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Antonio Fontán, «Prensa, democracia y libertad»

Antonio Fontán tuvo la capacidad de saber conjugar en su vida profesional la actividad periodística, la académica y la política. Sin embargo, de primeras, es conocido por su trabajo como director del diario Madrid y por la impronta que ese periódico dejó en el quinquenio de su etapa, conocida como «independiente».

Hay que señalar que su carácter en estas actividades periodísticas tomó cuerpo en las publicaciones que creó y dirigió, además de las distintas colaboraciones que aparecieron en variados medios.

Fontán (Sevilla, 1923), filólogo clásico de formación, catedrático de Latín, miembro del consejo privado de don Juan y de la comisión que velaba por los estudios del entonces príncipe Juan Carlos, primer presidente del Senado en la legislatura constituyente, fue también director del diario Madrid en su etapa conocida como «independiente» (1966-1971), fundador de Nuestro Tiempo y Nueva Revista, responsable de la puesta en marcha del Instituto de Periodismo de la Facultad de Navarra.

Prensa, democracia y libertad pone el punto final a un trabajo que don Antonio comenzó y que no pudo concluir: la recopilación de sus textos sobre el periodismo, los medios y su experiencia profesional. Eduardo Fernández, discípulo y colaborador de Fontán, profesor de la Universidad Autónoma de México, editor junto con Antonio Fontán Meana de la biografía de don Antonio sobre Cicerón (2016), ha terminado este trabajo que, como explica en la nota introductoria, «recoge el fundamento y esencia de todo su pensamiento sobre la prensa, la libertad de expresión y la misión del periodista».

Se trata de una recopilación de casi cuarenta artículos y conferencias que giran alrededor del periodismo y que, con acierto, se divide en cuatro apartados o capítulos: «La prensa y la misión del periodista», «El diario Madrid y mi experiencia como director», «La Transición: de la ley de prensa a la libertad» y «Algunas noticias sobre Antonio Fontán». Las tres primeras secciones son textos de Fontán y la última recoge testimonios aparecidos en prensa con motivo de su muerte, no es una retahíla de obituarios. También hay que añadir un prólogo firmado por Javier Fernández del Moral, la nota introductoria de Fernández y la presentación de don Antonio, que fue publicada con motivo del reconocimiento como uno de los héroes de la libertad de prensa del International Press Institute.

¿Qué se pretende con la publicación de este libro? Transmitir al lector los valores que la prensa —el periodismo— tenían para Fontán y, de alguna manera, tratar de devolver esta profesión al lugar que le corresponde, debido a la innegable relación que guarda con lo que se señala en el título: prensa, democracia y libertad. Además, a través de los textos, se argumenta la importancia que la formación específica de los periodistas tiene para que estos profesionales desempeñen su trabajo cumpliendo con la función que la sociedad les ha encomendado: informar de los hechos y, desde su perspectiva, interpretar los hechos a la audiencia.

Hay que tener en cuenta que los primeros textos recogidos en Prensa, democracia y libertad datan de comienzos de la década de los cincuenta del siglo pasado y los últimos son de comienzos de este, lo que justifica que no se nombre a los medios digitales y las redes sociales, o las pocas menciones que se hacen a la televisión. Pero, por otra parte, contiene dos historias (sí, historias): la creación y puesta en marcha del Instituto de Periodismo de Navarra, que sería la primera facultad en nuestro país, y la aventura del diario Madrid, en los años en los que Fontán fue director. Las dos recogen muy bien lo que podría considerarse como fundamentos de la manera de hacer periodismo del autor: la formación de los profesionales, la importancia del equipo de redacción y su relación con la empresa y el gobierno, la pluralidad ideológica, la búsqueda de la verdad, la función para con la sociedad del periodista y la opinión pública, la responsabilidad del director sobre lo publicado,…

En resumen, Prensa, democracia y libertad desvela al lector la concepción y el modo de hacer periodismo de Fontán, pese a que a priori parezca que los contenidos no se adaptan a las necesidades de los medios actuales y a las demandas del público. Se puede abstraer una base que sigue hoy vigente, como la importancia de que los periodistas realicen un buen trabajo debido a su responsabilidad con la sociedad, o la independencia que necesitan los medios —frente a las presiones del poder político y los anunciantes— para que exista una verdadera libertad de prensa a través de esta página de la historia del periodismo español que sin duda será objeto de estudio para gran parte de las Facultades de Comunicación.

El dudoso encanto de la abstracción

Nos recuerda Pankaj Mishra en La edad de la ira, recién publicado en nuestro país, que ya Tocqueville advertía allá por el siglo XVIII cómo el lenguaje de la política había adoptado rasgos del lenguaje literario: expresiones generales, términos abstractos, palabras pretenciosas. Y no es casualidad que eso sucediera durante las décadas anteriores a la Revolución Francesa, que son también aquellas en que empiezan a forjarse los proyectos nacionales -o de nacionalización- que acompañan el tránsito del absolutismo al Estado liberal. Por eso el propio Mishra se refiere a Giuseppe Mazzini, ideólogo mayor de la tardía nación italiana, como a un artista político cuyo éxito depende del efecto encantador de palabras como pueblo, república o acción: términos que reclaman sumisión antes que intelección.

Pues bien, se diría que desde entonces ese fenómeno se ha intensificado en lugar de debilitarse, como las recientes elecciones francesas han venido a demostrar. Si se piensa en las estrategias retóricas de los distintos candidatos, observaremos que todos ellos emplean un lenguaje estilizado y abstracto que se organiza alrededor de la idea del cambio futuro y de construcciones retóricas tales como el pueblo o la nación. Naturalmente, los mecanismos de la competencia electoral ayudan a explicar la escalada conceptual que tiene lugar cuando distintos partidos luchan por llamar la atención de los electores, elevando su voz por encima de la de sus rivales. Cobra así forma un lenguaje hiperbólico, de tonalidades religiosas, tajante en sus afirmaciones -tanto en las peyorativas como en las meliorativas- y alejado de cualquier concreción. La discusión acerca de los medios que pudieran conducirnos a esa nueva realidad -y no digamos los detalles de las políticas públicas correspondientes- quedan en manos de los especialistas. A fin de cuentas, concretar es dividir: si Henry James dejó dicho aquello de que quien relata un sueño en una novela pierde un lector, en la contienda partidista de la era postcrisis el que detalla una medida se deja varios votantes por el camino.

Los mecanismos de la competencia ayudan a explicar la escalada conceptual que tiene lugar cuando distintos partidos luchan por llamar la atención

De manera que son las figuras de los candidatos y el empleo taumatúrgico de unas cuantas palabras mágicas las que dominan el escenario electoral. Sabido es, como nos enseñó Niklas Luhmann, que el lenguaje político es binario: la esperanza abstracta de cambio solo puede ser derrotada por el miedo al cambio. Y a veces, ni eso: ni uno solo de los candidatos franceses ha defendido la continuidad del hollandismo, aunque Macron provenga de él y el miedo al lepenismo sea parte importante de su estrategia. Todos ellos, pues, hablan de un cambio radical que termina pareciéndose a la parusía cristiana, un acontecimiento transformador ligado necesariamente a la persona que lo propone. Es asombroso que funcione a estas alturas, pero funciona; y funciona, en parte, porque la democracia misma se asienta en última instancia en esa oferta: la oferta de una alternativa que supone un mejoramiento. Allí donde ese mejoramiento no puede garantizarse, porque el juego de alternativas es reducido, el lenguaje se estiliza para designar un cambio abstracto de contenido simbólico y emocional. No basta entonces con corregir Francia ni con mejorarla en aspectos concretos: se promete una nueva Francia, otra Francia, la superación histórica de la Francia contemporánea. El contraste con la verdadera política, mezcla de negociación y compromiso, es grotesco.

Tal como he tratado de exponer con detalle en otro lugar, este fenómeno tiene también mucho que ver con la naturaleza de los conceptos políticos y nuestra recepción de los mismos. Cuando entramos en contacto con algún aspecto de la realidad política, haremos una rápida evaluación emocional del significante en cuestión, atribuyéndole un significado u otro según cuál sea nuestra ubicación ideológica, posición social o identidad personal. Términos como igualdad, justicia, libertad o democracia no significan lo mismo para todos los actores sociales. Pero si no entramos a especificar su contenido, por ejemplo separando a la democracia representativa de la directa, esas palabras seguirán poseyendo una resonancia emocional propia. En ese contexto, se diría que tendrán más fuerza aquellos términos que evocan una transformación del status quo, al menos a ojos de una mayoría descontenta: revolución o movimiento suenan mejor que reforma o partido. Se da así la paradójica circunstancia de que la democracia incuba dentro de sí misma los resortes para su propio socavamiento, al verse dificultada la discución racional sobre los problemas que está llamada a resolver. Prima así la dimensión redentora de la democracia, en palabras de Margaret Canovan, sobre su dimensión administrativa. Si esa dinámica se circunscribiera a las campañas electorales, no sería preocupante. Pero la progresiva instauración de eso que se ha llamado campaña electoral permanente amenaza con deteriorar el funcionamiento de las democracias liberales. Y esto cuenta, ya que como nos ha enseñado Víctor Lapuente, el modo en que una sociedad debate sus problemas forma parte de la solución -o falta de ella- a esos problemas. Salta a la vista que lo mismo puede decirse de cualquier otra democracia electoral: en todas ellas, la verdadera contienda enfrenta a las abstracciones con la realidad, que tiene la fea costumbre de guardarse siempre la última palabra. Así lo estamos comprobando con la presidencia de Donald Trump, que ha preferido abrazar el realismo antes que cumplir sus promesas electorales, y de muy distinta forma en Venezuela, donde la brecha entre el discurso metafórico y las condiciones reales de la existencia no puede ser más doloroso. El insidioso virus de la representación imaginaria afecta también a los votantes de extrema izquierda -franceses o que opinan sobre los franceses- que no saben elegir entre Le Pen y Macron o, más claramente, apuestan por una victoria de Le Pen que ponga patas arriba el sistema y permita crear las condiciones objetivas para la destrucción del capitalismo. Actitud sin duda infantil, que parece ignorar las dolorosas lecciones del siglo XX, es sin embargo también reveladora de una cognición saturada de ficciones e incapaz de distinguir entre el inmaculado orden de las figuraciones mentales (en este caso, la proyección de un colapso sistémico que conduce mágicamente a una sociedad socialista) y la caótica naturaleza de las realidades sociales (no digamos una realidad colapsada como la que aquí se anhela). Una posible novela es así convertida en preferencia electoral.

Términos como igualdad, justicia, libertad o democracia no significan lo mismo para todos los actores sociales

Sobre todo, la aspiración sistemática al cambio redentor genera expectativas irrazonables sobre aquello que la política pueda lograr, que aquí podría traducirse como una milagrosa transubstanciación de empleos y salarios sin perjuicio para los intereses de ningún grupo social. De alguna manera, gobernar es perder: demostrar que las proclamas abstractas sobre el cambio social no sirven para producir cambio social. Por este camino, el mismo ciudadano que ha sucumbido a la seducción de la metáfora ve aún más reducida su confianza en la clase política. No sabemos, por ejemplo, cuánto debe Marine Le Pen a las rectificaciones de un Hollande que llegó al poder prometiendo gravar a las grandes fortunas con un tipo impositivo del 75%. Se da aquí una curiosa ironía. Aunque podemos ver en este lenguaje escatológico de redención un residuo de la vieja promesa religiosa, cuya estructura de creencias habría sido secularizada con el paso a la modernidad, la recompensa ultraterrena no podía reclamarse en ninguna parte: había que morirse para comprobar su veracidad. Si de promesas políticas seculares hablamos, en cambio, el producto ha de ser entregado en el plazo de pocos años y en este mundo. De no ser el caso, el creyente se vuelve contra el predicador. El problema es que a menudo elige a un predicador distinto: todavía no se conoce al cuerpo electoral que prefiera la realidad a las ilusiones.

Majestad y ornato en los escenarios del Rey Ilustrado.

En la madrugada del 20 de enero de 1716 nacía en el Real Alcázar de Madrid un nuevo infante de España, bautizado con los nombres de Carlos Sebastián. Como tercer hijo de Felipe V, el niño no parecía destinado a regir los destinos de grandes territorios. Sin embargo, como primogénito de Isabel de Farnesio, segunda esposa del monarca, don Carlos llegaría a ser duque de Parma y Piacenza entre 1731 y 1735, como Carlos I, y rey de Nápoles y Sicilia de 1734 a 1759, como Carlos VII y V, respectivamente. A la muerte sin descendencia de su hermano Fernando VI se vio obligado a abandonar sus queridas tierras napolitanas para ser proclamado rey de España.

Carlos III, rey de España y de las Indias de Antón Raphael Mengs, 1765

En el ánimo del nuevo rey debía pesar de manera notable el espíritu de legitimidad dinástica tan arraigado en su padre y que quedó plasmado con vocación de eternidad cuando el lunes de Pascua de 1738 se colocó la primera piedra del nuevo Palacio Real de Madrid con una inscripción que rezaba «Aedes Maurorum / Quas Henricus IIII Composuit / Carolus V amplificavit / et / Philipus III ornavit / Ignis Consumpsit Octavo Kal. Janvari / MDCCXXXIIII / Tandem / Philipus V Spectandas restitutit / Aeternitati / Anno MDCCXXXVIII», aseverando al primer Borbón como el legítimo heredero de Enrique IV a Felipe III, pasando, como no podía ser de otra manera, por Carlos V, el emperador.

Ese espíritu legitimista quedó plasmado de manera relevante en dicho Palacio Real con algunas de las decoraciones de mayor empeño llevadas a buen puerto por Carlos III, resultando, a un tiempo, la prueba palpable de la majestad. La exposición organizada por Patrimonio Nacional pretende ser precisamente un reflejo de esa expresión de majestad.

La exposición organizada por Patrimonio Nacional pretende ser precisamente un reflejo de esa expresión de majestad

Uno de los monarcas más relevante de nuestra historia, don Carlos, destacó también como bienhechor de las artes en España, ejerciendo con sabia decisión gracias a la esmerada educación recibida en la corte madrileña y a su vasta experiencia italiana, donde puso en práctica la modernización del Reino de Nápoles, la construcción y renovación de los palacios de aquellos dominios, la creación de la Real Fábrica de Porcelana de Capodimonte y el patrocinio de las excavaciones de las ciudades de Pompeya, Herculano y Estabia.

La muestra introduce al espectador en el ambiente cortesano español haciendo una presentación de los reales sitios que encontró el rey a su llegada a Madrid por medio de varios lienzos del italiano Antonio Joli (Módena, 1700-Nápoles, 1777) y una obra del parisino Michel-Ange Houasse (París, 1680-Arpajon, 1730). El Palacio Real del Buen Retiro, en el que tuvo que alojarse el rey a su llegada a Madrid, es apreciable en el horizonte de la Vista de la calle de Alcalá; el Palacio y Real Sitio de Aranjuez, con la cercanía del Tajo donde tenían lugar las fiestas acuáticas; el grandioso y emblemático monasterio de El Escorial; el imperial Palacio Real de El Pardo y, como no, el nuevo Palacio Real de Madrid, cuya construcción y primigenia decoración se culminaría durante su reinado. Palacios y Reales Sitios en los que intervino de forma notable para adecuarlos tanto a su idea de Estado como a las necesidades de la corte y en los que pasaría una gran parte del año al establecer el calendario fijo de jornadas (tiempos que los reyes residían en cada Sitio Real), para pasar en Madrid unas escasas ocho semanas. A pesar de este breve uso del nuevo alcázar, la sede de la Monarquía Hispánica continuaría siendo el palacio madrileño y, como tal, el edificio más emblemático.

 

 

En gran medida impulsor del Neoclasicismo, Carlos III acudió para alhajar de pintura su nueva casa al último y más afamado pintor del Barroco europeo, Giambattista Tiepolo (Venecia, 1696-Madrid, 1770), y al pintor y gran tratadista del Neoclasicismo, Anton Raphael Mengs (Aussig, 1728-Roma, 1779). Esta dualidad —aparentemente contradictoria— en la elección de dos artistas tan dispares, podría explicarse por la imagen que el monarca pretendía dar de la majestad. La magnificencia barroca para los espacios de un marcado espíritu tradicional, legitimista y de representación puesta de manifiesto en lugares como el Salón del Trono o la Cámara del Rey, y el lenguaje artístico más moderno para aquellos espacios en los que habrían de desarrollarse las obligaciones diarias del regidor de los destinos del por entonces aún vasto imperio español y, especialmente, su vida más íntima a la que pocos tenían acceso.

La pintura mural, repartida durante el reinado entre Tiepolo y Mengs, sin olvidar a Corrado Giaquinto (Molfeta, 1703-Nápoles, 1766) que continuó pintando en Palacio hasta la conclusión de su último fresco madrileño, fue ampliando su espectro de artistas con los españoles Francisco Bayeu (Zaragoza, 1734-Madrid, 1795) y Mariano Salvador Maella (Valencia, 1739-Madrid, 1819). Presentes los neoclásicos en la exposición por medio de bocetos y dibujos preparatorios, Tiepolo lo está a través de su hijo Lorenzo (Venecia, 1736-Somosaguas, 1766) con el bellísimo conjunto de doce pasteles de Tipos populares, que no se veían juntos desde 1946. Su prácticamente perfecto estado de conservación y su hermosa sutileza compositiva y de ejecución, hacen de la estancia donde se exhiben una de las más armónicas y atractivas de la muestra, ofreciendo el aspecto delicado de gabinete pictórico, tan de moda en la segunda mitad del XVIII, en el que las miradas cristalinas y las personalidades de los personajes atrapan al espectador desde que entra por la puerta y parecen no querer dejarle marchar.

Uno de los programas decorativos que mejor reflejan el gusto por el neoclasicismo del monarca fue el desarrollado entre 1762 y 1772 en el vestido invernal de su dormitorio en el palacio madrileño. En cuanto a la pintura, toda de la genial mano de Mengs, al magnífico ciclo pasionista, de cuatro lienzos para sobrepuertas y dos tablas, se han sumado en esta exposición las otras cuatro obras que adornaron la estancia más privada del monarca. Dos de las cuales eran llevadas a los diferentes Sitios Reales durante las jornadas, al tratarse de cuadros de devoción personal y querer el rey tenerlas siempre cerca de su lecho, estuviera este donde estuviera. El conjunto pictórico se reúne por primera vez desde la Guerra de Independencia, pues precisamente estas cuatro pinturas más pequeñas formaron parte del equipaje del rey José, pasando tres a la colección del duque de Wellington y la cuarta a manos privadas hasta que fue adquirida por Patrimonio Nacional hace diez años. Junto a la pintura, completaba el vestido de la estancia una serie de tapices, igualmente neoclásicos, de la Real Fábrica de Madrid, basados en cartones de Guillermo Anglois (Saboya, h. 1720-1782) y José del Castillo (Madrid, 1737-1793), que abrigaban todas las paredes salvo las cubiertas por las pinturas pasionistas y los espejos, así como el mobiliario de asiento. Se trató de la última serie tejida con hilos de oro en la manufactura madrileña, usándose el preciado material de manera muy sutil para dar la impresión brillante en el fondo de los paños sobre el que se distribuyen amplios roleos con emblemas alegóricos en el centro. Las enormes dimensiones del paño de pared, que ve la luz por vez primera desde la muerte de Carlos III, da una idea del tesón y la calidad con que se trabajaba en la manufactura madrileña para embellecer los palacios del rey de España. Con parte de los tapices del dormitorio de su antepasado, Alfonso XII mandó componer una cama que también está presente en la exposición.

Junto a la pintura, completaba el vestido de la estancia una serie de tapices, igualmente neoclásicos, de la Real Fábrica de Madrid

Si el dormitorio de invierno en Madrid se adornaba con tapices, en verano la estancia sufría una completa transformación al cubrirse sus muros con finísimas sedas chinas pintadas al temple. El gusto desarrollado en toda Europa por el Lejano Oriente se plasmó en palacios con las decoraciones (chinas y chinescas, que de todo había) y el nuevo alcázar madrileño no podía ser menos, máxime cuando en Nápoles el rey ya había gozado con adornos de este tipo. El cambio de estación suponía un buen trabajo para los Oficios de la Real Casa, pues obligaba a la retirada de todos los tapices y alfombras para sustituirlos por finísimas sedas y pintura de caballete en las paredes y esteras en los suelos, que se regaban en un intento de refrescar el palacio del terrible calor madrileño.

El monarca alentó el trabajo de las reales fábricas creadas por su padre, y así la de Tapices se dedicó al vestido de invierno de las diferentes estancias. La producción fue amplia y de entre sus creaciones en la exposición puede verse la serie de paños basados en cartones de Goya (Fuendetodos, 1746-Burdeos, 1828) que representan Las estaciones del año, recreando el espacio para el que se tejieron, la Sala de Cenar del Palacio Real de El Pardo, y aquellos paños con temas cinegéticos que tanto agradaban al rey dada su afición a la caza, más por salud que por agrado, tal y como explicaba su biógrafo, el conde de Fernán Núñez, le había escuchado decir al propio monarca.

Manufactura genovesa, cama mortuoria y dosel de los Reyes de España, primera mitad del siglo XVIII, sobre un damasco del siglo XVII

Por su parte, la Real Fábrica de Cristales de La Granja centró gran parte de su producción durante el reinado de Carlos III en la creación de cristal plano de grandes dimensiones para cerrar los vanos y alhajar de espejos los salones, llegando a ser la manufactura europea que alcanzó mayores dimensiones en esta disciplina. Para llegar a instalar los doce espejos enormes del Salón del Trono del Palacio Real de Madrid, la manufactura tuvo que hacer noventa lunas, ya que muchas de ellas se rompían en el traslado a Madrid a lomos de mulas a través de la sierra madrileña, por lo que establecieron un almacén en la corte para azogarlas y correr menos riesgo de pérdida económica, ya que el azogue encarecía muchísimo los cristales. Es este, entre otros muchos, uno de los motivos por el que la visita a la exposición se puede completar con una visita por los salones del piso principal de Palacio, para apreciar el verdadero valor que cobraron las artes decorativas a la hora de vestir el edificio de majestad, al igual que recrearse en la belleza de las pinturas murales que adornan sus bóvedas.

Las manufacturas creadas por Carlos III como la Real Fábrica y Escuela de Relojería, o la más querida Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro, como una extensión de la de Capodimonte, considerada por el rey como propia, también cobran presencia en esta muestra. La primera con sendos relojes de los franceses Pedro y Felipe Charost, que estuvieron activos en Madrid entre 1768 y 1794. Por su parte, la segunda, con jarrones y piezas escultóricas de carácter mitológico y literario, y por una de las magníficas mesas de taracea de piedras duras y bronce magistralmente ejecutadas en los laboratorios menos conocidos, pero también de la manufactura del Retiro, que se dedicaron con esmero a tan especiales materias en las que brillaron con esplendor.

Para la decoración del Cuarto del Rey, es decir para las habitaciones que utilizaba el monarca en el Palacio Real, se crearon los talleres reales cuyas riendas asumió el arquitecto venido con Carlos III desde Nápoles Matías Gasparini (activo en Madrid 1759-Valencia, 1774), que diseñó y coordinó el adorno de la Cámara del Rey, estancia de mayor relevancia después de la del Trono y los gabinetes del propio monarca. El Taller de Bronces bajo la dirección de Juan Bautista Ferroni (Como, h. 1739-Madrid, 1806), el de Ebanistería, regido por José Canops (activo en Madrid, 1759-Bruselas, 1841), y el de Bordados, del que fue responsable la esposa del propio Gasparini, María Luisa Bergonzini (activa en Madrid, 1774-1785), crearon los muebles y colgaduras de extraordinaria riqueza y originalidad.

  

Atención especial en esta muestra merece el retrato de aparato del rey creado por su pintor de cámara. Mengs pintó al monarca de cuerpo entero, sobre un estrado alfombrado, luciendo armadura completa y acompañado de los símbolos de la majestad. La historia de esta pintura está llena de vicisitudes. El cuadro, encargado por Federico V de Dinamarca para formar una galería de doce retratos de testas coronadas en el castillo de Christiamborg en Copenhague, estuvo a punto de perderse pasto de las llamas en dos incendios sucesivos, el del propio palacio de Christiamborg en 1794 y en el de 1859 del palacio de Frederiksborg. Según dejó escrito el diplomático José Nicolás de Azara, la espléndida obra (que ha sido restaurada para la ocasión) se expuso a la contemplación pública, antes de ser enviada al palacio danés, en la madrileña Casa de la Panadería.

Mengs pintó al monarca de cuerpo entero, sobre un estrado alfombrado, luciendo armadura completa y acompañado de los símbolos de la majestad

Si, como hemos dicho, el monarca nacía en Madrid en 1716, en la misma ciudad que lo vio nacer también dejaba este mundo el 14 de diciembre de 1788. Siguiendo en todo detalle la tradición heredada de los reyes de la Casa de Austria, pocas horas después se instaló su capilla ardiente. Si en el antiguo Alcázar se celebraba esta ceremonia en el Salón de Comedias o Salón de Reinos, en el Palacio Real se hizo lo propio en el del Trono, heredero de aquel espacio tan característico de los Habsburgo. Era preceptivo que la capilla fuera pública, permitiéndose la entrada a todo súbdito que quisiera despedirse de su rey en un ambiente absolutamente teatral, en el que la escenografía se formaba con los muros completamente forrados con los tapices de La conquista de Túnez por Carlos V, posiblemente la serie más emblemática de la Colección Real española; con la más rica de las alfombras, trabajada en bordado llamado «de cortaduras», cuyo valor se reconocía en los inventarios antiguos como mayor que el de algunas de las más notables pinturas pertenecientes a los monarcas españoles, y por último con la cama imperial con dosel sobre la que se colocó el ataúd con el cuerpo del monarca, amparada bajo otro dosel, ambos muebles riquísimamente bordados. La recreación de ese espacio que fue la capilla ardiente del monarca, siguiendo los más mínimos detalles de la herencia familiar, además de impresionar al visitante, resume en un único vistazo la magnificencia del ornato presente en los interiores de los palacios de Rey Ilustrado y que precisamente es lo que pretende transmitir la muestra organizada por Patrimonio Nacional en el Palacio Real de Madrid.

*La exposición se prorrogará hasta mediados de enero de 2018, con ligeros cambios.

Bosque adentro. Maneras de leer a Valentí Puig

La energía literaria de Valentí Puig se ha venido sustanciando en una obra de arboladura felizmente poblada y —con varias decenas de libros publicados— de la longitud ya dichosa y variada de un festín. Si aceptamos la máxima de Joseph Joubert, según la cual es necesario que haya varias voces juntas en una voz para que esa voz sea verdadera, habrá que decir que el pulso de la escritura de Puig es del todo discernible y consistente en una trayectoria que ha tocado una copiosa cantidad de géneros —de la poesía al cuento, del ensayo al libro de viajes o el articulismo— y los ha tocado con una solidez sin altibajos. El propio Puig ha reconocido que nunca quiso cosa distinta que ser escritor, y ahí habrá que entender su energía literaria como la emanación de un magma único capaz de articularse en distintas formas: al fin y al cabo, a la manera de Pla, siempre ha creído que la escritura no es sino una manera de ordenar el pensamiento. En alguna ocasión, quizá en referencia al debate tan añejo sobre las divisorias entre literatura y periodismo, Puig ha repetido —como un orden para la vida— que «de lo que se trata es de escribir».

Nunca quiso cosa distinta que ser escritor, y ahí habrá que entender su energía literaria como la emanación de un magma único capaz de articularse en distintas formas

También, por supuesto, se trata de leer. Él mismo ha subrayado el alcance de «las viejas pasiones de leer y de escribir» como sustento de la honestidad de la labor intelectual y también como confirmación de esa labor intelectual en calidad de privilegio hedónico. Poco interesa, tal vez, hacer el elogio pormenorizado del Puig lector que ha descubierto —o desempolvado— tantos nombres para nuestro acervo, de Michael Oakeshott a Reinhold Niebuhr o, más cerca, Miguel de los Santos Oliver; ya puestos, tal vez puedan tener un recorrido de superior calado las relecturas tan estimulantes que ha hecho de Pla o de Carner, de Maragall o de Balmes, sin olvidar que él ya había metabolizado a su Johnson o su Chesterfield cuando las modas los volvieron a llevar a las librerías y a las columnas de los opinadores a favor de la corriente. No son, en verdad, datos menores a la hora de acreditar una solvencia crítica, pero si por algo destaca el Puig lector es por una cuestión de fondo: la ponderación del papel de la buena lectura a la hora de asentar criterios, a la hora de formar una opinión ilustrada, a la hora —en definitiva— de cimentar una cultura entendida según el viejo modelo occidental, conforme al cual nada surge ex novo, sino que toda cultura y toda literatura se alzan sobre el carácter perenne de esa «conversación con los difuntos». Así, frente a la depauperación, la memoria corta, la autocomplacencia y el rasero tan bajo de la cultura pop, la obra de Puig sigue fiel a los planteamientos de una cultura high brow, una concepción según la cual la cultura se nutre de continuo con el enriquecimiento que le provee la glosa de la crítica. Es también, frente a la voluntad de disrupción, el ejercicio de un sentido de la continuidad y la piedad: la misma que emana, por ejemplo, de sus estudios sobre Josep Pla.

Esa primacía del arraigo, del incardinamiento en una tradición, en la contextura intelectual de Puig, hará a su vez posible una instintividad muy aguda en el momento de evaluar —por ejemplo, en el género del ensayo— las contribuciones de peso frente a las estrellas fugaces de la intelectualidad en una coyuntura en que los medios pautan más que nunca lo que es cultura y lo que no es. Al cabo, van y vienen la novela jungiana, el nouveau roman, la micronarrativa uruguaya, el neocomunismo o el pensamiento débil, y Puig siempre ha tenido una palabra precisa que decir al respecto. Es más: quizá uno de los mejores avales morales que pueda tener Puig es el haber apostado por las complejidades de la democracia liberal y de las sociedades abiertas mientras la mayor parte de la clase intelectual europea se adhería con frenesí a utopías de perfeccionismo totalitario como el maoísmo o jugaba a la equiparación ética de cuanto sucedía de uno y otro lado del Telón de acero.

Quizá uno de los mejores avales morales que pueda tener Puig es el haber apostado por las complejidades de la democracia liberal

Si aquella batalla se ganó —aunque los reconocimientos han sido tan escasos como amplia ha sido la desmemoria—, ahora se trata de oponer contrafuertes de solidez opinativa frente a la licuefacción posmoderna del relativismo moral y la noción del «todo vale». Ahí, para Puig, de nada sirven la frivolidad y la inconsecuencia de los planteamientos utopistas: frente a los horrores empíricos del determinismo histórico, tan palpable en el recuerdo de los totalitarismos del siglo xx, la evidencia de la libertad humana hace que el futuro no esté escrito, al tiempo que, como un bajo continuo, Puig se sujeta a esa prudencia sub specie aeternitatis que es un cierto sentido trágico de la historia. Y también a la vía, precaria pero practicable, que encontramos en esas armazones intermedias —las instituciones, la familia, la fe— de que se ha sabido dotar la experiencia humana.

Como fuere, si es mucho lo que los lectores deben a Puig como temperamento informado, ecuánime y atento, la longitud de onda de sus inclinaciones sirve ante todo para trazar una cartografía de su figura de escritor, para percibir —al modo de Joubert— ese haz de voces que se han sumado y procesado hasta cuajar en una escritura y un pensamiento de originalidad irreductible. En esa coordenada, Puig se inscribe en el paisaje moral o guarda un aire de familia con la figura de lo que, de Montaigne a esta parte, tomamos por intelectual europeo: el hombre que, por decirlo con Pla, da rapports de valoración sobre cuanto sucede, partiendo para ello de una conciencia de la forma, de una aspiración a modelos de grandeza clásica y de una postura moral que dosifica con acierto el uso de la libertad con el de la responsabilidad en el ejercicio de esa hijuela ilustrada que es la opinión en un periódico. Esa vocación de observador es el venero de una curiosidad infatigable, que le ha llevado a alcanzar la estatura de pensamiento de una independencia libre de las restricciones del mundo académico.

Podría pensarse que, con la misma anchura de la libertad, en esa figura del intelectual a la europea cabe de todo o caben casi todos, si no fuera por el ejemplo de sumisiones tan nefandas que —como le gusta recordar al propio Puig— nos han dado los intelectuales a lo largo del pasado siglo xx. En todo caso, caben los escritores grandes y también los menores, las individualidades que —simplemente— tienen una visión que dar aunque no haya de tener una repercusión majestuosa. Es la responsabilidad pública de un Ortega, el liderazgo ético de un Mauriac. Es Pla en el gueto y las biografías de Emil Ludwig. Es el catolicismo de modulación tan distinta —pero siempre profética— de un Claudel y un Bernanos. Es la lucidez de Gaziel y la de Chaves Nogales. Es la entrega a la propia obra de un Azorín o la voluntad de verlo todo y de contarlo todo de un Indro Montanelli. Es la consecuencia moral de un Albert Camus, la resistencia de un Aron, la lógica conservadora de Evelyn Waugh. Es la intransigencia con la banalidad —pienso en Eliot o Rilke— de la última gran lírica americana y europea. Es la libertad gozosa y polémica de la literatura —y de la prensa— inglesa y la consideración patrimonial de la literatura francesa. Y también es, al cabo, un rasgo tan propio de Puig como cierta conciencia de modestia a la hora de evaluar la propia obra, compatible con el convencimiento inexcusable de que no es lo mismo que uno diga o no diga lo que tiene que decir. Vínculos y valores frente a idée réçue, libertad del escritor que, alla Léautaud, fuma y escribe su diario; soltura gozosa del narrador que se sienta a tramar una novela con la decencia de ponerle un principio y un final. Al fin, en ese perfil tan amplio como admirable del intelectual europeo como gran constructor de la historia cultural del continente, late la consideración alta del oficio, la dialéctica de libertad y responsabilidad, el rechazo del diktat ideológico o estético, la compatibilidad —en materia de valores— de firmeza de espíritu y moderación de formas, la apertura a las corrientes del pensamiento a la vez que la fidelidad a la propia historia de una vocación individual y la noción de pertenencia a una tradición. Quién sabe, en definitiva, si no ha llegado ya la hora de añorar a esos escritores con corbata frente a los piercings de una generación nocilla que hace mucho perdió la falsilla de la tradición. En todo caso, siempre quedará la diferencia entre el escritor vocacional, capaz de tanta entrega, frente a la figura del escritor gandul que Puig siempre ha desdeñado, con su bagaje inevitable de desasosiegos y dandysmos, ese artistazo al que —como a los niños, en palabras de Jean Clair— se le permite, per-dona y aplaude todo.

Es la consecuencia moral de un Albert Camus, la resistencia de un Aron, la lógica conservadora de Evelyn Waugh

En una opinión pública española tan nerviosa y tan volátil, de calado tan epidérmico, es posible que el articulismo de Valentí Puig pueda haber cortejado una popularidad menor que ese articulismo casticista que —por distintos motivos históricos— solo España posee como género propio a modo de anomalía en el panorama europeo. Ahí ha actuado no menos su libertad como renuncia a todo compromiso, una actitud venturosamente compensada por sus largos años de presencia en las páginas más serias y codiciaderas del periodismo patrio —abc, El País, La Vanguardia— entregado con plena puntualidad al columnismo como la vocación de dar que pensar a un lector fiel varias veces por semana. Ahí cabía encontrar a Puig siempre con un punto de sorpresa intelectual, con una inteligencia de vitalidad detonante, condensada en su capacidad de sugerencia como un realismo que busca ser amplificado.

Ese columnismo es, en parte, el ejercicio de la libertad como deber y como higiene necesaria del pensamiento. Pero también es, por ejemplo, la comprensión de la política como un teatro de pasiones humanas donde una conciencia escéptica nos hará ver la mezcla del alto ideal con la conveniencia a corto plazo, los desdenes tan crueles del poder y la acusada responsabilidad de los trabajos de gobierno. Del mismo modo, Puig enseña que, si el oficio de articulista es oficio del día a día, su acierto pasa por ser un cronista capaz no solo de contar lo que está pasando, sino también dotado de la inteligencia suficiente para abstraer la política que se oculta tras las gestualidades propias del patio del Congreso. Sin duda, si como él mismo afirma, el periodismo ha hecho a tantos escritores como ha deshecho, su articulismo —y su experiencia en la rapidez de una corresponsalía— ha sido un añadido de interés humano particularmente valioso para su literatura. Así no pocas personas han vuelto a la lealtad tan lujosa de leer a días fijos a su articulista favorito, con el extra satisfecho de saber que no ha sido un talento corruptible.

Ese columnismo es, en parte, el ejercicio de la libertad como deber y como higiene necesaria del pensamiento

Quizá haya que resaltar que, aunque solo fuera por su propia experiencia política en tiempos de ucd, Puig sabe de lo que habla cuando habla de lo público. Son cosas que se reconocen poco, pero al cabo habrá que recordar que acertaba cuando no pedía revisar la Transición, cuando no se sumaba a ninguna de tantas teorías conspiracionistas que han menudeado sobre el 11-M, cuando sabía quitar hierro al 15-M, criticaba el dogma neoconservador, instaba al pacto educativo, subrayaba el desfase de tiempos entre la política y el empresariado, advertía de la inteligencia de Benedicto XVI o de la eminencia —antes futura, hoy actuante— de China como potencia. Valga lo mismo de su eurorealismo, de su crítica a la anomia socialdemócrata o de su papel —más aplaudido que escuchado— a la hora de pensar la cuestión del bilingüismo o ese avesimbólico de las sinergias inevitables de Cataluña con el resto de España. Tal vez, en los últimos decenios, tampoco haya habido nadie capaz de pensar con el mismo rigor el papel de concordia de la Corona en el país. Desde luego, si hay quien ve en todo esto las intuiciones de un viejo tory, también podemos hablar del legado de sensatez de quien sabe —por raigambre de digna mesocracia y por una lectura de la historia de España sin fatalismos de señorito— lo costosas que son las libertades.

En años de polarización tan intensa del debate público español, la postura de un Valentí Puig que se autodefine como «un conservador de centro» difícilmente ha podido ser una estrategia de posicionamiento de producto conforme a las normas del marketing. Más bien esa ha sido una postura históricamente capaz de llevarse todas las deploraciones en España. Véase que frente a las pervivencias tan ucrónicas de un integrismo que fue tentación minoritaria —pero muy lesiva— de la articulación pública del catolicismo español, incluso se ha visto obligado a que recordar que «el liberalismo no es pecado». Entre una izquierda que acusa la crisis de la socialdemocracia y una derecha internamente tensa entre el moderantismo plausible y el maximalismo más guerrero, la opción de Puig siempre ha pasado por la asunción tan sabia de la política como arte de lo posible, más atenta a la experiencia —compleja, contradictoria, en ocasiones frustrante— de lo real que al apriorismo ideológico puro. En ningún caso, sin embargo, se trata de una entrega a los cinismos de la Realpolitik, sino de una apuesta que ha unido al modo burkeano la tradición liberal y la estirpe conservadora: la apuesta, en definitiva, por la primacía del bien común, de la meritocracia como regulador del termostato social, del cauce institucional como garantía de la política, de la responsabilidad de legislar cuando hay que legislar y de abrirse al mundo cuando la globalización no nos deja otras opciones. Reforma frente a ruptura, valores bien sedimentados de clase media frente a los simulacros de la telerrealidad y la amenaza del futuro poshumano, tecnologías que ensanchan la libertad del hombre frente a la tentación ludita, valor de la razón frente a demagogia o sentimentalismo: es curioso que ese conservadurismo de centro tenga un lastre de caricaturización tan fácil cuando está tan próximo a los tactos de la realidad.

La postura de un Valentí Puig se autodefine como «un conservador de centro»

Es una querencia muy propia de quien esto escribe —y, sorprendentemente, poco mencionada— subrayar la calidad de la prosa de Puig. Es algo que, a modo de convención, damos en llamar estilo, y que en realidad se atiene más a la unicidad de una voz, a la adecuación o la identidad total entre lo que se dice y lo que se quiere decir. Posiblemente esos valores estéticos de su lenguaje —en catalán y en castellano— puedan pasar por menos importantes que su postura moral, las intuiciones de su pensamiento, su capacidad de observación, la labor de saberse hacer leer con interés y amenidad o de catalizar para la literatura española no pocas aportaciones en cuestión de gusto o tomas de partido. Sin embargo, como él mismo demuestra en El hombre del abrigo, la calidad del pensamiento y la calidad del lenguaje se suman y coordinan y tienen a largo plazo efectos benéficos para una literatura que se ve enriquecida de modulaciones propias y distintas.

Tomar a Valentí Puig por maestro del estilo no tiene nada que ver con reducirlo a un estilo, precisamente porque la musicalidad tan característica, el raccourci, la adjetivación sorprendente y precisa o la soltura de una página novelesca no han sujetado su prosa, sino que le han hecho escribir con acierto aquello que tenía que escribir. Y en un tiempo tan átono como este, Puig demuestra hasta qué punto es responsabilidad del estilo no caer —citando a Ortega— en «esa lengua sin luz ni temperatura», sino optar por «la sabrosa complejidad del lenguaje» frente al «habla plebeya» y la «gramática infantil» de la retórica pública del día. Ciertamente, es posible que, dado el caudal de tradición por comparación más menguado en prosa catalana que en prosa castellana, los expertos estimen que su huella estilística es de una importancia relativa superior en catalán que en castellano. Eso es arqueología o filología, sin duda, y en cualquier caso habrá que recordar el antecedente planiano como una prosa que, si logra remontar el vuelo de la lengua catalana, se inserta también con los resultados más fértiles en el cauce castellano.

Quizá, de hecho, la única evolución visible chez Puig en lo que solemos dar por estilo sea su lenta decantación desde cierto rasgo de irreverencia satírica —constatable, por ejemplo, en los años ochenta pasados por el tamiz de Progres— a una sobriedad ecuánime que no hace sino afianzar la gravedad y la autoridad a que conduce, con la naturalidad del tiempo maduro, la responsabilidad del escritor. Súmese a esto la potencia de envergadura chateaubriandesca que ha adquirido —notablemente en su poesía, pero no solo en ella— al tratar de «pasiones y afectos», de la erosión del tiempo, del poder roedor de los recuerdos, de la calidad dramática de la vida de todos los hombres. Sí, ahí ya hemos pasado de Stendhal y de la sordina inglesa a la amplia respiración de un Chateaubriand. La correlación, la sintonía ajustada entre lengua y pensamiento, es lo que da crédito a un estilo: de ahí que el estilo de Puig, como el versionado propio de una partitura, participe de esa individualidad con que reconocemos a los maestros de la prosa. Al mismo tiempo, en su fraseo será trazable tanto poso de lecturas, de la literatura política barroca a la gran prosa francesa, de la soltura de la narración inglesa a la mejor crónica española.

Quizá, de hecho, la única evolución visible chez Puig en lo que solemos dar por estilo sea su lenta decantación desde cierto rasgo de irreverencia satírica

Son muchas las maneras de leer a Valentí Puig: se le puede leer como poeta de vigor hímnico, como un satírico de fiereza tan real como contenida; uno puede acercarse a sus páginas por la belleza simple de la página bien escrita y resonante, capaz a un tiempo de gran cubicaje y de finura. Está quien aprecia al escritor maduro que —con La fe de nuestros padres— entronca vitalmente con una herencia perdida y reencontrada. No pocos valoran su capacidad como analista de los movimientos de placas de la escena internacional, y estarán los que buscan al opinador sensato, al observador bien orientado de la política española, al prosista capaz de las analogías más potentes. Se pueden disfrutar sus crónicas como se pudieron disfrutar algunas terceras particularmente augustas. O bien podemos tomar Bosc endins y Matèria obscura y sopesar las virtudes de aquel escritor joven que reintrodujo en España una diarística llamada a tener tanto éxito. Hoy como ayer, es factible leerle en ese género tan idóneo en él —tan natural— como es la buena crítica de libros o el comentario cultural. Y había un placer en ese bloc de notas que durante varios años publicó domingo a domingo en abc. Como vigas maestras, tómense Moderantismo, Los años irresponsables y Fatiga o descuido de España para acercarse al presente y futuro del país; L’os de Cuvier para adentrarse en una realidad catalana de repercusión hispánica; Por un futuro imperfecto para una aproximación liberal-conservadora al estrado internacional. O acerquémonos al Puig de la nacional-burguesía declinante de La gran rutina, al narrador barcelonés de El bar del’AVE, al cuentista aplomado de los mundos ya idos de Crêpes Suzette y Un amigo: Lambert Fiol, o a la difícil suma de frescura y nostalgia de la nouvelle Primera fuga. Rescatemos del estante algunas páginas —como ese Complot donde uno cree ver la huella de Burgess, o el talento para la distancia de Mujeres que fuman— que quedan como pecios del naufragio general de los ochenta. Otro Puig pletórico será el que rebosa gravitas al prologar el Jerusalén de Waugh, el que acude al mejor conocimiento del constitucionalismo histórico español y las mecánicas clásicas de la filosofía del poder para escribir su Cuando sea rey.

Sí, son muchas las maneras de leer a Valentí Puig, y ninguna detrae de otra: en todo caso, quizá no se ha recalcado lo suficiente ese fondo de sensualidad originaria, pura aleación mediterránea, que encuentra su horma civilizatoria en las certezas tan confortables que nos da cuando habla de lo que significaron el soufflé Alaska o el pijama, de la «calidad reverente» de la trufa blanca, de las mujeres de piernas memorables, de algún paisaje de la tierra natal o de algún episodio de gloria del cine clásico. Ahí Puig es el escritor civilizado que, más que nunca, sabe de la escritura como «una de las estrategias de la felicidad», que se enfunda por la mañana el cárdigan de escribir y que retoma la vieja conseja de aquel Sainte-Beuve que recomendaba leer cosas grandes y escribir cosas agradables. Perpetua danza feliz de los libros y la vida.

Peter Brown. «Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo»

Peter Brown es un historiador, profesor emérito de la Universidad de Princeton, que ha escrito ya importantes obras sobre la época tardorromana y que es una de las principales referencias académicas en lo que se refiere a la transición a la Edad Media. Por el ojo de una aguja, titulado así en referencia a la dificultad que, según las palabras de Jesús en los Evangelios, tendrán los más acaudalados para salvarse, analiza, tras una prolija investigación, el cambio de actitud sobre la riqueza y la transferencia de poder económico desde los más pudientes a la Iglesia.

La obra, que, a pesar de ser un auténtico trabajo académico, se puede leer con facilidad, tiene la ventaja de resaltar un aspecto que se suele pasar por alto en la comprensión habitual sobre el Imperio Romano y su fin. Desde Gibbon, la idea es que paulatinamente la política y sociedad romanas entraron en un periodo de decadencia que determinó el colapso de su civilización. Tanto en este como en otros libros, Brown intenta alterar este enfoque y aclara que la que tradicionalmente ha sido considerada la época de deterioro del esplendor romano, en realidad no puede ser considerado un periodo de declive, a tenor de los testimonios, y que, en cualquier caso, no fue así experimentado por parte de quienes lo vivieron.

La idea es que paulatinamente la política y sociedad romanas entraron en un periodo de decadencia que determinó el colapso de su civilización

Brown ha explorado el proceso de cristianización de la sociedad romana. En un ensayo anterior, titulado El cuerpo y la sociedad, prestó atención a la transformación de las costumbres sexuales y la adopción del celibato en el cristianismo antiguo. Su interpretación es que ese cambio en la concepción de la corporalidad fue decisivo para el paso a la Edad Media. Sin embargo, como señala en Por el ojo de una aguja, la transición a este periodo es paulatina y no ocurre ninguna conmoción cultural por influencia cristiana. En este sentido, Brown parece rebajar la ruptura que representaba el cristianismo en las actitudes de la sociedad antigua.

Basándose en figuras relevantes de la época, como Ambrosio, Agustín o Jerónimo, Brown estudia el cambio que se produce en las donaciones de los más ricos en el fin de la Roma imperial y la constitución de la riqueza eclesiástica. Al predominar un enfoque social, la obra desmerece las contribuciones teológicas. Por ejemplo, tiende más a entender las disputas en términos de poder personal y no alcanza a comprender la importancia eclesial y católica de las polémicas teológicas. Asimismo, está interesado en explicar lo que para él es un mito: que los cristianos no fueron los pobres y miserables, sino que lo importante en la acumulación de poder por parte de la Iglesia y su posterior papel en la Edad Media fue la presencia de fieles cristianos también en la capa más alta de la sociedad romana.

Lo que ocurrió fue, a juicio de Brown, un cambio en la percepción de la riqueza y de la donación. Por un lado, el evergetismo tenía para el ciudadano romano un sentido esencialmente mundano y resultaba ser una costumbre político-social en continuidad con la concepción pagana de la vida civil. Como en Grecia, también en Roma la fama pública del ciudadano era lo más importante; de ahí el empeño por aparecer como benefactor de su comunidad. Según Brown, por cierto, también en el siglo ivproliferaron evergetas, si bien en un sentido más local.

Brown aprovecha la disyuntiva entre la forma pagana de donación y la cristiana como un factor decisivo para comprender la constitución del «Occidente cristiano». Si el paganismo exigía que la riqueza del ciudadano redundara en beneficio de todos, lo hacía porque en su cosmovisión no existía una diferenciación entre esa ciudad de Dios y la de los hombres que san Agustín delimitó.

Brown aprovecha la disyuntiva entre la forma pagana de donación y la cristiana como un factor decisivo para comprender la constitución del «Occidente cristiano»

Pero ¿cómo conciliar la riqueza con el tajante mensaje evangélico? Según Brown, se pueden distinguir dos interpretaciones sobre la relación cristiana entre la salvación y las riquezas. De un lado, lo que en el libro se llama «movimiento ascético» subrayaba la incompatibilidad entre los preceptos evangélicos y las actitudes de los más pudientes. Desde este punto de vista, era preciso que quien buscaba con determinación la salvación comenzara por renunciar a lo mundano y, se desprendiera de lo que le ataba al saeculum. Frente a esta postura existía otra, promocionada según Brown por obispos más mundanizados, que aliviaron la carga existencial que el cristianismo suponía para los ricos, ofreciéndoles un camino de compromiso para que no desesperaran de su salvación.

Con sus ofrendas, tanto a los necesitados como a la propia Iglesia, los ricos parecían mitigar la condena evangélica. Para Brown, esta última opción, que difundió una parte del clero, ansiosa también por su cuota de poder, es la que supuso no solo una suerte de connivencia del cristianismo con actitudes paganas —y, de ahí, que no existiera una diferencia tan radical entre el fin de Roma y la Edad Media— sino que también, gracias a la devota y generosa devoción de las altas clases altas conversas, posibilitó que la Iglesia se convirtiera en la depositaria de gran parte de la riqueza romana.

Brown es un erudito y eso se percibe, tanto por la pluralidad de fuentes que maneja como por el estilo que emplea, muy literario, lo que se agradece en la lectura. Ciertamente, aunque su pretensión no es teológica, a veces aparece demasiado atado a lo social y personal y, por tanto, juzga, tal vez ligeramente, algunos cambios importantes, como se ha indicado ya, que superan la índole mundana. En cualquier caso, pone de manifiesto que la vivencia del cristianismo era más problemática que la del paganismo, lo que serviría ya para afirmar que la fe en Jesús excede el restringido marco de las prácticas sociales existentes.

Antecedentes y actuación sobre «La hija del aire»

La hija del aire, escrita en 1647, se inscribe en las clasificaciones canónicas de la obra de Calderón entre las comedias mitológicas. Diluida en este grupo, podría caracterizarse por el desenfado de comedias como La fiera, el rayo y la piedra, Fortunas de Andrómeda y Perseo, Celos aun del aire matan, Eco y Narciso, etc., cuando Calderón experimentaba los diseños escenográficos de Lotti y Bianco con argumentos mitológicos; un teatro estudiado en su vertiente filológica, que no siempre valora el concepto de teatralidad, donde se inscribe cualquier obra escrita para ser representada. Orillada entre las mitológicas, durante muchos años no se ha considerado a La hija del aire como una obra importante, en la que Calderón despliega sus cualidades de profundo humanista y pensador, y su posición cívica frente a los excesos de un poder real, bajo el que ciertamente se amparaba, aunque sin compartir métodos, procedimientos, intromisiones de validos o dejaciones de monarcas. Como en otras obras, Calderón en esta reflexiona sobre el poder, las incertidumbres de la existencia humana, la libertad y esa problemática tan querida, la oposición entre el ámbito privado y el público, entre la actuación al dictado de deseos y pasiones, frente al obrar consecuentemente con el cumplimiento de los deberes del cargo u oficio. Además, en La hija del aire el barroquismo especular adquiere una dimensión virtuosista que, en ocasiones y más para el espectador de hoy, puede dispersar la acción principal.

La suerte de este drama resulta desigual en la historia de la escenificación. Se representó para la corte ante Felipe IV los días 13 y 16 de noviembre de 1653 en el Casón del Buen Retiro, dándose cada día una parte, por la compañía de Adriano López; en 1684 se ofrece la segunda representación de la que existe constancia documental, también en dos jornadas por la compañía de Manuel Mosquera. En el siglo XVIII se escenifica al menos en cuarenta ocasiones por diversas compañías, sobre todo en los teatros de la Cruz y Príncipe de Madrid, según recoge René Andioc en Cartelera teatral madrileña del siglo XVIII. No corre igual suerte en el siglo xixen España. No existe documentación de representación alguna y Menéndez Pelayo la descalifica con frase conclusiva: «un verdadero monstruo dramático». Solo Echegaray, próximo al siglo XX (1896), se atreve a reelaborar a su antojo la segunda parte para abundar en el juego de las transformaciones de Semíramis en Ninias y viceversa.

La suerte de este drama resulta desigual en la historia de la escenificación

Frente al decimonónico desdén español, Alemania acoge La hija del aire con entusiasmo: Goethe la valora como un texto de primer orden; en 1825 se estrena en Berlín una refundición en cinco actos de la obra de Calderón por Ernst Raupach; Karl Leberecht Immermann la estrena en Düsseldorf en 1838, con un resumen de la parte primera y la escenificación de la segunda; y en 1875 la traducción de las dos partes de Gisbert Freiherr von Vincke se ve en los teatros alemanes. En el siglo XX, según refiere Pedraza en Semíramis, un mito en el teatro (2004), se escenifica una adaptación de la primera parte de La hija del aire a cargo de Bernt von Heisler en 1948; se representa en su totalidad en 1958 en el Nationaltheater de Mannheim; y en 1992, Hans Günter Heyme estrena en la Schauspielhaus de Essen la versión reducida, condensada y focalizada en la segunda parte de Hans Magnus Enzensberger, texto adaptado que servirá de pauta a Jorge Lavelli en 2004, cuando remonta esta obra en el Teatro San Martín de Buenos Aires, con actores argentinos y Blanca Portillo (en ese mismo año pudo verse en el Teatro Español de Madrid). Remontan la versión de Ensensberger el Statstheater de Maguncia (2000) y Frank Castorf en el Burgtheater de Viena, filtrada por su peculiar imaginario, consiguiendo mantenerse en repertorio y con gran éxito durante toda la temporada.

De vuelta a España las sombras del XIX se ciernen sobre el siglo XX, en escenificaciones y manuales (algunos de referencia ni la citan). Despierta interés entre Alberti y Bergamín en torno a 1927, y Valbuena Prat en 1941 y Valbuena Briones la pondrán en valor. En el ámbito inglés suscita el interés de Alexander Parker («obra maestra de Calderón»), es estudiada a fondo por Gwynne Edwards y en ese ámbito universitario por Ruiz Ramón, que llamará la atención sobre esta pieza en el tricentenario de la muerte de Calderón (1981), celebrado con entusiasmo en España. Publica una edición crítica en 1996.

De vuelta a España las sombras del XIX se ciernen sobre el siglo XX

Ruiz Ramón incitó a la representación de La hija del aire al Centro Dramático Nacional: estrenada en Sevilla durante 1981, fue repuesta en el María Guerrero de Madrid. La puesta en escena la firmó Lluís Pasqual con escenografía de Fabià Puigserver, protagonizada por Ana Belén y Carlos Lemos al frente de un extenso reparto, con una versión que resumía la primera parte, con hincapié en la ambición de Semíramis, para extenderse en la segunda con la mirada puesta en el ejercicio del poder de la madre y su hijo Ninias, y la eliminación de la última escena, la restitución del poder a Ninias, una vez muerta en batalla su madre, con una versión próxima a la de Enzensberger. La siguiente versión que se ve en España (2004), corresponde a Jorge Lavelli, que se centraba más en el juego barroco de parecidos entre Semíramis y Ninias y las diferentes fluctuaciones de poder en el reino, el decurso de escenas galantes y la guerra entre Siria y Libia, con la muerte de Semíramis. Un montaje bien concebido, que servía para lucimiento (y reconocimiento) de Blanca Portillo, que realizaba una excelente interpretación.

Ya en la segunda década del siglo XXI, la Compañía Nacional de Teatro de México (CNT) acogió con entusiasmo la propuesta que realizó el director de escena, Ignacio García, para estrenar este título de Calderón sin escatimar actores de contrastada valía para conformar el elenco. Como en otros trabajos con Ignacio García, después de leer y releer el texto, le pregunté qué quería contar en la escenificación (el llamado núcleo de convicción dramática); me habló del abuso del poder de los gobernantes, cuando supeditan el bien común a la ambición personal. Este tema se encuentra en La hija del aire, pero junto a él hay otros motivos (elemento menor que configura otro tema, ajeno y relacionado a un tiempo con el principal, aunque de menor importancia que este, al decir de Cesare Segre —los mal llamados temas secundarios—) que no se podían perder, como el libre albedrío en relación a cuestiones existenciales, la preminencia de ambiciones privadas sobre el interés general como manifestación de egoísmo y reduccionismo vital, el pueblo como víctima por los desmanes del poder, el barroquismo especular de Calderón, etc. Los casi siete mil versos de este drama, donde el dramaturgo incluye subtramas relacionadas, dan para desarrollar estos y otros temas, además de jugar con el travestimento actoral; es decir, con el virtuosismo del intérprete para incorporar a dos personajes (madre e hijo de los que Calderón dice que tienen un parecido de «un huevo a otro huevo» y con los que el dramaturgo desarrolla al máximo ese juego de espejos), que encarnan dos maneras contrapuestas de ejercer el poder.

El trabajo de intervención del texto para priorizar tema y motivos, reducir escenas, simplificar referencias geográficas, mitológicas o conceptuales, disminuir la duración de la obra, siempre con la intención de que el lenguaje de Calderón no perdiera pujanza, cuestión que ha resultado ardua. Las versiones entre el director y el dramaturgista han sido bastantes, más de las habituales, para dar forma a un texto que necesita de su reducción y clarificación para el espectador de hoy. No puedo dejar de mencionar en este comentario, la profesionalidad, interés y sensibilidad del elenco de actores que en los primeros trabajos de mesa y luego durante el tiempo de reposo entre estos y los primeros ensayos nos hicieron llegar sugerencias y propuestas para incorporar a la versión definitiva.

Siempre con la intención de que el lenguaje de Calderón no perdiera pujanza, cuestión que ha resultado ardua

No hay espacio para detallar el trabajo, pero sí quería indicar algunos de los objetivos dramaturgísticos: respetar al máximo la parte primera del texto original, sin cuya información la obra, en mi opinión, se queda coja (en esta versión ocupa algo más de un tercio aproximadamente), porque sin la información de la parte primera La hija del aire se reduce a un juego que carece de los antecedentes para la compresión de la totalidad de la propuesta calderoniana; modificar estructuras del drama más que lenguaje, como modo de acercar el dinamismo de la acción dramática al espectador; convertir los largos parlamentos explicativos en ágiles diálogos para no detener el progreso, ni disminuir la tensión dramática; prolongar o anticipar la presencia de personajes de la primera en la segunda parte y viceversa en aras a lograr mayor unidad; recuperar ese halo oracular que entronca La hija del aire con otros textos de Calderón, como La vida es sueño; rescatar algunos textos referenciales que Virués escribió en La gran Semíramis en torno a 1580; destacar el albedrío ¿libre o esclavo? como Calderón le hace preguntarse a Semíramis; marcar diferentes formas de poder ejercidas de espaldas al pueblo, por la reina, el hijo y Menón, esposo de Semíramis y padre de Ninias, cuestión esta que evita un maniqueísmo, ausente en Calderón pero sí en otras versiones, que enfrenta la maldad de la madre a la bondad del hijo; resolver con direccionalidad hacia los espectadores algunos monólogos de Semíramis, Chato o Lisías, en un intento distanciador y de ruptura con la empatía, para proponer una reflexión al público; redimensionar al gracioso Chato, para que ejerza de alter ego de sus señores, como sugiere el propio dramaturgo, al Soldado que siempre es en Calderón el impulsor de la rebelión y la víctima de la misma, y a Friso y Flora que muestran su extrañeza con cuanto ocurre en la corte mientras Ninias reina; acentuar las dudas existenciales que acongojan a Semíramis o Arsidas/Lidoro; concentrar y resumir las escenas amorosas para que expliquen y distiendan, sin distraer; abrir un portillo a la esperanza con un final que no revelo, pero que contiene la penúltima escena de Calderón y última nuestra; gozar con esas magnas formas estróficas de Calderón (octavas reales, silvas soneto) y con las bellas figuras retóricas que amplían con su coloración el significado de las palabras.

Contra la superficialidad

Conocí a Tzvetan Todorov cuando yo organizaba el Congreso Internacional sobre Semiótica e Hispanismo que se habría de celebrar en Madrid, en los días del 20 al 25 de junio de 1983, en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En el mundo de los estudios de la lengua española, su literatura y su cultura, se había difundido la etiqueta de semiótica como un término de ponderación: cualquier cosa era pura semiótica, aunque se tratara de un trabajo filológico de la venerable escuela española de filología de Menéndez Pidal o una investigación historiográfica de la literatura al modo de Valbuena Prat. Era precisa una clarificación y para conseguirla convoqué a un conjunto de autoridades en los campos del estructuralismo y la semiótica como ponentes de una reunión de profesores tutti quanti del mundo del hispanismo. Claude Brémond, Gianfranco Bettetini, Umberto Eco, Roman Jakobson, Iuri Lotman, Cesare Segre, Harald Weinrich y Tzvetan Todorov recibieron invitación. Roman Jakobson falleció antes de la celebración del congreso, Umberto Eco no pudo aceptar porque tenía previamente concertado un compromiso en Estados Unidos, Iuri Lotman (Oh tempora! Oh mores!) se vio impedido de viajar porque las autoridades soviéticas se lo prohibieron, aunque, eso sí, me ofrecieron a través de la embajada mandarme un sustituto elegido por ellas (yo no acepté). Todos los demás acudieron.

Todorov, que era doctor en Psicología y que en Francia había comenzado sus pasos con el semiólogo Roland Barthes, era ya notorio sobre todo por la claridad con la que había dado a conocer la entonces cuestión clave del paso de los estudios de literatura desde la pregunta ¿quién escribe la literatura? y ¿en qué circunstancia? a la cuestión de ¿cómo se fabrica la literatura? Desde la historia y el impresionismo a la ciencia, a la poética. Su antología y traducción titulada Teoría de la literatura. Textos de los formalistas rusos (1965) divulgó en Occidente lo que se había producido al respecto en el círculo lingüístico de Moscú y en el opoiazde San Petersburgo a principios de siglo XX.

Estamos hablando de estructuralismo, pero también de semiótica, ya que hay cierta semiótica que, a la pregunta de cómo se produce el sentido, señala que la estructura que se advierte en un discurso no es otra cosa que el código en que se cifra el mensaje en cuestión. En fin, Todorov tenía ya una docena de libros sobre estructuralismo, semiótica o también poética (puesto que versaban sobre literatura). O, dicho de otra manera, semiótica literaria o poética estructural. Incluso retórica. En 1988 traduje lo principal de su estudio sobre género literario en mi antología de Teoría de los géneros (Madrid, Arco/Libro). Un año antes daba a conocer su ponencia «Sobre el conocimiento semiótico» del congreso de Madrid en el volumen titulado La crisis de la literariedad (Taurus), compuesto por diez de nuestras intervenciones.

Pero lo que interesará al público general no será seguramente esta prehistoria técnica, sino el nuevo paso que estaba dando desde la pregunta de cómo se fabrica a la cuestión de qué se trata, qué significa, qué trascendencia ética tiene. Y esto, no solo con respecto a la literatura, sino a la cultura en general. Cuando todavía el marxismo era la cosmovisión dominante e intocable de los departamentos de humanidades en Occidente, Todorov advierte en el congreso de Madrid:

En los países comunistas se llega incluso a esa proeza que consiste en la determinación recíproca de la ciencia y de la moral: la ciencia es buena porque la doctrina que le proporciona sus conceptos y sus preceptos es justa; pero dicha doctrina es a su vez buena porque es científica (página 38).

En aquellos días le pregunté por cuáles serían los siguientes pasos en su trabajo y me dijo que se iba a dejar de tecnicismos y practicar el servicio de procurar leer inteligentemente textos inteligentes cuya recuperada vigencia pudiera ser útil a los demás. No sabía yo en ese momento que acababa de publicar La conquista de América. La cuestión del otro, sobre el encuentro entre culturas.

Desde entonces, más de treinta libros que interpretan textos del pasado y del presente sacan a la superficie inquietantes cuestiones morales. Todorov no es de los que aceptan sin más la bondad de la economía capitalista y la democracia liberal «que relega toda idea del bien al ámbito privado y solo reserva al ámbito público la gestión eficaz de los asuntos cotidianos». No cree, por ejemplo, que a los ciudadanos les sea indiferente la conducta moral de los políticos. En Insumisos (2015) dice:

Los ciudadanos del país son seres humanos con necesidades materiales y espirituales, desean que los individuos que, en un momento dado, representan el Estado abran perspectivas, señalen un horizonte e identifiquen el sentido global de la actividad pública que han emprendido. Ahora bien, a este respecto no se puede fingir durante mucho tiempo. Si Francia sigue respetando al general De Gaulle, no es porque se crea que todas sus iniciativas eran buenas, sino porque parecía ser un hombre que actuaba en nombre de un ideal, el bien común de su patria, que estaba por encima de sus intereses personales (página 19).

En realidad, Todorov no abandonó la semiótica, sino que dio tempranamente el paso que yo pronosticaba por aquel entonces. En aquel momento, semiótica era en muchas instancias un término que se utilizaba en vano, pero el tomar conciencia de la importancia de la instancia comunicativa en todo fenómeno cultural es algo tan necesario que se adivinaba ya su triunfo, el éxito de desaparecer como nombre para estar presente en todas partes como sensibilidad. Así aparece en su extensa bibliografía.

En nuestras sociedades del sentimentalismo huero y el espectáculo por el espectáculo, la guía de quien presta atención a la interpretación es un seguro contra la superficialidad, el mal de nuestro tiempo. He ahí el legado de Tzvetan Todorov.