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Europa bajo la amenaza islámica

Todo fenómeno social tiene causas y, en este caso, su indagación es particularmente urgente. El análisis del terrorismo islámico en Europa comienza a partir de tres hechos demostrables. Primero, el terrorismo urbano que busca asesinar el mayor número posible de inocentes es un fenómeno del siglo XXI. Antes del año 2000 y, concretamente, antes de la administración George W. Bush en Estados Unidos, el fenómeno prácticamente no existía. Segundo, la mayoría de los ataques terroristas en Europa son perpetrados por ciudadanos del propio país, no por inmigrantes. Tercero, los terroristas son jóvenes y, abrumadoramente, jóvenes varones. ¿Por qué?

Las causas profundas de la situación actual habría que buscarlas en la creación del Estado de Israel por las potencias occidentales y el paralelo desplazamiento del pueblo palestino de sus territorios ancestrales. El evidente desprecio por los árabes evidenciado en su sumaria expulsión de sus tierras por parte de los occidentales para dar cabida a la nación hebrea inevitablemente generó un nacionalismo reactivo en el mundo árabe. El desplazamiento territorial sin que mediase acción o culpa alguna por parte de los palestinos da lugar a una confrontación insuperable entre Israel y el mundo árabe y, por extensión, entre este y los países occidentales que crearon originalmente este estado de cosas.

La inevitabilidad de la confrontación se manifiesta a través de las décadas en episodios tales como la Guerra de los Seis Días, las sucesivas intifadas, las confrontaciones militares con Al Fatah y después Hamas, y la ocupación por este último movimiento de la franja de Gaza. Más importante aún, la expulsión palestina va cristalizando una identidad reactiva en el mundo árabe forjada en oposición no solo contra Israel sino contra sus aliados en Occidente. Parte de esa identidad se alimenta del recuerdo de la gloria del mundo islámico en siglos pasados y la nostalgia por su recuperación. Tal fin pasa por el enfrentamiento frontal con el Occidente, al que hay que llevar la guerra santa.

La expulsión palestina va cristalizando una identidad reactiva en el mundo árabe forjada en oposición no solo contra Israel sino contra sus aliados en Occidente

Osama Bin-Laden, vástago de una poderosa y adinerada familia saudí, se convierte en adalid de esta lucha y su éxito con la destrucción de las Torres Gemelas en Nueva York en septiembre de 2001 informa al mundo que la guerra está en curso. El desprecio con que las potencias de Occidente expulsaron a los palestinos de sus tierras les va a salir caro.

La identidad reactiva provocada por este hecho logra cada vez más adeptos no solo entre los árabes, sino entre otros musulmanes en Paquistán, las Filipinas e Indonesia.

Entretanto, varios grandes países europeos —Francia, Inglaterra, Alemania, Holanda, entre los principales— se convierten en receptores de grandes flujos de inmigrantes de sus excolonias en África del Norte, Medio Oriente y el subcontinente indio. Las razones para estos flujos son esencialmente económicas, pero buena parte de sus integrantes son también musulmanes. Esta población da lugar al surgimiento de numerosas mezquitas y a la proliferación de instituciones culturales islámicas bajo el amparo de las constituciones democráticas y protección a la libertad de expresión en el Occidente. Aparte de la tensión clásica enfrentada por todo colectivo inmigrante entre la presión asimilacionista de la sociedad receptora y la lealtad a su cultura de origen, los musulmanes enfrentan un segundo dilema entre los valores y normas occidentales y el llamado a la reconstitución del mundo islámico por los impulsores de la nueva guerra santa.

Abrumadoramente los inmigrantes de primera generación le apuestan a la integración selectiva, combinando la preservación de su lengua y religión con el aprendizaje del idioma y las normas de vida de las sociedades receptoras. Siguen siendo musulmanes, pero comprenden que las oportunidades económicas que les ofrecen los países occidentales van aunadas a la aceptación de sus culturas y la obediencia a sus leyes. Las mezquitas mantienen y refuerzan la lealtad a las costumbres islámicas, pero rara vez los inmigrantes de primera generación aceptan las premisas de los radicales. Su plan de vida es otro.

Con el paso del tiempo y como con todos los colectivos inmigrantes, surge una segunda generación nacida y educada en la sociedad receptora. Habla su idioma y conoce sus costumbres. En este caso, todo depende de cómo, al llegar a la juventud, esta segunda generación perciba su estatus y oportunidades de ascenso social y económico. Los padres aceptan estar «en» pero no ser de las naciones que los acogen. Pero la tensión entre el habitar y el pertenecer se vuelve central en la vida de sus hijos. Son descendientes de musulmanes, pero también ciudadanos del país en que nacieron y en el que recibieron su educación.

En países europeos del norte, esta tensión entre el estar y el ser se agrava por la percepción de muchos jóvenes de segunda generación de ser tratados como ciudadanos de segunda categoría. Ser francés, belga o británico por ley pero no en la realidad cotidiana se convierte en un dilema existencial para muchos de estos jóvenes. «Si vas a pedir un empleo y compiten Mohammed y François, ya sabes a quien se lo van a dar», se queja un argelino-francés habitante de los suburbios de París. «Para qué estudiar», nos dice un participante en las revueltas populares en los mismos suburbios en 2006. «Terminas la secundaria y te dicen: tú, a barrer y tú a conducir un camión»1.

Esta tensión a menudo da lugar a un proceso de integración descendente en que los jóvenes abandonan su educación y se resisten a aceptar los mismos trabajos manuales y mal pagados que fueron el destino de sus padres. La idea de tener que permanecer toda la vida en barrios minoritarios y pobres, teniendo que depender de pequeños trabajos temporales para sobrevivir se vuelve intolerable para muchos. Llegados a este punto, la cuestión esencial es cómo interpretan su situación los jóvenes en proceso de integración descendiente. Surge en este momento una segunda identidad reactiva, nacida en oposición a la sociedad circundante cuyos miembros son percibidos como opresores.

La tensión entre el habitar y el pertenecer se vuelve central en la vida de sus hijos

En Norteamérica ocurre un proceso similar entre hijos de mexicanos y otros grupos inmigrantes marginados por la sociedad receptora. En este caso, la identidad reactiva se manifiesta en el surgimiento de bandas juveniles y su participación en actividades delictivas de todo tipo. Es por ello que jóvenes mexicanos y de otros colectivos latinoamericanos pueblan cada vez más las cárceles norteamericanas, uniéndose a los negros nativos que fueron víctimas de un proceso de marginalización anterior.

En Europa, la identidad reactiva juvenil posee un medio de canalización mucho más potente que las bandas. La ideología radical musulmana permite a jóvenes marginados reinterpretar su situación de forma clara y coherente: la causa estriba en la injusta y corrupta civilización occidental que debe ser reemplazada por un resurgente islam. La creación del califato en Irak-Siria, descendiente de Al-Qaeda pero mucho más efectivo en su propaganda, otorga nuevo rigor a la causa y la convierte en un vehículo válido de reafirmación y autoestima. De esta forma, la integración descendiente a las sociedades europeas se revierte, dando lugar a una nueva imagen heroica. El joven musulmán deja de ser repartidor de pizzas o barrendero de un bar para convertirse en soldado de Alá y abanderado de su guerra santa.

Es por esta razón que los atentados terroristas que regularmente sacuden Europa son cometidos, en la gran mayoría de los casos, por ciudadanos del mismo país donde ocurren. Son jóvenes belgas, británicos, franceses u holandeses —musulmanes de segunda generación—. La radicalización de la que tanto hablan los medios no proviene del aire; los hijos de inmigrantes de otros países no se radicalizan. Es la conjunción del proceso de integración descendiente con una ideología coherente que lo reinterpreta, lo que da lugar a acciones terroristas. Es por ello que los que llevan a cabo estos actos no sienten remordimiento alguno en asesinar a mansalva a desconocidos inocentes, ni en morir ellos mismos. Las víctimas son miembros de la sociedad occidental que los margina y los oprime; morir en la guerra santa abre las puertas del paraíso.

La situación que vive hoy Europa occidental es, si este análisis es correcto, resultado de la confluencia de dos procesos de identidad reactiva: el primero en respuesta a la humillación palestina entre intelectuales y activistas del mundo musulmán y la segunda como solución a la integración descendiente entre jóvenes ciudadanos de los mismos países en que estos hechos ocurren. Los líderes del califato en Mosul y Raqqa nunca hubiesen tenido éxito en implementar la cadena de atentados contra países occidentales de no contar con la presencia de una población juvenil lista a ser radicalizada, no en base a sus experiencias en el Medio Oriente —donde nunca vivieron— sino en las sufridas dentro de los países donde nacieron o se educaron.

El caso español

El 11 de marzo de 2004 explotan simultáneamente diez bombas de dinamita en la estación de Atocha, en el centro de Madrid, matando a 190 personas. Es el mayor atentado terrorista sufrido en Europa desde la explosión de un vuelo transatlántico en Lockerbie, Reino Unido. Los terroristas que perpetraron el atentado de Atocha se suicidaron posteriormente en un piso de Leganés al ser rodeados por la policía. Eran todos extranjeros —argelinos, marroquís o hindúes—. Formaban parte de un comando de Al-Qaeda creado deliberadamente en España por Bin-Laden para castigar a su gobierno por su alianza con Estados Unidos en la guerra contra el talibán en Afganistán y posteriormente la invasión de Irak.

Desde Atocha, no se han registrado atentados de magnitud comparable en España. Parte de este buen resultado se debe, sin duda, a la retirada de las tropas españolas de la invasión a Irak por decisión del gobierno socialista de Rodríguez Zapatero. Parte a la vigilancia de los servicios de inteligencia españoles. Pero no es el caso que España no haya estado en la mira del extremismo árabe, sobre todo con el retorno de un gobierno de derechas al poder y la renovada cooperación con Estados Unidos. Osama Bin-Laden repetidamente señaló que la recuperación de España, el viejo Al-Andalus dominado por los árabes por ocho siglos, representaba una de las prioridades de la Guerra Santa.

Sin embargo, no ha ocurrido así. España no ha sufrido repetidos ataques de Al-Qaeda o ISIS como ha sido el caso de sus vecinos del Norte. ¿Por qué? La introducción de células terroristas en el país, como la que llevó a cabo el atentado de Atocha, se vuelve crecientemente difícil dada la activa vigilancia de los servicios policiales. Descartada esta opción, la otra posible es el reclutamiento y radicalización de jóvenes musulmanes de segunda generación, según las pautas descritas anteriormente. Esto no ha ocurrido, al menos en la misma medida que en otros países occidentales. Las razones no estriban en la ausencia de esta población —los marroquís representan uno de los colectivos inmigrantes mayores y más antiguos en España—. La numerosa población de jóvenes de origen marroquí se ve reforzada por la presencia de descendientes de paquistaníes, tunecinos y otros.

La Investigación Longitudinal sobre la Segunda Generación (ILSEG) fue llevada a cabo en las dos principales áreas de concentración de la población inmigrante en España —Madrid y Barcelona— entre 2007 y 2013. El estudio, auspiciado por la Universidad de Princeton en conjunto con la Pontificia Universidad de Comillas y el Instituto Universitario Ortega y Gasset, entrevistó una muestra de casi 7.000 hijos de inmigrantes a edad promedio 14 años en 180 colegios públicos y concertados en ambas ciudades. Esta muestra se siguió en el tiempo y se la reentrevistó al cabo de cuatro años —en 2012-2013—. Se pudo reentrevistar al 73% de la muestra original sin evidencia de ningún marcado sesgo muestral. La muestra de seguimiento puede por tanto considerarse representativa de la original. Para compensar por la pérdida de casos, se entrevistaron 1.534 otros jóvenes de segunda generación, en la encuesta de seguimiento (2012). Los resultados del estudio han sido publicados en varios artículos y libros en español e inglés2.

Los hallazgos relevantes de este estudio para clarificar la situación en España son dos. Primero, la identificación con el país es alta y además crece con el tiempo. Entre los nacidos en España de padres extranjeros, el 80% se autoidentificaban como españoles. Entre los nacidos en el extranjero pero traídos a edad temprana al país, solo el 22% se identificaba como tal en 2008; cuatro años más tarde, sin embargo, el porcentaje se doblaba al 44%. Segundo, las percepciones de discriminación por razones de raza o etnia son muy bajas y no aumentan con el tiempo. A edad promedio 18 años, solo el 5% de jóvenes de segunda generación reportaba haber sido discriminado «regular o frecuentemente». Tal cifra es menos de una cuarta parte de los hijos de inmigrantes que reportaban haber sido discriminados en un estudio paralelo llevado a cabo en Estados Unidos3.

Los hijos de marroquís y otros musulmanes no difieren de otros jóvenes de segunda generación, ni en su creciente identificación con España ni en la ausencia de discriminación generalizada. Tales resultados se confirman en entrevistas en profundidad con jóvenes marroquís de segunda generación que formaron parte de la muestra ILSEG. Son personas normales que, en su mayoría, aún estudian aunque otros trabajan. Se consideran españoles, aunque muchos siguen siendo musulmanes practicantes. Solo se quejan del creciente acoso de la policía que frecuentemente los para en la calle para pedirles identificación o preguntarles donde van.

La relativa ausencia de identidad reactiva entre jóvenes de segunda generación en España puede considerarse como un éxito del proceso de integración de los inmigrantes al país. Es importante notar que este relativo éxito no se debió a la presencia de un modelo deliberado de integración, sino a su ausencia. Contrariamente a lo que ocurre en otros países europeos, España no posee un modelo o esquema de lo que hay que hacer para ser aceptables al resto de la sociedad. En ausencia del mismo, los inmigrantes van buscando su forma de integración a su ritmo y a su manera sin padecer grandes presiones externas. Tampoco existen en el país grandes partidos o movimientos xenófobos que rechacen o marginen a los inmigrantes y a sus hijos los hagan defenderse de una discriminación generalizada.

La relativa ausencia de identidad reactiva entre jóvenes de segunda generación en España puede considerarse como un éxito

Por el contrario, la mayoría de los jóvenes de segunda generación, incluyendo los musulmanes, se ven a sí mismos como parte del universo de la juventud española que enfrenta los mismos desafíos y oportunidades que los demás. La sociedad española no será la más opulenta o la más poderosa pero, por la misma razón, sus miembros no se ven a sí mismos como innatamente superiores a los inmigrantes. Esa relativa ausencia de distancia social funciona para facilitar la integración de los inmigrantes e impedir el surgimiento de identidad reactiva en la segunda generación. Es imposible predecir el futuro y ataques terroristas pueden aún ocurrir en España. Sin embargo, la experiencia de los últimos trece años representa un testimonio elocuente de la notable diferencia entre este país y los de sus vecinos europeos en términos de este tipo de asaltos.

La imbricación de dos identidades reactivas —la externa en el Medio Oriente y la interna en Europa— que subyace la situación actual de temor o incertidumbre en varios países occidentales, no ocurre o al menos no ocurre con la misma frecuencia en España. Si este análisis, basado en los datos del estudio ILSEG, es correcto, implica que los órganos de seguridad del Estado deben actuar con cautela para evitar provocar lo que se quiere impedir. La policía a menudo adopta prácticas similares, y las de los países del Sur tienden a imitar a las del Norte. En este caso, tal tendencia sería errónea y peligrosa porque las situaciones sociales subyacentes son distintas. El inesperado pero real éxito de España en promover la integración de sus segundas generaciones debe protegerse y apoyarse. En cierta forma, puede servir de modelo a las sociedades hoy golpeadas por el azote de episodios terroristas cometidos por sus propios jóvenes.

NOTAS
1. Ver Cathy L. Schneider, Police Power and Race Riots in Paris, Politics and Society 36, nº 1 (2008): 133-159.
2. Ver Alejandro Portes, Rosa Aparicio y William Haller, Spanish Legacies: The Coming of Age of the Second Generation, Berkeley, CA. University of California Press, 2016. Rosa Aparicio y Alejandro Portes, Crecer en España: La integración de los hijos de inmigrantes, Barcelona: La Caixa, Estudios Sociales nº 38, 2014.
3. Ver Alejandro Portes y Ruben Rumbaut, Legacies: The Story of the Second Generation, Berkeley, CA. University of California Press, 2001. Capítulo 7.

La «última milla» en África

En primer lugar, el tema es complejo, ya que como se suele subrayar en los ámbitos africanistas: «África no es un país», sino un conjunto de 54 países tremendamente heterogéneos y llenos de disparidades. Algunos sufren eternos conflictos. Hay países con gobiernos débiles y otros sin embargo cuentan con gobiernos consolidados y procesos democráticos más estables. Algunos poseen abundantes y valiosos recursos como el petróleo, el gas natural o el coltán, mientras que otros son exportadores tradicionales de cacao y café. Algunos países tienen en torno a cien millones de habitantes, otros no llegan al millón y no tienen salida al mar. Estos, habiendo muchos otros, son ejemplos que ilustran sus diferencias y la enorme diversidad geográfica, económica, política y cultural del continente.

«África no es un país»

En los diferentes enfoques sobre la solución a los problemas de los países africanos, hay muchos autores conocidos —como Jeffrey Sachs, Paul Collier o William Easterly— que proponen soluciones contundentes. La dificultad está en que estas propuestas no solo difieren entre ellas, sino que además en muchas ocasiones resultan contradictorias. Lo que para algunos economistas es la clave para la resolución de los problemas africanos (como, por ejemplo, donar más ayuda al desarrollo), para otros, no solo no es la solución, sino que es incluso una parte del problema (tesis básica, por ejemplo, de la economista zambiana Dambisa Moyo).

Sin embargo, existen otras formas de analizar la realidad africana y de poder saber qué recetas funcionan y cuáles no. Este enfoque, que no participa de estos grandes debates, pretende diagnosticar lo que funciona y lo que no funciona en las políticas de lucha contra la pobreza, desde la perspectiva del comportamiento humano. En este contexto encontramos lo que la economista francesa Esther Duflo refiere como el problema de la última milla (en inglés last-mile problem). Esta expresión significa que existiendo todos los medios para superar los obstáculos (por ejemplo, vacunas para prevenir enfermedades, o fertilizantes de última generación a precios asequibles) existen limitaciones en la última fase de resolución que impiden que se consiga el objetivo deseado.

existen otras formas de analizar la realidad africana y de poder saber qué recetas funcionan y cuáles no

Estas limitaciones que hacen fracasar los proyectos o limitan la eficacia de las políticas de mejora de la calidad de vida de los africanos, tienen que ver con el comportamiento de las personas. Los africanos, como sucede en cualquier parte del mundo, no siempre toman las decisiones que los gobiernos y los teóricos esperan. Este enfoque del comportamiento se vuelve cada vez más relevante para valorar la eficacia de lo que se hace en África, y sobre todo para el diseño eficaz de las políticas públicas e instrumentos de lucha contra la pobreza.

Algunos debates ortodoxos sobre las causas y soluciones a los problemas africanos

Posiblemente, el instrumento de lucha contra la pobreza más debatido sea la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD). La OCDE, institución internacional de referencia en este ámbito, define la AOD como «los flujos —en efectivo o en forma de bienes y servicios— dirigidos a países en desarrollo y a instituciones multilaterales de desarrollo (como, por ejemplo, Naciones Unidas) que se administran con el objetivo de promover el desarrollo y el bienestar económico, que sean concesionales (por debajo de los tipos de interés oficiales de mercado) y que llevan un elemento de donación de al menos el 25%» (OCDE, 2017).

La mayoría de los países desarrollados del mundo son donantes de ayuda al desarrollo. África subsahariana ha recibido de los países OCDE unos 26.000 millones de dólares en el periodo 2014-2015. Esta ayuda adopta diversas formas: contribuciones a programas de educación y mejora de la salud, mejoras de las infraestructuras y la producción o, por ejemplo, ayuda humanitaria para situaciones de emergencia.

El mayor defensor de la AOD es el economista estadounidense Jeffrey Sachs (autor del bestseller El fin de la pobreza: cómo conseguirlo en nuestro tiempo) y otros autores de referencia, como el británico Paul Collier, coinciden en esta línea. Sachs y Collier explican los problemas de África, y de los países pobres en general, en base a la existencia de trampas de las cuales no es posible escapar sin ayuda externa. Defienden que los países africanos están inmersos en un círculo vicioso en el que la pobreza genera más pobreza, no pueden ahorrar, sufren enfermedades, no tienen salida al mar y tienen tierras poco fértiles y solo pueden escapar de esta situación mediante la ayuda procedente de los países ricos. Con esta ayuda, los países podrán realizar las inversiones necesarias para superar estas trampas. Son los defensores del big push, una especie de Plan Marshall para África que rompa definitivamente esta espiral, y que ya fue reclamado en el año 2005 por Gordon Brown, entonces primer ministro británico.

En el otro extremo del debate sobre la AOD, economistas como George Ayittey de Ghana (autor del libro publicado en 2005 Africa Unchained), William Easterly (con sus publicaciones En busca del crecimiento y The White Man’s Burden) o Dambisa Moyo (autora de Dead Aid) opinan que la ayuda externa genera corrupción, dependencia de los países ricos, libera a los gobiernos africanos de responsabilidades que deberían asumir (como educación, sanidad, etc.) o es aprovechada por los países desarrollados para favorecer a sus empresas y como instrumento al servicio de su política exterior.

En lo que se refiere a la importancia de los recursos naturales y su papel en las posibilidades de crecimiento económico y desarrollo de un país, también se producen paradojas en el contexto de África subsahariana. Parece lógico pensar que la situación óptima de partida de un país es estar dotado de recursos naturales, y que, de hecho, esta abundancia proporcionará posibilidades de crecer y exportar. En África se puede observar de manera muy intensa el efecto contrario, más conocido como la «maldición de los recursos naturales». El continente africano puede parecer desde esta perspectiva bien preparado de partida para el crecimiento económico, pues muchos países tienen petróleo, gas natural, diamantes, hierro, cobalto, uranio, cobre o plata, y otros minerales de alta demanda en los mercados internacionales.

El caso de la República Democrática del Congo, donde se encuentran las mayores reservas de coltán del mundo —mineral de gran demanda para la industria de la telefonía móvil— es paradigmático. La explotación del mineral no es pacífica, ni tampoco genera riqueza para el país y los congoleños, sino todo lo contrario. El Congo es, a consecuencia de este mineral, víctima de expolio de los países vecinos y en las minas de coltán, controladas por la guerrilla congoleña, hay mano de obra infantil, mientras que la población sufre violaciones de derechos humanos de forma continua.

El comercio internacional o la inversión extranjera, polarizan —al igual que sucede con la ayuda al desarrollo— las posiciones de los diferentes expertos. Para unos, tanto el comercio como la inversión de empresas extranjeras genera en primera instancia puestos de trabajo. Según el informe del Banco Mundial Doing Business 2016, cinco de los países que más habían mejorado sus indicadores de negocio eran africanos: Mauritania, Uganda, Kenia, Senegal y Benín. En el informe de 2015, el continente africano aparecía como el segundo destino más atractivo para las inversiones. Además de los puestos de trabajo, para la visión más optimista, la inversión extranjera produce transferencia de tecnología y contribuye a mejorar las infraestructuras, que a su vez benefician a los habitantes de los países.

Sin embargo, no pocos expertos señalan los peligros de la inversión: por ejemplo, la destrucción de empresas locales o la generación de trabajo precario. En el contexto africano, uno de los efectos más perversos de la inversión se observa en la compra de tierras a precios muy bajos (el llamado acaparamiento de tierras) por parte de empresas privadas, fondos de inversión o incluso gobiernos extranjeros, para el cultivo de biocombustibles o la exportación de alimentos. Etiopía, con hambrunas recurrentes en algunas zonas del país, es uno de los países más destacados en este aspecto. Los efectos negativos se dan sobre la seguridad alimentaria de los países, que quedan descapitalizados para siempre de tierras fértiles y afecta negativamente a los derechos de la población local. Por otro lado, también hay muchos críticos de la creciente relación comercial y de inversión de los países africanos con China.

También es interesante destacar la visión de autores que enfatizan el papel de las instituciones de un país como clave para entender por qué unos países se desarrollan y otros no (como Acemoglu y Robinson, autores del libro Por qué fracasan los países). Otros examinan el papel de la geografía, los procesos de integración regional o la corrupción como elementos causales de la pobreza africana. En definitiva, son muy diversas las causas de la pobreza en África y también lo son las soluciones. El enfoque del comportamiento, como se verá a continuación, no entra en debates maximalistas, sino en identificar qué funciona y qué no funciona en lugares concretos, analizando el comportamiento de los africanos.

Los problemas de la última milla en África

En todos los países del mundo, países ricos o pobres, las personas toman decisiones que no siempre son favorables para su calidad de vida. Las personas no prevén, por ejemplo, ahorrar para su jubilación, o asegurarse un seguro o algún tipo de cobertura sanitaria, o de una forma u otra cuidar su salud. Muchas veces, las personas están bien informadas sobre estos temas y conocen los riesgos de las decisiones que toman. A pesar de toda esta información, no siempre se toman las decisiones que las políticas públicas pretenden, y por tanto es en última instancia el comportamiento humano el que determina la eficacia de muchas de las regulaciones públicas.

El problema de la última milla aparece como un reto para la eficacia en el funcionamiento de las políticas y los procesos. El término tiene su origen en los tiempos del telégrafo, donde a pesar del gran avance en la rapidez de transmisión de los mensajes en comparación al sistema de correo tradicional, existía un obstáculo final en hacer llegar los telegramas a los hogares: este último reto a superar es el llamado problema de la última milla.

En el contexto africano, existen actualmente muchas soluciones efectivas a problemas que han enfrentado tradicionalmente los países africanos. Existen vacunas contra la mayoría de enfermedades y existen medidas de protección contra enfermedades: mosquiteras contra el paludismo y anticonceptivos contra el VIH. Existen también fertilizantes de última generación para mejorar la productividad de los cultivos, y leyes que impiden, por ejemplo, los matrimonios prematuros. Sin embargo, muchos de estos problemas, con soluciones aparentemente efectivas persisten por el problema de la última milla, como se verá a continuación en base a los siguientes tres casos: uso de fertilizantes en Kenia, utilización de mosquiteros en Nigeria y mujeres y recolección de agua en Uganda.

Caso 1: Busia (Kenia): los agricultores que no utilizaban fertilizantes.

Tal y como cuenta Benjamin Kumpf, del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, en Busia, un pueblo de unos 50.000 habitantes cerca de la frontera con Uganda, los pequeños agricultores no utilizan fertilizantes. Un enfoque convencional interpretaría que sería entonces necesaria una campaña centrada en informar y sensibilizar de las ventajas sobre su uso. En sucesivas entrevistas, los agricultores demostraron que conocían perfectamente las ventajas de utilizarlos y, es más, afirmaron que tenían intención de comprarlos. Sin embargo, la realidad era que al final no lo hacían.

Desde la perspectiva del comportamiento, el análisis debería centrarse en identificar el problema de la última milla: es decir, ¿cuál es la razón por la cual estos pequeños agricultores, sabiendo de las ventajas de los fertilizantes y teniendo acceso a ellos, no los compran? Una vez se ha respondido a esta pregunta de partida, el siguiente paso sería diseñar nuevas estrategias para solventar este reto.

En el contexto africano, existen actualmente muchas soluciones efectivas a problemas que han enfrentado tradicionalmente los países africanos

En el caso de los agricultores de Busia, se identificaron dos factores de explicación de este comportamiento: la denominada contabilidad mental y los costes de fricción. El primer factor se refería a que los agricultores recibían los ingresos por la venta de sus productos en un momento diferente al momento en el que necesitaban comprar los fertilizantes. Mentalmente no se asociaban esos ingresos a la compra que a finales de año debían de realizar para conseguir los fertilizantes. El segundo factor, era que llegado el momento, además, existían costes adicionales por el transporte de los fertilizantes. Según el estudio, ambos factores explicaban por qué los agricultores, a pesar tener los ingresos necesarios disponibles y tener acceso a los mismos, no los compraban.

Para conseguir superar este reto se realizaron dos intervenciones. La primera fue ofrecer la posibilidad de adquirir vales de compra de fertilizantes en el momento en que los agricultores vendían su producción y tenían los ingresos disponibles. Aunque los fertilizantes no se compraban en ese momento, este sistema hacía coincidir en el tiempo el ingreso y el gasto. Por otro lado, se ofrecieron envíos gratuitos como incentivo. El experimento demostró que con estas medidas se doblaba el número de agricultores que adquiría los fertilizantes.

Caso 2: Las mosquiteras, ¿tenerlas es usarlas?: el caso de Nigeria.

La mayoría de las muertes por malaria o paludismo que se dan en el mundo se dan en África subsahariana. La Organización Mundial de la Salud ha estimado que aproximadamente el 40% de las muertes en el mundo se producen en dos países africanos: República Democrática del Congo y Nigeria.

La primera vacuna eficaz contra la malaria no empezará a aplicarse en algunos países africanos hasta el año 2018. Hasta la fecha, los mosquiteros tratados con insecticida (MTI) han resultado ser el método más eficaz, pues protege a la población de las picaduras mientras duermen. Según el Informe Mundial sobre el Paludismo 2016, la proporción de hogares en África subsahariana que disponen de al menos un MTI ha aumentado al 42%, una cifra muy inferior a la cobertura universal deseable del 100%. Pero lo paradójico es que en algunos lugares donde estas mosquiteras están disponibles, la población no las compra o no las usa si las tiene.

Los gobiernos de los países ricos, el Banco Mundial, algunas ong y otras asociaciones internacionales, han distribuido mosquiteras por varios países africanos entre los que se encuentra Nigeria. Gracias a estas donaciones, que en el caso de Nigeria se ha realizado además a través de un programa gubernamental, la proporción de población que las utiliza aumentó de manera significativa, pero sin embargo no llega al 50% del total de población. El Gobierno de Nigeria realizó una encuesta, recogida en la publicación Malaria Indicator Survey, donde se afirmaba que la razón más común que daban los encuestados que tenían la mosquitera —pero que no la usaban— era el calor (18% de los encuestados). Otras razones que aparecían en la encuesta tenían que ver con la dificultad en colgarlas (16%), que no eran necesarias (14%) o que no había mosquitos (13%).

En este caso, resulta evidente que la debilidad más importante en los programas de salud pública de lucha contra la malaria no estaría tanto en el acceso a los medios de protección contra la malaria, como es el caso del mosquitero, sino en la forma de incentivar, sensibilizar o influir en la aceptación en el uso de estos medios de protección. Y sin embargo, incluso en los mecanismos para incentivar a la población africana las posturas no están claras. Algunos expertos opinan que, por ejemplo, regalar las mosquiteras desincentiva su uso, mientras otros apuntan lo contrario. En definitiva, el comportamiento humano determina una vez más la eficiencia de la política.

Caso 3: Mujeres y recolección de agua en Kamwenge (Uganda)

En algunas partes de África, las mujeres dedican ocho horas al día a recolectar agua. Además de este consumo de tiempo, la utilización de aguas contaminadas debilita el cuerpo, favorece la aparición de enfermedades y provoca numerosas muertes por diarrea. Como es sabido, en la actualidad existen diferentes dispositivos que permiten almacenar agua y potabilizarla a partir de agua de lluvia. Muchos países africanos tienen largas temporadas de intensas lluvias, por lo que la utilización de esta tecnología puede solucionar el importante problema de acceso al agua. Al menos en teoría.

El Laboratorio de Acción contra la pobreza del MIT (dirigido actualmente por Esther Duflo, Abhijit Banerjee y Rachel Glennerster) es pionero en la aplicación de la economía del comportamiento a los programas y políticas de desarrollo. Este centro de investigación realiza actualmente una valoración para aumentar la efectividad en la utilización de un dispositivo de recolección de agua por las mujeres del distrito de Kamwenge en Uganda, así como su potencial impacto en las vidas de los africanos y africanas.

Aunque los resultados todavía no se han publicado, se están utilizando diferentes métodos para valorar la influencia del precio del dispositivo en su uso (¿a mayor precio mayor uso o viceversa?). También se están experimentando con diferentes formas de expandir el uso del artilugio y, lo más importante, en determinar si su utilización provoca cambios en la situación de las mujeres al liberarlas de la tarea de recolección de agua e implica —por ejemplo— un mayor nivel de asistencia a la escuela.

Conclusiones

El enfoque de la economía del comportamiento nos permite comprobar que en muchos problemas para el desarrollo africano la clave no es la ausencia de políticas, instrumentos, tecnología o programas, sino los desafíos y limitaciones en su implementación. Las decisiones de las personas pueden determinar en última instancia la eficacia de estas políticas y por ello hay que entender por qué los africanos toman las decisiones que toman.
Algunas instituciones internacionales, como el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) o la OCDE, están empezando a incluir este enfoque en los parámetros de análisis y diseño de las políticas y programas africanos. Algunos centros, como el Poverty Action Lab, ya lo incluyen desde hace años. A pesar de su contrastada utilidad, siempre queda la duda, como afirman los más escépticos, de si lo que funciona en un sitio funcionará igualmente en otro.

¿A qué encuestas hacer caso?

¿Qué está pasando?

¿Será cuestión de método? En las encuestas previas a las elecciones francesas, por primera vez en la democracia de Francia, las encuestas publicadas desde el principio han sido realizadas online. En España todavía seguimos otra metodología. La metodología del CIS es domiciliaria, metodología muy cara y que tiene sus inconvenientes: sus resultados se conocen un mes después de realizada la encuesta. Así, en las del CIS o el CEO catalán, o tantos sitios en que se hacen domiciliarias, sobre todo en Latinoamérica, el problema no es del método sino del tiempo que, con ese método, hay que esperar para la publicación de resultados.

En el mundo anglosajón llevan ya una década en que las encuestas online son muy precisas, sus resultados no han sido peores que los de las encuestas telefónicas. Con la elección de Trump se ha instalado la falsa idea de que las encuestas no acertaron en usa, cuando en realidad sí acertaron, aunque no predijeron el ganador por culpa de que hubo tres o cuatro estados donde no se llevaron las entrevistas hasta el final y Michigan, Wisconsin y Pensilvania tuvieron un comportamiento muy diferente al que habían tenido siempre. Pero las encuestas daban una media de tres puntos a favor de Hillary Clinton y Hillary Clinton ganó en el voto popular por 2,1. No fallaron las encuestas, sino que los resultados fueron inesperados. Lo mismo sucedió con el Brexit, los resultados fueron inesperados también.

En el mundo anglosajón llevan ya una década en que las encuestas online son muy precisas

¿Qué pasa? Todos los puntos del planeta Tierra están, cada vez más, instantáneamente conectados. Los españoles, por ejemplo, hemos estado pendientes de lo que iban a votar los franceses o de lo que votaron hace dos o tres semanas en Holanda. Nunca antes en España alguien se interesó por las posibilidades electorales de los partidos políticos holandeses. Sin embargo, al mirar desde fuera, la información nos llega distorsionada. En España o en Latinoamérica, por ejemplo, se prestó muchísima atención al partido de extrema derecha de Geert Wilders, cuando en realidad en la campaña holandesa se tenía por uno más, aunque un año antes el holandés medio llegara a creer que iba a ser el más votado. Precisamente las encuestas locales fueron anticipando que no iba a ser así, pero, entre nosotros, sin embargo, los medios seguían por inercia con la matraca de que podía ser ganador.

Como sabemos de sobra, las encuestas reflejan un instante concreto y solo eso. Su contribución puede ser muy valiosa para el estudio de los procesos electorales, pero para el pronóstico hay que prestar mucha atención sobre todo al último tramo porque, por el fenómeno de la información instantánea, es ahí donde se concentran los cambios de tendencia. Está pasando en todo el mundo y a todos los niveles.

Y hay que prestar atención a la persona que hace la encuesta o que informa con la oreja pegada al terreno. Si queremos saber lo que van a votar los colombianos, no nos sirve un medio que habla desde Bruselas, tiene que ser un medio que tenga gente pegada al terreno en Bogotá, en Medellín. Y que sepa discernir.

Y hay que prestar atención a la persona que hace la encuesta o que informa con la oreja pegada al terreno

Una anécdota personal. Las elecciones catalanas del año 2012 fueron las primeras en las que el sentido del voto para el parlamento podía querer decir que se votaba sí o no a la independencia de Cataluña. Pasado el escrutinio, a la vuelta, me encontré en el tren con un periodista anglosajón que se mostraba indignado, hablando en alto en su propia lengua. Mucha gente le había criticado el titular ya publicado en su periódico. En él había escrito que el independentismo había ganado las elecciones. «¿No ven que ERC ha sacado 21 escaños?». «Sí, pero Esquerra ha llegado a tener 23. Y usted cuenta solo los escaños, pero hay que contar los votos». Sin duda, los independentistas llegarían a sumar mayoría absoluta de escaños, pero de la realidad política catalana sabe más cualquier plumífero de un diario local que un prestigioso periodista recién aterrizado de Londres o Washington. Lo dicho. Tenemos que pegarnos al propio terreno.

Dos o tres semanas antes de las elecciones francesas, los observadores veían a Macron al alza y con posibilidades de ser el más votado, pero también cavilaban con que una opción nueva y de centro funcionara mejor en las encuestas que en las urnas. ¿Y si Fillon, desgastado por los casos judiciales que hay a su alrededor, tuviera sin embargo un voto más maduro, que no entra bien en los paneles online y que pudiera dar la sorpresa? Las encuestas mostraban el tique Macron-Le Pen como ganador, pero no se podía descartar nada. Desde luego, se decía que era improbable que Mélenchon pasara a segunda vuelta, pero apenas había sociólogos que se atrevieran a afirmar que esa hipótesis, sumamente improbable, era imposible.

Así las cosas, institutos que tradicionalmente hacían encuestas electorales, ahora se han retirado, como pasó en Estados Unidos con Pew Research Center o con Gallup. No quieren arriesgar su prestigio. Es lo que hay.

En Francia se acertó. De todas maneras lo que sí se sabía es que, al igual que en Holanda, las encuestas a cierre de colegios iban a acertar. En el caso de Francia lo tienen muy fácil porque a las ocho se cierran los colegios de las grandes ciudades, pero dos horas antes han cerrado los colegios del resto del país. Y los institutos han tenido dos horas enteras para ir viendo lo que se vota en las ciudades pequeñas. En un sistema de circunscripción única, miel sobre hojuelas. Es muy fácil.

 Un poco de historia

La democracia se extiende por todo el planeta a lo largo del siglo XX. Cuando empieza el siglo, menos de un 10% de la población está votando en una democracia. Cuando termina, alrededor de la mitad de la población está viviendo en una democracia más o menos consolidada que puede elegir a sus gobernantes. Si la democracia se extiende, en buena parte es gracias a los medios de comunicación. Sin medios de comunicación, no hay democracia. Pues bien, quienes inventan las encuestas de voto no fuimos los sociólogos ni los estadísticos, fueron los periodistas. En 1916 The Literary Digest, revista semanal de los Estados Unidos decide enviar a sus suscriptores millones y millones de cartas para que respondan con el voto previsto; se hace pregunta fácil porque hay solo dos candidatos, demócrata o republicano. Así, son capaces de anticipar el resultado en el año 1916 y a partir de ahí cada cuatro años van anticipando el resultado, hasta que llega el año 36, y se produce uno de los grandes fiascos.

La democracia se extiende por todo el planeta a lo largo del siglo XX

¿Qué sucedió en el 36? Pues que The Literary Digest dio por ganador al contrincante de Roosevelt. Entonces aparecieron tres sociólogos, Roper, Gallup y Crossley, que decidieron hacer relativamente pocas entrevistas, cincuenta mil, y, con distribuciones de campos e informaciones aleatorias, pretendieron conseguir resultados ajustados. A partir de ahí, Gallup va anticipando bien en el 36, en el 40 y… hasta el 48 en que falla estrepitosamente y da lugar a la famosa portada Dewey Defeats Truman, la portada del fiasco demoscópico que siempre nos acompañará a los sociólogos. ¿Qué había sucedido? Las entrevistas se habían hecho en octubre y en un mes la gente cambió muchísimo el voto. Es una lección de la historia.

Ahora el voto se cambia en horas. Es lo mismo, pero peor. Ha sucedido hace unos días en Ecuador, donde no hay razones para hablar de manipulación electoral por la diferencia entre previsiones y resultados.

Conclusión

En España hemos fallado las casas de encuestas. El famoso fiasco del vaticinio unánime del sorpasso de Podemos en junio de 2016 será difícil de olvidar. Pero luego vinieron las elecciones vascas y gallegas y el sector, en general, clavó los resultados, no solo esa noche electoral, sino en las previsiones anteriores.

Cuando se falla, se revisa, pero no se abandona. En GAD3 tuvimos que hacer una revisión general tras las elecciones europeas. Después, en el País Vasco y Galicia funcionamos bien. Para el inmediato futuro confiamos en tenerlo todo bien previsto.

Lo que no debemos hacer es confundir una encuesta con una previsión. No se ha podido hacer nunca y ahora menos que nunca por las razones dichas. Si así y todo queremos jugar al acertijo, tenemos que poner nuestra esperanza solamente en el último tramo electoral y nuestra confianza en informaciones pegadas al terreno. En junio de 2016 hubo algún partido español en que ciertos líderes se atrevieron a poner en cuestión el resultado porque no coincidía con el de las encuestas previas. ¡Qué barbaridad!

Lo que no debemos hacer es confundir una encuesta con una previsión

Desde el año 48, la mítica Gallup acierta por lo general, pero como las cosas se están poniendo especialmente difíciles, parece que se retira de arriesgarse haciendo encuestas electorales para no poner su prestigio en entredicho. Otros no tiramos la toalla y pensamos que la mejor forma de demostrar que lo que estamos testando en educación, en consumo o en cualquier otro capítulo ofrece resultados fiables es arrostrar que somos capaces de entender las tendencias del voto, que siempre es el reto más difícil, el riesgo de los riesgos.

NOTA: Este texto corresponde a una intervención oral del 6 de abril de 2017. Se ha revisado convenientemente para evitar anacronismos.

Encuestas, ¿cifras o tendencias?

Opinión pública e investigación

A la hora de analizar la compleja relación que existe entre la opinión pública y los sondeos electorales, es bueno comenzar desmenuzando algunos elementos básicos de la misma, así como la trayectoria que esta relación ha tenido desde el nacimiento de los propios sondeos.

En primer lugar, hay que entender que el concepto de opinión pública es una construcción que nos permite satisfacer una de las necesidades más innatas al ser humano: la necesidad de encontrar un relato que nos explique el mundo. No sabemos muy bien qué es la opinión pública ni tampoco sabemos bien cómo funciona, así que lo mejor es acercarse al concepto desde la humildad epistemológica y entendiendo la pluralidad de las sociedades modernas, en las que no hay una sola voz, por mucho que varios de los actores del ecosistema (medios, partidos, asociaciones…) intenten arrogarse su representación y hablar como su portavoz. La opinión pública es un constructo cultural que puede significar muchas cosas a la vez y no significar ninguna. En cualquier caso, si damos por supuesto que algo similar a la opinión pública existe, también hemos de asumir que no todas las cuestiones, por importantes que nos puedan parecer, interesan a la opinión pública. La capacidad de atención es limitada en el fragmentario mundo de la posmodernidad y, por ello, pretender que todos los aspectos que configuran la vida diaria sean de interés para la opinión pública es irreal. En consecuencia, tampoco podemos esperar que esta opinión pública tenga opinión sobre todos los aspectos que podemos desear que estén en la agenda política. Es por eso que cuando preguntamos a la sociedad para obtener información, a veces nos encontramos con respuestas más vagas de lo que nos gustaría.

Hay que entender que el concepto de opinión pública es una construcción que nos permite satisfacer una de las necesidades más innatas al ser humano

Por lo tanto, y desde mi punto de vista, para que podamos hablar de una opinión pública sobre un tema, los ciudadanos han de tener información sobre el mismo, o al menos han de pensar que la tienen. Sobre aspectos que queden fuera del interés ciudadano o de su capacidad de entendimiento (la Ley General de Telecomunicaciones, por ejemplo) es muy complicado trabajar en el ámbito de las encuestas. Pero tampoco basta tener una población interesada y formada sobre un tema para que podamos realizar análisis de investigación social o de mercado. Necesitamos disponer de instrumentos que nos permitan medirla y necesitamos enfrentar estos instrumentos a una población que entienda lo que estamos haciendo. En España, por ejemplo, estos medios han llegado —hablando en términos históricos— hace muy poco tiempo. Hasta una fecha tan tardía como 1963 no había en España instrumentos, ni públicos ni privados, para medir la opinión pública. Ese año se pone en marcha el Instituto de Opinión Pública para conocer qué pensaban los españoles, y el despliegue de la metodología sobre el territorio tuvo que enfrentarse a un marco mental, el de muchos ciudadanos y el de gran parte de las autoridades, que no entendía bien qué era eso de las encuestas y para qué servían. Juan Díez Nicolás, uno de los jóvenes sociólogos que participó en la puesta en marcha del Instituto, relata una anécdota muy reveladora sobre lo que significaba hablar de encuestas en aquella España sin libertades y sin experiencia en la investigación social. El gobierno encargó una encuesta en el Campo de Gibraltar y señala Díez Nicolásque:

Antes de iniciar las entrevistas en los domicilios a la muestra estadística seleccionada en determinados municipios de Cádiz y Málaga, tuve que pedir autorización al general-gobernador de la zona del Campo de Gibraltar, a quien llevé una carta personal de Fraga. Después de leerla detenidamente, el general-gobernador me miró y dijo: «Este Manolo tiene unas ocurrencias, y ahora le ha dado por esto de las encuestas… Pero si el gobierno quería saber la opinión de la población de la zona sobre el cierre de la verja… ¡no tenían más que haberme preguntado a mí!».

Dentro del conjunto de la investigación social, uno de los elementos más presentes en el imaginario colectivo de los ciudadanos es la investigación electoral, pero hay que entender que los estudios electorales son solo una pequeña parte del conjunto del análisis demoscópico. Es decir, toda investigación electoral es investigación social, pero la investigación electoral no agota la investigación social. Sin la investigación, estaríamos a ciegas ante lo que pasa en una sociedad; no sabríamos los gustos mayoritarios en consumo, por ejemplo, o lo que piensa la ciudadanía sobre determinados aspectos polémicos sobre los que les pedimos opinión. Por eso, es también descorazonador que la sociedad juzgue a la investigación en su conjunto por los resultados de una encuesta en una noche electoral. La investigación electoral tiene algunos elementos que la convierten en uno de los elementos más frágiles del ecosistema de la investigación, ya que la intención de voto de un ciudadano es un elemento volátil que presenta menos consistencia que otros aspectos de la realidad social que pueden investigarse a través de técnicas cuantitativas, como la preferencia por una marca o la valoración de un servicio.

Opinión pública e investigación electoral

Una de estas inconsistencias, quizá la más relevante, nace de un equívoco: las encuestas electorales no predicen resultados, sino que los estiman. Empero, la vanidad de los demóscopos, sumada a la necesidad de certezas en la que vive el periodismo, ha hecho que entre todos hayamos transmitido a la opinión pública la idea de que los resultados electorales están escritos en algún sitio y que solo esos gurús elegidos por la divinidad son capaces de verlos antes de las elecciones. Es un relato hermoso, pero profundamente falso. La predicción anuncia un hecho futuro y está relacionada con una visión premoderna e historicista del mundo, una visión de contactos con la divinidad y de seres que tienen conexión directa con la misma. Frente a ella, la estimación lo que hace es evaluar las posibilidades de que se produzca un hecho futuro a partir de los datos con los que contamos hoy. Las encuestas electorales, por lo tanto, elaboran estimaciones de voto con la información que obtienen en un momento determinado, pero la validez de esta estimación está siempre condicionada tanto por la complejidad del objeto de estudio (el voto) como por el entorno en el que se desenvuelve el sujeto sobre el que se realiza la investigación. Esto no desmerece en nada su utilidad: siendo imperfectas, son la única herramienta con base científica de la que disponemos para orientarnos antes de unos comicios. Y en general suelen ser muy fiables: tanto, que son noticias las (pocas) veces que se equivocan, porque los ciudadanos consideran lo normal que la estimación se acerque mucho al resultado real. Y aquí llegamos a la relación que las encuestas tienen con los procesos electorales. Siendo sinceros, no tenemos muy claro cómo influyen las encuestas en los electores durante los días previos a unos comicios. Como el sujeto soberano es un mito de la Ilustración y en realidad tampoco comprendemos bien cómo tomamos las decisiones, hemos de ser humildes y asumir que, aunque es posible que influyan, la verdad es que no sabemos bien cuánto ni cómo lo hacen, así que es mejor no sobreestimar sus efectos. Que influyen en el decisor está claro: si es el único que la tiene, dispone de una información privilegiada que puede utilizar a conciencia. Por lo que han contado repetidamente los sociólogos que estaban al mando del viejo Instituto de la Opinión Pública previo al CIS, en la postura de legalizar al Partido Comunista que tomó el presidente Adolfo Suárez influyó de manera decisiva las encuestas de dicho organismo, en las que de manera sistemática se repetía la idea de que, para tres de cada cuatro españoles, las elecciones no serían libres si no se podían presentar todos los partidos. Luego hay otros efectos, que están muy estudiados por la doctrina, el efecto bandwagon, es decir, subirse al carro del que las encuestas sitúan como ganador en el último momento (que se lo cuenten a UPYD en relación a Ciudadanos en las elecciones de 2015), y el efecto perro apaleado (underdog), es decir, la lástima que genera el que aparece muy mal ubicado en las encuestas o el que aparece como perdedor en las mismas. Pero además de estos dos, sí que da la sensación de que las encuestas influyen, aunque no sabríamos precisar cuánto, en tres escenarios muy concretos:

  • Cuando los resultados electorales que se van a producir se presume que van a estar muy ajustados. Aquí hay una motivación muy clara para el votante: no sabemos quién va a ganar y la sensación subjetiva de que «nuestro voto es importante» derivada del resultado de la encuesta puede animar a votantes indecisos a la participación.
  • Influyen también porque son un poderoso elemento desencadenante de la espiral del silencio. Cuando en un escenario polarizado, alguna fuerza no está bien vista socialmente, es posible que se activen estos mecanismos que dificultan el funcionamiento de las encuestas por el «miedo al aislamiento» que sienten los ciudadanos. Los seres humanos no queremos aparecer públicamente (ni siquiera ante nosotros mismos) en minoría y por ello evitamos expresarnos con claridad en determinados momentos para evitar quedar aislados de nuestro entorno.
  • Finalmente, porque puede influir en la configuración de un voto táctico, que en España parece (con la prohibición de publicar encuestas en los cinco días anteriores a la jornada de reflexión) menos legítimo que el voto ideológico. Nunca nadie nos ha explicado por qué, pero lo que se acaba generando, a la larga, es una brecha de conocimiento entre las élites y la ciudadanía. Las encuestas no se dejan de hacer durante esos días, lo que se dejan es de publicar.

Opinión pública e investigación electoral y ecosistema: un trío complicado

En este mundo de influencias y cruzadas y de relatos que, por más que sean verosímiles pueden no ser verdad, la relación que se establece entre las encuestas y los principales actores del ecosistema es una relación compleja. Cada actor espera una cosa diferente de los sondeos, y ello genera varios equívocos que es interesante analizar antes de dar por concluido este apresurado repaso a un mundo tan fascinante como complejo.

Si empezamos analizando el uso que cada uno hace de los sondeos, encontramos lógicas diferentes detrás de la actitud de cada uno de los actores:

  • Para los medios de comunicación, las encuestas son contenido informativo de alta calidad que les permite, además, marcar la agenda política. En el caso de los diarios, el medio que mejor explota una encuesta, les permite mantenerse como el medio simbólico de referencia informativa, por encima de la televisión, de la radio y, desde luego, de Internet.
  • Para los partidos políticos, las encuestas son una herramienta muy eficaz para poder diseñar de manera adecuada su estrategia electoral. Los partidos no tienen ningún elemento sólido de juicio, más allá de la encuesta, para saber si un candidato tiene atractivo en una ciudad, cuáles son sus puntos fuertes, los débiles, etc. Y pasa lo mismo con las actuaciones del programa electoral: solo a través de las encuestas pueden conocer qué opinan los ciudadanos de las medidas que se van a proponer en los programas.
  • Finalmente, y para la ciudadanía, los sondeos electorales ofrecen una información de alta calidad y sin coste sobre lo que está pasando en su ciudad, en su región o en su país. Si Robin Dunbar tiene razón y todas las comunidades humanas mayores de ciento cincuenta miembros son imaginadas, es imposible que sepamos lo que pasa en nuestra ciudad recurriendo solo a nuestro ámbito más cercano. De esta manera, las encuestas ayudan a construir una democracia deliberativa para que los ciudadanos se-pan lo que está sucediendo en su entorno, y todo ello a un coste mínimo, lo que favorece una expansión (democratización, dicen los populistas) del conocimiento.

Sin embargo, esta relación que puede parecer tan clara, es una relación ambigua y llena de matices, donde casi nada nunca es lo que parece: una relación en la que, como en La noche del cazador, la legendaria película de Charles Laughton, los protagonistas llevan tatuados en sus nudillos las palabras amor y odio. Tan es así que, en muchas ocasiones, los clientes de las empresas demoscópicas son sus mayores detractores:

  • En relación a los medios de comunicación, hay que recordar que, antes de la aparición de las encuestas, ellos se arrogan la interpretación de la opinión de los ciudadanos. La investigación cuantitativa acabó para siempre con ese mito, y además obligó a los medios a encauzar sus opiniones: si un candidato es rechazado de manera clara por los votantes encuesta tras encuesta, un periódico no puede señalar que es querido por la ciudadanía. De esta manera, los fallos de las encuestas permiten a los medios reivindicarse alegremente como los auténticos (y por supuesto legítimos) intérpretes de la opinión pública.
  • Los partidos políticos también tienen facturas que cobrarles a los sondeos. Así, cuando estos no les ofrecen buenas perspectivas electorales, la salida más fácil es desprestigiar a esa encuesta en general y a los sondeos en particular. Ahí aparecen todo tipo de expresiones creativas, como meterse con la «cocina» (¿usted se tomaría los garbanzos crudos?) o lanzar un manto de sospecha sobre las empresas y sus aviesas motivaciones últimas para falsificar de manera tan evidente la voluntad del pueblo.
  • Finalmente, y en lo que se refiere al ciudadano, los errores en los sondeos rompen el hechizo con el que la magia de la estadística envuelve al gurú electoral: el hombre que viaja hasta las colinas de Roma y allí, tras analizar el vientre de las aves, nos trae la verdad revelada. Es un escenario de rechazo de las élites, de sospecha sobre el establishment y de conspiraciones por doquier, fallos previsibles cuando investigas sujetos no del todo racionales utilizando metodologías imperfectas se convierten por arte de magia en una materialización de la casta y de todos los males del país. El ciudadano necesita pasarse por unas primarias de un partido político, por ejemplo, para entender lo que es enfrentarse a procesos de selección sin ninguna encuesta. Eso sí que es estar a ciegas ante la realidad.

Conclusiones sin ánimo excluyente

Empezaba esta comunicación solicitando humildad a todos los que estamos en el ámbito de la investigación social: seguimos sabiendo poco de cómo funciona esa cosa que llamamos opinión pública, y conocemos menos aún el papel que juegan las encuestas en su configuración. En relación al papel que las encuestas juegan en el proceso político, es mejor no magnificarlo: ni es tan importante, ni es desde luego exactamente el papel que les asigna el paradigma racional-ilustrado: una herramienta para conocer las demandas de la ciudadanía e incorporarlas a la agenda política. Da la sensación de que se utilizan más para comunicar y así legitima lo que se está haciendo, o lo que se tiene pensando hacer, que para integrar la demanda ciudadana en la agenda política.

En un mundo preñado de cisnes negros, tampoco podemos ser muy arrogantes en relación al futuro. Parece que después de tantos años fascinados por los decimales, los asesores de comunicación y los propios políticos están fijándose más en las tendencias que en los números puntuales de cada encuesta y, a mayores, están también dejando entrar en sus cuarteles a lo cualitativo. Saber el cómo además de saber el qué. Saber qué relato hay detrás de los números. Lo cuantitativo pierde su hegemonía y volvemos a entender que la complejidad de la realidad social necesita de metodologías combinadas e híbridas para intentar acercarnos a ella con alguna probabilidad más de éxito.

NOTAS

1 Agradezco a José Miguel de Elías, director de Investigación y Análisis de Sigma Dos, los valiosos comentarios aportados tras una primera lectura de este breve ensayo.

2 Díez Nicolás, Juan: «Encuestas de opinión y decisión política» en reis, número 99, julio-septiembre de 2002, página 217.

Corea del Norte en la era Trump

Trump afronta su desafío internacional más inmediato y también más importante sin una estrategia de política exterior y de seguridad definida e, improvisando, ha hecho de China la pieza central de su estrategia hacia Corea del Norte. Ejerce continuas presiones para que el presidente chino, Xi Jinping, logre que su aliado norcoreano frene su programa nuclear y de misiles utilizando medidas económicas y diplomáticas, y le ha conminado a hacerlo -dirigiéndose a él a través de Twitter- en estos términos: «Corea del Norte está buscando problemas. Si China quiere ayudarnos, estupendo. Si no, ¡resolveremos los problemas sin ellos». Por su parte, el líder norcoreano, Kim Jong-un, bien conocido por sus provocaciones y por tensar la cuerda hasta niveles irracionales, respondía a través del diario oficial del régimen: «Nuestro poderoso ejército revolucionario está vigilando cada movimiento de elementos enemigos, con nuestras miras nucleares puestas en las bases invasoras de Estados Unidos». Posteriormente, Trump, en un duro mensaje político y militar hacia Pionyang, afirmó que «todas las opciones están sobre la mesa», lo que implícitamente significa que todas sus fuerzas estratégicas, incluidas las nucleares, podrían ser utilizadas para realizar un ataque sobre Corea del Norte y que podría hacerlo en cualquier momento. También anunció un endurecimiento de las sanciones y el despliegue de un escudo antimisiles. El régimen norcoreano, con su más belicosa retórica, ha dicho que una guerra nuclear puede estallar en cualquier momento y que su país está listo para responder. También el secretario de Estado norteamericano, Rex Tillerson, afirmaba que llevarían a cabo una acción militar preventiva si Corea del Norte «elevaba la amenaza a un nivel considerado inaceptable», aludiendo a la posibilidad de que desarrollen un misil balístico intercontinental ICBM, en sus siglas en inglés) capaz de alcanzar el territorio de Estados Unidos. Pero Kim Jong-un en la última parada militar, celebrada el 15 de abril, mostró su arsenal de misiles balísticos, incluidos prototipos de los ICBM que está dispuesto a conseguir, y en su discurso de Año Nuevo ya había anunciado que estaban ultimando el lanzamiento de un misil de largo alcance, a lo que Trump respondió por medio de un tuit: «¡No ocurrirá!». Unos días después de la parada militar realizó dos lanzamientos de prueba y ambos resultaron fallidos.

Y es que, además de los mensajes cruzados, también se han sucedido las acciones de provocación. Washington y Seúl han realizado ejercicios militares conjuntos donde simulaban destruir instalaciones clave de Corea del Norte con un ataque preventivo, y Estados Unidos atracó en el puerto surcoreano de Busan un submarino que transporta unos 150 misiles de crucero Tomahawk, con capacidad para llegar a territorio norcoreano. También ha desplegado en la zona un portaaviones, con su correspondiente flotilla, para realizar ejercicios navales con Corea del Sur y Japón. Por su parte, Kim Jong-un respondía con unos ejercicios militares en los que utilizaba fuego real y realizando pruebas de varios tipos de misiles. Mientras que Trump se reunía con el primer ministro japonés, Shinzo Abe, lanzó uno de alcance intermedio con capacidad para llegar a Japón, y el mismo día, a comienzos del mes de junio, en que el recién elegido presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, suspendía el despliegue del escudo antimisiles en su territorio, en una significativa ruptura con la política de Trump hacia Corea del Norte, decidía lanzar varios misiles de crucero desde su costa este.

Además de los mensajes cruzados, también se han sucedido las acciones de provocación

El programa nuclear y los misiles de Corea del Norte

Corea del Norte ha realizado hasta la fecha cinco explosiones nucleares subterráneas y las cinco han tenido lugar en este siglo: en 2006, 2009, 2013 y enero y septiembre de 2016. Hace diez años se especulaba sobre si la primera explosión era realmente nuclear o no, y se daba por seguro que estaba muy lejos de poder fabricar una cabeza nuclear que pudiera ser ensamblada en un misil. Actualmente el debate se centra en si ya ha alcanzado plenamente la capacidad termonuclear en cabezas para misiles de corto y medio alcance, y sobre el tiempo que tardará en tener operativo un ICBM que pueda llegar a detonar una carga nuclear en el territorio continental de Estados Unidos.

Cuando realizaron la cuarta prueba nuclear, aseguraron que habían detonado por primera vez una bomba de hidrógeno, una afirmación que fue acogida con gran escepticismo porque la magnitud del movimiento sísmico provocado —que es lo que denota la potencia de cada explosión— fue similar al detectado tras la prueba de 2013, insuficiente para una bomba H. El quinto ensayo nuclear fue algo más potente, pero tampoco lo suficiente como para tratarse de una bomba termonuclear. Fuentes surcoreanas calculan que la potencia oscilaría entre los 10 y 12 kilotones (las bombas de Hiroshima y Nagasaki fueron de 15 y 20 kilotones, respectivamente) por lo que creen que en realidad están detonando bombas nucleares clásicas reforzadas con algún isótopo de hidrógeno, pero que en puridad no se trata de explosiones termonucleares. Al margen de la potencia específica demostrada, el último test evidencia un enorme avance en su programa nuclear. Tampoco se ha podido determinar con exactitud el material que han utilizado, aunque lo más probable es que detonaran plutonio en los dos primeros ensayos y uranio altamente enriquecido en los tres últimos. Asimismo, se desconoce la cantidad de ojivas nucleares que poseen, aunque se estima que a finales de 2016 el número oscilaba entre trece y treinta. También existen estimaciones de que manufacturan entre tres y cinco por año, con lo que para 2020 podrían contar con entre veinticinco y cincuenta.

El régimen norcoreano ha dicho que una guerra nuclear puede estallar en cualquier momento

Enriquecer uranio al nivel necesario y detonar un explosivo nuclear supone un avance tecnológico muy importante, pero de nada sirve una ojiva nuclear que no pueda ser ensamblada en un misil. Lograrlo presenta un gran número de problemas técnicos, ya que ha de ser ligera, pequeña y de un material capaz de superar los rigores del lanzamiento y de la reentrada en la atmósfera. Los norcoreanos afirman que disponen de la tecnología necesaria para miniaturizar cabezas nucleares (si bien nunca lo han demostrado) y los servicios de inteligencia estadounidenses y surcoreanos, tras años de intentar separar propaganda y realidad, han llegado a la conclusión de que estarían en disposición de montar una cabeza nuclear lo suficientemente pequeña en misiles de corto y medio alcance, para llegar a Corea del Sur y Japón, pero que todavía no habrían logrado la tecnología necesaria para ensamblarlas en los ICBM, que al final de su trayectoria de vuelo han de reentrar en la atmósfera y soportar fuertes vibraciones y altas temperaturas por la fricción. Expertos militares aseguran que, si no se consigue frenar su desarrollo, para 2020 Kim Jong-un contará con dicha tecnología y supondrá una amenaza para la seguridad global mucho mayor que si verdaderamente hubiera conseguido una bomba termonuclear, pues esta aumenta la capacidad destructiva pero estratégicamente añade poco valor marginal.

Es por ello que, paralelamente a su programa nuclear, Corea del Norte ha de avanzar en el desarrollo de sus misiles, pues es necesario disponer de los vectores de lanzamiento adecuados para hacer detonar las cabezas nucleares en el lugar que se pretende. Desde principios de 2016 han probado unos cuarenta misiles de distinto tipo y alcance, pero hay dos programas de misiles en los que Pionyang está especialmente interesado: El prioritario es lograr un ICBM, un misil que solo poseen China, Estados Unidos, India y Rusia, cuyo alcance excede los 5.500 kilómetros y que les permitiría tener al alcance el territorio de Estados Unidos. Para lograrlo tendrán que realizar varios lanzamientos de prueba a lo largo de este año y quizá durante dos o tres años más. El otro es desarrollar un SLBM (Sea-Launched Ballistic Missile), un misil para ser lanzado desde un submarino, con el que podrían evadir los sistemas antimisiles, tener capacidad ofensiva lejos de sus fronteras y responder en caso de recibir un ataque. En agosto de 2016 lanzaron un misil desde un submarino que llegó a una distancia de unos 500 kilómetros y cayó en aguas de Japón, pero quedan años para que Corea del Norte pueda tener este sistema operativo porque han de modernizar su flota de submarinos. En la actualidad carecen de submarinos lo suficientemente avanzados y con la necesaria envergadura para realizar grandes trayectos sin ser detectados. Los que posee son copias del Romeo de la era soviética, que están anticuados, son ruidosos y tienen que salir con demasiada frecuencia a la superficie, por lo cual son fácilmente detectables.

Para lograrlo tendrán que realizar varios lanzamientos de prueba a lo largo de este año y quizá durante dos o tres años más

Los otros tipos de misiles balísticos que siguen desarrollando y probando son los Scud, de corto alcance, y los No-Dong, de alcance medio (entre los 1.200 y 1.500 kilómetros). En marzo de 2017 lanzaron cuatro de estos misiles en prueba y tres de ellos se desplazaron unos mil kilómetros hasta caer al mar, a 250 kilómetros de la costa de Japón, dentro de su zona económica exclusiva. Más irregulares están resultando las pruebas del misil de alcance intermedio denominado Musudan, con capacidad suficiente para llegar a las bases militares que Estados Unidos tiene desplegadas en el Pacífico, incluida la de Guam. Los servicios de inteligencia estiman que Corea del Norte tiene desplegados unos 600 misiles balísticos Scud de corto alcance, que pueden alcanzar el territorio de Corea del Sur; unos 200 misiles de alcance medio No-Dong, que pueden llegar hasta Japón; y poco más de cincuenta misiles de alcance intermedio Musudan y Taepo-Dong, capaces de recorrer 4.000 kilómetros. Pionyang siempre exagera al hablar de sus capacidades militares, pero lo cierto es que ha progresado a un ritmo alarmante y que continúa impulsando con especial celeridad en los últimos meses el desarrollo de sus misiles.

Los misiles son, además, la principal fuente de divisas de Corea del Norte y desde que la Unión Soviética colapsara, Pionyang se ha convertido en uno de los más activos exportadores de misiles balísticos, de sus componentes y de sus tecnologías. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha adoptado varias resoluciones imponiendo sanciones para disuadir a los potenciales compradores de misiles, o de tecnología de misiles, o de materiales para fabricarlos, o de cualquier otro tipo de armamento, y que todos los países se abstengan de realizar transacciones con Corea del Norte. Además, aplicando la PSI (Proliferation Security Initiative), se han bloqueado varios barcos norcoreanos que transportaban misiles. En diciembre de 2002 España y Estados Unidos interceptaron uno, en ruta hacia Yemen, que portaba quince misiles Scud. La PSI, aunque no ha logrado disuadir a todos los compradores, ha conseguido que los riesgos y los costes de tales adquisiciones se hayan incrementado notablemente. Para zafarse de estos bloqueos, Corea del Norte ha incrementado los envíos a través del transporte aéreo, ha utilizado intermediarios chinos y paquistaníes, y se ha dedicado a vender más licencias y a realizar más transferencias de tecnología, que son más difíciles de detectar. Se sabe con certeza que ha exportado cientos de misiles, principalmente del tipo Scud, armados con cabezas convencionales, a países como Egipto, Irán, Libia, Pakistán, Siria y Yemen, y lo que se teme es que el régimen norcoreano —tal como hace con los misiles— opte por realizar transacciones con la tecnología nuclear y comience a transferir bombas nucleares, material fisible, tecnología nuclear o conocimientos para su desarrollo a otros Estados o, lo que es más preocupante, a actores no estatales como organizaciones terroristas. Existen sospechas fundadas de que asistió secretamente a Siria en la construcción del reactor nuclear que Israel bombardeó en 2007 y de que ha vendido tecnología nuclear a Irán.

Evaluando las opciones

Kim Jong-un es consciente de cómo acabaron derrocados después de abandonar sus aspiraciones nucleares tanto el presidente de Libia, Muamar Gadafi, como el iraquí Sadam Husein y, por ello, la posibilidad de que renuncie voluntariamente a su armamento nuclear es tan remota que no puede considerarse una opción. Según un informe elaborado por el Pentágono en 2015, titulado Military and Security Developments involving Democratic People’s Republic of Korea, el objetivo estratégico supremo del régimen norcoreano, en un contexto en que los Estados vecinos aumentan su poder militar, económico y político, consiste en asegurar su supervivencia. Y el armamento nuclear es el garante de esa supervivencia.

Por otro lado, la política de sanciones no ha surtido el efecto deseado porque el régimen norcoreano las elude a través de la extensa y compleja red de tráfico ilegal que tiene establecida. Tampoco ha funcionado la denominada «paciencia estratégica» de Obama (a la que algunos irónicamente se han referido como «paciencia, sin estrategia») consistente en no sobreactuar cada vez que realizaban un nuevo ensayo nuclear o  probaban un misil más avanzado, pero sin proponer iniciativa alguna más allá de continuar con las sanciones e insistir en que antes de comenzar a negociar tenían que destruir su arsenal nuclear. Esta precondición solo ha servido para bloquear el que se pudieran iniciar unas negociaciones porque Kim Jong-un no va a renunciar a su armamento nuclear, que es su única baza para ser alguien en el mundo y para asegurar la supervivencia de su régimen. La solución tampoco pasa por imponer sanciones más duras y coercitivas, que lleguen a afectar incluso a los bancos de China que negocian con Pionyang, o por imponer un duro embargo que bloquee todos los puertos de Corea del Norte para paralizar sus finanzas, porque China no lo va a permitir. Xi Jinping sabe que si restringe o paraliza las exportaciones de alimentos y petróleo, o cesa de ayudar al régimen norcoreano, este podría colapsar. Corea del Norte se convertiría en un Estado fallido y millones de refugiados pedirían asilo en China. Además, una vez desaparecido el colchón norcoreano, las fuerzas armadas estadounidenses desplegadas en Corea del Sur quedarían a sus puertas. Así pues, confiar en que el régimen pueda llegar a colapsar reforzando las sanciones y los embargos es mostrarse demasiado optimista porque China se opondrá por su propio interés, a pesar de que las relaciones entre ambos países hayan sufrido un gran deterioro en los años de mandato de Kim Jong-un.

La opción de usar la fuerza militar contra Corea del Norte conlleva unos riesgos extremadamente altos porque Seúl, con su enorme población, podría resultar arrasada solamente con el armamento convencional. Un ataque preventivo para destruir las instalaciones nucleares y las bases de misiles tiene que afrontar severas dificultades operativas y no tiene garantizado que consiga eliminar o retrasar permanentemente el programa nuclear norcoreano. Además, provocaría una fuerte respuesta militar de Pionyang, que podría desembocar en una segunda guerra coreana e involucrar a China en la escalada del conflicto regional. Además, en el caso de que Corea del Norte lograra poner a salvo alguna bomba nuclear, millones de personas en Corea del Sur y en Japón, incluidos los soldados estadounidenses destinados en las bases militares de ambos países, correrían peligro. El uso de la fuerza, por tanto, no debería ser una opción, porque una confrontación militar causaría daños intolerables y una catástrofe en la región. La amenaza continua del uso de la fuerza tampoco lo es porque da credibilidad a Kim Jong-un cuando argumenta que necesita armas nucleares para no ser atacado y le permite acelerar su programa de armamento nuclear.

La opción de usar la fuerza militar contra Corea del Norte conlleva unos riesgos extremadamente altos

La mejor opción y la más viable es comenzar un proceso de negociaciones sin precondiciones onerosas. Es prioritario buscar un acuerdo para congelar las pruebas nucleares y de misiles de Corea del Norte y hacerlo antes de que llegue a desarrollar un ICBM o realice una sexta prueba nuclear. Para conseguirlo, Estados Unidos debería de comprometerse a no imponer nuevas sanciones y a dejar de realizar ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur así como otras acciones deliberadamente amenazadoras, tales como sobrevolar la península de Corea con aviones cargados con bombas nucleares. Si la moratoria funciona, el siguiente paso podría consistir en reducir paulatinamente la producción de uranio enriquecido y de plutonio, bajo la supervisión de inspectores internacionales, a cambio de que las sanciones se fueran reduciendo. Después habría que continuar negociando hasta llegar a desmantelar el programa de armamento nuclear norcoreano, algo que será difícil y puede no llegar a conseguirse.

Trump cuenta con un estrecho margen de maniobra para recalibrar su política hacia Pionyang y afrontar uno de los más serios retos a la seguridad global. Es por ello que recibe presiones, que van en aumento, para que inicie unas negociaciones que, sin duda, han de resultar muy complicadas, pero que son la mejor opción. De momento su respuesta ha sido que las negociaciones no van a ser inminentes y que ahora es tiempo de centrarse en ejercer más presiones económicas y diplomáticas sobre Corea del Norte, exigiendo a China que las lleve a efecto.

Sería más oportuno intentar negociar primero y luego, si la intransigencia de Kim Jong-un sabotea la diplomacia, presionar. El peligro que supone Corea del Norte, desde la amenaza directa a Corea del Sur y Japón, a la amenaza creciente a Estados Unidos, hasta la posibilidad de que llegue a transferir tecnología nuclear a grupos terroristas para conseguir divisas, no aconseja demorarlo más. Una fallida política que retrase aún más el inicio de las negociaciones, que es la alternativa más prometedora, solo conseguirá que Kim Jong-un se sienta menos vulnerable y, por tanto, mucho más peligroso.

El momento sublime y la sensación del yo

Me aproximo a tal momento sin ninguna connotación especial, sin admiración, incluso con algún distanciamiento, y relativa incredulidad.

Al principio solo mandaba él. Se producían esos característicos segundos de estremecimiento de lo sublime… pero yo no sabía qué era eso; solo se trataba de una emoción. Al cabo de un tiempo me pregunté sobre el significado de esa sensación especial. Y fui descubriendo entonces el momento sublime, de otra forma, antes inconsciente.

En algunos lugares lo tengo localizado ya, aunque él me pueda seguir siempre sorprendiendo. Es más, porque ahora conozco ya algunos de los sitios donde se encuentra o esconde, ahora generalmente soy yo quien acude a su encuentro, yendo hacia él para experimentar uno de esos momentos que, en cambio antes, venían azarosos hacia mí con ocasión de un descubrimiento artístico casual.

A poco que indago, en el momento sublime, de esta forma en cierta medida más racional y menos espontánea, confirmo su innegable presencia. Por eso, me acerco a él como aquel científico cuya atención ha sido llamada por alguna curiosidad. En definitiva, porque sé de su plena certeza, voy a su encuentro y me pregunto así por su significado.

Me pregunto si hay alguna lógica en el conjunto de las cosas que lo producen. Pero tampoco indago demasiado en esto, porque me interesa solo el significado que después contaré, del «momento» sublime, una vez verifico que este es real o innegable.

Observo también que se trata de momentos en forma de sensaciones que van y vienen. En efecto, dicho «momento» desaparece raudo, después de dejar su huella. Sobre todo me pregunto, una y otra vez, por qué lo sublime dura solo unos segundos. Esto me atormenta porque, una vez he descubierto el momento sublime, y, si tan real es, e innegable, ¿por qué no puedo quedarme allí más tiempo? Querría permanecer en él, pero no se puede. Verifico que existe el momento, al tiempo que también que me rechaza al cabo de un breve espacio temporal de pertenencia. Es así como lo sublime puede manifestarse. Llego a captar que lo sublime es una sensación de tal. Es, en principio, una sensación propia como otras. Me pregunto, como forma de avanzar a su encuentro, qué otras cosas me producen sensaciones con tal fondo interior, para así poder identificar mejor aquella otra. Observo por eso que lo sublime tiene algo especial dentro del género de las sensaciones. Envidio, en un instante absurdo, a esos místicos que llegan a un momento parecido quizás, por un estado religioso. Recuerdo textos y textos que he leído hace tiempo sobre lo sublime, en general o describiendo los caminos para llegar a él; o escritos sobre la conciencia del yo, si bien no recuerdo ahora nada escrito que relacione ambos fenómenos.

Yo, más sencillamente, he podido gozar de lo sublime de vez en cuando, alguna vez mediante cosas menores, pero generalmente son momentos que me ha enseñado el arte; y más concretamente la música me lo enseña. En verdad, me da lo mismo la música; me es totalmente indiferente el arte mismo. El centro de mi atención es solo esa sensación que me hace sentirme real a través de la concreta intensidad de la sensación de lo sublime: ¿por qué ese estado? Ese que me permite ver algo distinto, generalmente serio o sobrecogedor, un instante en contacto con algo que no entiendo, pero que me hace sentir real.

También otras cosas, discursos y paisajes o algunas conversaciones, o el simple desarrollo de cosas por azar, pueden llegar a ser trazos de momentos sublimes, pero raramente es así, en comparación con ese otro método musical más certero. Esa manifestación del arte, por la razón que sea, informa mejor de aquello que realmente interesa. No todo en la música es sublime. La mayor parte es divertimento, deleite o placer, solo belleza. Pero detecto algunos instantes concretos que me permiten el momento sublime.

Un instante en contacto con algo que no entiendo, pero que me hace sentir real. Una sensación es, nada más, lo sublime. Como otras sensaciones. Pero esta se diferencia por su altura, dicho sea, de nuevo, fría y desapasionadamente. Hay múltiples sensaciones de escaso contenido y casi nulo mensaje, y, por supuesto, también músicas diversas que no causan ese momento sublime y ni siquiera sensación alguna, como las cosas en general, quiero decir.

Lo sublime participa de la sensación en tanto en cuanto es una más, pero salvo esa nota común todo son después diferencias. Nada tiene que ver esta sensación con otras. ¡Tan jerarquizadas están, en un mundo antijerárquico, bajo un criterio de calidad!

Me pregunto de nuevo por qué se asocia necesariamente lo sublime con ciertos concretos segundos o momentos de ciertas obras de arte, o con ciertos paisajes naturales. Y por qué, si esto es así, lo sublime está al mismo tiempo, por contrapartida, siempre abierto, ya que en cualquier momento se me puede aparecer sorpresivamente.

Y no puedo también dejar de preguntarme, con total modestia, por qué yo soy una de esas personas con capacidad de captar algún momento sublime, y no solo deleite o placer. Me pregunto, otra vez, por qué otras cosas no producen lo mismo.

También me preocupa por qué no suelen ser productos de mi tiempo los que me llevan más fácil o rápidamente a un momento sublime. Me digo, por un momento, que me gustaría que todo fuera de otra forma. En realidad también esto me da lo mismo. Mi asunto es solo preguntarme por esta rareza, pero evidencia, del momento sublime, real e innegable. Un momento que, por una parte, creo o provoco yo mismo en torno a ciertas obras que conozco y que, por otra parte, aparece súbitamente cuando él quiere sorprenderme.

Observo también que al momento sublime antecede un momento previo no sublime, acaso preparatorio, así como otro posterior que tampoco lo es, aunque pueda ser igualmente placentero. Me viene a la mente la imagen de una montaña (estremecedora) y me doy cuenta del espacio llano antes y después de ella. Me pregunto cómo se produce este estado y cuáles son sus claves y qué hay detrás de todo ello y si no es esta la vía más certera para llegar a descubrir lo realmente importante.

Este descubrimiento me hace igualmente considerar, por fuerza, sin querer, pequeño el entorno. Lo no sublime pasa a parecerme por unos instantes carente de interés. No me agrada mucho la idea y me pregunto, ignorante yo, con algo de gracia, por qué las cosas son así. Y por qué existe lo sublime y lo no sublime.

También aprecio que en ese momento trascendente no cabe obviamente la distracción. Es un momento que significa algo. No caben siquiera mezclas, es puro aunque breve. No hay problema. Lo sublime dura unos instantes y después no ha pasado nada. Obviamente, lo sublime consiste en una emoción. Generalmente seria, profundamente seria, aunque, por eso, con contrapesos de broma y sátira.

Desconozco si es magia de su creador, o es arte de las cosas. Pero tampoco me importa esto mucho, solo la experiencia sublime cuenta.

Por supuesto, es un momento que me hace feliz, o que me hace superar la realidad o, mejor dicho, sentirla como es. También en tales momentos supero la soledad, aunque después «el momento» me lleve a ella, pero no es este mi tema ahora.

Recuerdo también, o admiro igualmente, todas esas personas a quienes vi capaces de tener momentos sublimes, a veces con cierto tono de pura broma o extravagancia fruto acaso de la mezcla entre grandeza e incomprensión del «momento». A ellas dedico estas páginas.

No todo es igual en la obra que contiene un momento sublime. Toda ella tiene mérito, pero solo una parte irrumpe haciendo ver el momento sublime. No se trata de nada subjetivo. No cabe en este asunto decir que unos tendrán la experiencia sublime en una parte y otros en otra, de la obra. No. Los momentos sublimes son objetivos. Los identifico como una cosa material ante mí. Es más, los conozco de memoria, como criaturas mías, los matices, las idas y venidas, los ecos en movimientos u obras posteriores, los antecedentes o notando cómo el compositor va llegando a ellos. La subjetividad afectará, todo lo más, al discernimiento del grado de los momentos.

Desde luego, el momento sublime me informa de las limitaciones de una perspectiva exclusivista científica o materialista de las cosas. Esta perspectiva de lo sublime me gusta porque aporta humildad. Tampoco será, supongo, que lo sublime sustituya a todo aquello, será posiblemente su complemento necesario. Pero indican, tales momentos, un posible misterio, real. Indican, más allá, la única vía certera de ver lo real. Sin embargo, se nos dice acostumbradamente lo contrario.

El momento sublime puede ser guía de actuación y parámetro de las demás cosas. Aporta la utopía de una vida que se convierte en un proyecto artístico. Quien capta lo sublime puede no contentarse con tales momentos. Podrá querer trasladarlos a la realidad social. Lo sublime puede servir de pauta para otras realidades, o por contrapartida puede ser aparente, al convertirse en simple traducción de aquellas otras.

Ese es otro momento clave, la imposibilidad y fatalidad de lo sublime: sin él, y sin dominar él el resto, la insatisfacción. Dominando él…, lo imposible, y el riesgo. La tentación de lo sublime es controlar la propia realidad social desde su perspectiva real. Observo a mi pesar que hay más ventajas que desventajas en el mundo social regido por principios más adecuados, no artísticos. Y veo claro que habría más malo que bueno si lo sublime fuera el parámetro del que partir derivando consecuencias. Entiendo por qué el mundo ha de ser como es, pero la conclusión no me gusta.

¿Qué es todo esto, entonces; qué significado encierra?

En parte ya está dicho. En el momento sublime he descubierto al fin mi propio yo, con mayor certeza. Esto sí interesa, observar que, de entre todas las posibles referencias, es la más certera para afirmar que uno existe. Los objetos, el acostumbrado propio hecho de que pienso, no me provoca esa misma intensidad necesaria para experimentar mi yo. No lo noto. No veo su utilidad para eso que me interesa, provocar tal sensación peculiar necesaria del yo. Preciso una mínima intensidad, esta del momento sublime, una sensación interior por la que captar o verificar o sentir el yo. En cambio, el momento sublime provoca una sensación propia, real e innegable, en el fondo de personal existencia. Esta sí está dentro de mí, la siento y noto como mía, y mi yo a su través.

Tampoco creo que haya una consciencia que se transmite a través de cualquier cosa. De forma vaga o general, siempre presente. No me doy cuenta, al menos en comparación con esto otro. Lo sublime es el grado de intensidad necesaria para la sensación del yo, por supuesto como sensación, pero más allá de la sensación ordinaria que no provoca ese algo sentido o innegable que irrumpe en uno mismo. Son sensaciones de un tipo concreto, elevadas y cultas, que permiten la sensación del yo.

Esto es, en realidad, lo que me interesa de toda esta historia. Lo sublime me sirve en tanto en cuanto otorga una pauta certera de propia existencia. No me importa tanto el arte en cuanto tal, sino en tanto en cuanto aporta un momento que me dice que existo. Me convenzo así de que existo, porque solo así me observo cierto.

Me causa absoluta perplejidad que pudiera ser que esa sensación del yo pudiera ser solo descubierta por algunos sujetos. Pero siempre fue así; que hubo unos cuantos, en esto, filósofos, que mostraron a los demás, cómo «los demás» existen. No obstante, también esto me asombra un poco. Y más extrañeza me provoca que lo sublime choca (en el fondo, a poco que se profundice en ello) con los principios del diseño social vigente.

Si lo sublime me lo produjera la música no culta, yo estaría allí, con ella, con tal de experimentar uno de esos momentos. Poco me importa, pues, la causa o el origen. La cultura misma. Solo ha de interesar en esto el efecto. Pero el caso es que, por la razón que sea, observo que lo sublime se asocia generalmente a lo no popular, a lo culto y más elevado o reservado. Siempre hay cosas insospechadas que de pronto causan un momento sublime, pero me pregunto por qué suelen ser cosas muertas del pasado.

Me considero por eso feliz, por captarlo, y lo aconsejo a los demás entonces. «Feliz», aunque sé que esta condición está prohibida para todo aquel que se ha adentrado mínimamente en este ascenso o gruta de lo sublime, en tanto en cuanto solo es tal si es total y puro. Justo eso que no puede ser. Y por eso entiendo, al fin también, lo reñido de todo lo intelectual con la felicidad. Y por qué también eso de sentirse felices está reservado, todo lo más, al desconocimiento, al menos el de la existencia del yo.

El concepto de lo sublime, no apto solo para filósofos porque se escapa de la filosofía, no apto solo para artistas porque se escapa al arte, no apto solo para ensayistas porque desborda cualquier estudio, más apto para poetas aunque no es tema solo poético…, al final es solo un concepto apto para practitioners. De todas esas cosas que forman la vida real. Eso es posiblemente lo que uno es, un práctico de las cosas, buscando sensaciones y dentro de ellas, unas concretas.

Y me maravilla, de nuevo, otra vez, observar, concluyendo, que lo sublime ya no depende, ahora ya, solo de él… porque también a uno mismo le es dado identificar o controlar o disponer del comienzo y el final de tales momentos sublimes que provocan la sensación del yo, y ese instante necesario, siempre tan ansiado, de verdad y realidad.

«El rufián dichoso», hoy

Hasta donde hemos podido averiguar, no existen registros en España de ninguna puesta en escena de El rufián dichoso de Miguel de Cervantes previa a la actual de Fundación Siglo de Oro. Los motivos, de cuya referencia no existe registro alguno, se pierden en el tiempo, pero no cuesta intuir el porqué. La pieza se enmarca dentro del género conocido como comedia de santos, obras en las que se retrataba la vida de un santo desde el abandono de una vida más o menos disoluta, en algunos casos criminal —la función que nos ocupa, sin ir más lejos—, hasta la consecución de la santidad. Sin entrar a otras valoraciones, es obvio que este tipo de estructura dramática, aun sin desbastar, funciona. El protagonista empieza en un lugar y acaba en otro bien distinto, un devenir dramático de libro que bien puede sostener la historia y el interés del público sin mayor problema. Sin embargo, y en lo que a El rufián dichoso concierne, sí se nos presentaron algunas dificultades que, en última instancia, dieron forma a nuestra propuesta de versión.

Cabe imaginar que si alguna compañía a lo largo de los siglos valoró poner en pie esta obra, se encontró con los mismos escollos que nosotros. Evidentemente, la calidad literaria de un texto cervantino queda fuera de cualquier duda, pero, y no deja de ser mi opinión, el núcleo a desbrozar para empezar a trabajar quizá se halle en la famosa frustración que sentía Cervantes ante la fría acogida de su teatro. Bien es sabido que las compañías de la época no le compraban sus obras porque, a juicio de estas, carecían de acción. Aportaban las obras contundentemente un inestimable valor reflexivo, por supuesto, pero este chocaba de frente con la eléctrica actividad, para desgracia de Cervantes, de las piezas de Lope de Vega. En 1615, un año antes de fallecer, Cervantes admite su malogro teatral en el prólogo de Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados. No sin resignación, en este escrito, se hace testigo a su pesar de que los gustos del público han cambiado. Es justo en esa edición recopilatoria donde encontramos El rufián dichoso, particular pieza: es la única del autor que puede definirse como una de aquellas comedias de santos que antes definimos. Imagino que esta peculiaridad se debió en gran parte a la búsqueda del favor del público por parte de Cervantes, si este tipo de propuestas tenían predicamento entre la audiencia teatral, como así parece, lógico es pensar que alguien que buscaba sin descanso su calor, tratara de darles lo que pedían. Pero este favor parece que no tuvo progreso y de ahí podemos colegir que no se haya extendido más en el género.

La calidad literaria de un texto cervantino queda fuera de cualquier duda

Bueno, digamos que la ausencia de representaciones a través de los siglos de esta función, como poco, señalaba un problema. Aun así, nadie puede negar la originalidad que, una vez más, despliega Miguel de Cervantes en la construcción de su historia. A saber: una comedia de capa y espada se transforma en un retrato intimista de un hombre que lucha contra su pasado sirviéndose de su denuedo por salvar el alma de una mujer. Francamente, jamás he visto un argumento ni lejanamente parecido en otra obra del Siglo de Oro o, ya puestos, en la literatura universal. Ilumina rincones nuevos, propone elipsis aparentemente imposibles y que solo Cervantes es capaz de llevar a buen fin. Pero si esto es así, ¿cuál es la razón de que se haya puesto tan poco sobre un escenario?, y más allá, ¿dónde encontramos la mayor dificultad para trasladar la forma dramática que propone Cervantes en El rufián dichoso a un público del siglo XXI? Sin temor a equivocarme lo afirmo: en el acto I.

Cuando empezamos a improvisar con actores estas primeras escenas, algo evidente saltó a la vista: el autor proponía situaciones de las que inmediatamente renegaba. Ejemplo (hay otros más, pero este es revelador): el alguacil —némesis del héroe Cristóbal de Lugo— secuestra y azota a uno de los amigos de Cristóbal, nuestro rufián, Cristóbal se presenta en el lugar y… todo se resuelve con buenas palabras. Es decir, dibuja una olla a presión, inmejorable situación dramática, y la deja escapar con formas y decoro. Los motivos para que el Cervantes dramaturgo haya hecho esto pueden ser varios, leyendo al respecto deduzco que tuvo que ver posiblemente con un encontronazo con la Santa Inquisición. No se sabe con certeza, pero no hubiera sido extraño que así fuera puesto que hubo fehacientes enfrentamientos entre el escritor y tal institución. Ninguno de ellos revistió gravedad alguna, pero sí fueron notorias en España y Portugal las desavenencias a cuenta de determinados pasajes del Quijote. Intuyo que Cervantes esquivó problemas ante la posibilidad real como dramaturgo de dotar de impiedad a un futuro santo o a un alguacil inquisitorial. Es decir, si un personaje apunta a obrar mal, se corrige por voluntad propia o por las circunstancias que le rodean. Algo de difícil justificación cuando tenemos que plantear el viaje que va a emprender un rufián. Es decir, para alguien poder convertirse en virtuoso, como narra la obra, primero ha de carecer de esa virtud, y esto es algo que no se encuentra fácilmente en la primera jornada, a excepción de las referencias que hacen terceras personas de las andanzas de Cristóbal. Sin embargo, las acciones de Cristóbal de Lugo, y si seguimos la máxima interpretativa de que un personaje es lo que un personaje hace, son las de un hombre santo casi desde el inicio de la función. Esto devino en el mayor escollo a resolver.

Nadie puede negar la originalidad que, una vez más, despliega Miguel de Cervantes en la construcción de su historia

Por fortuna, cuando uno cuenta con un texto de Miguel de Cervantes la gramática es tan rica, la estructura tan precisa, que el versionador solo tiene que imaginar cómo puede recibir la historia un espectador de hoy en día. Lo demás es ponerse manos a la obra. Y esta ocasión no fue una excepción, costó en un principio detectar el problema, pero una vez averiguado —y este se situaba naturalmente en la jornada primera— las piezas empezaron a encajar. Situamos un vínculo emocional con el espectador a través del personaje de Lagartija, un tahúr de medio pelo de la Sevilla hampesca que, fiel a su amigo hasta el final, nos serviría de ojos prosaicos para descifrar una historia cuyas estrías más afiladas lindan con lo teológico y filosófico. Lagartija nos lleva de la mano a través de la peripecia de su amigo Cristóbal, y es su humanidad, y su, por qué no decirlo, sanchopancismo, los que decodifican las pasiones que laten en los distintos personajes. Podemos entender el viaje de Cristóbal porque nos lo relata humildemente su amigo Lagartija. Asimismo, se apuntaló también la relación paterno-filial entre el mismo Cristóbal y sus padres adoptivos, Tello y María de Sandoval, esta última no aparece en el texto original, pero su presencia nos fue necesaria para dilatar aún más la dicotomía entre un rufián (un delincuente) y el corazón bondadoso que este albergaba para llegar a convertirse en santo. Tello es riguroso, María le otorga la ternura que más tarde ejerce. Le dimos más espacio al enfrentamiento entre el alguacil y Cristóbal, una historia de rencores puros que, finalmente, derivan en el acontecimiento que provoca la huida de Cristóbal y primer paso, paradójico si se quiere, para su santidad. Además de otros detalles que hubo que manejar, claro está, centramos la carga dramática en la peculiarísima escena entre Ana de Treviño y el padre Cruz (antes Cristóbal). La fina cuerda que en la función vibra entre un delincuente y un santo se sitúa sin duda en esta escena: salvar el alma de una mujer supone la salvación, su pérdida supone la condena. Me emociona pensar en esta escena, es de un corte completamente contemporáneo. Esto es tener a Cervantes. Él, el más contemporáneo de todos nosotros.

Supimos desde el principio que hacer una propuesta museística, si se me permite, no hubiera servido en modo alguno ni a la puesta en escena ni al espectador. Tuvimos que asumir riesgos, que no fueron tantos porque nos sostenía un coloso de las letras. Abriendo la historia de nuestro rufián hoy, hemos recuperado un texto inédito de nuestro pasado. Aquí está nuestra propuesta.

Quien vive bien, muere bien; quien mal vive, muere mal

Recomiendo fervientemente al lector, tal y como el equipo artístico y el elenco de esta puesta en escena han hecho, informarse, pues claramente lo merecen el autor y su obra, del contexto histórico, creativo y vital del creador, cuando El rufián dichoso fue escrito por Miguel de Cervantes Saavedra.

Esto facilitará una mayor capacidad crítica por su parte, al cabo de la adaptación final y su montaje, y también un mayor espacio en este artículo para que me pueda permitir tratar otras cuestiones que considero más propias de mi labor como director del espectáculo, sin la injerencia en el espacio erudito, para el cual ya existen referentes bibliográficos desarrollados por profesionales mucho más expertos en este campo.

El mayor esfuerzo necesario, o así lo entendemos nosotros, como intérpretes de las propuestas textuales de los autores del Siglo de Oro, se centra en la identificación de aquellos aspectos o «pistas» impresas por el propio autor, ya tengan estas un carácter narrativo, temático, poético o formal, y que, junto a la consideración de los aspectos contextuales del poeta y su época, nos permiten construir los canales de conexión entre estas dramaturgias y el espectador de nuestro tiempo.

En el caso de El rufián dichoso, la primera cuestión que abordamos, al mismo tiempo que desarrollábamos un taller de investigación en el que varios actores, directores y dramaturgos trabajábamos al servicio de la adaptación del texto original, se centró en tratar de entender las razones por las cuales Cervantes había escogido un género como el de las comedias de santos y, al mismo tiempo, había elegido para su obra la singular y extrema personalidad de su protagonista, de cuya muerte solo distaban alrededor de sesenta años cuando la obra fue escrita.

Las comedias de santos eran, cuando Miguel de Cervantes escribió el texto, uno de los géneros más apreciados por el público de su tiempo. Tanto la temática como las posibilidades de representación, en las que se incluían todos los recursos técnicos de la época, abundaban en la espectacularidad de las puestas en escena, aspecto este muy celebrado por la audiencia de los corrales.

Tanto la temática como las posibilidades de representación, en las que se incluían todos los recursos técnicos de la época

No resulta complicado, por tanto, imaginar que el autor, arrastrado por la corriente lopista de la época y en su mayor interés de ser reconocido en el mundo teatral, hiciese su apuesta para entrar en el Parnaso de los corrales madrileños, sirviéndose, no solo de un «tipo» teatral de moda en su tiempo, sino renunciando a aquellas preceptivas aristotélicas en la construcción de los textos teatrales que tan profusamente había defendido en ocasiones anteriores.

En el caso de este aspecto concreto, el autor se permitirá incluir una escena entre la primera y la segunda jornada de la obra justificando a través de dos personajes alegóricos, Comedia y Curiosidad, su cambio de actitud como dramaturgo al cabo de la ruptura necesaria de las unidades de acción, tiempo y lugar, y al servicio de su propio texto.

Tanto nuestra voluntad de respetar esta declaración de intenciones como el importante juego metateatral que propiciaba nos impulsaron a conservar dicha escena, al servicio de la caracterización de dos personajes transversales en nuestra propuesta: Tello de Sandoval y María de Sandoval, su esposa, que, a su vez, en la puesta en escena representan dos formas opuestas pero complementarias de entender el mundo a su alrededor.

Igualmente nos llamó poderosamente la atención la elección por parte del autor, como su personaje protagónico, de Cristóbal o Lugo o Fray Cristóbal de la Cruz, distintos nombres estos con los que es reconocido en la pieza y cuyas referencias biográficas, recogidas en mayor medida en los recopilatorios de la época sobre la vida de los santos, nos hablan en primer término de un «enfant terrible», personaje representativo del hampa sevillana y toledana, con varios requerimientos de distintos alguaciles que cubrían un amplio espectro de delitos incluyendo el hurto, el robo, la asociación con delincuentes y el delito de sangre.

Siendo aún niño y través de la identificación de las muy especiales cualidades intelectuales de Lugo, Tello de Sandoval, inquisidor en Sevilla y Toledo, y tras el acuerdo con el padre natural del mismo, tabernero de profesión, terminaría acogiéndole bajo su auspicio. Será únicamente esta peculiar relación con su protector la que le exonerará de cumplir con la justicia en relación con todos los desmanes cometidos.

No queda igualmente claro en estos relatos biográficos el motivo, ya fuera este ocasional, traumático o una concatenación de diferentes acontecimientos, que impelería a Lugo a trazar un nuevo rumbo en su vida, que le llevaría a ordenarse sacerdote en Toledo y a viajar a Nueva España-México con su protector Tello de Sandoval, en ese momento miembro ya del Consejo de las Indias, donde el rufián moriría, tras una «segunda» vida ejemplar en la Orden de los Dominicos, señalado ya por todo su entorno para su posterior santificación por los diferentes acontecimientos milagrosos o antinaturales acaecidos en relación con su persona.

Este concreto, relacionado con la peculiar vida de este personaje histórico y la elección de Cervantes del mismo, fue sin duda uno de los motores que nos conectaron con las líneas temáticas de la obra, a priori bastante soterradas en el original y, en nuestra libre interpretación de este particular, tratando de encontrar el «para qué» del autor a la hora de escribir este texto, más allá de su necesidad de ganarse un lugar en el panorama teatral de su tiempo.

Consideramos en ese momento y en primer lugar la propia vida del autor, una amalgama de acontecimientos límites en sus diferentes fracasadas tentativas profesionales, artísticas y amorosas, y que en sus dispares y, a veces incluso, disparatadas apuestas, imprimieron en su aspecto exterior e interior un mapa de cicatrices, transformándole, a los ojos de los que le rodeaban, en una suerte de «paria» de cuya categorización le fue imposible huir en vida, convirtiéndose en una de sus mayor aspiraciones y constantes solicitudes a sus pocos valedores, el viaje, con cargo público incluido, a los nuevos territorios de la corona española al otro lado del océano.

Estas circunstancias en la vida del poeta, junto con el entendimiento de la posibilidad que le hubiera otorgado ser reconocido de manera distinta y alejada del prejuicio en un nuevo entorno, a nuestros ojos, le conectaron de manera indisoluble con su protagonista, proyectando en él mismo, o así lo hemos querido entender nosotros, su mayor aspiración de desligarse de un pasado y construir una nueva vida.

Apareció, por tanto, conforme a este razonamiento, el extremo de una cuerda atada a la madeja de una línea temática que ha resultado fundamental en nuestra puesta en escena, y que, bajo nuestro punto de vista, nos conectaba con el espíritu de aquello que determinamos como voluntad primera de Miguel de Cervantes en su interés de contar al espectador algo con esta historia.

Este principio fue refrendado, en cuanto a nuestra forma de entender, cuando aportamos a este axioma otro elemento de consideración basado en el momento histórico en el que el dramaturgo escribió su texto: la Reforma y la Contrarreforma.

Por una parte, ya habíamos denotado que el poeta en su texto había suavizado o rebajado el retrato de Lugo, desconectándolo de la verdad biográfica y haciendo con él una construcción de carácter algo menos violenta al servicio de sus propios intereses narrativos.

Concluimos que al tratarse de una comedia de santos, en el momento histórico anteriormente referido y en su mayor interés de que el texto fuera representado sin encontrarse con algún posible escollo, ya fuera de gusto o de censura posible por las autoridades eclesiásticas, prefirió plantear el camino hacia la santidad de Cristóbal desde un origen algo menos sumergido en el lumpen, punto de partida real desde donde el personaje histórico empezó su camino hacia la redención.

Prefirió plantear el camino hacia la santidad de Cristóbal

Existen, por supuesto, otras líneas temáticas menores que no carecen de relevancia en sí mismas, sino que están supeditadas y al servicio de una transversal mayor y que aparecen tanto en el texto original como en nuestra adaptación: La finitud inherente a la existencia, el planteamiento cortoplacista del ser humano como consecuencia de dicha caducidad, representado, a su vez, por la necesidad inherente de justificar nuestro hollar en este mundo construyendo y apropiándonos del mito, la voluntad de trascendencia, también como forma de respuesta racional al vacío y agonía propios de lo aleatorio y arbitrario del vivir, la fe como respuesta válida para algunos e inválida para otros, son algunos de los subtemas que estructuran y dan cuerpo al corpus principal temático y que a su vez se relaciona con lo anteriormente expuesto relativo al momento histórico: el libre albedrío.

Definimos por tanto y tratamos de plasmar en nuestra adaptación y propuesta escénica aquello que más nos ha inspirado en esta obra y que es la manifiesta posibilidad del ser humano de decidir y construir su manera de relacionarse con su tiempo, con aquello inmerso en el mismo, con todo aquello que le rodea y con su innegable posibilidad de elección al cabo de la huella que decidirá dejar en su tránsito por este mundo y, finalmente, con lo que, según el autor, Miguel de Cervantes Saavedra, terminará de confrontarle en el momento de su muerte: «Quien vive bien, muere bien; quien mal vive, muere mal».