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Ver productos1 May 1991 - 19min.
«BIENVENIDOS a Rumanía libre y democrática». Es el saludo de Florián, guía de los turistas españoles que acaban de aterrizar en Bucarest. «Como saben, Ceaucescu fue un loco dictador que hundió a nuestro país. Ahora los rumanos gozan de libertad y la economía se ha liberalizado».
Hace 14 grados bajo cero, y Bucarest se ha convertido en un gran bloque de hielo. Salgo a la calle buscando… lo que oculta Florián. Busco «golanes», es decir, gamberros, delincuentes. Es el insulto que Iliescu dirigió a los intelectuales, a los estudiantes, a toda persona descontenta con el comunismo. Se identifican en los abrigos, en los sombreros, en las carpetas de los universitarios: «Soy golán», «I love golán»… Superada la desconfianza inicial, la hospitalidad rumana es incomparable. Para que yo coma, ellos ayunan, aunque disimulan haber comido. Muchas casas no tienen calefacción, ni agua caliente, ni comida, ni luz. Pero hay algo peor: lo que Florián no cuenta a los ingenuos turistas es que los rumanos aún no tienen libertad. Para conocer eso… hay que escuchar la versión del «golán».
En el avión de hélices que vuela hoy a Bucarest viajamos personas con objetivos dispares. Un grupo de industriales vascos lleva la esperanza de vender herramientas a los rumanos; un matrimonio de recién casados viene para esquiar en los Cárpatos; dos familias de Sabadell hacen, sin más, turismo; Mihai, joven rumano, regresa a su país después de unos meses de estudio en Portugal… En las 14 horas de retraso tenemos tiempo de conocernos casi todos. Ya en Bucarest, tras el registro de las maletas y la retirada del billete de vuelta por parte del guía oficial, cada uno se dirige a su hotel y se organiza como puede la estancia. Al cabo de una semana comentamos nuestras impresiones. Quienes no han hablado con la gente de la calle vuelven sin saber dónde han estado.
¿A qué se dedican los jóvenes? No hay tiendas, ni bares, ni cines, ni discotecas. Oyen música cuando sale en televisión. No tienen coche, hace mucho frío. ¿Qué hacen? Leen.
Piensan que el gran problema de Rumanía es la pobreza. Han palpado la falta de higiene, han cambiado dinero negro, no tenían bombillas en la habitación del hotel…, pero creen que Rumanía es ya un país libre. No han hablado con personas que reciben la correspondencia abierta, cuyos teléfonos están «pinchados». No han tenido que consolar a quien rompe a llorar describiendo la historia reciente del pueblo rumano. No han oído las risas de quien cuenta lo que pensó cuando Gorbachov recibió el Premio Nobel de la Paz. No han pasado vergüenza al descubrir la ingenuidad de Occidente.
Lo que cuentan los rumanos contrasta con lo que hemos leído en la prensa. Al principio cuesta creer que podamos estar tan engañados. ¿A quién debo creer?, me pregunto los primeros días. Al cabo de una semana conversando con gente tan diferente, no me cabe ninguna duda. Su forma de pensar, su estilo de vida, cómo afrontan el sufrimiento, todo lo que cuentan… pondría los pelos de punta al más insensible. ¡Se puede aprender tanto en los países del Este! Tantos años de desconfianza generalizada han engendrado un recelo difícil de vencer. «¿Por qué me pregunta eso?», «¿Dónde va a publicar la entrevista?», «Déjeme ver su carnet de periodista…». A medida que el escudo del recelo baja la guardia, descubro a personas sencillas, abiertas, de gran corazón, pero desanimadas. Al final no puedo evitar la envidia. Pienso que lo que tienen es más importante que lo que no tienen.
¿A qué se dedican los jóvenes? No hay tiendas, ni bares, ni cines, ni discotecas. Oyen música cuando sale en televisión. No tienen coche, hace mucho frío. ¿Qué hacen? Leen. Las casas de los rumanos están repletas de libros. Estudian idiomas. La mayoría de los estudiantes saben inglés y francés. «¿Cuál es tu compositor favorito?». «¿Y el escritor?». «Yo había leído las obras completas de Dostoievski a los 16 años», dice Senina, periodista. ¿Qué está pasando en Rumanía? ¿Qué diferencia hay entre lo que cuenta el Gobierno, lo que muestran a los observadores de la Comunidad Europea, lo que dice la prensa oficial y lo que realmente sucede? Ahora sepamos lo que cuentan los estudiantes, los periodistas, las princesas de Rumanía, los presos… Personas diversas, con varias características en común: un gran amor a su patria, una mentalidad profunda, endurecida por el sufrimiento y el orgullo de ser golanes, de ser detestados por los comunistas.
El rey Miguel I tiene 5 hijas. Margarita, la mayor, vive en Suiza, como sus padres, y pasa temporadas cortas en Rumanía. Elena vive en Gran Bretaña. Irina, Sofía y María, en Estados Unidos. Hoy es un día importante para la familia, porque Irina está en Rumanía por primera vez en su vida, en compañía de Sofía. Se alojan en casa de unos amigos porque aún no les han sido devueltas sus posesiones.
Sofía, ahijada de la Reina de España, es muy habladora: «La primera vez que vinimos a nuestro país fue en enero de 1990, después de la revolución. Se notaba en la gente como un gran trauma. Era…, ¿cómo diría? ¿Sabe lo que pasa cuando un pájaro choca contra una ventana? Se queda totalmente estampado y el cristal se rompe en mil pedazos. Aquí pasó algo similar. Hubo mucha violencia, y ahora es difícil que todo vuelva a la normalidad, después de tantos años de comunismo, en los que la gente ha sido aplastada. No se les permitía hablar ni pensar, sólo tenían que hacer, hacer, hacer. Todos están recelosos. Han perdido su inteligencia, su cultura, su historia, todo».
El primer paso, según las princesas, es acabar con la mentira. «Al principio, todos nos equivocamos al interpretar la revolución. Después caímos en la cuenta de que habíamos sido engañados. Pero no es la única mentira. Nuestra familia sigue siendo calumniada y hay casi dos generaciones que no saben nada de nosotros. Si se celebrara un referéndum sobre la vuelta de la Monarquía, sería esencial que la gente votara basándose en la verdad. Se dice que mi padre salió con mucho dinero y que no quiere volver porque perdería su riqueza. Eso es mentira. En Inglaterra trabajó durante tres años en una granja de gallinas. Se casó y fueron a vivir a Suiza, en donde ejerció como técnico piloto, ya que le interesaba mucho la mecánica y electrónica. Trabajó muy duro para sacar adelante a la familia». Sofía se entusiasma al hablar de su padre: «Yo le admiro porque superó el trauma de ser expulsado de su propio país. Es como si se separa a un árbol de sus raíces. Las profundas creencias religiosas de mi padre le han fortalecido para afrontar las dificultades, al igual que a todo el pueblo rumano, con quien nunca perdió contacto. A nosotras nos inculcó un gran amor a Rumanía, a su cultura. Por eso deseamos vivir aquí». Por las calles de Bucarest hay fotografías del rey y pintadas que piden su vuelta. «Si mi padre reinara de nuevo, su papel sería el de un árbitro, un factor de unidad y estabilización. Es un gran luchador de los derechos humanos y de la paz. Sería lo que podríamos llamar un catalizador».
La princesa Irina habla muy poco. «Es bonito, muy bonito, poder estar en Rumania… aunque sea triste descubrir que aún no ha cambiado todo lo que tendría que cambiar y que llevará muchos años volver a la normalidad».
Desde Suiza, la familia real ha organizado una fundación para ayudar a Rumanía: «Es una organización humanitaria, con varios objetivos: restablecer la herencia cultural perdida, empezando por las iglesias. Intentaremos reconstruir lo que aún quede en pie. También ayudaremos al mundo de la educación, principalmente a las universidades, concediendo becas para investigar en el extranjero. Otro campo muy necesitado es el de la salud y la higiene. Hay problemas para distribuir los envíos de medicamentos que vienen del extranjero, por el caos del personal sanitario. Queremos construir un «centro-piloto», para enseñar a organizar un hospital. Es más eficaz educar que pretender hacer todo uno mismo. Por último, destinaremos fondos para proteger el medio ambiente. Hasta ahora hemos ayudado principalmente a los niños. Por ejemplo, durante las últimas fiestas de Navidad enviamos más de 20.000 regalos a familias rumanas».
Ellas no están acostumbradas a vivir en un país pobre: «En mi primera visita tenía, naturalmente, una mentalidad occidental. Ahora sé cómo viven y piensan los rumanos y me doy cuenta de lo mucho que debo aprender de sus virtudes: la importancia que conceden al núcleo familiar; el valor de la fe, especialmente vivo en la gente joven, que continúa casándose en las iglesias, y, sobre todo, el valor del sufrimiento. Hay mucho que aprender en los países del Este».
La princesa Irina habla muy poco. «Es bonito, muy bonito, poder estar en Rumanía… aunque sea triste descubrir que aún no ha cambiado todo lo que tendría que cambiar y que llevará muchos años volver a la normalidad».
Al terminar la conversación, una estudiante me comenta: «Eso es lo que necesitamos en Rumanía: unos gobernantes entusiasmados con hacer despertar a Rumanía».
«Los rumanos nos parecemos a un preso que, tras 40 años encarcelado, no se atreve a salir de prisión cuando le sueltan porque no sabe emplear su libertad, se la ha atrofiado el «órgano» de la libertad. Durante muchos años el miedo nos unió, pero al desaparecer Ceaucescu unos se han convertido en enemigos de los otros con gran violencia. El comunismo ha destruido la cohesión que necesita un pueblo y nos ha convertido en una mera población». Así habla Marilena Rotaro, periodista, escritora y presentadora de la televisión rumana. Ella es conocida por su trabajo y por su abierta oposición al comunismo. De hecho, está declarada por el Frente como «enemiga del pueblo».
Lo que define al Golán: Su amor a Rumanía, su personalidad endurecida por el sufrimiento, el orgullo de ser detestado por los comunistas.
«El comunismo ha causado destrozos en todos los campos de la sociedad: educación, familia, religión… Ahora, en la nueva forma de mentira, la televisión es la gran protagonista, la que más intoxica. Además, en Rumanía la televisión nació comunista: no necesitó aprender a mentir, porque nació mintiendo. En el programa de noticias no se ofrece información, sino propaganda disfrazada. La mejor arma del comunismo es la perfidia, bajo formas muy sofisticadas. La más sutil comenzó cuando descubrieron que la mentira mezclada con algo de verdad es la peor mentira, la más eficaz. Por eso lo que más me asusta es el atontamiento de la gente, que no quieran ser críticos. El hombre de la calle tiene miedo a la verdad; si la gente dijera la verdad, habría una nueva recristianización. Goya decía que en los dos o tres primeros años de edad se aprende a hablar y que en los dos o tres siguientes hay que aprender a callar. Nosotros hemos aprendido al revés: ahora estamos empezando a hablar».
Tras las palabras de Marilena se palpa su amor a Rumanía, su preocupación honda por la actual situación y una formación creativa, intelectual. «En una situación de falta de libertad el hombre agudiza su mente, y esto se refleja siempre en su vida espiritual. Muchos artistas y escritores han sabido expresar ese sufrimiento en su obra».
Marilena es ortodoxa, aunque dice haberse formado «al calor» de la Iglesia Católica. Y nunca mejor dicho: «Mi madre daba clases en una escuela que estaba junto a la catedral católica. Yo le esperaba todos los días fuera y, como hacía tanto frío, me metía dentro de la iglesia y allí rezaba. Pienso que soy creyente gracias a mi abuela, que me explicó el catecismo y me enseñó a rezar. Durante muchos años estuvo prohibido tener en las casas imágenes religiosas. Nosotros colgamos en la pared un icono, lo tapamos con un muro de ladrillos y pusimos un armario delante. Cada noche abríamos el armario, quitábamos los ladrillos y rezábamos durante un rato. Luego poníamos los ladrillos de nuevo y cerrábamos el armario… hasta el día siguiente».
Mucha gente en Rumanía está desanimada ante la incapacidad de solucionar los problemas desde dentro. Según Marilena, «ha caído el muro de Berlín, pero no el telón de acero, que es como un dragón de muchas cabezas. Todo organismo tiene defensas ante una enfermedad, y también el comunismo. Hoy sigue habiendo periodistas e intelectuales golpeados, porque están muy interesados en que permanezca el miedo. Hay securistas en todas partes, en los puestos clave. Sigue habiendo censura del correo y del teléfono sobre la gente que dice la verdad».
«Hay un cuento que a la gente le hace reír, pero a mí me hace llorar: una ardilla sale de la madriguera con su cría. Cuando la pequeña descubre el exterior, pregunta maravillada: mamá, ¿qué son esas luces lejanas que brillan allá arriba? Son las estrellas, contesta la madre. ¿Y qué es esa música divina que oímos constantemente? Es el canto de los pájaros. ¿Y de dónde viene este perfume embriagador? De las flores. La ardilla pequeña se detiene y pregunta extrañada: Mamá…, si aquí todo es tan hermoso…, ¿por qué vivimos allí dentro, donde hace frío, no hay luz, ni pájaros, ni perfume…? Y la mamá ardilla contesta: Porque es nuestra patria, hija mía». Marilena se emociona. Me pide perdón por no poder contar algo más alegre, y concluye: «En tantos años de comunismo, los rumanos hemos aprendido lo mismo que la ardilla: que no tenemos derecho a tener ningún derecho».
Al igual que en China, los protagonistas principales de la revolución rumana están siendo los estudiantes. La Plaza de la Universidad fue el escenario de las manifestaciones anticomunistas hasta la sangrienta represión de los mineros enviados por Iliescu. Desde entonces, la plaza lleva otro nombre: Plaza de Tiananmen.
«El día de la revolución —cuenta Mihai, estudiante de Medicina— tuve que identificar el cadáver de un amigo. Fue muy duro contemplar las caras de tantos muertos, y puedo asegurar que todos ellos eran jóvenes. Tras la masacre se confirmó que el 70% de los muertos eran menores de 30 años». Anca, afiliada al Partido Nacional Campesino, señala que «cada vez hay más estudiantes que sienten la necesidad de implicarse en esta lucha para resolver los problemas políticos y sociales de Rumanía. Hay 90.000 universitarios, y si 40.000 de ellos hicieran algo muchas cosas cambiarían».
El universitario más famoso de Rumanía es Marian Munteanu. Tiene 28 años y asumió el liderazgo el día en que cayó Ceaucescu. «Cuando no había ninguna organización, yo me limité a decir claramente lo que pensaba, que coincidía con lo que todos pensaban. Ése fue mi papel. Ahora es muy importante que todos los movimientos estudiantiles se unan, para ser más fuertes. Hay estudiantes infiltrados por el Gobierno en las reuniones de la Universidad. Ocultan su verdadera opinión y se dedican a crear divisiones para quitar fuerza».
«¿La diferencia del Este con Occidente? Está claro: ustedes no conocen el valor del sufrimiento».
«El éxito —continúa Marian— no depende del puesto social que ocupen quienes hacen la revolución. Se trata de un problema de generaciones. Los más jóvenes son más conscientes de los problemas, y por eso actúan. El resto, hablando en general, está ya acostumbrado a un tipo de vida, a un tipo de relación con el poder, han perdido la fuerza necesaria para luchar. Además, hoy día no basta con querer hacer una revolución, hay que saber hacerla. La técnica es distinta a la de hace 25 años; hay que conocer los hilos de la sociedad moderna si se quiere actuar con rapidez y eficacia. Para empezar, hay que saber que ellos tienen controlada la televisión y la prensa. Muchos creen que ya tenemos democracia porque lo han oído en la televisión. Por eso digo que hay que dominar los recursos de la comunicación. Y hay mucho que hacer todavía».
Marian Munteanu es desconfiado… porque tiene motivos para ello. Además de haber sido golpeado en varias ocasiones por la policía, le han defraudado sus experiencias anteriores con periodistas españoles. Le gustaría que la voz de los estudiantes rumanos llegase a universitarios de todo el mundo. «Es difícil, porque el Gobierno impide esos contactos. Nos encantaría que viniesen estudiantes de otros países a conocer nuestras actividades y poder nosotros viajar. Eso sería muy útil…, pero necesitamos dinero para hacerlo, y las ayudas económicas que llegan a Rumanía van a parar al Frente».
Cristi estudia español en la Universidad de Bucarest. Para hacerme ver el desprestigio de los intelectuales ante el Gobierno se limita a describir los sueldos. «Un profesor que da ocho o diez horas diarias de clase cobra 3.500 leis (unas 10.000 pesetas), mientras que un minero puede llegar a cobrar 40.000 leis (unas 110.000 pesetas), trabajando sólo seis horas, y no a pleno rendimiento».
«En la nueva forma de mentira, la TV es la protagonista, la que más intoxica».
Julia es de un pueblo situado en las faldas de los Cárpatos. Estudia en Bucarest y vive en una residencia de estudiantes. En un panel del hall, cada chica anuncia lo que vende en su habitación: «214, bombillas»; «607, chocolate»; «125, un reloj»… Julia ha puesto en venta unos pendientes. «Hasta hace pocos meses nos cortaban la luz por las tardes y no podíamos estudiar. Cuando se acercaban los exámenes nos íbamos a estudiar a casa. Hace poco decidimos organizar una manifestación en la puerta de la residencia exigiendo luz. Conseguimos que nos dieran una bombilla para cada habitación y un televisor en blanco y negro para la sala común».
Cristian, estudiante de Derecho, piensa que en Polonia triunfó la revolución porque los trabajadores pueden colapsar un país, mientras que en Rumanía el Gobierno no teme a los intelectuales. «Nuestro objetivo inicial es hablar con campesinos, obreros, mineros…, para que conozcan la verdad, lo que ocultan los periódicos del Frente. Acudiremos a fábricas importantes, a pueblos… Yo soy optimista. Ahora hay huelga de trabajadores del ferrocarril, y si ellos se han dado cuenta, los demás también pueden cambiar de opinión».
Algunas esquinas de Bucarest están adornadas de forma poco habitual: altas cruces de madera con fotografías de jóvenes asesinados durante la revolución. Casi dos años después, los estudiantes son conscientes de que los ideales que costaron aquel sacrificio siguen vigentes y que la batalla aún no ha terminado.
«Seguimos luchando por los derechos del hombre, por la libertad y por unas condiciones dignas de existencia».
Los habitantes de Bucarest dedican gran parte de la mañana a hacer cola: para comprar comida, esperar al tranvía, registrarse una vez más en la policía, etc. No es un fenómeno nuevo, salvo en un caso: las colas para comprar periódicos. Con Ceaucescu no había libertad de prensa. Ahora tampoco la hay, aunque el disfraz sea casi perfecto.
Víctor Barsan es redactor jefe de la revista titulada 22 en recuerdo de la fecha de la revolución. «Los cambios que hemos experimentado son puros cambios cosméticos, unidos a una gran manipulación de la opinión pública. El primer ministro, Petre Roman, dijo que es democrático dejar que los demás digan lo que quieran. Esa actitud cínica y amenazante va unida a un control completo de las publicaciones. Por ejemplo, la distribución de toda la prensa sigue en manos del Estado. Dentro de Bucarest usted puede comprar cualquier periódico, pero lo que no saben los observadores internacionales es que los diarios de oposición no llegan a los pueblos porque son arrojados del tren o se dejan en la estación sin distribuir».
Crina Sirbu dirige la información internacional de Romania Libera, el diario independiente con mayor tirada. «El periódico nació ilegal entre las dos guerras mundiales, pero acabó en manos del Partido Comunista. Cuando cayó Ceaucescu decidimos crear un nuevo periódico, conservando el mismo nombre. Nos opusimos abiertamente al comunismo y se intensificaron los ataques contra nosotros. El 14 de junio de 1990 los mineros atacaron la sede. Al día siguiente, dos miembros de la Securitate nos dijeron que podíamos salvarnos si cambiábamos de orientación… pero no hicimos caso. Y así nos va».
«El Gobierno controla nuestras fuentes de información. Sólo recibimos la agencia soviética Tass y otra rumana, y a través de las embajadas leemos prensa extranjera. Como la imprenta es la misma para todos, nos quitan horas o provocan huelgas en los talleres cuando toca imprimir un diario independiente. Ahora hemos comprado dos camiones para establecer nuestra propia red de distribución, aunque, en fin…, nos los acabarán quemando. No les interesa eliminarnos porque somos un test que pueden mostrar como garantía de que en Rumanía hay democracia».
Crina es optimista, a pesar de las dificultades. «Yo soy de las personas que miran siempre la parte llena de la botella, y por eso creo que hay solución. No se puede frenar el paso firme de la historia. Si queremos cambiar esto debemos creer que podemos hacerlo».
«Pesaba 114 kilos cuando me encarcelaron, en 1947. Al salir, en 1965, pesaba 51. En la llamada cárcel de exterminio no teníamos asistencia médica, ni calefacción, ni luz. Vivíamos en condiciones higiénicas inimaginables, aunque el peor sufrimiento era el aislamiento hermético, la soledad de la celda. Al salir, tuve que aprender de nuevo a hablar». Lo que cuenta Corneliu Coposu, presidente del Partido Nacional Campesino, no es un caso aislado. Unas 500.000 personas fueron encarceladas en Rumanía tras la invasión del ejército soviético. Hoy muchos de los supervivientes siguen combatiendo el comunismo con fuerza.
«Los primeros en morir fueron quienes no tenían resistencia moral. Luego, los afectados por el hambre y la falta de disciplina. Yo resistí gracias a mi fe cristiana, mi conciencia anticomunista y la certeza de la victoria. Soy optimista porque sé que el pueblo rumano, curtido en las dificultades, se librará de esta nueva forma de esclavitud e impondrá las instituciones democráticas, la moral cristiana y la economía de mercado». La confianza con que habla Coposu contrasta con el recelo de otros entrevistados. «Me gusta mucho hablar con periodistas, porque la situación actual de Rumanía no se conoce suficientemente fuera de nuestras fronteras. Seguimos luchando por los derechos del hombre, por la libertad y por unas condiciones dignas de existencia. Mientras la juventud de Occidente piensa en el bienestar, en el confort, en los vestidos extravagantes…, los jóvenes de aquí mantienen preocupaciones idealistas y conservan una estructura moral que rechaza los excesos y la extravagancia. En Rumanía, todos los movimientos nobles tuvieron al frente una joven generación».
«Los comunistas se han colgado del poder y no están dispuestos a dejarlo. La economía está hundida y sin esperanzas de levantarse. No es posible la reestructuración económica sin grandes inversiones extranjeras, y éstas no vendrán sin un Gobierno estable que goce de credibilidad. El Gobierno de hoy es incapaz de resolver la situación; con sus errores políticos y sociales han agudizado el problema. En estas condiciones, asistimos a la mayor emigración de intelectuales de la historia de Rumanía. En especial, se van los jóvenes, que no ven expectativas para volver a una situación de normalidad».
El «billete de liberación» es el documento que acredita que una persona estuvo encarcelada. Es necesario presentarlo para pertenecer a la Asociación de Antiguos Presos Políticos, que cuenta con más de 40.000 socios. «Con este papel iría yo a explicar a Felipe González lo que hace el socialismo cuando se aplica en un país, los destrozos que ha causado en nuestro pueblo y en otras naciones como Bulgaria». El comentario es de Vasile Boaru, Jefe de Organización del grupo. «A lo mejor quitamos la palabra antiguos, porque se están inscribiendo personas que han sido arrestadas durante este año. Somos conscientes de que también se infiltra gente de la Securitate, pero no nos importa, porque antes o después daremos con todos los delatores».
«Con mi «billete de liberación» de la cárcel explicaría yo a Felipe González lo que hace el socialismo cuando se aplica en un país, los destrozos que ha causado en nuestro pueblo».
Tertulian Langa es el Vicario General de la Iglesia Greco-Católica en Cluj (Transilvania). También él estuvo 17 años encarcelado. «Creo que la etapa más bella y fructuosa de mi vida fueron esos años. Nunca me sentí más cerca de Dios. 17 años de cárcel son un precio insignificante para ayudar a un alma a salvarse. Gracias a Dios, no ayudé sólo a una, sino a innumerables. Si yo hoy puedo hablar, ocupar este puesto, no es por méritos personales, sino porque la mayoría de los sacerdotes fueron asesinados. Un refrán rumano dice que cuando no hay caballos hay que usar burros. Yo he sido el burro que ha servido a la Iglesia como ha podido».
El Padre Langa ha venido hoy a Bucarest para denunciar ante el ministro de Cultos la persecución que siguen sufriendo los fieles greco-católicos. «El único derecho que hemos obtenido es el de no tener que rezar a escondidas, en los sótanos, sino en las plazas públicas. No nos han devuelto los bienes confiscados por el comunismo. Sigue habiendo sacerdotes golpeados, amenazas y robos».
Antes de despedirnos me pide un favor. «Haga saber en Occidente cuál es la situación real de la Iglesia en Rumanía. Puede usar mi nombre sin problemas, yo asumo el riesgo. No se preocupe por lo que me pueda pasar: ya he estado 17 años en la cárcel y no me importaría ser arrestado de nuevo si con ello sirvo a la Iglesia».