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Ver productosTuve la suerte de oír por radio unas breves declaraciones del ministro Solchaga desde Bangkok, en donde se encontraba con motivo de la Asamblea Anual del Fondo Monetario Internacional. Sus palabras rezumaban optimismo, acompañado por su tono de voz, y no tenía la más mínima duda de que el próximo año sería el de la recuperación de la economía española que, por supuesto, crecería el 3,3% en términos reales, tal como ha fijado el Gobierno en su cuadro macrоесоnómnico. No pude por menos que recordar que la tasa de crecimiento fijada para el PIB en 1991, hace un año también por estas fechas, se ha ido revisando a la baja hasta estimarle en el 2,7% en la documentación que acompaña a los Presupuestos del Estado para 1992. Y que, en los últimos días, algunas fuentes oficiales han comenzado a hablar ya del 2,5%.
El enorme déficit público es la causa más importante de la inflación que padecemos y de la ineficaz asignación de los recursos.
Equivocarse en los tiempos que corren en las previsiones económicas a un año vista es casi lo habitual. Así, el propio ministro Solchaga podía haber recordado que las previsiones de crecimiento de la economía mundial para 1991 facilitadas por el FMI en su Asamblea del año pasado, en septiembre, lo situaban en el 2,4% en términos reales. El Informe del Fondo Monetario de la primavera pasada reducía esa tasa de crecimiento al 1,4%, y ahora, en Bangkok, ha vuelto a bajar la previsión hasta situarla en el 0,9%. Dicho esto, también hay que añadir que la dificultad de la previsión se reduce considerablemente cuando se refiere a un solo país. Por eso, por lo que diré a continuación, resulta sorprendente la euforia del ministro Solchaga para 1992.
Comencemos por las estimaciones para 1991. Por lo que se refiere a la tasa de inflación, medida por el IPC, su aumento anual sólo quedaría más cerca del 5% que del 6% si conseguimos aprovechar la posibilidad que nos ofrece el pasado mes de octubre con relación al del año anterior; ya que el descenso del 0,1% y el aumento del 0,2% de los dos últimos meses de 1990 resultarán muy difíciles de mejorar. Vayamos al problema más grave de la economía española exceptuado el desempleo, que es el déficit público, ya que a su vez es una de las causas más importantes, quizá la más importante, de la inflación que padecemos y de la ineficaz asignación de los recursos.
Diga lo que diga el Gobierno,alavistadeuna política presupuestaria expansiva, no le queda más remedio que mantener los tipos de interés altos si quiere evitar el rebrote de la inflación.
El déficit de caja del Estado se redujo un 11,2% en los nueve primeros meses de este año, gracias a un crecimiento de los ingresos de casi el 13% y a un aumento de los pagos no financieros del 10%. Pero también gracias a algo más, cuyas cifras en esta ocasión, y a diferencia de agosto, no ha facilitado el Ministerio: el importante crecimiento de las obligaciones reconocidas pendientes de pago. Éstas rondaban en agosto los 1,2 billones de pesetas, lo que suponía un incremento del 42% sobre los ocho primeros meses de 1990. Al fin y al cabo, por algo el Ministerio de Economía continúa estimando el déficit público de las Administraciones Centrales para este año no en el 0,9% del PIB previsto inicialmente, sino en el 2,3% del mismo. Este porcentaje salta hasta el 3,6% -y suerte tendremos si no tenemos que escribir el cuatro- si se le suma el déficit correspondiente a las Administraciones Territoriales. Dicho sea de paso, parte del déficit de las Administraciones Territoriales es, en realidad, déficit del Estado, debido a los retrasos en las transferencias que está obligado a hacer a las mismas.
Por lo que se refiere al tercer desequilibrio de la economía española, es decir, el déficit exterior, es preciso señalar que la mejora conseguida en la primera parte del año ha desaparecido prácticamente entre julio y agosto. El propio secretario de Estado de Comercio no se mostraba muy seguro respecto a la continuación de la evolución positiva que experimentaron en la primera parte del año nuestras exportaciones. Quizá porque en torno al 40% del incremento experimentado por las mismas tuvo su origen, y suponemos que en parte lo seguirá teniendo, en el fuerte crecimiento de las exportaciones a Alemania; y porque casi la totalidad del incremento de la exportación se centraba en 10 o 12 productos, entre los que figuran las ventas de material de transporte y de frutas y verduras frescas que están sometidas a una erraticidad importante. Añadamos sintéticamente, por lo que se refiere al déficit corriente, que en la financiación del mismo está moderando su papel la inversión exterior y aumentándolo los créditos y los préstamos exteriores, algo que resulta evidente en la abultada cifra de deuda pública en poder de no residentes, unos dos billones de pesetas.
Lo razonable es mantener el empleo y no jugárselo con demandas salariales que harían inviable la vida de la empresa.
A todo esto hay que añadir que si bien es posible que el crecimiento de la cantidad de dinero finalice 1991 en las proximidades de las tasas previstas, en torno al 11%, es decir, en la parte superior de la banda, resulta mucho más difícil conseguir que el crédito a las empresas y a las familias crezca sólo el 9%. Así, mientras que los ALP se situaban a finales de septiembre un 12% por encima de diciembre del pasado año, el crédito a las empresas y a las familias rondaba el 14% para igual período. Este último dato constituye una muestra muy clara de la importante reducción del excedente en el caso de las empresas y resulta compatible con una recuperación del ahorro, sobre el período inmediatamente anterior, de las familias.
Por esto, diga lo que diga el Gobierno, a la vista de una política presupuestaria claramente expansiva y además, por el lado del consumo para el próximo año, no le queda más remedio, si quiere evitar que la inflación en vez de estancarse rebrote, que mantener los tipos de interés altos. Esto lo advirtió hace unos días el profesor Rojo, subgobernador del Banco de España, y ha vuelto a dejarlo bien claro el gobernador de la misma entidad, Mariano Rubio, en su reciente comparecencia ante el Congreso. Porque la ayuda deseable que prestaría a la coyuntura económica la moderación salarial, depende de la sensatez de los sindicatos y de la claridad y realismo de los empresarios. En otras palabras, depende de que, jugando con datos reales y claros los empresarios, los trabajadores comprendan que lo razonable es mantener el empleo y no jugárselo con demandas salariales que harían inviable a corto, a medio o a largo plazo la vida de la empresa.
La integración en 1993 barrerá a las empresas de cualquier sector que no tengan esto en cuenta; pero que no se engañen los sindicatos si, al persistir en sus radicalismos, comienzan a verse puenteados por un número creciente de trabajadores sensatos que conectan con empresarios sensatos. Bien es verdad -si se confirma la información de que la Administración eleva del 5% al 6,8% el incremento de sueldo de los funcionarios- que este último porcentaje puede constituir la «puntilla» al intento de moderación salarial en la empresa pública, y, por contagio, en muchas privadas.
Por otra parte, y en línea paralela y a veces secante (en las reformas de 1983 y 1989: Leyes Orgánicas 8/83 y 3/89, se incorporaron al Código Penal algunas novedades procedentes de estas líneas) vio la luz un Proyecto de Código Penal de 1980, que se frustró al acceder los socialistas al poder, y una Propuesta de Anteproyecto de 1983, igualmente frustrada. En este marco histórico, se ha dado a conocer un reciente Borrador de Anteproyecto de la Parte General de Nuevo Código Penal, donde se adelantan los principios generales y preceptos relativos a los delitos y a las penas en general.
No hay datos sobre el borrador de la parte especial, es decir, de los artículos relativos a los delitos y faltas concretos, atribuyéndoles las también concretas penas. Se anuncia la inminencia de un Proyecto de nuevo Código Penal, del que se ha dado en llamar «Código Penal de la democracia».
¿Hace falta un nuevo Código Penal? La respuesta sólo puede ser positiva, porque el vigente Código viene a ser una antigualla de 1848, sucesiva y profusamente parcheada durante casi un siglo y medio, que requiere una renovación estructuralmente profunda. Pero precisamente por tal necesidad, no se puede incondicionar ese «sí» al nuevo Código, esto es, que sólo si responde a nuevos principios y se elabora en congruencia con los mismos, tras un amplio debate, podría aceptarse este Código futuro. En ningún caso es admisible la novedad por la novedad, en materia tan importante como es la de catalogar las conductas más graves para la vida social y las penas que merezcan tales conductas, que son las respuestas más graves y necesariamente «crueles» del Estado frente a los infractores. Precisamente en este planteamiento de la seriedad legislativa hay que hacer ya importantes reproches al Ministerio de Justicia, al que cabría denominar el «prelegislador», siendo el primero y más importante el haber empezado la casa por el tejado y, además, permanecer en la oscuridad causante de dicho error, oscuridad derivada de la ausencia de un modelo de Justicia penal para la España del futuro.
Que tras la Constitución de 1978 se ha comenzado la casa de la «Justicia penal» por el tejado es evidente si se tiene en cuenta que primero se promulgó la Ley Orgánica del Poder Judicial (Ley Orgánica 6/1985, de 1 de julio), luego se reformó la Ley de Enjuiciamiento Criminal (Ley Orgánica 7/1988, de 28 de diciembre), introduciendo el «procedimiento abreviado», y, finalmente, parece que se va a elaborar un nuevo Código Penal; y tal modo de proceder es perfectamente ilógico porque el racional hubiera sido el inverso: saber primero cuáles van a ser las infracciones penales a juzgar en el futuro, luego qué procedimientos se van a seguir a tal efecto y, finalmente, determinar qué órganos van a instruir y a juzgar las infracciones siguiendo los correspondientes procedimientos.
Pero lo grave no es ese error in legislando, que tendría el fácil remedio de reiniciar en sentido inverso todo el proceso legislativo aludido. Lo grave es que, hoy por hoy, sigue brillando por su ausencia la elección de un modelo de Justicia penal y, en consecuencia, la aberración corre el riesgo de perpetuarse por reiteración.
En conexión con el vicio precedente, hay que denunciar también el desconocimiento de la realidad socioeconómica del país, que es muy diversa a la del siglo XIX, realidad especialmente necesitada de estudio, en cuanto a la evolución de la delincuencia tradicional y novedosa (droga, delitos ecológicos y alimentarios, fiscales, etc.) y a una prognosis de su futuro comportamiento. La ley penal, tanto a la hora de delimitar las figuras delictivas cuanto a la de determinar la pena, supone sopesar qué hechos deben dejar de ser delictivos y qué otros pasan a serlo, tras considerar si política o criminalmente convienen tales medidas, decisión que exige un cuidadoso estudio previo de carácter sociológico. Una copia de los Códigos extranjeros más modernos, si no se sometiera a las peculiaridades socioeconómicas españolas, sin duda sería un grave error.
Hay que reseñar que desde la promulgación de la Constitución de 1978 hasta nuestros días, se ha retocado el Código Penal en 19 ocasiones.
Lo grave es que, hoy por hoy, sigue brillando por su ausencia la elección de un modelo de justicia penal.
Pero además, es conveniente recordar que la criminalización de conductas es sólo una de las mil respuestas políticas de un Estado frente a las posibles respuestas ante problemas sociales, vinculación de la política criminal con las restantes políticas que exige también un estudio socioeconómico como el reclamado para evitar tanto los llamados supuestos de «huida hacia el Derecho penal» (cuando no se quiere arreglar un problema por resultar «caro» y/o complicado, se aparenta interés y rotundidad limitándose a «criminalizarlo»), cuanto la descoordinación general de la norma penal con las restantes normas.
Antes de elaborar un nuevo Código Penal y, posteriormente, proseguir las reformas de la Justicia penal en los planos procesal y orgánico, y en conexión con el necesario estudio socieconómico ya demandado, hay que elegir el modelo al que se desea llegar, así como el coste económico y el tiempo que se precisaría para tal cambio.
Semejante proceso exigiría en nuestro país, en primer término, definir con precisión no sólo todos los aspectos relativos a la potestad sancionadora de los poderes públicos, incluyendo en dicho diseño tanto la potestad sancionadora de las Administraciones (del Estado, autonómicas, provinciales, locales e institucionales), sino también coordinada y subsidiariamente, el ius puniendi estatal (definición y castigo de los delitos y faltas) propiamente dicho. Tarea que podría realizarse mediante una Ley orgánica reguladora de la potestad sancionadora de todas las administraciones públicas. En dicha Ley, además de definir y actualizar los aspectos procesales y orgánicos homologándolos con alguna de las soluciones europeas, se podría establecer que el orden jurisdiccional penal controle, o incluso imponga, las sanciones administrativas, bien cree un orden contencioso administrativo sancionador específico, con soluciones alterantivas superadoras de la situación actual. Tal como están las cosas, el mismo orden jurisdiccional contencioso administrativo «controla» tardíamente y en todo tipo de asuntos —sancionadores y no sancionadores— a las administraciones, por lo que deberían fijarse criterios diferenciadores de los futuros injustos penales y administrativos, con especial referencia a la descriminalización de las infracciones «de bagatela». Pero, especialmente, parece de interés fundamental la fijación de un calendario para la revisión de todos los sistemas sancionadores mixtos (penales y administrativos que afectan a un mismo sector; por ejemplo: alimentos, medio ambiente, salud, etc.) y del propio Código Penal.
Habrá que preguntar al Ministerio de Hacienda con anterioridad cuánto dinero está dispuesto a dedicar a la justicia penal en general y al sistema penitenciario en particular
Sólo con posterioridad al primer paso indicado es posible acometer la tarea de elaborar un nuevo Código Penal, y, sin suficiente grado de elaboración, consultas a teóricos y prácticos, fomento de proyectos alternativos, consenso entre todas las fuerzas políticas, etc.). Por otra parte, habrá que preguntar al Ministerio de Hacienda con anterioridad cuánto dinero está dispuesto a dedicar a la Justicia penal en general y al sistema penitenciario en particular, con el fin de optar por uno u otro sistema penológico. Por ejemplo, prever como pena más común «los arrestos de fin de semana», como sustitutiva de las penas cortas privativas de libertad, diciendo como decían el Proyecto de 1980, la propuesta de Anteproyecto de 1983 y el Borrador de 1990, que se cumplirán en depósitos municipales, comisarías y centros penitenciarios, es un modo de engañarse y de frustrar en el plano de la realidad tal novedosa pena. Otro tanto cabría decir de los centros de terapia para sujetos pasivos de las correspondientes medidas de seguridad, del personal que debería atender a los condenados que se encuentren en situación de suspensión de condena, número y calidad de las plazas penitenciarias, etc., etc. Un buen Código penal es «caro», y ya es hora de superar la praxis de hacer «leyes óptimas» que luego no se cumplen por falta de financiación.
Sí a un nuevo Código Penal, pero siempre y cuando se haga con sosiego, tiempo y debate, y se den los necesarios pasos previos y coetáneos, y las garantías de que se darán los posteriores. En definitiva, hágase un estudio sociológico, considérense las experiencias extranjeras, elíjase un modelo de Justicia penal resolviendo la temática administrativo-sancionadora y procédase después a debatir con calma el futuro Código Penal, primero en las Universidades, Colegios de Abogados, Asociaciones de Jueces y Fiscales, etc., y luego en el ámbito parlamentario, conjugando siempre, como elementos de un mismo conjunto, los sustantivos (leyes que determinen las infracciones y sanciones: Código Penal, etc.), procesales, orgánicos y administrativo-penitenciarios.
Sólo así podrá, por otra parte, alcanzarse en el seno del Poder Legislativo el consenso necesario, pues si algo debe merecer un pacto consciente de Estado es un nuevo Código Penal. Estudio pues, mucho estudio, y luego luz, taquígrafos y un total diálogo, para conseguir de una vez que las leyes importantes sean (así se hizo al elaborar la Constitución), antes que una categoría de la voluntad (votos favorables de las Cámaras por la ciega obediencia a la partidaria disciplina de voto), una categoría de la razón, entendiendo por tal congruencia interna y externa; interna en dos niveles, el propio texto -Código en sí mismo considerado y el resto del ordenamiento jurídico presidido por la Constitución, y congruencia externa en cuanto adecuación a la realidad socioeconómica y a las restantes políticas no criminales.
Motivos hay para el asombro. Repentinamente, la buena gente de los barrios populares se echó a la calle para protestar contra el consumo de droga en público, los camellos payos, los camellos gitanos, la falta de protección policial en los barrios, la delincuencia sin casa ni cuartel de los okupas, el desorden, en suma. Antes no se prestaba mucha atención a estos problemas, pues se pensaba que sólo preocupaba a los defensores del orden burgués; después quedó claro que también afectaba al orden pequeñoburgués; ahora la cosa se ha complicado más todavía, pues quien sufre y padece este deterioro social es el orden popular de las barriadas y suburbios. Cualquiera que sea la lacra social que padezca el orden constituido (y el orden por constituir), al cabo quien acaba pagando el pato es el más humilde y quien de menos defensas dispone.
Ni el orden, ni la justicia, ni tantasotrascosasson conceptos que dependen de la situación de clase, como tampoco las carreteras pueden dividirse en autopistas capitalistas y autovías sociales.
Tal vez ahora comiencen a pensar que ni el orden, ni la justicia, ni tantas otras cosas son conceptos que dependen de la situación de clase, como tampoco las carreteras pueden dividirse en autopistas capitalistas y autovías sociales. Donde al final se concentran las aglomeraciones de tráfico es en los barrios proletarios, y eso no depende del calificativo que se aplique a las carreteras.
Éstos que ahora se manifiestan contra la droga, protestan contra los camellos e incluso organizan piquetes y grupos de seguridad ciudadana, son los que votaron las leyes despenalizadoras del consumo de drogas, promovidas por González a través del actual presidente del Consejo de Estado, y antes ministro de Justicia, Fernando Ledesma. Es posible que el ex ministro haya aconsejado ahora compensar los efectos que han provocado sus reformas con la «ley Corcuera». La vida da sorpresas como éstas, y nunca acabaremos de sorprendernos del todo. Son los que reían aquella gracia de Tierno Galván cuando alentaba a sus hijos con lo de «colocaros, al loro».
Con motivo de la polémica que ha causado el que muchos vecindarios se hayan tomado la justicia por su mano se ha apelado insistentemente a la autoridad de Max Weber, según la cual «es al Estado a quien corresponde el monopolio legítimo de la violencia».
Ya se oyó este argumento de autoridad para explicar que los servicios privados de seguridad realizaran desarmados sus tareas, que es algo así como que el torero entre a matar con espada de palo. Cada cual es muy dueño de opinar al respecto como quiera. Algunos considerarán conveniente que los guardias privados presten desarmados sus servicios, como también habrá quienes estimen que la protección civil no debe quedar en manos privadas y debe ser monopolio del Estado. Pero opinen como opinen no tienen razón en invocar a Max Weber ni probablemente a ningún otro autor.
Max Weber nunca dijo que al Estado deba corresponder el monopolio legítimo de la violencia, como creen tanto socialistas como algunos populares que han apelado a su autoridad. Max Weber únicamente describió que, de hecho, la violencia coactiva se ejerce modernamente por el Estado. Según Max Weber, se trata de una «creencia» basada en el hecho de que el Estado es una asociación que administra la coacción «considerada» legítima. Pero aun admitiendo que la «creencia» sea el fundamento del Estado de Derecho, Max Weber no dice que ese «monopolio» no pueda ser administrado por servicios privados, ya que la comunidad política puede permitir o conceder una autorización para que las demás comunidades en general usen «legítimamente» de la coacción física».
El «monopolio» de coacción que corresponde al Estado no es incompatible con su delegación a servicios privados de seguridad.
El «monopolio» de coacción que corresponde al Estado no es incompatible con su delegación a servicios privados de seguridad. Lo único exigible es que los servicios no actúen a espaldas de las leyes del Estado y sean responsables ante el Estado por los procedimientos que use cuando actúen en nombre de ese poder delegado de coacción. El que el Estado sea la última instancia no quiere decir que sea la única, entre otras cosas porque la organización de medidas de autodefensa es irrenunciable, y más cuando el Estado renuncia a la defensa a que se ha comprometido (se la llame «burguesa», «pequeñoburguesa» o «popular»).
Aunque el libro aparece cuando la mayoría de quienes forman la comunidad científica -físicos, astrónomos y también biólogos reconocen la existencia del Creador, entre los diversos enfoques adoptados a lo largo de sus páginas figura el esquema de orientación materialista, que expone V. Ya. Frenkel, profesor de Historia de la Ciencia en San Petersburgo. Afirma que ciencia y religión son incompatibles, o que la religión no es otra cosa que la posibilidad de comprender el mundo que nos rodea, pero titula su contribución así: «Algunos comentarios sobre los científicos y la religión, por un Simplicio de nuestro tiempo». Aspiración plausible.
Simplicio, un comentarista de Aristóteles que destaca en el mundo neoplatónico decadente del siglo VI por la viveza de sus comentarios, ha tenido su importancia en el mundo de las ciencias experimentales. Galileo lo hizo protagonista de casi todas sus obras dialógicas, en las que personifica el sentido común del hombre del siglo XVII. Las teorías de Simplicio sobre la materia prima, sustrato de todas las formas, contribuyeron, en opinión de un gran científico, Berthelot, a construir la química de la Edad Media: la alquimia. Por eso es plausible la aspiración de Frenkel: porque su émulo, a pesar de oponerse a los cristianos de su tiempo, abordaba las cuestiones de moral y de religión en lenguaje cristiano y defendía doctrinalmente, aunque a veces con ropaje pagano, la naturaleza inefable del Ser Supremo, la libertad y la inmortalidad del hombre.
Sir J. Eccles, premio Nobel de Medicina en 1963, titula así su colaboración: «El misterio de ser hombres». El artículo, que contiene una descripción de la estructura de la corteza cerebral propia de un buen manual de neurofisiología, comienza afirmando dos certezas primarias: la unicidad del propio yo, que cada uno de nosotros experimenta (el mundo interior o, con otra palabra, el alma); y el mundo que nos rodea (el universo exterior). A la vez, el artículo explica, desde el mismo punto de vista neurofisiológico, en qué consiste el acto de pensar, la interacción mutua mente-neurona o entre las unidades que él denomina «psychons» y «dendrons»; y cómo resulta verosímil que en los estratos más elevados del mundo mental haya sólo «psychons» organizadas en una gran entidad psíquica que es el alma. En conclusión, afirma que podemos pensar que esa entidad sobreviva, permanezca, después de la muerte del cerebro.
«Fe y razón en el judaísmo» es el título del artículo de C. Domb, profesor de la Universidad Bar-Ilan, de Israel. Señala primero que además de que Dios existe y es creador, las religiones admiten que Dios interviene en los asuntos humanos -de ahí, la razón de ser de la oración y, a la vez, respeta la libertad de los hombres. Junto con estas verdades, la religión judía reclama la adhesión a dos principios: 1) el Pentateuco es de origen mosaico y posee validez eterna; y 2) el Antiguo Testamento representa un relato verdadero de sucesos reales escrito con visión profética.
Domb se propone expresar estos principios en términos actuales, de modo que los científicos puedan comprender la posibilidad del milagro: Dios, que creó las leyes de la naturaleza, puede revocarlas, aunque sólo lo haga en raras ocasiones. Indica además que cuando la fe entra en conflicto con las teorías científicas del momento, el creyente está seguro de que las teorías son pasajeras y espera que aparezca una nueva teoría reconciliable con su fe.
A continuación Domb aborda con detalle otra cuestión básica para el judío observante: la existencia de la libertad humana, de la conciencia y de la responsabilidad personal. Y dedica los dos últimos epígrafes de su contribución a considerar cómo el relato del Génesis ha superado el reto planteado por la física contemporánea y las teorías evolucionistas. Aquí, como cuando se refiere a los «conflictos» entre la fe y las teorías científicas del momento, se hace eco -demasiado eco, en mi opinión— de argumentos que tratan de conciliar la interpretación literal de los textos del Génesis con las conclusiones de la ciencia actual.
La fe en lo sobrenatural es posible; el cristianismo es algo más que una experiencia psicológica, más que una religión humana como otras, más que un fenómeno sociológico…
Termina Domb su contribución aludiendo al papel de la razón al servicio de ia fe, para iluminarla y entender que lo creído es verosímil, razonable: cuando uno no logra justificar lo que cree, fia de tener la humildad suficiente para atribuirlo a sus propias limitaciones y no a la falta intrinseca de justificación.
Entre las diversas colaboraciones de científicos cristianos destacan tres: las de dos profesores de la Universidad de Stanford, R. H. Bube, de ciencia de materiales y de ingeniería eléctrica, y C. W. F. Everitt, de física experimental, y la de un especialista en estructura nuclear y reacciones nucleares, de la Universidad de Oxford, P. E. Hodgson.
El primero se pregunta si un científico puede ser cristiano en el mundo de hoy y contesta afirmativamente. Comienza explicando de modo sencillo y claro qué entiende por ciencia y por teología, para pasar a expresar los puntos de vista del creyente acerca de algunas cuestiones que plantean más a menudo los que dicen que no creen: Dios continúa siendo necesario hoy; la fe en lo sobrenatural es posible; el cristianismo es algo más que una experiencia psicológica, una religión humana como otras, un fenómeno sociológico…; o los milagros no son previsibles por la ciencia, sino manifestaciones de la actividad libre de Dios para darse a conocer.
Bube dedica el final de su artículo a tratar si puede considerarse la Biblia como fuente de la revelación divina. Hace ver que el mayor obstáculo para contestar afirmativamente a esta cuestión nace de la visión cientificista según la cual toda información fiable ha de ser resultado de la investigación científica. Esta visión no tiene en cuenta las relaciones entre personas. Así como sobre las cosas sólo conseguimos saber algo mediante la investigación científica, también podemos conocer a las personas a través de lo que ellas nos revelan de sí mismas. Y de igual modo, cuando las criaturas queremos conocer a Dios. De otra parte, esa clase de visión ni está reclamada por la aceptación de la ciencia, ni es tan consistente con la totalidad de nuestra vida y de nuestra experiencia como la visión basada en la revelación bíblica.
Y, en fin, aquélla es incapaz de responder a los problemas fundamentales con que se enfrentan todos los seres humanos.
La colaboración de Everitt se propone salir al paso del cliché según el cual la ciencia es hechos y razón; y la religión, fe irracional. Por eso, se refiere prímero a lo que hay de fe y místerío en la ciencia, para ocuparse después de lo que la religión encierra de razón y escepticismo. Para ejemplificar lo que se propone, se pregunta de qué modo podemos comprobar la asombrosa afirmación de un hecho como la resurrección de Jesús de entre los muertos. Desde luego, no desde el punto de vista de la ciencia experimental, como pretendía Tomás, el discípulo incrédulo.
Ante la resurrección, la búsqueda racional conduce a las pruebas históricas, que son bien sólidas, porque vienen avaladas al menos por seis testimonios escritos independientes. El más antiguo de estos testimonios es el de la primera carta de S. Pablo a los Tesalonicerises, que cabe datar con seguridad en el año 50 o 51 de la era cristiana, es decir, cuando han pasado menos de veinte años desde la muerte de Cristo. En esa carta el apóstol anima a los tesalonicenses a que continúen convertidos a nuestro Dios, para servirle a Él, único vivo y verdadero, y esperar de los cielos a Jesús, su Hijo, a quien Él resucitó de entre los muertos y que nos ha de salvar». Para Everitt, esta referencia a la resurrección como un hecho aceptado que da dirección y sentido a la vida, es hasta más expresiva que las de los relatos evangélicos. «Algo» debe haber sucedido para producir una confianza tan radiante. Y aunque este testimonio no resuelva todas las cuestiones que suscita la resurrección, reviste la forma que cabría esperar de una religión, el cristianismo, que entrelaza historia, razón y fe: lo suficientemente explícito para que la fe no anule la inteligencia, pero no tan arrollador que elimine la voluntad.
La fe empapa la vida de los científicos de varios modos. Aunque se afirma a menudo que el método científico consiste en comprobarlo todo experimentalmente, esto no es así en la práctica. Los científicos aceptamos, fiados en la autoridad, un montón de cosas que no podemos contrastar. ¿Cuántos físicos han comprobado cada paso experimental y lógico del camino que comienza en los trabajos de Galileo hasta llegar a la dinámica hamiltoniana? Seguimos, a veces ni paso a paso, algunas demostraciones de manual, y confiamos el resto a la fe, a una fe que podemos llamar conformista. Hasta el científico más revolucionario acepta de la tradición mucho más de lo que rechaza.
Cuando se habla de cuestiones religiosas, por misterio se suele entender, en primera aproximación, una doctrina que supera el entendimiento humano, como el misterio de la Santísima Trinidad, o una experiencia que despierta temor reverente. A menudo, ambas cosas se dan juntas y las dos tienen, según Everitt, su reflejo en el ámbito de la ciencia, donde los enunciados fiables que no cabe demostrar se suelen llamar «principios»: el principio de Maupertuis, el de conservación de la energía, el de Mach, el de indeterminación… Según Everitt, todos los «principios» son misteriosos.
La física tiende actualmente a la unificación. Su ideal se cifra en escribir una ecuación maestra, maravillosa, en la que intervenga una función universal que englobe todo lo que existe. Se han propuesto diversas formas para esa ecuación. En todas gravita el misterio de la unidad y la pluralidad. Un misterio constituido por dos ingredientes: la axiomatización y la integridad. Todas las teorías, tras un éxito clamoroso inicial, resultan incompletas, lo que no quiere decir que no sean útiles, fecundas, o que no sigan teniendo validez.
La electrodinámica cuántica, por ejemplo, formulada hace sesenta años, es un cuerpo de doctrina formidable, que explica bien toda la química, la física del estado sólido, las interacciones de la materia con las radiaciones… y muchas cosas más. Con esa teoría se calcula el momento magnético del electrón con una precisión, respecto al valor determinado experimentalmente, de una parte en cien mil millones. Pero bien vista, la teoría encierra un misterio: el hecho de que tres cantidades físicas, la constante de Planck, «h», la velocidad de la luz, «c», y la carga, «e», del electrón formen una relación adimensional hc/2 пе² = 137,036, significa que una de las tres tiene su origen en las otras dos. La teoría es, por tanto, incompleta, imperfecta.
Everitt cita otros ejemplos de gran interés para hacer ver que la ciencia logra explicar muy satisfactoriamente muchas cosas y, a la vez, es incompleta. En resumen, y tomando la antigua imagen de S. Pablo, vemos de modo oscuro cómo a través de un vidrio desigual, muy transparente a trozos, traslúcido en otros, que si queda limpio por aquí, aparece medio opaco por allá.
Todas las teorías, tras un éxito clamoroso inicial, resultan incompleta», lo que no quiere decir que no sean útiles, fecundas, o que no sigan teniendo validez.
Everitt hace ver que Jesús fue un pensador original: sorprendía a los escribas, que daban mucha importancia a la recta razón, porque exponía «como quien tiene autoridad». Entre los autores del Nuevo Testamento, S. Juan, lo ve como el Logos-el principio racional encarnado; S. Pablo descuella como el polemista más hábil de su época, y S. Lucas es un griego de clase media alta, cultivado, razonable, imparcial. Cuando Jesús habla del corazón, trata de rechazar una religión de observancia meramente externa (en hebreo, corazón significa todo lo anterior, no las emociones). De otra parte, amar al prójimo como a uno mismo supone tanto la comprensión del prójimo como la de uno.
La historia mundial ha conocido, electivamente, civilizaciones importantísimas, con logros insuperables en filosofía, teatro, arquitectura, escultura, metalisteria o cerámica, pero ninguna ha alcanzado ni remotamente los resultados de la nuestra en el ámbito de la ciencia.
En este punto se alza la objeción. La religión centrada en la razón lleva al aburrimiento, a la aridez (como las enseñanzas de los escribas, que comentaban los textos palabra por palabra; como también sucede con la critica bíblica moderna). Pero Jesús de Nazareth adoptó una estrategia intelectual mucho más valiente. En una de sus sentencias, reveladora de su perspicacia, comparaba la clase de escriba a la que Él, como maestro, aspiraba a educar a un «padre de familia que saca de su tesoro cosas antiguas y nuevas». Las parábolas, historias personales muy expresivas, junto con la exposición bien razonada de los textos religiosos antiguos: una combinación estupenda.
Una vez sentado lo anterior, Everitt pasa después a sostener que la religión debe incorporar un severo escepticismo, y para justificarlo toma como pauta el libro del Eclesiastés. Escrito probablemente 250 años antes de Cristo, es, a diferencia de otros libros sagrados, una obra en la que el autor revela todas sus dudas, todos sus desencantos. Comienza por exponer un retrato de su vida, en la que disfrutó de todas las cosas humanas deseables, de todos los placeres, para comprobar, después, que todo eso es vaciedad, nada. Por si esta conclusión se debiera a haberse centrado en sí mismo, continúa su relato mirando en torno suyo y comprobando con inquietud creciente que en su mundo «moderno» (que es como el nuestro) la insensatez, la crueldad, el egoísmo, la corrupción, la ingratitud, lo invaden todo.
Podría pensarse que el autor del Eclesiastés está haciendo denuncia social. Pero no, lo que expresa es una especie de «desesperación religiosa» que adquiere toda su intensidad en este lamento: «Dios lo ha hecho todo bello en su tiempo, y ha puesto en el alma humana la idea de eternidad, aunque de tal modo que el hombre no puede descubrir la obra de Dios desde el principio hasta el fin». Esta afirmación, una de las más terribles de la Biblia, se ha interpretado a menudo así: Dios existe, nos ha dado anhelos de eternidad… y nos deja solos.
¿Hay en esta afirmación un mensaje religioso positivo? Sí, por dos razones. Al exponer sus dudas, el autor se identifica con quienes en el futuro, al sentir la tentación de la desesperación, puedan comprobar cómo un hombre asistido por la inspiración divina fue aún más lejos en la duda. Y además, porque a continuación el autor ofrece el remedio en unos versículos donde nos urge a hacer el bien sin mirar a quién, a dar generosamente, a sembrar sin preocuparnos de vientos ni de nubes; es decir, a adoptar una actitud positiva aun en contra de toda esperanza. Uno puede filosofar y filosofar: antes o después ha de tomar una decisión. La última elección moral, el último acto de fe, es cuestión de dirección: o uno se inclina al bien o al mal. Sólo cuando se ha llegado a los límites del escepticismo se puede plantear la cuestión de modo tan tajante. La física nos enfrenta con el misterio de la eficacia incompleta. En el ámbito de la religión la ventana tampoco es igualmente luminosa por cualquier sitio que se mire. No es que haya verdades de fe de segunda categoría, pero sí misterios más difíciles de entender que otros. Hay que fijarse en las palabras iniciales del Eclesiastés, según las cuales el Predicador sabio enseña sopesando cuidadosamente los proverbios. La búsqueda filosófica es desesperanzadora; sólo con una mezcla sensata de fe de niño y de escepticismo tenaz podemos los mortales lograr el inicio de la madurez.
En su colaboración, que lleva por título «Ciencia y visión cristiana del mundo», comienza Hodgson planteándose por qué nuestra comprensión científica del mundo natural no se logra hasta hace relativamente poco tiempo, durante los últimos siglos, y en Europa occidental. La historia mundial ha conocido, efectivamente, civilizaciones importantísimas, con logros insuperables en filosofía, teatro, arquitectura, escultura, metalistería o cerámica, pero ninguna ha alcanzado ni remotamente los resultados de la nuestra en el ámbito de la ciencia.
La característica singular de la ciencia moderna está en que permite comprender cuantitativamente, mediante ecuaciones, una gran cantidad de fenómenos y su modo de producirse en el curso del tiempo. Las ecuaciones de Newton describen el movimiento de los sistemas clásicos (los proyectiles, los planetas); las de Maxwell, todos los fenómenos electromagnéticos, y la de Schrödinger, el mundo del átomo y del núcleo. Nada de esto, que inició Newton (1642-1727) al señalar un camino intermedio entre el empirismo de Bacon y el racionalismo de Descartes, se encuentra en ninguna otra civilización, aunque en algunas más antiguas se hicieron observaciones agudas sobre el mundo natural y, en la griega en particular, se llegó a un pensamiento tan brillante como profundo sobre la constitución del mundo.
Para que naciera la ciencia, hacía falta en primer término estar convencidos de que el mundo es bueno, digno de estudio, y racional; y hacía falta también cierta esperanza en poder llegar a comprenderlo. Si el mundo fuera irracional, es decir, si la conclusión a la que se llega hoy aquí no fuera verdad mañana o en otro sitio, el conocimiento sistemático sería imposible. Esa racionalidad del mundo, de otra parte, puede ser necesaria o no. En el primer caso, podríamos conocerlo, como la matemática, sólo pensando. Pero si la racionalidad del mundo no es necesariamente una, si pensamos que podría ser de otro modo, entonces, para averiguar de qué clase de racionalidad se trata, para saber cómo es, hemos de observarlo atentamente y hacer experimentos.
En los siglos anteriores al XVII, cuando nace la ciencia, Europa era cristiana y el pensamiento sobre el mundo natural estaba muy influenciado, si no determinado, por la teología católica, según la cual el mundo es bueno porque fue creado por Dios, que lo mantiene además en su ser: en el primer capítulo del Génesis se lee que después de la creación Dios vio todo lo que había hecho y le pareció muy bueno. La materia, más tarde, se ennoblece con la Encarnación de Jesucristo: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros», según el primer capítulo del evangelio de S. Juan. Además, el mundo creado es racional: el libro de la Sabiduría declara que el Creador lo ordenó todo en medida, número y peso. Y Dios es libre, de modo que el orden en la creación no es un orden necesario.
Dios nos ha dado la capacidad de comprender el mundo. Debemos los católicos desarrollar esa capacidad y compartir sin reservas lo que logramos aprender.
El mundo se abre a la mente humana porque Dios nos mandó dominar la tierra y no manda imposibles: «Dad fruto, multiplicaos, llenad la tierra y dominadla. Sed dueños de los peces del mar, los pájaros del cielo y de todo lo que vive en la tierra». Dios nos ha dado la capacidad de comprender el mundo. Debemos los católicos desarrollar esa capacidad y compartir sin reservas lo que logramos aprender. Por añadidura, podemos aplicar el conocimiento científico a lograr más alimentos y medicinas, que nos ayuden a cumplir otro mandato de Cristo: «Dad de comer al hambriento y de beber al sediento».
La investigación científica es un modo esencialmente cristiano de estudiar el mundo, que comenzó desarrollándose en el seno de una civilización cristiana.
A continuación traza Hodgson el panorama de la contribución de la teología católica y de los científicos creyentes al nacimiento y desarrollo de la ciencia, desde la Edad Media, cuando se acepta la filosofía de Aristóteles, hasta que, varios siglos después, surgen los secularizadores, que ven la ciencia como alternativa a la religión y en particular al cristianismo: los enciclopedistas de la segunda mitad del siglo XVIII y, durante el XIX y comienzos del XX, Spencer, Huxley y Wells, y sus seguidores contemporáneos.
Las ideas secularizadoras llevan a la opinión según la cual ciencia y cristianismo son enemigos irreconcililables. Esta opinión ha ganado también terreno cuando algún eclesiástico, desde Galileo a nuestros días, ha abordado imprudentemente las cuestiones científicas. Todo esto ha podido oscurecer en ocasiones una cuestión probada: la investigación científica es un modo esencialmente cristiano de estudiar el mundo, que comenzó desarrollándose en el seno de una civilización cristiana precisamente porque presupone un modo de pensar acerca del mundo natural que sólo cabe encontrar, como un conjunto coherente, en la teología católica.
Para describir un fenómeno repetido muchas veces a lo largo de la historia, Hodgson se refiere sucesivamente a los intentos más bien superficiales por relacionar la física de las partículas elementales con las religiones orientales; a los efectos negativos que ha tenido sobre la ciencia el marxismo-leninismo de la antigua Unión Soviética, y al irracionalismo de cuatro filósofos contemporáneos de la ciencia, Popper, Lakatos, Kuhn y Feyerabend. Consiste este fenómeno en que las ideas que forman la base de la ciencia son las que conducen a Dios, mientras que las ideas contrarias, los ateísmos, acaban destruyendo la ciencia.
Aborda Hodgson a continuación los problemas que puede plantear la Biblia a una mentalidad científica. Hace ver que la Iglesia existía años antes de que se reunieran de modo definitivo los diferentes libros de la Biblia. Los católicos reciben los libros sagrados fiados en la autoridad de la Iglesia, que señala también cómo han de interpretarse. Al hacerlo así, la Iglesia tiene muy en cuenta las conclusiones de la historia de la ciencia. Los protestantes, al no admitir la autoridad de la Iglesia y conservar la Biblia, pueden interpretarla o literalmente o según el propio juicio. Lo primero lleva a un choque frontal con la ciencia y a la confusión del debate creacionista contemporáneo, mientras que el juicio propio conduce a la fragmentación en sectas característica del protestantismo.
Después de explicar con detalle que la Biblia se nos da para enseñarnos verdades de salvación y no para que aprendamos ciencia, se detiene en el problema que plantean los milagros, tanto los que relatan los libros sagrados como los que se han producido después, hasta nuestros días; todos, sucesos completamente inexplicables de modo natural que encierran o están relacionados con un mensaje espiritual. Así, la curación del ciego del Evangelio o la resurrección de Lázaro son inexplicables de modo natural y prueban el poder de Cristo sobre la naturaleza. Así, todos los milagros de Lourdes.
Algunos científicos rechazan, sin más trámites, la posibilidad de curaciones milagrosas, procedimiento realmente no muy científico pero que se comprende, porque es condición, para que la ciencia estudie un fenómeno, que sea reproducible. La Iglesia, por su parte, es muy estricta antes de admitir la posibilidad de tales curaciones; no es suficiente que no quepa explicarlas desde un punto de vista médico, aunque cada caso esté bien estudiado y documentado por médicos especialistas de integridad fuera de toda duda: es preciso que superen cualquier explicación concebible.
Si aceptamos que puede haber milagros, hemos de intentar comprender cómo relacionar esto con nuestro conocimiento científico. Creemos que el universo fue creado por Dios de la nada y que al continuar existiendo depende también de Dios. Él ha dado a las sustancias y a las fuerzas naturales sus propiedades, de acuerdo con las cuales se comportan normalmente. En otro caso, se produciría el caos y la vida se haría imposible. Siendo esto así, Dios puede cambiarlo a su voluntad, pues es el Señor de la naturaleza: todo le está sujeto.
Si el universo es un sistema completamente determinado y somos parte del universo, parece a primera vista que nuestra libertad no es más que una ilusión. Pero la libertad constituye una experiencia humana innegable. Según Hodgson, la experiencia de esta misteriosa facultad sugiere que no somos una parte del universo como las demás: no somos sólo cosas materiales que interaccionan de modo consistente. Hay en cada uno de nosotros algo diferente, un alma inmortal creada por Dios en el momento de la concepción. Podemos no comprenderlo, pero esto nos permite dar sentido a nuestras vidas, a nuestra experiencia. También aquí reside la razón por la cual la Iglesia Católica insiste siempre en el carácter sagrado de la vida humana.
La ciencia nació cuando la teología católica inculcaba en la mente europea que Dios creó de la nada, de modo libre y racional, el mundo natural. Ahora la ciencia es un árbol robusto en un mundo secularizado. Anuncia Hodgson que la ciencia sobrevivirá al descenso en moralidad y a la lluvia ácida del pesimismo de Copenhague, al materialismo marxista, al falsificacionismo de Popper, al misticismo oriental de Capra, a los paradigmas de Kuhn y al anarquismo de Feyerabend.
Anuncia Hodgion que la ciencia sobrevivirá ai descenso en moralidad y a la lluvia árida del pesimiimo de Copenhague, al materialismo marxista, al falsificacionismo de Popper, al miiticismo oriental de Capra, a los paradigmas de Kuhn y al anarquismo de Beyerabend.
Afortunadamente, la mayor parte de los científicos poseen el instinto de la realidad objetiva del mundo natural y no suelen hacer mucho caso de las filosofías en boga. Harían bien, según Hodgson, si tomaran conciencia de las amenazas mortales que encierran esas filosofías y también si admitieran que la ciencia vigorosa e independiente ha de basarse, como en el pasado, en la concepción cristiana del mundo natural.
Este ensayo, que empezó como recensión de un libro¹, se ha convertido en un resumen de los puntos más significativos que contiene la obra. Al acabar la lectura se echa de menos una alusión a algo que vale la pena abordar, aunque sólo sea esquemáticamente: la relación entre fe y gracia desde el punto de vista católico. Lo intentaré con un relato de algo sucedido hace cuatro años en Japón.
El Obispo Prelado del Opus Dei, monseñor Álvaro del Portillo, se reunía en Ashiya con un numeroso grupo de japoneses. Después de un breve saludo inicial y de unas palabras introductorias del Prelado, los asistentes formularon preguntas y mantuvieron con él un diálogo animado. Con las palabras iniciales comenzó diciendo, más o menos: «Soy el Prelado del Opus Dei. Soy, como sabéis, católico. Por eso creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra…», y continuó recitando el Credo.
Entre los asistentes había muchos que no tenían la gracia de la fe, no estaban bautizados. Pero también había cristianos. Una señora, católica, explicó que tenía una amiga con la que discutía a menudo porque se negaba a aceptar las verdades de la fe. Monseñor Del Portillo le explicó entonces que la fe es un don de Dios, y le recomendó que comprendiera a su amiga, que respetara la libertad de su conciencia y que, en vez de discutir con ella, rezase por su conversión, para que Dios le concediera la gracia de la fe.
Hay, y no sólo entre los científicos, muchas personas de buena voluntad que no han recibido la gracia de la fe. Y no faltan, entre estas personas, quienes preferirían tener esa gracia. Aunque no puedan merecerla, sí pueden estar seguros de que nuestro Padre Dios quiere que sus hijos, todos los hombres, se salven; de que si procuran ser personas honradas y pedir esa fe, acabarán por lograrla.
Título: «El impacto del mercado único en el Sur de Europa».
Autor: Varios.
Editorial: Revista del Instituto de Estudios Económicos, Madrid 1991, 320 páginas.
Precio: 1.500 pesetas.
Nadie discute ya que la integración económica europea qu que conducirá al mercado único en enero de 1993 será beneficiosa para todos los países afectados. El famoso Informe Cechini sobre el coste de la no-Europa y multitud de análisis posteriores no dejan la menor duda al respecto. Lo que ahora se plantea es qué países resultarán más beneficiados y cuáles menos. Un modo de enfocar esta cuestión se inclina a distinguir, por buenas razones, entre los países del Norte de Europa de los del Sur. España, Grecia y Portugal, además de ser los últimos llegados al club, van rezagados respecto de los demás en prácticamente todas las magnitudes que hemos dado en considerar medida del bienestar, y sus estructuras económicas adolecen de un retraso que parece insalvable en muchos años.
De todos modos, los países del Sur de Europa pueden contarse entre los más beneficiados del mercado único si se apresuran a lograr una mejor situación de partida y saben elegir con acierto la estrategia económica a corto y medio plazo. A primera vista, parece evidente que estos países deben explotar las ventajas comparativas que tienen sobre los del Norte, en especial sus menores costes laborales, para competir por el precio en un mercado abierto. Pero es un camino peligroso porque: a) tendrán que soportar la competencia de los países en vías de desarrollo, proveedores de los mismos productos a precios aún menores, que ya están llamando con fuerza a las puertas de la Comunidad; b) profundizarán su especialización en industrias de bajo contenido en I+D con limitadas posibilidades de crecimiento, y c) se condenarán a largo plazo a un comercio fundamentalmente interindustrial con el resto de Europa. Por estas razones, los países del Sur de Europa deberían mejorar su posición en industrias con elevado contenido tecnológico (a semejanza de Irlanda), además de buscar el aumento del valor añadido de su producción tradicional para acceder a segmentos del mercado distintos de los que pueden cultivar con ventaja los países en vías de desarrollo, como enseña el ejemplo de Italia.
La Revista del Instituto de Estudios Económicos 3/1991 recoge los estudios más recientes sobre esta sugestiva problemática, introducidos por una cuidadosa síntesis y una aplicación al caso de España.
España es el país del Sur de Europa «menos del Sur» en el sentido que aquí se trata. No se encuentra tan condicionada como Grecia o Portugal por las estructuras productivas tradicionales y ya está desarrollando industrias de elevado contenido tecnológico e intensivas en capital, pero el reducido tamaño de estas empresas impide de momento que pueda aprovechar en grado suficiente las economías de escala. En todo caso, el comportamiento dinámico de la economía española en los últimos años y el indudable atractivo que genera en los inversores extranjeros podría justificar una opinión optimista sobre sus posibilidades de integración y competitividad, siempre que terminen de corregirse los desequilibrios básicos que aún padecemos respecto de los principales países de la Comunidad. En este sentido, los autores del Estudio Introductorio de la revista que comentamos señalan esquemáticamente las coordenadas deseables para una política económica consecuente: a) reducir la inflación, hasta eliminar la diferencia que todavía existe con los países comunitarios más moderados, mediante la actuación de otras políticas macroeconómicas que ayuden a la monetaria, sobre todo la política fiscal; b) la reestructuración del sector público industrial, con la idea de vender las empresas públicas cuya gestión pueda mejorarse en manos privadas; c) la moderación salarial, para evitar que los costes laborales crezcan por encima de la productividad; d) la reforma de la formación profesional; e) medidas que estimulen la mejora de la eficacia del sector bancario.
Título: «Nosotros, los españoles»
Coordinador: Vicente Palacio Atard.
Editorial: Planeta, Barcelona 1991, 278 páginas.
Precio: 1.800 pesetas.
Buen conocedor de nuestras flaquezas históricas, don Ramón Menéndez Pidal recomendaba la comprensiva ecuanimidad como bálsamo para la comunidad española; con su ejercicio podríamos lograr una convivencia fructifera que permitiera aunar sentimientos y afanes colectivos, y en la que los «disidentes» fueran albergados y no sofocados.
Para todo ello, la voluntad de concordia debe ir asociada a una reflexión inteligente. En esa onda de pensamiento anda el profesor emérito Vicente Palacio Atard, quien acaba de publicar una breve historia de España. No se busque en esta obra, pues, un ensayo histórico de hondura; se trata, al igual que sucediera con su librito Juan Carlos I y el advenimiento de la democracia, de un trabajo dirigido al público en general y apto para una muy amplia difusión. Su fácil lectura no sólo acrecienta en el lector profano su caudal de conocimientos, sino que también estimula el rechazo de interpretaciones simplistas y estereotipadas, animando a matizar las valoraciones de personalidades y acontecimientos. Y todo nuevo libro que se oriente en tal sentido merece nuestra bienvenida y nuestra atención.
Una buena muestra del rigor y del talante liberal de Palacio Atard se encuentra en su afirmación de que no hay peor servicio a la historia que prescindir del pasado que nos resulta ingrato. Si, a su vez, nos preguntamos por el servicio que ella puede darnos, nos encontramos con que la historia y la vida hacen comprender la realidad. Esto lo han sabido ver y explicar muy cumplidamente tanto Ortega como Marías, empleando los conceptos de razón histórica y razón vital. La innovación y la imaginación en que consiste la vida sólo son accesibles si se cuenta con la memoria del pasado, ordenada secuencialmente y dotada de argumento.
Es de sobra conocido que Palacio Atard distingue seis fundaciones en la historia de España. La romanización de nuestra Península se inició otorgándole a toda ella el nombre de Hispania. La presencia musulmana trajo consigo la idea de «la pérdida de España» («cuando mayor era el peligro de desaparición de la herencia hispana -nos dice Palacio, la misma adversidad generó nuevas fuerzas para rehacer esa entidad histórica»). Las siguientes fundaciones se gestaron con el reinado de Isabel y Fernando, con la llegada de la Casa de Borbón y con la declaración de soberanía nacional y división de poderes, efectuada por las Cortes de Cádiz.
Con el 98 se acabó de disolver la España de Ultramar (valga mencionar que entre 1848 y 1868, Estados Unidos nos ofreció en tres ocasiones la compraventa de Cuba). Pero Palacio Atard no encuentra en esos momentos de frustración, de conciencia de atraso y de gran abatimiento colectivo, la sexta-y hasta ahora última fundación de la vieja España, a pesar de que provocaran un vigoroso movimiento regeneracionista. Para él esa etapa fundacional se inauguró hace sólo quince años con el establecimiento de la Monarquía constitucional y el Estado autonómico.
En conclusión: ¿cuál es nuestro futuro? Nuestro resultado histórico no es fruto de leyes de terministas, y lo que lleguemos a ser va a depender de nosotros los españoles. Dependerá del conocimiento que poseamos de nuestro largo pasado común, que lo comprendamos y lo enjuiciemos ecuánimemente; de penderá de que no reduzcamos nuestras dimensiones históricas y demos pasos decididos en la formación de las comunidades europeas y americanas a las que estamos llamados a integrarnos; y dependerá también, por supuesto, de que se dé cauce a los mejores entendimientos con que contamos.
En Galicia, en las denominadas Rías Bajas (sin duda uno de los acci deentes geográficos más originales y bellos de España), se ubica la península del Morrazo (a decir del insigne geógrafo Otero Pedrayo, península de «nombre antiguo, autorizado por los documentos y el uso, que preferiríamos ver sustituido por el más armonioso y eufónico de península de Domayo, del nombre del alto y atractivo faro que la preside»). Sus límites los ha llamamos en la ría de Pontevedra al norte, la de Vigo al sur, el océano Atlántico al oeste y el extremo oriental por la autopista que une Vigo con Pontevedra. Puede, por tanto, decirse que bien por accidentes naturales, bien por elementos artificiales, nos encontramos ante un espacio peculiar, no sólo en su fisonomía sino en su propia realidad medioambiental. Tanto es así que, para no pocos estudiosos del lugar, «se ve la gracia de formas del litoral del Morrazo en las inflexiones de Bueu, Beluso y Al82 dán. El Morrazo, clara forma peninsular más fina y dibujada que la Barbanza, como animada por una lenta vibración en sus rocas alzadas a los 625 metros, en el Faro de Domayo y a los 332 en el Leboreiro, avanza entre las dos rías como un breve y gracioso esquema de las facies de mar y tierra de las comarcas de las Rías en riqueza de playas, sectores de pulida o dentada costa, valles de erosión, orlas litorales profusas y tendidas e inicios de cúpulas montañosas de extensos horizontes».
De lo expuesto podemos deducir que nos encontramos ante una zona peculiar, de notable belleza, cosa que en realidad aún es. Sin embargo, poco a poco, esto se está transformando. De hecho, la evolución paisajística ha estado y está, cada vez con mayor importancia, marcada por la influencia del hombre; así, a lo largo de las últimas décadas los cambios producidos en los ecosistemas, más que de transformaciones podría llevarnos a hablar de degradación.
La península conforma una región natural que se integra en el «litoral». Su relieve es, por lo general, abrupto, montañoso, aunque más suave que el que caracteriza a Galicia; incluso, en ella, pueden llegar a encontrarse valles abiertos, de notable esplendor, como por ejemplo el de Coiro. Toda la zona está atravesada por la mencionada Sierra de Domayo, que corre en dirección NE-SW, dando lugar a la auténtica columna vertebral de estos lugares; la vegetación primigenia, compuesta por los bosques atlánticos de roble (Quercus robur), tan sólo está representada, en los elementos actuales, en las zonas más elevadas. A lo largo de las últimas décadas, se llevó a cabo una importante repoblación forestal a partir de pinos y eucaliptos. Ambas especies han ido por sus propias características- empobreciendo los suelos, que, además, se caracterizan por ser poco profundos, alternando con frecuentes afloramientos de la roca subyacente, con importante pedregosidad.
La evolución paisajística del Morrazo ha estado y está marcada por la influencia del hombre.
El estado en el que se encuentran los paísajes del Morrazo es, aún, aceptable.
La degradación, consecuencia de la notable influencia humana, se ha dejado sentir -también en la fauna, principalmente en los vertebrados; así, no debemos olvidarnos que hasta hace apenas un siglo aún habitaban estos lugares los ciervos, osos, cabras monteses, corzos…, junto con el lobo, el zorro o el tejón. En los momentos presentes, la distribución de las especies supervivientes -algunos ejemplares de lobo, zorros y tejones depende de la cobertera vegetal, junto con la mayor o menor conservación de los cursos fluviales, acantilados, ensenadas….
Los factores paisajísticos están marcados, principalmente, por el contraste entre las rías y el interior de la península. En este sentido, hay que destacar el que en el extremo occidental de la península se han desarrollado áreas de dunas, debiendo mencionarse la ensenada de Rande, el cabo Home -zona de contacto tectónico, la especta cular «costa de la vela». Se dan grandes arenales costeros, que llegan a alcanzar alturas próximas a los 150 metros. Igualmente, debemos citar los humedales anejos…
Lo descrito es lo que, poco a poco, o de forma acelerada, va transformándose y destruyéndose, por causas varias que seguidamente pasaremos a analizar.
En líneas generales, el estado que actualmente presentan los paisajes del Morrazo es aún aceptable, si bien los elementos degradadores podríamos resumirlos tal y como sigue. Una primera aproximación nos acerca al hecho de que la población de la penin-Marin. Puerto. Los vertidos contamisula se asienta en los márgenes costeros; esto nos explica que si incluimos los habitantes del núcleo urbano de Pontevedra, se alcanzan densidades de población próximas a los 500 hab./km². Si a esto le añadimos que los principales núcleos poblacionales se sitúan en las proximidades de los estuarios y de las rías, coincidiendo con la desembocadura de diversos sistemas hidrográficos, sobre los que Mapa de la península del Morrazo Marip Vigo suelen verter todo tipo de residuos (tanto domésticos como industriales), se comprende que los problemas de degradación medioambiental cada vez sean mayores.
De esta forma, habría que hacer referencia a los focos de tipo doméstico, distinguiendo entre los vertidos líquidos y los gaseosos, eso sí, sin olvidar que la incidencia por el momento de estos últimos sobre el medio es bastante baja, al darse en la zona una notable capacidad de transferencia aérea de contaminantes. Sin embargo, la descarga de desperdicios sin tratar da como resultado que se depositen barros que desprenden muy malos olores en los bancos de los ríos, estuarios y aguas costeras, especialmente perceptibles en las mareas bajas. Estos depósitos son especialmente importantes en la ría de Pontevedra, sobre todo en las proximidades de la desembocadura del río Lérez y en las proximidades de la industria de celulosa, cerca de Marín.
La contaminación de tipo industrial no tiene tanta importancia como la de tipo doméstico.
La contaminación de tipo industrial no tiene tanta importancia como la de tipo doméstico, debido al tamaño y a las características que la industria presenta en este lugar. Pese a todo, la citada ría de Pontevedra tiene problemas importantes derivados de los desechos de origen industrial. A ella llegan gran cantidad de materias orgánicas, sólidos en suspensión, así como vertidos ácidos (clorhídrico, sulfúrico), sales y escamas de mercurio, sosa cáustica…, elementos todos ellos que hacen de la ría un lugar con elevados niveles de contaminación.
A lo señalado, añadir como verdaderas amenazas medioambientales los aterramientos, los escombros, las basuras y desechos de procedencia varia, el «campismo» incontrolado, el «motocross», la extracción ilegal de áridos, las construcciones ilegales, los incendios provocados —con fines especulativos—, las talas ilegales… Veamos algunos ejemplos concretos caracterizadores de los problemas que en esta materia tienen los distintos «Concellos».
Si dejamos al margen el núcleo urbano de Pontevedra, en la zona septentrional de la península encontramos el «Concello de Marín. Tradicionalmente, se le ha descrito como una villa hermosa, cuyos alrededores ofrecen admirables puntos de vista sobre la bahía, la isla de Tombo, combinándose las industrias marineras con la fina agricultura, las casas nobles con los grupos labriegos. Sin embargo, poco a poco, debido al desarrollo industrial, este medio se ha ido degradando; de esta manera podemos señalar como focos contaminantes los que se sitúan en el puerto y en los astilleros, así como en. las diversas industrias que en. ellos se han desarrollado (v. gr., conserveras, frigoríficas…). Sin embargo, una de las cuestiones más problemáticas la hallamos en el medio urbano. Debido a la casi total ausencia de planificación urbanística, si tomamos como puntos de referencia el antiguo puerto y la Academia Militar, puede afirmarse que el desarrollo urbanístico ha sido, y es, totalmente caótico. Junto a esto, destacar los problemas de las zonas rurales y rururbanas que se dan en el Concello (primero fue la pesca de altura, después el desarrollo y expansión urbana de Pontevedra y, en los momentos actuales, la especulación del suelo y la incontrolada construcción que tienen como consecuencia la progresiva degradación del medio).
Entre Marín y Bueu, de pronto en esta bella y agreste península del Morrazo, todo se nos convierte en atalaya, siendo la primera que encontramos, luego de Lapamán desviándonos a la izquierda y encaramándonos al monte, la de Cela. Desde su iglesia románica, Santa María, se atisba un paisaje espectacular. Luego, desde Ermelo, y más concretamente desde un lugar llamado «Esculca de Meiro»; y desde Coto Redondo, que posee además un aire como versallesco, con su lago difícil, casi desgarrador, decidir cuál es el paisaje mejor en una tierra de perspectivas tan mágicas. Es que Bueu, que tiene a las espaldas el monte Leboreiro, constituye un epicentro de miradores, aunque encontramos también notables problemas de degradación medioambiental. Puede hacerse mención en las dunas de las playas de Agrelos y Portomaior; éstas, amén de ser utilizadas durante la época estival como aparcamientos, tal y como sucede en otras muchas playas, padecen las consecuencias de que a ellas van a desembocar pequeños cursos de agua que, a lo largo de los últimos años, se han convertido en verdaderas cloacas (a través de ellos desaguan todo tipo de jabones, detergentes, residuos y líquidos de cocina, grasas, excrementos…). Igualmente, hay que hacer referencia al área del antiguo aserradero, ruinas del Club Náutico…, cuya degradación se acrecienta al haberse convertido en un auténtico refugio de drogadictos, así como a la zona de «Banda do Río» (destinada al aterramientos, escombros, desguace de bateas).
Ahora bien, para muchos va a ser Cangas —la denominada capital del Morrazo— una de las zonas más ricas en espacios naturales y atractivos paisajes, el «Concello» con un medio más degradado. Quizá su tradición pesquera, la atracción que ha tenido sobre los foráneos, sus 22.000 habitantes…, sean los causantes de ello. De esta manera, junto al puerto o a las industrias conservera y frigorífica, debemos hacer referencia a los aterramientos, escombros, basuras…, que a lo largo de los últimos años se añaden al «campismo» incontrolado y a las talas ilegales especialmente preocupantes en el carballal de Coiro.
En la degradación del medio físico del «Concello» cobra notable importancia, en los meses de verano, el «campismo» incontrolado, cuya incidencia se deja sentir con gran profusión en las playas (v. gr., Menduiña, Castañeiras, Limens, Xián, Barra, Nerga…, todas ellas de notable esplendor y valores paisajísticos). Las razones son el excesivo número de visitantes dominicales que acumula todo tipo de basuras que, año tras año, van en aumento. Por su parte, el medio humano se ve degradado en los aspectos urbanísticos, los cuales, en líneas generales, pueden recibir el mismo calificativo que se aplicó al caso de Marín, caótico. A la falta de planes generales se suma la inexistencia de normas locales que, de una u otra forma, coadyuvarían al logro de un urbanismo equilibrado (a esto se une el aumento de la especulación inmobiliaria, a lo largo del último lustro). Todo ello contrasta con un pasado y un presente que nos presenta Cangas como una villa rica, con antigua colegiata, y en cuyo hermoso contorno se conservan ricos viñedos.
Moaña es otro «Concello» con notabilísimos atractivos naturales, amén de la iglesia románica de San Martiño, todo ello en activo contraste con algunos problemas medioambientales. Se caracterizan, sobre todo estos últimos por el vertido al mar tanto de aguas residuales como desechos de tipo industrial y por el elevado índice de contaminación de los ríos Fraga y Puntillón. Igualmente, hay que comentar los problemas que se presentan en la zona de Domayo, en concreto los problemas del «Chan de Arquiña» (área recreativa de notabilísima belleza natural, que en los últimos tiempos se ha convertido, en algunos lugares, en un «vertedero recreativo»).
A degradación del medio físico del Morrazo cobra notable importancia en los meses de verano.
La península del Morrazo pone de manifiesto la nece- sidad de la ordenación y de la planificación territorial.
Por último, hacer referencia al «Concello» de Vilaboa, el cual, hasta hace no mucho tiempo, ha contado con parajes que podrían contarse entre los más hermosos de Galicia, si bien en los momentos actuales van desapareciendo, debido a la existencia de vertidos incontrolados y a la aparición de basureros y escombreras provenientes de industrias como la de cerámica.
En definitiva, hablar de la península del Morrazo nos lleva a constatar la importancia que para España, en general, y Galicia en particular, tiene la conservación de un medio natural y humano que, como en el caso de la península del Morrazo, partiendo de una deseable belleza natural y paisajística, se va degradando en el cortísimo lapso de unos años; lo contrario -su no conservación y cuidado- hará que el consumismo se apodere más de nosotros, seres humanos cada vez más preocupados por el paro, las pensiones, la especulación, las talas incontroladas y los incendios de nuestros bosques, cuyas soluciones quizá se encuentren más en resolver los problemas descritos que en preocuparnos de todo lo anterior. En este sentido, destacar la importancia de la educación ambiental de los ciudadanos, junto con la racionalización en el uso y la ordenación del espacio geográfico en el que vivimos.
Dice Schiller en una de sus cartas sobre la educación estética del hombre (cuya excelente traducción al español llevó a cabo el filósofo don Manuel García Morente) que no es una metáfora poética sino una verdad filosófica el decir que la belleza es nuestra segunda creadora porque la constricción unilateral de la naturaleza, en lo sensible, y la legislación exclusivista de la razón, en lo intelectual, arrebataban al hombre la libertad, y esa facultad se le devuelve en la estética como el supremo don de los dones, como el don de la Humanidad.
Esta reflexión es en principio puramente filosófica y si se quiere racionalista (en expresión un tanto anticuada), hay que sublimarla religiosamente, hay que darle un «plus», porque la bellaza, la estética, nos lleva a Dios. El «Pulchrum» siempre ha estado presente en la Teología junto con el «Verum» y el «Bonum». Dios es el Camino, la Verdad y la Vida, sí; pero también es la Bondad y la Belleza supremas.
De aquí la communis opinio de que todo verdadero arte es arte religioso, o, dicho de otra manera, que lo religioso, la religión, no puede desprenderse de su faceta artística.
España es un ejemplo paradigmático de que el arte se funde, se fusiona, con la religión, y no sólo la religión cristiana, sino también las otras dos religiones que convivieron con la nuestra en la Península Ibérica durante siglos.
Para que las nuevas generaciones conozcan y las menos jóvenes recuerden los tesoros del arte sacro español, surgió hace unos años en Valladolid una idea genial: agrupar, en la medida de lo posible, una muestra significativa de este arte sacro, si bien limitado a la Comunidad de Castilla-León (aunque algo semejante respecto de la Comunidad Gallega se ha hecho este año en Santiago). Y así nace el proyecto llamado «Las Edades del Hombre», que es, en palabras de don José Velicia, coordinador y alma del proyecto, «una magnífica aventura cultural emprendida por las once diócesis de Castilla-León».
La primera etapa, «El Arte en la Iglesia de Castilla-León», se celebró en la catedral de Valladolid. La segunda, «Libros y Documentos en la Iglesia de Castilla-León», en la de Burgos; y ahora, la tercera, dedicada a la música, se acaba de inaugurar en la catedral de León. Su título: «La música en las iglesias de Castilla-León».
Por gentileza de NUEVA REVISTA, y en su nombre y representación, acudí a León a los actos programados con ocasión de la inauguración de esta tercera edición de «Las Edades del Hombre».
La primera parte consistió en un concierto celebrado en la iglesia de San Marcos, cuyo plato fuerte era el estreno de una misa del siglo XVIII. La segunda, la exposición en la catedral.
Antes del concierto mismo, don Antonio Vilaplana, obispo de la Diócesis, dio lectura a unas palabras sobre la significación de la música en la religión judeo-cristiana. El parlamento se me antojó asombroso de religiosidad y de erudición. Tres perlas como ejemplos. Un recuerdo del salmo «Junto a los ríos de Babilonia» con la transcripción de los maravillosos versos de Fray Luis de León…
«Cuando presos pasamos
los ríos de Babilonia sollozando
allí nos asentamos a descansar llorando
de ti, dulce Sión, no acordando»
Y que a mí me llevaron in mente al Va pensiero del Nabuco verdiano. En segundo lugar, un recuerdo de América al hablar de la música como medio de evangelización; muy oportuno.
Y en tercer lugar una cierta nostalgia de los cantos como culminación de la palabra en la liturgia cristiana, aunque no exactamente católica, tanto de Inglaterra, como de Alemania; sirvan de ejemplo las Pasiones de Juan Sebastián Bach o Un réquiem alemán de Brahms.
La primera parte del concierto consistió en la interpretación por el Coro Mixto Universitario de León de una serie de piezas de diferentes compositores españoles de los siglos XVI y XVII, excepto una Salve Regina que es anónima. Dos de ellos se pueden considerar como canciones laicas, las demás de marcada unción religiosa. Las partituras originales se conservan en los archivos de diferentes catedrales de la región, Astorga, Salamanca, Burgos, etc., y algunas de ellas pueden verse, pues estaban expuestas para la ocasión en la catedral de León. Como ejemplo Mi amor no busca a mis bienes, de J. Hidalgo, del siglo XVII.
El coro me pareció un tanto desigual, nada extraño si se considera su carácter universitario con el correspondiente cambio de jóvenes que ello supone, trasiego que, como símbolo, se puso de manifiesto en su colocación ad hoc en la iglesia, función sin duda de las exigencias de cada partitura.
Por otro lado, como es normal en estos casos, cantaron a capella con la dificultad adicional que ello entraña. Estuvo muy bien dirigido por su titular y organista de la catedral de León don Manuel Rubio Álvarez. En conjunto, un bonito concierto que por instantes nos transportó a épocas pretéritas.
Misa siglo XVIII
La segunda parte estribaba, como se dijo antes, en el estreno de una misa del siglo XVIII. Compuesta para la consagración del altar mayor de la catedral de Segovia, se debe al maestro don Juan Montán y Mallén, del que no sabemos ní cuándo ni dónde nació, aunque yo me lo imagino naciendo a la vida musical en el antiguo Reino de Aragón.
La Misa, que se conserva en la catedral de Segovia y que también está ahora expuesta en la catedral de León, está escrita para orquesta, coro mixto y cuatro solistas, los clásicos: soprano, mezzosoprano, tenor y bajo. Para su estreno en esta ocasión fueron necesarios importantes retoques en la partitura original debidos a don Carmelo Caballero y don Jesús Legido.
Es una misa típica del siglo XVIII, compuesta en 1775, evidentemente contemporánea de las que por entonces escribían Hayden o Mozart (algunas transcripciones de partituras originales de misas de Hayden están en la Exposición). Y créanme ustedes que para nada inferior a cualesquiera de ellas. Una verdadera preciosidad de misa, relativamente larga (de unos cuarenta y cinco minutos de audición). Consta, como es habitual, de Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus y Agnus Dei. La influencia italiana es manifiesta; así, por ejemplo, en el «Laudamus Te», para tenor; «Qui tollis peccata mundi, para tenor y soprano; «Quoniam Tu solus sanctus», para soprano, con acompañamiento de fagot, todo ello del Gloria.
En el Credo es destacable «Deum de Deo…», para soprano y mezzo; «Et incarnatus est», para bajo, y «Et in Spiritu Sancto», para mezzo. Los remates, muy breves, especialmente en el Sanctus, típicos de la época.
La interpretación corrió a cargo de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León (cuyo concertino es una joven), en la que, en mi opinión, destacaron los cellos que tienen a cargo el bajo continuo. En conjunto, la orquesta, con más solera de lo que induce a pensar su nacimiento en 1991 (¿sucesora de la Orquesta de la Ciudad de Valladolid?).
El director, don Max Bragado, de formación norteamericana, con aparente tendencia a la ópera. La llevó muy bien, sacando todo el partido posible de la acústica de la iglesia.
Del coro ya se habló. Mejoró la actuación anterior por el acompañamiento de la orquesta y la fusión natural de todos los elementos de la composición de la misa.
España es un ejemplo paradigmático de que el arte se funde, se fusiona, con la religión, y no sólo la religión cristiana, sino también las otras dos religiones que convivieron con la nuestra en la Península Ibérica durante siglos.
De los solistas, sólo conocía a Ana Cid, la soprano, que estuvo a la altura de su fama, incluso en pasajes difíciles como algunos de los señalados. La mezzo, Maria Folco, fue la que menos me gustó. Dio la impresión de que no tenía su día y que sería mejor oírla acompañada exclusivamente por un piano. El tenor, Emilio Sánchez Martín, cantó a tono, pero tiene poca voz y quedó oscurecido y un tanto tapado en alguno de los dúos o tutti. El mejor de los cuatro fue el bajo, Gregorio Poblador, al que se ve especialista en ópera. Tiene una gran voz y mucho gusto para cantar. En el «Et incarnatus est» del Credo, antes mencionado, estuvo sensacional. En suma, una preciosa misa a oír más veces para conocerla mejor.
Terminado el concierto se procedió a la inauguración oficial de la exposición en la catedral. Lo primero que hay que afirmar es que está más bonita que nunca. Se le ha dotado de una fantástica iluminación por fuera y por dentro. Siempre fue una joya, pero ahora está sobre toda ponderación. Al igual que los demás monumentos, incluidos los edificios civiles de la ciudad de León. Quizá yo venía influido por la belleza del concierto, pero les aseguro que me gustó León más que otras veces; o quizá es que con el tiempo las cosas buenas mejoran como es obvio.
Sobre la exposición me atrevo a decir que me causó estupor, en la segunda acepción del Diccionario del asombro o pasmo. Es inefable, y por ello no hay palabras para expresar aquella maravilla.
Está dividida por razones cronológicas en diez capítulos: Las esferas de cristal, El aire y los pájaros, Escribir sonidos, El canto de los morabitos, La alabanza del mundo a todas horas, El discanto, cada uno con su voz, La alegría de la materia, La celebración barroca, La música callada y El jardín de la música.
No es caso que yo les cuente a ustedes los objetos que se exponen: como la campana de San Isidoro, el antifonario mozárabe de la propia catedral, el Nacimiento de Berruguete, de Becerril de Campos; el órgano de Salinas, de la catedral vieja de Salamanca; el Realejo, del Monasterio de Santa Clara, de Tordesillas; el clavicémbalo de la catedral de Segovia; el reloj de Santa Teresa de Jesús, de Alba de Tormes, etc., etc.
Con independencia de ello, la exposición es un prodigio de técnica museística. Es perfecta la colocación y la relación de las piezas unas con otras; la distribución de los espacios; por supuesto, la música que se oye todo el tiempo; los instrumentos musicales; las vitrinas con partituras…
Sólo puedo decirles que vayan a verla, pues se van a quedar extasiados.