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Checoslovaquia un año después de la revolución

Entre el pueblo checoslovaco despertó ciertas esperanzas el programa de la perestroika inaugurado por Gorbachov, orientado a la aceleración del desarrollo económico y social del socialismo, unido a la profunda reconstrucción de la vida económica, social y política. Las ideas básicas de la perestroika formaron el contenido de los documentos políticos aceptados, durante el año de 1986, en los congresos de los partidos comunistas de los países socialistas. Pero muy pronto se percibieron grandes dificultades en la realización del programa de la perestroika y en la aplicación de las resoluciones de los congresos.

En lugar de favorecer el desarrollo del socialismo se aceleraba su crisis económica, social y política. Intentaremos analizar el problema en sus raíces. Una de las ideas principales del socialismo mundial era la del papel dirigente del Partido Comunista en todas las esferas de la sociedad socialista. Los teóricos de la perestroika suponían que los partidos comunistas jugarían el papel activo y decisivo durante la puesta en práctica de los cambios profundos del socialismo, de su reforma sustancial.

La «perestroika», en lugar de favorecer el desarrollo del socialismo, aceleraba su crisis económica, social y política.

Algunos teóricos de las ciencias sociales salidos de la filosofía marxista, demostraban que la teoría y la praxis del socialismo, formada durante los años veinte y treinta en la Unión Soviética y aplicada como un modelo obligatorio en los países de la Europa Central y Sudeste, después de la II Guerra Mundial, era incapaz de sobrevivir a finales del siglo XX. La insuficiencia del modelo soviético del socialismo era percibida por muchos teóricos marxistas y algunos políticos comunistas, sobre todo de los países centroeuropeos, quienes, ya en el pasado, intentaron formar nuevos modelos específicos del socialismo. sin embargo, los dogmáticos, estalinistas y neoestalinistas, a menudo bajo la dirección directa de la Unión Soviética, se encargaban de anular tales proyectos. Por medio de los tribunales, en los decenios cuarenta y cincuenta los disidentes fueron eliminados físicamente más tarde, sólo social y políticamente- y tachados de oportunistas, revisionistas, reformistas, trotskistas, etc.

Aires de libertad

Si las tendencias conservadoras eran siempre las más fuertes en la Unión Soviética, incluyendo la época de Kruschev, con la llegada de Gorbachov al cargo de secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, la situación cambió. Muchos representantes políticos de los países socialistas europeos, partidarios del sistema breznevista, aceptaban «el nuevo viento del Este» con desconfianza, temiendo la pérdida de sus posiciones políticas.

Eligieron la táctica de las declaraciones en favor del programa de la perestroika, aceptando ciertas resoluciones, pero sin la intención sincera de efectuarlas. Como ejemplo típico de esta actitud puede servir la política de los representantes del Partido Comunista de Checoslovaquia, que esperaban con impaciencia la caída de Gorbachov y la restauración del régimen neoestalinista en la Unión Soviética, ampliado más tarde a otros países socialistas. La mayor parte de los representantes políticos de Checoslovaquia debían sus cargos a la intervención soviética de 1968: Husák, Jakeš, Bilak, Indra, Fojtík y otros.

Los jefes del Partido Comunista de Checoslovaquia, para salvar y guardar su influencia política, acentuaban los llamados «principios del centralismo democrático», exigiendo de los miembros del partido el apoyo de su política por medio de las resoluciones, de la prensa y de la TV. A pesar de su esfuerzo, su autoridad y popularidad descendía muy rápidamente entre todas las capas de la sociedad checoslovaca, incluyendo los comunistas.

Al contrario, la influencia de varios grupos de la oposición política, perseguidos por la Seguridad Estatal y otros órganos del poder del Estado, iba creciendo. Lo demostraban claro varias manifestaciones organizadas por estos grupos ilegales durante los años de 1988 y 1989.

El 17 de noviembre de 1989 era el día del 50.º aniversario de la acción brutal de los ocupantes nazis contra los estudiantes checos. La manifestación organizada con este motivo por los estudiantes de Praga, tuvo el carácter de crítica al régimen comunista y sus representantes. Terminada la manifestación, los grupos de estudiantes y otros seguidores se dirigieron al centro de Praga y en la Avenida Nacional fueron detenidos por la policía, que intervino contra los manifestantes, algunos de los cuales quedaron gravemente heridos.

Las circunstancias de la intervención de la policía son muy oscuras: ¿quién le dio las órdenes? ¿Quién deseaba el choque? No hubo excesivo interés en aclarar las verdaderas causas. Se dieron varias interpretaciones. Es cierto que el eco de las noticias de la intervención de la policía contra los estudiantes resultó de tal naturaleza que paralizó el poder comunista, cuyos representantes quedaron totalmente aislados, y en escaso margen de tiempo provocó la caída del régimen comunista.

Tras la caída del régimen comunista, el poder político quedó en manos del Foro Cívico. Se formaron amplios movimientos ciudadanos encargados de encauzar las aspiraciones del pueblo.

El poder político quedó en manos del Foro Cívico. Se formaron amplios movimientos ciudadanos encargados de encauzar las aspiraciones políticas del pueblo. De este modo aseguraron el triunfo, en lucha con los partidos, en las elecciones al Parlamento en junio de 1990. Pero ya en los meses de otoño de 1990 se vio que el elemento de unión de este movimiento era la destrucción del sistema político comunista. Sin embargo, entre los representantes del Foro Cívico existían grandes diferencias en las opiniones referentes a la construcción del nuevo sistema político, social y económico.

El plan de reformas

Algunos problemas sociales que aparecieron ya en los meses de verano y otoño, la subida de los precios y el desempleo ocasionaron un fuerte descenso en la popularidad del Foro Cívico entre el pueblo checo, lo que se reflejó en las elecciones municipales celebradas en noviembre de 1990 (en junio se lograron el 50% de los votos; en noviembre, el 34%).

Quedaba muy claro que en el Foro Cívico existían tres corrientes políticas: la derecha, los centristas y la izquierda. En los primeros meses de la constitución del Foro Cívico (se creó durante la revolución de noviembre de 1989) las posiciones predominantes, en los gobiernos (federal y de las nacionalidades, checa y eslovaca), así como en otros órganos estatales, en los medios de comunicación, en la esfera cultural y también entre los firmantes de la Carta 77. coincidían en la proclamación de los derechos humanos y ciudadanos en Checoslovaquia. Entre ellos figuraban ex-comunistas, expulsados del partido en los años de 1969 y 1970 y apartados no sólo de sus cargos públicos sino también, en muchos casos, de sus profesiones. La mayor parte de ellos renegaron de su pasado comunista y se unieron a las campañas anticomunistas. Sin embargo, nadie olvidaba sus actividades políticas comunistas en los decenios cincuenta y sesenta, de modo que poco a poco pierden su influencia. Por otro lado, la situación social y económica se complica más cada día que pasa y se refleja también en la situación del Foro Cívico.

El problema básico es el modo de llevar a la práctica el plan de reforma económica. Algunos, como el ministro de Finanzas, Václav Klaus, y el ministro de Economía, Vladimir Dlouhý, exigen la reforma económica rápida y profunda, unida con la privatización y reprivatización total de la industria, agricultura, comercio y servicios, y su reestructuración a pesar de las dificultades en el orden social, del descenso del nivel de vida en gran parte de la población checoslovaca, del incremento de los precios, del desempleo, etc. Algunos críticos, entre ellos diputados del Foro Cívico en la Asamblea Federal, rechazan este proyecto de reforma y acentúan los aspectos sociales. ¿Está el pueblo checoslovaco preprado y dispuesto a superar las dificultades? Los ciudadanos checoslovacos estaban acostumbrados a ciertas seguridades sociales y cierto nivel de vida durante el régimen comunista (no muy alto, pero tampoco demasiado bajo). De los cambios políticos esenciales esperaba no sólo mejorar su situación política, sino también su posición social y económica. Esta posición va empeorando y los pronósticos para el año de 1991 son muy desfavorables, con el riesgo de descontento social y crisis política.

Para eliminar a los descontentos contra la reforma económica dentro del Foro Cívico, su presidente, Václav Klaus, decidió, con ayuda de la parte radical de los foristas, convertir el Foro Cívico, de simple movimiento en auténtico partido, organizado como otros partidos, exigiendo la disciplina política de sus miembros. Así, el Partido «Foro Cívico», según la declaración de enero de 1991, se sitúa orientado en la derecha y quiere restablecer el capitalismo en Checoslovaquia, para cuyo objetivo exige el apoyo de la reforma radical de sus miembros y rechaza todas las ideas socialistas y todas las formas del socialismo.

Estos proyectos decisivos de Klaus y sus partidarios no son aceptados entre numerosos miembros del Foro Cívico, puesto que, en su opinión, lo debilitan. Los centristas, algunos ministros y diputados que formaron el Club Liberal, opuesto a la derecha, acaban por ceder ante la presión. Los diputados y y otros miembros de orientación izquierdista se negaron a ingresar en el Partido del Foro Cívico, señalando la gran diferencia entre el programa real de este partido y su programa electoral, que aseguró al movimiento Foro Cívico el triunfo en las urnas en junio de 1990.

La evolución del Foro Cívico a fines del año 1990 y principios de 1991 ilustra las diferencias políticas de este partido ante las orientaciones políticas clásicas: la derecha, el centro y la izquierda.

Corrientes opuestas

La lucha interna en el Foro Cívico es difícil de resolver, dependiendo de si las ideas políticas prevalecen o no sobre las ambiciones personales de los políticos. Los diputados de la derecha del Foro Cívico, agrupados en varios clubs, y el Partido del Foro Cívico se esfuerzan por desplazar a ciertos miembros del Foro Cívico de sus cargos directivos en dicho movimiento y de sus cargos en la Asamblea Federal y el Consejo Nacional Checo.

Los jefes del Partido Comunista de Checoslovaquia, para salvar y guardar su influencia política, acentuaban los llamados «principios del centralismo democrático».

Así pues, la escena política checoslovaca en los primeros meses del año 1991 difiere mucho de hace un año, cuando todo era muy sencillo: el campo anticomunista dirigido por el Foro Cívico gozaba de las simpatías de la gran mayoría del pueblo checoslovaco y de la oposición comunista. En aquellos meses se trataba de la destrucción del sistema anterior. El cuadro actual es más complicado. El representante más poderoso de la derecha, ya desde la primavera de 1990, es el Partido Republicano de Checoslovaquia. Exige la constitución del nuevo sistema social desprovisto de todos los restos de socialismo. De forma violenta critica no sólo el régimen anterior, el comunista, sino también el régimen actual checoslovaco dirigido por el Foro Cívico. Sufrió una gran derrota en las elecciones parlamentarias y no logró representantes en al Asamblea Federal y en los Consejos Nacionales. Sin embargo, en las elecciones municipales adquirió influencia considerable en las autoridades locales. La «nueva derecha se forma dentro del Foro Cívico. En su mayor parte se trata de hombres nuevos, que accedieron a la vida política en los acontecimientos del otoño de 1989. Critican a varios ministros y diputados del Foro Cívico, a los que acusan del lento avance de la reforma económica y de la carencia de energía para resolver nuevos problemas. Reconocen los méritos de los antiguos disidentes, de los cartistas, de los ex comunistas, por sus actividades políticas contra el régimen comunista durante las décadas de los setenta y ochenta. No obstante, opinan que están demasiado orientados hacia el pasado, que viven de sus recuerdos y que se pierden en consideraciones filosóficas y morales, aunque en la práctica política cometen errores y no saben encontrar soluciones adecuadas.

Estos políticos son objeto de la crítica de sus colegas del Foro Cívico, que hasta ahora se han repartido los cargos decisivos en los órganos estatales, próximos al centro» político. En nuestra opinión, están perdiendo influencia política. Al centro pertenecen también los partidos cristianos: el Partido Popular, el Partido Cristiano Democrático de Bohemia y Moravia y el Movimiento Cristiano Democrático de Eslovaquia. Estos partidos colaboran con el Foro Cívico y con el grupo de «El Pueblo contra la Violencia», y disponen de representantes en el Gobierno Federal y Gobierno checo y eslovaco, pero en cierto número de cuestiones mantienen otros puntos de vista. Su influencia va creciendo, como demostraron las elecciones municipales, sobre todo en Eslovaquia. En su política la orientación cristiana se une a los aspectos sociales y nacionales.

La izquierda ha perdido fuerza. La integran el Partido Comunista, el Socialdemócrata, el Nacional-Socialista y otros grupos que abandonaron el Foro Cívico debido a su evolución a la derecha. El problema complicado de la izquierda checoslovaca es la intolerancia mutua. Los representantes del Partido Socialdemócrata y Nacional-Socialista rechazan la colaboración con los comunistas, que, a pesar de los sentimientos anticomunistas del pueblo checoslovaco después de la dominación de cuarenta años del Partido Comunista (durante el período de 1948 a 1989), representa hasta ahora el partido más fuerte de la izquierda y obtuvo en las elecciones al Parlamento el 14% de los votos y en las municipales el 17%. Sin embargo, parece que en un futuro cercano será el Partido Socialdemócrata, después de resolver los problemas en su dirección, el que llegue a ser la fuerza decisiva de la izquierda checoslovaca.

Un horizonte confuso

La izquierda rechaza el camino de la reforma económica sin considerar sus consecuencias negativas en la esfera social, la liquidación total del sector estatal y cooperativista y las reivindicaciones de los propietarios antiguos, cuyos bienes fueron nacionalizados. Ofrece al pueblo checoslovaco la «tercera vía» de la evolución, que pretende la simbiosis de los rasgos positivos del capitalismo actual y del socialismo.

La evolución futura de Checoslovaquia será muy complicada y dependerá en gran parte de las circunstancias exteriores, así como de la situación política y económica internacional, pero sobre todo de la situación interna. Las ideas de la evolución positiva, sin problemas, sin perturbaciones económicas y sociales, y contando con el apoyo financiero y económico de los países occidentales se han quedado en deseos utópicos. La realidad no es y, sobre todo, no será tan ideal como suponía la mayoría del pueblo checoslovaco y prometían algunos políticos. Y con las dificultades crecen las luchas entre los políticos y la desunión en el pueblo checoslovaco.

La crítica del régimen anterior, comunista, más de un año después de su liquidación, ya no tiene tanta fuerza unificadora. Los intereses del pueblo checoslovaco ya no parecen pendientes del pasado, sino que están dirigidos al presente y al futuro próximo. Además de los problemas de carácter común en la vida política, se hacen más fuertes los problemas de carácter nacional o regional. Las contradicciones referentes a las competencias de los órganos federales y las de los órganos nacionales checos y eslovacos amenazaron, a fines del año de 1990, con desatar una crisis constitucional. Se discuten las ideas de la Constitución nueva, de la posición de Moravia y Silesia en el Estado, etc.

Una de las condiciones básicas para una evolución favorable de la República Checa y Eslovaca Federativa sería que los políticos dirigentes supieran conocer y realizar la línea política que recoja los intereses y necesidades de la mayoría del pueblo checoslovaco y respeten un consenso más o menos general.

Manuel Azaña. La conmemoración y el personaje

La de Azaña es, sin duda alguna, la vida española más interesante del siglo XX. Lo es, en primer lugar, por esa doble condición de intelectual y de político, pero sobre todo por el carácter eminente que tuvo en ambas dedicaciones. Es muy difícil encontrar un intelectual de talla semejante en su época y, menos aún, un político que ocupara un papel más relevante en el momento de la tragedia española; la combinación de estas dos realidades explican la atracción que, desde una óptica actual, se siente por el personaje. Pero ésta, a su vez, puede nublar el juicio acerca de su trayectoria, y de eso se ha pecado en la conmemoración cincuentenaria. Ha habido en ella exceso de apropiación por parte de las fuerzas políticas (los nuevos conservadores convirtiéndolo en símbolo del liberalismo y y los socialistas identificándolo con la «modernización») y, sobre todo, exceso de «impecabilidad», como si Azaña no hubiera cometido error alguno a través de su trayectoria política. Y eso que, lamentablemente, se ha dado incluso en algunos de los libros citados concluye por hacer incomprensible a un protagonista de la Historia y convierte en ahistórica toda una conmemoración. El objeto de este artículo es tratar de hacer ese juicio desde criterios de historia política. Por supuesto, no se trata de convertirlo en culpable, pero tampoco de partir de la presunción de que su actuación fue siempre la mejor imaginable.

Hay que partir de su formación y de esa doble condición de intelectual y político. Su generación, a diferencia de la finisecular, no practicó tan sólo la denuncia, sino que se adentró en la vida pública, como él mismo diría, «por exigencia de la sensibilidad». Pero esto, que era una exigencia moral, hacía que Azaña sintiera con frecuencia la necesidad de librarse de la política. Como ha escrito Santos Juliá, la vocación política del intelectual alcalaíno era vacilante; él mismo contó que se sentía, ante la práctica de la política, «disminuido y disperso»; eso explica los desfallecimientos a los que se abandonó en algunas ocasiones. La condición de intelectual dedicado a la política supone también un peligro: el de no medir las consecuencias de las propias acciones. Lo que piensa o escribe un intelectual influye, pero lo que un político hace repercute más directamente sobre la vida de los contemporáneos. Eso exige la previsión de las consecuencias de las acciones y posiciones propias.

Dictadura de Primo de Rivera

El momento en que Manuel Azaña entró en política con personalidad propia fue durante la Dictadura de Primo de Rivera; su presencia en el Partido Reformista no reviste ninguna característica que le individualice. En cambio, en los años de la Dictadura su posición sí tuvo esa característica. Su condena del régimen fue taxativa: era el «apostolado de la barbarie», a pesar de que intelectuales tan relevantes como Ortega estaban dispuestos a tratar de adoctrinar a Primo de Rivera.

Para Azaña, en cambio, su pretensión de «gobernar sin política» era una necedad equivalente a «andar echado o dormir despierto». Su propuesta no concluyó, sin embargo, en la pura crítica del régimen militar, como fue el caso de Unamuno, sino que incluyó un programa. Se trataba de liquidar a sus últimas consecuencias el liberalismo oligárquico, proclive a la cesión, que caracterizó a la Restauración por la democracia. Ésta debería, además, tener un proyecto preciso, el que Azaña diseñó en su Apelación a la República. Pero en ese texto, con toda la lucidez que tiene en la crítica al sistema dictatorial, se perciben también fragilidades que luego se harían bien patentes en la etapa republicana.

En primer lugar, la democracia ha de ser —nos dice Azaña— «militante y docente»; eso equivale a indicar que no sólo crea un marco de convivencia, sino que presupone unas realizaciones concretas con las que se transforma la entraña misma de la sociedad española. De ahí al jacobinismo hay tan sólo un paso. Por otro lado, Azaña demuestra en el momento de la redacción de ese texto una extraña carencia de programa social. Sus preocupaciones fundamentales radican, por ejemplo, en el programa de política educativa, pero en absoluto en la reforma agraria, que será una cuestión crucial en los años treinta. Tan es así que Azaña se limitó a postular que se pidiera a la UGT y al PSOE un elenco de medidas en este terreno para pactar un programa con ellas.

Ambivalencia

La sensación de ambivalencia de que dan cuenta estos planteamientos se repite cuando, en 1930 y 1931, Azaña se lanza a la propaganda política. Algunas de sus intervenciones merecen ser recordadas por la belleza del concepto, muy por encima de cualquier dirigente republicano (así cuando recuerda que la libertad no hace necesariamente felices a los hombres, sino que los hace simplemente hombres). Pero hay también otro Azaña que insiste en los aspectos pretendidamente revolucionarios de la República y al preguntarse por la paz en los espíritus» se responde a sí mismo con un rotundo «No la queremos».

Ahí radica el punto más criticable de la gestión de Azaña como gobernante durante el primer bienio republicano. El reproche que a él puede hacerse no reside en su condición de liberal, sino en no serlo suficientemente; no en ser demócrata, sino en resultar jacobino. Es cierto, como ha escrito Santos Juliá, que Azaña era más jacobino si miraba al pasado que si se proyectaba hacia el futuro, y más cuando hablaba que cuando actuaba. Pero los inconvenientes de ese jacobinismo resultaron patentes para un régimen democrático recién fundado. Partía Azaña de un exceso de confianza en el Estado como instrumento de transformación de la sociedad («A mí lo que me interesa es el Estado soberano y legislador»), pero sobre todo hacía a ese Estado ejercer de instrumento de un régimen «militante y docente» en un conjunto de «operaciones quirúrgicas» que podían no ser aceptables a una proporción considerable de la sociedad española. La democracia no era para él un campo de convivencia entre opciones sociales distintas, sino un programa, con lo que de modo inevitable quedaban excluidos de ella los que no lo aceptaran.

Propósito reformista

De este rasgo básico de Azaña deriva el balance de su gestión como gobernante durante el primer bienio republicano. Hay que partir del reconocimiento de la ambición de su propósito reformista, que no sólo fue muy superior al de cualquier otro político español del siglo XX, sino también estuvo muy por encima de la media de los regímenes democráticos nacidos en la Europa de entreguerras.

No hay que minusvalorar dos grandes triunfos de Azaña en materias espinosas y en las que, si el acierto no fue total, al menos el balance fue netamente positivo; me refiero a la cuestión militar y a la catalana.

No hay que minusvalorar dos grandes triunfos de Azaña en materias espinosas y en las que, si el acierto no fue total, al menos el balance fue netamente positivo: me refiero a la cuestión militar y a la catalana. Pero al lado de estos aciertos tampoco deben olvidarse los fracasos, derivados en buena medida de los mismos planteamientos. Es cierto, como ha escrito Juliá, que Azaña profesó respeto a la intimidad religiosa y mostró sensibilidad ante la estética de la liturgia. Es más: su «España ha dejado de ser católica» adquiere sentido en el contexto del discurso en que fue pronunciado y no deja de tener su fundamento. Pero en su planteamiento del problema religioso hubo, en primer lugar, un error político, que supuso enajenar a la República el apoyo de una porción importante de la sociedad española, y, sobre todo, una carencia de verdadero espíritu liberal, pues no otra cosa, como él mismo admitió en el citado discurso, es prohibir la enseñanza a las órdenes religiosas. La otra gran debilidad de Azaña residió en su ausencia de preocupación por el problema de la reforma agraria: no le dedicó tiempo ni intervino sobre él en las Cortes; incluso fue consciente de que tenía un ministro de Agricultura, Marcelino Domingo, que «no hará nada útil y que después de haber ofendido a buena parte de la sociedad española no satisfaría tampoco a otro sector. En suma, el caso de Azaña es un testimonio de que la condición de reformista no basta para emitir un juicio positivo sobre un gobernante; hay que saberlo ser, y Azaña, que acertó en el propósito esencial, erró a la hora de tratar de llevarlo a la práctica en el orden de las prioridades y en el modo de llevarlas a la práctica.

Sublevación de 1934

Hay otro aspecto que debe ser tenido muy en cuenta por su influencia respecto de los restantes agentes del juego político. Se trata de la reacción de Azaña en el momento en que arreciaron las dificultades contra su proyecto gubernamental. Es cierto, como asegura Santos Juliá, que sus opositores, al apoyarse en el presidente de la República, testimoniaban a veces unos modos de actuación política basados en las prácticas de otros tiempos, mientras que Azaña se apoyaba tan sólo en la fuerza de sus votos parlamentarios, testimoniando así un comportamiento mucho más acorde con los principios de la democracia. Sin embargo, no cabe la menor duda de que Azaña erró radicalmente en sus relaciones con Lerroux: es injustificable que dijera que «lo que a mí espanta es que la República se corrompa» o que la República «se había acabado» después de su abandono del poder. Por mucho que le resultara poco respetable la personalidad de Lerroux, resulta inaceptable que pretendiera lanzarle a las tinieblas exteriores de la ortodoxia republicana. El viejo dirigente, cuya actuación tiene muy poco de ejemplar en muchos aspectos, nunca trató a Azaña de la manera como éste lo hizo con él.

Azaña erró radicalmente en sus relaciones con Lerroux: es injustificable que dijera que«lo que a mí me espanta es que la República se corrompa» o que la República «se había acabado» después de su abandono del poder.

A lo largo del segundo bienio republicano también es posible encontrar en Azaña posturas que, no siendo coherentes con los principios de la democracia, no contribuyeron en nada a estabilizar el régimen republicano. Es injustificable que pidiera la disolución de las Cortes cuando fue derrotado en las elecciones por las derechas y que pretendiera que éstas no podían acceder al poder. También lo es su actitud ante la conspiración de octubre de 1934. Frente a la acusación que luego las derechas hicieron en su contra, lo cierto es que no colaboró en nada con la sublevación; por el contrario, hizo todo lo posible por disuadir de ella a quienes la protagonizaron. Sin embargo, en pura ortodoxia democrática, era todavía más lo que resultaba exigible a un político del régimen como él. Debió alzar su voz en público contra los conspiradores y haber denunciado ante el Gobierno legítimo lo que estaba sucediendo y de ninguna manera debía haber abandonado el Parlamento tras la derrota de la conspiración. En este sentido, resulta plenamente acertada la crítica que le hicieron miembros de su propio partido, como Emilio González López y Claudio Sánchez Albornoz, que permanecieron en sus escaños.

Guerra civil

De nuevo durante la campaña de 1936 recuperó Azaña toda la convicción y la belleza de su palabra, y eso explica en gran medida su victoria electoral (pues fue suya sobre todo). Pero, tras ese momento estelar, de nuevo su ejecutoria política se torna muy criticable. La destitución de Alcalá Zamora fue no sólo inconstitucional, sino profundamente irresponsable, en especial teniendo en cuenta que a Rivas Cherif le hizo mención de su «placer estético» por esta operación política. Su actitud vital en los últimos meses de República roza a veces la frivolidad, o por lo menos demuestra una pasividad de la que no es fácil declararle exento de culpa. Su mismo acceso a la Presidencia de la República testimonió ese deseo de librarse del peso de una actuación más decidida. Cuando uno preside un país en trance de destrucción de su democracia, no puede decir, como él hizo a Rivas Cherif: «Lo mejor será dejarse ir y que pase lo que quiera». Es muy posible que si su actitud hubiera sido otra el resultado final fuera el mismo, pero, de todos los modos, una posición como la descrita resulta injustificable, en especial teniendo en cuenta que era capaz de un diagnóstico perfectamente lúcido de la situación.

Cuando estalló la guerra civil hubo gentes, en los dos bandos, que se mostraron satisfechas; poca alabanza merecen. La reacción dramática de Azaña demuestra su altura moral. Describió el momento como «el más lúgubre, desesperado, angustioso, insoportable», y, a pesar de ello, no pensó ni siquiera por un momento en el abandono, por dimisión, de sus altas responsabilidades. Fue, además, lúcido, como casi siempre, en la apreciación de las circunstancias políticas: se daba cuenta de que para que la República sobreviviera había que llegar a una paz mediante la transacción y con la mediación exterior. Sus durísimos juicios respecto de Largo Caballero parecen justificados. Su palabra fue, de nuevo, la más bella y la éticamente más digna durante toda la contienda. Concluir un discurso en plena guerra civil con una invocación a la «paz, piedad y perdón» es todo un acto de valentía.

La destitución de Alcalá Zamora fue no sólo inconstitucional, sino profundamente irresponsable, en especial teniendo en cuenta que a Rivas Cherif le hizo mención de su «placer estético» por esta operación política.

Pero hay elementos también para una posible crítica al Azaña del período bélico. Supo de las limitaciones de Largo Caballero, pero, en cambio, no tuvo suficientemente presentes las de Negrín, y, sobre todo, dio en algún momento la sensación de estar invadido por esa misma tentación de permanecer en la pasividad que le había caracterizado en el momento final de la convivencia pacífica. También es posible en este caso que nada hubiera conseguido, pero cabe algún resquicio de que, a fines de 1938, hubiera podido lograr con su intervención (y el paralelo desplazamiento de Negrín) esa paz por mediación que hiciera posible su propósito: «Una República liberal donde todos puedan votar».

El Azaña final de nuevo muestra una espléndida lucidez en toda su melancolía. Su diagnóstico acerca de la derrota resulta ejemplar y no está exento, sobre todo en sus papeles más íntimos, de una conciencia de la propia culpabilidad, aun por omisión. Él supo, en las semanas postreras de su vida, que el régimen de Franco duraría y que, además, en el futuro la libertad volvería mediante «soluciones intermedias». Pero toda esa lucidez no puede hacer olvidar algo de lo que Azaña debía ser consciente, es decir, que habiendo tenido un protagonismo tan acusado en los acontecimientos, aunque a él le correspondiera una porción muy inferior de responsabilidad en comparación con otros en el trágico desenlace, tampoco se le puede declarar exento radicalmente de culpa por éste último. Pero eso, por desgracia, no ha sido tenido en cuenta a la hora de la conmemoración del cincuentenario de su muerte.

Crónica del pacifismo

Cuando Julio Anguita fue elegido secretario general del Partido Comunista de España, el Club Siglo XXI, demostrando que la magnanimidad con el contrincante es una virtud típicamente burguesa, le invitó a que pronunciara una conferencia. Fue la primera vez que Anguita comparecía en tan ilustre foro y lo hizo con una disertación rotunda de tono y retadora de título: «La apuesta». Por segunda vez, porque la burguesía ilustrada es recalcitrante, Anguita fue, tiempo más tarde, invitado, cuando el Partido Comunista se debatía entre el ser y el no ser, y no fue menos explícito en su contenido cuando expuso la tesis de «La alternativa». En la tercera ocasión, hace algo más de un año, las cosas ya habían cambiado tanto como para que el cambio se manifestara también en el título que el conferenciante puso a su intervención. Entonces la apuesta inicial no era ya una alternativa cualquiera, sino una alternativa a «la búsqueda».

El Partido Comunista ya no era un partido comunista, y la izquierda, desorientada tras la caída del muro de Berlín, afrontaba la situación novedosa adoptando la duda como método. Tal era el desasosiego, que los asesores de Anguita, si los tuvo, no habían caído en la cuenta de que la duda era, entre todas las virtudes burguesas, la principal. Hasta entonces los comunistas nunca habían dudado ni habían necesitado buscar.

Por poco sentido de la observación que se tenga, el comentarista menos agudo captará que Anguita siente debilidad por los títulos de palabras únicas, expresivas y rotundas. Y si a la observación se añade algo de perspicacia y de conjetura, cabría suponer que en la próxima ocasión que pueda visitar el auditorio «la búsqueda» se complete con «el encuentro».

Identidad

La guerra del Golfo ha prestado a los que antaño eran comunistas y salieron hogaño como los personajes de Pirandello en busca de una identidad, un servicio inesperado. Ya han encontrado una imagen viva con que sustituir a la máscara muerta. El precedente lo sirvió la invasión, llamémosla así, norteamericana de Panamá. Aquel incidente llegó a tiempo para que la izquierda, desconcertada, por no decir humillada, pudiera digerir con más facilidad la catástrofe producida en los paraísos del Este. Sin la válvula de escape del incidente panameño, el decaimiento intelectual de la izquierda hubiera terminado en la consunción. Aquella pequeña aventura avivó la esperanza y regeneró el sentimiento de desánimo. El problema causado a la izquierda por la desmembración del comunismo no fue tanto que se quedara sin clientela sino que se quedara sin ideas. Por mucho que los ideólogos marxistas predicasen que las ideas son epifenómenos de la economía, a la hora de la verdad quedarse sin ideas resulta todavía más grave que descubrir que nunca tuvieron economía. El problema, para decirlo con expresión de Lenin, no era tanto «¿qué hacer?» como qué pensar para poder hacer algo.

La guerra del Golfo se ha producido a tiempo para que tras el incidente de Panamá la izquierda encuentre un leitmotiv que sirva de estímulo para la reflexión y de lugar de encuentro para la acción. El fanatismo integrista de Sadam Husein les ha servido de aliviadero. Aunque ellos protesten por las tragedias de la guerra, aunque acusen a los países occidentales de haber provocado el conflicto por motivaciones económicas y de haber utilizado a la ONU como instrumento de sus propósitos inconfesables, la verdad es que los materialmente mejor beneficiados por el desenlace han sido esos partidos de izquierda que, a la búsqueda de una identidad perdida, encontraron un nuevo rostro en las arenas del desierto y entre los pozos de petróleo.

Vocabulario

La memoria es frágil y hacen bien en aprovecharse de ello. El vocabulario acostumbrado ya resultaba inservible. Esto lo comprendieron pronto y bien los muñidores de la apuesta, la alternativa y la búsqueda. No hay más que recordar las conferencias de Anguita en el Siglo XXI. Mejor será que nos ahorremos el trabajo. Pero el asunto principal era: ¿cómo salir del atolladero? Porque el viejo lenguaje resultaba desgastado e inservible una vez que resultó obvio que la lucha de clases ya no liberaba a las clases, que la propiedad pública de los medios de producción resultaba más inhumana que la privada, que la plusvalía del capital no procedía de la explotación del trabajo, que la dictadura del partido no representaba la conciencia proletaria, que el comunismo lejos de ser la superación del capitalismo ha acabado convertido en el camino más largo para pasar de la fase capitalista inicial a la fase capitalista avanzada.

Obsérvense los guiños belicistas y ofensivos que caracterizaban al viejo vocabulario. Se proponía la dictadura a través de la lucha de clases para alcanzar la revolución comunista. Se trataba de un léxico de tonalidades heroicas, beligerantes y epopéyicas, un léxico elaborado para salir entre estandartes y banderas a la arena política; un vocabulario gestado para la acción, la confrontación y, como se decía entonces, la emancipación de la clase trabajadora.

Ya cuando se puso en marcha la llamada«guerra de las galaxias», e incluso antes, cuando la crisis de los misiles, el vocabulario nuevo comenzó a dar sus primeros pasos. No se hablaba de «pacifismo», sino que se fomentaba el «antinuclearismo»y el desarme unilateral.

Ya cuando se puso en marcha la llamada «guerra de las galaxias», e incluso antes, cuando la crisis de los misiles, el vocabulario nuevo comenzó a dar sus primeros pasos. No se hablaba de «pacifismo», sino que se fomentaba el «antinuclearismo» y el desarme unilateral. Por entonces, se trataba de predicar sólo actitudes «unilaterales». Es decir, no se pretendía que se desarmaran todos los que tenían armas, sino que, modestamente, se contentaban con que se desarmase uno de los bandos. Nuestro bando para ser más exactos. Entonces no se predicaba el pacifismo integral, sino únicamente el medio pacifismo. Bastaba con que fuéramos pacifistas nosotros. Eran tiempos de modestia intelectual. Nadie esperaba que el pacifismo se transformara en una especie de nueva religión universal.

Esperanza

Aquello duró lo bastante como para plantear algunos problemas en la fase en que el capitalismo tardío era un imperialismo compartido. Se vivía de la esperanza de que el desarme de unos pudiera aprovechar al armamento de los otros. Se decía aquello tan rítmico en los lenguajes sajones de «preferimos ser rojos que muertos». Era todavía demasiado pronto para adivinar que tras el muro muy pronto los armenios, los rusos, los lituanos, no digamos los húngaros, los checos y los alemanes, preferían ser muertos que rojos. Si alguien hubiera comentado que Lech Walesa acabaría como presidente de la nación polaca y Havel como presidente de la república checa hubieran apenas sonreído por el mal chiste. Pero los tiempos pasan con implacable celeridad y el que no aviva el ritmo del paso corre el peligro de quedar engullido por el ritmo del tiempo.

Desautorizados por los checos, y el hecho principal fue el gran cataclismo que produjo la caída del muro de Berlín, y dialécticamente derrotados, sin posibilidad de apelar a los viejos conceptos, a la búsqueda de nuevos principios, encontraron en el quiebro del invierno una oportunidad imprevista: que la paz era preferible a la guerra del Golfo.

Repentinamente todos cuantos habían profesado la lucha de clases, la revolución comunista y la dictadura del proletariado cambiaron rápidamente los matices del lenguaje y salieron multitudinariamente a las calles para proclamar con ojos de cordero degollado que el ideal de una comunidad pacífica de naciones, anunciada por el sueño de los ilustrados desde Kant a Kelsen, sólo podía alcanzarse al precio de aceptar que los invasores y los déspotas impusieran su ley de la fuerza. Evidentemente, las cosas no son tan simples porque también se trataba de discutir sobre quién es el primer agresor, si la existencia de Israel o la invasión de Kuwait. Mas retrotraerse a los orígenes es un modo de rehuir la discusión sobre los principios y de eludir el análisis de lo concreto.

Al igual que la teoría del «desarme», el pacifismo también se presenta como una obligación unilateral. Mas la búsqueda, que era el objeto de la crónica, acabó en el encuentro: sustituyó la vieja exaltación de la lucha emancipatoria por la masoquista aceptación de la violencia provenga de quien provenga. Perdedores de su lucha, despedazados los viejos ídolos, desvanecidos los ideales, el nuevo vocabulario sustituye la terminología combativa por el vocabulario de la resignación. Una vez derrotados, emplean todo su arsenal en convencer al rival victorioso que es preferible la derrota a la victoria y se escandalizan en las calles de que no se les haga caso.

El deteriorado comunismo ha conseguido un importante éxito al transformar el derrotismo en categoría moral. Parafraseando la renegada literatura leninista, el pacifismo no es más que la máscara moral del derrotismo.

LOGSE: Si con barbas San Antón, si no la Purísima Concepción

Un gran número de ciudadanos, «padres de familia en edad escolar», tras contemplar el ajetreado debate parlamentario de la LOGSE, se conformarían modestamente con saber cómo quedarán configurados los primeros escalones de nuestro sistema educativo dentro de un decenio. Lamento declararme incompetente para atender cuestión tan elemental. Quizá pueda servir de consuelo constatar que el señor Solana, que pese a sus reiterados esfuerzos para eludirla sigue asumiendo la responsabilidad ministerial, tampoco sería capaz de contestarla. Se ha puesto en marcha una aparatosa reforma de toda la estructura del sistema; prever qué acabará teniendo dentro sería demasiada ambición. El bulto de la escultura está esbozado. Habrá que esperar: si sale con barbas, San Antón; si no, la Purísima Concepción.

El recuerdo de la LRU

Como respaldo de lo anterior, bastaría considerar lo bizantino que resultaría plantear a estas alturas si el modelo universitario esbozado por la LRU es el mejor imaginable. Para nadie es ya un secreto que cualquier parecido entre sus efectos prácticos y las previsiones de su texto es hoy pura coincidencia. Artículos radicalmente deformados por un fallo del Tribunal Constitucional han podido mantenerse sin retoque alguno. No se trata sólo de un síntoma de la tozudez socialista; la verdad es que su desfiguración no es mayor que la de tantos otros artículos sometidos a la imprevisible «aplicación» práctica. Es de temer que nos hallemos ahora en el comienzo de una similar aventura. Quizá haya suerte y, buscando las Indias, descubramos impensables horizontes educativos…

Ha bastado que comience el «desarrollo» de la recién nacida Ley para que experimente cambios nada irrelevantes. Hace menos de un año, el Gobierno anunciaba que la aplicación de la reforma educativa comenzaría en el curso 1991-92, con el primero y sexto (y último) cursos de Primaria; durante 1992-93 arrancaría el segundo de Primaria y los dos primeros cursos de Secundaria. Se pretendía, además de facilitar el replanteamiento total de la red de centros, provocado por el cataclismo legislativo, poner a salvo de la imprevisible metamorfosis anunciada a ocho promociones de alumnos: los que, a partir de octubre próximo, cursarían 2.º, 3.º, 4.º y 8.º de EGB, los tres cursos de BUP y el COU.

Diez meses después, los intereses de tan gran número de alumnos y de sus familias se ven sacrificados a «exigencias operativas». Se retrasa un año la puesta en marcha de la Ley, salvo algún escarceo en la Educación Infantil. Se opta ahora por llevarla a la práctica en cascada: los dos primeros años de Primaria en el 92-93, los cuatro restantes un año después; los dos primeros de Secundaria en 1994-95 y los dos restantes en el bienio siguiente, para dedicar al nuevo mini-bachillerato el 1997-99. Sólo los alumnos que en octubre del 92 estén terminando o hayan superado la EGB se librarán del experimento.

¿Con quién se ha consensuado?

Solana, más dado al marketing que al rigor científico, se esforzó por vender que la Ley, esbozada por Maravall con su equipo, había sido fruto del consenso. Quizá su aplicación vaya ayudando a clarificar la verdad de tal aserto. No se ha consensuado con discrepantes ideológicos; se han articulado intereses dispares: autonómicos y sindicales.

Catalanes y vascos, arrastrando a alguna otra Comunidad en la carambola, han forzado de nuevo un peculiar «federalismo imperfecto» (sus dos Comunidades y el resto de España). La lengua propia ha servido de ocasión o excusa para ampliar sensiblemente el grado de disponibilidad sobre los contenidos educativos. Consenso significa para ellos: pónganos la Ley que quiera, pero déjenos eludirla más que a los demás.

El «sí pero no» de IU, a lo largo del debate, no sólo reflejaba su dificultad para mantener un discurso propio a la izquierda del felipismo. CC.OO. había logrado avanzar más de lo esperado en sus afanes de «cuerpo único», forzando a última hora la práctica extinción del de Catedráticos de Bachillerato, reducido ahora a anecdótica «condición» personal, dentro del nuevo «cuerpo» de Secundaria. Intentar explicar el apoyo del CDS sería tan superfluo como fatigoso.

Solana, más dado al marketing que al rigor científico, se esforzó por vender que la ley esbozada por Maravall con su equipo había sido fruto del consenso.

En la calle, de consenso ni rastro. Sindicatos tan relevantes en el sector como ANPE o CSIF no han sido escuchados. Los padres de familia de la CONCAPA de la Alvear han sido ignorados, mientras los de la CEAPA de la Tricio cantaban loas al proyecto; como siempre. Solana supo aprovechar las querellas patronales entre el agustino Angel Martínez Fuertes y el jesuita Santiago Martín para granjearse (con alguna esporádica subvención por medio…) la actitud de no agresión de la CECE. Hoy ésta no parece mejor tratada que la EG de los religiosos de la FERE.

Formación Profesional: de acuerdo no se sabe por qué

Si existe, en problemas educativos, una afirmación capaz de suscitar el sólido consenso que merecen los tópicos es ésta: nuestra inminente plena integración en el mercado único europeo obliga a salir de esa trágica situación, que nos lleva a soportar cuotas de paro anómalas y a contemplar cómo la tercera parte de las ofertas de trabajo no encuentran destinatario con la adecuada preparación.

Es obligado reconocer que el Gobierno es consciente de la gravedad del problema; tan obligado como constatar que no muestra tener idea de por dónde abordarlo. La dificultad del empeño se ha visto agravada por un handicap gratuito, que recuerda los peores tiempos del doctrinario Maravall. El afán por acabar con una FP de aire «paralelo» ha llevado a una curiosa decisión. El alumno que, superando su actual desprestigio social, se adentre en la nueva FP-I, se verá obligado a cursar el bachillerato antes de promocionarse en la nueva FP-II. Más difícil todavía…

Lo único que el Gobierno «aclara», por el momento, es que la entrada en vigor de la nueva FP, prevista para 1997-89, «podrá» adelantarse. La autorización a determinadas Comunidades Autónomas, para que aceleren por su cuenta tal calendario, parece traslucir la esperanza del Ministerio en que Administraciones más sensibles a las expectativas empresariales le vayan resolviendo la cuestión sin suscitar iras entre sus propias bases sindicales.

¿Vendrá esta vez el lobo?

La alarma ante un posible exterminio de los centros de iniciativa social alimentó la gran movida contra la LODE. Sus resultados no respondieron al griterío. Hoy todos aceptan que «la privada» ha recibido, en beneficio de sus clientes, más dinero que nunca, gracias al vigente sistema de conciertos. Unos piensan que los socialistas quisieron pero no pudieron, porque la sentencia del Tribunal Constitucional y la jurisprudencia ordinaria posterior marcaron un campo de juego diverso al previsto. Otros opinan que los socialistas no han querido, porque sabían que no podían: hasta que una masiva creación de centros estatales les permitiera prescindir de una iniciativa social cada vez menos motivada.

La LOGSE parece marcar, en todo caso, una segunda etapa destinada a llevar a la práctica lo que los socialistas hasta ahora no habrían podido hacer, o quizá no habrían podido querer. La alarma no parece calar socialmente, quizá porque el lobo ha sido anunciado ya en demasía.

El Ministerio, por su parte, cultiva una receta cien veces experimentada: el síndrome de Estocolmo; cuando esperas que alguien te liquide, si luego sólo te corta un brazo, puedes acabar besándole las manos. Los requisitos mínimos a exigir, a la hora de autorizar cualquier centro docente, responden a tal estrategia. Valga un ejemplo: mientras un primer borrador preveía que todo centro de Secundaria dispusiera de un laboratorio de 150 metros cuadrados por cada cuatro unidades (cuando, en pleno uso, serviría para quince), el proyecto de Decreto que ahora circula habla de 60 metros cuadrados por cada doce unidades. Sin comentarios.

El pueblo de Dios al pie de la montaña

El diseño de las clases de religión se ha convertido en un permanente foco de polémica (antes, en y después del parto legal). El artículo 27.3 de la Constitución parece sugerir que es difícil concebir educación alguna sin contenidos morales y religiosos, y que éstos deben desarrollarse de acuerdo con los deseos de los ciudadanos. Lo lógico parecía establecer una enseñanza ética obligatoria y permitir, en su seno, las variantes confesionales propias del caso. Gobierno y jerarquía católica se han puesto, paradójicamente, de acuerdo en ignorar tal vía.

El diseño de las clases de religión se ha convertido en un permamente foco de polémica.

Los socialistas han evitado plantear la cuestión como si del ejercicio de un derecho fundamental de los ciudadanos se tratara. Han preferido situarse en el resignado cumplimiento de un tratado internacional con la Santa Sede. Su negativa a hacer obligatoria una enseñanza ética, cuya única finalidad parecía consistir en evitar que los que no deseen enseñanza religiosa puedan jugar al balón, resulta plausible. Que desde su fervor laicista propongan una asignatura de Ética en Secundaria, que no habría de ajustarse a las convicciones de los padres, parece dudosamente constitucional.

Los Obispos, que tanto hablan del papel protagonista de los laicos en cuestiones sociales, los han dejado al pie de la montaña, mientras ellos dialogan en la cumbre. Se han dejado llevar al Huerto de los Acuerdos, en vez de animar a los ciudadanos católicos a que reivindiquen sus derechos. Clericalismo y laicismo acaban confluyendo por elevación. Sus complejos intentos de evitar que la enseñanza de la Religión se convierta en una «maría» han tenido impacto social tan débil como previsible. A este paso los ciudadanos, contemplados en el artículo 27.3 de la Constitución, pueden acabar ocupados con el becerro de oro, que parece ser lo suyo, aunque sea por exclusión.

La LOGSE ha comenzado su andadura. Dentro de diez años nada será igual en la educación española. Intentar adivinar sus perfiles exigiría disponer del don de profecía, extremo este no contemplado siquiera en los polémicos Acuerdos entre el Estado español y el Vaticano.

El sesgo deferente del sistema tributario Español

Este año debe ser el de la reforma del sistema fiscal español. Argumentos muy poderosos hacen que el cambio de nuestro sistema impositivo constituya una necesidad apremiante. En primer lugar, los numerosos errores acumulados por el régimen tributario vigente hacen inviable su continuidad. Son errores que conciernen tanto a la distribución de la renta como a la asignación de recursos y a la estabilidad del crecimiento económico. En segundo lugar, resulta demasiado arriesgado ignorar las tendencias de reforma tributaria que desde hace más de tres lustros dominan la escena internacional. Por último, hay que superar la inseguridad jurídica que afecta al campo tributario, fruto de unos gravámenes sometidos a permanentes vaivenes normativos, que a su vez son causa de una marcada incertidumbre económica.

Pero la hora del reproche ya ha pasado. Las críticas al sistema impositivo ya han sido suficientemente expuestas por la práctica totalidad de los estudiosos y expertos en la materia. Es éste el momento de reflexionar sobre el futuro del sistema tributario español, de sugerir ideas para su modificación. Ciertamente, tales consideraciones se enmarcan en la desesperanza que suscita el Proyecto de Ley del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, actualmente en las Cortes, cercano a su aprobación. No cumple dicho proyecto de ley con las premisas que deben inspirar a un impuesto personal sobre la renta que dé respuesta a las exigencias de la economía y de la sociedad españolas. Ello induce a pensar que su vida será breve, que pronto necesitará modificarse en algunos de sus aspectos más sustanciales. Y si esto es así, no cabe duda que seguimos presos de una peligrosa e incómoda «incertidumbre fiscal». El nuevo Gobierno socialista, constituido en las postrimetrías del invierno de 1991, tiene ante sí la tarea de realizar una reforma tributaria más profunda, más actual y más compleja que la que se venía practicando.

La reforma necesaria

La reforma fiscal constituye un proceso que debe acometerse globalmente, nunca por partes, como ahora se está haciendo. Sin duda, el IRPF tiene que desempeñar un papel protagonista en la modernización de nuestro cuadro tributario, al igual que ha sucedido en todos los países desarrollados. Pero carece de sentido plantear un cambio del Impuesto sobre la Renta, que pretende ser definitivo, sin inscribirlo en un planteamiento que involucre a las restantes figuras impositivas (y no sólo al Impuesto sobre el Patrimonio). Es más, la reforma impositiva ha de encuadrarse en una estrategia de política económica general, en la que se definan claramente los objetivos últimos perseguidos, que en el caso de España se sintetizan en la mejora de nuestra competitividad frente al exterior. Modificar el contenido normativo del IRPF equivale a definir su papel como instrumento de política económica, algo que no tiene sentido plantear aisladamente, al margen de ese enfoque completo de política económica.

Un segundo criterio inspirador de nuestra reforma consiste en detener el avance de la presión fiscal. El aumento de la participación de los impuestos en el PIB ha sido un rasgo diferenciador de la economía española respecto de las de nuestro entorno. Los riesgos de semejante comportamiento son considerables: por un lado, se ha desestimulado la formación de ahorro familiar y por otro ha añadido tensión al proceso de formación de precios internos de nuestro sistema productivo, perjudicando, en definitiva, la competitividad exterior de nuestra producción.

La reforma impositiva ha de encuadrarse en una estrategia de política económica general, en la que se definan claramente los objetivos últimos perseguidos, que en el caso de España se sintetizan en la mejora de nuestra competitividad frente al exterior.

Precisamente el tercer criterio informador de la reforma del sistema impositivo es el aumento de la neutralidad sobre las grandes decisiones de ahorrar, de invertir y de trabajar. El mayor conocimiento de la importancia de los efectos económicos de los impuestos fue una de las causas desencadenantes de la oleada de reformas tributarias que se inició a finales de los setenta y que han tenido dos ejes maestros: la reducción de los tipos marginales más elevados del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas y la sustitución de gravámenes directos por indirectos, justificada por la mayor neutralidad de estos últimos.

Nueva política impositiva

Durante los primeros meses de 1991 el rasgo más preocupante de la coyuntura económica es el descenso en términos reales de la inversión empresarial en bienes de equipo, explicado por la contención de los beneficios (y el consiguiente empeoramiento de la situación financiera de la empresa), por la política de enfriamiento de la economía consistente en una dura restricción monetaria y por el deterioro de expectativas originado por la crisis del Golfo Pérsico y por el clima de recesión que se ha adueñado de algunas de las principales economías industrializadas. En las nuevas circunstancias de la economía española, con la inversión en franca debilidad, arrastrando a la creación de empleo, el fomento del ahorro se convierte en objetivo prioritario de la política económica. El debate sobre la relación de causalidad existente entre la fiscalidad y el ahorro no ha producido conclusiones definitivas. Pero la comparación del tratamiento fiscal del ahorro en España con el otorgado por otras naciones ilustra acerca de la excesiva dureza de nuestro caso. Algo paradójico para un país que tiene una considerable necesidad de financiación que nos hace demasiado dependientes del capital exterior. Además, no podemos cerrar los ojos a la «competencia a la baja» desencadenada en el mundo desarrollado en torno a la fiscalidad del capital: el último ejemplo se encuentra en la reforma tributaria de Suecia, donde se ha optado por por someter a los rendimientos sobre capital (incluidos los incrementos de patrimonio) a un tipo proporcional del 30%, reservando la progresividad para el resto de las rentas que integran la base imponible del impuesto, es decir, a las procedentes del trabajo dependiente de las actividades empresariales y profesionales.

Otra de las pautas inspiradoras de nuestra reforma tributaria debe ser la simplificación de los principales tributos, así como la mejora de su percepción por el contribuyente. Ciertamente, la sencillez es un principio que beneficia tanto a la Administración como a los administrados, por la reducción de costes que para ambos implican, a pesar de la cual ha sido sacrificado en aras de otros principios (como el de equidad) que tampoco se han seguido fielmente. La simplicidad es un argumento que habla en favor de sustituir impuestos directos por indirectos. En el caso del IRPF, la sencillez debe constituir un axioma irrenunciable. Hay que tener en cuenta que este impuesto se basa en un sistema de autoliquidación, cuyo buen funcionamiento exige que el contribuyente entienda el significado exacto de lo que el tributo grava; además, la complejidad puede ser causa de fraude.

Criterios orientadores

Íntimamente conectado con el anterior se encuentra el principio de mejorar la percepción que los contribuyentes tienen de la carga impositiva. Se trata de corregir el fenómeno de la «ilusión financiera», por el que se induce a que el contribuyente piense que el tributo es menos gravoso. El procedimiento recaudatorio que provoca ese sentimiento es el de retenciones a cuenta demasiado elevadas en la imposición sobre la renta, que dan lugar a liquidaciones negativas de carácter general. Esta práctica, cuya existencia no puede atribuirse a simples errores de cálculo de la Administración, puede incluso ocasionar problemas para la estabilidad de la economía.

Otra de la pautas inspiradoras de nuestra reforma tributaria debe ser la simplificación de los principales tributos, así como la mejora de su percepción por el contribuyente.

En cualquier esquema de normas sobre la reforma fiscal no puede faltar como principio el de la equidad. Hay que dejar constancia, en primer lugar, de la profunda decepción existente respecto de la capacidad redistribuidora del IRPF, no sólo en nuestro país sino en el conjunto del mundo desarrollado. No se trata tanto de relegar el objetivo de equidad como de revisar su contenido y los procedimientos que utiliza. Por un lado, una excesiva progresividad formal del Impuesto sobre la Renta desestimula el ahorro, la inversión y el trabajo. Pero es que, además, puede ser causa directa de fraude y evasión, cuya existencia supone el más serio atentado contra la equidad horizontal, que no puede recortarse con el pretexto de conseguir una redistribución de renta que en la práctica no se alcanza, y que puede encomendarse con más certeza al gasto público.

Un último criterio que debe presidir el diseño de la reforma tributaria es la mejora de la armonía entre los principales impuestos. En pocas palabras, es necesario resolver los acuciantes problemas de doble imposición, especialmente graves en el tratamiento de los dividendos y con la tenencia y transmisión de patrimonio. Conviene no olvidar los agobios financieros de Comunidades Autónomas y Ayuntamientos, que deben resolverse mediante recargos o participaciones en los principales tributos (preferentemente en el IRPF) en vez de implantar nuevas figuras causantes de doble imposición.

En suma, la aspiración definitiva es que el sistema tributario español se transforme en un elemento activo de la política económica propiciadora de un modelo del crecimiento económico estable y sostenido, que permita afrontar con éxito los desafíos implícitos en la Unificación Económica y Monetaria Europea.

Inutilidad del consejo económico y social

Al cierre de esta edición, está a punto de aprobarse el Proyecto de Ley de creación del Consejo Económico y Social por la Comisión de Política Social y de Empleo del Congreso de los Diputados, con competencia legislativa plena. El débil enganche constitucional, según confesión de la propia Exposición de Motivos del Proyecto, es el artículo 23.1 de nuestra Norma Suprema, que realiza una de tantas declaraciones ajurídicas con hondas raíces demagógicas: «Los ciudadanos tienen el derecho a participar en los asuntos públicos, directamente o por medio de representantes». Oculta cuidadosamente el texto el importantísimo final de dicho precepto, que matiza que los representantes a que se refiere son los «…libremente elegidos en elecciones periódicas por sufragio universal».

Parece lógico pensar que en un régimen democrático como el que disfrutamos toda la representación ciudadana se canaliza precisamente a través de la institución democrática por naturaleza: el Parlamento. Pues no. Se ha extendido entre los partidos políticos (ignoro si entre todos) la idea de que el cuerpo social debe ser representado según el papel que juegue en la sociedad cada grupo de individuos. Así, la representación de trabajadores, empresarios y consumidores y usuarios se debe encomendar a un órgano diferente: el Consejo Económico y Social. No es casualidad, siguiendo este esquema corporativista, que la denominación y funciones del órgano que se crea sean idénticas al que existió durante ciertos cuarenta años que todo el mundo dice querer superar, pero, en la práctica, nos empeñamos en perpetuar. Totalmente seducido por el ambiente tardofranquista que se respira, me atrevo a sugerir que se cree el Consejo Familiar, con el tercio familiar, cuyos componentes podrían denominarse procuradores.

Una virtud, pues, sí tendrá la creación del Consejo: retrasar la tramitación de los proyectos de ley referidos a esta materia.

Competencias

Como en estos tiempos que corren hay que proclamar lo obvio, sólo quiero dejar dicho que la naturaleza y fines de los Sindicatos y Organizaciones empresariales no se dirigen a representar al pueblo español en la elaboración de las leyes y el control del Gobierno, sino a representar a sus afiliados en materias interpartes (salarios, contratación, condiciones de trabajo, etc.). Familia, Municipio y Sindicato son reliquias bien sepultadas, herencia directa de un Mussolini abatido por socialistas.

Echando una ojeada al proyecto, se puede comprobar lo que realmente preocupa. El 90% del mismo se refiere a lo importante: cómo se eligen sus vocales y cargos y otros temas de organización. En cuanto a las funciones, un solo artículo que fija la única competencia real: emitir dictamen preceptivo y no vinculante en determinados anteproyectos de ley de trascendencia económica o social. Una virtud, pues, sí tendrá la creación del Consejo: retrasar la tramitación de los proyectos de ley referidos a esta materia.

Si la política de gasto público del actual gobierno se encamina al ahorro, podría empezarse con una política simple: no creen órganos inútiles cuya única finalidad es tener colocados a 60 personajes públicos presuntamente influyentes.

Moorcook en España

Michael Moorcock, nacido en 1939, es uno de los más sugestivos escritores británicos contemporáneos. Ha alcanzado la fama por dos caminos diferentes, y en ambos su aportación ha tenido un carácter revolucionario. En primer lugar, como director de la revista New Worlds desde el número 142 (mayo-junio 1964) hasta el 201 (marzo 1971), donde se gestó el movimiento literario que se conoció como new wave, el más influyente que puede recordar la literatura fantástica de las últimas décadas. En segundo lugar, como autor de una amplísima obra en los campos de la ciencia-ficción y la fantasía, que ha llegado a convertirlo en una de las firmas más populares del género. Sin duda, el rasgo más sobresaliente de su narrativa es la creación del «Multiverso», escenario en el que transcurren varios ciclos de novelas entre las que se dan constantes referencias cruzadas que les confieren una complejidad global extraordinaria. En los diferentes planos del «Multiverso» se mueven nombres propios tan fascinantes como Erekose, Dorian Hawkmoon, Elric de Melniboné, Corum Jhaelen Irsei o Ulrich von Bek, distintas personificaciones del Campeón Eterno o figura arquetípica del héroe atormentado y acosado por las fuerzas del destino.

Hace trece o catorce años me sumergí por vez primera en el «Multiverso» de Moorcock. Fue un descubrimiento, una revelación, un importante hito iniciático en mi quête de lector. Acababan de ser traducidas por vez primera al español El Caballero de las Espadas, La Reina de las Espadas y El Rey de las Espadas, tres novelas que constituían la primera trilogía de Corum Jhaelen Irsei, el Príncipe de la Túnica Escarlata. Al principio de El Caballero… se leía: «En aquellos días había océanos de luz, ciudades en el cielo y enormes bestias voladoras de bronce. Había manadas de toros carmesí que bramaban y eran más altos que castillos. Había cosas chillonas y repugnantes poblando ríos sin riberas. Era un tiempo de gigantes que caminaban por el agua, de criaturas malvadas y deformes que podían ser convocadas por un pensamiento mal calculado y que sólo podían ser alejadas con el dolor de algún terrible sacrificio. Era un tiempo rico y oscuro. El tiempo de los Señores de las Espadas». El comienzo no podía ser más prometedor.

Devoré los tres libros de Michael Moorcock con la misma voracidad con que leí a Kafka al terminar el bachillerato, a Borges en la mili o a Tolkien unos años después. Saludando tan oportuna aparición, publiqué en El País un artículo titulado: «Épica y naipes: la fantasia contra el aburrimiento». El editor de la trilogía e introductor de Moorcock en España, Francisco Arellano, leyó mi nota y me llamó por teléfono para agradecérmela. Fue el comienzo de una simpática amistad, fundada en aficiones comunes como el comic, la fantasía y la cerveza. Corrían los primeros días de mayo de 1978: mi hijo Álvaro todavía no hablaba, mi hija Inés ni siquiera existía y la malcasada del 5.º no sabía qué hacer para que alguien se enterase de que su matrimonio era un infierno. Hoy las cosas han cambiado bastante: Álvaro se ha hecho mayor, Inés acaba de cumplir dos años y un meticuloso suicidio terminó con las penas de amor de mi vecina. Lo que no ha variado es mi devoción por gran parte de la obra de Moorcock, creador de tantos personajes inolvidables, y el cariño que Paco Arellano me sigue inspirando. Para celebrar todo eso, y con la pretensión de ser útil a los lectores de esta sección de «Literatura Fantástica», se me ha ocurrido elaborar una lista de las versiones castellanas de Moorcock que, aparecidas entre 1977 y 1991, o sea, en el lapso de los últimos quince años, se dan cita en mi biblioteca. La fecha entre paréntesis es la de la edición original.

Bibliografía

1977. El Caballero de las Espadas (1971). Trad. Jesús Gómez García. Col. «Delirio». Madrid, Francisco Arellano Editor.

1977. La Reina de las Espadas (1971). Trad. Sandra Harnden Wassiltchikoff. Col. «Delirio». Madrid, Francisco Arellano Editor.

1977. El Rey de las Espadas (1972). Trad. Asunción Ayala Moral. Col. «Delirio». Madrid, Francisco Arellano Editor.

1978. La nave de los hielos (1969). Trad. Domingo Santos. Col. «Acervo Ciencia/Ficción». Barcelona, Acervo.

1978. La naturaleza de la catástrofe (1971) (por Michael Moorcock, Langdon Jones y otros). Trad. Elías Sarhan. Col. «Delirio». Madrid, Francisco Arellano Editor.

1978. El tiempo de los señores halcones (1976) (por Michael Moorcock y Michael Butterworth). Trad. Álvarez Flores y Ángela Pérez. Col. «Star-Books». Barcelona, Producciones Editoriales.

1979. El programa final (1968). Trad. Matilde Horne. Barcelona, Minotauro.

1980. El libro de los mártires (1976). Trad. Álvarez Flores y Ángela Pérez. Col. «Star-Books». Barcelona, Producciones Editoriales. Incluye He aquí el hombre.

1985. El Campeón Eterno (1970). Trad. Hernan Sabaté. Col. «Fantasy». Barcelona, Martínez Roca.

1986. Eric de Melniboné (1972). Trad. Hernán Sabaté. Col. «Fantasy», Barcelona, Martínez Roca.

1987. El Perro de la Guerra y el Dolor del Mundo (1981). Trad. Francisco Arellano. Col. «Futurópolis». Madrid, Miraguano.

1988. El Caballero de las Espadas. Primer Libro de Corum (1971). Trad. Cecilia Pérez. Col. «Futurópolis». Madrid, Miraguano.

1988. La Reina de las Espadas. Segundo Libro de Corum (1971). Trad. Cecilia Pérez. Col. «Futurópolis». Madrid, Miraguano.

1988. El Rey de las Espadas. Tercer Libro de Corum (1972). Trad. Cecilia Pérez. Col. «Futurópolis». Madrid, Miraguano.

1988. Marinero de los mares del destino (1976). Trad. Hernán Sabaté. Col. «Fantasy». Barcelona, Martínez Roca.

1989. El Bastón Rúnico. Crónicas de Dorian Hawkmoon [incluye La joya en la frente (1977), El amuleto del dios Loo (1977), La Espada del Amanecer (1977) y El Bastón Rúnico (1977)]. Trad. Joseph M. Apfelbäume. Col. «Gran Fantasy». Barcelona, Martínez Roca.

1989. El misterio del lobo blanco (1977). Trad. Hernán Sabaté. Col. «Fantasy». Barcelona, Martínez Roca.

1990. He aquí el hombre (1969). Trad. Domingo Santos. Col. «Cronos-Ciencia Ficción». Barcelona, Destino.

1990. La torre evanescente (1970). Trad. Hernán Sabaté. Col. «Fantasy». Barcelona, Martínez Roca.

1991. Crónicas del Campeón Eterno [incluye Fénix de obsidiana (1970) y El dragón en la espada (1987)]. Trad. Eduardo G. Murillo. Col. «Gran Fantasy». Barcelona, Martínez Roca.

1991. La maldición de la Espada Negra (1977). Col. «Fantasy». Barcelona, Martínez Roca (en preparación).

Colección de libros de la filmoteca española

¿Cuál debe ser la función del libro de cine en los noventa? Hace unos años el libro de cine trataba de suplir la visión de las películas. Ahora el vídeo lo ha cambiado todo. Antes era muy difícil tener acceso a los clásicos del cine, que sólo se veían en filmotecas o cineclubs y en algún que otro pase por televisión. Un ciclo monográfico sobre un gran director era todo un acontecimiento, y de la mayor parte de los directores sólo se podía tener una visión muy fragmentaria de su obra, a veces basada en el recuerdo de films vistos muchos años antes.

El público compra libros en alemán u otros idiomas que no entiende tan sólo por las fotografías. El libro de lujo a precio módico es un buen negocio.

Negocio

El público compra libros en alemán u otros idiomas s que no entiende tan sólo por las fotografías. El libro de lujo a precio módico es un buen negocio.

Eso lo han entendido los norteamericanos, que últimamente publican excelentes libros de cine para ver y no para leer. Así, la Disney o Spielberg publican sus propios libros, en los que salvan sus materiales de archivo, fotos de trabajo y bocetos, al tiempo que se hacen publicidad.

El libro de cine tiende a ser cada vez más vistoso. Pero también su texto es cada vez más rico. Cada día aumentan los trabajos de investigación en filmotecas y archivos. Un excelente ejemplo es el libro sobre el film Metrópolis, de Fritz Lang, publicado por la Cinemateca Francesa. Esencialmente es un libro de fotografías, pero acompañado por un sintético aunque muy trabajado texto de Eisenschitz, realizado a partir de sus investigaciones en la prensa alemana de los años veinte.

Es un tipo de libro muy difícil de elaborar fuera de una filmoteca. De hecho, se trata de la colección personal de fotografías depositadas por Lang en la Cinemateca Francesa.

Hoguera

¿Qué queda hoy que no merezca la hoguera en la librería de un viejo cinéfilo español? Los libros de entrevistas. Porque en ellos son los directores y los técnicos los que hablan y nos cuentan lo único que de verdad nos interesa: cómo se rodaron las películas, qué pensaban los que las estaban haciendo, qué problemas tuvieron. Hoy echamos en falta más libros de entrevistas.

Y, mientras los escritores de cine parecían apasionarse con la absurda torre de Babel del estructuralismo, los técnicos morían como ratas sin que nadie les preguntase sobre sus trabajos y hallazgos cinematográficos. Pero no sólo los técnicos morian olvidados. La muerte es una buena cinéfila. Se ha llevado una impresionante colección de películas. Del cine mudo se conserva una ínfima parte. Más aún: hoy siguen desapareciendo ejemplares únicos de carteles, guiones o material gráfico de films clásicos.

El libro de cine puede ayudar a salvar materiales de este tipo reproduciéndolos, multiplicando por miles los ejemplares únicos de revistas que deterioran cada día los estudiosos que acceden a ellos en las hemerotecas.

Pero tan sólo parece tener interés la publicación de los antiguos carteles para carátulas de vídeo. No parece que sea rentable publicar en facsímil las antiguas revistas o press-books. Ahora prolifera cada vez más el libro que no necesita ser leído.

Hoy en día la mayor parte de la obra de los maestros reposa en los estantes de los aficionados. El vídeo ha supuesto una revolución.

Aquí no tienen sentido colecciones como la, en su día «imprescindible», de Voz e Imagen, donde se nos narraba un film describiéndolo plano a plano y tratando, a través de un buen número de fotografías, ampliaciones de fotogramas en su mayoría, de sustituirlo o al menos de refrescar la memoria sobre el film en cuestión.

Esa misma dificultad de acceso dio lugar a historias del cine llenas de errores en las que críticos confiados copiaban a otros que habían tenido la fortuna de ver en su día algunos «raros» films pero que muchas veces los recordaban mal. Apenas nadie investigaba en archivos. Luego existían, siempre han existido, libros y revistas llenas de páginas inútiles, simples comentarios de críticos. Es decir, de «entendidos» que trataban de imponer sus gustos y opiniones con la mejor voluntad del mundo.

Podría decirse que la mayor parte de las revistas españolas y libros de hace veinte años han «envejecido», aunque en realidad es ésta una expresión acuñada por críticos nada dispuestos a reconocer sus errores. Cuando hoy ven un film espantoso que en su día les había fascinado, en lugar de reconocer su error dicen que es el film el que ha «envejecido». Pues bien: sus libros y revistas de hace diez, veinte años, han envejecido muchísimo.

Investigación

En España, la Filmoteca Española, actualmente dirigida por José María Prado, está publicando una excelente colección de libros de cine que son el resultado de un largo trabajo de investigación en muchos casos.

Personalmente llevo más de dos años trabajando intensamente en un libro sobre el director alemán F. W. Murnau para la Filmoteca Española. Las condiciones en que he realizado este trabajo serían impensables fuera de una institución como ésta, no sólo por el acceso a los films y a los materiales de archivo conservados allí, sino por el poder trabajar sobre los fondos de su biblioteca. Los contactos establecidos entre las diversas filmotecas del mundo te permiten el acceso a documentos inéditos conservados en cualquier archivo. Además, el personal de la Filmoteca Española colabora de un modo decisivo en la consecución de materiales.

Por otra parte, algo impagable es el tiempo. La lentitud de la Administración es aquí una ventaja para el investigador. El tiempo no apremia y el trabajo puede enriquecerse día a día con nuevas aportaciones. La colección se inició en 1986 con un apasionante libro de Víctor Erice y Jos Oliver sobre Nicholas Ray. Un laborioso trabajo de recopilación en el que el aficionado puede encontrar dirección de primera mano sobre cada film de Ray.

El número 3, dedicado a John Ford, es una amplia colección de críticas en donde abunda el artículo de opinión. Es un libro menos útil, pero muy entretenido, y contiene algunos buenos artículos de los mejores especialistas internacionales sobre Ford.

Cine español

Como es lógico, al ser libros «oficiales», una alta proporción de las publicaciones está dedicada al cine español. Tras una Guerra de España en la pantalla, de Román Gubern, se publicó una interesante Directores de fotografía del cine español, coordinada por Francisco Llinás. Una idea excelente. Habría que publicar más libros sobre las técnicas y los técnicos en el cine español, y particularmente sobre músicos y decoradores. El libro contiene una extensa filmografía realizada por Ramón Rubio, muy útil como material de consulta. Se han dedicado dos tomos a estudios monográficos sobre los directores españoles Regueiro y Borau.

La colección tiene una curiosa prolongación en los libros monográficos destinados a servir de catálogo a las retrospectivas organizadas por el Festival de San Sebastián. Realizados en colaboración con la Filmoteca Española, tienen todas las características de la colección, respetando la maqueta diseñada por José Ignacio Fernández Bourgón y trabajada con esmero, libro a libro, siempre igual y siempre diferente, por Lynda Bozarth y Nuria Novoa.

A esta serie especial pertenecen Robert Siodmak, del historiador suizo Hervé Dumont; James Whale, de James Curtis, y un curioso Jacques Tourneur realizado a base de combinar largas entrevistas y algunos artículos, logrando así un ameno texto de consulta que en parte suple al libro que hasta hoy nadie ha escrito sobre este interesante realizador.

Una colección muy vistosa y con un precio asequible que pone al libro de cine español en un buen lugar en el panorama internacional gracias a la colaboración de un buen equipo de especialistas de la Filmoteca Española, encabezados por la minuciosa Valeria Ciompi, coordinadora de la colección.

Una colección que debería crecer a mayor velocidad sin descuidar la alternancia de temas de cine español con los clásicos internacionales que llenen el vacío existente hoy en España.

Se publica demasiado poco sobre cine en nuestro país. Aún hoy el cinéfilo tiene que seguir comprando los libros en inglés o francés para estar al día o sencillamente para conseguir datos sobre un cineasta clásico. Colecciones como la de la Filmoteca Española deben potenciarse y deberían tener una más amplia difusión.