilidad y la fuerza, el deporte es esencialmente distinto tanto del arte como de la religión, cada uno de los cuales posee su propio significado en la vida de los seres racionales.

Una objeción similar podría formularse a la teoría más individualista propuesta por Geoffrey Miller en The Mating Mind (La mente del apareamiento) y avalado por Steven Pinker en Cómo funciona la mente. Según esta teoría, el sentido de la belleza surge del proceso de selección sexual, idea que planteó por primera vez Darwin en El origen del hombre. En la versión corregida y aumentada de Miller, la teoría plantea que haciéndose bello el hombre realiza lo que mismo que el pavo real cuando exhibe la cola: envía una señal de aptitud reproductiva, a la que la mujer responde igual que la pava, reclamándolo para sí (aunque sin ser en absoluto consciente de ello) por el bien de sus genes. Por supuesto, la actividad estética humana es más complicada que el galanteo instintivo de las aves. Los hombres no se limitan a engalanarse con plumas y tatuajes, sino que pintan imágenes, escriben poemas y cantan canciones. Pero todas estas cosas son demostraciones de fuerza, ingenio y destreza, y por lo tanto, indicadores fiables de aptitud reproductiva. En las mujeres, estos gestos artísticos suscitan admiración, asombro y deseo, y la Naturaleza, siguiendo su curso, lleva al triunfo mutuo a los genes que transportan sus eternos mensajes.

Pero está claro que una actividad física vigorosa que no llegara a ser artísticamente creativa contribuiría lo mismo a esa estrategia genética. Por lo tanto, esta explicación, aunque sea cierta, no nos permite identificar lo que tiene de específico el sentimiento de la belleza. Aunque la cola del pavo real y El arte de la fuga posean un origen común, la apreciación de la primera es completamente distinta de la apreciación que suscita el segundo. A tenor de lo expuesto en el primer capítulo, debería haber quedado claro que sólo los seres racionales tienen intereses estéticos, y que su racionalidad se aplica tanto a la belleza como al juicio moral y la opinión científica.

UNA CUESTIÓN DE LÓGICA

La percepción de la belleza puede ser suficiente para que una mujer escoja a un hombre por su aptitud reproductiva; pero no es condición necesaria. El proceso de selección sexual podría ocurrir sin esta particular forma de centrarse en otro individuo. Por lo tanto, como no podemos inferir que la percepción de la belleza sea necesaria para el proceso de selección sexual, tampoco podemos usar la selección sexual como explicación concluyente de la percepción de la belleza, y mucho menos como forma de descifrar el significado de dicha percepción. Hay que añadir algo más, en relación con la especificidad del juicio estético, si se quiere tener una idea clara del lugar que ocupan la belleza y nuestra respuesta a la misma en la evolución de nuestra especie. Y este algo más debería tomar en consideración hechos como los siguientes: que los hombres aprecian a las mujeres por su belleza tanto o más que las mujeres a los hombres por el mismo motivo; que las mujeres también son activas en la producción de la belleza, tanto en el arte como en la vida cotidiana; que la gente asocia la belleza con sus propósitos y aspiraciones más nobles, le perturba su ausencia y considera que la existencia de cierto consenso en cuestiones de estética es indispensable para la vida en sociedad. Hoy por hoy, la psicología evolutiva de la belleza ofrece una imagen del ser humano y de la sociedad humana en la que el componente estético carece de intencionalidad específica, y aparece diluido en vagas generalizaciones que pasan por alto la posición peculiar que ocupa el juicio estético en la vida del agente racional. Sin embargo, aunque las tesis de Miller arrojen poca luz sobre el sentimiento que tratan de explicar, sin duda es razonable suponer que existe alguna relación entre la belleza y el sexo. Puede que nos equivoquemos al buscar una conexión causal entre estos dos aspectos de la condición humana. O puede que estén más íntimamente relacionados de lo que eso implica. Incluso puede que, como sostenía Platón con tanta vehemencia, el sentimiento de la belleza sea un elemento clave del deseo sexual. De ser así, no cabe duda de que tendría repercusiones no sólo en lo tocante a nuestra comprensión del deseo, sino también sobre la teoría de la belleza. En concreto, pondría en tela de juicio la opinión de que nuestra actitud hacia la belleza es intrínsecamente desinteresada. ¿Qué actitud puede ser más interesada que el deseo sexual?

LA BELLEZA Y EL DESEO

Platón no hablaba del sexo y la diferencia sexual como hoy los entendemos, sino del eros, el deseo incontenible cuya forma más significativa, para Platón, es la que se da entre las personas del mismo sexo; en especial, el que siente el hombre maduro conmovido por la belleza de un joven. Los griegos consideraban al érós una fuerza cósmica, como ese amor que, según Dante, «mueve el Sol y las demás estrellas». Por eso, al hablar de la belleza en Fedro y El banquete, Platón comienza con otra obviedad: “la belleza, en una persona, suscita el deseo”.

Platón creía que este deseo es real y, al mismo tiempo, una especie de error, aunque un error que nos dice algo importante sobre nosotros mismos y el cosmos. Algunos argumentan que no es la belleza lo que impulsa el deseo, sino el deseo el que invoca a la belleza: que, al desear a alguien, le veo bello o la veo bella, al ser ésta una de las formas en que la mente, por utilizar una metáfora de Hume, «se extiende sobre los objetos». Pero eso no refleja con exactitud la experiencia de la atracción sexual. Tus ojos se sienten atraídos por una persona joven y bella, y es a partir de este momento cuando surge el deseo. Puede que exista otra forma más madura de deseo sexual, que nazca del amor y que encuentre la belleza en los rasgos ya no tan juveniles de la pareja de toda la vida. Pero ése no es en modo alguno el fenómeno que Platón tenía en mente.

Se mire como se mire, la séptima obviedad supone un problema para la estética. En el mundo del arte, la belleza es objeto de contemplación, no de deseo. Apreciar la belleza de un cuadro o una sinfonía no implica adoptar una actitud concupiscente, y aun suponiendo que, por motivos económicos, quiera robar el cuadro, no tengo manera alguna de salir de la sala de conciertos con una sinfonía en el bolsillo. ¿Quiere esto decir que hay dos tipos de belleza: la belleza de la gente y la belleza del arte? ¿O significa que el deseo que suscita la visión de la belleza humana es una especie de error que cometemos, porque en realidad nuestra actitud hacia la belleza tiende a lo contemplativo en todas sus formas?

EL EROS Y EL AMOR PLATÓNICO

Platón se decantó más bien por la segunda posibilidad. Identificó al eros como el origen tanto del deseo sexual como del amor a la belleza. El eros es una forma de amor que trata de unirse con su objeto y reproducirlo, del mismo modo en que hombres y mujeres se reproducen sexualmente. Además de esta forma inferior (a los ojos de Platón) del amor erótico, existe también una forma superior, en la que el objeto del amor no se posee, sino que se contempla, y en la que la reproducción no se da en el ámbito de los detalles concretos, sino en el ámbito de la ideas abstractas, el dominio de las «formas» tal como lo entiende Platón. Al contemplar la belleza, el alma se eleva por encima de las cosas meramente sensuales y concretas y asciende a una esfera superior, en la que el objeto de estudio no es el bello muchacho, sino la forma de la belleza en sí, que entra en el alma como algo que se posee, del mismo modo en que las ideas en general se reproducen en las almas de quienes las comprenden. Esta forma superior de reproducción participa de la aspiración a la inmortalidad, que es el más alto anhelo del alma en este mundo. Pero se ve obstaculizada por una excesiva fijación en la reproducción de tipo inferior, que es una forma de encarcelamiento en el aquí y el ahora.

Según Platón, el deseo sexual, en su forma más común, implica el deseo de poseer lo que es mortal y transitorio, y por consiguiente, la esclavización al servicio de la parte más baja del alma, la que se encuentra inmersa en la inmediatez sensual y las cosas de este mundo. El amor a la belleza es en realidad un llamamiento a la liberación de ese apego sensorial y a emprender la ascensión del alma hacia el mundo de las ideas, donde se participa en la versión divina de la reproducción, que es la comprensión y la transmisión de las verdades eternas. Ése es el verdadero amor erótico, y se manifiesta en la casta unión entre el hombre y el joven, en el que el hombre adopta el papel de maestro, supera sus sentimientos lujuriosos y ve la belleza del joven como un objeto de contemplación, un ejemplo, en el aquí y el ahora, de la idea eterna de lo bello.

Esta poderosa amalgama de ideas ha tenido una dilatada trayectoria posterior. La embriagadora mezcla de amor homoerótico, magisterio y redención del alma ha conmovido los corazones de los maestros (especialmente de los varones) durante siglos. Y la versión heterosexual del mito platónico ejerció una enorme influencia en la poesía medieval y en la visión cristiana de las mujeres y de cómo había que interpretarlas, y sirvió de inspiración a algunas de las obras más bellas del arte de la tradición occidental, desde «El cuento del caballero» de Los cuentos de Canterbury de Chaucer y la Vita nuova de Dante hasta el Nacimiento de Venus de Botticelli y los sonetos de Miguel Ángel. Pero basta apenas con una dosis normal de escepticismo para tener la sensación de que el ideal platónico tiene más de ilusorio que de real. ¿Cómo es posible que el amor sexual a un joven despierte el mismo sentimiento que (después de un poco de autodisciplina) la contemplación embelesada de una idea abstracta? Es como decir que el deseo de comer filete puede satisfacerse (con un poco de esfuerzo mental) mirando fijamente la imagen de una vaca.

LA CONTEMPLACIÓN Y EL DESEO

Pese a todo, es cierto que tanto el objeto del juicio estético como el objeto de deseo sexual pueden calificarse de bellos, aunque despierten intereses radicalmente distintos en quien así los describa. Alguien que contemple el rostro de un anciano, surcado de interesantes pliegues y arrugas, de mirada hermosa y serena y expresión sabia y dulce, tal vez lo califique de bello. Pero entendemos que dicho juicio es muy distinto del «¡Qué belleza!» que un joven embelesado dedica a una chica. El joven va detrás de la chica, no con el simple deseo de contemplarla, sino de abrazarla y besarla. El acto sexual se describe como la «consumación» de este tipo de deseo, aunque no hay que creer que sea necesariamente lo que se pretendía, o que así se acabe con el deseo, del mismo modo en que el deseo de agua se sacia bebiendo un vaso de agua.

En el caso del anciano bello, nadie «va detrás» de él: no existen intenciones ocultas, afán de posesión ni de obtener nada del objeto bello. El rostro del anciano está lleno de significado para nosotros, y si buscamos satisfacción, la encontramos en él, en lo que contemplamos, y en el acto de la contemplación. Sin duda, es absurdo pensar que éste es el mismo estado de ánimo que el del joven que persigue a la muchacha. Cuando, embargado por el deseo sexual, contemplas la belleza de tu pareja, te distancias momentáneamente del deseo para subsumirlo en otro objetivo, más amplio y menos inmediatamente sensual. Ahí radica, en realidad, la importancia metafísica de la mirada erótica: en el hecho de ser una búsqueda de conocimiento, la invocación a la otra persona para que resplandezca de forma sensorial y se dé a conocer.

Por otro lado, la belleza, sin duda, estimula el deseo en el momento de la excitación. Así, ¿se dirige nuestro deseo a la belleza del otro? ¿Es un deseo de hacer algo con esa belleza? Pero ¿qué se puede hacer con la belleza de otra persona? Para el amante satisfecho, poseer la belleza de la persona amada es igual de imposible que para quien la observa desde la distancia, sin esperanza alguna. Ésta es una de las ideas que inspiraron la teoría de Platón. Lo que nos impulsa, en la atracción sexual, es algo que puede contemplarse pero nunca poseerse. Nuestro deseo puede consumarse y saciarse temporalmente. Pero no se consuma por poseer lo que lo inspira, que se halla siempre fuera de nuestro alcance, una posesión del otro que no se puede compartir jamás.

EL OBJETO CONCRETO

Las teorías de Platón nos devuelven a la difícil idea del deseo de lo concreto. Supongamos que queremos un vaso de agua. En este caso, no queremos un vaso de agua en concreto. Cualquier vaso de agua nos vale; en realidad, ni siquiera tiene que ser un vaso. Y hay algo que queremos hacer con el agua: beberla. Después de lo cual nuestro deseo se sacia y se convierte en algo superado. Ésa es la naturaleza normal de nuestros deseos sensoriales: son indeterminados, se encaminan a una acción específica y se satisfacen mediante dicha acción, que les pone fin. Ninguna de esas cosas sucede con el deseo sexual. El deseo sexual es determinado: deseamos a una persona concreta. Las personas no son intercambiables como objetos del deseo, aunque sean igual de atractivas. Puedes desear a una persona y luego a otra; incluso puedes desear a dos personas a la vez. Pero tu deseo de John o Mary no lo pueden satisfacer Alfred o Jane: cada deseo es propio de su objeto, ya que es el deseo de dicha persona en cuanto que individuo, y no como instancia de una categoría general, a pesar de que en dicha «categoría» esté, a otro nivel, el fondo del asunto. Mi deseo de este vaso de agua lo puedo satisfacer con aquel vaso porque no se centra en una cantidad concreta de agua, sino en el agua en sí.

En determinadas circunstancias podemos liberarnos del deseo de una persona haciendo el amor con otra. Pero eso no significa que esta última haya saciado el mismo deseo que tenía por objeto a la primera. No se satisface un deseo sexual enterrándolo debajo de otro, del mismo modo en que no se satisface el deseo de saber cómo acaba una novela dejándose cautivar por una película.

Tampoco hay nada concreto que queramos hacer con la persona que deseamos y que represente el contenido completo de nuestro sentimiento. Por supuesto, tenemos el acto sexual, pero puede haber un deseo sin desear el acto, que a su vez no sacia el deseo ni le pone fin como el hecho de beber sacia el deseo de agua y acaba con él. Encontramos una célebre descripción de esta paradoja en Lucrecio, que representa a los amantes intentando convertirse en uno, entrelazando sus cuerpos de todas las formas que les sugiere el deseo:

Los amantes agárranse con ansia, y juntando saliva con saliva

el aliento detienen apretando los labios y los dientes;

pero en vano, porque de allí no pueden sacar nada

ni penetrar ni hacerse un mismo cuerpo…

En el acto sexual, no se persigue y alcanza un único objetivo ni se completa el proceso al encontrar satisfacción alguna: todas las metas son provisionales, temporales, y lo dejan todo prácticamente igual. Y los amantes son víctimas de la falta de correspondencia entre el deseo y su satisfacción, ya que ésta en realidad no satisface nada, sino que apenas supone una breve pausa en un proceso en constante renovación:

Vuelve después con más furor la rabia, buscando sin cesar tocar el blanco

de sus deseos; pero no hallan medio

con que puedan triunfar de su desgracia: ¡tan ciega herida errantes los consume!

Esto nos devuelve a la discusión de «por sí mismo». El deseo de un vaso de agua es, en un caso normal, el deseo de hacer algo con él. Pero el deseo de una persona por otra no es más que eso, un deseo de esa persona. Es el deseo de una persona concreta, que se expresa en la intimidad sexual, pero sin verse saciado ni aún menos anulado por ella. Y tal vez esto tenga algo que ver con el lugar de la belleza en el deseo sexual. La belleza nos invita a centrarnos en el objeto concreto para disfrutar de su presencia. Y el hecho de centrarse en un individuo concreto colma la mente y los sentidos del amante. Por eso el érós le parecía a Platón tan diferente de los impulsos reproductivos de los animales, cuyos apetitos sexuales son estructuralmente idénticos al hambre y la sed. Los impulsos de los animales son, por así decirlo, la expresión de los apetitos básicos, en los que la necesidad se impone a la elección. El érós, en cambio, no es un apetito, sino una elección individualizada, una contemplación prolongada de un yo a otro, que supera el instinto del que surge para instalarse entre nuestros proyectos racionales.

Esto es así por más que el interés erótico hunda sus raíces, como es evidente, en un apetito básico. El impulso reproductor que compartimos con los demás animales subyace en nuestras aventuras eróticas de un modo parecido a como nuestra necesidad de coordinar los movimientos corporales subyace en nuestro interés por la danza y música. La humanidad es una especie de operación de rescate a gran escala, en la que los impulsos y las necesidades se trasladan, desde el plano de los apetitos transferibles, hasta otro plano en el que se orientan hacia individuos libres, elegidos y apreciados como «fines en sí mismos».

CUERPOS BELLOS

Nadie era más consciente que Platón de la tentación que se oculta en el núcleo mismo del deseo: la tentación de separar el interés propio de la persona y adjuntarlo al cuerpo; de renunciar al esfuerzo moral necesario para poseer al otro como individuo libre y, por el contrario, tratarlo como un mero instrumento para el propio placer. Platón no lo expresó exactamente así, pero es algo que se entrevé en todos sus escritos sobre el tema de la belleza y el deseo. Existe, a su juicio, una forma inferior de deseo, que se centra en el cuerpo, y una forma superior, que se centra en el alma, y a través de ésta aspira a alcanzar la esfera eterna de la que descendemos en última instancia los seres racionales.

No tenemos que aceptar esa visión metafísica para reconocer que hay algo de verdad en el argumento de Platón. Existe una distinción, que nos resulta familiar a todos, entre el interés por el cuerpo de una persona y el interés por la persona de carne y hueso. El cuerpo es una mezcla de carne y hueso; la persona de carne y hueso es la encarnación de un ser libre. Cuando hablamos de un cuerpo humano bello, nos referimos a la belleza de una persona de carne y hueso, y no a un cuerpo considerado simplemente como tal.

Esto es evidente si nos centramos en una parte en especial, como los ojos o la boca. Podemos considerar la boca como una simple abertura, un orificio en la carne a través del cual se tragan unas cosas y salen otras. El médico puede ver así la boca cuando trata una dolencia. Pero nosotros no vemos así la boca cuando estamos cara a cara con otra persona. Para nosotros, la boca no es un orificio por el que salen sonidos, sino algo que habla, que forma un todo continuo con el yo del que porta la voz. Besar esa boca no es sólo estrechar una parte del cuerpo contra otra, sino tocar a la otra persona en su propio ser. De ahí que el beso nos comprometa: es un adentrarse del uno en el otro y una invitación al otro a que penetre en la superficie de uno.

Los buenos modales en la mesa sirven para fomentar la percepción de la boca como otro de los espejos del alma, incluso en el acto de comer. Por eso la gente se esfuerza por no hablar con la boca llena o por evitar que se les caiga la comida de la boca al plato. Por eso se inventaron los tenedores y los palillos, y por eso los africanos, cuando comen con los dedos, mueven hábilmente las manos para que la comida pase sin dejar rastro a la boca, que conserva su aspecto sociable al ingerir el alimento.

Estos fenómenos resultan familiares, aunque no sean fáciles de describir. Recordemos la sensación de náusea que nos produce ver –por el motivo que sea–, de repente, una parte del cuerpo donde, hasta ese momento, había una persona de carne y hueso. Es como si el cuerpo, en ese instante, se hubiera vuelto opaco. El ser libre ha desaparecido detrás de su propia carne, que ya no es la persona misma, sino un objeto, un instrumento. Cuando este eclipse de la persona por su cuerpo se produce deliberadamente, hablamos de obscenidad. El gesto obsceno exhibe el cuerpo como pura carne y destruye la experiencia de la encarnación de la persona. Nos repele la obscenidad por la misma razón por la que a Platón le repelía la lujuria física: porque se trata, por así decirlo, del eclipse del alma por el cuerpo.

Estas reflexiones indican algo importante sobre la belleza física. La belleza distintiva del cuerpo humano deriva del hecho de ser una encarnación. No es la belleza de una muñeca, sino que es algo más que una cuestión de forma y proporciones. Cuando nos encontramos con la belleza humana representada en una estatua, como el Apolo del Belvedere o la Dafne de Bernini, lo que se representa es la belleza de una persona de carne animada por el alma individual, que expresa dicha individualidad en todas su partes. Y cuando el protagonista del cuento de Hoffmann se enamora de la muñeca Olympia, el efecto tragicómico se debe enteramente al hecho de que la belleza de Olympia es puramente imaginaria, y se desvanece cuando se detiene el mecanismo del autómata.

Esto tiene una enorme trascendencia, como de-mostraré más adelante, en el análisis del arte erótico. Pero ya nos orienta hacia una observación importante. Tanto si atrae a la contemplación como si suscita el deseo, vemos la belleza humana en términos personales. Reside en especial en los rasgos –la cara, los ojos, los labios, las manos– que atraen nuestra mirada en las relaciones interpersonales y a través de los cuales nos relacionamos de tú a tú. Aunque puede haber modas en la belleza humana, y a pesar de que las diferentes culturas embellezcan el cuerpo cada una a su manera, los ojos, la boca y las manos poseen un atractivo universal. Y es que son los rasgos a través de los cuales resplandece en nosotros el alma del otro y se nos da a conocer.

ALMAS BELLAS

En la Fenomenología del espíritu, Hegel dedica una sección al «alma bella», retomando temas ya conocidos de la literatura romántica de la época, y en particular de los escritos de Goethe, Schiller y Friedrich Schlegel. El alma bella es consciente del mal, pero se encuentra por encima de éste en actitud de perdón: perdón de los demás, que es también perdón de uno mismo. Vive con el temor de mancillar su pureza interior involucrándose en exceso en el mundo real, y prefiere meditar sobre sus sufrimientos en lugar de curarse mediante la acción. El tema del alma bella fue retomado por autores posteriores, y en la literatura del siglo XIX se dieron múltiples tentativas de retratar o criticar esta categoría humana cada vez más común. Incluso hoy en día no es raro que para describir a alguien se utilice el calificativo de «alma bella», en el sentido de que su virtud es más un objeto de contemplación que una fuerza real en el mundo.

Este episodio de la historia intelectual nos recuerda la forma en que la idea de la belleza penetra en nuestro juicio sobre la gente. La búsqueda de la belleza afecta a todos los aspectos de la persona que, aunque sólo sea por un momento y por el motivo que fuere, nos hacen dar un paso atrás antes de relacionarnos con ella para someterlos a nuestro propio escrutinio. En cuanto otra persona se convierte en importante para nosotros, de tal modo que sentimos en nuestras vidas la fuerza gravitatoria de su existencia, en cierta medida nos vemos sorprendidos por su individualidad. De vez en cuando nos detenemos en su presencia y nos hacemos a la idea del hecho incomprensible de que esa persona esté en el mundo. Y si la amamos, confiamos en ella y nos sentimos reconfortados por su compañía, entonces nuestro sentimiento, en estos momentos, es como el sentimiento de la belleza: una pura adhesión al otro, cuya alma resplandece en su rostro y sus gestos al igual que la belleza en una obra de arte.

No es extraño, pues, que usemos tan a menudo las palabras bello o hermoso para describir el aspecto moral de la gente. Como en el caso del interés sexual, el jui-cio de belleza tiene un componente contemplativo irreductible. El alma bella es aquella cuya naturaleza moral es perceptible, que no es sólo un agente moral sino una presencia moral, con el tipo de virtud que se muestra a la mirada de quien la contempla. Nos podemos sentir a nosotros mismos en presencia de un alma así cuando vemos la preocupación desinteresada en acción, como en el caso de la madre Teresa. Pero podemos sentir lo mismo al compartir las reflexiones de otro, como cuando leemos los poemas de san Juan de la Cruz, por ejemplo, o los diarios de Franz Kafka. En tales casos la apreciación moral y el sentimiento de la belleza están inextricablemente unidos, y ambos tienen por objeto a la persona concreta e individual.

LA BELLEZA Y LO SAGRADO

Razón, libertad y autoconciencia son nombres distintos de una sola condición, que es la de una criatura que no sólo piensa, siente y actúa, sino que también se plantea las preguntas ¿qué pensar, qué sentir y qué hacer? Estas preguntas obligan a adoptar una perspectiva única del mundo físico. Observamos el mundo en el que nos encontramos desde un punto de vista situado en su mismo límite: el punto de vista donde estoy yo. Estamos en el mundo y fuera del mundo al mismo tiempo, y tratamos de darle sentido a este hecho peculiar con las imágenes del alma, la psique, el yo o el «sujeto trascendental». Estas imágenes no son meras consecuencias de la filosofía: surgen naturalmente, en el curso de una vida en que la capacidad de justificar y criticar nuestros pensamientos, creencias, sentimientos y acciones constituye la base del orden social que hace de nosotros lo que somos. El punto de vista del sujeto es, por lo tanto, una característica esencial de la condición humana. Y la tensión entre este punto de vista y el mundo de los objetos está presente en muchos de los aspectos distintivos de la vida humana.

Está presente en nuestra experiencia de la belleza humana. Y se halla asimismo presente en una experiencia que lleva desconcertando a los antropólogos dos siglos o más, y que parece ser un universal humano: la experiencia de lo sagrado. En cada civilización de cada período de la historia las personas han dedicado tiempo y energía a las cosas sagradas. Lo sagrado, como lo bello, incluye todas las categorías de objetos. Existen palabras sagradas, gestos sagrados, ritos sagrados, ropas sagradas, lugares sagrados, tiempos sagrados. Las cosas sagradas no son de este mundo: se apartan de la realidad cotidiana y sólo pueden ser tocadas o pronunciadas en los ritos de iniciación o por los privilegiados que ostentan algún cargo religioso. Quien se entromete con ellas sin ninguna clase de purificación previa corre el riesgo de cometer un sacrilegio. Corre el riesgo de profanar y contaminar lo sagrado degradándolo al ámbito de lo cotidiano.

Las experiencias que se centran en lo sagrado tienen sus paralelos en el sentido de la belleza, y también en el deseo sexual. Puede que la experiencia sexual que diferencia a los seres humanos de los animales con mayor claridad sean los celos. Los animales compiten entre sí en busca de pareja y para conservarla. Pero con la victoria de uno de ellos termina el conflicto. El amante celoso, en cambio, puede luchar o no, pero la lucha no influye en su experiencia, que es de profunda humillación existencial y consternación. A sus ojos, la persona amada ha sido contaminada o profanada, se ha convertido en cierto modo en algo obsceno, como Desdémona, a pesar de su inocencia, se vuelve obscena a los ojos de Otelo. Este fenómeno es semejante a la sensación de profanación que se asocia con el uso indebido de las cosas sagradas. Se ha mancillado algo que se consideraba aparte de la realidad cotidiana e intocable. La novela medieval Troilo y Crésida describe la «caída» de Crésida, de su condición de divinidad insustituible a la de objeto intercambiable. Y la experiencia de Troilo, tal como nos la describe la literatura medieval (Chaucer incluido), es de profanación. Lo que él tenía por más bello se ha echado a perder, y su desesperación es comparable a la que expresan las Lamentaciones de Jeremías refiriéndose a la profanación del templo de Jerusalén. (Podría objetarse que se trata de una experiencia específicamente masculina y propia de sociedades cuyas mujeres están destinadas al matrimonio y la vida doméstica. Sin embargo, me parece que podemos encontrar equivalentes de la consternación de Troilo en cualquier lugar donde los amantes de uno y otro sexo demanden la exclusividad sexual de su pareja, ya que esta demanda no es contractual, sino existencial.)

Las cosas sagradas están alejadas de nosotros, remotas e intocables, o tocables sólo tras una purificación ritual. Deben esas características a la presencia en ellas de un poder sobrenatural, un espíritu que las considera algo propio. Al considerar sagrados lugares, edifi-cios y objetos, proyectamos en el mundo material la experiencia que recibimos los unos de los otros, cuando la materialización se convierte en una «presencia real» y percibimos al otro como algo prohibido e intocable. La belleza humana sitúa al sujeto trascendental ante nuestros ojos y al alcance de la mano. Nos afecta del mismo modo que lo sagrado, como algo más fácil de profanar que de poseer.

LA INFANCIA Y LA VIRGINIDAD

Si nos tomamos en serio estas reflexiones, nos daremos cuenta de que nuestra séptima obviedad choca con un obstáculo moral. Apenas hay una persona en este mundo a la que no conmueva la belleza de un niño perfecta-mente formado. Sin embargo, a la mayoría les horroriza la idea de que esta belleza pueda estimular ningún otro deseo que el de abrazar y reconfortar. El más leve atisbo de lujuria es, en estas circunstancias, una transgresión. Sin embargo, la belleza de un niño es del mismo tipo que la belleza de un adulto deseable, y totalmente distinta de la belleza de un rostro envejecido, modelado, por así decirlo, por una vida de pruebas morales.

Este sentido de la prohibición no se extiende sólo a los niños. De hecho, como sugeriré en el capítulo 7, es parte integral de una sexualidad madura. Es la base del profundo respeto por la virginidad que encontramos no sólo en los textos clásicos y bíblicos, sino en las literaturas de casi todas las religiones organizadas. No existe mayor homenaje a la belleza humana que las imágenes medievales y renacentistas de la Virgen María: una mujer cuya madurez sexual se expresa en la maternidad y que, sin embargo, permanece intocable, como un objeto de veneración, apenas distinguible del niño que tiene en brazos. María nunca se ha sometido a su cuerpo, a diferencia de los demás, y por ello se erige como símbolo de un amor idealizado entre las personas de carne y hueso, un amor que es humano y divino al mismo tiempo. La belleza de la Virgen es un símbolo de pureza, y por eso se mantiene al margen de los apetitos sexuales, en su propio mundo. Este concepto remite a la idea original de Platón: que la belleza no es sólo una invitación al deseo, sino también un llama-miento a renunciar al mismo. En la Virgen María, por lo tanto, nos encontramos, en forma cristiana, la concepción platónica de la belleza humana como indicador de un reino situado más allá del deseo, lo que plantea que nuestra séptima obviedad debe reformularse de un modo más prudente para distinguir entre los múltiples intereses que tenemos en la belleza humana: “una característica no accidental de la belleza humana es que suscita el deseo”.

Esta verdad es perfectamente compatible con la observación de que el deseo en sí se ve inherentemente limitado por una serie de prohibiciones. De hecho, al chocar con estas prohibiciones, la experiencia de la belleza humana abre a nuestra contemplación otro reino –divino, pero no menos humano– en el que la belleza se encuentra por encima y más allá del deseo, como símbolo de la redención. Es el reino que Fra Filippo Lippi y Fra Angélico representaron en sus imágenes de la Virgen con el Niño, y que Simone Martini capturó en el instante sublime de la sorpresa y la aquiescencia de su extraordinaria Anunciación.

LA BELLEZA Y EL ENCANTO

La idea de lo sagrado nos lleva hasta el extremo superior de la escala de la belleza, y sería prudente bajar uno o dos peldaños para recordar nuestra segunda obviedad: que la belleza es una cuestión de grado. Es cierto que la belleza humana, la belleza de una Venus o un Apolo auténticos, puede ser acreedora de todos los epítetos que pertenecen naturalmente a la divina. Pero la mayoría de las personas atractivas son bellas en algún grado menor, y el lenguaje usado para describirlas recurre a una serie de calificativos más moderados: guapo, fascinante, encantador, hermoso, atractivo. Y empleamos estos términos no tanto para describir de forma concreta como para indicar nuestra reacción. Con ellos damos a entender que nuestra reacción a la belleza humana es muy variada y a menudo moderada: nada que ver, por lo general, con la pasión urgente de la que habla Platón en su teoría del érós, o Thomas Mann en su relato estremecedor de la destrucción de Mutemenet, esposa de Putifar, provocada por la belleza del intocable José.

EL INTERÉS DESINTERESADO

En el capítulo anterior he expresado cierta afinidad con la idea de que el juicio de belleza es fruto y expresión de un «interés desinteresado» por su objeto. En el capítulo presente, en cambio, hemos explorado el papel de la belleza en estados de ánimo profundamente interesados; interesados del modo en que las personas se interesan las unas por las otras. Así pues, ¿existen dos tipos de belleza y es el juicio de belleza ambiguo? Mi respuesta provisional es que no. El juicio de belleza, incluso en el contexto del deseo sexual, se centra en cómo se presenta algo a la mente que lo contempla. Que la belleza inspire deseo no es de extrañar, ya que la belleza reside en la presentación de un individuo concreto, y el deseo anhela lo concreto y se deleita en la forma que presenta lo otro. Pero la belleza no es un objeto del deseo que inspira. Por otra parte, nuestra actitud hacia las personas bellas las mantiene al margen de los deseos e intereses comunes del mismo modo en que se mantiene al margen lo sagrado: como algo que sólo se puede tocar y utilizar después de cumplir una serie de trámites.

De hecho, no es demasiado absurdo pensar que lo bello y lo sagrado están conectados en nuestras emociones, y que ambos tienen su origen en la experiencia de la encarnación, que se manifiesta con la máxima intensidad en nuestros deseos sexuales. Así que, por otra ruta, llegamos a una idea que podríamos atribuir a Platón sin incurrir en un excesivo anacronismo: que el interés sexual, el sentido de la belleza y la reverencia por lo sagrado son estados mentales cercanos, que se refuerzan mutuamente y surgen de una misma raíz. Y para que exista una auténtica psicología evolutiva de la belleza, esta idea tendría que figurar entre sus premisas. Por otra parte, el camino que nos ha llevado a esta idea no pasa por la reducción de lo humano a lo animal o de lo racional a lo instintivo. Hemos llegado a la conclusión de que existe una conexión entre el sexo, la belleza y lo sagrado al reflexionar sobre la naturaleza específicamente humana de nuestro interés por esas cosas, y situándolas rotundamente en el ámbito de la libertad y la elección racional.

(NOTA DE LA REDACCIÓN. Roger Scruton (Lincolnshire, Inglaterra, 1944) es catedrático e investigador del Institute for the Psychological Sciences, donde enseña filosofía en sus centros de Oxford y Virginia. Mantiene, además, plazas a tiempo parcial en la Universidad de Boston, en el American Enterprise Institute de Washington y en la Universidad de Saint Andrews. Filósofo de formación y especializado en estética, en su obra ha dedicado una particular atención a la música y la arquitectura. Es autor de más de treinta libros, además de compositor de dos óperas, y participa activamente en debates políticos y culturales desde una posición conservadora, de la que es un fiel y beligerante defensor, aunque su prestigio va más allá de ámbitos conservadores).