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Major pasa la página del tacherismo

John Major, el primer ministro británico más joven de este siglo, ha sabido nadar y guardar la ropa en cuestiones ideológicas. En la víspera del golpe de palacio muy británico que descabalgó del poder a Margaret Thatcher, la mayoría del Partido Conservador, decidida a cerrar el paso al cabecilla de la rebelión, Michael Heseltine, se tranquilizó con la idea de que Major era el hijo político que la primera ministra habría deseado tener. Respetuoso, tranquilo y aplicado, Major, de 47 años, era, para los thatcheristas más acérrimos, un producto bien acabado de la meritocracia, el catecismo social de la inspiradora del primer <«ismo» de la política británica. Pero los conservadores tradicionales, paternalistas y partidarios del compromiso, también creían tener razones para concluir que Major era uno de los suyos. Un año antes, al hacerse cargo de la cartera de Economía y Hacienda, el candidato a primer ministro fue acorralado por sus colegas para que de una vez confesara si era un thatcherista radical o un partidario del consenso. Major, según fuentes conservadoras, se limitó a sonreír tímidamente y sólo concedió un «Oh, bier».

Major, al ser elegido primer ministro, tanto podía haber sido recompensado por su fidelidad como por su determinación de guardar las distancias con respecto a su protectora. El enigma, pocas horas después de su victoria, intentó ser resuelto por Douglas Hurd, ministro de Asuntos Exteriores y rival suyo en la lucha por la jefatura conservadora, quien en una conversación privada afirmó: «Ya tenemos otro Baldwin». Esta indiscreción, aventada por el diario londinense The Independent, podría haber puesto en entredicho las dotes diplomáticas del jefe de la diplomacia británica, pero no, quizás, la capacidad de análisis del Hurd político.

La comparación con Baldwin no sería descabellada, según ha admitido Roy Jenkins, tránsfuga laborista, fundador del Partido Socialdemócrata y biógrafo del «Honesto Stanley». Stanley Baldwin, primer ministro durante ocho años, entre 1923 y 1937, se distinguió fundamentalmente por dos características: aportó un eficaz antídoto a las controversias provocadas por Lloyd George y, contra la opinión de algunos de sus colegas, era partidario de que los ministros de Su Majestad estuvieran a un mismo nivel.

Lo más importante de los primeros cien días de Major como primer ministro, que se cumplieron el pasado 7 de marzo, es que fueron los primeros cien días sin Margaret Thatcher en el poder. Sin Thatcher y, por lo que denuncian los colaboradores de la ex-jefa de Gobierno, también sin tanto thatcherismo. Pero Major sigue siendo un enigma. Desde el 28 de noviembre, cuando accedió al poder, las formas han cambiado. El primer ministro no se muestra ni arrogante ni agresivo, y eso en tiempos de la guerra del Golfo Pérsico ha marcado las distancias de forma particular. Es más, Major, sin estudios universitarios y de extracción social humilde, ha puesto de manifiesto algo que la señora Thatcher, según sus críticos, jamás tuvo: compasión social. Y para mayor gloria de Douglas Hurd, el primer ministro no sólo se considera el primero entre iguales, sino que la política exterior, a diferencia de lo que ocurría con su antecesora, vuelve a cocerse en los fogones del Foreign Office.

Major no suscita ni el odio ni el entusiasmo que despertaba Margaret Thatcher. Lo suyo, como parecen respaldar los sondeos de opinión, es el término medio. Pero ¿es thatcherista? Los thatcheristas están convencidos de que no y temen que lo único que pretende el nuevo Gobierno es abjurar del thatcherismo.

Respetuoso, tranquilo y aplicado, Major, de 47 años, era, para los thatcheristas más acérrimos, un producto bien acabado de la meritocracia, el catecismo social de la inspiradora del primer «ismo» de la política británica.

Las principales pruebas en contra de Major son su flamante filosofía «social de mercado», que para los thatcheristas es como mentar la soga en casa del ahorcado; su aparente mayor comprensión hacia Europa, algo que los mismos medios interpretan como una rendición, y el controvertido hundimiento del polémico impuesto local («poll tax»); que la señora Thatcher convirtió en el buque insignia de su filosofía.

Los thatcheristas más acérrimos tal vez exageran al hablar de traición cuando parecen resignados a la idea de que la líder que hundió a los laboristas, desarmó al general Galtieri y derrotó a los sindicatos no convertirá su apartamento de Belgravia en la isla de Elba, sino simplemente en la isla de Santa Elena. Pero cuatro meses después del relevo en el número 10 de Downing Street todo parece indicar que el sucesor ha pasado la página del thatcherismo.

No se trata, claro está, de que Major se haya convertido al laborismo, incluso al laborismo moderado que ya se cree curado del radicalismo que en los años ochenta le costó tres derrotas electorales consecutivas. Pero Major ha comenzado a corregir el tiro, sobre todo en las cuestiones ideológicas, donde el empecinamiento de la ex-primera ministra se transformó en el primer enemigo de su ambiciosa empresa. El thatcherismo, durante once años, modificó profundamente el mapa social y económico británico, pero al final los medios se confundieron con los fines. El día que dimitió la señora Thatcher, The Financial Times, portavoz oficioso de la City, la despidió sin una lágrima pero con esta sentencia: «Afortunados los países que no necesitan gobernantes fuertes. Gracias a Margaret Thatcher, Gran Bretaña es ahora un país fuerte que no necesita gobernantes extraordinarios». Major pudo haber sido la fuente de inspiración del editorialista.

El cambio, sin embargo, no es fácil de cuantificar. Los colaboradores de Major defienden la filosofía del «mercado social». Pero son pocos los analistas de la City que se toman la iniciativa al pie de la letra para concluir que habrá un regreso a los días prethatcheristas de altos impuestos. Antes al contrario, los mismos laboristas también se han visto obligados a rebajar su propio listón. La idea del «mercado social», con todo, sugiere la posibilidad de una rectificación del rumbo.

Este cambio es patrocinado por el nuevo presidente del Partido Conservador, Chris Patten, en las antípodas de Norman Tebbit, el jefe de filas de la primera Thatcher. Patten ha puesto patas arriba la Conservative Central Office, la caldera de las ideas conservadoras. En una entrevista concedida recientemente a la revista Markism Today sobre el conservadurismo de los años 90, el jefe de los tories se hizo lenguas del modelo democristiano alemán, de su think-tank -la asociación Konrad Adenauer y del denominado «mercado social». Las declaraciones de Patten fueron saludadas con simpatía por The Guardian, diario profundamente crítico con el thatcherismo.

En cuanto a Europa, el nuevo talante de Londres provoca las iras del denominado «Grupo de Brujas», el reducto thatcherista que reúne a una cuarta parte de los diputados conservadores y que tiene como biblia el discurso antieuropeísta pronunciado por la ex-primera ministra hace tres años. Pero de eso a concluir que Major se ha convertido en un campeón de la causa europea todavía hay un gran trecho. El pragmatismo de Major, que incluso podría llevar a los conservadores al grupo democristiano del Parlamento Europeo, es la simple traducción del reconocimiento por parte de amplios sectores británicos de que Gran Bretaña sin Europa sólo sería una isla a la deriva. Major, con la señora Thatcher en el poder, ya ingresó a la libra esterlina en el Sistema Monetario Europeo, y sus esfuerzos posteriores han representado un alivio para el mercado financiero británico. Sin embargo, en su intento de alcanzar el punto medio, Major debe ser consciente de que el escaso entusiasmo por Europa no es en Gran Bretaña una simple cuestión personal de su antecesora.

El día que dimitió la serñora Thatcher, «The Financial Times», portavoz oficioso de la «City», la despidió sin una lágrima pero con esta sentencia: «Afortunados los países que no necesitan gobernantes fuertes».

El caso del poll tax es, posiblemente, el mejor ejemplo de la manera en que Major ha conducido el coche oficial conservador. El impopular impuesto local, por el que se igualaba a familias y zonas urbanas profundamente desiguales económicamente, ha sido abolido, pero aún no se sabe exactamente qué tipo de tributo le sustituirá. De momento ha caído el nombre, pero la sustancia sigue siendo objeto de discusiones. Los laboristas, de esta manera, claman victoria ante una de las rectificaciones más sonadas de la reciente política británica, pero los conservadores confían que de la discusión puede surgir un híbrido. En cualquier caso, un simple cambio cosmético sólo dañaría al primer ministro en las próximas elecciones generales, a celebrar antes de junio de 1992.

En este contexto, cuatro meses después de que la señora Thatcher pidiera el voto para Major, nada parece indicar que se haya cumplido la advertencia hecha por la ex primera ministra de que conduciría el nuevo Gobierno desde el asiento trasero. Major se ha declarado partidario de una «sociedad sin clases» y admirador del proyecto romántico de Lain McLeod de «una sola nación» y no de las dos Gran Bretañas, profundamente separadas, que heredó del thatcherismo. Pero las vacilaciones de Major, convertidas en la mejor arma electoral de los laboristas, podrían hacer buena la comparación realizada por Douglas Hurd entre el primer ministro y Baldwin, a quien sus adversarios colgaron el sambenito de ser un indeciso consumado. Major, según uno de sus más íntimos colaboradores, «es brillante cuando no toma decisiones».

Major ha pasado la página del thatcherismo, pero su primera hoja sigue en blanco.

Rumanía, la versión del «golan»

«BIENVENIDOS a Rumanía libre y democrática». Es el saludo de Florián, guía de los turistas españoles que acaban de aterrizar en Bucarest. «Como saben, Ceaucescu fue un loco dictador que hundió a nuestro país. Ahora los rumanos gozan de libertad y la economía se ha liberalizado».

Hace 14 grados bajo cero, y Bucarest se ha convertido en un gran bloque de hielo. Salgo a la calle buscando… lo que oculta Florián. Busco «golanes», es decir, gamberros, delincuentes. Es el insulto que Iliescu dirigió a los intelectuales, a los estudiantes, a toda persona descontenta con el comunismo. Se identifican en los abrigos, en los sombreros, en las carpetas de los universitarios: «Soy golán», «I love golán»… Superada la desconfianza inicial, la hospitalidad rumana es incomparable. Para que yo coma, ellos ayunan, aunque disimulan haber comido. Muchas casas no tienen calefacción, ni agua caliente, ni comida, ni luz. Pero hay algo peor: lo que Florián no cuenta a los ingenuos turistas es que los rumanos aún no tienen libertad. Para conocer eso… hay que escuchar la versión del «golán».

En el avión de hélices que vuela hoy a Bucarest viajamos personas con objetivos dispares. Un grupo de industriales vascos lleva la esperanza de vender herramientas a los rumanos; un matrimonio de recién casados viene para esquiar en los Cárpatos; dos familias de Sabadell hacen, sin más, turismo; Mihai, joven rumano, regresa a su país después de unos meses de estudio en Portugal… En las 14 horas de retraso tenemos tiempo de conocernos casi todos. Ya en Bucarest, tras el registro de las maletas y la retirada del billete de vuelta por parte del guía oficial, cada uno se dirige a su hotel y se organiza como puede la estancia. Al cabo de una semana comentamos nuestras impresiones. Quienes no han hablado con la gente de la calle vuelven sin saber dónde han estado.

¿A qué se dedican los jóvenes? No hay tiendas, ni bares, ni cines, ni discotecas. Oyen música cuando sale en televisión. No tienen coche, hace mucho frío. ¿Qué hacen? Leen.

Piensan que el gran problema de Rumanía es la pobreza. Han palpado la falta de higiene, han cambiado dinero negro, no tenían bombillas en la habitación del hotel…, pero creen que Rumanía es ya un país libre. No han hablado con personas que reciben la correspondencia abierta, cuyos teléfonos están «pinchados». No han tenido que consolar a quien rompe a llorar describiendo la historia reciente del pueblo rumano. No han oído las risas de quien cuenta lo que pensó cuando Gorbachov recibió el Premio Nobel de la Paz. No han pasado vergüenza al descubrir la ingenuidad de Occidente.

Lo que cuentan los rumanos contrasta con lo que hemos leído en la prensa. Al principio cuesta creer que podamos estar tan engañados. ¿A quién debo creer?, me pregunto los primeros días. Al cabo de una semana conversando con gente tan diferente, no me cabe ninguna duda. Su forma de pensar, su estilo de vida, cómo afrontan el sufrimiento, todo lo que cuentan… pondría los pelos de punta al más insensible. ¡Se puede aprender tanto en los países del Este! Tantos años de desconfianza generalizada han engendrado un recelo difícil de vencer. «¿Por qué me pregunta eso?», «¿Dónde va a publicar la entrevista?», «Déjeme ver su carnet de periodista…». A medida que el escudo del recelo baja la guardia, descubro a personas sencillas, abiertas, de gran corazón, pero desanimadas. Al final no puedo evitar la envidia. Pienso que lo que tienen es más importante que lo que no tienen.

¿A qué se dedican los jóvenes? No hay tiendas, ni bares, ni cines, ni discotecas. Oyen música cuando sale en televisión. No tienen coche, hace mucho frío. ¿Qué hacen? Leen. Las casas de los rumanos están repletas de libros. Estudian idiomas. La mayoría de los estudiantes saben inglés y francés. «¿Cuál es tu compositor favorito?». «¿Y el escritor?». «Yo había leído las obras completas de Dostoievski a los 16 años», dice Senina, periodista. ¿Qué está pasando en Rumanía? ¿Qué diferencia hay entre lo que cuenta el Gobierno, lo que muestran a los observadores de la Comunidad Europea, lo que dice la prensa oficial y lo que realmente sucede? Ahora sepamos lo que cuentan los estudiantes, los periodistas, las princesas de Rumanía, los presos… Personas diversas, con varias características en común: un gran amor a su patria, una mentalidad profunda, endurecida por el sufrimiento y el orgullo de ser golanes, de ser detestados por los comunistas.

Sofía e Irina, princesas de Rumanía

El rey Miguel I tiene 5 hijas. Margarita, la mayor, vive en Suiza, como sus padres, y pasa temporadas cortas en Rumanía. Elena vive en Gran Bretaña. Irina, Sofía y María, en Estados Unidos. Hoy es un día importante para la familia, porque Irina está en Rumanía por primera vez en su vida, en compañía de Sofía. Se alojan en casa de unos amigos porque aún no les han sido devueltas sus posesiones.

Sofía, ahijada de la Reina de España, es muy habladora: «La primera vez que vinimos a nuestro país fue en enero de 1990, después de la revolución. Se notaba en la gente como un gran trauma. Era…, ¿cómo diría? ¿Sabe lo que pasa cuando un pájaro choca contra una ventana? Se queda totalmente estampado y el cristal se rompe en mil pedazos. Aquí pasó algo similar. Hubo mucha violencia, y ahora es difícil que todo vuelva a la normalidad, después de tantos años de comunismo, en los que la gente ha sido aplastada. No se les permitía hablar ni pensar, sólo tenían que hacer, hacer, hacer. Todos están recelosos. Han perdido su inteligencia, su cultura, su historia, todo».

El primer paso, según las princesas, es acabar con la mentira. «Al principio, todos nos equivocamos al interpretar la revolución. Después caímos en la cuenta de que habíamos sido engañados. Pero no es la única mentira. Nuestra familia sigue siendo calumniada y hay casi dos generaciones que no saben nada de nosotros. Si se celebrara un referéndum sobre la vuelta de la Monarquía, sería esencial que la gente votara basándose en la verdad. Se dice que mi padre salió con mucho dinero y que no quiere volver porque perdería su riqueza. Eso es mentira. En Inglaterra trabajó durante tres años en una granja de gallinas. Se casó y fueron a vivir a Suiza, en donde ejerció como técnico piloto, ya que le interesaba mucho la mecánica y electrónica. Trabajó muy duro para sacar adelante a la familia». Sofía se entusiasma al hablar de su padre: «Yo le admiro porque superó el trauma de ser expulsado de su propio país. Es como si se separa a un árbol de sus raíces. Las profundas creencias religiosas de mi padre le han fortalecido para afrontar las dificultades, al igual que a todo el pueblo rumano, con quien nunca perdió contacto. A nosotras nos inculcó un gran amor a Rumanía, a su cultura. Por eso deseamos vivir aquí». Por las calles de Bucarest hay fotografías del rey y pintadas que piden su vuelta. «Si mi padre reinara de nuevo, su papel sería el de un árbitro, un factor de unidad y estabilización. Es un gran luchador de los derechos humanos y de la paz. Sería lo que podríamos llamar un catalizador».

La princesa Irina habla muy poco. «Es bonito, muy bonito, poder estar en Rumania… aunque sea triste descubrir que aún no ha cambiado todo lo que tendría que cambiar y que llevará muchos años volver a la normalidad».

Desde Suiza, la familia real ha organizado una fundación para ayudar a Rumanía: «Es una organización humanitaria, con varios objetivos: restablecer la herencia cultural perdida, empezando por las iglesias. Intentaremos reconstruir lo que aún quede en pie. También ayudaremos al mundo de la educación, principalmente a las universidades, concediendo becas para investigar en el extranjero. Otro campo muy necesitado es el de la salud y la higiene. Hay problemas para distribuir los envíos de medicamentos que vienen del extranjero, por el caos del personal sanitario. Queremos construir un «centro-piloto», para enseñar a organizar un hospital. Es más eficaz educar que pretender hacer todo uno mismo. Por último, destinaremos fondos para proteger el medio ambiente. Hasta ahora hemos ayudado principalmente a los niños. Por ejemplo, durante las últimas fiestas de Navidad enviamos más de 20.000 regalos a familias rumanas».

Ellas no están acostumbradas a vivir en un país pobre: «En mi primera visita tenía, naturalmente, una mentalidad occidental. Ahora sé cómo viven y piensan los rumanos y me doy cuenta de lo mucho que debo aprender de sus virtudes: la importancia que conceden al núcleo familiar; el valor de la fe, especialmente vivo en la gente joven, que continúa casándose en las iglesias, y, sobre todo, el valor del sufrimiento. Hay mucho que aprender en los países del Este».

La princesa Irina habla muy poco. «Es bonito, muy bonito, poder estar en Rumanía… aunque sea triste descubrir que aún no ha cambiado todo lo que tendría que cambiar y que llevará muchos años volver a la normalidad».

Al terminar la conversación, una estudiante me comenta: «Eso es lo que necesitamos en Rumanía: unos gobernantes entusiasmados con hacer despertar a Rumanía».

Desde la televisión

«Los rumanos nos parecemos a un preso que, tras 40 años encarcelado, no se atreve a salir de prisión cuando le sueltan porque no sabe emplear su libertad, se la ha atrofiado el «órgano» de la libertad. Durante muchos años el miedo nos unió, pero al desaparecer Ceaucescu unos se han convertido en enemigos de los otros con gran violencia. El comunismo ha destruido la cohesión que necesita un pueblo y nos ha convertido en una mera población». Así habla Marilena Rotaro, periodista, escritora y presentadora de la televisión rumana. Ella es conocida por su trabajo y por su abierta oposición al comunismo. De hecho, está declarada por el Frente como «enemiga del pueblo».

Lo que define al Golán: Su amor a Rumanía, su personalidad endurecida por el sufrimiento, el orgullo de ser detestado por los comunistas.

«El comunismo ha causado destrozos en todos los campos de la sociedad: educación, familia, religión… Ahora, en la nueva forma de mentira, la televisión es la gran protagonista, la que más intoxica. Además, en Rumanía la televisión nació comunista: no necesitó aprender a mentir, porque nació mintiendo. En el programa de noticias no se ofrece información, sino propaganda disfrazada. La mejor arma del comunismo es la perfidia, bajo formas muy sofisticadas. La más sutil comenzó cuando descubrieron que la mentira mezclada con algo de verdad es la peor mentira, la más eficaz. Por eso lo que más me asusta es el atontamiento de la gente, que no quieran ser críticos. El hombre de la calle tiene miedo a la verdad; si la gente dijera la verdad, habría una nueva recristianización. Goya decía que en los dos o tres primeros años de edad se aprende a hablar y que en los dos o tres siguientes hay que aprender a callar. Nosotros hemos aprendido al revés: ahora estamos empezando a hablar».

Tras las palabras de Marilena se palpa su amor a Rumanía, su preocupación honda por la actual situación y una formación creativa, intelectual. «En una situación de falta de libertad el hombre agudiza su mente, y esto se refleja siempre en su vida espiritual. Muchos artistas y escritores han sabido expresar ese sufrimiento en su obra».

Marilena es ortodoxa, aunque dice haberse formado «al calor» de la Iglesia Católica. Y nunca mejor dicho: «Mi madre daba clases en una escuela que estaba junto a la catedral católica. Yo le esperaba todos los días fuera y, como hacía tanto frío, me metía dentro de la iglesia y allí rezaba. Pienso que soy creyente gracias a mi abuela, que me explicó el catecismo y me enseñó a rezar. Durante muchos años estuvo prohibido tener en las casas imágenes religiosas. Nosotros colgamos en la pared un icono, lo tapamos con un muro de ladrillos y pusimos un armario delante. Cada noche abríamos el armario, quitábamos los ladrillos y rezábamos durante un rato. Luego poníamos los ladrillos de nuevo y cerrábamos el armario… hasta el día siguiente».

Mucha gente en Rumanía está desanimada ante la incapacidad de solucionar los problemas desde dentro. Según Marilena, «ha caído el muro de Berlín, pero no el telón de acero, que es como un dragón de muchas cabezas. Todo organismo tiene defensas ante una enfermedad, y también el comunismo. Hoy sigue habiendo periodistas e intelectuales golpeados, porque están muy interesados en que permanezca el miedo. Hay securistas en todas partes, en los puestos clave. Sigue habiendo censura del correo y del teléfono sobre la gente que dice la verdad».

«Hay un cuento que a la gente le hace reír, pero a mí me hace llorar: una ardilla sale de la madriguera con su cría. Cuando la pequeña descubre el exterior, pregunta maravillada: mamá, ¿qué son esas luces lejanas que brillan allá arriba? Son las estrellas, contesta la madre. ¿Y qué es esa música divina que oímos constantemente? Es el canto de los pájaros. ¿Y de dónde viene este perfume embriagador? De las flores. La ardilla pequeña se detiene y pregunta extrañada: Mamá…, si aquí todo es tan hermoso…, ¿por qué vivimos allí dentro, donde hace frío, no hay luz, ni pájaros, ni perfume…? Y la mamá ardilla contesta: Porque es nuestra patria, hija mía». Marilena se emociona. Me pide perdón por no poder contar algo más alegre, y concluye: «En tantos años de comunismo, los rumanos hemos aprendido lo mismo que la ardilla: que no tenemos derecho a tener ningún derecho».

Protagonistas, los estudiantes

Al igual que en China, los protagonistas principales de la revolución rumana están siendo los estudiantes. La Plaza de la Universidad fue el escenario de las manifestaciones anticomunistas hasta la sangrienta represión de los mineros enviados por Iliescu. Desde entonces, la plaza lleva otro nombre: Plaza de Tiananmen.

«El día de la revolución —cuenta Mihai, estudiante de Medicina— tuve que identificar el cadáver de un amigo. Fue muy duro contemplar las caras de tantos muertos, y puedo asegurar que todos ellos eran jóvenes. Tras la masacre se confirmó que el 70% de los muertos eran menores de 30 años». Anca, afiliada al Partido Nacional Campesino, señala que «cada vez hay más estudiantes que sienten la necesidad de implicarse en esta lucha para resolver los problemas políticos y sociales de Rumanía. Hay 90.000 universitarios, y si 40.000 de ellos hicieran algo muchas cosas cambiarían».

El universitario más famoso de Rumanía es Marian Munteanu. Tiene 28 años y asumió el liderazgo el día en que cayó Ceaucescu. «Cuando no había ninguna organización, yo me limité a decir claramente lo que pensaba, que coincidía con lo que todos pensaban. Ése fue mi papel. Ahora es muy importante que todos los movimientos estudiantiles se unan, para ser más fuertes. Hay estudiantes infiltrados por el Gobierno en las reuniones de la Universidad. Ocultan su verdadera opinión y se dedican a crear divisiones para quitar fuerza».

«¿La diferencia del Este con Occidente? Está claro: ustedes no conocen el valor del sufrimiento».

«El éxito —continúa Marian— no depende del puesto social que ocupen quienes hacen la revolución. Se trata de un problema de generaciones. Los más jóvenes son más conscientes de los problemas, y por eso actúan. El resto, hablando en general, está ya acostumbrado a un tipo de vida, a un tipo de relación con el poder, han perdido la fuerza necesaria para luchar. Además, hoy día no basta con querer hacer una revolución, hay que saber hacerla. La técnica es distinta a la de hace 25 años; hay que conocer los hilos de la sociedad moderna si se quiere actuar con rapidez y eficacia. Para empezar, hay que saber que ellos tienen controlada la televisión y la prensa. Muchos creen que ya tenemos democracia porque lo han oído en la televisión. Por eso digo que hay que dominar los recursos de la comunicación. Y hay mucho que hacer todavía».

Marian Munteanu es desconfiado… porque tiene motivos para ello. Además de haber sido golpeado en varias ocasiones por la policía, le han defraudado sus experiencias anteriores con periodistas españoles. Le gustaría que la voz de los estudiantes rumanos llegase a universitarios de todo el mundo. «Es difícil, porque el Gobierno impide esos contactos. Nos encantaría que viniesen estudiantes de otros países a conocer nuestras actividades y poder nosotros viajar. Eso sería muy útil…, pero necesitamos dinero para hacerlo, y las ayudas económicas que llegan a Rumanía van a parar al Frente».

Cristi estudia español en la Universidad de Bucarest. Para hacerme ver el desprestigio de los intelectuales ante el Gobierno se limita a describir los sueldos. «Un profesor que da ocho o diez horas diarias de clase cobra 3.500 leis (unas 10.000 pesetas), mientras que un minero puede llegar a cobrar 40.000 leis (unas 110.000 pesetas), trabajando sólo seis horas, y no a pleno rendimiento».

«En la nueva forma de mentira, la TV es la protagonista, la que más intoxica».

Julia es de un pueblo situado en las faldas de los Cárpatos. Estudia en Bucarest y vive en una residencia de estudiantes. En un panel del hall, cada chica anuncia lo que vende en su habitación: «214, bombillas»; «607, chocolate»; «125, un reloj»… Julia ha puesto en venta unos pendientes. «Hasta hace pocos meses nos cortaban la luz por las tardes y no podíamos estudiar. Cuando se acercaban los exámenes nos íbamos a estudiar a casa. Hace poco decidimos organizar una manifestación en la puerta de la residencia exigiendo luz. Conseguimos que nos dieran una bombilla para cada habitación y un televisor en blanco y negro para la sala común».

Cristian, estudiante de Derecho, piensa que en Polonia triunfó la revolución porque los trabajadores pueden colapsar un país, mientras que en Rumanía el Gobierno no teme a los intelectuales. «Nuestro objetivo inicial es hablar con campesinos, obreros, mineros…, para que conozcan la verdad, lo que ocultan los periódicos del Frente. Acudiremos a fábricas importantes, a pueblos… Yo soy optimista. Ahora hay huelga de trabajadores del ferrocarril, y si ellos se han dado cuenta, los demás también pueden cambiar de opinión».

Algunas esquinas de Bucarest están adornadas de forma poco habitual: altas cruces de madera con fotografías de jóvenes asesinados durante la revolución. Casi dos años después, los estudiantes son conscientes de que los ideales que costaron aquel sacrificio siguen vigentes y que la batalla aún no ha terminado.

«Seguimos luchando por los derechos del hombre, por la libertad y por unas condiciones dignas de existencia».

Aparente libertad de prensa

Los habitantes de Bucarest dedican gran parte de la mañana a hacer cola: para comprar comida, esperar al tranvía, registrarse una vez más en la policía, etc. No es un fenómeno nuevo, salvo en un caso: las colas para comprar periódicos. Con Ceaucescu no había libertad de prensa. Ahora tampoco la hay, aunque el disfraz sea casi perfecto.

Víctor Barsan es redactor jefe de la revista titulada 22 en recuerdo de la fecha de la revolución. «Los cambios que hemos experimentado son puros cambios cosméticos, unidos a una gran manipulación de la opinión pública. El primer ministro, Petre Roman, dijo que es democrático dejar que los demás digan lo que quieran. Esa actitud cínica y amenazante va unida a un control completo de las publicaciones. Por ejemplo, la distribución de toda la prensa sigue en manos del Estado. Dentro de Bucarest usted puede comprar cualquier periódico, pero lo que no saben los observadores internacionales es que los diarios de oposición no llegan a los pueblos porque son arrojados del tren o se dejan en la estación sin distribuir».

Crina Sirbu dirige la información internacional de Romania Libera, el diario independiente con mayor tirada. «El periódico nació ilegal entre las dos guerras mundiales, pero acabó en manos del Partido Comunista. Cuando cayó Ceaucescu decidimos crear un nuevo periódico, conservando el mismo nombre. Nos opusimos abiertamente al comunismo y se intensificaron los ataques contra nosotros. El 14 de junio de 1990 los mineros atacaron la sede. Al día siguiente, dos miembros de la Securitate nos dijeron que podíamos salvarnos si cambiábamos de orientación… pero no hicimos caso. Y así nos va».

«El Gobierno controla nuestras fuentes de información. Sólo recibimos la agencia soviética Tass y otra rumana, y a través de las embajadas leemos prensa extranjera. Como la imprenta es la misma para todos, nos quitan horas o provocan huelgas en los talleres cuando toca imprimir un diario independiente. Ahora hemos comprado dos camiones para establecer nuestra propia red de distribución, aunque, en fin…, nos los acabarán quemando. No les interesa eliminarnos porque somos un test que pueden mostrar como garantía de que en Rumanía hay democracia».

Crina es optimista, a pesar de las dificultades. «Yo soy de las personas que miran siempre la parte llena de la botella, y por eso creo que hay solución. No se puede frenar el paso firme de la historia. Si queremos cambiar esto debemos creer que podemos hacerlo».

Diecisiete años de cárcel

«Pesaba 114 kilos cuando me encarcelaron, en 1947. Al salir, en 1965, pesaba 51. En la llamada cárcel de exterminio no teníamos asistencia médica, ni calefacción, ni luz. Vivíamos en condiciones higiénicas inimaginables, aunque el peor sufrimiento era el aislamiento hermético, la soledad de la celda. Al salir, tuve que aprender de nuevo a hablar». Lo que cuenta Corneliu Coposu, presidente del Partido Nacional Campesino, no es un caso aislado. Unas 500.000 personas fueron encarceladas en Rumanía tras la invasión del ejército soviético. Hoy muchos de los supervivientes siguen combatiendo el comunismo con fuerza.

«Los primeros en morir fueron quienes no tenían resistencia moral. Luego, los afectados por el hambre y la falta de disciplina. Yo resistí gracias a mi fe cristiana, mi conciencia anticomunista y la certeza de la victoria. Soy optimista porque sé que el pueblo rumano, curtido en las dificultades, se librará de esta nueva forma de esclavitud e impondrá las instituciones democráticas, la moral cristiana y la economía de mercado». La confianza con que habla Coposu contrasta con el recelo de otros entrevistados. «Me gusta mucho hablar con periodistas, porque la situación actual de Rumanía no se conoce suficientemente fuera de nuestras fronteras. Seguimos luchando por los derechos del hombre, por la libertad y por unas condiciones dignas de existencia. Mientras la juventud de Occidente piensa en el bienestar, en el confort, en los vestidos extravagantes…, los jóvenes de aquí mantienen preocupaciones idealistas y conservan una estructura moral que rechaza los excesos y la extravagancia. En Rumanía, todos los movimientos nobles tuvieron al frente una joven generación».

«Los comunistas se han colgado del poder y no están dispuestos a dejarlo. La economía está hundida y sin esperanzas de levantarse. No es posible la reestructuración económica sin grandes inversiones extranjeras, y éstas no vendrán sin un Gobierno estable que goce de credibilidad. El Gobierno de hoy es incapaz de resolver la situación; con sus errores políticos y sociales han agudizado el problema. En estas condiciones, asistimos a la mayor emigración de intelectuales de la historia de Rumanía. En especial, se van los jóvenes, que no ven expectativas para volver a una situación de normalidad».

El «billete de liberación» es el documento que acredita que una persona estuvo encarcelada. Es necesario presentarlo para pertenecer a la Asociación de Antiguos Presos Políticos, que cuenta con más de 40.000 socios. «Con este papel iría yo a explicar a Felipe González lo que hace el socialismo cuando se aplica en un país, los destrozos que ha causado en nuestro pueblo y en otras naciones como Bulgaria». El comentario es de Vasile Boaru, Jefe de Organización del grupo. «A lo mejor quitamos la palabra antiguos, porque se están inscribiendo personas que han sido arrestadas durante este año. Somos conscientes de que también se infiltra gente de la Securitate, pero no nos importa, porque antes o después daremos con todos los delatores».

«Con mi «billete de liberación» de la cárcel explicaría yo a Felipe González lo que hace el socialismo cuando se aplica en un país, los destrozos que ha causado en nuestro pueblo».

Tertulian Langa es el Vicario General de la Iglesia Greco-Católica en Cluj (Transilvania). También él estuvo 17 años encarcelado. «Creo que la etapa más bella y fructuosa de mi vida fueron esos años. Nunca me sentí más cerca de Dios. 17 años de cárcel son un precio insignificante para ayudar a un alma a salvarse. Gracias a Dios, no ayudé sólo a una, sino a innumerables. Si yo hoy puedo hablar, ocupar este puesto, no es por méritos personales, sino porque la mayoría de los sacerdotes fueron asesinados. Un refrán rumano dice que cuando no hay caballos hay que usar burros. Yo he sido el burro que ha servido a la Iglesia como ha podido».

El Padre Langa ha venido hoy a Bucarest para denunciar ante el ministro de Cultos la persecución que siguen sufriendo los fieles greco-católicos. «El único derecho que hemos obtenido es el de no tener que rezar a escondidas, en los sótanos, sino en las plazas públicas. No nos han devuelto los bienes confiscados por el comunismo. Sigue habiendo sacerdotes golpeados, amenazas y robos».

Antes de despedirnos me pide un favor. «Haga saber en Occidente cuál es la situación real de la Iglesia en Rumanía. Puede usar mi nombre sin problemas, yo asumo el riesgo. No se preocupe por lo que me pueda pasar: ya he estado 17 años en la cárcel y no me importaría ser arrestado de nuevo si con ello sirvo a la Iglesia».

XI Festival de teatro de Madrid: Lo tosco y lo estético

Autor: Ana Diosdado.
Obra: «Trescientos veintiuno… trescientos veintidós…».
Teatro: Príncipe Gran Vía, Madrid.
Dirección: Carlos Larrañaga.
Reparto: Luis Merlo, Eva Isanta, Manuel Tejada, Pepe Pascual, María Luisa Merlo.
Precio: 1.800 pesetas.


Los Festivales de Teatro pasan, pero el teatro sigue. Por fortuna, habría que añadir. Por fortuna, porque los Festivales son la muestra, más o menos oficial u oficiosa, de lo que los interesados desde dentro por la supervivencia en el teatro estiman como manifestación teatral de su propio interés, pero el teatro que sigue, al margen de subvenciones o de adhesiones rituales u oficiales, es otra cosa. En el teatro que sigue al XI Festival madrileño, el teatro verdadero que ha de jugársela, sin más aditamentos que su propia capacidad de persuasión, ante el público, quedaba pendiente la última obra de Ana Diosdado, de título más bien disonante: «Trescientos veintiuno… trescientos veintidós…».

Dice Ana Diosdado en su antecrítica que se trata de un título que no le gusta a nadie. Tiene razón. Es inexpresivo; renuncia, porque se trata de números, a dos de las funciones que, desde Bühler, se consideran inherentes al uso del lenguaje: la función apelativa y la expresiva. Ni es síntoma de mundo interior ni señal para el interlocutor. No digamos la función «poética».

Pero a esta última renuncia ya estamos más habituados.

La moda de los títulos en la actual cartelera es indicativa de que los tiros van más bien por lo tosco que por lo estético. Lo de «Oportunidad: bonito chalet familiar» no resulta tampoco muy atractivo, y como eslogan publicitario suena a deliberadamente disuasivo. Pero se trata de una obra de Alonso Millán sobre la que ya ha habido oportunidad de hablar.

Todavía hay ejemplos más deliberadamente zafios, como el de «Makinavaja, el último choriso», en los que la estética del feísmo pretende ser vehículo de una ética del marginalismo. Pero ya hablaremos de ello en otra ocasión.

Un doble conflicto

Lo de «Trescientos veintiuno… trescientos veintidós…» se explica fácilmente a partir de la propia trama narrativa. Se trata del número de dos habitaciones contiguas en un hotel de lujo donde simultáneamente se desarrollan dos acciones o historias paralelas entre dos parejas de muy diferente condición y distinta generación.

A través del conflicto dramático que ambas parejas viven durante una noche, la escritora muestra rasgos muy característicos del entorno y los condicionamientos morales de la sociedad actual, la generación joven y la que podríamos calificar de madura. No sería procedente entrar en más detalles que acabarían desvelando al lector aspectos de la trama que constituyen parte correspondiente a la intriga. Pero se pueden ofrecer juicios de valor orientativos sobre el marco genérico de condiciones descrito por la autora, sin necesidad de descubrir esos aspectos.

Literaria y descriptivamente la obra funciona tanto en su planteamiento como en lo que, en terminología clásica, se denomina su nudo. Lo más discutible sería el desenlace, en cierto modo determinado por el concepto, en gran parte falso o excesivamente risueño, que la autora ha formado de uno de los cuatro personajes: aquel cuya personalidad verdadera se va descubriendo a medida que va desarrollándose la acción y sobre el que descansa el centro de la intriga.

Con gran habilidad, la autora conjuga el espacio de las dos habitaciones, indiferenciado en la escena, con el tiempo de la trama, alternando secuencias de los dos conflictos narrativos representados. También con habilidad, la autora imagina un procedimiento para juzgar el presente a la luz de un devenir que todavía no ha ocurrido. Ficción y realidad se combinan con eficacia y se convierten en mecanismo dramático.

Trasfondo moral

El juego de la ficción surte su efecto como recurso que permite avanzar la trama de la realidad. Nada hay que reprochar a ese truco, que funciona como recurso dramático y que forma parte de la destreza de la autora para convertir en verosímil la imaginaria escenificación.

El perfil humano de uno de los personajes permite dar una vuelta de tornillo al sentido del conflicto. De lo descriptivo —una pareja en su noche de bodas, un profesional en su noche de aventura— se pasa diestramente al plano de la crítica social, e, incluso, la denuncia política: una pareja condicionada, una aventura que se nutre de corrupción y tráfico de influencias. Pero Diosdado trata de dar un paso adelante y convertir la crítica en instrumento de un mensaje moral. Para ello ha de revestir a uno de los personajes de condiciones virtuosas que van más allá de las medidas de un realismo asimilable. Ahí, en el concepto de ese cuarto personaje cuya personalidad condiciona el desenlace, la obra se resiente y muestra su aspecto más vulnerable y menos verosímil.

Por lo demás, todo bien. El diálogo, fluido, convincente y ponderado, se sigue con interés; la acción escénica conjuga elementos imaginativos con ingenio y desenvoltura. Los personajes se mueven con soltura en un escenario amplio, llevados de la mano invisible de Carlos Larrañaga, que, hay que decirlo, tampoco encuentra dificultades en el sencillo texto. Hay rasgos de humor que el espectador agradece. María Luisa Merlo, impuesta en su papel, demuestra su oficio. Manuel Tejada resulta eficaz y convincente. La pareja menor tiene poco que aprender, por no decir nada, de la madura. Luis Merlo, bien. Es un profesional que cumple con exactitud y precisión las exigencias del guión y las indicaciones del director. Eva Isanta, aún mejor. Todo funciona correctamente para que el espectador no se sienta decepcionado y salga del recinto con mejores ideas acerca de la condición humana que con las que entró. Al final, sólo queda la desazón de que la regla no confirma la excepción.

Los oscar del 90 en las pantallas españolas

La ceremonia de entrega de los Oscar marca cada año el punto culminante de la temporada cinematográfica y contribuye a mantener el prestigio y la pujanza de la única industria del sector digna de este nombre: la norteamericana.

Es difícil establecer si los premios contribuyen al éxito o simplemente lo reconocen, pero, en cualquier caso, se asocian con él; distinta cuestión es la de la calidad, en la que la historia nos muestra, junto a notables aciertos, sonoras equivocaciones. Casi siempre hay, sin embargo, un mínimo de calidad envuelto en la complicada política de la Academia americana.

La historia de los premios pasados ya se ha contado con minuciosidad, y el juicio de conjunto ha sido más bien favorable a los designios de los académicos.

La película más premiada es una bellísima historia, bien interpretada por Kevin Costner, y que flaquea tan sólo en lo que se refiere a la realización; hay algunas escenas, especialmente al comienzo de la cinta, que hacen presagiar lo peor, aunque luego el presagio no se cumpla. Haberle dado el premio a la dirección es una muestra de autonomía excesiva por parte de los académicos. Todo lo demás es excelente, una película de las que se desea volver a ver y que le reconcilia a uno con los buenos sentimientos (que, como todo buen entendido debe saber, ha de ser, habitualmente, objeto de sospecha).

La mejor dirección debió haber sido para Martin Scorsese, cuya película Uno de los nuestros supone un ejercicio de auténtico virtuosismo dentro de un film de indudable calidad. El modo de contar y un par de escenas memorables (el plano-secuencia de entrada a la sala de fiestas y las dudas de la esposa del protagonista sobre si Robert de Niro la está conduciendo a la muerte o prestándole un favor) son verdaderas joyas de la realización y formas de enriquecer una historia con las artes específicas del cine. En este mismo aspecto, hay que señalar la destreza para dirigir a De Niro sin que éste anule al actor que asume el papel central. En suma, una magnífica película, tal vez perjudicada por el chirriante tema que aborda: una mafia realista y no mitificada, la suciedad mezclada con la crueldad y las buenas costumbres. El film hubo de conformarse con el Oscar al mejor secundario, Joe Pesci, papeleta que en el cine americano ha estado siempre bien servida.

Otra de las grandes derrotadas ha sido El Padrino, parte III. Como es evidente en cualquier cosa que firme Francis Ford Coppola, la película es buena y se deja ver con interés. Sin embargo, tal vez suena a cosa ya vista, pese a los esfuerzos del guión y el ritmo de ópera que se ha buscado para el final. La película de Scorsese no es «otra» sobre la mafia; la de Coppola es, con ligeras variantes y siempre con calidad, más de lo mismo, y, por esta vez, se ha quedado sin estatuilla que llevarse a la boca. Le sobra, no obstante, calidad para haber recibido cualquier premio. Sin duda, ha sido la excesiva contemporaneidad de lo que se cuenta lo que más ha perjudicado a una película que siempre habíamos asociado con una reconstrucción del pasado.

Ghost ha recibido dos premios merecidos. El mejor guión original, de Bruce Joel Robin, y la mejor actriz secundaria, que ha ido a recaer en la estupenda Whoopi Goldberg. Como en el caso de Joe Pesci, el premio a la Goldberg está bien dado, pero podría haber recaído con igual justicia en cualquiera de las otras nominadas. Es completamente evidente que la producción fílmica norteamericana tiene tan abundantes profesionales y de tanta calidad que es casi imposible encontrar mal ejecutado un papel de reparto. Ghost es una entretenida película y su guión es realmente bueno. La historia vuelve a fijarse en algo que parece preocupar mucho a la actual sociedad americana, si se tiene en cuenta las numerosas películas (Línea mortal, Always y un largo etcétera) que han tocado el tema de la vida después de la muerte. Es un hecho que el cine se presta admirablemente a registrar la presencia de una persona que el resto de los mortales no consigue ver, por la sencilla razón de que tal persona está, en realidad, muerta. La exploración de qué pasa tras la muerte es realmente difícil, pero está llena de interés. El éxito de Ghost consiste en dramatizar con verosimilitud esos momentos en los que el alma del hombre se encuentra como fuera del mundo pero no todavía en el Más Allá. Hay que echarle mucha imaginación para conseguir credibilidad e intriga en esta especie de limbo, y Robin lo ha hecho.

El Oscar al mejor actor principal ha sido para Jeremy Irons por su interpretación en El misterio Von Bullow. Irons, junto a Glenn Close, son, desde luego, lo mejor de la cinta de Barbet Schroder, que, pese a tratarse de un film de factura clásica, con una intriga asociada a un juicio, deja bastante que desear; el contraste que se quiere establecer entre el aristocrático Von Bullow y su abogado, un judío profesor de Harvard, está hecho de modo casi chapucero, excesivo e increíble.

La mejor actriz fue Kathy Bates, por una película que en el momento de escribirse estas líneas aún no ha sido estrenada en Madrid. Si este premio ha sido merecido, supondrá una gran labor, puesto que se quedaron en la cuneta nada menos que Joanne Woodward, Meryl Streep, Anjelica Huston y Julia Roberts. La película de ésta última, Pretty woman, es una agradable versión de Cenicienta, lo que confirma a la vez dos cosas: que es interesante volver a los viejos cuentos y que es muy difícil inventar buenas historias originales. Anjelica Huston no alcanzó tampoco premio, pese a una buena interpretación en Los timadores, que, sin embargo, palidece, a mi modo de ver, por el excelente papel que representa Annette Bening, lo mejor de la película de Stephen Frears. Es un caso claro de cómo el buen hacer de los profesionales sostiene la atención en una historia que recurre al tremendismo y la exageración para garantizar su interés.

Dick Tracy se llevó los galardones para el maquillaje, la dirección artística y la canción: tres reconocimientos a Madonna que poco tienen que ver con el buen cine.

Los efectos especiales recayeron en Desafío total, el comic protagonizado por Arnold Schwarzenegger, muy lejos, de cualquier manera, de los mejores momentos de la fantasía cinematográfica reciente.

La película francesa, que aspiraba a todo (Cyrano de Bergerac), perdió las máximas bazas al conocerse las baladronadas, en la vida real, del impulsivo Depardieu. Se le concedió, sin embargo, el galardón al mejor vestuario, un reconocimiento de que, por una vez en los últimos años, nuestros vecinos del Norte han intentado algo serio.

El resto de los premios será únicamente pasto de eruditos; en esto tampoco han cambiado mucho las cosas.

La penetración espiritual de Kandinsky

En 1910, Vasili Kandinsky se convertía en el sinónimo del arte del no objeto, del arte abstracto, para la leyenda de las vanguardias. Una acuarela y su libro De lo espiritual en el arte son las pruebas, alegadas una y otra vez en los manuales sobre las vanguardias históricas de la crítica moderna, de la ruptura definitiva con la tradición clásica de la representación figurativa. Kandinsky contaba 44 años. Poco después, en una conferencia en Colonia, tras una sumaria autobiografía, aseguraba: «Durante ese largo camino que yo debía recorrer, hube de apelar a todas mis fuerzas para luchar contra la pintura tradicional»; pero ahora afirmaba: «No quiero modificar ni combatir ni derribar un solo punto de la armonía de las obras maestras que nos vienen del pasado. No quiero señalar el futuro… Lo único que deseo es pintar buenos cuadros, necesarios y vivos, que puedan comprender y sentir debidamente por lo menos algunas personas». Ajeno ya a la actitud polémica, tópica de los movimientos vanguardistas, la firmeza de sus palabras respondía a la certeza del hallazgo de una vía espiritual para la pintura. Daba por concluidos, de hecho, el marco de la mímesis de la naturaleza y la vinculación de la pintura con la tradición literaria.

Kandinsky halla en la música, desde siempre, la más espiritual de todas las artes, al ser incapaz de representar el lenguaje afín con una pintura que aspira a provocar una «vibración anímica» en el espectador, por medio de la combinación infinita de formas y colores que poseen su «propio perfume espiritual». Así, la agudeza y la profundidad, amarillo y azul, se intensifican en el triángulo y en el círculo; extroversión e introversión de colores y formas que asumen los timbres de los instrumentos musicales: «El azul claro corresponde a una flauta, el oscuro a un violonchelo y el más oscuro a los maravillosos tonos del contrabajo». Resonancias que el artista toca «preordenadamente» en el alma del espectador.

Una vez alcanzado el nuevo lenguaje plástico, Kandinsky no tiene problemas para seguir incluyendo en su obra sugerencias figurativas. Ni en la década de 1910, insinuando amantes abrazados [Estudios para Improvisación 25 (Jardín del amor I)] o recreando un Picnic proyectado bajo el largo cuello ondulante del cisne, de esa serie que él llamaba «bagatelle»; ni tampoco en los años veinte, en pleno influjo constructivista, cuando sigue ofreciendo barcos y montañas (Sobre violeta), una iconografía particular del triángulo o la pirámide según la cual habría de concebirse la sociedad, que «procede lentamente en una marcha progresiva y ascendente». Todavía en sus últimos años, no desprecia las formas biomórficas en boga en los ambientes parisinos del surrealismo. La cuestión, pues, no era la destrucción de la tradición figurativa, sino más bien sintonizar con la realidad contemporánea: «Cuanto más espantoso se vuelve este mundo (como lo es precisamente el mundo de hoy), tanto más el arte se hace abstracto». La abstracción del Kandinsky que sobrevivirá las dos guerras mundiales: una investigación sobre los elementos de la pintura, la forma y el color, que recíprocamente se determinan; psicología ciertamente siempre insatisfecha, guiada por la teoría anímica y moral del color de Goethe. En suma, una oferta al rescate del espíritu, dirigida no ya a los sentidos o a la razón, sino a la sensibilidad, al sentimiento, a las «muchas cuerdas» del piano anímico.

Los «buenos cuadros, necesarios y vivos» no tienen restricciones: expresionismo, suprematismo y constructivismo de las primeras instituciones revolucionarias de la URSS, Bauhaus, surrealismo. El trabajo de Kandinsky se desgrana en colaboraciones institucionales, enseñanza en las nuevas academias, crítica y teoría del arte. Es amigo de Hugo Ball, de Paul Klee, de Hans Arp; naturalmente, de Schönberg. Su trayectoria (desmitificada en la ácida escritura de Nina: Kandinsky y yo) pone en duda la arquitectura de los «ismos» de la crítica moderna. Y si bien se muestra distante al verde inmóvil -puesto que neutraliza azul y amarillo de la burguesía, el hombre que habla aún del bien y del pecado estará siempre cercano a compartir sus energías para esa «marcha progresiva y ascendente», hacia la salida del «espantoso mundo» contemporáneo. Y por ello es tan pertinente esta visita de sus acuarelas, o, mejor dicho, de sus trabajos de técnica mixta: acuarela, gouache, tinta china, lápiz, transparencias y texturas, trabajos de exploración que algunos disfrutarán como la atmósfera de trastienda de la creación pictórica del maestro, y otros, con Fred Licht, juzgarán que «la acuarela es el estado al que aspiran sus pinturas al óleo». En todo caso, exponerse a imágenes que llevan por título Ligero sobre pesado, Relación libre, el inquietante y rojo Hervor interno o Bastante blando es dejarse atravesar por agudas líneas y círculos, colores que parecen moverse libremente sobre un plano inmaterial, metafísico. Nos penetran y sentimos y alcanzamos ese sentido de lo «tenso» o lo «evasivo» en nuestro interior: son imágenes privadas, pero también de nuestra vida social, de la vida del hombre anterior a su escisión de la vida natural. De manera un tanto romántica, Kandinsky dijo que la pintura hablaba al hombre de lo sobrehumano. Demostró, en todo caso, que «aquello que está más allá de la física» es objeto de la sensibilidad, la imaginación y el intelecto, susceptible de hacerse visible y comunicable, a pesar de que no responda a las exigencias de contrastación científica, ya que los enormes poderes de su lenguaje difícilmente pueden extrapolarse de nuestra cultura occidental. Inicia, así, una de las corrientes más ricas de la tradición contemporánea. Kandinsky sigue hoy inundando de colores y de alegrías nuestro espíritu. Pero no es un músico complaciente. Reservaba el negro, la «tristeza inhumana» de Situación oscura (pintada durante el mes en que los nazis obligaron a cerrar la Bauhaus de Dessau), para los hitos de horror de la vida del siglo XX. Con el paso del tiempo se fue haciendo más exigente en su llamada a la pureza espiritual: «Mi tránsito gradual desde formas muy sueltas y «enronquecidas» hacia una forma de estructura severa, se explica porque la forma severa tiene una entonación más apacible. Y aquello que es verdaderamente apacible es más claro, más distinto… y más sonoro».

Escritos de Kandinsky en castellano

  • 1910: De lo espiritual en el arte, Barral, Barcelona 1972.
  • 1912: El jinete azul (en colaboración con Franz Marc), Paidos, Barcelona 1989.
  • 1918: Mirada retrospectiva, Emecé, Buenos Aires 1979.
  • 1926: Punto y línea sobre el plano, Barral, Barcelona 1970.
  • 1975: Cursos de la Bauhaus, Alianza, Madrid 1983.

Ficha

  • Obras maestras de la Colección Guggenheim: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (hasta el 5 de mayo).
  • Kandinsky. Acuarelas: Fundación Banco Bilbao Vizcaya, paseo de la Castellana, 81 (9 abril/1 junio).

Restauración ambiental

El cambio es una de las características de los ecosistemas. Cuando se produce por causas naturales, los ecólogos lo denominan fluctuación o ritmo, y se ha comprobado que el resultado nunca es idéntico a la situación de partida, se mueve alrededor de otra situación que no es de equilibrio.

Así, de forma natural, existe una acción de los factores ambientales sobre los organismos y una respuesta de éstos sobre el ambiente. Actúa el mecanismo de la competencia, en el que las especies resultan afectadas, tienden a sustituirse unas por otras y acaban permaneciendo las que desempeñan la misma función pero están más especializadas. Se trata, en definitiva, de un proceso de autoorganización, la llamada sucesión ecológica, en el que la información adquirida durante cada cambio selecciona la entrada de nueva información en el sistema y lo conduce a formas más resistentes a los cambios ambientales.

Cuando el cambio es consecuencia de la intervención humana, generalmente por explotación, se modifica la organización del ecosistema rompiendo su equilibrio, disminuye su estructura, la utilización de los recursos es menos eficaz, y se emprende la ruta hacia la regresión. La incidencia del hombre sobre la Naturaleza, cada vez más intensa, ofrece múltiples ejemplos de acciones regresivas: roturaciones, incendios forestales, obras públicas, minería, disposición de residuos, etc., que por su frecuencia y dimensión territorial alteran los paisajes y causan numerosos e importantes impactos sobre el medio; son acciones fruto de políticas que para cumplir sus objetivos exigen transformaciones generalizadas del medio ambiente.

Los sistemas naturales reciben información, que utilizan para orientarte hada formas más resistentes.

Los recientes avances legislativos, en línea con las Directivas de la CEE, como el Real Decreto de Evaluación de Impacto Ambiental, han sido vistos desde su entrada en vigor con reticencia y como obstruccionistas por los defensores de las políticas citadas (que no por eso dejan de incluir la consideración ambiental en sus idearios), de modo que la situación ambiental española no acaba de ser buena y está lejos del esfuerzo deliberado por detener la degradación de los sistemas naturales.

Degradación

Habría, en cambio, que evitar que la sociedad española se acostumbre y adapte a la existencia de ecosistemas degradados y a un ambiente urbano muy artificial; porque ciertamente no basta con la creación de figuras legales de protección de la Naturaleza, que en bastantes casos han sido el principio de la pérdida de su calidad. El problema sólo se soluciona con una actitud activa de la sociedad, admitiendo en primer lugar que cuando no se usa racionalmente la Naturaleza se la está explotando, y en segundo tratando de enmendar las alteraciones.

Las grandes obras públicas implican grandes alteraciones del medio.

Restauración

Descendiendo ahora al plano de las realizaciones, existen técnicas dirigidas a la mejora de las tierras degradadas, por abandono, alteración o infrautilización, que reciben el nombre de técnicas de restauración, recuperación o rehabilitación.

La forma e intensidad del proceso de recuperación dependerán en buena medida del tipo de acción que se haya ejercido; hay, sin embargo, tratamientos estándar que solucionan algunos problemas básicos, como son la compactación por el uso de maquinaria pesada, la acumulación de materiales estériles, la ausencia de materia orgánica y nutrientes, la inestabilidad de las capas superficiales, etc. El principio general que debe seguir toda restauración es recuperar la calidad original del medio. Los objetivos no deben ser otros, pues, que la integración del espacio degradado o arruinado, por detención o grave deterioro de los procesos biológicos, en el paisaje circundante. Las soluciones se encontrarán en las imágenes de la Naturaleza con condiciones similares al espacio a restaurar.

El esfuerzo para detener la degradación del medio ha de se deliberado.

En algunas áreas degradadas o alteradas por construcciones o incendios y en los cultivos abandonados, las posibilidades de restauración son buenas y las actuaciones necesarias se limitan muchas veces a remodelar la superficie, controlar la circulación del agua, añadir los nutrientes necesarios e implantar el tipo de vegetación más adecuado a las condiciones del lugar; esta última operación requiere acomodarse al ritmo natural, el ejercicio de la paciencia: generalmente habrá que empezar por especies herbáceas, para dar paso después a las arbustivas y arbóreas, tanto después cuanto más intensa haya sido la alteración.

En otros casos, el origen de los materiales, la intensidad de la acción o la presencia de materiales o residuos tóxicos no biodegradables, exige aumentar la intensidad de las operaciones preparatorias y las cantidades de nutrientes y material vegetal que aportar. Las especies que se instalen deben soportar unas condiciones bióticas y físicas que llevan consigo un período de adaptación mayor.

No debemos acostumbraros a la presencia de espacios degradados.

Sensibilidad

En las áreas degradadas, hasta las que se encuentran en mejor estado, el proceso de colonización y posterior evolución de la vegetación, así como el restablecimiento de las funciones físicas, químicas y biológicas del suelo, se desarrollan muy lentamente. Pero también es cierto que en la mayoría de los casos es suficiente conseguir, natural o artificialmente, la instalación de la vegetación en áreas reducidas de la superficie a restaurar, para que en un plazo de tiempo más o menos largo quede garantizada la permanencia de una cubierta vegetal en toda la superficie.

Restaurar el volver a la calidad original.

Los éxitos conseguidos en la restauración de riberas y ríos, la recuperación de espacios afectados por explotaciones mineras, la integración en el paisaje de las vías de comunicación (que no sólo aumenta su calidad y período de utilidad, sino también la seguridad), respaldan la actitud social que demanda la restauración o recuperación de espacios degradados, alterados o destruidos por las actividades humanas, y al mismo tiempo recusan la falta de sensibilidad y responsabilidad de algunos agentes públicos y privados que descuidan la protección y conservación de la Naturaleza, que, al fin y al cabo, en el mínimo ámbito local o en su conjunto, es patrimonio de todos.

Novedades discográficas

Seis Conciertos de Brandenburgo

Autor: J. S. Bach.
Título: «Seis Conciertos de Brandenburgo».
Orquesta: English Chamber Orchestra.
Director: Benjamin Britten.
DECCA 425725/6. ADD. 2 discos.


BENJAMIN Britten (1913-1976) es el músico inglés más destacado de la primera mitad del siglo XX. Además de componer sin descanso -tiene un catálogo de obras sumamente extenso- fue un incansable intérprete. Buena prueba de ello son las numerosas grabaciones que realizó como acompañante al piano del tenor Peter Pears, con el que mantuvo Britten una estrecha amistad a lo largo de toda su vida.

Pero además de pianista en los recitales de Pears, Britten también brilló como director de orquesta, y especialmente en los últimos años de su vida. Comenzó dirigiendo sus propias obras y con los años fue ampliando el repertorio a autores de otras épocas.

Junto a Pears, fundó en Aldeburgh, en la costa sur de Inglaterra, un festival de música. Lo que comenzó siendo un modesto lugar de encuentro de amigos intérpretes y compositores para hacer música en los meses estivales, se convirtió en una importante cita anual de músicos y aficionados. Fue en estos Festivales de Aldeburgh cuando empezó a prodigarse como director de orquesta.

En dos discos recientemente reeditados, se ofrecen los Seis Conciertos de Brandenburgo, de J. S. Bach, que fueron grabados por Britten en 1968. El interés de estos compactos reside ante todo en el director, pero también en la versión equilibrada y serena que consigue Britten con ese perfecto instrumento que es la Orquesta Inglesa de Cámara.

Bastian y Bastiana

Autor: Wolfgang Amadeus Mozart.
Título: «Bastian y Bastiana».
Singspiel en un acto, K. 50. Aria para soprano, K. 579, K. 492/27. Recitativo y aria para tenor, K. 431. Aria para bajo, K. 513.
Solistas: Edita Gruberova, Vinson Cole, Laszlo Polgar.
Orquesta: Orquesta de Cámara Franz Liszt.
Director: Raymond Leppard.
SONY CLASSICAL SK 45855 DDD.


En el Año Mozart asistimos a la publicación sonora por parte de todas las empresas discográficas de las obras completas del compositor salzburgués. Junto a sus obras más importantes y grabadas hasta la saciedad, aparecen también otras menos divulgadas pero no exentas de interés.

Bastián y Bastiana es un singspiel —obra dramática con partes cantadas y habladas— que constituye la primera obra escénica de Mozart. Fue compuesta cuando tenía 12 años para ser representada en la casa del doctor Mesmer, frecuentada por la mejor sociedad de Viena. Para ello el músico se inspiró en el drama pastoril Le devin du village, de J. J. Rousseau, pero no en su versión original sino en distintas adaptaciones y traducciones al alemán de esta pieza, que alcanzó mucha popularidad también en Viena al ser representada durante un cierto tiempo.

Se trata de un conjunto de arias simples y graciosas y duetos sencillos que narran la historia de los amores de Bastián y Bastiana. La versión mozartiana incorpora un personaje nuevo, Colás, que sirve de personaje mediador y conciliador de la pareja. La obra tiene ante todo la admirable perfección de la música de Mozart, y, dentro de su simplicidad, el mismo encanto, gracia y espontaneidad que caracterizan su obra. La pequeña orquesta está tratada con una gran seguridad. Se esboza un cierto sentido dramático a lo largo de toda la partitura.

Completan el disco Arias de concierto, algunas de las cuales fueron escritas como arias alternativas para sus propias óperas, complaciendo a los cantantes que debían cantarlos.

En raras ocasiones se da la oportunidad de escuchar estas piezas, y resultan interesantes para conocer más ampliamente la obra íntegra de Mozart. Especialmente atractivo es el Recitativo y Aria para tenor K. 431 Misero! O Sogno – Aura che intorno spiri, intrepretado en esta grabación con muy buen sentido por Vinson Cole.

Nova Cantica. Cantos latinos de la Alta Edad Media

Autor: Anónimos.
Título: «Nova Cantica. Cantos latinos de la Alta Edad Media».
Solistas: Dominique Vellard y Emmnanel Bonnardot.
DEUTSCHE HARMONIA MUNDI. RD 77196.


En una interpretación rigurosamente estudiada por dos especialistas en música medieval, canto gregoriano y música litúrgica de los siglos XI y XII, se ofrecen en este compacto de reciente aparición algunos ejemplos de los albores de la polifonía.

La larga pervivencia del canto gregoriano, canto monódico, como única música religiosa inalterable durante tantos siglos, provocaría cierto cansancio, y es así como a lo largo del siglo XII compositores y poetas comienzan a ornamentarlo. No es ajena a estos cambios la eclosión de la asics cambiarecida que se produce en esa misma época, que influiría en el ámbito religioso. Una de las grandes innovaciones es la aparición de la polifonía frente a la monodia cortesana. La nueva polifonía, o canto a dos o más voces, ya no se improvisaba siguiendo reglas fijas; era de una mayor riqueza y fantasía, por lo que los compositores debían escribirla, y para ello tuvieron que idear fórmulas nuevas de notación.

En este disco se recogen canciones de manuscritos de la Abadía de San Marcial de Limoges y de las catedrales del norte de Francia. Fue precisamente San Marcial de Limoges una importante escuela de polifonía en el siglo XII y cuna de esta nueva concepción de la música.

Tanta importancia como el desarrollo musical tuvo la aparición de nuevos textos poéticos, con observancia de rima y en muchos casos de forma estrófica, que marcan el inicio de la evolución de la canción tal y como hoy la conocemos. Aquí la polifonía se encuentra en los primeros estadios de su evolución; las dos voces arrancan de la misma nota, emprenden caminos divergentes, creando a veces curiosas disonancias, y vuelven a reunirse en la nota final.

La belleza de la voz humana y su enorme poder expresivo se ponen de manifiesto en esta impecable grabación. Es una dura prueba para cualquier cantante hacerlo sin ropaje instrumental. D. Vellard y E. Bonnardot consiguen, a nuestro parecer, un resultado perfecto, transportándonos con sus cantos a la sosegada vida monástica del Medievo.

Entrevista con el presidente Callejas. Honduras: El difícil tránsito del populismo a una economía de mercado

CARLOS Alberto Montaner.— Pese a su potencial de desarrollo, Honduras continúa siendo uno de los países más pobres de América Latina. ¿Por qué la tenaz pobreza de Honduras?

Rafael Leonardo Callejas.— Por problemas históricos. Sería muy difícil responder a esa pregunta sin remontarnos al reciente pasado de los años 20 y de los 30, cuando el país se vio sujeto al vaivén de las revoluciones. Entonces se creó un clima de inestabilidad permanente que llegó a su fin en el período iniciado en 1936, cuando se alcanza una cierta estabilidad surgida por la vía de un poder omnímodo presidencial. Pero aun bajo estas circunstancias Honduras carecía de capital autóctono. Aquí el capital primario fue de las compañías bananeras, que tuvieron el dominio político y económico desde principios de siglo hasta hace pocos años. Antes de esas fechas el patrimonio básico del sector empresarial hondureño era prácticamente inexistente. Ese panorama comenzó a cambiar tras la guerra con la República de El Salvador, en el año 1969. Antes de esa fecha, inclusive la exportación de carne de Honduras era básicamente realizada por exportadores salvadoreños. Con eso lo que quiero decir es que no existía una base local de capital. El capital era fundamentalmente foráneo. Y no es que estemos en contra de las inversiones extranjeras. Simplemente, es que no había capital nacional que permitiese crear una clase empresarial vigorosa.

C.A.M.— Bien, admitamos que había poco capital local, pero ¿se administró bien o mal el capital disponible?

R.L.C.— Lamentablemente, en los años 70 la mentalidad del mundo político internacional se nutría del populismo y del criterio de que el Gobierno fuese el principal propulsor del desarrollo. Entonces, concatenando la falta de una vitalidad empresarial moderna, con un Estado que absorbe capital y deprime el sistema económico, ahí tenemos los elementos que explican las raíces de la crisis actual. Pero cuando ese modelo entra en crisis, a principios de la década de los ochenta, no se concreta una opción liberal dentro del marco del partido que ganó las elecciones en 1980, que es el Partido Liberal, sino que se mantiene el status quo. Un statu quo que no da resultado. Todo eso implica que el país no ha tenido una definición muy precisa de su orientación. Se jugó con el pensamiento populista «socialista», no se dio la oportunidad a la libre empresa, y entonces todos esos aspectos hacen que el país se mantenga en la miseria.

C.A.M.— Ahora la receta en boga es la que proponen el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y en general los economistas neoliberales. Usted y prácticamente toda América Latina han elegido ese camino. Después de un año de gobierno, ¿observa cambios? ¿Funciona la nueva economía? ¿Qué ocurrirá si no funciona?

R.L.C.— Es muy prematuro para avizorar un cambio o transformación radical. Es como si los problemas se agolparan en una represa y uno simplemente levantara la compuerta. El agua que sale se dispersa, los canales no están definidos y hay que crear el curso adecuado para que fluya correctamente. Lo que hemos hecho ha sido eliminar las limitaciones que impedían la creación de una sociedad de oportunidades. En ese sentido algunos asuntos ya tienen respuesta, otros no la tienen. En el corto plazo el país todavía no ha encontrado su estabilidad y la incertidumbre priva en la mentalidad de todos los sectores: consumidor, industrial, productor agrícola, exportador. El modelo sí da resultados, pero necesita tiempo para obtener una respuesta. En todo caso, esa respuesta no puede ser la vuelta al modelo pasado, porque ya sabemos que ese statu quo le ha traído a Honduras pobreza.

C.A.M.— ¿Cuáles son los problemas concretos con los que tropieza su Gobierno?

R.L.C.— Los problemas iniciales son tremendos. La mora con los organismos internacionales en pago de la deuda externa vencida, la obtención de credibilidad internacional y nueva línea de financiamiento implicaron un crecimiento tan desmesurado del gasto público y del déficit fiscal que casi estábamos al borde de entrar en un proceso hiperinflacionario. En consecuencia, cortar eso de raíz, en vez de percibirse como positivo, en este momento se percibe como algo más bien negativo, porque también genera cierta inflación, genera aumento de precios, produce pérdida del poder adquisitivo y restringe el sistema económico. En vez de ir por la vía del crecimiento a corto plazo, estamos más bien en el estancamiento a corto plazo o en un proceso relativamente recesivo. Tomará tiempo, no menos de uno o dos años, para que se perciba una reactivación positiva del desarrollo económico.

C.A.M.— El militarismo, presidente, ha sido un mal endémico en esta zona. ¿Se ha estabilizado la democracia en Honduras? ¿Hay riesgo de involución? ¿Obedecen realmente los militares al poder cívil, a su poder civil?

R.L.C.— En Honduras las Fuerzas Armadas han sido un elemento estabilizador de la democracia junto a los partidos políticos. Esto es muy importante, porque mientras en el pasado fueron el elemento que distorsionaba la democracia, en este instante es su principal soporte, cambio de actitud muy fundamental en el nuevo concepto profesional de las Fuerzas Armadas. Los militares se dan cuenta de que su responsabilidad es apoyar el sistema político, entre otras cosas, para poder ellos mantener su viabilidad como institución en el corto, mediano y largo plazo. Y esto nos proporciona a los hondureños un elemento de estabilidad en cuanto a la forma de sostener nuestro sistema republicano y democrático de gobierno.

En ese aspecto considero con optimismo que, en la medida en que que transcurre transc el tiempo, el sistema se fortalece y la presencia de las Fuerzas Armadas se convierte en un elemento positivo para la democracia hondureña.

Las Fuerzas Armadas han sido un elemento estabilizador de la democracia junto a los partidos políticos. Esto es muy importante, porque mientras en el pasado fueron el elemento que distorsionaba la democracia, en este instante es su principal soporte.

C.A.M.— Tras la derrota de los sandinistas parece que la calma ha vuelto a la región. Sin embargo, la guerrilla salvadoreña continúa operando con eficacia. ¿Sigue Honduras siendo un pasillo de los guerrilleros para abastecerse desde Nicaragua? ¿Hay riesgo de que resurja la guerrilla en Honduras? ¿Cómo ve usted a medio plazo, no sólo en Honduras sino en toda la región, la posibilidad de la subversión?

R.L.C.— En Honduras no hay guerrillas, no las ha habido en términos importantes en ningún momento de su historia. Hoy el sistema democrático se está consolidando y hay comprensión de la problemática social. Por lo tanto, no vemos nosotros razón de ser para que surja una guerrilla o enfrentamientos armados por cuestiones ideológicas. En ese sentido nuestra preocupación continúa siendo El Salvador, en alguna medida Guatemala, y la situación de Nicaragua, donde yo veo con optimismo que el Gobierno democrático también se va consolidando. Pero no cabe dudas que Honduras, como consecuencia de la relación histórica entre el grupo sandinista y la guerrilla salvadoreña, continúa siendo un canal para el movimiento y trasiego de armas. Eso no se ha terminado a pesar de la fuerza y voluntad que ha puesto la UNUCA, la SIAP, el ejército de Honduras y los organismos que contribuyen a fortalecer este tipo de control.

C.A.M.— ¿No existe tolerancia de los militares hondureños a ese trasiego?

R.L.C.— No existe tolerancia en ninguna estructura del Gobierno de Honduras. Se trata, simplemente, de un contrabando ilegal de armas, pero existe. Y eso aparentemente cuenta con la aceptación de estructuras intermedias en el nivel militar nicaragüense.

En Honduras no hay guerrillas, no las ha habido en términos importantes en ningún momento de su historia. Hoy el sistema democrático se está consolidando y hay comprensión de la problemática social.

C.A.M.— Durante su campaña, usted le reprochó a los Gobiernos anteriores, los Gobiernos liberales, que hubieran prestado suelo hondureño a los nicaragüenses de la Contra y a la Administración americana para llevar a cabo acciones contra el sandinismo. ¿Cómo son hoy sus relaciones con Washington? ¿Afectó de alguna manera a sus relaciones con los Estados Unidos esta posición nacionalista, por llamarla de alguna manera?

R.L.C.— No, en ningún instante. Al contrario. Porque concertamos nuestras posturas. Tanto nosotros como ellos estábamos conscientes de que ya la viabilidad del proyecto de las fuerzas irregulares de la contrarrevolución nicaragüense estaba concluido. No había posibilidad de continuarlo. De parte nuestra también existía la convicción de que no debían utilizar nuestro territorio. Y en ese sentido entonces no ha habido ninguna discrepancia. Hubo una acción de mutua conveniencia que se concretó en el acuerdo de Tonkontín del año pasado. Fue entonces cuando reunimos a las fuerzas de la contrarrevolución con el nuevo Gobierno electo y con el cardenal Obando. De ahí surgió un calendario de trabajo que nosotros aprobamos e impulsamos, y dio como consecuencia el traslado hacia Nicaragua de las fuerzas armadas de la contrarrevolución. Esto se logró mediante un acuerdo con todas las partes implicadas. De ahí que la relación actual entre Honduras y Estados Unidos esté quizás en los mejores niveles de su historia moderna.

C.A.M.— Ni Costa Rica ni Nicaragua han elegido diputados para el Parlamento Centroamericano. Incluso en Costa Rica ni siquiera se sabe si van a participar en el Parlamento. ¿Tiene destino esa institución? ¿Puede revitalizarse la idea de la integración centroamericana? ¿Pasa esa integración por el Parlamento?

R.L.C.— No. La integración no pasa por el Parlamento, aunque la reforzaría. A pesar de la situación que se da en Costa Rica y en Nicaragua, nosotros hemos aprobado el Parlamento. El Salvador lo va a hacer próximamente. Guatemala ya lo ha hecho. Los tres países podemos dar el paso inicial de participación. Yo espero que Nicaragua adopte resoluciones favorables relativamente a corto plazo, y tengo fe en que Costa Rica, en su momento, tomará una acción positiva. Aunque uno no es condición de lo otro, lo ideal sería que exista el Parlamento para que mejoren los procedimientos de lo que acaso podrá llamarse el Bloque Económico Centroamericano.