«Objeto de seducción», una comedia inteligente

Violeta de la Villa

El director inglés Michael Lindsay Hogg nos brinda una entretenida comedia basada en el fácil truco «pareja en apuros». Y, efectivamente, es éste un film de concepción bastante clásica en su género, pero un tanto descafeinado, light si se quiere, al que quizá le falte estar producido en los años 40, firmado por Cukor e interpretado por el tándem Tracy-Hepburn para ser inolvidable.

Tina (Andie MacDowell) y Jake (John Malkovich) forman una pareja joven, moderna, bastante frívola y superficial que llevan conviviendo unos dos años sin saber muy bien por qué ni querer preguntárselo. Para ellos lo único que está claro es su mutua atracción física y las enormes cantidades de dinero que necesitan para sentirse bien. Y es ahí precisamente donde empiezan los problemas, cuando el dinero se acaba y se encuentran, en cierto modo, «atrapados» por su propio capricho y falta de rumbo, en la impresionante suite de su lujosísimo hotel de Londres, con unas importantes cuentas pendientes y una absoluta falta de liquidez.

Se acaba el dinero en efectivo, las tarjetas de crédito son anuladas, desaparecen los amigos, y su último recurso es una cabeza de bronce, escultura de Henry Moore que posee Tina, recuerdo de su anterior matrimonio. Pero Tina, en contra de Jake, no quiere desprenderse de ella; es una mujer insegura, y ese pequeño objeto le proporciona una extraña seguridad, la de ser lo único tangible a qué aferrarse.

Desgraciadamente, hay también otro personaje para el que la escultura se convierte en algo vital, una pobre sordomuda, camarera del hotel.

En fin, que la cabeza desaparece, y es éste el pretexto que utiliza el director para hacer que los personajes se enfrenten, primero uno con el otro, a través de su desconfianza, que hará fluir sus verdaderos sentimientos, y después a sí mismos, asumiendo la variedad e inutilidad de sus respectivas vidas.

Pero, como buena comedia que se precie, el final será feliz, y, a pesar de la falta de valentía que muestran ambos personajes en la resolución de sus conflictos, sí la tendrán para reconocerse su mutuo amor y aceptar un compromiso futuro.

Paralela transcurre otra trama, la del destino final de la cabecilla de bronce, pero ésta no tiene ninguna importancia, aunque parece haber incluso un tímido intento de crítica social al querer comparar el lujo y al futilidad en que se ven envueltos los personajes principales con la dureza y marginalidad en que viven la camarera y su hermano; el ensamblaje entre las dos historias no está logrado, y como símbolo de ello queda la escena en que Tina se confiesa íntimamente con la camarera, sin saber que ésta es sordomuda, con lo que se produce una total incomunicación.

En efecto, la historia no es redonda ni se ha resuelto bien, pero quizá tampoco se ha pretendido, pues lo que cuenta aquí es, por un lado, el ingenio de los diálogos, que llegan a ser verdaderamente chispeantes en ciertas secuencias, como la del paseo por el parque, la visita de Tina a su ex-marido o el monólogo de Jake sobre su posible obituario cuando ha pensado en suicidarse, el dominio de recursos para resolver escenas concretas, por otro, o la excelente dirección de actores que hace que los trabajos de Malkovich y MacDowell —sobre todo ésta última, resulta tan espléndida que a veces se «come» a su partenaire— sean dignos de mención.

Lo demás se queda en mero pretexto para un ejercicio de inteligencia, perfeccionismo y sensibilidad, que hará las delicias de los espectadores sofisticados.

«Bienvenido a Veraz»

A comienzos de verano se estrenó en Madrid una notable película, fruto de la coproducción entre Francia y las españolas Cartel y Sogetel. Bienvenido a Veraz es un interesante intento de aproximación al cine internacional, con un tema de moda, la ecología, y apoyado en un actor de indudable tirón como es Kirk Douglas. El resultado es bueno, aunque con algunos fallos, debidos, sobre todo, a la endeblez del guión y a la dirección un poco vacilante; la película es atractiva y será sin duda recordada por todos los amantes de la naturaleza como un clásico de ese género; la fotografía es impresionante, y el papel que desempeña nuestro Imanol Arias es tal vez lo mejor de la cinta. En un momento de crisis tan largo y hondo como el presente, este tipo de películas pueden dar una pista del cine que es necesario producir.