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Ver productos1 Dic 1991 - 5min.
Sin Breton no podríamos hablar de surrealismo. Éste es el sentido de la exposición germinada en el parisino Museo Georges Pompidou y ahora ofrecida por por el Centro de Arte Reina Sofía.
Volver al surrealismo con Breton como cabeza visible. Un acierto, sin duda. Pues él aglutinó a su alrededor una serie de objetos y de experiencias que sólo en virtud de su predilección se incorporaron a la experiencia estética de nuestro mundo. Como dictador, y no sólo de reiterados manifiestos, bajo su bandera alistó y «excomulgó» —tras juicio sumario— a un buen número de los artistas más creativos del período de entreguerras. Algunos firmantes, como Jean Arp, que ya antes habían prestado su nombre a los manifiestos dadaístas de Tristan Tzara; otros, como Picasso, demasiado escépticos con respecto a los movimientos e ismos artísticos, pero siempre bien avenidos con una poética, la de Breton, decidida a despertar la fuerza de la imaginación —consciente e inconsciente— en cualquier ámbito de la vida.
Ahora que el surrealismo como movimiento ya es historia, a pesar de que no podamos determinar sus elementos formales básicos, aunque sí identificar un buen puñado de las mejores creaciones de nuestro siglo; ahora. que ya todos somos surrealistas. y no nos escandalizamos con sus «ocurrencias», incorporadas con creces a nuestra vida diaria, resulta entrañable la dispar co- lección de objetos diversos de esta muestra.
Papeles garabateados, peque- ñas «obritas» con materiales hallados en la ocasión, ready-mades y cajas taxonómicas de coleccionista, recuerdos que se van añadiendo a la barroca decoración de las casas que habitó Bretón. Son los documentos de la juguetona espontaneidad creativa de las célebres reunio- nes surrealistas; sin embargo, reunidos, logran escapar del aire de déjá vu de los manuales sobre el surrealismo. Juntos mantienen todavía la atmósfera cálida, y a veces truculenta, de donde surgieron. Y. por ello, parecen incluir al espectador en el juego, incitándole a proseguir sus combinaciones de afinidades electivas con objetos y palabras de cada día. Actualizan la más importante máxima legada por el surrealismo a nuestro tiempo: ta creación artística no es sólo para los genios, y menos aún para los artistas reconocidos por la crítica. La creación tampoco tiene que ver necesariamente con el arte. Basta hacer sin vergüenza, encontrar, incluso mirar.
Y tal experiencia para Breton se intensifica con el amor. Desarrollando la firme tradición en nuestra cultura de la alianza de eros y belleza —ya planteada en el Fedro platónico—, el surrealismo fue desde el primer momento muy sensible al pensamiento de Freud, siendo su temprano divulgador en Francia, y después en todo Occidente. Claro está, de un modo poético: dejándose arrebatar por el amor fou, renovando la fe en el amor único. Una experiencia, descrita cuidadosamente por Breton en Nadje, que hace real lo irreal y desrealiza la realidad. El amor, entonces, reconocido como objeto primordial de la imaginación y motor del inconsciente, deseo originario, experiencia principal de «lo maravilloso».
Una relación con Nadja-llena de visiones, de encuentros fortuitos, propiciados por por el azar necesario: la ley oculta de aquellas coincidencias que en la vida cotidiana llamamos suerte o destino, y en las experiencias decisivas como el amor ola muerte tambalea los pilares de nuestro racionalismo, instigándonos cual pregunta sorda, como presentimiento.
Esa investigación, crítica y a menudo díscola, respalda la importancia del «azar objetivo» en las obras del surrealismo. Y por ello, el azar era personalmente recortado por André Breton, que subvertía con su mirada todos los objetos: ya fueran litúrgicos o deportivos.
El surrealismo desbarató de un plumazo la tradición del arte occidental. Legitimó definitivamente toda plasmación de experiencia estética. Desde estilos sojuzgados por la historia del arte académica hasta el «arte de los locos», o los grafismos infantiles. Pues la experiencia estética es una dimensión irrenunciable en todo ser humano, en toda sociedad. Y a este propósito, en cuanto colección particular, es excepcional la reunión de objetos de otras culturas conseguida por Breton, a lo largo de su vida.
Hoy puede afirmarse sin reservas que es imposible hacer una exposición estricta del surrealismo, tan amplios han sido sus tentáculos y coqueteos. Pero desde el principio el poeta Breton, ante todo visionario, dio una importancia muy especial a la pintura: «Las imágenes auditivas quedan por debajo de las imágenes visuales no sólo en nitidez, sino también en rigor y, aunque no les guste a ciertos melómanos, no están hechas para fortalecer la idea de la grandeza humana. Que la noche siga cayendo, pues, sobre la orquesta y que me dejen, a mí que sigo todavía buscando algo en el mundo, que me dejen con los ojos abiertos, con los ojos cerrados es completamente de día en mi contemplación silenciosa» (El surrealismo y la pintura, 1926). Fue un poeta p’ástico, que realizaba poemas-objetos, rodeado de pintores. La mayoría de sus amigos le regalaron obras, y él también se encargó de adquirir telas de generaciones anteriores, que juzgaba que prefiguraban o sintonizaban con el surrealismo, al hilo de la labor-decisiva para la concepción de nuestro siglo del arte de reescribir una nueva y sorprendente historia del arte. Con el tiempo la colección se fragmentó, pero ahora tenemos la oportunidad de verla reconstruida.
Esta colección, por supuesto, es desigual. Es notable el grupo de Picabias; pero pero ya menos brilante el de Max Ernst, a excepción de las dos versiones de El bosque petrificado, cuyo dibujo a lápiz según la técnica del frottagge es de un lirismo pocas veces alcanzado en la sensación de proximidad del proceso de creación por parte del espectador. Sin pasar por alto La casada de Marcel Duchamp, uno de los pocos lienzos de su plenitud pictórica antes de que condenara la pintura con olor a trementina, declaración que testifica decisivamente la muerte de la pintura. Y en la colección, se nota la decadencia del surrealismo tras la II Guerra Mundial. La falta de interés, por un lado, de un movimiento, de un ismo que ha dejado de ser vanguardia. Por otro, la ausencia ya de un sometimiento a la autarquía de André Breton. El cambio de amistades, también. Jóvenes artistas, y no siempre de primera fila, engrosan entonces las filas del surrealismo, impuesto en el mercado norteamericano.
Pero la decadencia y el descrédito como vanguardia del surrealismo coinciden con su creciente asimilación en el mundo contemporáneo. Nos hacía falta Breton para desempolvar la vitalidad de una de las señas de identidad de nuestro tiempo.