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Contra la superficialidad

Conocí a Tzvetan Todorov cuando yo organizaba el Congreso Internacional sobre Semiótica e Hispanismo que se habría de celebrar en Madrid, en los días del 20 al 25 de junio de 1983, en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En el mundo de los estudios de la lengua española, su literatura y su cultura, se había difundido la etiqueta de semiótica como un término de ponderación: cualquier cosa era pura semiótica, aunque se tratara de un trabajo filológico de la venerable escuela española de filología de Menéndez Pidal o una investigación historiográfica de la literatura al modo de Valbuena Prat. Era precisa una clarificación y para conseguirla convoqué a un conjunto de autoridades en los campos del estructuralismo y la semiótica como ponentes de una reunión de profesores tutti quanti del mundo del hispanismo. Claude Brémond, Gianfranco Bettetini, Umberto Eco, Roman Jakobson, Iuri Lotman, Cesare Segre, Harald Weinrich y Tzvetan Todorov recibieron invitación. Roman Jakobson falleció antes de la celebración del congreso, Umberto Eco no pudo aceptar porque tenía previamente concertado un compromiso en Estados Unidos, Iuri Lotman (Oh tempora! Oh mores!) se vio impedido de viajar porque las autoridades soviéticas se lo prohibieron, aunque, eso sí, me ofrecieron a través de la embajada mandarme un sustituto elegido por ellas (yo no acepté). Todos los demás acudieron.

Todorov, que era doctor en Psicología y que en Francia había comenzado sus pasos con el semiólogo Roland Barthes, era ya notorio sobre todo por la claridad con la que había dado a conocer la entonces cuestión clave del paso de los estudios de literatura desde la pregunta ¿quién escribe la literatura? y ¿en qué circunstancia? a la cuestión de ¿cómo se fabrica la literatura? Desde la historia y el impresionismo a la ciencia, a la poética. Su antología y traducción titulada Teoría de la literatura. Textos de los formalistas rusos (1965) divulgó en Occidente lo que se había producido al respecto en el círculo lingüístico de Moscú y en el opoiazde San Petersburgo a principios de siglo XX.

Estamos hablando de estructuralismo, pero también de semiótica, ya que hay cierta semiótica que, a la pregunta de cómo se produce el sentido, señala que la estructura que se advierte en un discurso no es otra cosa que el código en que se cifra el mensaje en cuestión. En fin, Todorov tenía ya una docena de libros sobre estructuralismo, semiótica o también poética (puesto que versaban sobre literatura). O, dicho de otra manera, semiótica literaria o poética estructural. Incluso retórica. En 1988 traduje lo principal de su estudio sobre género literario en mi antología de Teoría de los géneros (Madrid, Arco/Libro). Un año antes daba a conocer su ponencia «Sobre el conocimiento semiótico» del congreso de Madrid en el volumen titulado La crisis de la literariedad (Taurus), compuesto por diez de nuestras intervenciones.

Pero lo que interesará al público general no será seguramente esta prehistoria técnica, sino el nuevo paso que estaba dando desde la pregunta de cómo se fabrica a la cuestión de qué se trata, qué significa, qué trascendencia ética tiene. Y esto, no solo con respecto a la literatura, sino a la cultura en general. Cuando todavía el marxismo era la cosmovisión dominante e intocable de los departamentos de humanidades en Occidente, Todorov advierte en el congreso de Madrid:

En los países comunistas se llega incluso a esa proeza que consiste en la determinación recíproca de la ciencia y de la moral: la ciencia es buena porque la doctrina que le proporciona sus conceptos y sus preceptos es justa; pero dicha doctrina es a su vez buena porque es científica (página 38).

En aquellos días le pregunté por cuáles serían los siguientes pasos en su trabajo y me dijo que se iba a dejar de tecnicismos y practicar el servicio de procurar leer inteligentemente textos inteligentes cuya recuperada vigencia pudiera ser útil a los demás. No sabía yo en ese momento que acababa de publicar La conquista de América. La cuestión del otro, sobre el encuentro entre culturas.

Desde entonces, más de treinta libros que interpretan textos del pasado y del presente sacan a la superficie inquietantes cuestiones morales. Todorov no es de los que aceptan sin más la bondad de la economía capitalista y la democracia liberal «que relega toda idea del bien al ámbito privado y solo reserva al ámbito público la gestión eficaz de los asuntos cotidianos». No cree, por ejemplo, que a los ciudadanos les sea indiferente la conducta moral de los políticos. En Insumisos (2015) dice:

Los ciudadanos del país son seres humanos con necesidades materiales y espirituales, desean que los individuos que, en un momento dado, representan el Estado abran perspectivas, señalen un horizonte e identifiquen el sentido global de la actividad pública que han emprendido. Ahora bien, a este respecto no se puede fingir durante mucho tiempo. Si Francia sigue respetando al general De Gaulle, no es porque se crea que todas sus iniciativas eran buenas, sino porque parecía ser un hombre que actuaba en nombre de un ideal, el bien común de su patria, que estaba por encima de sus intereses personales (página 19).

En realidad, Todorov no abandonó la semiótica, sino que dio tempranamente el paso que yo pronosticaba por aquel entonces. En aquel momento, semiótica era en muchas instancias un término que se utilizaba en vano, pero el tomar conciencia de la importancia de la instancia comunicativa en todo fenómeno cultural es algo tan necesario que se adivinaba ya su triunfo, el éxito de desaparecer como nombre para estar presente en todas partes como sensibilidad. Así aparece en su extensa bibliografía.

En nuestras sociedades del sentimentalismo huero y el espectáculo por el espectáculo, la guía de quien presta atención a la interpretación es un seguro contra la superficialidad, el mal de nuestro tiempo. He ahí el legado de Tzvetan Todorov.

Dios o nada

 

AVANCE

A comienzos de su tercer milenio, la Iglesia Católica cuenta cada año con más bautizados en toda la Tierra que el año anterior, incluso con más porcentaje de creyentes de una población que sigue su crecimiento uniformemente acelerado. Completar la evangelización de África y afrontar la de los pueblos asiáticos son prioridades de la agenda católica. Pero, por otra parte, se está produciendo la apostasía de Europa y de todos los grupos y sociedades del mundo que están influidas por la otrora civilización cristiano-occidental. En fin, agrupaciones cristianas evangélicas que reaccionan contra el intelectualismo vacío y el pensamiento débil también crecen en determinados frentes e incluso sustraen fieles a las comunidades católicas.

En este contexto, se explica el enorme interés que ha despertado el libro Dios o nada del cardenal africano Robert Sarah, quien, a preguntas del periodista francés Nicolas Diat, manifiesta con un discurso sincero, inteligente y claro (sobre todo, claro) la intensidad de la fe de un cristiano de primera generación.

Nueva Revista agradece a Palabra, la editora del libro en español, que nos haya permitido ofrecer a nuestros lectores una significativa antología de la obra. 

ARTÍCULO

Un niño africano

Fue en el contexto de la Eucaristía diaria donde el Padre Bracquemond me preguntó si quería entrar en el seminario. Con la sorpresa y la espontaneidad que caracterizan a los niños, le contesté que me encantaría, aunque sin saber a qué me comprometía exactamente, porque no había salido nunca del poblado ni conocía la vida de un seminario.

Él me explicó que era una casa sustentada en la oración y el amor de toda la Iglesia. Ese lugar, me dijo, nos prepararía a mí y a otros jóvenes para ser sacerdotes igual que él. Con esta explicación tan sencilla, la alegría de convertirme algún día en sacerdote llenó aún más mi corazón de admiración y «locura».

Él me explicó que era una casa sustentada en la oración y el amor de toda la Iglesia

El padre Bracquemond me dijo que hablara con mis padres, Alexandre y Claire, a quienes conocía bien.

Fui primero a ver a mi madre para decirle que quizá entrara en el seminario. Ella no sabía en qué consistía un seminario, pero sentía curiosidad por saber qué motivaba mi deseo. Le expliqué que se trataba de ingresar en una escuela especial que me prepararía para ser sacerdote y consagrarme a Dios, como los padres espiritanos… Mi madre, abriendo los ojos como platos, me dijo que había perdido la cabeza o que no había comprendido lo que me había dicho el padre. Para ella y para los habitantes del poblado, todos los sacerdotes eran necesariamente blancos. De hecho, ¡le parecía imposible que un negro pudiese ser sacerdote! Así que era obvio que había malinterpretado las palabras del padre Marcel Bracquemond. Y me aconsejó que hablara con mi padre, convencida de que acababa de contarle una estupidez sin ningún recorrido

Ese mismo día, fui a buscar a mi padre al campo y me encontré con la misma reacción… Intenté decirle que era el padre Bracquemond quien me lo había sugerido: sí, yo podía ser como él. Con una sonrisa llena a la vez de ternura e ironía, papá me estrechó contra él para consolarme de su escepticismo. ¡Estaba convencido de que acababa de soñarlo la noche anterior! También a él mi aspiración le parecía imposible: un negro no puede ser sacerdote de la Iglesia católica. Una idea tan descabellada solo podía haber brotado de mi ingenuidad de niño. Pero yo insistí asegurando que se trataba de las mismísimas palabras del padre Bracquemond… Entonces decidieron acudir a él para comprobar la veracidad de la noticia. El padre les confirmó que no era mentira, que era él quien me había sugerido la idea: ser sacerdote ¡no sin antes entrar en el seminario menor para formarme! Mis padres se cayeron literalmente de espaldas. Esa noche, a la luz de la luna, me propusieron que me fuera un año, poniendo de manifiesto que no tenían ni idea de cuántos años de estudio exigía el seminario. Yo tenía once años.

Un negro no puede ser sacerdote de la Iglesia católica

[…] Hicimos el viaje en la bodega, donde hacía un calor sofocante. No podíamos ni comer. El calor de las máquinas y de la cocina nos provocaba náuseas: la poca comida grasienta que éramos capaces de ingerir pasaba inmediatamente a engordar a los peces. Nuestros estómagos no retenían nada. Los únicos momentos gratos y maravillosos durante esos cuatro días de viaje eran la hora de la santa misa celebrada por el capellán del barco en una capilla situada en primera clase. En medio de ese ambiente de lujo y comodidades, libres del cabeceo del barco, deseábamos que la misa durara horas y horas. Por desgracia, una vez concluida, nos paseábamos un rato por el puente y volvíamos a bajar a la bodega, convertida en un verdadero infierno.

En defensa de los oprimidos y explotados

El niño había llegado a ser arzobispo de Conakry. En 2001 es llamado a Roma para ser Secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Entonces, el Presidente de Guinea organiza un banquete en su honor en presencia de todas las autoridades del estado. Se trataba de un golpe de efecto político. El homenajeado se levanta y dice lo siguiente:

Me preocupa la sociedad guineana, construida sobre la opresión que sufren los humildes por parte de los poderosos, sobre el desprecio del pobre y el débil, sobre las intrigas de los malos administradores de los asuntos públicos, sobre la venalidad y la corrupción de la administración y las instituciones republicanas […]. Me dirijo a usted, señor Presidente de la República. Guinea, bendecida por el Señor con toda clase de recursos naturales y culturales, vegeta paradójicamente en la pobreza […]. Me preocupa la juventud, sin futuro y paralizada por un desempleo crónico. Me preocupan también la unidad, la cohesión y la concordia nacionales, gravemente comprometidas a causa de la falta de diálogo político y la negativa a aceptar la diferencia. En Guinea la ley, la justicia, la ética y los valores humanos ya no constituyen una referencia ni una garantía para la regulación de la vida social, económica y política. Las libertades democráticas están secuestradas por derivas ideológicas que pueden conducir a la intolerancia y a la dictadura. En otro tiempo la palabra dada era una palabra sagrada. Ciertamente, el crédito de un hombre se mide por la capacidad de ser fiel a su palabra. Hoy día se utilizan los medios de comunicación, la demagogia, los métodos de control mental y todo tipo de procedimientos para engañar a la opinión pública y manipular las almas, lo que representa una violación colectiva de la conciencia y una grave confiscación de las libertades y el pensamiento.

Mirando a Europa. La crisis de Dios

En contra de lo que pudiera parecer, para los hombres la mayor dificultad no consiste en creer lo que la Iglesia enseña en el plano moral: lo que más le cuesta al mundo posmoderno es creer en Dios y en su Hijo único.

Por eso Benedicto XVI defiende la tesis de la «crisis de Dios». La ausencia de Dios en nuestras vidas es cada vez más trágica. La voluntad del concilio —que no el espíritu de sus errados intérpretes— era devolver a Dios toda su primacía. De ahí que los padres conciliares desearan una profundización de la fe, que perdía su sal en medio de la sociedad tan cambiante de la posguerra. En este sentido, el problema del concilio sigue existiendo en algunas regiones del mundo, donde la ausencia de Dios no ha dejado de hacerse más honda.

La ausencia de Dios en nuestras vidas es cada vez más trágica

A veces me pregunto si siquiera nosotros, los sacerdotes, vivimos realmente en presencia de Dios. ¿Se puede hablar de una «traición del clero»? Mi reflexión puede parecer rigurosa, pero conozco muchos ejemplos de sacerdotes que dan la impresión de haber olvidado que el centro de su vida está únicamente en Dios. No le dedican más que un poco de tiempo al día, porque están inmersos en lo que yo llamaría la «herejía del activismo». ¿Cómo no sentirse hondamente conmovido por el último mensaje de Benedicto XVI? Un pontífice que, como Jesús en el Huerto de los Olivos, después de rezar intensamente para lograr discernir la voluntad de Dios, decide renunciar «al cargo y al poder de Pedro» y se retira a la soledad, a la adoración silenciosa, para pasar el resto de su vida en la tierra como un monje, en un cara a cara permanente con Dios y en íntima unión con Él. Se queda junto a la Cruz, como él mismo manifestó en una de sus últimas catequesis.

Su elección me recuerda la de un obispo africano de ochenta años, monseñor Silas Silvius Njiru, obispo emérito de Meru, en Kenia, que deseaba entrar en la Abadía de Tre Fontane, en Roma. Dada su condición episcopal, solo pudo ser recibido como huésped permanente, pero con el privilegio de compartir la misma vida y rigores de la regla de los trapenses. Me decía: «Me he pasado toda la vida hablando de Dios. Ahora voy a pasar el resto de mi vida hablando con Dios, haciendo penitencia para la gloria de Dios y la salvación de las almas». El servicio de oración que desempeña ahora Benedicto XVI es un extraordinario ejemplo para el mundo. Toda su vida ha hablado de Dios; ahora consagra su tiempo a hablar con Dios y a estar constantemente ante su rostro. No es posible creer en la Iglesia si no sellamos nuestro corazón en Dios.

La nueva evangelización

En las circunstancias actuales, hay una pregunta que nos quema en los labios: ¿cómo hacer redescubrir la fe?

Creo que en esta lucha los obispos tienen un papel predominante: coincido totalmente con el papa Francisco cuando pide a los sucesores de los apóstoles que estén en el frente permanente de la evangelización. El Santo Padre considera con razón que, en determinados temas, Roma no debe reemplazar a los obispos. Estos tienen siempre una triple responsabilidad en la puesta en práctica de la nueva evangelización: santificar, gobernar y enseñar. Hubo un tiempo, por ejemplo, en que los medios de comunicación eran muy lentos; Roma estaba muy lejos y los obispos tenían que ir por delante sin miedo, corriendo sus propios riesgos. No olvidemos que, en la época en que el martirio rozaba el día a día de los cristianos, san Pablo pedía a Timoteo que exhortara a tiempo y a destiempo. Pensemos también en san Agustín, que enseñaba todos los días.

El Papa considera con razón que, en determinados temas, Roma no debe reemplazar a los obispos

¡Bien sabe Dios que Francisco tiene razón en denunciar a los obispos de aeropuerto! Las congregaciones misioneras deberían pensar también en los riesgos a los que exponen a sus jóvenes miembros haciéndoles volar como mariposas de país en país. Estos jóvenes podrían acostumbrarse a la superficialidad y al turismo, desprovistos de raíces, incapaces de unirse de verdad a ninguna comunidad cristiana. Acumulan experiencias pero no podrán ser pastores de ningún rebaño.

La crisis de Europa

Soy consciente de que el mundo occidental está entreverado de aspiraciones que no son del todo negativas. Jamás me atrevería a desautorizar a Juan Pablo II cuando buscaba motivos y fundamentos de esperanza en este mundo nuestro. Estoy convencido, como Benedicto XVI, de que una de las tareas más importantes de la Iglesia es hacer que Occidente redescubra el rostro resplandeciente de Jesús. Europa no debe olvidar que su cultura está enteramente marcada por el cristianismo y por el perfume del Evangelio. Si el Viejo Continente se desgaja definitivamente de sus raíces, me temo que se desatará una importante crisis de toda la humanidad, cuyas primicias observo de tarde en tarde. ¿Quién no lamenta las leyes del aborto y la eutanasia, o las nuevas leyes sobre el matrimonio y la familia?

Nunca olvido que, si mi familia y yo recibimos el conocimiento de Cristo, fue gracias a misioneros franceses. Mis padres y yo creímos gracias a Europa. Mi abuela recibió el bautismo de un sacerdote francés antes de dejar este mundo. Puede que yo no hubiera salido jamás de mi poblado si los espiritanos no hubiesen hablado de Cristo a sus humildes habitantes. A los africanos nos cuesta comprender que los europeos ya no crean en lo que nos dieron con tanta alegría en condiciones extremas. Déjeme que insista: es posible que, sin los misioneros franceses, nunca hubiese conocido a Dios. ¿Cómo olvidar esa herencia sublime que los occidentales, desgraciadamente, dan la impresión de querer sepultar bajo el polvo?

No soy el único que critica a Occidente. Alexander Solzhenitsyn tuvo palabras muy duras contra quienes han pervertido el significado de la libertad e instituido la mentira como regla de vida. En 1980, en su libro El error de Occidente, escribía: «El mundo occidental llega a un momento decisivo. En los próximos años se va a jugar la existencia de la civilización creada por él. Creo que no es consciente de ello. El tiempo ha erosionado su noción de libertad. Se han quedado con el nombre y fabricado una nueva noción. Han olvidado el significado de la libertad. Cuando Europa la conquistó en torno al siglo xviii, era una noción sagrada. La libertad desembocaba en la virtud y el heroísmo. Y lo han olvidado. Esa libertad, que para nosotros sigue siendo una llama que ilumina nuestra noche, se ha convertido para ustedes en una realidad mustia y a veces decepcionante, porque está llena de oropeles, de abundancia y de vacío. Ya no son capaces de sacrificarse ni de comprometerse por ese fantasma de la antigua libertad […]. En el fondo, piensan que la libertad se adquiere de una vez por todas y por eso se permiten el lujo de menospreciarla. Están librando una terrible batalla y actúan como si se tratara de un partido de pingpong». Bien puede hablar así este hombre, que conoció la represión de los gulags de la ex urss. Sabe por experiencia en qué consiste la verdadera libertad.

Hoy en Europa existen poderes financieros y mediáticos que intentan impedir que los católicos hagan uso de su libertad. En Francia la «Manif pour tous» es un ejemplo de las iniciativas necesarias. Fue una manifestación del genio del cristianismo.

Los católicos y el divorcio

Por propia experiencia, y en especial tras veintitrés años como arzobispo de Conakri y nueve como secretario de la Congregación para la Evangelización de los pueblos, la cuestión de los «fieles divorciados o divorciados que se han vuelto a casar civilmente» no es un desafío urgente en el caso de las iglesias africana y asiática. Se trata, por el contrario, de una obsesión de determinadas iglesias occidentales, deseosas de imponer soluciones calificadas de teológicamente responsables y pastoralmente «adecuadas», que contradicen radicalmente la enseñanza de Jesús y del magisterio de la Iglesia.

La principal urgencia en los países de misión consiste en estructurar una pastoral cuyo único objetivo sea responder a la pregunta: ¿qué es ser verdaderamente cristiano en la actual situación histórica y cultural de nuestras sociedades globalizadas? ¿Cómo formar cristianos audaces y generosos, discípulos celosos de Jesús? Para un cristiano adulto, la fe en Cristo no puede ser una intuición o un sentimiento. Para un cristiano, la fe debe convertirse en la forma, en el molde de toda su vida privada y pública, personal y social.

¿Cómo formar cristianos audaces y generosos, discípulos celosos de Jesús?

Sean cuales sean los problemas actuales, los discípulos de Cristo tienen que hacer valer sin reticencias y sin componendas, en la teoría y en la práctica, las exigencias de la fe en Cristo, que son las exigencias y los preceptos de Dios.

La segunda urgencia es formar familias cristianas sólidas, porque la iglesia, que es la familia de Dios, se construye sobre la base de las familias cristianas sacramentalmente unidas y testigos de ese Misterio trascendente dado eternamente por Cristo.

La verdad del Evangelio debe vivirse siempre en el difícil crisol del compromiso en plena vida social, económica y cultural. Frente a la crisis moral, y en especial la del matrimonio y la familia, la Iglesia puede contribuir a la búsqueda de soluciones justas y constructivas, pero no tiene más posibilidades que participar apelando a lo que la fe en Jesucristo aporta de propio y único a la iniciativa humana. En ese sentido, es imposible imaginar cualquier distorsión entre el magisterio y la pastoral. La idea de guardar el magisterio dentro de un bonito cofre, separándolo de la práctica pastoral, que podría evolucionar según las circunstancias, las modas y las pasiones, es una forma de herejía, una peligrosa patología esquizofrénica.

Por eso afirmo solemnemente que la Iglesia de África se opondrá con firmeza a cualquier rebelión en contra de la enseñanza de Jesús y el magisterio.

Si se me permite un dato histórico, en el siglo IV la Iglesia de África y el concilio de Cartago proclamaron el celibato sacerdotal. Más tarde, en el siglo xvi, ese mismo concilio africano fue la base en la que se apoyó Pío IV para hacer frente a las presiones de los príncipes alemanes, que pedían que se autorizara el matrimonio de los sacerdotes. También hoy la Iglesia de África se compromete en nombre de nuestro Señor Jesucristo a mantener invariable la enseñanza de Dios y de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Islam

Con el Islam no puede haber diálogo teológico, ya que las bases esenciales de la fe cristiana son muy diferentes de las de los musulmanes, que rechazan la Trinidad, la Encarnación —el hecho de que «Jesucristo ha venido en carne entre nosotros» (1 Jn 4, 1-10)—, la Cruz, la muerte y la Resurrección de Jesús y, en consecuencia, la Eucaristía.

Pero sí se puede promover un diálogo que conduzca a una colaboración eficaz a nivel nacional e internacional, en particular en el marco de la defensa de la vida humana desde su concepción hasta su final. Las distintas autoridades del Islam, por ejemplo, rechazan con firmeza la ideología de género, al igual que la Iglesia.

Se puede promover un diálogo que conduzca a una colaboración eficaz a nivel nacional e internacional.

En África, sin embargo, y con acentos distintos según los países —como Sudán, Kenia o Nigeria, entre otros—, las relaciones cristiano-musulmanas se han hecho recientemente muy difíciles, casi imposibles: en Sudán los musulmanes consideran esclavos a los cristianos. No obstante, mis afirmaciones precisan de ciertas matizaciones: en general, las relaciones entre cristianos y musulmanes, al menos en África occidental, siempre han sido armoniosas, amigables y de perfecta convivencia.

Por otra parte, me entristece contemplar la evolución de las relaciones entre las distintas comunidades religiosas en los países del Próximo y Medio Oriente que fueron la cuna del cristianismo. En Irak, por ejemplo, los resultados de la política occidental y americana son catastróficos para los cristianos, expulsados por los extremistas musulmanes de unas tierras que sus padres han ocupado desde tiempo inmemorial. En los campos de refugiados sirios que he visitado en El Líbano o en Jordania es imposible no sentirse impactado por el infortunio de los cristianos condenados a una diáspora encubierta. En diciembre de 2013, durante nuestro encuentro en Beirut, escuché a los obispos sirios expresar su dolor y su temor de llegar a ver algún día a Oriente Medio privado de toda presencia cristiana. Las comunidades sufren pruebas incontables y viven un descenso demográfico tan acusado que el futuro del cristianismo se encuentra amenazado en la cuna donde nació. Según los responsables de las Iglesias de diferentes ritos, el éxodo de cristianos ha alcanzado unas proporciones alarmantes. Ante la incertidumbre que pesa sobre sus vidas por estar bautizados, por los secuestros o por el asesinato de sacerdotes, religiosos, religiosas y obispos, los cristianos ceden fácilmente a la tentación de emigrar, cuando no son brutalmente expulsados de sus casas, como en el caso de Irak después de la violenta invasión militar americana de 2003.

Me gustaría dejar reflejado aquí el clamor de un gran pastor, monseñor Basile Casmoussa, arzobispo de los sirios católicos de Mosul, quien, en octubre de 2010, en el curso del Sínodo especial de los obispos para Oriente Medio, lamentaba «la acusación injusta contra los cristianos de ser unos grupos pagados o enviados por y para Occidente, que se declara “cristiano”, y de esta forma considerados como un cuerpo parásito para la nación». Y añadía a continuación: «Presentes y activos aquí mucho antes que el Islam, se sienten indeseables en su propia casa, que se va volviendo cada vez más un “Dar el-Islam” reservado. Y he aquí al cristiano oriental en un país del Islam, condenado tanto a la desaparición como al exilio. Lo que pasa hoy en Irak nos recuerda a lo que pasó en Turquía en la Primera Guerra Mundial. ¡Es alarmante!». Este sufrimiento de nuestros hermanos en la fe nos hiere el corazón y nos invita a la oración y a la comunión con las Iglesias de Oriente Medio, que son hoy en día —retomando las palabras de san Ignacio de Antioquía— «pasto de las bestias, trigo de Dios molido por los dientes de las fieras para convertirse en el pan inmaculado de Cristo». Sí, quiero decir alto y claro que algunas potencias occidentales han sido autoras, directa o simbólicamente, de un crimen contra la humanidad.

Lo que pasa hoy en Irak nos recuerda a lo que pasó en Turquía en la Primera Guerra Mundial

En el dicasterio que he presidido durante varios años, Cor unum, hemos fomentado el diálogo, en la medida de lo posible, dirigiendo nuestra ayuda a todos los hombres, sin distinción de raza o religión; las dificultades materiales, las guerras, el hambre, las sequías y los terremotos pueden afectar a cualquier ser humano, sea cristiano, musulmán, budista, animista o ateo. Yo he visto con los mismos ojos los proyectos de ayuda a los musulmanes que las peticiones de los cristianos. La Fundación Juan Pablo II para el Sahel, por ejemplo, acude mayoritariamente en ayuda de países de población fundamentalmente musulmana. Nuestro único modelo es Dios, que es Padre y cuida de todos sus hijos.

Hay que creer en el diálogo pensando siempre en el ejemplo de Dios. Nuestro Padre nunca deja de dialogar con nosotros, de acudir a nosotros a pesar de nuestras infidelidades, tantas veces repetidas. Viene una y otra vez. Del mismo modo, pese a unas dificultades que muchas veces conllevan la cruz, nunca debemos dejar de emprender el diálogo con nuestros hermanos que confiesan otro credo. Pero sin conversión personal, sin una verdadera unión con Dios, el acercamiento a las demás religiones es algo vacío.

Nuestro proyecto de diálogo interreligioso puede implicar varios peligros. La ideología posmoderna, hoy omnipresente, es esencialmente floja, líquida, indeterminada; de ahí que acoja todas las «verdades» desvitalizadas. Por eso, nunca hay que perder de vista que el diálogo solo tiene sentido y legitimidad en razón de una relación más genuina con la verdad buscada y con el bien objetivo, es decir, la dignidad de las personas, que se manifiesta precisamente en esa búsqueda de la verdad. Sobre Dios no hay dos verdades incoherentes entre sí. Solo hay una verdad que buscar, alcanzar y proclamar: Jesucristo. El segundo peligro es el de un sincretismo falsamente positivo, que procede precisamente de nuestra falta de fe en Dios.

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Texto publicado por cortesía de la editorial Palabra.

Tensiones en el mar del sur de China. Un conflicto de difícil solución

¿Qué está en juego?

Para empezar, hay que recordar que este problema no es ni nuevo ni reciente y que ha venido dejando un reguero de muertos en las últimas décadas. A comienzos del siglo XX, el imperio colonial francés quiso dejar su impronta allí construyendo cuarteles y otros edificios de carácter temporal, pero que dejaran suficientemente claro que aquellos territorios pertenecían a Francia. El nombre de la zona en cuestión es en sí un problema, pues algunos lo llaman mar «del sur de China», otros «del oeste de Filipinas», y otros prefieren una denominación más neutral como la de «mar del sudeste asiático».

Este es un lugar de paso para las rutas comerciales más importantes que conectan las costas orientales de China con la India o incluso el Mediterráneo y Europa. Este mar sería uno de los lugares nucleares del proyecto estrella del gobierno chino de la nueva Ruta de la Seda, también llamada One Belt, One Road. Varias naciones asiáticas estarían disputándose varios conjuntos de islas (las Paracel y las Spratly), además de las islas Pratas y algunos arrecifes, atolones e islotes como el de Macclesfield y el de Scarborough. Todos ellos muy poco poblados o directamente inhabitables.

El interés por hacerse con el control y la soberanía sobre esos territorios no es para mandar allí colonos que se sometan al gobierno de Pekín o de Manila, sino porque así cada uno de estos países extendería sus límites marítimos, incluyendo su zona económica exclusiva, lo que reportaría grandes beneficios para el sector de la pesca, pero sobre todo para el de la extracción de recursos naturales, principalmente gas y petróleo. Por supuesto, también está la cuestión del control del paso de barcos a la que antes se ha aludido. Como se ve, la delimitación de las fronteras marítimas no es un juego de salón de un grupo de aficionados al derecho —concretamente al derecho del mar—, sino que es una cuestión muy seria en la que están en juego millones de dólares y cientos de vidas.

El papel de la ONU

La delimitación de las fronteras marítimas no es un juego de salón de un grupo de aficionados al derecho

Tan importante es esta cuestión que la ONU auspició un acuerdo internacional para que los Estados se sintieran obligados a respetar el derecho del mar. Esta UNCLOS (United Nations Convention on the Law of the Sea), que entró en vigor a finales de 1994, ha dictado ya un laudo arbitral que reconoce, en favor de Filipinas, que China no ha acreditado una soberanía exclusiva sobre los territorios en disputa, la llamada línea de los nueve puntos, que se extiende a cientos de kilómetros al sur de la más meridional isla de China, la de Hainan. Aunque este tribunal de arbitraje, establecido al amparo del Anexo VII de dicha convención, falló unánimemente a favor de Filipinas, el problema no se resolvió pues China no admitió participar en dicho arbitraje.

Sentar a la mesa a actores tan distintos no es nada fácil, sobre todo cuando cada uno de ellos lleva bajo el brazo una serie de reclamaciones bien distintas y se entra en el juego de la negociación, donde unos desean resolver todos los asuntos conjuntamente y otros desean que se resuelvan por partes, o los resultados de una negociación condicionan a los de otras, e incluso habrá algún actor que no desee resolver este asunto por la vía de la unclos sino por la vía de los hechos. Así, China ha construido pistas de aterrizaje que son todo un desafío para la ingeniería sobre pequeñas masas de tierra (incluso solo arena), prácticamente directamente sobre el mar, o incluso una gran muralla de arena de unos cuatro km² (vertiendo arena y cemento en un arrecife de coral).

China ha construido pistas de aterrizaje que son todo un desafío para la ingeniería

La ONU es, por partida doble, el foro idóneo para resolver estos conflictos. En primer lugar, porque en esta organización están representados prácticamente todos los países del mundo y, en principio, esta organización está comprometida con la resolución pacífica de controversias, de manera que anima asiduamente a ello desde el Consejo de Seguridad. Si fuera necesario, también podría acudir a tomar medidas coercitivas que impliquen el uso de la fuerza, pero para llegar a ese escenario debe haber habido una crisis con un buen número de bajas. Y en segundo lugar, porque auspició la convención UNCLOS, que es la encargada de resolver controversias relacionadas con el mar, especialmente todo lo que tiene que ver con la delimitación de las aguas que bañan las costas.

En este punto, es muy importante recordar que la ONU puede ayudar a que los Estados se pongan de acuerdo en la delimitación de sus fronteras, pero que al final se trata de una negociación entre ellos en la que cada cual muestra su músculo y hacer valer sus posiciones. No es solo una cuestión de «derechos» sino que también es una demostración de fuerza. Así funciona el sistema internacional. Si fuera simplemente una cuestión de derecho, bastaría con llamar a un equipo de técnicos amparados por la onu (o incluso sin dicho paraguas) y que fueran ellos quienes trazaran una línea imaginaria en el mar que señalara hasta dónde llegan las 200 millas marinas (unos 370,4 km) de zona económica exclusiva (ZEE), además de las aguas interiores, la línea de base, el mar territorial y la zona contigua, todas ellas comprendidas dentro de la ZEE. Las distintas disputas existentes en el mundo sobre el reparto de estas aguas territoriales vienen a demostrar que no es una cuestión tan sencilla; prueba de ello es la disputa por la delimitación del mar Caspio o la resolución del conflicto por el estrecho de Beagle (que finalmente acabó bien resuelta gracias a la mediación del Vaticano y en concreto del cardenal Samoré).

En el caso del mar del sur de China, quien se haga con el control de esos islotes decidirá cómo explotar los recursos naturales marinos, submarinos y del subsuelo adyacentes a dichos islotes, decidirá si los explotará él mismo y si dejará a otros que también participen en dicha explotación y de qué manera podrían hacerlo.

Los países que se han opuesto con mayor ahínco a las pretensiones de China han sido Filipinas y Vietnam, además de Taiwán. Precisamente, la llegada de Duterte a la Presidencia filipina ha hecho que se incrementen las tensiones, en gran medida por la impredecibilidad del mandatario filipino. Precisamente, para sustraer esta disputa a las reacciones más o menos virulentas de los líderes de la región, habría que llevar esta cuestión, sin miedo a los resultados y con deseos de acatar los resultados, a la ONU. Sin embargo, de todos es sabido que en la ONU China tiene un gran poder, derivado de su capacidad de vetar cualquier decisión que pase por el Consejo de Seguridad.

Quien no quiera oír hablar de tambores de guerra, debería releer un par de datos: China patrulla con embarcaciones militares este mar con regularidad, ha construido islas artificiales en esta zona y ha establecido instalaciones militares en algunas de sus islas, incluyendo pistas de aterrizaje casi imposibles. Además, se prevé que China duplique para 2020 el presupuesto que gastaba en Defensa en 2010, es decir, que llegue a gastar unos 233.000 millones de dólares. Esto ha provocado que se dé una carrera armamentística en la región, pues los países de alrededor en su conjunto llegarían a gastar unos 250.000 millones de dólares para 2020. Mientras en otras partes del mundo los conflictos enfrentan a enemigos más difusos, como pueden ser organizaciones terroristas o grupos de narcotraficantes, aquí parece que volvemos al esquema clásico de Estado contra Estado.

Reuters

El papel de Estados Unidos

Otro de los grandes actores en esta región y en el Consejo de Seguridad de la onu es Estados Unidos. Si después de la segunda guerra mundial fue considerado «el gendarme del Pacífico», el paso de Obama por la Presidencia americana ha hecho que su país se retirara de una buena cantidad de escenarios conflictivos en los que se había visto involucrado años antes y que se abstuviera de intervenir —o al menos se mostrara muy reticente de hacerlo— fuera de sus fronteras.

Consideremos los siguientes hechos: Obama mandó retirar las tropas estadounidenses de Irak y Afganistán, al darse cuenta de que era prácticamente inútil seguir asumiendo sobre sus espaldas —casi en solitario— los costes de la seguridad y la estabilización de esos países. Además, la operación para capturar a Bin Laden «quemó» uno de los apoyos que oficialmente tenía en aquella zona, el gobierno pakistaní. Por otro lado, Rusia no fue duramente castigada por su invasión de Osetia del Sur (2008) y la de Crimea (2014). En consonancia con lo anterior, se mostró reticente a una intervención armada en Libia, aunque posteriormente dio su visto bueno a la aprobación de la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU en 2011, que faculta el uso de medios coercitivos para obligar al cumplimiento del espacio aéreo. Y, siguiendo con las primaveras árabes, Al Sisi, el nuevo dictador egipcio, no tardó en afirmar que Estados Unidos les había abandonado, que les habían dado la espalda. China entendió todas estas circunstancias como prueba de la debilidad estadounidense, comprendiendo que el imperio americano y su pax americana estaba en declive o directamente llegando a su fin, y desde entonces no ha parado de ir marcando poco a poco su territorio.

La operación para capturar a Bin Laden «quemó» uno de los apoyos que oficialmente tenía en aquella zona, el gobierno pakistaní

Ahora bien, la nueva Administración Trump es toda una incógnita con respecto a cómo actuará frente a este litigio —en el que en principio no se juega nada directamente—, qué planes tiene para los próximos meses o años y, lo más importante, cómo reaccionaría ante una toma de posición clara de China y se hiciera con el control efectivo, de facto, de las islas mencionadas anteriormente. ¿Permitiría Trump que China declarase unilateralmente su soberanía sobre las Spratly? ¿Mandaría emisarios, diplomáticos, o más bien enviaría barcos de guerra, a la VII Flota? ¿Continuará Trump la senda del entendimiento con China iniciada por Obama? ¿Implicará transitar por esa vía un amén total, absoluto e indiscriminado a cualquier propuesta que provenga de China?

Al final, ¿qué está realmente en juego?

Lo que realmente está en juego, a fin de cuentas, no es cuál de los países involucrados tiene más razón y quién menos, o a quién le corresponde en justicia qué. Lo que se dirime en esta parte del tablero mundial es algo más profundo. Es una clara demostración de fuerza, de quién lidera los procesos regionales (léase asiáticos) y de quién puede imponer su criterio en asuntos internacionales.

Parece bastante evidente que ya no estamos en el mundo posterior a la segunda guerra mundial, un mundo bipolar dominado por Estados Unidos o la URSS. En aquel escenario, en la repartición de las áreas respectivas de influencia, se dejaba a Estados Unidos ser el gendarme del océano Pacífico, aunque sufrió en Corea y —más aún— en Vietnam duras pruebas. La República Popular de China se salía un poco de ese esquema de esferas de influencia bipolar y, aunque comunista, experimentó un alejamiento de Moscú con Kruschov y un acercamiento a Estados Unidos con Nixon. No obstante, no hay que engañarse, China siguió ejerciendo su influencia comunista en todo el sudeste asiático. En ese escenario de bipolaridad, de todas formas, las opciones eran más sencillas, la realidad era mucho más simple y, si se permite decirlo, más maniquea.

Tampoco estamos en el mundo posterior a la caída del comunismo en la Europa Oriental y en Rusia. Acabada la bipolaridad, se pasó a un escenario de hegemonía clarísima por parte de la potencia vencedora. Tanto es así que la propia China, sin abdicar de su comunismo, se fue transformando en un régimen capitalista que en 2015 superó en número de multimillonarios a Estados Unidos (596 frente a 242). Se acabó la hegemonía estadounidense; en lo económico, pero también en lo militar.

En los años de la Administración Obama, China ha mantenido su fuerte inversión en Defensa. Y lo ha hecho con una clara intención: mostrar al mundo que una potencia económica debe tener voz, voto y presencia allá donde se requiera. Así, a la VII Flota estadounidense, o Fuerza Naval del Pacífico Occidental, le ha salido un serio competidor en China. No porque el país asiático desee patrullar por ese inmenso océano, sino porque desea marcar su territorio dejando bien claro quién manda en la zona. Cuando en 2013 China decidió unilateralmente establecer una nueva zona de identificación aérea (más conocida por sus siglas en inglés ADIZ, o Air Defence Identification Zone) en su frontera con Japón en el llamado mar oriental de China, despacharon las críticas provenientes de sus vecinos con un «Ustedes lo hicieron antes (en 1969), así que nosotros estaremos dispuestos a hablar de este asunto dentro de 44 años». Esta delimitación unilateral ya ha producido episodios que pueden ser entendidos por ambas partes como provocaciones gratuitas, como cuando en marzo de 2017 un bombardero B-1, que se encontraba realizando operaciones rutinarias de reconocimiento al sur de la península coreana, sobre las aguas del mar oriental de China, tuvo que dar explicaciones a los controladores chinos acerca de los motivos que le llevaban a estar dentro de esa ADIZ establecida por China sobre dicho mar. Eso ya ha sucedido en varias ocasiones en el mar oriental y será inevitable que suceda muchas veces en el del sur, que de hecho es ya un mar militarizado, con gran presencia militar.

En los años de la Administración Obama, China ha mantenido su fuerte inversión en Defensa

Desde hace ya una década no es correcto hablar de emerging China, una China emergente, sino más bien de una China emergida. En efecto, China ya no desea sentarse a los pies de la mesa sino que exige un puesto en la mesa entre los comensales y un puesto principal. No duda en reprochar a Estados Unidos su doble rasero, echando mano incluso de su propio refranero: «Los magistrados son libres de quemar casas, mientras que a la gente común se les prohíbe incluso encender lámparas». Aunque la definición de este nuevo espacio aéreo no implica que afirme su soberanía sobre dicho espacio, solo que amplía el radio de alerta temprana, estos pasos no dejan una sensación de mayor tranquilidad entre los observadores internacionales y mucho menos entre sus vecinos. Se sospecha que, precisamente, tras establecer esa zona de identificación aérea, se pasará a una serie de reclamaciones territoriales.

Y China tiene abiertas unas cuantas. De hecho, esa fue una de las razones que llevó a la creación de la Organización de Cooperación de Shanghái, en la que se encuentra con Rusia y los países de Asia Central (excepto Turkmenistán), además de India y Pakistán (desde enero de 2016). Por otro lado, participa en la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático) no como miembro sino dentro de un foro de diálogo llamado ASEAN+3 junto a Japón y Corea del Sur. La ASEAN tiene como objetivo fortalecer la paz y la estabilidad regionales, por lo que uno de los temas que suele salir en las reuniones son estas disputas territoriales, siendo el resultado que no se ha dado un paso más hacia la guerra sino que la violencia —cuando la ha habido— ha sido contenida dentro de unos límites más o menos razonables.

Al final, lo que realmente está en juego son tres cuestiones: en primer lugar, que China es muy celosa de custodiar su seguridad nacional; además, desea expandir sus territorios y no solo sus mercados; y, por último, que tarde o temprano entrará —inevitablemente— en un enfrentamiento con Estados Unidos, ya sea abiertamente o en formato guerra fría. Parece que el escenario de la guerra abierta queda en un tercer o cuarto plano, por el hecho de que ambas son potencias nucleares, pero no se puede descartar nada en un mundo en el que hay una nueva Administración americana difícilmente predecible y que esta tiene enfrente a China y a una Rusia cada vez más envalentonada.

No hay que olvidar que la doctrina del Lebensraum enunciada por Hitler en los años veinte y practicada posteriormente por él cuando estaba al frente de los mandos de Alemania, no parece haber sido descartada por China, país que en las últimas décadas no ha dudado en realizar sucesivas injerencias en los asuntos internos de otros Estados vecinos, llegando incluso a invadir territorialmente a algunos de ellos, como fue el caso de Tíbet (1950). A pesar de que es un país muy superpoblado, el gigante asiático cuenta con vastos territorios completamente despoblados o con baja densidad de población, mientras que la inmensa mayoría de ella se concentra cada vez más en las ciudades, especialmente en las costeras. Sin embargo, ¿nos resultaría realmente extraño si nos encontramos un día con la noticia de que China ha ocupado militarmente esos islotes y los ha declarado bajo su plena soberanía? Sea como fuere, la guerra es un escenario que casi nadie desea pero que ha acompañado a la humanidad desde tiempos inmemoriales, y no es un fenómeno ni mucho menos descartable en este escenario asiático.

Academias Nacionales ¿sin futuro?

La institución de las Academias, nacida en el Renacimiento y revitalizada en los siglos XVII y XVIII, es una marca de prestigio, pero en el siglo XXI está en crisis, en Argentina y en todo el mundo.

¿Qué es una academia? La academia es una institución de excelencia dedicada a la investigación de una o varias ramas del saber, a su promoción y difusión, con un sistema colegiado e independiente de los poderes públicos, y cuya autoridad deriva del cumplimiento de sus fines. No hay institución igual. De manera amplia, podemos decir que tienen por fin preservar el patrimonio cultural de la sociedad. Como ha señalado recientemente José Andrés-Gallego, cultura y cultivo provienen del campo semántico de la labranza. Aplicado al conocimiento y hábitos de la sociedad, pues, cultura es el resultado de la labranza de los cerebros que a través de los años —y de los siglos— han conformado la manera de pensar, de creer, de sentir y de actuar de quienes la conforman.

Esta definición nos está diciendo que la cultura es esencialmente dinámica y exige una adjetivación del objeto de las academias: ¿qué cultura deben preservar? ¿Solamente la de ayer o también la de hoy que es germen de la que será mañana? La cuestión no es impropia para los historiadores por dos motivos: uno, porque la diferencia entre pasado y presente es un límite muy frágil y fácilmente franqueable, como lo demuestran los estudios sobre la «historia del tiempo presente»; otro, porque, aunque trabajemos sobre el pasado, lo hacemos en el presente y para la sociedad del presente. Mi respuesta es que nuestro compromiso por preservar la cultura —o la civilización, según la terminología francesa— abarca el pasado y el presente, tanto en el fondo como en la forma.

A la función de preservar la cultura, las academias añaden su misión de investigar. La investigación descubre nuevos campos, plantea nuevas cuestiones, reexamina los conocimientos que se creían adquiridos, va hacia atrás en busca de nuevas evidencias y hacia adelante en busca de nuevos descubrimientos y explicaciones. Si como custodios del conocimiento, las academias son necesariamente conservadoras, en su faz creadora, deben ser renovadoras y vanguardistas, y de esta doble tarea de conservar y renovar surge una tensión y una suerte de pathos, que es el propio de la vida académica sana. Como André Malraux decía del arte, el mundo de la ciencia —en especial de la historia— no es el de la inmortalidad sino el de la metamorfosis.

Ninguna de estas dos misiones se cumpliría cabalmente si no se cumpliera la tercera, que es la transmisión del conocimiento. Ya no se trata de la transmisión ad intra, entre colegas, sino la ejercida a través de la cátedra, de los libros, las series bibliográficas, los congresos, las celebraciones, exposiciones, simposios, cursos, notas periodísticas y muchas formas más, sin olvidar las nuevas tecnologías de la comunicación.

Así definida la academia y su objeto, podemos examinar mejor su situación actual, su crisis. He conversado sobre el tema con colegas de muchos países en el seno de la International Union of Academies y en otros foros. Hay problemas globales y problemas particulares.

Un primer problema global es la pérdida de vitalidad de las academias por la cada vez menor participación de sus miembros en la vida de la institución. Esto se debe a que la labor académica es sustituida por las exigencias que hoy tiene la vida universitaria en el quehacer de cada profesional: cursos especiales, conferencias internacionales, dirección de equipos de investigación. Un segundo problema es que habitualmente las actividades universitarias son remuneradas y las realizadas en las academias casi en ninguna parte lo son. En tercer término, en la actualidad, los académicos que se han retirado totalmente de la actividad universitaria directa o indirecta no siempre conservan el impulso necesario para continuar su tarea de investigadores en el marco de la institución académica. En algunos países, en fin, se ha descuidado la formación de una generación de recambio hasta tal punto que, como decía aquel sabio académico chileno de la lengua, «quien no está en cama, está en coma».

La debilidad de la vida académica resta naturalmente consistencia a la propia institución. El espíritu de colegialidad se extingue, sus propios miembros descreen de ella y la sociedad empieza a darse cuenta de cuál es la situación real.

Mayor problema se presenta para las academias que cultivan las ciencias humanas o sociales, normalmente, las de más tradición. En términos generales la opinión pública valora ahora las ciencias según la utilidad visible que de ellas se deriva. De esta situación se benefician las ciencias físicas y las biológicas, pero las humanidades tienen dificultades para hacer comprender los beneficios que sus conocimientos producen como cimiento de la sociedad y aportación a su desarrollo integral. En consecuencia, la atención y los presupuestos de los poderes públicos se orientan cada vez más al soporte de las «ciencias útiles», que producen resultados tangibles —y con cierto grado de rédito político—, en desmedro de las humanidades. Esta situación se refleja también en el tratamiento que se da a las academias humanísticas.

En 2010, en el congreso internacional de la uaicelebrado en Budapest, Theo Verbeck, de la Real Academia de los Países Bajos —que reúne a todas las ciencias—, sintetizaba los problemas de nuestras instituciones en cuatro grupos: a) de cantidad, b) de calidad, c) de comunicación, d) de implantación social.

La cuestión de la cantidad deriva de la superproducción que existe hoy en todos los campos, lo que hace casi imposible que un investigador esté al día en el conocimiento de toda la producción de su especialidad académica. Si bien los recursos digitales han facilitado enormemente conocer la producción bibliográfica de otros países, no ocurre lo mismo con el acceso a los contenidos de esa producción, dificultad más marcada en el caso de los países periféricos. Esa traba se ve acrecida en el caso de países que difunden menos su producción o solo lo hacen por los medios tradicionales, a la que hay que agregar la necesidad cada día mayor de poseer un dominio de otras lenguas que permitan hacer efectivo el acceso a los textos, cualquiera que sea su soporte.

La cuestión de la calidad tiene cierta relación con la anterior. La aceleración científica y también la competencia conducen a una producción apresurada, que no ha recibido la debida revisión del autor, ni la crítica privada y previa de los colegas experimentados. Esto se ve acrecentado por las exigencias de los organismos destinados a la financiación de proyectos, becas y subsidios, que exigen una respuesta intelectual «a plazo fijo», y cuya evaluación algunas veces es más formal que de fondo: se atiende más a si se cumplió la reglamentación que al aporte científico del trabajo. Este exceso de producción y deterioro de la calidad hacen muy trabajosa la labor de los investigadores.

El tema de la comunicación tiene relación directa con el de la publicación. Como esta se hace principalmente en revistas especializadas y de tirada reducida, el resultado es un cierto «encapsulamiento» del conocimiento, en especial —pero no exclusivamente— en el caso de las academias, dado que el costo creciente de las publicaciones limita más y más las tiradas y la distribución está lejos de ser óptima. El problema se agrava cuando los presupuestos para editar no siguen el mismo ritmo que los costos. De todos modos, la revolución digital está dejando sin sentido la formulación que aquí recogemos.

La última cuestión que plantea Verbeck es, en mi opinión, la más importante: la transferencia del saber a la sociedad; dicho en otros términos, la difusión en ella de los nuevos conocimientos adquiridos. Una investigación que no pasa del mundo académico al público, es como una idea puesta en penitencia, como un aborto cultural. Los investigadores no trabajan para ellos mismos sino para la sociedad a la que pertenecen. Si lo que uno sabe y comunica a los colegas, no puede después hacerse conocer en los diferentes niveles de la cultura, adaptado en su lenguaje y conservado en su sustancia, ha fracasado, por definición, en su función social. Esta dificultad de difundir, que a veces es imposibilidad, está en la raíz del problema de la vigencia de las academias en el mundo de hoy, más aún cuando, como dice el sabio holandés, nunca ha sido tan grande el abismo que separa a los académicos del público culto en general.

Pero hay otra dimensión de la transmisión del conocimiento, vinculada sin duda con la anterior, pero distinta: es la necesidad que tienen todas las academias de llamar e ilustrar la atención de los hacedores de opinión y de los funcionarios públicos que determinan las políticas del gobierno, porque son ellas, en el ámbito de cada especialidad, quienes tendrían que asesorar, promover o alertar esas políticas, con la competencia que les da no solo su conocimiento científico, sino también su independencia.

Ahora bien, ¿pueden la historia y las demás ciencias del hombre hacerse oír en este mundo en que, como dice George Steiner, «nuestros espacios interiores han enmudecido o están obstruidos por estridentes trivialidades»? ¿En un mundo donde «la amnesia ha sido planificada»? Hoy predomina la oferta de paraísos efímeros que al día siguiente han caducado faltos de substancia, oferta que es lo contrario de la historia, que representa la continuidad del número, del devenir humano, donde cada presente tiene su raíz y aspira a tener un vigoroso futuro. Esa es la dificultad, pero al mismo tiempo es la oportunidad, el desafío con sabor a aventura.

Para resolver estos problemas, las academias tienen que tener claros sus objetivos. Jane Lyddon, de la British Academy, los enumera así: la excelencia de los trabajos, la ya mencionada independencia, la amplitud disciplinaria para no olvidar las nuevas especialidades que van surgiendo, su condición nacional que la hace presente en todo el estado, su vocación universal en cuanto a receptividad y colaboración, y su fellowship, que se puede traducir como espíritu de membresía o camaradería de sus miembros, carácter que las distingue de otras instituciones dedicadas a la actividad intelectual. Tomás Irish, tomando una idea de Graham Allan, habla de «familia académica», en el sentido de un grupo que comparte conductas, creencias y obligaciones.

Insisto. Son problemas universales. Hace varios años el entonces canciller de la Académie Française, Gabriel de Broglie, manifestó en una entrevista periodística que los escritores jóvenes son gente muy ocupada y que no se sienten atraídos por un trabajo exigente y vitalicio, y agregó que «nuestras sesiones solemnes no son exactamente la forma preferida de mediación que buscan las nuevas generaciones». Este mismo desapego de los investigadores jóvenes por las academias ha sido registrado por alguno de nuestros colegas en entrevistas con los presidentes de la Real Academia de la Historia de España y de la Academia de Historia de Portugal, por ejemplo.

Bajo ahora al caso de la Academia Nacional de la Historia y otras academias de humanidades en la República Argentina. Tal vez nuestro caso arroje luz a académicos de instituciones hermanas en todo el mundo.

Sería impertinente e injusto cuestionar la vocación de excelencia de las distintas academias nacionales o su espíritu de independencia. En cuanto a la amplitud científica, en algunos casos no se ha alcanzado y en otros ha generado una pluralidad de academias nacionales dedicadas a disciplinas tan afines que bien podrían haberse integrado en una sola. El carácter nacional, establecido en su propia denominación, se procura cumplir, pero no siempre es una realidad tangible. En cuanto a la vocación universal, está bastante lejos de ser general, pues en varios casos predomina una escasa comunicación con el exterior, no siempre culposa, pues son notorias nuestras dificultades económicas para mantenerla. En cuanto al espíritu de membresía, son perfectamente aplicables aquí los argumentos del ya citado académico de los Países Bajos, tal vez agravados por el individualismo exagerado de los argentinos, aparejado con su reluctancia hacia el trabajo en equipo.

En cuanto a promover investigación de calidad, lo primero es promover investigadores. Desde hace años esta academia premia a los egresados universitarios y terciarios que obtienen los mejores promedios en historia; ha instituido el premio Academia Nacional de la Historia para obras sobre historia argentina e instituyó una beca para investigadores graduados, la que por razones presupuestarias no pudo otorgarse más que una sola vez hace casi veinte años. Otra forma de promoción de nuevos investigadores es la formación de grupos de trabajo de distintas especialidades integrando a investigadores no académicos y más jóvenes. Otras casas similares han recurrido, con el mismo objeto, a la creación de institutos bajo su dependencia. Otro recurso generalizado es la realización de cursos y seminarios, pero no se llega a la frecuencia óptima por razones presupuestarias y por la renuencia de los propios académicos a comprometerse en la tarea.

Dentro de su objetivo promocional, las academias han realizado acuerdos con universidades del país y deberían realizarlos con las del exterior. También sería importante, en el plano ideal, obtener fondos estatales o privados, destinados a becas, a financiar visitas de profesionales extranjeros o proyectos conjuntos de costo y duración limitados.

Dada la íntima relación de nuestro pasado con el de países vecinos y de Europa, este tipo de acuerdos sería muy beneficioso para todas las partes.

Las academias nacionales son asesoras de los poderes públicos en las materias de su competencia, pero esa es una función casi desconocida. Para cumplir esta tarea sería deseable que no solo brindaran consejos solicitados, sino también otros espontáneos, haciendo público su criterio científico sobre situaciones que son materia de general debate. Manifestaciones de este tipo mostrarían al público general que las academias no son instituciones fosilizadas o torres de marfil ajenas a los problemas del día a día. Declaraciones hechas con altura, prudencia y rigor científico supondrían un valioso aporte para los gobernantes que tienen que tomar decisiones y constituirían una buena guía para la opinión pública.

Hay que llamar la atención —y sobre todo la comprensión— de las autoridades públicas hacia el quehacer académico. Nada impide que se realicen reuniones entre funcionarios, hacedores de opinión, directores de fundaciones y académicos para debatir temas de interés recíproco. Del mismo modo, con carácter público, se pueden convocar foros donde participen, además de (en nuestro caso) historiadores, periodistas de prestigio que generen noticias y comentarios solventes. Si estas reuniones fueran interdisciplinarias, mejor que mejor.

Deben también las academias estar presentes en el entramado universitario, tanto para concebir proyectos conjuntos, como para todo tipo de intercambios. Será imprescindible contar con todos los instrumentos digitales y una página web continuamente actualizada, con informaciones de actos, publicaciones, efemérides, noticias y comentarios.

Se requiere presupuesto. Desde el año 2012, la Academia Nacional de la Historia recibió anualmente, y en todo concepto, aproximadamente dos millones de pesos del erario nacional, cifra que se mantiene idéntica pese a la inflación de los últimos años. Y no tuvo casi ningún otro ingreso de fuentes privadas. En el 2009 la British Academy (que abarca todas las humanidades) recibió de su gobierno 28.000.000 de libras. Más de un 10% de esa suma viene de fuentes privadas. Hay mucha diferencia, aun teniendo en cuenta que el presupuesto de la academia británica engloba todas las ciencias humanas.

Es indispensable tener dinero suficiente para financiar premios de grado, becas de posgrado, aumentar las publicaciones, asistir a reuniones internacionales, traer profesores del exterior, organizar reuniones en el interior del país, sostener los convenios de corto o de largo plazo con universidades del interior y del exterior, vincularse con academias extranjeras y con organismos multinacionales científicos, que a veces también pueden proveer recursos financieros para realizar actividades en común.

Pero, en fin, no quiero invertir más espacios en lloros domésticos. En la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa, el monje murmurador Aymaro d’Alessandria quiere cambiar. No es que no quiera su institución o no le parezca necesaria. Al contrario. «En los tiempos áureos de la orden, una abadía benedictina era el sitio desde donde los pastores vigilaban el rebaño de los fieles. Aymaro quiere que se vuelva a la tradición. Pero la vida del rebaño ha cambiado, y para volver a la tradición (a la gloria y el poder de otros tiempos) la abadía debe aceptar que el rebaño ha cambiado y para ello debe cambiar».

Pues eso.

Nanotecnología: la revolución de lo diminuto

Los paisajes del Nanomundo

El prefijo «nano» (del griego nanós, «enano») se emplea en el ámbito de la ciencia y la tecnología para referirse a una cantidad equivalente a la milmillonésima parte de algo. Cuando aplicamos este prefijo a una unidad de medida de longitud como el metro, nos encontramos con el nanómetro (abreviado nm). Se trata de una longitud extremadamente pequeña, en la que solo se pueden alinear unos cuántos átomos. Recordemos que los átomos son las unidades fundamentales de la materia y que se enlazan entre sí para formar todo tipo de moléculas, que a su vez se ensamblan dando lugar a entidades mucho más complejas que configuran nuestros propios organismos y todo el mundo que nos rodea. Cuando estudiamos la materia a escala nanométrica, nos adentramos en un nuevo universo al que solemos denominar nanoescala o nanomundo, habitado por diferentes entidades a las que denominamos de una manera genérica «nanoobjetos». Átomos, moléculas, nanohilos y nanopartículas de formas y composiciones diversas, fullerenos, nanotubos de carbono, láminas de grafeno, cadenas de ADN, membranas celulares, proteínas, ribosomas, liposomas, micelas, dendritas o virus son ejemplos, de diferente complejidad, de los nanoobjetos que forman el nanomundo. Algunos nos resultan familiares pero hay otros, que se describirán más adelante, que no lo son tanto. En algunas ocasiones los nanoobjetos aparecen aislados pero en otras se combinan entre sí para formar nanoestructuras o nanomateriales, o se integran en sistemas de mayor complejidad.

En los laboratorios de centros de investigación y universidades se intenta comprender cómo todas estas entidades se forman y se combinan, qué propiedades poseen, y cómo estas propiedades dependen de la forma, el tamaño y la composición de cada nanoobjeto o nanomaterial. Por lo general, las propiedades de la materia cuando esta aparece en formato nanométrico pueden llegar a ser muy diferentes de aquellas que manifiesta cuando se presenta en el mucho más familiar formato macroscópico. Hablamos de «efectos de tamaño» para referirnos a aquellos efectos que se ponen de manifiesto cuando el tamaño de los objetos cambia.

Hablamos de «efectos de tamaño» para referirnos a aquellos efectos que se ponen de manifiesto cuando el tamaño de los objetos cambia

Por ejemplo, la solubilidad o la reactividad de un material crece si lo dividimos en trozos más pequeños haciendo que aumente su superficie efectiva. Los efectos de tamaño también se manifiestan cuando se disminuye el tamaño de una unidad de almacenamiento (BIT) o de una unidad de procesado (transistor) de la información consiguiendo aumentos de la capacidad de las memorias y los procesadores integrados en los dispositivos electrónicos que nos rodean. Otros efectos de tamaño son más llamativos. Por ejemplo, las nanopartículas de ciertos materiales semiconductores pueden emitir luz con una coloración que depende de su diámetro. La explicación de esta dependencia entre el color y el tamaño solo se puede hacer en el marco de la poco intuitiva teoría de la mecánica cuántica. Esta teoría, que ha sido puesta a prueba en incontables ocasiones, representa el marco conceptual que explica la estructura de átomos y moléculas, y cómo se enlazan para construir las impresionantes arquitecturas que observamos en la naturaleza o en los dispositivos que el hombre fabrica. Todos los ejemplos mostrados anteriormente sirven para enfatizar que lo «nano» es diferente, siendo precisamente esta diferencia la que hace que los nanoobjetos sean interesantes por sí mismos o por sus posibles aplicaciones.

Tampoco hay que olvidar la gran conexión que existe entre la nanotecnología y la biología. El conocimiento de todo lo que sucede en el interior de una célula, entidad formada por nanoestructuras y nanomáquinas biológicas coordinadas entre sí mediante reacciones bioquímicas, es una impresionante fuente de inspiración para el diseño de futuros materiales y dispositivos. Además, la naturaleza proporciona ejemplos de nanoestructuras sintetizadas biológicamente que constituyen una inagotable fuente de inspiración. Ejemplos de estas nanoestructuras biológicas los encontramos en las alas de algunas mariposas (lo que hace que exhiban llamativos tonos metalizados) o en las flores de loto (que evitan la proliferación de bacterias gracias a su carácter hidrofóbico).

El conjunto de saberes de todo tipo que acumulamos y usamos para entender cómo funciona este fascinante nanomundo se denomina nanociencia, disciplina de la que mucho se ha escrito1,2. Un aspecto propio de la nanociencia es su carácter multidisciplinar, ya que en ella convergen otras más tradicionales como la física, la química, la biología, la medicina y la ingeniería. Sin duda alguna, este «mestizaje» científico-tecnológico es un caldo de cultivo de ideas y propuestas. Cuando el conocimiento de la nanociencia se convierte en un conocimiento aplicado capaz de mejorar nuestras condiciones de vida hablamos de nanotecnología. Para ser más precisos sobre los límites de trabajo de la nanociencia y la nanotecnología, existe un acuerdo general que establece que los objetos de interés para estas disciplinas son aquellos con tamaños (en alguna de sus tres dimensiones) comprendidos entre unas décimas de nanómetro (las dimensiones típicas de los átomos) y los cien nanómetros.

El conjunto de saberes de todo tipo que acumulamos y usamos para entender cómo funciona este fascinante nanomundo se denomina nanociencia

Parece claro que el objetivo de la nanotecnología es conseguir materiales y dispositivos con propiedades a «medida», sacando provecho de los efectos de tamaño. Además estos materiales y dispositivos deberán fabricarse en cantidades masivas para llegar a toda la sociedad, con los menores costes económicos y, por supuesto, con el menor daño posible para nuestra salud y para el medioambiente. Se trata de un formidable reto que en caso de ser superado tendrá grandes consecuencias económico-sociales. Conseguir la fabricación en gran escala de nanomateriales y nanodispositivos se logrará mediante la adecuada combinación de diferentes técnicas. Por un lado, se utilizan aquellas que proceden de la biología y la química, las denominadas técnicas «de abajo hacia arriba» (o bottom-up en inglés), basadas en el ensamblado de unidades pequeñas (átomos, moléculas sencillas) que interaccionan para dar lugar a estructuras más complejas. Por otro lado, la física y la ingeniería proporcionan técnicas de fabricación denominadas «de arriba hacia abajo» (o top-down en inglés), en las que se adquiere el control sobre el tamaño y forma de los objetos nanométricos a base de cincelar la naturaleza con haces de electrones, de iones, etc.

El arsenal de herramientas y técnicas que se han desarrollado para caracterizar y fabricar nanoobjetos y nanomateriales es impresionante. Esta acumulación de conocimientos no se ha producido de forma instantánea. El control de la materia a escala nanométrica comenzó hace mucho tiempo y se pueden poner innumerables ejemplos sobre cómo nuestros antepasados fabricaron a lo largo de los últimos tres mil años utensilios con fascinantes propiedades conferidas por nanomateriales sintetizados inicialmente por azar, que luego serían perfeccionados mediante métodos celosamente guardadas por diversos gremios. Este control, sin embargo, no era tal porque en realidad no se conocían los fundamentos que sostuviesen las metodologías empleadas. Sin embargo, cuando en el siglo XIX se consolida la visión atomística de la materia con la construcción de la tabla periódica de los elementos, comienza una carrera por entender cómo funciona la naturaleza a escalas más y más pequeñas. En cierto modo, a la vista de lo sucedido desde entonces, quizás la nanociencia y la nanotecnología eran una meta inevitable para la humanidad, una vez que esta hubiese conquistado el micromundo a lo largo del siglo XX.

El objetivo de la nanotecnología es conseguir materiales y dispositivos con propiedades a «medida»

Como ocurre con las grandes aventuras científico-tecnológicas, han sido muchos los investigadores que han contribuido al conocimiento del nanomundo, pero siempre sobresalen algunas figuras que destacan por su visión o sus aportaciones. Quizás la más importante de ellas sea el físico estadounidense R. Feynman quien, a finales de la década de 1950 en una conferencia ante la Sociedad Americana de Física, realizó una serie de predicciones que se han ido cumpliendo con el paso del tiempo. En particular R. Feynman predijo que los seres humanos algún día observarían y manipularían átomos gracias a sofisticadas máquinas y que esta capacidad sería la semilla para alcanzar inimaginables avances en electrónica y medicina. Otros protagonistas de esta aventura han sido: J. R. Arthur y A. Y. Cho, quienes desarrollaron el método de crecimiento de materiales mediante epitaxia de haces moleculares (conocido como mbe, del inglés Molecular Beam Epitaxy) con el que se fabrican estructuras formadas con capas con un espesor de un solo átomo; el ingeniero N. Taniguchi, quien acuñó en los años 1970 el término nanotecnología; Rohrer y G. Binnig, quienes desarrollaron a principios de los años 1980 un instrumento denominado microscopio de efecto túnel (stm, del inglés Scanning Tunneling Microscopy) con el que se pudieron ver y mover átomos; Kroto, R. Curl y R. Smalley, quienes descubrieron en 1985 la molécula C60, conocida como «fullereno», una forma alótropa del carbono que se ha convertido en uno de los iconos de la nanociencia; K. E. Drexler, que publicó en 1986 su libro Engines of Creation: The Coming Era of Nanotechnology en el que propuso el uso de sistemas robotizados denominados «ensambladores universales» para crear estructuras de mayor complejidad; S. Iijima, quien descubrió en 1991 los nanotubos de carbono; A. K. Geim y K. S. Novoselov, quienes trece años después descubrieron el grafeno, material de moda en la actualidad… Esta lista, algunos de cuyos integrantes fueron galardonados con el Premio Nobel en Física o en Química, sirve para ilustrar que la historia del interés por conocer y controlar el nanomundo no es tan reciente.

Del laboratorio al mercado

Una cosa es controlar el nanomundo en un laboratorio, durante un proceso de investigación, y otra hacerlo con el fin de conseguir la producción en masa de materiales y dispositivos. Este salto desde la nanociencia del laboratorio a la nanotecnología que encontraremos en el supermercado no es un asunto trivial. Sin embargo, en las últimas cuatro décadas muchos nanomateriales y técnicas propias de la nanofabricación se han ido incorporando a diferentes sectores de la producción. En los laboratorios continuamente se proponen procesos de fabricación, unos de tipo top-down y otros bottom-up, o combinaciones de ambas estrategias, pero una gran parte son descartados como sistemas de producción en masa. Solo los métodos más eficientes, que puedan ser económicamente viables sin olvidar aspectos como la eficiencia energética o el impacto medioambiental, son los que llegarán a las plantas de producción.

Un aspecto importante de la nanotecnología es su carácter transversal, lo que hace que tenga impacto en prácticamente todos los sectores económicos. Se suele decir que la nanotecnología es invisible a la vez que ubicua. Este enorme potencial de generación de riqueza en múltiples campos fue el gran argumento usado por la administración de los Estados Unidos, durante la presidencia de William «Bill» Clinton, para poner en marcha la Iniciativa Nacional en Nanotecnología (nni, National Nanotechnology Initiative). Desde su lanzamiento en el año 2000, el Gobierno Federal de Estados Unidos ha invertido del orden de 23.000 millones de dólares en proyectos, equipamientos, centros de investigación, etc. Tras la implantación de esta iniciativa, otros países o entidades supranacionales, como la Unión Europea, siguieron un camino similar. El resultado ha sido una verdadera carrera en la que las inversiones globales se dispararon. España no se quedó atrás, aunque la actual crisis ha ralentizado el desarrollo de la nanotecnología3. Como fruto de estas ingentes inversiones se publicaron innumerables artículos, que reflejan el saber básico, y patentes, que indican el potencial de aplicación. Para cuantificar el impacto de las investigaciones en nanociencia y nanotecnología, se puede mencionar que en el año 2015 se publicaron más de 140.000 artículos de investigación y se registraron casi 8.500 patentes relacionados con la nanotecnología. Los cinco países que lideran la producción científica son China, Estados Unidos, India, Corea del Sur y Alemania. España ocupa actualmente la undécima posición. En cuanto a las patentes, los países que lideran el registro de este tipo de documentos en la Oficina de Patentes de los Estados Unidos son Estados Unidos, Japón, Corea del Sur, Taiwán y China. En dicha clasificación España aparece en decimonovena posición. Se puede destacar que el csic es la entidad española que más artículos y patentes internacionales tiene en este campo del conocimiento4.

Se suele decir que la nanotecnología es invisible a la vez que ubicua

El gran número de patentes relacionadas con la nanotecnología pone de manifiesto el interés por proteger un conocimiento que se encuentra detrás de muchos productos que ya encontramos en los anaqueles de los supermercados o en los catálogos comerciales que se publicitan en Internet. El instituto Wilson Research Centre puso en marcha hace diez años el proyecto PEN (Project on Emerging Nanotechnologies) que ha permitido catalogar más de 1.800 productos comercializados en Estados Unidos. En la actualidad el mayor inventario mundial de productos se gestiona desde Irán (Nanotechnology Products Database) dando cuenta de más de 7.300 productos. Sea cual sea la fuente de información sobre los productos que contienen nanomateriales o nanodispositivos, es evidente que la nanotecnología se está incorporando a nuestras vidas a buen ritmo, pero de manera silenciosa.

Poner ejemplos de productos que contienen nanomateriales o nanodispositivos no es una tarea fácil porque hay muchísimos entre los que escoger, como puede comprobarse visitando alguna de las bases de datos mencionadas anteriormente. Se puede medir el impacto de la nanotecnología de otra forma, acudiendo a la página web del gigante del comercio mundial, Alibaba. Si se realiza la búsqueda de términos como «nanoparticle» o «carbon nanotubes» se obtienen más de 7.500 productos ofertados por varios cientos de proveedores. En algunos casos hay empresas que únicamente atienden pedidos mínimos de varios cientos de kilogramos. Es evidente que estas grandes cantidades se están vendiendo porque se incorporan en otros productos que, a su vez, otras empresas comercializan. Ordenadores, teléfonos móviles, sistemas de iluminación led, televisiones planas, vehículos, aviones, cosméticos, fármacos, alimentos, envases, productos textiles, materiales de construcción, cementos, pinturas, sistemas de depuración y filtración de agua, aerogeneradores, baterías, etc., ya se están beneficiando de las aportaciones de la nanotecnología. Tras la electrónica, el sector que está experimentando un mayor crecimiento es el de la nanomedicina (el uso médico de nanomateriales y nanodispositivos). A los hospitales comienzan a llegar nuevos kits de diagnóstico, fármacos contra el cáncer y otras enfermedades, implantes inteligentes, sistemas para la regeneración de tejidos, secuenciadores genéticos de altas prestaciones, etc., con aportaciones importantes de la nanotecnología. Por ejemplo, en 2014 ya se comercializaban más de medio centenar de fármacos basados en sistemas nanométricos de distinto tipo, capaces de transportar y liberar el principio activo de forma más controlada y eficaz. En estos momentos varios cientos de formulaciones de nanofármacos están en fase de estudio, por lo que parece que tendremos que acostumbrarnos a oír hablar de la nanomedicina.

No se debe dejar de mencionar que la defensa y la seguridad son sectores en los que la nanotecnología también tiene gran impacto, mostrando su doble uso, civil y militar, al igual que ha ocurrido con la gran mayoría de las tecnologías desarrolladas por los seres humanos. Por ejemplo, la nni de Estados Unidos destina más del 15% de sus inversiones al Departamento de Defensa. Sin embargo es prácticamente imposible acceder a la relación de equipos militares que contienen desarrollos nanotecnológicos ya que esta información suele ser confidencial.

Convergencia para la sostenibilidad

La defensa y la seguridad son sectores en los que la nanotecnología también tiene gran impacto

Parece evidente que en estos momentos la nanociencia y la nanotecnología se están consolidando a la vez que confluyen con otras disciplinas científico-tecnológicas que también tienen carácter transversal: la biotecnología y las tecnologías de la información (TIC). A su vez los descubrimientos en las ciencias cognitivas y neurociencias van a sucederse a buen ritmo en las próximas décadas gracias a la puesta en marcha de varios megaproyectos en la Unión Europea, Estados Unidos y Japón. Los expertos advierten que nos encaminamos hacia una convergencia de la nanotecnología, la biotecnología, las ciencias de la información y las ciencias del conocimiento, en lo que se denomina convergencia NBIC (de Nano, Bio, Info y Cogno). Siguiendo la teoría de J. A. Schumpeter, esta convergencia tecnológica generará una oleada de innovaciones que impulsará profundos cambios en la economía, por lo que es muy difícil saber cómo será nuestro mundo dentro de treinta o cuarenta años. Si bien es cierto que hay un reducido número de países que controlan las sofisticadas nanotecnologías aplicadas a la electrónica o la medicina, hay otros desarrollos nanotecnológicos que son accesibles a países con economías menos avanzadas por lo que pueden contribuir a resolver problemas como la malnutrición, el déficit de asistencia sanitaria, el acceso al agua potable, la pobreza energética, la contaminación atmosférica, de ríos y de suelos, etc.5 Desde esta perspectiva la nanotecnología tiene reservado cierto protagonismo en la consecución de parte de los diecisiete objetivos del desarrollo sostenible que ha marcado la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Beneficios frente a riesgos: El papel de la gobernanza

Hasta ahora se ha dado una visión optimista de la nanotecnología, pero cualquier tecnología tiene aspectos negativos, que generan controversia, alarma y temor6. El automóvil, que facilita libertad de movimiento, causa cientos de miles de víctimas cada año. La química aporta infinidad de productos y materiales de uso cotidiano pero también se han producido importantes accidentes en plantas químicas causando intoxicaciones por emisiones de gases. Estos ejemplos de la dualidad beneficio-riesgo nos alertan sobre la necesidad de tener una actitud crítica, capaz de valorar los aspectos positivos y prevenir los negativos, ante la llegada de cualquier tecnología. La nanotecnología no es una excepción y ya existen decenas de informes que alertan del uso de nanopartículas en alimentación, cosmética o medicina, del uso de nanodispositivos que pueden invadir la intimidad de las personas, del posible aumento de la desigualdad social por el acceso privilegiado de una parte de la sociedad a los avances de la nanomedicina, etc. Incluso hay visionarios que se arriesgan a predecir la modificación de nuestra especie, creando super-hombres inmortales, o que anuncian la extinción de la humanidad por causa de temidos nanorrobots. Hay que poner los pies en la tierra. Los riesgos más probables y por tanto más reales están relacionados con la posible toxicidad, tanto para los seres humanos como para el resto de los seres vivos, de algunos de los nanomateriales que se comienzan a comercializar a gran escala. Estos riesgos, cuyo inadecuado tratamiento puede generar alarma y por lo tanto retrasar la incorporación de nanocomponentes en productos de consumo masivo, se están abordando mediante la implantación de ciertas estrategias que incluyen la aplicación del principio de precaución, la puesta en marcha de programas de investigación sobre los efectos tóxicos de los nanomateriales, la elaboración de normativa y legislación sobre la fabricación, etiquetado, almacenamiento, transporte, uso y reciclado de nanomateriales, la vigilancia del cumplimiento de estas normas, etc.

Cualquier tecnología tiene aspectos negativos, que generan controversia, alarma y temor

Además de estudios y regulaciones, hay otros aspectos que se deben tener en cuenta a la hora de implementar de manera segura la nanotecnología en los productos y servicios. Estos aspectos tienen que ver con el acceso transparente a una información veraz y contrastada, la educación en contextos formales e informales, la participación de la ciudadanía en la toma de decisiones relacionadas con la política científica-tecnológica, etc. Todos estos elementos son de capital importancia dado el gran desconocimiento que la sociedad tiene sobre esta disciplina y sus implicaciones7. La forma en la que la nanotecnología, junto con las otras tecnologías transversales que forman la convergencia NBIC, se incorporará en nuestra sociedad requiere el desarrollo de esquemas específicos de gobernanza8. Sin una gobernanza adecuada, basada en el conocimiento y el sentido común para efectuar el balance de los beneficios y los riesgos, que esté fundamentada en la transparencia y la participación, es posible que todas las esperanzas puestas en el control del nanomundo queden reducidas a unas pocas aplicaciones en sectores concretos y que la nanorrevolución que muchos auguraban (y que tanto esfuerzo intelectual ha requerido) quede aparcada en algún rincón de nuestra historia. Sin embargo, hoy por hoy, el tratamiento de todos estos asuntos está en nuestras manos de forma que si se toman las decisiones adecuadas es probable que podamos saborear los frutos del nanomundo de una forma placentera y segura.

1 Serena, P. A. (2010): Nanotecnología, CSIC y La Catarata, Madrid.
2 Martín Gago, J. A., et al. (2014): El nanomundo en tus manos: Las claves de la
nanociencia y la nanotecnología, Crítica, Madrid.
3 Serena, P. A. (2009): «La implantación de la nanotecnología en España: muchas
luces y alguna sombra», Mundo Nano 2 (2):74-90. En www.mundonano.unam.mx.
4 Maira, J., et al. (2015): «La transferencia de Nanotecnología en el CSIC», Acta
Científica y Tecnológica25:8-12. En http://www.aecientificos.es/empresas/
aecientificos/revistas/Revista_aec25.pdf.
5 Salamanca-Buentello, F., et al. (2005): «Nanotechnology and the Developing
World» en PLoS Medicine 2:300-303.
6 Bermejo, M., y Serena, P. A. (2017): Los riesgos de la nanotecnología, CSIC y La
Catarata, Madrid.
7 Gómez Ferri, J. (2012): «La comprensión pública de la nanotecnología en España»,
Revista CTS 20(7):177-207.
8 Echevarría, J. (2005): «Gobernanza de las nanotecnologías» en Arbor 715:301-315.

La prensa de papel

Marti Baron, director del Washington Post, dijo hace no mucho: «Los periódicos en papel no van a sobrevivir, vivimos en un mundo digital, dominado por el teléfono móvil». Yo no estoy de acuerdo con la primera parte del aserto. Creo que quizás no sobreviviremos todos los periódicos de papel, pero sí que seguirá habiendo un mercado de prensa en papel.

Ciertamente, hace no demasiado tiempo que las cosas eran de otra manera. Si tomamos, por ejemplo, los datos estadísticos de la venta de periódicos en España desde la Transición, encontramos cifras multimillonarias que nada tienen que ver con las de hoy. Cuando en 1983 entré en ABC, la batalla era aminorar la diferencia de tirada con El País, que debía contar en aquella época con una venta media de más de cuatrocientos mil ejemplares, razón por la que nos parecían poco los doscientos cincuenta mil de ABC. Y El País llegó a vender más de un millón. Cuando hablábamos de otros países, la envidia se disparaba. Me acuerdo de un comentario: «En Japón hay periódicos que incluso tienen plataformas de helicópteros para cubrir las noticias, son esos famosos periódicos que venden quince millones de ejemplares». Serían mitos, pero lo cierto es que ahora, cada miércoles, cuando me llega el informe semanal de todos los periódicos de Madrid, y, luego, cuando me llega unos días más tarde el cómputo provincial, me da pena. ¡Cómo hemos retrocedido! Es verdad.

Sin embargo, hoy por hoy, la prensa de papel sigue teniendo una notable influencia social, un peso muy importante. Las tertulias radiofónicas y televisivas hacen su guion a partir de lo que diga la prensa de papel y todo el mundo quiere seguir saliendo en esta prensa, lo cual no es incompatible con salir, por supuesto, en la prensa digital (hasta los medios escritos tenemos todos uno digital al lado).Todo el que necesita o desea notoriedad quiere seguir viéndose en el papel, el mito sigue existiendo. Con los periódicos retrocediendo continuamente en ventas, no hemos perdido influencia. Es una paradoja digna de reflexión.

¿Cuál es el futuro? Hay que planteárselo, entre otras razones, porque hacer un periódico así es caro. Para responder a un principio de calidad, cuando se produce un acontecimiento como el terremoto de Fukushima o la guerra de Libia (son ejemplos que recuerdo) hay que desplazar sendos periodistas, con el gasto enorme que ello comporta. Económicamente, no hay vueltas que darle. En cambio, desde otro punto de vista, ante la sobreinformación que ofrece la red, la selección y ordenación a la que constriñe el papel se convierte en un inestimable servicio al público lector (ofrecer dos millones de noticias —«las redes arden»— es como no ofrecer ninguna noticia). Es el servicio del discernimiento. Y esto vale de momento tanto para eeuucomo para Francia, para Alemania como para España. Y, en cuanto a los profesionales, como en España estamos acostumbrados a cifras miserables, tal vez estemos más entrenados en el infortunio y mejor preparados para arrostrar la lucha por la supervivencia.

Hay que animar a comprar periódicos. Cuando me incorporé a su empresa en Cataluña, me dijo el viejo Lara a propósito del libro: «Lo importante es que la gente compre libros. Tú, haz promoción de los libros. Es igual que sean de Anagrama, que sean de Alianza, que sean de Planeta, me es igual. Lo importante es que hagas promoción de los libros». Pues eso, lo importante es que la gente siga comprando periódicos. Aunque no podemos cerrar los ojos a la realidad. Hace no demasiados años encontrar un periódico era fácil. Salías de tu casa y en una esquina sí y en otra también encontrabas un quiosco. Ahora hay veces que tienes que coger el coche para ir a buscarlo desde tu domicilio. Se han perdido un treinta por ciento de puntos de venta. Cuando alguien me dice: «No llevamos el periódico a ese sitio porque vendo un periódico cada dos días», me da mucha pena. Lo vuelvo a repetir.

Dos hechos nos interpelan: uno (¿coyuntural?), la última crisis económica, y otro, la revolución de las nuevas tecnologías y el cambio de paradigma cultural que ha producido.

Hemos padecido una crisis económica muy clara que nos ha afectado y que ha afectado a toda la sociedad española. Eso ha hecho que la gente tome la decisión de comprar menos: compra menos en las tiendas, va menos a los restaurantes. La crisis ha tenido ese efecto, en algún caso, psicológico, y en muchos, empírico: tienes menos ingresos, consumes menos, también menos periódicos. Y cuando te recuperas, quizás has perdido la inercia positiva.

El segundo factor es el cambio cultural que lleva aparejado un cambio de hábitos de consumo en todos los terrenos y, muy especialmente, en el que nos ocupa. Mis padres aprovechaban el domingo para leer tranquilamente el periódico. No había otra cosa. Ahora tenemos cada día una inmensa oferta de ocio que compite con el tiempo que se dedicaba antes a la lectura del periódico.

Si ponemos el televisor, la oferta es indescriptible. Netflix, por ejemplo, tiene ya ochenta millones de personas que lo siguen. Compiten con sus series y tienen, además, medios inauditos para saber al instante si tal o cual serie «funciona» o no, si debe continuar o no, cuántos millones la ven o la dejan de ver. Es imposible adivinar hoy cuál será el impacto para la lectura de la prensa en papel en este estado de cosas. Los medios, la literatura, las más diversas instancias de la cultura del siglo xxse las tienen que ver también con un nuevo y formidable poder.

Hace no demasiado tiempo las empresas más importantes del mundo eran las petroleras. Luego pasaron a ser las grandes químicas las más valoradas por su valor bursátil. Luego, las del automóvil. Y ahora, las empresas tecnológicas. Vivimos en un mundo absolutamente digital. El otro día publicamos la noticia del valor de Apple, ochocientos mil millones de dólares, es decir, el 80% del pibanual español. Claro que Amazon decide comprar el Washington Post con la calderilla que tiene disponible Baron sin detraer nada a su capital de entre 25 y 30 mil millones de dólares. Seguramente lo habrá comprado como un capricho, como un experimento. Pero por ahí tenemos que vislumbrar un portillo los que no perdemos la esperanza.

Pienso en las sinergias que puedan existir entre el periódico papel y el digital. Creo en las sinergias de grupos con diversos productos. No sé cómo, pero creo que se van a ir formalizando grupos, estructurándose con nuevas formas en un mercado que es muy competitivo y muy cambiante y donde no está clara la cuestión de los ingresos. En un periódico como el New York Times ¿qué porcentaje corresponde actualmente al negocio digital y cuál al del papel? Y lo mismo sucede en España y en todas partes.

Una vez un subdirector de El País, buen amigo mío, me decía: «Tú y yo somos la última generación del papel». Yo quiero pensar que no es así. Que habrá gente en el futuro que quiera seguir comprando el periódico papel, gente digitalmente informada, pero que prefiera el papel para ciertos momentos y ciertos contenidos. Los medios de papel deberán estar todos entre los «serios» junto a otros digitales que también lo sean y enfrente de la vorágine.

Siempre serán necesarios los periódicos, digitales o en papel, con una estructura detrás, con una empresa solvente, con una responsabilidad corporativa, con una fiabilidad, con un director. Del mundo digital me preocupa que se pueda convertir en una selva donde la repetición hasta el infinito de una información despropositada desplace a la verdad. Sí. El reino de la posverdad me preocupa. Pero esa es ya otra cuestión.

Tertulias políticas en radio y televisión

LA TRASTIENDA

En España, la primera tertulia de actualidad política en la radio nació en la Cadena ser hace treinta y dos años. Fernando Ónega, director de informativos de la SER, y Javier G. Ferrari, responsable por entonces del programa Hora 25, idearon un complemento informativo al que bautizaron como La Trastienda, cabecera que sugería información reservada para contar al margen de la actualidad sintetizada en titulares, esto es, fuera del escaparate y del cuerpo de noticias de Hora 25.

La Trastienda complementa la actualidad ofrecida en Hora 25 con una información diferente y adornada con un halo de primicia y exclusividad. En ese momento se publicaban algunos confidenciales de circulación restringida a los que se accedía por abono. Uno de esos confidenciales era el titulado Off the record y Fernando Ónega formaba parte de su equipo fundador, lo que seguramente le llevó a pensar en la posibilidad de hacer un programa de radio con los mismos contenidos de un confidencial, es decir, información política, económica, social e institucional que por su naturaleza reservada solamente se sustentaba en fuentes de cierta confianza y que se ofrecía como un valor añadido a lo consabido de la actualidad.

Con estos ingredientes, La Trastienda, como colofón del programa, se convierte en su media hora de duración a partir de la medianoche en un atractivo polo de interés radiofónico para las llamadas élites políticas y económicas, y va a diario sumando oyentes de forma transversal. Ha resultado un programa de radio informativa, entretenido.

En el programa no hay debate, solo información, noticias contadas de otra manera, más natural y directa, sin afectación, en un tono distendido y amable. Enseguida se traslada al oyente la impresión de que en La Trastienda se podía escuchar lo que otros medios y programas desconocían o callaban por sus condicionantes políticos y económicos. Esa muestra de libre expresión e independencia iría más allá de los límites de la información que servían los periódicos, RNE y TVE (a la sazón, no había otras cadenas de radio y televisión que no fueran las públicas), lo que chocó de entrada con los intereses periodísticos y políticos del grupo que se hizo con el control de la Cadena SER, como después recordaré.

La fórmula, más adelante, fue complementándose también con comentarios y opiniones de los periodistas del programa, dando lugar a un incipiente debate: se sirve actualidad, comentada por periodistas que no solo aportaban su información, sino también su opinión sobre los temas del día.

Luis del Olmo advierte el creciente éxito de la fórmula e importa a la mañana el ya modelo de tertulia política nocturna, introduciéndolo en Protagonistas, que fue la primera tertulia matinal en la radio y que se convirtió definitivamente en un género radiofónico imprescindible en todas las cadenas.

Hoy, en efecto, todas las cadenas radiofónicas nacionales comparten la misma fórmula de información y debate, matinal y nocturno, con programas como el de Carlos Herrera en COPE, Pepa Bueno en la SER, Carlos Alsina en Onda Cero, Alfredo Menéndez en RNE o Federico Jiménez Losantos en Es Radio, junto a las restantes cadenas de coberturas autonómica o local, además de los programas nocturnos, Hora 25, La Linterna, La Brújula, La Noche de RNE, etc.

En sus comienzos, la tertulia de actualidad como género periodístico radiofónico, antes lo avancé, se enfrentó a las reservas e incluso rechazo de una parte de la prensa escrita cuyos gestores creyeron que tenían en exclusiva y en propiedad el libre ejercicio de la opinión. No concebían, desde una presunta ortodoxia del periodismo, que otro medio, que no fuera el escrito, mediante sus comentarios editoriales, artículos de opinión y columnas firmadas, difundiera comentarios y opiniones sobre los temas de actualidad. La exclusiva de la opinión y el análisis quedaría, pues, circunscrita a las páginas escritas de periódicos y semanarios. El hecho de que saltara a los programas de radio fue recibida por algunos de esos medios periodísticos, singularmente El País, como una suerte de aberración informativa incompatible con el ejercicio de una buena praxis periodística.

Prueba de ello es que, tras hacerse con el control de la ser la editora prisa, empresa de El País, suprimió de la programación La Trastienda. Después, al comprobarse la creciente audiencia y la consiguiente influencia social y política que la tertulia tenía en la competencia, la ser también apostó por el género, mañana y noche.

Se empieza a admitir que no hay diferencias de fondo entre el comentario escrito y el hablado.

Ahora nadie cuestiona que los periodistas ofrezcamos en formato de vídeo-comentarios nuestras opiniones en las ediciones online de las publicaciones. Por el contrario, cada vez son más los periodistas que utilizan esta forma de comunicar y de expresar su opinión ante el declive de la prensa escrita. Los mismos periodistas, economistas, médicos, ingenieros, juristas, politólogos, sociólogos, etc., que antes solo vertían sus comentarios en páginas de periódicos y revistas cabalgan ahora a lomos de las nuevas tecnologías que posibilitan ese formato con eficacia y absoluta normalidad.

Bien es cierto que en el rechazo de prisa, tras su entrada en la ser, a una radio con tertulias de opinión, también estuvo abonado por causas políticas, los derroteros críticos de Hora 25 y La Trastienda hacia el gobierno de Felipe González. La ser había sido, hasta ese cambio accionarial de la propiedad, una cadena de radio editorialmente centrada, con muy buenas relaciones con las fuerzas políticas y sindicales y un extraordinario grado de aceptación de todo el arco parlamentario a izquierda y derecha, excepción hecha de algunas reticencias de la Alianza Popular de Fraga. El control de la ser por parte de Prisa se tradujo en un cierto alineamiento con el psoe y un trato de favor recíproco que, con el tiempo, se evidenció con la adjudicación a la cadena de nuevas licencias de frecuencia de emisoras de radio y, más tarde, con el denominado antenicidio, la absorción por parte de la ser de las emisoras de Antena Tres Radio.

Fue un tiempo de confrontación entre medios que se endureció con el agravio que suponía para las demás cadenas de radio que la ser se llevara la parte del león en el reparto de las nuevas emisoras adjudicadas por las administraciones gobernadas por el psoe, cada vez que se abría y cerraba un concurso de nuevas licencias. Las cadenas que se sintieron perjudicadas utilizaron sus tertulias para arremeter contra el PSOE donde gobernaba, mientras la ser se erigía en muro de contención y defensa de sus políticas.

Pero si prescindimos de escaramuzas políticas, el hecho es que la tertulia política en la radio se convirtió durante estos años en género imprescindible de las parrillas de programación y pasó a ser un referente de los programas de actualidad, matinales, vespertinos y nocturnos. Más tarde, también de los programas deportivos.

Creo que la razón primera del éxito del hallazgo se encuentra en la primacía que el nuevo género otorga al hecho de la comunicación oral, esencia misma del medio. La radio seguirá evolucionando tecnológicamente, pero siempre reclamará la presencia insustituible de los comunicadores, locutores, periodistas, que tienen en el micrófono una suerte de cordón umbilical que les une a los oyentes.

Una tertulia de mujeres y hombres relacionados profesionalmente con los medios y con facilidad para llegar a los oyentes, gracias a sus dotes espontáneas de buenos comunicadores que cuentan las cosas con sencillez, naturalidad, honestidad y, de vez en cuando, sentido del humor, suele ser un acierto, un programa de éxito. Ahora, las tertulias forman parte de una radio coral, apoyada en las voces de distintos colaboradores que acompañan en el estudio de forma permanente al director-presentador. Y no hay grandes programas que no incluyan una tertulia de opinión y debate. Hasta los deportivos, una vez desaparecido el modelo del presentador-monologuista con el que triunfó José María García, han apostado por la radio coral que cuenta con la participación de voces diferentes de periodistas y técnicos del deporte, que debaten sobre la actualidad de su objeto.

LA TERTULIA EN TELEVISIÓN

Hasta 2005 la tertulia política diaria, mañana, tarde o noche, en los medios audiovisuales se había limitado a la radio. En televisión solo estaba presente en los programas informativos matinales de TVE, Telecinco, Antena 3 y las televisiones autonómicas.

Antes de la aparición de El Gato al Agua en Intereconomía TV en octubre de 2005 no existía en televisión un programa nocturno diario de lunes a viernes, en prime time, de debate y análisis de la actualidad política y económica del día. En efecto, salvo error, El Gato al Agua es el primer programa de tertulia política social y económica de la televisión española con estas características.

Interconomía tv tenía pocos recursos económicos y emitía en un canal de pago por visión dentro de la plataforma Vía Digital y Canal Satélite Digital y en un sistema de televisión cerrado a la gran audiencia. No es de extrañar que el día que empezamos, nada más dar las buenas noches, preguntara con ironía: «¿Hay alguien ahí viéndonos?». Dudaba y mucho sobre la atención que pudiéramos despertar en una plataforma donde compartíamos espacio con decenas de canales de cine, deportes y entretenimiento en general.

En Intereconomía había que conseguir programas de muy bajo presupuesto que llenaran la parrilla de la mañana a la noche. Y un programa informativo sustentado por cuatro o cinco colaboradores tertulianos era (y es) económico y, con el tiempo, rentable. Se trataba, pues, de analizar y comentar la actualidad del día con mordiente y abrir el programa a la participación de los espectadores mediante sus votos a favor del tertuliano que merecía llevarse el «Gato al Agua» por el acierto de sus comentarios.

La forma de interactuar con los espectadores mediante los votos enviados al «gatómetro» se complementó con la posibilidad de que esos mismos espectadores vieran sus comentarios y opiniones reflejados en la pantalla durante la emisión del programa y en paralelo a las intervenciones de los invitados. El programa permitía que sus espectadores se implicaran directamente en el contenido, interactuando con sus opiniones y sugerencias.

La fórmula consiguió fidelizar cada día que pasaba a más seguidores a los que llamamos «gatoadictos» y de paso ayudó al presupuesto del programa con los ingresos que dejaban los mensajes, al principio por decenas; después, cientos y, en apenas unos meses, varios miles entre llamadas al gatómetro y envíos de sms a la pantalla.

El programa, a pesar de emitirse en plataformas de pago, fue adquiriendo notoriedad en el ámbito político y su audiencia iba creciendo día a día. Pero su irrupción como programa de referencia de tertulia y debate político diario hasta alcanzar una repercusión mediática y social notable en los últimos años de la segunda legislatura de Zapatero, tuvo lugar con el paso en octubre de 2008 de Intereconomía TV a un canal nacional de TDT y en abierto. Desde luego, el programa tenía más repercusión social y política que audiencia le daba el organismo de medición.

El caso es que tres años después de ponerse en antena, El Gato al Agua había creado un precedente en la televisión y era seguido por varios cientos de miles de gatoadictos que se identificaban con las opiniones y línea editorial del programa. Espectadores que habitualmente se iban a la cama a escuchar los programas informativos de la radio tras consumir un tiempo de televisión lo prolongaron viendo lo que antes solo escuchaban en sus receptores de radio.

La iniciativa se afianza además en un contexto político de crispación. La legislatura de Aznar de entre 2000-2004, con calamidades como el naufragio del Prestige y, sobre todo, la guerra de Iraq reabren las trincheras periodísticas que se cavaron en la última legislatura de Felipe González con las guerras mediáticas antes recordadas, con enfrentamientos entre medios y cruces de acusaciones entre adversarios periodísticos y políticos que pasaban por alto el dicho de que «entre bomberos no se pisa la manguera». Los figurados perros de la prensa se alimentaban con la carne de su especie y además suministraban suficientes raciones como para saciar de paso el hambre de lectores y oyentes perfectamente integrados ideológica y políticamente en las trincheras de sus medios afectos.

La tensión periodística fue creciente durante la última parte de la segunda legislatura de Aznar y se incrementó notablemente con el terrible atentado del 11-M y las elecciones generales del 14-M de 2004, tres días después.

A partir de ese punto de inflexión que marca la matanza terrorista de los trenes y su influencia en el resultado de las urnas del 14-M se inaugura, dentro y fuera de los medios, un tiempo de tensión política y social añadida que se refleja sobre todo en los debates de las tertulias políticas, radiofónica y de televisión, donde se viven momentos de agresividad dialéctica extrema y situaciones de enfrentamientos entre periodistas y también con políticos, enzarzados en discusiones cuya medida sonora arrojará muchos decibelios, lo que, ¿paradójicamente?, da espectáculo y por tanto incrementa las audiencias.

A más bronca y ruido, más audiencia. Una moraleja nada edificante que convierte a algunos de esos debates políticos en una copia de los llamados programas basura. Pero en realidad lo que pasaba en los platós y en los estudios de radio no era sino un reflejo de lo que se vivía en la calle, en charlas de café, en la barra de un bar e incluso dentro de las familias. Es en este contexto cuando, mediada la primera legislatura de Rodríguez Zapatero, arranca El Gato al Agua que inevitablemente también se contagia en algunas ocasiones de esa tensión del momento político.

El programa toma posición claramente frente al gobierno de Zapatero y ahí, creo, radicó su creciente éxito de audiencia. Mientras desde algunos sectores políticos y mediáticos se cuestionaba el papel que estaba haciendo el PP en la oposición y sobre todo la labor de Mariano Rajoy a quien se tildaba de blando, dubitativo, ambiguo o acomplejado, una parte de votantes peperos, importante en números absolutos, encontró en algunos medios, radio y televisión, y en algunos de sus programas de tertulia política y debate, las satisfacciones políticas que no les daba el partido. A los medios y programas críticos con el gobierno de Mariano Rajoy y su partido, se dirigían los espectadores pidiendo más caña, expresión que, sin ir más lejos, tenían que oír con insistencia los colaboradores de El Gato al Agua.

Desde el punto de vista editorial, daba la impresión de llenar un vacío existente en la televisión al apostar claramente por una línea crítica contra el gobierno que en algunos temas daba sobrados motivos para la crítica, solo o en compañía de sus socios más de izquierdas o del nacionalismo excluyente e independentista.

Por otra parte, el PP era entonces la única oposición política a un gobierno que en general no tenía en contra a los medios y menos a la televisión, cuyos informativos no se distinguían por ser especialmente críticos con algunas de sus políticas más controvertidas, como las económicas.

La mezcla de periodistas y personajes directa o indirectamente relacionados con la política, la economía o el derecho fue valorada positivamente por sus espectadores. Los «de fuera» aportaron novedad a un programa que sirvió además de banco de pruebas y trampolín de lanzamiento de algunos políticos que se fajaron ante las cámaras. Pasaron ministros del primer gobierno de Rajoy (José Manuel García Margallo, Miguel Arias Cañete, José Manuel So-ria, José Ignacio Wert), altos cargos de la administración, como Elvira Rodríguez, presidenta de la cnmv durante la primera legislatura de Rajoy, jóvenes políticos desconocidos o poco conocidos para el gran público, que están en la cúpula de su partido, como Pablo Casado, o lideraron el suyo (es el caso de Pedro Sánchez) o siguen al frente de sus formaciones políticas, como Pablo Iglesias y Albert Ribera.

El líder de Podemos tenía muy clara la trascendencia del fenómeno cuando justificó su presencia constante en los programas de tertulia política, incluido El Gato al Agua cuya línea editorial estaba en los antípodas de sus postulados. Decía: «Empezamos a asumir que el terreno audiovisual era lo que configuraba los espacios de socialización política más importantes y que entre ellos destacaban las tertulias políticas como productores de argumentarios. Siempre digo que la gente no milita en los partidos políticos, la gente milita en los medios de comunicación. Una persona es de La Razón o de El País, de la COPE o de la SER». El rédito electoral de esta postura ha sido evidente.

Sé que el hecho de que el programa reuniera en su estudio a periodistas junto a políticos y profesionales de otras disciplinas suscitaba también controversia entre quienes opinaban y opinan que solo los periodistas somos imprescindibles como analistas políticos de la actualidad y quienes tenemos el privilegio de orientar la formación de la opinión pública. Creo, sin embargo, que esta fórmula facilita toda la pluralidad que la línea editorial del medio quiera imprimirle y puede concitar presencias y voces que aporten fuste, diversidad e interés al debate, con tal de evitar, eso sí, la búsqueda obsesiva del espectáculo sin más y, por tanto, la presencia de personajes estrafalarios (los frikis) con el único fin de sumar audiencia a toda costa. Una combativa monja opinando sobre lo divino y lo humano o un presidente autonómico campechano dictando lecciones de economía desde una pizarra pueden resultar ejemplos simpáticos o pintorescos, pero no debería ser el recurso al que echar mano con regularidad para incrementar la audiencia de un programa de debate político.

Al Rojo Vivo, cuyo nombre sugiere sin equívocos cuál es la línea editorial del programa, fue la respuesta editorial que desde la orilla contraria a la de El Gato al Agua buscó la Sexta. Un programa de puesta en escena parecida a la de Intereconomía TV, con un presupuesto infinitamente mayor que le permitía barajar todas las posibilidades periodísticas del medio, con conexiones y enlaces permanentes y con una línea editorial totalmente opuesta, favorable, por tanto, al gobierno de Rodríguez Zapatero. Curiosamente, el programa no adquiere la audiencia y notoriedad que después ha alcanzado hasta la salida de Zapatero de la Moncloa y la llegada de Rajoy a la Presidencia. Desde la llegada del ppal gobierno en 2012, en Las Mañanas de Cuatro y en Al Rojo Vivo se sigue mutatis mutandis, respecto del PP y el gobierno de Rajoy, la misma estrategia crítica que desde El Gato al Agua se ejerció contra Zapatero y el psoe. Y con los mismos buenos resultados en términos de audiencia. Se ve que a este tipo de programas le sienta bien estar en la oposición mediática.

Una apostilla. Mientras en estos programas de Cuatro y la Sexta cuentan, como no debe ser de otra forma, con la presencia habitual de ministros y dirigentes del PP, nacionales y autonómicos, cada vez que se les invita y a pesar de las posiciones editoriales de estos medios, muy críticas contra el PP, en El Gato al Agua e incluso ahora en El Cascabel, sin embargo, no contamos con esa misma receptividad por parte de los dirigentes de los partidos alineados en la izquierda parlamentaria, pese a las insistentes y reiteradas invitaciones que les hacemos. Por consiguiente, sería injusto achacar al medio o al programa que así abre las puertas de su plató una menor diversidad de voces desde el punto de vista político, lo que solo debería atribuirse al sectarismo de quienes se niegan a comparecer en entrevistas y dar su opinión. Personalmente, soy de los que creen observar que algunos políticos de la izquierda se atribuyen una anacrónica legitimidad democrática que no conceden sin reticencia a la derecha.

Algo parecido se da en nuestra profesión periodística cuando se atribuye a los postulados de izquierdas el patrimonio de la honestidad y de la objetividad. Desde ese supuesto se «reparten» carnés de ética periodística a unos, mientras se desprecia y reprocha la labor de otros por ejercer la profesión en medios editorialmente próximos al centro-derecha político. Una tentación que antes se prolongaba y advertía con más insistencia en RTVE.

Me gustaría que nos preguntáramos: ¿acaso son más libres, independientes y honestos los periodistas que trabajaban o trabajan en la radio y televisión pública cuando gobernaba o gobierna el psoeque cuando lo hacía o hace el pp? ¿Acaso eran o son más plurales las tertulias políticas de los medios públicos cuando gobernaba o gobierna la izquierda que cuando lo hace la derecha?

Lo mismo con algunas televisiones autonómicas. Mientras que Canal Sur, eternamente dependiente de los presupuestos de un gobierno socialista, apenas ha sido cuestionada en su quehacer informativo, la extinta Canal Nou y la anterior Telemadrid han sido objeto permanentemente de fuego cruzado por partidistas y afectos al pp. No seré yo quien niegue excesos aquí o allá, pero insto a realizar un balance comparativo. En Canal Sur se llegaron a producir condenas de la Junta Electoral durante alguna campaña por no respetar la neutralidad informativa. Sin embargo, no llegó la sangre al río.

Salimos del excurso. Es obvio que el interés que suscita en los espectadores y la influencia en la opinión pública del género depende mucho del momento y de la situación política del país. A más incertidumbre y expectación, más demanda de información y de opinión y, por tanto, más interés en el seguimiento de estos programas y más audiencia.

En España, políticamente hemos pasado de un estado de expectativa y marejada permanente a otro de calma chicha, donde el Ejecutivo debe aprender que gobernar en minoría significa hacer de la necesidad virtud de manera permanente, pedir perdón sin complejo alguno y adelantarse a comparecer y dar explicaciones en el Parlamento cada vez que la oportunidad lo requiera.

Las tertulias políticas en televisión se han convertido en gran medida en el fiel reflejo de esa situación, lo cual está permitiendo que el debate sea más reflexivo, más sosegado, y sinceramente pienso que los comentarios y opiniones de los invitados también son más honestos.

Es cierto que han bajado un poco las audiencias de las tertulias, en general, por esa falta de pulsión política, pero los programas de opinión y análisis siguen teniendo suficientes espectadores como para garantizar su continuidad, al menos en las televisiones temáticas y de presupuestos muy ajustados que necesitan producciones baratas.

Al igual que en la radio nadie cuestiona ya la continuidad de sus tertulias matinales, vespertinas o nocturnas, en televisión, por ahora, ninguna cadena se plantea cambiar

o suprimir sus tertulias de la mañana, del mediodía o de la noche. Una de las razones de peso, al margen de las audiencias, es, como he dicho, su coste de producción: son baratas. El Cascabel, por ejemplo, tiene un coste diario de unos 3.000 euros, lo cual, comparado con el presupuesto de un capítulo de cualquier programa de entretenimiento o de ficción en prime time nos saca de dudas al respecto. Programas como Master Chef, La que se avecinao Tu cara me suena se mueven en horquillas que van de los 500.000 a 700.000 euros por capítulo.

Pero hay otra razón de peso: los editores saben de la influencia y notoriedad que, a pesar de los pesares, los programas de debate político televisivo, las tertulias, siguen teniendo en la opinión pública, del gobierno y de la oposición.

No sé cuánto de azar y cuánto de necesidad habrá en el surgimiento de esta instancia para la creación de opinión pública que es la tertulia televisiva. Lo que he ofrecido es mi testimonio del nacimiento, crecimiento y avatares del género en la reciente historia de España.

Prensa digital

PERIÓDICOS DIGITALES. ¿PRESENTE O FUTURO?

El periodismo digital es presente, en constante evolución tecnológica, pero presente. Lo mismo que las nuevas tecnologías ya no son nuevas: son solo tecnologías que quedan superadas casi en el mismo momento en que se ponen en funcionamiento.

Más pronto que tarde desaparecerá la distinción entre periodismo digital y periodismo en papel. Se hablará simplemente de periodismo, aunque se materialice en distintos soportes. Hablar de periodismo es hablar de periodistas, de investigadores, de contadores de historia. Sin ellos no hay periodismo de una u otra clase, no hay nada.

Se trata, pues, de soportes. Bien es verdad que las infinitas posibilidades que ofrece la tecnología, y de las que el periodismo digital es beneficiario, han afectado también al concepto e incluso a la práctica de la profesión periodística. No es que desaparecieran las máquinas de escribir o los teletipos y que todo se base en soportes informáticos. Eso es lo menos relevante. Lo de verdad trascendente es que el periodismo digital permite interactuar, y en tiempo real, a los lectores. Estos ya no son sujetos pasivos de la información que reciben sino que ya son parte sustancial, a través de sus comentarios, de la propia información.

El periodismo digital ha hecho que la información fluya en la doble dirección y esto alumbra una forma distinta de entender el periodismo, que lo ha cambiado para siempre. Lo de los soportes es muy importante, pero lo decisivo de verdad es, como digo, que los lectores ya no serán nunca más sujetos pasivos de la información, sino actores.

Esta es la nueva modalidad de periodismo, fruto del desarrollo de las nuevas tecnologías antes mencionadas que emergieron especialmente a finales del siglo pasado. Los medios de comunicación social, radio, televisión, prensa

o cine, se adaptaron rápidamente al nuevo modelo, de tal forma que todo lo que leemos, vemos u oímos estaba ya antes en Internet, donde el usuario, además, elige el momento. Por eso, se ha dicho que esto matará aquello como se dijo en el siglo XIX que la fotografía acabaría con la pintura, o la televisión con el cine.

Frente a ese horizonte agorero yo me incluyo entre los que piensan que el hecho comunicativo del periodismo saldrá reforzado. Serán precisamente las enormes posibilidades que abren los nuevos soportes los que mejoren y multipliquen el ejercicio periodístico.

Aunque, hablando claro, hasta hoy se haya aprovechado la revolución tecnológica para pasar por la criba a los profesionales, empeorar sus condiciones laborales, exigiéndoles urgencia en detrimento de calidad e implicándolos en la búsqueda de financiación para el sostenimiento del medio.

INTERNET. ¿SOPORTE O MEDIO?

Reconozcamos que los medios convencionales siempre abrieron ventanas para escuchar a los lectores o a los oyentes. Pero ahora es otra cosa. Internet ofrece de manera instantánea múltiples canales de conversación, foros y otros sistemas donde el usuario puede manipular la información de manera casi libre. Con lo cual la red adquiere vida propia pasando de ser un mero soporte a un medio que genera información (o desinformación) por sí mismo.

Hasta hace muy poco, un periódico era entendido como una edición en papel impreso distribuida en las calles por centenares de vendedores. La edición en una pantalla de ordenador, o de teléfono móvil, conectado a una red global no ha sido fácil de aceptar por todos. El tránsito no ha sido pacífico, ha obligado a superar viejos conceptos y ha puesto en crisis severa el modelo industrial del periodismo tradicional, así como sus fuentes de financiación. La publicidad, por ejemplo, es un factor claramente diferencial cuya nueva fórmula de explotación comercial todavía está sin resolver. El periódico digital permite conocer en tiempo real al anunciante, cuántas visitas ha tenido su anuncio y cuántos han adquirido el producto, a través de qué terminal, a qué hora. Así como el perfil personal del comprador. Es una revolución de consecuencias todavía no previsibles.

El periódico digital se muestra imbatible en la inmediatez y la capacidad de incorporar instantáneamente la actualidad. Cuando sucedía un hecho extraordinario, los periódicos sacaban ediciones extraordinarias para no esperar al día siguiente. Hoy la actualidad se incorpora a cualquier hora y desde cualquier lugar. Basta con que el periodista tenga una conexión a Internet. Ya nadie esperamos a mañana para conocer lo que ha pasado hoy. Sí, en cambio, podemos esperar a que alguien nos explique y nos ayude a entender la actualidad, no a conocer la actualidad misma. Para el análisis riguroso, sosegado y reflexivo, para ayudarnos a comprender, puede ser que muchos prefieran, también en el futuro, el periódico convencional, la revista en papel. Todavía no podemos saber cuántos serán.

En fin, la revolución digital introduce un nuevo soporte que conmociona la empresa periodística. Por otra parte, Internet da lugar también a un nuevo competidor, la comunicación interactiva. No podemos conocer aún el final de esta revolución. Pero sí podemos estar seguros de una cosa: el periodismo seguirá existiendo mientras haya buenos periodistas.