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Ver productosArturo Uslar Pietri (Caracas, 1906) obtuvo en 1990 el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Ensayista, novelista, economista, hombre político que ha conocido el poder, la oposición y el destierro, es una de las cabezas más claras y calmas a la hora de realizar un análisis serio sobre la realidad histórica del continente hermano. Su visita a España se debió a un triple motivo: formar parte del jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 1991, inaugurar el Foro Latinoamericano de la Universidad de Salamanca y pronunciar una conferencia en el Colegio Mayor Zurbarán, dentro del ciclo que esta institución cultural está dedicando al descubrimiento del Nuevo Mundo. Conversador infatigable, candidato permanente al Premio Cervantes, sus visiones resultan tan atractivas e interesantes como su amplia obra, alguno de cuyos títulos -La otra América, Confesiones de la Rábida, Las lanzas coloradas, Oficio de difuntos, La Isla de Robinson, La visita en el tiempo y tantos otros- forman ya parte de los mejores logros de nuestra cultura.
1 Jun 1991 - 12min.
QUÉ importancia tiene, a su juicio, que se haya concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras al pueblo de Puerto Rico por su afán de conservar el idioma español como su lengua oficial?
— Puerto Rico es una pequeña isla, una nación con su carácter, su cultura, su tradición, que ha estado sometida, desde hace casi un siglo, a la estructura de poder de los Estados Unidos, la potencia cultural y económica más importante del mundo. Hasta ahora, esta islita tenía como lenguas oficiales el inglés y el español, pero recientemente una ley ha proclamado al español como lengua oficial.
Esto es muy revelador. La situación de la cultura hispánica en los Estados Unidos es muy curiosa. Este país de emigración absorbió en el siglo XIX a cerca de 40 millones de personas, y la experiencia les ha demostrado que ya las segundas generaciones se integran plenamente. Pero los hispanos, que ya son 30 millones, no han podido ser integrados después de que cinco generaciones se hayan sucedido. Ellos se mantienen cohesionadamente en comunidades propias, mantienen su lengua, su cultura, todas sus inclinaciones… Este fenómeno no se había producido en Estados Unidos, y es muy importante porque los hispanos constituyen el segmento de población que posee la tasa de natalidad más elevada, calculándose que dentro de veinte años podrán llegar a ser cincuenta millones de personas. Entonces podrán elegir presidente, su influencia va a ser inmensa… Además del caso de Puerto Rico, que ha consagrado al español como única lengua oficial, algunos Estados norteamericanos como Florida o California van a ser bilingües, van a reconocer al español como su otra lengua. Y esto no ha llegado a pasar con ninguna otra emigración. Hay, pues, que tener en cuenta ambos aspectos: en primer lugar, la tenacidad que han manifestado en la defensa de su cultura tradicional; en segundo lugar, el hecho de que van a seguir aumentando su peso en la cultura americana sin perder su condición de pertenencia a una cultura distinta a la cultura anglosajona predominante.
— Puede decirse, por lo tanto, que en los Estados Unidos se ha producido un mestizaje cultural.
— Sí se ha dado, pero no en el mismo grado que en América Latina. No hay duda de que en zonas de gran presencia latinoamericana, como Nueva York o los Estados del Sur, algo de eso se ha producido. De cualquier modo, en general, éste es un suceso muy curioso, pero que no se toma demasiado en cuenta. Cuando alguien se refiere a la población hispanoparlante sólo suele mencionar a la población de los países de cultura hispánica en América del Sur, estos 300 o 400 millones, pero, realmente, no considera esos 30 millones que, dentro de muy poco, serán ya 50.
— Usted ha inaugurado el Foro Latinoamericano de la Universidad de Salamanca con una conferencia sobre el tema, cada vez más cercano, del Quinto Centenario. Igualmente, disertó en el Colegio Mayor Zurbarán sobre el significado del descubrimiento del Nuevo Mundo. Creo que usted ha sido el primero en difundir una visión muy amplia y original del mestizaje de las culturas española y americana. Teórico del mestizaje, jamás del criollismo.
— El criollismo no me interesa nada. Yo reconozco un hecho que es el mestizaje cultural, no de sangre. Nosotros somos lo que somos por la cultura y no por la raza.
En América Latina se produjo históricamente un proceso de mestizaje dentro de un espacio de colonización español, siendo precisamente España un país de inmenso mestizaje. España tuvo siete siglos de convivencia de tres culturas que no permanecieron aisladas, que se mezclaron. La inseminación mutua de estas tres culturas fue continua y decisiva. Y cuando los españoles llegan a América se abre otro proceso con otros actores, y este conquistador que traía su propia tradición de mestizaje se va a encontrar con el indígena y con el negro y va a comenzar un nuevo mundo.
— Pero en aquella América anterior, las grandes culturas maya, azteca, los negros y los indígenas, vivían completamente separados, no mantenían nexo alguno…
— No vivían separados, vivían mezclados…
— Pero no tenían noticia alguna sobre sus respectivas culturas…
— Evidentemente, antes de la llegada de Colón, no. Por ejemplo, los aztecas no tenían la menor idea de que existía una civilización en el Perú.
— Y lo que hizo la conquista fue fusionar todo esto…
— No fusionar, sino unificar… Hay una sola lengua, que en cincuenta años da paso a una cultura homogénea. Eso es una hazaña única. Usted me dirá que los métodos fueron bárbaros. Evidentemente, así fue. Pero en una sola generación fue posible que todo ese continente tuviera una sola lengua, una sola cultura, una sola espiritualidad, que se creara un complejo de unidad cultural latinoamericana que aún hoy en día existe.
— Y eso es lo que hay que reivindicar en el Quinto Centenario…
— Claro que hay que reivindicarlo. Ésa es una fecha muy importante. ¿Qué ocurre? Se crea un nuevo mundo en América, pero todo el mundo cambia. El 12 de octubre es la fecha que determina la entrada de la modernidad en el mundo. Colón, en una carta del año 1493 que circuló entre todos los humanistas europeos, narra el modo de vida de los indígenas de las Antillas… Ellos vivían felices, no había miseria, no había guerra. Eso crea una sacudida enorme en las conciencias europeas. De ahí sale la Utopía de Moro y los ensayos de Montaigne, porque aquellos hombres habían conseguido tener un tipo de sociedad que los europeos no habían logrado. Sin el descubrimiento de América, Rousseau no hubiera podido escribir al comienzo de El contrato social aquello de «todos los hombres nacen libres e iguales», eso no lo hubiera dicho un hombre de la Edad Media… Esa idea de que los hombres nacían libres e iguales y que era la sociedad quien los echaba a perder creó una crisis de conciencia que originó todos los aconteceres revolucionarios. Uno puede decir que la independencia de los Estados Unidos, la Revolución Francesa y la Revolución Rusa fueron una herencia ideológica de la falsa impresión que tuvieron los europeos de la condición del indio americano.
Y luego toda la ciencia moderna arranca de ahí, porque el hombre se hizo preguntas que anteriormente nunca se había hecho, se planteó dudas que antes jamás se había planteado, se halló en presencia de muchas maneras distintas de ser hombre, vio animales y plantas que antes nunca había visto, vio cielos ignotos, antípodas. Así cambió su noción de lo que era la tierra, de lo que era el hombre. Y se hicieron preguntas muy curiosas, preguntas de donde surge la ciencia moderna. El padre José de Acosta, un jesuita español del siglo XVI, viajero por Perú y Méjico, autor de un libro admirable que es una descripción de las Indias, cuando describe a los animales se hace una reflexión muy interesante: ¿estos animales estaban en el Arca de Noé o no estaban? Esto es, si estaban en el Arca de Noé, ¿por qué han desaparecido en Europa?, viene a decir. Ahí está Darwin.
— Usted ha tenido una formación francesa muy determinante…
— Cuando yo era joven, la influencia francesa era muy importante en Hispanoamérica, acaso como una consecuencia del enorme peso político, cultural, literario, que tuvo durante todo el XIX en aquellas tierras. Yo viví durante mucho tiempo en Francia. Llegué a París en 1929 y en París escribí Las lanzas coloradas, mi primera novela, cuando contaba veintitrés años. Allí tuve la suerte de encontrarme con dos personajes muy interesantes que fueron mis compañeros fraternales: uno fue Miguel Ángel Asturias y el otro Alejo Carpentier.
— Entre usted y Carpentier se pueden establecer paralelismos estéticos.
— Y también con Miguel Ángel Asturias.
Nos vimos diariamente durante cuatro años. Ya entonces Miguel Ángel Asturias había terminado El Señor Presidente y publicado Leyendas de Guatemala, y Alejo Carpentier había escrito una mala novela negra que después rechazaría, llamada ¡Ecué-Yamba-0!. En esa época él se interesaba enormemente por la música.
Cabe decir que los tres representábamos tres situaciones latinoamericanas muy curiosas: Miguel Ángel venía de Guatemala, un país de presencia indígena avasalladora, y tenía una cara de indio maya apasionante. Él reaccionaba como un hombre muy prendado de esa tradición cultural maya que tanto le importaba. Así, puedo afirmar que el barroquismo de la literatura de Asturias no es fruto del barroco europeo, sino del barroco maya. Carpentier era un caso bien distinto: Alejo era cubano, y en Cuba no hay indios. Su América era la América del español y del negro, cultura esta última que él sentía profundamente, aunque su padre había sido francés y su madre rusa. Y yo venía de un país en el que ni la presencia negra ni la presencia indígena eran importantes. Venezuela es en gran parte un país de mestizaje cultural.
Eran tres maneras distintas de ser latinoamericanos, y eso lo observábamos claramente cada vez que nos reuníamos para hablar. Yo le oía contar a Miguel Ángel Asturias cosas insólitas que en mi país jamás hubieran ocurrido, y Alejo narraba historias preciosas sobre las tradiciones cubanas de los cultos negros. Por mi parte, yo les hablaba de un país donde esas dos improntas no estaban tan marcadas y donde la tónica vital era distinta. Todo resultó muy enriquecedor para los tres.
— ¿Cómo fue posible que Alejo Carpentier se integrara en el régimen de Fidel Castro y lo defendiera?
— Yo quiero decirle una cosa, aunque pueda parecer una herejía: Alejo no era político; a él la política no le interesaba nada. Fue un escritor, un hombre sumamente sensible. Él vivió fuera de Cuba muchos años, sus años de formación; más tarde pasó en Cuba los primeros años del primer mandato de Batista y posteriormente regresó a Venezuela, donde viviría quince años. Allí nos reencontramos.
Volví a coincidir con él en París, a mediados de los setenta, cuando yo era embajador de mi país ante la Unesco y él ocupaba el cargo de agregado cultural en la Embajada cubana. Durante estos años nos vimos con frecuencia y jamás hablamos de la revolución cubana. No era político. La política era para él un horizonte lejano. Sólo le interesaban el arte y la literatura.
— Sin embargo, a usted sí le ha interesado la política…
— Yo he participado en política en mi país, pero nunca he sido eso que se llama un «militante». Yo siempre me mantuve al margen de esa visión tajante que se dio en mis años jóvenes entre fascismo y antifascismo, sentía hacia ella una gran desconfianza. Igualmente, me produjo siempre aversión ese concepto de «escritor comprometido», porque traía consigo, pensaba, una renuncia a ese don maravilloso que uno tiene, que es la libertad de pensamiento.
— Entonces se impone que su opinión sobre Miguel Otero Silva no será muy positiva.
— Yo quería mucho a Miguel y fuimos muy amigos, y, por ejemplo, yo fui director de El Nacional de Caracas, periódico en el que él trabajó seis años. Miguel conocía mi manera de pensar. Yo no he sido nunca un hombre de «derechas», he visto siempre con horror los regímenes fascistas, pero, por otra parte, la literatura comprometida que se estaba desarrollando me parecía que era un crimen, que significaba renunciar a la libertad para ponerse al servicio de un jefe que nos dictaba lo que había que escribir.
— De una u otra manera, muchos y notables novelistas latinoamericanos han cultivado la novela histórica. Pero creo que usted ha sido el único que ha hecho de personajes históricos como Bobes, Lope de Aguirre, Simón Rodríguez, Juan Vicente Gómez, Juan de Austria, personajes literarios que han conformado una trayectoria novelística original y genuina…
— Cada vez que me preguntan si hago novela histórica digo que no, porque bajo ese nombre se engloban muchas mercancías de varias clases. La novela histórica tradi- cional, la que inventaron los románticos franceses del siglo pasado, era básicamente una novela de reconstrucción de época. Y a mí eso no me interesa; a mi me interesa el hombre, la figura humana, ese animal ambicioso y complejo. Entonces yo me encuentro con dos posibilidades: o bien me invento un personaje, con todo lo que ello conlleva de «juego», o tomo un caso real que se ha dado en la historia, un hombre histórico que me impone algo tan tremendo y tan difícil como llegar a entenderlo en su contradicción. He optado siempre por esta segunda posibilidad y ello me ha llevado a escribir un género que ya no es novela histórica, sino «novela en la historia». Por ejemplo, con Don Juan de Austria, personaje central de mi obra Memorias en el tiempo, me sucedió algo muy divertido: si a mí me hubieran dicho hace diez años que hiciera una lista de veinte personajes históricos a quienes dedicar una novela, no habría puesto a Don Juan de Austria. De él tenía la visión que más o menos tenemos todos, esto es, el héroe de Lepanto, una figura superficial y vana, atolondrada. Pero un día cayó en mis manos una mala biografía de él y me di cuenta de su dimensión de personaje trágico y aún más: de que este personaje trágico prefiguraba grandes personajes trágicos: es cada vez que me preguntan si hago novela histórica digo que no, porque bajo ese nombre se engloban muchas mercancías de varias clases. La novela histórica tradicional, la que inventaron los románticos franceses del siglo pasado, era básicamente una novela de reconstrucción de época. Y a mí eso no me interesa; a mí me interesa el la prefiguración del Segismundo de Calderón, ese hombre que no sabe dónde termina lo real y dónde empieza lo irreal, que vive fluctuando entre dos niveles, el nivel del hombre como proyecto y el nivel de la mezquina realidad que lo niega.
— Usted se ha referido al caudillaje como la forma política original de Latinoamérica…
— Yo creo que el caudillaje rural ha sido la aportación política original que ha hecho América Latina. Este fenómeno fue lo único que surgió espontáneamente tras el fracaso de las instituciones republicanas.
— Pero el caudillaje es fruto de la ruptura con la colonia, de la independencia, de la inexistencia de instituciones previas.
— Claro, no había nada. Éste fue el drama de Bolívar, de Simón Rodríguez, personaje lucidísimo a quien yo he dedicado mi novela La Isla de Robinson… Bolívar decía que se habían decretado unas repúblicas en el aire y que nadie sabía cómo hacerlas funcionar.
— Es decir, que el proceso de independencia de la América española difiere completamente del fenómeno de independencia norteamericano…
— No tiene nada que ver. La independencia de los Estados Unidos fue una ruptura política, pero no institucional. Ellos contaban con todas las instituciones necesarias para que la república funcionase, tenían su régimen representativo y elegían a sus magistrados…, de modo que lo único que hicieron fue cortar la dependencia del rey de Inglaterra, pero siguieron siendo lo que habían sido.
En América Latina no ocurre nada de eso. Nosotros damos un inmenso salto en el vacío, y al romper con la corona española lo hacemos con las únicas instituciones sque había, que, por otra parte, ni eran representativas ni garantizaban la libertad y la igualdad.
— Entonces, forzosamente, surge el caudillaje…
— Surge el caos, y el caos trae consigo el caudillaje rural, que sí fue una creación espontánea. Esos caudillos rurales, el caso de Rosas, de Páez, de Porfirio Díaz, fueron personajes muy interesantes. Y ese factor del caudillaje sí ha dejado huella, de tal modo que cabe considerar a los caudillos y dictaduras militares como simples variaciones genéticas.