Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosEn El dios que no nació, una lúcida guía para entender la relación entre religión y política en el Occidente moderno, Mark Lilla escribía que hoy hemos progresado de un modo que nos lleva de regreso al siglo XVI, con sus preguntas “sobre revelación y razón, pureza dogmática y tolerancia, inspiración y consentimiento, deber divino y simple decencia”. No cabe mucha duda de que este retorno de la religión es al menos un factor en las patentes dificultades de la elite contemporánea para comprender el mundo que pretende dirigir: hemos vuelto a discusiones que apenas conocemos. Lo confesaba hace poco un director ejecutivo del New York Times: “No captamos la religión, no entendemos su papel en la vida de la gente”. El año 2017, con su quinto centenario de la Reforma protestante, nos puede tal vez servir de ocasión para al menos intentar entender esta parte del cristianismo moderno. Para el que quiera embarcarse en esa tarea, vayan las siguientes recomendaciones.
Fuentes. Todo tipo de factores políticos, sociales y económicos confluyen en la Reforma, y hay interminable disputa sobre el peso de cada uno de éstos. Pero quien quiera tomar en serio el modo en que los actores del proceso se entendieron a sí mismos, tiene que dar a la controversia teológica un lugar preeminente. Pero los reformadores protestantes nos hacen relativamente fácil dicha tarea: cualquiera que tenga un mínimo de alfabetismo teológico –o que pacientemente quiera armarse de él– puede leer sus obras. Su estilo suele ser llano, y desde el siglo XVI han sido traducidos a nuestra lengua: el mismo Cipriano de Valera que tradujera la Biblia al español, publicó a fines de dicho siglo una traducción de la Institución de Calvino. El último esfuerzo titánico de traducción está constituido por las obras de Lutero en diez volúmenes, que durante recientes décadas publicaron las editoriales Paidós y Aurora. Pero también entre los textos breves hay algunos sumamente significativos. La mejor versión condensada de las polémicas del siglo XVI es la Carta al cardenal Sadoleto, de Juan Calvino. De Lutero suelen gustar las frases escandalosas y el aparente rupturismo; quien, en cambio, quiere verlo escribir con sencillez y sabiduría, probablemente no puede hacer nada mejor que leer La libertad cristiana (que ya en 1542 podía encontrarse en español en la traducción de Francisco de Enzinas).
Historias generales de la Reforma. En castellano puede encontrarse de James Atkinson Lutero y el nacimiento del protestantismo o, más recientemente, La Reforma protestante, de Patrick Collinson. Algo superiores son Carter Lindberg, The European Reformations, y Diarmaid MacCulloch, The Reformation, la más reciente narración magistral sobre el periodo. La cualidad que estas últimas dos obras notoriamente comparten es su habilidad para tejer una narración atenta a la multiplicidad de factores culturales y políticos que se cruzan en este tumultuoso periodo, sin por eso perder de vista la primacía de los conflictos teológicos. No se trata de introducciones al pensamiento de los reformadores, pero la dimensión doctrinal de los conflictos recibe la atención debida y es explicada de un modo que cualquier lector interesado logra seguir.
Como salta a la vista, la obra de Lindberg pone ya en el título su énfasis en la pluralidad de reformas del periodo. Dicho plural no obedece a que esté imponiendo una sensibilidad postmoderna sobre su objeto de estudio. Se trata, simplemente, de captar la multitud de fenómenos de reforma (tanto protestantes como católicas, magisteriales como radicales) que con cierta independencia se desarrollan en el siglo XVI. Dicho énfasis se ha vuelto una de las notas características del estudio reciente de la Reforma, como puede verse también en la más reciente de las historias generales escritas por un católico, Reformations: Early Modern Europe, 1450-1660, de Carlos Eire. Se trata de un énfasis pertinente, aunque desde luego hay también un riesgo de sobrecorrección. Para equilibrarlo no es mala idea atender a Scott Hendrix, Recultivating the Vineyard. The Reformation Agendas of Christianization. Si bien Hendrix reconoce una multitud de “agendas”, pone un énfasis más fuerte en el común propósito de cristianización que atravesaría a todos estos movimientos. Para la temprana “globalización” del protestantismo, en tanto, cabe recomendar Protestants: A History from Wittenberg to Pennsylvania 1517-1740, de Scott Dixon.
Tradiciones específicas. De la multiplicidad de reformas se desprende que enfrentar cada una de ellas como un proyecto relativamente independiente, en lugar de reducirlas a versiones mejoradas o desmejoradas de otras, es una tarea elemental para entender el periodo. Philip Benedict ha escrito la mejor de esas introducciones en lo que a la tradición calvinista se refiere: Christ’s Churches Purely Reformed: A Social History of Calvinism. No hay, en mi opinión, una obra equivalente para estudiar la fortuna del luteranismo como movimiento global (una ausencia que contrasta con la obsesiva preocupación por Lutero entre los historiadores del temprano siglo XVI). Pero sí la hay para la reforma radical. La reforma radical, de George H. Williams, sigue siendo la mejor introducción al variado número de fenómenos que suele agruparse como ala izquierda de la Reforma.
La conexión evangélica. El lector bien puede preguntarse cuánto de esto le ayudará a comprender el mundo evangélico contemporáneo. No es ningún misterio que éste guarda relación con la Reforma, pero dicha relación no parece consistir en un continua línea de sucesión. Efectivamente, en el siglo XVIII irrumpe en escena algo distinto. Es el evangelicalismo con un núcleo algo más reducido de intereses doctrinales, con una concentración muy fuerte en la conversión personal y el activismo social, y es esta comprensión del cristianismo la que expandió el protestantismo por el mundo. Para comprender su surgimiento tal vez lo mejor sea The Rise of Evangelicalism, de Mark Noll (junto a George Marsden es también de los mejores historiadores para comprender la historia evangélica más reciente).
En cualquier caso, comprender los primeros doscientos años del protestantismo parece requerir de nosotros habilidades opuestas a las requeridas para asomarnos a su historia subsiguiente. Si en el comienzo reina la oposición entre reforma magisterial y radical, desde el siglo XVIII en adelante es casi norma su “contaminación” recíproca. No puede comprenderse este protestantismo actual mediante una simple búsqueda de “raíces” en el siglo XVI, pero tampoco puede prescindirse de éstas. Como en tantos otros campos, aquí hay que recordar que la historia no es la búsqueda de los orígenes sino el estudio de las mediaciones.
Biografías. No sin razón, muchos lectores preferirán aproximarse al periodo leyendo biografías de sus grandes actores. El quinto centenario de Calvino el año 2009 naturalmente trajo consigo una buena cantidad de obras sobre éste. En lo biográfico lo más destacado es el Calvin de Bruce Gordon. De figuras titánicas como Lutero hay biografías en buen número, y entre las traducidas al castellano cabe ante todo nombrar la clásica Lutero, de Ronald Bainton. Entre las más recientes que cuenten con traducción, hay que mencionar la de Heiko Oberman, Lutero: un hombre entre Dios y el diablo. Pero el lector interesado deberá estar atento a dos grandes historiadores de la Reforma que publicarán sus biografías de Lutero este año: Herman Selderhuis y Scott Hendrix.
Interpretación. En su cruce de controversias religiosas y políticas, el siglo XVI nos resulta tanto lejano como familiar; es un mundo atravesado por el conflicto, pero en el que aún hay un lenguaje en común para disputar. Por lo mismo, una buena parte de la discusión sobre la Reforma ha girado en torno a su lugar en la historia de la cultura: en qué medida se trata de un último capítulo del mundo medieval, en qué medida de una primera revolución moderna. En El protestantismo y el mundo moderno, de Ernst Troeltsch, el lector interesado encontrará una de las más clásicas exposiciones de este problema. Entre las publicaciones más recientes, Protestantism After 500 Years, editado por Mark Noll y Thomas Howard, incluye contribuciones sobre su lugar en grandes tópicos desde la historia del derecho a la historia de la universidad. El lector interesado encontrará en estas obras no la añeja tesis sobre los orígenes protestantes de la modernidad, pero sí una infinidad de preguntas sobre los modos en que nuestro mundo se relaciona con este acontecimiento iniciado en 1517. Finalmente, un reciente libro del mismo Howard, Remembering the Reformation, ofrece una lúcida presentación de los modos en que el evento ha sido conmemorado en cada centenario. Coincidente esta vez con el primer centenario de la revolución bolchevique, el quinto centenario de la Reforma nos invita a profunda reflexión sobre las tensiones entre reforma y revolución, sobre los usos y abusos del pasado, sobre los modos en que tanto el pasado cercano como el remoto siguen configurando nuestro mundo.
La realidad se halla regida por el principio fundamental de la imperfección
Javier Gomá.
Del fenómeno de la corrupción puede decirse que conocemos sus efectos, no tanto su naturaleza. Y es que a la corrupción le sucede algo así como a la fuerza de la gravedad: experimentamos a diario su presencia, si bien no podemos decir a ciencia cierta en qué consiste. Pero mientras los efectos de la gravedad resultan atractivos, los de la corrupción repelen.
El escenario no parece confortable, pues queremos luchar contra una práctica que produce rechazo, sí, pero también desconcierto al no existir un acuerdo unánime sobre su naturaleza. ¿Qué entendemos por corrupción y cómo luchar contra este fenómeno?
Estas son las dos grandes cuestiones sobre las que versa la obra colectiva (La corrupción en España. Un paseo por el lado oscuro de la Democracia y el Gobierno (Alianza)) coordinada por Víctor Lapuente, profesor e investigador en el Instituto de Calidad de Gobierno de la Universidad de Gotemburgo; una obra que, publicada hace unos meses, está pasando desapercibida, lo que se me antoja llamativo por partida doble. En primer lugar, porque, como me propongo poner de manifiesto en esta reseña, este libro constituye una sólida aportación a la bibliografía española sobre el fenómeno de la corrupción. Y también porque desde su aparición en junio del año pasado, la corrupción en España está alcanzando cotas no conocidas hasta ahora. En estas circunstancias, cabría esperar que líderes y analistas repararan en la inteligencia reunida en este libro, movimiento que no parece estar produciéndose.
Estamos ante un libro, cuyo coordinador –me apresuro a decir– ha sabido atemperar con evidente acierto las inevitables desigualdades de fondo y forma propias de toda obra colectiva. Ocho autores de diferentes campos –Economía, Sociología, Ciencia Política, Ingeniería y Derecho- que reflexionan y proponen en torno a estas dos cuestiones: Qué es la corrupción y cómo combatirla, los dos pilares sobre los que he levantado este trabajo.
En el primero de los dos apartados me pregunto por el esquema de interpretación en el que se considera enmarcada la corrupción; ¿es el único ‘encuadre’ posible? Me pregunto también qué ocurre si, en lugar de entender la corrupción como la causa de un creciente malestar social, se parte del supuesto contrario: la corrupción es el síntoma de un problema. Y, a todo esto, ¿cómo se examina la realidad para conocer cuánta corrupción, y de qué tipo, hay en sociedades como la española? Tres inquietudes, tres, en torno a la misma cuestión: La forma en que los autores entienden la corrupción y si existe algún margen para enriquecer sus puntos de vista.
En la segunda parte reúno diferentes consideraciones sobre las medidas sugeridas para luchar contra la corrupción. A partir de una estrategia calificada de comprehensiva, los autores proponen una serie de actuaciones en distintos campos, desde la transparencia a la modernización de la gestión, tanto de la administración pública en general como de la local en particular. Al igual que en la primera parte, aquí también indagaré si existe o no existe margen para mejorar, y de qué forma, algunas de las propuestas.
El libro transmite la idea sobre la corrupción que se encuentra más extendida entre los expertos:“La corrupción es el abuso del poder público para beneficio privado” [1],[2],[3],[4]. Así se expone de principio a fin de la obra. La corrupción es entendida como un fenómeno ‘extractivo’ que desvía lo que son bienes comunes o públicos hacia la esfera de los intereses privados o particulares. Dicho en pocas palabras, la corrupción es situada en el eje público-privado.
Así se expone de principio a fin de la obra. La corrupción es entendida como un fenómeno ‘extractivo’ que desvía lo que son bienes comunes o públicos hacia la esfera de los intereses privados o particulares. Dicho en pocas palabras, la corrupción es situada en el eje público-privado.
Esta duda no se despeja cuando se establecen los siguientes tipos de corrupción en razón al sujeto interviniente[8]: por una parte, se habla de corrupción en el ámbito público y, por otro lado, como segunda categoría, se considera la corrupción en el ámbito privado, aquella “en la que solo intervienen privados”. Esta nítida diferencia entre lo público y lo privado desaparece cuando, dentro del primero de estos dos grupos –corrupción en el ámbito público– se habla, a su vez, de dos modalidades de corrupción, a saber: la corrupción política perpetrada por los cargos públicos de más alto rango, ¡con la habitual participación de actores privados! (sic) y la corrupción administrativa, “en la que se implican funcionarios públicos, medios o bajos”.
Todo lo cual no solo no resuelve la duda planteada sobre la verdadera naturaleza de este fenómeno, al menos en cuanto a su apellido (¿pública, privada?); resulta que, además, es fuente de otros interrogantes. Veamos.
Es evidente que los numerosos episodios de la así llamada corrupción política han producido en la ciudadanía “conmoción, desafección y enojo” hacia las principales instituciones políticas. Ahora bien, cabe preguntarse si el hecho de haber situado la corrupción en el eje público-privado no constituye una incitación, una fuente perversa y caudalosa de desafección precisamente hacia los ‘malos’: la política y los políticos.
Permítaseme responder a esta cuestión con una nueva pregunta: ¿Por qué, además de situar la corrupción en el campo de batalla entre los intereses comunes y los particulares, no se la considera ubicada, también, en el eje de los fuertes frente a los débiles, de los poderosos frente a los frágiles, con independencia de la naturaleza, privada o pública, de los agentes intervinientes?
Pues en cualquiera de las modalidades delictivas que puede revestir la corrupción, en cualquiera, hay alguien que tiene el poder de beneficiarse y quien, como consecuencia, sale perjudicado. Y esto es así sea cual fuere la naturaleza de los bienes lesionados (públicos o privados), la personalidad jurídica de los actores intervinientes (instituciones o individuos), el lugar de los hechos (la administración pública o la empresa privada) y el cometido de los agentes que delinquen (personas que desempeñan un empleo público o dedicadas a la actividad privada). Y, por otra parte, esto es así ya se trate de delitos capitales o concomitantes, mediales, resultantes u otros; delitos como el cohecho, impropio o activo; asociación ilícita, fraude a la administración, falseamiento patrimonial o información privilegiada. En cualquiera de estas modalidades delictivas, insisto, hay corruptor y corrompido y sin duda, también, beneficiado y perjudicado.
Y en cuanto a los problemas que se derivan de un hecho tan llamativo como que “en Derecho español y en la mayoría de ordenamientos europeos, no existan tipos penales específicos de corrupción”[9] cabe decir que la propuesta de un segundo eje o ‘encuadre’ (los fuertes frente a los débiles) ni añade ni resta dificultad alguna.
Si consideráramos la corrupción en la encrucijada de ambos ejes (público-privado y poderosos-débiles), los ciudadanos no veríamos la corrupción como ‘cosa de los políticos’ únicamente, ni a estos como seres extraterrestres en lugar de lo que son, personas elegidas por nosotros, entre nosotros. Y, de paso, ayudaríamos a incrementar la participación de los ciudadanos en el cuidado de la cosa pública, del bien común, de lo que es de todos y de nadie en particular y, al mismo tiempo, exhortaríamos a los ciudadanos a comportarse de manera ejemplar, evitando las prácticas corruptas por muy privadas que sean y con independencia de su cualidad y cuantía. ¿Cuál es el origen de esa prevención a enunciar y difundir un principio tan básico como que no es posible una política corrupta en una sociedad sana? ¿Es posible una sociedad inmaculada? Si no es posible, ¿por qué el apellido más habitual de la corrupción es la política?
Creo, en suma, que al situar el fenómeno de la corrupción en la encrucijada de ambos ejes quedaría iluminado con bastante más intensidad que si lo tratáramos unidimensionalmente. Otra forma de colaborar a tal fin es mirar de frente al círculo vicioso en el que uno se siente en ocasiones atrapado: ¿Es la corrupción la causa de nuestros males más evidentes o, por el contrario, es el síntoma de nuestros problemas de fondo?
Los autores ponen el dedo en la llaga al advertir que “la tarea de identificar si la flecha causal va desde [la] corrupción hacia el efecto negativo o al revés es complicada”[10]. A pesar de ello, el libro contiene un elevado número de referencias a la corrupción como origen de nuestros males[11], [12], [13],[14], por lo que todo induce a pensar que, si bien es aceptada la dificultad de establecer las relaciones causa-efecto, la corrupción es considerada el problema de fondo.
Por otro lado, los autores aceptan como tónica general del libro “que los individuos responden a los incentivos que les rodean y que por tanto la proliferación de la corrupción se favorece o se limita dependiendo del entorno institucional en que desarrollan su actividad”,[15] lo que conduce a considerar como imprescindible analizar qué partes del entorno de las personas están “avivando la llama” de la corrupción.
Así es como, en medio de esta suerte de círculo vicioso (la corrupción deteriora las instituciones – analicemos las instituciones que alimentan la corrupción), los lectores pueden sentirse atrapados, sin saber muy bien dónde se encuentra la salida de este laberinto.
Problema–síntoma, medios–fines, causa–efecto, motivaciones–objetivos son duplas que se encuentran en el corazón de no pocos debates de todo tipo, condición y época. No, no es una cuestión baladí. Ni en el caso que aquí nos ocupa (la corrupción, ¿problema o síntoma?) ni, por ejemplo, en uno de tanta actualidad y trascendencia como es el de la desigualdad económica (¿una cuestión de redistribución o de predistribución[16]?). Porque, entre otras razones, adoptar uno u otro punto de vista –origen o consecuencia– determinará en buena parte el tipo de estrategia y las medidas a adoptar.
Mas las estrategias se diseñan y las medidas se adoptan en función, también, de los datos que tengamos de la situación, lo que nos remite a la tercera y última de las cuestiones elegidas para ilustrar las dudas que, de diferentes maneras, rodean el concepto de corrupción: ¿cómo medimos la corrupción, un fenómeno tremendamente poliédrico y complejo?
El libro proporciona una fuerte base empírica sobre la situación en España y, lo que es más interesante e importante, ofrece numerosos análisis de ‘anatomía comparada’ entre la situación en nuestro país y la de otros países de los cinco continentes. Se trata de una valiosa aportación que hace olvidar la irritante coletilla con la que líderes, tanto políticos como económicos, apelan frecuentemente, en defensa de sus argumentos, y sin aportar prueba alguna, a ‘los países de nuestro entorno’.
Ahora bien, los datos que se obtienen de la realidad que queremos conocer son, de hecho, respuestas a las consultas con las que el investigador pretende conocer la realidad. Así, a los ciudadanos se nos pregunta, pongamos por caso, por “la popularidad electoral de los alcaldes”, pero no por las creencias básicas que caracterizan el trabajo cotidiano en una alcaldía, lo que bien podría hacerse en estos o parecidos términos: ¿Cree usted que el interés por la mejora continua de los procedimientos de trabajo forma parte de la cultura organizacional de su ayuntamiento?
En el capítulo inicial de la obra, titulado “De dónde venimos y a dónde vamos en corrupción” se dibuja un bucle en el que todo queda atrapado y ejemplifica lo dicho hasta aquí: partiendo de que la corrupción “es el abuso del poder público para beneficio privado” se concluye que “la corrupción es inherente a la cosa pública”.
Se atribuye a Sir Arthur Eddington, eminente astrofísico británico del siglo XX, la parábola del ictiólogo que explora el océano con una red de anchura de malla de 2 pulgadas. Este investigador marino deduce, a la vista del pescado capturado, que no existen peces con un tamaño inferior a estas dos pulgadas. Tal es la sensación que puede dejar en el lector la conceptualización de la corrupción a partir de unos datos empíricos que, como los ofrecidos, están inevitablemente condicionados por la forma de auscultar la realidad.
Y con esta precaución es con la que, a mi juicio, ha de acometerse la lectura de las medidas planteadas en este libro. Un menú de propuestas que considero, en cualquier caso, valioso por sí mismo y, sobre todo, si lo comparamos con las apresuradas recetas que proliferan por doquier. Todas y cada una de las medidas que nos ofrecen los autores de esta obra colectiva estimulan la imaginación y animan a idear cómo mejorarlas. He aquí algunas críticas y sugerencias al respecto, la segunda parte de esta reseña: ¿Cómo combatir la corrupción?
Los autores, ya lo anticipé al comienzo de la reseña, han “intentado trazar los puntos centrales de una estrategia comprehensiva en la lucha contra la corrupción, repasando qué dicen los estudios comparados en distintos aspectos: administración pública en general y local en particular, financiación de los partidos, transparencia, medidas penales, medios de comunicación y sistema electoral”[17].
Esta estrategia comprehensiva, abarcadora, global es, por otra parte, una estrategia, a mi juicio, superficial o epidérmica. Pues una cosa es la amplitud y otra la profundidad. Por los siguientes motivos.
Gracias a los estudios empíricos llevados a cabo, tenemos una idea aproximada de cómo se percibe, cómo se acepta y cómo se experimenta la corrupción por parte de los ciudadanos de diferentes países[18]. Pero ¿cómo se genera la corrupción?, ¿dónde se encuentran las razones últimas que explican los comportamientos corruptos?, insisto, ¿de qué disfunciones básicas la corrupción es un síntoma? En la obra colectiva coordinada por Víctor Lapuente el objetivo a batir es el problema de la corrupción. Pero el lugar donde los autores buscan el origen último de la corrupción es la superficie de los actores, corruptores y corrompidos. Y el hecho de no atreverse a profundizar e ir más allá es lo que deja una huella de superficialidad rastreable en diferentes pasajes del libro.
De los individuos se dice que “responden a los incentivos que les rodean” y de la cultura de las organizaciones que es “el conjunto de reglas que modera el comportamiento de los miembros de una institución”[19]. A mi juicio, esto supone renunciar a la búsqueda de explicaciones de más hondo calado, tanto en las personas como en las instituciones.
Porque las personas son mucho más que agentes que se mueven al son de incentivos. Los individuos se comportan guiados por un conjunto de motivaciones tanto externas como intrínsecas y así también transcendentes[20], por hacer referencia solo a una de las innumerables teorías que se han construido sobre el comportamiento humano en las organizaciones formales. Y porque su comportamiento deshonesto en provecho propio (self-serving dishonesty), del que consecuentemente se deriva un perjuicio ajeno, no es constante sino variable en función de las oportunidades[21]. Por ello, en definitiva, la imagen que el lector puede hacerse de la persona, en tanto que corrupto, es extremadamente simple. Algo así como un figurante incorpóreo, sólo atento al dinero o al poder o al favor, y que reacciona siempre del mismo modo, con independencia de la variable tiempo, igual en los comienzos que en el ecuador de su carrera, sean cuales fueren el conjunto de sus variables motivacionales, el perfil de su personalidad o los rasgos de su carácter.
Y en cuanto a los aspectos institucionales que se manejan en el libro como explicación a la corrupción (reglas, normas, conductas, estructuras organizativas, planes, procesos de trabajo, estrategias, objetivos, etcétera), no son sino manifestaciones ‘superficiales’ de lo que en la teoría de las organizaciones se entiende como el núcleo profundo de la cultura organizacional[22], ese conjunto de presunciones básicas del que emanan, en palabras del propio Edgar Schein, ‘los artefactos y los valores adoptados y declarados’, algunos de los cuales acabo de enumerar entre paréntesis y a vuelapluma.
Que resulte difícil cuantificar tanto el conjunto de las motivaciones de los individuos –más allá de los “incentivos”– como su personalidad y carácter, no significa que todo ello no exista ni tenga una influencia determinante en el comportamiento humano. Del mismo modo, la dificultad de evaluar (por invisible y preconsciente) el nivel más profundo de la cultura organizacional de las instituciones (creencias básicas y no solo “reglas”) no justifica su ausencia a la hora de diseñar medidas contra los comportamientos corruptos.
La estrategia comprehensiva es una de las principales y más valiosas aportaciones de este libro. Mi propuesta en cuanto a cómo mejorarla es, en definitiva, ganar en profundidad en estos dos frentes. Por muy inasibles que ambas empresas puedan parecer, existen formas de ser abordadas.
Esta estrategia comprehensiva y, al mismo tiempo, superficial ha dejado su huella en diferentes pasajes de la obra colectiva: desde la financiación de los partidos políticos[23] hasta el carácter preventivo (en cierto grado, disuasorio) de las medidas propuestas, pasando por la transparencia (entendida a través del espejo retrovisor), o la modernización (moderada) de la gestión pública. Veamos estos y otros asuntos.
Desde la óptica de la ‘gestión pública’ el libro propone acertados guiños a lo que, por contraposición, puede denominarse ‘gestión privada’, lo que me sugiere las siguientes reflexiones.
La Administración, entendida como ciencia social, estudia las organizaciones humanas y, considerada como conjunto de técnicas, facilita la gestión, eficiente y eficaz, de los recursos necesarios para la producción de bienes y la prestación de servicios. Y esto es así con independencia de la arquitectura institucional que distinga a una u otra organización en particular, es decir, con independencia de la Visión, la Misión, los Valores y los Objetivos que se persigan. Salvo que se niegue lo dicho, el mestizaje de saberes y técnicas entre la esfera pública y la privada podría y debería ir, a mi juicio, mucho más allá de lo propuesto en este libro, tanto para el ámbito de la Administración Pública (capítulo 2) como para el de las Administraciones Locales (capítulo 3).
En el primero de ellos se argumenta que para “combatir la corrupción y perseguir el buen gobierno, deberíamos dar un golpe de timón” y dotar a nuestra administración, por una parte, de un mayor profesionalismo (‘separar las carreras de políticos y funcionarios’, es decir, permitir menos políticos entre los cargos públicos y menos cargos públicos entre los políticos) y, por otra, dotarla de una mayor flexibilidad o, si se prefiere, de una menor burocratización incrementando, por ejemplo, el grado de autonomía en la gestión de las plantillas, como es el caso de Nueva Zelanda[24].
Este planteamiento es, a mi juicio, tan acertado como ilustrativo es el excelente Gráfico 2.7 “Los cuatro mundos de la gestión pública”[25] en el que se representa un compendio muy didáctico de la propuesta. Ahora bien, cabe preguntarse cómo habría resultado dicho gráfico si en el eje de abscisas, además de representar el grado de delegación en la gestión de recursos humanos, se hubiera valorado, por ejemplo, la existencia o no de Círculos de Calidad en las administraciones de los distintos países, o la práctica de cualquier otro de los muchos hábitos, usos y costumbres acuñados y utilizados a diario en el ámbito de la gestión privada.
Definitivamente, parece urgente tender puentes entre ambos mundos. Pues la práctica privada está, a mi juicio, tan necesitada de categorías propias de las ciencias políticas y sociales, como éstas lo están de las prácticas y los conceptos desarrollados en el ámbito de las organizaciones privadas, con y sin ánimo de lucro. Esto mismo puedo argüir al descender un peldaño y bajar de la Administración Pública al capítulo dedicado a la corrupción y las administraciones locales. Aquí también se puede seguir el rastro de lo dicho.
El estudio y clasificación que se ofrece en “Otros tipos de gestores municipales”[26], a saber, strong mayor, council manager y committee leader es, sin duda, excelente. Pero la conclusión política que cierra el capítulo se queda en la epidermis de la cuestión. Pues “el marco fundamental de referencia para entender por qué la corrupciónpodía tener lugar [en la época de la burbuja inmobiliaria]” consta de los siguientes lados: 1. la monocracia (gobernanza local dominada por un solo partido), 2. la ausencia de contrapesos, y 3. la falta de separación de incentivos entre cargos electos y técnicos. Asuntos todos que, con ser ciertos, contundentes y determinantes, pertenecen a lo que Schein denomina “artefactos” de la cultura organizacional tanto de los ayuntamientos (en cuanto que instituciones formales) como de los territorios que abarcan, espacios físicos y culturales.Y por lo que a los agentes privados se refiere quedan caricaturizados como los encargados de poner el dinero sobre (o bajo) la mesa [pues] “ya estaban predispuestos a corromperse”.
Si los Max Weber y Woodrow Wilson de antaño fueron los primeros “en defender lo que es una anatema para muchos: la separación entre las esferas política y administrativa”, hoy es el momento de superar esta otra brecha: la que se interpone entre la razón organizativa propia de la administración de empresas y el pensamiento y la práctica de la esfera político-administrativa.
El libro no se hace eco de la necesidad de mestizaje entre ambos mundos, dos lógicas que deberían abandonar el recelo mutuo con el que tradicionalmente se tratan. Una atmósfera de suspicacia, cuando no de resquemor, que es palpable tanto en ámbitos universitarios como fuera del campus. Pues es manifiesto el recelo existente entre profesores de unas y otras facultades y, también, entre los profesionales de la actividad privada y los dedicados a la acción política y la administración pública.
Superar este clima de mutua desconfianza, mediante la construcción de puentes perdurables entre una y otra ribera, salvando las naturales diferencias entre sus respectivas visiones y misiones (servicio público y ánimo de lucro), es una tarea que debería realizarse con independencia de que así lo estén haciendo, o dejando de hacer, otros países más avanzados que España.
Porque en materia de modernización organizativa de las administraciones públicas –desde la cúspide política a la base funcionarial–, para dar un “golpe de timón” y dirigir España hacia el cuadrante donde habitan países tales como Dinamarca, Nueva Zelanda, Suiza o Finlandia, deberíamos evitar estos dos obstáculos: 1. ignorar a quienes nos llevan la delantera y 2. limitar nuestras aspiraciones a inspirarnos en ellos. En este libro se salva brillantemente el primero[27], pero se tropieza estrepitosamente en el segundo.
En el apartado “Corrupción: de la lucha a la prevención”, donde se defiende la necesidad de observar los avances conseguidos en otros países, se apuesta de forma decidida por “la misma filosofía que en la medicina: es mejor prevenir que curar”. En este contexto, echo de menos algunas medidas genuinamente preventivas, en concreto las siguientes dos.
La primera la sitúo a las puertas de las instituciones, así públicas como privadas. Me refiero a los procesos de selección de personal. Los autores del estudio anteriormente citado21 sobre cómo el cerebro humano se adapta a los actos deshonestos en provecho propio, concluyen que sus hallazgos científicos “pueden ayudar a los responsables políticos en el diseño de medidas preventivas contra el engaño”. Pues para acceder a un puesto de trabajo, amén de conocimientos, es preciso evaluar otros elementos –tanto o más importantes– que deben poder apreciarse y valorarse[28]. ¿Cómo es posible que, siendo la corrupción uno de los fenómenos que más nos preocupan, se preste poca o ninguna atención sobre este particular a la hora de aceptar o no a una persona en una organización?
Y la segunda medida la sitúo ya no a las puertas de las instituciones, sino en su interior. Pues la corrupción entendida como síntoma es consecuencia, entre otras cosas, de malas prácticas organizativas, siendo estas –como reiteradas veces vengo subrayando– manifestaciones de las presunciones básicas que se sitúan en el núcleo mismo de la cultura organizacional. Para atajar de raíz la corrupción hay que introducirse allí donde se toman las decisiones que anteceden a los actos, es decir, donde el delincuente en ciernes prepara su delito. Y una vez allí aplicar el abecé de los principios y técnicas de administración, desde la identificación colaborativa de metas y objetivos, hasta la asignación consensuada de actividades a realizar, pasando por el establecimiento de los índices, cuantitativos y cualitativos, que permitirán el seguimiento y control de los planes propuestos. Insisto, se trata del abecé; algo que parece propio de otro mundo, pues no se practica, por lo general, en el nuestro. Son, en definitiva, principios básicos para, por una parte, gestionar eficaz y eficientemente los recursos y alcanzar los objetivos propuestos y, por otra, para pasar de las palabras a los hechos en materia de modernización permanente de las instituciones.
Ambas medidas (mejora de los procesos de selección de personal, en particular, y de participación y toma de decisiones, en general) son esencialmente preventivas, pues atacan la corrupción en sus raíces al considerarla un síntoma de, en este caso, disfunciones organizativas y, más profundamente, culturales. Con ellas me sumo incondicionalmente a la filosofía preventiva de este libro. Una obra colectiva que se sitúa en el polo opuesto del que ocupan quienes ponen el foco en la fiebre y no en la infección y, en consecuencia, recetan analgésicos en lugar de antibióticos, limitándose a capturar a los corruptos sin presentarles batalla en los despachos donde se forjan[29].
Como el propio título indica, “Transparencia y prevención de la corrupción”, el capítulo 6 sigue esta misma senda –mejor prevenir que curar– y, así, otorga a la transparencia el ‘carácter instrumental’[30] que le corresponde, en palabras del profesor Jiménez Asensio.
La llamada a la cultura de la transparencia[31], la exposición ecuánime (aspectos positivos y aspectos mejorables) tanto de la Ley como del Portal de la Transparencia[32], así como los resultados empíricos aportados[33], son algunos de los aciertos que contiene este capítulo. Mas, por otro lado, el concepto usual y común de transparencia, del que se hace eco esta obra colectiva, merece, a mi juicio, la siguiente crítica desfavorable.
La transparencia debería haberse presentado con sus condiciones de contorno o limitaciones pues, al no hacerlo, es difícil que el lector la imagine erguida. Como la cometa se mantiene en el aire gracias a –y no a pesar de– el hilo que la sujeta a tierra, así también el concepto de transparencia sin límites se viene al suelo, pues no es ni posible, ni creíble, ni deseable.
Por otra parte, la transparencia como antídoto de la corrupción, ni es el mejor remedio[34] ni ayuda a resolver los problemas de conceptualización de ésta, pues en este capítulo se abraza sin ambages la idea de una corrupción unidimensional situada exclusivamente en el eje público-privado.
El concepto y la práctica de transparencia que se defienden en el libro abarcan únicamente la mitad del problema, uno de los dos perfiles del dios Jano: el que mira hacia los hechos consumados o en vías de perpetrase. La pregunta es inevitable: ¿dónde está la transparencia de las intenciones, de los planes de mejora continua, del compromiso público para innovar y perfeccionar permanentemente las instituciones?, en una palabra, ¿dónde está el futuro? La transparencia es necesaria, pero cuando se limita a satisfacer la curiosidad de los ciudadanos o a sonrojar a las instituciones por lo que hacen o hicieron en la oscuridad, entonces, paradójicamente, la transparencia oculta la raíz de los problemas[35].
El futuro, cuando la sociedad se ha alejado ostensiblemente de la zona de equilibrio, es impredecible. Y tan cierta como esta incertidumbre es esta otra verdad: el futuro es fruto de nuestros actos y estos de nuestras intenciones. ¿Por qué los escondemos?, ¿por qué no los publicitamos?, ¿por qué no nos comprometemos y damos a conocer sistemática, periódicamente a la ciudadanía en qué aspectos y en qué medida, cuánto y cómo, pretendemos mejorar nuestras instituciones? Definitivamente, la huella de la estrategia comprehensiva pero superficial adquiere aquí este aspecto: el libro propone una transparencia que mira hacia atrás y alrededor de nosotros en el tiempo; no hacia un futuro permanentemente mejorable.
En el discurso de la transparencia y, en particular, el referido a la transparencia de los partidos políticos[36] destacan algunos rasgos que, a mi juicio, merecen ser comentados. En pocas palabras, se trata de un discurso básicamente normativista y auditor.
El normativismo, o tendencia exagerada a establecer normas, es el espíritu que recorre el discurso de la transparencia, de principio a fin. Expresiones como prohibir donaciones, tipificar delitos, publicar obligatoriamente o controlar estrictamente, más que asegurar un porvenir transparente, oscurece nuestras expectativas de transparencia. Porque, lo diré una vez más, la norma, la ley, el reglamento son imprescindibles, pero, en ausencia de medidas que emanen de la cultura subyacente de las instituciones, son pan para hoy y hambre para mañana. Porque, como advierten los propios autores, “una regulación intachable desde el punto de vista técnico no garantiza que partidos y donantes ajusten su comportamiento real a los principios de una financiación política ética. Sea cual sea la normativa, partidos y donantes pueden encontrar siempre canales alternativos para saltárselas”[37],[38].
Del mismo modo, llama la atención el énfasis en medidas que descansan sobre la existencia de autoridades externas a las organizaciones cuyo comportamiento se quiere vigilar. Autoridades externas que tienen distinto grado de formalización, desde agencias reguladoras a iniciativas nacidas de la sociedad civil. Son estas autoridades externas las que auditan el comportamiento de las instituciones, bien por mandato legal como el Tribunal de Cuentas, bien por decisión propia como es el caso, por ejemplo, de Transparencia Internacional. Las primeras analizan los resultados, principalmente económicos, que publican las organizaciones, mientras que las segundas realizan estudios, entrevistas, encuestas para conocer qué opinión tienen las organizaciones de sí mismas en diferentes materias. Unas y otras aplican cánones o patrones, o bien oficiales o bien de elaboración propia y, en función de la comparación entre estos estándares y los datos de la realidad proporcionados por –u obtenidos de– las organizaciones auditadas, estas saldrán más o menos favorecida en la fotografía que resulte.
Todo esto es necesario; pero, solo esto, sin más, es un mecanismo que acaba anulando o, al menos, no favoreciendo el ‘impulso vital’ de las organizaciones para adquirir de forma soberana, por iniciativa propia, el compromiso ante la ciudadanía, decidido y libre, de evolucionar y mejorar permanentemente[39]. Por todo ello cabe preguntarse si las evaluaciones al uso sobre, por ejemplo, el nivel de transparencia o de compromiso electoral contra la corrupción[40] son algo más que una mera fórmula para evitar cambios en la cultura organizacional de las instituciones de que se trate.
Un discurso, en suma, básicamente normativista y auditor basado en dos pilares que, a su vez, merecen ser mencionados, aunque sea brevemente, pues no por evidentes resultan menos importantes. Me refiero a la credibilidad de las autoridades auditoras y a la “voluntad masiva de los ciudadanos” sobre estos asuntos. Quien audita transparencia debe ser transparente y autocrítico hasta la extenuación[41], predicar con el ejemplo e interesarse por la opinión que de sus métodos de trabajo tienen las organizaciones a los que se les aplica. Y, al mismo tiempo, debe fundamentar sus iniciativas en la opinión pública[42],[43], sí, pero no exclusivamente.
En todo lo cual, el papel desempeñado por los medios de comunicación es determinante como resulta obvio, pero no tanto como cabría deducir de la idea-fuerza básica que se expone, especialmente, en los capítulos 7 y 8, a saber: Cuanta más cantidad de información llegue desde los medios a los ciudadanos, mejor podrán estos evaluar (premiar o castigar) a los partidos por sus prácticas poco o muy corruptas. Y es que aceptar esta relación causa-efecto, sin más, supone confundir la información (suministrada por los medios) con la formación, en definitiva con la cultura, con la que el ciudadano la interpreta[44]. Por otro lado, no está de más recordar en este punto que si de algo andamos sobrados es de información. Pues, no solo en Internet, también en el mundo físico, cada vez necesitamos más “sherpas informativos expertos que nos preseleccionen, analicen e interpreten el abrumador alud de información continua que nos inunda”[45].
Las conclusiones[46] con que cierra el capítulo titulado “Política, dinero y corrupción” me ofrecen una buena oportunidad para resumir lo dicho hasta aquí en los siguientes términos. En mayor o menor medida, los aspectos reunidos por los autores nos hablan de una transparencia de hechos, sobre todo en clave económica, antes que de una transparencia de planes de futuro en materia de innovación institucional permanente; nos hablan más de medidas de supervisión por parte de agentes externos que de iniciativas propias y voluntarias de compromiso público; nos hablan mucho de sanciones o de corrección de los delitos cometidos y poco de prevenirlos en origen y todo, en fin, con un espíritu mucho más normativo que enraizado en el estudio concienzudo tanto del amplio abanico de las motivaciones humanas como de la cultura organizacional de nuestras instituciones. Un enfoque, en suma, que podría inducir a suponer que el discurso hegemónico sobre transparencia podría estar favoreciendo el mantenimiento del statu quo.
España es un país que, en el proceso de dejar atrás la época de la transición, lucha por la consolidación de sus instituciones y prácticas democráticas. Este es nuestro reto: avanzar por el camino que conduce al club de los países con ‘gobiernos democráticos antiguos y relativamente bien establecidos’[47], no como un fin, sino como medio para seguir acercándonos a la meta última, que no es otra que la de una mayor equidad social. ¿Qué papel desempeñan en este desafío las instituciones políticas y cuál las instituciones burocráticas? ¿Cómo interfiere en ambas esferas el fenómeno de la corrupción?
La obra colectiva, cuya reseña concluyo, ofrece valiosas propuestas tanto para un ámbito como para el otro, fruto de una estrategia comprehensiva e inteligente, bien que superficial. Las sugerencias que me he atrevido a proponer van dirigidas, sobre todo, a la maquinaria burocrática de las instituciones, a sabiendas de que, como acertadamente recuerdan los autores, no existe palabra en el diccionario político “menos ‘sexy’ que burocracia. Sólo nombrarla ya aburre”.
En cualquier caso, opino que los países fracasan no solo, ni siquiera principalmente, porque fracasen sus instituciones políticas, sino también, y sobre todo, porque fracasan sus instituciones burocráticas[48]. Esta opinión, que cuenta con el creciente favor tanto de académicos como de mujeres y hombres de acción[49],[50], y que creo coincidente con la de los autores de La corrupción en España, no puede quedarse en meras palabras.
Las propuestas reunidas en esta obra son un excelente plan de acción. Me sumo a él decididamente, al mismo tiempo que subrayo la necesidad de evitar nuestros viejos y proverbiales demonios, como es el confiarlo todo a las inauguraciones, el borrón y cuenta nueva, el gusto por comenzar desde cero. Pues mejor que dedicarse al diseño radical de nuevos sistemas inteligentes es perfeccionar permanentemente la inteligencia de los sistemas burocráticos. Sabemos cómo y para qué actuar. Y porqué: por eso, porque “la realidad se halla regida por el principio fundamental de la imperfección”[51].
[1]Lapuente, V. (coord.), 2016. La corrupción en España. Un paseo por el lado oscuro de la democracia y el Gobierno. Alianza Editorial, Madrid, pág. 16.
[2]Op. cit., “En el informe de la Unión Europea sobre corrupción se describe la corrupción como ‘abuso de poder para obtener réditos privados’”, pág. 111
[3]Op. cit., “La corrupción consiste en la desnaturalización de las finalidades institucionales para atender objetivos particulares de los sujetos (…) un modo patológico de ejercer las competencias de la función pública”, pág. 115.
[4]Op. cit., “’utilización de un cargo público en beneficio propio’”, pág. 148.
[5]Op. cit., pág. 108.
[6]Op. cit., “la tolerancia con este tipo de escándalos en las urnas [puede que] se deba a que [a] los ciudadanos les gusta, o al menos no les importa que los políticos sean corruptos (…) especialmente en situaciones en las que la corrupción comporta, al menos a corto plazo, beneficios no sólo para el político sino también para parte del electorado”, pág. 168.
[7]Op. cit., “…en aquellos casos en los que los ciudadanos se podían ver beneficiados de algún modo de las prácticas corruptas, los alcaldes no sufrían ningún castigo electoral”, pág. 193.
[8]Op. cit., pág. 115 y ss.
[9]Op. cit., pág. 108.
[10]Op. cit., pág. 16.
[11]Op. cit., “La corrupción actúa como un cáncer que impide el buen funcionamiento de las instituciones”, pág. 15.
[12]Op. cit., “La corrupción oxida las instituciones públicas de múltiples formas”, pág. 16.
[13]Op. cit., “Resultados perniciosos con los que se asocia la corrupción”: Mala economía; Problemas sociales; Peor salud; Infelicidad e insatisfacción, Gráfico 1.1, pág. 17.
[14]Op. cit., “¿Cuál es a su juicio el principal problema que existe actualmente en España”? Gráfico 1.10, pág. 34.
[15]Op. cit., pág. 62.
[16]Estefanía, J., 2016. A partir de ahora, qué hacer. “La predistribución es el conjunto de políticas que en lugar de fijarse en mitigar la desigualdad se concentran en originar previamente menos desigualdad: tratar de incidir sobre las causas de la inequidad personal y no sólo procurar paliar sus consecuencias”. El País, lunes 24-10-2016.
[17]Op. cit., pp. 201-203.
[18]Op. cit., pp. 26-32.
[19]Op. cit., pág. 204.
[20]Pérez López, J. A., 1985, Las motivaciones humanas. IESE. Nota Técnica FHN-161. Última edición 21-02-2007.
[21]Garret, N. et al, 2016, The brain adapts to dishonesty. Nature Neuroscience, Vol. 19, Num. 12, december 2016, pp. 1727-1735. Online: 24 october 2016. Trabajo investigación fruto de la colaboración entre el Departamento de Psicología Experimental de la UCL (University College London) y la Fukua School of Business (Duke University, NC, USA) cuyo motto es Rethinking the boundaries of business school.
[22]Schein, E, H., 1986, Organizational culture and leadership. Jossey-Bass, San Francisco. Edición en español: Plaza y Janés. Primea edición: enero, 1988, Barcelona. “Llamaré ‘cultura’ a un modelo de presunciones básicas –inventadas, descubiertas o desarrolladas por un grupo dado al ir aprendiendo a enfrentarse con sus problemas de adaptación externa integración interna–, que hayan ejercido la suficiente influencia como para ser consideradas válidas y, en consecuencia, ser enseñadas a los nuevos miembros como el modo correcto de percibir, pensar y sentir esos problemas” (pp. 25-26; en la edición original, pp. 8-9). De especial utilidad para el lector interesado en la representación gráfica de esta definición es la “Figura 1. Niveles de cultura y su interacción”: Nivel 1, artefactos y creaciones; Nivel 2, Valores; Nivel 3, presunciones subyacentes básicas (pág. 30; en la edición original, pág. 14).
[23]Op. cit., La “conciencia que hayan adquirido los partidos” es toda la alusión que se hace a la cultura organizacional de estos, pág. 94.
[24]Op. cit. Este país apenas cuenta con empleados públicos con un estatus funcionarial equivalente al español, siendo la mayoría “personal eminentemente laboral y sometido a las mismas protecciones y las mismas incertidumbres que sus equivalentes en el sector privado”, pp. 57-58.
[25]Op. cit., pág. 58.
[26]Op. cit., pág. 66 y ss.
[27]Op. cit., “Sólo comparándonos con estos países [con una corrupción prácticamente irrelevante], podremos comprender la naturaleza de nuestro problema de corrupción y cómo atajarlo”, pág. 202.
[28]López-Medel, J., 2017. Reflexión crítica sobre la selección de jueces. Web de la Abogacía Española, 12 de enero.
[29]Gómez-Pallete, F., 2015. Una vindicación de la acción política. Prólogo de Víctor Sampedro. Epílogo de José Luis González Quirós. Ed. Asociación por la Calidad y Cultura Democráticas. Charleston, SC, UA.
[30]Jiménez Asensio, R., 2016, Introducción: Integridad y transparencia, imperativos de una buena gobernanza. Blog La mirada institucional, agosto 2016.
[31]Op. cit., “En la cultura de la transparencia resulta fundamental la educación de los ciudadanos, para que ya desde la infancia puedan aprender a valorar adecuadamente la importancia de la transparencia y lo perverso no negativo de la corrupción.”, pág. 149.
[32]Op. cit., pp. 154-157.
[33]Op. cit., Tabla 6.1 Evaluación del nivel de transparencia de los partidos políticos (pág. 159) y Tabla 6.2 Evaluación del nivel de compromiso electoral contra la corrupción (resumen) (pág. 160).
[34]Op. cit., “La transparencia es el mejor antídoto contra la corrupción”, pág. 148. Al margen de que la proverbial advertencia ‘mi asignatura es la más importante de la carrera’ rara vez es anuncio de buena enseñanza, postularse como tal resulta difícilmente compatible con una estrategia comprehensiva como, sin duda, lo es la estrategia que caracteriza al conjunto de esta obra.
[35]Asociación por la Calidad y Cultura Democráticas, 2013. “La calidad bien entendida (4)”. Blog de la Asociación, 23 de agosto.
[36]Op. cit., pp. 157-163.
[37]Op. cit., pág. 104.
[38]Op. cit., “Los emprendedores corruptos, tanto del sector privado como del público, se adaptan rápidamente a las nuevas reglas de juego”, pág. 203.
[39]Comunicado de la Oficina de Prensa de la BBC. Titular: “BBC launches ambitious new diversity and inclusión strategy”. En el contenido de la nota se da cuenta de por qué, cómo y para qué la British Broadcasting Corportation, el servicio público de radio, televisión e internet del Reino Unido, se ha comprometido libre y públicamente a mejorar la presencia (en el total de la plantilla, en los puestos de liderazgo y entre los presentadores de radio y televisión), de distintos colectivos (personal femenino, discapacitados, negros, asiáticos, minorías étnicas y LGTB), en qué medida (en %) y en qué plazos (objetivos 2017 y 2020). Posiblemente sea este unos de los más recientes y mejores casos de mejora institucional en la esfera burocrática de un organismo público. Un caso que ha pasado prácticamente desapercibido en España. BBC.com, Media Centre, Latest News, Last updated: 28.04.2016.Búsqueda miércoles 18 enero 2017, 12:29.
[40]Op. cit., Tablas 6.1 y 6.2, pp. 159-160.
[41]“El Ayuntamiento de Sabadell, premiado hasta en dos ocasiones por su ‘transparencia’”. ABC, 27 de noviembre de 2012.
[42]Op. cit., pág. 161.
[43]Lizcano Álvarez, J., 2017. Asignaturas pendientes sobre corrupción. “Los partidos vienen ignorando la incuestionable voluntad de la ciudadanía de que se dediquen a combatir las conductas abusivas de forma consensuada”. El País, viernes 13-01-2017.
[44]Op. cit., La información sobre corrupción importa para los resultados electorales, pág. 185. De los seis factores que influyen para que un escándalo de corrupción tenga impacto electoral, solo el primero de ellos tiene que ver con la disponibilidad de información: (i) que los ciudadanos tengan conocimiento de los hechos. Los otros cinco factores tienen que ver con la cultura política del lector: (ii) que los ciudadanos evalúen los hechos negativamente, (iii) sean capaces de atribuir responsabilidades, (iv) perciban el escándalo como algo importante, (v) visualicen una alternativa y (vi) sean consistentes entre sus actitudes y su comportamiento.
[45]Amiguet, L., 2017. Entrevista a Moisés Naím. La Contra. La Vanguardia, 14-01-2017.
[46]Op. cit., pp. 102-104.
[47]Dahl, R. A., 2012, La Democracia. Prólogo de Fernando Vallespín. Planeta, Barcelona. Pág. 2.
[48]Jiménez, D., 2015. La revolución ingenua (y pendiente) de la política. Noticias Positiva, 3 de junio. Entrevista reproducida en el Blog ‘el 4º PODER.enRed’, Público.es, 4 de junio.
[49]Innerarity, D., 2017. Sobrevivir a los malos gobernantes. El País, miércoles 04-01-2017.
[50]Jiménez Asensio, R., 2016, Los frenos del poder. Marcial Pons, Madrid.
[51]Gomá, J., 2016. “Utopía”, hágase justicia, perezca el mundo. Suplemento cultural de ABC, 26-11-2016.
Se diría que la escritura son variaciones sobre el misterio del Sábado Santo, un silencio que turba y delimita la extensión de nuestra ignorancia. Al leer, roturamos ese misterio en busca de una solidez oculta bajo el velo de las palabras. Pascal Quignard, el más grande escritor europeo de hoy, bucea entre las sílabas como quien se adentra en una fosa que nos acoge –y nos alumbra– en el seno de una ausencia. Leer es reconocer –escribe en sus Pequeños Tratados (Ed. Sexto Piso)– porque, en la lectura, «el lector descubre lo que él mismo es y lo que no es al revivir una vida que no ha vivido». Quignard piensa en el Mundo Antiguo, en el momento seminal de la literatura. Quignard piensa en los hombres callados que rebuscan bajo una tierra baldía las vasijas rotas de un mundo que ha perdido el sentido. Los Pequeños Tratados, como tallas barrocas, zigzaguean en torno a lenguas muertas y vidas marginales, en ocasiones paralelas a las nuestras. «Escribo al oído –dirá–, pero con el oído del silencio» acerca de las cosas innecesarias, de las palabras olvidadas, de los gestos ocultos. Nos cuenta la conversión de Clodoveo y los francos por obra del obispo san Remigio. Nos habla del libro de Li Changyin y del rostro de Sei Shōnagon. Se pregunta por el silencio de san Ambrosio y la vida de Agustín de Hipona; por los tres hijos muertos de Sinesio de Cirene, por el hombre que conoció el final del helenismo. Quignard hace hablar a Cleopatra y a Couperin, a Pascal y a La Tour. El tono es ascético, casi desnudo, pero lo alientael deseo y las sombras perturbadoras del jansenismo. Dice sin decir. «César –escribe–, tras la matanza de sus lugartenientes por los eburones, no se afeitó. Catón de Útica, tras la derrota de su partido en Tapso, no se afeitó. Ni Antonio, tras el fracaso de Módena, ni Augusto, con la noticia del desastre de Varus, se afeitaron». Es una conmoción que nos resulta familiar.

Leer a Quignard supone inaugurar un mundo antiguo que causa estupor por su nihilismo. Podemos apuntar alguno de sus grandes títulos: Las sombras errantes o El odio a la música; novelas como Todas las mañanas del mundo o Villa Amalia y, desde luego, estos dos tomos que conforman sus Pequeños Tratados: textos breves, danzas de la muerte, que elogian el arte de leer. Se trata, en cierto modo, de un ejercicio de idolatría, de una pasión consumada que bordea el delirio. Al inicio del segundo volumen, Quignard describe su ámbito literario del siguiente modo: «Leo a Montaigne; supongo a Montaigne: veo el castillo, las salas, las escaleras, las vigas. Veo el vaso de vino tinto del que decía que no bebía sino una vez concluida la comida. Leo a Virgilio; supongo a Virgilio; supongo a Virgilio: veo la pequeña hacienda cerca de la Volta Mantovana. Veo la orilla del Mincio, los hayucos mezclados con los guijarros, las flautas de sauce. Los libros están locos. Abro “la puerta del libro”. En el libro, el autor se encierra con su lector. Es una escena peligrosa».
En efecto, el mundo de Quignard es un lugar peligroso, del que no se sale incólume. Su inteligencia penetra como una daga en lo más hondo de la conciencia del lector. Su cultura clásica resulta infinita. Su introversión jansenista, extrema. Leerlo equivale a contemplar una naturaleza muerta que ignora la caridad hacia el prójimo. Debemos subrayarlo las veces que sea necesario: Quignard es el gran escritor europeo de nuestros días. El más perturbador e inquietante, desde luego.
La tercera sesión del foro de UNIR sobre la construcción de la opinión pública versó sobre Demoscopia y sondeos electorales. Se celebró ayer en Madrid y los ponentes principales fueron Narciso Michavila, sociólogo, presidente de GAD3, y Manuel Mostaza, politólogo y ex director de operaciones de Sigma Dos. El director del foro, el periodista Carmelo Encinas, resumió el seminario con dos titulares: «Las encuestas son influyentes sobre todo si el voto está ajustado y los votantes cada vez más deciden a última hora lo que van a votar».
El primero en intervenir fue Narciso Michavila. Puntos destacados de su charla fueron:
-En Francia ya solo se hacen encuestas online.
-Las encuestas como las del CIS se quedan «viejas» cuando se publican (se refieren a estados de ánimo y cuestiones de hace, por ejemplo, un mes).
-En EE.UU. no fallaron las encuestas: realmente ganó Hillary Clinton por número total de votos, lo que ocurre es que el sistema tan particular norteamericano puede dar la victoria al candidato que en realidad es el segundo en el recuento global.
-Cada vez más los votantes deciden más tarde.
-Las mejores empresas de sondeo de opinión son las locales.
-No cree que en Ecuador haya habido manipulaciones electorales, pero tiene sus dudas en Venezuela.
Manuel Mostaza se mostró de acuerdo con la exposición de Michavila y añadió:
-No está claro qué quiere decir eso de la «opinión pública».
-La «opinión pública» no tiene que opinar sobre todas las cosas y no es malo que no tenga opinión sobre todas las cosas, por ejemplo, sobre el ancho de banda en un reglamento de telecomunicaciones.
-Pero si la opinión pública tiene que opinar, entonces se le ha de informar bien, y de ahí la importancia de las sociedades abiertas, de los medios de comunicación, del periodismo libre y de que los ciudadanos tengan acceso a la información. «No me imagino un mundo sin periódicos».
-Hasta 1963, con el Instituto de Opinión Pública, en España no había demoscopia.
-Hasta esa época, había políticos (por ejemplo en Gibraltar) que se creían que la «opinión pública» eran ellos: «Si quieren saber lo que piensan los gibraltareños, pregúntenme a mí».
-Hay rupturas y cambios de paradigmas en nuestra sociedad que articulan el voto de forma distinta a la típica alternativa entre los grandes partidos.
-Las encuestas, si están bien hechas, aciertan: hay que saber leerlas. No son magia. Se corresponden con resultados en un momento determinado.
-Las encuestas no predicen, predicen los astrólogos, los magos, los augures. Las encuestas hacen estimaciones con los datos de que disponen en un momento determinado. Twitter es magia. El dato no desaparecerá.
-Tomar el pulso con sondeos entre elecciones es importante porque las tendencias acaban por imponerse.
-El nivel de las encuestas en España es alto.
En el turno de debate intervino la periodista Esther Esteban, que contó anécdotas sobre lo mal que lo pasan los periodistas en pantalla cuando se equivocan las encuestas electorales. Habló de la importancia del llamado «voto de castigo»: no votar a los que pensamos que nos están fastidiando. José Ramón Lorente, investigador principal de NC Report, sostuvo que en España estamos volviendo al bipartidismo: bajan Ciudadanos y Podemos, y se recupera el PSOE. Rafael de Miguel, periodista de El País, defendió las encuestas a pie de urna aunque tengan algo de espectáculo e insistió en que lo que fundamentalmente ha ocurrido ha sido un cambio enorme en el espectro ideológico. Las encuestas y los sondeos, por otra parte, eran elementos esenciales en la información de un periódico y a veces era difícil resumir en un titular todo su contenido, de ahí los posibles sesgos que a veces se percibían. Álvaro Nieto, subdirector de Tiempo, sostuvo que no había «demonización de las encuestas» por los últimos fracasos en las predicciones, había críticas. Había «encuestas buenas y malas, bien hecha o mal hechas, como hay «periodistas buenos y malos».
La sesión completa se puede volver a seguir online en la siguiente grabación: http://unir.adobeconnect.com/p8es0pajni4/
El ex ministro Jaime Mayor Oreja presentó anoche en Madrid el libro del profesor José Antonio Ibáñez-Martín titulado Horizontes para los educadores. Las profesiones educativas y la promoción de la plenitud humana. En el mismo acto Ibáñez-Martín pronunció una conferencia sobre los fundamentos de la educación, dirigida a quienes entienden este trabajo no simplemente como un medio para ganarse la vida porque aspiran a más: alcanzar nobleza y personal plenitud en su profesión.
El evento se celebró en el auditorio de la Fundación del Pino. Intervino primero María José Fernández Díaz, decana de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid, que glosó la figura de Ibáñez-Martín, su maestro, ahora vicerrector de Ordenación Docente y Doctorado de UNIR y director de la Revista Española de Pedagogía.
Jaime Mayor Oreja sostuvo que estábamos ante “un gran libro”, el de “un sabio dedicado toda la vida a la educación”, del que guarda grandes recuerdos (“tanto de él como de su familia”); de un libro cuya lectura “me ha dado una profunda alegría” y que coincide con su diagnóstico: que sobre todo la crisis de la sociedad actual es “una crisis de valores”.
El profesor Ibáñez-Martín pronunció un discurso chispeante y profundo que conformó una suerte de compendio de su filosofía de la educación. He aquí sus ideas principales:
“Los que influyen no son los que mueven a llevar pantalones rotos, sino los que proporcionan un horizonte vital, y entre estos no cabe la menor duda de que se encuentran los profesores”. Pero de esos profesores que no pasan por nuestra vida “como la luz por el cristal, absolutamente sin romperla ni mancharla”. Y de ahí la pregunta: “¿Qué tengo que hacer yo para ser un buen profesor?, para combatir lo que decía Arsenio Pacios: No se engañen ustedes, hay años de práctica que merecen años de cárcel”.
John Steinbeck, añadió Ibáñez-Martín, relata la tristeza de su hijo pequeño a quien no le gustaba ir a clase. “Pues lo siento, niño, vas a tener quince años de clase -le contestó-. Serías muy afortunado si encontraras un maestro”. Los maestros de Steinbeck padre poseían esto en común: “Amaban lo que hacían, transpiraban deseo de saber, pero sobre todo, la verdad, ese material peligroso, se convertía en algo bello y precioso.”
Las ideas que vertebran el tratado de Ibáñez-Martín son la importancia de la verdad y la necesidad del compromiso existencial.
Sobre la importancia de la verdad
Citó a Eduardo Nicol: “El hombre no nace entero, se va enterando poco a poco”. De la verdad nos vamos enterando poco a poco. La verdad se “de-muestra”, lo mismo que se da “el fulgor de la evidencia”.
Y para la “de-mostración” está la lógica, pero también otros recursos que la inteligencia posee: la literatura, la historia, la religión, etc. Las razones del corazón de las que hablaba Pascal. A esto Ibáñez-Martín lo llama “razón ampliada”.
Por eso, Ibáñez-Martín, en su libro, apoya sus argumentaciones también en la poesía, en personajes de Dostoyevski, en películas, noticias de actualidad, o en consideraciones de la religión católica.
Sobre el compromiso existencial
“La tentación de convertir la trama del hombre en un caleidoscopio sin unidad ni sentido es muy grande, en una cultura de la seducción, dominada por imágenes cambiantes, y modas efímeras, en las que muchos equivocadamente depositan sus ilusiones”, subrayó. “La esperanza de la verdadera felicidad radica en la construcción de un yo que se desarrolla en el tiempo sobre firmes convicciones y compromisos que se atienden creativamente a lo largo de los años. ”
Ibáñez-Martín sigue a Bernini: “La verdad es la más bella virtud del mundo; es preciso trabajar con ella porque termina siempre por ser descubierta con el tiempo”.
Ayudar a descubrir la verdad es tarea de los profesores
Sería un error, pues, encerrarse en planteamientos tecnocráticos que buscan solo la solución inmediata de ciertos problemas (“¿qué tengo que explicar el lunes?”), en la transmisión de unos conocimientos, competencias o capacidades, frecuentemente dirigidos a conseguir buenos resultados en las estadísticas internacionales o a responder a las exigencias actuales del mercado del trabajo, pero “incapaces de dar luz a las nuevas generaciones sobre aquello que hace a la vida digna de ser vivida, sobre aquello que da sentido al esfuerzo por superarse y por buscar la propia plenitud”. Véase el caso de los ni-nis, que están ahí no tanto por el escenario económico, sino por el escenario cultural, “que priva de motivaciones fuertes”.
Con palabras de Ortega y Gasset: “El hombre no puede vivir plenamente si no hay algo capaz de llenar su espíritu hasta el punto de desear morir por ello… Por eso yo no siento hacia los mártires admiración, sino envidia. Es más fácil lleno de fe morir, que exento de ella arrastrarse por la vida…Pero hoy estamos rodeados de ideales exangües, faltos de adherencia sobre nuestra individualidad”.
Se equivoca, pues, quien empequeñece el horizonte de la acción educativa.
George Gusdorf sostuvo: “Todo maestro, sea cual sea su especialidad, es antes que nada un maestro de humanidad. Por pobre que sea su conciencia profesional no deja de ser, quiera o no, el testigo y garantía para aquellos que lo escuchan de la mejor exigencia”. De este modo, el profesor de Matemáticas, “enseña Matemáticas, pero también, aunque no la enseña, enseña la verdad humana”. “Nadie se ocupa de la formación espiritual, pero todo el mundo lo hace, incluso ese mismo que no se ocupa”.
El trabajo docente: un cordel con cuatro hilos
El trabajo docente es como un cordel que tiene cuatro hilos, subrayó el vicerrector de UNIR. Hay un hilo rojo, la sangre, que es la dimensión moral, importante unido al hilo verde, la eficacia en las iniciativas pedagógicas, y al hilo azul, la oportunidad de las intervenciones, y al hilo amarillo, que es la profundidad y la brillantez de las lecciones. El Eclesiastés recoge que un cordel de tres hilos no se rompe fácilmente, “pues bien, un educador ha de tener un cordel de cuatro hilos, no debe dejar ninguno de ellos olvidado”: preparación profesional, el conocimiento profundo de lo que debe enseñar, la metodología, saber aplicar las enseñanzas, y la energía y brillantez de sus intervenciones; consciente de que la brillantez no tiene nada que ver con un “vacío globo de colores”, sino con “el esplendor de la verdad”, que de-muestra argumentando con razón amplia.
Por último mencionó Para una filosofía de la educación, de Jacques Maritain, escrita durante la II Guerra Mundial. “¿Por qué combatimos si la única cosa que puede hacer la razón humana es medir y utilizar la materia?” Pues combatimos por valores espirituales: la verdad, la justicia, la personalidad humana, etc., y tenemos que explicar por qué estas cosas son dignas de que muramos por ellas. De lo contrario, “nos batimos y morimos por vanas palabras”.
Por lo tanto, según el autor de Horizontes para los educadores, “es evidente que si el educador no trabaja con una clara fundamentación antropológica, su actividad pasa a ser simple imposición violenta de personales prejuicios”; pero con ella, con esa fundamentación, será “un fanal que dé luz a los que le rodean”. Sin manipular ni adoctrinar. Porque con la verdad “igualmente ama al otro como a él mismo”.
Para la universidad, finalmente, pidió “ambiente de libertad”, el deseo buscar la “verdad universal”, y juntar “sabiduría con educación”.
La muestra, que fue inaugurada por su majestad el Rey, rescata y contribuye a la puesta en valor de dos objetivos fundamentales de su reinado: la política exterior y la aportación científico-cultural, incidiendo en el papel jugado por la Corona en promover el avance del conocimiento.
Carlos III se propuso recuperar el prestigio de España en Europa. Para ello emprendió una activa política internacional que dejaba atrás la neutralidad vigilante de su hermano, Fernando VI, y que asumió el reto de desafiar a las potencias competidoras, tanto en la diplomacia como en el campo científico y cultural, siguiendo las ideas innovadoras de la Ilustración.
Carlos III se propuso recuperar el prestigio de España en Europa
Continuando la estela reformista de sus predecesores, en los casi treinta años de su reinado en España tuvo la posibilidad de diseñar y ejecutar una profunda y progresiva transformación a todos los niveles en los territorios de la Monarquía Hispánica. Una de las razones de su éxito fue la capacidad y habilidad para disponer de los recursos humanos y materiales necesarios para cada una de las empresas que acometió, que tuvieron como norte el afianzar su idea de España. Los resultados fueron desiguales, pero considerándolos globalmente supusieron avances que no se detuvieron con su fallecimiento en 1788 y que fueron modelo a seguir por sus sucesores1.
La exposición fue estructurada en cuatro grandes áreas temáticas: España e Italia. Relaciones e intereses internacionales (1716-1759); El trono de España y los reinos ultramarinos; La proyección internacional de la Monarquía. España en el sistema internacional; y Un mundo por conocer. Cultura y exploraciones científicas. El primero de los espacios presentaba al rey en su entorno familiar y le situaba en su etapa italiana, hasta 1759. Fue en Italia donde se formó como gran gobernante y donde se fraguó su curiosidad por el conocimiento y su interés por abrir las relaciones de sus reinos con el mundo a través de la política y la ciencia.
El recorrido, en su tercer ámbito, destacaba la proyección internacional de España y su intervención en los grandes acontecimientos bélicos de la época. Analizando algunas de las claves de la política exterior de Carlos III como el acercamiento a Francia, las interesantes relaciones con el norte de África, los acuerdos con Portugal, la participación en la Guerra de los Siete Años y el apoyo a la independencia de los Estados Unidos.La segunda parada de la muestra se adentraba en su llegada al trono español, poniendo en valor las reformas ilustradas que emprendería en casi tres décadas de reinado para sentar las bases de un Estado moderno. Prestando además atención a las posesiones ultramarinas de América y el Pacífico (islas Filipinas y Marianas), que fueron para Carlos III el pilar estratégico y económico de la Monarquía.
La exposición finalizaba explicando la atención preferente que el rey concedió a la cultura y la ciencia, que se concretó, entre otras actuaciones, en la organización de numerosísimas expediciones a Ultramar que, además de unos innegables objetivos político-estratégicos, aportaron conocimiento sobre territorios, poblaciones, flora o fauna.
La exposición finalizaba explicando la atención preferente que el rey concedió a la cultura y la ciencia
La muestra acogió más de un centenar de piezas de excepción pertenecientes a casi cuarenta instituciones españolas y extranjeras (Italia y Reino Unido), algunas de ellas poco conocidas, prestadas por primera vez y en algunos casos restauradas para la ocasión. Obras de los grandes pintores del siglo XVIII que actuaron a modo de cronistas de esta fascinante época, como Jean Ranc, Jacopo Amigoni, Giuseppe Bonito, Anton Rafael Mengs o Francisco de Goya, compartieron espacio con importantes materiales arqueológicos mediterráneos y americanos, así como con magníficas piezas de la cartografía del periodo, instrumentos científicos, o los originales de algunos de los documentos nodales de la historia de la Europa dieciochesca.
El proyecto ha sido completado con la publicación de un catálogo que incluye las colaboraciones de María del Carmen Alonso Rodríguez, Alfredo Alvar Ezquerra, Sylvia L. Hilton, Javier Jordán de Urríes y de la Colina, Miguel Luque Talaván, Carlos Martínez Shaw, José Luis Peset Reig, Carmen Sanz Ayán y María Jesús Viguera Molins. Así como por un ciclo de conferencias desarrollado los días 16 y 23 de febrero y 2, 9 y 16 de marzo de 2017 en el salón de actos del Museo Arqueológico Nacional.
En 1788 Gaspar Melchor de Jovellanos leía en una sesión de la Real Sociedad Matritense de Amigos del País el Elogio de Carlos III, reconocimiento público a un soberano que había dado a España Ciencias útiles, principios económicos, espíritu general de ilustración. Jovellanos sentenciaba a modo de epitafio: «Ved aquí lo que España deberá al reinado de Carlos III». Estos elogios fúnebres que se compusieron para ser leídos en las múltiples exequias reales organizadas a su muerte por todos los territorios de la Monarquía Hispánica, y que fueron compilados y estudiados por Francisco Aguilar Piñal, son un magnífico termómetro de lo que estaba por venir2.

El conde de Fernán Núñez, coetáneo del monarca y autor de Vida de Carlos III, es reputado como su primer biógrafo. Desde entonces la historia tradicional y las nuevas corrientes han atendido de manera constante, y desde las más distintas aproximaciones, al estudio de su vida y de su reinado4. A modo de ejemplo se puede mencionar la Historia del reinado de Carlos III en España, de Antonio Ferrer del Río, editada en Madrid en 1856, y que fue patrocinada por el rey consorte Francisco de Asís de Borbón, esposo de Isabel II y bisnieto del monarca5.
Carlos III ha quedado en la memoria como un monarca activo que modernizó el aparato del Estado, introdujo reformas económicas y sociales, potenció instituciones y enseñanzas, auspició la entrada de ideas ilustradas y buscó situar a España en primera línea entre las grandes potencias6. El cultivo de su memoria partió de su entorno más cercano y desde entonces, sin solución de continuidad, su reinado poliédrico ha sido tratado desde la historia, la historia del arte o la historia de la ciencia, entre otras disciplinas.
Carlos III ha quedado en la memoria como un monarca activo que modernizó el aparato del Estado
Ya sus descendientes se preocuparon por mantener viva su memoria. Carlos IV encargó a Mariano Ramón Sánchez y a Antonio Carnicero Mancio la serie pictórica de las vistas de los puertos españoles que ha dejado constancia visual de la labor de su padre en la acometida de obras de construcción, reforma o mejora del sistema portuario de una nación con vocación, proyección y presencia marítima internacional7. Confiando además, en 1790, a Francisco Álvarez la realización de una magnífica estatua ecuestre de su padre, que sin embargo no pudo llegar a fundirse en la época8.
Su nieto, Fernando VII, encomendó a Vicente López, su pintor de cámara, que decorara con una Alegoría de la institución de la Orden de Carlos III el techo de su vestidor en el Palacio Real de Madrid, instalado en las que fueran habitaciones privadas de su abuelo. Se trataba de un recinto de gran significado donde el monarca recibía a los altos funcionarios y a los representantes extranjeros acreditados ante la corte. También, y en esta misma línea, encontramos el boceto del cuadro original perdido que perteneció a Fernando VII, y que fue pintado por José Aparicio e Inglada con el título Rescate de cautivos en tiempos de Carlos III… (ca. 1813). Una tela que, presente en la exposición —como la mencionada obra de López—, rememora el rescate de más de mil cuatrocientos cautivos españoles en Argel, ordenado por Carlos III en 1768 y donde intervinieron como mediadores los trinitarios y los mercedarios10.
Sobre su impacto a nivel local puede mencionarse que, aun en vida, se le erigió además un monumento conmemorativo. Nos referimos a la estatua inaugurada en 1783 en la ciudad de Burgos a instancias de Antonio Tomé, vecino y cónsul de la ciudad, y obra de Alfonso Bergaz. En su base, una inscripción a su recuerdo, dice: «A Carlos III. / Padre de la Patria / Restaurador de las Artes // D. Antonio Tomé / Vecino, y Cónsul de Burgos / el primero / entre sus Compatriotas / que ofrece a la Posteridad / esta memoria / de su Augusto Bienhechor // Año de 1783» 11.
Referir por último que por Real Cédula de 19 de septiembre de 1771 Carlos III instituía la Real y Distinguida Orden de Carlos III, una condecoración que han llevado desde entonces los reyes de España y que hasta la actualidad premia a quienes se han distinguido por sus altos servicios al país. Sin duda, una prueba de la permanencia del legado del monarca protagonista de la exposición. Desde su creación y hasta la actualidad, todos los reyes de España se han retratado bien como grandes maestres de la orden, bien portando sus insignias, contribuyendo así a revivir en el tiempo el lema latino de la misma: «Virtuti et merito».
En los últimos años otras, igualmente destacadas por su aportación científica, se han centrado en la dimensión artística del reinado carolino, pudiendo mencionar Itinerario italiano de un monarca español. 1731-1759. Carlos III en Italia (1989), El Quijote de Carlos III. Los tapices de la Real Fábrica de Nápoles (2005) y Carlos III. Entre Nápoles y España (2010)13. Mientras que otras han abordado diferentes aspectos monográficos de su reinado como, por ejemplo, La América española en la época de Carlos III (1985), Bajo la cólera del Vesubio… (2004), o Corona y arqueología en el Siglo de las Luces (2010)14.Por su relevancia, Carlos III ha sido objeto en las últimas décadas de varias muestras que merecen ser recordadas. En 1988, el bicentenario de su muerte y bajo el título Carlos III y la Ilustración, Carmen Iglesias Cano, actual directora de la Real Academia de la Historia, comisarió una gran exposición destinada a presentar al rey en su contexto de una manera amplia, rigurosa y profunda, y que supuso un hito en la organización de exposiciones históricas12.
Las exposiciones son esfuerzos colectivos e interdisciplinarios de recuperación de la memoria de acontecimientos y actores, a través de los cuales es posible reconstruir espacios y tiempos históricos
En 2016, de cara a la conmemoración del tercer centenario del nacimiento de Carlos III, de manera coordinada y bajo un prisma de complementariedad, se preparó un amplio programa de actividades que ha incluido exposiciones, reuniones científicas, ciclos de conferencias o conciertos. Un programa que ha continuado en los primeros meses de 2017. Refiriéndonos solo a las exposiciones organizadas en España citaremos las promovidas por el Ayuntamiento de Madrid, Carlos III y el Madrid de las Luces; la Comunidad de Madrid, Una corte para el rey. Carlos III y los Sitios Reales; el Museo Casa de la Moneda, Virtuti et Merito. La Real y Distinguida Orden española de Carlos III; el Museo Nacional de Ciencias Naturales, Una colección, un criollo erudito y un rey. Un gabinete para una monarquía ilustrada; Patrimonio Nacional, Carlos III. Majestad y ornato en los escenarios del Rey Ilustrado15, y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Carlos III y la difusión de la Antigüedad. Específicamente Acción Cultural Española – AC/E ha organizado la muestra Carlos III: proyección exterior y científica de un reinado ilustrado que aquí se comenta.
A estas iniciativas hay que sumar, entre otras, las desarrolladas por la Real Academia de la Historia, la Casa de América o el Museo Nacional del Prado. Todas animadas por un propósito común: abrir a la sociedad una ventana a la historia de un reinado que supuso un esfuerzo de apertura, modernización y progreso de la España peninsular y ultramarina.
No resulta complicado tender un puente entre lo que ha significado para la historia de España el reinado de Carlos III y el sentido que Felipe VI pretende dar a la Corona en la España del siglo XXI. Estabilidad, orden institucional, articulación, conciliación, justicia social… son lemas de un rey contemporáneo, que en su despacho de trabajo del Palacio de la Zarzuela tiene como referente y punto de mira a Carlos III, presente en un conocido retrato pintado por Anton Rafael Mengs.
El Mensaje de Su Majestad el Rey en su Proclamación ante las Cortes Generales, de 19 de junio de 2014, señala la hoja de ruta de su reinado, de alguna manera una reformulación, adaptada al tiempo presente, de principios que consideramos actualizan en nuestros días algunos de los del reinado de Carlos III:
«Trabajemos todos juntos […], cada uno con su propia personalidad y enriqueciendo la colectiva; hagámoslo con lealtad, en torno a los nuevos objetivos comunes que nos plantea el siglo XXI. Porque una nación no es solo su historia, es también un proyecto integrador, sentido y compartido por todos, que mire hacia el futuro«.16
NOTAS
1 Luque Talaván, Miguel (dirección científica), Carlos III. Proyección exterior y científica de un reinado ilustrado. Palabras preliminares de S. M. el Rey don Felipe VI, y del ministro de Educación, Cultura y Deporte, don Íñigo Méndez de Vigo y Montojo. Madrid: Acción Cultural Exterior AC/E Palacios y Museos, 2016.
2 Aguilar Piñal, Francisco, Carlos III en el recuerdo (honras fúnebres en memoria del rey difunto). Madrid: Artes Gráficas Municipales, 1989.
3 Fernán Núñez, conde de (Carlos José Gutiérrez de los Ríos), Vida de Carlos III. Edición de Alfred Morel-Fatio y Antonio Paz y Meliá; prólogo de Juan Valera. Madrid: Fundación Universitaria Española, 1988.
4 A modo de ejemplo puede verse: Aguilar Piñal, Francisco, Bibliografía de estudios sobre Carlos III y su época. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1988.
5 Ferrer del Río, Antonio, Historia del reinado de Carlos III en España. [Madrid]: [s.n.], 1856, 4 volúmenes. Ferrer del Río en el prólogo de esta obra da noticia de otros autores que desde 1789 también trataron acerca del reinado carolino (ibídem, pp. XIII y ss.).
6 Aunque no podemos dejar de hacer mención a algunas de las decisiones políticas más polémicas y que tuvieron importantes consecuencias como fue la de la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767.
7 Acerca de la misma pueden verse las contribuciones de: Mano, José Manuel de la, «Mariano Sánchez y las colecciones de “Vistas de puertos” en la España de finales del siglo XVIII», en vv.aa. I Congreso Internacional de Pintura Española del Siglo XVIII. [S.l.]: Museo del Grabado Español Contemporáneo, 1998, pp. 351-368.
8 El modelo se conserva en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid) y, siguiéndolo, se fundió en 1994 la estatua ecuestre del monarca que hoy está colocada en la madrileña Puerta del Sol.
9 Boceto para la Alegoría de la institución de la Orden de Carlos III. Vicente López Portaña. 1827-1828. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional del Prado (Madrid). Número de catálogo: P03804.
10 Museo Nacional del Prado (Madrid). Número de catálogo: P07944.
11 Manuel Salvador Carmona dibujó y grabó una estampa del monumento burgalés en 1784 (Museo Nacional del Prado. Número de catálogo: G02485).
12 Iglesias Cano, Mª Carmen (condesa de Gisbert), Carlos III y la Ilustración. [Palacio de Velázquez. Madrid. Noviembre 1988-enero 1989. Palacio de Pedralbes. Barcelona. Febrero-abril 1989]. Madrid: Ministerio de Cultura, Comisión Nacional Organizadora del Bicentenario Carlos III y la Ilustración (1788-1988), 1988, 2 tomos.
13 Urrea, Jesús (preparación, estudio preliminar y catálogo), Itinerario italiano de un monarca español. 1731-1759. Carlos III en Italia. [Febrero / Abril 1989]. Madrid: Museo del Prado, 1989; El Quijote de Carlos III. Los tapices de la Real Fábrica de Nápoles. [Catálogo de exposición]. Madrid: Instituto Cervantes, 2005; Spinosa, Nicola (comisario científico), Carlos III. Entre Nápoles y España. [Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid, del 29 de octubre de 2009 al 10 de enero de 2010]. Madrid: Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, 2009.
14 VV.AA., La América española en la época de Carlos III. Archivo General de Indias 1785-1985. [Sevilla. Diciembre 1985-marzo 1986]. Madrid: Ministerio de Cultura, Dirección General de Bellas Artes y Archivos, [1985]. Rodrigo Zarzosa, Carmen; José Luis Jiménez Salvador (dirección científica del catálogo), Bajo la cólera del Vesubio. Testimonios de Pompeya y Herculano en la época de Carlos III. [Museo de Bellas Artes de Valencia, del 14 de mayo al 12 de septiembre de 2004]. Valencia: Generalitat Valenciana, 2004. vv.aa., Corona y arqueología en el Siglo de las Luces. [Exposición celebrada en el Palacio Real (Madrid), abril-julio de 2010. Comisarios: Martín Almagro-Gorbea y Jorge Maier Allende]. Madrid: Patrimonio Nacional, 2010.
15 Con gran acierto, Patrimonio Nacional ha habilitado además un espacio dentro del recorrido del Palacio Real, la Sala de la Corona, donde pueden verse algunos de los símbolos nacionales: el trono de Carlos III, la corona real y el cetro de las proclamaciones, el collar de la Insigne Orden del Toisón de Oro que fue concedido por Isabel II a la imagen de la madrileña Virgen de Atocha, y los discursos de abdicación de su majestad el Rey don Juan Carlos (2 de junio de 2014) y el Mensaje de Su Majestad el Rey en su Proclamación ante las Cortes Generales (19 de junio de 2014).
16http://www.casareal.es/ES/Actividades/Paginas/actividades_discursos_detalle. aspx?data=5359.
La virtud de los grandes libros es la de forzar al lector a pensar. Parece fácil, pero no es tan obvio de conseguir. Esto mismo, invitar al lector a la reflexión, es precisamente el propósito que parece que se hayan propuesto Ignacio Peyró y Valentí Puig en La vista desde aquí. Una conversación con Valentí Puig, recién publicado por Elba. El libro es una golosina deliciosa que se lee del tirón y permite repasar el pensamiento de Puig, un liberal conservador comme il faut, mediante el placer netamente burgués -síntoma de urbanidad, como recuerda bien Peyró-, de la buena conversación y del que el libro constituye también un poderoso alegato.
Peyró canaliza con habilidad la potencia de pensamiento de Puig de forma ordenada, lo que facilita la digestión del gran número de valiosas reflexiones que se van sucediendo sobre una sorprendente variedad de temas: desde literatura y poesía hasta los puntos más calientes de la geopolítica internacional o nuestra historia reciente. Peyró aprovecha bien el tiempo, y la conversación entre ambos gourmets de la alta cultura permite no únicamente conocer los puntos de vista del entrevistado -conversado-, sino también explorar su evolución y aproximarnos a su persona. Puig se asoma con valentía y sin complejos al paisaje social actual siempre provisto de una sana prudencia conservadora, y evitando caer en el “redil platónico” (Taleb dixit) que se da cuando el intelectual, “sabiendo cómo han de ser las cosas, da por sentado que sabrá hacerlas.”
Peyró inicia la conversación buceando en las teorías literarias de Puig, marcadas por la temprana lectura del genio Josep Pla, entre otros, y para quién la buena literatura suma instinto, memoria e inteligencia. Siguiendo la mejor tradición hayekiana, Puig pone en valor la memoria, que define como “inmenso deposito orgánico”; Gary Becker hablaría de capital humano, lo que le permite entender, por ejemplo, la importancia de la institución familiar, elemento de cohesión y libertad fundamental que protege los vínculos afectivos más íntimos. La familia es la última línea de defensa del individuo, de ahí que los totalitarismos, especialmente el comunismo, hayan estado siempre preocupados por erosionarla. Si el Estado lo paga todo, se cuestiona Puig, ¿por qué mantener los lazos afectivos que protege la familia?
El libro contiene otras muchas cápsulas de inteligencia hayekiana –y también tocquevilliana, como corresponde a un buen liberal conservador. Por ejemplo, Puig, sin entrar en tecnicismos, señala bien la relación entre desorden monetario y desorden moral, y pone el ejemplo de Weimar que también Keynes supo anticipar (no así los nuevos keynesianos). Puig señala cómo el dinero fácil durante los años pre-crisis actuó como canto de sirena para muchos jóvenes que abandonaron sus estudios para pasar a ganar dinero en la construcción. Se agudizaban todos los males de la era de la inmediatez y el cortoplacismo, patología en la que seguimos instalados.
La familia no es el único tema complejo y ajeno a la agenda “buenista” y de lo políticamente correcto, -que dicta qué debe decirse y qué no-, que abordan ambos autores. Peyró y Puig reflexionan sobre el papel de Dios y la fe, -de lo trascendente, si nos ponemos laicos-, en un momento en el que las tecnologías disruptivas han hecho resurgir la vieja idea de “matar a Dios”. El último, el autor Yuval N. Harari en Homo Deus. Puig, sin embargo, nos recuerda los fundamentos del cristianismo, en donde amar a Dios es amar al hombre, -una idea sobre la que pivota parte importante de la obra intelectual de Ratzinger-, y pone en valor los grandes papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, el santo y el sabio, que supieron dotar de rumbo moral e identidad a una Europa, que hoy parece despojada, coja, de parte de su sentido existencial y con cierta sensación de dilución en este mundo global cada vez más líquido.
Una de las grandes advertencias de Puig es sobre esta sociedad “facilista”, alérgica a cualquier esfuerzo, adicta a un entretenimiento fácil y una cultura light a la que parece que tendemos irremediablemente. Puig explica cómo hemos mutado el Gran Hermano de George Orwell, -la perfecta metáfora de un régimen totalitario-, a una suerte de Gran Madre que nos cuida y protege: un Estado de Bienestar a expensas de la responsabilidad y que está alumbrando una sociedad cada vez más sierva de sus propias emociones, cada vez más frágil, incapaz y dependiente. Por eso Puig, buen conocedor del género distópico, señala cómo la visión de formas anestésicas de Aldous Huxley en Un mundo feliz encaja mejor en el cuadro sociológico actual que la visión de Orwell en 1984. Ambos autores advierten sobre los riesgos de los totalitarismos: un totalitarismo sutil, similar a la tiranía de lo “políticamente correcto”; otro, un totalitarismo explícito cuya imagen más perfecta es el régimen estalinista.
El diagnóstico de Puig tiene muchos puntos encuentro con la «pussy society» -sociedad quejica- que denunciaba otro gran filósofo práctico de nuestro tiempo Clint Eastwood, para quien les escribe lo más parecido a un John Ford moderno. Valentí Puig advierte contra el relativismo moral, salida sencilla y engañosa ante cualquier problema, y contra una «cultura fácil», de búsqueda de placer a toda costa y sin esfuerzo y que todo lo convierte en un reality show: exigimos libertad sin responsabilidad, retorno sin arriesgar, y también queremos cultura, ocio y disfrute, pero sin esfuerzo.
Con claridad argumental, y sin caer en el esnobismo (postureo, en nomenclatura milenial), Puig desmonta este relativismo ñoño que pretende equiparar “Bach con el rap callejero, Dumas con Dan Brown, o Velázquez con un graffiti.” Este camino, concluye, nos lleva hacia un narcicismo cutre. Ante este escenario, Puig reclama una vuelta a la exigencia estética de la alta cultura, algo que el escritor liga con la misma idea de civilización, palabra gruesa que no únicamente está ligada al ocio, -como parece que sucede en nuestro tiempo-, sino que, necesariamente, va ligada al esfuerzo. Todo lo demás únicamente favorece una vulgarización de la sociedad. Síntoma de todo lo anterior es la pérdida generalizada del hábito de la lectura, quizás la forma más sofisticada de disfrute. La lectura, hábito exigente, constituye un pilar fundamental de la alta cultura y casa mal con esta sociedad “facilista” de Gran Madre, hiper-protectora y que a la larga nos vuelve a todos más frágiles y dependientes en un bucle que se retroalimenta peligrosamente.
De las partes que me han interesado más destacaría, por ejemplo (podría citar muchos), los fragmentos en donde se exploran las trazas de la evolución en el pensamiento filosófico-político del autor que arranca, cómo no, con Hayek y Camino de servidumbre: libro escrito con el recuerdo aún vivo que el pensador de Viena tenía de su experiencia como soldado raso en la Gran Guerra. De ahí, Puig describe su formación a través de las páginas de Edmund Burke, y sigue con autores como Revel o Soljenitsin, uno de los gigantes intelectuales del siglo XX. Puig explica cómo quedó fascinado por libros como la crítica al historicismo de Popper -hoy tan olvidada-, o El opio de los intelectuales de Raymond Aron. Este recorrido intelectual acaba con la refinación absoluta: Alexis de Tocqueville; para Puig, y coincido con el maestro, signo de madurez. Es imposible no plantearse cuántos politólogos y demás sonajeros de tertulia habrá ahora mismo que no tienen leída ni una sola línea del pensador francés.
Esta trayectoria política da pie a un repaso somero de nuestra historia reciente. En su repaso de la historia de España, Puig rehúye leyes históricas fatalistas, el “excepcionalismo” español, o lo que él mismo califica de “masoquismo del 98”, en línea con otras grandes mentes pensantes del panorama actual como Benito Arruñada. La inteligencia tocquevilliana de Puig, sumad a su independencia y su reverencia por la memoria, permite dibujar una realidad más rica, con más matices, y lejos de simplificaciones tendenciosas.
En la esfera internacional, Puig no se resigna tampoco a una visión fatalista de los temas y reflexiona sobre cómo Europa debería competir con sus valores en el nuevo escenario geoestratégico. Puig reclama una Europa más cohesionada y articulada, lo que no implica, necesariamente, más Bruselas o más unión política -hoy tan en boga-, impuesta «desde arriba». El difícil contexto europeo -su indefinición, en palabras del siempre pedagógico Robert Kagan (que cita Puig)-, no nace exclusivamente de las dinámicas internas, Putin, Erdogan, el polvorín en Oriente Medio o el auge del «hipogrifo», en palabras del propio Puig, en el que se ha convertido China.
El poeta mallorquín aporta altas dosis de realismo hacia todas aquellas tesis armadas únicamente con proclamas y buenas intenciones que, como dice el refranero catalán «l’infern n’és ple«, y recordando incómodamente que el relato de Europa no se construye con palabras sino trabajando por un modelo que funcione. Para ello hacen falta líderes que no opinen haciendo la media de la sala, -la tiranía de querer agradar a todo el mundo-, sino que sepan liderar en mayúsculas. Ahí esta los modelos de liderazgo de Churchill, Deng Xiaoping, Golda Meir o Lee Kuan Yew.
Estamos en un complejo cambio de era, un entorno de cambios acelerados al tiempo que cada vez es más difícil apoyarse en un punto de anclaje férreos. Un escenario lleno de paradojas, contradicciones y ruido. Estamos inmersos en un proceso de globalización al tiempo que los nacionalismos se agudizan. Puig, armado con principios claros, se separa del discurso de lo que él mismo llama «intelligentsia» europea, y fuerza la reflexión en el lector más allá del constreñido discurso buenista. El libro, en definitiva, ofrece una interesante y rica vista, un punto de vista audaz, integro, anclado en principios férreos, y dotado de una muy buen calibrada brújula moral en un momento de gran desnortamiento. Quien pueda maridar la lectura con una buena copa de vino, mejor. Un gran regalo para Sant Jordi.
Al morir Michael Novak hemos podido darnos cuenta de cuánto le debemos sin saberlo. Si su pensamiento tuvo escasa difusión en España, lo cierto es que permea argumentos y actitudes que en estos tiempos de nuevo hace falta reforzar en defensa de una cierta idea de la libertad y el espíritu del capitalismo. Tenía un cierto aspecto abacial, de suavidad expresiva, una cierta unción. Provenía de la nueva izquierda y de los movimientos de la guerra del Vietnam hasta concentrarse en un pensamiento católico liberal-conservador, dando prueba de una vitalidad intelectual del catolicismo americano que ha ido articulándose en una pleamar de crisis y naufragios, asumiendo muchos riesgos porque vivimos en una época de fidelidades truncadas. Fue uno de los teólogos consultados de manera previa a la redacción de Centessimus Annus, una encíclica no muy bien conocida.
Comunidad y persona se co-definen, dice Michael Novak, porque una verdadera comunidad respeta a las personas libres y una comunidad falsa o inadecuada no lo hace, del mismo modo que una falsa comunidad reprime las capacidades individuales de reflexión y elección. Es el modo de articular deberes y derechos del individuo. Es un equilibro a menudo vacilante, según se oriente hacia la luz o hacia la penumbra. Por eso Ortega decía que los grupos que integran un Estado viven juntos para algo; son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. Al mismo tiempo, en El espíritu de capitalismo democrático, Novak resaltó que el núcleo de la dinámica capitalista no es la propiedad privada, ni los mercados, ni los beneficios: es la invención.
Fallecido hace unas semanas, a los 83 años, Michael Novak insistió siempre en que la amenaza más crítica para nuestra libertad es no ser capaces de apreciar el poder de la verdad. Frente al nihilismo, el poder de la verdad garantiza la perduración del afán de ser libres, del mismo modo que la sociedad civil pone coto a la expansión masiva del estatismo. Por eso los teólogos harían bien en repensar la noción de bien común entre hombres libres. Ciertamente, unas dosis mayores de Novak serían de provecho intelectual para el catolicismo en España, hoy en horas inciertas, entre el mono-tema social y las inercias integristas. Al fin y al cabo, el ensayo El liberalismo es pecado (1884), del padre Félix Sardá i Salvany se tradujo a ocho idiomas y fue un bestseller de su época.