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Conversación con Tom Burns Marañón

Tom Burns Marañón (1948) es un español nacido en Londres y un inglés que vive en Madrid. Nieto de una de las indiscutibles eminencias españolas, Gregorio Marañón (y descendiente también de Miguel Moya, el fundador de El Liberal y de la Asociación de la Prensa; esto se llama pedigrí), Tom es un brillante periodista que se formó en Oxford, ha sido corresponsal en España de Reuters, The Washington Post, Newsweek y Financial Times, y, en la actualidad, además de escribir en los periódicos y publicar libros (acaba de terminar uno, De la fruta madura a la manzana podrida, que aparecerá en breve), trabaja como consultor financiero. Tom ha sido un atento observador de la Transición española y en torno a ella ha completado una trilogía muy reveladora: Conversaciones sobre el Rey, Conversaciones sobre el socialismo y Conversaciones sobre la derecha.

Hablo con Burns Marañón en su oficina de la calle Orellana, en uno de esos barrios céntricos y confortables de Madrid, en una sala llena de grandes cuadros que envuelven la charla en un aire sereno y monacal. Tom lleva las gafas de leer sobre el extremo de la nariz y te mira a los ojos como su egregio abuelo debía mirar a los enfermos. No me queda más remedio que citar a su antepasado, que era también médico de periodistas. César González Ruano, tenaz hipondríaco, le llamaba cada dos por tres, en cuanto tenía una leve tos. Quizá por eso el cronista pudo acuñar la maravillosa definición de que la medicina es una rama de la amistad.

Le traigo una cita de su abuelo, por si podemos aplicársela a la política que estamos viviendo, con jóvenes que quieren defenestrar, literalmente, a los veteranos: «Nada da idea de la vejez prematura de un hombre hecho y derecho, escribió Marañón en su ensayo Rebelde y conservador, como su sumisión incondicional a la juventud de otros».

Marañón mismo decía que el deber de la juventud era rebelarse, era la rebelión. Yo creo que todos debemos ser rebeldes de jóvenes y en la madurez la conducta es más bien de adaptación, es más bien conservadora.

Usted ha llegado a la madurez siendo inglés y español. ¿Se puede ser las dos cosas?

Supongo que sí, las dos cosas. Siempre me lo preguntan y siempre contesto lo mismo. Depende de con quien esté hablando o qué trabajo esté haciendo en un momento dado, o qué es lo último que he leído. Pero yo creo que se pueden compaginar las dos cosas.

Yo creo que, ahora, poder ser las dos cosas es un privilegio.

Bueno, pero todos somos muchas cosas. Hay muchas patrias chicas, donde has nacido, donde te has criado, tu colegio, tu universidad, tus trabajos, las cosas que has hecho en la vida, los sitios donde has estado.

La patria es la infancia, ¿no?

No sé… No necesariamente. Y eso que mi infancia fue muy feliz.

De Churchill, ¿qué recuerdo tiene? A los cincuenta años de su muerte, esta figura nos sigue fascinando. ¿Por qué?

Cuando él murió yo era un colegial, y vivía en el Reino Unido, con mis padres y mis hermanos. Le cuento una cosa curiosa: cuando iba a celebrarse el entierro de Churchill, nosotros estábamos en el internado, pero en casa estaba nuestra hermana y estaba también Javier Solana. Mi madre, que tenía mucha devoción por los momentos históricos, la víspera del entierro de Churchill, que iba a partir muy cerca de donde vivíamos, echó de casa a media noche a mi hermana y a Solana, para que ocupasen un sitio y así poder ver pasar el cortejo.

Y estuvieron toda la noche reservando el lugar, porque había un gentío enorme.

Fue un entierro que conmovió a medio mundo. Un famoso periodista francés, Leon Zitrone, que lo retransmitió por televisión, dice en sus memorias que no vivió nada comparable a la despedida de aquel «compañero de la liberación» de los franceses…

Churchill representa para los ingleses, y te hablo como inglés, la totalidad de la Historia y la totalidad de lo que los ingleses creen de ellos mismos. Churchill abarca dos siglos. Churchill de joven está en la India, en Sudán, en Cuba… Primero es militar, luego es periodista y escritor y, muy pronto y muy joven, es diputado, que es lo que quería ser. Y alcanza la fama de una manera muy rápida. Pero él vive el final del Imperio Británico. Él está en un regimiento de caballería y es el último ataque o carga con los lanceros, esto fue en el Sudán. Y esto es la Inglaterra de Kipling, es lo que crece en la juventud inglesa, por lo menos la de mi época, la Inglaterra imperial. Eso por un lado. Y luego tenemos el Churchill de la segunda guerra mundial, que es otra cosa.

¿Qué es lo que más le atrae de aquel personaje tan poliédrico, que escribía, pintaba acuarelas y hasta trabajaba de albañil, poniendo ladrillos?

Le encantaba construir muros y poner ladrillos en su casa de campo de Chartwell, que se compró recién casado. Es algo muy curioso, una manera de desengancharse, de desintoxicarse. Yo no conozco a otra persona que sea tantas cosas. Hay aspectos de Churchill que a mí me interesan mucho, porque son los menos conocidos. Su primer escaño parlamentario fue por el distrito electoral de Manchester, donde había una comunidad judía bastante importante y Churchill trata a esta comunidad, que son sus votantes. Churchill conoce muy bien a los fundadores de Israel, gente como Weizmann, y toma una postura muy clara con la Declaración de Balfour, en el 17, para la creación de un espacio para los judíos, el hogar judío en Palestina. Hay un momento en la guerra mundial, cuando sabe que desde Italia están embarcando judíos hacia Auschwitz por tren, en el que ordena el bombardeo de esos ferrocarriles. El jefe del arma aérea le dice que tiene muy pocos aviones, que lo importante es seguir machacando la maquinaria de guerra alemana y que no disponía de aparatos para atacar los trenes que iban a Polonia. Y Churchill le dice: «Me da igual. Los bombardeas ya, esta noche».

Y, sin embargo, es una figura controvertida. Siempre fue un hombre muy polémico, pero ahora hay un cierto revisionismo que lo acusa de predominar en él, sobre todo, el espíritu militar. Hablando de bombardeos, no se olvida lo duro que fue con Desdre.

¡Es tan difícil juzgar a la gente que tiene esa responsabilidad! Los ingleses se hacen muy pronto, en la segunda guerra mundial, con el aparato que se llama Enigma, que les permite leer todas las claves y todas las órdenes que dan los mandos alemanes y saben con 48 horas de antelación, quizás más, que se va a bombardear la ciudad de Coventry, que es una ciudad muy industrial y muy antigua, en el centro neurálgico de la industria británica. Churchill tiene que tomar una decisión, que es que ni saca a los niños, ni saca a las mujeres ni refuerza hospitales. No hace nada; no podían descubrir que lo sabían; y Coventry es arrasado, como luego lo fue Desdre. Una vez tomada esa decisión hay que poner en un contexto el bombardeo de Desdre.

Políticamente hay quien piensa que era un conservador muy lúcido y otros que era un pragmático que no tenía inconveniente en cambiar de partido.

Churchill era un poeta. Yo no creo que fuera especialmente pragmático, era un hombre de enormes talentos que dominaba el idioma inglés y escribía divinamente, ganó el Nobel…

De literatura, nada menos.

No le iban a dar el de la Paz…

Era un amante tremendo de la Historia, que realmente conocía, y sabía la importancia de los héroes en la historia. Sus primeros trabajos históricos son sobre su antecesor, el duque de Marlborough, el Mambrú «que se fue a la guerra» para los españoles, porque él nació en el palacio de Blenheim, que es el gran palacio que el Reino Unido le da al victorioso Marlborough, situado al lado de Oxford. Esa pasión por la historia, pasión por los grandes momentos de la historia, pasión por las heroicidades de la historia y por los personajes heroicos, le forman también muchísimo. Eso era lo que pensaba de sí mismo…

Qué gran lema el de los Marlborough, «Fiel, pero desdichado». Lo copiaron de un cañón español.

Un nieto suyo, que es amigo mío, pues fuimos juntos a la universidad, me contó que cuando era muy pequeño estaba en la casa de campo de Chartwell, y después de la comida, cuando Churchill se estaba echando la siesta, este niño se mete donde estaba durmiendo su abuelo y le dice: « ¿Grandfather, de verdad eres el inglés más importante que ha existido nunca?». Churchill se despierta y pregunta a su vez: « ¿Qué me dices?». El nieto lo repite. Y Churchill le dice «Sí, y lárgate ya».

En el aspecto humano debía ser arrebatador.

Es un señor que se está tomando champagne y brandy desde las ocho de la mañana en la bañera, porque se baña constantemente. Le encanta la bañera y está tomando lo que toque y fumándose el puro.

Su secretaria escribió después que los puros eran largos, aromáticos y carísimos. Se aficionó en Cuba, como se sabe, cuando fue a pelear al lado de los españoles. Ahí empezó a fabricar anécdotas.

Es el Churchill escritor, historiador, lector. Y luego están sus acuarelas, para las que tenía una enorme facilidad y que le gustaban muchísimo. Era un hombre incansable.

Decía que en los últimos años de su vida —como cuenta Navarro-Valls— se sentía «como un aeroplano al final de su vuelo, en el crepúsculo y sin gasolina, en busca de un lugar seguro donde aterrizar». Hay muchas anécdotas memorables, como la de Bernard Shaw, que le mandó dos entradas para que fuera a un estreno con un amigo, «si aún le quedaba alguno», y Churchill replicó diciéndole que no podía ir al estreno, pero iría al día siguiente, «si aún seguía la representación»…

O cuando una diputada laborista le acusó de estar borracho y él le dijo: «Yo estaré borracho pero por la mañana se me ha pasado y usted seguirá siendo fea y desagradable». O la de lady Astor, que le dijo que si fuera su esposa le echaría veneno en el café y él replicó que se lo bebería.

Me gusta mucho una que cuenta Ignacio Peyró en su formidable «Pompa y circunstancia, Diccionario sentimental de la cultura inglesa». Su respuesta a un político puritano que describía el alcohol como la patada de un antílope y el mordisco de una víbora: «Señor, toda mi vida he estado buscando una bebida como esa». Es lógico que a un personaje así se le siga venerando, ¿no?

En mi generación, sí. Pero hay una cosa muy importante en Churchill, que es su idea de libertad. La idea de no aguantar al tirano que te ordena: eso está metido en los genes del inglés. Napoleón, por ejemplo. Si tú solamente recibes la educación británica y no sales de las Islas Británicas, tienes una idea de Napoleón. En el continente europeo tienen otra. No aprendes del código Napoleón. Lo único, que Napoleón es un tirano.

A usted, como observador, ¿qué le ha parecido esa irrupción de la señora de Nick Clegg, de soltera González Durántez e hija de un caballero de Olmedo, en la última campaña electoral, abroncando al Gobierno de España por decir que las encuestas podían fallar aquí, como en Inglaterra?

Lo que está diciendo es una cosa muy clara: que hay una enorme diferencia entre el sistema político electoral británico y el español. Nosotros sabemos, porque lo vivimos, cómo se hizo la ley electoral en España, y por qué se hizo de esa manera. Se quería construir el bipartidismo, y se potenciaron dos partidos frente a la sopa de letras. Después ya sabemos lo que pasó. En el 78, Constitución; en el 79, las segundas elecciones que gana Adolfo Suárez. Pero a los dos meses hubo elecciones municipales, y ahí es donde empieza a pegar fuerte la izquierda, que pacta con el Partido Comunista y conquista Madrid, Barcelona, Zaragoza, Valencia, Sevilla, en unas elecciones locales que catapultan a los socialistas. Entremedias has tenido la dimisión de Suárez, el golpe de Estado fallido, doscientos cincuenta muertos de eta y la descomposición de ucd, y tienes una crisis política de caballo en el 81, que se resuelve en el 82 en unas elecciones absolutamente atípicas porque ahí solamente juega un partido, que llega a esa mayoría de 202 escaños en el Congreso. Ya no se vuelve a tener algo así, pero lo que sí se tiene son catorce años de gobierno socialista. Esa cultura política, en la segunda restauración de la Corona, ya no es el turnismo ni la alternancia entre liberales y conservadores, sino que es un solo partido que está cuatro legislaturas en el poder y que ni siquiera es un partido, es el felipismo. Ahí ya entran elementos de liderazgo, de férreo control del aparato, de la superioridad moral, de una serie de elementos que van a hacer muy difícil una política abierta, una política en la que puedan ir sucediéndose los mejores, una política liberal. Y no se produce porque en el fondo esas conductas y esos comportamientos se suceden gobierne quien gobierne. La ley electoral sigue en pie y eso es lo que lleva al artículo de la señorita de Olmedo.

Usted le dijo a Ignacio Amestoy en un autorretrato que la Constitución vale, pero que habrá que reformarla.

Sí, claro.

Lo dice con flema inglesa, sin alterarse, como si no viviese en un país con escraches y fobias, en el que —lo ha contado Rita Barberá, alcaldesa de Valencia que luchaba por su puesto en las últimas elecciones— un fotógrafo pedía a los reventadores de sus mítines «más odio, más odio». Pero, español también, Tom Burns Marañón enseguida se pone a hablar de encuestas y posibles pactos. Me dan ganas de decir que quizá nos esperan días de sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas. Pero a lo mejor estoy exagerando. Ya está bien de Churchill por hoy.

Tom me regala uno de sus últimos libros, Hispanomanía con un Prólogo para franceses (que trata de quienes han configurado la visión de España en el extranjero), cuya dedicatoria ilustra sobre cómo son estos nietos del doctor Marañón: «A mis hermanos María Belén, David y Jimmy, tan españoles como ingleses en España y en Inglaterra». ¢

Rod Dreher y las lecciones de San Benito para el siglo XXI

Un debate político y religioso como el que plantea el libro The Benedict Option (Sentinel, 2017), publicado hace un par de meses por Rod Dreher (1967), parece impensable en España, donde las posiciones al respecto, no necesariamente más enconadas que en otras partes, dan a menudo la impresión de adolecer de la flexibilidad intelectual suficiente para no reducir al absurdo intuiciones de fondo muy matizadas que están recorriendo un aspecto tan sensible de las sociedades occidentales como la relación estrecha y conflictiva entre vida pública y libertad religiosa. Lo atrayente de este libro es que ha suscitado elogios incluso entre quienes no están de acuerdo con su propuesta, precisamente porque no obliga suscitar unanimidades y adhesiones, sino a pensar y debatir los propios límites de su argumentación.

Lo atrayente de este libro es que ha suscitado elogios incluso entre quienes no están de acuerdo con su propuesta

Rod Dreher, como editor de The American Conservative y destacado publicista, lleva más de una década desarrollando los argumentos centrales que recoge en este libro y que se podrían sintetizar como un manifiesto a favor de recuperar las intuiciones originales del monacato occidental. Esta apuesta es presentada como una oportunidad histórica, en las actuales circunstancias políticas y sociales, para que los denominados «conservative christians» puedan hacer frente a los retos de nuestra época. Parecería que estuviéramos ante la simple reformulación del programa político de la típica derecha cristiana. Pero la vuelta al mundo monástico que se propugna en estas páginas es cualquier cosa menos el regreso a la oscurantista abadía de El nombre de la rosa.

The Benedict Option es un ensayo cuyos marcos culturales son esencialmente norteamericanos y que, por tanto, requieren para un europeo un esfuerzo suplementario. Aun así, empezarlo a leer desafía las expectativas de cualquier lector, hasta del que sea en principio más escéptico. Su punto de partida es el siguiente: la revolución sexual iniciada en los años sesenta ha triunfado definitivamente, pudiendo decirse que en la última batalla de la kulturkampf moderna el cristianismo ha salido derrotado. Por un lado, es preciso abandonar cualquier esperanza de que la situación pueda revertirse y mucho menos seguir pensando que los partidos conservadores de las democracias occidentales no sólo pueden, sino que quieren contener este proceso. Sus reservas morales y políticas frente a la presidencia de Trump resultan de una lucidez que no se permite ninguna ilusión.

Por otra parte, la llamada «ideología de género» no sólo está ocupando el espacio central, sino que está también desplegando, cada vez con más éxito, toda una serie de iniciativas legales y políticas que no dejen margen a cualquier atisbo de civilización cristiana en Occidente. Por consiguiente, de igual modo que ocurrió cuando el Imperio Romano se desmoronó, asediado e invadido por las tribus bárbaras, los cristianos que quieran realmente vivir en radicalidad su fe según Dreher, han de retirarse de este mundo, no para huir de él, sino para poder resistir y sentar las bases de una reconstrucción cristiana de nuestra civilización, siguiendo el ejemplo de la Regla benedictina.

Este retorno quisiera articular las intuiciones del comunitarismo de los años 80 y 90. Dreher se inspira explícitamente en la última página de After virtue de Alisdair MacIntyre, que cita a menudo, en la cual el filósofo norteamericano se preguntaba sobre qué actualidad podría tener un nuevo san Benito en una sociedad que ha sustituido la guía moral de los principios dictados por la razón por el dominio de las emociones. Para Dreher, la construcción de “monasterios”, cuyas puertas no acogerían sólo a las personas que abrazan el clásico estado religioso, sino que servirían sobre todo para las familias y todo tipo de laicado, incidiría en la formación de un modelo político, educativo, eclesial, sexual y tecnológico que permitiese vivir a los cristianos en auténtica libertad.

Este retorno quisiera articular las intuiciones del comunitarismo de los años 80 y 90

Sería muy fácil despachar esta propuesta reduciendo al absurdo sus puntos más débiles y discutibles. Como libro divulgativo, su explicación de las crisis sucesivas de la modernidad desde el siglo XIV al siglo XX es esquemática y superficial. La confusión terminológica entre conservador, reaccionario y tradicionalista no permite observar con precisión el dinamismo espiritual de una vuelta “monástica”. Su percepción de que ésta es la retirada estratégica que necesita el cristianismo para sobrevivir podría ser vista como la aceptación de que éste debe admitir su reclusión voluntaria en un ghetto, que él incluso identifica con la imagen del Arca de Noé. Es inevitable preguntarse sobre su viabilidad interna ante la presión de un mundo global que no permite ya experimentos familiares, más que de monjes, de pioneros. Eppure…

La propuesta de Dreher, que ha sido sucesivamente metodista, católico romano y ahora ortodoxo, desafía las casillas habituales a las que suele confinarse el pensamiento conservador. Su opción monástica pretende ser ecuménica, de sensibilidad ecologista y, de acuerdo con la Doctrina social cristiana, muy cauta ante los excesos económicos del neoliberalismo global.

Aunque pueda ser muy discutible que la suya sea “la” solución para el cristianismo, no debe descontarse que sea “una” solución digna de atención. Cuestiona y resiste el mito de una globalización centrípeta que, como un tornado, absorbe todo lo que se encuentra. El monasterio es un signo de una vida comunitaria que, al separarse, apunta a una trascendencia física y espiritual como garantía legítima de un orden social.

Puede estarse en desacuerdo con el hecho de que estemos viviendo exactamente el fin del Imperio, con el derrumbamiento sin más de la auctoritas y la potestas, pero no cabe descartarlo. ¿Por qué una opción monástica actual no habría de contar también, junto con la de san Benito, con una figura tan sobresaliente y ambigua políticamente como la de san Bernardo de Claraval, cuyo libro De Consideratione ha sido leído por todos los papas desde Juan XXIII hasta Francisco como el equivalente católico de El príncipe de Maquiavelo? Más que la época del Diluvio, sea tal vez la nuestra la de un Exilio que pudiera ser también el tiempo de una Anábasis. El análisis de Dreher, valiente y decidido, merece que sus argumentos sean leídos y debatidos con interés también en nuestro país.

La función social de la empresa según el modelo del Zen Business: beneficio y bienestar

Josep María Coll, profesor de EADA Business School, es un especialista del llamado Zen Business, que ayer estuvo en UNIR exponiendo este modelo económico. Lo hizo ante un grupo de expertos moderado por Manuel de la Rocha, dentro del marco de las jornadas organizadas por Funciva, presidida por Alberto Ruiz-Gallardón.

El doctor Coll pronunció su conferencia comentando y ampliando este guión:

La función social de la empresa.pdf

Remontándose a Adam Smith y a Milton Freedman para hablar de la máxima del “máximo beneficio económico”, se detuvo en el “lado malo” de esa perspectiva: la falta de motivación para el trabajador, la dificultad de las empresas para adaptarse a los cambios, las desigualdades económicas y la degradación del medio ambiente. Este cariz se había puesto de manifiesto mucho más después de la crisis de 2008, y era la generación más joven la que promovía el “consumo social consciente” y la que buscaba “marcas que nos enamoren”: los prosumidores.

Nos hallábamos en este momento de la historia -continuó- en un cambio de paradigma: de las empresas que buscan solo la maximización del beneficio a las que Coll definió como “empresas conscientes”, en las que los valores no son “la codicia y el egoísmo” sino “el amor y la compasión”, en las que se volvía al origen etimológico de la palabra economía (administración de la propia casa), que este caso era el planeta entero. Una empresa era una “unión” para administrar nuestro hogar, lo que acentuaba ese componente de “amor y compasión”.  Lo anterior no significaba renunciar a las ganancias (había multi-win), pero el enfoque vital era holístico (toda la persona, no solo su aspecto económico) y el objetivo estratégico, respetando el medio ambiente, a largo plazo.

En gran medida lo anterior se podía conseguir solo cambiando también la mentalidad de los líderes, de tal manera que se pasara de trabajar en una empresa con un jefe “dictador” y una “manada de lobos” como compañeros a otra que se centrara “en la cultura y el empoderamiento” para “aumentar la motivación del empleado”.

Tras lo anterior Coll llegó a la una definición del Zen Business: “Es un modelo orgánico de gestión y transformación empresarial para organizaciones que quieren mejorar su impacto en el mundo de forma armónica”, con las siguientes características: biomodelo de gestión sostenible, mindfulness empresarial, liderazgo de valores, integrando la sabiduría en la ciencia del management y con un enfoque holístico para el cambio y la transformación empresarial.

El zen, según Coll, es uno de los sistemas de pensamiento-acción basado en los valores universales más aplicado en el campo del desarrollo personal, la salud y el bienestar y él lo había aplicado a la gestión de las empresas.

Finalmente habló de las corporaciones orientales que funcionaban (y muy bien) con este modelo, y el trabajo que él y otros más estaban desarrollando en España para que esta cultura fuera también nuestra.

En el turno de debate se pusieron de manifiesto dos bandos claramente definidos. Unos, con matices, estaban de acuerdo y apoyaban la línea de Coll. Fueron los siguientes: Paz Guzmán(economista, delegación de la UE en España), Sara Ladra(economista, ICEX) , Eduardo García Ríos (abogado, Cepyme), Inés Sagrario (economista, directora de Competitiveness), Antonio González (asesor de UGT, director del Impact Hub), Sergio Vázquez Torrón (gabinete de la secretaría general del PSOE, economista), Bruno Estrada (economista, adjunto al secretario de CC.OO.), Rocío Martínez Sampere(economista, directora de la Fundación Felipe González), Conchita Galdón (directora de Innovación Social del IE) y Manuel de la Rocha (economista, profesor de UNIR). Este último se interesó por cómo el Estado y las leyes podrían aupar el modelo del Zen Business. Bruno Estrada echó de menos que Coll no hubiera hablado más de “democratización de empresas” y del papel de los “sindicatos”; Conchita Galdón adujo que se podía defender sin avergonzarse lo de la máxima ganancia y que en cualquier caso el consumidor era contradictorio y no tan afín a la economía verde como a veces se dice, y Rocío Martínez Sampere, “haciendo de abogada del diablo”, defendió que muchas veces, bajo la apariencia de “función social”, se buscaba más que nunca el lucro (Ford y la cadena de montaje de coches que motorizó a los Estados Unidos).

Y fue a partir de esas dos últimas intervenciones donde el “otro bando” ahondó: José Luis Curbelo (investigador del CSIC, profesor de UNIR) ve sobre todo en el Zen Business una moda, un grupo de gente en todo caso con buenas intenciones, como en su día pudieran haberlo sido los marxistas, pero incapaz de funcionar en todos los sectores.  Mario del Rosal (economista, profesor de la Universidad Carlos III) también discrepó sobre los fundamentos y eficacia de ese modelo.

Tu sangre en mis venas: la poesía y la figura del padre

Hace ya varios años que Enrique García-Máiquez está instalado en años de verdadera plenitud personal, y por tanto creativa, lo cual multiplica su plenitud personal, y por tanto la creativa… en un bucle satisfactorio e infinito del que sus lectores salimos dichosamente beneficiados. Si en 2015 entregó en Palomas y serpientes (Comares) el mejor libro de aforismos que se ha publicado en España en mucho tiempo (en un género tan dificilísimo y a menudo, en mi opinión, antipático, como el de la máxima, la sentencia…), ahora ha publicado en Númenor una nueva entrega de su divertido, sensible e inteligente blog (que él, razonadamente, llama blogg), que continúa aquel ya extraordinario El pábilo vacilante (Renacimiento) que en 2012 comprimía y seleccionaba las entradas que había publicado en su diario digital entre 2008 y 2011.

Entre los textos que han saltado a la dignidad insuperable del papel en esta nueva entrega (titulada Un largo etcétera (Rayos y truenos, 2011-2016)), hay uno especialmente arrebatador, elegante, emocionante, significativo, tierno, hilarante, todo a la vez. Como él lo cuenta tan bien, sin digresiones ni explicaciones que pudieran arruinar la pequeña y emboscada trascendencia de la anécdota, prefiero no parafrasearlo, y citar: “Antes de entrar de visita en la habitación del hospital, les digo que hay que portarse muy bien. Así que si sienten irrefrenables deseos de gritar que salgan al pasillo. Tocamos a la puerta y entramos cariacontecidos los cuatro, como corresponde. Quique, muy serio, sale despaciosamente a los cinco minutos sin que nos demos cuenta. Y escuchamos en el pasillo un alarido terrible: “¡Aaaaahhhhh!”. Tras el que vuelve a entrar, sereno y circunspecto” (pág. 133).

Tal vez pueda parecer un paralelismo exagerado, casi abusivo, pero en buena medida ese desahogo del niño ante la situación hospitalaria (esto es, ante la enfermedad, la convalecencia, la postración, el dolor, el miedo, el silencio, la muerte…) contiene el mismo espíritu que late en el fondo de muchos de los aullidos que el propio Enrique García-Máiquez ha antologado magistralmente en Tu sangre en mis venas. Poemas al padre en la poesía hispánica moderna (Renacimiento), y en la que desde Unamuno al todavía hoy veinteañero Rodrigo Olay se van recogiendo lo que el título anuncia: poemas dedicados al padre de los autores, entendido el asunto de un modo amplio pero sin admitir al mismo tiempo demasiados despistes ni mixtificaciones: ha de tratarse de poemas al padre real, con una implicación biográfica, sentimental y emocional suficientemente expresiva.

El antólogo explica bien las reglas del juego en su preciosa introducción, otra obra maestra, y en la que con razón se remonta hasta Jorge Manrique para ilustrar hasta qué punto el apóstrofe al progenitor, en segunda persona, con un contenido literalmente conmovedor y con una calidad literaria abrumadora, está en los mismos orígenes de la poesía española reciente (y digo “reciente” porque qué son quinientos años al hablar de poesía…), en las fuentes de nuestra sensibilidad lírica, en nuestra forma de leer versos y en la propia sangre del idioma.

Si los he contado bien, son noventa y cuatro los autores seleccionados, y, a pesar de la enorme y feliz variedad de tonos, estéticas y actitudes (ya que no de temas…), no hay ni un solo poema malo, ni tampoco, dada la importancia de lo que se está hablando, banal. Ése es también un enorme mérito del compilador, que se ha asomado a Hispanoamérica y ha encontrado y reproducido algunos poemas que yo no conocía y que son verdaderamente asombrosos (como el del argentino César Fernández Moreno, por citar sólo el primero de ellos).

Decía lo del niño en el hospital porque una enorme porción del libro trae poemas de naturaleza manriqueña, en el sentido de que están escritos tras la muerte del padre, elegías en carne viva que también admiten matices muy distintos pero que en todos los casos son, naturalmente, importantes, encendidas, verdaderas. Hay también testimonios impactantes, y algún poema de celebración o felicitación o circunstancias, y declaraciones de amor en vida, y ajustes de cuentas post-mortem…, pero todos construyen un libro revelador y palpitante que bombea desde el fondo de lo que somos muchos litros de belleza y verdad, sacando a la superficie de la página expresiones de emoción, amor, rencor, gratitud, mala conciencia, preguntas no lanzadas en su día y respuestas que proceden de un caudal interior siempre interrogante. Para aquellos que sólo quieren leer poemas escritos a la desesperada, con el corazón, abiertos en canal, Tu sangre en mis venas será un verdadero banquete, un libro que se queda adherido a las manos, pegado a la piel para siempre, interiorizado, asumido… pero que nunca se acaba de digerir ni asimilar del todo, porque lo que plantea no tiene solución final, no ofrece una respuesta definitiva, no se acaba nunca, como el propio rodar de las generaciones.

La obediencia en Psicología: una conversación con el profesor Fernández

El profesor Andrés Fernández es doctor en Psicología y ha ampliado estudios en las Universidades de Oxford, Lund y el King’s College de Londres. En esta entrevista nos habla de la obediencia abordada desde su campo de trabajo.

Usted ha estado estudiando últimamente de forma especial el tema de la obediencia. ¿Cuál es la bibliografía que recomienda al respecto?

Probablemente el estudio de Milgram llevado a cabo en 1963 sobre la obediencia a la autoridad junto con el de Zimbardo en 1971 sobre violencia y agresividad sean algunos de los estudios más famosos y con mayor repercusión en Psicología. Ambos pusieron en evidencia la cara más negativa del ser humano. En el caso de la obediencia, el artículo original fue publicado por Stanley Milgram en 1963 en la revista Journal of Abnormal and Social Psychology. Posteriormente se ha abordado en muchos manuales de Psicología (véase por ejemplo, Myers, 2005) y en prácticamente todos los manuales de Psicología Social (e.g., Ovejero, 2015).

¿Defiende Milgram que se puede hacer daño a una persona simplemente por obedecer a la autoridad, que incluso las personas “normales” son capaces de cometer atrocidades por obediencia? ¿No será más bien por un falso concepto de lo que es la obediencia? ¿Se refiere a que las están torturando y no soportan ya el grado de tortura?

Milgram comprobó que las personas “normales” eran capaces de aplicar descargas eléctricas de intensidades mortales sobre otras personas que acababan de conocer simplemente porque obedecían una orden. Es más, lo hacían mientras escuchaban sus gritos de dolor ─obviamente fingidos─ ante la supuesta descarga.

Antes de llevar a cabo el estudio, Milgram preguntó a varios especialistas sobre cuál era su previsión respecto a la intensidad de descarga que serían capaces de aplicar estas personas y respecto a cuántos llegarían a aplicar la máxima intensidad (descarga potencialmente mortal). Los especialistas coincidieron en decir que las personas solo aplicarían descargas de bajo voltaje y que solo un 1 por ciento (aquellos más sádicos) serían capaces de llegar a aplicar la máxima intensidad. Los resultados fueron sorprendentes e inesperados. Dos tercios de la muestra llegaron a aplicar la máxima descarga. Recuerdo que se trataba de descargas mortales.

Por tanto, no se trata de un falso concepto de obediencia, sino de que realmente una persona en estado de agente ─ es decir, cuando percibe que pertenece a una jerarquía y que, por tanto, los que están por encima de él son los verdaderos responsables de esos actos ─ y con una socialización previa en obediencia, es capaz de obedecer a cualquier precio.

El hecho de que los sujetos experimentales hubiesen cobrado previamente por participar en el estudio y que se llevase a cabo en una universidad ayudó a justificar el comportamiento y a facilitar la obediencia. Aun así, no se justifica de ninguna forma ese comportamiento.

¿No se recurre a la obediencia como una excusa para intentar eludir responsabilidades? Justo los nazis, tras la guerra, utilizaron esa técnica cuando eran imputados.

Efectivamente, muchos de los protagonistas de aquellas atrocidades indicaban que simplemente obedecían las órdenes de sus superiores. Por este motivo, se realizaron estudios para intentar dar repuesta al fenómeno del Holocausto. Concretamente Milgram quiso saber si los torturadores nazis se comportaban así por sus defectos personales o si, por el contrario, cualquier persona podría llegar a ejecutar a un extraño si se lo ordenaban. ¿Puede ser utilizado como excusa? Por supuesto. No obstante, tanto en su estudio como en replicas posteriores (por ejemplo, simulando concursos televisivos) se ha demostrado que la obediencia puede hacer que las personas puedan provocar verdaderas atrocidades en situaciones claramente diferentes a las del holocausto nazi. En estos estudios, desobedecer era claramente más “barato” (menor castigo). Además, tampoco se había estado bajo la influencia de la propaganda nazi. Por tanto, este estudio pone de manifiesto el comportamiento irracional (y amoral) del que somos capaces ante la presión de una autoridad.

¿Ve Milgram aspectos positivos en la obediencia?

Por supuesto. Stanley Milgram definía la obediencia como el elemento más básico de la estructura social humana. De hecho, lo consideraba una condición necesaria para toda vida en comunidad. En principio, salvando algunos matices y teniendo en cuenta el momento en el que lo dice, la mayoría podríamos estar de acuerdo con esta afirmación. No obstante, su principal preocupación fue descubrir lo “manejables” que podemos llegar a ser ante líderes con ideales perversos poniendo de relieve la irracionalidad de nuestro comportamiento.

Es curioso que, según Milgram, ninguno de los participantes en el estudio se levantó a ayudar a la persona que recibía las supuestas descargas sin pedir permiso previamente al investigador ─aun habiendo escuchado claramente sus quejas y sufrimiento─.

¿Se aborda en Psicología el estudio de la obediencia desde un punto metafísico o solo experimental? Con lo de metafísico me refiero a defender el concepto de verdad al estilo Ratzinger (crítica inteligente al relativismo).

El estudio de la obediencia se aborda estrictamente desde el punto de vista experimental. Es decir, simplemente se trata de conocer cuáles son realmente las variables que provocan este comportamiento poniendo el énfasis en aquellos aspectos de índole situacional por encima de las personales.

Por qué amamos las biografías

La literatura – escribe Valentí Puig en lo que va de siglo – puede representar sentido, memoria, belleza, una ilusión de tiempo, un modo de conocimiento, una pasión por la experiencia y, a la vez, una crítica de la vida, en invierno y en verano. En estas palabras del escritor mallorquín se resume buena parte de la arquitectura espiritual de Occidente: el sustrato cultural que aglutina el pasado con el futuro, la ejemplaridad con el resorte ético. Enfrente, el manierismo de las corrientes críticas, el sofisma postmoderno que niega a lo real cualquier rescoldo de verdad. Precisamente porque hay sentido y porque hay memoria y belleza, cabe confiar en una tradición constructiva que delimita el horizonte del hombre y le concede una posibilidad de futuro. Dicho de otro modo: la literatura se sostiene sobre la espesura moral de la vida. De ahí la primacía de lo biográfico.

Cabe confiar en una tradición constructiva que delimita el horizonte del hombre y le concede una posibilidad de futuro

En esa tradición que es Europa, los orígenes se cifran en un doble asesinato –cito a George Steiner-: el de Sócrates y Jesús, con el escándalo ético de sus muertes. Ninguno de los dos escribió una sola línea y, sin embargo, sus vidas, recogidas en los diálogos platónicos y en los Evangelios, definen el logos y el ethos de nuestra civilización. Pienso en Sócrates y en Jesús, pero también en el valor sustantivo de lo biográfico como uno de los ejes de la bildung, que así denominan los alemanes el proceso de formación de una persona. Los filósofos de la sospecha – de Nietszche a Freud – han querido ver en la biografía el rostro de la mentira, obviando la esterilidad última de su posición. De forma especular abundan en nuestros días las biografías que husmean los detritos de la vida, como un obsequio a la banalidad de la existencia. La crisis de auctoritas es una de las consecuencias más notables de esta pérdida de la inocencia, al tiempo que se degrada el sentido del bien común. Pero evidentemente no es esa la tendencia a la que me aferro como lector apasionado de biografías, sino a la que ilumina nuestras vidas: al testimonio del horror – en los gulags o en Auschwitz, por ejemplo – o de la pastosa homogeneización social, pero también de la bondad y el coraje de unos hombres que supieron, a pesar de sus imperfecciones, ser fieles a la condición humana.

“El meteorólogo”. Volver a leer sobre el horror

Volver a leer sobre el horror, y que nos deje fríos. Ese miedo.

Llevaba unas cuantas semanas leyendo sobre asesinatos en masa comunistas. El Gran Salto Adelante de Mao, el Gran Terror de Stalin. Eran buena historiografía: el relato fluía, las causas se sucedían, el camino al desastre quedaba trazado. La metáfora para sintetizar los millones de muertos era el dato numérico. Esta cifra era acompañada, numerosas veces, por breves tragedias donde el desgarro se resolvía en pocas líneas. Al cabo de varias horas de lectura, mil muertos más eran una cifra por la que pasaba casi de largo, incluso me parecía pequeña, si la comparaba con el horror global. Eran más interesantes las luchas de poder dentro del Partido que las millones de vidas rotas. De vez en cuando me detenía y me enfadaba conmigo mismo, cómo podía pasar por encima de todos esos muertos sin ninguna pausa, sin ningún estremecimiento. Necesitaba barrer todos esos informes -condenas a muerte, planes económicos, órdenes burocráticas- que se amontonaban en mi mente. Apartar toda esa masa inmensa y angustiosa de carpetas de un manotazo, quedarme sólo frente a una, abrirla con cuidado, y descubrir que dentro había un hombre.

El relato fluía, las causas se sucedían, el camino al desastre quedaba trazado

Su nombre era Alekséi Feodósievich Vangengheim, y “su especialidad eran las nubes”. Olivier Rolin lo conoció -tanto como puede conocerse a alguien muerto hace décadas, del que sólo quedan pistas dispersas en la vasta Rusia- a través de sus dibujos sobre la naturaleza, suaves y hogareños. Se los enviaba a su hija Eleonora desde el campo de concentración de Solovkí, en las islas Solovetsky, cerca de la frontera con Finlandia. Rolin viajó hasta ese archipiélago remoto, en general, por su incansable magnetismo hacia Rusia y, en particular, para grabar un documental sobre la biblioteca de este campo de concentración, que llegó a contener 30.000 volúmenes. De allí iría germinando la idea de escribir un libro sobre Vangengheim, “El meteorólogo” (Libros del Asteroide), que -en el fondo- es un lamento sobre la gran Fe de nuestra historia reciente.

“Es una especie de Santo Job comunista”, apunta el maestro Gregorio Luri sobre Vangengheim. Luri fue el primero en escribir sobre este libro, en su original en francés, lo que puso en marcha la actual traducción al castellano. Rolin y Luri comparten esa pasión por desentrañar la teología comunista, lo que les crea madera de psicólogos, les hace viajar a archivos y a personas viejas, y quizá les aguijonea ciertas convicciones olvidadas de juventud. El caso de Vangengheim es conmovedor por su patetismo: después de ser encerrado en un campo de concentración de manera injusta, de ser expulsado del Partido y de sus cargos, de ser separado de su familia y de su amada ciencia, sigue confiando en el sistema, en que su caso es un error, una excepción que será corregida. “Si Stalin lo supiera todo… No consigo conciliar en mi cabeza el bolchevismo y este absoluto sinsentido.” Los años pasan y sigue creyendo, le asaltan las dudas, pero confía en que la verdad se impondrá, es un buen bolchevique, la razón se impondrá, envía cartas y hace retratos de Stalin, la Historia se impondrá… Y todo acabará con una bala en el cráneo y un nombre tachado de una lista.

Rolin no cae en el pecado siniestro de regodearse en la magnitud de la tragedia. La vida en el campo de Solovkí es contradictoria, la Realidad no es absolutamente maligna, no es una película de terror. Rolin no busca dramatizar la tragedia: ante la tentación de exagerar los hechos y manipular los detalles a su favor, se atiene a los documentos que tiene a mano para narrar una historia real, es decir, verosímil por inesperada. El escenario del crimen no refuerza lo siniestro, sino que la historia sucede en un hermoso paisaje de auroras boreales, vastos mares y naturaleza salvaje. La belleza del paisaje fue uno de los motivos que llevó a Rolin a la isla Solovkí. Allí, Vangengheim tiene tiempo para dibujar zorros azules, bayas púrpuras, la geometría de las hojas o el pequeño gato gris que cada día le visita, para luego enviárselo a su hija. De vez en cuando realiza conferencias ante otros presos sobre la posibilidad de viajar a Marte o a la Luna. Es un personaje nostálgico e inocente, “un hombre que amaba a su familia, con un amor muy particular a su hija, su ‘estrellita’”, un bolchevique atrapado en su credo, un científico que adoraba “su profesión y seguramente también la época en la que vivía”, y que tenía ciertos aires de grandeza, enfadado de que su nombre ya no figurase en los libros de Historia del gran proyecto soviético. Era un “hombre destinado a la observación apacible de la Naturaleza y al que la furia de la Historia destrozará.”

Rolin no nos presenta a un héroe, sino a un hombre complejo, y por eso hace buena literatura. Toda esta historia no adquiriría su significado y potencia sin la magnífica narración tejida en “El meteorólogo”. El poder de la escritura es conseguir que Vangengheim no se convierta en una cifra más, perdida en nuestra mente. Rolin elabora, de un modo parecido a otros escritores franceses como Emmanuel Carrère, a través de una técnica clara y sensitiva, un relato que usa el particular para abrazar la magnitud filosófica del gran tema tratado. Porque, más allá de Vangengheim -pero sin nunca olvidarlo-, el autor intenta indagar qué supuso para la psicología mundial la caída del telón comunista, y el descubrimiento efectivo de las fosas pútridas que se ocultaban tras un manto rojo de esperanza, ya que “la historia de nuestro meteorólogo, la de todos los inocentes en el fondo de una fosa, son una parte de nuestra historia en la medida que lo destrozado con ellos fue la esperanza que nosotros (nuestros padres, quienes nos precedieron) hemos compartido, una utopía que creímos, al menos por un tiempo, que ‘estaba haciéndose realidad’.”

El autor intenta indagar qué supuso para la psicología mundial la caída del telón comunista

En los últimos capítulos del libro, Rolin expone el valeroso trabajo que “investigadores militantes” rusos están realizando para descubrir los lugares exactos donde fueron ejecutadas tantas almas, puntos de un espacio tan vasto e inmenso como es la “llanura infinita” de la geografía rusa, donde se descubre “el vértigo del espacio”. Si Svetlana Aleksiévich servirá para no olvidar las voces de las hijas de Rusia que vivieron y sufrieron la guerra, la miseria y la caída de un Imperio, Rolin escribirá para honrar “los cuerpos desnudos y amontonados en el volquete de un camión” y los rostros en fotografías de “niño de la calle, carpintero, sacerdote, peluquera, estudiante, enfermero” que juntos “componen la innumerable figura de un pueblo muy concreto, muy concretamente martirizado en nombre de la abstracción de un pueblo amo.” De aquellos miles de asesinados de los que “apenas nos hemos ocupado aún”, y de aquellos otros que, tras el incansable trabajo de los militantes en pos de la memoria histórica, ya descansan -junto a una fotografía y unas flores artificiales- en un punto concreto donde alguien los podrá recordar y amarrar, para que no acaben diluidos en la inmensidad anónima, geográfica e histórica, de la Rusia del siglo pasado, que tan fácilmente se nos podría transformar en un cuento antiguo, si no tuviéramos los cariñosos dibujos de un meteorólogo que nos recuerdan que todo aquello fue demasiado real.

Mercadotecnia política entre la emoción, el relato, la acción y la verdad

Una política comunicativa eficaz ha de ser emotiva, ha de ilusionar y por lo tanto mueve a obrar, ha de construir un relato claro y ha de ser verdadera si a medio y largo plazo quiere ser eficaz. Ese podría ser el resumen de la jornada sobre Mercadotecnia política que ayer se celebró en UNIR.

En la mesa redonda participaron Carmelo Encinas (periodista, organizador del seminario y moderador de la sesión), Ignacio Martín Granados (consultor de comunicación política, ponente principal)  Euprepio Padula (coach de análisis político, ponente principal), Luis Alegre (profesor, miembro del consejo consultivo de Podemos), María Claver (periodista), Toni Bolaño (periodista), Gabriel Elorriaga (profesor del Instituto Atlántico de Gobierno) y Miguel Ángel Garrido Gallardo (catedrático de Filología, especialista en análisis del discurso).

Euprepio Padula centró su conferencia en el uso del dinero, la militancia y el activismo en mercadotecnia política. Podemos y Macron son ejemplos recientes de éxito, dijo. Pedro Sánchez y su victoria de libro, también. «Lázaro Sánchez, lo ha llamado Borrell», porque ha superado «el bloqueo emocional». Ha pasado de «mártir a santo», «santo ganador» porque claramente demuestra que «quiere llegar a la Moncloa». En el otro lado, Cameron, por el Brexit, «ha sido un idiota: tenía los datos y no supo contar con la emoción». La emoción influye en los resultados. 

Ignacio Martín Granados habló, citando a Cicerón, de las cualidades del candidato ideal: comprender el contexto, captar indecisos, analizar a los rivales, estar en campaña permanente (ir al foro, proximidad con el electorado, charlar con él). Recorrió la historia de Retórica hasta llegar a Clinton y Obama, con el uso de las redes sociales, y a Trump, con el estudio del Big Data para saber ganar en los estados más ajustados con mensajes segmentados. Habló también de las críticas a la mercadotecnia: técnicas para «manipular el mensaje», «desnaturalizan la democracia», «todos los candidatos se perciben igual, de cartón piedra». Es preciso por tanto que se vuelva a la emoción: pasar del story telling al story doing, el Big Data y el uso inteligente y renovado de las redes sociales.  

A partir de esas exposiciones arriba resumidas, hubo un debate en el que anotamos lo más importante por orden de intervención:

Luis Alegre subrayó que la mala prensa del marketing político es signo de que algo va mal, es símbolo del anhelo por recuperar la dignidad ciudadana.  No se trata de vender productos sino de conformar la voluntad política.

Toni Bolaños destacó la importancia de un relato que hasta llegue a «formatear la mente del contrario, utilizando la palabra, el lenguaje, e incluso la manipulación del lenguaje». En el marketing político no hay espacio para la improvisación, porque «la improvisación lleva al matadero». «La verdad no existe -sostuvo-, la verdad es el mensaje que se impone. Al final, el lenguaje es el que se impone. Qué es verdad y qué es mentira depende de las situaciones.»  

María Claver defendió el poder de la imagen sobre las palabras. Hay un exceso de información que hace no se preste atención a los mensajes largos, ni a la lectura. Junto a eso, hay que conseguir un relato participativo, «como lo tienen Rajoy y Podemos».

Luis Alegre intervino de nuevo para dejar claro que hay diferencia entre relatos faltos y verdaderos. «No se puede disolver la verdad».

Carmelo Encinas replicó con que «la verdad es muy subjetiva».

María Claver añadió que un relato basado en las mentiras es más fácil de rebatir. Hay que tener capacidad para construir un relato indestructible, y para eso «a veces hay que retorcer la verdad.»

Gabriel Elorriaga, al margen del debate sobre la verdad y la mentira, apuntó que los movimientos políticos se suceden de forma natural y acompasados a las características de las sociedades. Antes que hablar de comunicación política habría que hablar de política, de estrategias y de opciones. La mercadotecnica está al servicio de eso, y no al revés. Las técnicas de marketing político están a disposición de todos los partidos y todos, tarde o temprano, saben utilizarlas, «porque el otro no es tonto nunca», por eso son secundarias, porque al final lo que gana es lo sustantivo. Lo que hay que hacer en realidad es ver «en qué medida eres capaz de identificar la dirección en la que va la sociedad». Si el PP no llega a electorado joven no es por un problema de comunicación ni de marketing político. Aquí hay un problema de estrategia, quizá porque el PP dedica más a cuidar las pensiones y descuida las becas, o por otros motivos. 

Toni Bolaños volvió al debate sobre la verdad y la mentira. Los inmigrantes, preguntó, «¿causan crisis económica o la alivian»?

Luis Alegre replicó con que la dificultad para encontrar la verdad no quiere decir que la verdad no exista. Si discutimos es precisamente porque pensamos que hay una verdad, de lo contrario no discutiríamos. Solo la verdad convence. Solo una mercadotecnia verdadera es eficaz.

Miguel Ángel Garrido, finalmente, en esta misma línea de Alegre, recordó lo recogido por Quintiliano en su tratado Institutio oratoria, aquello del vir bonus dicendi peritus (el varón bueno perito en el arte de hablar). Antes que el arte de hablar estaba el ser bueno, es decir, la relación con la verdad. Las emociones no mandan. Manda la verdad. Y la verdad existe, porque de lo contrario, «no discutiríamos si un penalti ha sido penalti o no ha sido penalti.»