La historia de Rusia vista por Dostoyevski

En el otoño de 1870 empezó a escribir Dostoyevski su novela «Los demonios»¹, publicada primero por entregas en una revista y aparecida luego en forma de libro en 1872. La novela fue un gran éxito, que catapultó a su autor ya definitivamente a la gloria literaria. A partir de ese momento la palabra Dostoyevski goza de un prestigio incomparable en Rusia, como escritor y pensador que ha buceado como nadie en las profundidades insondables del alma de sus compatriotas.

Lorenzo Martín del Burgo

En los Los demonios un grupo de jóvenes nihilistas revolucionarios, consagrados a la tarea de socavar el régimen zarista, asesinan a un antiguo correligionario, que ha desertado de la causa revolucionaria y vuelto a la ortodoxia, y al que acusan de delator. La presentación que hace de ellos Dostoyevski está vencido de ello Verjovenski, despiadada. Tampoco se libran por completo de los dardos del escritor los miembros de la generación anterior, cosmopolitas y afrancesados y profundamente desarraigados dde la vida del pueblo ruso. Esta generación precedente está representada, sobre todo, por el entrañable Stepán Trofímovich Verjovenski, sin duda el personaje de mayor densidad humana del libro, humanidad, por otra parte, no exenta de humorismo, y por el escritor de moda Karmazínov, retrato paródico, francamente irónico, de Truguéniev. De alguna manera, parece insinuársenos, en el desarraigo europeizante de la generación anterior fueron cultivándose los desmanes de los jóvenes nihilistas.

El «shigaliovismo»

Pero son éstos últimos los que nos interesan en estos momentos. El grupo de jóvenes revolucionarios está capitaneado por Piotr Stepánovich Verjovenski, hijo del antes nombrado Stepán Trofimovich. Verjovenski, como tantos otros personajes de la novela, está fascinado por Nikolái Vsevolódovich Stavroguin, al que quiere captar al servicio de la revolución, erigiéndolo en jefe último de la misma; pero Stavroguin es un personaje fáustico, encarnación del héroe romántico, irremediablemente desesperado, que no puede creer en nada y que, por tanto, resulta inapto para cualquier causa. Y no es que Verjovenski crea más que Stavroguin. En el fondo Verjovenski es un cínico que no cree en nada. Él mismo le confiesa a Stavroguin: «Sepa que soy un truhán, no un socialista». Sin embargo, aunque tan nihilista como su amigo, Verjovenski es un activista con un objetivo muy claro, subvertir por entero el orden vigente, provocar una revolución radical. Para conseguirlo, cualquier medio es válido: «Predicamos la destrucción… Pero hay que desentumecer los huesos. Provocaremos incendios… Propagaremos leyendas… ¡Estallará el motín! ¡Una revuelta como no ha conocido el mundo otra…! Se nublará Rusia, y la tierra llorará por sus viejos dioses…». Está convencido de ello Verjovenski, que es un decidido partidario del «shigaliovismo». «¡Yo estoy por Shigaliov!», confiesa.

«Predicamos la destrucción… Pero hay que desentumecer los huesos. Provocaremos incendios… Propagaremos leyendas… ¡Estallará el motín! ¡Una revuelta como no ha conocido el mundo otra…! Se nublará Rusia, y la tierra llorará por su sviejos dioses…»

Pero ¿en qué consiste el «shigaliovismo? Según su inventor, «partiendo de una libertad ilimitada, llego a propugnar el despotismo ilimitado». «Como solución definitiva social, (Shigaliov) propone dividir la humanidad en dos partes desiguales. Una décima parte de los seres humanos disfrutaría de libertad individual y de un derecho ilimitado sobre las nueve partes restantes. Estas nueve partes perderían su personalidad, convirtiéndose en una especie de rebaño, y, mediante la sumisión ilimitada, alcanzarían, tras una serie de transformaciones de su inicial candidez, algo como un paraíso primitivo, aunque, por lo demás, habrían de trabajar». En el «shigaliovismo» el elemento clave es «la igualdad». Se trata de conseguir la igualdad al precio que sea. Describiendo el sistema propuesto por Shigaliov, el propio Verjovenski precisa con admiración: «Propugna el espionaje. Cada miembro de la sociedad ha de vigilar a los demás y es cautivo de la delación. Cada uno pertenece a todos y todos a cada uno. Todos son esclavos, y la esclavitud les hace iguales. En los casos extremos se recurre a la calumnia y al asesinato, pero lo principal es la igualdad».

En resumen, el sistema propuesto por Shigaliov y que Verjovenski y sus partidarios pretenden imponer, una vez que hayan trastocado por entero el orden reinante, es un sistema de rasgos claramente totalitarios, obsesionado por conseguir la igualdad a toda costa, pero en el que la inmensa mayoría «igualada» se encuentra sometida a una minoría que disfruta de todos los privilegios de que esa mayoría carece. ¿No podemos ver en el siniestro sistema del «shigaliovismo» una lúgubre premonición del sistema comunista que había de imponerse en Rusia, luego del triunfo de la revolución bolchevique?

Aspecto profético

Este aspecto profético de la obra de Dostoyevski ya había sido repetidas veces reconocido. Así lo había hecho, por ejemplo, entre nosotros, Rafael Cansinos Asséns, traductor de la totalidad de la obra dostoyevskiana, sin que nos preocupe ahora dilucidar si la traducción lo era «directa del ruso», como rezan las portadas de la edición y como sostenían los partidarios de Cansinos, entre los cuales Borges ha sido el más ilustre, o del francés o del inglés, como decían sus detractores. En fin, lo que ahora nos interesa es que Cansinos, comentando Los demonios en el prólogo de su traducción, reconoce el «genio adivinatorio de Dostoyevski y que sus descripciones tienen algo de proféticas». Y más concretamente aún, refiriéndose a Verjovenski, señala: «Tan certera era su visión, que Lenin ha repetido luego muchas de sus ideas y ha seguido, en el fondo, idéntica táctica». Y más adelante: «Es admirable la agudeza con que Dostoyevski ha calado la psicología del revolucionario ruso y trazado unos retratos que podrían ser los de algunos actores de la revolución bolchevique».

Pero, si en Los demonios encontramos un atisbo profético de la revolución bolchevique, lo que ya, como vemos por las palabras citadas de Cansinos, hacía tiempo que se había admitido, también ahora, luego del derrumbe del régimen leninista, podemos vislumbrar en la obra un barrunto no menos profético de lo que sucedería tras la caída del comunismo. En particular, la novela parece anunciarnos asimismo la explosión del nacionalismo a que estamos asistiendo en nuestros días. Veámoslo.

«Propugna el espionaje. Cada miembro de la sociedad ha de vigilar a los demás y es cautivo de la delación. Cada uno pertenece a todos y todos a cada uno. Todos son esclavos, y la esclavitud les hace iguales».

En su labor socavadora de las instituciones vigentes, Verjovenski se propone cubrir el territorio de Rusia por toda una trama conspiratoria constituida por «quintetos», o círculos de cinco miembros, plenamente consagrados a la tarea revolucionaria. La novela nos describe precisamente la actuación de uno de estos quintetos, quizás el primero de los fundados por Verjovenski. Para dar cohesión al grupo y apoderarse por completo de la voluntad de sus miembros, Verjovenski pone en marcha un diabólico procedimiento ideado por Stavroguin. Le aconseja burlonamente éste último, consejo que Verjovenski seguirá con espantosa seriedad: «Convenza a cuatro miembros del círculo para que maten al quinto so pretexto de que va a denunciarles, y entonces les tendrá a todos como amarrados en un nudo por la sangre derramada. Se convertirán en esclavos de usted y no osarían rebelarse ni pedir cuentas».

A quien Verjovenski se propone así asesinar es a Shátov, que ha desertado de las ideas revolucionarias y vuelto a la ortodoxia, convirtiéndose a una postura que pudiéramos calificar de eslavófila. Recordemos que también Dostoyevski había sido revolucionario en su juventud, en la que había conspirado tan peligrosamente como para ser condenado a muerte en 1849 por el zar Nicolás I, condena que, luego de un simulacro de fusilamiento, le fue conmutada por cuatro años de trabajos forzados en Siberia. Dostoyevski describiría después esta estancia en Recuerdos de la casa de los muertos (1862). Allí, en el penal de Omsk, el único libro que pudo leer durante esos años fue la Biblia. En 1854 Dostoyevski sale del penal, según sus propias palabras, «feliz y esperanzado». El caso es que, después de esa experienccia terrible, Dostoyevski ya no es el mismo, y del radicalismo iconoclasta y revolucionario de su juventud deriva cada vez más hacia posiciones religiosas, cristianas y las. En este sentido el personaje de Shátov puede ser considerado como un alter ego del propio autor.

Ciencia y razón

Ahora bien, Shátov es, desde luego, y como lo es también en cierto modo su autor, un desertor de la causa revolucionaria. Lo que no es de ningún modo es un delator, que es la acusación que necesita Verjovenski para decretar su asesinato. Pero ¿cuál es la ideología de Shátov? Para Shátov, «ni un solo pueblo se ha estructurado hasta ahora sobre los principios de la ciencia y de la razón», y el socialismo es «intrísecamente ateo», como lo es todo lo que se asienta exclusivamente sobre dichos principios. Pero lo que constituye de verdad a un pueblo no puede ser nunca ni la ciencia ni la razón, que siempre tendrán una función secundaria, sino Dios. «Dios constituye la personalidad sintética de todo un pueblo desde su nacimiento hasta su fin». Shátov llega a decir que «el pueblo es el cuerpo de Dios». El pueblo y Dios están, pues, inextricablemente ligados, de tal manera que Dios no puede ser común a varios pueblos, en que los pueblos no pueden compartir a Dios, pues «cuando los dioses comienzan a ser comunes, ello es indicio de la destrucción de las nacionalidades». Por el contrario, «cuanto más vigorosa es una nación, tanto más particular es su Dios». Pues «todo pueblo sigue siendo pueblo mientras tiene Dios propio y descarta a todos los demás dioses sin el menor reparo, es decir, mientras confía en que con su Dios vencerá y arrojará del mundo a los restantes dioses». Además, «un pueblo auténticamente grande jamás ha de resignarse a desempeñar un papel secundario en la humanidad, y ni siquiera un papel principal, sino que debe tender, necesaria y exclusivamente, a representar el primero»; pues, así como la verdad es una, «sólo un pueblo puede tener un Dios verdadero», aunque los demás tengan sus propios dioses. Finalmente, para Shátov, y quizá también para Dostoyevski, «elvúnico pueblo «portador de Dios» es el ruso».

Éste es el misticismo nacionalista que forma la ideología de Shátov, misticismo que constituye quizás el núcleo secreto, metafísico y hasta teológico de toda exaltación nacionalista, por moderada que en un principio se nos presente.

Este es el misticismo nacionalista que forma la ideología de Shátov, misticismo que constituye quizás el núcleo secreto, metafísico y hasta teológico de toda exaltación nacionalista, por moderada que en un principio se nos presente.

En cualquier caso, en la novela que comentamos, Shátov es el contrapunto ideológico de Verjovenski y Shigaliov, y así como éstos presagiaban el sistema instaurado por la revolución bolchevique, Shátov parece anunciarnos el auge del nacionalismo, que ha crecido paralelo con el hundimiento del comunismo.

Creer en Dios

Romano Guardini, que dedicó a nuestro autor un interesante libro titulado El universo religioso de Dostoyevski, después de exponer la ideología de Shátov, que acabamos de ver, exclama: «Monstruoso modo de pensar, no puede uno menos que decir», y nos señala: «Shátov no cree, todo se reduce en él a una ideología fanática e impotente». El propio Shátov ya había confesado implícitamente su incredulidad, cuando Stavroguin le había preguntado «Sólo me interesaría saber si cree usted en Dios o no», y había respondido: «Creo en Rusia, creo en su ortodoxia». Y, ante el apremio de Stavroguin «¿Y en Dios? ¿Y en Dios?», había replicado al fin: «Yo… yo creeré en Dios».

Que la obra de un gran poeta (poeta no en el sentido habitual de hilvanador de versos, sino en el sentido platónico de hacedor de mitos) esté preñada de vislumbres proféticos no debería en manera alguna sorprendernos. Al fin y al cabo, esta cualidad profética de la poesía, o, si se prefiere, de la literatura, ha estado reconocida desde siempre. Así, no sólo como poeta, sino también como profeta y visionario se ha considerado en la tradición occidental, en primerísimo lugar, a Virgilio, pero también a Dante, y, quizás, en los tiempos modernos, ningún escritor ha poseído esa capacidad visionaria tan poderosamente como Dostoyevski.

Paz octaviana

Dostoyevski en Los demonios ha pretendido exorcizar (¿inútilmente?) los demonios de Rusia. A través de los personajes de Verjovenski y de Shigaliov, presagia la revolución bolchevique y el totalitarismo comunista que ahora acaba de derrumbarse y frente a cuyos excesos nos había puesto en guardia. Del mismo modo, a través del personaje de Shátov parece anunciarnos el furor nacionalista que renace en el presente, y, también, pese a las indudables simpatías que esta vez, a diferencia de los nihilistas, le inspira el personaje, parece advertirnos sobre los excesos de una ideología que enfrascaría a los pueblos en un terrible combate para imponer cada cual su dios sobre todos los demás dioses.

Dostoyevski en «Los demonios» ha pretendido exorcizar (¿inutilmente?) los demonios de Rusia. A través de los personajes de Verjovenski y de Shigaliov, presagia la revolución bolchevique. el totalitarismo comunista que ahora acaba de derrumbarse.

Porque ¿qué es lo que en nuestros días parece cernirse sobre nosotros? ¿Estamos en vísperas de una nueva paz octaviana, bajo la hégida de los Estados Unidos de América, ahora que parece haberse llegado a un consenso ideológico basado en la economía de mercado, la democracia parlamentaria y el liberalismo cultural? ¿O, por el contrario, como parece indicar el auge de los fundamentalismos nacionalistas y religiosos, nos encontraremos enredados en una inacabable serie de conflictos, con la amenaza siempre latente de que pudieran derivar en una conflagración generalizada de incalculables consecuencias?

En fin, la lectura de Dostoyevski, y ésta es la marca de su profundidad, nos llena de sorda inquietud con sus hondas premoniciones. Pero es cualidad de los profetas predicar en el desierto; como también lo es el no serlo en su patria. Y en su patria, donde antes había sido tan apasionadamente venerado, luego fue visto Dostoyevski con indisimulable suspicacia, mientras duró al menos el régimen comunista. Ahora que este régimen ha fenecido, ¿volverá Dostoyevski a ser profeta en su tierra?

En cualquier caso, a quien sí han dado un rotundo mentís los recientes acontecimientos es a los falsos profetas que pregonaban el fin de la historia. Congelada durante los años que duró la guerra precisamente llamada fría, lo que hizo pensar a algunos que habíamos llegado al final de los tiempos, la historia en nuestros días ha vuelto a ponerse en marcha. Por el momento el fin de los tiempos sigue hurtándose a nuestra vista. No sé si estaremos en el penúltimo episodio, pero, desde luego al último no hemos llegado todavía. Nos aguardan, sin duda, grandes acontecimientos.