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Ver productos1 May 1991 - 5min.
La ceremonia de entrega de los Oscar marca cada año el punto culminante de la temporada cinematográfica y contribuye a mantener el prestigio y la pujanza de la única industria del sector digna de este nombre: la norteamericana.
Es difícil establecer si los premios contribuyen al éxito o simplemente lo reconocen, pero, en cualquier caso, se asocian con él; distinta cuestión es la de la calidad, en la que la historia nos muestra, junto a notables aciertos, sonoras equivocaciones. Casi siempre hay, sin embargo, un mínimo de calidad envuelto en la complicada política de la Academia americana.
La historia de los premios pasados ya se ha contado con minuciosidad, y el juicio de conjunto ha sido más bien favorable a los designios de los académicos.
La película más premiada es una bellísima historia, bien interpretada por Kevin Costner, y que flaquea tan sólo en lo que se refiere a la realización; hay algunas escenas, especialmente al comienzo de la cinta, que hacen presagiar lo peor, aunque luego el presagio no se cumpla. Haberle dado el premio a la dirección es una muestra de autonomía excesiva por parte de los académicos. Todo lo demás es excelente, una película de las que se desea volver a ver y que le reconcilia a uno con los buenos sentimientos (que, como todo buen entendido debe saber, ha de ser, habitualmente, objeto de sospecha).
La mejor dirección debió haber sido para Martin Scorsese, cuya película Uno de los nuestros supone un ejercicio de auténtico virtuosismo dentro de un film de indudable calidad. El modo de contar y un par de escenas memorables (el plano-secuencia de entrada a la sala de fiestas y las dudas de la esposa del protagonista sobre si Robert de Niro la está conduciendo a la muerte o prestándole un favor) son verdaderas joyas de la realización y formas de enriquecer una historia con las artes específicas del cine. En este mismo aspecto, hay que señalar la destreza para dirigir a De Niro sin que éste anule al actor que asume el papel central. En suma, una magnífica película, tal vez perjudicada por el chirriante tema que aborda: una mafia realista y no mitificada, la suciedad mezclada con la crueldad y las buenas costumbres. El film hubo de conformarse con el Oscar al mejor secundario, Joe Pesci, papeleta que en el cine americano ha estado siempre bien servida.
Otra de las grandes derrotadas ha sido El Padrino, parte III. Como es evidente en cualquier cosa que firme Francis Ford Coppola, la película es buena y se deja ver con interés. Sin embargo, tal vez suena a cosa ya vista, pese a los esfuerzos del guión y el ritmo de ópera que se ha buscado para el final. La película de Scorsese no es «otra» sobre la mafia; la de Coppola es, con ligeras variantes y siempre con calidad, más de lo mismo, y, por esta vez, se ha quedado sin estatuilla que llevarse a la boca. Le sobra, no obstante, calidad para haber recibido cualquier premio. Sin duda, ha sido la excesiva contemporaneidad de lo que se cuenta lo que más ha perjudicado a una película que siempre habíamos asociado con una reconstrucción del pasado.
Ghost ha recibido dos premios merecidos. El mejor guión original, de Bruce Joel Robin, y la mejor actriz secundaria, que ha ido a recaer en la estupenda Whoopi Goldberg. Como en el caso de Joe Pesci, el premio a la Goldberg está bien dado, pero podría haber recaído con igual justicia en cualquiera de las otras nominadas. Es completamente evidente que la producción fílmica norteamericana tiene tan abundantes profesionales y de tanta calidad que es casi imposible encontrar mal ejecutado un papel de reparto. Ghost es una entretenida película y su guión es realmente bueno. La historia vuelve a fijarse en algo que parece preocupar mucho a la actual sociedad americana, si se tiene en cuenta las numerosas películas (Línea mortal, Always y un largo etcétera) que han tocado el tema de la vida después de la muerte. Es un hecho que el cine se presta admirablemente a registrar la presencia de una persona que el resto de los mortales no consigue ver, por la sencilla razón de que tal persona está, en realidad, muerta. La exploración de qué pasa tras la muerte es realmente difícil, pero está llena de interés. El éxito de Ghost consiste en dramatizar con verosimilitud esos momentos en los que el alma del hombre se encuentra como fuera del mundo pero no todavía en el Más Allá. Hay que echarle mucha imaginación para conseguir credibilidad e intriga en esta especie de limbo, y Robin lo ha hecho.
El Oscar al mejor actor principal ha sido para Jeremy Irons por su interpretación en El misterio Von Bullow. Irons, junto a Glenn Close, son, desde luego, lo mejor de la cinta de Barbet Schroder, que, pese a tratarse de un film de factura clásica, con una intriga asociada a un juicio, deja bastante que desear; el contraste que se quiere establecer entre el aristocrático Von Bullow y su abogado, un judío profesor de Harvard, está hecho de modo casi chapucero, excesivo e increíble.
La mejor actriz fue Kathy Bates, por una película que en el momento de escribirse estas líneas aún no ha sido estrenada en Madrid. Si este premio ha sido merecido, supondrá una gran labor, puesto que se quedaron en la cuneta nada menos que Joanne Woodward, Meryl Streep, Anjelica Huston y Julia Roberts. La película de ésta última, Pretty woman, es una agradable versión de Cenicienta, lo que confirma a la vez dos cosas: que es interesante volver a los viejos cuentos y que es muy difícil inventar buenas historias originales. Anjelica Huston no alcanzó tampoco premio, pese a una buena interpretación en Los timadores, que, sin embargo, palidece, a mi modo de ver, por el excelente papel que representa Annette Bening, lo mejor de la película de Stephen Frears. Es un caso claro de cómo el buen hacer de los profesionales sostiene la atención en una historia que recurre al tremendismo y la exageración para garantizar su interés.
Dick Tracy se llevó los galardones para el maquillaje, la dirección artística y la canción: tres reconocimientos a Madonna que poco tienen que ver con el buen cine.
Los efectos especiales recayeron en Desafío total, el comic protagonizado por Arnold Schwarzenegger, muy lejos, de cualquier manera, de los mejores momentos de la fantasía cinematográfica reciente.
La película francesa, que aspiraba a todo (Cyrano de Bergerac), perdió las máximas bazas al conocerse las baladronadas, en la vida real, del impulsivo Depardieu. Se le concedió, sin embargo, el galardón al mejor vestuario, un reconocimiento de que, por una vez en los últimos años, nuestros vecinos del Norte han intentado algo serio.
El resto de los premios será únicamente pasto de eruditos; en esto tampoco han cambiado mucho las cosas.