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Demasiados laberintos

José Luis Pinillos
El corazón del laberinto.
Crónica del fin de una época
Espasa, Madrid, 1997, 361 págs.

En los últimos tres años, se han publicado en España varios libros de pensamiento, en los que la palabra «laberinto» aparece en el título. Me vienen a la cabeza de manera espontánea, por citar solo algunos ejemplos, al menos cinco trabajos: El laberinto social (P. García Ruiz), El laberinto de la afectividad (E. Rojas), El laberinto informativo (C. Soria), El laberinto sentimental (J- A. Marina) y El corazón del laberinto, la monografía de José Luis Pinillos que ahora comentamos. Parece demasiado laberinto para tan poco espacio de tiempo.

¿O es que acaso nuestro mundo, la época en que vivimos, es algo tan complejo que solo podemos intentar un esbozo de los rasgos que la caracterizan utilizando esa metáfora? Pinillos se encuentra entre quienes comparten esta opinión, y afirma en el prólogo de su obra que, si adoptamos el uso común que ahora damos al término laberinto como «una cosa enredada, un asunto al que no se le ve salida, un embrollo», entonces «la actual situación del mundo pertenece por derecho propio a este género». Y, como es bien sabido, el nombre de moda con el que designamos «la actual situación del mundo occidental» es «postmodernidad».

El propósito que le movió a escribir un libro sobre la situación postmoderna es el/de promover el diálogo acerca de la postmodernidad en el ambiente intelectual español porque, en su opinión, «en nuestro país el interés por la postmodernidad decayó pronto, y el debate se superó antes de haber entrado verdaderamente en él». Pinillos considera que es discutible que pueda llamarse con propiedad al postmodernismo un «movimiento intelectual», porque no tiene un cuerpo de doctrina definido, y los autores postmodernos no se reconocen a sí mismos como miembros de ningún movimiento o corriente intelectual. La postmodernidad recuerda más bien al «oleaje que queda tras el gran naufragio: el de la modernidad». Sin embargo, pueden detectarse al menos dos núcleos alrededor de los cuales se focaliza el interés de la época, y que desarrollaré más adelante.

Como dice el proverbio japonés citado por el profesor Juan Masiá en alguna ocasión, «hay cosas que están demasiado claras para ser verdad». Y ésta es la sospecha que surge en los pensadores postmodernos frente al intento de racionalización totalizante y absoluta, característico de la modernidad ilustrada.

Para Pinillos, la crítica postmoderna a la modernidad resulta ininteligible si no se lee al trasluz de la historia. Por ello dedica los dos primeras panes de su libro -«Historias de Antiguos y Modernos» y «La Entrada en Babel»- a examinar el empleo del término «moderno» desde Herodoto hasta el Romanticismo, y a partir de 1900, respectivamente. En la tercera parte, que lleva por título genérico «El Debate de la Postmodernidad», se exponen las principales características del pensamiento de los autores que han entrado en discusión: Hassan, Baudrillard, Lyotard, Habermas, Rorty, Jameson, Huyssen, Jenks, Inglehart, Guiddens, Bauman, por orden de intervención

Aunque -como ya he señalado- no se puede hablar propiamente de un movimiento postmoderno, sí es posible detectar algunas preocupaciones e intereses comunes que, de una u otra manera, están presentes en esos autores y permiten establecer un par de focos alrededor de los cuales se pueden articular los «fragmentos de pensamiento» que caracterizan a la postmodernidad. Estos elementos son la aceptación de la ambivalencia de lo real, y el rechazo al concepto de totalidad.

La asunción de estos dos principios como reacción al intento unificador y uniformante de la modernidad conduce a la legitimación de la pluralidad, la aceptación de las diferencias, la toma de conciencia por parte del saber de su propia limitación, el rechazo de la pretensión de posesión de «toda» la verdad por parte de quienes ostentan el poder, o de un solo individuo, etc. Admitir estos supuestos no tiene por qué conducir necesariamente al denostado relativismo del «todo vale», pero sí ha dado lugar a la fragmentación, al «collage» intelectual, artístico y social en el que vivimos, en el que se dejan oír las voces de las minorías, las reivindicaciones feministas, nacionalistas y étnicas, y la afirmación del derecho a definir por uno mismo y desde dentro lo que uno es.

Si se me permite un símil, El corazón del laberinto no es tanto un libro para deportistas profesionales, sino para espectadores entendidos, aficionados al deporte de la filosofía. Pinillos nos relata la historia de un deporte que podemos llamar «discurso racional», describe el estado actual del terreno de juego, menciona quiénes son las principales figuras de los equipos contendientes… y nos ofrece el bagaje conceptual necesario para que, tanto si nos animamos a practicarlo como si nos quedamos viendo la jugada desde nuestro asiento, sepamos qué está pasando, y por qué hemos llegado hasta aquí.

Resumen de clichés

Las debilidades académicas de José Luis Sampedro quedan patentes en este libro, que sintetiza los clichés contra el mercado que han caracterizado al «pensamiento único» pseudoprogresista de las últimas décadas.

El libro es una reproducción, a la que no se ha tocado una coma, de la obra que Sampedro publicó hace un cuarto de siglo. Se le ha añadido un largo apéndice de unas cien páginas, a cargo de Carlos Berzosa, fiel reflejo de la clase de economistas que ha contribuido a formar Sampedro, aquéllos que insisten en la necesidad de una taumatúrgica «toma de conciencia» sobre la pobreza, que no significa otra cosa que percibir el horror sin límites del capitalismo.

La reproducción tal cual del libro de 1972 es muy útil, pues permite ponderar hasta qué punto estaba equivocado el autor incluso cuando fue publicado. Se queja Sampedro del empobrecimiento de nuestros sentimientos comunitarios por culpa del mercado. Empobrecidos de verdad estaríamos si tuviéramos menos mercado, que es precisamente lo que ha conseguido que en este mundo subsistan miles de millones de personas más de las que podría alimentar un sistema sin mercado y sin capital.

Sampedro yerra en la interpretación de Adam Smith desde la primera página, y desde la primera página muestra su gran preocupación: no se puede dejar todo al mercado, porque proliferan los pobres. Desde esa página, el lector está esperando que Sampedro diga en alguna parte, en una nota al pie de página, en el margen, donde sea, que aunque el mercado tiene muchos defectos, ya en 1972 era evidente que el no-mercado los tenía, y copiosos. Pero no.

En ningún caso explica Sampedro el gran problema de la economía desde Smith, es decir, el de por qué algunos países salen adelante y el bienestar de sus pueblos mejora. Es verdad que no son muchos, pero los hay. Algo debieron hacer los taiwaneses después de la Segunda Guerra Mundial para enriquecerse tanto, y algo debieron dejar de hacer los argentinos en el mismo período para empobrecerse tanto. ¿Por qué ha crecido Chile últimamente?

La respuesta no encierra ningún misterio recóndito. Está estudiado desde Adam Smith: las instituciones, la apertura del comercio y demás factores que Sampedro ignora olímpicamente. A él lo que le interesa es el mensaje de las burocracias internacionales, la FAO, el Banco Mundial, la UNCTAD o la CEPAL, a las que atribuye poco menos que el don de la palabra santa. Llega al disparate de llamarlos «adelantados en el pensamiento teórico relativo al desarrollo» (pág. 172).

La cruda realidad es que desde dichas burocracias se propugnaron muchas tonterías que han caracterizado al «pensamiento único» pseudoprogresista de los últimos tiempos, como el intervencionismo, el proteccionismo, la elevación de los impuestos y de otras limitaciones al libre funcionamiento del mercado, que actuaron en realidad como garantías de perpetuación del subdesarrollo. Nada de esto está recogido en Conciencia del subdesarrollo veinticinco años después, que denuncia sin reparos la desigualdad entre ricos y pobres y no pierde una línea en pensar cómo se deja de ser pobre. Insiste una y otra vez en que el capitalismo equivale a la condena eterna al subdesarrollo, lo que es demostrablemente falso. Del socialismo, por supuesto, ni palabra, con lo que se supone que ha sido (o puede ser) un gran éxito.

De hecho, la única crítica al socialismo llega en la página 158, y es muy suave, porque en realidad se trata de una faceta que comparten, según Sampedro, ambos sistemas: la «tecnolatría» y la degradación del medioambiente. En todo caso, aunque contamine, el benéfico socialismo ha de ser saludado, porque «ha superado el liberalismo de la mano invisible… se ha librado de las anteojeras del lucro».

La esperanza, por tanto, está en el socialismo, porque «no es fácil esperar del capitalismo un nuevo desarrollo más humano».

Las cien páginas que dedica Carlos Berzosa a probar que Sampedro tenía razón son una buena muestra de la falta de rigor académico a que puede conducir la ideología marxista. Repite Berzosa las mismas debilidades demagógicas de Sampedro en contra de los «privilegios de los ricos sobre los pobres», y a favor de la «solidaridad». Su mensaje, con la gravedad de que han pasado algunas cosas en el último cuarto de siglo, es idéntico: aquí lo bueno es la CEPAL y la teoría de la dependencia y lo malo, el capitalismo. Lean esta joyita en la página 254: «El capitalismo ha fracasado en los países de la periferia, está fracasando en los países de la Europa oriental, y está teniendo muchas dificultades en los países del centro».

La pobreza es un gran problema económico, sin duda. Pero este libro no sirve para comprenderla ni para resolverla.

Nuevas guerras de religión

En este final de siglo, parece que las confrontaciones ideológicas recobran nueva fuerza. Vicenç Navarro, catedrático y profesor de Políticas Públicas en las Universidades John Hopkins (Estados Unidos) y Pompeu Fabra, ha escrito un libro-ensayo cuyo objetivo principal es demostrar el carácter erróneo de las políticas liberales que se han puesto en práctica durante los ochenta y buena parte de los noventa.

El libro recoge —adaptadas- cinco conferencias pronunciadas por el profesor Navarro entre 1995 y 1997. El autor se sitúa, desde el primer momento, en contra de la corriente liberal-conservadora, presente en algunos gobiernos europeos y también al otro lado del Atlántico. El carácter marcadamente beligerante del libro aporta color a los argumentos, pero le resta valor científico. Hay, a lo largo de las páginas de este ensayo, una nítida distinción entre «buenos» y «malos», entre los dorados años sesenta de los gobiernos socialdemócratas y los injustos y oscuros años ochenta, con gobiernos liberales. La realidad suele ser más gris, y las verdades acostumbran a imponerse por sí mismas. Esa toma de partido desde el primer momento genera en el lector, acostumbrado a textos más neutros donde cada uno obtiene sus propias conclusiones, una cierta actitud crítica ante estadísticas y datos. La mezcla de citas, valoraciones y datos estadísticos provoca desazón, y lleva a cuestionarse por qué, por ejemplo, no se han ofrecido las series completas sobre algunas variables, como el desempleo, que -siguiendo con el ejemplo— en el Reino Unido concluirían resultados algo distintos. Cuesta creer, por poner otro ejemplo, que el gobernador del Banco de España llegara a decir que es necesario «disminuir el grado de equidad del Estado del Bienestar» (pág.151), y utilizar esta afirmación como uno de los elementos de crítica contra el gobernador y los que trabajan en esa institución. Genera intranquilidad comprobar que la cita es de un periódico, cuando los que vivimos aquí sabemos que los periódicos suelen tratar de crear opinión con las noticias.

Creo que Neoliberalismo y Estado  del Bienestar responde más al final de una época que al comienzo de la siguiente. Trataré de explicarme. El planteamiento de lucha entre posiciones socialistas y liberales, que probablemente arranca de las polémicas entre Hayek y Keynes en los años treinta, resulta útil para comprender el pensamiento económico y político de algunas décadas de este siglo, pero menos apropiado para la época que nos toca vivir. Después de leer el discurso de Blair en Brighton, o el de Clinton ante la Unión, o el del Primer Ministro canadiense, parece necesario contar con nuevas categorías para enjuiciar las políticas públicas. Así, por ejemplo, la idea de que no todo lo público debe ser estatal o de que el Estado debe hacer un llamamiento a la responsabilidad de los perceptores de cualquier tipo de transferencia de renta, son argumentos que podrían defender socialdemócratas y liberales.

Las tesis fundamentales del libro se concentran en el empleo. La creación de puestos de trabajo en Estados Unidos, frente al elevado desempleo en Europa, es la razón que con mayor frecuencia se utiliza para defender las tesis liberales, que el autor combate. Para Navarro, la reducción del paro en Estados Unidos ha sido solo aparente y se debe en gran medida a que hay menos gente dispuesta a trabajar. En el caso de Europa, el desempleo no se debe a la rigidez de los mercados laborales, sino a las inestabilidades financieras, motivadas por el colapso del sistema de Bretón Woods, y por una reducción de la demanda agregada, generada por el aumento de las desigualdades, la reducción del crédito y la disminución del gasto público.

No conocer en profundidad la realidad laboral de Estados Unidos me impide hacer una valoración adecuada de las ideas expuestas con relación a ese país. El caso de Europa resulta más familiar, y no es fácil compartir las razones propuestas por el autor. Se puede coincidir en que los elevados tipos de interés han sido, sin duda, en los ochenta, una de las causas relevantes del lento crecimiento de la producción y el empleo en Europa. Pero esos elevados tipos de interés reflejaban, no tanto la falta de coordinación monetaria, como sobre todo los elevados niveles de déficit e inflación, por no hablar de deuda, de muchos de los países europeos. Sorprende que, en todo caso, un autor que se profesa keynesiano, acepte que el tipo de interés es una variable fundamental que determina los niveles de inversión y de empleo. Si el problema hubiera sido la inestabilidad monetaria, habría que esperar que la salida del Reino Unido del Sistema Monetario Europeo (SME) hubiera generado una crisis en aquel país, cuando ocurrió justo lo contrario.

También es posible pensar que la demanda agregada es responsable del nivel de empleo. Sin duda, la crisis económica se ha cebado especialmente en el mercado de trabajo, pero de distinta forma en América y en Europa. Como señala el autor, en los años de crisis económica, en Estados Unidos se produjo una reducción real de salarios, aumentando las desigualdades, pero manteniendo casi inalterable el nivel de empleo. Por el contrario, en Europa, el ajuste no se produjo en el precio, sino en las cantidades. Así se produjo un elevado nivel de paro. Al menos a largo plazo, en una economía de mercado resulta difícil abstraerse de la lógica de la oferta y demanda. Leyendo el libro, y leyendo las cifras de empleo en Europa, queda claro que, al menos en nuestro continente, algo no se ha hecho correctamente.

Menos aceptable resulta la tesis «conspiratoria». Mantener que se siguen defendiendo las políticas liberales «ya que benefician a las clases más pudientes de la población», o que los mercados consideran creíble una determinada política «no por la realidad concreta en sí, sino por la percepción de esta realidad, percepción que se enmarca dentro de unos marcos culturales e intelectuales de escaso rigor científico y gran peso ideológico» (pág. 79 y 80) significa descalificar otros argumentos que podrían resultar más creíbles. Puede ocurrir que en algún caso sea así, pero las generalizaciones no son positivas.

El libro contiene elementos positivos. Resultan valiosos los comentarios sobre las elecciones americanas, que el autor demuestra conocer bien, así como los comentarios sobre la necesidad de mecanismos de federalismo fiscal en la futura Unión Monetaria. En todo caso, el autor demuestra una aptitud para cuestionar argumentos convencionales que resulta estimulante.

Patrimonio histórico

Códice de Madrid
Polifonistes de Barcelona y Grupo de Música Alfonso X el Sabio
Director: Luis Lozano Virumbrales
SONY CLASSICAL. Serie Hispánica.
SK 60074. DDD

Cantigas de Alfonso X el Sabio. Caballeros
Grupo de Música Antigua
Eduardo Paniagua
SONY CLASSICAL. Serie Hispánica.
SK 60080. DDD

Estas dos grabaciones con música del siglo XIII presentan las dos caras de lo que fue la creación musical de la España de la Edad Media, esto es, la música religiosa cultivada en el templo, y la música de inspiración cristiana compuesta en el ambiente cortesano. No hay que olvidar que en los años del reinado de Alfonso el Sabio (1221-1284), se vivía en plena Reconquista, y los valores religiosos eran su bandera. El rey Alfonso X poseía una profunda devoción mariana y, siendo Santa María el eje de su amplísima colección de cantigas, éstas presentan tanto en lo musical como en lo literario una mayor libertad creativa, que les estaba entonces vedada a las obras artísticas dedicadas específicamente al culto.

El Códice de Madrid, fechado alrededor de 1260, es el primer manuscrito hispano conocido que incorpora los innovadores procedimientos compositivos nacidos en la Escuela de Notre Dame: el inicio de la polifonía o escritura a varias voces y una notación sistemática del ritmo musical. Éste es el principal motivo de su gran interés histórico-musical. En él aparecen conductus, organum y motetes, algunos escritos para tres y cuatro voces, lo cual no es habitual en la época. La grabación ha sido estructurada en forma de Misa con los fragmentos escogidos del Códice, e intercala monodia y polifonía.

El grupo Alfonso X el Sabio, que dirige Luis Lozano, lleva muchos años dedicado al estudio y divulgación del canto gregoriano y de la monodia medieval. Tanto sus integrantes como los Polifonistes de Barcelona llevan a cabo una interpretación impecable y, sin duda, de referencia para el futuro. El estudio musicológico de los manuscritos, reflejado en los comentarios del libreto que acompaña la grabación, y su interpretación sonora, contribuyen de forma muy importante a ensanchar el conocimiento de la rica historia musical española. A ello ha contribuido la Fundación Caja de Madrid, que he impulsado con su patrocinio la difusión de esta obra.

Al mismo tiempo que se glosaba el Evangelio en latín en las recién construidas catedrales góticas, en los salones del rey Alfonso X, y probablemente también en las plazas de las ciudades, se cantaban en galaico-portugués los milagros de Santa María y las valerosas hazañas de los caballeros. Muchas de esas piezas, aún poco divulgadas, se han grabado por vez primera en esta amplia colección que va a ser la Integral de las Cantigas de Alfonso x el Sabio. Los seis discos anteriores -Cantigas de Toledo, de Castilla y León, Remedios Curativos, La Vida de María, Cantigas de Sevilla y Cantigas de Jerez- ofrecen distintas recopilaciones. Para este nuevo CD, Eduardo Paniagua ha escogido aquéllas que relatan historias relacionadas con el mundo de los caballeros. El amor, los celos, el honor y la venganza son los temas caballerescos recurrentes, con la presencia protagonista de Santa María que les aconseja, les convierte en la fe o les salva de los peligros.

Por su contenido, estas Cantigas presentan algunas particularidades. En algunos casos son narraciones más extensas y necesitan una mayor intervención instrumental para mantener la tensión musical; en otros aparecen varios personajes, lo que favorece una versión dramatizada, alternando partes corales con otras a solo, o interviniendo varias voces solistas. La instrumentación es de una gran variedad, pues llegan a utilizarse hasta treinta y ocho instrumentos distintos, entre ellos, además de los medievales tradicionales, algunos de origen árabe. Todo ello confiere a esta grabación una riqueza tímbrica extraordinaria.

Esta selección, además de la belleza de su interpretación, sin duda tiene el atractivo del tema escogido, aún más sugerente gracias a los textos y comentarios del libreto que acompaña a la grabación, y a las reproducciones de algunas de las más bellas miniaturas que aparecen en los códices de las Cantigas.

Ambos discos constituyen una importante contribución a la divulgación de nuestro patrimonio musical. Ése era el objetivo emprendido por Sony al iniciar su Serie Hispánica.

Un mundo más armonioso

El pasado verano tuvo lugar en París el encuentro del Papa Juan Pablo II con los jóvenes de todo el mundo, para clausurar las Jomadas Mundiales de la Juventud. Fue un acto multitudinario con la asistencia de cerca de un millón de jóvenes -entre ellos, 100.000 españoles-, que se centró en una misa al aire libre en torno al Papa. La música tuvo una gran importancia en aquella ceremonia, cuyo responsable fue el director coreano Myung-Whun Chung, al frente de la Orquesta y Coro de la Academia de Santa Cecilia de Roma. El tenor Andrea Bocelli actuó como solista invitado.

En aquella ocasión pudieron escucharse obras religiosas de distintas épocas, desde el precioso Gloria de Vivaldi y el Aleluya de El Mesías de Händel, hasta el Sanctus del Requiem de Verdi y otras obras sinfónico-corales de Rossini y Liszt. Este mismo programa ha sido grabado en disco con el título de Un Himno para el Mundo, completándose con otras piezas de música sacra —entre ellas, Panis Angelicus de César Franck, Agnus Dei de Bizet, O Sacrum Convivium, de Oliver Messiaen o Exultate Jubilate, de Mozart, con la participación de Cecilia Bartoli-.

La acertada selección de las distintas partituras y su cuidada interpretación hacen atractivo este nuevo disco para un gran público y, muy especialmente, para aquellos que deseen conservar un buen recuerdo de aquel acto.

El disco se rubrica con la bendición papal, que sirve de colofón a un gran homenaje musical a Juan Pablo II «por su servicio a la Humanidad» y -según Myung Whun Chung- «a todos los compositores que han hecho de este mundo un lugar más bello y armonioso gracias a su servicio a la música».

Un ensayo de filosofía del arte, Stefan George

La autonomía que tiene frente a los artistas de su tiempo el que ya está disfrutando del arte, rara vez va más allá de la insatisfacción respecto a alguna obra determinada, a una personalidad artística concreta, o quizá también frente al saber de toda la generación; pero no es insatisfacción porque todos los problemas de esos artistas sean desmedrados o falsos: lo habitual, más bien, es tolerar ese conjunto de problemas en el arte con el que respectivamente se conviva. Si no se sucumbiera a la sugestión que ejerce el arte presente, ya hace tiempo que nos habría resultado insoportable la tiranía que el motivo erótico ejerce en la lírica. Así como la esencia del alma consiste en ser unidad de lo múltiple —mientras que lo corporal está desterrado a una irremediable dispersión—, del mismo modo no hay ninguna forma artística tan apropiada como la lírica -gracias a su abarcable estrechez— para hacer eficaz y perceptible tales fuerza y misterio del alma. Sin embargo, en favor del motivo erótico ha sido simple y llanamente descuidada la totalidad de sus contenidos, en cada uno de los cuales el alma podría manifestar su más profundo ser a través de la forma lírica. Ello se debe en su mayor parte al influjo de Goethe, si bien solo del mismo modo en que Miguel Ángel es responsable de la génesis del Barroco. El inconmensurable sentido artístico de Goethe hacía cobrar carácter artístico a cualquier manifestación que brotase inmediatamente de un impulso; él podía «cantar como canta el pájaro», y su sentido artístico poseía, frente a todo lo individualizado y subjetivo, aquella distancia cuya ausencia constituye el obstáculo del arte erótico. Vista desde la excitación propia del sentido amoroso, es claro que aun el peor conato de hacer versos da la sensación de distanciamiento: de ahí la sensación de redención y liberación que en ella experimenta el diletante. Desde la perspectiva del arte, sin embargo, la práctica totalidad de la lírica del siglo XIX -con la luminosa excepción de Hölderlin- está animada por el hálito de la vida instintiva naturalista. Aun cuando no se quiera rechazar con excesivo rigor tales excitaciones, el hecho de que el tiempo presente suela servirse de una forma artística que de suyo daría cabida a toda la vida interior, tan solo cuando con ello genera atracciones que tienen su origen fuera del arte, es algo que delata su pobreza.

Quizá sea éste el punto desde el que con mayor claridad se puede trazar la línea en la que se inscribe la esencia artística de Stefan George. El proceso orgánico o —mejor— supraorgánico de todo arte, en el cual éste hace que los temas de la vida crezcan por encima de ella misma, debe ser especialmente perceptible en la altura en la que, por encima de la inmediatez de aquellos impulsos, se sitúa el poeta y nos coloca a nosotros, cima desde la que tales contenidos se transforman en su objeto; y, según esto, también es perceptible en la pasión y ternura con las que George reviste la imagen de los valores de la vida diferentes del amor. Pues ése será el momento en el que el artista revelará su auténtica fuerza y capacidad de profundización, mientras que en todas las expresiones eróticas se contiene algo fortuito: no se sabe, por así decirlo, cuánto en la obra ha de adscribirse a la unidad y profundidad del verdadero yo, y cuánto a esa excitación que se experimenta como algo periférico, perteneciente en su mitad al mundo exterior. Aproxidamente hasta el año 1895, desarrolla la lírica de George de un modo peculiar los elementos de ésta hasta estos altísimos niveles. Su arte se caracteriza desde un comienzo por el empeño de ser experimentado exclusivamente como arte. Mientras que en los demás casos la finalidad última del lírico suele ser el contenido del sentimiento o de la imaginación (y ahí la forma artística sirve como medio para representarlos y avivarlos), en George se ha producido el cambio fundamental: que, a la inversa, todo contenido es un simple medio para configurar valores puramente estéticos. Desde luego, este giro ha conducido a muchos al simple formalismo: a buscar la perfección artística en la melodiosa corrección de rima y ritmo. Cualquier auténtica obra de arte puede enseñarnos que la escisión en forma y contenido solo sirve al análisis intelectual, mientras que la obra misma se alza más allá de tal contraposición. La fruición estética -que no coincide ni con el sentimiento provocado por la confrontación con el contenido de la obra ni con la alegría por la armonía meramente externa de la forma- está ligada a la unidad respecto de la cual estas sensaciones individuales no son sino medios. Cuanto más fuerte es la lógica interna de la obra de arte, tanto más se revela esta unidad interior en el hecho de que cualquier nimia modificación de eso que se da en llamar forma implique automáticamente una modificación del todo —por tanto también de eso que se da en llamar contenido-, y al revés. En modo alguno puede expresarse el mismo pensamiento o el mismo sentimiento de dos maneras diferentes. Adjudicar un mismo contenido a las variadas modalizaciones de la expresión es algo que solo puede hacer la superficial abstracción, que, en lugar del contenido real, individual y exactamente delimitado, instala el concepto general del mismo, lo que ya casi sin excepciones se ha transformado en una costumbre. Por supuesto que se puede expresar el amor de muy diversas formas; pero el amor que representa la Trilogía de la Pasión es representable precisamente solo de esa manera, y perdería cualquiera de sus matices si se sustituyera cualquier palabra de tal representación. Esta unidad de la obra de arte, que no es comparable con ninguna otra cosa, se eleva sobre la dualidad de forma y contenido del mismo modo que la emoción específicamente estética lo hace sobre los sentimientos primarios que pueden anudarse a tales elementos de la obra de arte. Los primeros poemas de George que se conocen delataban ya esta intención exclusivamente estética: aparte de ella no pretendían transmitir nada más (simples sentimientos o pensamientos), ni tampoco deleitar por medio del suave juego de la perfección formalista; y en estas dos abismales novedades se apreciaba inmediatamente su diferencia con la lírica estándar. Ahora bien: precisamente la temática erótica es la que en estos tempranos poemas le hace aún recaer aquí y allí en el modo antiguo de componer, por grande que sean la ternura y pureza artística que aquéllos muestran.

El primer cambio de rumbo completo se produce en El año del alma (1897). El contenido de esta obra se reduce, casi de manera exclusiva, a la relación entre un hombre y una mujer. Pero ya ha encontrado George el distanciamiento frente a tal relación, el cual no le proporciona otro encanto, otra concomitante excitación que la que corresponde al objeto de una obra de arte como tal objeto. La materia prima del sentimiento es refundida tanto como sea necesario para que ya no ponga, a causa de su ser-para sí, ningún obstáculo más a la configuración estética. Todo arte se caracteriza por un rasgo de resignación frente a la existencia viva de su objeto, renuncia a paladear la realidad de esa existencia para —eso sí- extraer de su contenido (de lo que en él hay de cualitativo) más de lo que éste realmente posee. En la medida en que esa renuncia y esta abundancia se diferencian entre sí —una se convierte en la condición de la otra-, generan el atractivo del comportamiento estético hacia las cosas. Aquí ha tocado la resignación el fundamento mismo del sentimiento: todas las vicisitudes del amor y las profundizaciones en él de que está lleno este libro se hallan marcadas por la resignación, tienen ya desde su raíz el color de ésta. Y no es resignación en el sentido de un mero no-tener y no-querer, sino similar a la que es estéticamente valiosa: es la contraprestación y la condición de que efectivamente se extraigan de la relación con el hombre —de nuestra propia percepción— el sentido y el contenido últimos, más profundos y destilados del hombre. Y así, el motivo erótico, que por lo demás solo está acoplado con el artístico como por azar o externamente, ha entrado con todo su propio ser en la configuración formal de éste; y lo que a nosotros nos parecía ser el secreto enemigo del estado estético, es decir, el atractivo autónomo que ejerce la materia, ha sido unificado con aquél y puesto a su servicio. La forma de la resignación, que es la única desde la cual puede lograrse sentir inmediatamente la gestación del arte, genera desde dentro la distancia que la forma artística posteriormente, y como desde fuera, añade al sentimiento; y genera esa distancia precisamente como una determinación del contenido del sentimiento mismo.

Lo que aquí expresa el símbolo espacial de la distancia puede apreciarse mejor gracias a una conexión temporal. El contenido de lo que denominamos nuestro presente nunca se corresponde en realidad con su estricto concepto. A pesar de que, según éste, el presente solo es la línea divisoria entre pasado y futuro, tratamos de hallar un asidero en su fantástico devenir construyendo su imagen por medio de un trozo del pasado y otro del futuro. A esta equivocidad lógica del presente se contrapone, sin embargo, un sentimiento completamente unívoco del mismo. Ciertas construcciones de la imaginación aparecen acompañadas de un sentimiento que solo podemos expresar de esta manera: esta construcción está presente. Eso no es todavía lo mismo que decir que esa construcción es real; lo que sucede, más bien, es que el áurea de lo presente, el especial poder interior que ejerce, puede acompañar cosas muy diversas en cuya realidad no pensamos en absoluto; y muchas cosas pueden ser reales, pero, sin embargo, faltarles el valor afectivo de lo presente. Ahora bien, esta presencialidad de la vivencia está relacionada de muy diversas maneras con el poema lírico. Ello se percibe de modo extraordinariamente intenso en los poemas de juventud de Goethe. El estado afectivo que describen es presente, su presencia se halla inmediatamente recluida en esta forma, en la que se ha vertido aquél con todo su calor originario. En el Goethe maduro, la presencialidad de la vivencia poética ha desaparecido; el destino interior parece haberse cumplido ya cuando el arte se apodera de él. Pero no como si fuera un material acabado al que se añadiera el arte, sino que también en este segundo Goethe coincide desde un principio el carácter de la forma artística con el de su materia, vivenciado en el sentimiento. Pero el momento en el que ese material es sentido carece ya del tono de la presencia, de su completa apertura en el ahora. El motivo de este cambio reside en que las vivencias que él tenía en edad avanzada estaban lastradas con todo el pasado, y así, cada momento que él experimentaba no era ya meramente éste, sino que comprendía innumerables eventos anteriores, iguales o contrapuestos. De ahí que incluso poemas que brotan de un estado afectivo tan inmediato, como sucede con la Trilogía de la Pasión, tomen un cariz tan sentencioso; ello explica también que el contenido del momento se expanda a algo que trasciende el momento y posee validez general, e igualmente que establezca relaciones con todo lo que constituye el contenido de la vida.

También George se mantiene en el más allá del presente; solo que en él no es —a diferencia de Goethe- la opresiva riqueza del pasado, sino un rasgo configurador de la obra de arte que procede de su interior lo que, desplazando al presente de su propio sitio, lo atrae hacia sí y se superpone a él. Es como si la sensación, el sentimiento, la imagen se vivenciaran solo en su contenido puro, sin referencia a un momento temporal. La cualidad específica de ese ser-experimentado que llamamos presencialidad de su contenido tiene siempre algo de casual. Precisamente ahora se encuentra éste desvelado por poderes del destino que, sin embargo, se encuentran fuera de él mismo; es como si no debiera su vitalidad a su propio contenido, sino a una afortunada o desafortunada coincidencia de cadenas de acontecimientos interiores y exteriores. Y así, sentimos frecuentemente ante la lírica profunda y provocadora de hondas sensaciones, que los acentos y valores que, en su calidad de momentáneas excitaciones, le son propios, se incorporan a cada uno de sus contenidos como consecuencia de enconamientos y complicaciones del diferente destino que sufre el sentimiento. Como el destello de una luz que casualmente flamea incide este ocultamiento de la presencialidad sobre lo que en la obra de arte realmente se da a entender y se siente; la claridad y el calor que ello supone pertenecen a las imágenes e ideas propiamente artísticas más por una especie de fortuna externa que por una propia e interna necesidad. En George, en cambio -aunque no solo en él—, parece que esa situación añadida en que se encuentra el sentimiento, la entera experimentación de la existencia que acontece de la mano de cada uno de los elementos, palabras y pensamientos del poema, brota de éstos mismos en vez de advenirles por medio del favor y lo excelso del momento. Es ésta una diferencia que, desde luego, es puramente cualitativa e interior, una diferencia entre las impresiones, para las que la diversidad de orígenes solo puede ser una expresión simbólica. Y así, puede ser que no tengamos otra palabra para designar la impresión que el mundo nos hace, que decir que ha salido del espíritu y voluntad de un dios, pero de esta manera no podemos dar razón de su génesis histórica, sino solo narrar, con la ayuda de una traslación simbólica del ser al devenir, la substancia cualitativa del mundo real: del que efectivamente ha llegado a ser.

Lo que yo entiendo al decir que la esencia de la lírica de George está apartada de la mera presencialidad, es algo concorde con el comportamiento ordinario de nuestra alma, y que quizá se pone especialmente de manifiesto en el terreno del conocimiento. Tan pronto como queremos hacernos entender mediante conceptos, presuponemos que cada uno de ellos tiene un contenido fijo y delimitado, que, por supuesto, no representamos realmente en cada momento: más bien es esta concreta manifestación la que revolotea a más o menos distancia de tal contenido. Como la realidad contrasta con el ideal, así se contrapone siempre también la representación a ese contenido objetivo del concepto; y aunque éste solo se representa, lo que con él queremos transmitir se halla, sin embargo, situado por encima del carácter fortuito propio de la consciência momentánea, y es tan independiente de ella como el contenido y la validez de la ley estatal son independientes de que las personas sujetas a ella la cumplan perfecta o defectuosamente. Tal dualidad ha de existir de igual modo entre los significados lógicos de las imágenes que se forman en el alma como entre los significados de los sentimientos que éstas suscitan. Nosotros notamos —aunque no podamos explicárnoslo de una manera abstracta— que tanto a las palabras como a las cosas, a las frases como a los destinos, les corresponde un cierto sentimiento, una resonancia interna, una respuesta del alma entera; éste es, por así decir, su contenido de subjetividad, esto es lo que pueden exigir, lo que son, cuando se pronuncian de la forma adecuada en el lenguaje de la interioridad. Pero más allá de este persistente significado del sentir que se corresponde con la vida interior de esas configuraciones, se mueve el caos de todos los sentimientos casuales, personales y reales, solo más o menos emparentados con los que corresponden a las cosas según la ley de las relaciones que guardan con nosotros. En George parece que todo arte hace resonar, en mayor o menor medida, precisamente esas emociones internas que, como por una interna necesidad y a modo de determinaciones inmediatamente unidas a su esencia, son propias de sus palabras y colores, de sus pensamientos y formas, de sus movimientos e ideas. Desde luego, se trata aquí solo del enlazamiento existente entre acontecimientos subjetivos e interiores y situaciones exteriores, sensibles; solo que el hecho de que aquéllas se enlacen con éstas se experimenta como una necesidad objetiva que, concretamente, es inherente a la hechura (Beschaffenheií) del objeto dado. Éste es quizá el sentido del significado atemporal que otorgamos a las obras de arte. Y es que la atemporalidad y eternidad de las leyes de la naturaleza significa que la eficacia de determinadas condiciones es objetivamente necesaria, con absoluta independencia del momento en el que concurren y de si, y con qué frecuencia, concurren; la atemporalidad de una idea supone que su significado lógico o ético esté albergado en su interior, lo reproduzcamos o no en nuestro interior; pero si queremos pensar esta idea —ahora o dentro de mil años— éste es el único significado que ella puede tener; y así, el arte nos convence de que a cada uno de sus elementos le corresponden determinadas conmociones subjetivas -dimanantes de la propia estructura de tales elementos— a las que, quizá no siempre de manera certera, llamamos sentimientos. Puede ser que las reproduzcamos anímicamente en nosotros de manera perfecta o imperfecta; hoy, mañana o nunca: pero si queremos experimentar estas expresiones, imágenes y formas del modo que les corresponde, solo podemos hacerlo por medio de estos, y no otros, procesos sentimentales.

Hacer que estos valores interiores de todos los elementos del poema lírico sean los únicos que imperen; hacernos sentir la perentoriedad de la reacción física que, como un cuerpo astral, rodea a cada palabra, a cada pensamiento, a cada alegoría, esto es lo que ha logrado George« de la manera más perfecta en su última publicación (La alfombra de la vida y las Canciones del sueño y de la muerte, que cuenta con preludio). El «preludio», que a mí se me antoja la cumbre de todas sus obras anteriores1, cuenta en 24 poemas cómo la vida más elevada, es decir, la pertenencia cada vez mayor a los poderes ideales, nos redime de la nebulosa realidad. Bajo la forma del «ángel» que lo acompaña a través de toda la existencia, se le aparece la forma genérica de nuestras más sublimes potencialidades, que bien pudieran ser llamadas, por el poeta su musa, por el investigador la verdad y por el hombre activo el ideal práctico; esto es para cada uno la última instancia, cuya unidad significa para nosotros tanto la sobreabundancia de la felicidad como lo inexorable de las obligaciones más dolorosas; última instancia que nos separa de este mundo inferior al tiempo que también hace recognoscibles sus valores, creados para nosotros, sublimándolos en sí misma; y que, asimismo, por el precio de hacernos responsables solo ante ella y ante nosotros mismos, nos aparta de las exigencias y de los placeres de una vida más ramplona. El ángel es el sentido que alberga la vida en sí misma y, al mismo tiempo, la norma que la rige. Después de Goethe, no conozco ninguna poesía en la que algo tan completamente genérico e imposible de fijar mediante determinación individual alguna como es un ángel se hubiese expresado tan gráficamente de manera artística, ni en la que lo intangible se hubiese vuelto tan perceptible. La enorme importancia de su problema2 no iría pareja con el atractivo sensible de su forma, si cada palabra y cada uno de los restantes elementos no transmitiera ese significado que solo a él corresponde y que se percibe como necesario, si la obra de arte no se entretejiera a partir de estos significados interiores, refractarios a todo enriquecimiento o detracción exteriores. Estos versos extraen una incomparable gravedad e importancia de la rigidez con que cada palabra deja hablar únicamente al sentido exacto de su interioridad, excluyendo así todo lo lúdico y veleidoso que está adherido a la contingencia de su subjetiva y persistente resonancia. Ningún análisis puede determinar qué particularidad de la estructura, de la acústica psíquica, del flujo entre contenido lógico y construcción del verso le permite lograrlo. Pero es como si las palabras y los pensamientos, las rimas y los ritmos campearan aquí por su propio derecho, como si las conmociones interiores que se producen en nosotros pertenecieran a su propia esencia, como su correlato objetivo. Y así se logra esa síntesis, según la cual lo absolutamente general y abstracto es, empero, completamente sensible y estéticamente eficaz: nosotros percibimos lo subjetivo que acaece en nosotros como algo objetivamente necesario y perteneciente a la obra misma. Y así, el hecho de que en los poemas del ángel el lúdico encanto producido por la armonía de sonidos (que no por ello es caprichosa, como tampoco es pueril lo infantil) transmita una profundidad del contenido de la vida que, en realidad, está por encima de toda forma, es posible porque todas las emociones y vibraciones de los sentimientos subjetivos, momentáneos y concomitantes, poseen el valor en plenitud, la —por así decirlo— cualidad añadida de lo objetivamente fundamentado, y tienen el marchamo de una regularidad que impera sobre el sujeto; y esto, claramente, es solo otra manifestación de que, de entre los elementos de la obra de arte, únicamente le está permitido resonar en el alma a aquel sentido que pertenece al más propio e interior ser de tal obra, a su significado atemporal, que se eleva por encima del hecho efímero de ser o no experimentado.

Esto debe estar relacionado con otra particularidad más de la lírica de George, muy propia de la última etapa de su obra. Ese genio artístico perfecto que no da cabida a tono personal alguno, y en el que la voluntad de alcanzar la obra de arte objetiva se ha convertido en único señor, se une aquí, sin embargo, con un rasgo que quiero llamar intimidad. Se siente que un alma revela su vida más secreta como se hace una confidencia al amigo de mayor confianza. Esto se corresponde con exactitud con la más alta función del arte figurativo: en la medida en que éste se atiene a las leyes formales e ideales de la pura claridad; en cuanto que configura la presencia visible de lo humano en conformidad con normas, equilibrios y excitaciones que, en realidad, pertenecen solo a la autosuficiencia de la espacial y colorista presencia, escenifica también lo anímico que está detrás de esa presencia, es decir, del carácter y de la espiritualidad, de lo eternamente invisible; y lo hace bajo la condición, verdaderamente metafísica, de que el grado de perfección de la representación hecha en uno de los ámbitos (midiéndose tal grado de acuerdo con sus propias condiciones inmanentes) traiga consigo el mismo grado de perfección en el otro ámbito, que no está menos cerrado en sí mismo. Exactamente con la misma intensidad se ciñe a ambas legislaciones —tan independientes una de la otra y a menudo tan divergentes— aquella manifestación artística que, desde el prisma de cualquiera de las dos, resulte ser la más lograda: su realización de acuerdo con el patrón de la otra es para ésta un regalo del cielo. Pero resulta que estos poemas, obedientes sin reservas a las normas de la objetiva perfección estética, muestran el atractivo y la profundidad de la más personal intimidad, aspectos ambos que pertenecen a un orden completamente distinto de aquél, más puramente artístico y formal; por ello, puede quizá determinarse en este terreno con más exactitud el punto de unión de esos dos ámbitos tan independientes entre sí.

Considero que el primer requisito de toda contemplación auténticamente artística es que tenga por objeto a la obra de arte en cuanto cosmos completamente independiente, asentado sobre sí mismo, con total desprendimiento de su creador y de todos los sentimientos, interpretaciones y referencias que sean propias de aquélla por relación a éste. La intención y la situación de ánimo a partir de las cuales ha sido creada la obra carecen ya de relación con lo creado, excepto en la medida en que se hayan convertido en cualidades objetivas suyas; son esenciales a la obra porque son percibidas como algo inherente a ella, no porque procedan del artista. La comprensión genética, historico-psicológica de la obra, sobrepasa los límites de ésta, dentro de los cuales se halla comprendida la contemplación puramente artística, que se consagra solo a la obra de arte. Pero así como la proyección de una creación sobre su concreto autor real ha de estar simple y llanamente desterrada de aquélla, falta aún por saber si, con todo, dicha contemplación no encierra directamente en sí misma el concepto de una personalidad sobre la que descansa la obra. En mi opinión, concebir una obra de arte como manifestación de un espíritu dotado de cualidades determinadas, es una condición de la comprensión que se tenga de una obra de arte y del influjo que ejerce sobre nosotros; de ahí procede la interrelación de sus partes, que es la que hace que aparezca ante nosotros como una unidad: por ese medio sentimos que tenemos derecho a que la obra nos impulse a ciertas reacciones interiores que no provoca una mera combinación de causas naturales externas. Pero esa personalidad que la obra trasluce de modo tan eficaz como inconsciente no es la del autor real del que se conoce poco más que la obra en cuestión, sino una personalidad ideal que no es otra cosa que la representación de un alma que ha producido precisamente esta obra. Así como la pluralidad de impresiones exteriores que concurren en nuestra conciencia es condensada por nosotros en la unidad del objeto, en una substancia que las irradia y cuya unidad constituye el objeto de esa forma que es nuestra alma, así también la pluralidad de los sonidos y colores, de las palabras y pensamientos presentes en una obra de arte son puestos en interrelación por el alma, que es, asimismo, las que los penetra y mantiene unidos; sentimos que dimanan de ella y que también ella constituye el soporte de la unidad en que devienen. Percibir la obra de arte sub specie animae es una de las categorías que explican que la obra de arte sea lo que para nosotros es, de modo similar a aquél por el que la naturaleza «se hace» en la medida en que la contemplamos bajo las categorías de causa y efecto. Al igual que la causalidad no es algo dotado de propia consistencia y situado detrás de las manifestaciones, sino solo la ley inmanente y aglutinadora de éstas, así tampoco se encuentra la personalidad creadora fuera de la obra de arte que se proyecta sobre aquélla, sino que es una condición de la concepción que de la misma nos hagamos, una función de la obra artística, exclusivamente nacida de ésta. A diferencia de la interpretación que se realiza sirviéndose de la personalidad histórica del creador, no se trata aquí de remontarse a una realidad que para el ámbito puramente estético siempre será algo ajeno, un ilegítimo intruso, sino que la personalidad habita aquí mismo, en la esfera de lo ideal: es la forma en cuyo seno se aprecia con la razón la interrelación existente entre los datos estéticos singulares. Si, por ejemplo, una obra de Miguel Ángel transmite la impresión de lo trágico, posiblemente se encierre también en esa sensación el recuerdo de la personalidad de Miguel Ángel: de ese alma que aspira a lo infinito, atribulada por todo el lastre de la realidad exterior e interior, llena de anhelo de reconciliación consigo misma y con su Dios pero, sin embargo, pertinaz en su angustioso dualismo: un alma que valora el propio ser y hacer solo según el ideal de la absoluta perfección, al tiempo que tiene plena consciência de ser solo un comienzo, un fragmento, una materia prima solo parcialmente modelada. Todo esto está expresado y simbolizado en sus esculturas, de las cuales prácticamente ninguna está completamente acabada, y en las que la tensión entre el afecto más apasionado y la posibilidad física de expresarlo ha llegado a su cénit; cada una de ellas aparece como un momento de la lucha entre una perfección interior —»latente», podría decirse— y su falta de terminación: una imposibilidad de acabarlas que viene impuesta desde fuera. Pero si lo dado solo alcanza para nosotros tal sentido a través de ese elemento personal, el ámbito de lo estético ha sido consiguientemente abandonado, la comprensión de la obra de arte ya no parte de ella misma, sino que es trascendente a ella. Por mucho que ambas cosas puedan parecer no completamente disociables, debemos separar cuidadosamente de lo anterior el hecho de que, aunque nada sepamos de su autor, la obra, de suyo, nos parezca trágica, como sin duda sucede en el caso de Miguel Ángel. Pero esto es posible gracias a un especial rasgo anímico que nos permite percibir las formas sensibles que se presentan como dimanantes de aquél: como su fuente y soporte. Para ello se precisa disponer de ese genérico e instintivo saber acerca de las representaciones y expresiones de la interioridad sin el que la vida social y el arte no son posibles, y que se diferencia completamente del conocimiento histórico de una personalidad. No se trata del hombre real, individual, sino del genérico, si bien con las modificaciones que resultan señaladas por el contenido objetivo de la obra de arte: algo así como el modo en que entendemos cualquier frase del lenguaje por el procedimiento de dejar resonar en nosotros la modulación psíquica que por regla general y por lógica lo acompaña, sin que tengamos que retroceder al especial —y quizá completamente distinto- estado de ánimo del que realmente brotó en un caso concreto. Por eso no puede considerarse como erróneo círculo vicioso el que a partir de una obra hagamos aflorar un alma creadora, y que al tiempo interpretemos esa obra a partir de tal alma. Y es que, efectivamente, nuestras reservas de psicología instintiva enriquecen la obra que se nos presenta, confiriéndole así sentido y vida; solo que esto no es algo accidental, histórico, procedente de otro orden de cosas, sino algo necesario: la cristalización de la ley interior de la concreta manifestación artística. Si se tratara de un círculo vicoso, éste no sería menos inevitable que el hecho de que extraigamos de una cadena de impresiones sensibles su conexión causal para entonces comprender tales impresiones y su consecutividad, precisamente por medio de esta causalidad.

Y así resulta finalmente claro por qué los poemas de George, que, mucho más allá de la subjetividad, están sujetos a las puras normas del arte, parezcan tan íntimos, parezcan ser tan prístina revelación de vida personalísima y de la última profundidad del alma. Ambos aspectos son unidos por esa personalidad supraindividual que, como cristalización de la obra de arte, es experimentada en ella como su centro y soporte. El alma ideal, cuya relación con la obra de arte podemos expresar solo de manera muy imperfecta diciendo, con una metáfora espacial, que está a un mismo tiempo dentro y detrás de aquélla, posee aquí precisamente la cualidad de lo íntimo; la ley interior de la obra, que se nos representa como una especie de alma aglutinadora que todo lo penetra es aquí revelación de la vida interior, prosecución de los afectos fundamentales en la manifestación estética. Pero como las cualidades de la obra no nos remiten por vía de sentimientos a personalidad concreta y singular alguna, sino solo a la que objetiva e interiormente les es propia, que es tanto la irradiación como la condición de ella misma, por tal motivo, esta intimidad se diferencia radicalmente de la que produce el efecto de indiscreción sobre sí misma y de indecoroso desvelamiento. Esto puede apreciarse, por ejemplo, en los hondamente profundos y, en su género, muy hermosos poemas de Paul Heyse sobre la muerte de su hijo (que están recogidos en los Versos desde Italia). Aquí resuena aún del modo más naturalista el dolor real, se siente la entera personalidad individual a la que en la realidad, en un orden de cosas que está situado por completo fuera de la obra de arte, ha afectado este sufrimiento. Por eso se engendra ahí una amalgama inorgánica –embarazosa desde el punto de vista estético- de dos órdenes completamente heterogéneos: de la realidad, con cada uno de sus contingentes y concretos individuos, y del arte, en el que solo tienen validez los significados objetivos de las cosas, que, por tanto, son atemporales y están desvinculados de sus soportes históricos. George, manteniéndose estrictamente dentro de tales significados, puede, sin embargo, expresar conmociones personalísimas porque logra que éstas solo se experimenten en relación con esa imagen de una personalidad cuyo a priori y unidad interior son las palabras y pensamientos del poema: por así decirlo, el auténtico significado de la realidad individual, pero extraído de ésta y vestido del modo de ser de la desnuda idealidad. Sin embargo, en la medida en que el arte se transforma así en recipiente de los supremos valores de la personalidad, cualquier persona que disfrute el arte puede ahora reaccionar con sensaciones subjetivas ante obras de arte objetivas en el sentido expuesto, como si su espíritu se hubiese transfigurado: y aunque estos poemas nos hacen sentir la personalidad que solo es el centro neurálgico de la obra de arte pero no la individualidad real, aquélla otorga, sin embargo, al agradecimiento por lo recibido, la gracia de pasar de la admiración al amor. (Traducción: Javier Ortega)

NOTAS
1 · Con esta afirmación no estoy haciendo una crítica general de la poesía de George. Aquí solo me importa lo que de ésta constituye la ejemplificación de ciertos pensamientos de filosofía del arte, por lo que no entro a enjuiciar si, con ello, la obra queda o no calificada por completo, tanto cuantitativa como cualitativamente.
2 · No es claro a qué se refiere Simmel con la palabra «Problem»: quizá a esa especie de antagonismo consistente en que el ángel pone de manifiesto el ámbito de lo ideal -«separándonos del mundo inferior»-, al tiempo que nos hace también recognoscibles sus valores (N. del T.j.)

Stefan George, poemas escogidos

Poco conocido fuera del ámbito de la cultura germánica, y excesivamente identificado en exclusiva con ella, el perfil poético de Stefan George (1868-1933) cobra paso a paso estos días nuevo interés para los lectores españoles, cada vez más distantes del empacho de los versos clónicos, sometidos a mundos cotidianos, que han predominado en nuestras tierras desde el término de la Segunda Gran Guerra. Cierto es que en momentos de exaltación patriótica, George ha podido y puede ser considerado como gallardete solo de la genuina mentalidad alemana, pero una aproximación moderna y sin filtros a su obra permite observar enseguida que la trascendencia de su trabajo supera las lindes de la cultura germánica para situarse en primera línea de la creación y el espíritu verdaderamente europeos.

Nacido en el verano de 1868 en Budesheim, cerca de Bingen, en una de las encrucijadas con más carga histórica del valle del Rhin, George recorrió en su juventud amplias regiones de Inglaterra, Francia, Italia y España, bebiendo muy pronto en las fuentes literarias de Dante, Shakespeare y Baudelaire, a quienes más tarde tradujo al alemán. Y si bien este europeísmo, fruto del conocimiento, es fácilmente detectable en el conjunto formal de su obra, aún más lo es en el interior de su herencia poética, nutrida del subsconsciente colectivo de la mejor tradición europea, de aquello que, magma indefinible, todavía da vida a buena parte de nuestras concepciones y sentimientos.

La primera impresión profunda que la lectura de George suscita es la de reencontrar en su obra sugerencias o símbolos ya vislumbrados, o al menos presentidos, en trance o en sueños inspirados. Su obra viene en consecuencia a probarnos la existencia de una Memoria de la Naturaleza que revela abstracciones de siglos remotos: todo símbolo creado con la sinceridad de creerlo nuevo acaba por encontrarse, tamizado a través de la individualidad, en algún poema que nunca se había leído.

No puede negarse que la poesía de George se relaciona con presupuestos nietzscheanos, y en verdad también en ella se percibe una expresión lírica de la aspiración a la superación de la especie por la selección de los mejores, mas igualmente hay que aceptar que su severidad, ardor y luminosidad desborda esos presupuestos elitistas para pasar a ser patrimonio, si no de las mayorías mecánicas, sí de una «inmensa minoría» cada vez más extensa. Por otra parte, y desde un análisis meramente crítico, se ha comparado a George con Hölderlin, y se han buscado similitudes entre él y Rilke o Hofmannsthal, aunque quizá la verdadera relación entre todos ellos fue el rechazo del materialismo y un cierto  milenarismo, más o menos encubierto según cada caso. George, quien vivió retirado, trabajando lejos de la industria editorial y de los oropeles literarios,  advirtió con rapidez que no se podía maridar la vocación de poeta con las «crónicas del día» –como hacia Hofmannsthal–, no cayó en la ternura fácil de Höderlin o Rilke, y propugnó el apartamiento de «la amorfía plebeya de los apóstoles de la realidad», al tiempo que se manifestaba «en contra del ruido innoble de la actualidad».

Como poeta se mantuvo al margen de todos los acontecimientos temporales de su época, fue renuente al choque con su presente, y jamás le pareció que el deber y la función del poeta fueran comentar y representar la realidad. Se opuso al naturalismo y creía en la trascendencia del mundo que crea el hombre con ayuda del genio y del espíritu; creía, que los límites del mundo material y de la lógica no son barreras infranqueables, sino apenas fronteras que traspasar. Para él, el poeta puede proporcionar al hombre medios de perfección, no mediante un saber mayor, sino mediante el incremento del poder de asimilación de los elementos eternos de la creación y el culto a la belleza como elevación del alma.

Enemiga de toda forma de realismo, la creación poética de George supuso en el desarrollo de la literatura alemana un paso clave hacia la aprehensión del precedente individualismo esteticista, esterilizado bajo una espiral de devaneos sin sentido trascendente. Espoleado en sus inicios por los ejemplos de Rimbaud, Verlaine y Mallarmé, y luego por los no menos deslumbrantes de Rossetti, Swinburne y D’Annunzio, George se lanzó a una lucha sin cuartel contra el «espíritu» de provecho y progreso material, intentando inocular entre las vanguardias de su tiempo un impulso de belleza y dignidad. Dominado por esa idea, y consciente de que la función del arte no es expresar lo obvio, sino invocar lo indefinible, su mano tendió a la descripción de estados de conciencia, recreando el mundo exterior a modo de proyección del «yo» creador.

Al adoptar estos presupuestos como guía de su obra, George se deslizó hacia la consideración del poeta, del escritor en general, como un vidente, predestinado a ocupar un lugar central en la cultura. La formulación poética de esta idea por George remarcó la mágica fuerza de transformación que contiene la literatura, el carácter revolucionario y subjetivo que el desarrollo sin trabas de ésta puede imprimir en una vanguardia. Esta vieja-nueva premisa, que conlleva la necesidad de una «aristocracia cultural» para dinamizar el crecimiento global de un pueblo, se advertirá con ribetes mesiánicos en casi toda la producción de George.

Decidido a profundizar en ese cauce, George buscó el arquetipo del hombre por excelencia, encarnación de la divinidad, punto de referencia último, medida y equilibrio de su época. El reconocimiento simplista de esta tendencia provocó en su momento, tras la débâck del despropósito hitleriano, la condenación de George ad infinitum por los núcleos social–populistas que han constreñido el crecimiento del arte europeo a partir de la última postguerra. Así, George, tachado de compañero de viaje del III Reich y su pangermanismo, cayó en un olvido premeditado que le ha hecho estar ausente durante largas décadas de casi todas las antologías y manuales al uso en el viejo continente -y, por supuesto, en el nuevo, por razones más pedestres-. Sin embargo, sus detractores, tan elitistas como la corriente que pretenden combatir, obvian a menudo negativamente el hecho de que las concepciones de George se enfrentaron siempre a la ridiculez nazi, y que el poeta, asqueado por el curso de los acontecimientos alemanes, decidió (él, enamorado confeso e irreductible de su patria) exiliarse y ser enterrado en Suiza.

Cierto es que el George más genuino proclamaba su simpatía por una proyección estamental de la sociedad basada en una combinación del espíritu de caudillaje y del espíritu de mesnada, pero también es cierto que de su grupo más íntimo de amigos, el denominado Georgekreis, surgió Claus StaufFenberg, protagonista del atentado contra Hitler acaecido el 20 de julio de 1944. Personalmente, a lo largo del –en ocasiones– tortuoso camino recorrido desde su infancia en la villa natal y vinatera de Budesheim hasta su muerte cerca de Locarno, George, estudiante de Filosofía del Arte en París y Munich, escritor consagrado en Berlín, purista envejecido y exiliado en tierras helvéticas, nunca dejó de propugnar la exaltación del humanismo como forma de pensamiento y norma de actuación. Por ello combatió el carácter plebeyo y brutal del nazismo, y por ello utilizó la poesía como simple –y maravilloso– instrumento de elevación moral. Dejemos, sin embargo, de lado todo esbozo de clasificación «filosófica» de la obra de George. Lo importante es su fuerza literaria, su estilo, que incluso por encima de sus propuestas de marcha hacia lo heroico y lo mítico, hacia un «Nuevo Imperio», hacia altas formas de vida, constituye una inigualable aportación a la cultura universal.

El que con el tiempo logró ser el principal adalid del remozado simbolismo alemán se marcó desde el comienzo de su carrera literaria un único y ambicioso objetivo: dotar de nuevos impulsos a la poética germánica, liberándola de impurezas e irregularidades en el fondo y en la forma. En ese combate por la perfección no estuvo solo; docenas de pensadores y artistas fueron secundando sus pasos, como sus discípulos Wolfskehl, Klages y Wolters. Y entre ellos, en cierta medida y a pesar de las diferencias, uno especialmente valioso: Hugo Von Hofmannsthal (1874-1929). Junto a este visionario agridulce, aliento del mejor barroquismo vienés, George fundó en 1892 la revista Blätter für die Kunst, soporte esencial de la vanguardia literaria en lengua alemana hasta 1919.

Enmarcada por un sentido de lo intemporal, la poesía de George impera sin paliativos sobre su obra en prosa (Tage und Taten), desgranando un esplendor de lenguaje y técnica sobre una genial exposición de sensaciones. La concepción y realización de sus versos, original y poco comparable, se revela magistral desde la primera lectura de cada una de sus líneas. Así, privados de todo impulso no poético gracias a un trabajo singular, sus poemas muestran a la contemplación del lector un hermoso breviario de sentimientos depurados. Demiurgo nato, trasluce los movimientos del espíritu en símbolos emocionales e intelectuales que incitan a la renuncia y al sacrificio, al respeto del poder y la armonía de la Naturaleza, a la revalorización decisiva del pasado. Entremezclando ideas con emociones, George deserta en sus versos de la vulgar vida cotidiana, acaricia una divinidad panteísta, y aboga por un reino solidario, inevitablemente utópico, creciendo a la vera de esta alquimia la fuerza individual y la reverencia metafísica ante el Destino. Y todo ello, sin renunciar nunca a una intuición central y definitoria de su obra, expresada en las últimas líneas de su poema «Das Wort»: So lernt ich traurig den Verzicht: Kein Ding sei wo das Wort gebricht (» Y supe con tristeza de la renuncia: ningún rumor puede reemplazar a la palabra»).

LLAMAS

¿Qué haces tú que con el más alto estrépito
a nosotros, siempre distantes y extraños, nos apagas de un soplo?

Cuando apenas disponemos de un momento frente a la quietud de las llamas
una nueva boca nos empuja a los dientes de fuego.

El incendio ondulante teme a las desnudas barras,
las calientes llamaradas casi se hacen perlas.

Que nuestra fuerza en exuberante vegetación
se derrame sobre el metal y la tierra hacia una rápida muerte…

«Lo que a menudo y desde muy lejos os ha encontrado como aliento,
se nutre de los mismos y secretos elementos
que en vosotras arden» —dice el caballero de las antorchas—
«Y se consume con todas sus luces».

LA ALFOMBRA

Aquí conviven los hombres con los animales,
extraños a la alianza que desborda los límites,
las hoces azules ornan las blancas estrellas
y se dirigen hacia la fría danza.

La desnuda línea avanza asfixiante,
toda ella es confusa e incontrolable,
y nadie adivina el enigma de los cautivos…
Pues cualquier tarde los trabajos cobrarán vida.
La lluvia cae torrencialmente sobre las ramas muertas,
sobre el estrecho espacio de la línea y el círculo
y resbala libre del pincel senil.
El último desenlace le proporciona reflexiones.
Ella no concede nada: no está destinada a la mayoría.
Horas habituales: la promiscuidad no da recompensa.
Negará a la masa la palabra
y solo permitirá lo extraordinario en la imaginación.

ELLORA*

Peregrinos que alcanzáis la cumbre.
Con las ruinas de la inútil carga,
arrojáis las flores y las flautas.
¡Ruinas de consoladoras luces!
El tono y el color os matan,
separándoos de la luz y de la voz
en el umbral de Ellora.

Elevados sobre el pedestal a través de las sombras,
cansados de brillar desde el palacio a la sala,
los mudos ojos cual anillos de rubí
se hacen triste ópalo…
Sordas oraciones sobre la lápida
llaman al silencio y a la obscuridad
en las piedras de Ellora.

Separémonos. Alejémonos de buen grado,
que la locura en nosotros encuentre descanso.
Que callen los latidos de nuestro pecho
y se apague el bullir de nuestra fiebre.

Son duros y pétreos los peldaños del Altar,
frías, marfileñas, las columnas
en los templos de Ellora.

(*) Antigua ciudad del centro de la India, donde se encuentran los restos de 35
templos budistas, brahmánicos y jainas.

LA PALABRA

Un milagro de la lejanía o del sueño
me trajo al abrigo de mi país.

Y esperé hasta que la ris Norna*
encontró el nombre en su manantial.

Después la pude asir densa y fuerte,
ahora florece y resplandece hasta la médula…

Antaño, yo emprendía el viaje
con una joya rica y delicada.

La divinidad buscó largo tiempo y me ordenó:
«No duermas aquí sobre terreno profundo».

Mi mano huyó
y mi patria nunca ganó el»tesoro…

Y supe con tristeza de la renuncia:
ningún rumor puede reemplazar a la palabra.

(*) Diosa escandinava encargada de regir el destino individual.

Las bestias de Marianne Moore

En 1986, John Slatin llegó a escribir: «La crítica se ha pasado 60 años aprendiendo a leer a Eliot y Pound, 30 años leyendo a Williams, 20 años leyendo a Stevens. Ahora le toca el turno a Moore» (Slatin, J.M. The Savage’s Romance: The Poetry of M. Moore, University Parle, Pennsylvania S. U. Park, 1986). Diez años hemos tenido que esperar en España para la difusión -aún tímida- de la obra de esta poetisa norteamericana, que ha llegado a través de una traducción de Lidia Taillefer, y de una tesis doctoral. El fenómeno no solo se refiere a la poesía modernista norteamericana, pues también vio la luz en 1996 una ambiciosa traducción de otro gran olvidado de la crítica de este país: E. E. Cummings (me refiero a la antología poética E. E. Cummings. Búfalo Bill ha muerto, José Casas (trad.), M. A. Sanjuán y A. Figueras (eds.), Hiperión, Madrid, 1996. Es cierto que ya contábamos con la clásica traducción de Alfonso Canales en Visor y otra al catalán, menos conocida, de Isabel Robles y Jaume Pérez. Sin embargo, éstas sabían siempre a poco: no por la poca calidad de los trabajos, sino por su escasa extensión).

Leyendo a Moore, uno experimenta algo que no proporciona gran parte de la poesía actual: el placer de estar ante un nuevo lenguaje, ante una poesía que ha conquistado un espacio propio. Cuando una obra de arte logra esto, poco importa lo que nos diga o lo que nos presente: ya sean reiterados violines o botellas —recuérdese a Picasso— o, como en la poesía de Moore, un nuevo bestiario. Con ellos, uno intuye por sí mismo -sin la ayuda de críticos y estetas— el gran legado del arte moderno a la posteridad: el desvelo de lo simple y cotidiano, el goce de la anécdota, del objeto, de lo vulgar, de la reiteración temática, traducidos todos ellos a esquemas de formalización novedosa.

Pero, ¿cómo explicar la poesía de Moore? Difícil tarea. Para ello, permítame el lector echar mano de una metáfora culinaria. Coja el objetivismo -bien frío- de Louis Zukofsky y William Carlos Williams; aderécelo con una porción de imaginación exótica. A esta mezcla, añádale una pizca de moralismo presbiteriano y ¡voilá!: el extraño plato de estos versos. Empero, aunque mi receta-fórmula sitúe a grandes rasgos la poética de Moore, no logra explicar -como es de esperar- lo exótico de su gusto, el secreto de su gracia.

La característica más acusada de la poesía de Marianne Moore —tal y como señalaron algunos poetas de su generación— es la precisión. El suyo es un arte verbal sujeto siempre a las riendas de una descripción minuciosa de influencias pictóricas o plásticas. De este modo, sus poemas surgen en numerosas ocasiones de la impresión visual dejada por algún objeto, postal o imagen en la mente de la poetisa que, tras el impacto, inicia un proceso poético de evidentes motivaciones gnoseológicas. Se trata, pues, de encontrar un sentido y un orden al caos sensual recibido. Conviene recordar en este punto la pasión que Moore sentía por los zoológicos y museos, pues ayuda a explicar el hecho de que su poesía rezume un afán taxonomista por ir clasificando y describiendo animales y objetos. Moore, sin embargo, no trata de crear un esquema para luego aplicarlo por presión al mundo; más bien permite que los objetos y seres revelen su condición más esencial en una dignidad recobrada.

En cualquier caso, Moore no fue una «objetivista». Para comprobarlo, basta cotejar algunos de los poemas que en esta ocasión presentamos con el archiconocido poemilla de Williams «The Red Wheelbarrow» (traducción de Octavio Paz):

cuánto
depende
de una carretilla
roja
reluciente de
agua de lluvia
junto a blancas
gallinas

En ambos poetas es evidente el gusto por una descripción ajustada. No obstante, en el poema de Williams percibo una satisfacción en presentar la realidad tal cual es, en este caso, la realidad tal y como se nos ofrece a nuestros sentidos. La maravilla reside en lo tangible, en lo que está ahí y en cómo nos interpela, calladamente. De ahí, quizá, la afloración emocional «so much depends» delprincipio, traductora de un impulso vital y gozoso frente a un mundo visto y sentido novedosamente. Según Tony Tanner, esta visión fresca e inocente de la realidad cotidiana es una de las características más notorias de la literatura de los Estados Unidos (The Reign ofWonder, C.U.P., 1965).

Sin perder de vista este poema, me gustaría ahora remitir al lector al poema «To a Jellyfish». Nuestra primera impresión es que las estéticas de ambos poemas -el de Moore y el de Williams— son muy similares, por no decir idénticas. No es del todo así. Si bien la medusa se nos presenta de forma realista —yo diría que casi con frialdad científica— ésta parece contener un misterio final que la autora se resiste a revelarnos. El sentido del poema se nos escapa cuando ya casi creíamos tenerlo atrapado, pues como el propio animal resulta «fluctuante». Lo extraño en esta poesía —y de ahí su valía y originalidad— resulta de recubrir el ámbito visionario -«el poder de lo visible es lo invisible», decía Moore- con una envoltura objetivista. Con ello logra la poetisa que los animales imaginarios y exóticos -aquéllos que harían las delicias de Jorge Luis Borges: el dragón, el unicornio o el basilisco —adquieran consistencia biológica y nos resulten más cercanos y familiares, y que los animales más comunes se contagien de un halo fantástico e inusual. En realidad, todo ello es el fruto, en última instancia, de la extraña confluencia de los dos grandes movimientos estéticos del modernismo poético norteamericano: aquél que resulta del desarrollo del romanticismo, y que tiene en Stevens su máximo baluarte, y aquél otro de naturaleza vanguardista y experimental, cuyos representantes más sonoros son Pound y Williams. El omnipresente Harold Bloom gusta del primero; Hugh Kenner, del segundo.

Pero aún hay más. A esta confluencia viene a añadirse -como ya apunté antes- un fondo moralista de naturaleza presbiteriana con evidentes influencias literarias (recordemos, por ejemplo, que Marianne Moore tradujo las fábulas de La Fontaine). Estos animales poseen belleza, sentido de la disciplina, instinto y capacidad de autoprotección. Frente a ellos se sitúa el hombre, que aparece como un ser incompleto, inconsistente y débil. El concepto presbiteriano de la «caída» y de la imperfección humana impregna estos versos y nos hace ver nuestra incapacidad para conocer la verdad de la naturaleza. Ahora bien, este componente moral queda mitigado por una poética ecléctica que favorece la dispersión y plantea problemas que no llegan a resolverse. Moore construye edificios consistentes de fachadas diáfanas. Apropiándonos de una frase de Marx, podríamos decir que en su poesía «todo lo sólido se diluye».

Marianne Moore nació el 15 de noviembre de 1887 en St Louis (Missouri) y murió en Nueva York el 5 de febrero de 1972. No conoció a su padre. Eso se tradujo en una relación más estrecha con su madre, a la que le solía enseñar sus poemas antes de publicarlos. Su vida se caracterizó por una lucha permanente por hacerse un hueco dentro del modernismo anglosajón masculino de primera línea, el de Ezra Pound, T. S. Eliot o Williams. La poetisa no fracasó y se ganó el respeto de sus escritores coetáneos. Llegó a ser la editora de una de las revistas literarias más influyentes de los Estados Unidos: The Dial Esta publicación fue decisiva en la configuración del modernismo norteamericano y se caracterizó por una clara vocación internacional y vanguardista. Esta inclinación se refleja en la nómina de sus colaboradores, entre los que se encuentran, por ejemplo, nuestros compatriotas Pablo Picasso y Ortega y Gasset.

A continuación, cedo la palabra a Marianne Moore. Hemos escogido cuatro poemas no traducidos por Lidia Taillefer, que ofrecen una buena muestra de su bestiario. Repare el lector en la disposición tipográfica de los versos y en su función icónica: la altura de la jirafa, la curvatura del camaleón o el movimiento fluctuante de la medusa. A esa disposición hemos querido ser fieles.

(Traducción: Nines Gámiz y Antonio Ruiz Sánchez)
(Ilustraciones: Raphaél de Villers)

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