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Ver productosSin Breton no podríamos hablar de surrealismo. Éste es el sentido de la exposición germinada en el parisino Museo Georges Pompidou y ahora ofrecida por por el Centro de Arte Reina Sofía.
Volver al surrealismo con Breton como cabeza visible. Un acierto, sin duda. Pues él aglutinó a su alrededor una serie de objetos y de experiencias que sólo en virtud de su predilección se incorporaron a la experiencia estética de nuestro mundo. Como dictador, y no sólo de reiterados manifiestos, bajo su bandera alistó y «excomulgó» —tras juicio sumario— a un buen número de los artistas más creativos del período de entreguerras. Algunos firmantes, como Jean Arp, que ya antes habían prestado su nombre a los manifiestos dadaístas de Tristan Tzara; otros, como Picasso, demasiado escépticos con respecto a los movimientos e ismos artísticos, pero siempre bien avenidos con una poética, la de Breton, decidida a despertar la fuerza de la imaginación —consciente e inconsciente— en cualquier ámbito de la vida.
Ahora que el surrealismo como movimiento ya es historia, a pesar de que no podamos determinar sus elementos formales básicos, aunque sí identificar un buen puñado de las mejores creaciones de nuestro siglo; ahora. que ya todos somos surrealistas. y no nos escandalizamos con sus «ocurrencias», incorporadas con creces a nuestra vida diaria, resulta entrañable la dispar co- lección de objetos diversos de esta muestra.
Papeles garabateados, peque- ñas «obritas» con materiales hallados en la ocasión, ready-mades y cajas taxonómicas de coleccionista, recuerdos que se van añadiendo a la barroca decoración de las casas que habitó Bretón. Son los documentos de la juguetona espontaneidad creativa de las célebres reunio- nes surrealistas; sin embargo, reunidos, logran escapar del aire de déjá vu de los manuales sobre el surrealismo. Juntos mantienen todavía la atmósfera cálida, y a veces truculenta, de donde surgieron. Y. por ello, parecen incluir al espectador en el juego, incitándole a proseguir sus combinaciones de afinidades electivas con objetos y palabras de cada día. Actualizan la más importante máxima legada por el surrealismo a nuestro tiempo: ta creación artística no es sólo para los genios, y menos aún para los artistas reconocidos por la crítica. La creación tampoco tiene que ver necesariamente con el arte. Basta hacer sin vergüenza, encontrar, incluso mirar.
Y tal experiencia para Breton se intensifica con el amor. Desarrollando la firme tradición en nuestra cultura de la alianza de eros y belleza —ya planteada en el Fedro platónico—, el surrealismo fue desde el primer momento muy sensible al pensamiento de Freud, siendo su temprano divulgador en Francia, y después en todo Occidente. Claro está, de un modo poético: dejándose arrebatar por el amor fou, renovando la fe en el amor único. Una experiencia, descrita cuidadosamente por Breton en Nadje, que hace real lo irreal y desrealiza la realidad. El amor, entonces, reconocido como objeto primordial de la imaginación y motor del inconsciente, deseo originario, experiencia principal de «lo maravilloso».
Una relación con Nadja-llena de visiones, de encuentros fortuitos, propiciados por por el azar necesario: la ley oculta de aquellas coincidencias que en la vida cotidiana llamamos suerte o destino, y en las experiencias decisivas como el amor ola muerte tambalea los pilares de nuestro racionalismo, instigándonos cual pregunta sorda, como presentimiento.
Esa investigación, crítica y a menudo díscola, respalda la importancia del «azar objetivo» en las obras del surrealismo. Y por ello, el azar era personalmente recortado por André Breton, que subvertía con su mirada todos los objetos: ya fueran litúrgicos o deportivos.
El surrealismo desbarató de un plumazo la tradición del arte occidental. Legitimó definitivamente toda plasmación de experiencia estética. Desde estilos sojuzgados por la historia del arte académica hasta el «arte de los locos», o los grafismos infantiles. Pues la experiencia estética es una dimensión irrenunciable en todo ser humano, en toda sociedad. Y a este propósito, en cuanto colección particular, es excepcional la reunión de objetos de otras culturas conseguida por Breton, a lo largo de su vida.
Hoy puede afirmarse sin reservas que es imposible hacer una exposición estricta del surrealismo, tan amplios han sido sus tentáculos y coqueteos. Pero desde el principio el poeta Breton, ante todo visionario, dio una importancia muy especial a la pintura: «Las imágenes auditivas quedan por debajo de las imágenes visuales no sólo en nitidez, sino también en rigor y, aunque no les guste a ciertos melómanos, no están hechas para fortalecer la idea de la grandeza humana. Que la noche siga cayendo, pues, sobre la orquesta y que me dejen, a mí que sigo todavía buscando algo en el mundo, que me dejen con los ojos abiertos, con los ojos cerrados es completamente de día en mi contemplación silenciosa» (El surrealismo y la pintura, 1926). Fue un poeta p’ástico, que realizaba poemas-objetos, rodeado de pintores. La mayoría de sus amigos le regalaron obras, y él también se encargó de adquirir telas de generaciones anteriores, que juzgaba que prefiguraban o sintonizaban con el surrealismo, al hilo de la labor-decisiva para la concepción de nuestro siglo del arte de reescribir una nueva y sorprendente historia del arte. Con el tiempo la colección se fragmentó, pero ahora tenemos la oportunidad de verla reconstruida.
Esta colección, por supuesto, es desigual. Es notable el grupo de Picabias; pero pero ya menos brilante el de Max Ernst, a excepción de las dos versiones de El bosque petrificado, cuyo dibujo a lápiz según la técnica del frottagge es de un lirismo pocas veces alcanzado en la sensación de proximidad del proceso de creación por parte del espectador. Sin pasar por alto La casada de Marcel Duchamp, uno de los pocos lienzos de su plenitud pictórica antes de que condenara la pintura con olor a trementina, declaración que testifica decisivamente la muerte de la pintura. Y en la colección, se nota la decadencia del surrealismo tras la II Guerra Mundial. La falta de interés, por un lado, de un movimiento, de un ismo que ha dejado de ser vanguardia. Por otro, la ausencia ya de un sometimiento a la autarquía de André Breton. El cambio de amistades, también. Jóvenes artistas, y no siempre de primera fila, engrosan entonces las filas del surrealismo, impuesto en el mercado norteamericano.
Pero la decadencia y el descrédito como vanguardia del surrealismo coinciden con su creciente asimilación en el mundo contemporáneo. Nos hacía falta Breton para desempolvar la vitalidad de una de las señas de identidad de nuestro tiempo.
La cuestión de los incendios forestales es una vieja cuestión, que sólo recientemente ha pasado a ser un problema. El hombre los provocó, ya en tiempos remotos, con fines económicos, para obtener tierras cultivables, o con fines bélicos, para expulsar o evitar emboscados y emboscadas; todavía hoy pueden encontrarse ejemplos de estos mismos tipos de acciones en la agricultura itinerante de las zonas tropicales y en algunos episodios bélicos; también se provocan en algunos casos los llamados «fuegos prescritos para mejorar la estructura y el funcionamiento de grandes masas forestales.
Por otra parte, en ciertas regiones sujetas a determinadas condiciones climáticas, los incendios constituyen un hecho histórico repetido, con mayor o menor frecuencia pero siempre con constancia, de modo que los bosques que actualmente las cubren han convivido con el fuego y han sido influidos poderosamente por él; son «hijos del fuego», se llega a decir, en el caso de la región mediterránea.
En ciertas regiones sujetas a determinadas condiciones climáticas, los incendios constituyen un hecho histórico repetido, con mayor o menor frecuencia
Hoy, ciertamente, la cuestión ha devenido un problema; causas naturales, causas artificiales, de todo hay: flota de aviones, pirómanos, turistas y domingueros irresponsables…; reportajes, filmaciones, se habla y se habla de ello, sobre todo en verano, cuando se dan con más profusión, de modo que poco más que lo muy conocido se podría decir. Dejémoslo en un escueto resumen: el número de incendios habidos en los últimos quince años es del orden de 100.000!; en ese mismo período, la superficie quemada anualmente no baja de 1.000 kilómetros cuadrados, con frecuencia alcanza los 2.000 y en el terrorífico año de 1985 se acercó a los 5.000 kilómetros cuadrados (la superficie de Cantabria, por ejemplo).
Hay, sin embargo, algunos puntos que parecen tener cierta entidad, de los que se habla menos, y en los que quizás pueda estar buena parte del «quid de la cuestión. En el libro «Datos de la OCDE sobre el Medio Ambiente. Compendio 1991, que acaba de publicarse, figura un cuadro en el que se indican las pérdidas producidas por los incendios forestales en el último decenio, referidas a madera y otras pérdidas tangibles». El dato más reciente para España es de 1987 y cifra las pérdidas en 55 millones de dólares aproximadamente; en el mencionado 1985, suben al doble, 11.000 millones de pesetas. Estas cifras son, claro está, considerables, aunque en términos comparativos con otras catástrofes no llaman demasiado la atención (por ejemplo, son más o menos la mitad del montante aprobado en el Consejo de Ministros del pasado día 4 de octubre para saneamiento de los clubes de fútbol). Llaman, en cambio, mucho más la atención cuando se las compara con el coste anual de prevención y extinción de incendios, que es muy superior al valor de las pérdidas (no es probable que baje de 15.000 o 20.000 millones de pesetas). Con todas las explicaciones que se quiera sobre coste, gasto, inversión y demás crípticos términos económicos, no resulta fácil entender que alguien se gaste para evitar una pérdida económica más de lo que ésta supone.
Algo más tiene que haber; hay, en efecto, que las pérdidas no son sólo en «madera y otras pérdidas tangibles», pero este punto puede iluminarse volviendo al Compendio de la OCDE. En otro cuadro, titulado Comercio de la madera y de los productos de la industria de la madera, con datos de 1989, queda de manifiesto que España es deficitaria en el comercio de madera entera, sin desintegrar (importaciones, 454 millones de dólares; exportaciones, 36 millones); por el contrario, en celulosa y pasta se exporta más de lo que se importa (305 millones contra 190 millones); por último, en el capítulo del papel los términos se invierten de nuevo (importación, 707 millones; exportación, 327 millones). Es decir, la peor de las combinaciones posibles: nos falta madera de calidad, producimos y exportamos materia prima (aunque también aquí parece perderse dinero; la Empresa Nacional de Celulosa, ENCE, perdió en el primer semestre de 1991 4.500 millones de pesetas), que, una vez transformada y bien impregnada de valor añadido, volvemos a importar. No parece que ésta sea la mejor manera de alinearse con Alemania u Holanda ni de coger velocidad.
El coste anual de prevención y extinción de incendios es muy superior al valor de las pérdidas: no es probable que baje de 15.000 o 20.000 millones de pesetas.
¿Qué tiene esto que ver con los incendios? Mucho, porque ha sido la base de una política forestal orientada a la plantación de especies de crecimiento rápido, que privilegia así a la industria desintegradora de la madera y margina los intereses, usos y costumbres de las poblaciones locales, que se sienten, en consecuencia, insolidarias u hostiles. En el Boletin Oficial de las Cortes, Senado, número 177, de fecha 28 de abril de 1988, se publicó un detenido informe de una Comisión Especial de Investigación sobre Incendios Forestales, que trata con acierto, junto a los lugares comunes del problema, otros de mayor calado; en él puede leerse que «es preciso superar la orientación exclusivista del criterio integración monte-industria que ha presidido la realidad de la actuación forestal, ha llevado la mayor parte de los beneficios a lugares y personas ajenas al monte y ha dado origen a los conflictos conservación-producción». Desgraciadamente, la repercusión de este informe ha sido muy pequeña; ese norte de la política forestal sigue en pie, aunque vacilante y profundamente cuestionado, y no faltan ejemplos de regiones donde se ve con renacido alborozo la instalación de nuevas y gigantescas industrias a cargo de multinacionales.
Un tercer punto, también menos tratado: la falta de información precisa, al menos puertas afuera, y de investigación, dos faltas que quizás implican una tercera: la falta de voluntad para ir al fondo de la cuestión. Parece ser que ahora, tras el pase de competencias a las Comunidades Autónomas, es aún más difícil obtener de modo sistemático datos fiables; de todas formas, es llamativo que no se aprovechen, o que no se divulguen, las singulares posibilidades que a estos efectos ofrecen las nuevas tecnologías de recogida de información (vía satélite, por ejemplo). Igualmente llamativa resulta la ausencia de investigación orientada hacia los puntos clave del problema (la poca que hay, si bien meritoria, se queda en la epidermis o carece de aplicación). Más que llamativo es que todo ello costaría una mínima parte de lo que cada año se va por los acreditadamente ineficaces cauces por los que se ha discurrido hasta ahora.
El bosque vale más, infinitamente más, que su madera; lo vale en términos más tangibles y más claros: control de la erosión e inundaciones, recarga de acuíferos, paisaje natural querido y buscado, diversidad biológica,… La aceptación de este hecho subyace en las cifras que se gastan para combatir los incendios ¿Por qué, entonces, no se va de una vez al fondo de la cuestión y se trata -ya se sabe que no es fácil de resolver el problema? Dejemos de nuevo la palabra a la Comisión Especial del Senado: «El problema está antes de producirse los incendios, antes de la vigilancia, antes de la prevención convencional… La política forestal debe evitar, en cuanto sea posible, el enfrentamiento de intereses y beneficiar al mayor número de personas y de actividades. Las actividades forestales no han recibido el mismo apoyo que las agrícolas».
Autor: Arnold Schönberg.
Título: Friede auf Erden, Kol Nidre, Superviviente de Varsovia y otras obras corales.
Intérpretes: BBC Singers, BBC Chorus y Orquesta Sinfónica de la BBC. John Shirley Quirk y Günther Reich, recitadores.
Director: Pierre Boulez.
Sony Classical S2K 44751 DDD/ADD.
HACE ya cuarenta años que murió Arnold Schönberg, y a pesar de ser una figura muy destacada en la historia de la música del siglo XX, no ha llegado a ser comprendido por el gran público. El dodecafonismo, su gran aportación, con la utilización por igual de los doce sonidos de la escala, rompe con el sistema tonal tradicional que establecía un valor desigual a las notas, con una principal y otras subordinadas. Ésta es la razón por la que su música y la de sus alumnos, que forman con él la llamada Escuela de Viena, tenga un sonido diferente a todo lo anterior, sin los puntos de apoyo de la música tonal y sin los metros, rítmicos tradicionales.
En su producción la obra vocal ocupa un lugar importante. Sus obras más decisivas incorporan la voz solista y los coros, como Pierrot Lunaire (1912) y los Gurrelieder (1911) y su inacabada ópera Moisés y Aarón. En este doble compacto, dirigido magistralmente por Pierre Boulez, está la casi totalidad de obras corales de Schönberg. El coro Friede auf Erden, Op. 13 (1907), siendo una obra total, tiene una armonía tan compleja que enmascara premeditadamente cualquier atisbo de tonalidad, de tal modo que en su tiempo fue considerada como imposible de cantar. Su alumno Anton von Webern la consideraba una obra con los efectos sonoros más maravillosos y de más noble expresión, y logró hacerla ejecutar varias veces, con no pocas dificultades.
Destaca en esta grabación una de las últimas partituras que compuso, Superviviente de Varsovia (1974), que resulta ser una de las más ricas y sorprendentes de su producción. Por ser judío, Schönberg tuvo que huir de Alemania en 1933, con la llegada de Hitler al poder, y si en su juventud en Viena había abandonado la fe judaica, regresó a ella tras estos acontecimientos y tomó postura en favor de los judíos perseguidos. Al tener noticia de la masacre alemana en el gueto de Varsovia en 1947, escribió el texto y la música de esta impresionante obra; un melodrama con episodios recitados según el Sprechgesang (canto hablado), ya ideado por Schönberg en Pierrot Lunaire, Op. 21, y que culmina con el himno Escucha Israel, cantado por el coro de hombres al unísono. Günther Reich está espléndido en este recitado.
Pierre Boulez, compositor y director, es sin duda el más indicado para dirigir esta música. Como admirador y fiel continuador de la teoría dodecafónica de Schönberg, ha dedicado grandes esfuerzos por dar a conocer su obra, y él mismo intentó llevar esta técnica serialista a todos los niveles de la música, ampliándola al ritmo y al timbre, creando así la teoría del serialismo integral. Se trata, en suma, de una grabación muy interesante para acercarse al aún no del todo comprendido Arnold Schönberg.
Autor: Antonio Vivaldi.
Obras: 8 Conciertos para distintos instrumentos.
Director: Trevor Pinnock.
Intérpretes: The English Concert.
Archiv. Serie 3D Baroque. 431710-2.
Autor: George Friedrich Haendel.
Obras: Música para los Reales Fuegos de Artificio. Concerti Grossi, Op. 6, n.º 1 y 6. Concerto Grosso Alexander’s Feast.
Director: Trevor Pinnock.
Intérpretes: The English Concert.
Archiv. Serie 3D. 431707-2.
Autor: Johann Sebastian Bach.
Obras: Arias y Coros.
Director: John Eliot Gardiner.
Intérpretes: The Monteverdi Choir. The English Baroque Soloists.
Archiv. Serie 3D. 431703-2.
La Serie 3D de Deutsche Grammophon, o Archiv si se trata de música antigua y barroca, es una estupenda colección para el aficionado medio que desee contar con una colección de repertorio básico con buenos intérpretes y calidad inmejorable de sonido. Las 3D que identifican esta serie corresponden a las técnicas utilizadas para la elaboración del disco: toma de sonido, mezcla y montaje y grabación en disco, en este caso realizadas todas con magnetófono digital, lo que es garantía de calidad en su reproducción.
Archiv cuenta con un catálogo de intérpretes muy seleccionados y especializados en la música antigua y barroca. Así, The English Concert es un grupo que viene haciendo de forma impecable grabaciones de música instrumental del barroco y que utiliza instrumentos originales. También con instrumentos originales interpretan la música de Bach The English Baroque Soloists. El Coro Monteverdi es un estupendo conjunto que ya ha actuado en varias ocasiones en España, de las que recordamos una sublime Pasión según S. Juan, de Bach.
Los Ocho conciertos de Vivaldi que recoge este disco son algunos de los más populares, entre ellos el Op. 3, n.º 1, de L’Estro Armonico, para cuatro violines, o el Concierto para dos mandolinas en Sol Mayor. Estos conciertos para instrumentos poco usuales en calidad de solistas —también el concierto para fagot en Mi menor que aquí se incluye— fueron escritos para el Ospedale de la Pietà, un orfanato de niñas en el que Vivaldi daba clases de música y componía constantemente para la orquesta que allí había formado con las jóvenes. La ingente producción de conciertos le llevó a escribir para instrumentos poco frecuentes, no sólo para dar posibilidad de lucimiento a todos los intérpretes, sino para ofrecer más variedad y dar cabida a una cierta experimentación y búsqueda de nuevas formas expresivas.
La Música para los reales fuegos de artificio es una de las más populares de Haendel, y conoció el favor del público desde su estreno. Fue escrita para acompañar una gran fiesta con fuegos artificiales que iba a celebrarse en Green Park de Londres en 1748 para conmemorar la paz de Aix-la-Chapelle, firmada un año antes. Hay que hablar de éxito porque la música gustó, pero la fiesta fue algo accidentada: parte de la estructura construida para la ocasión se prendió fuego, y luego además llovió.
Las arias y coros de J. S. Bach contenidas en ese disco están extraídas de las Pasiones según S. Juan y S. Mateo, la Misa en Si menor y el Oratorio de Navidad. Su perfecto acabado les ha hecho convertirse en páginas de concierto independientes, y forman parte de los programas de concierto de grupos corales o solistas vocales. Aquí reunidas se alternan las arias y los coros. Quizá no todas sean las de mayor popularidad, pero no por ello son menos hermosas. La perfecta polifonía y el profundo sentido espiritual en la fusión de letra y música les hacen alcanzar la cima de la belleza. Todas las vocales fluyen con una gran naturalidad, pero esa aparente sencillez encierra una honda sabiduría, y esto es lo más admirable.
Con cuatro días de diferencia he asistido, en el Auditorio Nacional de Música de Madrid, a dos conciertos singulares, tan diferentes entre sí como no podrían ser más y, sin embargo, con un nexo común, cual es, ambas audiciones no son frecuentes, son raras, en la acepción del Diccionario de la Real Academia Española de «acontecimiento extraordinario poco común o frecuente». Se trata, de un lado, de la ópera «Una cosa rara», y de otro, de la «Tercera Sinfonía» de Anton Bruckner. «Una cosa rara», en fácil juego de palabras, es la cosa más rara que pude haber visto ¡en mi vida! en Madrid, pues desde poco después de su estreno en Viena, en 1786, no se había representado nunca jamás aquí.
Sin embargo, tuvo tal éxito en su estreno que oscureció el de la «Bodas de Fígaro», de Mozart, y motivó que en el segundo acto de «Don Juan», con ocasión de la conocida cena, se interpretara alguno de sus compases; concretamente, «¡Oh quanto un si bel giubilo!», que canta la reina Isabel la Católica. No comprendo, pues, que doscientos años más tarde esté tan olvidada que ni siquiera figura en las enciclopedias de óperas más importantes.
«Una cosa rara» («Ossia belleza ed onestà»), o sea, «belleza y honradez», está escrita por el abate Lorenzo da Ponte (el autor de los libretos de las «Bodas de Figaro», «Don Juan» y «Cossi fan tute») y la música es del español, natural de Valencia, Vicente Martín y Soler, rigurosamente contemporáneo de Mozart (nació en 1756 y murió en 1806), y que, a pesar de ser español, casi siempre vivió y triunfó en Viena, y murió en San Petersburgo. La versión fue de concierto, no representada obviamente en el Auditorio, a cargo de la orquesta Le Concert des Nations, coros de la Capella Reial de Cataluña y solistas, con motivo del Festival de Otoño de la Comunidad de Madrid.
Había más público del que yo esperaba, pero no el que merece obra tan fabulosa. ¡Verdaderamente fantástica! Una sensacional ópera del siglo XVIII, mozartiana y que en alguna de sus frases musicales acusa influencia en D. Juan (una de las escenas entre Zerlina y Masetto), estrenada el año consecutivo. Es, como todas las óperas de su época, una conjunción de arias, duettos, tercetos, etc., y coro, con orquesta reducida a sus necesidades como es de pura lógica. Tanto aquél como ésta sonaron de maravilla, todo bajo la dirección de Jordi Savall.
Por los hombres, el que más me gustó, por desconocido, fue el barítono Fernando Belaza, excelente voz de barítono alto. Muy bien Ernesto Palacio en el papel del Príncipe, especialmente en sus dúos con la Reina, incorporado por María Ángeles Peters; también el tenor Francesc Garrigosa y el bajo Stefano Palatchi; del otro barítono, Sr. Fresan, ya queda dicho que me gustó menos. En conjunto, un concierto memorable en todos los sentidos, pues tal vez hasta doscientos años más no se vuelva a oír «Una cosa rara» en Madrid.
En cuanto a los solistas, me gustaron todos, quizá con excepción del barítono Iñaki Fresan, tal vez por debajo de los demás. Las tres sopranos (habituales en las óperas de Mozart) rayaron a muy alto nivel. La que más me gustó fue Montserrat Figueras; sus dúos con Gloria Fabuel fueron antológicos. Ésta es un fruto ya granado de la cantera valenciana que vengo siguiendo desde hace un año: Lisa, en «La Sonámbula»; Papagena, en «La Flauta Mágica», etc. La señorita Fabuel canta estupendamente, lo que pasa es que su timbre no me gusta del todo, como ya dije en otra ocasión en NUEVA REVISTA.
La «Tercera Sinfonía» de Bruckner, en re menor, fue interpretada, dentro del ciclo Orquestas del Mundo, de Ibermúsica, por la Filarmónica de Munich, dirigida por Sergiu Celibidache. Su audición es muy poco frecuente y tiene un cierto carácter de excepcionalidad. Tardó casi noventa años en lograr su estreno en Madrid y después se ha interpretado únicamente un par de veces más.
A mí la música de Bruckner no me gusta, no me llena. Se podría decir que este autor practica el esplendor del sinfonismo pero no la emoción de la sinfonía. Es una maravilla de construcción, pero el mensaje artístico y espiritual del músico, de amor, de paz, de dolor…, no lo capto.
Tengo un amigo que, por su oído educado a la música, adquiere en seguida la fonética de cualquier idioma. Incluso en China, y allí le dijeron al oírle: «Usted habla el chino muy bien, pero no dice nada». Eso.
Al otro día la misma orquesta nos ofreció la Sinfonía de Cesar Frank, igualmente en re menor. Para mí la diferencia era clara: asombro con ambas orquestaciones, pero emoción sólo con la segunda.
Con independencia de ello, la Orquesta Filarmónica de Munich tocó fabulosamente bien; es increíble cómo se oye y cómo se puede escuchar cada familia de instrumentos dentro del todo, con más de cien músicos. El sonido de las trompas fue tan extraordinario que parecía un órgano. Y así todo.
Del director, Sergiu Celibidache, está todo dicho. Aunque rumano, tiene una formación alemana que le permite interpretar como nadie a los grandes sinfonistas alemanes del siglo pasado, especialmente Brahms y Bruckner, así como también la música de Wagner.
El concierto con Bruckner fue un acontecimiento que hay que apuntar en el haber de Ibermúsica. Y es menester que estas audiciones «raras» se generalicen en Madrid, y también en eso entremos definitivamente en Europa.
El Prado es el título de una excelente novela llevada a la pantalla con indudable acierto por Jim Sheridan, cuyo cine siempre muestra el pulso narrativo de los maestros.
Comienza este tremendo film con unas curiosas imágenes, las de un asno flotando y hundiéndose después en el agua, que no son sino un irónico símbolo que apunta a la clave de este drama. Jim Sheridan vuelve con esta obra a adentrarse en la Irlanda profunda. No es como en su anterior «My left foot» («Mi pie izquierdo») la dureza y la miseria de unos suburbios, sino una Irlanda rural, no menos pobre, no menos dura, pero, desde luego, aún mucho más cerrada e inculta. La película se apoya de un modo muy primordial en la interpretación de los actores, tarea esta, la dirección artística, en la que destaca notablemente este director, y que si en 1990 le deparó el Oscar al mejor actor al joven Daniel Day Lewis por su excepcional trabajo como paralítico en «Mi pie izquierdo», este año le ha supuesto una merecidísima nominación al imponente Richard Harris, que, visiblemente envejecido pero de impresionante presencia, compone con enorme verosimilitud el papel protagonista, un campesino que, al igual que sus antepasados, ha dejado su vida cultivando una tierra, yerma y arrendada con esfuerzo, hasta convertirla en un hermoso prado, para ver con desesperación cómo puede perder lo único que considera suyo, aquello por lo que ha luchado hasta la agonía, lo único que ha dado sentido a sus vidas de trabajo y sacrificio. La propietaria no respeta este «derecho» labrado con el sufrimiento y decide sacar el terreno a subasta pública sin respetar la opción del protagonista.
Esta sencilla historia sirve para poner de manifiesto un terrible drama, el del hombre que mantiene costumbres, creencias, principios y tradiciones, por encima de todo, hasta sus últimas consecuencias. Es, por tanto, la historia de una obstinación, de la terquedad más absoluta; de ahí la simbología del asno, que llevará al protagonista, aun siendo un hombre bueno y recto, al asesinato, a la ceguera respecto a los sentimientos de los suyos y, finalmente, a la locura. Como contrapunto de este personaje está el del «americano», perfectamente encarnado por Tom Serenguer, que representa la modernidad, al hombre joven, enriquecido, que vuelve a Irlanda buscando sus raíces, que quiere ayudar a sus gentes, pero cuyo lenguaje ya no es primitivo sino el de la rentabilidad; alguien, por tanto, dispuesto a tranformarlo todo, que no entiende de tradiciones ni de «la ley de la tierra», sino de puestos de trabajo y de beneficios.
Hay también, soterrada, una crítica a cierta iglesia, representada por un cura joven y moderno, que aparece distante respecto a los más necesitados; crítica con sus concepciones morales, más paganas y tribales que cristianas, y que, en el conflicto que se desencadena, se alinea con los poderosos para defender el progreso.
Es excelente el trabajo de John Hurt encarnando el personaje del típico tonto del pueblo, borrachín y «botarate», que con su comportamiento turbio y atolondrado, lejos de la dignidad del protagonista, desencadenará el triste final con su inocente traición. No sólo en este personaje, que entonces encarnó magistralmente John Mills, sino en las escenas de taberna o en los paisajes de playa, recuerda este film a «La hija de Ryan», de David Lean, al que a veces parece querer hacer homenaje.
Mención aparte merece la labor de esa gran actriz que es Brenda Fricker (que también aparecía y consiguió premio en «Mi pie izquierdo»), quien se limita a llenar la pantalla con su sola y expresivísima presencia en el papel de la mujer del campesino.
No es corriente en el cine actual la valentía de acometer la realización de un drama de las dimensiones del que comentamos, Y es menos corriente aún salir airoso de la prueba. Jim Sheridan ha sido ambicioso al narrarnos una historia que, como todas las que tienen interés, está llena de vida, de sentimientos, de contradicciones y de dolor. Cuando el cine es de calidad, lo que se obtiene es algo nuevo respecto a la historia meramente escrita: esa peculiar evidencia que prestan a las tramas de la vida, y a los argumentos que se debaten, las caras y los gestos de los actores, el manejo de los planos y las secuencias que ha inventado el director. «El Prado» es puro cine de mucha calidad: bastaría recordar la secuencia que sirve de fondo a los títulos de la película, en la que, sin que nadie haya de hablar, comprendemos inmediatamene en qué consiste la vida y el trabajo de nuestros dos protagonistas. La película es lenta sólo en apariencia porque por toda ella discurre a muy buen ritmo: el anuncio de la tragedia que vemos desencadenarse y cuyas claves morales nos va desvelando la mirada certera del director. Tal vez un único pero se le podría objetar: el final resulta un poco excesivo, porque, como sabemos, la epopeya está reñida con la retórica.
En los Los demonios un grupo de jóvenes nihilistas revolucionarios, consagrados a la tarea de socavar el régimen zarista, asesinan a un antiguo correligionario, que ha desertado de la causa revolucionaria y vuelto a la ortodoxia, y al que acusan de delator. La presentación que hace de ellos Dostoyevski está vencido de ello Verjovenski, despiadada. Tampoco se libran por completo de los dardos del escritor los miembros de la generación anterior, cosmopolitas y afrancesados y profundamente desarraigados dde la vida del pueblo ruso. Esta generación precedente está representada, sobre todo, por el entrañable Stepán Trofímovich Verjovenski, sin duda el personaje de mayor densidad humana del libro, humanidad, por otra parte, no exenta de humorismo, y por el escritor de moda Karmazínov, retrato paródico, francamente irónico, de Truguéniev. De alguna manera, parece insinuársenos, en el desarraigo europeizante de la generación anterior fueron cultivándose los desmanes de los jóvenes nihilistas.
Pero son éstos últimos los que nos interesan en estos momentos. El grupo de jóvenes revolucionarios está capitaneado por Piotr Stepánovich Verjovenski, hijo del antes nombrado Stepán Trofimovich. Verjovenski, como tantos otros personajes de la novela, está fascinado por Nikolái Vsevolódovich Stavroguin, al que quiere captar al servicio de la revolución, erigiéndolo en jefe último de la misma; pero Stavroguin es un personaje fáustico, encarnación del héroe romántico, irremediablemente desesperado, que no puede creer en nada y que, por tanto, resulta inapto para cualquier causa. Y no es que Verjovenski crea más que Stavroguin. En el fondo Verjovenski es un cínico que no cree en nada. Él mismo le confiesa a Stavroguin: «Sepa que soy un truhán, no un socialista». Sin embargo, aunque tan nihilista como su amigo, Verjovenski es un activista con un objetivo muy claro, subvertir por entero el orden vigente, provocar una revolución radical. Para conseguirlo, cualquier medio es válido: «Predicamos la destrucción… Pero hay que desentumecer los huesos. Provocaremos incendios… Propagaremos leyendas… ¡Estallará el motín! ¡Una revuelta como no ha conocido el mundo otra…! Se nublará Rusia, y la tierra llorará por sus viejos dioses…». Está convencido de ello Verjovenski, que es un decidido partidario del «shigaliovismo». «¡Yo estoy por Shigaliov!», confiesa.
«Predicamos la destrucción… Pero hay que desentumecer los huesos. Provocaremos incendios… Propagaremos leyendas… ¡Estallará el motín! ¡Una revuelta como no ha conocido el mundo otra…! Se nublará Rusia, y la tierra llorará por su sviejos dioses…»
Pero ¿en qué consiste el «shigaliovismo? Según su inventor, «partiendo de una libertad ilimitada, llego a propugnar el despotismo ilimitado». «Como solución definitiva social, (Shigaliov) propone dividir la humanidad en dos partes desiguales. Una décima parte de los seres humanos disfrutaría de libertad individual y de un derecho ilimitado sobre las nueve partes restantes. Estas nueve partes perderían su personalidad, convirtiéndose en una especie de rebaño, y, mediante la sumisión ilimitada, alcanzarían, tras una serie de transformaciones de su inicial candidez, algo como un paraíso primitivo, aunque, por lo demás, habrían de trabajar». En el «shigaliovismo» el elemento clave es «la igualdad». Se trata de conseguir la igualdad al precio que sea. Describiendo el sistema propuesto por Shigaliov, el propio Verjovenski precisa con admiración: «Propugna el espionaje. Cada miembro de la sociedad ha de vigilar a los demás y es cautivo de la delación. Cada uno pertenece a todos y todos a cada uno. Todos son esclavos, y la esclavitud les hace iguales. En los casos extremos se recurre a la calumnia y al asesinato, pero lo principal es la igualdad».
En resumen, el sistema propuesto por Shigaliov y que Verjovenski y sus partidarios pretenden imponer, una vez que hayan trastocado por entero el orden reinante, es un sistema de rasgos claramente totalitarios, obsesionado por conseguir la igualdad a toda costa, pero en el que la inmensa mayoría «igualada» se encuentra sometida a una minoría que disfruta de todos los privilegios de que esa mayoría carece. ¿No podemos ver en el siniestro sistema del «shigaliovismo» una lúgubre premonición del sistema comunista que había de imponerse en Rusia, luego del triunfo de la revolución bolchevique?
Este aspecto profético de la obra de Dostoyevski ya había sido repetidas veces reconocido. Así lo había hecho, por ejemplo, entre nosotros, Rafael Cansinos Asséns, traductor de la totalidad de la obra dostoyevskiana, sin que nos preocupe ahora dilucidar si la traducción lo era «directa del ruso», como rezan las portadas de la edición y como sostenían los partidarios de Cansinos, entre los cuales Borges ha sido el más ilustre, o del francés o del inglés, como decían sus detractores. En fin, lo que ahora nos interesa es que Cansinos, comentando Los demonios en el prólogo de su traducción, reconoce el «genio adivinatorio de Dostoyevski y que sus descripciones tienen algo de proféticas». Y más concretamente aún, refiriéndose a Verjovenski, señala: «Tan certera era su visión, que Lenin ha repetido luego muchas de sus ideas y ha seguido, en el fondo, idéntica táctica». Y más adelante: «Es admirable la agudeza con que Dostoyevski ha calado la psicología del revolucionario ruso y trazado unos retratos que podrían ser los de algunos actores de la revolución bolchevique».
Pero, si en Los demonios encontramos un atisbo profético de la revolución bolchevique, lo que ya, como vemos por las palabras citadas de Cansinos, hacía tiempo que se había admitido, también ahora, luego del derrumbe del régimen leninista, podemos vislumbrar en la obra un barrunto no menos profético de lo que sucedería tras la caída del comunismo. En particular, la novela parece anunciarnos asimismo la explosión del nacionalismo a que estamos asistiendo en nuestros días. Veámoslo.
«Propugna el espionaje. Cada miembro de la sociedad ha de vigilar a los demás y es cautivo de la delación. Cada uno pertenece a todos y todos a cada uno. Todos son esclavos, y la esclavitud les hace iguales».
En su labor socavadora de las instituciones vigentes, Verjovenski se propone cubrir el territorio de Rusia por toda una trama conspiratoria constituida por «quintetos», o círculos de cinco miembros, plenamente consagrados a la tarea revolucionaria. La novela nos describe precisamente la actuación de uno de estos quintetos, quizás el primero de los fundados por Verjovenski. Para dar cohesión al grupo y apoderarse por completo de la voluntad de sus miembros, Verjovenski pone en marcha un diabólico procedimiento ideado por Stavroguin. Le aconseja burlonamente éste último, consejo que Verjovenski seguirá con espantosa seriedad: «Convenza a cuatro miembros del círculo para que maten al quinto so pretexto de que va a denunciarles, y entonces les tendrá a todos como amarrados en un nudo por la sangre derramada. Se convertirán en esclavos de usted y no osarían rebelarse ni pedir cuentas».
A quien Verjovenski se propone así asesinar es a Shátov, que ha desertado de las ideas revolucionarias y vuelto a la ortodoxia, convirtiéndose a una postura que pudiéramos calificar de eslavófila. Recordemos que también Dostoyevski había sido revolucionario en su juventud, en la que había conspirado tan peligrosamente como para ser condenado a muerte en 1849 por el zar Nicolás I, condena que, luego de un simulacro de fusilamiento, le fue conmutada por cuatro años de trabajos forzados en Siberia. Dostoyevski describiría después esta estancia en Recuerdos de la casa de los muertos (1862). Allí, en el penal de Omsk, el único libro que pudo leer durante esos años fue la Biblia. En 1854 Dostoyevski sale del penal, según sus propias palabras, «feliz y esperanzado». El caso es que, después de esa experienccia terrible, Dostoyevski ya no es el mismo, y del radicalismo iconoclasta y revolucionario de su juventud deriva cada vez más hacia posiciones religiosas, cristianas y las. En este sentido el personaje de Shátov puede ser considerado como un alter ego del propio autor.
Ahora bien, Shátov es, desde luego, y como lo es también en cierto modo su autor, un desertor de la causa revolucionaria. Lo que no es de ningún modo es un delator, que es la acusación que necesita Verjovenski para decretar su asesinato. Pero ¿cuál es la ideología de Shátov? Para Shátov, «ni un solo pueblo se ha estructurado hasta ahora sobre los principios de la ciencia y de la razón», y el socialismo es «intrísecamente ateo», como lo es todo lo que se asienta exclusivamente sobre dichos principios. Pero lo que constituye de verdad a un pueblo no puede ser nunca ni la ciencia ni la razón, que siempre tendrán una función secundaria, sino Dios. «Dios constituye la personalidad sintética de todo un pueblo desde su nacimiento hasta su fin». Shátov llega a decir que «el pueblo es el cuerpo de Dios». El pueblo y Dios están, pues, inextricablemente ligados, de tal manera que Dios no puede ser común a varios pueblos, en que los pueblos no pueden compartir a Dios, pues «cuando los dioses comienzan a ser comunes, ello es indicio de la destrucción de las nacionalidades». Por el contrario, «cuanto más vigorosa es una nación, tanto más particular es su Dios». Pues «todo pueblo sigue siendo pueblo mientras tiene Dios propio y descarta a todos los demás dioses sin el menor reparo, es decir, mientras confía en que con su Dios vencerá y arrojará del mundo a los restantes dioses». Además, «un pueblo auténticamente grande jamás ha de resignarse a desempeñar un papel secundario en la humanidad, y ni siquiera un papel principal, sino que debe tender, necesaria y exclusivamente, a representar el primero»; pues, así como la verdad es una, «sólo un pueblo puede tener un Dios verdadero», aunque los demás tengan sus propios dioses. Finalmente, para Shátov, y quizá también para Dostoyevski, «elvúnico pueblo «portador de Dios» es el ruso».
Éste es el misticismo nacionalista que forma la ideología de Shátov, misticismo que constituye quizás el núcleo secreto, metafísico y hasta teológico de toda exaltación nacionalista, por moderada que en un principio se nos presente.
Este es el misticismo nacionalista que forma la ideología de Shátov, misticismo que constituye quizás el núcleo secreto, metafísico y hasta teológico de toda exaltación nacionalista, por moderada que en un principio se nos presente.
En cualquier caso, en la novela que comentamos, Shátov es el contrapunto ideológico de Verjovenski y Shigaliov, y así como éstos presagiaban el sistema instaurado por la revolución bolchevique, Shátov parece anunciarnos el auge del nacionalismo, que ha crecido paralelo con el hundimiento del comunismo.
Romano Guardini, que dedicó a nuestro autor un interesante libro titulado El universo religioso de Dostoyevski, después de exponer la ideología de Shátov, que acabamos de ver, exclama: «Monstruoso modo de pensar, no puede uno menos que decir», y nos señala: «Shátov no cree, todo se reduce en él a una ideología fanática e impotente». El propio Shátov ya había confesado implícitamente su incredulidad, cuando Stavroguin le había preguntado «Sólo me interesaría saber si cree usted en Dios o no», y había respondido: «Creo en Rusia, creo en su ortodoxia». Y, ante el apremio de Stavroguin «¿Y en Dios? ¿Y en Dios?», había replicado al fin: «Yo… yo creeré en Dios».
Que la obra de un gran poeta (poeta no en el sentido habitual de hilvanador de versos, sino en el sentido platónico de hacedor de mitos) esté preñada de vislumbres proféticos no debería en manera alguna sorprendernos. Al fin y al cabo, esta cualidad profética de la poesía, o, si se prefiere, de la literatura, ha estado reconocida desde siempre. Así, no sólo como poeta, sino también como profeta y visionario se ha considerado en la tradición occidental, en primerísimo lugar, a Virgilio, pero también a Dante, y, quizás, en los tiempos modernos, ningún escritor ha poseído esa capacidad visionaria tan poderosamente como Dostoyevski.
Dostoyevski en Los demonios ha pretendido exorcizar (¿inútilmente?) los demonios de Rusia. A través de los personajes de Verjovenski y de Shigaliov, presagia la revolución bolchevique y el totalitarismo comunista que ahora acaba de derrumbarse y frente a cuyos excesos nos había puesto en guardia. Del mismo modo, a través del personaje de Shátov parece anunciarnos el furor nacionalista que renace en el presente, y, también, pese a las indudables simpatías que esta vez, a diferencia de los nihilistas, le inspira el personaje, parece advertirnos sobre los excesos de una ideología que enfrascaría a los pueblos en un terrible combate para imponer cada cual su dios sobre todos los demás dioses.
Dostoyevski en «Los demonios» ha pretendido exorcizar (¿inutilmente?) los demonios de Rusia. A través de los personajes de Verjovenski y de Shigaliov, presagia la revolución bolchevique. el totalitarismo comunista que ahora acaba de derrumbarse.
Porque ¿qué es lo que en nuestros días parece cernirse sobre nosotros? ¿Estamos en vísperas de una nueva paz octaviana, bajo la hégida de los Estados Unidos de América, ahora que parece haberse llegado a un consenso ideológico basado en la economía de mercado, la democracia parlamentaria y el liberalismo cultural? ¿O, por el contrario, como parece indicar el auge de los fundamentalismos nacionalistas y religiosos, nos encontraremos enredados en una inacabable serie de conflictos, con la amenaza siempre latente de que pudieran derivar en una conflagración generalizada de incalculables consecuencias?
En fin, la lectura de Dostoyevski, y ésta es la marca de su profundidad, nos llena de sorda inquietud con sus hondas premoniciones. Pero es cualidad de los profetas predicar en el desierto; como también lo es el no serlo en su patria. Y en su patria, donde antes había sido tan apasionadamente venerado, luego fue visto Dostoyevski con indisimulable suspicacia, mientras duró al menos el régimen comunista. Ahora que este régimen ha fenecido, ¿volverá Dostoyevski a ser profeta en su tierra?
En cualquier caso, a quien sí han dado un rotundo mentís los recientes acontecimientos es a los falsos profetas que pregonaban el fin de la historia. Congelada durante los años que duró la guerra precisamente llamada fría, lo que hizo pensar a algunos que habíamos llegado al final de los tiempos, la historia en nuestros días ha vuelto a ponerse en marcha. Por el momento el fin de los tiempos sigue hurtándose a nuestra vista. No sé si estaremos en el penúltimo episodio, pero, desde luego al último no hemos llegado todavía. Nos aguardan, sin duda, grandes acontecimientos.
Mariano Barbacid, madrileño, es uno de nuestros bioquímicos más conocidos por sus éxitos en el estudio de los oncogenes humanos. Se doctoró en España con David Vázquez (Premio Príncipe de Asturias) y trabaja en EE.UU. desde 1974.
J.L.G.Q. El que tú hayas pasado de ser un científico importante que hace una investigación punta a ser también una persona muy conocida ¿a qué se debe?
M.B. Son dos facetas distintas. En Estados Unidos y en el resto del mundo me conocen mis colegas únicamente por los trabajos que publico, pero en España se ha dado la circunstancia de ser conocido en los medios de difusión, que, por razones que yo desconozco, me han dado, un realce, una atención que no soy yo el más indicado para juzgar, pero esto sólo ocurre en España. En Estados Unidos mi trabajo ha salido en el New York Times un par de veces, en el Washington Post una vez, y por supuesto en las revistas especializadas, comentarios se han hecho en varias ocasiones, pero, claro, tú ahora vas a preguntar a una persona media en Estados Unidos ¿quién es Mariano Barbacid? y no lo sabría, de hecho eso ocurre en Estados Unidos casi con el 99,99 de los investigadores.
— Aunque la ciencia tiene interés por sí misma, en España hay mucha tendencia a personalizar. ¿Cuál crees tú que es la importancia de tus trabajos?
— Bueno yo lo que creo es que cuando se haga la historia de los avances científicos del siglo XX, me sentiría muy honrado y muy satisfecho si se indicara en esa historia el hecho de que fue importante el descubrimiento del aislamiento de oncogenes en tumores humanos, que allí aparezca el nombre de Mariano Barbacid junto a los otros investigadores que dirigían este trabajo, pero en realidad no importa quién lo hiciera, sino que se haya hecho.
— La diferencia entre la ciencia que hacéis ahora y la ciencia histórica está en que el nombre propio es secundario, que de alguna manera la mecánica de Newton es la mecánica de Newton, y que, sin embargo, andando el tiempo la ciencia se ha ido haciendo más anónima, más colectiva, menos personal.
— Eso es un poco como si analizas la historia. Si tú en estos momentos tienes que dar una serie de nombres en la historia de España pues harías una lista interminable; sin embargo, si hablas del siglo XIX, pues la lista proporcionalmente sería mucho más corta, y si hablas del siglo XII sería mucho más corta todavía, y eso no quiere decir que en aquella época la historia la hicieran menos individuos, sino simplemente que el tiempo va borrando y va quedando sólo lo más importante. Entonces qué duda cabe que Newton ha quedado porque lo que escribió Newton fue muchísimo más importante que los oncogenes; entonces, eso quedará, es decir, lo más probable es que el descubrimiento nuestro no pase a la historia, pero que no pase a la historia no porque hoy día la ciencia se haga distinta que hace unos años, que sí se hace distinta, sino por el mero hecho de que nuestra recolección de los hechos es inversamente proporcional a la distancia del tiempo: cuanto más corto es el tiempo, de más hechos nos damos cuenta. Eso lo puedes aplicar a los descubrimientos científicos o a los políticos. Es decir, tú ahora puedes nombrar doscientos políticos; sin embargo, ¿cuántos políticos había en la corte del rey Juan II?
— Sí, quizá ésa es la perspectiva más justa. Con todo, la idea del científico que tenemos los humanistas, la idea del pensador, con frecuencia revolucionario, debido a su propio esfuerzo y a su capacidad de combatir prejuicios y de enfrentarse con lo nuevo, es decir, la imagen romántica del científico, tiene poco que ver con lo que ahora hacen los científicos y en concreto los bioquímicos.
— No, lo que pasa es que esa figura que tú dices sale cada mucho tiempo; entonces, si no fuera por los científicos de a pie, como soy yo, pues la ciencia tampoco avanzaría.
— ¿Cuándo ha sido la última vez que en biología ha habido un cambio de ese calibre?
— Es muy difícil personalizar. Porque, ¿cómo salió la Biología Molecular?; casi nos tendríamos que remontar a Ramón y Cajal para encontrar un científico que hiciera una contribución que haya tenido una repercusión enorme a lo largo de los años. Entonces, es el hombre y el tiempo. Pero, ya digo, ideas y evoluciones sí que puede haber muchas, pero no las podemos identificar con un individuo.
— Por ejemplo, lo que la mayoría de nosotros conocemos, la historia de la doble hélice, lo de Watson y Crick, esto no se puede valorar como una revolución, sino como un tramo de un proceso más amplio.
— Hay individuos que destacan debido a su facilidad de palabra, a su presencia… a lo que sea, no sé por qué es; en cierto modo también puede decirse lo mismo de Watson: él no hizo ningun experimento, él lo interpretó, incluso en Italia llevaban mucho tiempo trabajando en ello, dieron con el apareamiento, y él trabajaba con otras teorías, el código genético, por ejemplo. Todo este tipo de descubrimientos no es un caso aislado, quiero decir que hay uno… el mismo virus del sida… Lo que pasa es que siempre hay una serie de científicos que tienen más personalidad y a veces los medios de difusión les dan mayor prioridad. Qué duda cabe que Watson fue el que descubrió la doble hélice, no le va a quitar nadie eso, pero fueron Watson y Crick; pero Watson sale muchísimo más que Crick, porque Watson se retiró de la ciencia de laboratorio, ahora es el director del proyecto «Genoma Humano», en fin, una mezcla de calidad científica y de personaldad y de circunstancia histórica. Crick ha seguido su trabajo en el laboratorio y ahora el público no sabe dónde está Crick, qué es lo que hace. No es el hombre popular. Eso ya es una mezcla de circunstancias, de historia, de la personalidad del individuo, pero ya está fuera de la ciencia; hoy día la ciencia avanza con la contribución de muchas personas y es muy difícil decir «esto lo has hecho tú»… Además, muchos descubrimientos se hacen al mismo tiempo. Por ejemplo, el caso de los oncogenes humanos es realmente curioso porque este trabajo llevó más de tres años, y sin embargo, los tres «papers» salieron el mismo mes; es notable que salgan en el mismo mes cosas que se llevan haciendo tres años.
— Si no recuerdo mal, cuando Mendel publica sus experimentos con los guisantes, la mayoría de los biólogos no leen el papel o no le dan la importancia que tiene, y tiene que ser años después redescubierto. ¿Eso puede estar pasando ahora?
— Todo es posible, pero es muy poco probable. Nunca se puede decir que esto no pasa, no seríamos científicos. Un científico nunca puede demostrar que algo no existe, pero es prácticamente imposible que eso suceda, porque hoy día uno de los temas importantes de la investigación es el relativo a los niveles de comunicación.
— Los que estudian esto aparentemente contradicen esto que dices. Por ejemplo, el hecho de que muchos «papers» son bastante inútiles.
— La mayoría.
— Segundo, que no son leídos por nadie. Simplemente aparecen a efectos de curriculum, a efectos políticos.
— A efectos de supervivencia.
— Entonces lo que tú dices es que a pesar de todo son muchos lo ojos que están viendo esto.
— Lo que sucede… Verás, te voy a explicar, el proceso es el siguiente: tú escribes un trabajo, tú mismo juzgas si el trabajo es bueno; si crees que el trabajo es muy bueno lo mandas a la mejor revista que hayan hecho, por ejemplo Cellula, que es una revista relativamente nueva, pero quizá mejor que Nature, que es más general, e incluye Física. Yo estoy hablando todo el tiempo de la biología molecular y de las ciencias biomédicas. Entonces, volviendo a la revista, ahí te miran el trabajo y te dicen: «Pues esto es malo, por esto o por esto», o es bueno y te lo aceptan. Por supuesto, tú tienes derecho a contestar a su revisión si no estás de acuerdo. Entonces, si no te lo aceptan, pues siempre lo puedes enviar a otra revista de otro nivel. Por supuesto que cuando te rechazan un «paper» siempre piensas que el «referee» está equivocado. A mí se me ha dado el caso de que el mismo «paper» se haya revisado en tres publicaciones distintas y no lo publiqué. Lo que se dice es que todos los «papers» eventualmete se publican. Lo que sucede es que hay muchos trabajos repetitivos, hay muchas observaciones que son triviales, hoy día podría reducirse la literatura científica por lo menos en un 90%, de hecho se reduce en un 90%: yo no leo más que los ocho «journals» más importantes; de vez en cuando y si tengo tiempo, hago un repaso de la literatura, pero no tengo tiempo normalmente. Entonces lo que yo estoy haciendo es leer nada más que el 3 o el 4% de las publicaciones. Y eso es lo que hace el 99% de los científicos. El 99,9% de la ciencia se mueve a través de lo que se publica en los 10 o 15 «journals», y ya está; lo demás es para sobrevivir, para publicar, para demostrar que has trabajado, para llenar curriculums, etc.
— De todas formas, con la biología molecular, en la que hay tantísima gente trabajando, que es una ciencia faraónica en este sentido, ¿no sucede que tanto trabajo acumulado equivale casi necesariamente a falta de creatividad?. Por ejemplo, en el proyecto «Genoma Humano», ¿no estaremos corriendo el riesgo de que por este trabajo tan faraónico se desechen otras pistas que pudieran ser más inteligentes? Es decir, ¿no se está metiendo en una senda muy rutinaria la biología molecular?
— Bueno, éste es un tema que es muy complejo y la respuesta es sí y no. Hoy día es importante que se «mapee» el genoma humano porque se puede hacer, y es algo que indudablemente va a proporcionar unos datos muy valiosos; ahora bien, ¿cómo se hace eso? Ése es el «quid» de la cuestión. El mapeado del genoma humano va a ser muy rutinario, y habrá que buscar a científicos, que no todos son Einstein, y todos juegan un papel en la ciencia, hay sitio para todos, para el menos genio y para quien simplemente es un técnico, que no tiene que ser innovador. El mapeado del genoma humano, la relación entre el innovador y el técnico, va a ser muy baja, es decir, con un innovador que haya va a necesitar mil técnicos, mientras que en la otra ciencia la proporción puede ser de uno a diez o de uno a veinte. Eso requiere modificar la mecánica de lo que es la ciencia hoy día, y eso es una parte del cómo; pero lo más importante del cómo es ¿de dónde viene el dinero? Si ese dinero va a venir de los fondos que están dedicados ahora a hacer la investigación básica, ahora mismo te diría yo que si estuviera en mi mano yo no apoyaría el proyecto «Genoma Humano», porque quitarlo de la ciencia innovadora yo no lo haría, sería un riesgo demasiado grande. Ahora bien, hoy día, que nos gastamos tantos miles de millones en material bélico, el que se dedique ese dinero tendría que salir de otros recursos que no son la ciencia, como puede ser el armamento, o bien otra cosa.
No apoyaría el proyecto «Genoma Humano» si su financiación se detrae de los fondos para investigación básica
— ¿Cuáles son desde de tu punto de vista los sectores punta de investigación en los que cabe esperar novedades más significativas en biología molecular?
— La biología molecular es un campo que va a crecer mucho hacia la neurobiología, es decir, las enfermedades neurodegenerativas y el proceso de cómo se regula la transmisión del conocimiento, es decir, cómo funciona a nivel molecular la memoria. Es muy posible que tú te acuerdes ahora de lo que pasó hace veinte años. Qué imágenes tienes en tu cerebro, poner eso a nivel molecular, es extremadamente fascinante. Lo que pasa es que está más dificil. En neurobiología se han hecho avances bastante importantes: es el envejecimiento, no el envejecimiento mental, sino el envejecimiento de la célula, porque una célula envejece; bueno, eso está mucho más crudo porque los genes que están involucrados en el «aging» todavía están mucho peor definidos que los genes que están involucrados en los procesos sensoriales: son las áreas que desde mi punto de vista… tienen más futuro.
Por eso mi labor, o más bien mi obsesión, es tratar de conseguir que todo lo que se diga sobre el cáncer sea lo más realista posible
— Todo esto es fascinante, pero, por ejemplo, ¿cómo se va a estudiar la fase molecular de la memoria si todavía no distinguimos bien los procesos de memoria, el aprendizaje puro y simple?, etc. etc; en concreto, para llegar a la base molecular habría primero que tener conocimiento puramente fisiológico de las bases de la memoria.
— La ciencia es un proceso, que ha recibido críticas, extremadamente reduccionista. En el caso de estudios a nivel molecular, evidentemente, se trabaja con animales, se trabaja con memorias que un filósofo no consideraría una memoria; yo ni siquiera estoy en ese campo, no sé exactamente cómo se hace, pero se trata de procesos de memoria extremadamente simples; por supuesto, no tiene nada que ver con la memoria desde el punto de vista filosófico. Después de ahí hay que trasvasar, como tú muy bien decías, a la fisiología, es decir, hoy día la ciencia está estudiando a nivel de transporte de calcio y todo este tipo de la transmisión de señales, presináctico, prosináctico, etc. Es decir, que cuando quieres hacer el proceso inverso de la molécula a la filosofía, evidentemente, no hay una correlación directa: el pensar que uno puede poner en términos moleculares un sentimiento, eso es ciencia-ficción. Pero hoy en día ya se empieza llamando memoria al hecho de que haya simplemente un recuerdo sin proceso cognoscitivo, sino a nivel local; por ejemplo, se está estudiando hoy día la memoria en un gusano, en una babosa… Evidentemente, el que los filósofos a eso lo llamen memoria o no lo llamen memoria son dos cosas distintas en cuanto al año 1991. Es decir, son dos cosas distintas porque el científico tiene que pasarlo por un proceso reduccionista; si no, sería una cosa que, como se dice vulgarmente, no habría por dónde meterle mano. Esa es la diferencia entre el biólogo molecular o el científico neurobiólogo y el filósofo, pero a la larga llegará un momento en que esos dos procesos converjan lo que pasa es que ahora, debido a lo primitivo de la neurobiología molecular, el científico se tiene que encerrar en un mundo reducido que hace que en estos momentos no haya una evidencia.
— Esto plantea un problema política y culturalmente hablando: la diferencia entre lo que efectivamente se sabe y lo que en nombre de la ciencia se supone que se sabe, es decir, muchas veces las informaciones que se dan en nombre de la ciencia en los medios de comunicación y las cosas que trascienden a la opinión pública tienen más de ciencia-ficción que de ciencia rigurosa.
— Por eso mi labor, o más bien mi obsesión, es tratar de conseguir que todo lo que se diga sobre el cáncer sea lo más realista posible.
— Lo cual significa que muchas veces se ve como lo más pesimista posible…
— Exactamente, y es que a veces el realismo se confunde con el pesimismo. Yo no soy pesimista, pero soy realista, y, sobre todo, soy realista en cuanto a que soy científico. Sí, tienes razón. Lo que pasa es que los avances que a nosostros nos parecen muy importantes, y vamos a suponer que lo sean, son prácticamente imposible de ser traducidos al público; entonces, muchas veces los medios de comunicación extrapolan, generalizan, y en la mayoría de los casos novelan… y claro, llega deformado al público; pero es muy difícil informar al público de la realidad exacta, porque no lo entenderían. Entonces, hay que encontrar un equilibrio entre traducir a forma laica los descubrimientos científicos y que eso sea inteligible.
— Lo que pasa es que ahí hay otro factor, que antes tú hablabas de él, que es el factor del interés pecuniario de la propia comunidad científica, que tiene que vender lo que hace en los términos más sensacionalistas posibles, para seguir recibiendo el enorme dinero que la ciencia necesita.
— Eso es una cosa que a mi no me gusta, pero que es un hecho real, y es que los que dan los dineros son los políticos, y entonces al político hay que convencerle con la utilidad práctica. Para mí, una sociedad ideal sería en la que los científicos fueran al Congreso y dijeran: «Señores, hemos conseguido unas cosas maravillosas, aquí están, que lo interpreten expertos, no porque lo decimos nosotros deben de creerlo, y necesitamos más dinero para seguir investigando». Eso no es así como funciona. Como funciona es: hay que ir al Congreso y decir: «Se ha descubierto esto, ahora vamos a curar esto o lo otro»… Es decir, solamente se vende la aplicabilidad; entonces, eso explica, por ejemplo, que en los datos sobre el cáncer exista una presión ahora para aumentar los porcentajes de curación, porque si no se aumentan los porcentajes de curación, cuando se va al Congreso a pedir dinero, aunque haya unos descubrimientos fabulosos, si no se aplican a la práctica, el político no da dinero. Entonces ahí hay un problema que no es que se engañe, pero sí se adapta la realidad. Por eso, por ejemplo, en el mismo caso del cáncer tenemos la situación donde curación… es igual a cinco años de supervivencia. Entonces, ahora hay un debate muy importante sobre si realmente estos progresos que se han hecho son reales, porque al haber una concienciación, digamos, en la población, al haber unos métodos de detección mayores, aumentas el período de detección dos años hacia adelante y, evidentemente, aunque no se esté haciendo nada en la curación del cáncer, en la supervivencia, el porcentaje de los que van a sobrevivir cinco años va aumentar, y no se está haciendo nada. Esto es un gran debate. Pero esto viene un poco a ilustrar lo que tú decías, que es que desgraciadamente en el mundo de hoy, y esto es una realidad que no tiene visos de cambiar, la forma de conseguir financiación es la de presentar la utilidad práctica, y eso para el científico básico es muy difícil porque muchas veces los descubrimientos más profundos, más importantes, no tienen una fácil aplicación, por lo menos no la tienen de inmediato.
Hoy en día hay centros en España que podrían ser transplantados a las mejores universidades del mundo y harían un papel de primera clase.
— Está claro, y ése es un asunto con el que vamos a tener que seguir conviviendo, porque no se puede establecer una fórmula de paso entre la ciencia básica y la opinión pública, que haya una especie de traductores especializados en niveles.
— A medida que los científicos vamos estando más educados en cuanto a poner nuestros descubrimientos en forma más fácil de entender, sobre todo a los medios de comunicación. Yo creo que hoy día, por ejemplo, la sección de ciencias del New York Times está muy bien. Lo que pasa que los periódicos americanos se pueden dar el lujo de pagar a señores que se dedican única y exclusivamente a esto. Por ejemplo, uno de los que escriben en el New York Times, Natalie Angers, se pasó seis meses en el laboratorio de Robert Warner simplemente para ver cómo era el proceso científico; ya me contarán qué periodista español puede permitirse ese lujo…
— En España hay una tradición de lamento por nuestra poca capacidad de creación científica. La historia de la ciencia española no es comparable a la de los países de nuestro entorno. ¿Tú crees que ahora se están haciendo progresos significativos, que hay políticas científicas sanas y razonables?
— Se ha avanzado muchísimo, sobre todo en financiación. Hoy día hay centros en España que podrían ser trasplantados a las mejores universidades del mundo y harían un papel de primera clase. El problema que hay, que yo veo, es que en España todavía hay muy pocos centros donde uno pueda hacer investigación de primera clase, y algunos piensan que ya hay suficientes centros. Y ahí es donde yo difiero: siempre he dicho que los buenos laboratorios que hay en España, que los hay, en el campo de la biología molecular, o campos afines, podrían, prácticamente todo ellos, formar parte de una sola universidad americana. Si tenemos en cuenta que la proporción de habitantes es solamente seis veces, pues yo creo que estamos todavía bajos; ahora bien, si consideramos el PNB, entonces los números tal vez sean menos diferentes.
Título: «Dieu et la science».
Autor: Jean Guitton.
Editorial: Grasset, París 1991, 197 pp.
Precio: 95 Ff.
El escritor Jean Guitton, miembro de la Academia Francesa, ha recogido una serie de conversaciones mantenidas con los científicos Igor y Grichka Bordanov. Guitton fue alumno de Bergson y es uno de los más eminentes filósofos de nuestro tiempo. Los hermanos Bordanov son doctores en Astrofísica y en Física teórica antiguos alumnos de Roland Barthes.
A lo largo de estas conversaciones aparece con toda claridad una idea que hoy empieza a tener cuerpo dentro del mundo científico, y es la posibilidad de establecer un diálogo entre la ciencia dura, como puede ser la Física o la Biología, y la Filosofía, e incluso la Teología. Algunos pensadores, con muchos años de antelación, habían intuido ya la posibilidad de este diálogo. Guitton escribe que, a lo largo de su vida, el problema que más le ha preocupado es el del sentido de su propia existencia y el de la muerte. Es el problema humano por antonomasia. Es el problema de la felicidad humana, que nadie puede soslayar. Y ante el mismo, sólo la religión y la ciencia pueden dar una respuesta.
Pero, en el siglo pasado, y ante los ojos de la mayor parte de los espíritus lúcidos, la ciencia y la religión se oponían. La ciencia creaba dificultades a la religión con sus descubrimientos. La religión, por su parte, ponía una barrera a la ciencia, para que no se ocupase de la Causa Primera. Pero una serie de descubrimientos, una serie de teorías, han cambiado a lo largo del siglo XX este panorama. Ello ha sido obra, principalmente, de los físicos, los teóricos del mundo, los que piensan lo real».
Pues ahora es posible vislumbrar una alianza, «una convergencia todavía oscura entre los saberes físicos y el conocimiento teológico, entre la ciencia y el misterio supremo». Fue Bergson quien tuvo la intuición de que la teoría cuántica iba a introducir una serie de cambios conceptuales de los que él fue el primero en vislumbrar. Así lo hizo constar en su testamento, dirigido a cuatro filósofos: Gabriel Marcel, Jacques Maritain, Vladimir Jankelevitch y el propio Guitton.
La Mecánica cuántica enseña que para comprender lo real hay que renunciar a la noción tradicional de materia, o sea, a la materia tangible, concreta, sólida, determinada. El espacio y el tiempo se convierten en puras ilusiones. Una partícula puede ser localizada en dos lugares distintos al mismo tiempo. Y la realidad fundamental no es cognoscible. Estos conceptos son auténticamente revolucionarios para la ciencia del siglo pasado.
Evidentemente, no existe una prueba Dios no está a las órdenes de la demostración»-, pero sí un punto de apoyo científico a las concepciones propuestas por la religión. Y es ahora cuando un verdadero diálogo entre Dios y la ciencia puede comenzar al fin».
Este libro lleva como subtítulo «hacia el metarrealismo», que es como su autor define la nueva postura. Postura en la que todo pasa como si la inmaterialidad, incluso de una trascendencia, llegase a ser uno de los objetos posibles de la Física. Como si los misterios de la Naturaleza procediesen, igualmente, de un acto de fe.