Mi cesta

Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.

Ver productos

Arturo Uslar Pietri. Conversaciones con un liberal de la Ilutración americana

QUÉ importancia tiene, a su juicio, que se haya concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras al pueblo de Puerto Rico por su afán de conservar el idioma español como su lengua oficial?

— Puerto Rico es una pequeña isla, una nación con su carácter, su cultura, su tradición, que ha estado sometida, desde hace casi un siglo, a la estructura de poder de los Estados Unidos, la potencia cultural y económica más importante del mundo. Hasta ahora, esta islita tenía como lenguas oficiales el inglés y el español, pero recientemente una ley ha proclamado al español como lengua oficial.

La resistencia cultural de la población hispana

Esto es muy revelador. La situación de la cultura hispánica en los Estados Unidos es muy curiosa. Este país de emigración absorbió en el siglo XIX a cerca de 40 millones de personas, y la experiencia les ha demostrado que ya las segundas generaciones se integran plenamente. Pero los hispanos, que ya son 30 millones, no han podido ser integrados después de que cinco generaciones se hayan sucedido. Ellos se mantienen cohesionadamente en comunidades propias, mantienen su lengua, su cultura, todas sus inclinaciones… Este fenómeno no se había producido en Estados Unidos, y es muy importante porque los hispanos constituyen el segmento de población que posee la tasa de natalidad más elevada, calculándose que dentro de veinte años podrán llegar a ser cincuenta millones de personas. Entonces podrán elegir presidente, su influencia va a ser inmensa… Además del caso de Puerto Rico, que ha consagrado al español como única lengua oficial, algunos Estados norteamericanos como Florida o California van a ser bilingües, van a reconocer al español como su otra lengua. Y esto no ha llegado a pasar con ninguna otra emigración. Hay, pues, que tener en cuenta ambos aspectos: en primer lugar, la tenacidad que han manifestado en la defensa de su cultura tradicional; en segundo lugar, el hecho de que van a seguir aumentando su peso en la cultura americana sin perder su condición de pertenencia a una cultura distinta a la cultura anglosajona predominante.

Mestizaje y significación del Descubrimiento

— Puede decirse, por lo tanto, que en los Estados Unidos se ha producido un mestizaje cultural.

— Sí se ha dado, pero no en el mismo grado que en América Latina. No hay duda de que en zonas de gran presencia latinoamericana, como Nueva York o los Estados del Sur, algo de eso se ha producido. De cualquier modo, en general, éste es un suceso muy curioso, pero que no se toma demasiado en cuenta. Cuando alguien se refiere a la población hispanoparlante sólo suele mencionar a la población de los países de cultura hispánica en América del Sur, estos 300 o 400 millones, pero, realmente, no considera esos 30 millones que, dentro de muy poco, serán ya 50.

— Usted ha inaugurado el Foro Latinoamericano de la Universidad de Salamanca con una conferencia sobre el tema, cada vez más cercano, del Quinto Centenario. Igualmente, disertó en el Colegio Mayor Zurbarán sobre el significado del descubrimiento del Nuevo Mundo. Creo que usted ha sido el primero en difundir una visión muy amplia y original del mestizaje de las culturas española y americana. Teórico del mestizaje, jamás del criollismo.

— El criollismo no me interesa nada. Yo reconozco un hecho que es el mestizaje cultural, no de sangre. Nosotros somos lo que somos por la cultura y no por la raza.

En América Latina se produjo históricamente un proceso de mestizaje dentro de un espacio de colonización español, siendo precisamente España un país de inmenso mestizaje. España tuvo siete siglos de convivencia de tres culturas que no permanecieron aisladas, que se mezclaron. La inseminación mutua de estas tres culturas fue continua y decisiva. Y cuando los españoles llegan a América se abre otro proceso con otros actores, y este conquistador que traía su propia tradición de mestizaje se va a encontrar con el indígena y con el negro y va a comenzar un nuevo mundo.

— Pero en aquella América anterior, las grandes culturas maya, azteca, los negros y los indígenas, vivían completamente separados, no mantenían nexo alguno…

— No vivían separados, vivían mezclados…

— Pero no tenían noticia alguna sobre sus respectivas culturas…

— Evidentemente, antes de la llegada de Colón, no. Por ejemplo, los aztecas no tenían la menor idea de que existía una civilización en el Perú.

— Y lo que hizo la conquista fue fusionar todo esto…

— No fusionar, sino unificar… Hay una sola lengua, que en cincuenta años da paso a una cultura homogénea. Eso es una hazaña única. Usted me dirá que los métodos fueron bárbaros. Evidentemente, así fue. Pero en una sola generación fue posible que todo ese continente tuviera una sola lengua, una sola cultura, una sola espiritualidad, que se creara un complejo de unidad cultural latinoamericana que aún hoy en día existe.

— Y eso es lo que hay que reivindicar en el Quinto Centenario…

— Claro que hay que reivindicarlo. Ésa es una fecha muy importante. ¿Qué ocurre? Se crea un nuevo mundo en América, pero todo el mundo cambia. El 12 de octubre es la fecha que determina la entrada de la modernidad en el mundo. Colón, en una carta del año 1493 que circuló entre todos los humanistas europeos, narra el modo de vida de los indígenas de las Antillas… Ellos vivían felices, no había miseria, no había guerra. Eso crea una sacudida enorme en las conciencias europeas. De ahí sale la Utopía de Moro y los ensayos de Montaigne, porque aquellos hombres habían conseguido tener un tipo de sociedad que los europeos no habían logrado. Sin el descubrimiento de América, Rousseau no hubiera podido escribir al comienzo de El contrato social aquello de «todos los hombres nacen libres e iguales», eso no lo hubiera dicho un hombre de la Edad Media… Esa idea de que los hombres nacían libres e iguales y que era la sociedad quien los echaba a perder creó una crisis de conciencia que originó todos los aconteceres revolucionarios. Uno puede decir que la independencia de los Estados Unidos, la Revolución Francesa y la Revolución Rusa fueron una herencia ideológica de la falsa impresión que tuvieron los europeos de la condición del indio americano.

Y luego toda la ciencia moderna arranca de ahí, porque el hombre se hizo preguntas que anteriormente nunca se había hecho, se planteó dudas que antes jamás se había planteado, se halló en presencia de muchas maneras distintas de ser hombre, vio animales y plantas que antes nunca había visto, vio cielos ignotos, antípodas. Así cambió su noción de lo que era la tierra, de lo que era el hombre. Y se hicieron preguntas muy curiosas, preguntas de donde surge la ciencia moderna. El padre José de Acosta, un jesuita español del siglo XVI, viajero por Perú y Méjico, autor de un libro admirable que es una descripción de las Indias, cuando describe a los animales se hace una reflexión muy interesante: ¿estos animales estaban en el Arca de Noé o no estaban? Esto es, si estaban en el Arca de Noé, ¿por qué han desaparecido en Europa?, viene a decir. Ahí está Darwin.

Años de formación. Tres latinoamericanos en París

— Usted ha tenido una formación francesa muy determinante…

— Cuando yo era joven, la influencia francesa era muy importante en Hispanoamérica, acaso como una consecuencia del enorme peso político, cultural, literario, que tuvo durante todo el XIX en aquellas tierras. Yo viví durante mucho tiempo en Francia. Llegué a París en 1929 y en París escribí Las lanzas coloradas, mi primera novela, cuando contaba veintitrés años. Allí tuve la suerte de encontrarme con dos personajes muy interesantes que fueron mis compañeros fraternales: uno fue Miguel Ángel Asturias y el otro Alejo Carpentier.

— Entre usted y Carpentier se pueden establecer paralelismos estéticos.

— Y también con Miguel Ángel Asturias.

Nos vimos diariamente durante cuatro años. Ya entonces Miguel Ángel Asturias había terminado El Señor Presidente y publicado Leyendas de Guatemala, y Alejo Carpentier había escrito una mala novela negra que después rechazaría, llamada ¡Ecué-Yamba-0!. En esa época él se interesaba enormemente por la música.

Cabe decir que los tres representábamos tres situaciones latinoamericanas muy curiosas: Miguel Ángel venía de Guatemala, un país de presencia indígena avasalladora, y tenía una cara de indio maya apasionante. Él reaccionaba como un hombre muy prendado de esa tradición cultural maya que tanto le importaba. Así, puedo afirmar que el barroquismo de la literatura de Asturias no es fruto del barroco europeo, sino del barroco maya. Carpentier era un caso bien distinto: Alejo era cubano, y en Cuba no hay indios. Su América era la América del español y del negro, cultura esta última que él sentía profundamente, aunque su padre había sido francés y su madre rusa. Y yo venía de un país en el que ni la presencia negra ni la presencia indígena eran importantes. Venezuela es en gran parte un país de mestizaje cultural.

Eran tres maneras distintas de ser latinoamericanos, y eso lo observábamos claramente cada vez que nos reuníamos para hablar. Yo le oía contar a Miguel Ángel Asturias cosas insólitas que en mi país jamás hubieran ocurrido, y Alejo narraba historias preciosas sobre las tradiciones cubanas de los cultos negros. Por mi parte, yo les hablaba de un país donde esas dos improntas no estaban tan marcadas y donde la tónica vital era distinta. Todo resultó muy enriquecedor para los tres.

— ¿Cómo fue posible que Alejo Carpentier se integrara en el régimen de Fidel Castro y lo defendiera?

— Yo quiero decirle una cosa, aunque pueda parecer una herejía: Alejo no era político; a él la política no le interesaba nada. Fue un escritor, un hombre sumamente sensible. Él vivió fuera de Cuba muchos años, sus años de formación; más tarde pasó en Cuba los primeros años del primer mandato de Batista y posteriormente regresó a Venezuela, donde viviría quince años. Allí nos reencontramos.

Volví a coincidir con él en París, a mediados de los setenta, cuando yo era embajador de mi país ante la Unesco y él ocupaba el cargo de agregado cultural en la Embajada cubana. Durante estos años nos vimos con frecuencia y jamás hablamos de la revolución cubana. No era político. La política era para él un horizonte lejano. Sólo le interesaban el arte y la literatura.

— Sin embargo, a usted sí le ha interesado la política…

— Yo he participado en política en mi país, pero nunca he sido eso que se llama un «militante». Yo siempre me mantuve al margen de esa visión tajante que se dio en mis años jóvenes entre fascismo y antifascismo, sentía hacia ella una gran desconfianza. Igualmente, me produjo siempre aversión ese concepto de «escritor comprometido», porque traía consigo, pensaba, una renuncia a ese don maravilloso que uno tiene, que es la libertad de pensamiento.

— Entonces se impone que su opinión sobre Miguel Otero Silva no será muy positiva.

— Yo quería mucho a Miguel y fuimos muy amigos, y, por ejemplo, yo fui director de El Nacional de Caracas, periódico en el que él trabajó seis años. Miguel conocía mi manera de pensar. Yo no he sido nunca un hombre de «derechas», he visto siempre con horror los regímenes fascistas, pero, por otra parte, la literatura comprometida que se estaba desarrollando me parecía que era un crimen, que significaba renunciar a la libertad para ponerse al servicio de un jefe que nos dictaba lo que había que escribir.

Novela e historia

— De una u otra manera, muchos y notables novelistas latinoamericanos han cultivado la novela histórica. Pero creo que usted ha sido el único que ha hecho de personajes históricos como Bobes, Lope de Aguirre, Simón Rodríguez, Juan Vicente Gómez, Juan de Austria, personajes literarios que han conformado una trayectoria novelística original y genuina…

— Cada vez que me preguntan si hago novela histórica digo que no, porque bajo ese nombre se engloban muchas mercancías de varias clases. La novela histórica tradi- cional, la que inventaron los románticos franceses del siglo pasado, era básicamente una novela de reconstrucción de época. Y a mí eso no me interesa; a mi me interesa el hombre, la figura humana, ese animal ambicioso y complejo. Entonces yo me encuentro con dos posibilidades: o bien me invento un personaje, con todo lo que ello conlleva de «juego», o tomo un caso real que se ha dado en la historia, un hombre histórico que me impone algo tan tremendo y tan difícil como llegar a entenderlo en su contradicción. He optado siempre por esta segunda posibilidad y ello me ha llevado a escribir un género que ya no es novela histórica, sino «novela en la historia». Por ejemplo, con Don Juan de Austria, personaje central de mi obra Memorias en el tiempo, me sucedió algo muy divertido: si a mí me hubieran dicho hace diez años que hiciera una lista de veinte personajes históricos a quienes dedicar una novela, no habría puesto a Don Juan de Austria. De él tenía la visión que más o menos tenemos todos, esto es, el héroe de Lepanto, una figura superficial y vana, atolondrada. Pero un día cayó en mis manos una mala biografía de él y me di cuenta de su dimensión de personaje trágico y aún más: de que este personaje trágico prefiguraba grandes personajes trágicos: es cada vez que me preguntan si hago novela histórica digo que no, porque bajo ese nombre se engloban muchas mercancías de varias clases. La novela histórica tradicional, la que inventaron los románticos franceses del siglo pasado, era básicamente una novela de reconstrucción de época. Y a mí eso no me interesa; a mí me interesa el la prefiguración del Segismundo de Calderón, ese hombre que no sabe dónde termina lo real y dónde empieza lo irreal, que vive fluctuando entre dos niveles, el nivel del hombre como proyecto y el nivel de la mezquina realidad que lo niega.

El caudillaje latinoamericano

— Usted se ha referido al caudillaje como la forma política original de Latinoamérica…

— Yo creo que el caudillaje rural ha sido la aportación política original que ha hecho América Latina. Este fenómeno fue lo único que surgió espontáneamente tras el fracaso de las instituciones republicanas.

— Pero el caudillaje es fruto de la ruptura con la colonia, de la independencia, de la inexistencia de instituciones previas.

— Claro, no había nada. Éste fue el drama de Bolívar, de Simón Rodríguez, personaje lucidísimo a quien yo he dedicado mi novela La Isla de Robinson… Bolívar decía que se habían decretado unas repúblicas en el aire y que nadie sabía cómo hacerlas funcionar.

— Es decir, que el proceso de independencia de la América española difiere completamente del fenómeno de independencia norteamericano…

— No tiene nada que ver. La independencia de los Estados Unidos fue una ruptura política, pero no institucional. Ellos contaban con todas las instituciones necesarias para que la república funcionase, tenían su régimen representativo y elegían a sus magistrados…, de modo que lo único que hicieron fue cortar la dependencia del rey de Inglaterra, pero siguieron siendo lo que habían sido.

En América Latina no ocurre nada de eso. Nosotros damos un inmenso salto en el vacío, y al romper con la corona española lo hacemos con las únicas instituciones sque había, que, por otra parte, ni eran representativas ni garantizaban la libertad y la igualdad.

— Entonces, forzosamente, surge el caudillaje…

— Surge el caos, y el caos trae consigo el caudillaje rural, que sí fue una creación espontánea. Esos caudillos rurales, el caso de Rosas, de Páez, de Porfirio Díaz, fueron personajes muy interesantes. Y ese factor del caudillaje sí ha dejado huella, de tal modo que cabe considerar a los caudillos y dictaduras militares como simples variaciones genéticas.

Daniel Bell: La sociología no es una ciencia

Todavía sigue recibiendo a los estudiantes graduados en su soleado cuarto de estar y todavía le interrumpen las llamadas telefónicas de gente interesada en hablar de manuscritos. Es un generalista que habla con igual soltura de la filosofía del siglo XVIII o de la Polonia de nuestro siglo, y tiene la bien merecida reputación de ser uno de los verdaderos intelectuales de su era.

¿Qué hizo que se interesara por la sociología? «Crecí en el Lower East Side de Nueva York (una barriada obrera) durante los años de la Depresión (1929-1940)», comenta el profesor. Perdió a su padre cuando aún era un niño; su madre trabajaba en una fábrica de ropa y el joven Bell creció viendo a la gente que vivía en las chabolas de chapa a lo largo del East River escarbar en la basura para encontrar comida.

En 1932, con 13 años, se unió a la Liga de las Juventudes Socialistas -una «extensión natural» de su vida, recuerda, porque su madre pertenecía a un sindicato y muchos de sus amigos eran también miembros. El Partido Socialista «tenía lo que llamaban una Escuela Dominical Socialista y también cursos nocturnos. Y allí estaba yo, estudiando la sociedad…».

Complementó estos primeros estudios, junto con su formación religiosa, en un colegio hebreo, en el City College de Nueva York: de su clase saldrían valores de las ciencias políticas y la sociología como Irving Kristol, Irving Howe y Seymour Martin Lipset. Allí, inmersos en «debates intensos y acalorados» entre comunistas, disidentes de izquierdas, socialistas y anarquistas, los estudiantes se iniciaron en los temas sociales.

Ahora, Bell se considera un «socialista de derechas». Su progresiva tendencia hacia el centro, comenta, tiene una explicación: el temperamento de uno es más importante que su ideología, a la hora de dar forma a las convicciones. «El modo de creer es más importante que aquello en lo que uno cree. Si alguien ha sido un comunista radical, se convierte en un anticomunista radical, siendo el radicalismo la constante».

La eclosión social de los años 60 no supuso ninguna novedad para Bell. «Aquellos muchachos hablaban de reaccionar contra el mundo burgués cuando de hecho estaban reproduciendo lo que ya había ocurrido antes de la I Guerra Mundial en Greenwich Village (la bohemia de Nueva York)».

La lección que aprendió de aquella experiencia, prosigue, es que «no hay nada nuevo bajo el sol, tal y como afirma el predicador en el Eclesiastés. Existe un principio de posibilidades limitadas en las relaciones humanas. Pero las cosas pueden presentarse sólo de un número limitado de formas».

No obstante, esto no quiere decir que la sociología pueda predecir el futuro. «Casi siempre podemos indicar cuando las cosas están escapando a nuestro control», comenta. «Pero lo que vendrá después es mucho más aleatorio».

Por ejemplo, en la Rusia prerrevolucionaria era evidente que «el régimen zarista iba a derrumbarse debido al atraso de la sociedad, al patrimonio y torpeza de la burocracia y al control de las fuerzas industrializadoras. Pero las consecuencias no son previsibles. Uno desconoce cuál será el resultado de las diversas fuerzas en juego».

En Europa del Este ha ocurrido hoy lo mismo que en la Rusia de los zares. Bell dice que en los años 60, cuando escribía sobre los acontecimientos en la región, ya podía prever al colapso. «Nunca se trató de un comunismo en el sentido clásico. Fue una industrialización forzosa», observa. «Lo que había era una serie de regímenes impuestos con cierto grado de control directo, pero carentes de respaldo popular».

¿Por qué no puede la sociología predecir mejor las consecuencias de tales colapsos? La respuesta es que, a pesar de pertenecer a las llamadas ciencias sociales, la sociología no es una ciencia. Aunque en su origen comprendía la «noción de que pueden descubrirse leyes sociales», Bell afirma que «ya nadie lo cree». Tampoco puede ser como «las ciencias naturales, en las que uno aísla unas variables concretas, controla otras variables y termina por establecer el peso causal de estas variables».

El dilema de la sociología

El problema, dice, es que la sociología está atrapada «entre la historia, por un lado, y la economía por el otro». El historiador, que explica la cultura de una manera narrativa y humanista, alude a predicamentos existenciales: ¿Cómo abordar la muerte? ¿Cómo definir la valentía? ¿Qué significa el amor? En las respuestas, por el contrario, el economista «intenta establecer generalizaciones aplicables a través del tiempo y el espacio. Es muy parecida a la mecánica clásica, donde uno toma ciertas propiedades generales (de la materia) y busca ecuaciones que las relacionen».

Pero la economía tiene «un patrón de medida que es el precio de las cosas». Con una tabla de precios «se podría coger un kilo de patatas y un kilo de automóviles y situarlos en un sistema métrico común. El problema es que no hay ningún sistema métrico que pueda aplicarse en la sociología. Si tomamos los problemas más importantes en la sociología —la riqueza, el poder, la posición social—, ¿cómo convertir la riqueza en poder o éste en posición social?

En lo que respecta al futuro, Bell encuentra dos tipos de «problemas cruciales». «El primero consiste en que la mayoría de las estructuras conceptuales de la filosofía occidental podrían ser cada vez menos adecuadas para las sociedades no occidentales».

Entonces, ¿adónde se dirige la sociología y cuáles serán los temas fundamentales a los que ha de enfrentarse en el siglo XXI?

Las metodologías, comenta, «han tomado tres caminos diferentes». El primero está caracterizado por una «investigación muy meticulosa» de temas muy específicos. El segundo trata de reconstruir el comportamiento a través del estudio de la elección racional y produce «una generalización más amplia que uno relacionaría con Marx, Max Weber o Emile Durkheim». El tercero, que emplea la narrativa, comporta un «rasgos interpretativo más próximo a las humanidades».

En lo que respecta al futuro, Bell encuentra dos tipos de «problemas cruciales». «El primero consiste en que la mayoría de las estructuras conceptuales de la filosofía occidental podrían ser cada vez menos adecuadas para las sociedades no occidentales». La filosofía occidental tiene un «marco de evolución» centrado en ideas racionales sobre desarrollo y progreso. Pero algunas sociedades están caracterizadas por la irracionalidad —y la sociología, comenta Bell—, tiene muy pocos recursos para explicar el comportamiento no racional.

El segundo problema es que «las unidades sociales están experimentando divisiones de muchos tipos: religiosas en Irlanda del Norte, lingüísticas en Bélgica, tribales en Nigeria…».

El segundo problema es que «las unidades sociales están experimentando divisiones de muchos tipos: religiosas en Irlanda del Norte, lingüüísticas en Bélgica, tribales en Nigeria…». El elemento común en estos cambios, afirma, es que «la unidad política no se adapta a la situación económica, que el Estado-nación es demasiado pequeño para los grandes problemas de la vida y demasiado grande para los pequeños problemas de la vida».

Bell plantea una incógnita: qué pasará a medida que se hace más obvio que «el capital tiene libertad de movimiento pero los seres humanos no: ¿protegerán los gobiernos al capital o a las personas?».

Hoy en día, comenta, «cada vez más gente forma unidades políticas para protegerse del peligro de los movimientos de capital. El resultado es que estas unidades se están resquebrajando de un modo que no alcanzamos a comprender».

En resumen: «Cuando me preguntan cuáles son los temas espinosos, yo diría que son temas que ya han perdido sus espinas».

La jirafa es un señor bajito

Cuando el Almirante terminó de garrapatear el Diario del primer viaje a las Indias, no creo que rondara en su pensamiento la repercusión que su texto iba a tener en el futuro de la literatura universal. Ciertamente, el discurso de Cristóbal Colón es el de un puntual pero apasionado notario que da fe pública de lo que ante sus ojos tiene: «Mancebos muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras»…, «bestias en tierra no vide de ninguna manera, salvo papagayos y lagartos». La sobriedad descriptiva del marino genovés dista, sin embargo, unas cuantas leguas de la prosa emocionada de los cronistas españoles que le siguieron, puesto que sus péñolas se hallaban azuzadas por las lecturas urgentes de los libros de caballerías. No existe la menor duda que tales lecturas avivaron la imaginación de los cronistas hasta el punto de imprimirles el gusto por lo fantástico y maravilloso, ese elemento fundamental de la realidad americana. En puridad, el Diario de Colón y las Crónicas constituyen el punto de partida del concepto vigente de lo real maravilloso o realismo mágico, que tan buen juego ha dado en la novela latinoamericana contemporánea, a pesar de haber sido acuñado por el crítico alemán Franz Roth, en 1924, en un libro editado por Revista de Occidente.

Esta jirafa, aunque a veces narre historias viejas, parece ser persona comprometida y moderna, tan moderna que padece ulcera de estómago, el trastorno con fama de ser característico de ejecutivos con palos de golf al hombro.

En el contexto de lo imaginario americano, una visión de la realidad formulada bajo el aleteo incomparable de lo mágico, se inserta la increíble historia de una jirafa. Y digo increíble porque la anormalidad del cuento da comienzo con el dato concreto de un mamífero ungulado y rumiante de la especie de los artiodáctilos que aparece correteando por la costa colombiana en lugar de la sabana africana, el paisaje familiar de estos animales, desde los tiempos del Eoceno inferior. Esta insólita ubicación geográfica no sólo causa sorpresa en el lector esporádico pero curioso, sino que llega a soliviantar la petulancia pueblerina de algunos expertos en el ramo, los cuales no pueden —porque no saben— explicar científicamente cómo este bicho de cuello largo y bamboleante ha logrado llegar, crecer y desarrollarse en un medio tan dispar a su definición histórico-biológica cual es la tierra costeña colombiana: mundo de luz pintado de verdes y azules intensos y heridores; polvo, calor y cumbia a mansalva.

La jirafa, periodista

El segundo elemento que viene a distorsionar cualquier planteamiento racional de nuestra jirafa atípica es su historia personal. Algunos opinan, aunque sin gran convicción, que la jirafa en cuestión desciende de algún ancestro que arribó, formando un lote de esclavos yorubas, a la costa colombiana, allá por el siglo XVII. Lógicamente, tan alambicado origen es cuestionado, incluso negado, por los viejos del lugar, tan apegados siempre a su escepticismo raigal. Algunos aventurados mantienen de modo artero que nuestra jirafa puede ser producto de un desliz sexual, sin precisión de los progenitores que a nadie importan, entre polizones del barco oxidado y decadente que recorre el caudaloso, sabio y cuentero río Magdalena. Personalmente me quedo con esta segunda hipótesis, en la que prima lo intuitivo y lo imaginativo.

No obstante, nuevos datos han venido a añadir confusión a tan singular historia. El caso es que nuestra jirafa aparece inscrita en los registros —el parroquial y el municipal— de una localidad costeña, y de la suma de ellos se ha derivado una precisa y abundante literatura de cordel: su abuela, ñá Tranquilina, oriunda de la Guajira, le dictaba cuentos de horror; su abuelo Gabriel era tuerto y liberal garibaldino; su madre, ñá Luisa, trajo al mundo quince hermanos más para que la jirafa no perdiera el sentido del grupo; su padre se llama Gabriel Eligio, de profesión telegrafista, ideológicamente conservador, y toca el violín en los ratos libres; a mayores, las tiras citan la compañía rezadora de tres días: Francisca, Petra y Elvira. Realmente, tan nutrido árbol de familia pone a prueba la paciencia y puede que acabe con el rigor del científico-académico más galardonado.

Pero ahí no queda la vaina, como dicen en Colombia. La jirafa en lugar de dedicarse a ejercitar su lengua protráctil y prensil con las ramas y el follaje costeños, o a lucir su limpia, elegante, majestuosa y algo torpona figura en el parque zoológico de la capital, la jirafa, digo, viene ocupándose desde tiempo atrás de la desazonante y aniquiladora tarea periodística. Nada más lejos, pues, los refranes del hábito hace al monte y de la casta le viene al galgo. A mayor abundamiento, la jirafa ha cursado estudios —desconozco cómo— en las aulas de dos colegios, en el Nacional de Barranquilla y en los padres jesuitas de Zipaquirá, y en las de dos Universidades, concretamente en las facultades de Derecho de Bogotá y Cartagena de Indias. En su labor periodística, en la que ha hecho de todo, dícese de manera documentada que la jirafa ha pasado por las redacciones de El Universal, El Heraldo, El Nacional, El Espectador, Crónica, Comprimido y Prensa Latina. Parece ser que actualmente ejerce de colaborador semanal en algunos diarios de renombre, si bien utiliza el pseudónimo en sus artículos y trabajos.

Que se recuerde, la jirafa nació en 1950 para el mundo de la Prensa, aunque se asegura que la muy coqueta se quita años. Desde esa fecha la jirafa no ha dejado de escudriñar horizontes y desvelar realidades, hecho lógico si se piensa en la largura de su mirar, y en el tamaño y la versatilidad de su cuello. De añadidura, se tiene constancia que la jirafa es una adicta de las buenas compañías y los amigotes. Por lo visto, nos tropezamos con un ser solidario y leal —de las personas y del ideario que en su día asumió como un catecismo—, y como botones de muestra de esa proclividad suya a la leal camaradería quedan el recuerdo del grupo «Piedra y Cielo», en Cartagena, y los grupos «Barranquilla» y «La Cueva», en Barranquilla, una ciudad sin historia mayor pero con enorme empuje para las iniciativas mercantiles. No hay duda, la jirafa se perfila como costeña de pura cepa y, por lo tanto, gran aficionada al trago nocturno y a la música vallenata.

En puridad, el Diario de Colón y las Crónicas constituyen el punto de partida del concepto vigente de lo real maravilloso o realismo mágico, que tan buen juego ha dado en la novela latinoamericana contemporánea.

A pesar de todo lo dicho, las rarezas de la jirafa parece que han ido en aumento con el tiempo. Si la labor periodística, inexplicable en teoría, si bien perfectamente comprobable en las hemerotecas, le sirve para dar rienda suelta a sus emociones y para encontrar el justo pálpito de estilo, es en la obra literaria donde la jirafa dice encontrarse como pez en el agua, y valga el exabrupto de la metáfora. Cuando la jirafa se mete de hoz y coz en la narrativa —sea cuento, sea novela— es cuando saca el mejor jugo a su capacidad de fabulación —tal vez sea herencia de los esclavos negros y los nativos precolombinos— y muestra su natural inclinación por lo sobrenatural -quizá se trate de un deje de algunos parientes lejanos gallegos y andaluces asentados años ha en la Costa-. Pero el colmo de sus rasgos se encuentra en que lo tontorrón de su estampa no impide a la jirafa estar dotada de un fino sentido del humor y de una elevada dosis de sarcasmo, cosa que puede comprobarse en las fábulas que lleva publicadas y uno ha tenido la suerte de leer.

La jirafa. Esta jirafa, se preguntarán, ¿una escritora de narrativa? Pues sí, y de rango universal, para aquellos que no lo sepan. Además, es una empedernida lectora de Kafka, Hemingway, Faulkner, Greene, la Woolf, Conrad y Saint-Exupéry. La jirafa, esta jirafa, busca en sus novelas la representación poética de la realidad y suele desarrollar en ellas una adivinanza permanente del mundo. La jirafa de marras se afana en su rastreo narrativo, como alguien dijo, por la autenticidad individual dentro de una realidad social injusta. Otro calificó a la jirafa de deicida. Y un último apuntó, como característica de su obra, el trato sabio que da a la funcionalidad de la muerte. La verdad es que la jirafa mira distinto y por eso cuenta las cosas con una voz propia y única.

Esta jirafa, aunque a veces narre historias viejas, parece ser persona comprometida y moderna, tan moderna que padece úlcera de estómago, el trastorno con fama de ser característico de ejecutivos con palos de golf al hombro. A pesar de este inoportuno achaque y de haber sufrido la rabiosa mordedura de la serpiente —la política— en el alma, la jirafa se está fajando continuamente en su oficio en solitario: quinientos folios en blanco sobre la mesa, seis diccionarios y enciclopedias al alcance de la mano, la máquina eléctrica para mecer su aliento y recoger la tensión destilada, y un florero con rosas amarillas. La jirafa, rodeada de toda esta dispar parafernalia, no deja de escribir en silencio un gran libro sobre la soledad humana, si bien troceado y con diferentes títulos.

La jirafa objeto de mi historia es un mito más de lo real maravilloso americano. Tan es así que algún paisano suyo me ha adelantado que se está promocionando una suscripción popular en el departamento de Bolívar para levantarla un monumento en la ciénaga de la Sierpe, terreno engañoso y plagado de cuentos fantásticos. También me sopla al oído un lenguaraz que está en el secreto que en el mausoleo se verá acompañada de las estatuas de la Santa Tabla, San Riñón y el negro Jesusito. Por su parte, y para cuando llegue el momento, la Pacha Pérez, una negra maciza y pachanguera, se ha ofrecido para ejercer, sin retribución alguna, los oficios de plañidera por cien años, y el fornido Pánfilo a rezar la solemne oración a Nuestro Señor de todos los poderíos. Cabe presumir que la gente del lugar peregrine a la ciénaga de la Sierpe para alternar la zafra del dolor profundo con el trasiego del aguardiente local, que salió en la última cosecha algo cabezón y encandilador de amores.

Ante tan cumplido zafarrancho y ante tal cúmulo de noticias dispares y dispersas un diplomado norteamericano en ciencias ocultas se me acercó la otra tarde para preguntarme con cierta mala baba si la jirafa goza de un pacto con el diablo. Le respondí escuetamente y como se merecía: «No, su pacto es con la vida y mayormente con la de los más humildes. Además, no se trata de una jirafa sino de un señor bajito. Bajito y con bigote. Sus amigos le llaman Gabo y fue Premio Nobel de Literatura en 1982. Le aconsejo que lea sus libros y deje de decir simplezas», Como cabía esperar, el rubicundo y fornido máster en B.A. se alejó de mí envuelto en un vago sentimiento de decepción, tal vez pensando en lo que opinaría del caso el cuervo de su compatriota Poe.

La división de poderes

Título: «La organización de la justicia en la España liberal. Los orígenes de la carrera judicial, 1834-1870».
Autor: Javier Paredes.
Editorial: Civitas. Madrid 1991, 607 páginas.
Precio: 3.400 pesetas.


Cabía sospechar que los jueces y magistrados del siglo pasado hubieran tenido un papel importante en la consolidación del régimen liberal en España. Y además había síntomas para suponer que los gobiernos liberales del siglo XIX no habían tenido un exquisito respeto con la división de poderes. Pero había que decirlo, había que demostrarlo y sobre todo había que ofrecer las pruebas y precisar con rigor en qué consistieron las interferencias del ejecutivo en el poder judicial. Pues bien, esto es lo que ha hecho Javier Paredes en el libro que nos ocupa.

El estudio se centra en el período comprendido entre los años 1834 y 1870. La primera de las fechas marca el comienzo de la reforma de la Administración de Justicia, que ininterrumpidamente llevarán a cabo los liberales, hasta que consiguen aprobar la Ley del Poder Judicial de 1870, vigente hasta no hace mucho tiempo en España. Este núcleo central de la investigación va precedido de un capítulo introductorio, en el que se comentan las primeras disposiciones liberales sobre la justicia, es decir, las reformas gaditanas, que se vieron interrumpidas en 1814, y repuestas durante el Trienio Liberal. La monografía se ve completada con un amplio apéndice, que recoge las disposiciones fundamentales referidas a la carrera judicial. Un índice temático, que cierra el estudio, facilita la consulta de los 170 decretos que componen dicho apéndice.

El resultado obtenido es una buena revisión del reinado de Isabel II, donde el autor se mueve con facilidad, puesto que demuestra un buen conocimiento de la historiografía del período. Para ello sigue un orden cronológico, para comprobar si, como se decía en el discurso preliminar del proyecto de la Constitución de Cádiz, se consiguió erradicar la tiranía, objetivo al que tendía la división de poderes. Y es ahí donde incide el análisis del historiador, para comprobar en qué medida eso fue una realidad, durante las regencias de María Cristina y Espartero, la Década Moderada, el Bienio Progresista y el período final del reinado de Isabel II. La investigación, como ya se dijo, se detiene al llegar el año 1870.

El autor es uno de los más prestigiosos historiadores de la época contemporánea, y probablemente el mejor especialista del reinado de Isabel II, condiciones que le han permitido escribir un libro enteramente novedoso y original, que abre nuevas y fecundas posibilidades a futuras investigaciones. Ha tenido el acierto de incorporar a los jueces y magistrados a la Historia contemporánea. Las páginas de su libro ofrecen una historia política del siglo XIX muy diferente a lo que se acostumbra, y desde luego más fresca y creíble. Además, la agilidad con que están escritas convierte a lo que de por sí es un tema seco en una lectura atrayente.

Montesquieu

Sin perder rigor científico, desde la primera página el libro tiene trama y desenlace, que con una valentía poco corriente entre los profesores universitarios, se resume al final de la monografía con las siguientes palabras: «Es verdad que aquellos hombres del siglo pasado, los liberales de las épocas románticas, moderados, progresistas y unionistas supeditaron el poder judicial en beneficio del poder ejecutivo. Pero tan cierto como lo anterior es que ninguno proclamó la muerte de Montesquieu. Por entonces, semejante atrevimiento hubiera sido juzgado como un acto de tiranía».

Por otra parte, el autor anuncia la próxima publicación de los expedientes personales de los magistrados del XIX, que completarán la visión que ofrece en esta investigación sobre la organización de la carrera judicial en España. De momento, no es pequeño el avance de dar a conocer los lazos de dependencia y control sobre los jueces, como se exponen en este trabajo. Y el mérito en este caso es doble; en primer lugar, por descubrir algo de lo que hasta ahora bien poco se sabía. Y en segundo lugar, aunque no de importancia secundaria, por lo vivo y candente resulta el tema para nuestra sociedad. Y es que, como se dice en la contraportada del libro, con toda razón, la lectura del mismo es obligada en la actualidad, aunque sólo sea para comprobar que los que no conocen la Historia están condenados a repetirla.

La comunicación en un libro

Título: «Diccionario de Ciencias y Técnicas de la Comunicación».
Autores: Varios, dirigidos por Angel Benito.
Editorial: Ediciones Paulinas, Madrid 1991.
Precio: 8.500 pesetas.


Bajo la dirección de Ángel Benito, catedrático de Teoría General de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, se ha redactado este Diccionario, que pretende resumir en un solo libro las diversas ciencias y las múltiples técnicas que componen el complejo mundo de la comunicación humana. Esta obra se estructura en cuatro grandes bloques o áreas, que son: estructura y teoría de la información, mensaje periodístico, comunicación audiovisual y publicidad y relaciones públicas. Dentro de cada uno de estos grandes bloques se engloban una serie de voces o términos del más frecuente uso en el campo de la comunicación y de la información. Como afirma en la presentación Angel Benito, el tratamiento de las voces «responde a los resultados actuales de la investigación científica de las comunicaciones de masas, las ciencias estrictas de la información y la comunicación, con objeto de aportar a los lectores una puesta al día desde unos saberes específicos y acerca de unos supuestos de estudio que, aun siendo teóricos, están fundados en una ya larga investigación experimental». Faltan voces que, aunque emparentadas con la información, son tratadas por otras disciplinas. En contraposición, voces de otras disciplinas son abordadas aquí desde una perspectiva comunicativa. Este tratamiento no implica que los autores no asuman la interdisciplinariedad, que es una de las características de nuestro tiempo. Por otra parte, pocas ciencias, como las de la comunicación, aparecen tan estrechamente relacionadas con multitud de saberes, como pueden ser la Sociología, el Derecho, la Psicología o incluso la Informática o la propia Física.

Cada artículo está redactado en un lenguaje claro, sencillo y preciso, de modo que puede ser comprendido por lectores y estudiosos, sin una formación especializada. En una obra de este tamaño y de estas pretensiones, siempre se deslizan pequeños errores, al tiempo que se presentan ciertas cuestiones con una óptica en la que caben determinadas discrepancias. Pero ello no enturbia lo más mínimo el interés y, lo que es más importante, la utilidad de esta obra.

Este Diccionario aparece en un momento oportuno. Por todas partes proliferan los estudios sobre la comunicación, que se ha convertido en una de las cuestiones fundamentales de nuestra época. Recientemente, un importante empresario español afirmaba que en la industria se había pasado de la preocupación por la producción a la preocupación por la comunicación. Bien entendido que bajo esta palabra no se entiende sólo el periodismo, en sus diversas y variadas facetas, sino también otras múltiples formas de la comunicación humana, como pueden ser la publicidad, la propaganda, las relaciones públicas o las comunicaciones, interna y externa, dentro y fuera de la empresa.

Información y política

El mundo de la información guarda estrecha relación con la vida política. La democracia tiene una de sus bases en el pluralismo ideológico. Además, los medios están llamados a ser grandes portavoces de las inquietudes, las esperanzas y las frustraciones de los ciudadanos. En definitiva, la información subyace en el fondo de toda actividad humana, que, en algún sentido, es siempre un acto comunicativo. Por eso este Diccionario está llamado a tener una amplia difusión en muchos y muy distintos ambientes: entre estudiantes, profesores de la especialidad, psicólogos, sociólogos, empresarios, economistas, publicitarios, políticos y otros muchos más.

Tampoco los autores han olvidado los aspectos tecnológicos del hecho comunicativo, que han dado lugar a unas tecnologías específicas que se encuentran en estos momentos en una etapa de vertiginoso desarrollo. En resumen, un libro que es una síntesis de muchos conocimientos y experiencias, a la vez que una puerta hacia un futuro que se abre repleto de incertidumbre.

Una rusa en el Madrid de la Restauración

Título: «Una rusa en España».
Autor: Ana de Sagrera.
Editorial: Espasa-Calpe, Madrid 1991, 439 páginas.
Precio: 2.500 pesetas.


El 23 de enero de 1874, veinte días después de la entrada de Pavía en el Congreso de los Diputados, se celebró en el palacio de Alcañices (edificio que hoy alberga al Banco de España) un importante banquete político. Los comensales -treinta hombres y una sola mujer- habían sido esnovas del Castillo pra celebrar la onomástica del Príncipe de Asturias y constituían lo más selecto de la nobleza y de la clase política que apoyaba la restauración de la Monarquía. A los postres, la señora que era la esposa del dueño de la casa levantó su copa de champán y exclamó con voz cantarina: «Señores, os doy las gracias por haber venido hoy a comer conmigo y os aseguro que el año que viene será el Rey quien os invite a su mesa». Todos aplaudieron entusiasmados el brindis de la duquesa de Sesto, aunque nadie, ni los más optimistas, podían creer aquel vaticinio.

¿Quién era aquella señora rubia, de ojos oscuros y rasgos eslavos, que hablaba con ligero acento francés y que tanto se distinguía por su activismo en pro de la causa borbónica?

Sofía Troubetzkoy, marquesa de Alcañices y duquesa to, había nacido en San Petersburgo en 1838. Educada en aquella corte imperial, era viuda del conde Auguste de Morny, cuarto hijo de la reina Hortensia y, por tanto, hermano bastardo de Napoleón III, a quien había ayudado a encumbrarse como emperador de Francia, siendo el artífice del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. Su vida había transcurrido entre palacios en Rusia y en Francia, antes de llegar a España como esposa de Pepe Alcañices, que años después sería popularísimo alcalde de Madrid. Y fue precisamente en Madrid donde esta rusa puso en juego todas sus enormes cualidades al servicio de la causa política de la restauración, convirtiéndose en figura social destacada durante aquellos años convulsos previos y posteriores a la proclamación de Alfonso XII.

Ana de Sagrera ha escrito la primera biografía de la duquesa de Sesto, título que a ella le gustaba emplear. Un trabajo de investigación meritorio, sugerido a la autora hace años por Melchor Fernández Almagro, cuyo Cánovas sigue siendo todavía la mejor biografía publicada hasta la fecha del artífice de la España moderna. La escritora ya era conocida por sus libros sobre La reina Mercedes, Amadeo y María Victoria, La duquesa de Madrid y Miguel Primo de Rivera.

El libro, lleno de anécdotas y fácil de leer, nos sumerge en la alta sociedad parisina del segundo imperio y en la madrileña del último tercio del siglo pasado. En suma, una obra interesante, como todas las vidas de personajes secundarios, para conocer mejor un período vital de la historia de España. Lástima que en nuestro país se prodigue tan poco este género.

Un drama romántico

Título: «En Mayerling, una noche…».
Autor: Néstor Luján.
Editorial: Plaza-Janés. Barcelona 1991, 303 páginas.
Precio: 2.400 pesetas.


En la noche del 29 al 30 de enero de 1889, ocurrió en un lugar de los bosques cercanos a Viena, llamado Mayerling, un hecho decisivo para la historia del siglo XX: la muerte violenta del príncipe heredero del Imperio austro-húngaro. Este suceso, nunca aclarado y que guarda una remota semejanza con lo ocurrido con Don Carlos, el hijo malogrado de Felipe II de España, es el antecedente remoto de la primera guerra mundial y de cien años de agitada historia europea.

Néstor Luján, periodista y narrador imaginativo, reconstruye en esta novela la misteriosa y sorprendente historia de lo que unos consideran crimen y otros suicidio, pero sobre lo que nadie puede aún emitir otra cosa que no sean hipótesis. Contando con esto, el autor se lanza a un juego tan audaz como válido en el terreno de la ficción: ya que se trata de investigar, de aclarar un misterio decimonónico, lo mejor es recurrir a los dos grandes detectives de la época: Hércules Poirot y Sherlock Holmes, dejando, eso sí, al doctor Watson fuera de la escena. Reclamado por el rey Leopoldo de Bélgica, suegro del príncipe fallecido, y por la emperatriz Isabel, anglófila notoria, ambos personajes llegan en el Orient Express a Viena, y allí de inmediato comienzan su tarea, entrevistando a todos aquellos personajes, reales o ficticios, que, como incluso el Dr. Sigmund Freud, pudieran saber algo sobre el infortunado príncipe Rodolfo y sobre la joven baronesa Mary Vetsera, de diecisiete años, de la que se dice que era su amante y que murió con él.

Enigmas

Las conclusiones son sorprendentes y dispares a las que el policía belga y el detective inglés llegan, y el modo en que las elaboran son el centro de una trama de intriga bien elaborada y atrayente a la que seguramente nada tendrán que objetar ni Agatha Christie ni A. Conan Doyle. Sin embargo, Néstor Luján no se limita a centrarse en los inquietantes enigmas de la famosa y trágica noche de Mayerling, por más que en sí mismos constituyan un valioso material novelístico. A la par que se refiere a ellos, traza un cuadro muy expresivo de cómo debió ser la capital austriaca a finales del siglo XIX, una Viena agonizante aunque risueña, escenario ideal para una corte amodorrada, un mundo «marchito y mecánico» donde la emperatriz Isabel (Sissi) y su hijo parecían ya muertos mucho antes de perecer, ambos de modo violento.

Estilo barroco

Con un estilo barroco, muy adjetivado para precisar al máximo los matices plásticos, se describe no sólo lo que se califica de «crueldad poética» de los últimos Habsburgo, sino el profundo vitalismo de una sociedad decadente que quiere gozar al máximo de los últimos momentos de placer que le serán concedidos en mucho tiempo. Exquisitos manjares, perfumados vinos, delicados olores, frases galantes y amores sutiles desfilan por estas páginas en las que la sombra tenebrosa de la muerte alterna con una alegre voluptuosidad sensual, tan efímera como luminosa.

Novelista antes que historiador, Néstor Luján sabe que, sin embargo, la realidad puede superar, por insólita, a la fantasía más fogosa, y, así, se apoya en ella de modo fundamental, aun sin seguirla fielmente.

Tras recorrer con Poirot y Holmes el itinerario personal y sentimental del conflictivo príncipe Rodolfo, incluyendo amigos, familiares y amantes, el lector se acerca al final intrigado y curioso, sabiendo que no es posible encontrar en él nada decisivo ni esclarecedor. A falta de una solución definitiva, se encuentra con varias hipótesis a elegir de todas ellas razonablemente aceptables como posibles explicaciones. Basta que los historiadores con el paso del tiempo no puedan hallar documentación suficiente para tesis más sólidas, esta novela, bien escrita, amena y ágil, constituye una brillante aproximación al tema, ingeniosamente construida y de amena lectura.

El alarmante agujero del ozono en la Antártida

A luz ultravioleta procedente del Sol, especialmente la banda espectral de longitudes de onda comprendida entre 200 y 300 nanómetros es bien conocida por los dermatólogos. Esta radiación posee la energía suficiente para producir en la piel del hombre graves quemaduras y aumentar la frecuencia del cáncer cutáneo. Igualmente numerosos microorganismos son sensibles a esta radiación y pueden incluso experimentar mutaciones o ser destruidos. Al atacar las poblaciones bacterianas puede modificar el ecosistema y destruir cosechas; al incidir sobre la superficie del mar destruye el plancton y con ello se altera toda la cadena alimentaria de los peces. Si esta radiación llegase libremente a la Tierra, la vida animal y vegetal sería imposible sin una protección especial.

El ozono estratosférico

Afortunadamente, esta protección existe a escala del planeta. Rodeando la Tierra ya una altura de 20 a 25 kilómetros, es decir, en la estratosfera, existe una capa de gas ozono (llamada por ello «ozonosfera») que intercepta las radiaciones ultravioletas del Sol, de longitud de onda inferior a 300 nanómetros, y actúa, por tanto, como un escudo protector de los seres vivos. A su través sólo pasan las radiaciones de longitud de onda superior a este valor, y entre ellas una fracción del ultravioleta, que es incluso beneficiosa para el hombre, pues es la responsable de la síntesis de la vitamina D, necesaria para la fijación de calcio en los huesos. Esta capa de ozono está muy diluida. Si la comprimiéramos verticalmente hasta la presión atmosférica, todo el ozono que contiene ocuparía a nivel del suelo una capa de unos 3 mm. de espesor.

Es comprensible, por tanto, el interés de la humanidad en preservar la capa de ozono y estudiar sus propiedades, y es comprensible también la alarma surgida en los últimos años ante el decrecimiento del espesor de la capa de ozono sobre la Antártida.

La primera interpretación teórica sobre las causas de la presencia de ozono en la estratosfera fue expuesta por el científico inglés Sydney Chapman en 1929. Es una teoría fotoquímica, según la cual el ozono se crea y se destruye constantemente por la acción de la radiación ultravioleta solar.

De este modo la concentración de ozono se ha mantenido prácticamente constante en la estratosfera durante millones de años absorbiendo la radiación ultravioleta nociva y evitando que llegue a la superficie de la Tierra. No obstante, el equilibrio es muy sensible y puede modificarse de un modo importante por la presencia de cuerpos extraños emitidos en las actividades humanas, como son los óxidos de nitrógeno y los compuestos clorofuocarbonados (CF).

Los compuestos nitrogenados

Ya durante los años 60-70 surgió el temor de que los óxidos de nitrógeno que se emiten en los motores de los aviones de reacción que vuelan a gran altura podrían deteriorar la capa de ozono. El monóxido de nitrógeno (NO) reacciona con el ozono formando dióxido de nitrógeno (NO₂).

El NO₂ reacciona a su vez con el oxígeno atómico (presente en la estratosfera por la acción de la radiación UV sobre el ozono), originándose O₂ y NO.

El NO comienza de nuevo el ciclo atacando a otra molécula de ozono. El proceso es, pues, catalítico, y cada molécula de NO puede causar la destrucción de numerosas moléculas de ozono.

Fue el profesor H. S. Johnston, de la Universidad de California (Berkeley), el primero que llamó la atención sobre este proceso y afirmó que podría dañar fuertemente la capa de ozono en la atmósfera. A él se unieron numerosos científicos y voces de opinión en contra de los vuelos estratosféricos de los aviones supersónicos.

El tiempo medio de permanencia de los gases CFC en la atmósfera es del orden de un siglo. El 75 por 100 de estos elementos, vertidos entre 1960 y 1980, están todavía de camino hacia la atmósfera. Por ello, aunque el hombre dejara hoy de emitir CFC a la atmósfera, nada podrá impedir el deterioro de la capa de ozono en varios decenios de años.

En esa época varios países rivalizaban en la construcción de aviones civiles supersónicos. Francia e Inglaterra construían en colaboración el Concorde, Estados Unidos ensayaba el Boeing-707 y la URSS experimentaba el Tupolev144. En Estados Unidos una comisión oficial estudió el impacto de los óxidos de nitrógeno emitidos por estos aviones en la capa de ozono estratosférica y su informe fue tan inquietante que el Congreso (1971) votó en contra de la construcción del Boeing-707. Los cálculos demostraban que en sólo dos años, una flota de 500 aviones de este tipo podían destruir un 10 por 100 de la capa de ozono. Por otra parte, el tráfigo accidente de un Tupolev-144 en 1978 retiró del tráfico aéreo a este modelo. Sólo quedó el Concorde, reducido a pocas unidades, con vuelos que no sobrepasan los 15 kilómetros de altura.

Un nuevo peligro: los gases CFC

En 1928 los químicos de la General Motors estaban de enhorabuena. En sus laboratorios habían sintetizado un gas cloro-fluo-carbonado (CFC) de características ideales para muchas aplicaciones industriales. Comercializado con el nombre de «freon>», estaba destinado a sustituir con muchas ventajas al amoníaco y al gas sulfuroso en refrigeradores y acondicionadores de aire. Posteriormente su uso se hizo también masivo en la producción de espumas de plástico y como gas propulsor en los frascos pulverizadores («sprays») utilizados en insecticidas, pinturas, perfumes, medicamentos, etc.

Estos gases son totalmente inertes. Liberados en la atmósfera no reaccionan con ninguna sustancia, carecen de toxicidad y no se disuelven en agua. Sin embargo, por su menor densidad ascienden libremente en el aire hasta alcanzar la estratosfera, donde establecen contacto con la capa de ozono. Allí, por la acción de los rayos ultravioletas del Sol, los CFC se descomponen dejando en libertad un átomo de cloro que inmediatamente se oxida formando un radical clorado (CIO) capaz de romper la molécula de ozono, el ciclo se repite, destruyendo cada vez una molécula de ozono. Como un martillo incansable, cada uno de estos radicales puede suprimir él sólo a 100.000 moléculas de ozono que desaparecen de la estratosfera en una auténtica masacre química.

Este proceso de deterioro de la capa de ozono no se puso de manifiesto hasta que dos científicos de la Universidad de California, Mario Molina y Sherwood Rowtand, publicaron en 1974 los resultados de sus investigaciones en al prestigiosa revista «Nature». En su artículo advertían que «si la producción y consumo de gases CFC siguen el ritmo actual, dentro de cien años se habrá destruido entre el 7 y el 13 por 100 del ozono atmosférico y la radiación ultravioleta incidirá con mayor intensidad sobre la Tierra, ocasionando graves daños sobre los seres vivos».

La revolución industrial implantó en el mundo un concepto nuevo de sociedad y el incremento tecnológico ha llevado a utilizar la atmósfera como un vertedero de la civilización. La destrucción de la cape de ozono, las lluvias acidan y el efecto invernadero están poniendo en peligro el futuro de la humanidad.

Estos resultados, junto con las mediciones realizadas mediante los satélites meteorológicos «Nimbus 4» y «Nimbus 7» y las obtenidas con globos-sonda estratosféricos, que confirmaban en todos los casos la pérdida progresiva del ozono, sensibilizaron de tal modo a los medios de difusión y a la opinión pública que en 1978 la Administración norteamericana decidió prohibir el uso de los freones en los «sprays», con lo cual su porcentaje de producción bajó en un 40 por 100. Sin embargo, en 1984 EE.UU. volvió al mismo nivel de producción que seis años antes, pues el uso de los CFC en refrigeradores y otras aplicaciones siguió incrementándose.

El agujero de ozono en la Antártida

Fue en 1985 cuando la noticia sobre el deterioro de la capa de ozono volvió a resurgir con fuerza. Tres investigadores del «British Antartic Survey», un equipo inglés de vigilancia en la Antártida, formado por J. Farman, B. Gardiner y J. Shanklin, denunciaban, en un artículo publicado de nuevo en la revista «Nature», la existencia de un importante adelgazamiento de la capa de ozono sobre el polo Sur. Entre 1977 y 1984 la proporción de ozono durante cada primavera austral disminuía en más de un 40 por 100. Los datos procedían de la base de Halley Bay en la Antártida, y poco después los investigadores de otras bases, como las de Amundsen-Scott y McMurdo, confirmaban esta información. La región de merma del ozono abarcaba una superficie que superaba los límites del continente antártico (unas treinta veces la superficie de España). La información por ordenador transmitida por el satélite Nimbres registraba en colores las zonas de distinta concentración de ozono. El mínimo de ozono se representaba en negro, y por ello este suceso se bautizó con el nombre de «agujero de ozono».

Los estudios realizados últimamente sobre el agujero de ozono parecen demostrar que su formación está relacionada con las características de la atmósfera antártica invernal que dan lugar a nubes estratificadas de hielo sobre un torbellino gigantesco centrado sobre el polo («vortex polar») y circundando el continente. Este torbellino perdura cuatro o cinco meses al año y encierra en su interior una enorme masa de aire frío que obstruye el paso a las corrientes de aire más ricas en ozono que proceden de las zonas tropicales imposibilitando que se neutralice el proceso destructor de este gas. Este proceso viene favorecido por las bajas temperaturas que existen sobre el vértice (inferiores a 85°C), las cuales activan la reacción de los gases CFC con el ozono. Esta reacción se inicia cada año en la primavera austral por la radiación ultravioleta de los primeros rayos solares después del largo invierno polar.

Esta teoría fue confirmada en 1986 cuando un avión Lockheed ER-2 (nueva versión del avión espía U-2) atravesó el torbellino polar y analizó espectrométricamente la concentración de ozono y la del radical monóxido de cloro que resulta en las reacciones de predadoras de los gases CFC. La anticorrelación entre ambas sustancias, creciente con la latitud, demuestra claramente que la máxima concentración de ClO se corresponde con el mínimo de concentración del ozono.

La formación y desaparición del agujero de ozono es cíclica, pero cada año la superficie del agujero es mayor. Aparece en agosto al finalizar el invierno antártico y el máximo deterioro se registra en el mes de noviembre. Al crecer las temperaturas, el torbellino se hace inestable y desaparece; el aire del polo se mezcla con el procedente de las regiones tropicales y el agujero se achica.

A primera vista puede extrañar que el agujero de ozono aparezca sobre el polo Sur y no sobre el polo Norte. Las causas de esta asimetría son fundamentalmente geográficas. La Antártida está formada por tierra firme rodeada de océanos y la simetría favorece la estabilidad del torbellino polar. En cambio, el Ártico es un océano rodeado por tierras irregulares y asimétricas. El torbellino es aquí poco estable, su temperatura es de unos 10°C superior al de la Antártida y se desplaza rápidamente por el océano, lo que facilita la mezcla del aire ártico, pobre en ozono, con masas de aire tropicales. Más que un agujero, en el Ártico se producen varios «miniagujeros» y las pérdidas totales de ozono registradas hasta ahora son del 1,5 a 2 por 100.

La actividad delictiva de los gases CFC se multiplica en el polo Sur durante la primavera austral. Su trabajo más endiablado es el agujero de ozono, que ha puesto en peligro el futuro de la humanidad. Sin el escudo protector del ozono, los letales rayos ultravioleta solares no permitirían la vida sobre la Tierra.

En latitudes intermedias también disminuye el ozono. En los últimos diez años, la disminución de ozono acumulada es del orden del 6 por 100. Las avanzadas de las capas atmosféricas pobres en ozono procedentes de la Antártida alcanzan ya a Nueva Zelanda y la parte Sur de Australia. En estos países la radiación ultravioleta solar es tan intensa en la primavera austral que junto a las noticias meteorológicas y medioambientales se ofrece diariamente en la prensa el llamado «Burntime», es decir, el tiempo máximo que una persona puede permanecer al Sol sin riesgo de sufrir quemaduras.

Acuerdos internacionales

Si la capa de ozono sigue deteriorándose, la penetración de la radiación ultravioleta provocaría entre los habitantes de la Tierra una mayor frecuencia en los cánceres de piel y graves dolencias oculares. Nuestras defensas inmunitarias se reducirían y estaríamos expuestos a imprevisibles mutaciones genéticas. Se prevé también una inhibición de la fotosíntesis y, por tanto, una disminución importante de la producción vegetal. Esta infiltración excesiva de la radiación ultravioleta arrastraría igualmente a una inflexión de las temperaturas de la estratosfera, lo cual por inversión térmica daría lugar al recalentamiento de la capa inferior, la troposfera, reforzando así el efecto de invernadero sobre la Tierra.

Los graves problemas que se plantean ante un futuro más o menos próximo por causa del deterioro de la capa de ozono sólo pueden resolverse o al menos paliarse mediante acuerdos internacionales. Ante las presiones de los científicos y de la opinión pública, el 16 de septiembre de 1987 se consiguió un acuerdo que se denomina «Protocolo de Montreal relativo a las sustancias que destruyen la capa de ozono» para reducir en un 50 por 100 los vertidos de CFC en la atmósfera desde esa fecha hasta 1999. Hasta el momento, cincuenta y seis países han firmado y aceptado las condiciones del Protocolo. Posteriormente otras cumbres mundiales se convocaron para que la reducción de los CFC alcance el 85 por 100 en 1995 y la supresión total para finales de siglo. Sin embargo, más de un centenar de países se resisten a firmar el Protocolo, entre ellos China y la India. Estas naciones sostienen que no firmarán el Protocolo si no se incluye en sus cláusulas la transferencia de tecnología adecuada para sustituir la fabricación de CFC por otras sustancias no dañinas.

Últimamente se ha dado un gran paso hacia la protección permanente de la Antártida. Una cumbre de 26 países, celebrada en Madrid, aprobó por consenso el pasado 30 de abril un documento según el cual la Antártida será «reserva natural dedicada a la paz y a la ciencia». El acuerdo más importante es la prohibición de explotar los recursos mineros del continente antártico durante los próximos cincuenta años. Si el texto recibe, como es de prever, el visto bueno de los respectivos gobiernos, volverá a Madrid para ser firmado y adoptado oficialmente. En él se aportan disposiciones sobre los estudios de impacto ambiental para todas las actividades humanas —incluida la científica— que tengan lugar en la Antártida.