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Ver productos1 Nov 1991 - 5min.
Con cuatro días de diferencia he asistido, en el Auditorio Nacional de Música de Madrid, a dos conciertos singulares, tan diferentes entre sí como no podrían ser más y, sin embargo, con un nexo común, cual es, ambas audiciones no son frecuentes, son raras, en la acepción del Diccionario de la Real Academia Española de «acontecimiento extraordinario poco común o frecuente». Se trata, de un lado, de la ópera «Una cosa rara», y de otro, de la «Tercera Sinfonía» de Anton Bruckner. «Una cosa rara», en fácil juego de palabras, es la cosa más rara que pude haber visto ¡en mi vida! en Madrid, pues desde poco después de su estreno en Viena, en 1786, no se había representado nunca jamás aquí.
Sin embargo, tuvo tal éxito en su estreno que oscureció el de la «Bodas de Fígaro», de Mozart, y motivó que en el segundo acto de «Don Juan», con ocasión de la conocida cena, se interpretara alguno de sus compases; concretamente, «¡Oh quanto un si bel giubilo!», que canta la reina Isabel la Católica. No comprendo, pues, que doscientos años más tarde esté tan olvidada que ni siquiera figura en las enciclopedias de óperas más importantes.
«Una cosa rara» («Ossia belleza ed onestà»), o sea, «belleza y honradez», está escrita por el abate Lorenzo da Ponte (el autor de los libretos de las «Bodas de Figaro», «Don Juan» y «Cossi fan tute») y la música es del español, natural de Valencia, Vicente Martín y Soler, rigurosamente contemporáneo de Mozart (nació en 1756 y murió en 1806), y que, a pesar de ser español, casi siempre vivió y triunfó en Viena, y murió en San Petersburgo. La versión fue de concierto, no representada obviamente en el Auditorio, a cargo de la orquesta Le Concert des Nations, coros de la Capella Reial de Cataluña y solistas, con motivo del Festival de Otoño de la Comunidad de Madrid.
Había más público del que yo esperaba, pero no el que merece obra tan fabulosa. ¡Verdaderamente fantástica! Una sensacional ópera del siglo XVIII, mozartiana y que en alguna de sus frases musicales acusa influencia en D. Juan (una de las escenas entre Zerlina y Masetto), estrenada el año consecutivo. Es, como todas las óperas de su época, una conjunción de arias, duettos, tercetos, etc., y coro, con orquesta reducida a sus necesidades como es de pura lógica. Tanto aquél como ésta sonaron de maravilla, todo bajo la dirección de Jordi Savall.
Por los hombres, el que más me gustó, por desconocido, fue el barítono Fernando Belaza, excelente voz de barítono alto. Muy bien Ernesto Palacio en el papel del Príncipe, especialmente en sus dúos con la Reina, incorporado por María Ángeles Peters; también el tenor Francesc Garrigosa y el bajo Stefano Palatchi; del otro barítono, Sr. Fresan, ya queda dicho que me gustó menos. En conjunto, un concierto memorable en todos los sentidos, pues tal vez hasta doscientos años más no se vuelva a oír «Una cosa rara» en Madrid.
En cuanto a los solistas, me gustaron todos, quizá con excepción del barítono Iñaki Fresan, tal vez por debajo de los demás. Las tres sopranos (habituales en las óperas de Mozart) rayaron a muy alto nivel. La que más me gustó fue Montserrat Figueras; sus dúos con Gloria Fabuel fueron antológicos. Ésta es un fruto ya granado de la cantera valenciana que vengo siguiendo desde hace un año: Lisa, en «La Sonámbula»; Papagena, en «La Flauta Mágica», etc. La señorita Fabuel canta estupendamente, lo que pasa es que su timbre no me gusta del todo, como ya dije en otra ocasión en NUEVA REVISTA.
La «Tercera Sinfonía» de Bruckner, en re menor, fue interpretada, dentro del ciclo Orquestas del Mundo, de Ibermúsica, por la Filarmónica de Munich, dirigida por Sergiu Celibidache. Su audición es muy poco frecuente y tiene un cierto carácter de excepcionalidad. Tardó casi noventa años en lograr su estreno en Madrid y después se ha interpretado únicamente un par de veces más.
A mí la música de Bruckner no me gusta, no me llena. Se podría decir que este autor practica el esplendor del sinfonismo pero no la emoción de la sinfonía. Es una maravilla de construcción, pero el mensaje artístico y espiritual del músico, de amor, de paz, de dolor…, no lo capto.
Tengo un amigo que, por su oído educado a la música, adquiere en seguida la fonética de cualquier idioma. Incluso en China, y allí le dijeron al oírle: «Usted habla el chino muy bien, pero no dice nada». Eso.
Al otro día la misma orquesta nos ofreció la Sinfonía de Cesar Frank, igualmente en re menor. Para mí la diferencia era clara: asombro con ambas orquestaciones, pero emoción sólo con la segunda.
Con independencia de ello, la Orquesta Filarmónica de Munich tocó fabulosamente bien; es increíble cómo se oye y cómo se puede escuchar cada familia de instrumentos dentro del todo, con más de cien músicos. El sonido de las trompas fue tan extraordinario que parecía un órgano. Y así todo.
Del director, Sergiu Celibidache, está todo dicho. Aunque rumano, tiene una formación alemana que le permite interpretar como nadie a los grandes sinfonistas alemanes del siglo pasado, especialmente Brahms y Bruckner, así como también la música de Wagner.
El concierto con Bruckner fue un acontecimiento que hay que apuntar en el haber de Ibermúsica. Y es menester que estas audiciones «raras» se generalicen en Madrid, y también en eso entremos definitivamente en Europa.