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Ver productosEl interés por la figura de Francisco de Goya en la cultura actual de Occidente podrían acreditarlo creadores como Carlos Saura, Michael Nyman o el recientemente fallecido John Berger. Para lo estrictamente nacional, sin duda, el nombre de los premios que desde 1987 concede la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España es síntoma fehaciente de una pervivencia a escala popular que resulta un punto final bien perceptivo del volumen que ahora se presenta. La monografía del profesor Leonardo Romero Tobar parte de la explicación de cómo el pintor se convierte en un tema literario de largo e intenso recorrido, a saber, su obra y su vida vienen a resumir la ambivalencia compleja de la modernidad.
El libro, fruto de una investigación cuyo origen se remonta a 1997, cuenta con una exhaustiva documentación, pero está redactado de un modo ágil, con la finura propia de un maestro de filólogos de trayectoria dilatada, con menciones constantes de lecturas muy diversas que la sabiduría de su autor coordina con claridad y brillantez. Goya en las literaturas culmina dos facetas relevantes de la vida profesional de Romero: su estudio de las relaciones entre la literatura y las otras artes, por un lado, y la literatura comparada, por otro. Porque hay que subrayar que el título es preciso, la obra recorre las modulaciones de Goya como tema en una pluralidad de lenguas: la española, desde luego y de forma destacada, mas también la francesa, la inglesa, la alemana, la italiana, etc. En suma, literatura comparada de ley.
Tras la explicación acerca de cómo el pintor se convierte en tema literario, el volumen se organiza en seis capítulos más de este modo: dos sobre textos poéticos, otros tantos sobre narrativa, uno que versa sobre el teatro, incluido el teatro musical, y el último acerca de Goya y el séptimo arte, si bien el autor no se ocupa de las películas propiamente dichas, sino sobre los guiones y con cierta mayor brevedad que en los apartados previos. Culminan la obra, además de la bibliografía citada, dos índices: onomástico y de textos literarios y guiones, pero sobre todo la relación cronológica de las referencias literarias sobre las que se basa el estudio, que superan en mucho las trescientas.
Ubicado en una época de transición entre el Antiguo Régimen y la Edad Contemporánea, Francisco de Goya es prototipo de artista moderno y símbolo de un tiempo de cambios, pero es que en él se aúnan una trayectoria de vida marcada por su fuerte personalidad y el valor estético, rompedor y anticipatorio de su obra. No en vano Baudelaire lo incluye en su poema programático «Les Phares». Pero el Goya en la poesía del siglo XIX más que nada es un héroe del panteón nacionalista que tiene prolongación en la centuria siguiente y hasta el exilio republicano a través de su identificación con España. Ahora bien, los cataclismos sucesivos de la guerra civil y la segunda guerra mundial forman el fondo de un panorama poético especialmente sensible para la visión poética del personaje, lo que unido al efecto difusor que la industria editorial ha prestado a las reproducciones impresas de sus obras y al auge de los estudios académicos y de la crítica de arte han provocado el arraigo definitivo de la visión más humana y comprometida del personaje, como pueden corroborar poetas como Rafael Alberti o Ildefonso-Manuel Gil.
El interés de los coetáneos por Goya crea una tradición oral sobre su personalidad y vida, tradición aderezada con hechos biográficos inverosímiles y aventuras novelescas. La narrativa decimonónica subraya esta faceta del individuo, apasionado del toreo y de las explosiones de júbilo popular. Los hitos en la construcción del tema, en este caso, pasarían por Galdós, Emilia Pardo Bazán, para proseguir, ya en el novecientos, con Vicente Blasco Ibáñez, Sender o Hemingway. La segunda mitad del siglo XX se aleja del arquetipo previo a partir del enfoque en los asuntos siniestros representados por el pintor y de los experimentalismos literarios. Así se abre camino la versión de un personaje de mente abierta y luchador por las libertades con un momento clave en la obra de Lion Feuchtwanger, quien presenta a un Goya víctima de la represión inquisitorial y de las presiones sociales de las que depende su trabajo. Los últimos años han dado lugar a relatos que buscan una comprensión más compleja del universo personal del autor, como demuestra por ejemplo la novela Gémeos (2004) del portugués Mário Cláudio.
Cada género se centra más en un aspecto del personaje: la poesía, en la generación de imágenes asociadas a las pinturas; la narrativa, en tramas sobre la conflictividad social o personal; y el teatro, en los combates más íntimos, ya procedentes de sus conflictos amorosos, ya los que surgen de su trabajo creativo. Así surgen los dramas de Alberti, María Teresa León o Antonio Buero Vallejo. Las tablas recientes atienden con especial énfasis al sincronismo artístico, a la biografía del autor (entrecruzado de recuerdos y flashbacks entre el pasado y el presente) y al tratamiento de la figura del doble a partir de la visión especular de Francisco de Goya en otro personaje y también consigo mismo. La dramatización experimental de Berger y Nella Bielski Goya’s last portrait. The painter played today (1989, trad. esp. 1996) valdría como muestra de estas incitaciones, resueltas por el lado del cine con creadores como Luis Buñuel, Concha Zardoya o Carlos Saura. Como los más grandes críticos provocan, el ensayo de Romero Tobar conduce a una multiplicidad de sugerencias de lectura que tienen el añadido excepcional, en este caso, de estimular la contemplación una vez más de las imágenes creadas por el autor de Perro semihundido o El aquelarre, pero al cabo, y con un pie en el estribo, la esperanza y el color de La lechera de Burdeos (1827).
El pasado día 31 de mayo, en el pabellón de Actividades Culturales de la Feria del Libro de Madrid, se celebró el acto de entrega del quinto Premio Troa, «Libros con valores», otorgado a José Jiménez Lozano por su novela Se llamaba Carolina. Los motivos que llevaron al jurado a conceder el premio quedaron expuestos en el dictamen final en los términos siguientes: «Por el retrato veraz y sin maniqueísmos de una época todavía viva en la memoria de los españoles, por la importancia concedida a la escuela y a la figura del maestro, por la reutilización de materiales literarios universales y por la extraordinaria riqueza de su lenguaje».
José Jiménez Lozano, que se autodefine a sí mismo como «escribidor», ha cultivado diversos campos de esa tarea de «escribir», que le ha llevado desde la poesía al periodismo y del reportaje y el ensayo a la creación narrativa, a través de una prosa depurada de perfiles clásicos. Sin olvidar su autoría intelectual, junto a su amigo el sacerdote José Velicia (1931-1997), de ese gran proyecto cultural, artístico y religioso llamado «Las edades del hombre» promovido por la Iglesia de la Junta de Castilla-León. José Jiménez Lozano (1930, Langa, Ávila) además de su larga carrera como periodista en el diario señero El Norte de Castilla donde ejerció desde simple colaborador a los cargos de subdirector y director, ha cultivado los géneros de poesía, ensayo y novela, actividades por las que ha recibido numerosos galardones como el Premio Nacional de las Letras españolas en 1992 y el Cervantes en 2002. El último reconocimiento a su labor, concedido por la Fundación Troa a su novela Se llamaba Carolina muestra la juventud de un escritor veterano que, en plena actividad, agradece «un premio que me alegra por muchas razones pero desde luego porque en cierta manera me rejuvenece ya que se me concede a los pocos días de cumplir 87 años y me otorga un poco más de confianza en mí mismo, y en mi propia escritura, que siempre he necesitado».
La novela nos remite a un pasado, todavía no muy lejano en el tiempo, los años cuarenta de la posguerra civil, tal como se vivieron en una localidad cualquiera, ni grande ni pequeña, de la Castilla profunda, que el autor ha conocido, desde su nacimiento e infancia en Langa y Arévalo (Ávila) a su vida en Alcazar én, ya en la provincia de Valladolid. Los habitantes del pueblo mantienen una cierta actividad cultural, de modo particular cuando reciben a lo largo del año las visitas periódicas de cómicos, titiriteros y compañías de circo ambulante, que interrumpen la monotonía diaria y se convierten en temas de conversación en tertulias y comidillas.
Uno de los platos fuertes de cada temporada corresponde a una compañía de teatro que representa nada menos que la famosa tragedia de Shakespeare Hamlet, príncipe de Dinamarca. El problema suscitado en esta ocasión se refiere a que, debido a una avería inesperada, el vehículo que transporta a los actores no se encuentra en condiciones de cumplir su compromiso en la fecha prevista. El director, solicita a las fuerzas vivas de la localidad ayuda para cubrir los papeles más importantes: el del propio Hamlet y, sobre todo, el de Ofelia. Deciden recurrir a una joven de familia distinguida, que había cursado estudios en el Madrid de la guerra y con cierta experiencia en el escenario llamada Carolina, que acepta finalmente el encargo para satisfacción de los organizadores. La figura de Carolina, que ya se había perfilado como uno de los personajes de mayor envergadura hasta el momento, se convierte en la gran protagonista del relato, aunque siempre rodeada de una amplia galería de personajes cuyos rasgos humanos, defectos, virtudes, inclinaciones, fallos y aciertos, Jiménez Lozano describe con una prosa fluida, llena de ternura e ironía, no exenta de sentido del humor campechano y castizo. Veamos, pues, el episodio menor, pero significativo, de uno de los extras, Honorio, el del quiosco del pueblo, que debía intervenir en el drama shakesperiano con la frase: «Ni un ratón se ha movido» y que introdujo su propia versión, ante el delirio de los espectadores: Ni un ratón se ha «moneao»… y reforzó su aporte con el añadido«ni ha asomao el hocico». Palabras que fueron incorporadas al léxico popular y utilizadas cuando venían a cuento en conversaciones jocosas. Jiménez Lozano atribuye el relato de la historia de Carolina, grande o pequeña, pero entrañable siempre, a un narrador que se declara admirador de ese personaje femenino, encantador y dulce, enigmático una veces y de sinceridad transparente otras, del que recibió de niño algo más que clases particulares para aprobar los exámenes del instituto. El afecto hacia su profesora, amiga y consejera, que permanece vivo en el recuerdo de aquel chico, ya convertido en adulto, le lleva a reconstruir episodios de un pasado que no volverá. ¿Dónde situar el circo o el teatro ambulante de meritorias compañías que en los años cuarenta representaban teatro clásico, ante el impacto arrollador del cine? Una cierta nostalgia, suave y sin estridencias, se percibe en los personajes, situaciones y cuadros de costumbres que sirven de marco ambiental a los episodios que forman el retablo de las maravillas de una Carolina que, gravemente enferma, se despide de su alumno con una nota en la que le anuncia su retirada a un sanatorio, que se supone antituberculoso. El narrador no se resigna. Reclama, al cabo de los años, la vuelta de Carolina, a la que supone ya curada, con emocionadas palabras que cierran la novela y dejan una huella profunda en el ánimo del lector:
Ya me explicarás lo que me queda por saber del mundo y de nosotros, Pero, ahora, ponme antes que nada una nota de cita, como los billetitos escritos para ir yo a tu clase, diciendo que me esperas y que no te has ido ni te vas a ir ya nunca a ningún sitio.
Hubo una vez en Nueva York que cuando llamabas a un fontanero, en la puerta podía aparecer Philip Glass con una caja de herramientas. Lo mismo podía suceder en la calle. Levantabas la mano para detener un taxi y había muchas posibilidades de que quien condujera fuera un artista. Por entonces él no era famoso, pero ya acumulaba una producción musical nada desdeñable. Acababa de componer Music in Twelve Parts, un conjunto de doce piezas de veinte minutos que cabalgaba sobre series cíclicas, a la manera de como las aprendió de los maestros hindúes Ravi Shankar y Allan Rakha. Con tres o cuatro noches de taxi ganaba el dinero suficiente para vivir. Por eso, Dover Garage estaba lleno de artistas, esperando turno para salir. Gran parte de su obra maestra, Einstein on the beach, la ópera que hizo con Robert Wilson, la compondría después de sus turnos de nueve horas en la calle. Hasta la primavera de 1976, cuando empezaron los primeros ensayos, esa fue su forma de vida.

Philip Glass (Baltimore, 1937) escribe como compone, con esa aparente facilidad en la sucesión de pequeños grupos de notas, que poco a poco va desvelando una estructura más compleja. Palabras sin música es un ejercicio de simplicidad sorprendente, alejado de cualquier atisbo de pomposidad, con ese estilo directo y descriptivo de los memorialistas anglosajones, que solo deja entrever su entidad a medida que avanza el libro y se hace cuenta de la multitud de temas, referencias y personajes que componen las andanzas de uno de los compositores más influyentes del siglo XX.
Resulta divertido subirse con él a ese taxi y vivir aquel Nueva York de los setenta, incipiente y peligroso. Una vez recogió a Salvador Dalí en la calle 57 y lo llevó hasta el Hotel St. Regis. Apenas pudo decirle nada. Una timidez que resulta curiosa para alguien que, después de cambiar cañerías o conducir unas cuantas horas por la ciudad, solía acercarse al loft de Jasper Johns, en la calle Houston con Essex, para comer junto a John Cage y Richard Serra. Los nombres se suceden por este downtown ecléctico y anónimo, lugares y personajes que hoy son leyenda y que forjaron el mundo del arte que conocemos hoy.
Philip Glass se crio alrededor de la leyenda de su tío y la maldición del músico itinerante. Su madre solía decirle: «Si te vas a Nueva York a estudiar música, acabarás como tu tío Henry, malgastando tu vida y yendo de ciudad en ciudad y viviendo en hoteles». Acabó estudiando en la Universidad de Chicago por ver si espantaba la vocación artística. Difícil cuando se está cerca de los clubes de bebop de la calle 55, donde descubrió a Bud Powell y Charlie Parker. Y Lennie Tristano. Ya en Nueva York, cuando acudía a las clases de la Juilliard, se acercaba al Village Vanguard para escuchar a John Coltrane, pero si ese día estaba cerrado, entonces iba al Five Spot, donde tocaban Thelonius Monk y Ornette. Le influyó la «fuerza bruta» de todo aquello, ese «algo que seguía y seguía» como una fuerza de la naturaleza, imparable. Lo primero no fue el jazz, sino el rocanrol de Buddy Holly. Luego vendría la clásica de una forma un tanto fortuita. Su padre regentaba una tienda de discos en Baltimore. No era fácil entonces vender los de Bartók, Shostakóvich y Stravinski. Cuando volvía a casa los estudiaba a fondo para luego poder recomendarlos. Lo hacía de noche, después de cenar. El pequeño Philip, que a esas horas debía estar durmiendo en su cama, se deslizaba hasta el hueco de la escalera y allí escuchaba atentamente.
«La música no era ya una metáfora del mundo real […] Lo de ahí fuera era la metáfora y lo real era, y desde entonces sigue siéndolo, la música». Quizá en esta breve sentencia pueda entenderse el título elegido para estas memorias. Unas palabras sin música, como si el propio autor asumiera su limitación por no entregar algo más completo, más real. Sin embargo, la sensación es la contraria porque cada pasaje cuenta con un buen número de detalles. Paradójico para quien empezó escribiendo los libretos de sus óperas sin que fueran un relato ordenado y coherente.
Los años de aprendizaje con Nadia Boulanger, en París, y su otro maestro, Ravi Shankar, ocupan un lugar destacado en el libro, sobre todo sus repetidos viajes a la India. Pasados aquellos años de vanguardia, hay quien piensa que Philip Glass se acomodó y empezó a repetirse. Se convirtió en compositor de música para el cine, esfera en la que dejó páginas respetables como las que hizo para Kundun, de Scorsese; Mishima, de Paul Schrader; y Las horas, producida por Scott Rudin y dirigida por Stephen Daldry. Lo que es seguro es que Glass siempre sonará a Glass. Quizá pueda faltarle la ambición de los tiempos de Einstein on the beach, como vimos en The Perfect American, (ver Nueva Revista, Núm. 142) estrenada hace algunos años en el Teatro Real de Madrid. Pero toda su música está concebida desde un patrón muy personal, que obliga a una escucha atenta. «Lo esencial —escribe el compositor— es que una obra de arte no tiene una existencia autónoma. Tiene una identidad convencional y una realidad convencional que cobra vida a través de su interdependencia con otras acciones humanas». La obra queda incompleta sin la participación del espectador, que la alimenta en su foro más íntimo. Palabras sin música ayuda a completar la percepción de un artista singular y de unas décadas irrepetibles en la Historia del Arte.
En la Grecia antigua los acusados debían defenderse directamente, sin mediación de abogados. Era necesario por tanto aprender a hablar en público. Además, cuando nació la democracia ateniense y se extendió por otras poliso ciudades esa necesidad de hablar bien, de persuadir, se hizo más perentoria. Por eso en Grecia surgió la praxis de la oratoria, pero también la teoría. Platón y Aristóteles hacen aportaciones muy valiosas a esta ciencia, que se trasladará a Roma, donde Cicerón (siglo I a.C.) escribirá relevantes tratados y el hispano Quintiliano (siglo I después de Cristo) publicará una enciclopedia retórica esencial.
El humanismo, en el Renacimiento, recuperará esos tratados y elaborará otros. No hay que olvidar que el Renacimiento surge como renovación estética de un latín esclerotizado en la academia. El arte de escribir y de hablar bien será muy valorado en este final de la Edad Media e inicio de la Edad Moderna. Nebrija, que vive esa transición y que ejerció la docencia universitaria con gran maestría, es un intérprete autorizado de la tradición retórica.
Ahora, en esta nueva globalización en que Internet ha revolucionado la comunicación humana, rescatar los manuales de retórica y pensar desde ellos el momento presente es una tarea urgente. Por eso es muy acertada la decisión de traducir y divulgar el manual de retórica de Nebrija, que en su época también cumplió esa función divulgativa.
Divulgar es una de las tareas más importantes y al mismo tiempo más difíciles,máxime cuando, como ocurre aquí, se está popularizando una técnica. La palabra arte en este título no responde a cuestiones estéticas, sino que traduce el término griego techné: técnica.
Ningún vocabulario técnico es sencillo; tampoco el de la retórica, que supone un metalenguaje: un lenguaje sobre el lenguaje. De ahí que para salir airoso de la empresa de traducir una retórica griega o latina se precisa un conocimiento muy profundo de esos conceptos y esas palabras que explican el hablar bien. Y Miguel Ángel Garrido Gallardo, maduro investigador en estas áreas, ha cumplido sobradamente su cometido. Su traducción se lee de corrido, sin escollos ni estridencias.
Nebrija es uno de los grandes humanistas hispanos, autor de la primera gramática castellana. Su estatua, por mérito propio, adorna la Biblioteca Nacional de España, junto a las de Vives, Lope, Cervantes, san Isidoro y Alfonso X. Cuando se consulta el catálogo virtual de la misma Biblioteca Nacional se observa un interés creciente por Nebrija desde finales de la centuria pasada. En lo que va de siglo XXI contamos una veintena de ediciones de sus obras.
El humanismo, por ser un corpus de ideas antropocéntricas abiertas a la trascendencia y no un conjunto de sistemas cerrados y beligerantes, es siempre sugerente. Filósofos, economistas, literatos, filólogos, juristas, teólogos, historiadores… todos pueden volver a los siglos áureos, XVI y XVII, e inspirarse. Por eso hay que felicitarse de la nueva versión castellana de la retórica nebrisense aportada por Garrido Gallardo. Máxime en esta época iconolátrica y logofágica donde el brevísimo twitter se presenta como icono de la intelectualidad. Pero la comunicación humana no se resuelve en frases, sino en razonamientos, argumentos, discursos, valses de la palabra con planteamiento, nudo y desenlace, con elocuencia y pronunciación. Nebrija bebe de las fuentes grecolatinas, fundadoras de la ciencia retórica: Platón, Aristóteles, Cicerón, Quintiliano… Y Garrido Gallardo nos facilita beber en esta fuente humanista de Nebrija. No se trata de vivir en el pasado, pero tampoco de romper con él. Se trata más bien de aprovisionarse de los logros pretéritos para enriquecer el presente y construir con esperanza un mundo mejor.
Si la democracia es participación, los ciudadanos deben avezarse y ejercitarse en el arte de la palabra, de la argumentación, no del grito ni de la discusión irracional. El arte de dialogar, que es un bien moral, precisa de la técnica del buen hablar, que enseña y cultiva la retórica.
El libro de la retórica nebrisense que edita Rialp nos invita a visitar a autores antiguos para poder valorar mejor los discursos políticos, académicos, literarios y publicitarios del presente. La edición de Garrido Gallardo es divulgativa pero rigurosa, con la bibliografía y las notas imprescindibles para entender conceptos, autores y personajes citados por Nebrija.
Nebrija cita profusamente a las cimas de la retórica grecolatina pero hace escuchar también su voz. En la página 36 leemos «para mí es suficiente que el orador no desconozca aquello de lo que habla». Hoy que, como nunca, cualquiera puede lanzar palabras al ciberespacio, ¿no es más certero que nunca este consejo del humanista?
El manual nebrisense, como sus fuentes grecolatinas, destila racionalidad, que no racionalismo, esto es, un deseo de comprender los factores que intervienen en la oratoria: la invención, o repertorio de temas; la disposición, u ordenación de los discursos, con sus diferentes partes; la elocución, o caudal verbal; la pronunciación con el lenguaje corporal adecuado. En un mundo tan emocional y efímero como el nuestro, en que las redes sociales priman lo visual sobre lo verbal, el manual traducido por Garrido Gallardo es un soplo de aire fresco, un contrapeso que fortalece la capacidad de participar en los debates públicos con conocimiento de causa.
En perfecta continuidad con la trayectoria de sus escritos, incluso de los más tempranos y celebrados, como fue el caso del ya lejano Hacia una formación humanística, nos sorprende ahora José Antonio Ibáñez-Martín con un volumen, bellamente editado por Dykinson, en el que saltan casi de inmediato a la vista tanto su densidad temática como su envidiable factura literaria. Aparte de un prólogo y una introducción escritos por el propio autor, el libro contiene tres partes temáticas y un añadido especial («coda», la llama él) que confiere al entero trabajo un regusto autobiográfico, de «memorias» y casi de testamento literario. Cosa en verdad poco creíble, dado el talante más bien prolífico del autor y la sensación general de que, si las circunstancias no cambian mucho, su pluma podría seguir funcionando ininterrumpidamente. Esa «coda» es una referencia particular a tres personas que han resultado ser claves en su vida académica, en calidad de maestro, colega y discípulo.
Mientras que el prólogo se dedica solo a una presentación sumaria del porqué del libro y del contenido de sus capítulos, la introducción acomete ya la tarea de dibujar con trazo firme cuál va a ser su principal hilo conductor: el abrir paso, mediante la educación, a que toda persona tenga la oportunidad de acceder a lo que el autor llama una «vida digna, examinada y lograda», y no meramente la adquisición de unos conocimientos, de unas destrezas útiles para ganarse el pan (el suyo y el de sus hijos), y ni siquiera de una ciudadanía responsable y útil. Sin quitar importancia a estos cometidos, una fijación excesiva o desenfocada en alguno de ellos, incluso en todos, puede acabar por convertir los esfuerzos educativos de nuestro tiempo, que los ha habido y los hay, en hazaña improductiva, causante de insatisfacción, social y personalmente estéril. Los buenos deseos expresados en el artículo 26.3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, al incluir la educación como uno de esos derechos fundamentales, se han topado demasiado frecuentemente con interpretaciones defectuosas, reduccionistas del propio concepto de educación y de su finalidad última.
Componen las tres partes una especie de miscelánea temática. En cuanto a las tres partes temáticas propiamente dichas, las dos primeras vienen referidas a la educación en general y a la acción del profesorado en la misma, mientras que la tercera se centra en la universidad. No hay en ellas una secuenciación deductiva o lógica de los capítulos que las conforman, sino más bien la exposición de determinados temas libremente elegidos. En realidad, componen las tres partes una especie de miscelánea temática, como si se tratara de estudios o artículos separados cuyo nexo de unión no es otro que la voluntad del autor y el enfoque humanístico que le caracteriza. Lo que no resta un ápice ni al atractivo ni a la consistencia del libro en su conjunto. Dadas las limitaciones de espacio con las que cuento, voy a destacar en las líneas que siguen solo algunos puntos entre los que me han llamado más particularmente la atención, pero advirtiendo al lector que la riqueza de contenidos merece no solo la lectura del entero volumen, sino una lectura atenta, detenida, crítica e incluso escéptica en algunas ocasiones. De la primera parte, la más extensa en lo que al número de páginas se refiere, empezaré por manifestar mi desacuerdo con el título elegido para ella. En general, el autor ha optado por encabezar los capítulos que incluyen las tres partes con titulaciones sugerentes, expresivas del particular contenido, incluso chocantes en algunos casos. Pero no ha hecho así con los títulos de las tres partes, salvo quizá de la segunda. La primera la ha llamado «El marco básico del quehacer educativo». Uno se esperaría que en este marco básico viniera incluido, por ejemplo, el marco familiar, clave demostrada de lo que sin duda constituye el más contundente escenario de la eficacia o del fracaso de la educación (incluyendo los propios aprendizajes escolares) y al que el autor alude poco y de pasada.
Comprendo que, de acuerdo a sus deseos, el autor se encamine en directo a contornear el importante quehacer del profesorado y sus relaciones con los estudiantes, además de otros aspectos relacionales. Pero, entonces, el título de toda esta primera parte quizá debiera ser otro.
En cualquier caso, los capítulos que la componen suponen todos ellos un fuerte aldabonazo a la conciencia de los profesores-educadores, comenzando ya por el primero, en el que se replantea bajo atractivo y pertinente título (esta vez sí) el eterno problema de si la educación consiste más en alimentar (educare) que en extraer (educere). De particular interés es, al día de hoy, la pregunta que hace en el capítulo 3, y que de ninguna manera deja en el aire, sobre lo que se considera y sobre lo que debe ser la excelencia en educación, saliendo al paso de eso que algunos organismos internacionales y políticas educativas dogmatizan con harta simplificación: que la cosa estriba en alcanzar altos niveles de rendimiento en determinadas materias escolares y en determinados tests. «Igualar excelencia a resultados académicos es empobrecer grandemente al ser humano», afirma sin ambages en la página 84; y lo demuestra.
Me resulta difícil seleccionar en pocas palabras los temas y planteamientos que me ha suscitado la lectura de la segunda parte del libro. Pero encarecería al lector de modo especial que preste particular atención a los capítulos 7 y 8, y en especial a sus alusiones a los «políticos fáusticos» y a las previsibles falacias que podrían albergar determinados «pactos educativos» en materia de legislación escolar. Algo parecido me ocurre con la tercera parte, dedicada a la universidad y no especialmente a sus «metas» (vuelvo a estar en relativo desacuerdo con el título). He disfrutado particularmente con las reflexiones que el autor hace sobre el «pensamiento crítico», tan peligrosamente aherrojado hoy por la political correctness.
Debo acabar, porque no se me concede más espacio. Permítaseme recordar que el entero volumen es una prueba clara de la profunda preparación cultural de su autor y, a la vez, de su ágil y entretenida pluma. El lector, cualquier lector, podrá quizá mostrarse distante e incluso soliviantarse con algunos enfoques o consideraciones, pero garantizo que no se aburrirá en absoluto.
Hay determinadas cosas a las que uno llega tarde en la vida. Me sucedió con Mozart. Durante muchos años no supe encontrarle el gusto. La música de Mozart carece de los abismos trágicos de Beethoven, de la complejidad estructural de Bruckner o del fulgor metafísico de un Bach. En casa, después de un día de trabajo prefería refugiarme en Wagner –su Tristán, por ejemplo– antes que en La Flauta Mágica, escuchar el Otelo verdiano antes que Don Giovanni. Más tarde, el paso del tiempo me puso en mi lugar y Mozart recuperó su centralidad. Supongo que, en alguna ocasión, nos ha ocurrido a todos lo mismo y uno aprende a desconfiar de su propio juicio crítico. Algo semejante me sucedió con Jane Austen. Su aparente simplicidad me enojaba, los dramas se me hacían aburridos y me resultaba imposible interesarme en su línea argumental. Entre las hermanas Brontë y Austen, escogía a las primeras. De hecho, hubiera elegido casi a cualquier otro escritor antes que a Jane Austen. Ahora sé que me equivocaba y que no podría imaginar mi vida de lector sin ella.
El milagro de Austen es la ausencia absoluta de artificio. Como señala el crítico norteamericano William Deresiewicz en su fundamental A Jane Austen education: “Al eliminar de sus novelas todas aquellas circunstancias extraordinarias que llaman nuestra atención, la autora reclama que nos centremos en aquello que habitualmente dejamos de lado en la narración: nuestro día a día”.
El milagro de Austin es la ausencia absoluta de artificio
La idea puede parecer revolucionaria –y tal vez lo fue en la Inglaterra romántica de finales del XVIII y principios del XIX-, pero mantiene toda su originalidad: cualquier vida –incluso la más monótona– merece ser contada. No somos pobres en historias memorables – como alertaba el filósofo alemán Walter Benjamin–, sino que simplemente no sabemos sorprendernos ante la milagrosa sustancia de la cotidianidad. Adentrándose en las grandes novelas austenianas –Emma, Orgullo y Prejuicio, Mansfield Park-, el lector recorre la humilde geografía de cualquier relación humana: el amor, la amistad, el afán de aprender, la brillantez necesaria del wit, las convenciones sociales; la dificultad, en definitiva, de madurar como personas.
Hasta donde hemos podido averiguar, no existen registros en España de ninguna puesta en escena de El rufián dichoso de Miguel de Cervantes previa a la actual de Fundación Siglo de Oro. Los motivos, de cuya referencia no existe registro alguno, se pierden en el tiempo, pero no cuesta intuir el porqué. La pieza se enmarca dentro del género conocido como comedia de santos, obras en las que se retrataba la vida de un santo desde el abandono de una vida más o menos disoluta, en algunos casos criminal —la función que nos ocupa, sin ir más lejos—, hasta la consecución de la santidad. Sin entrar a otras valoraciones, es obvio que este tipo de estructura dramática, aun sin desbastar, funciona. El protagonista empieza en un lugar y acaba en otro bien distinto, un devenir dramático de libro que bien puede sostener la historia y el interés del público sin mayor problema. Sin embargo, y en lo que a El rufián dichoso concierne, sí se nos presentaron algunas dificultades que, en última instancia, dieron forma a nuestra propuesta de versión.
Cabe imaginar que si alguna compañía a lo largo de los siglos valoró poner en pie esta obra, se encontró con los mismos escollos que nosotros. Evidentemente, la calidad literaria de un texto cervantino queda fuera de cualquier duda, pero, y no deja de ser mi opinión, el núcleo a desbrozar para empezar a trabajar quizá se halle en la famosa frustración que sentía Cervantes ante la fría acogida de su teatro. Bien es sabido que las compañías de la época no le compraban sus obras porque, a juicio de estas, carecían de acción. Aportaban las obras contundentemente un inestimable valor reflexivo, por supuesto, pero este chocaba de frente con la eléctrica actividad, para desgracia de Cervantes, de las piezas de Lope de Vega. En 1615, un año antes de fallecer, Cervantes admite su malogro teatral en el prólogo de Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados. No sin resignación, en este escrito, se hace testigo a su pesar de que los gustos del público han cambiado. Es justo en esa edición recopilatoria donde encontramos El rufián dichoso, particular pieza: es la única del autor que puede definirse como una de aquellas comedias de santos que antes definimos. Imagino que esta peculiaridad se debió en gran parte a la búsqueda del favor del público por parte de Cervantes, si este tipo de propuestas tenían predicamento entre la audiencia teatral, como así parece, lógico es pensar que alguien que buscaba sin descanso su calor, tratara de darles lo que pedían. Pero este favor parece que no tuvo progreso y de ahí podemos colegir que no se haya extendido más en el género.
La calidad literaria de un texto cervantino queda fuera de cualquier duda
Bueno, digamos que la ausencia de representaciones a través de los siglos de esta función, como poco, señalaba un problema. Aun así, nadie puede negar la originalidad que, una vez más, despliega Miguel de Cervantes en la construcción de su historia. A saber: una comedia de capa y espada se transforma en un retrato intimista de un hombre que lucha contra su pasado sirviéndose de su denuedo por salvar el alma de una mujer. Francamente, jamás he visto un argumento ni lejanamente parecido en otra obra del Siglo de Oro o, ya puestos, en la literatura universal. Ilumina rincones nuevos, propone elipsis aparentemente imposibles y que solo Cervantes es capaz de llevar a buen fin. Pero si esto es así, ¿cuál es la razón de que se haya puesto tan poco sobre un escenario?, y más allá, ¿dónde encontramos la mayor dificultad para trasladar la forma dramática que propone Cervantes en El rufián dichoso a un público del siglo XXI? Sin temor a equivocarme lo afirmo: en el acto I.
Cuando empezamos a improvisar con actores estas primeras escenas, algo evidente saltó a la vista: el autor proponía situaciones de las que inmediatamente renegaba. Ejemplo (hay otros más, pero este es revelador): el alguacil —némesis del héroe Cristóbal de Lugo— secuestra y azota a uno de los amigos de Cristóbal, nuestro rufián, Cristóbal se presenta en el lugar y… todo se resuelve con buenas palabras. Es decir, dibuja una olla a presión, inmejorable situación dramática, y la deja escapar con formas y decoro. Los motivos para que el Cervantes dramaturgo haya hecho esto pueden ser varios, leyendo al respecto deduzco que tuvo que ver posiblemente con un encontronazo con la Santa Inquisición. No se sabe con certeza, pero no hubiera sido extraño que así fuera puesto que hubo fehacientes enfrentamientos entre el escritor y tal institución. Ninguno de ellos revistió gravedad alguna, pero sí fueron notorias en España y Portugal las desavenencias a cuenta de determinados pasajes del Quijote. Intuyo que Cervantes esquivó problemas ante la posibilidad real como dramaturgo de dotar de impiedad a un futuro santo o a un alguacil inquisitorial. Es decir, si un personaje apunta a obrar mal, se corrige por voluntad propia o por las circunstancias que le rodean. Algo de difícil justificación cuando tenemos que plantear el viaje que va a emprender un rufián. Es decir, para alguien poder convertirse en virtuoso, como narra la obra, primero ha de carecer de esa virtud, y esto es algo que no se encuentra fácilmente en la primera jornada, a excepción de las referencias que hacen terceras personas de las andanzas de Cristóbal. Sin embargo, las acciones de Cristóbal de Lugo, y si seguimos la máxima interpretativa de que un personaje es lo que un personaje hace, son las de un hombre santo casi desde el inicio de la función. Esto devino en el mayor escollo a resolver.
Nadie puede negar la originalidad que, una vez más, despliega Miguel de Cervantes en la construcción de su historia
Por fortuna, cuando uno cuenta con un texto de Miguel de Cervantes la gramática es tan rica, la estructura tan precisa, que el versionador solo tiene que imaginar cómo puede recibir la historia un espectador de hoy en día. Lo demás es ponerse manos a la obra. Y esta ocasión no fue una excepción, costó en un principio detectar el problema, pero una vez averiguado —y este se situaba naturalmente en la jornada primera— las piezas empezaron a encajar. Situamos un vínculo emocional con el espectador a través del personaje de Lagartija, un tahúr de medio pelo de la Sevilla hampesca que, fiel a su amigo hasta el final, nos serviría de ojos prosaicos para descifrar una historia cuyas estrías más afiladas lindan con lo teológico y filosófico. Lagartija nos lleva de la mano a través de la peripecia de su amigo Cristóbal, y es su humanidad, y su, por qué no decirlo, sanchopancismo, los que decodifican las pasiones que laten en los distintos personajes. Podemos entender el viaje de Cristóbal porque nos lo relata humildemente su amigo Lagartija. Asimismo, se apuntaló también la relación paterno-filial entre el mismo Cristóbal y sus padres adoptivos, Tello y María de Sandoval, esta última no aparece en el texto original, pero su presencia nos fue necesaria para dilatar aún más la dicotomía entre un rufián (un delincuente) y el corazón bondadoso que este albergaba para llegar a convertirse en santo. Tello es riguroso, María le otorga la ternura que más tarde ejerce. Le dimos más espacio al enfrentamiento entre el alguacil y Cristóbal, una historia de rencores puros que, finalmente, derivan en el acontecimiento que provoca la huida de Cristóbal y primer paso, paradójico si se quiere, para su santidad. Además de otros detalles que hubo que manejar, claro está, centramos la carga dramática en la peculiarísima escena entre Ana de Treviño y el padre Cruz (antes Cristóbal). La fina cuerda que en la función vibra entre un delincuente y un santo se sitúa sin duda en esta escena: salvar el alma de una mujer supone la salvación, su pérdida supone la condena. Me emociona pensar en esta escena, es de un corte completamente contemporáneo. Esto es tener a Cervantes. Él, el más contemporáneo de todos nosotros.
Supimos desde el principio que hacer una propuesta museística, si se me permite, no hubiera servido en modo alguno ni a la puesta en escena ni al espectador. Tuvimos que asumir riesgos, que no fueron tantos porque nos sostenía un coloso de las letras. Abriendo la historia de nuestro rufián hoy, hemos recuperado un texto inédito de nuestro pasado. Aquí está nuestra propuesta.
Recomiendo fervientemente al lector, tal y como el equipo artístico y el elenco de esta puesta en escena han hecho, informarse, pues claramente lo merecen el autor y su obra, del contexto histórico, creativo y vital del creador, cuando El rufián dichoso fue escrito por Miguel de Cervantes Saavedra.
Esto facilitará una mayor capacidad crítica por su parte, al cabo de la adaptación final y su montaje, y también un mayor espacio en este artículo para que me pueda permitir tratar otras cuestiones que considero más propias de mi labor como director del espectáculo, sin la injerencia en el espacio erudito, para el cual ya existen referentes bibliográficos desarrollados por profesionales mucho más expertos en este campo.
El mayor esfuerzo necesario, o así lo entendemos nosotros, como intérpretes de las propuestas textuales de los autores del Siglo de Oro, se centra en la identificación de aquellos aspectos o «pistas» impresas por el propio autor, ya tengan estas un carácter narrativo, temático, poético o formal, y que, junto a la consideración de los aspectos contextuales del poeta y su época, nos permiten construir los canales de conexión entre estas dramaturgias y el espectador de nuestro tiempo.
En el caso de El rufián dichoso, la primera cuestión que abordamos, al mismo tiempo que desarrollábamos un taller de investigación en el que varios actores, directores y dramaturgos trabajábamos al servicio de la adaptación del texto original, se centró en tratar de entender las razones por las cuales Cervantes había escogido un género como el de las comedias de santos y, al mismo tiempo, había elegido para su obra la singular y extrema personalidad de su protagonista, de cuya muerte solo distaban alrededor de sesenta años cuando la obra fue escrita.
Las comedias de santos eran, cuando Miguel de Cervantes escribió el texto, uno de los géneros más apreciados por el público de su tiempo. Tanto la temática como las posibilidades de representación, en las que se incluían todos los recursos técnicos de la época, abundaban en la espectacularidad de las puestas en escena, aspecto este muy celebrado por la audiencia de los corrales.
Tanto la temática como las posibilidades de representación, en las que se incluían todos los recursos técnicos de la época
No resulta complicado, por tanto, imaginar que el autor, arrastrado por la corriente lopista de la época y en su mayor interés de ser reconocido en el mundo teatral, hiciese su apuesta para entrar en el Parnaso de los corrales madrileños, sirviéndose, no solo de un «tipo» teatral de moda en su tiempo, sino renunciando a aquellas preceptivas aristotélicas en la construcción de los textos teatrales que tan profusamente había defendido en ocasiones anteriores.
En el caso de este aspecto concreto, el autor se permitirá incluir una escena entre la primera y la segunda jornada de la obra justificando a través de dos personajes alegóricos, Comedia y Curiosidad, su cambio de actitud como dramaturgo al cabo de la ruptura necesaria de las unidades de acción, tiempo y lugar, y al servicio de su propio texto.
Tanto nuestra voluntad de respetar esta declaración de intenciones como el importante juego metateatral que propiciaba nos impulsaron a conservar dicha escena, al servicio de la caracterización de dos personajes transversales en nuestra propuesta: Tello de Sandoval y María de Sandoval, su esposa, que, a su vez, en la puesta en escena representan dos formas opuestas pero complementarias de entender el mundo a su alrededor.
Igualmente nos llamó poderosamente la atención la elección por parte del autor, como su personaje protagónico, de Cristóbal o Lugo o Fray Cristóbal de la Cruz, distintos nombres estos con los que es reconocido en la pieza y cuyas referencias biográficas, recogidas en mayor medida en los recopilatorios de la época sobre la vida de los santos, nos hablan en primer término de un «enfant terrible», personaje representativo del hampa sevillana y toledana, con varios requerimientos de distintos alguaciles que cubrían un amplio espectro de delitos incluyendo el hurto, el robo, la asociación con delincuentes y el delito de sangre.
Siendo aún niño y través de la identificación de las muy especiales cualidades intelectuales de Lugo, Tello de Sandoval, inquisidor en Sevilla y Toledo, y tras el acuerdo con el padre natural del mismo, tabernero de profesión, terminaría acogiéndole bajo su auspicio. Será únicamente esta peculiar relación con su protector la que le exonerará de cumplir con la justicia en relación con todos los desmanes cometidos.
No queda igualmente claro en estos relatos biográficos el motivo, ya fuera este ocasional, traumático o una concatenación de diferentes acontecimientos, que impelería a Lugo a trazar un nuevo rumbo en su vida, que le llevaría a ordenarse sacerdote en Toledo y a viajar a Nueva España-México con su protector Tello de Sandoval, en ese momento miembro ya del Consejo de las Indias, donde el rufián moriría, tras una «segunda» vida ejemplar en la Orden de los Dominicos, señalado ya por todo su entorno para su posterior santificación por los diferentes acontecimientos milagrosos o antinaturales acaecidos en relación con su persona.
Este concreto, relacionado con la peculiar vida de este personaje histórico y la elección de Cervantes del mismo, fue sin duda uno de los motores que nos conectaron con las líneas temáticas de la obra, a priori bastante soterradas en el original y, en nuestra libre interpretación de este particular, tratando de encontrar el «para qué» del autor a la hora de escribir este texto, más allá de su necesidad de ganarse un lugar en el panorama teatral de su tiempo.
Consideramos en ese momento y en primer lugar la propia vida del autor, una amalgama de acontecimientos límites en sus diferentes fracasadas tentativas profesionales, artísticas y amorosas, y que en sus dispares y, a veces incluso, disparatadas apuestas, imprimieron en su aspecto exterior e interior un mapa de cicatrices, transformándole, a los ojos de los que le rodeaban, en una suerte de «paria» de cuya categorización le fue imposible huir en vida, convirtiéndose en una de sus mayor aspiraciones y constantes solicitudes a sus pocos valedores, el viaje, con cargo público incluido, a los nuevos territorios de la corona española al otro lado del océano.
Estas circunstancias en la vida del poeta, junto con el entendimiento de la posibilidad que le hubiera otorgado ser reconocido de manera distinta y alejada del prejuicio en un nuevo entorno, a nuestros ojos, le conectaron de manera indisoluble con su protagonista, proyectando en él mismo, o así lo hemos querido entender nosotros, su mayor aspiración de desligarse de un pasado y construir una nueva vida.
Apareció, por tanto, conforme a este razonamiento, el extremo de una cuerda atada a la madeja de una línea temática que ha resultado fundamental en nuestra puesta en escena, y que, bajo nuestro punto de vista, nos conectaba con el espíritu de aquello que determinamos como voluntad primera de Miguel de Cervantes en su interés de contar al espectador algo con esta historia.
Este principio fue refrendado, en cuanto a nuestra forma de entender, cuando aportamos a este axioma otro elemento de consideración basado en el momento histórico en el que el dramaturgo escribió su texto: la Reforma y la Contrarreforma.
Por una parte, ya habíamos denotado que el poeta en su texto había suavizado o rebajado el retrato de Lugo, desconectándolo de la verdad biográfica y haciendo con él una construcción de carácter algo menos violenta al servicio de sus propios intereses narrativos.
Concluimos que al tratarse de una comedia de santos, en el momento histórico anteriormente referido y en su mayor interés de que el texto fuera representado sin encontrarse con algún posible escollo, ya fuera de gusto o de censura posible por las autoridades eclesiásticas, prefirió plantear el camino hacia la santidad de Cristóbal desde un origen algo menos sumergido en el lumpen, punto de partida real desde donde el personaje histórico empezó su camino hacia la redención.
Prefirió plantear el camino hacia la santidad de Cristóbal
Existen, por supuesto, otras líneas temáticas menores que no carecen de relevancia en sí mismas, sino que están supeditadas y al servicio de una transversal mayor y que aparecen tanto en el texto original como en nuestra adaptación: La finitud inherente a la existencia, el planteamiento cortoplacista del ser humano como consecuencia de dicha caducidad, representado, a su vez, por la necesidad inherente de justificar nuestro hollar en este mundo construyendo y apropiándonos del mito, la voluntad de trascendencia, también como forma de respuesta racional al vacío y agonía propios de lo aleatorio y arbitrario del vivir, la fe como respuesta válida para algunos e inválida para otros, son algunos de los subtemas que estructuran y dan cuerpo al corpus principal temático y que a su vez se relaciona con lo anteriormente expuesto relativo al momento histórico: el libre albedrío.
Definimos por tanto y tratamos de plasmar en nuestra adaptación y propuesta escénica aquello que más nos ha inspirado en esta obra y que es la manifiesta posibilidad del ser humano de decidir y construir su manera de relacionarse con su tiempo, con aquello inmerso en el mismo, con todo aquello que le rodea y con su innegable posibilidad de elección al cabo de la huella que decidirá dejar en su tránsito por este mundo y, finalmente, con lo que, según el autor, Miguel de Cervantes Saavedra, terminará de confrontarle en el momento de su muerte: «Quien vive bien, muere bien; quien mal vive, muere mal».