Historia de una obstinación

Violeta de la Villa

El Prado es el título de una excelente novela llevada a la pantalla con indudable acierto por Jim Sheridan, cuyo cine siempre muestra el pulso narrativo de los maestros.

Comienza este tremendo film con unas curiosas imágenes, las de un asno flotando y hundiéndose después en el agua, que no son sino un irónico símbolo que apunta a la clave de este drama. Jim Sheridan vuelve con esta obra a adentrarse en la Irlanda profunda. No es como en su anterior «My left foot» («Mi pie izquierdo») la dureza y la miseria de unos suburbios, sino una Irlanda rural, no menos pobre, no menos dura, pero, desde luego, aún mucho más cerrada e inculta. La película se apoya de un modo muy primordial en la interpretación de los actores, tarea esta, la dirección artística, en la que destaca notablemente este director, y que si en 1990 le deparó el Oscar al mejor actor al joven Daniel Day Lewis por su excepcional trabajo como paralítico en «Mi pie izquierdo», este año le ha supuesto una merecidísima nominación al imponente Richard Harris, que, visiblemente envejecido pero de impresionante presencia, compone con enorme verosimilitud el papel protagonista, un campesino que, al igual que sus antepasados, ha dejado su vida cultivando una tierra, yerma y arrendada con esfuerzo, hasta convertirla en un hermoso prado, para ver con desesperación cómo puede perder lo único que considera suyo, aquello por lo que ha luchado hasta la agonía, lo único que ha dado sentido a sus vidas de trabajo y sacrificio. La propietaria no respeta este «derecho» labrado con el sufrimiento y decide sacar el terreno a subasta pública sin respetar la opción del protagonista.

Esta sencilla historia sirve para poner de manifiesto un terrible drama, el del hombre que mantiene costumbres, creencias, principios y tradiciones, por encima de todo, hasta sus últimas consecuencias. Es, por tanto, la historia de una obstinación, de la terquedad más absoluta; de ahí la simbología del asno, que llevará al protagonista, aun siendo un hombre bueno y recto, al asesinato, a la ceguera respecto a los sentimientos de los suyos y, finalmente, a la locura. Como contrapunto de este personaje está el del «americano», perfectamente encarnado por Tom Serenguer, que representa la modernidad, al hombre joven, enriquecido, que vuelve a Irlanda buscando sus raíces, que quiere ayudar a sus gentes, pero cuyo lenguaje ya no es primitivo sino el de la rentabilidad; alguien, por tanto, dispuesto a tranformarlo todo, que no entiende de tradiciones ni de «la ley de la tierra», sino de puestos de trabajo y de beneficios.

Excelente John Hurt

Hay también, soterrada, una crítica a cierta iglesia, representada por un cura joven y moderno, que aparece distante respecto a los más necesitados; crítica con sus concepciones morales, más paganas y tribales que cristianas, y que, en el conflicto que se desencadena, se alinea con los poderosos para defender el progreso.

Es excelente el trabajo de John Hurt encarnando el personaje del típico tonto del pueblo, borrachín y «botarate», que con su comportamiento turbio y atolondrado, lejos de la dignidad del protagonista, desencadenará el triste final con su inocente traición. No sólo en este personaje, que entonces encarnó magistralmente John Mills, sino en las escenas de taberna o en los paisajes de playa, recuerda este film a «La hija de Ryan», de David Lean, al que a veces parece querer hacer homenaje.

Mención aparte merece la labor de esa gran actriz que es Brenda Fricker (que también aparecía y consiguió premio en «Mi pie izquierdo»), quien se limita a llenar la pantalla con su sola y expresivísima presencia en el papel de la mujer del campesino.

No es corriente en el cine actual la valentía de acometer la realización de un drama de las dimensiones del que comentamos, Y es menos corriente aún salir airoso de la prueba. Jim Sheridan ha sido ambicioso al narrarnos una historia que, como todas las que tienen interés, está llena de vida, de sentimientos, de contradicciones y de dolor. Cuando el cine es de calidad, lo que se obtiene es algo nuevo respecto a la historia meramente escrita: esa peculiar evidencia que prestan a las tramas de la vida, y a los argumentos que se debaten, las caras y los gestos de los actores, el manejo de los planos y las secuencias que ha inventado el director. «El Prado» es puro cine de mucha calidad: bastaría recordar la secuencia que sirve de fondo a los títulos de la película, en la que, sin que nadie haya de hablar, comprendemos inmediatamene en qué consiste la vida y el trabajo de nuestros dos protagonistas. La película es lenta sólo en apariencia porque por toda ella discurre a muy buen ritmo: el anuncio de la tragedia que vemos desencadenarse y cuyas claves morales nos va desvelando la mirada certera del director. Tal vez un único pero se le podría objetar: el final resulta un poco excesivo, porque, como sabemos, la epopeya está reñida con la retórica.