Entrevista con el presidente Callejas. Honduras: El difícil tránsito del populismo a una economía de mercado

Al frente de un revitalizado partido conservador, Rafael Leonardo Callejas, economista agrícola de 47 años, con fama de hombre inteligente y persuasivo, alcanzó el poder hace aproximadamente un año, tras derrotar al Partido Liberal, y a su líder, un también brillante economista y empresario de apenas cuarenta años, Carlos Roberto Flores. El Partido Liberal, el mayor del país que cumplió recientemente un siglo de existencia-, abandonaba el Gobierno tras dos períodos consecutivos, en los que había sido víctima de una creciente crisis económica, pese a lo cual había conseguido ahondar el proceso democrático y sortear los riesgos del sandinismo vecino, lo que no es poca cosa. En realidad perdían los liberales, pero no así la ideología liberal. La ironía era que Callejas ascendía al poder enarbolando banderas que en Europa serían calificadas de liberales: reducción del sector público, liberalización de las importaciones, eliminación de controles en precios y salarios, reducción de la burocracia, simplificación del sistema impositivo y un largo etcétera que encajaría perfectamente entre los postulados de la sociedad Mont Pelérin.

Carlos Alberto Montaner

CARLOS Alberto Montaner.— Pese a su potencial de desarrollo, Honduras continúa siendo uno de los países más pobres de América Latina. ¿Por qué la tenaz pobreza de Honduras?

Rafael Leonardo Callejas.— Por problemas históricos. Sería muy difícil responder a esa pregunta sin remontarnos al reciente pasado de los años 20 y de los 30, cuando el país se vio sujeto al vaivén de las revoluciones. Entonces se creó un clima de inestabilidad permanente que llegó a su fin en el período iniciado en 1936, cuando se alcanza una cierta estabilidad surgida por la vía de un poder omnímodo presidencial. Pero aun bajo estas circunstancias Honduras carecía de capital autóctono. Aquí el capital primario fue de las compañías bananeras, que tuvieron el dominio político y económico desde principios de siglo hasta hace pocos años. Antes de esas fechas el patrimonio básico del sector empresarial hondureño era prácticamente inexistente. Ese panorama comenzó a cambiar tras la guerra con la República de El Salvador, en el año 1969. Antes de esa fecha, inclusive la exportación de carne de Honduras era básicamente realizada por exportadores salvadoreños. Con eso lo que quiero decir es que no existía una base local de capital. El capital era fundamentalmente foráneo. Y no es que estemos en contra de las inversiones extranjeras. Simplemente, es que no había capital nacional que permitiese crear una clase empresarial vigorosa.

C.A.M.— Bien, admitamos que había poco capital local, pero ¿se administró bien o mal el capital disponible?

R.L.C.— Lamentablemente, en los años 70 la mentalidad del mundo político internacional se nutría del populismo y del criterio de que el Gobierno fuese el principal propulsor del desarrollo. Entonces, concatenando la falta de una vitalidad empresarial moderna, con un Estado que absorbe capital y deprime el sistema económico, ahí tenemos los elementos que explican las raíces de la crisis actual. Pero cuando ese modelo entra en crisis, a principios de la década de los ochenta, no se concreta una opción liberal dentro del marco del partido que ganó las elecciones en 1980, que es el Partido Liberal, sino que se mantiene el status quo. Un statu quo que no da resultado. Todo eso implica que el país no ha tenido una definición muy precisa de su orientación. Se jugó con el pensamiento populista «socialista», no se dio la oportunidad a la libre empresa, y entonces todos esos aspectos hacen que el país se mantenga en la miseria.

C.A.M.— Ahora la receta en boga es la que proponen el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y en general los economistas neoliberales. Usted y prácticamente toda América Latina han elegido ese camino. Después de un año de gobierno, ¿observa cambios? ¿Funciona la nueva economía? ¿Qué ocurrirá si no funciona?

R.L.C.— Es muy prematuro para avizorar un cambio o transformación radical. Es como si los problemas se agolparan en una represa y uno simplemente levantara la compuerta. El agua que sale se dispersa, los canales no están definidos y hay que crear el curso adecuado para que fluya correctamente. Lo que hemos hecho ha sido eliminar las limitaciones que impedían la creación de una sociedad de oportunidades. En ese sentido algunos asuntos ya tienen respuesta, otros no la tienen. En el corto plazo el país todavía no ha encontrado su estabilidad y la incertidumbre priva en la mentalidad de todos los sectores: consumidor, industrial, productor agrícola, exportador. El modelo sí da resultados, pero necesita tiempo para obtener una respuesta. En todo caso, esa respuesta no puede ser la vuelta al modelo pasado, porque ya sabemos que ese statu quo le ha traído a Honduras pobreza.

C.A.M.— ¿Cuáles son los problemas concretos con los que tropieza su Gobierno?

R.L.C.— Los problemas iniciales son tremendos. La mora con los organismos internacionales en pago de la deuda externa vencida, la obtención de credibilidad internacional y nueva línea de financiamiento implicaron un crecimiento tan desmesurado del gasto público y del déficit fiscal que casi estábamos al borde de entrar en un proceso hiperinflacionario. En consecuencia, cortar eso de raíz, en vez de percibirse como positivo, en este momento se percibe como algo más bien negativo, porque también genera cierta inflación, genera aumento de precios, produce pérdida del poder adquisitivo y restringe el sistema económico. En vez de ir por la vía del crecimiento a corto plazo, estamos más bien en el estancamiento a corto plazo o en un proceso relativamente recesivo. Tomará tiempo, no menos de uno o dos años, para que se perciba una reactivación positiva del desarrollo económico.

C.A.M.— El militarismo, presidente, ha sido un mal endémico en esta zona. ¿Se ha estabilizado la democracia en Honduras? ¿Hay riesgo de involución? ¿Obedecen realmente los militares al poder cívil, a su poder civil?

R.L.C.— En Honduras las Fuerzas Armadas han sido un elemento estabilizador de la democracia junto a los partidos políticos. Esto es muy importante, porque mientras en el pasado fueron el elemento que distorsionaba la democracia, en este instante es su principal soporte, cambio de actitud muy fundamental en el nuevo concepto profesional de las Fuerzas Armadas. Los militares se dan cuenta de que su responsabilidad es apoyar el sistema político, entre otras cosas, para poder ellos mantener su viabilidad como institución en el corto, mediano y largo plazo. Y esto nos proporciona a los hondureños un elemento de estabilidad en cuanto a la forma de sostener nuestro sistema republicano y democrático de gobierno.

En ese aspecto considero con optimismo que, en la medida en que que transcurre transc el tiempo, el sistema se fortalece y la presencia de las Fuerzas Armadas se convierte en un elemento positivo para la democracia hondureña.

Las Fuerzas Armadas han sido un elemento estabilizador de la democracia junto a los partidos políticos. Esto es muy importante, porque mientras en el pasado fueron el elemento que distorsionaba la democracia, en este instante es su principal soporte.

C.A.M.— Tras la derrota de los sandinistas parece que la calma ha vuelto a la región. Sin embargo, la guerrilla salvadoreña continúa operando con eficacia. ¿Sigue Honduras siendo un pasillo de los guerrilleros para abastecerse desde Nicaragua? ¿Hay riesgo de que resurja la guerrilla en Honduras? ¿Cómo ve usted a medio plazo, no sólo en Honduras sino en toda la región, la posibilidad de la subversión?

R.L.C.— En Honduras no hay guerrillas, no las ha habido en términos importantes en ningún momento de su historia. Hoy el sistema democrático se está consolidando y hay comprensión de la problemática social. Por lo tanto, no vemos nosotros razón de ser para que surja una guerrilla o enfrentamientos armados por cuestiones ideológicas. En ese sentido nuestra preocupación continúa siendo El Salvador, en alguna medida Guatemala, y la situación de Nicaragua, donde yo veo con optimismo que el Gobierno democrático también se va consolidando. Pero no cabe dudas que Honduras, como consecuencia de la relación histórica entre el grupo sandinista y la guerrilla salvadoreña, continúa siendo un canal para el movimiento y trasiego de armas. Eso no se ha terminado a pesar de la fuerza y voluntad que ha puesto la UNUCA, la SIAP, el ejército de Honduras y los organismos que contribuyen a fortalecer este tipo de control.

C.A.M.— ¿No existe tolerancia de los militares hondureños a ese trasiego?

R.L.C.— No existe tolerancia en ninguna estructura del Gobierno de Honduras. Se trata, simplemente, de un contrabando ilegal de armas, pero existe. Y eso aparentemente cuenta con la aceptación de estructuras intermedias en el nivel militar nicaragüense.

En Honduras no hay guerrillas, no las ha habido en términos importantes en ningún momento de su historia. Hoy el sistema democrático se está consolidando y hay comprensión de la problemática social.

C.A.M.— Durante su campaña, usted le reprochó a los Gobiernos anteriores, los Gobiernos liberales, que hubieran prestado suelo hondureño a los nicaragüenses de la Contra y a la Administración americana para llevar a cabo acciones contra el sandinismo. ¿Cómo son hoy sus relaciones con Washington? ¿Afectó de alguna manera a sus relaciones con los Estados Unidos esta posición nacionalista, por llamarla de alguna manera?

R.L.C.— No, en ningún instante. Al contrario. Porque concertamos nuestras posturas. Tanto nosotros como ellos estábamos conscientes de que ya la viabilidad del proyecto de las fuerzas irregulares de la contrarrevolución nicaragüense estaba concluido. No había posibilidad de continuarlo. De parte nuestra también existía la convicción de que no debían utilizar nuestro territorio. Y en ese sentido entonces no ha habido ninguna discrepancia. Hubo una acción de mutua conveniencia que se concretó en el acuerdo de Tonkontín del año pasado. Fue entonces cuando reunimos a las fuerzas de la contrarrevolución con el nuevo Gobierno electo y con el cardenal Obando. De ahí surgió un calendario de trabajo que nosotros aprobamos e impulsamos, y dio como consecuencia el traslado hacia Nicaragua de las fuerzas armadas de la contrarrevolución. Esto se logró mediante un acuerdo con todas las partes implicadas. De ahí que la relación actual entre Honduras y Estados Unidos esté quizás en los mejores niveles de su historia moderna.

C.A.M.— Ni Costa Rica ni Nicaragua han elegido diputados para el Parlamento Centroamericano. Incluso en Costa Rica ni siquiera se sabe si van a participar en el Parlamento. ¿Tiene destino esa institución? ¿Puede revitalizarse la idea de la integración centroamericana? ¿Pasa esa integración por el Parlamento?

R.L.C.— No. La integración no pasa por el Parlamento, aunque la reforzaría. A pesar de la situación que se da en Costa Rica y en Nicaragua, nosotros hemos aprobado el Parlamento. El Salvador lo va a hacer próximamente. Guatemala ya lo ha hecho. Los tres países podemos dar el paso inicial de participación. Yo espero que Nicaragua adopte resoluciones favorables relativamente a corto plazo, y tengo fe en que Costa Rica, en su momento, tomará una acción positiva. Aunque uno no es condición de lo otro, lo ideal sería que exista el Parlamento para que mejoren los procedimientos de lo que acaso podrá llamarse el Bloque Económico Centroamericano.