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El escenario actual de la liberalización de las telecomunicaciones

En los próximos dos o tres años, las bajadas de tarifas en llamadas interprovinciales e internacionales, ¿se compensarán con el aumento de tráfico? ¿Sucederá que este trozo de la tarta será más pequeño y estará repartido entre tres operadores? ¿Le interesará realmente a alguien invertir en nuevas infraestructuras de acceso? ¿Se dará la paradoja de que, en un sector de las telecomunicaciones que está siendo «locomotora» en todo el mundo, la industria en España entre en recesión?

Los objetivos principales de la liberalización son, por medio de la competencia, mejorar la eficacia en la prestación de servicios (reducción de tarifas y costes, mejora de la calidad) y favorecer la introducción y el desarrollo de nuevos servicios, creando los escenarios adecuados en cada momento para estimular a los operadores a realizar sus inversiones.

En España, en el proceso de liberalización, se ha definido el terreno de juego (licencias de telefonía básica, móvil, el cable, el satélite, etc.), existe un reglamento y hay un árbitro (la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones). Conocemos ya a casi todos los jugadores de Primera División (Telefónica, como operador dominante, Airtel, Retevisión) y los pocos que faltan los conoceremos en breve.

EL MERCADO ESPAÑOL: UNA TARTA PARA REPARTIR

Hacia el año 2005, se prevé que el 80% del tráfico en las redes de telecomunicaciones sea de datos. Pero todavía en 1998, a pesar del «boom» mediático y real de Internet, el tráfico de datos está lejos del 20% y habrá que esperar todavía un par de años para rebasar claramente esta cifra.

Esto significa que, en los próximos dos o tres años, la porción «que cuenta» de la tarta es la de la telefonía básica de voz.

En España, aproximadamente el 70% del tráfico de voz son llamadas locales. Como no ha sido posible realizar el reequilibrio tarifario antes de la liberalización, estas llamadas están «subvencionadas» (es decir, el coste de una llamada local es superior a lo que se factura por ella vía tarifas) por las llamadas interprovinciales (o de larga distancia).

El objetivo del reequilibrio tarifario es adecuar las tarifas a los costes de infraestructuras, operación y mantenimiento de la red. Las inversiones en el tramo de la red de acceso que utiliza cada cliente no se rentabilizan hoy en día solo con la cuota de abono, sino vía tráfico. Si el operador de acceso «pierde» el tráfico de larga distancia y los servicios de valor añadido (gestionado por otros operadores), perdería esa capacidad de complementar los ingresos necesarios para hacer rentables las inversiones en acceso. Esta diferencia se denomina «déficit de acceso».

Por lo tanto, cabe esperar que la competencia no estimule ningún crecimiento en este segmento de llamadas locales. Por el contrario, la necesaria subida de tarifas (para adecuarlas a los costes) y la eliminación del llamado «déficit de acceso», puede ocasionar una recesión coyuntural en el sector residencial.

Esto hace que los segmentos atractivos para los operadores (ya sea el dominante o los nuevos entrantes) en estas circunstancias sean el de larga distancia y el internacional. Se trata de segmentos de muy alto margen (con tarifas «infladas» artificialmente para subvencionar el déficit de las llamadas locales) y doblemente atractivos porque, para desplegar una red de ámbito nacional y con nodos de acceso internacional, basta con una decena de centrales de tránsito interconectadas con la red de acceso del operador dominante para poder competir con él en igualdad de condiciones desde el punto de vista técnico y con mucha ventaja en cuanto a estructuras de costes, ofertando exactamente el mismo producto.

Retevisión nos ha dado un ejemplo digno de figurar en el «Guinness», al poner en servicio su red en menos de tres meses, y el adjudicatario de la tercera licencia de telefonía fija hará otro tanto antes de que acabe el año.

Otro aspecto fundamental es que esto es posible con una inversión en equipamiento inferior al 5% de la inversión anual en equipamientos similares del operador dominante. La barrera de entrada para competir en los únicos segmentos atractivos a nivel de un despliegue nacional en los dos o tres próximos años, teniendo la licencia correspondiente, no supera los 10.000 millones de pesetas en infraestructuras de telecomunicaciones.

Estos segmentos sí son sensibles a una reducción de tarifas significativa (20 al 30%), aunque el sector más sensible a ello, el de residencial, no representa más del 30%, siendo el sector empresarial menos «elástico» al precio: no generará mucho más tráfico del actual por una reducción de tarifas.

En cuanto al tráfico de datos, el de residencial, basado en Internet, se trata como una llamada local por el operador. Es muy atractivo para aumentar la utilización de las infraestructuras existentes, pero todavía no justifica, a nivel nacional, el invertir en nuevas infraestructuras por parte de los nuevos entrantes ni, en el escenario actual, por parte del dominante, que se vería robar por los nuevos parte del nuevo tráfico generado, no haciendo rentables las nuevas inversiones.

El usuario se verá, desde luego, beneficiado por la competencia entre operadores, y podrá llegar a ahorrarse, con una reducción de un 20% en las tarifas interprovinciales, unas mil pesetas al mes, que, aunque bien recibidas, no impactarán mucho en la economía familiar.

LAS TÁCTICAS DE JUEGO

Para España, lo más deseable sería tener un escenario en el que el operador dominante utilizara el acicate de la competencia para «adelgazar» y continuar mejorando su eficiencia, y que empleara su «músculo» financiero para invertir en nuevos servicios y en desplegar infraestructuras avanzadas de acceso para soportarlos y para uso de un nuevo segmento de clientes muy atractivo para él: los nuevos operadores. Para éstos, el escenario ideal sería aquél que les estimulase a invertir en desarrollar una oferta de ámbito nacional de servicios competitivos con los del operador dominante y en las infraestructuras necesarias para soportarlos.

Desgraciadamente, al no haberse podido realizar el reequilibrio tarifario antes de la liberalización, las mejores tácticas de juego para los accionistas de los operadores son las de no invertir o realizar las inversiones mínimas allí donde está la «tajada».

Así, para los nuevos operadores, lo más atractivo es el segmento de larga distancia, con altos márgenes y con inversiones reducidas (para estas escalas) que se pueden rentabilizar muy rápidamente. Después, atacarán nichos de mercado muy bien seleccionados (empresas, áreas de población de renta alta y buena concentración geográfica) y harán el despliegue mínimo de ámbito nacional necesario para cumplir las obligaciones adquiridas con la licencia, y siempre con la interpretación más favorable.

Los nuevos operadores de cable solo pueden competir contra las plataformas digitales de satélite y su oferta de canales y contenidos de televisión posicionándose como operadores de acceso de servicios globales de telecomunicaciones, y para que sea atractivo invertir, en un mercado en transparencia, es necesario el reequilibrio tarifario que elimine el déficit de acceso.

En cuanto al operador dominante, el escenario actual le priva de la capacidad de seguir «subvencionando» con el tráfico de larga distancia el déficit de acceso, con lo que ya no le resulta atractivo seguir invirtiendo en desarrollar la red de acceso con segundas líneas o con mayor ancho de banda, de lo que, además, serían beneficiarios los nuevos operadores a través de la interconexión y sin un retorno adecuado para el dominante.

Adicionalmente, la legislación actual, que define casi cualquier servicio avanzado (ATM, Centrex, etc.) como de valor añadido, no hace atractivo un despliegue masivo a nivel nacional.

¿QUÉ PASA CON LA INDUSTRIA?

Distingamos primero entre dos tipos de industria de telecomunicaciones: la que tiene una presencia en España con fábricas y centros de I+D y la que solo tiene una presencia de «comercializadora», únicamente con actividades de marketing y soporte a ventas.

Centrándonos en la primera, veamos cuál es su tamaño crítico y el tamaño deseable para el país.

Para un país como España, es de carácter estratégico contar con centros de I+D de las grandes compañías globales de sectores de alta tecnología, como es el sector de las telecomunicaciones.

Las compañías globales están estructurando sus actividades de I+D en «centros de competencia» que desarrollan una tecnología, producto, o parte de un producto, en una ubicación única con responsabilidad global para todo el mundo.

El tamaño crítico para un Centro de Competencia está entre los 200 a 250 ingenieros de desarrollo. Esto supone unos 5.000 millones de pesetas anuales, y en un país dado, el gasto en I+D no debe superar el 10 o el 15% de la facturación en el mercado local de dicho país.

Por lo tanto, para tener un centro de competencia «real» asignado a un país (por supuesto, que reúna las condiciones de competitividad estructural, calidad de sus universidades, etc.), el tamaño mínimo en cuanto a facturación es de 50.000 millones de pesetas.

En cuanto a las fábricas, el tamaño mínimo se puede establecer en un rango de 100 a 200 millones de dólares, esto es, de 15.000 a 30.000 millones de pesetas, pero, en cualquier caso, las economías de escala hacen que solo sean viables fábricas que, a nivel europeo, suministren un mercado supranacional.

Se puede considerar aceptable que las «ventas locales» (en el país de ubicación) representen el 50% de la facturación, siendo el otro 50% destinado a la exportación.

En definitiva, para España, la situación óptima es tener una presencia local de industrias globales de telecomunicaciones que facturen en torno a los 100.000 millones de pesetas, pudiendo garantizarse así centros de competencia en I+D y fábricas con unos volúmenes importantes de exportación.

Las compañías de telecomunicaciones con una presencia industrial en España relevante (Alcatel, Ericsson y Lucent Technologies), facturaron en 1997 unos 400.000 millones de pesetas. Esto supondría tener unas ventas en España (como mercado local) de unos 200.000 millones de pesetas. Por otra parte, estas tres compañías no deberían representar más allá del50 al 70% de las inversiones en infraestructuras de telecomunicaciones (no considerando, por supuesto, terminales ni equipos de abonado).

Por lo tanto, las inversiones anuales en equipamiento de infraestructuras de telecomunicaciones en España, para mantener la situación actual sin recesiones, deben estar entre los 300.000 y 400.000 millones de pesetas.

Si tenemos en cuenta que las inversiones de los nuevos operadores en este segmento de equipamiento de infraestructuras de telecomunicaciones no superarán los 50.000 millones de pesetas en 1998, ni —siendo muy optimistas- los 100.000 millones en 1999, está claro cuál es el peso del operador dominante para la industria presente en el país: éste representa del 75 al 80% de las compras anuales a esta industria. Esto significa que una reducción de las inversiones del operador dominante en un 20 ó 30% es equivalente a las inversiones de todos los nuevos operadores en el período 1998-1999.

CONCLUSIONES Y ALTERNATIVAS

Un escenario en el que el operador dominante no tenga estímulos basados en la rentabilidad de sus nuevas inversiones en modernizar sus redes de acceso, haciéndolas disponibles a los nuevos operadores de una forma rentable para ambas partes, tendría unas consecuencias muy perjudiciales a corto plazo (1998 y1999), tanto para la industria como para los usuarios actuales o potenciales de servicios avanzados de telecomunicaciones.

En este escenario, ninguno de los operadores tendría una motivación real por invertir en redes de acceso y el negocio para ellos estaría en «descremar» los segmentos muy rentables de larga distancia e internacional, con inversiones muy reducidas, y centrarse en nichos de mercado como empresas y el residencial de rentas altas y alta concentración geográfica.

La «sobrerregulación» es necesaria en un período transitorio muy corto. El proceso actual de liberalización se ha llevado a cabo de las mejores formas posibles dentro de los condicionantes de todo tipo existentes. En este contexto, sería muy deseable definir los pasos siguientes con una participación activa y constructiva de todos los actores, buscando:

—Tener en cuenta «las tácticas» y los escenarios y planes de negocio que aplicarán los operadores (dominante y nuevos entrantes) bajo la presión de sus accionistas.
—Un reequilibrio tarifario lo más rápido posible, una reducción del «déficit de acceso» y el modo de hacer atractivas las inversiones en acceso para el operador dominante y los operadores de cable.
—Vincular las tarifas a las inversiones y puntos de presencia «reales» o comprometidas en firme, con un calendario de proyecto.
—Liberalizar cuanto antes los servicios de Valor Añadido (tipo ATM, Centrex, etc.), para hacer viables despliegues masivos a nivel nacional y no basados en redes superpuestas para nichos muy reducidos.

Gómez Manrique

Está a punto de aparecer (si no lo ha hecho ya), dentro de la añeja y renovada colección «Austral» de Espasa-Calpe, un libro mío, titulado Las cien mejores poesías de la lengua castellana. El caso es que Víctor García de la Concha se acordó de que don Marcelino Menendez Pelayo había publicado un libro con el mismo título, y como don Marcelino fue director de la Biblioteca Nacional allá por los inicios de esta centuria y yo lo soy ahora, cuando escribo estas líneas, a 31 de enero de 1998, pues le pareció (a Víctor) simpático que dos directores de la B. N. firmaran un libro de hechura semejante, pero con casi un siglo de distancia, con ánimo de constatar cómo ha cambiado el gusto poético en los últimos cien años. Acepté la propuesta de García de la Concha y urdí el libro en verano de 1997, entre los helechos gigantes de Buçaco y un curso dedicado al cómic que dirigí en El Escorial. No es fácil quedarse con solo un centenar de poemas castellanos. Fui enormemente selectivo, pero a pesar de todo me sobraron algunas piezas. Buenas piezas, buenísimas piezas que no pude incluir en el citado florilegio, pero que hoy se asoman por vez primera a las páginas de NUEVA REVISTA por iniciativa de su fundador, Antonio Fontán, que fue quien me animó a juntar las piezas sobrantes bajo el epígrafe de una nueva sección.

En el curso de la charla que mantuve con el profesor Fontán a este propósito, salieron varios nombres de poetas que no pude incluir en mis Cien mejores poesías…, entre ellos el de Gómez Manrique (1412-1490), estupendo poeta cancioneril a quien también se deben dos piezas que están en los orígenes de nuestro teatro: la Representación del nacimiento de Nuestro Señor y las Coplas fechas para la Semana Santa. Era Gómez sobrino del Marqués de Santillana y tío de Jorge Manrique, lo que hace de nuestra mejor poesía del siglo XV una mera cuestión de familia. Sobresalió en el tratamiento de temas religiosos, pero también fue un excelente poeta erótico, como atestigua la composición elegida, que ofrezco en ortografía y puntuación modernas, para hacerla más accesible.

A UNA DAMA QUE IBA CUBIERTA

El corazón se me fue
donde vuestro bulto vi,
e luego vos conocí
al punto que vos miré.

Que no pudo facer tanto
por mucho que vos cubriese
aquel vuestro negro manto
que no vos reconociese.

Que debajo se mostraba
vuestra gracia y gentil aire
y el cubrir con buen donaire
todo lo manifestaba.

Así que con mis enojos
e muy grande turbación
allá se fueron mis ojos
do tenía el corazón.

Una consulta de referencia

Debe saludarse sin reservas la publicación de este libro, que marca un hito en el mercado editorial español. Primero, porque es un verdadero tratado que de manera exhaustiva analiza todos los aspectos relevantes, tanto teóricos como prácticos, relacionados con la privatización de empresas públicas. En segundo lugar, porque es el manual más actualizado sobre el tema, que incorpora no solo toda la experiencia internacional sobre la materia, sino además la legislación y experiencia española. Y en tercer lugar, porque a lo largo de sus 18 capítulos se exponen de manera clara y rigurosa los principales problemas prácticos que suele plantear todo proceso privatizador, sus diferentes soluciones alternativas y una evaluación de sus ventajas e inconvenientes en cada posible circunstancia. Por todo ello, estamos seguros de que el presente libro habrá de convertirse en poco tiempo en una obra imprescindible de consulta, estudio y referencia para todo aquél que desde el punto de vista teórico o práctico se vea implicado a partir de ahora en cualquier proceso privatizador de nuestro país.

El libro comienza situando en su adecuado contexto histórico y teórico el proceso privatizador, entendido como una de las manifestaciones más sobresalientes y exitosas de la corriente liberalizadora que, sobre todo a partir de la revolución liberal- conservadora de Thatcher y Reagan, se ha extendido con gran rapidez por todo el mundo y ha terminado siendo asumida incluso por gobiernos de ideología «socialista». La necesidad de liberalizar con carácter previo los sectores que deben ser privatizados, los problemas de la privatización de los servicios públicos y los aspectos sociales de las privatizaciones se estudian en los capítulos 2 a 4, antes de presentar la metodología del proceso de privatización y sus diferentes técnicas y modalidades, con especial referencia a los problemas de la fijación del precio de venta y de la financiación de las privatizaciones, que se estudian en los cuatro capítulos siguientes.

Una de las partes más sobresalientes del libro (capítulos 10 a 14) es la dedicada a la revisión y evaluación de los procesos privatizadores que se han llevado a cabo, tanto en nuestro propio país como en el resto del mundo. Se trata de una experiencia acumulada de gran valor que se expone con rigor y detalle y que debe ayudar a evitar errores de estrategia y planteamiento en las privatizaciones que se inicien a partir de ahora.

Finalmente, en la obra se analizan con gran profundidad, como no podía ser de otro modo dado el gran prestigio jurídico del equipo de abogados que la ha escrito, los aspectos jurídicos relacionados con las privatizaciones, tanto desde el punto de vista de la legislación comunitaria, como en lo que respecta a las leyes vigentes en nuestro propio país.

En suma, nos encontramos ante un tratado exhaustivo y a la vez eminentemente práctico que, sin duda alguna, se convertirá enseguida en la obra de obligada referencia en nuestro país sobre uno de los fenómenos económicos y sociales que más trascendencia ha tenido y seguirá teniendo en todo el mundo.

La ciencia del tiempo

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El estudio del tiempo ha interesado a los filósofos de todas las épocas. Los físicos han procurado no introducirse demasiado en la realidad última de lo que pueda ser el tiempo. Se han limitado a considerarlo como la variable por antonomasia. Todos los procesos físicos se realizan en el tiempo. Es más, nuestra vida, como vida histórica, como vida biográfica, se desarrolla en el tiempo. Es, en el fondo, temporalidad. No digamos la literatura y el arte, que han dedicado al paso del tiempo muchas e inspiradas creaciones.

Y he aquí que un profesor de física, Paul Davies, de la Universidad de Adelaide (Australia), ha dedicado un libro a estudiar el tiempo, tal y como nos lo presenta la física en nuestros días. «Desde el alba de la historia, la naturaleza del tiempo se ha mostrado profundamente enigmática y paradójica a los seres humanos. De alguna forma, es el aspecto más básico de nuestra experiencia del mundo. Después de todo, el mismo concepto de individualidad descansa en la preservación de la identidad personal a través del tiempo. Cuando Newton introdujo el tiempo en el dominio de la investigación científica, mostró un método fructífero de analizar procesos físicos, pero nos enseñó poco sobre el propio tiempo». Si antes de Newton el tiempo era algo subjetivo, después del físico inglés pasó a ser un parámetro apto para ser medido con precisión geométrica. El tiempo, así concebido, formaba parte de la naturaleza. Pero fue Einstein quien creó el concepto de «espacio-tiempo», con lo que lo transformó en un campo más, al lado de los campos electromagnéticos.

Además de la relatividad, la mecánica cuántica es la teoría más importante de la física del siglo XX. Para los cosmólogos cuánticos, «el tiempo es meramente una noción aproximada y derivada», de tal modo que el tiempo puede revelarse como «un concepto enteramente secundario que no tiene relación con las leyes básicas del universo. La historia habría rizado el rizo desde Newton, quien colocó al tiempo en el centro de su descripción de la realidad». Para los cuánticos, el tiempo ha emergido de un modo aproximado a partir de la agitación primordial del cosmos naciente. Como vemos, el concepto de tiempo, tan importante en nuestras vidas, se está desprestigiando a la luz de las modernas teorías científicas.

La ciencia-ficción ha escrito muchas páginas sobre la posibilidad de viajar en el tiempo. Davies dedica a esta cuestión todo un capítulo. La idea de que el tiempo puede correr hacia atrás no es nueva. Este problema se relaciona con el concepto de causalidad, que tiene también un nexo direccional. Estamos acostumbrados a pensar que  la causa precede al efecto. Pero, sobre ello, la moderna cosmología tendría mucho que precisar.

Esta obra está escrita con un estilo sencillo, a la par que brillante. Presenta una serie de hechos y de teorías, al tiempo que una serie de opiniones, con las que se podrá estar o no de acuerdo. Esta situación refleja que la posición de la ciencia, en las postrimerías del siglo xx, tiene multitud de aspectos opinables, en contra del pensamiento del hombre de la calle, para quien la ciencia es algo fijo, cierto, determinado e inamovible.

Música lorquiana

En este año que se conmemora el centenario del nacimiento de Federico García Lorca, no debería pasar desapercibida otra de las facetas más interesantes de su personalidad artística: su actividad musical, pues no en vano la música fue compañera inseparable del poeta a lo largo de su vida.

Federico García Lorca
In Memoriam. Canciones Populares españolas. Romancero Gitano, Victoria de Los Ángeles, La Argentinita, Federico García Lorca y Miguel Zanetti
EMI-ODEON CDM 5 66783 2. ADD

Su contacto con la música se produjo a muy temprana edad; primero en su casa natal de Fuentevaqueros, luego con el organista de la catedral de Granada, Eduardo Orense, que le enseñó a tocar el piano, y más tarde con Antonio Segura, de quien recibió enseñanzas de Armonía y Composición.

De haber contado con el beneplácito paterno para marchar a París a continuar sus estudios, quizá hoy tuviéramos que hablar de él como un gran compositor e intérprete. Lo cierto es que demostró a lo largo de su vida talento musical y una gran afición por la música. Sus poemas y, muy especialmente, las canciones poéticas desbordan musicalidad.

Se conservan varias fotografías donde aparece tocando el piano, y son numerosos los testimonios  de sus compañeros en la Residencia de Estudiantes de Madrid que cuentan con qué gracia y maestría tocaba no solo las obras de los grandes autores a los que admiraba (Mozart, Beethoven, Chopin, Debussy, Ravel, Albéniz y Falla, principalmente), sino también deliciosas improvisaciones. Jorge Guillén decía que «de su piano surgían la interpretación fiel o estupendas imitaciones que implicaban conocimiento y crítica. A petición de alguno, que proponía un nombre, tocaba trozos no recordados sino inventados, con el inconfundible estilo del modelo».

El escritor Moreno Villa, en su autobiografía, recordaba: «Federico se sentaba al piano  como un maestro, con pleno dominio. No importaba que entre pieza y pieza hiciera chistes y diabluras como un chico, recobraba el dominio en cuanto depositaba la yema de los dedos sobre las teclas. Tal vez la fascinación que producía era debida a la conjunción feliz de lo culto y lo popular, lo primario, infantil y fresco, entrelazado con lo reflexivo y riguroso».

Según comenta Ruiz Tarazona en el libreto que acompaña la grabación, García  Lorca  tuvo  bastante  contacto con Manuel de Falla y de él aprendió muchas cosas. Hacia 1922, estuvieron a punto de realizar juntos un proyecto lírico sobre Lola la comedianta, que finalmente no se llevó a cabo por los compromisos y la mala salud del compositor. La obra de García Lorca ha servido como fuente de inspiración para muchos compositores españoles y extranjeros, que han escrito canciones con sus poemas, y obras  operísticas con su teatro.

De García Lorca como autor de música ha quedado la célebre colección de Canciones populares que él mismo armonizó y acompañó al piano, y que ya en su tiempo  alcanzó gran popularidad. En este disco se ofrecen íntegras las trece canciones, en una espléndida versión realizada por Victoria de los Ángeles y Miguel Zanetti al piano. Grabada en 1970, ésta es, sin duda, una de las mejores interpretaciones que se han hecho de estas deliciosas canciones. Cuatro de ellas se incluyen de nuevo al final del disco en una histórica grabación de 1931 -reconstrucción técnica de un «disco de piedra»-, donde el mismo Federico García Lorca acompaña al piano a Encarnación López,  «La  Argentinita», que no solo canta sino que demuestra su arte como bailaora con el zapateado y las castañuelas.

En este disco figura también la grabación de una serie de poemas del Romancero Gitano, realizada en 1961, recitados por un escogido grupo de actores, con acompañamiento de las guitarras de Renata y Graciano Tarragó, Monique Montagne (Ondas Martenot) y una orquesta dirigida por Rafael de Andrés. Las imágenes evocadoras de la poesía de Lorca y su gran musicalidad se ven realzadas por el conjunto musical.

Alberto Jiménez Becerril, In Memoriam

Alberto Jiménez Becerril, abogado, ha sido el más eficaz gestor de la Hacienda del Ayuntamiento de Sevilla en los tiempos de la democracia. Cuando decidí dejar la política, hace ya unos años, Alberto Atomó el relevo en la delegación municipal, y desde entonces, había realizado una ingente tarea que será recordada en muchos años, alcanzando para nuestra ciudad objetivos que se creían imposibles de lograr. Difícilmente se podrá igualar en mucho tiempo las cotas a las que llevó las arcas municipales. A su adecuada formación jurídica, Alberto unía una tremenda capacidad de diálogo, que le permitía encontrar soluciones pactadas en los temas más peliagudos. Su forma de ser le permitió afrontar con éxito negociaciones enconadas y sacar adelante en el Ayuntamiento cuestiones que desde hacía años parecían no tener salida. Con Alberto y su familia me unía una amistad larga, que reforzamos con frecuentes reuniones de amigos durante más de un lustro. Su alegría y velocidad en la respuesta chispeante hacía que el tiempo se pasase volando cuando asistía a cualquier velada. Compañera inseparable de Alberto, Aseen fue una madre ejemplar y un apoyo para él en todo momento. A su forma de ser, afectuosa y amable, unía una capacidad profesional que le permitía llevar adelante su procura de forma muy satisfactoria para los que teníamos clientes comunes. Alberto fue durante unos años compañero de despacho profesional. Después, su dedicación a la política de forma total le llevó a dejar el ejercicio de la abogacía, en el que hubiera tenido un gran porvenir. Lamentablemente, se ha frustrado todo ese futuro por la actuación irracional de personas que son, precisamente, lo contrario que Alberto y Aseen. Lo contrario en sus ideas y en su forma de afrontar los problemas que afectan a la sociedad.

Presentación

Los últimos años del siglo están asistiendo al desarrollo acelerado de las que se han venido en llamar nuevas tecnologías.

Entre éstas, brillan con luz propia las que hacen un uso intensivo de la electrónica y las telecomunicaciones. Así, una serie de avances tecnológicos complementarios han venido a confluir, provocando la eclosión de un proceso cuyo desarrollo, posibilidades y consecuencias apenas comienzan a descubrirse.

Entre ellos, dos merecen la pena ser destacados: la miniaturización e integración de la «circuitería» electrónica, crecientemente compleja, a escalas cada vez mayores, y el desarrollo de potentes herramientas y algoritmos de cálculo para el tratamiento de las señales que transportan la información. Este proceso ha dado lugar al fenómeno conocido como la digitalización de la información.

Siendo apasionantes en sí mismos los aspectos tecnológicos y científicos de estas disciplinas, aún más relevante resulta el escenario a que nos conduce. Efectivamente, la progresiva aceleración del movimiento tecnológico durante la última mitad del siglo ha fructificado en importantes avances de gran alcance en nuestra sociedad. Sin embargo, ninguno, con la única excepción de aquéllos relacionados con la alimentación y la salud, presenta mayores implicaciones y retos sobre la civilización humana, tal y como la hemos conocido en los últimos milenios. Así, no existe rama del conocimiento humano, ni de las artes plásticas, ni actividad social o mercantil que no vaya a sufrir una inflexión en su devenir, en su proceso de creación o en cualquiera que sea el aspecto que desee abordar, como consecuencia de la aparición de este nuevo fenómeno tecnológico.

Por otro lado, el nuevo escenario así alumbrado presenta el original aspecto de un sistema mallado, por lo que nunca antes resultó más afortunado el empleo de la palabra «red» para su calificación. Esta característica de interconexión simultánea entre todos su miembros, amén de posibilitar hasta el infinito toda relación e intercambio, impone a su vez una nueva condición al mercado: contribuye a que el beneficio aportado al sistema por la incorporación de un nuevo miembro exceda con mucho al coste de la misma.

En definitiva, este final de siglo nos despide con la certeza de que la necesidad humana de comunicación resulta la más insaciable de todas. Y así, nuevos desarrollos alimentan nuevos servicios que a su vez suscitan crecientes demandas. Esta característica de las telecomunicaciones acelera y cataliza las ya conocidas ventajas tecnológicas del proceso, estimulando la bajada de precios, la extensión del sistema y la aparición de nuevas aplicaciones.

Fruto de todo lo anterior es la creciente participación de las tecnologías de la información en la creación de riqueza mundial. Y factor aún más importante, la aparición de una nueva cultura universal, con todo lo que ello supone desde un punto de vista empresarial, económico, político y social.

Hasta aquí, las telecomunicaciones y su pléyade de aplicaciones telefónicas, documentales, audiovisuales, informáticas, etc.

Sin embargo, más allá de sus consecuencias económicas e industriales, directas o inducidas, son evidentes las condiciones de partida de una nueva revolución, de índole social, que anuncia la revisión de un buen número de fronteras, reglas y pautas de comportamiento que han resultado válidas hasta hoy desde el inicio mismo de la andadura de la sociedad humana. Existen voces que nos advierten sobre el advenimiento de una nueva sociedad. Una sociedad que establecerá relaciones entre sus miembros con independencia de elementos antaño considerados críticos, como la distancia, los horarios, los factores climáticos, las fronteras políticas, el idioma, los factores productivos o las diferencias de clase. El mundo se hace cada vez más pequeño y, paulatinamente, desaparecen las posibilidades de crear reductos aislados, bien sean éstos de índole política o social. Todo ello supone un nuevo escenario. Y el gran reto de nuestro tiempo: el control de los instrumentos que la tecnología pone a disposición de la humanidad, con el fin de que su desarrollo resulte armónico, creativo y respetuoso con los valores que siglos de cultura y civilización han conseguido cristalizar. Y que contribuya finalmente a la consecución de un mundo más libre, más rico, más justo, mejor.

NUEVA REVISTA quiere sumarse a este debate, para el que gustosamente ofrece sus páginas a quienes, desde cualquier disciplina, consideren tener algo interesante que aportar.

Entrevista a Juergen Donges

«El euro no resolverá problemas estructurales»

Cuando los plazos previstos para la Unión Monetaria se acercan y los distintos países preparan sus estrategias para el examen de este año, es el momento de preguntarse qué hay detrás de la moneda única, ya que a nadie escapa que su implantación significa mucho más que un cambio de instrumento monetario. En el éxito o el fracaso del euro tendrán mucho que ver las concepciones económicas de quienes pueden convertirse en autoridades del futuro Banco Central Europeo. Y todas estas incógnitas se plantean en un momento en el que el Estado del bienestar ha dado repetidas muestras de agotamiento, y son ya pocas las voces que no lo cuestionan ni piden su reforma.

Para tratar estos temas, Juergen Donges es un interlocutor de privilegio. Catedrático de Política Económica, director del Instituto de Investigación Económica de la Universidad de Colonia y miembro del Consejo de Expertos Económicos del Gobierno alemán, ha dedicado sus investigaciones más recientes a las condiciones necesarias para el éxito de la Unión Monetaria europea y al nuevo orden del comercio internacional.

Francisco Cabrillo.—Parece inevitable empezar hablando de la Unión Europea y de la moneda única. ¿ Cómo ve a corto y medio plazo el proceso de unión monetaria?

Juergen Donges.—A corto plazo, parece que llegaremos en mayo de 1998 a una situación en la que el Consejo decidirá que todo país que quiera ser miembro de la Unión Monetaria lo será, lo cual significa que ésta empezará con once países.

Gran Bretaña y Dinamarca tienen cláusulas especiales que les permiten esperar si no quieren entrar desde el principio. Gran Bretaña ya se ha pronunciado en ese sentido. Todavía no se sabe qué va a hacer Dinamarca; posiblemente convoquen un referéndum. El caso de Suecia es el más complicado, porque no quiere entrar en la Unión Monetaria, pero el Tratado de Maastricht no permite no querer. En este sentido, es bastante intervencionista porque no permite a un país volver a reflexionar. Pero Suecia tiene un argumento formal, y es que no forma parte del Sistema Monetario Europeo, que es un criterio de convergencia y, por tanto, siempre puede aducir que no cumple los cinco criterios y, además, Grecia no cumple los criterios de convergencia.

Es decir, nos encontramos con una situación que ha cambiado fundamentalmente en los últimos doce meses. Hace un año se pensaba que algunos países de la cuenca mediterránea, concretamente Italia o España, no estarían en condiciones de cumplir con los criterios. Este problema se ha solucionado: cada país ha hecho sus trampas; los criterios de convergencia se aplicarán no de forma rigurosa, sino más bien pragmática; puede ocurrir, incluso, que se imponga el criterio político sobre el económico.

Cuando los políticos dicen «esto hay que decidirlo políticamente», uno se pierde, porque ya no se sabe cuál es la base de la decisión. Pienso que construir un nuevo sistema monetario y crear una nueva moneda no es algo que se pueda decidir con criterios exclusivamente políticos. Si realmente se aspira a que el sistema funcione y a que la moneda sea buena y a no generar inflación, se debe aplicar el análisis económico. Solo de esta forma se pueden crear las condiciones para que este sistema funcione bien.

Pero tal y como van las cosas, creo que va a primar lo político sobre lo económico. La razón se encuentra en que los políticos, y concretamente el canciller alemán, piensan que la moneda única puede actuar como una palanca para seguir adelante con el proyecto de unión política europea, algo en lo que yo, personalmente, no creo mucho porque pienso que la unión política de Europa vendrá cuando los pueblos la quieran, y no cuando el Consejo Europeo piense que es el momento adecuado de hacerla. Además, en España y en otros países hay fuerzas centrífugas: uno de los grandes acervos de la Unión Europea es su diversidad, por lo que no creo que el querer armonizarlo todo y unificarse políticamente deba ser un objetivo esencial.

Ricardo Hernández Muñoz.—¿Cree que se cumplirán los plazos? ¿En qué condiciones cree que se iniciará el proceso de Unión Monetaria?

—A corto plazo, creo que el proceso va a empezar según el calendario establecido y con once países. Los criterios de convergencia se darán por cumplidos, más o menos. Donde no se cumplan, sobre todo en el área fiscal-presupuestaria, se partirá de la hipótesis de que, una vez dentro de la Unión Monetaria, los países continuarán con sus esfuerzos para sanear las finanzas públicas, donde esto sea necesario.

Me llama mucho la atención que en España únicamente se haya discutido sobre el cumplimiento de los criterios de convergencia. Qué duda cabe de que España ha hecho grandes progresos en cuanto a la reducción de la inflación y el déficit público, está realizando esfuerzos para controlar la deuda en circulación, la peseta es más estable… Todo esto se ha hecho, se ha discutido y se ha considerado un objetivo esencial para el país. Pero lo que no se discute en este país, y a diferencia de otros, es lo que ocurrirá al día siguiente. Una cosa es hablar de criterios de convergencia, de criterios para aprobar el examen de la Unión Monetaria, y otra es la perdurabilidad de la convergencia conseguida hasta mediados de 1998. Ocurre igual que entre los estudiantes: un alumno puede haberse estudiado bien la materia o tener suerte y aprobar el día del examen, pero eso no significa que sea un buen economista. Si no ha entendido aquello que ha estudiado, se le olvida en dos días. La cuestión a medio plazo estriba en averiguar si la convergencia lograda hasta mediados de 1998, el año de la decisión, es lo suficientemente sólida como para decir que una vez dentro de la Unión Monetaria habrá cultura de estabilidad, de solidez presupuestaria y fiscal en todos los países miembros. Y eso, de momento, no lo sabemos porque, en el contexto de los criterios de convergencia fiscales, todos los países han practicado lo que se ha dado en llamar la «contabilidad creativa» para ver si reducen, al menos, el déficit. Sin embargo, esto significa que no se han resuelto problemas de fondo, problemas estructurales de los presupuestos, sino que se han trasladado a ejercicios futuros, a partir de 1999, una vez todos estemos dentro de la moneda única. Creo que esta cultura de la estabilidad es lo que diferencia a un país como Alemania de otros, como Italia o España. Por muchos progresos que se hayan hecho en cuanto a reducir tasas de inflación, no todos los países tienen el mismo historial en este sentido. Y no sabemos todavía hasta qué punto se van a preferir las tasas bajas de inflación a las altas. Y no sabemos hasta qué punto hay conceptos diferentes en cuanto al arbitraje entre tasas de inflación y empleo, ya
que algunos todavía creen que existe, y que se puede crear más empleo teniendo más inflación. Sabemos que eso no es verdad, pero algunos siguen pensando así y esto luego podría reflejarse en la política del Banco Central Europeo, donde cada país estará representado por un voto, sin ponderación; éste es uno de los interrogantes que se plantean. Yo desearía que se impusiera, en este sentido, la forma de pensar alemana y holandesa, pero tampoco sé si va a ser así.

En cuanto al sector presupuestario, habrá que ver si los distintos países miembros son capaces de hacer a medio plazo lo que habitualmente les cuesta tanto. Todos conocemos los problemas que tienen los presupuestos, que incluyen la Seguridad Social. Tenemos muchos elementos estructurales fijos en el gasto presupuestario y una Seguridad Social (sobre todo en cuanto a las pensiones) que, por cuestiones demográficas y de bajo crecimiento, no pueden funcionar mientras sigan siendo sistemas de reparto. Todo eso lo sabemos y, sin embargo, a España, Alemania y todos los países afectados les cuesta muchísimo cambiar eso. No cabe duda de que ese problema hay que afrontarlo, y es un reto a medio plazo que está sobre la mesa.

Cuando el Consejo Europeo tome sus decisiones en mayo, creo que tendría que tener en cuenta también estas cuestiones. No debería fijarse solo en los criterios de convergencia, sino analizar claramente la cuestión de la perdurabilidad.

En Alemania ha habido, a diferencia de otros países como España, un profundo debate sobre las ventajas e inconvenientes de la moneda única. Cuando no hubo debate público fue antes del Tratado de Maastricht, exceptuando el caso de Francia. En Alemania apareció el Informe Delors y, de repente, ya estaba elaborado el Tratado. Si los economistas hubiéramos tomado parte más activamente en los años ochenta, cuando se elaboró el Informe Delors, probablemente los criterios de convergencia serían distintos. Hubiéramos introducido algún criterio real, hubiéramos propugnado modelos de competencia de monedas, pero no pensando en Europa, sino en general. Ese es el gran error que profundo. Hay que insistir en que todo viene impuesto desde arriba, no como coronación de un proceso, sino políticamente, con un enfoque monetarista: tener la moneda única y esperar que haga esa labor de mayor integración.

Hay que dejar claras tres cuestiones: primero, la moneda única como tal no nos va a resolver ningún problema fundamental. En segundo lugar, que las reformas pendientes que tengamos -Seguridad Social, mercado laboral, desregulación de mercados-, las tenemos que abordar con Unión Monetaria o sin ella. Esto tiene que quedar claro para evitar que se cree un sentimiento antieuropeísta. En tercer lugar, el euro exigirá unos cambios de comportamiento muy importantes de todos los agentes sociales que tengan influencia en lo que ocurre en los mercados. Lo importante y lo más duro es el día siguiente. El gran reto vendrá a partir de 1999 o del 2002.

F.C.— ¿No se habla demasiado en términos monetarios?¿Qué hay de la economía real?

—En términos reales, no se ha discutido casi nada, excepto en círculos académicos. Se habla mucho de convergencia, pero en términos nominales, monetarios, y se olvida la economía real. Y, qué duda cabe, los países de la Unión Europea se diferencian en cuanto a la flexibilidad de mercados, en cuanto a niveles de productividad, en cuanto al potencial económico. En el pasado, cuando algún país tenía problemas, siempre podía utilizar el tipo de cambio de alguna forma. También sabemos que la devaluación de la moneda no resuelve ningún problema, pero da un cierto alivio o puede corregir una evolución adversa o una pérdida de competitividad internacional, si se han disparado los costes laborales, por ejemplo. Este amortiguador del tipo de cambio ya no existirá entre los países miembros de la Unión Monetaria y la pregunta es cómo va a funcionar el sistema. En Alemania, tuvimos la experiencia, con nuestra unión monetaria de 1990, que lo demuestra de forma brutal, en el sentido de que la falta de un tipo de cambio propio, entre comillas, de Alemania Oriental y el proceso de equiparación de los salarios entre las dos Alemanias, con un diferencial de productividad muy fuerte, ha producido unos costes unitarios laborales que están un 30% por encima de los de Alemania Occidental, y así no puede funcionar ninguna economía.

En Alemania se solucionan los problemas vía transferencias fiscales, del orden de unos 150.000 millones de marcos todos los años, alrededor del 6% del PIB, pero esto en Europa no lo concibo. Sobre todo, porque los países que tendrían que aportar los recursos financieros para solucionar estos problemas probablemente se resistirían a ello.

Entonces, uno de los grandes retos va a ser, precisamente en el terreno laboral, comprobar si podemos concebir que en un país como España, con unos niveles de productividad inferiores a la media comunitaria, los sindicatos estén dispuestos a que los salarios, expresados en euros y, por lo tanto, perfectamente comparables con los salarios de Hamburgo, sean más bajos. Todos conocemos el lema populista de los sindicatos de que «a igual trabajo, igual sueldo», y tendrán que aprender que a igual trabajo, no igual sueldo, si hay diferencias en la productividad. Si no aceptan eso, tendrán un problema como lo tenemos en Alemania Oriental: en España los salarios subirán demasiado con respecto a la productividad en comparación con la de un país como Alemania, y como no habrá tipo de cambio para compensar esta diferencia, porque el Banco Central Europeo no podrá tener una política monetaria para España y otra para Alemania, se producirá una apreciación real del tipo de cambio: no se ve, no sale en los periódicos, pero se manifestará en el aumento del paro. En esta cuestión es donde se va a decidir si la Unión Monetaria va a ser un proyecto bueno o no, en el sentido de que todos los agentes económicos y los políticos, todos aquellos que tengan que adoptar decisiones en materia económica, sepan actuar de acuerdo con las nuevas reglas del juego. Y me parece que esto no está muy arraigado, sino que todo el mundo se fija exclusivamente en el 3 de mayo, en ver si se toman las decisiones, mientras que yo pienso que lo esencial es el día siguiente: perdurabilidad, en cuanto a presupuestos sólidos y cultura de estabilidad, por un lado, y mercados flexibles, por otro, para poder digerir, de esta forma, todo tipo de choques externos e internos que se han producido en el pasado y que se van a seguir produciendo en el futuro. Sobre todo, si enmarcamos todo este proyecto en otro fenómeno generalizado en el que estamos viviendo, y que creo que será característico del próximo siglo, que es el de la globalización de los mercados. En un mundo donde todo está cada vez más estrechamente vinculado, cualquier cosa que pueda ocurrir en cualquier lugar del mundo nos puede afectar directamente. Todo esto requiere mucha flexibilidad en la economía, y para mí una de las condiciones necesarias para el buen funcionamiento de la Unión Monetaria es la flexibilidad en todos los mercados, tanto de productos como de factores. Y esto requiere reformas bien profundas en casi todos los países de la Unión Europea. Reformas que llegan hasta el Estado del bienestar y que muchos se resisten a afrontar porque atacan, como se suele decir, a «derechos adquiridos» y es difícil llevarlas a cabo.

Rafael Rubio de Urquía.—¿Se puede decir que la homogeneidad de los comportamientos económicos, tanto en términos reales -productividad, por ejemplo- como en términos de política económica -fiscalidad y administración- es una condición necesaria para que la política monetaria única, ligada a la moneda única, tenga viabilidad?

— Creo que no es necesario que todos los comportamientos sean homogéneos, sino que pueden ser diferentes. Uno puede imaginarse que dentro de la Unión Europea habrá una competencia de sistemas, o incluso de políticas económicas buenas y menos buenas. Lo importante es que habrá que asumir las consecuencias de los comportamientos diferenciados. O bien se hace lo que sea necesario para que los diferenciales de productividad desaparezcan -una política de educación, de tecnología, de regulación de los mercados-, o se admite la hipótesis de que van a seguir existiendo esos diferenciales -porque la formación del capital lleva tiempo, porque se piensa en la futura ampliación de la Unión Europea hacia el Este, donde las diferencias son enormes-. Si se admite que va a seguir existiendo ese diferencial de productividad, tenemos que ser conscientes de que esto tiene unas consecuencias: unos países se podrán permitir unas cosas que otros no, porque si no se acepta esta cuestión hay que pensar en algún sistema de transferencias intraeuropeas -como ya existen en países como Alemania, en los que se trata de contrarrestar las diferencias de niveles de vida entre regiones que emanen de diferencias en productividad y en capacidad de crecimiento a través de transferencias fiscales-. Yo no concibo un sistema de este tipo en Europa. Ha habido algunos intentos vía fondos estructurales y otros con respecto a Maastricht, vía fondos de cohesión. Personalmente, soy muy escéptico respecto a la eficacia de esos fondos estructurales. Creo que no han funcionado tan bien como algunos dicen. En cuanto a los fondos de cohesión, pienso que un país que sea miembro de la Unión Monetaria, me refiero concretamente a España, no puede seguir pidiendo fondos de cohesión, porque éstos, según el Tratado de Maastricht, se establecieron para acercar a España, Irlanda, Portugal y Grecia, países menos avanzados, a la entrada de Maastricht. Y ahora nos encontramos con la situación de que España insiste en seguir pidiendo los fondos de cohesión, e Irlanda, que tiene ya una renta per capita del 120% de la media comunitaria, también sigue insistiendo. Esto es lo que pasa: se establece un fondo y ya nadie quiere prescindir de él. No veo que exista esa solidaridad europea, esa opinión pública europea, esa volonté europeéne, en el sentido de que nos sintamos europeos. No nos sentimos europeos ni pensamos en cómo ayudarnos los unos a otros. Por ello, no podemos esperar que haya un sistema de transferencias fiscales que vaya a solucionarnos todos los problemas. Por lo tanto, creo que es esencial que asumamos que podemos tener comportamientos diferenciados, pero que las consecuencias también serán distintas. A veces se dice que la Unión Monetaria va a ser la gran máquina para generar crecimiento y empleo. Eso, para mí, son visiones que se pueden tener pero que, sometidas a análisis económico, no funcionan. Con esto no quiero menospreciar el hecho de que la Unión Monetaria pueda tener sus ventajas económicas: evidentemente, se reducirán los costes de transacción, pero tampoco hay que exagerar. En los últimos veinte años, con diez u once monedas, hemos tenido un auge sensacional del comercio intracomunitario y no tengo la impresión de que el hecho de que hayamos contado con diferentes monedas y trece o catorce reajustes en el Sistema Monetario Europeo haya tenido un efecto adverso. También se dice que los turistas podrán viajar por Europa sin problemas; pues bien, los aeropuertos están a tope y siempre lo han estado. Pero bueno, no hay duda de que los costes de transacción se reducen cuando no hay que cubrirse contra el riesgo de variación del tipo de cambio, y esto constituye un factor positivo. También es un factor positivo, en este contexto, la desaparición de la posibilidad de volver a los controles en los movimientos de capitales, un riesgo que siempre hemos corrido. Por lo tanto, podemos decir que, con la moneda única, en Europa tendremos por primera vez mayor eficiencia en la asignación de capitales, porque desaparece la tentación del control. Esto es muy positivo y tendrá sus implicaciones con la competición de sistemas fiscales y tributarios. Habrá que pensar cómo se gravan los capitales y las rentas de capital, porque éste es muy movible y se puede ir a otro sitio. Esto me parece muy positivo, y entiendo que no les guste a los gobiernos. Es una forma, ya casi democrática, de definirse sobre la calidad de la política económica de un país. La carga tributaria entonces se traslada al factor que sea menos movible, es decir, al trabajador, y ahí están los
trabajadores y sus representantes, los sindicatos, para forzar a los gobiernos a que hagan una política que no invite a los capitales a que se vayan a otro sitio dentro de la Unión Europea.

Se podría hacer una analogía con otros campos, y esto viene muy bien decirlo aquí en España en este momento: así como decimos que en el área de la comunicación, en la economía, por ejemplo, se han reducido costes de transacción definiendo un idioma, el inglés, como medio de comunicación. Nadie lo ha decidido; simplemente, los mercados lo han dictado, es decir, tenemos una «moneda única» en ese campo, y lo mismo podemos decir de la moneda única europea: nos reduce los costes de transacción. Por lo tanto, no es muy compatible que haya una comunidad en este país muy «pro moneda única» y que al mismo tiempo esté haciendo un gran esfuerzo para desarrollar su propio idioma y hacerlo casi único en esa pequeña región del Noreste español. No es compatible querer la moneda única para Europa y para España y al mismo tiempo querer que el catalán sea un idioma casi único. No es compatible porque lo que se ahorra por un lado en reducción de costes de transacción aumenta por otro. No hay más que imaginar que las empresas tienen que escribir las cartas en catalán, contratar traductores o etiquetar en catalán.

R.R.U.—Es un hecho que, a las mismas causas, las distintas personas e instituciones, con diferentes esquemas teóricos y culturales, atribuyen efectos distintos. Por ello, resulta extremadamente difícil que, entre la dialéctica política de los sindicatos, los partidos políticos y los grupos de opinión y de presión se llegue a un consenso, a una común determinación teórica. Esto quiere decir que, en el fondo, la dialéctica ideológica, política y cultural, en modo alguno va a ser eliminada por la creación de mecanismos automáticos o cuasiautomáticos como la moneda única. ¿Está de acuerdo con este planteamiento?

— Sí, es correcto. Y en cierto modo parece que los propios gobiernos, los que tienen que decidir ahora sobre la moneda única, lo ven, pero no lo expresan. Uno puede preguntarse, una vez firmado el Tratado de Maastricht, que establece reglas comunes de comportamiento, sobre todo en el área tan sensible de lo fiscal que siempre incluye – y esto hay que decirlo de forma muy clara- la Seguridad Social, por qué se ha elaborado otro pacto, el de la Estabilidad y el Crecimiento, propugnado por Alemania, pero al fin y al cabo firmado por todos. Uno se pregunta por qué es necesario, si ya tenemos el Tratado de Maastricht, que dice que se mantiene la soberanía nacional en cuanto a política presupuestaria y social, por qué ahora los gobiernos, más o menos voluntariamente, suscriben un pacto que, de hecho, reduce esa soberanía nacional si se atienen a él. Porque yo siempre parto de la base de que no se firma algo para no cumplirlo. Ellos mismos establecen el límite del 3% para el déficit público. ¿Por qué hacen eso? La única explicación que se me ocurre es que lo hicieron para el discurso político interior de cada país. Para tener algo parecido a una defensa, cuando vengan las demandas de todos los sectores. Sobre todo, cuando hay elecciones y se produce el proceso de la compra del voto por medio de promesas que siempre se traducen en algún gasto, en algún capítulo de la política social.

En sociedades democráticas, pluralistas y abiertas, para los partidos resulta muy difícil vender sus programas de una forma que no sea la de gastar. Creo que las cosas podrían venderse de otra forma, y tenemos ejemplos de ello. No hay más que ver el precio que estamos pagando ahora en Europa por cien años de economía del bienestar. Vivimos del Estado. Creemos que nos lo soluciona todo y el Estado mismo también lo piensa así y le cuesta decir: «vamos a hacer una buena política económica en este país reduciendo gastos, reduciendo impuestos, abriendo el campo a la iniciativa privada. Os vamos a tratar, no como niños pequeños, incapaces de pensar por vosotros mismos, sino que os vamos a dar áreas para hacer cosas». Esa no es nuestra forma de pensar. Así se piensa en Estados Unidos y en otras zonas del mundo, pero no aquí en Europa. Y me parece que esto lo ven perfectamente los gobiernos, por eso creo que están buscando fórmulas para defenderse mediante un pacto como éste.

Además, al Banco Central Europeo se le han dado competencias y un grado de autonomía que van mucho más allá, por ejemplo, de la propia ley sobre el Bundesbank, en Alemania, que se podía cambiar por mayoría simple en el Parlamento. Lo que tenemos en la Unión
Europea es, más bien, una constitución, y no es tan fácil. Si se lo toman en serio, si quienes estén al frente del Banco Central Europeo se comportan como suelen hacerlo los gobernadores de los bancos emisores que tienen independencia política, que son bastante conservadores en términos monetaristas, van a establecer unas reglas de juego muy duras. Van a estar pitando penaltis constantemente a los parlamentos nacionales cuando quieran dispararse en el gasto público, y les dirán: «podéis hacer lo que queráis, pero nosotros no vamos a alimentaros monetariamente. Os tenéis que atener a las consecuencias. Podréis subir los impuestos, pero habrá menos crecimiento y más paro». Porque el Tratado de Maastricht dice varias veces que el objetivo primordial del Banco Central Europeo es velar por la estabilidad de los precios. Lo dice tantas veces como ninguna constitución de ningún país del mundo. Y creo que se ha hecho así porque se sabe que será difícil crear una cultura de estabilidad en todos los países miembros en tan poco tiempo, que los comportamientos serán muy diferentes y hay que dar todo tipo de posibilidades a este banco emisor para autodefenderse frente a posibles presiones políticas, que vendrán. Solo hay que imaginarse que tengamos una recesión coyuntural general en Europa, con subidas de niveles de desempleo que pueden ocurrir en cualquier momento, y que luego se celebre una cumbre de éstas que tienen lugar cada seis meses y que alguien diga que hay que hacer algo. Y si en ese momento el Banco Central Europeo piensa que no es el momento de bajar los tipos de interés por el potencial de inflación que podría crear, habría presión sobre el Banco Central, y en esa cumbre hipotética se pediría que bajara los tipos de interés, aun sabiendo que esta medida no resuelve por sí misma ningún problema. El Banco Central podría negarse, con el Tratado de Maastricht en la mano.

Con todo el escepticismo que uno pueda tener sobre el funcionamiento de la Unión Monetaria Europea, creo que al menos sobre el papel se ha hecho todo lo que se puede hacer cuando se crea un sistema monetario nuevo para crear, de alguna forma, las coordenadas necesarias para que funcione. Luego, todos sabemos que la realidad es otra o que puede ser otra. Incluso en Alemania ha habido casos en los que el Gobierno intentaba colocar como presidente del Bundesbank a alguien que fuera un poco más permisivo y siguiera las pautas de la política económica del Gobierno Federal. Nunca ha funcionado. En el momento en que el nuevo presidente ha tomado posesión y ha leído la reglamentación, se le ha olvidado todo. Esto me da esperanzas de que la autonomía del Banco Central Europeo vaya a ser real. Los miembros de su Directorio y de su Comité Central buscarán, fundamentalmente, reputación. Y la reputación se gana demostrando que el objetivo que tienen asignado según el Tratado de Maastricht y que consiste en hacer posible que el euro sea una moneda buena, una moneda estable, no inflacionaria, que todo el mundo quiera tener. Todos querrán que la historia diga que han contribuido al éxito de la Unión Monetaria.

F.C.—¿ Y estarán dispuestos los gobiernos a renunciar a ejercer presiones sobre estos nuevos mecanismos?

—Tengo la esperanza de que esto suceda como lo he descrito anteriormente, pero no podemos descartar que haya intentos de presiones políticas de los gobiernos. La discusión que tenemos actualmente entre Alemania y Francia sobre el establecimiento de un comité adicional, el famoso «comité euro», algo así como un contrapeso del Banco Central Europeo, se puede definir de dos formas.

La primera, diciendo que refleja concepciones diferentes entre Alemania y Francia sobre la ubicación de un banco central dentro del territorio nacional. En Francia, y esto se deriva de la Revolución Francesa, todo poder emana del Parlamento y un Gobierno que ha sido elegido democráticamente, mientras esté en el poder, es el que manda, y a eso hay que subordinarlo todo; también la política monetaria. En Alemania tenemos otra concepción, fundada en nuestras propias experiencias históricas, con períodos de inflación. También es un Estado democrático, sin embargo se ha dicho que lo monetario no se puede someter al día a día. Como es imposible someterlo al Parlamento, lo mejor que se puede hacer es apartarlo de este sistema constitucional, y nos ha ido muy bien. Son dos concepciones diferentes, y de alguna forma puede que encontremos una vía de hacerlas compatibles. Y eso «es poco preocupante.

Lo que sería preocupante es que los franceses piensen otra cosa: que, como ya manifestó el presidente Mitterrand, siempre tienen que ser los criterios políticos los que definan en última instancia lo que se hace en un momento concreto. También dijo Mitterrand, refiriéndose al Banco Central Europeo, que ellos serán los técnicos que hagan lo que los políticos de la Cumbre Europea decidan. Eso es peligroso, porque supondría desvirtuar lo que dice el Tratado de Maastricht y reducir el Banco Central Europeo a una institución a la que los políticos comunican lo que han decidido y lo pone en práctica, eligiendo simplemente el método. Eso sería peligroso.

Esta cuestión todavía no está resuelta, pero creo que es fundamental. Todavía quedan políticos que creen que la curva de Philips sirve para algo, y no tienen ni idea de la NAIRU y piensan que con bajar los tipos y un poco más de inflación se puede crear empleo y producción.

Creo que estos problemas de concepción van a ser fundamentales. Sobre ellos se habla poco, excepto en Alemania y en Francia, donde se discute mucho. En España y en otros países apenas se habla de ello porque todo el mundo está demasiado concentrado en los criterios de convergencia.

F.C.—En relación con esto, y estando totalmente de acuerdo con las ventajas que tendría esta institución que viene de fuera, a mí me preocupa lo que Roland Vaubel llama la teoría del cubo de basura: el planteamiento de los políticos que venden ante su electorado las medidas desagradables como imposiciones del exterior. Y me da la impresión de que esto es lo que se está haciendo en Europa y es peligroso: medidas que objetivamente son positivas se están vendiendo como sacrificios que hay que llevar a cabo para entrar en la Unión Monetaria. Pero como al europeo medio no le han explicado que estas medidas habría que tomarlas con Unión Monetaria o sin ella, no sabemos cuál va a ser su reacción posterior, que incluso puede ser negativa hacia ellas.

—Sí, por un lado es un problema, pero por otro es una ventaja. Algunas sociedades, por distintas razones, se han ido anquilosando a lo largo del tiempo, y en ellas, las estructuras productivas tampoco son ya muy poco flexibles. Para cambiar esto, Olson diría que es necesario algún choque exógeno, porque probablemente los intereses creados dentro de la sociedad sean tan fuertes, que no se pueden cambiar las cosas desde el interior, sino que se necesita un choque de fuera. Este choque puede ser brutal, como una guerra perdida en la que todo haya quedado destruido y todas las instituciones hayan desaparecido -el caso alemán en 1945-, o pacífico. En España he conocido unos cuantos choques pacíficos: cuando ha habido un proceso de apertura, que siempre ha venido más o menos impuesto de fuera -como los tratados de apertura comercial de los años sesenta o la integración en la Unión Europea-, este tipo de acontecimientos siempre han venido bien. Y en la Unión Europea, creo que el establecimiento de la unión arancelaria en el Tratado de Roma y, posteriormente, el mercado único han funcionado como choques externos.

He sido presidente de la Comisión de Regulación en Alemania, y me acuerdo de muchas conversaciones con miembros del Gobierno Federal que me han dicho abiertamente que gracias al programa del mercado único se podía empezar a desregular sectores, como los seguros, la aviación o las telecomunicaciones. Si no se hubiera producido ese choque externo, la desregulación no se habría producido. Quienes han perdido sus rentas de monopolio han llegado a hablar de expropiación. Estaban tan acostumbrados a la no competencia que la pérdida de márgenes de beneficio en función de la competencia se definió como expropiación.

En Alemania nos ayuda nuestra propia historia, tan nefasta, en el sentido en que pensamos que es mejor que estemos en Europa para, de alguna forma, domesticar algún posible resurgimiento expansionista. Pero en otros países, donde no existe esta caiga histórica, quizá se piense de otra manera. Ésta es una cuestión que los políticos tendrán que cuidar mucho. Puede suceder que si la política presupuestaria o la salarial no actúan según las nuevas reglas del juego y se produce más desempleo del que tenemos ahora, y además el Banco Central Europeo no está dispuesto a hacer nada en este sentido, es posible que el ciudadano medio atribuya esa hipotética subida del desempleo a la política monetaria del Banco Central Europeo. Eso es un riesgo bastante probable, y es un argumento más para explicar a los responsables de las políticas presupuestaria y salarial que tienen que cambiar de comportamiento. Por otro lado, en vista de lo difícil que parece reformar el Estado del bienestar, creo que es positivo que tengamos, por un lado, la globalización mundial, y por otro lado el euro, como dos mecanismos que nos van a obligar a hacer lo que tendríamos que hacer de todas formas. Junto con esto, tengo la esperanza de que estos ajustes no produzcan una reacción contra el proyecto de integración europea en su globalidad. Veo que este peligro es real, pero si conseguimos poner en marcha esta reforma y que los efectos positivos para todos sean visibles, puede funcionar.

En Alemania tenemos ese problema en la integración de Alemania Oriental, pero lo único que muchos ven como efecto inmediato es el elevadísimo paro que hay en esta zona, y esto empiezan a atribuirlo a la introducción de la economía de mercado y a la unificación, y votan al antiguo Partido Comunista. Se les olvida todo lo que sucedía antes de 1990 y no ven que la próxima generación será la que recoja los frutos. Alemania Oriental, no me cabe la menor duda, será en veinte años la parte más fuerte, potente y moderna de Alemania. Su sistema de telecomunicaciones, por ejemplo, ya es el más moderno del mundo.

En este sentido, yo soy más pragmático que Roland Vaubel: vivo en el mundo en el que vivo, y en vista de que no soy capaz de convencer a los políticos de que hagan lo que deberían, tengo que obligarles, y ahí me ayudo de las fuerzas exógenas, como el euro y la globalización.

Aunque también veo las reacciones. En el tema de la globalización, por ejemplo, hay una corriente en Alemania, principalmente socialdemócrata, que dice que hay que volver a los métodos de protección y convertir a Europa en una especie de fortaleza frente a los mercados asiáticos y latinoamericanos. Es lo de siempre, pero gracias a las nuevas tecnologías de la información, ya no funciona.

Creo que el mercado único también ha sido un gran acierto, en el sentido en que ha cambiado toda la filosofía de la integración europea. No se ha querido armonizarlo todo desde el principio, sino que ha prevalecido el principio de origen, y las reglas establecidas por cada país hay que respetarlas. En Alemania, ha costado mucho aceptar esto, y se ha perdido un proceso tras otro en el Tribunal Constitucional, porque queríamos, por ejemplo, que toda Europa hiciera la cerveza, el queso y las viviendas como nosotros. Hay una competencia entre sistemas, y poco a poco se irá imponiendo un punto medio entre regulaciones extremas.

Esto también sucede en el mercado de trabajo: si se actúa con las nuevas reglas del juego, Alemania perderá competitividad. La posición de los sindicatos alemanes en este momento es conseguir que se armonice a nivel alemán. ¿Qué interés puede tener Portugal, por
ejemplo, en encarecer su mano de obra? Obviamente, ninguno.

En otros campos nadie pretende que todo sea igual entre países. Pero en éstos, donde duele, se empieza a hablar de competencia desleal y se buscan mecanismos para armonizar. Todos estos procesos los vamos a vivir, durante los próximos años, de una forma brutal.

R.R.U.—Ya se ve que hay concepciones muy distintas en el «mercado de ideas». En el seno de la comunidad académica alemana, ¿existe alguna concepción dominante en torno al control y gestión de la economía por parte del Estado? Por una parte, habría una concepción socialista o socialdemócrata: ya que el éxito depende de que alguien sea capaz de regular, transferir y dirigir, y -en esa concepción la iniciativa privada tiene un, por expresarlo de algún modo, elemento «inconfesable «, el Estado debe controlar v gestionar. Otra posición distinta sería pensar que no hay nada inconfesable ni negativo en la libre dinámica de las personas. ¿Está una de estas concepciones más extendida que la otra? ¿Están a la par?

—Yo diría que en la comunidad académica alemana predomina la segunda concepción. Hay algunos que esperan mucho del Estado y tienden incluso a pensamientos keynesianos y postkeynesianos modernos, pero esta postura no es dominante, sino que domina el pensamiento de que los mercado solucionan mejor las cosas y que la apertura y el libre comercio son mejores que la excesiva regulación y el perfeccionismo; que la política de oferta es más importante que la política de demanda para conseguir un crecimiento económico con estabilidad a medio plazo; que hay que reducir el peso del Estado y reestructurar su gasto; que hay que reducir la presión fiscal y trasladarla a imposición indirecta -es decir, gravar más el consumo, la utilización de los ingresos, y no su generación-. Éste es, a grandes rasgos, el pensamiento dominante en la comunidad académica alemana.

F.C.—Creo que una cuestión muy importante para el lector español es conocer cómo ve el ciudadano alemán el papel de su país en la futura Europa.

—No es fácil contestar de forma clara a esta pregunta. En Alemania, la sociedad está muy marcada por el pasado, en el sentido de considerar como lo más adecuado una política de perfil bajo: que no se enteren de que estamos. Nuestras virtudes y capacidades se manifiestan a través de nuestros continuos superávits de la balanza comercial, y en lo no económico ganando mundiales de fútbol y de otros deportes. El ciudadano alemán no espera, por regla general, que el Gobierno luche de forma abierta por intereses alemanes en la Unión Europea. Así como Francia lucha abierta o diplomáticamente por sus intereses, el Gobierno alemán no lo hace y el ciudadano tampoco se lo reclama. Por eso, rara vez se verá que Alemania desempeñe un papel importante, relacionado con el peso demográfico y económico que tiene en el concierto europeo o en la OTAN.

Personalmente, pienso que una Unión Monetaria de once países, con una Unión Europea de quince, que mira hacia el Este y podría convertirse en una unión de veinte países o más, necesita algún liderazgo. Así como a nivel mundial nos ha ido muy bien durante unos años con la pax americana, que nos ha dado una gran liberalización del comercio internacional, en Europa nos hace falta algo parecido. Hasta ahora, lo hemos tenido en lo monetario a través del Bundesbank. No es que lo haya buscado, sino que el mercado lo ha decidido así.

Pero, con miras al futuro, creo que Alemania tendría que asumir ese papel, pero no es nuestra forma de pensar ni de actuar. Estamos todavía en un proceso de analizar, entender y explicar la época nazi y lo hacemos hasta límites de autocriticarnos, y hemos establecido unos criterios de lo políticamente correcto muy rigurosos, y esto equivale a no hablar de las cosas, a crear un tabú, un complejo.

Por lo tanto, me resulta muy difícil definir el futuro papel de Alemania en la Unión Europea, con una excepción: la ampliación hacia el Este. En este campo, Alemania parece ser más activa y quiere promover esa ampliación. No creo que los demás países de Europa estén tan entusiasmados con la ampliación hacia el Este, sobre todo por razones de organización. El Este europeo siempre ha atraído mucho a los alemanes. Hay unos vínculos fuertes y tradicionales, semejantes a los de España con Latinoamérica. Ahí creo que Alemania va a desempeñar un papel importante, pero por lo demás creo que va a ser como un gran elefante que se va a dejar llevar. El pacto de estabilidad fue una excepción a esta norma. La insistencia de Waigel en este tema fue simplemente un reflejo de la preocupación de la sociedad alemana y del escepticismo ante la Unión Monetaria.

F.C.—Pero si Alemania no ejerce el liderazgo, ¿lo hará algún país?

—Ahí está el problema. Alguien tiene que hacerlo y no sé si Francia está en condiciones ni si lo aceptarían los demás; pero sin un líder, no puede funcionar la Unión. Alguien tiene que marcar unas pautas para que los demás puedan definirse. Sin un líder, es difícil que se genere credibilidad, perspectivas, es difícil reducir la incertidumbre, y esto es necesario para la economía.

R.R.U.—En el pasado, gran parte de la proyección alemana en el mundo estuvo basada en una combinación de factores entre los que, junto a hechos como una dinámica demográfica «fuerte», la existencia en grado importante de una comunidad étnica, etc., se encontraba uno singularmente importante: el modo en que se producía la creación de conocimiento y cultura. Había una política pública, apoyada en la creatividad espontánea (y a la vez apoyándola) y en las tradiciones universitarias renovadas, ordenada a la producción de conocimiento y cultura en todos los campos. Este factor ha sido, sin duda, uno de los que han conducido a Alemania, a través del siglo XIX y gran parte del XX, a posiciones de vanguardia. ¿Está ahora vigente la idea de que en gran parte el futuro de Alemania reside en esa capacidad de crear cultura -incluidas pautas culturales específicas – y conocimiento, o también se pone esta idea entre paréntesis porque no es «políticamente correcta»?

—No. Sigue existiendo esa idea. Incluso constantemente tenemos un discurso claro que dice que, sobre todo bajo las condiciones de la globalización de los mercados, y en vista de que somos un país de salarios altos, la única posibilidad que tenemos de mantener nuestra competitividad y nuestra capacidad de crecimiento es a través de educación, formación y valores culturales, es decir, lo que denominaríamos capital humano.

Esa idea está ahí. Ahora bien, lo que ha cambiado a peor es la traducción de esta idea al mundo real. Uno de los legados del largo período socialdemócrata de los años setenta es la creencia de que en Alemania tenemos nuestras cosas más o menos bien solucionadas, y que ahora se trata de conseguir una distribución de rentas más equitativa. Hablar de élites es un tabú, y yo no sé cómo puede funcionar una sociedad sin élites. Pero ahí tenemos también válvulas de escape: Boris Becker o la selección de fútbol sí, ellos sí son élite, pero nada más.

A los años setenta yo los suelo llamar la década de los pedagogos; en ellas, los maestros de las escuelas marcaban las pautas. Entre otras cosas, hemos iniciado un proceso lento pero claro, y con unas consecuencias nefastas a mi juicio, de ir reduciendo paulatinamente los cánones en colegios y universidades, bajando los niveles de exigencia En los colegios ya no dan notas, porque los niños pueden traumatizarse.

Esto sigue hasta en la universidad. En el Estado en el que está ubicada mi universidad, acaban de crear un sistema de estudios que reduce el número de horas obligatorias, asignaturas, materias, materia evaluable -solo se puede evaluar lo que se ha dado en clase-. Baviera ya ha anunciado que no va a aceptar ese sistema, e incluso hace unos años llegó a plantear negar el reconocimiento al bachillerato alemán cursado fuera de Baviera como criterio para acceder a las universidades bávaras.

Un sociólogo alemán, Ralf Dahrendorf, dijo una vez que la cualificación es un derecho de ciudadanía. Y eso ha tenido como consecuencia que todo alemán, cuando termina el colegio, se ve con derecho a asistir a la universidad. Esto antes no era así. La formación profesional antes era normal. Incluso yo la cursé: cuando terminé el colegio no estaba seguro de querer ir a la universidad y durante tres años estuve en una empresa industrial haciendo un programa mercantil muy práctico. Hoy todo el mundo quiere ir a la universidad. Hay gente, incluso, que cambia de carrera cada poco tiempo y al cuarto año de universidad todavía no sabe qué quiere estudiar. Por eso, soy partidario de pagar
matrículas en la universidad. Es importante para poder exigir a los profesores y para que no descienda el nivel.

R.H.M.—A lo largo de esta entrevista se ha hablado mucho de la reforma del Estado del bienestar. Sobre su inviabilidad, tal y como está planteado, existe una práctica unanimidad, pero ¿cómo se puede abordar esta reforma?

—El Estado del bienestar, tal y como está configurado en Europa, hay que reformarlo por dos razones: porque acarrea una serie de desincentivos o incentivos erróneos, que se ven claramente en el caso de la sanidad, en el seguro de desempleo -cuanto más cuantioso es, menos esfuerzo se invierte en buscar un puesto de trabajo- y en las pensiones -cuanto más generosas sean, menos esfuerzos hacen los ciudadanos por crear sus propias provisiones-.

Por otra parte, la reforma es necesaria porque se incluyen demasiados conceptos de redistribución dentro de estos sistemas, y no deben estar ahí. Acepto que un Estado quiera hacer política redistributiva, pero si lo considera un objetivo prioritario, que lo financie a través de los presupuestos y que, cada cuatro años, en las elecciones, los ciudadanos le digan si les parece bien. Pero no me parece lógico hacer política de redistribución a través de los sistemas de pensiones o, sobre todo, de sanidad -con todas las familias aseguradas automáticamente a pesar de que no contribuyan, etcétera-.

Es esencial que tengamos una mayor equivalencia entre contribuciones y prestaciones, tanto en el sistema de sanidad y pensiones, como en el seguro de desempleo.

Segundo criterio: necesitamos más provisión individual propia. Hay que decir a los jóvenes que empiecen a establecer su propio programa de provisiones al ahorro para que cuando llegue la jubilación tenga unos ingresos; en cuanto a la sanidad, que entiendan que ésta
existe para cubrirles frente a las grandes enfermedades, pero que si tienen una gripe pueden comprarse las aspirinas sin que se las paguen los demás.

Tercer criterio: las políticas redistributivas, es decir, las prestaciones que no sean propias de un seguro, hay que hacerlas a través de los presupuestos del Estado, y hay que financiarlas a través de impuestos y no de cargas sociales.

Estas son las tres líneas maestras de reforma del Estado del bienestar que propugno. Yo no abogo por la desaparición del Estado del bienestar, sino que pido solidaridad para los que la necesitan, que en modo alguno es la sociedad en general.

Con estas reformas ganaríamos margen para reducir el peso del Estado, y esto tendría la consecuencia saludable de que el Estado podría dedicarse a cosas que sabe hacer mejor que los demás. Es un cambio radical, pero pienso que tarde o temprano iremos en esa dirección. De hecho, hay países que ya lo están haciendo.