Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosRecientemente se ha publicado en el Reino Unido un libro con quince contribuciones de extensión variable, donde otros tantos científicos intentan responder al interrogante del título. En la introducción, Sir Nevill Mott, antes profesor de Cambridge y premio Nobel de Física en 1977, refiere los motivos que le impulsaron a publicarlo: al tratar con personas de talante liberal que creen en Dios a su modo, pero no aceptan sin reservas la doctrina cristiana, ha tenido frecuentemente que informarles acerca de cómo resuelven estas cuestiones otros científicos, acerca de las respuestas que dan otros colegas a las preguntas que ellos plantean. Y eso es lo que se propone Mott al reunir en este libro un buen número de puntos de vista diversos acerca de la religión.
1 Dic 1991 - 21min.
Aunque el libro aparece cuando la mayoría de quienes forman la comunidad científica -físicos, astrónomos y también biólogos reconocen la existencia del Creador, entre los diversos enfoques adoptados a lo largo de sus páginas figura el esquema de orientación materialista, que expone V. Ya. Frenkel, profesor de Historia de la Ciencia en San Petersburgo. Afirma que ciencia y religión son incompatibles, o que la religión no es otra cosa que la posibilidad de comprender el mundo que nos rodea, pero titula su contribución así: «Algunos comentarios sobre los científicos y la religión, por un Simplicio de nuestro tiempo». Aspiración plausible.
Simplicio, un comentarista de Aristóteles que destaca en el mundo neoplatónico decadente del siglo VI por la viveza de sus comentarios, ha tenido su importancia en el mundo de las ciencias experimentales. Galileo lo hizo protagonista de casi todas sus obras dialógicas, en las que personifica el sentido común del hombre del siglo XVII. Las teorías de Simplicio sobre la materia prima, sustrato de todas las formas, contribuyeron, en opinión de un gran científico, Berthelot, a construir la química de la Edad Media: la alquimia. Por eso es plausible la aspiración de Frenkel: porque su émulo, a pesar de oponerse a los cristianos de su tiempo, abordaba las cuestiones de moral y de religión en lenguaje cristiano y defendía doctrinalmente, aunque a veces con ropaje pagano, la naturaleza inefable del Ser Supremo, la libertad y la inmortalidad del hombre.
Sir J. Eccles, premio Nobel de Medicina en 1963, titula así su colaboración: «El misterio de ser hombres». El artículo, que contiene una descripción de la estructura de la corteza cerebral propia de un buen manual de neurofisiología, comienza afirmando dos certezas primarias: la unicidad del propio yo, que cada uno de nosotros experimenta (el mundo interior o, con otra palabra, el alma); y el mundo que nos rodea (el universo exterior). A la vez, el artículo explica, desde el mismo punto de vista neurofisiológico, en qué consiste el acto de pensar, la interacción mutua mente-neurona o entre las unidades que él denomina «psychons» y «dendrons»; y cómo resulta verosímil que en los estratos más elevados del mundo mental haya sólo «psychons» organizadas en una gran entidad psíquica que es el alma. En conclusión, afirma que podemos pensar que esa entidad sobreviva, permanezca, después de la muerte del cerebro.
«Fe y razón en el judaísmo» es el título del artículo de C. Domb, profesor de la Universidad Bar-Ilan, de Israel. Señala primero que además de que Dios existe y es creador, las religiones admiten que Dios interviene en los asuntos humanos -de ahí, la razón de ser de la oración y, a la vez, respeta la libertad de los hombres. Junto con estas verdades, la religión judía reclama la adhesión a dos principios: 1) el Pentateuco es de origen mosaico y posee validez eterna; y 2) el Antiguo Testamento representa un relato verdadero de sucesos reales escrito con visión profética.
Domb se propone expresar estos principios en términos actuales, de modo que los científicos puedan comprender la posibilidad del milagro: Dios, que creó las leyes de la naturaleza, puede revocarlas, aunque sólo lo haga en raras ocasiones. Indica además que cuando la fe entra en conflicto con las teorías científicas del momento, el creyente está seguro de que las teorías son pasajeras y espera que aparezca una nueva teoría reconciliable con su fe.
A continuación Domb aborda con detalle otra cuestión básica para el judío observante: la existencia de la libertad humana, de la conciencia y de la responsabilidad personal. Y dedica los dos últimos epígrafes de su contribución a considerar cómo el relato del Génesis ha superado el reto planteado por la física contemporánea y las teorías evolucionistas. Aquí, como cuando se refiere a los «conflictos» entre la fe y las teorías científicas del momento, se hace eco -demasiado eco, en mi opinión— de argumentos que tratan de conciliar la interpretación literal de los textos del Génesis con las conclusiones de la ciencia actual.
La fe en lo sobrenatural es posible; el cristianismo es algo más que una experiencia psicológica, más que una religión humana como otras, más que un fenómeno sociológico…
Termina Domb su contribución aludiendo al papel de la razón al servicio de ia fe, para iluminarla y entender que lo creído es verosímil, razonable: cuando uno no logra justificar lo que cree, fia de tener la humildad suficiente para atribuirlo a sus propias limitaciones y no a la falta intrinseca de justificación.
Entre las diversas colaboraciones de científicos cristianos destacan tres: las de dos profesores de la Universidad de Stanford, R. H. Bube, de ciencia de materiales y de ingeniería eléctrica, y C. W. F. Everitt, de física experimental, y la de un especialista en estructura nuclear y reacciones nucleares, de la Universidad de Oxford, P. E. Hodgson.
El primero se pregunta si un científico puede ser cristiano en el mundo de hoy y contesta afirmativamente. Comienza explicando de modo sencillo y claro qué entiende por ciencia y por teología, para pasar a expresar los puntos de vista del creyente acerca de algunas cuestiones que plantean más a menudo los que dicen que no creen: Dios continúa siendo necesario hoy; la fe en lo sobrenatural es posible; el cristianismo es algo más que una experiencia psicológica, una religión humana como otras, un fenómeno sociológico…; o los milagros no son previsibles por la ciencia, sino manifestaciones de la actividad libre de Dios para darse a conocer.
Bube dedica el final de su artículo a tratar si puede considerarse la Biblia como fuente de la revelación divina. Hace ver que el mayor obstáculo para contestar afirmativamente a esta cuestión nace de la visión cientificista según la cual toda información fiable ha de ser resultado de la investigación científica. Esta visión no tiene en cuenta las relaciones entre personas. Así como sobre las cosas sólo conseguimos saber algo mediante la investigación científica, también podemos conocer a las personas a través de lo que ellas nos revelan de sí mismas. Y de igual modo, cuando las criaturas queremos conocer a Dios. De otra parte, esa clase de visión ni está reclamada por la aceptación de la ciencia, ni es tan consistente con la totalidad de nuestra vida y de nuestra experiencia como la visión basada en la revelación bíblica.
Y, en fin, aquélla es incapaz de responder a los problemas fundamentales con que se enfrentan todos los seres humanos.
La colaboración de Everitt se propone salir al paso del cliché según el cual la ciencia es hechos y razón; y la religión, fe irracional. Por eso, se refiere prímero a lo que hay de fe y místerío en la ciencia, para ocuparse después de lo que la religión encierra de razón y escepticismo. Para ejemplificar lo que se propone, se pregunta de qué modo podemos comprobar la asombrosa afirmación de un hecho como la resurrección de Jesús de entre los muertos. Desde luego, no desde el punto de vista de la ciencia experimental, como pretendía Tomás, el discípulo incrédulo.
Ante la resurrección, la búsqueda racional conduce a las pruebas históricas, que son bien sólidas, porque vienen avaladas al menos por seis testimonios escritos independientes. El más antiguo de estos testimonios es el de la primera carta de S. Pablo a los Tesalonicerises, que cabe datar con seguridad en el año 50 o 51 de la era cristiana, es decir, cuando han pasado menos de veinte años desde la muerte de Cristo. En esa carta el apóstol anima a los tesalonicenses a que continúen convertidos a nuestro Dios, para servirle a Él, único vivo y verdadero, y esperar de los cielos a Jesús, su Hijo, a quien Él resucitó de entre los muertos y que nos ha de salvar». Para Everitt, esta referencia a la resurrección como un hecho aceptado que da dirección y sentido a la vida, es hasta más expresiva que las de los relatos evangélicos. «Algo» debe haber sucedido para producir una confianza tan radiante. Y aunque este testimonio no resuelva todas las cuestiones que suscita la resurrección, reviste la forma que cabría esperar de una religión, el cristianismo, que entrelaza historia, razón y fe: lo suficientemente explícito para que la fe no anule la inteligencia, pero no tan arrollador que elimine la voluntad.
La fe empapa la vida de los científicos de varios modos. Aunque se afirma a menudo que el método científico consiste en comprobarlo todo experimentalmente, esto no es así en la práctica. Los científicos aceptamos, fiados en la autoridad, un montón de cosas que no podemos contrastar. ¿Cuántos físicos han comprobado cada paso experimental y lógico del camino que comienza en los trabajos de Galileo hasta llegar a la dinámica hamiltoniana? Seguimos, a veces ni paso a paso, algunas demostraciones de manual, y confiamos el resto a la fe, a una fe que podemos llamar conformista. Hasta el científico más revolucionario acepta de la tradición mucho más de lo que rechaza.
Cuando se habla de cuestiones religiosas, por misterio se suele entender, en primera aproximación, una doctrina que supera el entendimiento humano, como el misterio de la Santísima Trinidad, o una experiencia que despierta temor reverente. A menudo, ambas cosas se dan juntas y las dos tienen, según Everitt, su reflejo en el ámbito de la ciencia, donde los enunciados fiables que no cabe demostrar se suelen llamar «principios»: el principio de Maupertuis, el de conservación de la energía, el de Mach, el de indeterminación… Según Everitt, todos los «principios» son misteriosos.
La física tiende actualmente a la unificación. Su ideal se cifra en escribir una ecuación maestra, maravillosa, en la que intervenga una función universal que englobe todo lo que existe. Se han propuesto diversas formas para esa ecuación. En todas gravita el misterio de la unidad y la pluralidad. Un misterio constituido por dos ingredientes: la axiomatización y la integridad. Todas las teorías, tras un éxito clamoroso inicial, resultan incompletas, lo que no quiere decir que no sean útiles, fecundas, o que no sigan teniendo validez.
La electrodinámica cuántica, por ejemplo, formulada hace sesenta años, es un cuerpo de doctrina formidable, que explica bien toda la química, la física del estado sólido, las interacciones de la materia con las radiaciones… y muchas cosas más. Con esa teoría se calcula el momento magnético del electrón con una precisión, respecto al valor determinado experimentalmente, de una parte en cien mil millones. Pero bien vista, la teoría encierra un misterio: el hecho de que tres cantidades físicas, la constante de Planck, «h», la velocidad de la luz, «c», y la carga, «e», del electrón formen una relación adimensional hc/2 пе² = 137,036, significa que una de las tres tiene su origen en las otras dos. La teoría es, por tanto, incompleta, imperfecta.
Everitt cita otros ejemplos de gran interés para hacer ver que la ciencia logra explicar muy satisfactoriamente muchas cosas y, a la vez, es incompleta. En resumen, y tomando la antigua imagen de S. Pablo, vemos de modo oscuro cómo a través de un vidrio desigual, muy transparente a trozos, traslúcido en otros, que si queda limpio por aquí, aparece medio opaco por allá.
Todas las teorías, tras un éxito clamoroso inicial, resultan incompleta», lo que no quiere decir que no sean útiles, fecundas, o que no sigan teniendo validez.
Everitt hace ver que Jesús fue un pensador original: sorprendía a los escribas, que daban mucha importancia a la recta razón, porque exponía «como quien tiene autoridad». Entre los autores del Nuevo Testamento, S. Juan, lo ve como el Logos-el principio racional encarnado; S. Pablo descuella como el polemista más hábil de su época, y S. Lucas es un griego de clase media alta, cultivado, razonable, imparcial. Cuando Jesús habla del corazón, trata de rechazar una religión de observancia meramente externa (en hebreo, corazón significa todo lo anterior, no las emociones). De otra parte, amar al prójimo como a uno mismo supone tanto la comprensión del prójimo como la de uno.
La historia mundial ha conocido, electivamente, civilizaciones importantísimas, con logros insuperables en filosofía, teatro, arquitectura, escultura, metalisteria o cerámica, pero ninguna ha alcanzado ni remotamente los resultados de la nuestra en el ámbito de la ciencia.
En este punto se alza la objeción. La religión centrada en la razón lleva al aburrimiento, a la aridez (como las enseñanzas de los escribas, que comentaban los textos palabra por palabra; como también sucede con la critica bíblica moderna). Pero Jesús de Nazareth adoptó una estrategia intelectual mucho más valiente. En una de sus sentencias, reveladora de su perspicacia, comparaba la clase de escriba a la que Él, como maestro, aspiraba a educar a un «padre de familia que saca de su tesoro cosas antiguas y nuevas». Las parábolas, historias personales muy expresivas, junto con la exposición bien razonada de los textos religiosos antiguos: una combinación estupenda.
Una vez sentado lo anterior, Everitt pasa después a sostener que la religión debe incorporar un severo escepticismo, y para justificarlo toma como pauta el libro del Eclesiastés. Escrito probablemente 250 años antes de Cristo, es, a diferencia de otros libros sagrados, una obra en la que el autor revela todas sus dudas, todos sus desencantos. Comienza por exponer un retrato de su vida, en la que disfrutó de todas las cosas humanas deseables, de todos los placeres, para comprobar, después, que todo eso es vaciedad, nada. Por si esta conclusión se debiera a haberse centrado en sí mismo, continúa su relato mirando en torno suyo y comprobando con inquietud creciente que en su mundo «moderno» (que es como el nuestro) la insensatez, la crueldad, el egoísmo, la corrupción, la ingratitud, lo invaden todo.
Podría pensarse que el autor del Eclesiastés está haciendo denuncia social. Pero no, lo que expresa es una especie de «desesperación religiosa» que adquiere toda su intensidad en este lamento: «Dios lo ha hecho todo bello en su tiempo, y ha puesto en el alma humana la idea de eternidad, aunque de tal modo que el hombre no puede descubrir la obra de Dios desde el principio hasta el fin». Esta afirmación, una de las más terribles de la Biblia, se ha interpretado a menudo así: Dios existe, nos ha dado anhelos de eternidad… y nos deja solos.
¿Hay en esta afirmación un mensaje religioso positivo? Sí, por dos razones. Al exponer sus dudas, el autor se identifica con quienes en el futuro, al sentir la tentación de la desesperación, puedan comprobar cómo un hombre asistido por la inspiración divina fue aún más lejos en la duda. Y además, porque a continuación el autor ofrece el remedio en unos versículos donde nos urge a hacer el bien sin mirar a quién, a dar generosamente, a sembrar sin preocuparnos de vientos ni de nubes; es decir, a adoptar una actitud positiva aun en contra de toda esperanza. Uno puede filosofar y filosofar: antes o después ha de tomar una decisión. La última elección moral, el último acto de fe, es cuestión de dirección: o uno se inclina al bien o al mal. Sólo cuando se ha llegado a los límites del escepticismo se puede plantear la cuestión de modo tan tajante. La física nos enfrenta con el misterio de la eficacia incompleta. En el ámbito de la religión la ventana tampoco es igualmente luminosa por cualquier sitio que se mire. No es que haya verdades de fe de segunda categoría, pero sí misterios más difíciles de entender que otros. Hay que fijarse en las palabras iniciales del Eclesiastés, según las cuales el Predicador sabio enseña sopesando cuidadosamente los proverbios. La búsqueda filosófica es desesperanzadora; sólo con una mezcla sensata de fe de niño y de escepticismo tenaz podemos los mortales lograr el inicio de la madurez.
En su colaboración, que lleva por título «Ciencia y visión cristiana del mundo», comienza Hodgson planteándose por qué nuestra comprensión científica del mundo natural no se logra hasta hace relativamente poco tiempo, durante los últimos siglos, y en Europa occidental. La historia mundial ha conocido, efectivamente, civilizaciones importantísimas, con logros insuperables en filosofía, teatro, arquitectura, escultura, metalistería o cerámica, pero ninguna ha alcanzado ni remotamente los resultados de la nuestra en el ámbito de la ciencia.
La característica singular de la ciencia moderna está en que permite comprender cuantitativamente, mediante ecuaciones, una gran cantidad de fenómenos y su modo de producirse en el curso del tiempo. Las ecuaciones de Newton describen el movimiento de los sistemas clásicos (los proyectiles, los planetas); las de Maxwell, todos los fenómenos electromagnéticos, y la de Schrödinger, el mundo del átomo y del núcleo. Nada de esto, que inició Newton (1642-1727) al señalar un camino intermedio entre el empirismo de Bacon y el racionalismo de Descartes, se encuentra en ninguna otra civilización, aunque en algunas más antiguas se hicieron observaciones agudas sobre el mundo natural y, en la griega en particular, se llegó a un pensamiento tan brillante como profundo sobre la constitución del mundo.
Para que naciera la ciencia, hacía falta en primer término estar convencidos de que el mundo es bueno, digno de estudio, y racional; y hacía falta también cierta esperanza en poder llegar a comprenderlo. Si el mundo fuera irracional, es decir, si la conclusión a la que se llega hoy aquí no fuera verdad mañana o en otro sitio, el conocimiento sistemático sería imposible. Esa racionalidad del mundo, de otra parte, puede ser necesaria o no. En el primer caso, podríamos conocerlo, como la matemática, sólo pensando. Pero si la racionalidad del mundo no es necesariamente una, si pensamos que podría ser de otro modo, entonces, para averiguar de qué clase de racionalidad se trata, para saber cómo es, hemos de observarlo atentamente y hacer experimentos.
En los siglos anteriores al XVII, cuando nace la ciencia, Europa era cristiana y el pensamiento sobre el mundo natural estaba muy influenciado, si no determinado, por la teología católica, según la cual el mundo es bueno porque fue creado por Dios, que lo mantiene además en su ser: en el primer capítulo del Génesis se lee que después de la creación Dios vio todo lo que había hecho y le pareció muy bueno. La materia, más tarde, se ennoblece con la Encarnación de Jesucristo: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros», según el primer capítulo del evangelio de S. Juan. Además, el mundo creado es racional: el libro de la Sabiduría declara que el Creador lo ordenó todo en medida, número y peso. Y Dios es libre, de modo que el orden en la creación no es un orden necesario.
Dios nos ha dado la capacidad de comprender el mundo. Debemos los católicos desarrollar esa capacidad y compartir sin reservas lo que logramos aprender.
El mundo se abre a la mente humana porque Dios nos mandó dominar la tierra y no manda imposibles: «Dad fruto, multiplicaos, llenad la tierra y dominadla. Sed dueños de los peces del mar, los pájaros del cielo y de todo lo que vive en la tierra». Dios nos ha dado la capacidad de comprender el mundo. Debemos los católicos desarrollar esa capacidad y compartir sin reservas lo que logramos aprender. Por añadidura, podemos aplicar el conocimiento científico a lograr más alimentos y medicinas, que nos ayuden a cumplir otro mandato de Cristo: «Dad de comer al hambriento y de beber al sediento».
La investigación científica es un modo esencialmente cristiano de estudiar el mundo, que comenzó desarrollándose en el seno de una civilización cristiana.
A continuación traza Hodgson el panorama de la contribución de la teología católica y de los científicos creyentes al nacimiento y desarrollo de la ciencia, desde la Edad Media, cuando se acepta la filosofía de Aristóteles, hasta que, varios siglos después, surgen los secularizadores, que ven la ciencia como alternativa a la religión y en particular al cristianismo: los enciclopedistas de la segunda mitad del siglo XVIII y, durante el XIX y comienzos del XX, Spencer, Huxley y Wells, y sus seguidores contemporáneos.
Las ideas secularizadoras llevan a la opinión según la cual ciencia y cristianismo son enemigos irreconcililables. Esta opinión ha ganado también terreno cuando algún eclesiástico, desde Galileo a nuestros días, ha abordado imprudentemente las cuestiones científicas. Todo esto ha podido oscurecer en ocasiones una cuestión probada: la investigación científica es un modo esencialmente cristiano de estudiar el mundo, que comenzó desarrollándose en el seno de una civilización cristiana precisamente porque presupone un modo de pensar acerca del mundo natural que sólo cabe encontrar, como un conjunto coherente, en la teología católica.
Para describir un fenómeno repetido muchas veces a lo largo de la historia, Hodgson se refiere sucesivamente a los intentos más bien superficiales por relacionar la física de las partículas elementales con las religiones orientales; a los efectos negativos que ha tenido sobre la ciencia el marxismo-leninismo de la antigua Unión Soviética, y al irracionalismo de cuatro filósofos contemporáneos de la ciencia, Popper, Lakatos, Kuhn y Feyerabend. Consiste este fenómeno en que las ideas que forman la base de la ciencia son las que conducen a Dios, mientras que las ideas contrarias, los ateísmos, acaban destruyendo la ciencia.
Aborda Hodgson a continuación los problemas que puede plantear la Biblia a una mentalidad científica. Hace ver que la Iglesia existía años antes de que se reunieran de modo definitivo los diferentes libros de la Biblia. Los católicos reciben los libros sagrados fiados en la autoridad de la Iglesia, que señala también cómo han de interpretarse. Al hacerlo así, la Iglesia tiene muy en cuenta las conclusiones de la historia de la ciencia. Los protestantes, al no admitir la autoridad de la Iglesia y conservar la Biblia, pueden interpretarla o literalmente o según el propio juicio. Lo primero lleva a un choque frontal con la ciencia y a la confusión del debate creacionista contemporáneo, mientras que el juicio propio conduce a la fragmentación en sectas característica del protestantismo.
Después de explicar con detalle que la Biblia se nos da para enseñarnos verdades de salvación y no para que aprendamos ciencia, se detiene en el problema que plantean los milagros, tanto los que relatan los libros sagrados como los que se han producido después, hasta nuestros días; todos, sucesos completamente inexplicables de modo natural que encierran o están relacionados con un mensaje espiritual. Así, la curación del ciego del Evangelio o la resurrección de Lázaro son inexplicables de modo natural y prueban el poder de Cristo sobre la naturaleza. Así, todos los milagros de Lourdes.
Algunos científicos rechazan, sin más trámites, la posibilidad de curaciones milagrosas, procedimiento realmente no muy científico pero que se comprende, porque es condición, para que la ciencia estudie un fenómeno, que sea reproducible. La Iglesia, por su parte, es muy estricta antes de admitir la posibilidad de tales curaciones; no es suficiente que no quepa explicarlas desde un punto de vista médico, aunque cada caso esté bien estudiado y documentado por médicos especialistas de integridad fuera de toda duda: es preciso que superen cualquier explicación concebible.
Si aceptamos que puede haber milagros, hemos de intentar comprender cómo relacionar esto con nuestro conocimiento científico. Creemos que el universo fue creado por Dios de la nada y que al continuar existiendo depende también de Dios. Él ha dado a las sustancias y a las fuerzas naturales sus propiedades, de acuerdo con las cuales se comportan normalmente. En otro caso, se produciría el caos y la vida se haría imposible. Siendo esto así, Dios puede cambiarlo a su voluntad, pues es el Señor de la naturaleza: todo le está sujeto.
Si el universo es un sistema completamente determinado y somos parte del universo, parece a primera vista que nuestra libertad no es más que una ilusión. Pero la libertad constituye una experiencia humana innegable. Según Hodgson, la experiencia de esta misteriosa facultad sugiere que no somos una parte del universo como las demás: no somos sólo cosas materiales que interaccionan de modo consistente. Hay en cada uno de nosotros algo diferente, un alma inmortal creada por Dios en el momento de la concepción. Podemos no comprenderlo, pero esto nos permite dar sentido a nuestras vidas, a nuestra experiencia. También aquí reside la razón por la cual la Iglesia Católica insiste siempre en el carácter sagrado de la vida humana.
La ciencia nació cuando la teología católica inculcaba en la mente europea que Dios creó de la nada, de modo libre y racional, el mundo natural. Ahora la ciencia es un árbol robusto en un mundo secularizado. Anuncia Hodgson que la ciencia sobrevivirá al descenso en moralidad y a la lluvia ácida del pesimismo de Copenhague, al materialismo marxista, al falsificacionismo de Popper, al misticismo oriental de Capra, a los paradigmas de Kuhn y al anarquismo de Feyerabend.
Anuncia Hodgion que la ciencia sobrevivirá ai descenso en moralidad y a la lluvia árida del pesimiimo de Copenhague, al materialismo marxista, al falsificacionismo de Popper, al miiticismo oriental de Capra, a los paradigmas de Kuhn y al anarquismo de Beyerabend.
Afortunadamente, la mayor parte de los científicos poseen el instinto de la realidad objetiva del mundo natural y no suelen hacer mucho caso de las filosofías en boga. Harían bien, según Hodgson, si tomaran conciencia de las amenazas mortales que encierran esas filosofías y también si admitieran que la ciencia vigorosa e independiente ha de basarse, como en el pasado, en la concepción cristiana del mundo natural.
Este ensayo, que empezó como recensión de un libro¹, se ha convertido en un resumen de los puntos más significativos que contiene la obra. Al acabar la lectura se echa de menos una alusión a algo que vale la pena abordar, aunque sólo sea esquemáticamente: la relación entre fe y gracia desde el punto de vista católico. Lo intentaré con un relato de algo sucedido hace cuatro años en Japón.
El Obispo Prelado del Opus Dei, monseñor Álvaro del Portillo, se reunía en Ashiya con un numeroso grupo de japoneses. Después de un breve saludo inicial y de unas palabras introductorias del Prelado, los asistentes formularon preguntas y mantuvieron con él un diálogo animado. Con las palabras iniciales comenzó diciendo, más o menos: «Soy el Prelado del Opus Dei. Soy, como sabéis, católico. Por eso creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra…», y continuó recitando el Credo.
Entre los asistentes había muchos que no tenían la gracia de la fe, no estaban bautizados. Pero también había cristianos. Una señora, católica, explicó que tenía una amiga con la que discutía a menudo porque se negaba a aceptar las verdades de la fe. Monseñor Del Portillo le explicó entonces que la fe es un don de Dios, y le recomendó que comprendiera a su amiga, que respetara la libertad de su conciencia y que, en vez de discutir con ella, rezase por su conversión, para que Dios le concediera la gracia de la fe.
Hay, y no sólo entre los científicos, muchas personas de buena voluntad que no han recibido la gracia de la fe. Y no faltan, entre estas personas, quienes preferirían tener esa gracia. Aunque no puedan merecerla, sí pueden estar seguros de que nuestro Padre Dios quiere que sus hijos, todos los hombres, se salven; de que si procuran ser personas honradas y pedir esa fe, acabarán por lograrla.