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Ver productosEnrico Gibellieri ha pronunciado esta tarde una conferencia en UNIR sobre el teletrabajo, en el marco de las jornadas organizadas por la fundación Funciva y UNIR, y luego, en el turno de debate, con un grupo de expertos bajo la dirección de Cándido Méndez, se han abierto horizontes en principio no tan evidentes: por ejemplo, la conexión del teletrabajo con el emprendimiento.

Cándido Méndez ha definido a Enrico Gibellieri como un hombre del 68 pero que se ha ido adaptando a los tiempos y a continuación Enrico Gibellieri ha desarrollado su ponencia siguiendo bastante al pie de la letra este guión:
Cómo gestionar el trabajo en la era de Internet.pdf
Cabe destacar el énfasis que ha puesto en las limitaciones de determinadas empresas al teletrabajo por cuestiones de propiedad intelectual y en la importancia del teletrabajo para la eficiencia energética, la lucha contra el cambio climático y la movilidad ciudadana. También ha destacado los resquicios que ofrece en el campo de la defensa de los derechos laborales (“¿cómo representar a una sola persona?”), y las oportunidades, a la vez, a colectivos como los discapacitados.
Los participantes en el debate han sido Raquel Gil (directora de recursos humanos de Sanitas), Javier Hervas (director del área laboral de KPMG), Jesús Díaz de la Hoz (presidente de la Fundación PwC), José Varela (UGT Comunicaciones), Manuel de la Rocha (economista), Pablo Pastor (Innovación, UNIR), Aurelio López-Barajas (Supercuidadores, UNIR) y Manuel Herrera(catedrático de Sociología, UNIR). La sesión ha estado presidida por el presidente de Funciva, Alberto Ruiz-Gallardón.
José Varela ha hablado de las bajas cifras del teletrabajo en España, en comparación con otros países europeos, y ha apuntado campos en los que sería de especial valor promoverlo, como en la lucha contra la despoblación rural e incluso para evitar ataques cibernéticos. El teletrabajo lo ha presentado como un campo más cercano a los millennials. Raquel Gil ha denunciado que muchas empresas confundan la productividad con que alguien esté sentado en un determinado puesto, “la cultura empresarial de este país totalmente presentista”, ha dicho. Javier Hervas ha recordado que la flexibilidad laboral y de producción del teletrabajo ahorra costes pero perjudica la promoción profesional. Pero por otra parte ha señalado el “problema” de que los mejores teletrabajadores pueden acabar haciéndose autónomos y entrando en conflicto con la empresa para la que trabajaban por el asunto de la propiedad intelectual. Estos en principio teletrabajadores se convertían en emprendedores, emprendedores reales, no institucionales. El teletrabajo no se podía imponer e implicaba nuevas condiciones salariales, había que hilar fino con el comité de empresa. Manuel de la Rocha ha explicado por qué el teletrabajo en España no arroja cifras altas: porque domina el sector de construcción (que es presencial), porque las pymes son demasiado pequeñas y porque exige un cambio de mentalidad a las empresas, que tienen que definir muy bien lo que esperan de los trabajadores. Ha recordado que el teletrabajo no es para todos ni para todos los sectores ya que, por ejemplo, en algunos casos requiere conexiones informáticas muy potentes. Jesús Díaz de la Hoz se ha quejado de la dispersión regulatoria y de que el asunto clave no es tanto el teletrabajo como el cambio de organización empresarial. También el teletrabajo evoluciona. Ha añadido que el teletrabajo con gran frecuencia va en contra del desarrollo y de la promoción profesional. Pablo Pastor ha insistido en que el teletrabajo es algo ya bastante viejo, relacionado con la búsqueda de competitividad de las empresas, y que si no se teletrabaja más en España es por el paro, por el exceso de gente capacitada para cubrir un determinado puesto. IBM, en otro orden de cosas, estaba echando atrás en el teletrabajo, porque no fomentaba la creatividad. Aurelio López-Barajas ha preguntado por datos sobre si el teletrabajo genera empleos.
Cándido Méndez ha insistido en varios aspectos de la conferencia de Enrico Gibellieri: lo que supone el teletrabajo de eficiencia energética (“coches con una persona sola moviéndose por la ciudad”, “doce mil personas de Tres Cantos a Madrid y doce mil de Madrid a Tres Cantos”), la relación con los problemas regulatorios, de flexibilidad y de seguridad ( “porque el trabajo es un derecho, con repercusión en las pensiones”, por ejemplo), y en el ya apuntado asunto de la propiedad intelectual: “Telefónica ha tenido que internalizar sectores por este motivo”.
Finalmente Enrico Gibellieri ha concluido con que había aprendido mucho y había tomado notas de la sesión para llevarlas al Comité Económico y Social Europeo.
Los diagnósticos crepusculares acostumbran a chocar con las nuevas realidades, modeladas por factores impredecibles, del mismo modo que a cada anuncio de una decadencia sigue –inicialmente como confusión y después como renacer insospechado- el desbordamiento de otra vitalidad. Mark C. Taylor dice que, según se pone de manifiesto en la historia del cristianismo:
“Lo nuevo siempre emerge lejos del equilibrio, en el borde del caos, en un momento sorprendente de irrupción creadora que puede ser infinitamente fructífero”.
También es cierto que, como en algunas viejas crónicas, a veces se constatan estados de cosas que alcanzaron a durar cientos de años. ¿Hasta dónde llega la larga cadena del ser que sutura las grietas de la historia y la abolición del carácter? Quienes otean la nueva época llevan razón al suponer que el narcisismo del “selfie” culmina sombríamente en un autismo totémico de uno mismo que va del debilitamiento mental por Instagram a formas alucinadas de una ansiedad insólita, desvinculación y erosión de conciencia. Uno se pone en manos del dietista sincrético y acaba practicando cultos cismáticos a la carta. Así arribamos, sin darnos cuenta, al borde el caos. Clásicos, románticos, neoclásicos, barrocos: construimos siempre al borde del caos. Al mismo tiempo, la gloria se codea con la infamia. En los ochenta del siglo XVIII, aparecen Mozart, Kant, la Constitución de los Estados Unidos, en fin, aquella Ilustración que luego fue tergiversada por la toma de la Bastilla.
Identidades y desarraigos acaban chocando como nuevas formas demagógicas, de una parte contra la Unión Europea o la globalización, de otra parte en defensa de un cierto fundamentalismo europeísta o de un cosmopolitismo de “bibelot”, retroalimentándose de modo contaminante porque dan por sentado que uno no puede tener sentido de la pertenencia nacional o patriótica y a la vez comprender el empeño institucional europeo, en ocasiones necesitado de más controles nacionales, pero positivo al fin y al cabo. Ante el terrorismo islamista, Europa parece indefensa pero el acuerdo de Schengen fue concebido con cautelas y el “pool” de información de los respectivos servicios de inteligencia indudablemente está evitando más de un atentado. Sobre identidades, no hace falta recordar que el irlandés Beckett escribió en francés o que toda la obra del polaco Conrad está escrita en inglés. Véase el caso de Mickiewicz, el gran poeta polaco que domina el siglo XIX: hablaba poco el polaco y había nacido en una ciudad lituana que hoy es parte de Bielorusia. Estudió en Lituania, estuvo exilado en París y murió en lo que hoy es Estambul. Y fue -es- el poeta nacional de Polonia. Identidades perdidas, identidades inventadas en el borde del abismo: al terminar el siglo XIX todavía no había nadie que se considerase yugoslavo.
Manuel Muñiz propone una “era de empatía y un nuevo contrato social” ante los cambios de la economía y la convulsión política que vivimos. Así lo destacó ayer en el marco de las jornadas organizadas por el Foro Nueva Revista sobre Globalización: desafíos y oportunidades, dirigidas por Manuel de la Rocha. Muñiz, director del Programa de Relaciones Transatlánticas de la Universidad de Harvard y profesor del IE, disertó en UNIR sobre Desarrollo tecnológico y fractura del contrato social.
En el transcurso de su exposición se mostró optimista porque los cambios tecnológicos, a medio y corto plazo, suponen más oportunidades que pegas. Hay ya mismo millones de puestos de trabajo en Europa que no se cubren “por falta de cualificación”. A la vez, denunció fenómenos tales como el talante pesimista de los votantes de Donald Trump (“que se informan a través de la TV, no de internet”), el antielitismo y el hecho de que “los bárbaros” estuvieran “a las puertas de nuestros sistemas políticos”. Muñiz sostuvo que el desempleo por sí mismo no explicaba el voto antisistema. En los EE.UU., por ejemplo, a Trump lo habían votado sobre todo los que tenían “empleos de poca calidad, rutinarios”. Se quejó de lo “sordas que han estado nuestras elites” en especial “sobre lo que le estaba pasando a la clase media”.
El profesor de Harvard se mostró partidario del carácter representativo de la democracia: él, por ejemplo, era incapaz de entender los términos de los tratados de libre comercio, pero eso no quería decir que fueran malos: más bien al contrario. Algo parecido ocurría con el papel que juega la UE: se ocupa de cosas complejas pero necesarias, aunque eso ofrece un fácil flanco de ataque populista.
El orden liberal había generado riqueza y seguía generándola, tanto para los países emergentes y en desarrollo como para los desarrollados, pero hay un grave “problema de equidad” que es necesario corregir. Defendió que el problema demográfico no era tal: el problema era de productividad. Y si en China mismo se despedía a trabajadores cuando la tecnología mejoraba: “Muy difícil lo va a tener Trump si quiere imponer un sistema proteccionista”.
En realidad, a los estados se les había pedido cada vez más, “ampliando el concepto de dependencia”. La tendencia estaba bien si se podía contrarrestar con más productividad.
Insistió en que había que “recalibrar la fiscalidad”, la “distribución de la riqueza”, con mecanismos distintos de los salarios. Apuntó ideas como que las empresas no se guiaran solo por el máximo beneficio, con que el Estado entrara en empresas rentables, etc.
Otros grandes retos a la vista, aunque también suponían una oportunidad para la mejora: el Brexit y el debilitamiento del orden comercial mundial, y sobre todo, “quizá la consecuencia más grave”, “la pérdida de fe en la democracia: ya no se ve tan esencial vivir en una democracia”.
Los asistentes al acto fueron Alberto Ruiz-Gallardón, presidente de Funciva, Manuel de la Rocha, Diego Rodríguez Palenzuela (Banco Central Europeo), Andrés Ortega Klein (Instituto Elcano), Fernando Fernández (IE Business School), Carlos Álvarez Pereira(presidente de Innaxis), Miguel Otero (Instituto Elcano), Bruno Estrada (adjunto al secretario general de CC.OO.), Erika Rodríguez Pinzón (UAM), Miriam Montañez (BBVA Research), Rocío Martínez Sampere (directora de la Fundación Felipe González), José Luis Curbelo (investigador del CSIC), Jochen Müller (analista de la UE), Juan Moscoso del Prado (Consejo Económico y Social), José Antonio Sanahuja (UCM), Manuel Herrera (catedrático de Sociología, UNIR) y Pedro Serna (vicerrector de UNIR).
José Luis Curbelo añadió a las ideas de Muñiz que el estado de bienestar no había resuelto la crisis fiscal. Los estados no estaban recaudando como se debiera para sostenerse y para mantener los servicios sociales, y esto era “un problema de difícil solución”. Bruno Estrada se quejó de que los sectores que creaban más riqueza fueran “los menos regulados”. La “pérdida de poder sindical” estaba generando más desigualdades. Por el contrario, en los países nórdicos, los sindicatos gozaban de buena salud, “no pierden afiliados”. Los sindicatos seguían siendo necesarios porque “crean sociedad y crean fraternidad, generan cemento social”. Fernando Fernández subrayó el factor de la globalización, que había “echado de menos” en la exposición primera de Muñiz. Estábamos, en realidad, como cuando la revolución industrial. Se han creado diferencias extra de renta por los monopolios, pero esos monopolios también caerán. El verdadero problema era el de la distribución de la renta. A los colectivos más castigados fiscalmente se les pedía más impuestos. “Los viejos están más protegidos que los nuevos que llegan al sistema”. Carlos Álvarez Pereira puso un acento crítico al liberalismo, que no podía convertirse en “pensamiento único” que beneficia solo a los poderosos. Introdujo la dimensión medioambiental en el debate. Y denunció el papel del peso de las finanzas, la “riqueza financiera”, “no real”. Estaba el problema de los estados endeudados profundamente, lo que pone a la vista un panorama “de dolor”. (El mismo Muñiz dijo que desconocía de verdad cómo funcionaban las mercados financieros, “hay algo oscuro, chocante”, en todo eso, sostuvo). Rocío Martínez Sampere confesó que lo del contrato social será complicado, puesto que no es un problema de elites solo, sino “un asunto político”, y por lo tanto mucho más complejo.
Terminó la sesión Muñiz respondiendo una pregunta online de una alumna colombiana El profesor español explicó que los países en desarrollo tenían problemas especiales, porque antes el recorrido normal era industrializarse, pero ahora con los cambios tecnológicos, en países como Indonesia, también en Colombia, había que desindustrializar antes de apuntarse a la nueva era.
Su presentación se puede descargar aquí:
Manuel-Muniz-Charla-UNIR-2017.pdf
Hugh Thomas (1931-2017) fue un autor clandestino por partida doble. Sus obras circularon por canales ocultos tanto en la España de Franco como en la Cuba de Castro. Quizá no haya mejor carta de presentación de quien se convirtió en uno de los principales hispanistas del siglo XX. Como sucedió con sus otros compañeros de viaje, pensemos especialmente en clásicos de la altura de Raymond Carr (1919-2015), John H. Elliot (1930) o Gabriel Jackson (1921), el azar quiso que Thomas visitara nuestro país en las Navidades de 1955 para encontrarse con sus padres, que llegaron desde Marruecos donde se encontraban trabajando para el menguante Imperio británico. Por aquel entonces, Thomas era un joven que trabajaba en el Foreign Office y que había presenciado la entrada de España en la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York. En nuestro país, pudo visitar ciudades como Madrid, Ávila, Sevilla o Córdoba y se quedó prendado por todo lo que descubrió. El museo del Prado fue una constante revelación estética que se unía a los paisajes que atravesó y que le atraparon. Cuando quiso comprender mejor la historia reciente, fue consciente de que no existía ningún trabajo solvente que fuera capaz de explicar la Guerra Civil, un acontecimiento que seguía vivo aunque el régimen franquista pretendía mantenerlo cegado.
Hugh Thomas fue un pionero y un maestro. Pocos años después, enviaba a la imprenta un voluminoso trabajo, The Spanish Civil War(1961), que se convertiría en un hito historiográfico del hispanismo de aquellos días junto a The Spanish Republic and the Civil War 1931-39 (1965) de Gabriel Jackson y a la sugerente síntesis Spain, 1808-1939 (1966) de Raymond Carr, otras dos obras que se convirtieron en lecturas obligadas para propios y extraños. Durante cinco años se sumergió en las bibliotecas españolas para desentrañar las lagunas de una prensa que era de escasa utilidad y sortear el silencio de muchas fuentes que todavía no eran accesibles. Al final, consiguió entrevistar a numerosos voluntarios de las Brigadas Internacionales en Gran Bretaña y pudo consultar nuevos archivos en Alemania. Dentro de España, fue derribando las reservas de los republicanos que vivían en su propio exilio interior, pero también de algunos de los vencedores, para que le abrieran algunos archivos privados. La traducción al español en París un año después de este libro por parte de la recién fundada Ruedo Ibérico favoreció la expansión y reconocimiento de sus hipótesis de trabajo. Nadie había narrado la contienda española con semejante profundidad, conocimiento y búsqueda de la objetividad. La Historia de la guerra civil española se convirtió en uno de los libros más citados y debatidos desde su publicación. De hecho, la vida de The Spanish Civil War ha sido longeva: se revisó en 1977 y se reeditó en 2001 en un cuidado tomo que me acompaña desde entonces.
Hugh Thomas fue un pionero y un maestro
El hispanismo no puede ser comprendido sin él. Su éxito mediático favoreció que fuera una de las voces más respetadas en la esfera pública de la naciente democracia desde su cátedra en la Universidad de Reading. En 1994, fue nombrado miembro de la Real Academia de la Historia y también recibió, en 2001, la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica. Pero su interés por la historia española no se detuvo en la historia contemporánea. En sus últimos años, Thomas quiso recorrer la evolución del Imperio español con una trilogía que lo coronó como un historiador de prosa cuidada y amplios horizontes: El Imperio español: de Colón a Magallanes (2006), El Imperio español de Carlos V (2010) y Felipe II: el señor del mundo (2013).
La producción de Hugh Thomas es inabarcable. En una deriva lógica se dedicó con insistencia a completar nuestro conocimiento de Hispanoamérica, entre su amplia bibliografía sobre el continente americano, podíamos destacar La conquista de México (2007) o un trabajo como Cuba: la lucha por la libertad (1971), que todavía continúa siendo un recurso imprescindible para indagar sobre la isla. Asimismo, Thomas demostró su pasión por Madrid con una cuidada Antología de Madrid (2004), que reconstruye la historia de una ciudad que no se cansó de recorrer; se embarcó en la historia empresarial con un completa biografía de Eduardo Barreiros: el motor de España (2007); o se arriesgó a sintetizar la historia del mundo (1979). Tampoco podemos olvidar su pasión por las novelas por lo que no dudó en lanzarse a la aventura literaria con tres títulos que no han tenido tanta difusión en nuestro idioma como su labor académica. Aunque podríamos volver hoy a Klara (1988), que sí se llegó a publicar en España, una ficción situada en una Viena divida durante la naciente guerra fría y con la búsqueda de la desaparecida corona de Carlos V de fondo.
La producción de Hugh Thomas es inabarcable
El perfil de Hugh Thomas que pretenda ser completo tampoco puede dejar de lado su participación en la política de su tiempo. No nos encontramos, ni mucho menos, ante un espectador impasible. A pesar de sus colaboraciones con los laboristas en la década de los setenta, el historiador británico ha sido reconocido como un inteligente conservador. Thomas mantuvo una magnífica relación con Margaret Thatcher y representó en la Cámara de los Lores a los tories. Es más, durante dos décadas fue el director del londinense Centre for Policy Studies, un think tank vinculado a la dama de Hierro. Eso sí, él mismo se apartó de la disciplina del partido para acercarse a los liberaldemócratas al final de su vida. Y es que Thomas siempre fue un europeísta que no comprendía la deriva de su país. El Brexit le sumió en la tristeza, que sufrió desde su casa de Notting Hill.
Enrique Krauze lo entrevistó hace años en México – una conversación incluida en su último trabajo publicado en España, Personas e ideas (Debate, 2017). Krauze le preguntó por la actitud de los anglosajones hacia el mundo hispánico. Thomas respondió que eran tres las palabras que resumían dicha mirada: fascinación, prejuicio e ignorancia. Pero una predominaba sobre las demás: la ignorancia. Por suerte, la obra de sir Hugh Thomas han fascinado a miles de lectores y se ha enfrentado a los prejuicios y al desconocimiento. Merece la pena hacerle un hueco en nuestras estanterías.
“El cine es hoy, como las cafeterías, o los aparcaderos, una realidad ciudadana de orden primario; una realidad, una necesidad y un narcótico. Sin esos tres ingredientes el ciudadano actual se sentiría, de golpe, perdido, desconcertado”: es precisamente su carácter primario, podría decirse protagonista, con respecto a la realidad ciudadana lo que despierta el interés de Juan Gil-Albert, autor que mantuvo siempre un posicionamiento crítico hacia el cine difícil de definir y de concretar bajo un único concepto. Escéptico en la posible definición del cine como arte e ideológicamente crítico con respecto al carácter alienante y, parafraseando sus propias palabras, narcótico del cine en cuanto industria y en cuanto producto por y para la masa, Juan Gil-Albert mantuvo a lo largo de su extensa prosa literaria-ensayística un heterodoxo posicionamiento entorno a la creación cinematográfica. La heterodoxia de Gil-Albert y de sus textos en torno al séptimo arte reside en la perspectiva múltiple, y no siempre armoniosa, adoptada por el poeta valenciano para proponer un análisis que, desde el formalismo estético hasta un análisis más próximo a la sociología cultural, lleva a Gil-Albert a cuestionar el valor artístico de la expresión cinematográfica así como su función social o su entramado empresarial, cuyo objetivo –siempre, según el poeta- es la difusión de un producto de consumo y no la producción de una obra artística de carácter imperecedero.
La heterodoxia de Gil-Albert y de sus textos en torno al séptimo arte reside en la perspectiva múltiple
Las palabras con las que iniciamos este artículo pertenecen a El cinematógrafo, un breve apartado de la que seguramente es la prosa más extensa de Juan Gil-Albert y que, bajo el título de Crónica General, juega con los géneros literarios de la autobiografía y del ensayo para proponer un recorrido histórico-temporal a lo largo de la primera mitad del siglo XX, en el cual la cultura, en su más amplia concepción, aparece como expresión e imagen del devenir temporal, como expresión singular y particular del tiempo y de las cambiantes contingencias sociales. Los aspectos biográficos sirven como eje en torno al cual Juan Gil Albert, como señala Francisco Brines, muestra su profundo interés “por el curso histórico en el que alienta, hasta el punto de ser uno de sus testigos más comprometidos”. Definido por Brines como “gozador del momento vivo”, Gil Albert se abandona a la estética de la contemplación pues es precisamente desde la ociosa contemplación que el poeta “nos hace conscientes de la vida” porque, como indica Brines, “la labor del poeta consistirá en fijar esa conciencia por la escritura”. Desde esta posición contemplativa, en El cinematógrafo Gil-Albert se acerca al cine desde los recuerdos de infancia, cuando, en su Alicante natal de la primera década del siglo XX, el cine despertó el entusiasmo del niño y, posteriormente, adolescente Gil-Albert: en los cines “Romea” y “Sorolla”, recuerda el poeta, “pasaron sobre nuestras miradas estáticas las mujeres más elegantes del mundo que eran, en aquel momento, las divas italianas” y en aquellas mismas salas se exhibieron “las películas de series, que”, continua Gil-Albert, “nos traían a todos, grandes y chicos, durante varias semanas, intrigados, y de las que salíamos mientras duraban los episodios, con el alma en un hilo”. Frente a estas palabras, es imposible no preguntarse acerca de los motivos que borraron aquel entusiasmo juvenil de Gil-Albert por el cine, ¿fue la sola maduración artística la que alejó al poeta de la gran pantalla o fue, en cambio, el desarrollo del cine, el paso al sonido, posteriormente al color y, en una última etapa, su consolidación como industria bajo el sello de Hollywood?
“Para nosotros”, se lee en El cinematógrafo, el cine fue “una incitación, una sorpresa, y más que un espectáculo una visión enigmática, ya que nos hacía percibir, unidos, dos contrastes de la vida, el moverse de las cosas y su silencio nativo”; en aquel cine todavía mudo, rememora Gil-Albert, “ese mutismo de las acciones que no se correspondía con la realidad, puesto que en ésta, las acciones suenan y hacen, incluso, ruido, es lo que le confería al cine, su extrañeza y su atractivo singular, librándolo de ser una copia de la vida”. En ese mismo texto de Crónica General, se lee: “Ahora el cine es una industria, como tantas, que da para vivir y, si no enseña a vivir ni a morir, distrae al menos. Instalado ya en nuestra casa, y a nuestro nivel, nos distrae de la vida y de la muerte, que es de lo que se trata. Distraer al hombre. ¿Existe programa de gobierno más eficaz?” En estas palabras se vislumbra algunos de los elementos críticos que Gil-Albert desarrollará y sistematizará en 1955 en un ensayo cuyo título es de por sí una declaración de intenciones: Contra el cine. Si bien no puede afirmarse de forma categórica que la llegada del sonido al cine sea el elemento principal que provoca el distanciamiento estético de Gil-Albert del cine, sí es cierto que la adquisición de sonido se convierte en un punto de partida para la sistematización de unos de los argumentos centrales de Contra el cine: si el silencio liberaba a la película de convertirse en una copia de la vida, el sonido convierte el cine en un engaño. En esta transición de creación a copia por parte de las obras cinematográficas, el silencio juega un papel decisivo, como puede comprobarse en las siguientes anotaciones de Gil-Albert en su beligerante ensayo: “lo que me ofrecen allí”, en el cine, “es la vida”, es decir, “la vida diaria, sus calles, sus escaleras, sus tugurios o sus palacios, sus hombres y sus mujeres con su respiración, los poros de su piel, sus besos, y sus golpes, sus heridas, sus intimidades más impúdicas, menos artísticas. En vista de lo cual yo ya no busco distraerme, trato de interesarme en aquello, debido a que nada me interesa tanto como la vida”; sin embargo, concluye de forma perentoria el autor, “cuando los ruidos se inician y la primera voz suena, el encanto se rompe y la trampa oculta de aquel moderno guignol mecánico se pone de manifiesto”.
La adquisición de sonido se convierte en un punto de partida para la sistematización de unos de los argumentos centrales de Contra el cine
La vida se funde con el arte y el arte pierde su singularidad y su autonomía a la vez que la vida se convierte en una falacia, en una mentira: no en vano, Gil-Albert recurre a la comparación de Marx –“la religión es el opio del pueblo”- para definir el cine como un opiáceo dirigido a un amplio espectro de población. Gil-Albert, propone una definición del cine paralela a la definición de Marx de la religión: los dos autores recurren al tópico latino de “panem et circenses”. Asimismo, el poeta suscribe, aunque indirectamente y sin mencionarlo, las tesis en torno al arte de masas y su deshumanización que Ortega y Gasset había planteado en 1925 en su ensayo La deshumanización del arte: “el gran arte”, escribe en 1953 Gil-Albert en Chapliniana, un artículo dedicado al personaje de Charlot, “no llegará nunca a las multitudes; éstas confundirán siempre el gran arte con el arte vulgar si está bien ejecutado”. La afirmación de Gil-Albert no sólo niega al cine, en cuanto producto consumido por las multitudes, el estatuto de arte, sino que identifica el arte con la élite, es decir, con un acto creativo dirigido a un público privilegiado. El arte, sin embargo, no sólo se define, para Gil-Albert, en términos elitistas, sino también como expresión individual que no busca alzarse como sustitutiva de la vida. Al cine, escribe Gil-Albert en su ensayo del 1955, “se va no a acrecentar la vida (…) Sino a deponerla, a salirnos de nosotros mismos pidiéndoles a modo de limosna, a nuestros favoritos de la pantalla, que vivan por nosotros la vida que hubiéramos querido vivir por la simple razón de que son ellos quienes la viven y no nosotros”.
El arte para Gil-Albert es la expresión que sobrevive al transcurso temporal, es la expresión que permanece inmutable; el arte es aquello que no pierde el aura, aquello que mantiene su aurea incluso en la era de la reproductibilidad técnica. A diferencia de Walter Benjamin, Gil-Albert niega al cine el estatus de arte en cuanto niega la posibilidad de que exista arte una vez perdida el aurea; “¿Es el cine un arte verdadero?”, se pregunta, años más tarde, el poeta y ensayista alicantino: el arte es “una extraña y entrañable creación humana cuya característica propia es la inmutabilidad, la posibilidad de mantenerse inmutable, impertérrita, desafiante, al paso del tiempo” y, concluye de forma tajante: “pasan los hombres, pasan sus obras, pasan sus técnicas: el arte queda. Queda sin ser superado, ya que cada momento del arte es insuperable. El arte renace en cada momento, pero no se supera”. En la era de la reproductibilidad, el cine no sólo está sujeto a la continua reproducción, sino que está sujeto a los avances técnicos y, por tanto, siguiendo la lógica de Gil-Albert, podríamos decir que está atrapado en la dialéctica de la superación: del cine mudo al cine sonoro, del cine en blanco y negro al cine en color, por no mencionar los distintos avances técnicos. Sin embargo, ¿son estos avances técnicos signos de superación artística? ¿La llegada del color es verdaderamente una superación y, por tanto, una negación del estatuto de arte para el cine? Sin embargo, aun negándole el estatus de arte, Gil-Albert libera el cine de esta dialéctica, que aparentemente le debiera pertenecer, al asignar un mayor valor al cine mudo con respecto al cine sonoro, obligándonos a proponer un nuevo interrogante: ¿son, entonces, las ansias de superación aquellas que han condenado al cine en cuanto expresión artística?
“El cine es un espectáculo multitudinario, y no tan solo por su afán proselitista, sino porque necesita, además, de dinero”, el cine, siguiendo lo afirmado por Gil-Albert, está atrapado en la industria y, por tanto, en la necesidad de dinero para su producción así como en la necesidad de generar beneficios. Tal y como se puede observar en las páginas de El cinematógrafo, para el ensayista alicantino, el proceso de industrialización no sólo va asociado al avance técnico que supuso la incorporación del sonido, sino también al nacimiento de Hollywood como centro mundial de la industria cinematográfica. “El cine, como última manifestación del arte, y como industria, actividad con la que se declaró, desde el primer momento, inseparable”, escribe Gil-Albert, “se trasladó, de la Gaumont o la Pathé, y la Milano-films, a Estados Unidos, y su Meca fue Hollywood”. El cine mudo de Pathé o de Milano-Films no sólo es, aquí, declarado, aunque indirectamente, como superior al que le siguió, sino que es definido como arte, como “la última manifestación del arte”. “El dólar tuvo función de catalizador de esas dos actividades humanas”, es decir del cine y de la industria, “que, hasta entonces, más bien habían aparecido como contrapuestas y que quedaron convertidas, ante nuestros ojos, en lo que yo me atrevería a llamar escandaloso contubernio”. El cine como industria es identificado por el ensayista con el cine como copia, como imitación falsaria de la vida; el cine, afirma en Contra el cine, “cojea porque anda sobre dos planos distintos, el arte y la vida” y este cojear se incrementa cuando el cine hollywoodiense, el cine reconvertido en industria, convierte las películas en expresión de fastuosidad, conglomerado no equilibrado de lenguajes que no le son propios: “el cine”, se lee en El cinematógrafo, “ha ido cumpliendo su ciclo y adquiriendo su forma decisiva; poco más de medio siglo ha bastado para que se configurara definitivamente dueño de sus medios de expresión; ninguno originario, todos prestados; el inicial, la imagen, lo tomó de la fotografía; luego vino el sonido y, casi simultáneamente, el coloro”, convirtiéndose en “una pieza fundamental, tal vez la más elocuente, y desde luego la más vistosa, de la sociedad en que vivimos y que, por la proyección diaria de nosotros mismos, con nuestras peripecias, en los millares de pantallas del mundo, instándonos, captándonos, hipnotizándonos, nos configura”.
“El cine es un espectáculo multitudinario, y no tan solo por su afán proselitista, sino porque necesita, además, de dinero”
Si de sus palabras podría deducirse la condena de toda la producción cinematográfica, Gil-Albert hace algunas excepciones que resultan ser particularmente interesantes para entender su planteamiento. Una de las primeras excepciones es el documental: Lejos de funcionar como narcótico, lejos alzarse como un sustituto a la vida, para el poeta, el documental expone e ilustra la realidad con mirada periodística, es decir, sin la voluntad de alterarla o de reconvertirla en arte. Gil-Albert está convencido de que “nunca dejarán ya de proyectarse los documentables, bien en público o bien en privado, porque el hombre sentirá siempre la curiosidad bien comprensible de saber sobre sus antepasados detalles vivos (…) o cualquier otra minucia específica que sólo el grafismo en acción de la cámara nos revela llenando ese abismo entre el pasado y el presente que no puede llegar a satisfacer los más estrictos análisis fisionómicos ni psicológicos del artista más experto”. Excluyendo el documental del pecado de la copia, la cámara en el documental se convierte en un ojo fiel a la realidad, que no es reelaborada, es decir, que no es recreada desde una predisposición artística, sin embargo esta definición del documental por parte de Gil-Albert resulta altamente problemática en lo que se refiere al propio género documental, pues ¿acaso el posicionamiento de la cámara, el enfoque o el montaje no es de por sí un ejercicio de manierismo que indudablemente modifica la realidad expuesta? Desde el momento en que se deja fuera de campo un determinado aspecto de la realidad retratada, ¿no se está interviniendo en la conformación de la realidad y, por tanto, en su reescritura? Resulta curioso que, poco antes de escribir las palabras arriba citadas, Gil-Albert ilustre su argumentación recurriendo a un film como El acorazado Potemkin, que si bien basado en hechos reales se inscribe dentro del género de la ficción. Asimismo, Gil-Albert refuerza su argumentación haciendo también referencia al neorrealismo italiano y en especial a la película de Vittorio de Sica El ladrón de bicicletas: “En nuestros días los italianos han vuelto a la palestra oponiendo a la fastuosidad de los medios americanos una modestia verdaderamente feliz”, afirma el ensayista alicantino, “nada de complejidades que indigestan a la pantalla. ¿No se quiere la vida? Pues vayamos a encontrarla en la calle, como es, desgarrada, sin duda, pero sencilla y hasta un poco simplista”. ¿Es entonces el cine como ficción-copia de la vida lo que condena Gil-Albert o, por lo contrario, simplemente la fastuosidad y el artificio hollywoodiense?
Será en 1966, en su artículo Homenaje a Visconti, cuando Gil-Albert matice y, sobre todo, reconduzca el discurso iniciado en 1955. En su artículo de 1966, el ensayista escribe: “Hace años publique un opúsculo, Contra el cine, en el que me negaba a reconocer en éste un arte, un arte a la altura del Arte; bien leído me di cuenta de que apuntaba en él, a parte del enjuiciamiento del cine en sí mismo, a otros fenómenos sociales, psicológicos y aun económicos, que lleva involucrados y sobre los que sigo, en lo fundamental, opinando lo mismo” y, concluye Gil-Albert: “la opresión que este arte naciente ha ejercido desde el primer momento, dos monstruosas fuerzas actuales, las masas y el dinero; necesidad de atraer a las primeras y de ganar el segundo”. Si bien el ensayista se reafirma en la postura argumentada en su opúsculo de 1955, sus palabras revelan una velada autocrítica respecto a los planteamientos propuestos, no siempre de forma harmónica, para el enjuiciamiento del cine; En Contra el cine, Gil-Albert traslada su crítica del sistema de producción cinematográfica a un análisis formal de las obras fílmicas, convirtiéndolas en la aparentemente consecuencia lógica del sistema de producción. Esta dialéctica de causa-efecto, entre un factor socio-económico y la producción artística, motiva las contradicciones que se plasman en la argumentación de Gil-Albert vinculada al género documental y al concepto de obra artística y su posible o no estatuto de copia. Volvemos a encontrar el ensayista en abierta contradicción consigo mismo en su ensayo Viscontiniana, donde se refiere entre elogios a la película Muerte en Venecia: “Muerte en Venecia, se convirtió, al contrario de lo que preví, en la película del año: en París, en Londres, en Roma; también en Nueva York; el resto de las ciudades percibieron el eco y fueron ingresando, como clientes, en la extraña magia persuasiva de lo multitudinario”; la película elogiada por Gil-Albert, rodada en 1971 en producción italo-francesa, contradecía tanto los prejuicios del ensayista como los estrictos principios que, aparentemente, la hubieran tenido que condenar: “es atributivo del cine”, afirma Gil-Albert en un intento de justificar sus elogios hacia Visconti y su filmografía, “lograr convertir lo privado en público, lo selecto en mayoritario, lo silencioso en vociferante”. Las palabras de Gil-Albert resultan fuertemente enigmáticas, al contradecir las tesis sostenidas, no sólo en sus ensayos precedentes, sino en el propio Viscontiniana, donde, en páginas sucesivas, explica y justifica su entusiasmo por el director italiano, a pesar de suscribir una vez más su postura expuesta en Contra el cine, con una más que paradójica explicación: “hace pocos días”, escribe en Gil-Albert, “un joven entrometido que me presenta un pliego de preguntas con intención de darlas a la publicidad, me encaja una con cierto tonillo impertinente (…) Si le niega al cine el pan y la sal, ¿cómo se explica su exaltada admiración por Visconti?”; ante la pregunta del joven periodista, el alicantino responde: “Recogí en un santiamén la intención de aquel reto que me dejaba en la picota de una contradicción más justificada, y repliqué en el acto: Visconti no es el cine”.
Consciente él mismo de la contradicción en la que podría caer, Gil-Albert no ignora que su respuesta “suena a esotérica”, pero y a pesar de ello, la mantiene, considerando que sostener que Visconti no es el cine está justificado desde el momento en que el director italiano “ha utilizado el cine pero no encarna lo que el cine ha venido a dar por su propia cuenta, cuando no se apoya en nada ni en nadie exterior, ni en la literatura ni en teatro, ni en música sinfónica, y surge de sí mismo, de un modo autóctono, con el lenguaje expresivo que le corresponde, el cinematógrafo (,,.) Pero también, con su improvisada irrupción emocional”; Visconti, concluye tajante Gil-Albert en Viscontiniana, “es todo él apoteosis” y, añade, “todo el arte de Visconti es la expresión esmeradamente concatenada, de lo magnífico”.
Gil-Albert no ignora que su respuesta “suena a esotérica”, pero y a pesar de ello, la mantiene
Los elogios a Visconti responde a la convicción de Gil-Albert de que al lenguaje cinematográfico “han ido a parar, disconformes, demasiados ingredientes heterogéneos; una pertenencia a la vida, otros al arte, otros, por último, a la obra novelesca o dramática de la que se han extraído, irreverentemente, personajes y situaciones”. Para el poeta, Visconti consigue emanciparse de estos heterogéneos ingredientes proponiendo una voz propia, que se hace todavía más potente en cuanto el director italiano consigue desprenderse de la obra novelesca en la que se basa la película. Refiriéndose tanto a Muerte en Venecia como a Il Gattopardo, Gil-Albert subraya la independencia que consigue el director italiano en el momento de trasladar estas dos grandes obras al cine: Visconti no adapta el lenguaje narrativo a la gran pantalla, lo reescribe, se apropia de los textos de Mann y de Tomasi de Lampedusa para proponer una reinterpretación. “El libro de Lampendusa abarca nuevos estadios, cada vez más mortecinos de la decadente familia Salinas”, ante esto Visconti, “corta por lo santo y circunscribe al baile (…) Toda la melancolía del adiós (…) El denso perfume de la frivolidad encopetada (…) llega a cobrar en aquella escena una (…) angustia del fato”.
A través del análisis realizado en Viscontiniana de Il Gattopardo es posible vislumbrar algunos de los argumentos a los que Juan Gil-Albert alude no sólo para expresar su admiración por Visconti, sino para sostener que el director italiano no “es” o no representa el cine. «Aquí”, afirma refiriéndose a Il Gattopardo, “la obra cinematográfica le ha dado otra dimensión a la obra literaria, la ha, por así decirlo, engrandecido”.
“El cine nació, espontáneamente de la fotografía, cuando ésta se puso a andar, es decir, a moverse, o, seamos más exactos, a registrar el movimiento”, se lee en Viscontiniana, “Ese fue el alborear de una ambición que, en el corto transcurso de medio siglo, se convirtió en totalitaria; el movimiento, el sonido, el color, la tercera dimensión, todo lo fue conquistando, aguerridamente, la cámara, como quien ha descubierto que el mundo es suyo, y que nada puede oponerse al desorbitado afán que siente en sí de dominar el ancho campo del arte, sin las limitaciones que cada una de las llamadas Bellas Artes, se impusieron, para expresarlo, con los medios específicamente idóneos de su pertenencia”. Para Gil-Albert, Visconti, sin embargo, rehúye de este afán, su cine, escapa de esta “servidumbre” causante del fracaso del cine, “de su negatividad”, pero ¿dé que manera escapa de todo aquello? Gil-Albert no contesta a estas cuestiones, en su análisis de la película, dichas afirmaciones acerca de la “servidumbre y de la negatividad” del cine permanecen inconexas, carentes de una ulterior explicación que sin duda requerirían. En Viscontiniana, el elogio de Muerte en Venecia va por otros derroteros: abandona el análisis formal y estilístico, el elogio se centra en el sentido de la obra, en la poética de la decadencia que impregna las secuencias de Visconti y que está presente en la novela de Mann. Podríamos decir que aquello que fascina verdaderamente a Gil-Albert de Muerte en Venecia es el espíritu apolíneo de la decadencia a la vez que el resurgir dionisiaco a través de la remembranza a un tiempo y a un mundo que parecen llegar a su fin.
“El cine nació, espontáneamente de la fotografía, cuando ésta se puso a andar, es decir, a moverse, o, seamos más exactos, a registrar el movimiento”
“Lo que me atrajo de un modo avasallante, en la obra de Visconti”, confiesa Gil-Albert, “fue lo que en ella resplandecía como en parte alguna de obra recreada, la Cultura; el mundo que nos mostraba era el de una sociedad acabada, pero no sólo en el sentido de su acabamiento, de su desmoronamiento interior, sino, también, y con qué viva apreciación de detalles contingentes, de su acabado, de su valor como objeto, de los valores de su plasmación como sociedad, de sus valores culturales”; el ensayista y poeta alicantino, ve en las secuencias viscontianas aquel final, aquel desmoronamiento social y cultural que, de forma menos poética y, sin duda, menos explícita, pronostica él mismo en sus ensayos: “el mundo de Visconti”, señala el ensayista y poeta alicantino, “es el anterior a este desmando crítico, y a-monumental diríamos, el inmediatamente anterior” y, añade posteriormente, se trata de “un mundo en sus postrimerías; patético”. El mundo descrito cinematográficamente por Visconti es el mundo perdido que impregna las páginas de Gil-Albert, unas páginas –en Crónica General resulta particularmente evidente- en las que el cine se convierte en metáfora de esta pérdida, en síntoma del nuevo tiempo y signo de lo perdido.
Sus ensayos acerca de cine están impregnados de melancolía: Gil-Albert mira el cine desde el desengaño y, a la vez, desde la añoranza de aquellos años de infancia en los que descubrió el denominado séptimo arte. El cine es, en cierta medida, para Gil-Albert la representación del desengaño, de la falsedad que se impone una sociedad masificada y narcotizada, embelesada en ficciones que se ofrecen como verdades y como mundos posibles. ¿Es el cine el responsable de ello? Seguramente no, el cine, en todo caso, es un síntoma más de un mundo en el que la individualidad se ha perdido en la homogeneizadora multitud. Como subraya Francisco Brines, Juan Gil-Albert puso en el centro de su poética y de su ensayismo la reivindicación de la individualidad y de la subjetividad, aquella que parece ya no poder encontrar en el presente.
¿Se convierte, por tanto, el cine en víctima innecesaria? Sin duda, pero ¿por qué? Porque el cine representa para Juan Gil-Albert la entrada en la pantalla global, donde la imagen, la ficción, se convierten en falaces substitutos de la vida y maniqueas formas de distracción. “Distraer al hombre. ¿Existe programa de gobierno más eficaz?”, se preguntaba retóricamente el ensayista. Puede que en verdad el cine sea sólo una excusa, el medio para alzar su voz a un sistema que busca distraer al hombre, que busca configurar ficciones a las que las multitudes puedan abandonarse, dando la espalda a una realidad incómoda que algunos prefieren ocultar. Juan Gil-Albert, sin embargo, ajeno al cine, es decir, ajeno al control alienante observa y condena, denuncia aquello que otros callan. Y es que, a fin de cuentas, Juan Gil-Albert es un intelectual y el cine la punta visible de un proyecto que va más allá de la gran pantalla.
Parece como si la primera existencia de Rimbaud hubiera sido una bofetada a toda esa civilización burguesa que el malditismo se propuso socavar, pero cuya denuncia muy pocos llevaron hasta el extremo que alcanzó el autor de Una temporada en el infierno. Incluso su silencio posterior, enigmático, ha dado lugar a innumerables especulaciones. Pero si resulta complicado, en ocasiones, comprender su simbolismo poético, más difícil es aún aclarar las intenciones que llevaron a este enfant terrible a desprenderse de la escritura. Aunque en castellano disponíamos ya de gran parte de su obra poética y de su correspondencia, esta edición, a cargo de Mauro Armiño, ofrece el corpus rimbaudiano completo, ordenado cronológicamente, lo que permite descubrir las claves de su evolución y el enriquecimiento paulatino de su imaginación lírica. No es menor el interés de las cartas, donde el joven poeta va descubriendo su estilo, entre la crítica a la tradición, buscando los novedosos intersticios que las modas del momento no advertían, y explicitando su vocación literaria así como su original concepción de la poesía.
El poeta, para él, es un vidente, el que explora lo desconocido, que propone el «desarreglo de todos los sentidos», la personalidad fuerte que no solo se asoma al abismo, sino que se precipita en él, el auténtico «ladrón del fuego». Y esta última expresión es atinada: Rimbaud aparece como el genio prematuro, como el adolescente que convierte su irreverencia en una impactante figura retórica. Y hay que reconocer que la llamada prometeica no es casual, como habrá de admitir quien conozca la obra de este poeta a veces misterioso, declaradamente rupturista e inclasificable.
La poesía de Rimbaud es escandalosa, intencionadamente obscena a veces, pródiga en imágenes e irreductible casi siempre a todo esfuerzo exegético. Ya en la primera parte de su producción se siente el inconformismo de quien declara que el «cielo» le resulta «demasiado pequeño» y convierte sus versos en un afilado ariete para demoler las apariencias. Pero ¿no puede ser esa vocación a la locura del joven e interrumpido poeta una consecuencia también de la hipocresía y superficialidad de una sociedad sostenida aparentemente sobre unos valores de los que implícitamente se desdecía?
Si se tratara de leer la historia de la cultura, no hay duda de que en el poeta francés se encuentra in nuce la semántica surrealista y que en su temporada en el infierno halló muchos de esos monstruos y demonios que más tarde Freud pretendió sistematizar. Pero que Rimbaud abandonara después la escritura debería servir como alerta; en el caso de Freud, su pretensión fue la normalización de la perversidad, la aclimatación del sujeto contemporáneo a la vida en el infierno de su yo. A veces, pues, la lectura de los versos de Rimbaud —entre enloquecidos y trepidantes, lúcidos y enfermizos— puede provocar desasosiego porque sus poemas viajan hacia una interioridad alienada, hacia un yo oscuro y pérfido, que sacraliza su propia irreverencia («terminé por encontrar sagrado el desorden de mi espíritu», señala el joven Rimbaud).
La poesía de Rimbaud es escandalosa, intencionadamente obscena a veces
Hay quienes han leído, precisamente, Una temporada en el infierno como un camino de redención (como explica el propio Armiño en la introducción), pero es dudoso que el protagonista de ese viaje acabe recalando en la fuente de la gracia, como pretendía P. Claudel. Porque parece que Rimbaud se consideraba condenado por la educación de su infancia.
Este fue, por cierto, el único poemario que Rimbaud publicó en vida y está compuesto en el contexto de su turbulenta relación con Verlaine, cuando más inmerso estaba en su «ebriedad alucinatoria y vidente», dice Armiño. Escrito a continuación de «Prosas evangélicas», esa obra es más bien una renuncia simbólica al catolicismo y una reivindicación del paganismo, aspectos estos que servirían para mostrar por sí solos la importancia de Rimbaud en un nuevo movimiento, claramente anticristiano, en el que podríamos incluir, junto con él, también a Nietzsche. Estas dos figuras influyeron en la transformación de sus respectivos campos y fueron unos adelantados, pues el peso y la importancia de sus contribuciones ha tardado algún tiempo en ser reconocido.
Más enigmáticos son los poemas en prosa que componen el otro libro famoso de Rimbaud, Imaginaciones, cuya disposición fue establecida por Verlaine, y en el que se produce una clara transformación formal. El poeta intenta vislumbrar el fruto de sus supuestas recreaciones, pero se presiente ya el silencio al que decidirá confinarse tras su errática existencia. Son tal vez, por los elementos oníricos que conllevan, los poemas que más influencia posterior tuvieron, sobre todo en el movimiento surrealista, y en ellos destaca el lírico empleo de imágenes sensoriales, cuyo significado no es preciso y que escapan a una lectura superficial. Pero hay que reconocer que es esa heterogeneidad simbólica uno de los aspectos más atractivos de esa compilación poética.
Si Rimbaud renegó o no más tarde de su vida demoníaca no podremos saberlo nunca. Pero como personaje, esta estrella fugaz de la poesía francesa simboliza y representa la relevancia cultural de las enfermedades del espíritu. Eric Voegelin, conocido por su famosa teoría sobre los movimientos gnósticos contemporáneos, identificaba también como factores disolventes de la cultura clásica ciertas tendencias neumopatológicas. Como en el caso de Nietzsche, también en Rimbaud se presenta una distorsión espiritual que conduce al alma hasta el volcán de la locura. En uno y en otro caso, comparece el hastío por la herencia que se les exigía encarnar y, sobre todo, la revuelta del hombre contra la trascendencia. Tanto el joven poeta francés como el polémico pensador alemán adoptan una forma de existencia que viene, de algún modo, a rubricar su obra. Como testimonio del alma encallada en su propias fantasmagorías, en sus propios demonios, el repaso por la obra poética de Rimbaud es suficientemente elocuente.
En Putin y la reconstrucción de la Gran Rusia, Sergio Romano descifra los elementos que han ido configurando personalidad política del dirigente ruso que se está convirtiendo quizá en el principal protagonista de los cambios geopolíticos en nuestra época. Con las dotes de fino analista político e historiador que el personaje requiere, este antiguo embajador de Italia en Moscú y representante ante la otanlogra reducir a líneas de cierta coherencia lo que se califica a menudo como imprevisible, en la tradición churchilliana de reconocer tres capas de misterio que envuelven todo lo que germina en Rusia.
Un sorprendente encuentro que trasluce cierta empatía entre Kissinger y Putin inicia el libro. Sirve para escenificar cuánto marcó al entonces agente del KGB en Dresde la desmembración caótica de la Unión Soviética, víctima apresurada, tras el colapso comunista, del que Carrère d’Encause llamó triunfo de las nacionalidades, y del desmantelamiento de su patrimonio industrial bajo las leyes de Anatoli Chubáis. «Tuve la sensación de que en aquel momento el país ya no existía. La Unión era un paciente terminal por la parálisis del poder. Nada se podía hacer sin Moscú, y Moscú callaba». Así evocaba Putin sus impresiones de entonces, en una entrevista concedida poco después de su primera elección presidencial. Sergio Romano encuadra ese recuerdo entre una novelesca quema de papeles reservados y la huida de Putin de la sede del KGB que requirió de su hábil mediación para apaciguar a la masa agitada de manifestantes que la rodeaban. El resto de la biografía da la impresión de estar edificado sobre estas amargas reflexiones: «Hubiera querido que el papel de la urss en Europa se hubiera reemplazado por algo diferente. Lo que me dolía es que nadie propusiera nada. Lo dejaron caer todo y se marcharon». Con esa experiencia se vinculan, en efecto, dos importantes capítulos de la consolidación del poder de Putin, según Romano: la desmesura de la violencia y el terrorismo relacionados con la guerra en Chechenia, y la lucha por el control de los oligarcas y los gobernadores de los oblast.
Nada se podía hacer sin Moscú, y Moscú callaba
Vladimir Putin, nacido en 1952, licenciado en derecho y aficionado desde muy pronto al kárate y la aviación, recibió después la formación propia de un agente del KGB destinado al extranjero. Su entrada en política se produjo de la mano de Anatoli Sobchak, el alcalde que había devuelto a San Petersburgo su nombre presoviético, y que puso a Vladimir Putin al frente de las relaciones internacionales de esa ciudad. Reincorporado a la KGB en Moscú, en agosto de 1999, Eltsin lo nombró pronto primer ministro y, en diciembre de ese mismo año, lo designó como su sucesor, cuando la salud no le permitía seguir ejerciendo la Presidencia. Primakov —ministro de Exteriores y primer ministro de Eltsin— afirmaba que, de entre los apoyos que lo encumbraron, sin duda Boris Berezovski había sido el principal, como lo sería después entre sus enemigos.
Y es que, según la distribución de fuerzas descrita por el autor, los llamados oligarcas estaban entonces en el cénit de su poder. Durante el mandato de Eltsin y del primer ministro Gaidar, explica Romano, estos exmiembros destacados del Komsomol (rama juvenil del Partido Comunista) se habrían apropiado de inmensos recursos de petróleo, gas, madera, metales y minerales, adquiriéndolos con cargo a deuda que la hiperinflación evaporó enseguida. Romano narra cómo se asentó así el poder mundial de personajes entre los que incluye a Abramovich, el propio Berezovsky, Gusinsky, Khodorkovsky, Potanin o Deripaska, a quienes un Estado exangüe tuvo pronto que acudir para poder pagar las nóminas de funcionarios y fuerzas armadas —la táctica exitosa seguida por Putin para mermar su poder es objeto de otro interesante capítulo—.
Los llamados oligarcas estaban entonces en el cénit de su poder
Paralelamente, en el mandato de Eltsin, las alteraciones de fronteras con las que Stalin y Khruchov habían jugado sin escrúpulos (Osetia, Nagorno-Karabaj, Crimea, Transnistria) amenazaban con pasar también su factura al centro debilitado abriendo a la vez todos los conflictos, al convertirse los límites internos en potenciales brechas de ruptura. Por su parte, describe Romano, los gobernadores de los oblast se enseñorearon de las recaudaciones, y las repúblicas asiáticas oscilaban entre la dictadura y el caos. En Ucrania, la fisura más delicada y potencialmente peligrosa, el conflicto directo con Rusia se logró posponer mediante un acuerdo entre Eltsin y Kutchma, que incluía señaladamente el uso de la base naval de Sebastopol.
Fue en Chechenia donde el conflicto se hizo más agudo: evitar el efecto contagio tras el golpe de Dudaev, pero sobre todo después de la invasión de Daguestán por Basaev fue vital para Rusia, según el autor. Y ese espinoso episodio coincide con la entrada de Putin en el poder. Los sangrientos atentados de Moscú y Volgodonsk propiciaron la entrada del ejército en Grozny, que utilizó métodos que Romano califica como propios solo de las guerras coloniales. Respaldado por Berezovski, el exagente del KGB Litvinenko acusó a Putin de estar relacionado con los atentados y haberlos utilizado como justificación. Murió asesinado con polonio en pleno Londres. La periodista Anna Politkovskaja, que denunció las violaciones de derechos humanos en la guerra chechena, murió también asesinada. Desde estos episodios, afirma Romano, John McCain se manifestó como el principal detractor de Putin en Estados Unidos. Entretanto, el terrorismo checheno islamista continuó actuando con ataques de una magnitud inusitada, como el de la escuela en Beslán, en que murieron 300 personas, de las cuales 186 niños.
Tras haber narrado el ascenso de Putin y sus primeras acciones en el poder, Sergio Romano dedica la parte central del libro a analizar las bases intelectuales del periodo putiniano. Reflexiona sobre la idiosincrasia política rusa: «El poder del Estado ruso necesita un fuerte consenso popular; pero ese consenso es tanto más fuerte cuanto el líder demuestre […] que sabe actuar con autoridad y firmeza». En ese campo manifiesta su preferencia por la síntesis del alma rusa lograda por Berdiaev en su estudio sobre los orígenes del comunismo. Romano reflexiona también sobre la base del apoyo popular de Putin: «Rusia es demasiado grande y está demasiado poco poblada para […] el gusto de la libertad, ese nivel de conflicto e inestabilidad que es casi siempre el precio de la democracia. Rusia es demasiado patriótica y recelosa del mundo exterior como para no apreciar el estilo de un líder que quiere reconquistar el prestigio de su país en el mundo». Y recuerda que en El gran juego, Peter Hopkirk afirma que durante cuatro siglos Rusia se extendió al ritmo medio de 150 kilómetros cuadrados al día. Para gobernar ese inmenso espacio, que ha forjado sus instituciones y cultura política, Rusia necesita una ideología y una misión. Sergio Romano sostiene que lo que orienta a Putin en la selección de referentes ideológicos es el deseo de encontrar una narrativa que proclame la originalidad de Rusia en un mundo dominado por las modas y modelos occidentales, a menudo de evidente origen americano (una difícil tarea de resistencia al soft power). Exponiendo los arsenales a disposición de los asesores más cercanos a Putin (menciona a Alexander Dugin como el más influyente), Romano confronta las visiones del determinismo geográfico occidentalista de Chaadayev —Rusia entró en la civilización con la europeización de Pedro el Grande— y las teorías eslavófilas y eurasianistas —por lo general, más identitarias, que promovieron entre otros los lingüistas Trubetzkoy y Jacobson y predominaron entre los exiliados de la Revolución bolchevique—. Contextualiza también las citas de Lev Gumilev que Putin introdujo en su discurso presidencial de diciembre de 2012, para referirse al concepto de «pasionarnost», esa capacidad de sacrifico relacionada con la energía interior de una nación, tan al caso para pedir esfuerzos en el contexto de los últimos años. Romano llega por último a la conclusión de que el teórico alejamiento de Europa alentado por Putin es una reacción a la excesiva vulnerabilidad rusa frente a una influencia occidental que la puede hacer cada vez menos gobernable. Por ese motivo, afirma Romano, se trata de una posición que puede revertirse cuando lo aconseje la necesidad.
Sergio Romano dedica la parte central del libro a analizar las bases intelectuales del periodo putiniano
Un lugar no secundario en esta búsqueda de referentes lo ocupa, siempre según el autor, la relación con el patriarca Kirill de un presidente que a menudo se deja retratar rodeado de la simbología identitaria prestada por la Ortodoxia. Esa fuente de legitimación le ha llevado a revivir, como hiciera Pedro el Grande, la tradición bizantina según la cual el apóstol Andrés, en cuanto primer llamado a su misión (protocletos), sería en realidad el legítimo depositario del primado apostólico y el que llevó originalmente la fe a tierra eslava después de Constantinopla. Moscú como tercera Roma. La cruz de San Andrés, que ondeaba en las naves de la marina blanca que huyó de los bolcheviques, volvió por eso a izarse en los barcos rusos.
Sobre la muy actual cuestión de cómo se gestionará en Rusia la conmemoración del Octubre Rojo, el libro de Sergio Romano aporta interesantes reflexiones. Por una parte, explica cómo en la Rusia de Putin no se celebra hoy ya el levantamiento de 1917 sino la insurrección antipolaca de 1612, que culminó en 1613 con la coronación del primer Romanov (y es el argumento de los Boris Godunov de Pushkin y Musorgsky). Por existir desde 1818 un monumento conmemorativo de esa efeméride en la misma Plaza Roja y coincidir las fechas en noviembre —tras el paso al calendario gregoriano— con las de la Revolución de Octubre, los fastos de ambos eventos ocurren en el mismo lugar y tiempo.
Romano describe la dificultad que Vladimir Putin encuentra para recordar el pasado soviético, compartida con gran parte de la ciudadanía rusa, que añora la grandeza nacional a la vez que trata de obviar los más aberrantes frutos de la locura totalitaria. Es revelador de esta actitud el rescate de la estatua de acero del fundador de la Checa, arrebatado a las masas que querían destruirla, por miembros de la KGB que le encontraron acomodo en un museo de arte contemporáneo; también la mención de las calles que recuperaron su nombre prerrevolucionario solo en la mitad de su recorrido.
Cabe mencionar que entre otras consideraciones sobre los procesos de transformación de la memoria nacional, Romano afirma que la controversia abierta en España por Rodríguez Zapatero —y en Polonia por los Kaczy ski— es en realidad el mismo debate revisionista que los demás Estados europeos atravesaron en el 68, pospuesto en España como consecuencia de nuestras particularidades históricas y con la definitiva diferencia de que, según Romano, mientras en otros lugares había partido de la población, en el caso español venía impuesta desde arriba. Esa provocadora acotación le sirve para afirmar que es posible que en Rusia esté aún pendiente la digestión del periodo estaliniano.
El libro continúa revisando todos los principales episodios y elementos de los mandatos de Putin como presidente o primer ministro, y demorándose en sus antecedentes. La evolución del problema ucraniano pasando por la Revolución Naranja y los episodios de febrero de 2014 —que Romano califica de golpe de Estado—, hasta finales de 2016; la guerra en Georgia y la situación en Osetia del Sur y Abjasia; la relación con los países bálticos; la expansión de la OTAN y el escudo antimisiles; el papel de Polonia en la visión occidental sobre Rusia; el asunto Magnitski —cuya vinculación a negocios turbios Romano da como cada vez más clara—; el uso de la guerra electrónica (incluida la campaña americana) o la intervención en Oriente Medio.
Aunque la visión de cada episodio es poliédrica y Romano no oculta su complejidad, hay unas líneas de análisis comunes a todos ellos, inspiradas en los determinantes que hemos mencionado. Anticipan un inquietante último capítulo sobre el incremento de la actividad militar en las zonas fronterizas con Rusia en el último año. Operaciones en las que «mucho de lo que puede ocurrir queda a merced del sistema nervioso de pocas personas».
Las durísimas conclusiones que cierran el libro levantan acta de la gravedad de la crisis que está atravesando Occidente y de la consiguiente pérdida de atracción hacia el sistema democrático para otras áreas del mundo.
Acaba de publicar una antología de poemas al padre, a la figura del padre, y antes el último tomo de sus diarios, y antes una colección de aforismos, producciones todas que se suman a otras antologías, y a otros dietarios, y a otras recopilaciones, y a otros poemarios, al tiempo que saca un artículo al día en el Diario de Cádiz y algún relato de verano por entregas, con lo que va construyendo una de esas obras que, completas, ocupan una balda entera de una biblioteca.
Quien abra cualquiera de sus libros por la solapa, leerá una fecha: 1969.
El año de mi nacimiento. Enero de 1969. Tiene gracia pensar que mis padres, que lo último con lo que tenían que ver era con el espíritu de Mayo del 68, estaban por entonces haciendo el amor y no la guerra. Pero cronológicamente es exacto.
Seguimos con la portada: “Murcia, pero El Puerto de Santa María”.
Con eso quiero señalar que no nací en El Puerto, sino que me llevaron a nacer a Murcia, lo que, por otra parte, considero una predestinación feliz.
¿Feliz por qué?
No sólo porque Murcia es estupenda y mi madre fuera de allí, sino por lo que el viaje tuvo de vuelta.
¿De vuelta ya, tan chiquitito?
De vuelta, sí. Aunque es verdad que lo de “de vuelta” tiene un punto de cansancio, y no es mi caso. Digamos mejor, de regreso. De regreso a casa, al Puerto de Santa María.
Lo poco que le gustaba viajar ya entonces, hay que ver.
Viajar puede ser perjudicial para la imaginación.
Suena a pretexto. ¿No será que le da pereza salir de casa?
Contra lo que parece, no es salir lo que me molesta de los viajes, sino no entrar: la superficialidad del turismo, el pasar tan rápido por los sitios, tocando solo la fachada, sin tratar apenas con los indígenas…
¿Es este el contexto donde cabe hablar de desprendimiento de rutina?
La expresión no es mía, sino de Juan Bonilla, solo que él la emplea en sentido positivo. Para mí, en cambio, el desprendimiento de rutina te ciega. Por no hablar de que a los que amamos la rutina, esta nos elude.
¿Amar la rutina? Pero si la rutina es, precisamente, la queja general.
Lo sé. Pero yo llevo años aspirando a la rutina y todos los días me surge algo que me la fastidia, nunca consigo decir “joé, qué rutinario todo”, siempre hay una distorsión.
Mire que es escritor, ¿no se supone que deberían pasarle cosas, cuanto más extraordinarias mejor?
Para ser escritor hay que tener paz para pensar y hablar de las cosas que uno conoce bien. Por la tranquilidad, entre otras cosas, El Puerto es un sitio estupendo para nacer -o, al menos, para vivir- si uno quiere ser escritor.
Que se lo digan, entre otros, a Pedro Muñoz Seca.
La familia Muñoz Seca es, tal vez, la más amiga de la mía; generaciones y generaciones en paralelo. Desde mi bisabuelo Enrique Máiquez, amigo del otro médico del Puerto, Francisco Muñoz Seca, siempre un Máiquez ha sido amigo de un Muñoz. Y, sin embargo, la influencia literaria de Pedro Muñoz Seca me llega por mi abuelo murciano, que se sabía de memoria La venganza de Don Mendo.
¿Dichosa edad y siglos dichosos aquellos en los que los abuelos recitaban a los nietos largos poemas?
La relación de la memoria con la poesía es esencial.
¿Por qué?
Porque significa llevar fisiológicamente inscrito en tus neuronas un tesoro de belleza. De hecho, el consuelo de saberse poemas de memoria es un denominador común entre gentes que han tenido experiencias de cárcel, de cautiverio, de campos de concentración…
¿Cuál cree que es la razón?
Descubrir, quizá, que el poema que recitamos no es solo un poema, un buen poema, sino también una oración, un sostén moral, sin duda.
Imagine que es Edmundo Dantés y que está encerrado en el castillo de If.
Me veo más como personaje de Fahrenheit 451, la novela o la película.
Pues imagínese en Fahrenheit. ¿Qué poema memorizaría?
El Magníficat o un canto de la Divina Comedia. Algo de mucho aliento.
¿A qué tanto esfuerzo, pudiendo aprenderse un haiku?
Porque el haiku se prende de la memoria, no se aprende.
Haikus, microrrelatos, aforismos… ¿Por qué esta fiebre por lo breve?
Podemos hablar de píldoras de brevedad, de un tratamiento homeopático en la sociedad de la prisa, contrarrestando tanta frivolidad o superficialidad. Por otro lado, la literatura de lo breve tiene una larga historia.
Lo bueno si breve…
Pero no solo Gracián. El aforismo es de los romanos acá y el haiku explota en el siglo XVI. Aunque es verdad que ahora estamos aquejados de esa fiebre de la que habla, la fiebre de lo breve.
Fiebre a la que tampoco escapa el ensayo.
A mí no me disgusta. Permite al ensayista una aproximación más bien lírica, una manera elegante de expresar una intuición, sin tanta erudición gratuita ni tanta sistemática sistematización, como recalca la redundancia.
Y en este vivir deprisa, ¿dónde quedan los largos poemas épicos, los grandes cantares de gesta?
En algunas novelas de hoy, incluso en series de televisión, y también en la suma de los poemas breves de un mismo autor.
Póngame un ejemplo de esto último.
Miguel d’Ors. Si sumas todos sus poemas, te sale el gran poema épico de una vida, la suya, la de Miguel d’Ors, como él escribe a veces. Esto lo argumenté, por cierto, sin ninguna brevedad, en el prólogo de sus poemas reunidos.
Ya que habla de obras completas, en la biblioteca pública del Puerto están las de Pemán, y en la ficha de préstamo y devolución de cada uno de los tomos figura, entre otras firmas, la de un lector recurrente: usted.
Como articulista, Pemán es un referente único para mí, sobre todo por esa manera tan gaditana de ser anglófilo y viceversa. A Pemán, por cierto, lo conocí en el despacho de su viña de Jerez, en El Cerro de Santiago, siendo yo muy niño. Recuerdo que me dio un cachete -¡plaf!- que tuvo mucho de espaldarazo feudal, quiero pensar.
Que no de intercambio intelectual, entiendo.
Eso pudo ser más con Alberti, al que también traté, solo que más crecidito yo, ya muy mayor él. Ir a visitarlo fue un empeño de mi padre, amigo de Alberti de la Academia de Bellas Artes de Santa Cecilia, en El Puerto. Mi padre insistió en que le llevara, dedicado, mi primer libro de poemas.
Y con lo obediente que es usted, no le quedó sino decir que sí, imagino.
Por supuesto, pero me costó. Porque me parecía muy poco natural. Alberti ya no estaba para hablar de literatura, y menos con un poeta de veintitontos años.
Y sin embargo…
Hizo muy bien mi padre en llevarme a visitarlo con frecuencia. Es un poeta que me ha influido mucho en el dominio de la forma, en la variedad, en cierto andalucismo luminoso.
No así en la mala leche, no así…
Alberti tenía un punto, es verdad.
¿Llegó a sufrirlo usted?
Era muy amable, en general, pero cuando le llevé mi poemario, me pidió que le leyera… ¡el peor poema del libro! Y -por una vez- estuve rápido.
¿Cómo de rápido?
Busqué el poema más albertiano de todos y se lo leí, declamándolo un poco a su modo, en lugar de decirle lo propio de un poeta recién editado, que pensaba que no había ningún poema tan malo en el libro, porque los malos no lo habían incluido.
¿Y cómo reaccionó él?
Quedándose muy amoscado. “Hombre, tan malo no es”, me dijo. Ya digo que, por una vez, estuve rápido.
No estaría ya para hablar de literatura, pero sí parecía reconocer sus versos en los de otro, aunque fuera lejanamente.
Y no solo eso, sino que cuando le pregunté por Gerardo Diego, por la poesía de Gerardo Diego, poeta rival de generación, me recitó con mucha emoción aquellos versos dedicados a la Virgen: “Era Ella,/ y nadie lo sabía./ Pero cuando pasaba/ los árboles se arrodillaban”.
Poesía y memoria, de nuevo.
Lo que, a su vez, me lleva a recordar que en mi casa había cierta rivalidad entre mi padre, más de Alberti, y mi madre, más de Miguel Hernández.
Entre eso y aquel largo, cálido y apasionado Mayo del 68, cualquiera diría que se conocieron militando en el PCE.
Unos padres tan conservadores como ellos, sí, quién lo diría. ¿Imagina a los padres de Pablo Iglesias discutiendo quién es mejor poeta, si Foxá o si Sánchez Mazas?
En cualquier caso, ni Alberti ni Miguel Hernández se hubieran sentido extraños en su casa; por la cosa social, digo.
Miguel Hernández pertenecía a la clase acomodada de su pueblo, Orihuela, otra cosa es que se creara el mito de unos orígenes muy humildes, algo que nunca hubiera hecho Alberti, muy comunista, vale, pero encantado de ser un Merello del Puerto.
Hemos hablado de poetas y hemos hablado del Puerto, lo cual nos lleva, y con solución de continuidad, a Juan Ramón Jiménez.
Juan Ramón estudió en los jesuitas del Puerto, y no se trató de un paso por el colegio sin más. Le marcó mucho.
Ahí su inédito, el del Dios deseado y deseante.
Se trata de un inédito con una clave biográfica evidente, por más que haya una cierta discusión entre los críticos al respecto. A mi entender, Juan Ramón supera el inmanentismo y habla de un Dios muy personal, el Dios de su infancia, el Dios, en fin, que le enseñaron en los jesuitas del Puerto. Por cierto, que aquel inédito fue lo último que leí con mi madre, ya muy enferma en el hospital.
Su madre, otra vez su madre.
Hubo uno que, reseñando el libro de poemas en el que trato de la muerte de mi madre, se puso a hablar, muy sesudo, de complejo de Edipo.
¿Le envió a sus padrinos?
La verdad es que me pilló tan lejos -lo del complejo de Edipo, digo- que me hizo hasta gracia. Porque no es verdad. Sí es verdad que mi madre me influyó -mucho- y en muchas cosas.
Por ejemplo.
Cuando nosotros éramos muy pequeños, estuvo a punto de morir. Todo el mundo comentaba, cuchicheando a nuestras espaldas, lo mala que estaba, y lo oíamos. Los médicos la daban por imposible, pero se salvó de milagro, y entonces siempre tuvo el signo de alguien que ha vuelto de la muerte. Eso marca también a los hijos.
¿Qué años tenía usted?
Seis cuando enfermó, diez cuando le dan el alta y cuarenta cuando muere. Vamos, que he vivido treinta años con lo más cercano que hay a un resucitado.
Treinta años de tiempo de prórroga.
Se nos olvidó poco a poco que era una prórroga; pero a ella no se le olvidó nunca que había visto a la muerte cara a cara.
¿Qué consecuencias tuvo todo aquello en la familia?
La muerte en casa era una más, como una nanny. De resultas, somos bilingües de la vida y la muerte.
Una nanny un poco tétrica, como de susto, ¿no?
No. Porque cuando mi madre vuelve a casa -después de dos años ingresada en Madrid, uno de ellos sin venir al Puerto ni una vez- lo hace con una alegría insumergible, con el convencimiento de que la vida es un regalo.
Y en lo que a usted respecta, o sea, literariamente, ¿qué ventaja se le siguió de aquel trato familiar con la muerte?
Que los obituarios me salen muy fácil.
Vista así, como una nanny que, encima, le resuelve los artículos más urgentes, la muerte luce, desde luego, amable.
Y aunque me llevo muy bien con la muerte, no tengo ninguna prisa con reunirme con ella. Me queda mucho por escribir.
Escribir ¿para qué? O si lo prefiere: ¿por qué?
Para disfrutar, porque me entusiasma.
¿Solo por eso? ¿Y qué hay, qué sé yo, de cambiar el mundo?
Es verdad que uno intenta hacer el bien haciendo bien lo que hace. Pero yo defiendo mis ideas porque es una materia prima de mi literatura. No porque crea que esas ideas necesiten de mi defensa. Sobre todo, escribo para suplir ciertas carencias expresivas de oralidad.
A ver, a ver, ¿cómo es eso?
La necesidad expresiva que todos tenemos a mí no me la satisfacen mis intervenciones orales, muy embarulladas. En este sentido, escribir es una manera de decirme a mí mismo -y decírmelo bien- lo que pienso; necesidad que ya sentía cuando era más joven y no pensaba en publicar siquiera.
Quién le iba a haber dicho a aquel joven que publicaría, y todos los días.
Últimamente hay gente a la que le gusta, en general, lo que escribo, pero que me advierte de que, si no tuviera una columna diaria, quizás acertaría más, me concentraría mejor.
¿Cómo reacciona usted?
Asiento y pongo cara de humildad, naturalmente.
Y sin embargo…
Sin embargo, estoy seguro de que si escribiese solo dos días por semana seguiría siendo irregular y acertaría menos porque tiraría menos a la diana. Quiero decir con esto que mis desfallecimientos no los imputaría a la periodicidad de la columna, sino que son desfallecimientos propios del talento o del ejercicio.
¿La escritura como ejercicio?
Y el ejercicio como problema.
¿Problema en qué sentido?
En el de que su mayor dominio puede terminar suponiendo el mayor peligro.
¿Peligro de lesión quizás?
Peligro, más bien, de terminar tirando de oficio. Porque un buen texto tiene que tener lo que los ingleses piden: head, hand and heart, es decir, cabeza, mano y corazón, esto es, pensamiento, oficio y, eso, corazón.
¿Quiere decir que cuando se tiene mucho oficio…?
… el folio puede rellenarse sólo con la mano. O sólo con la cabeza. O sólo con el sentimiento. Y hacen falta los tres, agitados, no revueltos.
¿Pero se da cuenta el lector de todo eso, hila tan fino acaso?
Es asombroso lo matemática que es la lectura. Cuando un artículo te ha quedado redondo, te lo señala todo el mundo; el lector tiene un olfato que admira y asusta.
Entonces ¿es inevitable que el exceso de oficio lleve al desfonde de la prosa?
Pienso que hay que andarse con muchísimo ojo, sobre todo con los trucos, los recursos, los giros hechos. Pero también creo que se puede atravesar por el artículo diario y conservar un cierto temblor.
Supongo que no es casual que hable de oficio, no de hobby.
Hobby me horroriza, como palabra y como pasatiempo. Si hablo mejor de “oficio” no es solamente, aunque también, por mi persistente empeño en cobrarlo. Me conformo, eso sí, con cobrar algo, y subrayo lo de “algo”.
¿Tiene que subrayarlo a menudo o qué?
Sí. La suerte es que me sé ya el argumento de memoria. Digo que, si un fontanero no tiene que dar excusas por cobrar por su trabajo, ¿por qué habría de hacerlo yo por escribir?
¿Por amor al arte quizás?
Pero es que el arte siempre es gratis. Lo que se cobra es lo demás: el tiempo empleado, el envoltorio, los gastos de transporte y material, la carpintería o, por seguir con el ejemplo de antes, el oficio, la mano, no el corazón ni la cabeza. Yo creo que, cuando Samuel Johnson decía que solo los badulaques escriben gratis, nos avisaba de esto.
Váyale con todo esto a uno que diga que la literatura se hace entre dos: el escritor y el lector.
Se hace entre los dos, eso es verdad. Por tanto, ese mismo lector podría preguntarme, con más razón que un santo, que por qué no cobramos los dos, pues tan valioso es lo que yo escribo como su atención. A partir de ahora, esto me va a servir de consuelo: pensaré que cobro tan poco porque es la mitad, lo justo.
Una lectora que sí podría reclamar su parte en su obra es Leonor, su mujer, tantas veces presente en lo que escribe.
Hasta el punto de que tengo la mala conciencia de haberme casado con ella en régimen de separación de bienes, y no de gananciales.
¿Qué le descarga la conciencia?
La certeza de que a ella le da igual. Se rige por las arras de la fórmula eclesiástica: todo lo mío es suyo y viceversa.
Por cierto, ¿qué tal musa es?
Beatriz se cruzó con Dante dos veces y ya está. Leonor trabaja más; es una musa a pie de obra.
¿Sabe usted por qué matrimonios como el suyo, bien avenidos y tal, dan literariamente para tan poco, más allá del libro sesentero titulado Vida conyugal sana?
Aquel era, a propósito, el único tomo de casa de mis padres que estaba vuelto del revés, para que no lo leyéramos, lo cual, claro, era una invitación irresistible a la lectura. Tengo que preguntar a mis hermanos si ellos también lo leyeron.
Cosa seria la de la vida conyugal sana, ¿no?
Cosa seria, sí, que exige, por otro lado, saber reírse, porque, claro, una situación así, tan sostenida, con sus altos y sus bajos, precisa, necesariamente, del humor, del buen humor.
Volvamos al déficit inspirador de los matrimonios felices en la narrativa.
Wislawa Szymborska dijo en la recepción del Nobel que, al contrario que de deportistas o militares, no había grandes películas de escritores. Porque no vas a filmar a un tío horas delante de un papel en blanco rascándose la cabeza, levantándose, tomándose el enésimo café, tachando una línea… Pues con el matrimonio igual: falta la espectacularidad.
¿Podemos concluir pues que la mayor cantidad de épica que permite el matrimonio es huir de las estadísticas de divorcio?
Empieza a tener su emoción; pero yo no querría incurrir en eso tan miserable de ver cómo van cayendo matrimonios a nuestro alrededor y decir “resistamos, vamos a ser los únicos, vamos a ser los últimos…”
¿Dónde queda entonces la aventura, la emoción?
En pensar lo vertiginoso que pasa el tiempo cuando se es feliz, en poder decir que parece que fue ayer cuando nos casamos.
Eso, pensar lo rápido que ha pasado el tiempo a su lado, es lo único que le recrimina Albert Boadella a Dolors, su mujer.
¿De verdad? ¿Sí? ¿En serio? ¡Anda! Pues me alegra muchísimo. Qué alegría -intelectual- hay en la coincidencia.
Acaba de derribar usted solito un mito: el de la originalidad.
Hombre, es que produce satisfacción pensar algo y ver que alguien a quien admiras ha pensado lo mismo. No seré el más rápido, pero razono bien, me digo.
Y esa alegría en la coincidencia ¿le ha sucedido leyendo poesía sobre la cosa matrimonial?
De hecho, una ilusión mía es hacer una antología de poesía de amor conyugal.
¿Da el tema para tanto?
Mucho más de lo que parece. Por ejemplo, Miguel Hernández, que tuvo unos comienzos de poeta católico, siempre asoció el amor con el sexo y éste con la fertilidad, o sea, un amor encarnado, muy material, muy abierto a los hijos, y de una manera muy evidente, muy carnal, bien sensual, como creo que demostré en un ensayito.
Conclusión.
Poesía y amor conyugal tienen mucho que ver. Por eso de sacar la máxima potencia: el matrimonio de la vida -de la vida común, en ambos sentidos- y la poesía del lenguaje común. De hecho, a mis alumnos les digo que la poesía son los cien metros lisos del lenguaje, el lenguaje corriente corriendo a toda mecha, en plenitud de facultades.
Ya que saca el tema, ¿qué tal anda usted de facultades?
¿Por?
Porque en la primavera de 2007 escribió un elogio de las sirenas de los mercantes y en el otoño de 2015 arremetió en una columna contra esas mismas sirenas porque no le dejaban dormir. ¿El poeta se hace mayor o qué?
Mario Quintana, otro de mis autores de culto, viene a decir que quien no se contradice no es sincero. No es lo mismo una tarde de niebla oyendo las sirenas de los barcos que una noche en blanco por culpa de esas mismas sirenas. En uno y otro caso, fui sincero.
De quien no parece hartarse es de los alumnos, por más que últimamente aparezcan menos en sus diarios.
Los alumnos son una enseñanza continua. Si hablo menos de ellos es porque ahora soy jefe de estudios. Necesito volver a ser profesor de infantería. Entre otros motivos, para que mi diario vuelva a mejorar, porque sin mis alumnos ha perdido uno de sus grandes puntales.
Echa de menos escribir sobre ellos, sí. ¿Y ellos leerse en lo que usted escribía?
En general, no me leen, pero están encantados de que sea escritor y algunos recortan mis artículos del periódico (que no leen). Si voy a hablar de ellos, les pido permiso antes y cuando se ha tratado de una cosa delicada, he guardado la anécdota para años después.
Al final resulta que toda vida tiene sustancia narrativa.
Toda vida lleva consigo su novela, como su sombra. Lo decía Galdós y lo repite Trapiello. Sus vidas, además, las de los alumnos, tienen mucho encanto porque están en ese momento auroral en que todo está por decidirse.
Cabe precisar que ni ellos son alumnos de Literatura ni usted profesor de dicha materia.
Soy profesor de Derecho Laboral y de Relaciones en el Entorno del Trabajo y ellos son alumnos de FP, en efecto.
¿Y no hubiera preferido enseñarles poesía?
Bueno, para explicarles qué es la motivación o el liderazgo les hablo del Cantar de Mío Cid.
¿Le escuchan?
Sí, porque la literatura se convierte para ellos en la puerta de escape para huir del Derecho Laboral, lo cual me parece muy exacto y pedagógico.
Consuélese, Tom Sharpe se hizo millonario con una novela dedicada a sus alumnos de FP. Por otro lado, el verano pasado usted principió, y con cierto éxito de crítica y público, con un relato por entregas en el Diario de Cádiz.
No hablaría de éxito, sino de microéxito. Además, no me considero un narrador.
Pues ahí queda Aristócratas Anónimos, su relato.
Me lo pidió mi jefe y como soy muy respetuoso con la autoridad, muy jerárquico…, me abandoné a la obediencia.
¿Y qué tal la experiencia?
Muy chula. Y, aunque me lo pasé tan bien, no termino de verme, insisto, como narrador. Si lo fuese, sería lo menos autobiográfico posible, además.
O sea, todo lo contrario que buena parte de su poesía, y que por supuesto su diario, y que muchos de sus artículos.
En una encuesta que nos pasaron a los colaboradores de The Objective, había una pregunta sobre si preferíamos los artículos con “yo” o sin “yo”.
¿Usted qué respondió?
Que yo sin yo no soy nadie.
Partidario, por tanto, del yoísmo.
Hace años estuvo de moda defender el carácter ficcional de la poesía, como si la poesía autobiográfica fuera menos poesía, menos literatura.
¿Cómo defendió la tesis contraria?
Escribiendo un poema en el que venía a decir que al lector que no me conoce de nada, ¿qué más le da si hablo de mí o no? Algo parecido a lo que se preguntaba Cernuda de Falalei, de la belleza de Falalei, aquel personaje de Dostoievski. ¿Inventó Dostoievski a Falalei o lo encontró en la vida? Qué más da; el mérito de regalarnos su belleza con unas pocas palabras es el mismo.
Oiga, ¿y en su biblioteca califica los tomos según los autores hablen de sí o de otros?
Mi biblioteca está ordenada por orden alfabético, que es el orden al cuadrado. Soy tan desordenado que necesito exagerar.
¿Y solo por eso la tiene ordenada así?
También porque mi concepción de la literatura es muy personalista. Si cogiera a un autor y colocase en una estantería sus novelas, y en otra su poesía, y en otra sus ensayos, si diferenciase por géneros, lo estaría desmembrando. Sin embargo, ver a Unamuno en una sola estantería -o a Chesterton en cuatro- es como respetar al autor, no romperle ni a él ni a su obra.
Por cierto, veo que la biblioteca, al menos sus estantes inferiores, están al alcance de Carmen y de Quique, sus hijos. ¿Una manera quizás de iniciarles en la lectura?
La biblioteca estaba aquí antes de que los niños llegaran, que parecía que no iban a llegar; no fue, por tanto, premeditado. En cualquier caso, mis libros y los niños conviven bastante bien. Se miran de reojo.
Llegado el momento, ¿les obligará a leer?
Espero no tener que llegar a eso. Aunque es verdad que cierta obligatoriedad es imprescindible. Sin referentes literarios previos, claros y memorizados, no se puede disfrutar de la lectura, que no solo es un coloquio entre el lector y el autor, sino una tertulia.
Volvamos a su biblioteca. Tiene más libros de los que nunca podrá leer. ¿Un libro no leído no es un objeto muerto?
Pues está muy bien expresado. Pero, ya le digo, la muerte es como una nanny para mí. Así que esos libros muertos también me acompañan. Hacen compañía sencillamente estando, por emanación. Espero, eso sí, que mi biblioteca no crezca mucho más.
Siempre le quedará el recurso de pedir que le entierren con los libros que quiso leer y no pudo.
Esa idea me la inspiró Dante Gabriel Rossetti, que enterró sus poemas con su amada difunta.
Aquí la pregunta es: ¿y qué culpa tienen los libros?
Por eso rechacé la idea: ninguna.
¿Y usted? ¿Qué culpa tiene usted?
¿De no haber leído todo lo que quise? Casi ninguna: tuve que vivir.
“La carne es triste y he leído todos los libros”.
Eso es para preguntarle a Mallarmé: “Oiga, ¿qué mini-biblioteca tenía usted?”. La frase, desde luego, no va conmigo. Y no solo porque no haya leído todos los libros, sino porque la carne no me resulta nada triste. El autor querría representar el aburrimiento de vivir, el estar de vuelta, pero, como dije al principio, no me gusta esa expresión; yo voy de ida siempre, incluso aunque sea de regreso.