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Patrimonio histórico

Códice de Madrid
Polifonistes de Barcelona y Grupo de Música Alfonso X el Sabio
Director: Luis Lozano Virumbrales
SONY CLASSICAL. Serie Hispánica.
SK 60074. DDD

Cantigas de Alfonso X el Sabio. Caballeros
Grupo de Música Antigua
Eduardo Paniagua
SONY CLASSICAL. Serie Hispánica.
SK 60080. DDD

Estas dos grabaciones con música del siglo XIII presentan las dos caras de lo que fue la creación musical de la España de la Edad Media, esto es, la música religiosa cultivada en el templo, y la música de inspiración cristiana compuesta en el ambiente cortesano. No hay que olvidar que en los años del reinado de Alfonso el Sabio (1221-1284), se vivía en plena Reconquista, y los valores religiosos eran su bandera. El rey Alfonso X poseía una profunda devoción mariana y, siendo Santa María el eje de su amplísima colección de cantigas, éstas presentan tanto en lo musical como en lo literario una mayor libertad creativa, que les estaba entonces vedada a las obras artísticas dedicadas específicamente al culto.

El Códice de Madrid, fechado alrededor de 1260, es el primer manuscrito hispano conocido que incorpora los innovadores procedimientos compositivos nacidos en la Escuela de Notre Dame: el inicio de la polifonía o escritura a varias voces y una notación sistemática del ritmo musical. Éste es el principal motivo de su gran interés histórico-musical. En él aparecen conductus, organum y motetes, algunos escritos para tres y cuatro voces, lo cual no es habitual en la época. La grabación ha sido estructurada en forma de Misa con los fragmentos escogidos del Códice, e intercala monodia y polifonía.

El grupo Alfonso X el Sabio, que dirige Luis Lozano, lleva muchos años dedicado al estudio y divulgación del canto gregoriano y de la monodia medieval. Tanto sus integrantes como los Polifonistes de Barcelona llevan a cabo una interpretación impecable y, sin duda, de referencia para el futuro. El estudio musicológico de los manuscritos, reflejado en los comentarios del libreto que acompaña la grabación, y su interpretación sonora, contribuyen de forma muy importante a ensanchar el conocimiento de la rica historia musical española. A ello ha contribuido la Fundación Caja de Madrid, que he impulsado con su patrocinio la difusión de esta obra.

Al mismo tiempo que se glosaba el Evangelio en latín en las recién construidas catedrales góticas, en los salones del rey Alfonso X, y probablemente también en las plazas de las ciudades, se cantaban en galaico-portugués los milagros de Santa María y las valerosas hazañas de los caballeros. Muchas de esas piezas, aún poco divulgadas, se han grabado por vez primera en esta amplia colección que va a ser la Integral de las Cantigas de Alfonso x el Sabio. Los seis discos anteriores -Cantigas de Toledo, de Castilla y León, Remedios Curativos, La Vida de María, Cantigas de Sevilla y Cantigas de Jerez- ofrecen distintas recopilaciones. Para este nuevo CD, Eduardo Paniagua ha escogido aquéllas que relatan historias relacionadas con el mundo de los caballeros. El amor, los celos, el honor y la venganza son los temas caballerescos recurrentes, con la presencia protagonista de Santa María que les aconseja, les convierte en la fe o les salva de los peligros.

Por su contenido, estas Cantigas presentan algunas particularidades. En algunos casos son narraciones más extensas y necesitan una mayor intervención instrumental para mantener la tensión musical; en otros aparecen varios personajes, lo que favorece una versión dramatizada, alternando partes corales con otras a solo, o interviniendo varias voces solistas. La instrumentación es de una gran variedad, pues llegan a utilizarse hasta treinta y ocho instrumentos distintos, entre ellos, además de los medievales tradicionales, algunos de origen árabe. Todo ello confiere a esta grabación una riqueza tímbrica extraordinaria.

Esta selección, además de la belleza de su interpretación, sin duda tiene el atractivo del tema escogido, aún más sugerente gracias a los textos y comentarios del libreto que acompaña a la grabación, y a las reproducciones de algunas de las más bellas miniaturas que aparecen en los códices de las Cantigas.

Ambos discos constituyen una importante contribución a la divulgación de nuestro patrimonio musical. Ése era el objetivo emprendido por Sony al iniciar su Serie Hispánica.

Un mundo más armonioso

El pasado verano tuvo lugar en París el encuentro del Papa Juan Pablo II con los jóvenes de todo el mundo, para clausurar las Jomadas Mundiales de la Juventud. Fue un acto multitudinario con la asistencia de cerca de un millón de jóvenes -entre ellos, 100.000 españoles-, que se centró en una misa al aire libre en torno al Papa. La música tuvo una gran importancia en aquella ceremonia, cuyo responsable fue el director coreano Myung-Whun Chung, al frente de la Orquesta y Coro de la Academia de Santa Cecilia de Roma. El tenor Andrea Bocelli actuó como solista invitado.

En aquella ocasión pudieron escucharse obras religiosas de distintas épocas, desde el precioso Gloria de Vivaldi y el Aleluya de El Mesías de Händel, hasta el Sanctus del Requiem de Verdi y otras obras sinfónico-corales de Rossini y Liszt. Este mismo programa ha sido grabado en disco con el título de Un Himno para el Mundo, completándose con otras piezas de música sacra —entre ellas, Panis Angelicus de César Franck, Agnus Dei de Bizet, O Sacrum Convivium, de Oliver Messiaen o Exultate Jubilate, de Mozart, con la participación de Cecilia Bartoli-.

La acertada selección de las distintas partituras y su cuidada interpretación hacen atractivo este nuevo disco para un gran público y, muy especialmente, para aquellos que deseen conservar un buen recuerdo de aquel acto.

El disco se rubrica con la bendición papal, que sirve de colofón a un gran homenaje musical a Juan Pablo II «por su servicio a la Humanidad» y -según Myung Whun Chung- «a todos los compositores que han hecho de este mundo un lugar más bello y armonioso gracias a su servicio a la música».

Un ensayo de filosofía del arte, Stefan George

La autonomía que tiene frente a los artistas de su tiempo el que ya está disfrutando del arte, rara vez va más allá de la insatisfacción respecto a alguna obra determinada, a una personalidad artística concreta, o quizá también frente al saber de toda la generación; pero no es insatisfacción porque todos los problemas de esos artistas sean desmedrados o falsos: lo habitual, más bien, es tolerar ese conjunto de problemas en el arte con el que respectivamente se conviva. Si no se sucumbiera a la sugestión que ejerce el arte presente, ya hace tiempo que nos habría resultado insoportable la tiranía que el motivo erótico ejerce en la lírica. Así como la esencia del alma consiste en ser unidad de lo múltiple —mientras que lo corporal está desterrado a una irremediable dispersión—, del mismo modo no hay ninguna forma artística tan apropiada como la lírica -gracias a su abarcable estrechez— para hacer eficaz y perceptible tales fuerza y misterio del alma. Sin embargo, en favor del motivo erótico ha sido simple y llanamente descuidada la totalidad de sus contenidos, en cada uno de los cuales el alma podría manifestar su más profundo ser a través de la forma lírica. Ello se debe en su mayor parte al influjo de Goethe, si bien solo del mismo modo en que Miguel Ángel es responsable de la génesis del Barroco. El inconmensurable sentido artístico de Goethe hacía cobrar carácter artístico a cualquier manifestación que brotase inmediatamente de un impulso; él podía «cantar como canta el pájaro», y su sentido artístico poseía, frente a todo lo individualizado y subjetivo, aquella distancia cuya ausencia constituye el obstáculo del arte erótico. Vista desde la excitación propia del sentido amoroso, es claro que aun el peor conato de hacer versos da la sensación de distanciamiento: de ahí la sensación de redención y liberación que en ella experimenta el diletante. Desde la perspectiva del arte, sin embargo, la práctica totalidad de la lírica del siglo XIX -con la luminosa excepción de Hölderlin- está animada por el hálito de la vida instintiva naturalista. Aun cuando no se quiera rechazar con excesivo rigor tales excitaciones, el hecho de que el tiempo presente suela servirse de una forma artística que de suyo daría cabida a toda la vida interior, tan solo cuando con ello genera atracciones que tienen su origen fuera del arte, es algo que delata su pobreza.

Quizá sea éste el punto desde el que con mayor claridad se puede trazar la línea en la que se inscribe la esencia artística de Stefan George. El proceso orgánico o —mejor— supraorgánico de todo arte, en el cual éste hace que los temas de la vida crezcan por encima de ella misma, debe ser especialmente perceptible en la altura en la que, por encima de la inmediatez de aquellos impulsos, se sitúa el poeta y nos coloca a nosotros, cima desde la que tales contenidos se transforman en su objeto; y, según esto, también es perceptible en la pasión y ternura con las que George reviste la imagen de los valores de la vida diferentes del amor. Pues ése será el momento en el que el artista revelará su auténtica fuerza y capacidad de profundización, mientras que en todas las expresiones eróticas se contiene algo fortuito: no se sabe, por así decirlo, cuánto en la obra ha de adscribirse a la unidad y profundidad del verdadero yo, y cuánto a esa excitación que se experimenta como algo periférico, perteneciente en su mitad al mundo exterior. Aproxidamente hasta el año 1895, desarrolla la lírica de George de un modo peculiar los elementos de ésta hasta estos altísimos niveles. Su arte se caracteriza desde un comienzo por el empeño de ser experimentado exclusivamente como arte. Mientras que en los demás casos la finalidad última del lírico suele ser el contenido del sentimiento o de la imaginación (y ahí la forma artística sirve como medio para representarlos y avivarlos), en George se ha producido el cambio fundamental: que, a la inversa, todo contenido es un simple medio para configurar valores puramente estéticos. Desde luego, este giro ha conducido a muchos al simple formalismo: a buscar la perfección artística en la melodiosa corrección de rima y ritmo. Cualquier auténtica obra de arte puede enseñarnos que la escisión en forma y contenido solo sirve al análisis intelectual, mientras que la obra misma se alza más allá de tal contraposición. La fruición estética -que no coincide ni con el sentimiento provocado por la confrontación con el contenido de la obra ni con la alegría por la armonía meramente externa de la forma- está ligada a la unidad respecto de la cual estas sensaciones individuales no son sino medios. Cuanto más fuerte es la lógica interna de la obra de arte, tanto más se revela esta unidad interior en el hecho de que cualquier nimia modificación de eso que se da en llamar forma implique automáticamente una modificación del todo —por tanto también de eso que se da en llamar contenido-, y al revés. En modo alguno puede expresarse el mismo pensamiento o el mismo sentimiento de dos maneras diferentes. Adjudicar un mismo contenido a las variadas modalizaciones de la expresión es algo que solo puede hacer la superficial abstracción, que, en lugar del contenido real, individual y exactamente delimitado, instala el concepto general del mismo, lo que ya casi sin excepciones se ha transformado en una costumbre. Por supuesto que se puede expresar el amor de muy diversas formas; pero el amor que representa la Trilogía de la Pasión es representable precisamente solo de esa manera, y perdería cualquiera de sus matices si se sustituyera cualquier palabra de tal representación. Esta unidad de la obra de arte, que no es comparable con ninguna otra cosa, se eleva sobre la dualidad de forma y contenido del mismo modo que la emoción específicamente estética lo hace sobre los sentimientos primarios que pueden anudarse a tales elementos de la obra de arte. Los primeros poemas de George que se conocen delataban ya esta intención exclusivamente estética: aparte de ella no pretendían transmitir nada más (simples sentimientos o pensamientos), ni tampoco deleitar por medio del suave juego de la perfección formalista; y en estas dos abismales novedades se apreciaba inmediatamente su diferencia con la lírica estándar. Ahora bien: precisamente la temática erótica es la que en estos tempranos poemas le hace aún recaer aquí y allí en el modo antiguo de componer, por grande que sean la ternura y pureza artística que aquéllos muestran.

El primer cambio de rumbo completo se produce en El año del alma (1897). El contenido de esta obra se reduce, casi de manera exclusiva, a la relación entre un hombre y una mujer. Pero ya ha encontrado George el distanciamiento frente a tal relación, el cual no le proporciona otro encanto, otra concomitante excitación que la que corresponde al objeto de una obra de arte como tal objeto. La materia prima del sentimiento es refundida tanto como sea necesario para que ya no ponga, a causa de su ser-para sí, ningún obstáculo más a la configuración estética. Todo arte se caracteriza por un rasgo de resignación frente a la existencia viva de su objeto, renuncia a paladear la realidad de esa existencia para —eso sí- extraer de su contenido (de lo que en él hay de cualitativo) más de lo que éste realmente posee. En la medida en que esa renuncia y esta abundancia se diferencian entre sí —una se convierte en la condición de la otra-, generan el atractivo del comportamiento estético hacia las cosas. Aquí ha tocado la resignación el fundamento mismo del sentimiento: todas las vicisitudes del amor y las profundizaciones en él de que está lleno este libro se hallan marcadas por la resignación, tienen ya desde su raíz el color de ésta. Y no es resignación en el sentido de un mero no-tener y no-querer, sino similar a la que es estéticamente valiosa: es la contraprestación y la condición de que efectivamente se extraigan de la relación con el hombre —de nuestra propia percepción— el sentido y el contenido últimos, más profundos y destilados del hombre. Y así, el motivo erótico, que por lo demás solo está acoplado con el artístico como por azar o externamente, ha entrado con todo su propio ser en la configuración formal de éste; y lo que a nosotros nos parecía ser el secreto enemigo del estado estético, es decir, el atractivo autónomo que ejerce la materia, ha sido unificado con aquél y puesto a su servicio. La forma de la resignación, que es la única desde la cual puede lograrse sentir inmediatamente la gestación del arte, genera desde dentro la distancia que la forma artística posteriormente, y como desde fuera, añade al sentimiento; y genera esa distancia precisamente como una determinación del contenido del sentimiento mismo.

Lo que aquí expresa el símbolo espacial de la distancia puede apreciarse mejor gracias a una conexión temporal. El contenido de lo que denominamos nuestro presente nunca se corresponde en realidad con su estricto concepto. A pesar de que, según éste, el presente solo es la línea divisoria entre pasado y futuro, tratamos de hallar un asidero en su fantástico devenir construyendo su imagen por medio de un trozo del pasado y otro del futuro. A esta equivocidad lógica del presente se contrapone, sin embargo, un sentimiento completamente unívoco del mismo. Ciertas construcciones de la imaginación aparecen acompañadas de un sentimiento que solo podemos expresar de esta manera: esta construcción está presente. Eso no es todavía lo mismo que decir que esa construcción es real; lo que sucede, más bien, es que el áurea de lo presente, el especial poder interior que ejerce, puede acompañar cosas muy diversas en cuya realidad no pensamos en absoluto; y muchas cosas pueden ser reales, pero, sin embargo, faltarles el valor afectivo de lo presente. Ahora bien, esta presencialidad de la vivencia está relacionada de muy diversas maneras con el poema lírico. Ello se percibe de modo extraordinariamente intenso en los poemas de juventud de Goethe. El estado afectivo que describen es presente, su presencia se halla inmediatamente recluida en esta forma, en la que se ha vertido aquél con todo su calor originario. En el Goethe maduro, la presencialidad de la vivencia poética ha desaparecido; el destino interior parece haberse cumplido ya cuando el arte se apodera de él. Pero no como si fuera un material acabado al que se añadiera el arte, sino que también en este segundo Goethe coincide desde un principio el carácter de la forma artística con el de su materia, vivenciado en el sentimiento. Pero el momento en el que ese material es sentido carece ya del tono de la presencia, de su completa apertura en el ahora. El motivo de este cambio reside en que las vivencias que él tenía en edad avanzada estaban lastradas con todo el pasado, y así, cada momento que él experimentaba no era ya meramente éste, sino que comprendía innumerables eventos anteriores, iguales o contrapuestos. De ahí que incluso poemas que brotan de un estado afectivo tan inmediato, como sucede con la Trilogía de la Pasión, tomen un cariz tan sentencioso; ello explica también que el contenido del momento se expanda a algo que trasciende el momento y posee validez general, e igualmente que establezca relaciones con todo lo que constituye el contenido de la vida.

También George se mantiene en el más allá del presente; solo que en él no es —a diferencia de Goethe- la opresiva riqueza del pasado, sino un rasgo configurador de la obra de arte que procede de su interior lo que, desplazando al presente de su propio sitio, lo atrae hacia sí y se superpone a él. Es como si la sensación, el sentimiento, la imagen se vivenciaran solo en su contenido puro, sin referencia a un momento temporal. La cualidad específica de ese ser-experimentado que llamamos presencialidad de su contenido tiene siempre algo de casual. Precisamente ahora se encuentra éste desvelado por poderes del destino que, sin embargo, se encuentran fuera de él mismo; es como si no debiera su vitalidad a su propio contenido, sino a una afortunada o desafortunada coincidencia de cadenas de acontecimientos interiores y exteriores. Y así, sentimos frecuentemente ante la lírica profunda y provocadora de hondas sensaciones, que los acentos y valores que, en su calidad de momentáneas excitaciones, le son propios, se incorporan a cada uno de sus contenidos como consecuencia de enconamientos y complicaciones del diferente destino que sufre el sentimiento. Como el destello de una luz que casualmente flamea incide este ocultamiento de la presencialidad sobre lo que en la obra de arte realmente se da a entender y se siente; la claridad y el calor que ello supone pertenecen a las imágenes e ideas propiamente artísticas más por una especie de fortuna externa que por una propia e interna necesidad. En George, en cambio -aunque no solo en él—, parece que esa situación añadida en que se encuentra el sentimiento, la entera experimentación de la existencia que acontece de la mano de cada uno de los elementos, palabras y pensamientos del poema, brota de éstos mismos en vez de advenirles por medio del favor y lo excelso del momento. Es ésta una diferencia que, desde luego, es puramente cualitativa e interior, una diferencia entre las impresiones, para las que la diversidad de orígenes solo puede ser una expresión simbólica. Y así, puede ser que no tengamos otra palabra para designar la impresión que el mundo nos hace, que decir que ha salido del espíritu y voluntad de un dios, pero de esta manera no podemos dar razón de su génesis histórica, sino solo narrar, con la ayuda de una traslación simbólica del ser al devenir, la substancia cualitativa del mundo real: del que efectivamente ha llegado a ser.

Lo que yo entiendo al decir que la esencia de la lírica de George está apartada de la mera presencialidad, es algo concorde con el comportamiento ordinario de nuestra alma, y que quizá se pone especialmente de manifiesto en el terreno del conocimiento. Tan pronto como queremos hacernos entender mediante conceptos, presuponemos que cada uno de ellos tiene un contenido fijo y delimitado, que, por supuesto, no representamos realmente en cada momento: más bien es esta concreta manifestación la que revolotea a más o menos distancia de tal contenido. Como la realidad contrasta con el ideal, así se contrapone siempre también la representación a ese contenido objetivo del concepto; y aunque éste solo se representa, lo que con él queremos transmitir se halla, sin embargo, situado por encima del carácter fortuito propio de la consciência momentánea, y es tan independiente de ella como el contenido y la validez de la ley estatal son independientes de que las personas sujetas a ella la cumplan perfecta o defectuosamente. Tal dualidad ha de existir de igual modo entre los significados lógicos de las imágenes que se forman en el alma como entre los significados de los sentimientos que éstas suscitan. Nosotros notamos —aunque no podamos explicárnoslo de una manera abstracta— que tanto a las palabras como a las cosas, a las frases como a los destinos, les corresponde un cierto sentimiento, una resonancia interna, una respuesta del alma entera; éste es, por así decir, su contenido de subjetividad, esto es lo que pueden exigir, lo que son, cuando se pronuncian de la forma adecuada en el lenguaje de la interioridad. Pero más allá de este persistente significado del sentir que se corresponde con la vida interior de esas configuraciones, se mueve el caos de todos los sentimientos casuales, personales y reales, solo más o menos emparentados con los que corresponden a las cosas según la ley de las relaciones que guardan con nosotros. En George parece que todo arte hace resonar, en mayor o menor medida, precisamente esas emociones internas que, como por una interna necesidad y a modo de determinaciones inmediatamente unidas a su esencia, son propias de sus palabras y colores, de sus pensamientos y formas, de sus movimientos e ideas. Desde luego, se trata aquí solo del enlazamiento existente entre acontecimientos subjetivos e interiores y situaciones exteriores, sensibles; solo que el hecho de que aquéllas se enlacen con éstas se experimenta como una necesidad objetiva que, concretamente, es inherente a la hechura (Beschaffenheií) del objeto dado. Éste es quizá el sentido del significado atemporal que otorgamos a las obras de arte. Y es que la atemporalidad y eternidad de las leyes de la naturaleza significa que la eficacia de determinadas condiciones es objetivamente necesaria, con absoluta independencia del momento en el que concurren y de si, y con qué frecuencia, concurren; la atemporalidad de una idea supone que su significado lógico o ético esté albergado en su interior, lo reproduzcamos o no en nuestro interior; pero si queremos pensar esta idea —ahora o dentro de mil años— éste es el único significado que ella puede tener; y así, el arte nos convence de que a cada uno de sus elementos le corresponden determinadas conmociones subjetivas -dimanantes de la propia estructura de tales elementos— a las que, quizá no siempre de manera certera, llamamos sentimientos. Puede ser que las reproduzcamos anímicamente en nosotros de manera perfecta o imperfecta; hoy, mañana o nunca: pero si queremos experimentar estas expresiones, imágenes y formas del modo que les corresponde, solo podemos hacerlo por medio de estos, y no otros, procesos sentimentales.

Hacer que estos valores interiores de todos los elementos del poema lírico sean los únicos que imperen; hacernos sentir la perentoriedad de la reacción física que, como un cuerpo astral, rodea a cada palabra, a cada pensamiento, a cada alegoría, esto es lo que ha logrado George« de la manera más perfecta en su última publicación (La alfombra de la vida y las Canciones del sueño y de la muerte, que cuenta con preludio). El «preludio», que a mí se me antoja la cumbre de todas sus obras anteriores1, cuenta en 24 poemas cómo la vida más elevada, es decir, la pertenencia cada vez mayor a los poderes ideales, nos redime de la nebulosa realidad. Bajo la forma del «ángel» que lo acompaña a través de toda la existencia, se le aparece la forma genérica de nuestras más sublimes potencialidades, que bien pudieran ser llamadas, por el poeta su musa, por el investigador la verdad y por el hombre activo el ideal práctico; esto es para cada uno la última instancia, cuya unidad significa para nosotros tanto la sobreabundancia de la felicidad como lo inexorable de las obligaciones más dolorosas; última instancia que nos separa de este mundo inferior al tiempo que también hace recognoscibles sus valores, creados para nosotros, sublimándolos en sí misma; y que, asimismo, por el precio de hacernos responsables solo ante ella y ante nosotros mismos, nos aparta de las exigencias y de los placeres de una vida más ramplona. El ángel es el sentido que alberga la vida en sí misma y, al mismo tiempo, la norma que la rige. Después de Goethe, no conozco ninguna poesía en la que algo tan completamente genérico e imposible de fijar mediante determinación individual alguna como es un ángel se hubiese expresado tan gráficamente de manera artística, ni en la que lo intangible se hubiese vuelto tan perceptible. La enorme importancia de su problema2 no iría pareja con el atractivo sensible de su forma, si cada palabra y cada uno de los restantes elementos no transmitiera ese significado que solo a él corresponde y que se percibe como necesario, si la obra de arte no se entretejiera a partir de estos significados interiores, refractarios a todo enriquecimiento o detracción exteriores. Estos versos extraen una incomparable gravedad e importancia de la rigidez con que cada palabra deja hablar únicamente al sentido exacto de su interioridad, excluyendo así todo lo lúdico y veleidoso que está adherido a la contingencia de su subjetiva y persistente resonancia. Ningún análisis puede determinar qué particularidad de la estructura, de la acústica psíquica, del flujo entre contenido lógico y construcción del verso le permite lograrlo. Pero es como si las palabras y los pensamientos, las rimas y los ritmos campearan aquí por su propio derecho, como si las conmociones interiores que se producen en nosotros pertenecieran a su propia esencia, como su correlato objetivo. Y así se logra esa síntesis, según la cual lo absolutamente general y abstracto es, empero, completamente sensible y estéticamente eficaz: nosotros percibimos lo subjetivo que acaece en nosotros como algo objetivamente necesario y perteneciente a la obra misma. Y así, el hecho de que en los poemas del ángel el lúdico encanto producido por la armonía de sonidos (que no por ello es caprichosa, como tampoco es pueril lo infantil) transmita una profundidad del contenido de la vida que, en realidad, está por encima de toda forma, es posible porque todas las emociones y vibraciones de los sentimientos subjetivos, momentáneos y concomitantes, poseen el valor en plenitud, la —por así decirlo— cualidad añadida de lo objetivamente fundamentado, y tienen el marchamo de una regularidad que impera sobre el sujeto; y esto, claramente, es solo otra manifestación de que, de entre los elementos de la obra de arte, únicamente le está permitido resonar en el alma a aquel sentido que pertenece al más propio e interior ser de tal obra, a su significado atemporal, que se eleva por encima del hecho efímero de ser o no experimentado.

Esto debe estar relacionado con otra particularidad más de la lírica de George, muy propia de la última etapa de su obra. Ese genio artístico perfecto que no da cabida a tono personal alguno, y en el que la voluntad de alcanzar la obra de arte objetiva se ha convertido en único señor, se une aquí, sin embargo, con un rasgo que quiero llamar intimidad. Se siente que un alma revela su vida más secreta como se hace una confidencia al amigo de mayor confianza. Esto se corresponde con exactitud con la más alta función del arte figurativo: en la medida en que éste se atiene a las leyes formales e ideales de la pura claridad; en cuanto que configura la presencia visible de lo humano en conformidad con normas, equilibrios y excitaciones que, en realidad, pertenecen solo a la autosuficiencia de la espacial y colorista presencia, escenifica también lo anímico que está detrás de esa presencia, es decir, del carácter y de la espiritualidad, de lo eternamente invisible; y lo hace bajo la condición, verdaderamente metafísica, de que el grado de perfección de la representación hecha en uno de los ámbitos (midiéndose tal grado de acuerdo con sus propias condiciones inmanentes) traiga consigo el mismo grado de perfección en el otro ámbito, que no está menos cerrado en sí mismo. Exactamente con la misma intensidad se ciñe a ambas legislaciones —tan independientes una de la otra y a menudo tan divergentes— aquella manifestación artística que, desde el prisma de cualquiera de las dos, resulte ser la más lograda: su realización de acuerdo con el patrón de la otra es para ésta un regalo del cielo. Pero resulta que estos poemas, obedientes sin reservas a las normas de la objetiva perfección estética, muestran el atractivo y la profundidad de la más personal intimidad, aspectos ambos que pertenecen a un orden completamente distinto de aquél, más puramente artístico y formal; por ello, puede quizá determinarse en este terreno con más exactitud el punto de unión de esos dos ámbitos tan independientes entre sí.

Considero que el primer requisito de toda contemplación auténticamente artística es que tenga por objeto a la obra de arte en cuanto cosmos completamente independiente, asentado sobre sí mismo, con total desprendimiento de su creador y de todos los sentimientos, interpretaciones y referencias que sean propias de aquélla por relación a éste. La intención y la situación de ánimo a partir de las cuales ha sido creada la obra carecen ya de relación con lo creado, excepto en la medida en que se hayan convertido en cualidades objetivas suyas; son esenciales a la obra porque son percibidas como algo inherente a ella, no porque procedan del artista. La comprensión genética, historico-psicológica de la obra, sobrepasa los límites de ésta, dentro de los cuales se halla comprendida la contemplación puramente artística, que se consagra solo a la obra de arte. Pero así como la proyección de una creación sobre su concreto autor real ha de estar simple y llanamente desterrada de aquélla, falta aún por saber si, con todo, dicha contemplación no encierra directamente en sí misma el concepto de una personalidad sobre la que descansa la obra. En mi opinión, concebir una obra de arte como manifestación de un espíritu dotado de cualidades determinadas, es una condición de la comprensión que se tenga de una obra de arte y del influjo que ejerce sobre nosotros; de ahí procede la interrelación de sus partes, que es la que hace que aparezca ante nosotros como una unidad: por ese medio sentimos que tenemos derecho a que la obra nos impulse a ciertas reacciones interiores que no provoca una mera combinación de causas naturales externas. Pero esa personalidad que la obra trasluce de modo tan eficaz como inconsciente no es la del autor real del que se conoce poco más que la obra en cuestión, sino una personalidad ideal que no es otra cosa que la representación de un alma que ha producido precisamente esta obra. Así como la pluralidad de impresiones exteriores que concurren en nuestra conciencia es condensada por nosotros en la unidad del objeto, en una substancia que las irradia y cuya unidad constituye el objeto de esa forma que es nuestra alma, así también la pluralidad de los sonidos y colores, de las palabras y pensamientos presentes en una obra de arte son puestos en interrelación por el alma, que es, asimismo, las que los penetra y mantiene unidos; sentimos que dimanan de ella y que también ella constituye el soporte de la unidad en que devienen. Percibir la obra de arte sub specie animae es una de las categorías que explican que la obra de arte sea lo que para nosotros es, de modo similar a aquél por el que la naturaleza «se hace» en la medida en que la contemplamos bajo las categorías de causa y efecto. Al igual que la causalidad no es algo dotado de propia consistencia y situado detrás de las manifestaciones, sino solo la ley inmanente y aglutinadora de éstas, así tampoco se encuentra la personalidad creadora fuera de la obra de arte que se proyecta sobre aquélla, sino que es una condición de la concepción que de la misma nos hagamos, una función de la obra artística, exclusivamente nacida de ésta. A diferencia de la interpretación que se realiza sirviéndose de la personalidad histórica del creador, no se trata aquí de remontarse a una realidad que para el ámbito puramente estético siempre será algo ajeno, un ilegítimo intruso, sino que la personalidad habita aquí mismo, en la esfera de lo ideal: es la forma en cuyo seno se aprecia con la razón la interrelación existente entre los datos estéticos singulares. Si, por ejemplo, una obra de Miguel Ángel transmite la impresión de lo trágico, posiblemente se encierre también en esa sensación el recuerdo de la personalidad de Miguel Ángel: de ese alma que aspira a lo infinito, atribulada por todo el lastre de la realidad exterior e interior, llena de anhelo de reconciliación consigo misma y con su Dios pero, sin embargo, pertinaz en su angustioso dualismo: un alma que valora el propio ser y hacer solo según el ideal de la absoluta perfección, al tiempo que tiene plena consciência de ser solo un comienzo, un fragmento, una materia prima solo parcialmente modelada. Todo esto está expresado y simbolizado en sus esculturas, de las cuales prácticamente ninguna está completamente acabada, y en las que la tensión entre el afecto más apasionado y la posibilidad física de expresarlo ha llegado a su cénit; cada una de ellas aparece como un momento de la lucha entre una perfección interior —»latente», podría decirse— y su falta de terminación: una imposibilidad de acabarlas que viene impuesta desde fuera. Pero si lo dado solo alcanza para nosotros tal sentido a través de ese elemento personal, el ámbito de lo estético ha sido consiguientemente abandonado, la comprensión de la obra de arte ya no parte de ella misma, sino que es trascendente a ella. Por mucho que ambas cosas puedan parecer no completamente disociables, debemos separar cuidadosamente de lo anterior el hecho de que, aunque nada sepamos de su autor, la obra, de suyo, nos parezca trágica, como sin duda sucede en el caso de Miguel Ángel. Pero esto es posible gracias a un especial rasgo anímico que nos permite percibir las formas sensibles que se presentan como dimanantes de aquél: como su fuente y soporte. Para ello se precisa disponer de ese genérico e instintivo saber acerca de las representaciones y expresiones de la interioridad sin el que la vida social y el arte no son posibles, y que se diferencia completamente del conocimiento histórico de una personalidad. No se trata del hombre real, individual, sino del genérico, si bien con las modificaciones que resultan señaladas por el contenido objetivo de la obra de arte: algo así como el modo en que entendemos cualquier frase del lenguaje por el procedimiento de dejar resonar en nosotros la modulación psíquica que por regla general y por lógica lo acompaña, sin que tengamos que retroceder al especial —y quizá completamente distinto- estado de ánimo del que realmente brotó en un caso concreto. Por eso no puede considerarse como erróneo círculo vicioso el que a partir de una obra hagamos aflorar un alma creadora, y que al tiempo interpretemos esa obra a partir de tal alma. Y es que, efectivamente, nuestras reservas de psicología instintiva enriquecen la obra que se nos presenta, confiriéndole así sentido y vida; solo que esto no es algo accidental, histórico, procedente de otro orden de cosas, sino algo necesario: la cristalización de la ley interior de la concreta manifestación artística. Si se tratara de un círculo vicoso, éste no sería menos inevitable que el hecho de que extraigamos de una cadena de impresiones sensibles su conexión causal para entonces comprender tales impresiones y su consecutividad, precisamente por medio de esta causalidad.

Y así resulta finalmente claro por qué los poemas de George, que, mucho más allá de la subjetividad, están sujetos a las puras normas del arte, parezcan tan íntimos, parezcan ser tan prístina revelación de vida personalísima y de la última profundidad del alma. Ambos aspectos son unidos por esa personalidad supraindividual que, como cristalización de la obra de arte, es experimentada en ella como su centro y soporte. El alma ideal, cuya relación con la obra de arte podemos expresar solo de manera muy imperfecta diciendo, con una metáfora espacial, que está a un mismo tiempo dentro y detrás de aquélla, posee aquí precisamente la cualidad de lo íntimo; la ley interior de la obra, que se nos representa como una especie de alma aglutinadora que todo lo penetra es aquí revelación de la vida interior, prosecución de los afectos fundamentales en la manifestación estética. Pero como las cualidades de la obra no nos remiten por vía de sentimientos a personalidad concreta y singular alguna, sino solo a la que objetiva e interiormente les es propia, que es tanto la irradiación como la condición de ella misma, por tal motivo, esta intimidad se diferencia radicalmente de la que produce el efecto de indiscreción sobre sí misma y de indecoroso desvelamiento. Esto puede apreciarse, por ejemplo, en los hondamente profundos y, en su género, muy hermosos poemas de Paul Heyse sobre la muerte de su hijo (que están recogidos en los Versos desde Italia). Aquí resuena aún del modo más naturalista el dolor real, se siente la entera personalidad individual a la que en la realidad, en un orden de cosas que está situado por completo fuera de la obra de arte, ha afectado este sufrimiento. Por eso se engendra ahí una amalgama inorgánica –embarazosa desde el punto de vista estético- de dos órdenes completamente heterogéneos: de la realidad, con cada uno de sus contingentes y concretos individuos, y del arte, en el que solo tienen validez los significados objetivos de las cosas, que, por tanto, son atemporales y están desvinculados de sus soportes históricos. George, manteniéndose estrictamente dentro de tales significados, puede, sin embargo, expresar conmociones personalísimas porque logra que éstas solo se experimenten en relación con esa imagen de una personalidad cuyo a priori y unidad interior son las palabras y pensamientos del poema: por así decirlo, el auténtico significado de la realidad individual, pero extraído de ésta y vestido del modo de ser de la desnuda idealidad. Sin embargo, en la medida en que el arte se transforma así en recipiente de los supremos valores de la personalidad, cualquier persona que disfrute el arte puede ahora reaccionar con sensaciones subjetivas ante obras de arte objetivas en el sentido expuesto, como si su espíritu se hubiese transfigurado: y aunque estos poemas nos hacen sentir la personalidad que solo es el centro neurálgico de la obra de arte pero no la individualidad real, aquélla otorga, sin embargo, al agradecimiento por lo recibido, la gracia de pasar de la admiración al amor. (Traducción: Javier Ortega)

NOTAS
1 · Con esta afirmación no estoy haciendo una crítica general de la poesía de George. Aquí solo me importa lo que de ésta constituye la ejemplificación de ciertos pensamientos de filosofía del arte, por lo que no entro a enjuiciar si, con ello, la obra queda o no calificada por completo, tanto cuantitativa como cualitativamente.
2 · No es claro a qué se refiere Simmel con la palabra «Problem»: quizá a esa especie de antagonismo consistente en que el ángel pone de manifiesto el ámbito de lo ideal -«separándonos del mundo inferior»-, al tiempo que nos hace también recognoscibles sus valores (N. del T.j.)

Stefan George, poemas escogidos

Poco conocido fuera del ámbito de la cultura germánica, y excesivamente identificado en exclusiva con ella, el perfil poético de Stefan George (1868-1933) cobra paso a paso estos días nuevo interés para los lectores españoles, cada vez más distantes del empacho de los versos clónicos, sometidos a mundos cotidianos, que han predominado en nuestras tierras desde el término de la Segunda Gran Guerra. Cierto es que en momentos de exaltación patriótica, George ha podido y puede ser considerado como gallardete solo de la genuina mentalidad alemana, pero una aproximación moderna y sin filtros a su obra permite observar enseguida que la trascendencia de su trabajo supera las lindes de la cultura germánica para situarse en primera línea de la creación y el espíritu verdaderamente europeos.

Nacido en el verano de 1868 en Budesheim, cerca de Bingen, en una de las encrucijadas con más carga histórica del valle del Rhin, George recorrió en su juventud amplias regiones de Inglaterra, Francia, Italia y España, bebiendo muy pronto en las fuentes literarias de Dante, Shakespeare y Baudelaire, a quienes más tarde tradujo al alemán. Y si bien este europeísmo, fruto del conocimiento, es fácilmente detectable en el conjunto formal de su obra, aún más lo es en el interior de su herencia poética, nutrida del subsconsciente colectivo de la mejor tradición europea, de aquello que, magma indefinible, todavía da vida a buena parte de nuestras concepciones y sentimientos.

La primera impresión profunda que la lectura de George suscita es la de reencontrar en su obra sugerencias o símbolos ya vislumbrados, o al menos presentidos, en trance o en sueños inspirados. Su obra viene en consecuencia a probarnos la existencia de una Memoria de la Naturaleza que revela abstracciones de siglos remotos: todo símbolo creado con la sinceridad de creerlo nuevo acaba por encontrarse, tamizado a través de la individualidad, en algún poema que nunca se había leído.

No puede negarse que la poesía de George se relaciona con presupuestos nietzscheanos, y en verdad también en ella se percibe una expresión lírica de la aspiración a la superación de la especie por la selección de los mejores, mas igualmente hay que aceptar que su severidad, ardor y luminosidad desborda esos presupuestos elitistas para pasar a ser patrimonio, si no de las mayorías mecánicas, sí de una «inmensa minoría» cada vez más extensa. Por otra parte, y desde un análisis meramente crítico, se ha comparado a George con Hölderlin, y se han buscado similitudes entre él y Rilke o Hofmannsthal, aunque quizá la verdadera relación entre todos ellos fue el rechazo del materialismo y un cierto  milenarismo, más o menos encubierto según cada caso. George, quien vivió retirado, trabajando lejos de la industria editorial y de los oropeles literarios,  advirtió con rapidez que no se podía maridar la vocación de poeta con las «crónicas del día» –como hacia Hofmannsthal–, no cayó en la ternura fácil de Höderlin o Rilke, y propugnó el apartamiento de «la amorfía plebeya de los apóstoles de la realidad», al tiempo que se manifestaba «en contra del ruido innoble de la actualidad».

Como poeta se mantuvo al margen de todos los acontecimientos temporales de su época, fue renuente al choque con su presente, y jamás le pareció que el deber y la función del poeta fueran comentar y representar la realidad. Se opuso al naturalismo y creía en la trascendencia del mundo que crea el hombre con ayuda del genio y del espíritu; creía, que los límites del mundo material y de la lógica no son barreras infranqueables, sino apenas fronteras que traspasar. Para él, el poeta puede proporcionar al hombre medios de perfección, no mediante un saber mayor, sino mediante el incremento del poder de asimilación de los elementos eternos de la creación y el culto a la belleza como elevación del alma.

Enemiga de toda forma de realismo, la creación poética de George supuso en el desarrollo de la literatura alemana un paso clave hacia la aprehensión del precedente individualismo esteticista, esterilizado bajo una espiral de devaneos sin sentido trascendente. Espoleado en sus inicios por los ejemplos de Rimbaud, Verlaine y Mallarmé, y luego por los no menos deslumbrantes de Rossetti, Swinburne y D’Annunzio, George se lanzó a una lucha sin cuartel contra el «espíritu» de provecho y progreso material, intentando inocular entre las vanguardias de su tiempo un impulso de belleza y dignidad. Dominado por esa idea, y consciente de que la función del arte no es expresar lo obvio, sino invocar lo indefinible, su mano tendió a la descripción de estados de conciencia, recreando el mundo exterior a modo de proyección del «yo» creador.

Al adoptar estos presupuestos como guía de su obra, George se deslizó hacia la consideración del poeta, del escritor en general, como un vidente, predestinado a ocupar un lugar central en la cultura. La formulación poética de esta idea por George remarcó la mágica fuerza de transformación que contiene la literatura, el carácter revolucionario y subjetivo que el desarrollo sin trabas de ésta puede imprimir en una vanguardia. Esta vieja-nueva premisa, que conlleva la necesidad de una «aristocracia cultural» para dinamizar el crecimiento global de un pueblo, se advertirá con ribetes mesiánicos en casi toda la producción de George.

Decidido a profundizar en ese cauce, George buscó el arquetipo del hombre por excelencia, encarnación de la divinidad, punto de referencia último, medida y equilibrio de su época. El reconocimiento simplista de esta tendencia provocó en su momento, tras la débâck del despropósito hitleriano, la condenación de George ad infinitum por los núcleos social–populistas que han constreñido el crecimiento del arte europeo a partir de la última postguerra. Así, George, tachado de compañero de viaje del III Reich y su pangermanismo, cayó en un olvido premeditado que le ha hecho estar ausente durante largas décadas de casi todas las antologías y manuales al uso en el viejo continente -y, por supuesto, en el nuevo, por razones más pedestres-. Sin embargo, sus detractores, tan elitistas como la corriente que pretenden combatir, obvian a menudo negativamente el hecho de que las concepciones de George se enfrentaron siempre a la ridiculez nazi, y que el poeta, asqueado por el curso de los acontecimientos alemanes, decidió (él, enamorado confeso e irreductible de su patria) exiliarse y ser enterrado en Suiza.

Cierto es que el George más genuino proclamaba su simpatía por una proyección estamental de la sociedad basada en una combinación del espíritu de caudillaje y del espíritu de mesnada, pero también es cierto que de su grupo más íntimo de amigos, el denominado Georgekreis, surgió Claus StaufFenberg, protagonista del atentado contra Hitler acaecido el 20 de julio de 1944. Personalmente, a lo largo del –en ocasiones– tortuoso camino recorrido desde su infancia en la villa natal y vinatera de Budesheim hasta su muerte cerca de Locarno, George, estudiante de Filosofía del Arte en París y Munich, escritor consagrado en Berlín, purista envejecido y exiliado en tierras helvéticas, nunca dejó de propugnar la exaltación del humanismo como forma de pensamiento y norma de actuación. Por ello combatió el carácter plebeyo y brutal del nazismo, y por ello utilizó la poesía como simple –y maravilloso– instrumento de elevación moral. Dejemos, sin embargo, de lado todo esbozo de clasificación «filosófica» de la obra de George. Lo importante es su fuerza literaria, su estilo, que incluso por encima de sus propuestas de marcha hacia lo heroico y lo mítico, hacia un «Nuevo Imperio», hacia altas formas de vida, constituye una inigualable aportación a la cultura universal.

El que con el tiempo logró ser el principal adalid del remozado simbolismo alemán se marcó desde el comienzo de su carrera literaria un único y ambicioso objetivo: dotar de nuevos impulsos a la poética germánica, liberándola de impurezas e irregularidades en el fondo y en la forma. En ese combate por la perfección no estuvo solo; docenas de pensadores y artistas fueron secundando sus pasos, como sus discípulos Wolfskehl, Klages y Wolters. Y entre ellos, en cierta medida y a pesar de las diferencias, uno especialmente valioso: Hugo Von Hofmannsthal (1874-1929). Junto a este visionario agridulce, aliento del mejor barroquismo vienés, George fundó en 1892 la revista Blätter für die Kunst, soporte esencial de la vanguardia literaria en lengua alemana hasta 1919.

Enmarcada por un sentido de lo intemporal, la poesía de George impera sin paliativos sobre su obra en prosa (Tage und Taten), desgranando un esplendor de lenguaje y técnica sobre una genial exposición de sensaciones. La concepción y realización de sus versos, original y poco comparable, se revela magistral desde la primera lectura de cada una de sus líneas. Así, privados de todo impulso no poético gracias a un trabajo singular, sus poemas muestran a la contemplación del lector un hermoso breviario de sentimientos depurados. Demiurgo nato, trasluce los movimientos del espíritu en símbolos emocionales e intelectuales que incitan a la renuncia y al sacrificio, al respeto del poder y la armonía de la Naturaleza, a la revalorización decisiva del pasado. Entremezclando ideas con emociones, George deserta en sus versos de la vulgar vida cotidiana, acaricia una divinidad panteísta, y aboga por un reino solidario, inevitablemente utópico, creciendo a la vera de esta alquimia la fuerza individual y la reverencia metafísica ante el Destino. Y todo ello, sin renunciar nunca a una intuición central y definitoria de su obra, expresada en las últimas líneas de su poema «Das Wort»: So lernt ich traurig den Verzicht: Kein Ding sei wo das Wort gebricht (» Y supe con tristeza de la renuncia: ningún rumor puede reemplazar a la palabra»).

LLAMAS

¿Qué haces tú que con el más alto estrépito
a nosotros, siempre distantes y extraños, nos apagas de un soplo?

Cuando apenas disponemos de un momento frente a la quietud de las llamas
una nueva boca nos empuja a los dientes de fuego.

El incendio ondulante teme a las desnudas barras,
las calientes llamaradas casi se hacen perlas.

Que nuestra fuerza en exuberante vegetación
se derrame sobre el metal y la tierra hacia una rápida muerte…

«Lo que a menudo y desde muy lejos os ha encontrado como aliento,
se nutre de los mismos y secretos elementos
que en vosotras arden» —dice el caballero de las antorchas—
«Y se consume con todas sus luces».

LA ALFOMBRA

Aquí conviven los hombres con los animales,
extraños a la alianza que desborda los límites,
las hoces azules ornan las blancas estrellas
y se dirigen hacia la fría danza.

La desnuda línea avanza asfixiante,
toda ella es confusa e incontrolable,
y nadie adivina el enigma de los cautivos…
Pues cualquier tarde los trabajos cobrarán vida.
La lluvia cae torrencialmente sobre las ramas muertas,
sobre el estrecho espacio de la línea y el círculo
y resbala libre del pincel senil.
El último desenlace le proporciona reflexiones.
Ella no concede nada: no está destinada a la mayoría.
Horas habituales: la promiscuidad no da recompensa.
Negará a la masa la palabra
y solo permitirá lo extraordinario en la imaginación.

ELLORA*

Peregrinos que alcanzáis la cumbre.
Con las ruinas de la inútil carga,
arrojáis las flores y las flautas.
¡Ruinas de consoladoras luces!
El tono y el color os matan,
separándoos de la luz y de la voz
en el umbral de Ellora.

Elevados sobre el pedestal a través de las sombras,
cansados de brillar desde el palacio a la sala,
los mudos ojos cual anillos de rubí
se hacen triste ópalo…
Sordas oraciones sobre la lápida
llaman al silencio y a la obscuridad
en las piedras de Ellora.

Separémonos. Alejémonos de buen grado,
que la locura en nosotros encuentre descanso.
Que callen los latidos de nuestro pecho
y se apague el bullir de nuestra fiebre.

Son duros y pétreos los peldaños del Altar,
frías, marfileñas, las columnas
en los templos de Ellora.

(*) Antigua ciudad del centro de la India, donde se encuentran los restos de 35
templos budistas, brahmánicos y jainas.

LA PALABRA

Un milagro de la lejanía o del sueño
me trajo al abrigo de mi país.

Y esperé hasta que la ris Norna*
encontró el nombre en su manantial.

Después la pude asir densa y fuerte,
ahora florece y resplandece hasta la médula…

Antaño, yo emprendía el viaje
con una joya rica y delicada.

La divinidad buscó largo tiempo y me ordenó:
«No duermas aquí sobre terreno profundo».

Mi mano huyó
y mi patria nunca ganó el»tesoro…

Y supe con tristeza de la renuncia:
ningún rumor puede reemplazar a la palabra.

(*) Diosa escandinava encargada de regir el destino individual.

Las bestias de Marianne Moore

En 1986, John Slatin llegó a escribir: «La crítica se ha pasado 60 años aprendiendo a leer a Eliot y Pound, 30 años leyendo a Williams, 20 años leyendo a Stevens. Ahora le toca el turno a Moore» (Slatin, J.M. The Savage’s Romance: The Poetry of M. Moore, University Parle, Pennsylvania S. U. Park, 1986). Diez años hemos tenido que esperar en España para la difusión -aún tímida- de la obra de esta poetisa norteamericana, que ha llegado a través de una traducción de Lidia Taillefer, y de una tesis doctoral. El fenómeno no solo se refiere a la poesía modernista norteamericana, pues también vio la luz en 1996 una ambiciosa traducción de otro gran olvidado de la crítica de este país: E. E. Cummings (me refiero a la antología poética E. E. Cummings. Búfalo Bill ha muerto, José Casas (trad.), M. A. Sanjuán y A. Figueras (eds.), Hiperión, Madrid, 1996. Es cierto que ya contábamos con la clásica traducción de Alfonso Canales en Visor y otra al catalán, menos conocida, de Isabel Robles y Jaume Pérez. Sin embargo, éstas sabían siempre a poco: no por la poca calidad de los trabajos, sino por su escasa extensión).

Leyendo a Moore, uno experimenta algo que no proporciona gran parte de la poesía actual: el placer de estar ante un nuevo lenguaje, ante una poesía que ha conquistado un espacio propio. Cuando una obra de arte logra esto, poco importa lo que nos diga o lo que nos presente: ya sean reiterados violines o botellas —recuérdese a Picasso— o, como en la poesía de Moore, un nuevo bestiario. Con ellos, uno intuye por sí mismo -sin la ayuda de críticos y estetas— el gran legado del arte moderno a la posteridad: el desvelo de lo simple y cotidiano, el goce de la anécdota, del objeto, de lo vulgar, de la reiteración temática, traducidos todos ellos a esquemas de formalización novedosa.

Pero, ¿cómo explicar la poesía de Moore? Difícil tarea. Para ello, permítame el lector echar mano de una metáfora culinaria. Coja el objetivismo -bien frío- de Louis Zukofsky y William Carlos Williams; aderécelo con una porción de imaginación exótica. A esta mezcla, añádale una pizca de moralismo presbiteriano y ¡voilá!: el extraño plato de estos versos. Empero, aunque mi receta-fórmula sitúe a grandes rasgos la poética de Moore, no logra explicar -como es de esperar- lo exótico de su gusto, el secreto de su gracia.

La característica más acusada de la poesía de Marianne Moore —tal y como señalaron algunos poetas de su generación— es la precisión. El suyo es un arte verbal sujeto siempre a las riendas de una descripción minuciosa de influencias pictóricas o plásticas. De este modo, sus poemas surgen en numerosas ocasiones de la impresión visual dejada por algún objeto, postal o imagen en la mente de la poetisa que, tras el impacto, inicia un proceso poético de evidentes motivaciones gnoseológicas. Se trata, pues, de encontrar un sentido y un orden al caos sensual recibido. Conviene recordar en este punto la pasión que Moore sentía por los zoológicos y museos, pues ayuda a explicar el hecho de que su poesía rezume un afán taxonomista por ir clasificando y describiendo animales y objetos. Moore, sin embargo, no trata de crear un esquema para luego aplicarlo por presión al mundo; más bien permite que los objetos y seres revelen su condición más esencial en una dignidad recobrada.

En cualquier caso, Moore no fue una «objetivista». Para comprobarlo, basta cotejar algunos de los poemas que en esta ocasión presentamos con el archiconocido poemilla de Williams «The Red Wheelbarrow» (traducción de Octavio Paz):

cuánto
depende
de una carretilla
roja
reluciente de
agua de lluvia
junto a blancas
gallinas

En ambos poetas es evidente el gusto por una descripción ajustada. No obstante, en el poema de Williams percibo una satisfacción en presentar la realidad tal cual es, en este caso, la realidad tal y como se nos ofrece a nuestros sentidos. La maravilla reside en lo tangible, en lo que está ahí y en cómo nos interpela, calladamente. De ahí, quizá, la afloración emocional «so much depends» delprincipio, traductora de un impulso vital y gozoso frente a un mundo visto y sentido novedosamente. Según Tony Tanner, esta visión fresca e inocente de la realidad cotidiana es una de las características más notorias de la literatura de los Estados Unidos (The Reign ofWonder, C.U.P., 1965).

Sin perder de vista este poema, me gustaría ahora remitir al lector al poema «To a Jellyfish». Nuestra primera impresión es que las estéticas de ambos poemas -el de Moore y el de Williams— son muy similares, por no decir idénticas. No es del todo así. Si bien la medusa se nos presenta de forma realista —yo diría que casi con frialdad científica— ésta parece contener un misterio final que la autora se resiste a revelarnos. El sentido del poema se nos escapa cuando ya casi creíamos tenerlo atrapado, pues como el propio animal resulta «fluctuante». Lo extraño en esta poesía —y de ahí su valía y originalidad— resulta de recubrir el ámbito visionario -«el poder de lo visible es lo invisible», decía Moore- con una envoltura objetivista. Con ello logra la poetisa que los animales imaginarios y exóticos -aquéllos que harían las delicias de Jorge Luis Borges: el dragón, el unicornio o el basilisco —adquieran consistencia biológica y nos resulten más cercanos y familiares, y que los animales más comunes se contagien de un halo fantástico e inusual. En realidad, todo ello es el fruto, en última instancia, de la extraña confluencia de los dos grandes movimientos estéticos del modernismo poético norteamericano: aquél que resulta del desarrollo del romanticismo, y que tiene en Stevens su máximo baluarte, y aquél otro de naturaleza vanguardista y experimental, cuyos representantes más sonoros son Pound y Williams. El omnipresente Harold Bloom gusta del primero; Hugh Kenner, del segundo.

Pero aún hay más. A esta confluencia viene a añadirse -como ya apunté antes- un fondo moralista de naturaleza presbiteriana con evidentes influencias literarias (recordemos, por ejemplo, que Marianne Moore tradujo las fábulas de La Fontaine). Estos animales poseen belleza, sentido de la disciplina, instinto y capacidad de autoprotección. Frente a ellos se sitúa el hombre, que aparece como un ser incompleto, inconsistente y débil. El concepto presbiteriano de la «caída» y de la imperfección humana impregna estos versos y nos hace ver nuestra incapacidad para conocer la verdad de la naturaleza. Ahora bien, este componente moral queda mitigado por una poética ecléctica que favorece la dispersión y plantea problemas que no llegan a resolverse. Moore construye edificios consistentes de fachadas diáfanas. Apropiándonos de una frase de Marx, podríamos decir que en su poesía «todo lo sólido se diluye».

Marianne Moore nació el 15 de noviembre de 1887 en St Louis (Missouri) y murió en Nueva York el 5 de febrero de 1972. No conoció a su padre. Eso se tradujo en una relación más estrecha con su madre, a la que le solía enseñar sus poemas antes de publicarlos. Su vida se caracterizó por una lucha permanente por hacerse un hueco dentro del modernismo anglosajón masculino de primera línea, el de Ezra Pound, T. S. Eliot o Williams. La poetisa no fracasó y se ganó el respeto de sus escritores coetáneos. Llegó a ser la editora de una de las revistas literarias más influyentes de los Estados Unidos: The Dial Esta publicación fue decisiva en la configuración del modernismo norteamericano y se caracterizó por una clara vocación internacional y vanguardista. Esta inclinación se refleja en la nómina de sus colaboradores, entre los que se encuentran, por ejemplo, nuestros compatriotas Pablo Picasso y Ortega y Gasset.

A continuación, cedo la palabra a Marianne Moore. Hemos escogido cuatro poemas no traducidos por Lidia Taillefer, que ofrecen una buena muestra de su bestiario. Repare el lector en la disposición tipográfica de los versos y en su función icónica: la altura de la jirafa, la curvatura del camaleón o el movimiento fluctuante de la medusa. A esa disposición hemos querido ser fieles.

(Traducción: Nines Gámiz y Antonio Ruiz Sánchez)
(Ilustraciones: Raphaél de Villers)

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La magnanimidad de Francesc Cambó

Me atrevería a afirmar que soy un entusiasta «camboniano», y que lo sería igual -quizá con menos pudor-, si no tuviese que disculpar mi condición de nieto cada vez que hablo de él con admiración. ¿Qué hay en Cambó que resulte tan sugerente y atractivo para un individuo nacido casi tres lustros después de su muerte? No es fácil responder brevemente a esta pregunta, pero me atrevería a decirlo en una sola palabra: su magnanimidad.

En los días que rodearon al aniversario de su fallecimiento, se escribió y se habló bastante sobre Cambó. Como acertadamente comentaba el diario AVUI, «cincuenta años después de la muerte de Francesc Cambó se multiplican las biografías, los perfiles, la hagiografía y el veneno». Es cierto, así está siendo, y entiendo que es bueno que la proyección histórica de su figura se normalice. No soy yo quién para señalar dónde está el veneno del que habla AVUI, entre los más de cincuenta artículos y notas de prensa publicados en esos días; pero, en cualquier caso, creo que ni los historiadores ni la familia hemos de temer la controversia: ¡bienvenida sea!

La leyenda -escribió Francisco Cambó en sus sugerentes y documentadas Memorias- me ha atribuido siempre cosas extraordinarias y me ha hecho o mejor o peor de lo que soy. Sobre todo me atribuía, en todos los casos, carácter excepcional: cuando he sido rico, lo he sido de una manera extraordinaria; el más rico del país. He tenido el máximo talento, la máxima habilidad, la máxima bondad… o la máxima maldad. Se me han atribuido gran número de aventuras amorosas. He sido un santo, o más que un santo para unos… el mismo diablo para otros. Catalanista insobornable… o traidor a Cataluña. Hombre todo corazón y todo generosidad… o sin corazón y egoísta: si daba algo era porque me resultaba de interés (…).

Insisto, por lo tanto: bienvenida sea la reflexión de unos y otros sobre este personaje que – a pesar del esforzado empeño de no pocos, a lo largo de los años, en borrarle de la historia- se mantiene asombrosamente actual y despierta, medio siglo después de su muerte, no poco interés.

Pero volvamos al hilo conductor de estas breves reflexiones. Decía que lo que más me ha atraído de Cambó es su magnanimidad. ¿Por sus donaciones de obras de arte, o por las instituciones culturales que promovió? No, la grandeza de ánimo de Cambó va, desde mi punto de vista, mucho más allá que esos hechos -sin duda relevantes- encuadrables en un momento histórico determinado. La magnanimidad de Cambó, que a mí me entusiasmó hace muchos años, está presente en muchas facetas de su vida, que voy a intentar poner de manifiesto –sin pretender ser ordenado, ni exhaustivo- en estas páginas.

Antes de nada, quizá sea necesario recordar brevemente que Cambó, nacido en el Ampurdán en 1876, inició su actividad política a los 19 años; fue concejal a los 24 y diputado a los 29 años, siempre por el partido catalanista de inspiración conservadora denominado la Lliga Regionalista, del que, desde 1917, resultó ser el líder indiscutible. Fue Ministro de Fomento y de Hacienda en sendos gobiernos Maura –años 1918 y 1921, respectivamente-.

A partir de la proclamación de la dictadura de Primo de Rivera, Cambó -que abandonó toda actividad política durante ese período- centró sus energías en la promoción de actividades culturales de muy diversa índole, esencialmente orientadas a defender su lengua materna, duramente castigada por las disposiciones del Gobierno. En palabras del Profesor Caries Riba, eminente helenista, Cambó buscó «influir en la lengua catalana por medio de los valores de la cultura clásica. Es decir, hacer aquello que en otros pueblos se llevó a cabo durante el Renacimiento». Promovió la edición de una esmerada versión catalana de las Sagradas Escrituras para la que creó la Fundació Bíblica Catalana, y siguió muy de cerca la traducción de la Biblia al catalán por parte de un excepcional equipo de expertos. En los años veinte, aparecieron los primeros volúmenes, y la edición -14 volúmenes- se completó en los años sucesivos. Años después, la Fundació Bíblica Catalana mejoró la versión de algunos de los libros y la editó en un solo volumen. Cambó, asimismo, colaboró con los monjes de la Abadía de Montserrat en la edición catalana de la llamada Biblia de Montserrat. Se interesó también por los clásicos griegos y latinos; la Fundació Bernat Metge fue promovida por Cambó en esos mismos años para la traducción de las principales obras de los clásicos al catalán, al cuidado de un grupo de filólogos de prestigio nacional y, en no pocos casos, internacional. Promovió la publicación, en fin, de unos excepcionales volúmenes sobre las diversas facetas del arte monumental en Cataluña -Monumento Cataloniae-. Es también en esa época cuando Cambó inicia su colección de cuadros, concebida para proporcionar a Cataluña pintura del Renacimiento, donde era escasa, y para salvar algunas de las lagunas del Museo del Prado, sobre todo de pintura italiana del Trecento y del Quattrocento.

Nuevamente diputado en la segunda legislatura de la República, el inicio de la Guerra Civil le encontró fuera de España. A pesar de sus profundos convencimientos democráticos -que no dejó de poner de manifiesto en artículos e intervenciones públicas, hasta días antes del alzamiento-, una vez iniciada la guerra decidió coordinar -desde varios países- diversos esfuerzos en favor de los militares sublevados. Su Dietario y abundante correspondencia de la época ayudan a entender la difícil decisión que tomó en aquellos momentos. En diciembre del 36, escribía en el Daily Telegraph: «El razonamiento apresurado y superficial, ciego a la existencia de los hechos objetivos, y la propaganda -más astuta que sincera-, han inducido a muchas personas que tienen la suerte de vivir en las democracias británica y escandinava, a adoptar -respecto de la guerra civil española- una actitud radicalmente opuesta a sus convicciones más íntimas». «Imaginan que la guerra de España es entre un gobierno legalmente elegido y una parte del ejército español que, reviviendo el vergonzoso período de los pronunciamientos militares, se ha rebelado (…) para satisfacer indignas ambiciones de clase y sed de poder». Tras una larga y detallada exposición que podría calificarse de clarividente, dado que solo habían transcurrido seis meses desde el alzamiento militar, y en la que se deja ver el papel que estaba desempeñando el marxismo internacional en la guerra española, termina preguntándose: «¿Acaso algún inglés o alguien que pertenezca a nuestra civilización cristiana occidental e individualista, podría llegar a dudar ante la perspectiva de estas dos alternativas?». A comienzos de los años cuarenta se traslada a Argentina; murió en Buenos Aires en 1947.

Después de este paréntesis, volvamos al asunto que me ocupaba: la magnanimidad de Cambó. Yo la descubro, por ejemplo, en no haber hecho nunca discriminación ideológica a la hora de seleccionar las personas que tenían que ser cabeza y motor de las instituciones culturales que él promovía. Como afirmaba el profesor Rovira y Virgili -que dejó la Lliga para entrar en otro partido, y desarrolló tendencias políticas manifiestamente contrarias a las de Cambó-, en un artículo necrológico publicado desde el exilio: «Los catalanes del mundo de la cultura que han contado con el mecenazgo de Cambó han podido mantener plenamente la dignidad profesional y la independencia política».

Veo también la magnanimidad de Cambó en su visión de largo alcance -parece que nunca piensa en pequeño-, tal como se deduce de sus escritos y del conjunto de su acción política. «No he intervenido nunca en política por afán de poder ni por ansia de notoriedad, sino por fiebre de creación, por deseo de eficacia». En el libro El pesimismo español -escrito en el año 12, cuando España todavía estaba bajo los efectos de la resaca del 98-, afirma que «la masa del pueblo español es fatalmente, tristemente pesimista. Y ese pesimismo… es interior, es subjetivo, es general… Los optimistas deberíamos tener razón, porque en España concurren todos los factores precisos para que esos optimismos se realicen… Yo hablo -continúa diciendo- de un optimismo activo, que tiene por base el propio esfuerzo…». El mismo espíritu se desprende de su discurso en Covadonga ante los Reyes, al hablar de la necesidad de «una nueva reconquista, no luchando contra los moros sino contra los defectos y vicios nacionales».

La magnanimidad de Cambó, siempre opuesto a la política del tot o res (o todo, o nada), aparece en toda su grandeza en el libro Por la concordia, elaborado en el año 23 -al inicio de la Dictadura-, y publicado en octubre del 27. «Yo había llegado -dice en el prefacio, refiriéndose a 1923- al convencimiento de que las resistencias y las prevende Madrid y las inquietudes e impaciencias de Barcelona, hacían ineficaz mi acción de muchos años encaminada a buscar una solución española, de efusiva concordia, al problema de Cataluña». De todos modos, se arma de valor y, presintiendo el final de la Dictadura, vuelve a la arena con la publicación de este libro, en el que, tras analizar la realidad catalana y la realidad hispánica, la política asimilista y la solución separatista, termina en dos capítulos; uno llama a la acción de los intelectuales para hacer posible la concordia, y otro razona sobre las ventajas de una verdadera conciliación. Son palabras que salen de lo más profundo de su corazón, palabras que no tienen nada de demagogia –la despreciaba-, y que van dirigidas a la intelectualidad, consciente de la responsabilidad insustituible que tienen en la ordenada construcción de España: «Me dirijo a los españoles no catalanes capaces de ver la realidad tanto si les es agradable como si les es molesta; a los que no sienten el deseo de que desaparezca el hecho diferencial catalán y a los que, sintiendo ese deseo, comprenden que es una labor imposible, un esfuerzo ineficaz todo lo que se haga para que ese deseo negativo se convierta en realidad. A éstos yo les digo que un deber de patriotismo les obliga a hacer armónicamente compatibles la realidad definitiva de una personalidad catalana con el ideal de una gran España, sentida por todos con igual efusión.

Hablo a los catalanes que subordinan la pasión a la reflexión y cuya visión del interés esencial de Cataluña tiene más fuerza que el recuerdo de los ultrajes y las heridas pasadas o presentes. A todos les digo que tienen el deber, cuando la posibilidad su hija de colaborar en una tentativa para encontrar una solución española del problema catalán».

La magnanimidad de Cambó aparece asimismo en la determinación con la que promovió tantas y tantas iniciativas, sin esperar recompensa alguna; le movía siempre el sentido del deber. Como recordó recientemente Jordi Pujol, cuando Cambó actuaba como mecenas estaba actuando como estadista, construyendo un país. De todos modos, no dejaba de ser humano, y esa combinación da lugar a una página de su Dietario, fechada en 1937, deliciosa y dramática al mismo tiempo. Se refiere a que le han ofrecido varios cuadros; ha manifestado interés, pero ha pedido 24 horas para tomar la decisión: «En este caso, la resolución era doblemente importante: lo era por la cifra, que dada la merma que había sufrido mi fortuna, me parecía enorme; lo era todavía más pensando en el juicio que se formaría de mí en España -que se estaba debatiendo en los sufrimientos de la guerra civil- si yo compraba unas obras de arte en las que la gente solo vería el dispendio de una fuerte suma y la adquisición de unas obras para darme placer. Nadie querría ver el hecho de que aquellas obras tenían que ir a parar a un museo en España y que habría sido obra altamente patriótica hacer inversiones para enriquecer, después, el patrimonio artístico de España. He de confesar que más que el precio, me decidió la cobardía ante el comentario injusto, pero seguro, que en España se habría hecho caso de seguir yo adelante en la adquisición proyectada. ¡Y pensar que por esta consideración ha perdido el Museo del Prado tres cuadros franceses de primerísima categoría del siglo XVIII, cuando no tiene ninguno que se les pueda comparar!».

Es cierto que afirmó: «Reconozco que mi repugnancia por la popularidad de orden personal se ha ido acentuando con los años, y he llegado a sentir el placer morboso de la impopularidad», pero no hay que pensar que eso le diese una fría indiferencia ante la vida; no, Cambó nunca fue así. Si Cambó no buscaba el agradecimiento ni la popularidad, era por su grandeza de ánimo.

Allá por el año 43, desde Alta Gracia (Argentina), y quizá con el Morí Cambó! que tan duramente había resonado por las calles de Barcelona en su memoria; después de haber visto el estado deplorable en el que habían quedado algunas de las obras de arte que había comprado para donar a museos españoles; viendo día a día la dureza del régimen de Franco con amigos y colaboradores suyos, a pesar de sus esfuerzos en favor de aquella causa durante la guerra, escribía en una carta a su hija Helena, a la sazón de 13 años, con exquisita delicadeza: «Desearía que no sufrieses por haberte encontrado por primera vez con la ingratitud; piensa que la encontrarás frecuentemente. Lo importante es que el pecado de la ingratitud tú no lo cometas nunca: es un pecado muy feo. El hecho de que sea un pecado muy corriente no solo no ha de debilitar tu deseo de hacer el bien a los demás, sino que lo ha de acrecentar. ¿No crees que el hacer el bien cuando no se espera ningún premio en este mundo, ni siquiera el agradecimiento, es algo mucho más noble? Debes hacer el bien por el gozo que da hacerlo y no por la retribución que en este mundo puedas obtener: ¡encontrarás tu paga en la otra vida!».

Termino ya. Magnanimidad, corazón grande, hombre capaz de tener y contagiar grandes ideales. Ese es el Cambó al que yo admiro desde hace tantos años.

Entrevista a Ramón Gaya: «Es en pintura donde mas catastrofes se han dado».

El día que fui a ver a Ramón Gaya, Premio Nacional de Artes Plásticas 1997, hacía poco más de un mes que había cumplido ochenta y siete años. Todos esos años son, y esto muy pocas veces se puede decir de otros creadores, los transcurridos en el tiempo de una vida que ha sido, que es hoy mismo todavía, el testimonio de la fidelidad, como dice el título de uno de sus espléndidos sonetos dedicado a Luis Cernuda, a una verdad. Una fe y una verdad, las que vienen a nuestro encuentro desde la obra y la vida de Ramón Gaya, que a base de una hondura irreductible y sin apenas parangón en nuestro entorno artístico, ponen en jaque de continuo a las ideas más comunes, a las actitudes y a los tópicos sobre los que hace ya demasiado tiempo se levanta ese prestigioso edificio que llamamos arte moderno. Y lo más importante es que esa honestidad suya el derecho al rechazo y a la contestación de Ramón Gaya proviene precisamente del sacrificio de esa vida entera en la que no ha cesado de predicar con el ejemplo no es de ahora, cuando, quiéranlo o no lo quieran los aferrados a las retóricas vanguardistas, hace tiempo que cayó el polvo y la ceniza sobre los postulados de la modernidad a ultranza, sino de fechas en las que poner en duda aquellas teorías y aquellas prácticas, y hacerlo en beneficio de una particular comprensión de la tradición de la pintura, era poco menos que un anatema.
Pero así fue. En una Murcia que él mismo ha evocado prodigiosamente en sus escritos, y en la que Juan Guerrero Ruiz, el cónsul general de la poesía, editaba la revista Verso y Prosa, donde el propio Gaya velaría sus primeras armas literarias, el naciente y jovencísimo pintor de diecisiete años pretendía, como sus amigos Flores y Garay, imprimir sensibilidad y finura a una especie de cubismo conocido por las revistas y muy poco formalista. En 1928 viajó a París y la decepción que le produjeron in situ las obras de la vanguardia le abrió el camino hacia un regreso a la tradición de la pintura que poco a poco se fue afianzando en un proyecto de vida, llevado a cabo con inusitadas radicalidad y honradez. Durante los años de la República, Ramón Gaya colaboró en los museos de Misiones Pedagógicas y en La Barraca, el proyecto teatral popular de Federico García Lorca, y ya durante la guerra ilustró y escribió en la revista Hora de España. Tras la guerra, tras la terrible y mucho, para Gaya realidad de la guerra, el pintor se instala en México. Allí están también sus amigos Bergamín, Cernuda y Gil-Albert, y allí escribe, coincidiendo con la exposición bretoniana de 1940, su ataque al surrealismo. En 1952, Gaya se instala en Italia. En Venecia y en Roma continúa pintando al modo en que ya en México había encontrado una completa y definitiva madurez, y allí, sobre todo en la primera de esas dos ciudades, encuentra la que, al lado de Velázquez, será su otra gran referencia pictórica (me había topado allí con una especie de desnudez). Pero será en los años setenta cuando Gaya vuelva a España, a la España sueño y verdad a la que ha dedicado pinturas y páginas de pureza poco menos que cristalina.

Amigo de Bergamín, de Cernuda, de Xavier Villaurrutia, de Tomás Segovia, de Juan Ramón Jiménez, Ramón Gaya es, además del excelente poeta, autor de los poemas que Andrés Trapiello reunió hace unos años en La Veleta, el escritor de algunos de los textos centrales que todo aficionado debe conocer si se siente persuadido de que, con respecto a la manera de ver el arte, del presente y del pasado, existe también otra mirada. El sentimiento de la pintura (1960), Velázquez, pájaro solitario (1969) o el Diario de un pintor (1984), reunidos ya en las Obras Completas que viene publicando la Editorial Pre-Textos, son algunos de esos textos insustituibles. Su pintura ha recibido homenajes: en 1985 se le concedió la Medalla de Oro de las Artes Plásticas y en 1989 se celebró en el MEAC la reunión antológica de su obra, pero su lugar no deja de ser un lugar solitario, una soledad en la que hablar a pocos amigos de una Modernidad que no es que no exista, sino que no importa, del gran arte que no cambia, del artista en el que debe ser tan grande su orgullo como pequeña su vanidad… Es un día lluvioso, uno de esos días que no son muy del gusto de Ramón Gaya. Su mujer, Isabel Verdejo, ha abierto la puerta. Sin ella, sin su amabilidad, sin la del propio Ramón, que sale despaciosamente a recibirme, y sin la de Manuel Borrás, esta conversación a buen seguro que no hubiera sido posible o, al menos, no hubiera sido la misma.

Enrique Andrés Ruiz­ Mi hija Carlota, que acaba de cumplir seis meses, prácticamente destruyó el otro día unos folios en los que había preparado algunas preguntas un poco sesudas, preguntas sobre ideas. .. Me lo tomé como un aviso que me lanzaba la inocencia que solo ella tiene y he preferido no reconstruir aquella entrevista y dejar que este encuentro tenga un aire de conversación. Al cabo, el propio Ramón ha escrito en alguna de sus cartas que pretender hablar o escribir con meras ideas en una comunicación entre dos personas es el primer paso para no entenderse

Ramón Gaya —Bueno, yo con los demás no me entiendo mucho…

Isabel Verdejo.—Ramón ha dicho muchas veces lo que hace es confesarse cuando escribe, ni siquiera quiere contagiar sus ideas a los demás o ganar prosélitos. ­

—Por eso lo que más me sorprendió cuando se publicó Naturalidad del arte (y artificialidad de la crítica), en 1996, fue que había sido tomado por un libro de ideas que discutir, de teorías o algo así, en los por otra parte escasos comentarios del libro.

I.V. Escasísimos. Solo apareció algo muy breve y muy simpático en Sevilla, y luego otra cosa bastante negativa en ABC.

Claro, a los críticos les debió resultar muy ajena aquella primera frase del libro, cuando comienza diciendo: Lo más patético del crítico de arte es que entiende mucho de una cosa que… no comprende . Los críticos opinan de Ramón Gaya como de alguien que tiene opiniones intempestivas cuando, en realidad, yo creo que se trata de testimonios intemporales, de confesiones, como decía Isabel, que tratan de afirmar y de afirmarse en la emoción y en el sentimiento, más que de tejer una red de teorías. Como el propio Ramón dice en uno de los escritos que más me gustan, Portalón de par en par (1951), los filósofos y los historiadores son castigados con encontrar lo que persiguen, la Verdad, la Belleza, algo muy alejado de la vida de la pintura.

R.G. —Para una persona de mis años, ver todo lo que se ha armado en torno al arte, en torno a la pintura, resulta, no sé, extraño, cuando menos. Yo realmente estoy un poco alejado de todo. Y eso que veo exposiciones, aunque ya sé lo que me voy a encontrar, pero mi honradez, que la tengo, me hace entrar en las galerías y en seguida vuelvo a ver que no me interesa lo que me dan… Veo que ha sido hecho con ganas de epatar y, claro, eso no me interesa nada. Y yo no quisiera criticar, no es la crítica lo que necesita la pintura, sino sentimiento, vida, pero al ver todo eso uno se encuentra solito, muy solito…

—De todos modos, esas ganas de epatar resultan tardías, como institucionalizadas, y tampoco tienen nada que ver con la alegría destructora de las primeras vanguardias…

R.G. —En pintura es donde más catástrofes se han dado. No ha ocurrido igual ni siquiera en la literatura o en la música de vanguardia. Ahí está Shostakovich, y siempre deja salvado un hilo con la tradición, pero en el mundo de la pintura hay mucho dinero moviéndose y, claro, han sabido hacerlo…Yo ya no puedo esperar ver una revisión profunda de la época porque las galerías están ahí, llenas de pintura y con necesidad de venderla. No hay más que ver más que algunas fábricas, algunas marcas de pinturas y de materiales para pintar han tenido que cerrar. En mi época, o lo que yo llamo mi época, había unos pintores oficiales pero, en general, los pintores no tenían ese interés por hacer cosas epatantes, estaban más tranquilos. Mire, yo soy murciano y creo que en mi tierra hay cientos de pintores (muchos más que músicos, por ejemplo), que están, por decirlo de algún modo, apuntados como tales. Lo de la pintura es eso, es un dinero, una gran cantidad de dinero que hay para comprar cosas inseguras, para hacerlas valer convertidas otra vez en dinero. Por cierto, en mi tierra hay un pintor que estimo, que es fino, con mucha sensibilidad. Se llama Pedro Serna, es quizá un poco más modesto de lo necesario, ¿lo conoce?

Sí, recuerdo de él unas acuarelas leves, ingrávidas… Pero, en general, creo que, salvo unos cuantos pintores con gran afición por la pintura, muy jóvenes, pero bastante apartados del reconocimiento institucional, lo que ha ocurrido es que a los viejos males hay que añadir ahora esa especie de reclamación profesional con la que los profesionales de la filosofía y de la estética han arribado al mundo de la pintura, de la práctica de la pintura. Y claro, muchos artistas han visto en ese discurso una especie de aura de intelectualidad, y lo siguen e intentan patentar algo parecido a una marca de fábrica para circular en el mercado sin necesidad de pintar; basta, a veces, con hacer unas fotocopias jaleadas por algún experto en desconstructivismo o algo así. Para ellos se trata de ilustrar bien una teoría, ni siquiera una teoría artística.

I.V. —Llegó un momento en que se descubrió que ahí había un buen negocio.

R.G. —Y hasta más ingenuo puede ser. Hay mucha ingenuidad, lo digo en serio.

En 1928 viajó a París para conocer el arte de vanguardia que parecía tan sugestivo en las revistas, en Cahiers Dart, y volvió muy decepcionado de todo aquel artificio. Regresó a la Roca española , como Vd. la llamó, que es el Museo del Prado, que es la tradición y que, según dice, no es un museo sino una especie de patria …

I.V. —Vd. debía de estar muy vivo aquel París de 1928, ¿no, Ramón?

R.G.— Sí, yo tenía diecisiete años, y en Murcia, quizá un poco tarde, había visto las revistas que habían traído unos pintores ingleses: Japp, Tryon, Cristóbal Hall…, cosas cubistas muy bonitas (yo hacía esas cosas por entonces). Entonces llegué a París para ver aquello en su lugar y me gustó, claro, me refiero a Picasso, Braque…, pero cuando volví a España, al llegar a Murcia, recuerdo que me encontré en la calle con Jorge Guillén y me preguntó, con avidez: ¿Qué?, ¿qué? Dígame usted qué impresión ha traído de París. Y le dije: Mire usted, a mí lo que me gusta son Las Meninas (risas). Él lo recogió en algún sitio; yo no, no lo había contado… En cuanto a la Roca española, aquello lo escribí a partir de mi nostalgia, de mi nostalgia sufrida en México durante catorce años, un lugar que me gustó al principio, en el que tenía muchos amigos, pero en el que no había cambios atmosféricos, no había cambio de estaciones, no percibías el paso del tiempo, y al poco comencé a encontrarle defectos, muchos defectos…

…entre otros, que allí no había pintura, ¿no?

R.G. —Claro, allí no había más que aquellos muralistas, que hacían una especie de cartelones muy chabacanos…

De todos modos, volviendo a su rechazo, a su desengaño del arte moderno, yo no quisiera parecer muy descortés, pero me gustaría salir al paso de un malentendido (y eso solo Vd. puede hacerlo con respecto a lo que ha escrito). No creo y en esto parecen estar de acuerdo sus detractores y algunos de sus defensores, paradójicamente que Vd. se oponga a la modernidad. Vd. mismo ha dicho que somos fatalmente modernos y contemporáneos y, en realidad, lo que importa es la permanente novedad, la permanente actualidad de la pintura. En su comprensión de la pintura, sin embargo, cabe Bellini al lado de Hiroshige, Nuno Gonçalves al lado de Velázquez, pero también lo que encuentras de criaturas vivas en la pintura de Picasso, en la de Van Gogh, en la de cierto Seurat, Vuillard, Klee, de modo que, como lo escribió en El sentimiento de la pintura (1960), se trata de contraponer un arte artístico -expresivo, artificial, a un arte del sentimiento, tal y como lo encontró en aquel cuadro de Carpaccio, Las cortesanas, del Museo Correr…

R.G. —Lo que yo encuentro moderno, verdadera y decididamente moderno es… Hziano. Eso sí me parece…

I.V. —…un paso…

R.G. …sí, un lugar… Tiziano no inventa nada. Todo eso ha ido fraguándose, haciéndose, y lo que veo es que la pintura es una y ya está en las cuevas; allí está ya siendo, está sin llegar a ser todavía, sin llegar al ser. El problema surge cuando se quiere convertir en otra cosa. En esto Picasso tiene culpa, pero, claro, yo adoro a este señor y creo que él es de una genialidad excepcional al que se le pueden permitir cosas que no se pueden permitir a los demás. El se permitió… locuras, pero sabía muy bien lo que era la pintura. Klee es maravilloso, pero eso no es la pintura. Al final Picasso hace unos juegos un poco a la desesperada pero no hay nadie en este siglo que se le pueda poner al lado siquiera… ¿Braque? Bueno, pero lo de Braque tiene siempre algo de buen tono, de elegancia decorativa; él es serio, no se atreve a las locuras de Picasso y no tiene esa fuerza. Además, es… francés, y cuando hace las cosas más atrevidas es como si se le quedaran vacías…

— …vacías en el estilo, en la jaula de oro del estilo…
R.G. —Sí, aunque yo lo veo con cierto gusto, no tanto como mi mujer (risas).

Con respecto a su regreso a la tradición, me gustaría hablar de sus matices. Sus pinturas y sus escritos están llenos de matices, de justeza en los matices y hoy, en realidad, para muchos el panorama es demasiado simplista: a un lado está el arte de vanguardia, la retórica de la tardovanguardia oficializada y, al otro lado, hay mucha gente ganando fama de conservador de altura, algo así como fama de Lampedusa, de conservador culto por el mero hecho de poner de vuelta y media al arte moderno, así, en bloque, aunque yo creo que también les resulta imposible acercarse al arte del pasado; al menos, con la finura con la que Ramón Gaya lo ha hecho. Vd. mismo ha dicho que no hay que confundir aquello en lo que el arte ha caído con lo que el arte es. ¿Qué opina de los momentos en los que nuestro propio siglo quiso volver, quiso regresar a una incierta Antigüedad, a una incierta Clasicidad, del retour a lordre, a lo Derain, o del ritorno al mestiere de Chineo y de los italianos? Yo, por mi parte, creo que su postura no ha sido nunca una postura de estilo, una cuestión de estilo y su impugnación es, en realidad, hacia la raíz, hacia el pecado original del arte moderno.

R.G.— Sí, claro. Todo aquello me resulta igual de lejano. Mire, en Italia, un país que adoro y en el que viví desde 1952, hay un tipo de italiano que es sinvergonzón, frescales, gitanesco…; de Chirico es un sinvergüenza de ésos y, realmente, no es nadie. Ha ido a la escuela, ha copiado del natural y se ha amañado una especie de oficio, pero es muy falso, tan falso, con esa pintura literaria sin ton ni son.

I.V. —Sí, él es quien se pone a sí mismo el marchamo de metafísico.

Sí, lo hace en un artículo de 1919 titulado precisamente Noi metafisici. ..y en otros publicados en Valori Plastici.

R.G. Bueno, pues, pasado el tiempo quiso hacer una pintura más pintura y quienes le compraban lo que hacía antes y querían mantener el valor de lo anterior no aceptaban el cambio. El vio eso y lo que hizo fue empezar a hacer cuadros falsos, de la época anterior, y los firmaba con fechas de antes. Así, al mismo tiempo, mantenía lo que estaba haciendo, y lo hacía para revalorizar sus cuadros antiguos (que acababa de hacer).

— Vd. ha escrito en el Diario de un pintor (1984) lo recordaba cuando hablábamos de Chirico que Velázquez no es un pintor realista, sino un pintor metafísico. Esto no tiene nada que ver con la metafísica italiana de entreguerras, sino más bien con la inclinación de la pintura de Velázquez a no ser obra, a no ser corpórea, a despegarse de su materialidad, a ser un lugar de paso, como dice en Velázquez, pájaro solitario (1969), a ser el paradigma de ese arte del sentimiento. Sin embargo, hace muy poco volví a leer a un crítico que hablaba de Velázquez como del padre del verismo, como hicieron los pintores del XIX, e incluso Ortega, que escribió un gran libro. En él, yo creo que acaba haciendo una especie de crítica sociológica, de justificación personal, social, de la pintura velazqueña.

R.G.— Velázquez no tiene nada que ver con todo eso. Lo importante en sus pinturas es la pureza, la verdad, sobre todo la verdad de la vida que él nos da y que es como salvada para siempre. Murillo es para mí otro pintor maravilloso, un pintor al que se le asocia con una imagen, en cierto modo, como para niños.

Siempre me acuerdo de ese estupendo cuadro del Prado, El sueño del patricio, que tiene trozos de pintura excelente...

R.G.— ¿Trozos? Todo el cuadro es maravilloso; yo lo copié en una de aquellas copias que hacía para Misiones Pedagógicas. Es un excelente pintor. Y de los grandes, quizá el que menos es de mi gusto es Goya. Esto no se puede decir muy alto; es uno de los grandes, pero, no sé, hay algo en sus pinturas, en la mayoría de sus pinturas… aunque me gustan, y mucho, algunos retratos como el de Silvela, que es espléndido. Las pinturas negras son excelentes, un poco hechas a lo Picasso. Me gustan también, sobre todo, los dibujos preparatorios para los grabados, no los grabados; éstos están como acartonados, pero los dibujos son mucho más vivos.

Pero estábamos hablando de los italianos y yo quisiera saber su opinión sobre Giorgio Morandi. ¿No hay en él un silencio especial, una cierta verdad espiritual?

R.G.— Bueno, ese silencio es un poco artificial, forzado, como excesivamente obligado, aunque tiene, sí, sensibilidad, buen gusto. Yo encuentro que hay una verdad en sus paisajes, más verdad que en los bodegones de las botellas pintadas. Cuando llegué a Italia, pensé: a este hombre, ¿qué le pasa? Todas esas botellas previamente pintadas, cubiertas de pintura para hacerlas opacas, mates… De todos modos, de vez en cuando hay algún cuadro muy respetable.

—… sí, algunos paisajes en los que parece ser más libre, menos estilizado, ¿no?

R.G. —Sí, además, pintar enteros, cubrir los árboles con brochazos de pintura mate es más difícil (risas).

—¿Y Manzú? Creo que alguna vez ha hablado de él elogiosamente.

R.G. Lo conocí porque me interesó mucho y fui varias veces a Milán a verle, pero cada vez que pasaba por esta ciudad lo buscaba y nunca lo encontraba. Sin embargo, como había dejado mi nombre a su hijo, un día recibí una carta suya en la que me decía que le gustaría conocerme, y entonces nos encontramos. Era una persona encantadora, un italiano muy italiano pero de un tipo de italiano que es casi ingenuo, y me gustó mucho. Vi cosas suyas estupendas. Después me gustó menos, desde que le aplaudieron ciertos atrevimientos, ciertas estilizaciones. Desde mi punto de vista, ahí perdió mucho. Pero hizo, por ejemplo, una puerta para San Pedro del Vaticano preciosa, en la que volvió a su manera de hacer de antes.

Yo siempre he visto en su trabajo una honestidad de fondo…

R.G. —Manzú era una persona honrada, algo limitada desde el punto de vista artístico, un poco artesanal, aunque eso es algo que los escultores necesitan.

I.V. Su figura de Giovanni XXIII es estupenda; creo que ahora está en un museo que le ha dedicado a Manzú su ciudad natal.

R.G. —La última vez vi que la habían retirado de donde estaba. Con Giovanni XXIII ni se entendió muy bien, fueron buenos amigos, discutían, hablaban. Manzú era un poco mayor que yo. Hizo cosas que yo estimo mucho, dibujos y cosas en barro…

A lo mejor es uno de los últimos artistas que más le ha interesado ¿no?, uno de esos artistas en cuya obra se observa un afecto, un sentimiento distinto de la pericia, de la expresión incluso, eso que a mí me gusta llamar afición, como en los toros, y que veo que falta entre los espectadores y entre los propios artistas. Tampoco me lo he inventado yo; lo leo a veces en páginas de un amigo tuyo que habita, como Cervantes, como Galdós y como Pastora Imperio, como Manolete y como Fortunata (vista como persona, no como personaje), como Picasso, en eso que Vd. ha llamado el milagro español. Me refiero a José Bergamín, que dedicó a la pintura, entre otros, un ensayo precioso titulado Musaraña de la pintura, donde habla de la pintura como de un santo oficio, unamunianamente, como de un santo oficio de inquirir verdad. Siempre he visto algo en el talante que les empareja, algo muy español. ¿Fueron muy amigos, verdad?
R.G. —Fuimos muy amigos. Sin embargo, no nos parecíamos. Había demasiada diferencia de edad. A mí me gustaba mucho su obra, pero me hice más amigo de lo que me parecía como escritor. Yo diría que casi me entendía mal con Pepe… también por cierto juego que él tenía, en parte como Picasso.. .Yo he sido poco jugador y él era muy jugador. Sin embargo, aunque nuestros criterios fueran muy distantes, como personas nos sentíamos muy cerca. Además, estuvimos juntos en México, en París, en Madrid… ¿Conoce lo que escribí sobre él?

— Conozco el epílogo a La claridad desierta

R.G. Sí, eso es. La poesía de Bergamín me gusta mucho; encuentro que es un magnífico caso de poeta tardío. Probablemente, no ocupa el lugar que debe como poeta.

Vd. ha tenido mucha relación con la poesía ha escrito poemas admirables y con los poetas, aunque en España, tristemente, este diálogo es más bien raro.

R.G. Efectivamente, he tenido más relación con los poetas que con los pintores. Lo digo siempre y algún día me van a pegar, pero creo que los pintores son más brutos… El primer poeta que leí, en la pequeña biblioteca de mi padre, fue Rubén Darío; fui muy amigo de Luis Cernuda…

I.V. —que, como poeta, es el que más aprecias.

R.G. Hoy menos; yo cambio con el tiempo, ¿sabe? (risas). Al Cernuda de la República siempre lo recuerdo con cariño, sí, es verdad. Yo llevaba uno de los museos de Misiones Pedagógicas. Los llevábamos siempre dos: Antonio Sánchez Barbudo, Rafael Dieste…, Cernuda estaba en los despachos y, claro, allí él se moría. Entonces me escribía pidiéndome que lo sacara de allí. La táctica consistía en enviar una carta diciendo que teníamos mucho trabajo (que unas veces era verdad, y otras, no) y que necesitábamos otra persona. Ésa era una primera carta; luego había una segunda, sin esperar la contestación a la primera, en la que decíamos que nos gustaría que fuera alguien conocido nuestro, y entonces ya solo faltaba decir… el nombre: Luis Cernuda. Pero ahora pienso que, cuando nos volvimos a encontrar en México claro, habían pasado muchas cosas…, yo había recorrido otro camino y me resultó insufrible con todas sus manías… Él llegó cuando yo preparaba mi regreso a Europa. Durante la guerra, nos encontramos en Valencia; ya habían matado a Federico, y Cernuda colaboró en una representación de Mariana Pineda como actor, con un gran papel, recitando maravillosamente. Después fue secretario de Alvaro de Albornoz en París y luego se trasladó a Inglaterra y a México, a través de Concha Albornoz.

Ramón, creo que colaboró también en La Barraca de Federico García Lorca con algunas escenografías, como Ponce de León, Ontañón… A propósito de esto, ¿qué cree del mito Federico y del poeta Federico? ¿Qué cree de aquella generación hoy tan canonizada?

R.G. —Hice unas acuarelas que eran bocetos para decorados de Los dos habladores que, por lo visto, no es seguro que sea un entremés de Cervantes. De todos modos, da igual que lo sea o no porque es un entremés estupendo. Sobre aquellos poetas he escrito en un número de Litoral dedicado a Bergamín. A mí me interesan Cernuda y Bergamín, y en aquel número me despaché suficientemente. Me da la impresión de que Federico, de haber vivido, hubiera crecido como poeta. Lo impedía aquella facilidad, aquella gracia, aquella brillantez, aquel estar como embrujado por las meras palabras, por la brillantez de las palabras…

I.V. — …y aquel éxito tan inmediato…

R.G. — Tenía una personalidad estupenda, era encantador, se le veía, no sé, con un… hambre de hacer cosas. A Federico le hubiera hecho falta esperar a su obra madura, pero…

Recuerdo unas conferencias suyas en las que habla de flamenco, pero, en general, habla del arte, del sentimiento del arte, del toreo, del cante… Vd. también lo ha hecho, así…

R.G. —Sí, yo no hago diferencias, no las hago entre el arte del pasado y el del presente, y no las hago entre las artes, creo que hay una unidad, que todo viene del mismo sitio. Lo he escrito. De los toreros, me gustó mucho Paco Camino. Se fue de los toros antes de tiempo por culpa de El Cordobés, que lo sacó de quicio. Un día se fue a él y le dio de bofetadas allí mismo, en medio de la plaza. En mi Carta al amigo Martínez Falso hablo de los toros y de la afición. Fue una lástima porque aquel escrito debiera haber tenido una continuación. Lo que ocurre es que mi escritura es muy lenta y, además, claro, está la pintura. Escribir, para mí, es dejar de pintar, y yo, sobre todo, soy un pintor. Pero entre las artes no hago diferencias. Mire este libro, hay un pintor oriental del siglo XV que me gusta mucho: Seshu. Mire estas montañas, estos personajes. Seshu tiene una pintura maravillosa, en la que aparecen unos patos que tienen la cabeza debajo del agua. Hay que estar ahí para percibir, para observar, para captar ese instante milagroso y, luego, además, hay que volver a casa, y pintarlo…

— A propósito, ¿en qué trabaja ahora? En El sentimiento de la pintura, creo, habla de la pintura de Venecia, de ese cuadro de Carpaccio del que hablábamos antes y que tantas veces ha homenajeado. De él ha dicho que era como si hubieras visto surgir de las aguas de Venecia, como una Venus cochambrosa, el manchado cuerpo de la pintura. Alguna vez se ha referido a su proyecto de pintar un cuadro, El nacimiento de la pintura, ¿en qué fase está ese cuadro?

R.G.— Bueno, tengo bocetos, apuntes, dibujos. Ahora, quizá por una cobardía mía, vuelvo a pintar cuadros de tema. Tengo este boceto para una Anunciación. Aquí hay un dibujo con una cortesana; ese tipo de mujeres aparecen mucho en lo que pinto. Aquí tengo otros dibujos, son preparaciones… Encima, en esa fotografía de la estantería, está Victoria de los Angeles, a la que admiro tanto…

—Yo no sé si discuto más con sus defensores que con sus detractores (con éstos apenas hay de qué discutir) porque es como si no pudieran ver otras cosas, y Vd. ha estimado a Modigliani, a Bores a un cierto Bores, a un cierto Matisse… De su sentimiento de la pintura está muy lejos Max Ernst, pero también Leonardo. Creo que hay ciertos malentendidos que, desde luego, no se deben a la finísima aunque rotunda cuestión de matiz de su pensamiento y de su propia práctica de la pintura, que no se deben a esos elocuentes y clarísimos puntos suspensivos tan suyos que lo que hacen es, sobre todo, afirmar algo. Naturalidad del arte termina con dos páginas que, después de todo, cantan a la esperanza. Creo que allí habla de un futuro Arco Iris; otras veces ha dicho que el gran arte solo se salva por la fe. ¿Cree que en un mundo artístico protagonizado por bienales, comisarios filósofos, museos para expertos por cierto, en el Museo Reina Sofía todavía no hay ni un cuadro suyo y mercados persuadidos de las mentiras del prestigio intelectual y de su rentabilidad cabe esa esperanza de ver en un futuro unas artes verdaderas, limpias, desnudas?

R.G. — Yo ya me he acostumbrado a la soledad. Pero lo que escribí en esas páginas lo creo sinceramente aunque yo no pueda esperar verlo. Sin embargo, yo creo que todo llegará, que dará una cambio, y lo creo de verdad, no, no es un truco literario.

Aprender a leer el latín

Se ofrecen en este libro 10.829 latinismos y frases latinas ordenadas alfabéticamente,  con la pretensión de que sea «una herramienta para que profesores, escritores, periodistas y público en general puedan comprender y leer correctamente las numerosas frases latinas que abundan aún en la lengua culta». Ofrece, además, varios índices útiles para manejar se en tan ingente caudal de citas: temático, onomástico y de lugares y de autores y obras citadas. Y otros tres índices más especializados: el de citas bíblicas, el que el autor llama «de mote o divisa» y el de las profecías de San Malaquías.

La primera impresión, después de leer el interesante prólogo de Antonio Fontán, es la de encontrarse con una obra sólida, con el trabajo entusiasta de muchos años y con un número de ci­ tas difícil de superar. Se puede concluir que en este libro está todo, que difícil­ mente puede uno recordar una frase de Horacio, Juvenal, Ovidio o  Virgilio que no se encuentre en este volumen.

La segunda impresión es que, con algunas matizaciones, consigue el objetivo que el autor se propone en la introducción: sin estar dirigido a los especialistas en lenguas clásicas, es un instrumento que facilita la lectura correcta de las frases latinas  que aún abundan en la lengua culta y puede, evidentemente, contribuir al amor a las lenguas clásicas y a fomentar la con­ ciencia de la necesidad de su estudio.

Las matizaciones, a las que antes me refería, se refieren algunas al autor del libro; otras, no lo sé con certeza, podrían ser responsabilidad  del autor o de los editores. En primer lugar, no estoy de acuerdo con la pronunciación que el autor sugiere, y mucho menos con algunas incoherencias: por ejemplo,  aunque  por  lo general  utiliza  la -i- consonántica, en ocasiones utiliza la -j- sin ningún criterio, llegando a escribir en el número 101 el nombre de Júpiter con -I- en la segunda palabra y con -J- en la quinta. Lo mismo ocurre con la pretensión de acentuar, con las reglas de nuestra lengua, palabras que nunca tuvieron acento: se acentúan como esdrújulas muchas palabras y se dejan sin acentuar otras, y se consideran diptongos grupos vocálicos que no lo son en latín, o se llega a acentuar palabras llanas, como en 430 y siguientes.

En algunos casos hay incorrecciones, como en la 308 ó 821, o en la 397 y 8163, y alguna otra, en la que se escribe -v- de perfecto en vez de -b- del futuro. También encontramos algunas citas incorrectas, como en 893, 898, 1197 y algunas otras. Los dioses paganos siempre se han escrito con minúscula, aunque estén en singular o se refieran a una divinidad abstracta.

De cualquier modo, pese a estas discrepancias y a estos pequeños erro­ res, estamos ante un libro interesante, valioso y útil,  que refleja la inmensa erudición del autor y el trabajo entusiasta y minucioso de muchos años.