Allen y Demme: dos lecciones de psicología

Violeta de la Villa

El comienzo de la temporada otoñal nos sorprende con el estreno de dos excelentes films que, aunque muy distintos, resultan extremadamente interesantes en cuanto al estudio de la psicología femenina.

Woody Allen (Alice) abunda en uno de sus temas favoritos: la crisis existencial de la mujer. Pero aquí no parece haberlo trabajado con la hondura, penetración y sensibilidad que le caracterizan. Hay en Alice, que desde luego no es una de sus mejores realizaciones, una cierta ligereza de tratamiento, una ironía burlesca. Alice es un cuento, una farsa sobre algo sociológicamente muy común, la crisis de los 35-40 en la típica mujer burguesa, acomodada, católica, buena esposa y madre y terriblemente insatisfecha.

Pero Alice es también la pérdida de la inocencia. ¿Es posible perder la inocencia en la madurez, por haber vivido en la ignorancia total respecto a la propia realidad y la de los seres que nos rodean? Es el caso de la mujer niña, de la eterna adolescente que pasa de los padres al marido sin rozarse con la vida, sin desarrollarse profesionalmente y sin adquirir más responsabilidad que la de organizar una cena o una fiesta de vez en cuando.

Pero a Alice le llega la hora del despertar y le es dada la facultad de conocer de golpe, a través de las hierbas que le proporciona un médico chino que aquí sustituye al habitual psicoanalista, la verdad de todos los componentes de su vida: cómo la quiere su marido, qué papel juega en la vida de su reciente amante, qué piensan de ella sus amistades, si es válida la educación de sus hijos, e incluso, por medio de un maravilloso vuelo nocturno, divertido homenaje a Superman, el acceso a las claves de su pasado.

Naturalmente, de todo esto saldrá una nueva Alice que, aunque no posee la solución definitiva, sí está más aclarada y opta por la ruptura con un tipo de vida que nunca la ha satisfecho o no ha tenido las suficientes dosis de un cinismo de los demás para finalmente soportar.

Woody Allen se inclina por el final más lógico y cercano a la realidad: Alice acaba dedicada a los demás, como su admirada Madre Teresa (este aspecto social parece ser el único válido para Allen en la religión católica, sobre la que, una vez más, ironiza), y a sus hijos, lo más fuerte y realmente suyo en su vida.

Allen se ha permitido el lujo de emplear grandes y conocidos actores para encarnar simplemente estereotipos, con lo que su labor queda como ensombrecida o enmudecida; así, William Hurt, en el papel de marido; Cybill Sepherd, Alec Baldwin o Joe Mantegna, aunque este último parece estar más suelto. La misma Mia Farrow resulta anodina a veces, y sólo está verdaderamente encantadora y chispeante cuando se insinúa de forma inesperada al que luego será su amante, o en la fiesta de su hermana, cuando todos los hombres caen rendidamente enamorados de ella.

Finalmente, una mención negativa a la elección de las músicas para la banda sonora que, pese a estar tradicionalmente muy cuidadas en los films de Woody Allen, en éste nos ha parecido francamente desacertada, ya que a veces resulta incluso machacona y estridente.

La protagonista de El silencio de los corderos, el último film de Jonathan Demme, es una mujer completamente distinta, casi la antítesis de la heroína de Allen. Huérfana, con una infancia triste, es la típica superviviente que se ha hecho a sí misma. Dura, disciplinada y tenaz, sabe perfectamente quién es y adónde quiere llegar.

Alumna aventajada de un curso especial para agentes del FBI, se verá obligada a afrontar, aun en su formación, un reto dificilísimo y expuesto en un mundo de asesinos patológicos en el que tendrá que poner a prueba toda su inteligencia, profesionalidad y valentía.

El film de Jonathan Demme es uno de los mejores thrillers que se han visto en los últimos tiempos. Con un guión excelente, absolutamente medido, plenamente cinematográfico y una factura impecable, resulta tan inquietante, terrorífica y trepidante como para hacer vibrar al público de forma muy pocas veces vista en una sala de cine. La compenetración entre el director y la actriz protagonista ha sido total (Demme ha declarado: «Se hace imposible pensar en otra actriz después de trabajar un año con Jodie Foster»). La Foster está simplemente perfecta; su actuación, junto con la de Anthony Hopkins dando vida al monstruo de maldad, sin embargo muy humano, que es el Doctor Lexter, es uno de los mejores alicientes de la cinta y será, sin duda, merecedora de premios.

Clarice Sterling, el personaje incorporado por Jodie Foster, nunca deja de ser femenina, pero sabe mostrar la dureza y la profesionalidad necesaria en todas las escenas que lo requieren; llega a crear una auténtica magia en la relación con el psiquiatra asesino que Hopkins interpreta, transformándose en una verdadera niña cuando éste la hace volver a su infancia, o dotándose de una cierta animalidad en la escena central, la del desenlace, cuando jadeando como una fiera acorralada sabe que su destino es matar o dejarse matar.

No es corriente ver películas tan redondas como ésta de Demme, que le coloca en la reducida compañía de quienes han compuesto una obra maestra; Demme había hecho trabajos interesantes y prometedores: ahora ha alcanzado la perfección, ayudado, sin duda, por una historia espléndida, algo sin lo cual es muy difícil alcanzar la cumbre, por mucho que se le echen millones a las historias vulgares y repetidas.