Crónica del pacifismo

Luis Núñez Ladevéze

Cuando Julio Anguita fue elegido secretario general del Partido Comunista de España, el Club Siglo XXI, demostrando que la magnanimidad con el contrincante es una virtud típicamente burguesa, le invitó a que pronunciara una conferencia. Fue la primera vez que Anguita comparecía en tan ilustre foro y lo hizo con una disertación rotunda de tono y retadora de título: «La apuesta». Por segunda vez, porque la burguesía ilustrada es recalcitrante, Anguita fue, tiempo más tarde, invitado, cuando el Partido Comunista se debatía entre el ser y el no ser, y no fue menos explícito en su contenido cuando expuso la tesis de «La alternativa». En la tercera ocasión, hace algo más de un año, las cosas ya habían cambiado tanto como para que el cambio se manifestara también en el título que el conferenciante puso a su intervención. Entonces la apuesta inicial no era ya una alternativa cualquiera, sino una alternativa a «la búsqueda».

El Partido Comunista ya no era un partido comunista, y la izquierda, desorientada tras la caída del muro de Berlín, afrontaba la situación novedosa adoptando la duda como método. Tal era el desasosiego, que los asesores de Anguita, si los tuvo, no habían caído en la cuenta de que la duda era, entre todas las virtudes burguesas, la principal. Hasta entonces los comunistas nunca habían dudado ni habían necesitado buscar.

Por poco sentido de la observación que se tenga, el comentarista menos agudo captará que Anguita siente debilidad por los títulos de palabras únicas, expresivas y rotundas. Y si a la observación se añade algo de perspicacia y de conjetura, cabría suponer que en la próxima ocasión que pueda visitar el auditorio «la búsqueda» se complete con «el encuentro».

Identidad

La guerra del Golfo ha prestado a los que antaño eran comunistas y salieron hogaño como los personajes de Pirandello en busca de una identidad, un servicio inesperado. Ya han encontrado una imagen viva con que sustituir a la máscara muerta. El precedente lo sirvió la invasión, llamémosla así, norteamericana de Panamá. Aquel incidente llegó a tiempo para que la izquierda, desconcertada, por no decir humillada, pudiera digerir con más facilidad la catástrofe producida en los paraísos del Este. Sin la válvula de escape del incidente panameño, el decaimiento intelectual de la izquierda hubiera terminado en la consunción. Aquella pequeña aventura avivó la esperanza y regeneró el sentimiento de desánimo. El problema causado a la izquierda por la desmembración del comunismo no fue tanto que se quedara sin clientela sino que se quedara sin ideas. Por mucho que los ideólogos marxistas predicasen que las ideas son epifenómenos de la economía, a la hora de la verdad quedarse sin ideas resulta todavía más grave que descubrir que nunca tuvieron economía. El problema, para decirlo con expresión de Lenin, no era tanto «¿qué hacer?» como qué pensar para poder hacer algo.

La guerra del Golfo se ha producido a tiempo para que tras el incidente de Panamá la izquierda encuentre un leitmotiv que sirva de estímulo para la reflexión y de lugar de encuentro para la acción. El fanatismo integrista de Sadam Husein les ha servido de aliviadero. Aunque ellos protesten por las tragedias de la guerra, aunque acusen a los países occidentales de haber provocado el conflicto por motivaciones económicas y de haber utilizado a la ONU como instrumento de sus propósitos inconfesables, la verdad es que los materialmente mejor beneficiados por el desenlace han sido esos partidos de izquierda que, a la búsqueda de una identidad perdida, encontraron un nuevo rostro en las arenas del desierto y entre los pozos de petróleo.

Vocabulario

La memoria es frágil y hacen bien en aprovecharse de ello. El vocabulario acostumbrado ya resultaba inservible. Esto lo comprendieron pronto y bien los muñidores de la apuesta, la alternativa y la búsqueda. No hay más que recordar las conferencias de Anguita en el Siglo XXI. Mejor será que nos ahorremos el trabajo. Pero el asunto principal era: ¿cómo salir del atolladero? Porque el viejo lenguaje resultaba desgastado e inservible una vez que resultó obvio que la lucha de clases ya no liberaba a las clases, que la propiedad pública de los medios de producción resultaba más inhumana que la privada, que la plusvalía del capital no procedía de la explotación del trabajo, que la dictadura del partido no representaba la conciencia proletaria, que el comunismo lejos de ser la superación del capitalismo ha acabado convertido en el camino más largo para pasar de la fase capitalista inicial a la fase capitalista avanzada.

Obsérvense los guiños belicistas y ofensivos que caracterizaban al viejo vocabulario. Se proponía la dictadura a través de la lucha de clases para alcanzar la revolución comunista. Se trataba de un léxico de tonalidades heroicas, beligerantes y epopéyicas, un léxico elaborado para salir entre estandartes y banderas a la arena política; un vocabulario gestado para la acción, la confrontación y, como se decía entonces, la emancipación de la clase trabajadora.

Ya cuando se puso en marcha la llamada«guerra de las galaxias», e incluso antes, cuando la crisis de los misiles, el vocabulario nuevo comenzó a dar sus primeros pasos. No se hablaba de «pacifismo», sino que se fomentaba el «antinuclearismo»y el desarme unilateral.

Ya cuando se puso en marcha la llamada «guerra de las galaxias», e incluso antes, cuando la crisis de los misiles, el vocabulario nuevo comenzó a dar sus primeros pasos. No se hablaba de «pacifismo», sino que se fomentaba el «antinuclearismo» y el desarme unilateral. Por entonces, se trataba de predicar sólo actitudes «unilaterales». Es decir, no se pretendía que se desarmaran todos los que tenían armas, sino que, modestamente, se contentaban con que se desarmase uno de los bandos. Nuestro bando para ser más exactos. Entonces no se predicaba el pacifismo integral, sino únicamente el medio pacifismo. Bastaba con que fuéramos pacifistas nosotros. Eran tiempos de modestia intelectual. Nadie esperaba que el pacifismo se transformara en una especie de nueva religión universal.

Esperanza

Aquello duró lo bastante como para plantear algunos problemas en la fase en que el capitalismo tardío era un imperialismo compartido. Se vivía de la esperanza de que el desarme de unos pudiera aprovechar al armamento de los otros. Se decía aquello tan rítmico en los lenguajes sajones de «preferimos ser rojos que muertos». Era todavía demasiado pronto para adivinar que tras el muro muy pronto los armenios, los rusos, los lituanos, no digamos los húngaros, los checos y los alemanes, preferían ser muertos que rojos. Si alguien hubiera comentado que Lech Walesa acabaría como presidente de la nación polaca y Havel como presidente de la república checa hubieran apenas sonreído por el mal chiste. Pero los tiempos pasan con implacable celeridad y el que no aviva el ritmo del paso corre el peligro de quedar engullido por el ritmo del tiempo.

Desautorizados por los checos, y el hecho principal fue el gran cataclismo que produjo la caída del muro de Berlín, y dialécticamente derrotados, sin posibilidad de apelar a los viejos conceptos, a la búsqueda de nuevos principios, encontraron en el quiebro del invierno una oportunidad imprevista: que la paz era preferible a la guerra del Golfo.

Repentinamente todos cuantos habían profesado la lucha de clases, la revolución comunista y la dictadura del proletariado cambiaron rápidamente los matices del lenguaje y salieron multitudinariamente a las calles para proclamar con ojos de cordero degollado que el ideal de una comunidad pacífica de naciones, anunciada por el sueño de los ilustrados desde Kant a Kelsen, sólo podía alcanzarse al precio de aceptar que los invasores y los déspotas impusieran su ley de la fuerza. Evidentemente, las cosas no son tan simples porque también se trataba de discutir sobre quién es el primer agresor, si la existencia de Israel o la invasión de Kuwait. Mas retrotraerse a los orígenes es un modo de rehuir la discusión sobre los principios y de eludir el análisis de lo concreto.

Al igual que la teoría del «desarme», el pacifismo también se presenta como una obligación unilateral. Mas la búsqueda, que era el objeto de la crónica, acabó en el encuentro: sustituyó la vieja exaltación de la lucha emancipatoria por la masoquista aceptación de la violencia provenga de quien provenga. Perdedores de su lucha, despedazados los viejos ídolos, desvanecidos los ideales, el nuevo vocabulario sustituye la terminología combativa por el vocabulario de la resignación. Una vez derrotados, emplean todo su arsenal en convencer al rival victorioso que es preferible la derrota a la victoria y se escandalizan en las calles de que no se les haga caso.

El deteriorado comunismo ha conseguido un importante éxito al transformar el derrotismo en categoría moral. Parafraseando la renegada literatura leninista, el pacifismo no es más que la máscara moral del derrotismo.