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Ver productos1 May 1991 - 7min.
John Major, el primer ministro británico más joven de este siglo, ha sabido nadar y guardar la ropa en cuestiones ideológicas. En la víspera del golpe de palacio muy británico que descabalgó del poder a Margaret Thatcher, la mayoría del Partido Conservador, decidida a cerrar el paso al cabecilla de la rebelión, Michael Heseltine, se tranquilizó con la idea de que Major era el hijo político que la primera ministra habría deseado tener. Respetuoso, tranquilo y aplicado, Major, de 47 años, era, para los thatcheristas más acérrimos, un producto bien acabado de la meritocracia, el catecismo social de la inspiradora del primer <«ismo» de la política británica. Pero los conservadores tradicionales, paternalistas y partidarios del compromiso, también creían tener razones para concluir que Major era uno de los suyos. Un año antes, al hacerse cargo de la cartera de Economía y Hacienda, el candidato a primer ministro fue acorralado por sus colegas para que de una vez confesara si era un thatcherista radical o un partidario del consenso. Major, según fuentes conservadoras, se limitó a sonreír tímidamente y sólo concedió un «Oh, bier».
Major, al ser elegido primer ministro, tanto podía haber sido recompensado por su fidelidad como por su determinación de guardar las distancias con respecto a su protectora. El enigma, pocas horas después de su victoria, intentó ser resuelto por Douglas Hurd, ministro de Asuntos Exteriores y rival suyo en la lucha por la jefatura conservadora, quien en una conversación privada afirmó: «Ya tenemos otro Baldwin». Esta indiscreción, aventada por el diario londinense The Independent, podría haber puesto en entredicho las dotes diplomáticas del jefe de la diplomacia británica, pero no, quizás, la capacidad de análisis del Hurd político.
La comparación con Baldwin no sería descabellada, según ha admitido Roy Jenkins, tránsfuga laborista, fundador del Partido Socialdemócrata y biógrafo del «Honesto Stanley». Stanley Baldwin, primer ministro durante ocho años, entre 1923 y 1937, se distinguió fundamentalmente por dos características: aportó un eficaz antídoto a las controversias provocadas por Lloyd George y, contra la opinión de algunos de sus colegas, era partidario de que los ministros de Su Majestad estuvieran a un mismo nivel.
Lo más importante de los primeros cien días de Major como primer ministro, que se cumplieron el pasado 7 de marzo, es que fueron los primeros cien días sin Margaret Thatcher en el poder. Sin Thatcher y, por lo que denuncian los colaboradores de la ex-jefa de Gobierno, también sin tanto thatcherismo. Pero Major sigue siendo un enigma. Desde el 28 de noviembre, cuando accedió al poder, las formas han cambiado. El primer ministro no se muestra ni arrogante ni agresivo, y eso en tiempos de la guerra del Golfo Pérsico ha marcado las distancias de forma particular. Es más, Major, sin estudios universitarios y de extracción social humilde, ha puesto de manifiesto algo que la señora Thatcher, según sus críticos, jamás tuvo: compasión social. Y para mayor gloria de Douglas Hurd, el primer ministro no sólo se considera el primero entre iguales, sino que la política exterior, a diferencia de lo que ocurría con su antecesora, vuelve a cocerse en los fogones del Foreign Office.
Major no suscita ni el odio ni el entusiasmo que despertaba Margaret Thatcher. Lo suyo, como parecen respaldar los sondeos de opinión, es el término medio. Pero ¿es thatcherista? Los thatcheristas están convencidos de que no y temen que lo único que pretende el nuevo Gobierno es abjurar del thatcherismo.
Respetuoso, tranquilo y aplicado, Major, de 47 años, era, para los thatcheristas más acérrimos, un producto bien acabado de la meritocracia, el catecismo social de la inspiradora del primer «ismo» de la política británica.
Las principales pruebas en contra de Major son su flamante filosofía «social de mercado», que para los thatcheristas es como mentar la soga en casa del ahorcado; su aparente mayor comprensión hacia Europa, algo que los mismos medios interpretan como una rendición, y el controvertido hundimiento del polémico impuesto local («poll tax»); que la señora Thatcher convirtió en el buque insignia de su filosofía.
Los thatcheristas más acérrimos tal vez exageran al hablar de traición cuando parecen resignados a la idea de que la líder que hundió a los laboristas, desarmó al general Galtieri y derrotó a los sindicatos no convertirá su apartamento de Belgravia en la isla de Elba, sino simplemente en la isla de Santa Elena. Pero cuatro meses después del relevo en el número 10 de Downing Street todo parece indicar que el sucesor ha pasado la página del thatcherismo.
No se trata, claro está, de que Major se haya convertido al laborismo, incluso al laborismo moderado que ya se cree curado del radicalismo que en los años ochenta le costó tres derrotas electorales consecutivas. Pero Major ha comenzado a corregir el tiro, sobre todo en las cuestiones ideológicas, donde el empecinamiento de la ex-primera ministra se transformó en el primer enemigo de su ambiciosa empresa. El thatcherismo, durante once años, modificó profundamente el mapa social y económico británico, pero al final los medios se confundieron con los fines. El día que dimitió la señora Thatcher, The Financial Times, portavoz oficioso de la City, la despidió sin una lágrima pero con esta sentencia: «Afortunados los países que no necesitan gobernantes fuertes. Gracias a Margaret Thatcher, Gran Bretaña es ahora un país fuerte que no necesita gobernantes extraordinarios». Major pudo haber sido la fuente de inspiración del editorialista.
El cambio, sin embargo, no es fácil de cuantificar. Los colaboradores de Major defienden la filosofía del «mercado social». Pero son pocos los analistas de la City que se toman la iniciativa al pie de la letra para concluir que habrá un regreso a los días prethatcheristas de altos impuestos. Antes al contrario, los mismos laboristas también se han visto obligados a rebajar su propio listón. La idea del «mercado social», con todo, sugiere la posibilidad de una rectificación del rumbo.
Este cambio es patrocinado por el nuevo presidente del Partido Conservador, Chris Patten, en las antípodas de Norman Tebbit, el jefe de filas de la primera Thatcher. Patten ha puesto patas arriba la Conservative Central Office, la caldera de las ideas conservadoras. En una entrevista concedida recientemente a la revista Markism Today sobre el conservadurismo de los años 90, el jefe de los tories se hizo lenguas del modelo democristiano alemán, de su think-tank -la asociación Konrad Adenauer y del denominado «mercado social». Las declaraciones de Patten fueron saludadas con simpatía por The Guardian, diario profundamente crítico con el thatcherismo.
En cuanto a Europa, el nuevo talante de Londres provoca las iras del denominado «Grupo de Brujas», el reducto thatcherista que reúne a una cuarta parte de los diputados conservadores y que tiene como biblia el discurso antieuropeísta pronunciado por la ex-primera ministra hace tres años. Pero de eso a concluir que Major se ha convertido en un campeón de la causa europea todavía hay un gran trecho. El pragmatismo de Major, que incluso podría llevar a los conservadores al grupo democristiano del Parlamento Europeo, es la simple traducción del reconocimiento por parte de amplios sectores británicos de que Gran Bretaña sin Europa sólo sería una isla a la deriva. Major, con la señora Thatcher en el poder, ya ingresó a la libra esterlina en el Sistema Monetario Europeo, y sus esfuerzos posteriores han representado un alivio para el mercado financiero británico. Sin embargo, en su intento de alcanzar el punto medio, Major debe ser consciente de que el escaso entusiasmo por Europa no es en Gran Bretaña una simple cuestión personal de su antecesora.
El día que dimitió la serñora Thatcher, «The Financial Times», portavoz oficioso de la «City», la despidió sin una lágrima pero con esta sentencia: «Afortunados los países que no necesitan gobernantes fuertes».
El caso del poll tax es, posiblemente, el mejor ejemplo de la manera en que Major ha conducido el coche oficial conservador. El impopular impuesto local, por el que se igualaba a familias y zonas urbanas profundamente desiguales económicamente, ha sido abolido, pero aún no se sabe exactamente qué tipo de tributo le sustituirá. De momento ha caído el nombre, pero la sustancia sigue siendo objeto de discusiones. Los laboristas, de esta manera, claman victoria ante una de las rectificaciones más sonadas de la reciente política británica, pero los conservadores confían que de la discusión puede surgir un híbrido. En cualquier caso, un simple cambio cosmético sólo dañaría al primer ministro en las próximas elecciones generales, a celebrar antes de junio de 1992.
En este contexto, cuatro meses después de que la señora Thatcher pidiera el voto para Major, nada parece indicar que se haya cumplido la advertencia hecha por la ex primera ministra de que conduciría el nuevo Gobierno desde el asiento trasero. Major se ha declarado partidario de una «sociedad sin clases» y admirador del proyecto romántico de Lain McLeod de «una sola nación» y no de las dos Gran Bretañas, profundamente separadas, que heredó del thatcherismo. Pero las vacilaciones de Major, convertidas en la mejor arma electoral de los laboristas, podrían hacer buena la comparación realizada por Douglas Hurd entre el primer ministro y Baldwin, a quien sus adversarios colgaron el sambenito de ser un indeciso consumado. Major, según uno de sus más íntimos colaboradores, «es brillante cuando no toma decisiones».
Major ha pasado la página del thatcherismo, pero su primera hoja sigue en blanco.