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Ver productos1 May 1991 - 5min.
Autor: Ana Diosdado.
Obra: «Trescientos veintiuno… trescientos veintidós…».
Teatro: Príncipe Gran Vía, Madrid.
Dirección: Carlos Larrañaga.
Reparto: Luis Merlo, Eva Isanta, Manuel Tejada, Pepe Pascual, María Luisa Merlo.
Precio: 1.800 pesetas.
Los Festivales de Teatro pasan, pero el teatro sigue. Por fortuna, habría que añadir. Por fortuna, porque los Festivales son la muestra, más o menos oficial u oficiosa, de lo que los interesados desde dentro por la supervivencia en el teatro estiman como manifestación teatral de su propio interés, pero el teatro que sigue, al margen de subvenciones o de adhesiones rituales u oficiales, es otra cosa. En el teatro que sigue al XI Festival madrileño, el teatro verdadero que ha de jugársela, sin más aditamentos que su propia capacidad de persuasión, ante el público, quedaba pendiente la última obra de Ana Diosdado, de título más bien disonante: «Trescientos veintiuno… trescientos veintidós…».
Dice Ana Diosdado en su antecrítica que se trata de un título que no le gusta a nadie. Tiene razón. Es inexpresivo; renuncia, porque se trata de números, a dos de las funciones que, desde Bühler, se consideran inherentes al uso del lenguaje: la función apelativa y la expresiva. Ni es síntoma de mundo interior ni señal para el interlocutor. No digamos la función «poética».
Pero a esta última renuncia ya estamos más habituados.
La moda de los títulos en la actual cartelera es indicativa de que los tiros van más bien por lo tosco que por lo estético. Lo de «Oportunidad: bonito chalet familiar» no resulta tampoco muy atractivo, y como eslogan publicitario suena a deliberadamente disuasivo. Pero se trata de una obra de Alonso Millán sobre la que ya ha habido oportunidad de hablar.
Todavía hay ejemplos más deliberadamente zafios, como el de «Makinavaja, el último choriso», en los que la estética del feísmo pretende ser vehículo de una ética del marginalismo. Pero ya hablaremos de ello en otra ocasión.
Lo de «Trescientos veintiuno… trescientos veintidós…» se explica fácilmente a partir de la propia trama narrativa. Se trata del número de dos habitaciones contiguas en un hotel de lujo donde simultáneamente se desarrollan dos acciones o historias paralelas entre dos parejas de muy diferente condición y distinta generación.
A través del conflicto dramático que ambas parejas viven durante una noche, la escritora muestra rasgos muy característicos del entorno y los condicionamientos morales de la sociedad actual, la generación joven y la que podríamos calificar de madura. No sería procedente entrar en más detalles que acabarían desvelando al lector aspectos de la trama que constituyen parte correspondiente a la intriga. Pero se pueden ofrecer juicios de valor orientativos sobre el marco genérico de condiciones descrito por la autora, sin necesidad de descubrir esos aspectos.
Literaria y descriptivamente la obra funciona tanto en su planteamiento como en lo que, en terminología clásica, se denomina su nudo. Lo más discutible sería el desenlace, en cierto modo determinado por el concepto, en gran parte falso o excesivamente risueño, que la autora ha formado de uno de los cuatro personajes: aquel cuya personalidad verdadera se va descubriendo a medida que va desarrollándose la acción y sobre el que descansa el centro de la intriga.
Con gran habilidad, la autora conjuga el espacio de las dos habitaciones, indiferenciado en la escena, con el tiempo de la trama, alternando secuencias de los dos conflictos narrativos representados. También con habilidad, la autora imagina un procedimiento para juzgar el presente a la luz de un devenir que todavía no ha ocurrido. Ficción y realidad se combinan con eficacia y se convierten en mecanismo dramático.
El juego de la ficción surte su efecto como recurso que permite avanzar la trama de la realidad. Nada hay que reprochar a ese truco, que funciona como recurso dramático y que forma parte de la destreza de la autora para convertir en verosímil la imaginaria escenificación.
El perfil humano de uno de los personajes permite dar una vuelta de tornillo al sentido del conflicto. De lo descriptivo —una pareja en su noche de bodas, un profesional en su noche de aventura— se pasa diestramente al plano de la crítica social, e, incluso, la denuncia política: una pareja condicionada, una aventura que se nutre de corrupción y tráfico de influencias. Pero Diosdado trata de dar un paso adelante y convertir la crítica en instrumento de un mensaje moral. Para ello ha de revestir a uno de los personajes de condiciones virtuosas que van más allá de las medidas de un realismo asimilable. Ahí, en el concepto de ese cuarto personaje cuya personalidad condiciona el desenlace, la obra se resiente y muestra su aspecto más vulnerable y menos verosímil.
Por lo demás, todo bien. El diálogo, fluido, convincente y ponderado, se sigue con interés; la acción escénica conjuga elementos imaginativos con ingenio y desenvoltura. Los personajes se mueven con soltura en un escenario amplio, llevados de la mano invisible de Carlos Larrañaga, que, hay que decirlo, tampoco encuentra dificultades en el sencillo texto. Hay rasgos de humor que el espectador agradece. María Luisa Merlo, impuesta en su papel, demuestra su oficio. Manuel Tejada resulta eficaz y convincente. La pareja menor tiene poco que aprender, por no decir nada, de la madura. Luis Merlo, bien. Es un profesional que cumple con exactitud y precisión las exigencias del guión y las indicaciones del director. Eva Isanta, aún mejor. Todo funciona correctamente para que el espectador no se sienta decepcionado y salga del recinto con mejores ideas acerca de la condición humana que con las que entró. Al final, sólo queda la desazón de que la regla no confirma la excepción.