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Paul Auster y la Gran Novela Americana

En La carta robada, uno de sus más célebres relatos, Edgar Allan Poe muestra que lo buscado con mayor anhelo, incluso durante toda una vida, suele encontrarse frente a nuestros ojos, cegados por la cercanía. En consecuencia comenzaré planteando una obviedad.

¿Por qué interesa tanto la Gran Novela Americana a los europeos si narra hechos históricos ocurridos a miles de kilómetros y en una sociedad radicalmente distinta a la nuestra?

Tras décadas de duro trabajo los estadounidenses han colonizado nuestro subconsciente, como afirmó Wim Wenders. No creo en las conspiraciones, pero sí en las dinámicas del mercado. Gracias a sus inercias la apabullante ficción norteamericana define los patrones de nuestro pensamiento narrativo ahora, además, distorsionado y acelerado por sus redes sociales. Podría ser peor porque la narrativa estadounidense es dinámica, divertida y, en ocasiones, profunda, aunque alejada de las tantas veces estériles divagaciones europeas.

La Gran Novela Americana es una inteligente variación de la clásica novela histórica, que en España publican con éxito las dos grandes empresas editoriales. Les diferencian, además de las pretensiones logradas o fracasadas de calidad, un importante matiz: en ambos subgéneros se sitúa a un individuo ficticio en un contexto histórico relevante, pero en la Gran Novela Americana el protagonista observa los acontecimientos y en la novela histórica tradicional participa de manera decisiva en ellos. Hay Grandes Novelas Americanas para todos tipo de públicos, desde el realismo histérico de Submundo (Don DeLillo) a la, en apariencia, tonta y comercial Forrest Gump, cuya adaptación al cine –con magistral guión de Eric Roth- tal vez  constituya la Gran Narración Americana más popular de la historia y la más contundente apología del pensamiento simple.

 

No podemos obviar que las Grandes Novelas Americanas suelen ser excelentes novelas, prescindiendo de calificativos geográficos.

Además, las que llegan hasta nosotros son las supervivientes de una dura criba: han sido escogidas para su traducción y publicación valorando el interés que pueden suscitar en el público europeo. Salvo excepciones contienen la épica de conquista y triunfo que sostiene al sueño americano: la abolición de las clases sociales, el éxito que aguarda a quienes perseveran, sea cual sea su origen. Reflejan, además, la honradez profunda del pueblo estadounidense, incluso el fracaso vital que esa honradez puede conllevar, como ocurre en Pastoral Americana de Philip Roth. Toda Gran Novela Americana, incluso la más crítica, es un homenaje a los valores fundacionales de los Estados Unidos. Lo mismo ocurre en Francia, con aplauso generalizado y, por supuesto, no pasa en España.

El ejemplo más notable de Gran Novela Americana tal vez sea Manhattan Transfer, de John Dos Passos. ¿Implica eso su liderazgo? No me siento capaz de tan temerario juicio pero Manhattan Transfer muestra, desde su mítica primera página, la llegada de los emigrantes a Nueva York, su pelea, su éxito y su fracaso mediante una estructura coral mantenida con envidiable soltura. En la misma línea se halla una de las narraciones más apegadas al canon realista europeo: Ragtime, de E.L. Doctorow, trasladada al cine por el gran Milos Forman. La Gran Novela Americana también puede envejecer mal: un ejemplo es American Psycho, el en tiempos célebre catálogo de atrocidades de Brett Easton Ellis, cuya profunda inmersión en una época que no dejó apenas rastro en la historia invalida, al menos parcialmente, su plena comprensión. No ocurre así con Las uvas de la ira, también localizada en un periodo muy concreto, pero dotada de una empatía y una universalidad absolutas. La Gran Novela Americana bebe del río infinito de la narrativa europea del Siglo XIX, sobre todo de la novela rusa y francesa y, si hubiera que precisar un solo autor, de Victor Hugo, aquel magistral novelista capaz de captar el espíritu de los tiempos y crear personajes tan universales como Jean Valjean.

Una Gran Novela Americana no es equiparable a una gran novela escrita en Estados Unidos. El guardián entre el centeno, por su sutil sostén histórico, no es una Gran Novela Americana, pero sí una obra magistral. Es una narración imprevisible, sujeta a una cronología mucho más acotada y a unas peripecias, por tanto, más restringidas, aunque inmensamente ricas en los matices que configuran al ser humano. Tampoco lo es, por su abstracción y su extrañeza, la que muchos consideran obra cumbre de las letras estadounidenses: Moby Dick. La narrativa faulkneriana -trasposición del modernismo británico al sur de Estados Unidos- se encuentra en un terreno intermedio: se ubica en un territorio imaginario, pero deudor de la tragedia de la guerra de secesión.

Paul Auster no podía despedirse de este mundo sin su contribución al subgénero. Es decir, sin su intento de pasar a la historia con mayúsculas de la narrativa estadounidense. Lo consigue a medias, realizando una autobiografía épica que esquiva la autoficción mediante la creación de un protagonista cercano pero no idéntico a Paul Auster (mejor dicho, a la idea que el autor tiene de sí mismo). Dicho protagonista vive cuatro destinos radicalmente distintos, cuyas diferentes progresiones se entrelazan a lo largo de las páginas, vinculadas por el amor a una misma mujer. Su mayor novedad es la creación de una novela-río posmoderna pero a la vez accesible, que permite al lector teorizar sobre la naturaleza del tiempo sin llegar a los excesos –intragables para profanos- de la mecánica cuántica o los universos paralelos. Contiene la crítica habitual al racismo que, en el fondo, es un homenaje a la libertad de expresión estadounidense. 4321 resulta entretenida para casi cualquier lector y útil, sobre todo, para los escritores: contiene una soberbia lección de artesanía, definida por su capacidad para guiar al lector por un itinerario complicado, casi una jungla, sin que apenas se pierda. No es nada fácil escribir una novela posmoderna para todos los públicos: David Foster Wallace  no lo consiguió con su indigerible Broma Infinita y tal vez sí logró Eugenides con su Middlesex, aunque su posmodernidad solo se asiente en las peculiaridades sexuales del protagonista.

¿Seguirá existiendo la gran novela americana? Sin duda. Su narrativa es cada día más omnipresente, sea mediante la literatura, sea mediante nuevos formatos como las series de televisión de calidad o las redes sociales. A día de hoy no hay rivales en el horizonte.

Por qué importa -más que nunca- la agricultura

La inversión en agricultura y agua es una de las mega tendencias más claras para las próximas décadas. Por el lado de la demanda, el crecimiento demográfico en las próximas cuatro décadas se cifra en cerca de 2.700 millones, unos 70 millones de bocas nuevas bocas que alimentar cada año. A este impulso demográfico se le suma el progreso económico que, en una parte muy importante del planeta (mayormente China e India), está impulsando importantes cambios en la dieta, que añaden una presión añadida sobre la demanda. La FAO estimaba no hace mucho que la producción de alimentos tiene que hacer frente a un incremento del 70% hasta 2050 para dar respuesta a este incremento. Por el lado de la oferta, la agricultura es un sector, pese al constante avance tecnológico, constreñido por las limitaciones físicas del medio, el clima o el acceso al agua. No es por tanto difícil deducir los vientos de cola del sector de los próximos años.

No es por tanto difícil deducir los vientos de cola del sector de los próximos años

Sin embargo, la importancia de la agricultura sobrepasa el balance puramente económico. La economía primaria cubre nuestra necesidad más básica –la producción de alimentos–, pero también cumple una importante función en el ordenamiento y cuidado del territorio, permitiendo una articulación más sana y racional de la población. Además de esta ayuda imprescindible en la ordenación del paisaje que alguno tachará de poética, contar con un entorno rural sólido, articulado y solvente es, sobretodo, una importante reserva moral y de memoria de un país.

Hace tiempo que la literatura ha abandonado el mundo rural como tema. Sergio del Molino hizo no hace mucho una excursión interesante (véase La España vacía), aunque para el género al que me quiero referir aquí hemos de poner la vista atrás hasta el maestro Josep Pla cuando nos legó maravillas como El pagès i el seu món o El carrer Estret. En esta obra, Pla, reflexiona sobre qué significa ser agricultor, cómo se articula la vida en el campo, su moral y sus virtudes. Unas virtudes que tiene un enorme valor para el conjunto de un país aunque esto no siempre sea visible. Javier Gomá se preguntaba no hace mucho sobre quién es, en nuestro mundo cortoplacista de hoy, el encargado de pensar en el largo y muy largo plazo. Parte de esta respuesta la encontramos en la burguesía rural.

La actividad agrícola está sometida a los imponderables del clima y ligada a la tierra, es decir, imposible de deslocalizar, –los agricultores no pueden votar con los pies, como dice Bryan Caplan–, lo que genera un marco que favorece el pensamiento largo plazo y a la prudencia. Por un lado, como decíamos, porque la economía agrícola está sometido a las inclemencias incontrolables del tiempo; por otro, la empresa agrícola cubre nuestra necesidad más básica, dos elementos que invitan a la prudencia. Por eso el campo, si está bien articulado (es decir, está libre de subvenciones), tiene una actitud sanamente conservadora y constituye una reserva moral y de memorias de incalculable valor para un país. La materia, el mundo físico, la paciencia, la constancia con el paso del tiempo, o el esfuerzo son algunas de las virtudes cardinales que se desprenden de la obra planiana y también de otros burgueses rurales ilustres como el propio Tolstoi cuya obra, especialmente Ana Karenina, puede leerse como un sentido homenaje al entorno rural.

La actividad agrícola está sometida a los imponderables del clima y ligada a la tierra

La empresa agrícola está arraigada a la tierra y por extensión a la Historia de un país. Pocos perfiles dentro de la sociedad tienen un skin in the game, en feliz expresión de Taleb, tan claro derivado del propio vínculo del empresario y la tierra. Por eso no es casualidad, por ejemplo, que los empresarios agrícolas sean poco propensos a la deuda, sean pacientes y habitualmente respetuosos con las tradiciones y recelosos de cualquier constructo político con independencia de su color o signo. Muchas veces he reflexionado sobre cuál sería el cáliz de las tertulias radiofónicas de si en vez de estar pobladas por periodistas de causa, politólogos y abogados, hubiese comerciantes, tenderos, empresarios y, sobre todo, empresarios agrícolas.

Mesanza, un poeta necesario

El jurado del Premio Nacional de Poesía, en su edición de 2017, ha atinado al concederle el galardón de este año a Julio Martínez Mesanza por su libro Gloria (Adonáis, 2017), una obra magnífica que devolvió a Mesanza a los anaqueles, más de diez años después de su última entrega poética. Aunque lo cierto es que este premio tiene que leerse, porque así lo merece el poeta y con ese espíritu votó el jurado, como galardón a toda una obra construida con firmeza, lentamente, hermosamente. Además, ha sido un galardón que todos los que tenemos la suerte y el gozo de contar con la amistad y la compañía del poeta, aunque sea por la correspondencia cibernética a la que obligan sus quehaceres laborales, hemos asumido como propio. Porque la poesía de Mesanza, como los grandes descubrimientos, supone para el lector un tesoro que descubre y que, con el egotismo propio, guarda para sí primero, regodeándose en la gracia encontrada en cada endecasílabo; encontrándose en la luminosidad que irradia cada verso, el poeta y el lector en una suerte de comunión que, aunque muchas veces quede sólo en la realidad de las páginas del libro, permanece como una marca indeleble en el espíritu: la señal del gozo.

Y de esa misma señal nace, tan fuertemente como un seísmo, la necesidad repentina, cuando ha sido ya el poema conquistado por el lector, de pregonar el tesoro descubierto a los cuatro vientos.

Por eso, los lectores de Mesanza -que serán miles con el tiempo- son probablemente los más fieles de cuantos hay.

Los que hemos tenido la suerte de traspasar las páginas del libro y encontrarnos con el poeta cara a cara, que somos unos cuantos, nos unimos en la unanimidad del juicio y la sentencia. Un poeta “contenido”, me decía la última vez que nos vimos, con una obra que no alcanza los 300 poemas -¡pero qué poemas! Un hombre discreto, caluroso y acogedor, que no ha distraído su mirada de su propio camino. Su genialidad le hubiera permitido ganar más lectores, más fama, más, en fin, vanidad. Sin embargo, ha optado por hacer camino de sus pasos y construir un mundo, a golpe de endecasílabo, tan particular, tan genial, que no podía pasar, sin vergüenza para muchos, sin entrar en la nómina de los poetas premiados con el Nacional de Poesía.

Una poética

Los reduccionismos y simplezas han hecho que cuaje la idea de que la poesía de Mesanza es una poesía esencialmente belicista. A partir de aquí, hay quienes han hecho piruetas y carambolas para lanzar otros calificativos que, además de demostrarse como absurdos, ponen de manifiesto una realidad: la obra de Mesanza, breve en comparación con la de todos o casi todos los poetas de su generación, es de una intensidad sin igual, plena de símbolos y de imágenes, repleta de sendas y caminos dispuestos para que el lector los recorra en busca de su propia elevación. Una obra, a fin de cuentas, que no admite el soslayo ni el garabateo de unos cuantos adjetivos; que necesita de una lectora profunda y de un lector dispuesto a quitarse los tópicos de un manotazo y quedar epatado.

Que existe un elemento bélico en la imaginería, en las palabras, es evidente. Sin embargo, la guerra en la poesía de Mesanza no es sino el encuentro de una realidad en la que, como en ninguna otra, se muestran desnudamente los más sangrantes vicios y las más altas virtudes del hombre. En un poema magnífico titulado Propósito, el poeta define su poética: “En estas once sílabas, el odio/en estas once, la mayor tristeza/y en éstas, la alegría de los hombres, /pero jamás la silenciosa nada”. Odio, tristeza, la mayor de las alegrías… ¡el hombre!

Pero nunca “la silenciosa nada”. El verso final desvela uno de los trazos que conforma el perfil de Mesanza. En la modernidad, o en parte de ella al menos, late una desconfianza cerval por el lenguaje, convirtiendo el hacer del poeta, en un hacer de artesanía que, en el fondo, desaparece cuando decae en una reflexión sobre la propia poesía que no conduce a nada. Pero Mesanza representa a la perfección a esa parte de la poesía contemporánea que, lejos de desconfiar de las palabras, asume el arte poético con toda su significación, con todo lo que de revelación tiene. Y las palabras, como puente, como pedazos de realidad que enseñan el mundo, lo muestran en su más honda verdad.

Se dice también que Mesanza es un poeta historicista; o sea, un poeta de la historia. Pero no. La Historia no es el tema de sus poemas. Lo es, como se ha dicho, el hombre. Porque Mesanza escribe sobre el ser humano. Y en esa intención, le asiste la historia de muy diversas formas -su privilegiada cultura se lo permite. Le asiste como fuente de reflexiones morales, como mimbres estéticos con los que elaborar los decorados de sus composiciones.

Y por historicista, se le llama épico. Y aunque es evidente que la de Mesanza no es una poesía épica, tal y como ésta se define, sí tiene un indudable aliento épico. No por las espadas, no por los caballos, tampoco por las altas torres. Lo tiene por los valores y las reflexiones morales que en toda épica -especialmente en la cristiana- desfilan. También épica e historicista se considera la poesía de Mesanza, en evidente confusión de términos, por el peso que el ritualismo, como epónimo de la tradición, tiene en sus composiciones.

Hasta aquí, el lector que quizá podría estar tentando -¡dulcísima tentación!- de tomar un libro de Mesanza, quizá se haya desalentado. Historia, épica, ritual, valores, reflexión moral… ¡Qué complicado parece todo! Pero no. Ahí está la más maravillosa de las magias que despliega Mesanza; que todo esto en verdad no es más que materia para especialistas y demás alucinados que dedican sus horas al estudio casi íntimo de la poesía. Para el lector corriente, que es el lector mejor, la poesía de Mesanza es una poesía amenísima, divertida, con la que ser feliz. Porque, cuando Mesanza quiere decir caballo, dice caballo. ¡Pero nunca hubiera uno imaginado que caballo pudiera significar tanto!

El camino hasta la ‘gloria’

Nuestro poeta es fundamentalmente conocido por su obra Europa, que ha visto diversas ampliaciones con los años. Porque Europa no es un libro, tampoco es un proyecto literario al uso y en ningún caso es un proyecto historicista. Europa es una idea que Mesanza ha ido tejiendo con los años; un encuentro sentimental e intelectual con esa Europa que se levanta sobre una tradición y una cultura común y que perfectamente podría ser propuesto hoy, con las encrucijadas en las que se encuentra el continente, como ideal al que tender.

A esta obra, pero íntimamente ligada a Europa -un eslabón más de esa idea-  le siguió Las Trincheras, un poemario trazado por la desesperanza, con repentinos y deliciosos rompimientos de gloria, en medio de la Primera Guerra Mundial. Vino después Entre el muro y el foso, un libro especialísimo por lo que supone con respecto a lo que anteriormente había publicado. Porque en él encontramos al poeta mostrándose, al poeta que, por momentos renuncia a su identidad de aedo, y se nos presenta a veces descarnado, otras veces esperanzado. Además, se incluyen en esta obra los pocos poemas de amor que el autor ha publicado, ofreciendo al lector un tono lírico que era nuevo hasta entonces.

Entre tanto, entre libro y libro, salió publicado en una edición difícil hoy de encontrar, un pequeño cuadernillo de poemas titulado Fragmentos de Europa. Un tomito extraño dentro de la obra del poeta, de composiciones en su mayoría breves, pero de un fortísimo sentido, capaces en muy pocos versos, de levantar al lector de su asiento y que dotan de firmeza a esa máxima tan mensanciana: el poeta es un solipsista.

Y finalmente, con antologías de por medio –Soy en mayo, de Renacimiento, es un magnífico comienzo para quien quiera acercarse a la obra mesanciana-, llegamos a Gloria, el libro por el que ha sido premiado y que ha publicado la célebre colección Adonáis.

Gloria, que es de verdad una gloria. El libro era un título deseadísimo para todos los lectores de Mesanza. Más aún para quienes tuvimos la oportunidad de recibir, so gracia del autor, algunos de los poemas que lo compondrían, antes de que el libro fuera terminado.

Los más de treinta poemas que lo componen suponen un puntal -otro más- sobre el que sostener la poderosísima obra de Mesanza, su originalidad, su coherencia. Se concitan en ella tonos diversos -intimidad, reflexión…- que logran una delicia polifónica; una variedad de tonos que conforman una voz tan propia, tan personal, que resulta inconfundible. Porque con Gloria sucede lo mismo que con las obras anteriores: no hace falta volver la vista a las tapas del libro para saber que es de Mesanza.

Atraviesa el poemario una tensión sostenida a la que asisten repentinos relajos, repentinas treguas. Si como consideraba Santayana con las filosofías, los libros de poemas tienen cada uno su olor, el de Gloría sería a castillo redivivo por el verde musgo, que deja de ser signo de abandono para ser pendón de nueva vida.

La obra está dividida en cinco apartados, que se sustentan, como es habitual en Mesanza, en el endecasílabo blanco y que van desvelando poco a poco la dimensión real del poeta y ayudan al lector a redescubrir Europa, porque Gloria, lejos de renunciar, va más allá de Europa (lectura obligada es el poema Jan Sobieski).

Además, está trufado el libro de poemas de referencias bíblicas. Nunca ha ocultado Mesanza que la Biblia es una de sus influencias más profundas. Pero nunca como en Gloria esa relación ha aparecido de manera tan plena. No hay ansiedad referencial, ni búsqueda desesperada de una imagen, sino un hacer suyo. Porque le sucede a Mesanza lo que escribió Nicolás de Cusa en De Docta Ignorantia.

Para el Cusano, el cuerpo, al recibir alimento lo convierte en sí mismo, mientras que el alma, al alimentarse de lo que le es apetecible -la Verdad y el Bien-, se convierte, precisamente, en Verdad y Bien. A Mesanza le sucede otro tanto; el espíritu del poeta se alimenta de la Biblia, tiende a ella, se convierte en ella y desde ella, traza su poema. Al respecto, basta con leer el poema Jueces, 4,8, un poema en el que, el autor ha hecho suyo el pasaje veterotestamentario en el que Yahvé, por mediación de la profetisa Débora, llama a Barac para que se ponga al frente del ejército judío en la batalla contra Canaán.

Además, en Gloria persisten -laus Deo- los elementos más significativos del estilo de Mesanza -referencias castrenses, por ejemplo- pero lo hace bajo un aire nuevo, un aire de intimidad y sentimentalidad que, si bien quedó ya apuntado en obras anteriores, estalla, rompiéndose gozosamente, en estas páginas. Una intimidad que en buena medida el poeta logra a través de la fe y la relación con Dios, de los poemas en los que se dirige directamente a Él, lamentándose a veces, otras conversando sencillamente.

Revisando la historia de las derechas españolas

El profesor González Cuevas es un transgresor. El propio hecho de que haya dedicado a la derecha autoritaria una parte importante de su labor investigadora desde que publicase el ya clásico Acción Española. Teología política y nacionalismo autoritario en España 1931-1936 hace de él una rara avis en un panorama historiográfico que, por lo general, trata con desdén a las diferentes culturas disidentes de la hegemónica progresista.

Estos, sin duda, provocadores Estudios revisionistas sobre las derechas españolas (Universidad de Salamanca, 2016) complementan su Historia de las derechas, primero tratando de enmarcar el debate sobre su interpretación dentro del paradigma de una serie de autores como Furet, De Felice, Mosse o Nolte para, a continuación, recorrer el siglo XX a través de una serie de cuestiones –la aristocracia en la crisis de la restauración, el integralismo lusitano, la figura de César Silió, la influencia de las religiones políticas en la década de los 30, dos proyectos culturales de la década de los 60: Punta Europa y Atlántida y, por último, la influencia de Raymond Aron en España-. Son diferentes ensayos pero muy bien entrelazados que le permiten al autor abordar o actualizar algunos elementos de su Historia de las derechas que o bien no había tratado o lo hizo de forma esquemática. Al mismo tiempo que hace un recorrido intelectual por el siglo XX, el autor no evita criticar la “escasa calidad de la vida cultural española” y la trivialización del “debate intelectual e historiográfico”. Quizás estas valoraciones se centran en exceso en la parte más mediática y menos interesante de la batalla por la memoria ya que él mismo señala que:

“nadie en su sano juicio puede negar que la historiografía española haya experimentado cambios cualitativos”

En los diferentes trabajos queda reflejado la importancia de la impronta “católica” en las distintas iniciativas que estudia, como en el caso de Acción Nobiliaria con su lema “religión, familia, patria y sociedad” y su consideración de España como “nación católica”, César Silió y su defensa de la “verdad católica” como elemento clave de la “unidad nacional” o la escasa penetración del fascismo como consecuencia de “la falta de tradición” de una ideología “nacionalista y laica”, llevando a que Primo de Rivera “a diferencia de Ledesma Ramos” nunca pretendiera emanciparse de la “tradición católica”.

Quizás, al autor le ha faltado mostrar el contraste de estas propuestas exclusivistas con otras provenientes también de personalidades y grupos católicos que sí aceptaban el pluralismo y que irrumpían con fuerza en esa época. Maritain, por poner un ejemplo significativo, aunque no fue el único. Creo que el contraste le hubiera permitido matizar la consideración de Fernández de la Mora como “modernización conservadora” ya que su propuesta era igualmente exclusivista que las anteriores aunque pretendiera basarla en los “saberes científicos característicos de la nueva sociedad industrial”, como si la política se redujese a técnica y administración o las decisiones del político estuvieran tan condicionadas por la naturaleza de las cosas como la ley de la gravedad. La aceptación del pluralismo es precisamente lo que, no sin debates y tensiones, finalmente asumió el Vaticano II con la Declaración Dignitatis humanae de libertad religiosa.

El “negacionismo” del pluralismo es lo que ancla a Fernández de la Mora con el resto de “tradicionalistas” aunque él hubiera intentado camuflar su interpretación única de la realidad con el manto de la nueva ciencia. Dentro de este cuadro, González Cuevas, quizás de una forma poco matizada, afirma que “la desaparición de las revistas Atlántida y Punta Europa dejó a la derecha intelectual sin órganos de expresión”, cuando lo que se vislumbra más bien es el fracaso intelectual y político de la cultura tradicionalista. Precisamente la aceptación del pluralismo es lo que permitió impulsar desde un nuevo espacio, el centro, la más exitosa iniciativa política del siglo XX, la transición.

En el último capítulo, dedicado a Raymond Aron, es también una propuesta de asumir al intelectual francés como referente frente a los viejos liberales de origen austriaco. En definitiva, estos Estudios revisionistas son una provocación inteligente que incitan al debate y no agotan la cuestión. Esto último es algo que en absoluto pretende el autor.

 

Escobar: «No hay apatía ciudadana sino exigencias nuevas de participación»

Se habla de apatía pública, de apatía ciudadana, «pero creo que es una lectura equivocada. Lo que ocurre es que la gente no está dispuesta a participar como se participaba antes en las instituciones tradicionales y a través de mecanismos tradicionales”. Sin embargo interviene más que nunca por otros medios, sostiene el profesor Oliver Escobar (Universidad de Edimburgo) en esta conversación con NR.

UNIR ha firmado hoy un convenio de colaboración con GIGAPP (Grupo de Investigación en Gobierno, Administración y Políticas Públicas). Según Manuel Herrera, director Académico de Relaciones Internacionales de UNIR, “este acuerdo se enmarca dentro de la política de internacionalización de UNIR”. Herrera subraya que GIGAPP es “un grupo de investigación de primer nivel compuesto por profesionales latinoamericanos repartidos por quince países y que actualmente tiene en marcha más de medio centenar de proyectos de investigación en el área de ciencias políticas y sociales”.

La firma del convenio ha coincidido con el VIII Congreso Internacional en Gobierno, Administración y Políticas Públicas, organizado por GIGAPP. Uno de los ponentes, invitado por UNIR, ha sido Oliver Escobar, profesor de Política Pública en la Universidad de Edimburgo.

Escobar ha mantenido esta mañana con NR esta conversación en la sede del congreso, Medialab Prado, en Madrid.

¿En qué consiste su contribución a este VIII Congreso Internacional en Gobierno, Administración y Políticas Públicas sobre Gobernando el futuro: Iberoamérica en la encrucijada?

Básicamente comparto algunas de las experiencias vividas en Escocia, donde estamos en un momento histórico, fundamental. Nuestro trabajo es un trabajo de investigación para apoyar la reforma de la administración pública por medio de la participación ciudadana.

Usted enseña Política Pública en la Universidad de Edimburgo. ¿Qué es lo que más le llama la atención de esta institución si la compara con las universidades españolas?

Allí se valora mucho la investigación y la investigación aplicada. Se nos motiva para que pasemos tiempo con la administración, en la calle, en los ministerios, tratando de hacer una ciencia política que esté muy cerca de la acción.

Usted es codirector de What Works Scotland. ¿En qué consiste ese programa de investigación? ¿Cuáles son los logros más importantes que han conseguido?

Es un proyecto de investigación financiado por el Reino Unido y por el Gobierno escocés para presentar evidencias que impulsen la reforma de las administraciones públicas. Usamos la evidencia y la investigación para informar sobre el trabajo de los agentes públicos. Impulsamos un cambio de cultura pública. Proponemos un modelo más participativo y deliberativo y el desarrollo de innovaciones metodológicas para ver cómo podemos ayudar con resultados de investigación a quienes tienen que aplicar estos resultados de investigación.

Usted enseña democracia participativa. ¿Por qué en general es tan poco participativa la sociedad?

Se habla de apatía pública, de apatía ciudadana, pero creo que es una lectura equivocada. Lo que ocurre es que la gente no está dispuesta a participar como se participaba antes en las instituciones tradicionales y a través de mecanismos tradicionales. Sin embargo interviene más que nunca por otros medios: nacen empresas sociales, hay compromiso con una causa, se implica en jurados populares, en presupuestos participativos, etc. Hay un mundo nuevo de lo político: se puede hablar más de auge que de decaimiento.

Sintéticamente, ¿qué mejoraría el diálogo público y la deliberación?

Este es uno de los asuntos que hemos estado investigando. Nos hemos dado cuenta de que cambiar estructuras es relativamente fácil; lo difícil es cambiar mentalidades. Y eso se aplica a todo: a quienes trabajan en el sector público, al mundo académico (hay que salir del despacho para ir a los espacios de acción y luego ayudar a reflexionar) y a la ciudadanía. Los ciudadanos se pueden ver a sí mismos a veces solo como protestones y quejumbrosos.  Y nosotros aspiramos a un concepto de ciudadanía activa: que sea productiva, que se centre en solucionar problemas, que sea menos reactiva y más proactiva, más constructiva.

¿En qué consiste su trabajo en Smart Urban Intermediaries?

Estamos tratando de entender qué tipo de acción social a nivel local, en barrios, particularmente en barrios con profundas desigualdades sociales, tienen que desarrollar los agentes sociales, publicos y privados, para conseguir cambios efectivos.

El mundo de la discapacidad tiene múltiples facetas. ¿Qué ha descubierto usted en DRILL? 

DRILL es un proyecto muy interesante y el más grande del mundo en su género: cinco millones de libras de presupuesto. Es un proyecto dirigido y desarrollado por minusválidos de todo tipo. Lo que he aprendido es que hay una energía y unas ganas tremendas en el mundo de la discapacidad para desarrollar nuevos modelos de acción. Estamos todavía en medio del proceso pero la energía está ahí. Los proyectos que financiamos son todos muy prácticos y muy críticos: centrados en buscar soluciones que puedan ayudar de verdad a la gente con discapacidad.

¿Qué consejos daría usted a un universitario de su disciplina de estudio?

Que salga a otros países para impulsarse intelectualmente, para motivarse intelectualmente. Que se exponga a otras perspectivas y a otras maneras trabajar. Y le recordaría que la ciencia política debe ser práctica: para mejorar la forma en que nos gobernamos y mejorar la calidad de vida de las personas.

¿Por qué leer a Arturo Barea?

A mediados de diciembre, en la sede madrileña del Instituto Cervantes, podrá visitarse una pequeña exposición, esencialmente bibliográfica, en la que, al mostrarse prácticamente todas las ediciones de todos los libros que escribió Arturo Barea, pretende hacerse un repaso a su trayectoria vital (muy especialmente a partir de 1939) y un balance cabal de su obra literaria. Comisariada por William Chislett (uno de los más activos “bareístas”, quien, entre otras iniciativas, promovió la restauración de la lápida del escritor en Inglaterra o logró que se le dedicase una plaza en un barrio tan decisivo para el extremeño como Lavapiés), en esa muestra podrá leerse también algún documento inédito, alguna carta, o contemplar la que fuera su máquina de escribir, pero con toda premeditación se incidirá en sus libros, porque son ellos los que hacen al escritor, casi con tanta verdad y de un modo tan literal como el escritor los hace a ellos.

Al escuchar el nombre de Arturo Barea (Badajoz, 1897 – Faringdon, 1957), todo el mundo piensa automáticamente en La forja de un rebelde, y eso es así, creo, incluso entre aquellos que no han leído esa trilogía, que no sólo es la particular obra maestra de este escritor tardío (debutó con un pequeño artículo en El Sol el 23 de mayo de 1937, pocas semanas antes de cumplir cuarenta años), sino una verdadera obra maestra de la narrativa y de la literatura de inspiración personal y memorialística, un texto hermoso, sabio e inteligente como pocos de los que ofrece la narrativa española del siglo pasado.

Pero al margen de ese magnífico libro, cada vez menos secreto, cada vez más leído y reivindicado (y que por supuesto protagonizará la exposición, con decenas de ediciones y las traducciones al griego o al danés –en Dinamarca ese libro gusta tanto que lo tienen por una de las principales obras de la literatura española de cualquier tiempo, y llegó a haber un pequeño movimiento para que se le concediera a Barea el premio Nobel…–), Barea fue el autor de algunos otros títulos estupendos que han quedado más arrinconados, desde los cuentos sobre la Guerra Civil de Valor y miedo (su ópera prima, y el único libro que publicó en su vida en España, en 1938) hasta La raíz rota, su única novela en estricto sentido…, y desde sus alocuciones para la BBC hasta los impecables ensayos que por encargo escribió sobre Unamuno y Lorca, dos libros llenos de lucidez y páginas perfectas que, como casi toda la obra de Barea, vieron la luz primero en inglés y después conocieron ediciones argentinas (Lorca, el poeta y su pueblo vio la luz en Losada en 1956, y Unamuno, retraducido al español por Emir Rodríguez Monegal, lo hizo en las prensas de Sur en 1959), pero que, increíblemente, siguen a la espera de merecer sus primeras ediciones española…

Lo cierto es que la travesía editorial de Barea es bastante frustrante por injusta, por desproporcionadamente reducida. Cuando en 1977 la editorial madrileña Turner distribuyó por las librerías la primera edición española de La forja de un rebelde, subsanándose así un explicable pero a la vez disparatado despropósito histórico, en la contracubierta de “La Forja”, el primer volumen, no sólo se daba a Barea por madrileño (error que se repite en demasiadas solapas de sus libros) sino que se citaban otros títulos suyos, como “Unamuno y Lorca” o “El poeta y su pueblo”… El desconocimiento profundo de la obra de Barea alcanzaba, pues, incluso a aquellos que pretendían desactivarlo y resolverlo.

Felizmente, la tremenda fuerza y la desesperada calidad de La forja de un rebelde han destruido naturalmente cualquier posibilidad de que ese silencio se mantuviese, y es ya un libro canónico que disfruta cierta popularidad (a lo cual algo contribuyó la adaptación para televisión de Mario Camus), pero quien se asome a los otros títulos va a encontrar premios igualmente extraordinarios en forma de literatura sobresaliente. Algunos cuentos, como el breve y desgarrador “Proeza”, de Valor y miedo, o el propiamente titulado “El centro de la pista” (que dio título a todo un volumen de relatos que pudo publicarse en España en 1960, fallecido ya su autor) merecerían ser reproducidos continuamente, así como algunos de los pasajes y las conversaciones de La raíz rota (en 2009 el sello madrileño Salto de Página se responsabilizó de la primera edición española de esta novela, en edición de Nigel Towson, otro “bareísta” infatigable):

Déjeme que se lo explique brevemente: yo me marché de España, como hicieron miles como yo, para salvar el pellejo. Todos, todos nos llevamos con nosotros la memoria de todo lo que queríamos, no sólo la mujer, los padres o los hijos sino todo lo que había sido nuestra vida hasta entonces: Madrid y sus calles, el aire y el sol… Creo que me entiende. Hemos vivido en países extranjeros por diez años, siempre recordando y siempre enalteciendo nuestros recuerdos. Yo no tengo idea de cómo los otros encontrarían la realidad si volvieran mañana, yo sé solamente lo que la realidad me está mostrando: soy extranjero en un país extranjero. Estoy más solo aquí que nunca.

Pero, así como el ensayo sobre Unamuno puede sonar ya algo desganado, un encargo que cumplió sin demasiada energía, su monografía sobre Lorca es realmente excepcional, un opúsculo formidable, y es estrictamente incomprensible que no haya circulado entre nosotros. Al fin y al cabo, aunque sólo fuera por echarle un poco de romanticismo al asunto, estamos hablando de un libro en el que quien es, al cabo, uno de los principales escritores del exilio republicano de 1939, escribe sobre quien sin ninguna duda es el más importante de los asesinados en 1936.

Pero es que en el libro es de observar con qué sencillez admirable Barea explica a los ingleses (los que iban a ser los lectores primeros de la obra) qué es la Guardia Civil, y por qué los gitanos la temían tanto en tiempos del Romancero lorquiano…, o su interpretación del “Romance sonámbulo”, o su lectura de Poeta en Nueva York (“Había huido de España porque su obra amenazaba devorar su personalidad. Ahora, en su exilio voluntario, a pesar de su fascinación y del cariño que salió a recibirle y que él recibió con ansia, se veía él mismo como una partícula sin forma en una masa informe, sus armas tan inadecuadas como sería la lanza de don Quijote en una batalla de tanques”), para acabar entendiendo que “cuando se llega a la esencia de su arte, el análisis se queda corto.

Fondo y forma en Lucia Berlin

Algo bulle, hormiguea, hierve y ruge en todas las historias de Lucia Berlin. Ese algo es la vida, su propia vida: una carrera de obstáculos a lo largo de siete décadas, un desasosiego que no cesa, que hincha las velas de sus narraciones desde la primera línea hasta el punto final. Confieso que he vivido, podría decir ella también. Pero no pacíficamente ni a lo grande, sino zarandeada por los vientos furiosos de duras circunstancias familiares: un padre que trabaja demasiado y apenas se deja ver; una madre que se encierra en su habitación con una botella; cambios de ciudad y de país; inadaptación a los nuevos colegios; un curso vertiginoso en la universidad; alcoholismo; ligereza sexual que roza la adicción…

 Al final, setenta historias breves para contar escuetamente sus setenta años.

Los de una mujer hermosa que decide exprimir sus días y es ella, qué pena, la que acaba exprimida, tirada con frecuencia en la cuneta, rota. Pero Lucia se levanta y se recompone una y otra vez, porque con treinta años y tres divorcios debe sacar adelante a sus cuatro hijos. Por ellos trabaja como telefonista, auxiliar de enfermería, administrativa, profesora de español y mujer de la limpieza, mudándose de casa y cambiando constantemente de trabajo.

Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara, 2016) es una exigente selección de cuarenta y tres relatos, que se presentan por primera vez en español. Historias donde pasan muchas cosas a la vez, manejadas con algo parecido al virtuosismo de pies y manos sobre los platillos y los tambores de una inmensa batería. El resultado es vivaz, alegre, expansivo, maravilloso. Cada palabra parece haber superado un riguroso casting. Cada frase ha sido tallada como un diamante, con una condensación de información relevante capaz de encerrar en una mirada un mundo, un infierno en una alusión. Información ensamblada con mecánica de precisión, para insuflar vida a personajes y situaciones que nos parecen más reales que la misma realidad, donde la escritora interpreta al mismo tiempo los papeles de héroe y antihéroe, a veces con una inconsciencia o irresponsabilidad que dejará secuelas irreversibles. Estamos, por comparación con otro maestro, ante el realismo sucio de Carver, a veces más sucio y desagradable, a veces más tierno y humilde, con gotas inesperadas de humor benévolo.

También estamos ante una valiosa lección de antropología. En su vejez, Lucia reconoce que “todo lo bueno o malo que ha ocurrido en mi vida ha sido predecible e inevitable, en especial las decisiones y los actos que han garantizado que ahora esté completamente sola”. Ella se hizo y se deshizo a sí misma, no una vez sino muchas, y asume su culpa con valentía. Pero creemos que se equivoca al juzgar inevitable la conclusión de sus actos. Puede ser inevitable cosechar tempestades cuando siembras vientos, pero nadie te obligó a abrir la caja de Pandora. Si bebes a diario y sin medida serás alcohólica, y la infidelidad a tu marido acabará en divorcio, pero beber y traicionar fueron elecciones libres. El médico de Macbeth lo tenía muy claro: “Los actos contra la naturaleza engendran disturbios contra la naturaleza”.

Lucia Berlin nos recuerda a Woody Allen

Él y ella construyen historias donde los personajes parecen marionetas de sus propios impulsos; vidas vendidas al hedonismo lúdico, donde cualquier idea sobre el deber o la responsabilidad es sofocada por una maleza de deseos y sentimientos que crecen sin control; hombres y mujeres jóvenes que apenas llevan las riendas de sus conductas y se abandonan al escapismo inmaduro del carpe diem; que parecen incapaces de mantener ese compromiso estable que llamamos fidelidad, y que por ello suelen pagar la elevada factura de la infelicidad. Lucia Berlin intuye –como todo el mundo- que la clave de la felicidad es el amor, pero desconoce algo que Platón expresó de forma insuperable: que con la efigie del amor se acuña mucha moneda falsa. A pesar de todo, esa hermosa mujer y sus personajes nos conmueven hasta el fondo. Porque nosotros somos como ellos. O podríamos serlo.

Manifestantes pacíficos

Michael Stothard, el recién llegado corresponsal del Financial Times, describía en Twitter su primera Diada como una “declaración pacífica, amistosa y poderosa sobre la identidad regional catalana”. Por su parte, Raphael Minder, el dispuesto corresponsal del New York Times, explicaba cómo, en su sexta Diada, sigue asombrándole el pacifismo de los manifestantes catalanes.  Si tengo ocasión, le preguntaré a Minder qué es lo que tanto le sorprende; ¿acaso consideraría más natural que la movilización implicara disturbios, allanamientos, y saqueos?

Pero la clave no está en su pasmo, sino en la cándida admiración que ambos profesan al pacifismo.

Subrayar el pacifismo de las movilizaciones del 11 de septiembre no es insólito; el mantra se lleva repitiendo desde el 2012, año en que la Diada se convirtió por primera vez en una masiva manifestación por la independencia. Desde entonces, junto a la información de la exorbitada cifra de participantes, siempre aparece la glosa que resalta el pacifismo de los manifestantes: “Manifestación multitudinaria y pacífica”. A uno le entraban ganas de recorrer la cadena humana dando palmaditas en la espalda a cada uno de los (pacíficos) eslabones humanos. ¡Qué bien se manifiestan los catalanes! Acostumbrados a ver lunas rotas y banderas en llamas, ahora la televisión nos brinda la imagen de familias sonrientes, con las caras pintadas, ondeando una estelada; parece un avance, ¿o no?  Vayamos por partes.

Sin ánimo de ofender a nuestros corresponsales de cabecera, resulta curioso que destaquen el carácter pacífico de una manifestación, casi como una suerte de legitimación de los manifestantes y de sus motivos; un razonamiento de escasa coherencia. Defender x pacíficamente no dice nada acerca de la conveniencia, legitimidad o moralidad de x. Se han visto muchas manifestaciones pacíficas del Ku Klux Klan, cabalgando al trote, con el rostro cubierto y empuñando una antorcha. Aquí, un millón de personas se ha manifestado a favor de despojar a millones de ciudadanos de sus derechos civiles, para convertirlos en extranjeros en su país; que lo hayan hecho pacíficamente, no tranquiliza demasiado. La ausencia de violencia es deseable, por supuesto, pero no hay que premiarla, y menos cuando existen objetivos políticos perversos.

Los nacionalistas ya no queman banderas; ahora se pintan la cara, corean consignas, y luego comen en familia. 

Por otra parte, no creo que debamos obviar la violencia inmaterial presente en cualquier manifestación nacionalista. Me refiero a la naturaleza sectaria y excluyente que tiene, por definición, esta movilización. El nacionalismo se define por ser una ideología alienante, y cuando se expresa en multitudes, intimida al sujeto purgado. No tengo duda de que muchos ciudadanos celebrarían alegres el día de Cataluña, pero no están dispuestos a cantar contra sus conciudadanos, ni a excluirlos esgrimiendo argumentos tribales. Capítulo aparte merece la violencia simbólica, representada por la omnipresencia de una bandera, insignia de la ruptura y la homogenización cultural, a lo que se suman cientos de pancartas que alientan el incumplimiento de la ley y la apropiación de una soberanía hoy compartida. Con estas cartas sobre la mesa, resulta irónico hablar de pacifismo.

Es más, el pacífico “nacionalismo familiar” es síntoma de algo tóxico, pues revela que las personas normales, pacíficas, han comprado las ideas radicales. Las ideas extremistas, ya no son monopolio de las personas extremistas.

Por último, no hay que olvidar que la verdadera naturaleza pacifica de un individuo, o de una multitud, se mide a partir de su interacción con los discrepantes. Y ya hemos visto con cuánto respeto y compresión han sido siempre tratados en Cataluña han quienes han osado a discrepar con el nacionalismo.