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El mito de la generación constituyente

Voces reclaman un nuevo proceso constituyente, que restaure la confianza en las instituciones. El correr del tiempo erosiona la experiencia de autodeterminación que supone un momento constituyente y pone a prueba su legitimidad (“the earth belongs to the living”). Entre otros remedios para este desencanto inevitable -sugiere el jurista italiano Gustavo Zagrebelsky en su librito Historia y Constitución– recurrimos a la mitificación de la generación constituyente. Lo vemos de modo paradigmático en Estados Unidos con sus Founding Fathers, pero también en nuestro relato nacional de la Transición.

Mientras sigamos recordando con admiración y respeto a ese grupo de padres fundadores, el orden constitucional que dieron a luz seguirá gozando de superioridad moral, que es fundamento -antes que consecuencia- de su superioridad normativa. Pero siempre que se erosione la vigencia del orden constitucional, veremos como causa o como efecto concomitante, un ataque a la memoria de la generación constituyente y su mito fundacional.

Es un relato que se repite en diversas versiones en muchos países: ante retos colectivos descomunales, un grupo de hombres superaron las estrecheces de sus intereses y de sus puntos de vista, para hacer Política con mayúscula, más allá del navajeo y la polarización. Llegaron a grandes acuerdos -cediendo en cosas accidentales, pero con grandes consensos en lo fundamental- que quedaron consagrados en el texto constitucional, refrendado después por el pueblo, con su voto directo y/o con el voto cotidiano de la obediencia. Fueron capaces de ponerse de acuerdo, pero de un modo que dio a luz no a un mero equilibrio de intereses, sino a un modo de convivencia superior, más justa y eficaz.

Los errores de la generación constituyente

Evidentemente el relato constituyente que ponen en marcha sus promotores magnifica los avances, y pone en sordina las deficiencias, o remite a otra instancia o al futuro la solución de alguno de los problemas no resueltos (el estado autonómico o el aborto en España; la esclavitud en la fundación de las colonias americanas). También recurre siempre a algún tipo de amnistía o perdón constituyente, que a veces los damnificados piden revisar.

El tiempo se encarga de agudizar los problemas no resueltos, de poner de manifiesto las contradicciones, de traer nuevos retos que tensan las costuras del orden constitucional, de incorporar a nuevos actores y grupos sociales quizá ignorados o simplemente ausentes en el momento constituyente.

Es preciso por tanto un relato de la generación constituyente que delimite la lista de retos realizables que tuvieron sobre la mesa, y adjudique razonables dosis de éxito a sus decisiones. Y que no vincule los nuevos problemas, o la agudización de los viejos a las fragilidades o ineptitudes de aquellos padres fundadores que hicieron lo que pudieron. Y evidentemente, todo esto debe encauzarse en un proceso de reforma y adaptación constitucional practicable.

Generaciones, líderes, naciones

No es casualidad que los mitos de las democracias constitucionales tengan por protagonistas a una generación y no a líderes individuales. Generación no es una categoría descriptiva, sino normativa. Nos habla de una constitución que no es la decisión soberana de un sujeto histórico monolítico, sino un conjunto de grandes acuerdos entre representantes de modos de ver el mundo y de intereses muy diversos, que se reconocen sin embargo como una comunidad política.

El constitucionalismo occidental se apoya en la convicción más o menos explícita de que la esencia de la comunidad política no se encuentra en estado puro en ningún lugar del mundo pre-constitucional, que no existe voluntad popular fuera del derecho. Nos aleja tanto de la democracia identitaria como de los liderazgos carismáticos.

El mito de la generación constituyente subraya el carácter representativo de la democracia.

La constitución es el resultado de un esfuerzo de élites que a la vez encarnan y representan al pueblo. Pero no en su idiosincrasia folclórica (que a veces exhibirán para generar empatía), sino sobre todo en su ideal de convivencia dentro del derecho, donde todos pueden saberse incluidos. Lo importante no es tanto que la cámara se parezca al pueblo que representa. Lo importante es que se parezca a lo que el pueblo debería ser.

En el pasado hubo regímenes con fundadores carismáticos, pero estos no dan origen propiamente a un orden constitucional, sino a algún tipo de carta otorgada (pienso ahora en Kemal Ataturk en Turquía). En estos casos la “minoría en el poder constituyente” -en expresión de Francisco Rubio Llorente- no solo disiente de la letra pequeña, sino que se encuentra excluida de ese gran acuerdo originario.

Por supuesto los regímenes constitucionales necesitan de tarde en tarde salvadores, líderes que encarnan el espíritu del pacto originario a lo largo de la historia, y lo salvan contra enemigos internos y externos. En España el mismo Rey que abrió la posibilidad de que la generación de la transición tomara forma, consolidó su papel histórico ejerciendo de salvador de la patria el 23F.

La ética del momento constituyente

Esta perspectiva muestra cómo algunos elementos del constitucionalismo democrático están necesariamente unidos a un modo de hacer política, a unas ciertas virtudes, y a un modo de narrar cómo se hace la política y para qué sirve. Por lo tanto, impone condiciones al modo de agitar las fuerzas de un pueblo, especialmente ante decisiones fundamentales.

Quienes propugnan un nuevo momento constituyente deberían comportarse como padres fundadores dignos de un mito. En otras palabras, es preciso que encarnen algunos de los principios clásicos de la política: la prudencia, que requiere el cultivo del diálogo para llegar a acuerdos; que sean capaces de encarnar una visión del bien común, satisfaciendo razonablemente -con justicia- todos los intereses como garantía de estabilidad. No como monopolistas de la nación, ni salvadores de la patria, ni agitadores de masas.

Ahora que se acerca el cuarenta aniversario de su mítico acuerdo, ¿qué podemos aprender de nuestros constituyentes? ¿Cuál es el modo más responsable de contar su historia? ¿Es posible una generación semejante en un momento de división como el nuestro? Si la respuesta es no:

¿Cuál es la alternativa menos mala?

Comunicación corporativa: los empleados son los auténticos embajadores

Hay siete grandes principios para la dirección corporativa de la comunicación: la empresa para la que se trabaja ha de generar confianza; la comunicación se ha de acompasar a la estrategia de la compañía; los empleados son los auténticos embajadores; la comunicación es móvil; hay que saber en todo momento lo que dicen de nuestra organización (aprovechamiento del big data) y hay que fomentar la función social de las institución. Nos lo cuenta Sebastián Cebrián, director general de Dircom.

Recuerda Cebrián que para escoger una determinada marca, lo más importante es que «me traslade confianza». Por defecto, pues, la principal tarea del director de comunicación (dircomserá fomentar la confianza en la organización. Su segunda tarea prioritaria: conectar la comunicación con la estrategia de la compañía. Los departamentos de comunicación excelentes son aquellos que dentro de la propia organización se reconocen como de gran valor añadido.

Insiste el director general de Dircom en que los empleados son los mejores, los auténticos embajadores: lo que afirman es más creíble que lo que pueda decir el consejero delegado, un experto o el dircom. Es necesario, pues, que el dircom trabaje estrechamente con recursos humanos. Lo anterior implica que el dircom deja de ser el portavoz de referencia. En el siglo XXI son las organizaciones las que comunican. El dircom deberá escoger el portavoz adecuado, en el momento adecuado, y para eso ese portavoz deberá tener la formación adecuada.

La comunicación es y será móvil. No hay ninguna estrategia de comunicación que pueda conseguir el éxito si no se adapta a los soportes móviles.

Sobre big data: utilizarlo, no que nos mate. Cuando hay una inundación, lo primero que se necesita es agua potable. Los dircom están saturados de información y a la búsqueda del agua potable. Hay que manejar el big data para saber qué está pasando, quién está diciendo algo sobre nuestra organización, cómo responder en tiempo real a esa información y cómo reportar al comité ejecutivo. Todavía no se suele estar a la altura de este reto.

El contenido es el rey. Antes, para llegar a la sociedad había que pasar por la caja de los medios de comunicación. Ahora los medios tradicionales ya no son el único actor. La sociedad genera información. Construye o destruye reputación. Y las propias empresas tienen esa misma capacidad. Poseen sus propios canales y pueden informar directamente a su público. Algunos consejeros delegados han llegado a decir: Nuestra empresa ya no necesita de los medios de comunicación.  Las empresas empiezan a entender que pueden tener más fuerza a través de sus propios canales que con los medios tradicionales. Por eso el contenido es muy importante. La mayor parte de las organizaciones están contratando a periodistas para generar contenido. Tienen minirredacciones que producen vídeo, audio y texto. Esa es la gran revolución: las organizaciones pasan a liderar la influencia con su propio contenido. Hay que ser capaces de generar contenido de calidad.

Finalmente, una empresa puede llevar a cabo acciones específicas que incrementen los beneficios y que a la vez mejoren las condiciones económicas y sociales de las comunidades en las que opera. La empresa debe devolver a la sociedad parte de lo que la sociedad le aporta: contribuir al bien común, generar empleo en la zona, generar riqueza en el entorno. Esto se lo está diciendo el ciudadano a la empresa. Las empresas que por defecto no interioricen el encargo, y que estén obsesionadas con la generación de plusvalías para el accionista, serán castigadas por los clientes. El dircom debe trabajar para que toda la empresa, empezando por los directivos, comprendan esta realidad.

(La sesión completa con Sebastián Cebrián se puede ver pinchando en el vídeo que abre este artículo.)

Ordeno y mando: unas notas sobre la autoridad

 “Fieles vasallos, prácticos y sencillos, aunque en el fondo estuviesen en desacuerdo con algunas de las cosas que había dicho el capitán Vere, carecían de las facultades, y de la inclinación, para contradecir a alguien a quien tenían por un hombre juicioso y superior a ellos no solo en rango naval sino en inteligencia” (Melville, Billy Budd, marinero).

 La autoridad es un concepto tan central como controvertido en filosofía política.

Aunque los filósofos se han preocupado sobre todo por la autoridad de las leyes y los gobernantes, la autoridad se manifiesta de muchas formas en la vida social. El ascendiente de los padres sobre los hijos, menores o no, se ha contemplado tradicionalmente como el caso paradigmático de autoridad. En lo que se refiere a la escuela, Émile Durkheim explicó que la educación sólo puede entenderse como un “ente de autoridad”, una actividad regida por la autoridad del maestro. Esta referencia al sociólogo francés bien puede verse como una cita de autoridad, cuando uno recurre al prestigio de grandes autores o de los clásicos para apoyar lo que dice. Hablamos de un conferenciante competente como alguien que es una autoridad en su materia y, en general, la vida académica está organizada en torno a la atribución de autoridad por disciplinas y temas. Por mucho que la autoridad de los expertos haya sido cuestionada recientemente en el debate público, hay personas a las que, por su experiencia y conocimientos, tomamos como guía a la hora de formarnos una opinión sobre determinados asuntos, igual que acudimos a profesionales para que nos asesoren legalmente o nos diagnostiquen un problema de salud.

 Dada esta presencia en las relaciones humanas, llama la atención la percepción difundida de lo que podríamos llamar “crisis de la autoridad”. Las discusiones a las que hemos asistido sobre la autoridad del profesor en el aula, o sobre el papel de los expertos en la vida pública, serían un ejemplo. Ha sido Hannah Arendt, en un conocido ensayo (“What is Authority?”, 1954), quien planteó el desvanecimiento de la auctoritas como uno de los rasgos señeros de la vida moderna, cuyas consecuencias se dejan sentir de múltiples formas; por ejemplo, en la crisis de la educación, a la que dedicó un brillante ensayo. O en la ruptura de la tradición que altera sustancialmente nuestra relación con el pasado: si la tradición es el pasado que ejerce autoridad sobre el presente, su quiebra nos dejaría con “una herencia que no viene precedida por ningún testamento”, según el verso de René Char. Sin entrar en la explicación histórica de Arendt, me gustaría considerar aquí uno de los síntomas que señala: nuestra dificultad para reconocer la fisonomía propia de la autoridad. Dicho de otro modo, la misma idea de autoridad se ha vuelto confusa y nos cuesta distinguirla adecuadamente de otros fenómenos como el poder, la coacción, o la persuasión.

 ¿Cómo entender la relación de autoridad?

Por simplificar, en la literatura la autoridad suele contemplarse como el derecho o la capacidad de mandar, dando órdenes e instrucciones a otro. Algunos filósofos han sugerido que la clave está en examinar el sentido del mandato y cómo debería ser atendido por aquel al que se dirige. Imaginemos, por ejemplo, al profesor que dice al alumno: “sal de clase”. Quien da una orden así pretende que el otro tome sus palabras como una razón para salir del aula. Ahora bien, ¿qué clase de razón?

 Aquí se abre una disyuntiva a la hora de interpretar la fuerza del mandato. Por una parte, es habitual pensar que el derecho a mandar se corresponde con la obligación de obedecer y quien ocupa una posición de autoridad puede imponer obligaciones a otros. En tal caso, ¿en qué se diferenciaría del poder? Como las obligaciones suelen llevar aparejadas sanciones en caso de incumplimiento, ¿no tendrían los mandatos de la autoridad un carácter coercitivo? De acuerdo con esto, la autoridad no sería más que el poder que se ejerce legítimamente, esto es, por quien tiene derecho a mandar, o la coacción justificada que implica. Por otro lado, podríamos rechazar tal identificación, rebajando para ello la fuerza obligatoria o apremiante del mandato. Así interpretada, la orden al alumno vendría a ser una razón que se le da y que éste tendría que sopesar junto con otras consideraciones que hacen al caso para determinar si debe o no abandonar el aula. El alumno podría salir del aula si considera que hay buenas razones para ello o negarse si tiene razones en contra de mayor peso. Estaríamos entonces más cerca de la persuasión, la sugerencia o el consejo, que de la autoridad propiamente dicha.

 Precisamente para diferenciarla del consejo, Hobbes definía una orden del modo siguiente: “cuando un hombre dice a otro Haz esto o No hagas esto, sin esperar otra razón que la voluntad de quien formula el mandato”. En otras palabras, quien manda espera que el otro tome sus órdenes como guía de conducta en lugar de decidir por sí mismo lo que hacer. Entre los autores contemporáneos, el filósofo del Derecho H. L. A. Hart ha seguido la pista de Hobbes para explicar en qué consiste obedecer el mandato de la autoridad. Cuando el profesor dice “sal del aula” expresa su voluntad de que el alumno salga del aula y quiere que éste reconozca su intención como una razón para salir del aula. Pero no cualquier razón, según su análisis, pues los mandatos se caracterizan por ser razones perentorias e independientes del contenido. Hart usa la expresión “perentoria”, proveniente del Derecho romano, para expresar la idea de que el mandato de la autoridad zanja o cierra la deliberación sobre el caso: de tener éxito, la orden reemplaza al juicio del propio agente como guía de actuación. Además, un mandato es una razón únicamente por venir de quien viene, por su fuente, con independencia de los méritos de la acción requerida o sus consecuencias; al fin y al cabo, la autoridad podría mandar otra cosa. En nuestro ejemplo, por tanto, el profesor tiene autoridad sobre el alumno si éste está dispuesto a seguir sus directivas, aceptándolas como razones perentorias e independientes del contenido para actuar.

Algunas consecuencias interesantes se siguen de lo anterior. Como vemos, la autoridad supone una actitud normativa peculiar. Se trata de una relación necesariamente asimétrica y descansa por completo en el reconocimiento, por parte de quien se somete a ella, de la superioridad en algún aspecto de quien tiene autoridad. Por diferente que pueda ser el fundamento de esa superioridad, desde el rango al conocimiento, en ese reconocimiento radica la clave de la obediencia. Es lo que subrayan quienes, como Durkheim, hablan de la auctoritas como ascendiente moral; o Arendt cuando destaca el sentido mismo de la jerarquía como rasgo distintivo por contraste con el poder o la persuasión. ¿Y los incentivos selectivos, premios y castigos, de los que frecuentemente dispone la autoridad? No se dan siempre que hay relación de autoridad. Y cuando están presentes, como Arendt observa, se recurre a amenazas y sanciones precisamente cuando la autoridad estrictamente ha fallado. En sus lecciones sobre educación moral, Durkheim añadía una observación pertinente: la autoridad del maestro no estriba en su poder de castigar; por el contrario,

es la legitimidad de las sanciones la que reposa sobre su autoridad.

Hay otra razón decisiva para no confundir la autoridad con el poder o la coacción. Hasta ahora hemos hablado de autoridades prácticas, cuyas órdenes nos dan razones para actuar de una manera u otra, pero el cuadro no sería completo sin considerar la existencia de autoridades que podemos llamar “teóricas”, cuyos pronunciamientos se refieren a lo que debemos creer. En la vida real estos dos tipos pueden mezclarse en proporciones variables, como en el caso de los profesores, pero ello no impide que los distingamos analíticamente sobre la pizarra. Obviamente, cuando se trata de autoridad en cuestiones teóricas no cabe hablar de coacción o sanciones. Sin embargo, sin mayores ajustes se puede trasladar el anterior análisis de Hart al caso de la autoridad teórica. Lo que dice un científico sobre cuestiones de su especialidad nos da una razón para creer en sus tesis que podría considerarse perentoria, en tanto que aceptamos la verdad de lo que dice sin investigación independiente por nuestra parte; y también es una razón para creer independiente del contenido, puesto que no depende de los méritos de lo que dice, sino de quien lo dice.

Estos breves trazos sobre la autoridad sirven para poner de relieve hasta qué punto resulta incómoda o despierta indudables recelos. Por ser una relación necesariamente jerárquica, es inevitable que choque prima facie con las convicciones igualitarias de la cultura democrática. No menos importante es la hostilidad de raigambre ilustrada hacia la autoridad: si el lema de la Ilustración era “sapere aude”, atrévete a servirte de tu propio entendimiento sin la guía de otro, como Kant dejó escrito, la autoridad aparece en clara oposición a la autonomía racional de las personas. Si hay una objeción moral relevante contra la idea misma de autoridad, en cualquiera de sus formas, es que someterse a ella exige sacrificar el propio juicio sobre qué hacer o qué creer. Es la clase de acusación que los ilustrados ayer y los anarquistas filosóficos hoy dirigen contra toda autoridad. Una teoría filosófica de la autoridad no puede limitarse a explicar en qué consiste, sino que tiene que dar respuesta a la objeción del sacrificio del propio juicio. Para ello tendrá que complementar el análisis conceptual aquí esbozado explicando por qué en determinadas circunstancias es razonable obedecer a la autoridad en lugar de juzgar o decidir por uno mismo. La promesa de tal teoría filosófica sería ofrecer un marco explicativo general para toda forma de autoridad.

Elogio civil del caminar

En su ensayo de 1967, The antiquity of human walk, John Napier escribía: “El modo bipedal de caminar del hombre parece potencialmente catastrófico porque solo el avance rítmico de una pierna y luego la otra evita que este caiga de bruces”. Para Napier, que define el caminar como “una actividad única”, el balanceo y, podríamos añadir, el titubeo propio de quien debe asentar el equilibrio a cada nuevo paso, define el andar humano.

Napier se detiene en las implicaciones físicas del acto del caminar; sin embargo, su definición apunta involuntariamente a una dimensión más amplia del caminar, a su dimensión social y política, sin excluir evidentemente su dimensión reflexiva. Si físicamente el caminar se define por su balanceo, por una constante oscilación “potencialmente catastrófica”, a nivel metafórico caminar es un constante titubeo, un constante ensayo del individuo estableciendo relación con el espacio que le contiene y, al mismo tiempo, con el espacio del que se apropia, haciéndolo suyo, creándolo, a cada paso. Aceptada la tríada heideggariana del “habitar, construir, pensar”, el caminar es la expresión del pensamiento ensayístico -del pensamiento que prueba, “ensaya”, se acerca y titubea- a través del cual el individuo habita y construye en tanto que hace suyo el espacio que lo circunda. “Nunca pensé tanto, ni existí tan vívidamente ni experimenté tanto, nunca he sido tanto yo mismo –si puedo usar esta expresión- como en los viajes que he hecho solo y a pie”, escribe en sus Confesiones Rousseau, concluyendo: “Hay algo en el caminar que estimula y anima mis pasatiempos”. El caminar se convierte así en una forma de ensayo de un yo que, interrogándose sobre el espacio que ocupa, termina preguntándose sobre sí mismo y su lugar/función en el espacio ocupado.

Escribía Jean Starobinski que el ensayo “supone riesgo, insubordinación, imprevisión, peligrosa personalidad”, y lo mismo puede decirse del caminar, sobre todo si tenemos en cuenta la constante interrelación entre la insubordinación y el acto de caminar, de ocupar el espacio público como forma de apropiación. “El ‘caminante’”, escribe al propósito Michel Maffesoli, “cumple de algún modo con el papel de mala conciencia. En virtud de su situación, sacude violentamente el orden establecido y hace recordar el valor de hacer camino”. Y precisamente con esta interrelación entre la insubordinación y el caminar inicia Rebecca Solnit su ensayo Wanderlust, recordando la figura de Doris Haddock, que el primero de enero de 1999 “salió a caminar atravesando Estados Unidos para exigir una campaña de reformas financieras”, y las tan numerosas manifestaciones del 2003 en contra de la Guerra Irak que el New York Times terminó definiendo a la sociedad civil como “el otro superpoder del mundo”. El carácter subversivo, insubordinado y, consecuentemente, de “peligrosa” consolidación del yo propio del caminar define también al género del ensayo, la única forma de escritura capaz de enfrentarse a la ciudad, en palabras de Franco Rella. Para el ensayista italiano, la ciudad es un lugar de conflicto, donde lo posible, aquello que puede llegar a ser, no queda excluido, sino incorporado a la aparente solidez del espacio urbano. Aquello que puede llegar a ser, aquello que se propone como un proyecto solo potencialmente realizable, pero nunca definitivamente concluido, es aquello que se incorpora al espacio urbano, engañosamente sólido, eternamente voluble, y que se ensaya en el texto ensayístico, entendido a partir de Adorno como una “una totalidad que ni siquiera en cuanto forma afirma la tesis de la identidad de pensamiento y asunto que rechaza como contenido”.

La a-totalidad define el ensayo como también define la ciudad,

situando en un mismo plano el acto de ensayar con el acto de caminar, entendido ahora ya no desde un plano meramente físico, sino como la apertura del yo al espacio social. En otras palabras, caminar y, refiriéndonos en concreto a la ciudad, caminar –transitar- las calles es presentarse como un sujeto político dentro de la esfera pública. Es reclamar el derecho a la ciudad y reclamar el derecho a la ciudad es reivindicar el propio espacio como interlocutor de lo público, es reclamar, en palabras de Laura Elkin, “nuestro derecho de perturbar la paz, de observar (o no observar), de ocupar (o de no ocupar) y de organizar (o desorganizar) el espacio a partir de nuestras propias reglas”. La pregunta que, a modo de obstáculo, se interpone es cómo convertir estas reclamaciones en la realidad de facto, cómo ir más allá del proyecto para que la insubordinación se transforme en una verdadera subversión del modelo, más todavía en este momento de “apertura de un abismo entre quienes viven y quienes dictan sobre el mundo, o piensan actuar sobre él”, en palabras de Michel Maffesoli. ¿Qué papel tiene el yo cuando ha sido expulsado de la ciudad, cuando la ciudad ha dejado de ser transitable? Es decir, ¿qué rol juega el yo cuando, en palabras de Solnit, “en muchos lugares nuevos, el espacio público ni siquiera se considera en su diseño: lo que alguna vez fue espacio público se diseña para albergar la seguridad de los automóviles; los centros comerciales reemplazan las calles principales; las calles no tienen aceras; a los edificios se entra por sus garajes; los ayuntamientos ya no cuentan con plaza alguna y todo tiene muros, barrotes y portones”? Basta recorrer unos cuantos metros de cualquier gran ciudad occidental para percatarse que “el miedo ha creado todo un estilo de arquitectura y diseño urbano”, la ciudad está bajo un absoluto control panóptico, que ya no se manifiesta solamente a través del orden del mapa urbano –redistribución de los barrios, jerarquización de las clases sociales, alejamiento del centro de las clases bajas, aislamiento de las barriadas-, sino a través de controles, peajes y cámaras de seguridad, que registran coaccionando todo nuestros movimientos.

En su ensayo, La ciudad vista, Beatriz Sarlo contraponía la ciudad al centro comercial: mientras el espacio urbano se definía por ser un “territorio abierto a la exploración por desplazamiento dinámico, visual, de ruidos y de olores”, estando “medianamente regulado”, aunque incorporando también “las transgresiones a las reglas”, el centro comercial se definiría por una artificiosa uniformidad, por un orden establecido y por la férrea regulación de su uso. El caminar en un centro comercial es un caminar predispuesto, nunca aleatorio, previsto por el propio entramado arquitectónico que hace imposible perderse y, por tanto, transgredir el recorrido establecido. Escribe Sarlo en Escenas de la vida postmoderna: “El aire se limpia en el reciclaje de los acondicionadores; la temperatura es benigna; las luces son funcionales y no entran en el conflicto del claroscuro, que siempre puede resultar amenazador; otras amenazas son neutralizadas por los circuitos cerrados, que hacen fluir la información hacia el panóptico ocupado por el personal de vigilancia”. En su análisis del centro comercial, la ensayista argentina se detiene en el aspecto de la vigilancia, el mismo sobre el que hace hincapié Solnit hablando de la ciudad.

La oposición que establecía Sarlo en 1994 parece haber devenido una correlación: el centro comercial ya no se contrapone a la ciudad. La ciudad se ha convertido, a nivel de estructura y de ordenación –vigilancia- en un centro comercial o, parafraseando el ensayo de Michel Houllebeqc, la ciudad se ha convertido en un supermercado con derecho de admisión. Para Maffesoli, el centro comercial puede convertirse en un lugar de exilio para el “nómada posmoderno”, un espacio de huida, donde ese yo “vive una especie de embriaguez”, pero esta embriaguez, habría que añadir, tiene que ver con un proceso auto-alienante del yo que, ante el bazar de aparentes posibilidades que aparenta ser el centro comercial, naturaliza y asume su papel de comprador y visitante. En otras palabras,

la embriaguez del yo es la natural asunción del orden que el centro comercial impone.

Es cierto que la ciudad no ha perdido la pluralidad de experiencias y espacios que se le presupone; es cierto, como dice Solnit, que “una ciudad alberga más que lo que cualquier habitante puede conocer, y una gran ciudad siempre hace de lo desconocido y lo posible estímulos para la imaginación”, sin embargo, gran parte de ese desconocido tiene más que ver con la prohibición –no fáctica, pero sí sutilmente impuesta y naturalizada en su aceptación- que con la falta de conocimiento del yo caminante. En su análisis sobre la selección topográfica de los espacios urbanos en la narrativa de Conan Doyle, Franco Moretti observaba como el autor inglés circunscribe la trama a la ciudad conocida por sus lectores, evitando así las zonas de “depravación y delincuencia”. Doyle rehúye Berthnal Gree y Whitechapel para poner el foco en el West End, en la City; solamente en los primeros relatos, Holmes se desplaza hasta Lambeth y Camberwell, situados al sur del Támesis: “Hay un pequeño conjunto de casos en la City, y uno que otro de manera esporádica aquí y allá; pero la mayoría se concentra en el West End. Los barrios pobres al sur del Támesis, que estaban en el centro de las dos primeras novelas, prácticamente han desaparecido; y en cuanto al Londres al este de la Torre, Holmes se dirige allí una sola vez en cincuenta y seis relatos”. Doyle se amolda geográficamente a sus lectores y, al mismo tiempo, refleja cómo las prácticas urbanas tienen lugar en espacios previstos. De la misma manera, que Holmes no investiga en Berthnal Green, Berthnal Green no interfiere en la realidad de la City. Y esta es la lógica del suburbio: ser una “heterotopía”, un espacio que, como el manicomio o la cárcel, reúne, circunscribe y aparta aquello que el status quo no quiere observar ni aceptar. La “prisión dichosa”, a la que se refiere Maffesoli se convierte en la “heterotopía” foucaultiana, cuyo fin es “encerrar al hombre errante, al descarriado, al marginal, al -extranjero, y luego de domesticar, confinar en un domicilio al hombre común, para privarlo de la aventura”. Los recientes ataques terroristas en París, han demostrado –algo que ya advertía Eric Hazan en París en tensión– que Saint-Denis ha sido durante más de tres décadas un gran espacio heterotópico, que ha subsistido a espaldas de la capital francesa, sin que en ningún momento se llevara a cabo política social alguna que convirtiera el distrito en un barrio más de París.

Erwin Goffman propone el concepto de “espacio-recinto” para definir los espacios

“que los individuos pueden reivindicar temporalmente, en el que la posesión total no existe”; la ciudad puede definirse precisamente como un gran espacio-recinto, como un espacio que el yo reivindica a través del caminar y del habitar, pero cuya posesión no le pertenece. Como en un supermercado, el yo camina por la ciudad y adquiere fáctica y figuradamente todas las mercancías que la ciudad le ofrece, pero las adquiere bajo el estricto control del ojo panóptico que regula su adquisición. El espacio-recinto, momentáneamente y controladamente reivindicado por el yo, siempre según Goffman, pertenece a un ‘poseedor putativo’ que ‘hace visible mediante un signo de algún tipo que, conforme a la práctica etológica, cabe calificar de ‘señal’”. La señal es el elemento panóptico y, a la vez, codificador del uso que el yo puede hacer de dicho espacio; la señal explicita el discurso hegemónico aquel que es promovido e instaurado por lo que Althusser definió como “aparatos ideológicos del Estado”. De tal manera, el libre albedrío del caminar queda reducido e, incluso, anulado, amenazado por los “aparatos represivos del Estado”, aquellos que, siempre siguiendo Althusser, castigan un uso transgresor del espacio urbano. Sin embargo, la naturalización –la pasiva asunción- de dichas codificaciones, elimina del yo la conciencia de su falta de autonomía en el caminar. ¿Somos conscientes de cuán dirigidos estamos en nuestro caminar por la ciudad? ¿De cuánto las estructuras estructurantes de la sociedad condicionan nuestro caminar, nuestra forma de relación con el espacio urbano?

A este punto, el carácter insubordinado del caminar más que una constatación, se vuelve un desiderátum. Evidentemente, potencialmente caminar, en tanto que presentarse en el espacio público, ocuparlo y reivindicarlo, es y debe ser un gesto insubordinado, sin embargo, el reto que se nos plantea es convertir la insubordinación crítica del caminar en un proyecto factible de tal manera que no quede en una mera potencialidad. Seguir refiriéndonos a la figura del flâneur como figura paradigmática de la libertad de caminar, del caminar ocioso y, al mismo tiempo, del caminar crítico, resulta paralizante en cuanto significa detenerse en una figura literaria, más que en una figura con un correlato real. En cierta manera, el flâneur es una figura compensatoria, un verdadero desiderátum de lo que debía ser el sujeto urbano. El propio Balzac, que en su Fisiología del matrimonio dedicaría uno de los textos más memorables sobre la figura del flâneur, terminaría decretando, incluso antes de la reforma Haussmann, su fin. En cuanto figura literaria, el flâneur ejerce una función crítica, lleva a cabo un movimiento de insurrección contra la ciudad moderna desde la escritura, pero no desde la práctica urbana real. Solnit reconoce que el caminar “no ha cambiado el mundo”, reconoce, en parte, el gesto idealista intrínseco al caminar, pero al mismo tiempo, considerándolo como rito que nos acomuna, como gesto colectivo que hace sumar al yo a una colectividad sin borrar la esencia del yo, lo define como “una herramienta y un reforzamiento de la sociedad civil, capaz de resistir ante la violencia, el miedo y la represión.” Si bien todavía no se ha pasado de la insurrección a la subversión, solamente abandonando lo complaciente y lo banalmente poético que rodea el caminar y su historia y pensando el caminar como acto de resistencia crítica y de reivindicación del yo ciudadano como interlocutor es posible evitar convertir el estudio del caminar y el caminar como práctica del yo en una mera utopía que, como su propio nombre indica, está destinada a no tener lugar. Debe pensarse el caminar como el ensayo, como un ejercicio crítico que “supone riesgo, insubordinación, imprevisión, peligrosa personalidad”, como una constante puesta en crisis del modelo asumido y, por tanto, como un movimiento dialécticamente negativo, -una dialéctica irreconciliable, en palabras de Maffesoli- que no busca la cosificación de un sistema, sino su cuestionamiento. Así el alegato de Elkin a favor de la reivindicación para reivindicar el espacio –para perturbarlo, alterarlo, construirlo, adaptarlo- tendrá verdaderamente sentido y, sobre todo, el caminar se convertirá en gesto crítico, en una herramienta para la configuración de un sujeto político que cuestiona lo hasta el momento asumido y naturalizado.

Las notas de Valentí Puig: Y Occidente sigue ahí

El vínculo entre el éxito de los manuales del autoayuda y el descrédito de la resiliencia frente al obstáculo choca con los manuales de Samuel Smiles –el Plutarco moderno, según Shaw- para la formación de la voluntad. A medio camino tenemos el diván del psiquiatra, una o dos generaciones sobreprotegidas y el big bang narcisista. De nuevo hay quien habla del retorno a las épocas oscuras y a una versión Instagram de la decadencia de Occidente. En el pasado, el declive de la idea de Occidente ha deparado más de una sorpresa, como aquel enfermo casi comatoso que, de repente, salta de la cama con vigor. Del amanecer a la decadencia de Jacques Barzun fue el penúltimo aviso sobre el cortejo nihilista.

Europa tiene una larga experiencia en declives, barbaries y recuperaciones. En los últimos tiempos cada contratiempo –crisis inmigratoria, Brexit, Trump, Putin- remite a la inmovilidad y revela flaquezas ocultas, como el envejecimiento de la población o los efectos del multiculturalismo que –con el terror islamista- ponen a la Unión Europea en la frágil situación del enfermo de hemofilia. Mientras tanto, vamos en busca del sentido del fragmento y no del todo.

Hoy capital de la Alemania reunificada, Berlín era en junio de 1948 una ruina distribuida entre los poderes de ocupación. Stalin bloqueó el suministro de Berlín. Sin retirarse ni entrar en el conflicto, los Estados Unidos acordaron organizar un corredor aéreo que alimentó a los berlineses durante once meses. La Unión Soviética finalmente levantó el bloqueo. Europa se había librado de otra guerra y el espíritu de la libertad cundía en el viejo Berlín.

Europa tiene una larga experiencia en declives, barbaries y recuperaciones

Por contraste, Occidente lleva en el armario algunas décadas, inculpado, rapaz, colonialista y ególatra. Al finalizar la guerra fría, Christopher Coker, experto británico en temas de defensa, escribió Crepúsculo de Occidente. Coker veía llegado un fin de siglo sin que las potencias occidentales mostrasen mucho entusiasmo por la construcción de un nuevo orden mundial. Propuso tres axiomas para el crepúsculo occidental: una alianza no puede sobrevivir por mucho tiempo si se da una contradicción entre lo que dice y lo que pretende que digan sus afirmaciones; la alianza no podrá sobrevivir a la ironía que se genera entre la apariencia y la realidad; una alianza no puede sobrevivir a la diferencia entre lo que dice en sus comunicados y lo que hace en el mundo. Los tres axiomas siguen siendo válidos. Pero sin el sustrato de Occidente no solo no hubiéramos resistido mutaciones tan bruscas: algunas, las que dimanan de la idea de libertad, ni tan siquiera podrían haberse producido. En el laminado autocrático del mundo árabe todavía falta mucho para caer en las contradicciones morales del progreso.

Con el precedente tan aparatoso del imperio mongol, los historiadores hablan de ciclos y morfologías de las civilizaciones. Es cierto que Occidente anduvo tiempo por detrás del mundo árabe y del imperio chino, pero su constante desde entonces ha sido la capacidad de reconfigurarse y de afianzar los progresos en el perfeccionamiento de las instituciones a pesar de que el ser humano no pierda un miligramo de su finitud. En momentos muy inciertos, los valores y logros del mundo occidental –desde los laboratorios a las urnas- mantienen los anticuerpos imprescindibles para anular un determinismo cíclico o terminal. El continuum no está agotado pero haríamos bien en volver a Samuel Smiles.

John Henry Newman, Perder y ganar. Historia de una conversión

En una carta del 11 de febrero de 1950, John Henry Newman, ya sacerdote oratoriano, se defendía del apelativo de santo con que una tal miss Moore se dirigía a él: «No hay nada de santo con respecto a mi persona como cualquiera sabe […] Los santos no son hombres dados a la literatura, no aman los clásicos, no escriben historias. […] Para mí es suficiente con darle betún a los zapatos de los santos, si es que san Felipe usa betún en el cielo». Es digno de reconocimiento y sonrisa que, por un natural sentido de la humildad y el pudor, el ahora declarado beato no se viera santo; pero por sus mismas palabras y obras (literarias) se merece análogo reconocimiento y sonrisa como hombre de la literatura, amante de los clásicos y escritor de historias.

Lo llamativo es que Newman mantuvo y ejerció sin sonrojo esa conciencia de escritor literario al entrar en el estado clerical. El 9 de octubre de 1845 consumó su paso a la Iglesia católica, el 30 de mayo de 1847 fue ordenado sacerdote y en el verano de aquel mismo año, hallándose en Roma, recibió un cuento publicado en Inglaterra en el que se atacaba a quienes en aquel ambiente oxoniense de alto voltaje intelectual y espiritual se habían convertido a la fe católica. Como cuenta en el prólogo de Perder y ganar: «La respuesta más adecuada consistía en publicar otro cuento, concebido con un respeto estricto a la verdad, o a lo probable, provisto al menos de cierto conocimiento personal de Oxford y de los distintos aspectos del fenómeno religioso; aspectos que, sin excepción, la citada obra manejaba desgraciada y torpemente».

A un escritor literario no solo se le reconoce por sus rasgos textuales y de género

(literario), también por sus impulsos y por sus convicciones, como estas tan de la Poética aristotélica: verosimilitud y pericia para integrar aspectos del mundo real en la trama ficticia. Y en Perder y ganar se trataba de integrar verosímilmente una serie de aspectos de su historia personal en una trama cuyo argumento se puede resumir así: el joven Charles Reding, hijo de un ministro anglicano, marcha a Oxford a estudiar la carrera clerical, y al hilo de sus estudios y conversaciones se va despertando y desarrollando en él un deseo de verdad amparado por una conciencia que quiere ser recta, que culminará en su conversión al catolicismo. Sin duda, un bildungsroman cuyo eje es un itinerario intelectual y espiritual. Intentio auctoris apologética pues, pero pecaríamos de cierta mirada rígida y muy moderna si por este hecho descartáramos esta obra del dominio literario. Bastaría recordar que en la casa de la literatura hay muchas moradas, y que en la escritura querer hacer algo no impide estar haciendo algo más, o algo complementario, o dos cosas (o tres, o n) a la vez, o algo rico, complejo y abierto. Miguel Ángel Garrido lo recordaba hace años en «San Juan de la Cruz: emisor poético», y el fenómeno se puede percibir en obras tan motivadas por intereses ajenos a la religión como Rebelión en la granja de George Orwell; por no hablar de la intentio lectoris, ingrediente que no deja de añadir aún más emoción a esto de pensar «lo literario».

Así las cosas, no vamos a decir entonces que en Newman, como en san Juan, se puede apreciar no ya su modernidad, sino su adelantada posmodernidad. Seguramente eso tan misterioso y valioso que llamamos literatura —y que por la mayor parte de los siglos no se atuvo a semejante nombre— tiene la virtud de escapar a las monomanías de la teoría mientras sigue hechizando a los lectores.

Encuentro, Madrid, 2017.

Alguna sensibilidad actual puede echar en falta en Perder y ganar un tratamiento moroso de lo psicológico, de los estados de conciencia de quien hace un itinerario como el representado, de una plasticidad interior que transfigure y emborrone el mundo exterior; pero Virginia Woolf todavía no había sido construida, y además el autor es consciente de su intención y de su poética, y no cede a la orientación del momento, a la novela realista exploradora de la vivencia interior. Bildungsroman, pero legítimamente estructurado por ese itinerario intelectual y espiritual, donde la narración camina al ritmo de las bien trabajadas escenas-capítulos (que en esa clara y medida relación recuerda al buen oficio de Henry James) y de los encuentros dialécticos. Relato en tantos momentos humorístico, en el que nada «hace sangre» con nadie, sino que una sabia benevolencia planea con amenidad.

Toda novela escrita con convicción, inteligencia y oficio narrativo es candidata a una buena experiencia de lectura,

que adviene si da con el lector adecuado. Pero más acá de sus virtudes literarias, el lector podrá conocer la tensión intelectual y espiritual que supuso el movimiento de Oxford, un verdadero acontecimiento en la historia de la Iglesia católica, además de disfrutar de un buen relato que sin tapujos aborda un problema de identidad. En estos momentos en que lo líquido desconfigura tantas identidades personales y colectivas, la novela de Newman aporta un relato sincero y valiente, vivido, de alguien que se aventura a transitar de un marco de referencia identitaria a otro. No es el paso de una moda intelectual a otra, un dejarse llevar por el esteticismo y el emotivismo a coste cero en lo personal, porque en el fondo daría igual una cosa que otra. No: la tensión humana de la novela (y yo no diría que esto sea ajeno a su valor literario) se asienta en la profunda conciencia de que es necesario perder, y perder mucho, cuando se trata de ganarlo todo. Una lectura suficientemente transgresora para nuestros tiempos.

Andrés Ortega Klein, «La imparable marcha de los robots»

La robotización y la automatización de las tareas humanas avanzan a pasos agigantados en nuestra sociedad. Esa es la premisa que Andrés Ortega plantea al comienzo de La imparable marcha de los robots. La conocida como Industria 4.0, o economía digital, suscita toda una serie de preguntas y dudas de diferente índole cuyas respuestas afectarán a todos nosotros y reconfigurarán muchos ámbitos, como la sanidad, el empleo, las relaciones humanas, la moral, las guerras, etc.

Basándose en un amplio repertorio de estudios e investigaciones de las universidades, agencias, asociaciones y think tanks más prestigiosos y especializados del mundo en la materia, el autor busca, desde una perspectiva divulgativa, trazar un mapa general de cuál es la situación de la robótica en la actualidad y cuáles serán los próximos pasos en este sector que, sin duda alguna, está llamado a provocar un cambio de paradigma en este siglo tanto a nivel económico como a nivel social e incluso moral.

La imparable marcha de los robotsLa discusión que el libro plantea sobre esta «robolución» toca fenómenos muy diversos y huye de hacer una fotografía únicamente sobre el paisaje. Ortega amplía el foco sobre muchas cuestiones relevantes: la relación entre la máquina y la persona en el trabajo y en las emociones; la soledad creciente (sobre todo en el mundo occidental) a medida que se incrementa el uso de las tecnologías o la cuestión de la deshumanización del hombre ante la idea de convertirse en mero complemento o accesorio de la maquinaria. Pues el hombre podría llegar a ser prescindible, siguiendo una extrema lógica computacional. El tema también lleva a replantear la concepción de la vida o del trabajo en ese imparable avance de la máquina. ¿Dónde quedan las capacidades del hombre, e incluso su facultad de razonamiento? Factores negativos, pero también positivos de la digitalización de la economía exigen que la robotización sea estudiada y que se reflexione públicamente sobre sus consecuencias.

Turing y Neumann, entre otros, comenzaron a desarrollar las primeras computadoras

Es este último, precisamente, el tema central sobre el que gira, en mayor medida, la reflexión del autor. No se trata, para ser sinceros, de una cuestión nueva; su origen se remonta al siglo pasado, cuando los conocidos Turing y Neumann, entre otros, comenzaron a desarrollar las primeras computadoras. A pesar de que eran los primeros años y las máquinas con las que contaban todavía estaban a años luz de tener el potencial y capacidad de las actuales, esas innovaciones sirvieron para que Bertrand Russell se preguntara, ya en 1951, si los hombres seríamos necesarios. Y es que la robotización de la economía pone encima de la mesa muchos interrogantes de difícil análisis y resolución: ¿la aparición de nuevos empleos podrá mitigar la destrucción de aquellos más repetitivos y manuales? ¿Serán las personas con menos estudios las que más sufrirán el cambio tecnológico o también las clases medias pueden verse expuestas? ¿Aumentarán las desigualdades entre las economías más avanzadas, con recursos suficientes para adaptarse a esta «robolución», y aquellas emergentes o subdesarrolladas? Responder a estas cuestiones, como se deduce de la lectura de este libro, no es fácil y las predicciones que sobre estas preguntas se puedan hacer se reducen cada día conforme se lanzan al mercado nuevos productos o se desarrollan nuevas técnicas que transforman el trabajo en un sector u otro de la economía.

una poderosa recopilación y extracción de datos

Esta sustitución de la intuición teórica humana por «una poderosa recopilación y extracción de datos», tal y como afirma el economista norteamericano Tyler Cowen, también exige plantear a fondo la identidad humana, es decir, la cuestión del hombre frente a la máquina, la naturaleza frente al artefacto. En las páginas de La imparable marcha de los robots, Ortega pone de manifiesto esta dicotomía como reto a resolver no ya en el futuro, sino en el presente. De nosotros depende que las máquinas no pongan en peligro nuestra existencia, ya sea degradándonos a mero accesorio o reduciendo nuestras capacidades y pensamiento crítico. Lo ideal sería que, más que desafiar al hombre, las nuevas máquinas funcionaran como un complemento que ayude y mejore el quehacer del hombre.

A lo largo de la historia los instrumentos, herramientas e invenciones nacidas de la creatividad e intelecto del hombre han permitido ahorrar fatiga: la rueda hizo posible que el ser humano transportara objetos pesados con cierta comodidad; la brújula o el astrolabio nos ayudaron a situarnos en el mapa, y la electricidad cambió radicalmente nuestra forma de trabajar, vivir y comunicarnos. Con la entrada en la era de la posindustrialización, la robótica pretende dar un paso más allá: la pretensión no es ya ayudar, sino sustituir. Y hasta ahora nunca se había llegado a una situación en la que el hombre fuera capaz de fabricar y crear un invento que le permitiese abandonar de forma completa ciertos trabajos. Bien es cierto que las revoluciones industriales previas nos han permitido desprendernos en cierta manera de algunas ocupaciones que requerían un esfuerzo físico notable, pero no de una forma total.

«pensados para reemplazar a los humanos, sino para hacer cosas que la gente no puede hacer»

A diferencia de lo que ocurrió en la primera revolución industrial, en la que las máquinas desempeñan funciones simples, en esta nueva revolución las máquinas son capaces de desarrollar funciones complejas. Por eso serán las propias máquinas las que, mediante el método de ensayo y error, aprenderán a desarrollar mejor y de forma más eficaz sus procesos, sin necesidad de que intervenga el hombre. Es el denominado «aprendizaje por refuerzo» que está ya presente en algunos softwares. Sin embargo, en referencia a esto último, Atsushi Yashuda, director de la División de Política de Robots del Ministerio de Economía de Japón, considera que los robots no están «pensados para reemplazar a los humanos, sino para hacer cosas que la gente no puede hacer». Por tanto, los robots no vienen a resolvernos la vida, pero sí pueden ayudarnos a que sea más fácil, sin caer en una dependencia fatal. Siguiendo esta idea, el autor propone una especie de nuevo contrato social de tintes transhumanistas que gustará a unos y ahuyentará a otros: la cooperación hombre-máquina hasta el punto de que la tecnología nos integre.

Por otro lado, el autor también aprovecha las líneas de este libro para advertir de la falta de amplitud de miras en lo que respecta a las consecuencias de los avances tecnológicos. Contadas son las excepciones de países y empresas que tienen desarrollados planes integrales que aborden las disyuntivas económicas, sociales, morales y filosóficas que suponen esta nueva revolución industrial. En este sentido, España, si bien destaca en la venta de algunos componentes e instrumentos robóticos, está lejos de situarse al nivel de Japón, líder en la mayoría de los avances del sector de la robótica. Asimismo, desde una óptica estrictamente economicista, alerta del peligro que implica mantener un sistema educativo orientado a modelos económicos pasados y que no contempla los nuevos como la economía colaborativa.

La imparable marcha de los robots está plagada de conceptos como «computación afectiva», «enjambre digital» y «clase ociosa» que resultarán, en algunas ocasiones, ajenos a la cotidianeidad del lector pero que Ortega sabe explicarlos de manera clara, sin necesidad de recurrir a definiciones complejas, por lo que no es necesario ser un experto en robótica para comprender la relevancia de los asuntos que se tratan. La cantidad de datos, números y estadísticas también es notable, lo que da muestras del trabajo de investigación realizado de forma previa.

Andrea Wulf, «La invención de la naturaleza»

Uno de los más interesantes galimatías de nuestra historia cultural es el deslizamiento de significados de ciertas palabras casi sagradas, o quizá de las actividades y cosas designadas por ellas, como ciencia, medicina, naturaleza y otras cuantas: ni la ciencia de hoy es hija de la que llamaban «ciencia» en el siglo XVI, ni nuestra medicina es nieta de aquella «medicina» de 1800, ni por supuesto nuestra complejísima, inabarcable, frágil, temible, delicada y hasta vengativa naturaleza tiene mucho que ver con aquellas admirables, pero simples, listas taxonómicas o los nietzscheanos columbarios. Pero cuando Nietzsche denunciaba esa columbarización de todo conocimiento y también de la ciencia, ya llevaba casi un siglo en marcha esta especie de revolución que el libro de Andrea Wulf recorre concienzudamente, año a año y paso a paso: Alexander von Humboldt ya tenía dibujada, en su mente y en el papel, desde antes de volver de su viaje americano en 1804, la nueva idea de la que hoy mismo surge cualquier comentario que se haga, técnico o doméstico, sobre la Naturaleza.

El libro de Wulf es, en efecto, minucioso y documentado más allá de lo habitual: de sus 578 páginas, el texto ocupa 403, y entre notas y bibliografía suman 130 páginas más. Su aparato es casi de tesis doctoral; su seguimiento de la peripecia tanto física como intelectual de Alexander von Humboldt es exhaustivo y admirable. Y una vez más nos encontramos ante una parabiografía de corte anglosajón, con investigación sobre aspectos que en ocasiones pudieran parecer irrelevantes (pero que se suman a la diversión de la lectura) y, como también es habitual, con ese cierto y a veces hasta elegante anglocentrismo que, por más que se diga, en nuestra era no tiene parangón en otros ámbitos culturales y sobre todo en estos niveles. La autora tiene una brillante y extensa carrera, y nada permite dudar de su rigor, y ahí está precisamente el problema: junto a hallazgos formidables, Wulf deja de lado realidades que modificarían sustancialmente la adhesión a esos tópicos de la historiografía anglófila que parece imposible corregir; y si eso lo hace una autora rigurosa como ella, es que estamos ante un problema mayor. Un breve ejemplo: tras la intensísima relación de Humboldt con Bolívar (y extensísima en la obra), con argumentados comentarios sobre la mala situación de los nativos americanos y la necesidad del fin de la «colonia» española, el prusiano llega a Washington y se entrevista repetidamente con el presidente Jefferson, que la autora (británica nacida en la India) retrata un tanto angelical, y sobre el que se oscurece por completo su carácter de teórico del exterminio de los nativos norteamericanos, y además haberlo llevado a cabo poco tiempo después.

Esos son los problemas, se diría que inevitables,de referir cualquier tema a la propia cultura; porque, por otro lado, si se quiere conocer la vida y el proceso mental de Humboldt estamos ante una obra magnífica. Los otros aspectos, una vez señalados, pueden no molestar. Se trata de una lectura no solo informativa (Wulf señala que en el mundo anglosajón «se ha tenido olvidado» a Humboldt, por germano) sino recreativa. La narrativa y la rica y sonora traducción trasladan al lector a las faldas del Chimborazo, a los lodos del Orinoco y a los hielos de Siberia; también sufrimos los tedios de la corte de Berlín, y los entusiasmos del París posrevolucionario (Wulf ha perdido ahí la oportunidad de enriquecer su libro con la narración de los seis meses que pasó Humboldt en España esperando financiación y pasaporte del rey Carlos IV). En aquellas laderas de los volcanes americanos se produce en Humboldt la conexión, casi se podría decir la iluminación. Eso que para los ciudadanos del siglo XXI es tan normal, tan indiscutible, se le ocurrió a alguien, o por lo menos fue alguien el que definitivamente hizo que cuajara la noción, y ese alguien fue Alexander von Humboldt. Y trata del sistema de la naturaleza, o de la naturaleza como sistema.

La distribución peculiar de las especies vegetales en unos y otros lugares del planeta; la interdependencia de las especies; la química y la física que no son asunto de laboratorios sino del propio suelo, y del agua, y del aire en que vivimos; el castillo de naipes que es todo el conjunto. Todo ello está narrado, descrito y sentido en la obra con pasión y con precisión y, hay que decirlo, sin el sesgo militante que pudiera esperarse. La recepción del inmenso trabajo del prusiano (viajes, libros, recapitulaciones, enciclopedia) por Haeckel, o por Darwin, sitúa a estos en lugares más ajustados del santoral, por así decirlo. Puede que aquí también tuviéramos algo olvidado a Humboldt, como pensionado de la corona que colaboró a desbaratar (una tradición española, por otra parte). Es justo atribuirle la construcción de nuestra noción de Naturaleza, que dista mucho de la idea que manejaban nuestros tatarabuelos, unos dedicados a descifrar expresiones como «el sensorio divino» y otros convencidos de no ser más que guijarros en un caos. La posibilidad de entender nuestra casa común, la posibilidad de una ecología, es la esperanza que Humboldt nos dio como herencia, y esta obra de Andrea Wulf, incluso con sus pequeñas filias étnicas, nos lo recuerda minuciosa y apasionadamente.