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La nueva regulación de las telecomunicaciones

Uno de los hechos mds relevantes que se han producido en los últimos años en las economías occidentales lo constituye, sin duda alguna, el proceso de liberalización de las telecomunicaciones y la simultdnea expansión de este sector empresarial que se ha convertido en uno de los mds dindmicos y de mayor crecimiento.

Esta situación es especialmente destacable en el caso español, donde no solo la aparición de Retevision y la consiguiente ruptura de un monopolio existente desde los años veinte es una muestra de esta tendencia, sino que todo el sector se encuentra inmerso en un intenso proceso de cambio y de aparición de nuevas oportunidades y tecnologías. Así, servicios como el acceso a Internet, la telefonía móvil, la televisión digital (inicialmente por satélite, pero pronto por vía terrenal) o las telecomunicaciones por cable han entrado en las vidas y actividades de numerosos ciudadanos y empresas, siendo tan solo la punta de lanza de un proce­so imparable.

Las consecuencias económicas y sociales de este fenómeno están aún sujetas a análisis, si bien resulta evidente que la adecuada dotación y utilización de las telecomunicaciones va a ser uno de los elementos determinantes de la competitividad de nuestras empresas y, también, de la calidad y formación de nuestro capital humano. No obstante, si bien es cierto que existe un consenso bastante generalizado acerca de lo anterior (basta con recordar las numerosas experiencias puestas en marcha por distintos gobiernos para impulsar la creación de la Sociedad de la Información), en algunos ámbitos no parece existir tal consenso respecto a cómo lograrlo.

Por ejemplo, en nuestro país, no hace mucho tiempo hemos asistido a las quejas públicas del operador dominante en contra del procedimiento seguido para la apertura del mercado y la regulación puesta en vigor por el Gobierno del Partido Popular. En mi opinión, y al margen de la limitada repercusión que estas afirmaciones y otras similares pueden tener sobre la opinión pública, afortunadamente el debate que se plantea es artificial, puesto que en los principales foros académicos y, ciertamente, en los principales órganos reguladores tanto nacionales como internacionales, el consenso sobre la importancia económica y social del sector se extiende también al procedimiento que debe seguirse para su efectivo desarrollo.

Este procedimiento no es otro que la apertura a la competencia de los mercados antes monopolizados, pero siguiendo un proceso inicialmente regulado puesto que, como veremos más adelante, sin regulación difícilmente surgirá la competencia efectiva. Este artículo pretende, pues, analizar las razones que hacen de las telecomunicaciones actuales un sector regulado, incidiendo en algunas claves que justifican tal regulación y que creo que deben ser conocidas por el conjunto de los ciudadanos.

EL SECTOR DE LAS TELECOMUNICACIONES

España estaba, hasta fechas bien recientes, en el furgón de cola del proceso de la liberalización de las telecomunicaciones en Europa, en relación con los grandes Estados miembros. Sin embargo, una sola medida normativa, el RDL 6/1996 de liberalización de las telecomunicaciones, base de todos los desarrollos normativos posteriores, nos ha colocado de iure en la cabeza del grupo.

La apuesta española por la competencia es indiscutible: nuestro país ha pasado de aplicar la normativa europea de la forma más cicatera posible a disponer de uno de los marcos jurídicos más abiertos a la competencia de la Unión Europea, en línea con el de Gran Bretaña. En otras palabras, la aplicación por el Ejecutivo de la nueva normativa será la que configure el modelo del sector de las telecomunicaciones con el que España va a entrar en el siglo XXI.

Es evidente que todo proceso de liberalización debe tener en cuenta las características del sector y las telecomunicaciones constituyen uno algunas características singulares. La primera es la alta capacidad de influencia en el desarrollo del conjunto de la sociedad. Esta misma capacidad la tuvieron el ferrocarril o el barco de vapor, que cambiaron las sociedades occidentales en la segunda mitad del siglo XIX y principios del presente. La revolución en el comercio mundial e interno, ampliando y universalizando los mercados, permitió una mejor asignación de los recursos desde un punto de vista global, dando lugar a una reducción de los precios de muchos bienes y provocando aumentos de productividad. Un impacto equivalente está teniendo y, sobre todo, va a tener el desarrollo de las telecomunicaciones en competencia. La revolución que esto significa es enorme, especialmente cuando la tendencia, impulsada por las nuevas tecnologías, apunta a reducir drásticamente el coste por la distancia.

Para un país como España, periférico respecto a su mercado natural europeo, esta tendencia es fundamental: los costes de ser periférico se reducen, tienden a eliminarse. Los efectos de este proceso sobre la localización de las inversiones y sobre la competitividad de los sectores productivos nacionales serán extraordinariamente positivos. La apuesta por la liberalización de las telecomunicaciones es, sin duda, una de las grandes apuestas de la política económica española.

El problema, nada nuevo en la historia económica de España, es que entramos en esta revolución tecnológica con cierto retraso, a pesar de que algunas voces (Informe del Tribunal de Defensa de la Competencia de 1993) solicitaron que España actuase como un gran país europeo que introdujese la competencia en el sector. Ello dio lugar al acuerdo de Consejo de Ministros de 7 de Octubre de 1994 que establecía una táctica de liberalización hasta la introducción de la competencia plena. Desgraciadamente, este acuerdo no se desarrolló más que en parte, pero en él se prefiguraban los elementos clave que se han convertido en realidad en el citado RDL: regulador independiente, segundo operador, desarrollo y profundización de la transposición de la normativa europea, etc… Las soluciones técnicas no eran muy distintas, la única diferencia esencial consiste en que ahora se han convertido en realidad. El retraso se está corrigiendo rápidamente con la política actual y desaparecerá en el año 1998.

La segunda característica del sector es su alta elasticidad-renta (crecimiento del sector por encima del correspondiente del PIB), lo que lo convierte en un sector que “tira’’ del resto de la economía y tiene una gran vocación inversora. También tiene una alta elasticidad-precio (los crecimientos de la demanda son, en proporción, mayores que los de disminución del precio) por lo que la disminución de precios no tiene efectos negativos sobre el ingreso del conjunto de los operadores, sino más bien al contrario. Esta característica de la demanda es un elemento básico que ha de tenerse en cuenta en la introducción de competencia.

Cabe, pues, esperar que el sector aumente su crecimiento al pasar de un marco de monopolio a uno de mercado competitivo y, además, los dientes se beneficien de ello vía mejores precios, más y mejores servicios, y mejor atención. En resumen, como lo avalan diversos estudios, entre otros los de la revisión de 1992 hecha por la Comisión Europea, a mayor competencia mayor crecimiento y mejores condiciones para los dientes. La liberalización es un proceso al que los economistas llamamos, un tanto pretenciosamente, un juego de suma positiva.

La tercera característica básica del sector consiste en que las telecomunicaciones son un sector basado en redes y, por consiguiente, donde se producen, como se ha dicho, fallos de mercado. Éste encuentra dificultades a su funcionamiento que, por lo menos a corto plazo, deben ser subsanadas por una actuación reguladora (la existencia de un regulador independiente, en nuestro caso la Comisión de Mercado de las Telecomunicaciones, es esencial para el adecuado funcionamiento del sector en competencia.) Se trata, pues, de un sector necesariamente regulado.

LA NECESIDAD DE LA REGULACIÓN

Dentro del sector de las telecomunicaciones, las justificaciones a la regulación han ido variando. La tradicional, ya superada ante una evolución de la tecnología que ha hecho evidente su falsedad, ha sido la teoría del monopolio natural: en la telefonía el argumento era que cuanto más grande es una compañía, menores son sus costes. Su corolario era defender el monopolio legal. Sin embargo, la justificación actual es doble. Por un lado, se mantiene que los sistemas basados en redes tienen fallos del mercado y, por otro, se justifica en la necesidad del acceso a precios razonables de todos los ciudadanos a los servicios de telefonía: el servicio universal. Conviene analizar estas dos justificaciones con cierto detalle.

Los fallos del mercado en sistemas de red y, en concreto, en las telecomunicaciones no se pueden mirar aisladamente del hecho de que en la mayor parte de los países se parte de una situación de monopolio, de máxima posición de dominio, apoyada en un monopolio legal.

De la misma manera que el dinero solo tiene esa consideración cuando es universalmente aceptado, las redes de telecomunicación tienen vocación de permitir llegar a todas las personas interesadas. Así, un teléfono de, por ejemplo, Retevisión, que no pudiese acceder a los teléfonos de los abonados de Telefónica no sería un verdadero teléfono de servicio público de telefonía. Se plantea, pues, la necesidad de interconexión entre las redes existentes, lo que implica colaboración entre competidores. Si esa colaboración se rechazase o se hiciese demasiado onerosa, no habría competencia.

Evidentemente, solo se puede impedir el rechazo por medio de regulación y, superado éste, queda la cuestión del precio de la interconexión. Al no haber mercado, no hay precios que respondan a una realidad comercial. La solución habitual es la de establecer una aproximación a través de los costes. Pero en empresas con sistemas de red como base tecnológica, el cálculo de estos costes es dificultoso y discutible. El coste marginal, existiendo como existe exceso de capacidad en la red, es prácticamente inexistente. Además, la mayor parte de los costes de una compañía telefónica tienen la consideración de sunk costs, son fijos, no varían por una mayor utilización de los servicios. Las aportaciones teóricas para el cálculo de costes de interconexión, entre las que destacan las de Baumol y Wtllig, son ampliamente discutidas. En la práctica, solamente se pueden establecer por medio de la intervención directa de un órgano regulador o arbitral.

Evidentemente, esta fijación de precios de interconexión por la autoridad administrativa trata de suplir un fallo del mercado y se suele basar en los costes del operador principal. A corto plazo, es una aproximación primera, a falta de otra mejor, pero tiene varios inconvenientes. El mayor de ellos es que repercute las ineficiencias del monopolista. Al ir avanzando la introducción de la competencia, los precios los va fijando el mercado y la intervención administrativa es cada vez menos necesaria. Sin embargo, en este sector, incluso en los países que llevan muchos años en el proceso liberalizador, la regulación sigue considerándose necesaria y la actuación directa, fijando algunos precios, aunque cada vez menos en número al tener mayor juego la competencia.

El otro aspecto que se utiliza para justificar la intervención, el llamado servicio universal, se basa en la idea tradicional de que, hasta ahora, las líneas telefónicas marginales en una situación de monopolio se financiaban a través de subvenciones cruzadas en el interior del operador principal. Al aparecer operadores alternativos, el operador dominante demanda que los nuevos operadores asuman parte del supuesto coste que genera mantener el servicio universal a clientes no rentables. Generalmente, el sistema defendido por el regulador consiste en repartir dicho coste entre los operadores en función de su cuota correspondiente de mercado. Los sistemas más eficientes suelen consistir en crear un fondo que subvencionen los clientes marginales, pasando así de la subvención interna a la explícita.

Esta justificación, impecable en su planteamiento, ha de analizarse no obstante con un mayor detenimiento, puesto que en no pocas ocasiones ha servido para retrasar y complicar los procesos de liberalización. Desde el punto de vista de un segundo operador, la colaboración a un hipotético fondo de provisión del servicio universal es razonable, pero solo si se cumplen previamente unas mínimas condiciones que se concretan en tres puntos: la valoración por un órgano independiente que el déficit que se pretende cubrir realmente existe y que la provisión del servicio universal se realice no necesariamente por el operador dominante, sino por aquél que preste el servicio de la forma menos costosa.

¿Es necesaria la regulación? ¿Qué ocurre cuando no la hay y se abre la competencia? Hay un buen ejemplo para ilustrar este proceso, es el caso de Nueva Zelanda. Allí se permitió la competencia en telecomunicaciones y no se estableció un órgano regulador especializado; se consideró que las leyes comerciales y de competencia generales serían suficientes. El problema de los costes de interconexión dio lugar a un conocido juicio que supuso que el operador entrante tardó años en tener un precio de interconexión cierto, precisamente cuando lo que necesitaba eran respuestas rápidas y con bajo coste de tramitación. Este ejemplo de los precios de interconexión se podría extender a muchos otros aspectos, tales como numeración, la portabilidad del número por el cliente al cambiar de compañía, el acceso igualitario, etc. Solucionar estos problemas por vía judicial impediría la introducción de competencia a un paso razonable.

La regulación es, pues, un mal necesario en este sector. La cuestión esencial consiste en establecer un marco regulatorio que permita la introducción de competencia eficiente y un órgano con el necesario bagaje técnico que arbitre las diferencias entre los operadores rápidamente.

LA SITUACIÓN EN ESPAÑA

En principio, la situación actual en España responde, en buena medida, a las pautas generales en materia de regulación. Así, no solo se ha creado un regulador independiente con importantes funciones como la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones, sino que se han sentado las bases normativas de aspectos tan relevantes como la interconexión, numeración, etc. A su vez, todos estos desarrollos se integrarán en el marco más amplio de la nueva Ley General de Telecomunicaciones, cuya aprobación parlamentaria está próxima.

Este marco normativo es el que ha permitido la aparición de la compe­tencia en nuestro país y, si bien existen ciertos aspectos que, a mi juicio, deben aún subsanarse (tal y como la indefinición legal respecto a los servicios que pueden prestar los nuevos operadores en acceso indirecto), la realidad es que la aparición de la competencia es ya un hecho en nuestro país.

Ahora bien, lo difícil no es crear la competencia, sino conseguir que sea efectiva y estable en el tiempo. En definitiva, en España se ha optado por un modelo que no se acaba el 23 de enero, fecha en que apareció una alternativa comercial, sino que, precisamente, se inicia en esa fecha.

Afortunadamente, conseguir que los objetivos marcados se consoliden no exige inventar nada. La Unión Europea, otros reguladores nacionales y organismos como la OCDE ya han puesto de manifiesto los aspectos que garantizan, desde un punto de vista regulatorio, el mantenimiento de una competencia efectiva. De todos ellos, considero más importantes los que explico a continuación.

En primer lugar, la persistencia en un enfoque regulador basado en restaurar la simetría y la igualdad de oportunidades en el mercado. Esta actitud, mal llamada regulación asimétrica, no es sino todo lo contrario: en definitiva, no se debe olvidar que la posición de fuerza que se pretende corregir no deriva de la mayor capacitación o competitividad de una empresa, sino de su condición histórica de monopolista.

En segundo lugar, y plenamente relacionado con lo anterior, la necesidad de un enfoque pragmático, al considerar los problemas regulatorios. El tiempo es un factor determinante para la aparición de competencia y, en muchas ocasiones, la utilización interesada del mismo beneficia únicamente al operador dominante en perjuicio directo de los entrantes. Es, pues, necesario que el regulador afronte esta situación utilizando bien un enfoque basado más en soluciones transitorias, bien normas más precisas y plazos más cortos.

En tercer lugar, el mantenimiento por los poderes públicos de una postura extremadamente vigilante en materia de defensa de la competencia. De nuevo en este caso se debe actuar con toda rapidez y, sobre todo, aprovechar las experiencias vividas para evitar su repetición en el futuro.

En cuarto y último lugar, una actitud activa de los consumidores, de los usuarios y de sus asociaciones -como Autel- en la defensa del desarrollo de las empresas que están abriendo el mercado. Y ello en su doble vertiente de demandantes y de orientadores del mercado y del regulador. En un mercado tan complejo como éste, su papel es fundamental.

En la medida en que estos principios se cumplan, habremos tenido éxito en introducir la competencia en nuestro país y, sobre todo, en conseguir que sea una alternativa real y estable para nuestros consumidores. Si, por el contrario, no se asumen estos principios por el regulador y, especialmente, el legislador, la realidad de la competencia será mucho menor.

CONCLUSIÓN

Las telecomunicaciones son, hoy en día, un sector de enorme interés e importancia para un país que, como España, forma parte de una economía global y, además, aspira a mejorar de modo constante la calidad de vida de sus ciudadanos. En la medida en que la competencia se extienda a este sector, los beneficios que generará tanto a través de menores precios como de la aparición de nuevos servicios repercutirán de forma favorable sobre el conjunto de la sociedad.

Ahora bien, este proceso ha de ser necesariamente tutelado por la regulación al menos en su fase previa, de modo que se garantice que la posición de dominio de que disfrutan los antiguos monopolistas impida la aparición de nuevas alternativas.

Naturalmente, de poco serviría cualquier enfoque regulador y los esfuerws de los consumidores, si los nuevos operadores no somos capaces de desarrollar un proyecto empresarial sólido. Por mi parte, confío en que la experiencia de Retevision hasta ahora demuestre nuestro compromiso no solo con la inversión y el desarrollo de nuevas redes de telecomunicaciones, sino también con la calidad empresarial, que pretendemos mantener tanto en los servicios que hoy prestamos como en toda la oferta global de servicios que estamos dispuestos a desarrollar.

El debate de las Humanidades

El debate sobre las Humanidades promete seguir ocupando en 1998 un gran espacio en el diálogo público español. De momento, ya ha conseguido algo importante: la opinión pública se ha hecho eco del valor de las Humanidades y de la necesidad de reforzar su cultivo en los planes de estudios.

Ahora en España se ha convenido en llamar Humanidades al conjunto de sabe­res y disciplinas que tiene como ejes principales la historia y la lengua, se nutre del rico caudal de la literatura -y, en general, de los textos-, y culmina con la filosofía. Antes se decía “Letras” en oposición a “Ciencias’’. Las letras eran palabras y las ciencias números. O sea, aire y precisión. De ahí el prestigio creciente que, en tiempos del naturalismo y del positivismo, cobraba lo científico en comparación con todo lo demás.

El término “Humanidades” posee una noble y brillante historia, también en castellano, aunque quepa la sospecha de que el hecho de que esté tan en boga la palabra aplicada a la educación está favorecido por el inglés Humanities, y el creciente empleo, “a buena parte”, del adjetivo “humano”: derechos humanos, relaciones humanas, recursos humanos, etc.

En torno a esas Humanidades mayores que son la historia y la lengua, se agrupan otras materias próximas a ellas. Inseparable de la historia es la geografía, que examina y describe esa partecilla del universo que es nuestro planeta y sus lugares, escenario de la vida humana, que en tan gran medida la enmarcan y la condicionan. Ya san Agustín -siglo rv- decía que así como la historia narra cosas pasadas, la geografía describe realidades presentes. Pero ambas cumplen su función desde la perspectiva del interés que tiene para el ser humano situarse en su espacio y en su tiempo. También, y de modo muy particular en este siglo, las Humanidades se han visto ensanchadas por las llamadas ciencias sociales, fronterizas de la historia y de la filosofía, y por los nuevos y revolucionarios despliegues de la “comunicación”, cuya comprensión y aplicaciones no pueden quedar al margen de lo que se enseña en cualquier sistema educativo.

Las Humanidades no han de desalojar de los planes de estudio a las ciencias. Nunca ha sido así. Ya en la Antigüedad estaban asociados el trivium -que era lengua, literatura y lógica- y el quadrivium, que comprendía las disciplinas matemáticas que entonces se conocían y practicaban. Y hoy, cuando en “Anglosajonia’’, al hablar de educación, se dice Humanities, se entiende que las matemáticas forman parte de ellas.

El debate español de las Humanidades ocupó gran espacio, y se empleó en él no poca vehemencia, a finales del 97. Promete seguir vivo en el 98 (un año tan “histórico” y tan “literario” que parece diseñado para desplegar en pantalla gigante toda la razón que asiste a la ministra Aguirre). De momento, se ha producido el efecto de resaltar ante la opinión el valor de las Humanidades y la conveniencia de reforzar su cultivo en los currículos educativos, que ciertamente no era lo que buscaban los adversarios del Gobierno. Se puede decir que existe un consenso bastante generalizado para que se garantice su presencia en los planes de estudio de los diversos grados de enseñanza, de forma proporcionada a la naturaleza y objetivos de cada uno de ellos.

Ya no se trata solo de que los jóvenes españoles que se propongan cursar estudios superiores aprendan algo de latín, seno materno del que nacieron casi todas las lenguas peninsulares, con sus esquemas literarios y de pensamiento (el euskera, que sería la excepción, también ha recibido del latín la escritura, casi la mitad de su léxico y los modelos literarios y dialécticos, que le han permitido pasar de mera lengua de uso a lengua de cultura).

En los partidos de izquierda, hay algunos políticos que se pasan la vida construyendo fantasmas para luego pelearse a brazo partido con ellos. Otros viven en un permanente recelo, siempre con la sospecha de que, en cuanto se descuiden un momento, les van a colar desde el otro lado un gato disfrazado de liebre. Pero uno tiene motivos para pensar que no son pocos los que, con sentido de la responsabilidad, no quieren que se prive a las nuevas generaciones de la riqueza cultural y técnica que se adquiere con el estudio de las Humanidades: leer, escribir, hacer cuentas, saber quiénes somos, de dónde venimos y en qué lugar del mundo y en qué coyuntura temporal se desarrollan nuestras vidas. No obstante, la postura oficial y parlamentaria de socialistas y comunistas fue la de oponerse, porque esa negativa desgastaría al Gobierno.

La promoción de las Humanidades en la educación general española saldrá adelante, si bien de momento se han perdido dos años; uno para la negociación y las discusiones políticas, y otro para establecer la didáctica y la bibliografía, que podían haber estado listas en septiembre del 98 y, sin embargo, quedan demoradas hasta el próximo milenio.

Los partidos nacionalistas se sumaron al no de la izquierda por una razón formal y por otra de concepto y de contenido. Estimaban que la determinación del plan director de las Humanidades, como los de las otras materias escolares que la ley atribuye al Gobierno nacional, deberían ser competencia, al menos en su caso, de los Ejecutivos autonómicos. Por otra parte, los nacionalistas querrían que la lengua y la historia que se enseñe a los ciudadanos de Cataluña y de Euskadi sean, preferentemente, las peculiares de aquellos territorios. A los “fundamentalistas” de ambos nacionalismos les gustaría conseguir un día que la historia y la geografía de España fueran, en su ámbito territorial, lo que en el resto del Estado son las de Europa, convirtiendo así el castellano en una segunda lengua.

Eso, sin embargo, significaría un empobrecimiento humano y cultural de las poblaciones catalana y vasca. Es de ayer el grito de Tarradellas, cuando volvió de cuarenta años de destierro con la bandera de la legitimidad estatutaria en la mano, y saludó a los cientos de miles de personas que le aclamaban con el grito de “¡Ciudadanos de Cataluña!”. Eso significó abrir los brazos de la “hospitalidad” catalana, que tanto ensalzaron Cervantes y Lope de Vega, en pie de igualdad, a los millones de españoles nativos u oriundos de otras regiones que han encontrado su hogar y su nueva patria chica en tierras de Cataluña.

Ningún político responsable y ningún intelectual serio pone en duda que Cataluña y Vasconia forman parte de la nación, Estado, Reino o realidad política de España. La historia de España es historia de Cataluña e historia del País Vasco. Y la lengua española o castellana es también lengua de los habitantes de esas comunidades, cuya condición bilingüe -mayoritaria en Cataluña y minoritaria en Euskadi, pero respetable en ambos casos- no es ninguna clase de limitación. Hace 2.200 años, el poeta romano Ennio, un itálico del sur, proclamaba que tenía tres almas porque podía hablar en osco, en latín y en griego. E incluso se da el hecho poco divulgado, y del que apenas si se tiene conciencia, de que “español» no es palabra castellana, sino que llega a esta lengua desde el protocatalán de las primeras expansiones hacia el sur del condado de Barcelona. En el poema de Femán González (siglo xm), todavía se dice “españones” (de España o Espania. Como sajones de Sajonia, borgoñones de Borgoña, frisones, bretones, lapones, etc.).

La historia expectante

 

A la memoria de Vicente Cacho-Viu, maestro locuaz y paciente

El «giro lingüístico» de la teoría posmodema no ha dejado de vocear en los últimos años el fin de la historia como ciencia. El acento en la mitohistoria y el retomo de la narrativa han subrayado el papel que las representaciones colectivas juegan en la dinámica histórica y en la configuración histórica del tiempo, aunque cubren de sombra la posibilidad de aprehender y de valorar de forma científica o rigurosa esos fenómenos. Son dos aspectos diferentes del problema, que conviene en lo posible distinguir. Ahí radica la suerte de una historia expectante.

Paul Valéry no dudó en afirmar que la historia era el producto más peligroso que la química del intelecto hubiese fabricado jamás. La historia no es la ciencia del pasado, empeñada en restituir sobre fuentes fidedignas los hechos relevantes de un horizonte sepultado. La curiosidad arqueológica no abarrota las vitrinas de la historia. La historia positivista tradicional, dominada por el fetichismo del documento, no agota las posibilidades y capacidades del conocimiento histórico. La historia, con mayor verdad, es la ciencia del presente: toda historia es historia contemporánea, formuló Croce, pues en el fondo de nuestra interrogación sobre el pasado siempre late una inquietud de presente y de futuro. Cada vez más de futuro, si es cierto que nuestra instalación en el presente se reduce sin cesar. El cambio parece ser el signo contemporáneo del presente, a diferencia de otras épocas que consagraban las permanencias. El presente se vuelve efímero, cada vez dura menos, y ello hace más acuciante y difícil la predicción del futuro, aspiración y hasta obsesión de la historia más anclada en los mares bravíos de la ciencia social. Por encima de las disputas epistemológicas o de la lucha histórica entre paradigmas, la historia, lejos de aquietarse en la mera búsqueda de hechos abandonados al olvido (como las flores del campo esperando a ser recogidas), se construye como ciencia sobre las preguntas o problemas que el presente plantea al pasado desde una preocupación de futuro. La historia es así la ciencia del tiempo, y hace posible la inteligencia del tiempo en toda su extensión. El concepto de «historia total» y los espacios del tiempo introducidos por Braudel, del tiempo corto al tiempo largo, mantienen su interés. La historia como la ciencia depositaria del tiempo es ciertamente peligrosa. Pero también la hace benéfica y necesaria. Obviando el utillaje mental propio del historiador, la perspectiva histórica, el enfoque histórico de los problemas, en la amplitud del tiempo, lleva a desdramatizar los conflictos colectivos, introduce un factor de alejamiento y serenidad en el espacio y diálogo públicos. La historia puede ser siempre magistra vitae.

Pero si la historia no es inocente es porque la historia es inseparable de la cuestión de la identidad. La historia alumbra la nación, alimenta la memoria colectiva, educa al ciudadano. Atendiendo a cómo se ha contado y se cuenta la historia a los niños a lo largo del mundo entero, un ejercicio practicado por Marc Ferro, se hace patente la función de la historia como forja de identidad. La enseñanza de la historia ha sido una herramienta imprescindible para la construcción del Estado-nación, y lo sigue siendo para la fundamentación y supervivencia de cualquier nacionalismo. La historiografía, la memoria de la historia, es siempre testimonio elocuente de la mirada que una comunidad dirige sobre sí misma, y es que la historia, al igual que la identidad, responde a la necesidad de legitimarse frente a los otros o al Otro. Se puede entender la historia de la historiografía como un círculo de historias oficiales que suscitan contrahistorias, y éstas, nuevas historias oficiales, desarrollando una multitud de redes, soportes y talleres de historia, verdadera industria pesada cuando la coyuntura lo requiere. Es la historia militante, cuyo poder de culturización y movilización se impone a la erudición y academicismo de los ámbitos profesionales. Es la historia propaganda, que cierra el camino a la verdad, deforma la conciencia histórica y malogra las culturas políticas, dirá la voz de la crítica. Pero ¿es posible alguna forma de historia al margen de la afirmación o conciencia identitaria?

La cuestión de la identidad no es un problema metafísico, sino fundamentalmente cultural y político, y por ello mismo cambiante. Es menos una realidad sustancial que una representación social. La historiografía es un arma peligrosa en la medida que, apoderándose de la memoria y del olvido, ha contribuido y contribuye al esencialismo nacionalista, fijando la imagen de una nación eterna, que ha existido siempre, y proyectando sobre ella, como valores nacionales, los mitos y contenidos ideológicos inmediatos del propio grupo organizado. La historia militante-oficial es teleológica. Pero son esas mismas armas, la cultura histórica y la política, las que se precisan para el enfoque abierto, sin pretensiones metafísicas, de las tres dimensiones principales del problema de la identidad: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo? y ¿a dónde vamos? La última pregunta, con implicaciones éticas y morales, se plantea siempre en plural, demanda un proyecto colectivo y es en sí misma una cuestión política y, como tal, abierta a la mudanza histórica.

La triple pregunta de la identidad contiene y apela a la inteligencia del tiempo histórico, pasado, presente y futuro. El maridaje peligroso de historia y política refuerza la dimensión prospectiva de la ciencia histórica, dejándola expuesta al juego de los mitos e imaginarios colectivos. ¿Hay que convenir con McNeill en que la ciencia histórica solo puede aspirar a producir mitohistoria, por más que quepa siempre establecer diferencias -valga el consuelo- entre unas mitohistorias y otras? El «giro lingüístico» de la teoría posmoderna no ha dejado de vocear en los últimos años el fin de la historia como ciencia. El acento en la mitohistoria y el retorno de la narrativa han subrayado el papel que las representaciones colectivas juegan en la dinámica histórica y en la configuración histórica del tiempo, aunque cubren de sombra la posibilidad de aprehender y de valorar de forma científica o rigurosa esos fenómenos. Son dos aspectos diferentes del problema, que conviene en lo posible distinguir. Ahí radica la suerte de una historia expectante.

 

LA INTELIGENCIA DEL TIEMPO PÚBLICO

La ciencia histórica ha acusado, como otras ciencias humanas y sociales, la crisis del modelo hipotético-deductivo. Ha dejado de mirarse en el espejo de las ciencias de la naturaleza, sumisas al imperio de la física como reina madre. No ha sido el simple cansancio y hasta hartazgo producido por el trabajo con modelos, o el empleo abusivo de métodos cuantitativos en la investigación, que restan poder a la palabra, lo que ha llevado a la rebelión contra las pretensiones de un racionalismo desmedido. Lo que se cuestiona de nuevo es el sueño de la razón erigida en guía única e infalible del progreso de la humanidad, la idea misma de progreso lineal, figura por excelencia del mito del progreso, el optimismo ingenuo que pone su fe en la apoteosis de lo efímero y en la vida sin dolor. La ciencia no puede desconocer sus límites, la razón no conduce a certezas definitivas, se muestra dubitativa e inexperta ante los problemas del mundo de la vida, y vivir -según la expresión de Popper- es solucionar problemas.

La crisis del modelo hipotético-deductivo y de los paradigmas hasta no hace mucho dominantes en el seno de las ciencias humanas y sociales -marxismo, estructuralismo, funcionalismo- responde ante todo a una cuestión de sensibilidad, la sensibilidad que reacciona contra la frialdad de la razón instrumental, como antaño lo hiciera el romanticismo contra la crudeza de la razón ilustrada, reclamando otras formas de conocimiento y otras fuentes de verdad: la intuición, la tradición, el mito, la fe. La llamada posmodernidad tiene mucho de neorromanticismo. La fractura producida en la ciencia hipotético-deductica ha sido aprovechada para su reconocimiento como una de las formas posibles de representación del mundo: la presunta evidencia de la ciencia no sería más que la ficcionalización de una metodología en el fondo superficial. Se ha aliviado así la tensión entre mito y ciencia, habitualmente concebida en términos peyorativos. El concepto de mitohistoria se redime en el propio concepto de «mitociencia».

La escapatoria al fin de la historia anunciado por Fukuyama, al amparo de la crisis racionalista y el resquebrajamiento del mito del progreso, demanda la superación de un esquema algo simplista, aquél según el cual la utopía es siempre «subversiva» y la memoria colectiva «conservadora». Es una contemplación alejada de la realidad: memoria y futuro, recuerdo del pasado y expectativas colectivas se miran y caminan unidos (y de su perversión histórica hablan los sistemas totalitarios). Hoy se es más consciente, no tanto de que el futuro se contenga casi entero en el pasado, como de la complejidad del tiempo social, concediéndose mucha mayor importancia al hecho de la superposición de múltiples temporalidades humanas en el ahora del calendario. La cuestión del tiempo se cruza con la cuestión del sentido, alentando una nueva atención teórica al sujeto y a la conciencia. El regreso anunciado del sujeto reintroduce la dimensión trascendente en la formulación del sentido de la vida y, tal como lo presenta Luc Ferry, revestido de hombre-Dios, conduce al advenimiento de un nuevo humanismo tan opuesto a las concepciones materialistas como a las tradicionalistas. Ni la sociedad ni las organizaciones ni el hombre son una cosa, la vida no es un juego mecánico de fuerzas; se resiente el reduccionismo progresista, adocenado en el cuadro actual de la tecnocracia consumista, en su intento de imponer una imagen del hombre o de la mujer como simple máquina de deseo y placer, de lucro o interés, de poder, en la fugacidad del tiempo, endeudando y empobreciendo el corazón humano. No menos estridente resulta cualquier mentalidad tradicionalista o «clasiquista» y su imagen del hombre rutinario, convencido de que todo ya está dicho y hecho, porque ni siquiera es capaz de concebir los adelantos de las artes o los progresos de la inteligencia; un hombre que acaba considerándose a sí mismo y a sus contemporáneos y predecesores, como una superfetación inútil sobre la tierra. Ambas concepciones han sido responsables de la anulación del sujeto.

Surge la necesidad de una nueva aproximación a la experiencia de lo vivido, que sepa conciliar la unidad y el adelanto del género humano con la variedad y multitud de culturas. La cuestión de la identidad acaba situándose en el centro neurálgico de un debate, de origen epistemológico, donde los parámetros cualitativos se sobreponen a los cuantitativos, obligados a batirse en retirada.

MITOS

El nuevo auge de los mitos no es la respuesta nostálgica a la ausencia de héroes en una sociedad tecnológica y masificada, ni simboliza la victoria de lo irracional frente al logos matemático. Revela más bien la porosidad del mito con otras formas de conocimiento y con la utopía, lo que ha contribuido a redefinir en buena manera el mundo del imaginario y el propio concepto de cultura política.

El mito (relato, representación o idea puesta en acción), elevándose sobre lo verdadero y lo falso, se presenta como la verdad inmortal de la certeza, la «total imposibilidad» de que algo no sea o sea de otro modo, a diferencia de la verdad científica, que acaso mañana podrá ser demostrada como falsa. Vulnerable a la crítica, el mito parece que muere y desaparece; pero vuelve, tiende siempre a volver, pues el mito, en definitiva, responde a una necesidad de creer, y asegura, protege; se ofrece a llenar el vacío y el vértigo, corrige y supera disparidades y contradicciones insalvables. Los mitos otorgan al grupo su cohesión cultural y su coherencia moral, componen el código de identidad de la comunidad o de la nación. El mito enseña a vivir en el tiempo. Ésa es su fortaleza: disipa el temor al futuro, la intranquilidad de la pregunta «¿hacia dónde vamos?». Los mitos agrupan, unifican y movilizan, se afanan en canalizar la historia y la libertad. Su papel en el relato histórico y en la enseñanza de la historia no es más que un elemento de esta realidad.

El mito es realmente peligroso cuando se articula como una mitología, esto es, como un sistema cerrado de mitos con pretensiones totalizantes y totalizadoras de explicación de la realidad; el mito, en este sentido, no se diferencia de la visión crítica actual acerca de las ideologías. El lenguaje político, la gramática del poder, hace borrosos los confines entre los conceptos y los mitos. El mito puede ser enunciado así con la ayuda de un concepto, aunque ese concepto no sea mito si no viene acompañado de una o varias imágenes simples y fuertes.

IMAGINARIOS

Mito y utopía conviven cómodamente en el mundo del imaginario colectivo y apelan a la conciencia del sujeto. El mito está en el «imaginario», pero no todo el imaginario es mito. La expresión vaporosa de imaginario apunta al juego desenvuelto de ideas, imágenes, valores, motivaciones y actitudes (las imágenes en las ideas, los valores en las imágenes, las actitudes en los valores y motivaciones), y a las prácticas sociales derivadas de esa realidad flotante y mezclada. El poder del imaginario como configurador de mundos -prodigiosa capacidad de anudar y desenvolver tiempos- se abre a la verdad del «triple presente», definido por san Agustín: el presente del pasado, que es la memoria; el presente del presente, que es la visión; el presente del futuro, que es la espera. Cuanto menos espacio invada la conciencia de lo contemporáneo como presente-presente, mayor capacidad de anticipación tiene la expectativa. La fortaleza de la espera hace madurar las actitudes, que alcanzan mayor significación como prefiguración de comportamientos. El pasado -Ortega lo expresó rebuscando en el espíritu de Goethe- solo importa desde el futuro y para el futuro: la memoria no es sino el culatazo que da la esperanza.

La articulación y tensión de mitos e imaginarios se puede pensar igualmente desde las categorías de «espacio de experiencia» y «horizonte de expectativa», formuladas por Koselleck. La experiencia, como pasado acumulado donde los acontecimientos no quedan aprisionados en los estratos de la cronología («pasado presente»). La espera, como despliegue de toda suerte de expectativas alimentadas desde la esperanza o el temor, el querer o la inquietud, el cálculo racional o la curiosidad, o desde cualquier otra preocupación individual o colectiva con relación al futuro («futuro hecho presente»). Son categorías con significaciones éticas y políticas permanentes, que dan razón de la posibilidad misma de la historia. Espacio de experiencia y horizonte de espera forman el eje de coordenadas de una historia expectante.

CULTURAS POLÍTICAS

Los imaginarios se encarnan en una cultura política. La cultura política aglutina un conjunto de elementos heterogéneos (principios teóricos e ideológicos, mitos, representaciones, momentos y lugares simbólicos, conmemoraciones, programas, estrategias, prácticas) alrededor de una representación dominante de la organización y devenir social o nacional. Como ha observado Rosanvallon, la cultura política saca su fuerza precisamente de la relativa heterogeneidad de los elementos que la componen, a diferencia de la ideología, que mira a la racionalización y a la homogeneidad, y resulta insuficiente para obrar el cambio político y social. La cultura política no responde a una construcción conscientemente elaborada, sino que es ante todo un «hecho social» que evoluciona con la sociedad y se transforma con ella, al contrario de la ideología, que se presenta como carente de historia. La socialización política, la influencia directa del medio en la formación de la identidad política, no niega la capacidad individual ni la libertad personal. El juego de interdependencias y relaciones entre individuo y sociedad, la presencia inquietante del poder u otros condicionamientos históricos, que pesan en la construcción de las representaciones colectivas y en la toma de conciencia política, encaminada a la definición y eficacia de la acción humana, esas mismas dependencias son las que permiten afirmar la libertad real, ejercida, del individuo frente a la presión u opresión de los mitos.

La cultura política se transmite en el espacio público. La política como conversación compromete a toda la sociedad, no se aquieta en los límites estrechos de las instituciones políticas y de los grupos de comunicación u opinión, como viene a sugerir Habermas, por importante que sea su función creadora y socializadora de discursos. Resulta ingenuo pensar que solo los grandes hombres tengan ideas y los demás sean poseídos por ellas. La individualidad, la fuerza y destello del genio no representan muchas veces sino la capacidad de orientarse en la atmósfera colectiva, en la nebulosa del siglo; la facultad de leer y escuchar en el estruendo del espacio público; el arte de traducir con perspicacia el espíritu, el tiempo generacional en que se viaja por la historia.

La inteligencia del tiempo público por parte de los intelectuales afecta a la formulación del proyecto. La idea de proyecto conserva la traza de la utopía: el futuro nunca es incierto, a no ser que falte un proyecto. Al intelectual, desposeído de la candidez idealista o narcisista, eterno sueño de transformación mágica de la realidad al solo soplo de su pensamiento crítico, le compete alentar un «afán de llegar» que anime la articulación de pensamiento y acción indispensable a todo reformismo social. El verdadero talante intelectual se opone al vacuo afán de novedades escondido a menudo en la actitud hipercrítica, presuntamente desmitificadora. La hipercrítica es siempre el crisol de los nuevos mitos, y algunas veces de la violencia: ese divorcio entre palabra y acción, según el sentir de Arendt, que vuelve las palabras vacías y los actos brutales, violando y destruyendo relaciones personales y cegando cualquier esperanza de realidades nuevas.

El afán de llegar, progreso reflexivo que no ignora la erosión de la historia, se distingue tanto del grácil optimismo ilustrado como del pesimismo asociado a cualquier tiempo de crisis. El tiempo de crisis invade y se apodera del imaginario colectivo y el espacio público, cuando se verifica una reducción del espacio de experiencia y un alejamiento del horizonte de expectativas, como ha hecho notar Ricoeur al volver sobre las categorías de Koselleck. El tiempo público se carga de preocupación y es tiempo de juicio y decisión, que no siempre halla el concurso de los intelectuales (el pesimismo y deserción de los intelectuales, la incapacidad declarada de articular pensamiento y acción, favoreciendo la conciencia de crisis, acaba descorriendo con indiferencia el pestillo de la violencia). Se presenta entonces un vacío doloroso que es preciso colmar y calmar, un estado de ansiedad colectiva, un vértigo que precipita al mito de la edad de oro, del pasado prestigioso, de la inocencia de otros tiempos, y se halla de igual forma una gran receptividad ante cualquier promesa de beatitud o advenimiento del paraíso en la tierra. La falsificación milenarista comparte con la tentación totalitaria el deseo decepcionado y la angustia. El presente se vive todo entero como crisis cuando la espera se refugia en la utopía, y la tradición se convierte en depósito muerto.

El tiempo no es en sí mismo público, pero ese rasgo tampoco queda limitado al tiempo de la preocupación, que sacudió a Heidegger; al contrario, define con mayor propiedad el tiempo de la ocupación, la hora del empeño cotidiano en el proyecto de vida en común, fragua de la identidad nacional, más allá de la interpretación hecha por Ortega.

EL RASTREO HISTÓRICO DE LA ESPERA

La historia es inseparable de la inteligencia del tiempo público, pero ¿es posible la explicación científica de la historia? La necesidad sentida de dar razón de la propia vida en una historia para poder vivirla, ¿no aboca acaso a la mitohistoria? Tras la crisis de la ciencia hipotético-deductiva, historia, filosofía y literatura entablan nuevas relaciones, como sugiere Hayden White, pero el énfasis posmodemo en la sola posibilidad de contar historias resulta una postura cómoda. Si no se acierta a fundamentar metodológicamente la explicación siquiera del pasado, con menor fortuna cabría plantear el rastreo histórico de la expectativa. Sin embargo, Le Goff ha valorado cómo la espera y su variedad religiosa, la esperanza, puede convertirse en uno de los temas más interesantes de investigación para la historiografía actual y futura. Asimismo, Gendzel advierte cómo en torno al concepto de cultura política se está redefiniendo la historia social. Tras el arrastre de la oleada posmoderna, que apenas ha conseguido transformar el paisaje de la práctica historiográfica, por más que haya introducido buenos elementos de crítica, comienzan a despuntar nuevas formas de «historia total».

No hay que absolutizar la cuestión del método histórico. La historia en el fondo no tiene un método propio, quizá nunca lo ha tenido. Marc Bloch llamó la atención sobre el afán de imitar a los hombres de laboratorio -referente de la «identidad científica» moderna-, que subyace en la cristalización metodológica de la historia o de la filología a fines del siglo XIX. El método histórico-filológico tradicional expresa el complejo de inferioridad del historiador en el imperio del positivismo y los propios condicionantes y limitaciones de las corrientes lógico-positivistas. No hay que hablar tanto de el método de la ciencia histórica, como de los métodos en la ciencia histórica. El pluralismo metodológico, el concurso de distintos métodos apuntando a una integración de los niveles «macro» y «micro» de la investigación en función de las necesidades concretas del objeto, constituye una pieza esencial del diálogo epistemológico que mantienen actualmente las ciencias humanas y sociales, un empeño apenas acometido dentro de la historia. En ese sentido, el estudio histórico de las representaciones colectivas supone un desafío metodológico de altura interdisciplinar, capaz de salvar las antinomias entre «investigación cuantitativa» e «investigación cualitativa».

CUESTIONES DE MÉTODO

El regreso del sujeto no implica el individualismo metodológico, sobre todo si se pretendiera con ello obviar el problema de la socialización de las ideas, al modo como suele hacerlo la historia de la filosofía. Ésta atiende únicamente a las «grandes individualidades», convencida de que las ideas mueven el mundo y dando por supuesto un marcado y esencial sentido descendente que hace irrelevante, incluso, la pregunta acerca de cómo las ideas personales se vuelven colectivas y se convierten luego en operativas. El estudio de los mitos y, por extensión, de las culturas políticas, obliga a salir de la esfera del individuo: como enseñara Lévi-Strauss, lo que permanece en el plano individual no pasa al estado de mito. La ocultación -hasta cierto punto disolución- del sujeto individual no es una cuestión de principio, sino un requerimiento metodológico. La vieja pugna entre la afirmación radical del individuo como realidad estelar y las teorías estructuro-funcionalistas de la acción se diluye en el marco metodológico de la prosopografía. La biografía colectiva lleva a la caracterización de grupos «reales» (no abstractos), donde sea posible reconocer vínculos objetivos de relación, fijando su papel en la formulación de expectativas y en la emergencia de nuevas formas sociales. El grupo acerca al individuo a las redes de sociabilidad, constituyendo una clara vía de aproximación a la central del sujeto. El estudio prosopográfico, sin dejarse arrastrar por el ímpetu de los grandes nombres, conduce a una mejor individuación, ayudando a situar y valorar en ámbitos y campos determinados la fuerza misma de la individualidad y de la libertad.

La diferenciación de grupos no supone una clasificación en compartimentos estancos, ni afecta únicamente a los espacios de experiencia (formación, estructuración socioprofesional, sociabilidades, lenguajes simbólicos, reglas, modos de vida y costumbres). Es posible viajar relacionalmente desde la pertenencia normal y simultánea a varios grupos, lo que permite el método comparativo. Esa capacidad relacional aumenta cuando se aplica a los horizontes de espera. El concepto de generación, y el problema de las generaciones, no condensa tanto la supuesta primacía de las élites y de las individualidades dentro de ellas en el tiempo de la historia, aunque pueda ser entendido así, como la realidad de un sujeto o actor colectivo portador de un tiempo humano y social propio, cargado de individualidades. Es un concepto que reviste sobre todo una significación metodológica. El análisis de la sucesión de generaciones, al ritmo de predecesores, contemporáneos y sucesores, superponiéndose en el presente, permite apreciar la presión histórica del tiempo público. La observación histórica desde las coordenadas de la prosopografía garantiza un enfoque menos arbitrario de los problemas (el enfoque correcto ya es principio de solución), y ofrece nuevas vías para la exploración del flujo de ideas e imaginarios.

La observación prosopográfica recompone asimismo la biografía del discurso, el gran contexto donde leer el texto cultural o político. Toda élite se autocomprende dotada de una especial capacidad de dar respuesta intelectual o política a las necesidades de su comunidad, pero sus deseos y expresiones no han de identificarse inmediatamente con los de la comunidad. El análisis del discurso (situándose a un nivel más profundo que la hermenéutica tradicional) no es sino el reconocimiento del diálogo que entablan predecesores, contemporáneos y sucesores en el espacio público, sin agotar sus fuentes en la producción intelectual o el debate publicístico. A través de un proceso comprensivo, que carga de realidad y perfecciona tipologías como las descritas por Girardet o Carbonell, alumbrando el campo de la mitografía política (mitos del progreso/decadencia, civilizado/buen salvaje, elegido/reprobado, etc.), y al trasluz del diálogo generacional, se filtran con mayor facilidad las pepitas doradas de la espera y las promesas. Es factible de ese modo desligar actitudes y establecer iniciativas y contrastes respecto a la dinámica sociopolítica. No se puede obviar que muchas veces el simple movimiento de los actores, su entrada en escena, las reacciones que provocan en otros actores o el público, es de suyo más elocuente -dicen mucho más del universo en que se desenvuelven- que el propio contenido de sus discursos.

El análisis del discurso se abre a las historias de vida. La acentuación última de la individuación del sujeto resalta la orientación de la acción hacia unos valores, al tiempo que permite valorar la comprensión del sujeto como distanciación de prácticas organizadas. La afirmación del «yo» es compatible con la del grupo, cuando la razón última de su vinculación con cualquier grupo no es otra que la ilusión por un proyecto, nunca la rutina de unas reglas o prácticas huecas, sin sentido. Las historias de vida sobrepasan las memorias, las autobiografías o los epistolarios como género. Asociadas a la historia oral y a las entrevistas abiertas en profundidad, en cuanto técnica de recogida de datos y de construcción de sentido, crean auténticos textos vivos que llenan de elocuencia la historia del tiempo presente. Las historias de vida componiendo y relatando el yo manifiestan, incluso en sus silencios, un inevitable aporte mitobiográfico; hacen aflorar el inconsciente al nivel cultural a través del discurso y de la propia conceptualización, libre de las imposiciones de un cuestionario cerrado, desarrollados por el entrevistado.

La cuantificación no es ajena al rastreo histórico de la espera. No es posible la reconstrucción y el examen de grupos numerosos en escenarios complejos sin acudir a ella. El ideal de la ciencia rigurosa, del rigor metodológico, no tiene por qué renunciar a la «matematización», por más que haya fracasado el paradigma estructuralista de un álgebra de la realidad humana. Existen distintos «estilos de cuantificación», y no faltan análisis formales totalmente ignorantes de lo numérico. Se trata de llegar a una «cuantificación de lo cualitativo», expresión que alcanza cada vez mayor sentido aplicada al estudio del comportamiento humano y de las actitudes, y que viene favorecida por la creciente orientación de la estadística hacia métodos no lineales de análisis de datos, que empujan a la superación de la causalidad como forma específica de explicación científica. La «lógica de los números» siempre ayuda a pensar. La cuantificación y el ordenador no son un simple medio de descripción, clasificación, comparación y archivo. La cuantificación es ante todo un instrumento de observación, que no rehúye el contacto con los hechos, pero que, elevándose sobre ellos, consigue divisar nuevos horizontes y realidades: es un medio de prospección y de penetrar en lo oculto. Permite «ver», y ver grande, con la fuerza de la percepción estética (la cuantificación reclama un impulso estético en el mismo diseño de las variables, auténtica descomposición de los conceptos en imágenes), y hace patente lo inexpresable. La cuantificación, además, puesta al servicio de la palabra restituida, no agota su papel en el análisis de contenidos, sino que reclama protagonismo en el establecimiento de la propia articulación de los discursos. Ayuda a desentrañar el «argumento» que vertebra el espacio público, el que tiñe de preocupación el tiempo público. La cuantificación (aunque nadie obligue a ella) no se opone a la historia como drama.

LA HISTORIA COMO DRAMA

A la historia no le compete tanto el relato como el argumento. Antes que la narración, el drama. «Los historiadores han contado siempre historias»: las palabras de Stone, en un lenguaje de alternativa brutal (del grupo al individuo, de lo analítico a lo descriptivo, de la cuantificación al ejemplo, de lo científico a lo literario), resonaron como un grito de guerra contra la «nueva historia» popularizada singularmente por la escuela francesa de Annales, y así la «vuelta a la narración» posmoderna pudo ser saludada por muchos historiadores como una vuelta a la «historia de siempre»: los teóricos posmodernos venían a ser los profetas de una «nueva vieja historia». Nueva o vieja, la «lógica del relato» no puede desprenderse de un pensamiento genealógico confortablemente instalado en «el antes explica el después», un juego -como hiciera notar Furet- donde el historiador gana siempre; la simple organización de los hechos históricos sobre la escala del tiempo basta para que éstos reciban de inmediato su significación en el seno de una evolución conocida de antemano: los acontecimientos se acaban eligiendo con relación a su lugar en una narración, que sustrae el drama de la experiencia del tiempo de los propios actores. Poco importa que los acontecimientos sean únicos, no comparables o poco homogéneos entre sí: reciben su sentido del exterior. Esa lógica temporal, y su ilusión de lo verdadero, tan cercana a la razón mecanicista de la causa y el efecto, es la que acaba forzando como reacción una microhistoria propiamente posrnoderna, mucho más pictórica y de gran poder desmenuzador (un verdadero peligro para la historia tradicional).

La defensa del carácter narrativo de la historia no debe consagrar un culto intransigente del relato. Annales, en un ejercicio de autocrítica, invitó a tomarse en serio las formas de escritura histórica, pero sin perder de vista las exigencias de verificación, pues la historia no es un ejercicio libre. El acento en la narración no exime de las obligaciones del método: la puerta de acceso al interior de las realidades históricas. El «ver» es previo al «mostrar», aunque en ambas fases del trabajo investigador razón e imaginación (racionalidad, impulso creativo y atracción estética) trabajen juntos.

La mirada del historiador atrae la historia al drama. El ojo del historiador no es el Ojo de Dios, observador absoluto, esa vana aspiración de la ciencia de la naturaleza. La pretensión de la ciencia histórica es algo más modesta. En la historia, como en el teatro, la articulación total de la pieza representada en el escenario (la lógica formal de las acciones) solo es percibida por el auditorio: es el espectador quien mejor la percibe y no los actores que están en escena. Como en la vida real, los actores del drama no saben siempre lo que hacen (determinados caracteres o actuaciones del individuo o miembro de un grupo o comunidad responden, antes que a una manifestación fundamental de su conciencia de identidad, a un papel que debe ser jugado ante su audiencia; es la «esclavitud del personaje»). En ocasiones, el interés de la escena queda centrado en las actitudes adoptadas por unos actores a raíz de la interpretación o composición de lugar que se hacen acerca de la actitud de otro u otros sujetos. Y es precisamente jugando con esa conciencia estructural, ausente o defectuosa en el actor, pero que se revela al espectador, como se monta y desarrolla a veces el drama. La metáfora puede aprovechar tanto al «ver» como al «mostrar» de la historia.

La historia como drama neutraliza la voz teleológica del narrador. La narración, corno explicación histórica, debe contener la comprensión histórica inherente a la historia como drama. La explicación crítica propia del ver desde fuera exige previamente el esfuerzo comprensivo del ver desde dentro. Comprensión y explicación no son polos contrapuestos, sino que se implican mutuamente (en la vieja pugna Durkheim contra Weber, ahora todos ganan). El historiador no es ajeno al público ubicado en el «presente interpretante» (toda historia es historia contemporánea), pero ofrece mayores garantías que otros (pluralismo y rigor metodológico), a la hora de mezclar y distribuir productos tan extremadamente peligrosos como «pasado interpretado» y «futuro esperado».

La historia como drama se orienta tanto a la mejora del conocimiento histórico como de la cultura política. Atiende a la constante representación del drama de la libertad en el teatro del mundo, en sus distintos escenarios, escuchando (mucho antes que contando) una multitud de historias. La historia como drama, sabedora de las relaciones que mantienen mito y utopía, haciendo del pasado la memoria de algo principalmente insatisfecho e insatisfactorio, vivifica en el presente la idea misma de proyecto. En términos de cultura política, es sensible frente al conformismo de lo políticamente correcto, un modo de control social que induce a una creciente absolutización y sacralización del poder, donde el disenso acaba entendiéndose como conspiración (la conspiración termina recibiendo la significación que alcanzaba el escándalo en el Antiguo Régimen), inquietante expresión no tanto de la negación como de la ficcionalización del espacio público. La historia como drama, animada de un afán de llegar, es una historia expectante.

Patrimonio histórico

Códice de Madrid
Polifonistes de Barcelona y Grupo de Música Alfonso X el Sabio
Director: Luis Lozano Virumbrales
SONY CLASSICAL. Serie Hispánica.
SK 60074. DDD

Cantigas de Alfonso X el Sabio. Caballeros
Grupo de Música Antigua
Eduardo Paniagua
SONY CLASSICAL. Serie Hispánica.
SK 60080. DDD

Estas dos grabaciones con música del siglo XIII presentan las dos caras de lo que fue la creación musical de la España de la Edad Media, esto es, la música religiosa cultivada en el templo, y la música de inspiración cristiana compuesta en el ambiente cortesano. No hay que olvidar que en los años del reinado de Alfonso el Sabio (1221-1284), se vivía en plena Reconquista, y los valores religiosos eran su bandera. El rey Alfonso X poseía una profunda devoción mariana y, siendo Santa María el eje de su amplísima colección de cantigas, éstas presentan tanto en lo musical como en lo literario una mayor libertad creativa, que les estaba entonces vedada a las obras artísticas dedicadas específicamente al culto.

El Códice de Madrid, fechado alrededor de 1260, es el primer manuscrito hispano conocido que incorpora los innovadores procedimientos compositivos nacidos en la Escuela de Notre Dame: el inicio de la polifonía o escritura a varias voces y una notación sistemática del ritmo musical. Éste es el principal motivo de su gran interés histórico-musical. En él aparecen conductus, organum y motetes, algunos escritos para tres y cuatro voces, lo cual no es habitual en la época. La grabación ha sido estructurada en forma de Misa con los fragmentos escogidos del Códice, e intercala monodia y polifonía.

El grupo Alfonso X el Sabio, que dirige Luis Lozano, lleva muchos años dedicado al estudio y divulgación del canto gregoriano y de la monodia medieval. Tanto sus integrantes como los Polifonistes de Barcelona llevan a cabo una interpretación impecable y, sin duda, de referencia para el futuro. El estudio musicológico de los manuscritos, reflejado en los comentarios del libreto que acompaña la grabación, y su interpretación sonora, contribuyen de forma muy importante a ensanchar el conocimiento de la rica historia musical española. A ello ha contribuido la Fundación Caja de Madrid, que he impulsado con su patrocinio la difusión de esta obra.

Al mismo tiempo que se glosaba el Evangelio en latín en las recién construidas catedrales góticas, en los salones del rey Alfonso X, y probablemente también en las plazas de las ciudades, se cantaban en galaico-portugués los milagros de Santa María y las valerosas hazañas de los caballeros. Muchas de esas piezas, aún poco divulgadas, se han grabado por vez primera en esta amplia colección que va a ser la Integral de las Cantigas de Alfonso x el Sabio. Los seis discos anteriores -Cantigas de Toledo, de Castilla y León, Remedios Curativos, La Vida de María, Cantigas de Sevilla y Cantigas de Jerez- ofrecen distintas recopilaciones. Para este nuevo CD, Eduardo Paniagua ha escogido aquéllas que relatan historias relacionadas con el mundo de los caballeros. El amor, los celos, el honor y la venganza son los temas caballerescos recurrentes, con la presencia protagonista de Santa María que les aconseja, les convierte en la fe o les salva de los peligros.

Por su contenido, estas Cantigas presentan algunas particularidades. En algunos casos son narraciones más extensas y necesitan una mayor intervención instrumental para mantener la tensión musical; en otros aparecen varios personajes, lo que favorece una versión dramatizada, alternando partes corales con otras a solo, o interviniendo varias voces solistas. La instrumentación es de una gran variedad, pues llegan a utilizarse hasta treinta y ocho instrumentos distintos, entre ellos, además de los medievales tradicionales, algunos de origen árabe. Todo ello confiere a esta grabación una riqueza tímbrica extraordinaria.

Esta selección, además de la belleza de su interpretación, sin duda tiene el atractivo del tema escogido, aún más sugerente gracias a los textos y comentarios del libreto que acompaña a la grabación, y a las reproducciones de algunas de las más bellas miniaturas que aparecen en los códices de las Cantigas.

Ambos discos constituyen una importante contribución a la divulgación de nuestro patrimonio musical. Ése era el objetivo emprendido por Sony al iniciar su Serie Hispánica.

Un mundo más armonioso

El pasado verano tuvo lugar en París el encuentro del Papa Juan Pablo II con los jóvenes de todo el mundo, para clausurar las Jomadas Mundiales de la Juventud. Fue un acto multitudinario con la asistencia de cerca de un millón de jóvenes -entre ellos, 100.000 españoles-, que se centró en una misa al aire libre en torno al Papa. La música tuvo una gran importancia en aquella ceremonia, cuyo responsable fue el director coreano Myung-Whun Chung, al frente de la Orquesta y Coro de la Academia de Santa Cecilia de Roma. El tenor Andrea Bocelli actuó como solista invitado.

En aquella ocasión pudieron escucharse obras religiosas de distintas épocas, desde el precioso Gloria de Vivaldi y el Aleluya de El Mesías de Händel, hasta el Sanctus del Requiem de Verdi y otras obras sinfónico-corales de Rossini y Liszt. Este mismo programa ha sido grabado en disco con el título de Un Himno para el Mundo, completándose con otras piezas de música sacra —entre ellas, Panis Angelicus de César Franck, Agnus Dei de Bizet, O Sacrum Convivium, de Oliver Messiaen o Exultate Jubilate, de Mozart, con la participación de Cecilia Bartoli-.

La acertada selección de las distintas partituras y su cuidada interpretación hacen atractivo este nuevo disco para un gran público y, muy especialmente, para aquellos que deseen conservar un buen recuerdo de aquel acto.

El disco se rubrica con la bendición papal, que sirve de colofón a un gran homenaje musical a Juan Pablo II «por su servicio a la Humanidad» y -según Myung Whun Chung- «a todos los compositores que han hecho de este mundo un lugar más bello y armonioso gracias a su servicio a la música».

Un ensayo de filosofía del arte, Stefan George

La autonomía que tiene frente a los artistas de su tiempo el que ya está disfrutando del arte, rara vez va más allá de la insatisfacción respecto a alguna obra determinada, a una personalidad artística concreta, o quizá también frente al saber de toda la generación; pero no es insatisfacción porque todos los problemas de esos artistas sean desmedrados o falsos: lo habitual, más bien, es tolerar ese conjunto de problemas en el arte con el que respectivamente se conviva. Si no se sucumbiera a la sugestión que ejerce el arte presente, ya hace tiempo que nos habría resultado insoportable la tiranía que el motivo erótico ejerce en la lírica. Así como la esencia del alma consiste en ser unidad de lo múltiple —mientras que lo corporal está desterrado a una irremediable dispersión—, del mismo modo no hay ninguna forma artística tan apropiada como la lírica -gracias a su abarcable estrechez— para hacer eficaz y perceptible tales fuerza y misterio del alma. Sin embargo, en favor del motivo erótico ha sido simple y llanamente descuidada la totalidad de sus contenidos, en cada uno de los cuales el alma podría manifestar su más profundo ser a través de la forma lírica. Ello se debe en su mayor parte al influjo de Goethe, si bien solo del mismo modo en que Miguel Ángel es responsable de la génesis del Barroco. El inconmensurable sentido artístico de Goethe hacía cobrar carácter artístico a cualquier manifestación que brotase inmediatamente de un impulso; él podía «cantar como canta el pájaro», y su sentido artístico poseía, frente a todo lo individualizado y subjetivo, aquella distancia cuya ausencia constituye el obstáculo del arte erótico. Vista desde la excitación propia del sentido amoroso, es claro que aun el peor conato de hacer versos da la sensación de distanciamiento: de ahí la sensación de redención y liberación que en ella experimenta el diletante. Desde la perspectiva del arte, sin embargo, la práctica totalidad de la lírica del siglo XIX -con la luminosa excepción de Hölderlin- está animada por el hálito de la vida instintiva naturalista. Aun cuando no se quiera rechazar con excesivo rigor tales excitaciones, el hecho de que el tiempo presente suela servirse de una forma artística que de suyo daría cabida a toda la vida interior, tan solo cuando con ello genera atracciones que tienen su origen fuera del arte, es algo que delata su pobreza.

Quizá sea éste el punto desde el que con mayor claridad se puede trazar la línea en la que se inscribe la esencia artística de Stefan George. El proceso orgánico o —mejor— supraorgánico de todo arte, en el cual éste hace que los temas de la vida crezcan por encima de ella misma, debe ser especialmente perceptible en la altura en la que, por encima de la inmediatez de aquellos impulsos, se sitúa el poeta y nos coloca a nosotros, cima desde la que tales contenidos se transforman en su objeto; y, según esto, también es perceptible en la pasión y ternura con las que George reviste la imagen de los valores de la vida diferentes del amor. Pues ése será el momento en el que el artista revelará su auténtica fuerza y capacidad de profundización, mientras que en todas las expresiones eróticas se contiene algo fortuito: no se sabe, por así decirlo, cuánto en la obra ha de adscribirse a la unidad y profundidad del verdadero yo, y cuánto a esa excitación que se experimenta como algo periférico, perteneciente en su mitad al mundo exterior. Aproxidamente hasta el año 1895, desarrolla la lírica de George de un modo peculiar los elementos de ésta hasta estos altísimos niveles. Su arte se caracteriza desde un comienzo por el empeño de ser experimentado exclusivamente como arte. Mientras que en los demás casos la finalidad última del lírico suele ser el contenido del sentimiento o de la imaginación (y ahí la forma artística sirve como medio para representarlos y avivarlos), en George se ha producido el cambio fundamental: que, a la inversa, todo contenido es un simple medio para configurar valores puramente estéticos. Desde luego, este giro ha conducido a muchos al simple formalismo: a buscar la perfección artística en la melodiosa corrección de rima y ritmo. Cualquier auténtica obra de arte puede enseñarnos que la escisión en forma y contenido solo sirve al análisis intelectual, mientras que la obra misma se alza más allá de tal contraposición. La fruición estética -que no coincide ni con el sentimiento provocado por la confrontación con el contenido de la obra ni con la alegría por la armonía meramente externa de la forma- está ligada a la unidad respecto de la cual estas sensaciones individuales no son sino medios. Cuanto más fuerte es la lógica interna de la obra de arte, tanto más se revela esta unidad interior en el hecho de que cualquier nimia modificación de eso que se da en llamar forma implique automáticamente una modificación del todo —por tanto también de eso que se da en llamar contenido-, y al revés. En modo alguno puede expresarse el mismo pensamiento o el mismo sentimiento de dos maneras diferentes. Adjudicar un mismo contenido a las variadas modalizaciones de la expresión es algo que solo puede hacer la superficial abstracción, que, en lugar del contenido real, individual y exactamente delimitado, instala el concepto general del mismo, lo que ya casi sin excepciones se ha transformado en una costumbre. Por supuesto que se puede expresar el amor de muy diversas formas; pero el amor que representa la Trilogía de la Pasión es representable precisamente solo de esa manera, y perdería cualquiera de sus matices si se sustituyera cualquier palabra de tal representación. Esta unidad de la obra de arte, que no es comparable con ninguna otra cosa, se eleva sobre la dualidad de forma y contenido del mismo modo que la emoción específicamente estética lo hace sobre los sentimientos primarios que pueden anudarse a tales elementos de la obra de arte. Los primeros poemas de George que se conocen delataban ya esta intención exclusivamente estética: aparte de ella no pretendían transmitir nada más (simples sentimientos o pensamientos), ni tampoco deleitar por medio del suave juego de la perfección formalista; y en estas dos abismales novedades se apreciaba inmediatamente su diferencia con la lírica estándar. Ahora bien: precisamente la temática erótica es la que en estos tempranos poemas le hace aún recaer aquí y allí en el modo antiguo de componer, por grande que sean la ternura y pureza artística que aquéllos muestran.

El primer cambio de rumbo completo se produce en El año del alma (1897). El contenido de esta obra se reduce, casi de manera exclusiva, a la relación entre un hombre y una mujer. Pero ya ha encontrado George el distanciamiento frente a tal relación, el cual no le proporciona otro encanto, otra concomitante excitación que la que corresponde al objeto de una obra de arte como tal objeto. La materia prima del sentimiento es refundida tanto como sea necesario para que ya no ponga, a causa de su ser-para sí, ningún obstáculo más a la configuración estética. Todo arte se caracteriza por un rasgo de resignación frente a la existencia viva de su objeto, renuncia a paladear la realidad de esa existencia para —eso sí- extraer de su contenido (de lo que en él hay de cualitativo) más de lo que éste realmente posee. En la medida en que esa renuncia y esta abundancia se diferencian entre sí —una se convierte en la condición de la otra-, generan el atractivo del comportamiento estético hacia las cosas. Aquí ha tocado la resignación el fundamento mismo del sentimiento: todas las vicisitudes del amor y las profundizaciones en él de que está lleno este libro se hallan marcadas por la resignación, tienen ya desde su raíz el color de ésta. Y no es resignación en el sentido de un mero no-tener y no-querer, sino similar a la que es estéticamente valiosa: es la contraprestación y la condición de que efectivamente se extraigan de la relación con el hombre —de nuestra propia percepción— el sentido y el contenido últimos, más profundos y destilados del hombre. Y así, el motivo erótico, que por lo demás solo está acoplado con el artístico como por azar o externamente, ha entrado con todo su propio ser en la configuración formal de éste; y lo que a nosotros nos parecía ser el secreto enemigo del estado estético, es decir, el atractivo autónomo que ejerce la materia, ha sido unificado con aquél y puesto a su servicio. La forma de la resignación, que es la única desde la cual puede lograrse sentir inmediatamente la gestación del arte, genera desde dentro la distancia que la forma artística posteriormente, y como desde fuera, añade al sentimiento; y genera esa distancia precisamente como una determinación del contenido del sentimiento mismo.

Lo que aquí expresa el símbolo espacial de la distancia puede apreciarse mejor gracias a una conexión temporal. El contenido de lo que denominamos nuestro presente nunca se corresponde en realidad con su estricto concepto. A pesar de que, según éste, el presente solo es la línea divisoria entre pasado y futuro, tratamos de hallar un asidero en su fantástico devenir construyendo su imagen por medio de un trozo del pasado y otro del futuro. A esta equivocidad lógica del presente se contrapone, sin embargo, un sentimiento completamente unívoco del mismo. Ciertas construcciones de la imaginación aparecen acompañadas de un sentimiento que solo podemos expresar de esta manera: esta construcción está presente. Eso no es todavía lo mismo que decir que esa construcción es real; lo que sucede, más bien, es que el áurea de lo presente, el especial poder interior que ejerce, puede acompañar cosas muy diversas en cuya realidad no pensamos en absoluto; y muchas cosas pueden ser reales, pero, sin embargo, faltarles el valor afectivo de lo presente. Ahora bien, esta presencialidad de la vivencia está relacionada de muy diversas maneras con el poema lírico. Ello se percibe de modo extraordinariamente intenso en los poemas de juventud de Goethe. El estado afectivo que describen es presente, su presencia se halla inmediatamente recluida en esta forma, en la que se ha vertido aquél con todo su calor originario. En el Goethe maduro, la presencialidad de la vivencia poética ha desaparecido; el destino interior parece haberse cumplido ya cuando el arte se apodera de él. Pero no como si fuera un material acabado al que se añadiera el arte, sino que también en este segundo Goethe coincide desde un principio el carácter de la forma artística con el de su materia, vivenciado en el sentimiento. Pero el momento en el que ese material es sentido carece ya del tono de la presencia, de su completa apertura en el ahora. El motivo de este cambio reside en que las vivencias que él tenía en edad avanzada estaban lastradas con todo el pasado, y así, cada momento que él experimentaba no era ya meramente éste, sino que comprendía innumerables eventos anteriores, iguales o contrapuestos. De ahí que incluso poemas que brotan de un estado afectivo tan inmediato, como sucede con la Trilogía de la Pasión, tomen un cariz tan sentencioso; ello explica también que el contenido del momento se expanda a algo que trasciende el momento y posee validez general, e igualmente que establezca relaciones con todo lo que constituye el contenido de la vida.

También George se mantiene en el más allá del presente; solo que en él no es —a diferencia de Goethe- la opresiva riqueza del pasado, sino un rasgo configurador de la obra de arte que procede de su interior lo que, desplazando al presente de su propio sitio, lo atrae hacia sí y se superpone a él. Es como si la sensación, el sentimiento, la imagen se vivenciaran solo en su contenido puro, sin referencia a un momento temporal. La cualidad específica de ese ser-experimentado que llamamos presencialidad de su contenido tiene siempre algo de casual. Precisamente ahora se encuentra éste desvelado por poderes del destino que, sin embargo, se encuentran fuera de él mismo; es como si no debiera su vitalidad a su propio contenido, sino a una afortunada o desafortunada coincidencia de cadenas de acontecimientos interiores y exteriores. Y así, sentimos frecuentemente ante la lírica profunda y provocadora de hondas sensaciones, que los acentos y valores que, en su calidad de momentáneas excitaciones, le son propios, se incorporan a cada uno de sus contenidos como consecuencia de enconamientos y complicaciones del diferente destino que sufre el sentimiento. Como el destello de una luz que casualmente flamea incide este ocultamiento de la presencialidad sobre lo que en la obra de arte realmente se da a entender y se siente; la claridad y el calor que ello supone pertenecen a las imágenes e ideas propiamente artísticas más por una especie de fortuna externa que por una propia e interna necesidad. En George, en cambio -aunque no solo en él—, parece que esa situación añadida en que se encuentra el sentimiento, la entera experimentación de la existencia que acontece de la mano de cada uno de los elementos, palabras y pensamientos del poema, brota de éstos mismos en vez de advenirles por medio del favor y lo excelso del momento. Es ésta una diferencia que, desde luego, es puramente cualitativa e interior, una diferencia entre las impresiones, para las que la diversidad de orígenes solo puede ser una expresión simbólica. Y así, puede ser que no tengamos otra palabra para designar la impresión que el mundo nos hace, que decir que ha salido del espíritu y voluntad de un dios, pero de esta manera no podemos dar razón de su génesis histórica, sino solo narrar, con la ayuda de una traslación simbólica del ser al devenir, la substancia cualitativa del mundo real: del que efectivamente ha llegado a ser.

Lo que yo entiendo al decir que la esencia de la lírica de George está apartada de la mera presencialidad, es algo concorde con el comportamiento ordinario de nuestra alma, y que quizá se pone especialmente de manifiesto en el terreno del conocimiento. Tan pronto como queremos hacernos entender mediante conceptos, presuponemos que cada uno de ellos tiene un contenido fijo y delimitado, que, por supuesto, no representamos realmente en cada momento: más bien es esta concreta manifestación la que revolotea a más o menos distancia de tal contenido. Como la realidad contrasta con el ideal, así se contrapone siempre también la representación a ese contenido objetivo del concepto; y aunque éste solo se representa, lo que con él queremos transmitir se halla, sin embargo, situado por encima del carácter fortuito propio de la consciência momentánea, y es tan independiente de ella como el contenido y la validez de la ley estatal son independientes de que las personas sujetas a ella la cumplan perfecta o defectuosamente. Tal dualidad ha de existir de igual modo entre los significados lógicos de las imágenes que se forman en el alma como entre los significados de los sentimientos que éstas suscitan. Nosotros notamos —aunque no podamos explicárnoslo de una manera abstracta— que tanto a las palabras como a las cosas, a las frases como a los destinos, les corresponde un cierto sentimiento, una resonancia interna, una respuesta del alma entera; éste es, por así decir, su contenido de subjetividad, esto es lo que pueden exigir, lo que son, cuando se pronuncian de la forma adecuada en el lenguaje de la interioridad. Pero más allá de este persistente significado del sentir que se corresponde con la vida interior de esas configuraciones, se mueve el caos de todos los sentimientos casuales, personales y reales, solo más o menos emparentados con los que corresponden a las cosas según la ley de las relaciones que guardan con nosotros. En George parece que todo arte hace resonar, en mayor o menor medida, precisamente esas emociones internas que, como por una interna necesidad y a modo de determinaciones inmediatamente unidas a su esencia, son propias de sus palabras y colores, de sus pensamientos y formas, de sus movimientos e ideas. Desde luego, se trata aquí solo del enlazamiento existente entre acontecimientos subjetivos e interiores y situaciones exteriores, sensibles; solo que el hecho de que aquéllas se enlacen con éstas se experimenta como una necesidad objetiva que, concretamente, es inherente a la hechura (Beschaffenheií) del objeto dado. Éste es quizá el sentido del significado atemporal que otorgamos a las obras de arte. Y es que la atemporalidad y eternidad de las leyes de la naturaleza significa que la eficacia de determinadas condiciones es objetivamente necesaria, con absoluta independencia del momento en el que concurren y de si, y con qué frecuencia, concurren; la atemporalidad de una idea supone que su significado lógico o ético esté albergado en su interior, lo reproduzcamos o no en nuestro interior; pero si queremos pensar esta idea —ahora o dentro de mil años— éste es el único significado que ella puede tener; y así, el arte nos convence de que a cada uno de sus elementos le corresponden determinadas conmociones subjetivas -dimanantes de la propia estructura de tales elementos— a las que, quizá no siempre de manera certera, llamamos sentimientos. Puede ser que las reproduzcamos anímicamente en nosotros de manera perfecta o imperfecta; hoy, mañana o nunca: pero si queremos experimentar estas expresiones, imágenes y formas del modo que les corresponde, solo podemos hacerlo por medio de estos, y no otros, procesos sentimentales.

Hacer que estos valores interiores de todos los elementos del poema lírico sean los únicos que imperen; hacernos sentir la perentoriedad de la reacción física que, como un cuerpo astral, rodea a cada palabra, a cada pensamiento, a cada alegoría, esto es lo que ha logrado George« de la manera más perfecta en su última publicación (La alfombra de la vida y las Canciones del sueño y de la muerte, que cuenta con preludio). El «preludio», que a mí se me antoja la cumbre de todas sus obras anteriores1, cuenta en 24 poemas cómo la vida más elevada, es decir, la pertenencia cada vez mayor a los poderes ideales, nos redime de la nebulosa realidad. Bajo la forma del «ángel» que lo acompaña a través de toda la existencia, se le aparece la forma genérica de nuestras más sublimes potencialidades, que bien pudieran ser llamadas, por el poeta su musa, por el investigador la verdad y por el hombre activo el ideal práctico; esto es para cada uno la última instancia, cuya unidad significa para nosotros tanto la sobreabundancia de la felicidad como lo inexorable de las obligaciones más dolorosas; última instancia que nos separa de este mundo inferior al tiempo que también hace recognoscibles sus valores, creados para nosotros, sublimándolos en sí misma; y que, asimismo, por el precio de hacernos responsables solo ante ella y ante nosotros mismos, nos aparta de las exigencias y de los placeres de una vida más ramplona. El ángel es el sentido que alberga la vida en sí misma y, al mismo tiempo, la norma que la rige. Después de Goethe, no conozco ninguna poesía en la que algo tan completamente genérico e imposible de fijar mediante determinación individual alguna como es un ángel se hubiese expresado tan gráficamente de manera artística, ni en la que lo intangible se hubiese vuelto tan perceptible. La enorme importancia de su problema2 no iría pareja con el atractivo sensible de su forma, si cada palabra y cada uno de los restantes elementos no transmitiera ese significado que solo a él corresponde y que se percibe como necesario, si la obra de arte no se entretejiera a partir de estos significados interiores, refractarios a todo enriquecimiento o detracción exteriores. Estos versos extraen una incomparable gravedad e importancia de la rigidez con que cada palabra deja hablar únicamente al sentido exacto de su interioridad, excluyendo así todo lo lúdico y veleidoso que está adherido a la contingencia de su subjetiva y persistente resonancia. Ningún análisis puede determinar qué particularidad de la estructura, de la acústica psíquica, del flujo entre contenido lógico y construcción del verso le permite lograrlo. Pero es como si las palabras y los pensamientos, las rimas y los ritmos campearan aquí por su propio derecho, como si las conmociones interiores que se producen en nosotros pertenecieran a su propia esencia, como su correlato objetivo. Y así se logra esa síntesis, según la cual lo absolutamente general y abstracto es, empero, completamente sensible y estéticamente eficaz: nosotros percibimos lo subjetivo que acaece en nosotros como algo objetivamente necesario y perteneciente a la obra misma. Y así, el hecho de que en los poemas del ángel el lúdico encanto producido por la armonía de sonidos (que no por ello es caprichosa, como tampoco es pueril lo infantil) transmita una profundidad del contenido de la vida que, en realidad, está por encima de toda forma, es posible porque todas las emociones y vibraciones de los sentimientos subjetivos, momentáneos y concomitantes, poseen el valor en plenitud, la —por así decirlo— cualidad añadida de lo objetivamente fundamentado, y tienen el marchamo de una regularidad que impera sobre el sujeto; y esto, claramente, es solo otra manifestación de que, de entre los elementos de la obra de arte, únicamente le está permitido resonar en el alma a aquel sentido que pertenece al más propio e interior ser de tal obra, a su significado atemporal, que se eleva por encima del hecho efímero de ser o no experimentado.

Esto debe estar relacionado con otra particularidad más de la lírica de George, muy propia de la última etapa de su obra. Ese genio artístico perfecto que no da cabida a tono personal alguno, y en el que la voluntad de alcanzar la obra de arte objetiva se ha convertido en único señor, se une aquí, sin embargo, con un rasgo que quiero llamar intimidad. Se siente que un alma revela su vida más secreta como se hace una confidencia al amigo de mayor confianza. Esto se corresponde con exactitud con la más alta función del arte figurativo: en la medida en que éste se atiene a las leyes formales e ideales de la pura claridad; en cuanto que configura la presencia visible de lo humano en conformidad con normas, equilibrios y excitaciones que, en realidad, pertenecen solo a la autosuficiencia de la espacial y colorista presencia, escenifica también lo anímico que está detrás de esa presencia, es decir, del carácter y de la espiritualidad, de lo eternamente invisible; y lo hace bajo la condición, verdaderamente metafísica, de que el grado de perfección de la representación hecha en uno de los ámbitos (midiéndose tal grado de acuerdo con sus propias condiciones inmanentes) traiga consigo el mismo grado de perfección en el otro ámbito, que no está menos cerrado en sí mismo. Exactamente con la misma intensidad se ciñe a ambas legislaciones —tan independientes una de la otra y a menudo tan divergentes— aquella manifestación artística que, desde el prisma de cualquiera de las dos, resulte ser la más lograda: su realización de acuerdo con el patrón de la otra es para ésta un regalo del cielo. Pero resulta que estos poemas, obedientes sin reservas a las normas de la objetiva perfección estética, muestran el atractivo y la profundidad de la más personal intimidad, aspectos ambos que pertenecen a un orden completamente distinto de aquél, más puramente artístico y formal; por ello, puede quizá determinarse en este terreno con más exactitud el punto de unión de esos dos ámbitos tan independientes entre sí.

Considero que el primer requisito de toda contemplación auténticamente artística es que tenga por objeto a la obra de arte en cuanto cosmos completamente independiente, asentado sobre sí mismo, con total desprendimiento de su creador y de todos los sentimientos, interpretaciones y referencias que sean propias de aquélla por relación a éste. La intención y la situación de ánimo a partir de las cuales ha sido creada la obra carecen ya de relación con lo creado, excepto en la medida en que se hayan convertido en cualidades objetivas suyas; son esenciales a la obra porque son percibidas como algo inherente a ella, no porque procedan del artista. La comprensión genética, historico-psicológica de la obra, sobrepasa los límites de ésta, dentro de los cuales se halla comprendida la contemplación puramente artística, que se consagra solo a la obra de arte. Pero así como la proyección de una creación sobre su concreto autor real ha de estar simple y llanamente desterrada de aquélla, falta aún por saber si, con todo, dicha contemplación no encierra directamente en sí misma el concepto de una personalidad sobre la que descansa la obra. En mi opinión, concebir una obra de arte como manifestación de un espíritu dotado de cualidades determinadas, es una condición de la comprensión que se tenga de una obra de arte y del influjo que ejerce sobre nosotros; de ahí procede la interrelación de sus partes, que es la que hace que aparezca ante nosotros como una unidad: por ese medio sentimos que tenemos derecho a que la obra nos impulse a ciertas reacciones interiores que no provoca una mera combinación de causas naturales externas. Pero esa personalidad que la obra trasluce de modo tan eficaz como inconsciente no es la del autor real del que se conoce poco más que la obra en cuestión, sino una personalidad ideal que no es otra cosa que la representación de un alma que ha producido precisamente esta obra. Así como la pluralidad de impresiones exteriores que concurren en nuestra conciencia es condensada por nosotros en la unidad del objeto, en una substancia que las irradia y cuya unidad constituye el objeto de esa forma que es nuestra alma, así también la pluralidad de los sonidos y colores, de las palabras y pensamientos presentes en una obra de arte son puestos en interrelación por el alma, que es, asimismo, las que los penetra y mantiene unidos; sentimos que dimanan de ella y que también ella constituye el soporte de la unidad en que devienen. Percibir la obra de arte sub specie animae es una de las categorías que explican que la obra de arte sea lo que para nosotros es, de modo similar a aquél por el que la naturaleza «se hace» en la medida en que la contemplamos bajo las categorías de causa y efecto. Al igual que la causalidad no es algo dotado de propia consistencia y situado detrás de las manifestaciones, sino solo la ley inmanente y aglutinadora de éstas, así tampoco se encuentra la personalidad creadora fuera de la obra de arte que se proyecta sobre aquélla, sino que es una condición de la concepción que de la misma nos hagamos, una función de la obra artística, exclusivamente nacida de ésta. A diferencia de la interpretación que se realiza sirviéndose de la personalidad histórica del creador, no se trata aquí de remontarse a una realidad que para el ámbito puramente estético siempre será algo ajeno, un ilegítimo intruso, sino que la personalidad habita aquí mismo, en la esfera de lo ideal: es la forma en cuyo seno se aprecia con la razón la interrelación existente entre los datos estéticos singulares. Si, por ejemplo, una obra de Miguel Ángel transmite la impresión de lo trágico, posiblemente se encierre también en esa sensación el recuerdo de la personalidad de Miguel Ángel: de ese alma que aspira a lo infinito, atribulada por todo el lastre de la realidad exterior e interior, llena de anhelo de reconciliación consigo misma y con su Dios pero, sin embargo, pertinaz en su angustioso dualismo: un alma que valora el propio ser y hacer solo según el ideal de la absoluta perfección, al tiempo que tiene plena consciência de ser solo un comienzo, un fragmento, una materia prima solo parcialmente modelada. Todo esto está expresado y simbolizado en sus esculturas, de las cuales prácticamente ninguna está completamente acabada, y en las que la tensión entre el afecto más apasionado y la posibilidad física de expresarlo ha llegado a su cénit; cada una de ellas aparece como un momento de la lucha entre una perfección interior —»latente», podría decirse— y su falta de terminación: una imposibilidad de acabarlas que viene impuesta desde fuera. Pero si lo dado solo alcanza para nosotros tal sentido a través de ese elemento personal, el ámbito de lo estético ha sido consiguientemente abandonado, la comprensión de la obra de arte ya no parte de ella misma, sino que es trascendente a ella. Por mucho que ambas cosas puedan parecer no completamente disociables, debemos separar cuidadosamente de lo anterior el hecho de que, aunque nada sepamos de su autor, la obra, de suyo, nos parezca trágica, como sin duda sucede en el caso de Miguel Ángel. Pero esto es posible gracias a un especial rasgo anímico que nos permite percibir las formas sensibles que se presentan como dimanantes de aquél: como su fuente y soporte. Para ello se precisa disponer de ese genérico e instintivo saber acerca de las representaciones y expresiones de la interioridad sin el que la vida social y el arte no son posibles, y que se diferencia completamente del conocimiento histórico de una personalidad. No se trata del hombre real, individual, sino del genérico, si bien con las modificaciones que resultan señaladas por el contenido objetivo de la obra de arte: algo así como el modo en que entendemos cualquier frase del lenguaje por el procedimiento de dejar resonar en nosotros la modulación psíquica que por regla general y por lógica lo acompaña, sin que tengamos que retroceder al especial —y quizá completamente distinto- estado de ánimo del que realmente brotó en un caso concreto. Por eso no puede considerarse como erróneo círculo vicioso el que a partir de una obra hagamos aflorar un alma creadora, y que al tiempo interpretemos esa obra a partir de tal alma. Y es que, efectivamente, nuestras reservas de psicología instintiva enriquecen la obra que se nos presenta, confiriéndole así sentido y vida; solo que esto no es algo accidental, histórico, procedente de otro orden de cosas, sino algo necesario: la cristalización de la ley interior de la concreta manifestación artística. Si se tratara de un círculo vicoso, éste no sería menos inevitable que el hecho de que extraigamos de una cadena de impresiones sensibles su conexión causal para entonces comprender tales impresiones y su consecutividad, precisamente por medio de esta causalidad.

Y así resulta finalmente claro por qué los poemas de George, que, mucho más allá de la subjetividad, están sujetos a las puras normas del arte, parezcan tan íntimos, parezcan ser tan prístina revelación de vida personalísima y de la última profundidad del alma. Ambos aspectos son unidos por esa personalidad supraindividual que, como cristalización de la obra de arte, es experimentada en ella como su centro y soporte. El alma ideal, cuya relación con la obra de arte podemos expresar solo de manera muy imperfecta diciendo, con una metáfora espacial, que está a un mismo tiempo dentro y detrás de aquélla, posee aquí precisamente la cualidad de lo íntimo; la ley interior de la obra, que se nos representa como una especie de alma aglutinadora que todo lo penetra es aquí revelación de la vida interior, prosecución de los afectos fundamentales en la manifestación estética. Pero como las cualidades de la obra no nos remiten por vía de sentimientos a personalidad concreta y singular alguna, sino solo a la que objetiva e interiormente les es propia, que es tanto la irradiación como la condición de ella misma, por tal motivo, esta intimidad se diferencia radicalmente de la que produce el efecto de indiscreción sobre sí misma y de indecoroso desvelamiento. Esto puede apreciarse, por ejemplo, en los hondamente profundos y, en su género, muy hermosos poemas de Paul Heyse sobre la muerte de su hijo (que están recogidos en los Versos desde Italia). Aquí resuena aún del modo más naturalista el dolor real, se siente la entera personalidad individual a la que en la realidad, en un orden de cosas que está situado por completo fuera de la obra de arte, ha afectado este sufrimiento. Por eso se engendra ahí una amalgama inorgánica –embarazosa desde el punto de vista estético- de dos órdenes completamente heterogéneos: de la realidad, con cada uno de sus contingentes y concretos individuos, y del arte, en el que solo tienen validez los significados objetivos de las cosas, que, por tanto, son atemporales y están desvinculados de sus soportes históricos. George, manteniéndose estrictamente dentro de tales significados, puede, sin embargo, expresar conmociones personalísimas porque logra que éstas solo se experimenten en relación con esa imagen de una personalidad cuyo a priori y unidad interior son las palabras y pensamientos del poema: por así decirlo, el auténtico significado de la realidad individual, pero extraído de ésta y vestido del modo de ser de la desnuda idealidad. Sin embargo, en la medida en que el arte se transforma así en recipiente de los supremos valores de la personalidad, cualquier persona que disfrute el arte puede ahora reaccionar con sensaciones subjetivas ante obras de arte objetivas en el sentido expuesto, como si su espíritu se hubiese transfigurado: y aunque estos poemas nos hacen sentir la personalidad que solo es el centro neurálgico de la obra de arte pero no la individualidad real, aquélla otorga, sin embargo, al agradecimiento por lo recibido, la gracia de pasar de la admiración al amor. (Traducción: Javier Ortega)

NOTAS
1 · Con esta afirmación no estoy haciendo una crítica general de la poesía de George. Aquí solo me importa lo que de ésta constituye la ejemplificación de ciertos pensamientos de filosofía del arte, por lo que no entro a enjuiciar si, con ello, la obra queda o no calificada por completo, tanto cuantitativa como cualitativamente.
2 · No es claro a qué se refiere Simmel con la palabra «Problem»: quizá a esa especie de antagonismo consistente en que el ángel pone de manifiesto el ámbito de lo ideal -«separándonos del mundo inferior»-, al tiempo que nos hace también recognoscibles sus valores (N. del T.j.)

Stefan George, poemas escogidos

Poco conocido fuera del ámbito de la cultura germánica, y excesivamente identificado en exclusiva con ella, el perfil poético de Stefan George (1868-1933) cobra paso a paso estos días nuevo interés para los lectores españoles, cada vez más distantes del empacho de los versos clónicos, sometidos a mundos cotidianos, que han predominado en nuestras tierras desde el término de la Segunda Gran Guerra. Cierto es que en momentos de exaltación patriótica, George ha podido y puede ser considerado como gallardete solo de la genuina mentalidad alemana, pero una aproximación moderna y sin filtros a su obra permite observar enseguida que la trascendencia de su trabajo supera las lindes de la cultura germánica para situarse en primera línea de la creación y el espíritu verdaderamente europeos.

Nacido en el verano de 1868 en Budesheim, cerca de Bingen, en una de las encrucijadas con más carga histórica del valle del Rhin, George recorrió en su juventud amplias regiones de Inglaterra, Francia, Italia y España, bebiendo muy pronto en las fuentes literarias de Dante, Shakespeare y Baudelaire, a quienes más tarde tradujo al alemán. Y si bien este europeísmo, fruto del conocimiento, es fácilmente detectable en el conjunto formal de su obra, aún más lo es en el interior de su herencia poética, nutrida del subsconsciente colectivo de la mejor tradición europea, de aquello que, magma indefinible, todavía da vida a buena parte de nuestras concepciones y sentimientos.

La primera impresión profunda que la lectura de George suscita es la de reencontrar en su obra sugerencias o símbolos ya vislumbrados, o al menos presentidos, en trance o en sueños inspirados. Su obra viene en consecuencia a probarnos la existencia de una Memoria de la Naturaleza que revela abstracciones de siglos remotos: todo símbolo creado con la sinceridad de creerlo nuevo acaba por encontrarse, tamizado a través de la individualidad, en algún poema que nunca se había leído.

No puede negarse que la poesía de George se relaciona con presupuestos nietzscheanos, y en verdad también en ella se percibe una expresión lírica de la aspiración a la superación de la especie por la selección de los mejores, mas igualmente hay que aceptar que su severidad, ardor y luminosidad desborda esos presupuestos elitistas para pasar a ser patrimonio, si no de las mayorías mecánicas, sí de una «inmensa minoría» cada vez más extensa. Por otra parte, y desde un análisis meramente crítico, se ha comparado a George con Hölderlin, y se han buscado similitudes entre él y Rilke o Hofmannsthal, aunque quizá la verdadera relación entre todos ellos fue el rechazo del materialismo y un cierto  milenarismo, más o menos encubierto según cada caso. George, quien vivió retirado, trabajando lejos de la industria editorial y de los oropeles literarios,  advirtió con rapidez que no se podía maridar la vocación de poeta con las «crónicas del día» –como hacia Hofmannsthal–, no cayó en la ternura fácil de Höderlin o Rilke, y propugnó el apartamiento de «la amorfía plebeya de los apóstoles de la realidad», al tiempo que se manifestaba «en contra del ruido innoble de la actualidad».

Como poeta se mantuvo al margen de todos los acontecimientos temporales de su época, fue renuente al choque con su presente, y jamás le pareció que el deber y la función del poeta fueran comentar y representar la realidad. Se opuso al naturalismo y creía en la trascendencia del mundo que crea el hombre con ayuda del genio y del espíritu; creía, que los límites del mundo material y de la lógica no son barreras infranqueables, sino apenas fronteras que traspasar. Para él, el poeta puede proporcionar al hombre medios de perfección, no mediante un saber mayor, sino mediante el incremento del poder de asimilación de los elementos eternos de la creación y el culto a la belleza como elevación del alma.

Enemiga de toda forma de realismo, la creación poética de George supuso en el desarrollo de la literatura alemana un paso clave hacia la aprehensión del precedente individualismo esteticista, esterilizado bajo una espiral de devaneos sin sentido trascendente. Espoleado en sus inicios por los ejemplos de Rimbaud, Verlaine y Mallarmé, y luego por los no menos deslumbrantes de Rossetti, Swinburne y D’Annunzio, George se lanzó a una lucha sin cuartel contra el «espíritu» de provecho y progreso material, intentando inocular entre las vanguardias de su tiempo un impulso de belleza y dignidad. Dominado por esa idea, y consciente de que la función del arte no es expresar lo obvio, sino invocar lo indefinible, su mano tendió a la descripción de estados de conciencia, recreando el mundo exterior a modo de proyección del «yo» creador.

Al adoptar estos presupuestos como guía de su obra, George se deslizó hacia la consideración del poeta, del escritor en general, como un vidente, predestinado a ocupar un lugar central en la cultura. La formulación poética de esta idea por George remarcó la mágica fuerza de transformación que contiene la literatura, el carácter revolucionario y subjetivo que el desarrollo sin trabas de ésta puede imprimir en una vanguardia. Esta vieja-nueva premisa, que conlleva la necesidad de una «aristocracia cultural» para dinamizar el crecimiento global de un pueblo, se advertirá con ribetes mesiánicos en casi toda la producción de George.

Decidido a profundizar en ese cauce, George buscó el arquetipo del hombre por excelencia, encarnación de la divinidad, punto de referencia último, medida y equilibrio de su época. El reconocimiento simplista de esta tendencia provocó en su momento, tras la débâck del despropósito hitleriano, la condenación de George ad infinitum por los núcleos social–populistas que han constreñido el crecimiento del arte europeo a partir de la última postguerra. Así, George, tachado de compañero de viaje del III Reich y su pangermanismo, cayó en un olvido premeditado que le ha hecho estar ausente durante largas décadas de casi todas las antologías y manuales al uso en el viejo continente -y, por supuesto, en el nuevo, por razones más pedestres-. Sin embargo, sus detractores, tan elitistas como la corriente que pretenden combatir, obvian a menudo negativamente el hecho de que las concepciones de George se enfrentaron siempre a la ridiculez nazi, y que el poeta, asqueado por el curso de los acontecimientos alemanes, decidió (él, enamorado confeso e irreductible de su patria) exiliarse y ser enterrado en Suiza.

Cierto es que el George más genuino proclamaba su simpatía por una proyección estamental de la sociedad basada en una combinación del espíritu de caudillaje y del espíritu de mesnada, pero también es cierto que de su grupo más íntimo de amigos, el denominado Georgekreis, surgió Claus StaufFenberg, protagonista del atentado contra Hitler acaecido el 20 de julio de 1944. Personalmente, a lo largo del –en ocasiones– tortuoso camino recorrido desde su infancia en la villa natal y vinatera de Budesheim hasta su muerte cerca de Locarno, George, estudiante de Filosofía del Arte en París y Munich, escritor consagrado en Berlín, purista envejecido y exiliado en tierras helvéticas, nunca dejó de propugnar la exaltación del humanismo como forma de pensamiento y norma de actuación. Por ello combatió el carácter plebeyo y brutal del nazismo, y por ello utilizó la poesía como simple –y maravilloso– instrumento de elevación moral. Dejemos, sin embargo, de lado todo esbozo de clasificación «filosófica» de la obra de George. Lo importante es su fuerza literaria, su estilo, que incluso por encima de sus propuestas de marcha hacia lo heroico y lo mítico, hacia un «Nuevo Imperio», hacia altas formas de vida, constituye una inigualable aportación a la cultura universal.

El que con el tiempo logró ser el principal adalid del remozado simbolismo alemán se marcó desde el comienzo de su carrera literaria un único y ambicioso objetivo: dotar de nuevos impulsos a la poética germánica, liberándola de impurezas e irregularidades en el fondo y en la forma. En ese combate por la perfección no estuvo solo; docenas de pensadores y artistas fueron secundando sus pasos, como sus discípulos Wolfskehl, Klages y Wolters. Y entre ellos, en cierta medida y a pesar de las diferencias, uno especialmente valioso: Hugo Von Hofmannsthal (1874-1929). Junto a este visionario agridulce, aliento del mejor barroquismo vienés, George fundó en 1892 la revista Blätter für die Kunst, soporte esencial de la vanguardia literaria en lengua alemana hasta 1919.

Enmarcada por un sentido de lo intemporal, la poesía de George impera sin paliativos sobre su obra en prosa (Tage und Taten), desgranando un esplendor de lenguaje y técnica sobre una genial exposición de sensaciones. La concepción y realización de sus versos, original y poco comparable, se revela magistral desde la primera lectura de cada una de sus líneas. Así, privados de todo impulso no poético gracias a un trabajo singular, sus poemas muestran a la contemplación del lector un hermoso breviario de sentimientos depurados. Demiurgo nato, trasluce los movimientos del espíritu en símbolos emocionales e intelectuales que incitan a la renuncia y al sacrificio, al respeto del poder y la armonía de la Naturaleza, a la revalorización decisiva del pasado. Entremezclando ideas con emociones, George deserta en sus versos de la vulgar vida cotidiana, acaricia una divinidad panteísta, y aboga por un reino solidario, inevitablemente utópico, creciendo a la vera de esta alquimia la fuerza individual y la reverencia metafísica ante el Destino. Y todo ello, sin renunciar nunca a una intuición central y definitoria de su obra, expresada en las últimas líneas de su poema «Das Wort»: So lernt ich traurig den Verzicht: Kein Ding sei wo das Wort gebricht (» Y supe con tristeza de la renuncia: ningún rumor puede reemplazar a la palabra»).

LLAMAS

¿Qué haces tú que con el más alto estrépito
a nosotros, siempre distantes y extraños, nos apagas de un soplo?

Cuando apenas disponemos de un momento frente a la quietud de las llamas
una nueva boca nos empuja a los dientes de fuego.

El incendio ondulante teme a las desnudas barras,
las calientes llamaradas casi se hacen perlas.

Que nuestra fuerza en exuberante vegetación
se derrame sobre el metal y la tierra hacia una rápida muerte…

«Lo que a menudo y desde muy lejos os ha encontrado como aliento,
se nutre de los mismos y secretos elementos
que en vosotras arden» —dice el caballero de las antorchas—
«Y se consume con todas sus luces».

LA ALFOMBRA

Aquí conviven los hombres con los animales,
extraños a la alianza que desborda los límites,
las hoces azules ornan las blancas estrellas
y se dirigen hacia la fría danza.

La desnuda línea avanza asfixiante,
toda ella es confusa e incontrolable,
y nadie adivina el enigma de los cautivos…
Pues cualquier tarde los trabajos cobrarán vida.
La lluvia cae torrencialmente sobre las ramas muertas,
sobre el estrecho espacio de la línea y el círculo
y resbala libre del pincel senil.
El último desenlace le proporciona reflexiones.
Ella no concede nada: no está destinada a la mayoría.
Horas habituales: la promiscuidad no da recompensa.
Negará a la masa la palabra
y solo permitirá lo extraordinario en la imaginación.

ELLORA*

Peregrinos que alcanzáis la cumbre.
Con las ruinas de la inútil carga,
arrojáis las flores y las flautas.
¡Ruinas de consoladoras luces!
El tono y el color os matan,
separándoos de la luz y de la voz
en el umbral de Ellora.

Elevados sobre el pedestal a través de las sombras,
cansados de brillar desde el palacio a la sala,
los mudos ojos cual anillos de rubí
se hacen triste ópalo…
Sordas oraciones sobre la lápida
llaman al silencio y a la obscuridad
en las piedras de Ellora.

Separémonos. Alejémonos de buen grado,
que la locura en nosotros encuentre descanso.
Que callen los latidos de nuestro pecho
y se apague el bullir de nuestra fiebre.

Son duros y pétreos los peldaños del Altar,
frías, marfileñas, las columnas
en los templos de Ellora.

(*) Antigua ciudad del centro de la India, donde se encuentran los restos de 35
templos budistas, brahmánicos y jainas.

LA PALABRA

Un milagro de la lejanía o del sueño
me trajo al abrigo de mi país.

Y esperé hasta que la ris Norna*
encontró el nombre en su manantial.

Después la pude asir densa y fuerte,
ahora florece y resplandece hasta la médula…

Antaño, yo emprendía el viaje
con una joya rica y delicada.

La divinidad buscó largo tiempo y me ordenó:
«No duermas aquí sobre terreno profundo».

Mi mano huyó
y mi patria nunca ganó el»tesoro…

Y supe con tristeza de la renuncia:
ningún rumor puede reemplazar a la palabra.

(*) Diosa escandinava encargada de regir el destino individual.

Las bestias de Marianne Moore

En 1986, John Slatin llegó a escribir: «La crítica se ha pasado 60 años aprendiendo a leer a Eliot y Pound, 30 años leyendo a Williams, 20 años leyendo a Stevens. Ahora le toca el turno a Moore» (Slatin, J.M. The Savage’s Romance: The Poetry of M. Moore, University Parle, Pennsylvania S. U. Park, 1986). Diez años hemos tenido que esperar en España para la difusión -aún tímida- de la obra de esta poetisa norteamericana, que ha llegado a través de una traducción de Lidia Taillefer, y de una tesis doctoral. El fenómeno no solo se refiere a la poesía modernista norteamericana, pues también vio la luz en 1996 una ambiciosa traducción de otro gran olvidado de la crítica de este país: E. E. Cummings (me refiero a la antología poética E. E. Cummings. Búfalo Bill ha muerto, José Casas (trad.), M. A. Sanjuán y A. Figueras (eds.), Hiperión, Madrid, 1996. Es cierto que ya contábamos con la clásica traducción de Alfonso Canales en Visor y otra al catalán, menos conocida, de Isabel Robles y Jaume Pérez. Sin embargo, éstas sabían siempre a poco: no por la poca calidad de los trabajos, sino por su escasa extensión).

Leyendo a Moore, uno experimenta algo que no proporciona gran parte de la poesía actual: el placer de estar ante un nuevo lenguaje, ante una poesía que ha conquistado un espacio propio. Cuando una obra de arte logra esto, poco importa lo que nos diga o lo que nos presente: ya sean reiterados violines o botellas —recuérdese a Picasso— o, como en la poesía de Moore, un nuevo bestiario. Con ellos, uno intuye por sí mismo -sin la ayuda de críticos y estetas— el gran legado del arte moderno a la posteridad: el desvelo de lo simple y cotidiano, el goce de la anécdota, del objeto, de lo vulgar, de la reiteración temática, traducidos todos ellos a esquemas de formalización novedosa.

Pero, ¿cómo explicar la poesía de Moore? Difícil tarea. Para ello, permítame el lector echar mano de una metáfora culinaria. Coja el objetivismo -bien frío- de Louis Zukofsky y William Carlos Williams; aderécelo con una porción de imaginación exótica. A esta mezcla, añádale una pizca de moralismo presbiteriano y ¡voilá!: el extraño plato de estos versos. Empero, aunque mi receta-fórmula sitúe a grandes rasgos la poética de Moore, no logra explicar -como es de esperar- lo exótico de su gusto, el secreto de su gracia.

La característica más acusada de la poesía de Marianne Moore —tal y como señalaron algunos poetas de su generación— es la precisión. El suyo es un arte verbal sujeto siempre a las riendas de una descripción minuciosa de influencias pictóricas o plásticas. De este modo, sus poemas surgen en numerosas ocasiones de la impresión visual dejada por algún objeto, postal o imagen en la mente de la poetisa que, tras el impacto, inicia un proceso poético de evidentes motivaciones gnoseológicas. Se trata, pues, de encontrar un sentido y un orden al caos sensual recibido. Conviene recordar en este punto la pasión que Moore sentía por los zoológicos y museos, pues ayuda a explicar el hecho de que su poesía rezume un afán taxonomista por ir clasificando y describiendo animales y objetos. Moore, sin embargo, no trata de crear un esquema para luego aplicarlo por presión al mundo; más bien permite que los objetos y seres revelen su condición más esencial en una dignidad recobrada.

En cualquier caso, Moore no fue una «objetivista». Para comprobarlo, basta cotejar algunos de los poemas que en esta ocasión presentamos con el archiconocido poemilla de Williams «The Red Wheelbarrow» (traducción de Octavio Paz):

cuánto
depende
de una carretilla
roja
reluciente de
agua de lluvia
junto a blancas
gallinas

En ambos poetas es evidente el gusto por una descripción ajustada. No obstante, en el poema de Williams percibo una satisfacción en presentar la realidad tal cual es, en este caso, la realidad tal y como se nos ofrece a nuestros sentidos. La maravilla reside en lo tangible, en lo que está ahí y en cómo nos interpela, calladamente. De ahí, quizá, la afloración emocional «so much depends» delprincipio, traductora de un impulso vital y gozoso frente a un mundo visto y sentido novedosamente. Según Tony Tanner, esta visión fresca e inocente de la realidad cotidiana es una de las características más notorias de la literatura de los Estados Unidos (The Reign ofWonder, C.U.P., 1965).

Sin perder de vista este poema, me gustaría ahora remitir al lector al poema «To a Jellyfish». Nuestra primera impresión es que las estéticas de ambos poemas -el de Moore y el de Williams— son muy similares, por no decir idénticas. No es del todo así. Si bien la medusa se nos presenta de forma realista —yo diría que casi con frialdad científica— ésta parece contener un misterio final que la autora se resiste a revelarnos. El sentido del poema se nos escapa cuando ya casi creíamos tenerlo atrapado, pues como el propio animal resulta «fluctuante». Lo extraño en esta poesía —y de ahí su valía y originalidad— resulta de recubrir el ámbito visionario -«el poder de lo visible es lo invisible», decía Moore- con una envoltura objetivista. Con ello logra la poetisa que los animales imaginarios y exóticos -aquéllos que harían las delicias de Jorge Luis Borges: el dragón, el unicornio o el basilisco —adquieran consistencia biológica y nos resulten más cercanos y familiares, y que los animales más comunes se contagien de un halo fantástico e inusual. En realidad, todo ello es el fruto, en última instancia, de la extraña confluencia de los dos grandes movimientos estéticos del modernismo poético norteamericano: aquél que resulta del desarrollo del romanticismo, y que tiene en Stevens su máximo baluarte, y aquél otro de naturaleza vanguardista y experimental, cuyos representantes más sonoros son Pound y Williams. El omnipresente Harold Bloom gusta del primero; Hugh Kenner, del segundo.

Pero aún hay más. A esta confluencia viene a añadirse -como ya apunté antes- un fondo moralista de naturaleza presbiteriana con evidentes influencias literarias (recordemos, por ejemplo, que Marianne Moore tradujo las fábulas de La Fontaine). Estos animales poseen belleza, sentido de la disciplina, instinto y capacidad de autoprotección. Frente a ellos se sitúa el hombre, que aparece como un ser incompleto, inconsistente y débil. El concepto presbiteriano de la «caída» y de la imperfección humana impregna estos versos y nos hace ver nuestra incapacidad para conocer la verdad de la naturaleza. Ahora bien, este componente moral queda mitigado por una poética ecléctica que favorece la dispersión y plantea problemas que no llegan a resolverse. Moore construye edificios consistentes de fachadas diáfanas. Apropiándonos de una frase de Marx, podríamos decir que en su poesía «todo lo sólido se diluye».

Marianne Moore nació el 15 de noviembre de 1887 en St Louis (Missouri) y murió en Nueva York el 5 de febrero de 1972. No conoció a su padre. Eso se tradujo en una relación más estrecha con su madre, a la que le solía enseñar sus poemas antes de publicarlos. Su vida se caracterizó por una lucha permanente por hacerse un hueco dentro del modernismo anglosajón masculino de primera línea, el de Ezra Pound, T. S. Eliot o Williams. La poetisa no fracasó y se ganó el respeto de sus escritores coetáneos. Llegó a ser la editora de una de las revistas literarias más influyentes de los Estados Unidos: The Dial Esta publicación fue decisiva en la configuración del modernismo norteamericano y se caracterizó por una clara vocación internacional y vanguardista. Esta inclinación se refleja en la nómina de sus colaboradores, entre los que se encuentran, por ejemplo, nuestros compatriotas Pablo Picasso y Ortega y Gasset.

A continuación, cedo la palabra a Marianne Moore. Hemos escogido cuatro poemas no traducidos por Lidia Taillefer, que ofrecen una buena muestra de su bestiario. Repare el lector en la disposición tipográfica de los versos y en su función icónica: la altura de la jirafa, la curvatura del camaleón o el movimiento fluctuante de la medusa. A esa disposición hemos querido ser fieles.

(Traducción: Nines Gámiz y Antonio Ruiz Sánchez)
(Ilustraciones: Raphaél de Villers)

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