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Ver productos1 Jun 1991 - 8min.
Cuando el Almirante terminó de garrapatear el Diario del primer viaje a las Indias, no creo que rondara en su pensamiento la repercusión que su texto iba a tener en el futuro de la literatura universal. Ciertamente, el discurso de Cristóbal Colón es el de un puntual pero apasionado notario que da fe pública de lo que ante sus ojos tiene: «Mancebos muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras»…, «bestias en tierra no vide de ninguna manera, salvo papagayos y lagartos». La sobriedad descriptiva del marino genovés dista, sin embargo, unas cuantas leguas de la prosa emocionada de los cronistas españoles que le siguieron, puesto que sus péñolas se hallaban azuzadas por las lecturas urgentes de los libros de caballerías. No existe la menor duda que tales lecturas avivaron la imaginación de los cronistas hasta el punto de imprimirles el gusto por lo fantástico y maravilloso, ese elemento fundamental de la realidad americana. En puridad, el Diario de Colón y las Crónicas constituyen el punto de partida del concepto vigente de lo real maravilloso o realismo mágico, que tan buen juego ha dado en la novela latinoamericana contemporánea, a pesar de haber sido acuñado por el crítico alemán Franz Roth, en 1924, en un libro editado por Revista de Occidente.
Esta jirafa, aunque a veces narre historias viejas, parece ser persona comprometida y moderna, tan moderna que padece ulcera de estómago, el trastorno con fama de ser característico de ejecutivos con palos de golf al hombro.
En el contexto de lo imaginario americano, una visión de la realidad formulada bajo el aleteo incomparable de lo mágico, se inserta la increíble historia de una jirafa. Y digo increíble porque la anormalidad del cuento da comienzo con el dato concreto de un mamífero ungulado y rumiante de la especie de los artiodáctilos que aparece correteando por la costa colombiana en lugar de la sabana africana, el paisaje familiar de estos animales, desde los tiempos del Eoceno inferior. Esta insólita ubicación geográfica no sólo causa sorpresa en el lector esporádico pero curioso, sino que llega a soliviantar la petulancia pueblerina de algunos expertos en el ramo, los cuales no pueden —porque no saben— explicar científicamente cómo este bicho de cuello largo y bamboleante ha logrado llegar, crecer y desarrollarse en un medio tan dispar a su definición histórico-biológica cual es la tierra costeña colombiana: mundo de luz pintado de verdes y azules intensos y heridores; polvo, calor y cumbia a mansalva.
El segundo elemento que viene a distorsionar cualquier planteamiento racional de nuestra jirafa atípica es su historia personal. Algunos opinan, aunque sin gran convicción, que la jirafa en cuestión desciende de algún ancestro que arribó, formando un lote de esclavos yorubas, a la costa colombiana, allá por el siglo XVII. Lógicamente, tan alambicado origen es cuestionado, incluso negado, por los viejos del lugar, tan apegados siempre a su escepticismo raigal. Algunos aventurados mantienen de modo artero que nuestra jirafa puede ser producto de un desliz sexual, sin precisión de los progenitores que a nadie importan, entre polizones del barco oxidado y decadente que recorre el caudaloso, sabio y cuentero río Magdalena. Personalmente me quedo con esta segunda hipótesis, en la que prima lo intuitivo y lo imaginativo.
No obstante, nuevos datos han venido a añadir confusión a tan singular historia. El caso es que nuestra jirafa aparece inscrita en los registros —el parroquial y el municipal— de una localidad costeña, y de la suma de ellos se ha derivado una precisa y abundante literatura de cordel: su abuela, ñá Tranquilina, oriunda de la Guajira, le dictaba cuentos de horror; su abuelo Gabriel era tuerto y liberal garibaldino; su madre, ñá Luisa, trajo al mundo quince hermanos más para que la jirafa no perdiera el sentido del grupo; su padre se llama Gabriel Eligio, de profesión telegrafista, ideológicamente conservador, y toca el violín en los ratos libres; a mayores, las tiras citan la compañía rezadora de tres días: Francisca, Petra y Elvira. Realmente, tan nutrido árbol de familia pone a prueba la paciencia y puede que acabe con el rigor del científico-académico más galardonado.
Pero ahí no queda la vaina, como dicen en Colombia. La jirafa en lugar de dedicarse a ejercitar su lengua protráctil y prensil con las ramas y el follaje costeños, o a lucir su limpia, elegante, majestuosa y algo torpona figura en el parque zoológico de la capital, la jirafa, digo, viene ocupándose desde tiempo atrás de la desazonante y aniquiladora tarea periodística. Nada más lejos, pues, los refranes del hábito hace al monte y de la casta le viene al galgo. A mayor abundamiento, la jirafa ha cursado estudios —desconozco cómo— en las aulas de dos colegios, en el Nacional de Barranquilla y en los padres jesuitas de Zipaquirá, y en las de dos Universidades, concretamente en las facultades de Derecho de Bogotá y Cartagena de Indias. En su labor periodística, en la que ha hecho de todo, dícese de manera documentada que la jirafa ha pasado por las redacciones de El Universal, El Heraldo, El Nacional, El Espectador, Crónica, Comprimido y Prensa Latina. Parece ser que actualmente ejerce de colaborador semanal en algunos diarios de renombre, si bien utiliza el pseudónimo en sus artículos y trabajos.
Que se recuerde, la jirafa nació en 1950 para el mundo de la Prensa, aunque se asegura que la muy coqueta se quita años. Desde esa fecha la jirafa no ha dejado de escudriñar horizontes y desvelar realidades, hecho lógico si se piensa en la largura de su mirar, y en el tamaño y la versatilidad de su cuello. De añadidura, se tiene constancia que la jirafa es una adicta de las buenas compañías y los amigotes. Por lo visto, nos tropezamos con un ser solidario y leal —de las personas y del ideario que en su día asumió como un catecismo—, y como botones de muestra de esa proclividad suya a la leal camaradería quedan el recuerdo del grupo «Piedra y Cielo», en Cartagena, y los grupos «Barranquilla» y «La Cueva», en Barranquilla, una ciudad sin historia mayor pero con enorme empuje para las iniciativas mercantiles. No hay duda, la jirafa se perfila como costeña de pura cepa y, por lo tanto, gran aficionada al trago nocturno y a la música vallenata.
En puridad, el Diario de Colón y las Crónicas constituyen el punto de partida del concepto vigente de lo real maravilloso o realismo mágico, que tan buen juego ha dado en la novela latinoamericana contemporánea.
A pesar de todo lo dicho, las rarezas de la jirafa parece que han ido en aumento con el tiempo. Si la labor periodística, inexplicable en teoría, si bien perfectamente comprobable en las hemerotecas, le sirve para dar rienda suelta a sus emociones y para encontrar el justo pálpito de estilo, es en la obra literaria donde la jirafa dice encontrarse como pez en el agua, y valga el exabrupto de la metáfora. Cuando la jirafa se mete de hoz y coz en la narrativa —sea cuento, sea novela— es cuando saca el mejor jugo a su capacidad de fabulación —tal vez sea herencia de los esclavos negros y los nativos precolombinos— y muestra su natural inclinación por lo sobrenatural -quizá se trate de un deje de algunos parientes lejanos gallegos y andaluces asentados años ha en la Costa-. Pero el colmo de sus rasgos se encuentra en que lo tontorrón de su estampa no impide a la jirafa estar dotada de un fino sentido del humor y de una elevada dosis de sarcasmo, cosa que puede comprobarse en las fábulas que lleva publicadas y uno ha tenido la suerte de leer.
La jirafa. Esta jirafa, se preguntarán, ¿una escritora de narrativa? Pues sí, y de rango universal, para aquellos que no lo sepan. Además, es una empedernida lectora de Kafka, Hemingway, Faulkner, Greene, la Woolf, Conrad y Saint-Exupéry. La jirafa, esta jirafa, busca en sus novelas la representación poética de la realidad y suele desarrollar en ellas una adivinanza permanente del mundo. La jirafa de marras se afana en su rastreo narrativo, como alguien dijo, por la autenticidad individual dentro de una realidad social injusta. Otro calificó a la jirafa de deicida. Y un último apuntó, como característica de su obra, el trato sabio que da a la funcionalidad de la muerte. La verdad es que la jirafa mira distinto y por eso cuenta las cosas con una voz propia y única.
Esta jirafa, aunque a veces narre historias viejas, parece ser persona comprometida y moderna, tan moderna que padece úlcera de estómago, el trastorno con fama de ser característico de ejecutivos con palos de golf al hombro. A pesar de este inoportuno achaque y de haber sufrido la rabiosa mordedura de la serpiente —la política— en el alma, la jirafa se está fajando continuamente en su oficio en solitario: quinientos folios en blanco sobre la mesa, seis diccionarios y enciclopedias al alcance de la mano, la máquina eléctrica para mecer su aliento y recoger la tensión destilada, y un florero con rosas amarillas. La jirafa, rodeada de toda esta dispar parafernalia, no deja de escribir en silencio un gran libro sobre la soledad humana, si bien troceado y con diferentes títulos.
La jirafa objeto de mi historia es un mito más de lo real maravilloso americano. Tan es así que algún paisano suyo me ha adelantado que se está promocionando una suscripción popular en el departamento de Bolívar para levantarla un monumento en la ciénaga de la Sierpe, terreno engañoso y plagado de cuentos fantásticos. También me sopla al oído un lenguaraz que está en el secreto que en el mausoleo se verá acompañada de las estatuas de la Santa Tabla, San Riñón y el negro Jesusito. Por su parte, y para cuando llegue el momento, la Pacha Pérez, una negra maciza y pachanguera, se ha ofrecido para ejercer, sin retribución alguna, los oficios de plañidera por cien años, y el fornido Pánfilo a rezar la solemne oración a Nuestro Señor de todos los poderíos. Cabe presumir que la gente del lugar peregrine a la ciénaga de la Sierpe para alternar la zafra del dolor profundo con el trasiego del aguardiente local, que salió en la última cosecha algo cabezón y encandilador de amores.
Ante tan cumplido zafarrancho y ante tal cúmulo de noticias dispares y dispersas un diplomado norteamericano en ciencias ocultas se me acercó la otra tarde para preguntarme con cierta mala baba si la jirafa goza de un pacto con el diablo. Le respondí escuetamente y como se merecía: «No, su pacto es con la vida y mayormente con la de los más humildes. Además, no se trata de una jirafa sino de un señor bajito. Bajito y con bigote. Sus amigos le llaman Gabo y fue Premio Nobel de Literatura en 1982. Le aconsejo que lea sus libros y deje de decir simplezas», Como cabía esperar, el rubicundo y fornido máster en B.A. se alejó de mí envuelto en un vago sentimiento de decepción, tal vez pensando en lo que opinaría del caso el cuervo de su compatriota Poe.