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Entrevista a Juergen Donges

«El euro no resolverá problemas estructurales»

Cuando los plazos previstos para la Unión Monetaria se acercan y los distintos países preparan sus estrategias para el examen de este año, es el momento de preguntarse qué hay detrás de la moneda única, ya que a nadie escapa que su implantación significa mucho más que un cambio de instrumento monetario. En el éxito o el fracaso del euro tendrán mucho que ver las concepciones económicas de quienes pueden convertirse en autoridades del futuro Banco Central Europeo. Y todas estas incógnitas se plantean en un momento en el que el Estado del bienestar ha dado repetidas muestras de agotamiento, y son ya pocas las voces que no lo cuestionan ni piden su reforma.

Para tratar estos temas, Juergen Donges es un interlocutor de privilegio. Catedrático de Política Económica, director del Instituto de Investigación Económica de la Universidad de Colonia y miembro del Consejo de Expertos Económicos del Gobierno alemán, ha dedicado sus investigaciones más recientes a las condiciones necesarias para el éxito de la Unión Monetaria europea y al nuevo orden del comercio internacional.

Francisco Cabrillo.—Parece inevitable empezar hablando de la Unión Europea y de la moneda única. ¿ Cómo ve a corto y medio plazo el proceso de unión monetaria?

Juergen Donges.—A corto plazo, parece que llegaremos en mayo de 1998 a una situación en la que el Consejo decidirá que todo país que quiera ser miembro de la Unión Monetaria lo será, lo cual significa que ésta empezará con once países.

Gran Bretaña y Dinamarca tienen cláusulas especiales que les permiten esperar si no quieren entrar desde el principio. Gran Bretaña ya se ha pronunciado en ese sentido. Todavía no se sabe qué va a hacer Dinamarca; posiblemente convoquen un referéndum. El caso de Suecia es el más complicado, porque no quiere entrar en la Unión Monetaria, pero el Tratado de Maastricht no permite no querer. En este sentido, es bastante intervencionista porque no permite a un país volver a reflexionar. Pero Suecia tiene un argumento formal, y es que no forma parte del Sistema Monetario Europeo, que es un criterio de convergencia y, por tanto, siempre puede aducir que no cumple los cinco criterios y, además, Grecia no cumple los criterios de convergencia.

Es decir, nos encontramos con una situación que ha cambiado fundamentalmente en los últimos doce meses. Hace un año se pensaba que algunos países de la cuenca mediterránea, concretamente Italia o España, no estarían en condiciones de cumplir con los criterios. Este problema se ha solucionado: cada país ha hecho sus trampas; los criterios de convergencia se aplicarán no de forma rigurosa, sino más bien pragmática; puede ocurrir, incluso, que se imponga el criterio político sobre el económico.

Cuando los políticos dicen «esto hay que decidirlo políticamente», uno se pierde, porque ya no se sabe cuál es la base de la decisión. Pienso que construir un nuevo sistema monetario y crear una nueva moneda no es algo que se pueda decidir con criterios exclusivamente políticos. Si realmente se aspira a que el sistema funcione y a que la moneda sea buena y a no generar inflación, se debe aplicar el análisis económico. Solo de esta forma se pueden crear las condiciones para que este sistema funcione bien.

Pero tal y como van las cosas, creo que va a primar lo político sobre lo económico. La razón se encuentra en que los políticos, y concretamente el canciller alemán, piensan que la moneda única puede actuar como una palanca para seguir adelante con el proyecto de unión política europea, algo en lo que yo, personalmente, no creo mucho porque pienso que la unión política de Europa vendrá cuando los pueblos la quieran, y no cuando el Consejo Europeo piense que es el momento adecuado de hacerla. Además, en España y en otros países hay fuerzas centrífugas: uno de los grandes acervos de la Unión Europea es su diversidad, por lo que no creo que el querer armonizarlo todo y unificarse políticamente deba ser un objetivo esencial.

Ricardo Hernández Muñoz.—¿Cree que se cumplirán los plazos? ¿En qué condiciones cree que se iniciará el proceso de Unión Monetaria?

—A corto plazo, creo que el proceso va a empezar según el calendario establecido y con once países. Los criterios de convergencia se darán por cumplidos, más o menos. Donde no se cumplan, sobre todo en el área fiscal-presupuestaria, se partirá de la hipótesis de que, una vez dentro de la Unión Monetaria, los países continuarán con sus esfuerzos para sanear las finanzas públicas, donde esto sea necesario.

Me llama mucho la atención que en España únicamente se haya discutido sobre el cumplimiento de los criterios de convergencia. Qué duda cabe de que España ha hecho grandes progresos en cuanto a la reducción de la inflación y el déficit público, está realizando esfuerzos para controlar la deuda en circulación, la peseta es más estable… Todo esto se ha hecho, se ha discutido y se ha considerado un objetivo esencial para el país. Pero lo que no se discute en este país, y a diferencia de otros, es lo que ocurrirá al día siguiente. Una cosa es hablar de criterios de convergencia, de criterios para aprobar el examen de la Unión Monetaria, y otra es la perdurabilidad de la convergencia conseguida hasta mediados de 1998. Ocurre igual que entre los estudiantes: un alumno puede haberse estudiado bien la materia o tener suerte y aprobar el día del examen, pero eso no significa que sea un buen economista. Si no ha entendido aquello que ha estudiado, se le olvida en dos días. La cuestión a medio plazo estriba en averiguar si la convergencia lograda hasta mediados de 1998, el año de la decisión, es lo suficientemente sólida como para decir que una vez dentro de la Unión Monetaria habrá cultura de estabilidad, de solidez presupuestaria y fiscal en todos los países miembros. Y eso, de momento, no lo sabemos porque, en el contexto de los criterios de convergencia fiscales, todos los países han practicado lo que se ha dado en llamar la «contabilidad creativa» para ver si reducen, al menos, el déficit. Sin embargo, esto significa que no se han resuelto problemas de fondo, problemas estructurales de los presupuestos, sino que se han trasladado a ejercicios futuros, a partir de 1999, una vez todos estemos dentro de la moneda única. Creo que esta cultura de la estabilidad es lo que diferencia a un país como Alemania de otros, como Italia o España. Por muchos progresos que se hayan hecho en cuanto a reducir tasas de inflación, no todos los países tienen el mismo historial en este sentido. Y no sabemos todavía hasta qué punto se van a preferir las tasas bajas de inflación a las altas. Y no sabemos hasta qué punto hay conceptos diferentes en cuanto al arbitraje entre tasas de inflación y empleo, ya
que algunos todavía creen que existe, y que se puede crear más empleo teniendo más inflación. Sabemos que eso no es verdad, pero algunos siguen pensando así y esto luego podría reflejarse en la política del Banco Central Europeo, donde cada país estará representado por un voto, sin ponderación; éste es uno de los interrogantes que se plantean. Yo desearía que se impusiera, en este sentido, la forma de pensar alemana y holandesa, pero tampoco sé si va a ser así.

En cuanto al sector presupuestario, habrá que ver si los distintos países miembros son capaces de hacer a medio plazo lo que habitualmente les cuesta tanto. Todos conocemos los problemas que tienen los presupuestos, que incluyen la Seguridad Social. Tenemos muchos elementos estructurales fijos en el gasto presupuestario y una Seguridad Social (sobre todo en cuanto a las pensiones) que, por cuestiones demográficas y de bajo crecimiento, no pueden funcionar mientras sigan siendo sistemas de reparto. Todo eso lo sabemos y, sin embargo, a España, Alemania y todos los países afectados les cuesta muchísimo cambiar eso. No cabe duda de que ese problema hay que afrontarlo, y es un reto a medio plazo que está sobre la mesa.

Cuando el Consejo Europeo tome sus decisiones en mayo, creo que tendría que tener en cuenta también estas cuestiones. No debería fijarse solo en los criterios de convergencia, sino analizar claramente la cuestión de la perdurabilidad.

En Alemania ha habido, a diferencia de otros países como España, un profundo debate sobre las ventajas e inconvenientes de la moneda única. Cuando no hubo debate público fue antes del Tratado de Maastricht, exceptuando el caso de Francia. En Alemania apareció el Informe Delors y, de repente, ya estaba elaborado el Tratado. Si los economistas hubiéramos tomado parte más activamente en los años ochenta, cuando se elaboró el Informe Delors, probablemente los criterios de convergencia serían distintos. Hubiéramos introducido algún criterio real, hubiéramos propugnado modelos de competencia de monedas, pero no pensando en Europa, sino en general. Ese es el gran error que profundo. Hay que insistir en que todo viene impuesto desde arriba, no como coronación de un proceso, sino políticamente, con un enfoque monetarista: tener la moneda única y esperar que haga esa labor de mayor integración.

Hay que dejar claras tres cuestiones: primero, la moneda única como tal no nos va a resolver ningún problema fundamental. En segundo lugar, que las reformas pendientes que tengamos -Seguridad Social, mercado laboral, desregulación de mercados-, las tenemos que abordar con Unión Monetaria o sin ella. Esto tiene que quedar claro para evitar que se cree un sentimiento antieuropeísta. En tercer lugar, el euro exigirá unos cambios de comportamiento muy importantes de todos los agentes sociales que tengan influencia en lo que ocurre en los mercados. Lo importante y lo más duro es el día siguiente. El gran reto vendrá a partir de 1999 o del 2002.

F.C.— ¿No se habla demasiado en términos monetarios?¿Qué hay de la economía real?

—En términos reales, no se ha discutido casi nada, excepto en círculos académicos. Se habla mucho de convergencia, pero en términos nominales, monetarios, y se olvida la economía real. Y, qué duda cabe, los países de la Unión Europea se diferencian en cuanto a la flexibilidad de mercados, en cuanto a niveles de productividad, en cuanto al potencial económico. En el pasado, cuando algún país tenía problemas, siempre podía utilizar el tipo de cambio de alguna forma. También sabemos que la devaluación de la moneda no resuelve ningún problema, pero da un cierto alivio o puede corregir una evolución adversa o una pérdida de competitividad internacional, si se han disparado los costes laborales, por ejemplo. Este amortiguador del tipo de cambio ya no existirá entre los países miembros de la Unión Monetaria y la pregunta es cómo va a funcionar el sistema. En Alemania, tuvimos la experiencia, con nuestra unión monetaria de 1990, que lo demuestra de forma brutal, en el sentido de que la falta de un tipo de cambio propio, entre comillas, de Alemania Oriental y el proceso de equiparación de los salarios entre las dos Alemanias, con un diferencial de productividad muy fuerte, ha producido unos costes unitarios laborales que están un 30% por encima de los de Alemania Occidental, y así no puede funcionar ninguna economía.

En Alemania se solucionan los problemas vía transferencias fiscales, del orden de unos 150.000 millones de marcos todos los años, alrededor del 6% del PIB, pero esto en Europa no lo concibo. Sobre todo, porque los países que tendrían que aportar los recursos financieros para solucionar estos problemas probablemente se resistirían a ello.

Entonces, uno de los grandes retos va a ser, precisamente en el terreno laboral, comprobar si podemos concebir que en un país como España, con unos niveles de productividad inferiores a la media comunitaria, los sindicatos estén dispuestos a que los salarios, expresados en euros y, por lo tanto, perfectamente comparables con los salarios de Hamburgo, sean más bajos. Todos conocemos el lema populista de los sindicatos de que «a igual trabajo, igual sueldo», y tendrán que aprender que a igual trabajo, no igual sueldo, si hay diferencias en la productividad. Si no aceptan eso, tendrán un problema como lo tenemos en Alemania Oriental: en España los salarios subirán demasiado con respecto a la productividad en comparación con la de un país como Alemania, y como no habrá tipo de cambio para compensar esta diferencia, porque el Banco Central Europeo no podrá tener una política monetaria para España y otra para Alemania, se producirá una apreciación real del tipo de cambio: no se ve, no sale en los periódicos, pero se manifestará en el aumento del paro. En esta cuestión es donde se va a decidir si la Unión Monetaria va a ser un proyecto bueno o no, en el sentido de que todos los agentes económicos y los políticos, todos aquellos que tengan que adoptar decisiones en materia económica, sepan actuar de acuerdo con las nuevas reglas del juego. Y me parece que esto no está muy arraigado, sino que todo el mundo se fija exclusivamente en el 3 de mayo, en ver si se toman las decisiones, mientras que yo pienso que lo esencial es el día siguiente: perdurabilidad, en cuanto a presupuestos sólidos y cultura de estabilidad, por un lado, y mercados flexibles, por otro, para poder digerir, de esta forma, todo tipo de choques externos e internos que se han producido en el pasado y que se van a seguir produciendo en el futuro. Sobre todo, si enmarcamos todo este proyecto en otro fenómeno generalizado en el que estamos viviendo, y que creo que será característico del próximo siglo, que es el de la globalización de los mercados. En un mundo donde todo está cada vez más estrechamente vinculado, cualquier cosa que pueda ocurrir en cualquier lugar del mundo nos puede afectar directamente. Todo esto requiere mucha flexibilidad en la economía, y para mí una de las condiciones necesarias para el buen funcionamiento de la Unión Monetaria es la flexibilidad en todos los mercados, tanto de productos como de factores. Y esto requiere reformas bien profundas en casi todos los países de la Unión Europea. Reformas que llegan hasta el Estado del bienestar y que muchos se resisten a afrontar porque atacan, como se suele decir, a «derechos adquiridos» y es difícil llevarlas a cabo.

Rafael Rubio de Urquía.—¿Se puede decir que la homogeneidad de los comportamientos económicos, tanto en términos reales -productividad, por ejemplo- como en términos de política económica -fiscalidad y administración- es una condición necesaria para que la política monetaria única, ligada a la moneda única, tenga viabilidad?

— Creo que no es necesario que todos los comportamientos sean homogéneos, sino que pueden ser diferentes. Uno puede imaginarse que dentro de la Unión Europea habrá una competencia de sistemas, o incluso de políticas económicas buenas y menos buenas. Lo importante es que habrá que asumir las consecuencias de los comportamientos diferenciados. O bien se hace lo que sea necesario para que los diferenciales de productividad desaparezcan -una política de educación, de tecnología, de regulación de los mercados-, o se admite la hipótesis de que van a seguir existiendo esos diferenciales -porque la formación del capital lleva tiempo, porque se piensa en la futura ampliación de la Unión Europea hacia el Este, donde las diferencias son enormes-. Si se admite que va a seguir existiendo ese diferencial de productividad, tenemos que ser conscientes de que esto tiene unas consecuencias: unos países se podrán permitir unas cosas que otros no, porque si no se acepta esta cuestión hay que pensar en algún sistema de transferencias intraeuropeas -como ya existen en países como Alemania, en los que se trata de contrarrestar las diferencias de niveles de vida entre regiones que emanen de diferencias en productividad y en capacidad de crecimiento a través de transferencias fiscales-. Yo no concibo un sistema de este tipo en Europa. Ha habido algunos intentos vía fondos estructurales y otros con respecto a Maastricht, vía fondos de cohesión. Personalmente, soy muy escéptico respecto a la eficacia de esos fondos estructurales. Creo que no han funcionado tan bien como algunos dicen. En cuanto a los fondos de cohesión, pienso que un país que sea miembro de la Unión Monetaria, me refiero concretamente a España, no puede seguir pidiendo fondos de cohesión, porque éstos, según el Tratado de Maastricht, se establecieron para acercar a España, Irlanda, Portugal y Grecia, países menos avanzados, a la entrada de Maastricht. Y ahora nos encontramos con la situación de que España insiste en seguir pidiendo los fondos de cohesión, e Irlanda, que tiene ya una renta per capita del 120% de la media comunitaria, también sigue insistiendo. Esto es lo que pasa: se establece un fondo y ya nadie quiere prescindir de él. No veo que exista esa solidaridad europea, esa opinión pública europea, esa volonté europeéne, en el sentido de que nos sintamos europeos. No nos sentimos europeos ni pensamos en cómo ayudarnos los unos a otros. Por ello, no podemos esperar que haya un sistema de transferencias fiscales que vaya a solucionarnos todos los problemas. Por lo tanto, creo que es esencial que asumamos que podemos tener comportamientos diferenciados, pero que las consecuencias también serán distintas. A veces se dice que la Unión Monetaria va a ser la gran máquina para generar crecimiento y empleo. Eso, para mí, son visiones que se pueden tener pero que, sometidas a análisis económico, no funcionan. Con esto no quiero menospreciar el hecho de que la Unión Monetaria pueda tener sus ventajas económicas: evidentemente, se reducirán los costes de transacción, pero tampoco hay que exagerar. En los últimos veinte años, con diez u once monedas, hemos tenido un auge sensacional del comercio intracomunitario y no tengo la impresión de que el hecho de que hayamos contado con diferentes monedas y trece o catorce reajustes en el Sistema Monetario Europeo haya tenido un efecto adverso. También se dice que los turistas podrán viajar por Europa sin problemas; pues bien, los aeropuertos están a tope y siempre lo han estado. Pero bueno, no hay duda de que los costes de transacción se reducen cuando no hay que cubrirse contra el riesgo de variación del tipo de cambio, y esto constituye un factor positivo. También es un factor positivo, en este contexto, la desaparición de la posibilidad de volver a los controles en los movimientos de capitales, un riesgo que siempre hemos corrido. Por lo tanto, podemos decir que, con la moneda única, en Europa tendremos por primera vez mayor eficiencia en la asignación de capitales, porque desaparece la tentación del control. Esto es muy positivo y tendrá sus implicaciones con la competición de sistemas fiscales y tributarios. Habrá que pensar cómo se gravan los capitales y las rentas de capital, porque éste es muy movible y se puede ir a otro sitio. Esto me parece muy positivo, y entiendo que no les guste a los gobiernos. Es una forma, ya casi democrática, de definirse sobre la calidad de la política económica de un país. La carga tributaria entonces se traslada al factor que sea menos movible, es decir, al trabajador, y ahí están los
trabajadores y sus representantes, los sindicatos, para forzar a los gobiernos a que hagan una política que no invite a los capitales a que se vayan a otro sitio dentro de la Unión Europea.

Se podría hacer una analogía con otros campos, y esto viene muy bien decirlo aquí en España en este momento: así como decimos que en el área de la comunicación, en la economía, por ejemplo, se han reducido costes de transacción definiendo un idioma, el inglés, como medio de comunicación. Nadie lo ha decidido; simplemente, los mercados lo han dictado, es decir, tenemos una «moneda única» en ese campo, y lo mismo podemos decir de la moneda única europea: nos reduce los costes de transacción. Por lo tanto, no es muy compatible que haya una comunidad en este país muy «pro moneda única» y que al mismo tiempo esté haciendo un gran esfuerzo para desarrollar su propio idioma y hacerlo casi único en esa pequeña región del Noreste español. No es compatible querer la moneda única para Europa y para España y al mismo tiempo querer que el catalán sea un idioma casi único. No es compatible porque lo que se ahorra por un lado en reducción de costes de transacción aumenta por otro. No hay más que imaginar que las empresas tienen que escribir las cartas en catalán, contratar traductores o etiquetar en catalán.

R.R.U.—Es un hecho que, a las mismas causas, las distintas personas e instituciones, con diferentes esquemas teóricos y culturales, atribuyen efectos distintos. Por ello, resulta extremadamente difícil que, entre la dialéctica política de los sindicatos, los partidos políticos y los grupos de opinión y de presión se llegue a un consenso, a una común determinación teórica. Esto quiere decir que, en el fondo, la dialéctica ideológica, política y cultural, en modo alguno va a ser eliminada por la creación de mecanismos automáticos o cuasiautomáticos como la moneda única. ¿Está de acuerdo con este planteamiento?

— Sí, es correcto. Y en cierto modo parece que los propios gobiernos, los que tienen que decidir ahora sobre la moneda única, lo ven, pero no lo expresan. Uno puede preguntarse, una vez firmado el Tratado de Maastricht, que establece reglas comunes de comportamiento, sobre todo en el área tan sensible de lo fiscal que siempre incluye – y esto hay que decirlo de forma muy clara- la Seguridad Social, por qué se ha elaborado otro pacto, el de la Estabilidad y el Crecimiento, propugnado por Alemania, pero al fin y al cabo firmado por todos. Uno se pregunta por qué es necesario, si ya tenemos el Tratado de Maastricht, que dice que se mantiene la soberanía nacional en cuanto a política presupuestaria y social, por qué ahora los gobiernos, más o menos voluntariamente, suscriben un pacto que, de hecho, reduce esa soberanía nacional si se atienen a él. Porque yo siempre parto de la base de que no se firma algo para no cumplirlo. Ellos mismos establecen el límite del 3% para el déficit público. ¿Por qué hacen eso? La única explicación que se me ocurre es que lo hicieron para el discurso político interior de cada país. Para tener algo parecido a una defensa, cuando vengan las demandas de todos los sectores. Sobre todo, cuando hay elecciones y se produce el proceso de la compra del voto por medio de promesas que siempre se traducen en algún gasto, en algún capítulo de la política social.

En sociedades democráticas, pluralistas y abiertas, para los partidos resulta muy difícil vender sus programas de una forma que no sea la de gastar. Creo que las cosas podrían venderse de otra forma, y tenemos ejemplos de ello. No hay más que ver el precio que estamos pagando ahora en Europa por cien años de economía del bienestar. Vivimos del Estado. Creemos que nos lo soluciona todo y el Estado mismo también lo piensa así y le cuesta decir: «vamos a hacer una buena política económica en este país reduciendo gastos, reduciendo impuestos, abriendo el campo a la iniciativa privada. Os vamos a tratar, no como niños pequeños, incapaces de pensar por vosotros mismos, sino que os vamos a dar áreas para hacer cosas». Esa no es nuestra forma de pensar. Así se piensa en Estados Unidos y en otras zonas del mundo, pero no aquí en Europa. Y me parece que esto lo ven perfectamente los gobiernos, por eso creo que están buscando fórmulas para defenderse mediante un pacto como éste.

Además, al Banco Central Europeo se le han dado competencias y un grado de autonomía que van mucho más allá, por ejemplo, de la propia ley sobre el Bundesbank, en Alemania, que se podía cambiar por mayoría simple en el Parlamento. Lo que tenemos en la Unión
Europea es, más bien, una constitución, y no es tan fácil. Si se lo toman en serio, si quienes estén al frente del Banco Central Europeo se comportan como suelen hacerlo los gobernadores de los bancos emisores que tienen independencia política, que son bastante conservadores en términos monetaristas, van a establecer unas reglas de juego muy duras. Van a estar pitando penaltis constantemente a los parlamentos nacionales cuando quieran dispararse en el gasto público, y les dirán: «podéis hacer lo que queráis, pero nosotros no vamos a alimentaros monetariamente. Os tenéis que atener a las consecuencias. Podréis subir los impuestos, pero habrá menos crecimiento y más paro». Porque el Tratado de Maastricht dice varias veces que el objetivo primordial del Banco Central Europeo es velar por la estabilidad de los precios. Lo dice tantas veces como ninguna constitución de ningún país del mundo. Y creo que se ha hecho así porque se sabe que será difícil crear una cultura de estabilidad en todos los países miembros en tan poco tiempo, que los comportamientos serán muy diferentes y hay que dar todo tipo de posibilidades a este banco emisor para autodefenderse frente a posibles presiones políticas, que vendrán. Solo hay que imaginarse que tengamos una recesión coyuntural general en Europa, con subidas de niveles de desempleo que pueden ocurrir en cualquier momento, y que luego se celebre una cumbre de éstas que tienen lugar cada seis meses y que alguien diga que hay que hacer algo. Y si en ese momento el Banco Central Europeo piensa que no es el momento de bajar los tipos de interés por el potencial de inflación que podría crear, habría presión sobre el Banco Central, y en esa cumbre hipotética se pediría que bajara los tipos de interés, aun sabiendo que esta medida no resuelve por sí misma ningún problema. El Banco Central podría negarse, con el Tratado de Maastricht en la mano.

Con todo el escepticismo que uno pueda tener sobre el funcionamiento de la Unión Monetaria Europea, creo que al menos sobre el papel se ha hecho todo lo que se puede hacer cuando se crea un sistema monetario nuevo para crear, de alguna forma, las coordenadas necesarias para que funcione. Luego, todos sabemos que la realidad es otra o que puede ser otra. Incluso en Alemania ha habido casos en los que el Gobierno intentaba colocar como presidente del Bundesbank a alguien que fuera un poco más permisivo y siguiera las pautas de la política económica del Gobierno Federal. Nunca ha funcionado. En el momento en que el nuevo presidente ha tomado posesión y ha leído la reglamentación, se le ha olvidado todo. Esto me da esperanzas de que la autonomía del Banco Central Europeo vaya a ser real. Los miembros de su Directorio y de su Comité Central buscarán, fundamentalmente, reputación. Y la reputación se gana demostrando que el objetivo que tienen asignado según el Tratado de Maastricht y que consiste en hacer posible que el euro sea una moneda buena, una moneda estable, no inflacionaria, que todo el mundo quiera tener. Todos querrán que la historia diga que han contribuido al éxito de la Unión Monetaria.

F.C.—¿ Y estarán dispuestos los gobiernos a renunciar a ejercer presiones sobre estos nuevos mecanismos?

—Tengo la esperanza de que esto suceda como lo he descrito anteriormente, pero no podemos descartar que haya intentos de presiones políticas de los gobiernos. La discusión que tenemos actualmente entre Alemania y Francia sobre el establecimiento de un comité adicional, el famoso «comité euro», algo así como un contrapeso del Banco Central Europeo, se puede definir de dos formas.

La primera, diciendo que refleja concepciones diferentes entre Alemania y Francia sobre la ubicación de un banco central dentro del territorio nacional. En Francia, y esto se deriva de la Revolución Francesa, todo poder emana del Parlamento y un Gobierno que ha sido elegido democráticamente, mientras esté en el poder, es el que manda, y a eso hay que subordinarlo todo; también la política monetaria. En Alemania tenemos otra concepción, fundada en nuestras propias experiencias históricas, con períodos de inflación. También es un Estado democrático, sin embargo se ha dicho que lo monetario no se puede someter al día a día. Como es imposible someterlo al Parlamento, lo mejor que se puede hacer es apartarlo de este sistema constitucional, y nos ha ido muy bien. Son dos concepciones diferentes, y de alguna forma puede que encontremos una vía de hacerlas compatibles. Y eso «es poco preocupante.

Lo que sería preocupante es que los franceses piensen otra cosa: que, como ya manifestó el presidente Mitterrand, siempre tienen que ser los criterios políticos los que definan en última instancia lo que se hace en un momento concreto. También dijo Mitterrand, refiriéndose al Banco Central Europeo, que ellos serán los técnicos que hagan lo que los políticos de la Cumbre Europea decidan. Eso es peligroso, porque supondría desvirtuar lo que dice el Tratado de Maastricht y reducir el Banco Central Europeo a una institución a la que los políticos comunican lo que han decidido y lo pone en práctica, eligiendo simplemente el método. Eso sería peligroso.

Esta cuestión todavía no está resuelta, pero creo que es fundamental. Todavía quedan políticos que creen que la curva de Philips sirve para algo, y no tienen ni idea de la NAIRU y piensan que con bajar los tipos y un poco más de inflación se puede crear empleo y producción.

Creo que estos problemas de concepción van a ser fundamentales. Sobre ellos se habla poco, excepto en Alemania y en Francia, donde se discute mucho. En España y en otros países apenas se habla de ello porque todo el mundo está demasiado concentrado en los criterios de convergencia.

F.C.—En relación con esto, y estando totalmente de acuerdo con las ventajas que tendría esta institución que viene de fuera, a mí me preocupa lo que Roland Vaubel llama la teoría del cubo de basura: el planteamiento de los políticos que venden ante su electorado las medidas desagradables como imposiciones del exterior. Y me da la impresión de que esto es lo que se está haciendo en Europa y es peligroso: medidas que objetivamente son positivas se están vendiendo como sacrificios que hay que llevar a cabo para entrar en la Unión Monetaria. Pero como al europeo medio no le han explicado que estas medidas habría que tomarlas con Unión Monetaria o sin ella, no sabemos cuál va a ser su reacción posterior, que incluso puede ser negativa hacia ellas.

—Sí, por un lado es un problema, pero por otro es una ventaja. Algunas sociedades, por distintas razones, se han ido anquilosando a lo largo del tiempo, y en ellas, las estructuras productivas tampoco son ya muy poco flexibles. Para cambiar esto, Olson diría que es necesario algún choque exógeno, porque probablemente los intereses creados dentro de la sociedad sean tan fuertes, que no se pueden cambiar las cosas desde el interior, sino que se necesita un choque de fuera. Este choque puede ser brutal, como una guerra perdida en la que todo haya quedado destruido y todas las instituciones hayan desaparecido -el caso alemán en 1945-, o pacífico. En España he conocido unos cuantos choques pacíficos: cuando ha habido un proceso de apertura, que siempre ha venido más o menos impuesto de fuera -como los tratados de apertura comercial de los años sesenta o la integración en la Unión Europea-, este tipo de acontecimientos siempre han venido bien. Y en la Unión Europea, creo que el establecimiento de la unión arancelaria en el Tratado de Roma y, posteriormente, el mercado único han funcionado como choques externos.

He sido presidente de la Comisión de Regulación en Alemania, y me acuerdo de muchas conversaciones con miembros del Gobierno Federal que me han dicho abiertamente que gracias al programa del mercado único se podía empezar a desregular sectores, como los seguros, la aviación o las telecomunicaciones. Si no se hubiera producido ese choque externo, la desregulación no se habría producido. Quienes han perdido sus rentas de monopolio han llegado a hablar de expropiación. Estaban tan acostumbrados a la no competencia que la pérdida de márgenes de beneficio en función de la competencia se definió como expropiación.

En Alemania nos ayuda nuestra propia historia, tan nefasta, en el sentido en que pensamos que es mejor que estemos en Europa para, de alguna forma, domesticar algún posible resurgimiento expansionista. Pero en otros países, donde no existe esta caiga histórica, quizá se piense de otra manera. Ésta es una cuestión que los políticos tendrán que cuidar mucho. Puede suceder que si la política presupuestaria o la salarial no actúan según las nuevas reglas del juego y se produce más desempleo del que tenemos ahora, y además el Banco Central Europeo no está dispuesto a hacer nada en este sentido, es posible que el ciudadano medio atribuya esa hipotética subida del desempleo a la política monetaria del Banco Central Europeo. Eso es un riesgo bastante probable, y es un argumento más para explicar a los responsables de las políticas presupuestaria y salarial que tienen que cambiar de comportamiento. Por otro lado, en vista de lo difícil que parece reformar el Estado del bienestar, creo que es positivo que tengamos, por un lado, la globalización mundial, y por otro lado el euro, como dos mecanismos que nos van a obligar a hacer lo que tendríamos que hacer de todas formas. Junto con esto, tengo la esperanza de que estos ajustes no produzcan una reacción contra el proyecto de integración europea en su globalidad. Veo que este peligro es real, pero si conseguimos poner en marcha esta reforma y que los efectos positivos para todos sean visibles, puede funcionar.

En Alemania tenemos ese problema en la integración de Alemania Oriental, pero lo único que muchos ven como efecto inmediato es el elevadísimo paro que hay en esta zona, y esto empiezan a atribuirlo a la introducción de la economía de mercado y a la unificación, y votan al antiguo Partido Comunista. Se les olvida todo lo que sucedía antes de 1990 y no ven que la próxima generación será la que recoja los frutos. Alemania Oriental, no me cabe la menor duda, será en veinte años la parte más fuerte, potente y moderna de Alemania. Su sistema de telecomunicaciones, por ejemplo, ya es el más moderno del mundo.

En este sentido, yo soy más pragmático que Roland Vaubel: vivo en el mundo en el que vivo, y en vista de que no soy capaz de convencer a los políticos de que hagan lo que deberían, tengo que obligarles, y ahí me ayudo de las fuerzas exógenas, como el euro y la globalización.

Aunque también veo las reacciones. En el tema de la globalización, por ejemplo, hay una corriente en Alemania, principalmente socialdemócrata, que dice que hay que volver a los métodos de protección y convertir a Europa en una especie de fortaleza frente a los mercados asiáticos y latinoamericanos. Es lo de siempre, pero gracias a las nuevas tecnologías de la información, ya no funciona.

Creo que el mercado único también ha sido un gran acierto, en el sentido en que ha cambiado toda la filosofía de la integración europea. No se ha querido armonizarlo todo desde el principio, sino que ha prevalecido el principio de origen, y las reglas establecidas por cada país hay que respetarlas. En Alemania, ha costado mucho aceptar esto, y se ha perdido un proceso tras otro en el Tribunal Constitucional, porque queríamos, por ejemplo, que toda Europa hiciera la cerveza, el queso y las viviendas como nosotros. Hay una competencia entre sistemas, y poco a poco se irá imponiendo un punto medio entre regulaciones extremas.

Esto también sucede en el mercado de trabajo: si se actúa con las nuevas reglas del juego, Alemania perderá competitividad. La posición de los sindicatos alemanes en este momento es conseguir que se armonice a nivel alemán. ¿Qué interés puede tener Portugal, por
ejemplo, en encarecer su mano de obra? Obviamente, ninguno.

En otros campos nadie pretende que todo sea igual entre países. Pero en éstos, donde duele, se empieza a hablar de competencia desleal y se buscan mecanismos para armonizar. Todos estos procesos los vamos a vivir, durante los próximos años, de una forma brutal.

R.R.U.—Ya se ve que hay concepciones muy distintas en el «mercado de ideas». En el seno de la comunidad académica alemana, ¿existe alguna concepción dominante en torno al control y gestión de la economía por parte del Estado? Por una parte, habría una concepción socialista o socialdemócrata: ya que el éxito depende de que alguien sea capaz de regular, transferir y dirigir, y -en esa concepción la iniciativa privada tiene un, por expresarlo de algún modo, elemento «inconfesable «, el Estado debe controlar v gestionar. Otra posición distinta sería pensar que no hay nada inconfesable ni negativo en la libre dinámica de las personas. ¿Está una de estas concepciones más extendida que la otra? ¿Están a la par?

—Yo diría que en la comunidad académica alemana predomina la segunda concepción. Hay algunos que esperan mucho del Estado y tienden incluso a pensamientos keynesianos y postkeynesianos modernos, pero esta postura no es dominante, sino que domina el pensamiento de que los mercado solucionan mejor las cosas y que la apertura y el libre comercio son mejores que la excesiva regulación y el perfeccionismo; que la política de oferta es más importante que la política de demanda para conseguir un crecimiento económico con estabilidad a medio plazo; que hay que reducir el peso del Estado y reestructurar su gasto; que hay que reducir la presión fiscal y trasladarla a imposición indirecta -es decir, gravar más el consumo, la utilización de los ingresos, y no su generación-. Éste es, a grandes rasgos, el pensamiento dominante en la comunidad académica alemana.

F.C.—Creo que una cuestión muy importante para el lector español es conocer cómo ve el ciudadano alemán el papel de su país en la futura Europa.

—No es fácil contestar de forma clara a esta pregunta. En Alemania, la sociedad está muy marcada por el pasado, en el sentido de considerar como lo más adecuado una política de perfil bajo: que no se enteren de que estamos. Nuestras virtudes y capacidades se manifiestan a través de nuestros continuos superávits de la balanza comercial, y en lo no económico ganando mundiales de fútbol y de otros deportes. El ciudadano alemán no espera, por regla general, que el Gobierno luche de forma abierta por intereses alemanes en la Unión Europea. Así como Francia lucha abierta o diplomáticamente por sus intereses, el Gobierno alemán no lo hace y el ciudadano tampoco se lo reclama. Por eso, rara vez se verá que Alemania desempeñe un papel importante, relacionado con el peso demográfico y económico que tiene en el concierto europeo o en la OTAN.

Personalmente, pienso que una Unión Monetaria de once países, con una Unión Europea de quince, que mira hacia el Este y podría convertirse en una unión de veinte países o más, necesita algún liderazgo. Así como a nivel mundial nos ha ido muy bien durante unos años con la pax americana, que nos ha dado una gran liberalización del comercio internacional, en Europa nos hace falta algo parecido. Hasta ahora, lo hemos tenido en lo monetario a través del Bundesbank. No es que lo haya buscado, sino que el mercado lo ha decidido así.

Pero, con miras al futuro, creo que Alemania tendría que asumir ese papel, pero no es nuestra forma de pensar ni de actuar. Estamos todavía en un proceso de analizar, entender y explicar la época nazi y lo hacemos hasta límites de autocriticarnos, y hemos establecido unos criterios de lo políticamente correcto muy rigurosos, y esto equivale a no hablar de las cosas, a crear un tabú, un complejo.

Por lo tanto, me resulta muy difícil definir el futuro papel de Alemania en la Unión Europea, con una excepción: la ampliación hacia el Este. En este campo, Alemania parece ser más activa y quiere promover esa ampliación. No creo que los demás países de Europa estén tan entusiasmados con la ampliación hacia el Este, sobre todo por razones de organización. El Este europeo siempre ha atraído mucho a los alemanes. Hay unos vínculos fuertes y tradicionales, semejantes a los de España con Latinoamérica. Ahí creo que Alemania va a desempeñar un papel importante, pero por lo demás creo que va a ser como un gran elefante que se va a dejar llevar. El pacto de estabilidad fue una excepción a esta norma. La insistencia de Waigel en este tema fue simplemente un reflejo de la preocupación de la sociedad alemana y del escepticismo ante la Unión Monetaria.

F.C.—Pero si Alemania no ejerce el liderazgo, ¿lo hará algún país?

—Ahí está el problema. Alguien tiene que hacerlo y no sé si Francia está en condiciones ni si lo aceptarían los demás; pero sin un líder, no puede funcionar la Unión. Alguien tiene que marcar unas pautas para que los demás puedan definirse. Sin un líder, es difícil que se genere credibilidad, perspectivas, es difícil reducir la incertidumbre, y esto es necesario para la economía.

R.R.U.—En el pasado, gran parte de la proyección alemana en el mundo estuvo basada en una combinación de factores entre los que, junto a hechos como una dinámica demográfica «fuerte», la existencia en grado importante de una comunidad étnica, etc., se encontraba uno singularmente importante: el modo en que se producía la creación de conocimiento y cultura. Había una política pública, apoyada en la creatividad espontánea (y a la vez apoyándola) y en las tradiciones universitarias renovadas, ordenada a la producción de conocimiento y cultura en todos los campos. Este factor ha sido, sin duda, uno de los que han conducido a Alemania, a través del siglo XIX y gran parte del XX, a posiciones de vanguardia. ¿Está ahora vigente la idea de que en gran parte el futuro de Alemania reside en esa capacidad de crear cultura -incluidas pautas culturales específicas – y conocimiento, o también se pone esta idea entre paréntesis porque no es «políticamente correcta»?

—No. Sigue existiendo esa idea. Incluso constantemente tenemos un discurso claro que dice que, sobre todo bajo las condiciones de la globalización de los mercados, y en vista de que somos un país de salarios altos, la única posibilidad que tenemos de mantener nuestra competitividad y nuestra capacidad de crecimiento es a través de educación, formación y valores culturales, es decir, lo que denominaríamos capital humano.

Esa idea está ahí. Ahora bien, lo que ha cambiado a peor es la traducción de esta idea al mundo real. Uno de los legados del largo período socialdemócrata de los años setenta es la creencia de que en Alemania tenemos nuestras cosas más o menos bien solucionadas, y que ahora se trata de conseguir una distribución de rentas más equitativa. Hablar de élites es un tabú, y yo no sé cómo puede funcionar una sociedad sin élites. Pero ahí tenemos también válvulas de escape: Boris Becker o la selección de fútbol sí, ellos sí son élite, pero nada más.

A los años setenta yo los suelo llamar la década de los pedagogos; en ellas, los maestros de las escuelas marcaban las pautas. Entre otras cosas, hemos iniciado un proceso lento pero claro, y con unas consecuencias nefastas a mi juicio, de ir reduciendo paulatinamente los cánones en colegios y universidades, bajando los niveles de exigencia En los colegios ya no dan notas, porque los niños pueden traumatizarse.

Esto sigue hasta en la universidad. En el Estado en el que está ubicada mi universidad, acaban de crear un sistema de estudios que reduce el número de horas obligatorias, asignaturas, materias, materia evaluable -solo se puede evaluar lo que se ha dado en clase-. Baviera ya ha anunciado que no va a aceptar ese sistema, e incluso hace unos años llegó a plantear negar el reconocimiento al bachillerato alemán cursado fuera de Baviera como criterio para acceder a las universidades bávaras.

Un sociólogo alemán, Ralf Dahrendorf, dijo una vez que la cualificación es un derecho de ciudadanía. Y eso ha tenido como consecuencia que todo alemán, cuando termina el colegio, se ve con derecho a asistir a la universidad. Esto antes no era así. La formación profesional antes era normal. Incluso yo la cursé: cuando terminé el colegio no estaba seguro de querer ir a la universidad y durante tres años estuve en una empresa industrial haciendo un programa mercantil muy práctico. Hoy todo el mundo quiere ir a la universidad. Hay gente, incluso, que cambia de carrera cada poco tiempo y al cuarto año de universidad todavía no sabe qué quiere estudiar. Por eso, soy partidario de pagar
matrículas en la universidad. Es importante para poder exigir a los profesores y para que no descienda el nivel.

R.H.M.—A lo largo de esta entrevista se ha hablado mucho de la reforma del Estado del bienestar. Sobre su inviabilidad, tal y como está planteado, existe una práctica unanimidad, pero ¿cómo se puede abordar esta reforma?

—El Estado del bienestar, tal y como está configurado en Europa, hay que reformarlo por dos razones: porque acarrea una serie de desincentivos o incentivos erróneos, que se ven claramente en el caso de la sanidad, en el seguro de desempleo -cuanto más cuantioso es, menos esfuerzo se invierte en buscar un puesto de trabajo- y en las pensiones -cuanto más generosas sean, menos esfuerzos hacen los ciudadanos por crear sus propias provisiones-.

Por otra parte, la reforma es necesaria porque se incluyen demasiados conceptos de redistribución dentro de estos sistemas, y no deben estar ahí. Acepto que un Estado quiera hacer política redistributiva, pero si lo considera un objetivo prioritario, que lo financie a través de los presupuestos y que, cada cuatro años, en las elecciones, los ciudadanos le digan si les parece bien. Pero no me parece lógico hacer política de redistribución a través de los sistemas de pensiones o, sobre todo, de sanidad -con todas las familias aseguradas automáticamente a pesar de que no contribuyan, etcétera-.

Es esencial que tengamos una mayor equivalencia entre contribuciones y prestaciones, tanto en el sistema de sanidad y pensiones, como en el seguro de desempleo.

Segundo criterio: necesitamos más provisión individual propia. Hay que decir a los jóvenes que empiecen a establecer su propio programa de provisiones al ahorro para que cuando llegue la jubilación tenga unos ingresos; en cuanto a la sanidad, que entiendan que ésta
existe para cubrirles frente a las grandes enfermedades, pero que si tienen una gripe pueden comprarse las aspirinas sin que se las paguen los demás.

Tercer criterio: las políticas redistributivas, es decir, las prestaciones que no sean propias de un seguro, hay que hacerlas a través de los presupuestos del Estado, y hay que financiarlas a través de impuestos y no de cargas sociales.

Estas son las tres líneas maestras de reforma del Estado del bienestar que propugno. Yo no abogo por la desaparición del Estado del bienestar, sino que pido solidaridad para los que la necesitan, que en modo alguno es la sociedad en general.

Con estas reformas ganaríamos margen para reducir el peso del Estado, y esto tendría la consecuencia saludable de que el Estado podría dedicarse a cosas que sabe hacer mejor que los demás. Es un cambio radical, pero pienso que tarde o temprano iremos en esa dirección. De hecho, hay países que ya lo están haciendo.

Ángel Ramos Fernández, retrato de un hombre singular

Realmente, Ángel Ramos nació en Nalda (Logroño), el 2 de agosto de 1926, día de Nuestra Señora de los Ángeles, circunstancia a la que, probablemente, debía su nombre. En Nalda su padre regentó por poco tiempo una farmacia. Pero él ocultaba celosamente su nacimiento en dicho pueblo a causa de su acendrado montañismo militante y lo situaba en la ciudad de Santander. Su padre, don Abel Ramos Escudero, farmacéutico y naturalista, fue catedrático de Historia Natural, primero del Instituto de Torrelavega y más tarde del Instituto de Santa Clara, de la capital cántabra. Era uno de esos catedráticos de la misma disciplina (don Orestes Cendrero, don Celso Arévalo, don Salustio Alvarado, etc.), conocidos y respetados como hombres eminentes, que mantenían enhiesta la dignidad de la docencia y de la ciencia, representativos de un cuerpo de enseñantes hoy desatendido y desnaturalizado. Fue, seguramente, don Abella persona que supo infundir en nuestro amigo su amor por la naturaleza, por el paisaje y por el medio ambiente, a los que dedicó una parte importante de su vida.

Estudió el bachillerato en el mismo Instituto de Santa Clara, empezando los estudios en los años 1937 y 1938, estudios que hubo de interrumpir por la Guerra Civil, terminando en 1943, después de realizar el Examen de Estado en Valladolid (capital del Distrito Universitario), con Premio Extraordinario. Tras tres años de preparación, ingresa en 1946 en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Montes y termina la carrera en octubre de 1951, con el número cinco de su promoción.

 

Cuando finaliza sus estudios superiores, ingresa como funcionario del Cuerpo de Ingenieros de Montes en Zaragoza, en 1951, pero permanece solo unos meses en las «estériles y misantrópicas » labores profesionales estatales. Después, invierte trece años en dos actividades muy diversas: acudiendo a la llamada del Opus Dei, dedicado intensamente a sus trabajos organizativos, y curándose de una enfermedad pulmonar, muy frecuente en los jóvenes de entonces, que le tiene recluido en un sanatorio de la sierra madrileña, donde aprovecha el tiempo perfeccionando su conocimiento del inglés.

Pasados estos años, en 1964, curado de su enfermedad y cumplida parte de su labor directiva en la Obra, decidió dirigir sus actividades al desarrollo de la enseñanza a los jóvenes, a la que su vocación siempre le había impulsado. El 6 de febrero obtiene su título de doctor ingeniero de Montes, y en octubre de 1971 oposita con éxito a la titularidad de la cátedra de Planificación y Proyectos de la Escuela de Montes de la Universidad Politécnica de Madrid. Se jubila prematuramente, por imposición administrativa, en 1991 y adquiere en 1992 la condición de Profesor Emérito. Fallece el 2 de enero de 1998, cuando hada solo unos meses que todavía dirigía labores docentes e investigadoras.

Ésta es la relación, muy resumida, del currículo docente y profesional de Ángel Ramos, no muy diferente del de muchos de sus colegas coetáneos. Pero esta reseña quedaría incompleta si no resaltásemos las etapas más importantes de su vida profesional, a las que nos dedicamos a continuación.

La figura de Ángel Ramos como catedrático se empieza a configurar dentro del compromiso con el uso prudente de los recursos naturales y el respeto a la naturaleza, es decir, la búsqueda del equilibrio entre la tecnología agresiva y la conservación a todo trance, propugnada por algunos grupos ecologistas. No mostraba indiferencia hacia ninguno de los problemas del mundo actual, preocupándose  por las poblaciones del mundo en desarrollo, las zonasrurales semiabandonadas por la «revolución verde» o por la demografía mundial.

Y así, con este bagaje de propósitos, emprendió su intensa vida universitaria, tras una no muy larga dedicación a la actividad privada, creando la empresa ANTHOS (en 1968), dedicada sobre todo al acondicionamiento de los márgenes de carreteras y autopistas, con nuevos procedimientos inéditos hasta entonces. Acto seguido, publica (en colaboración con A. López Lillo) una de sus obras más destacadas, Valoración del paisaje natural (1969), en la que expone ideas y conceptos que más tarde se habían de generalizar.

Durante más de veinticinco años de intensa vida universitaria trabajó, con reconocido prestigio, en el desarrollo metodológico y tecnológico de la planificación física, la ordenación integral de los espacios forestales, la valoración del paisaje, la evaluación de los impactos ambientales y la restauración de los espacios degradados. El departamento  universitario  que dirigía se convirtió en un hervidero de proyectos, tesis doctorales, asesoramientos,  cursos de perfeccionamiento,  másteres,  todo ello dentro de las tradicionales precariedades de la universidad estatal y (¿por qué no decirlo?) también ante la incomprensión  de algunos que no llegaban a digerir este drástico cambio de algunas costumbres universitarias ancestrales. Lógicamente, esta actividad se tradujo en una catarata de libros, artículos, informes y publicaciones diversas, cuya larga relación no es adecuada ni oportuna en esta reseña.

Sin embargo, algunas publicaciones son tan trascendentes que merecen cita aparte. Planificación física y ecología (1979) y Guía para la elaboraciónde estudios del medio físico. Contenido y metodología {1982) continúan como  referencias  imprescindibles  para  los  interesados  en  la ordenación  del medio natural.

Mención aparte merece el Diccionario de la naturaleza (Espasa Calpe, 1987), en el que, con su capacidad aglutinadora, consiguió la heroicidad de reunir a más de un centenar de colaboradores,  ingenieros,  biólogos, geólogos, especializados en disciplinas relacionadas con la naturaleza para elaborar conjuntamente un volumen con más de 4.000 voces, muchas de ellas novedosas, que no figuraban en ninguna otra obra del mismo carácter.

Un episodio muy importante de la vida de Ángel Ramos, que culminó su personalidad en el mundo de la ciencia, fue su elección como Académico de Número de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. En dicha Academia, desde el año 1877, en que ingresó don Máximo Laguna, prestigioso ingeniero y hombre de ciencia, se había mantenido casi sin interrupción la presencia de Ingenieros de Montes durante más de un siglo. Para cubrir la vacante del más reciente de todos ellos, don Manuel García de Viedma, llamaron a Ángel Ramos. Esto le preocupó mucho por la responsabilidad que suponía el nombramiento y porque, siempre dentro de su modestia, no encontraba «merecimientos suficientes y proporcionados» que justificasen el gran honor de que era objeto. Pero, por otra parte, le agradaba suceder en la Academia a su colega, un amigo con el que había compartido inquietudes, trabajos y peripecias «conspirando ambos para un mismo fin», como diría, en trance parecido, don Santiago Ramón y Cajal.

Le preocupaba también la redacción del discurso preceptivo de toma de posesión de su plaza de académico; trató de que no fuese un mero trámite para darle acceso a un sillón numerado, sino una oportunidad para manifestar públicamente sus puntos de vista sobre un tema tan actual y controvertido como la postura conceptual del hombre frente a la conservación de la Naturaleza.

Y otra preocupación, no baladí, conociendo su modestia y sus rasgos de humildad, era el protagonismo que había de asumir al participar en el acto de toma de posesión, con toda la parafernalia que llevan consigo estas solemnidades, incluida la vestimenta, infrecuente y nada cómoda. Pero, disciplinado, cumplió con todos los requisitos previos, no sin cierto tono ligeramente irónico. Comentaba jocosamente que, al encargarse el preceptivo frac, le preguntó el sastre si se debía a su pertenencia a alguna orquesta… El acto de toma de posesión se celebró el día 28 de abril de 1993, con todo éxito, y la lectura de su discurso «Por qué la conservación de la Naturaleza» fue seguida por un numeroso público de amigos, colegas, colaboradores y discípulos. Todos acompañamos a Ángel en el acto que suponía la confirmación, por otra parte innecesaria, de su valía y prestigio.

Como era tan querido por sus alumnos y colaboradores, la trascendencia de esta aparición pública de Ángel Ramos, tan poco aficionado a estas manifestaciones multitudinarias, dio lugar a un general alborozo por parte de sus seguidores, uno de los cuales le dedicó un festivo soneto, un tanto premonitorio, que no resistimos la tentación de transcribir:

SONETO A DON ÁNGEL

Adicto a ciencia y a filosofía
por los mares navega de la mente
manteniendo su rumbo, consecuente,
a vientos y oleajes desafía.

Más que el del faro, el símil que yo haría
de su mágico influjo entre la gente
es del campo magnético terrestre
que, sin luz ni sirena, a todos guía.

Don Ángel, Académico reciente:
cuide usted su salud con diligencia,
queda la meta lejos del presente,
por el gran laberinto de la ciencia
deambulan mil becarios en potencia
ansiosos de su verbo transparente.

(El becario lapidario -geólogo— Iván Rodríguez Lombardero)

Poco tiempo permaneció nuestro amigo como miembro de número de la Real Academia de Ciencias, menos de seis años, sobre todo si se tiene en cuenta la tradicional longevidad de la mayoría de los académicos. Pero, inmediatamente, se integró en las tareas académicas y, apercibidos de su valía, le asignaron enseguida el cargo de vicesecretario, que desempeñó con su diligencia y entusiasmo habituales. Se unió al grupo de colaboradores de la 3a edición del Vocabulario científico y técnico, ocupándose del área de Ciencias Naturales y Ecología y, al mismo tiempo, con la ayuda de las lexicógrafas Pilar de Vega y Paloma Cuesta, procedió a la revisión final de las fichas y su uniformización. Su labor fue intensa y cuidadosa y la importante obra significó un avance sobre las ediciones anteriores, rondando las 60.000 acepciones. NUEVA REVISTA publicó una reseña del Vocabulario en su número 45 (1996). Esperamos que la obra no se resienta por la pérdida de tan definitiva colaboración.

Su participación en el Consejo Editorial de NUEVA REVISTA fue asidua, importante y eficaz, y a ella nos referimos en la apresurada nota aparecida en el número anterior (N° 55, febrero 1998). Desde el primer momento, (febrero, 1990), fue miembro del mismo. Poco queda que añadir a lo escrito, excepto la relación de sus colaboraciones. Hasta el último momento, cuando su salud estaba ya muy deteriorada, asistió puntualmente a nuestras reuniones.

«El cambio climático» (N° 1, febrero 1990)
«Arde el bosque» (N° 19, noviembre 1991)
«El medio ambiente viene de antiguo» (No 30, junio  1993)
«El bosque uniformado»  (N° 34, abril1994)
«Sobre la naturaleza de la Ecología» (No 36, octubre 1994)
«Conversaciones con Ramon Margalef» (N° 40, junio/julio  1995)
«Entrevista a Manuel Losada «(N° 44, abril/mayo 1996)
«Entrevista a Sixto Ríos» (N° 48, diciembre 1996)

Por su empeño en dar más importancia a la formación que a la información, creó una escuela que impactará durante muchos años en la Ingeniería de Montes española. Su personalidad, su maestría, su entrega al trabajo y a los demás, su ponderación, su hombría de bien y su honestidad intelectual serán siempre un modelo para los discípulos que tuvieron la fortuna de conocerle. Pero también su recuerdo será permanente en sus amigos y colaboradores. Ángel Ramos fue un gran ejemplo para todos.

Ángel Ramos Fernández. Descanse en paz. Et luxperpetua luceat ei.

Estrellas del saber científico

John Brockman y Katinka Bateson, (eds.)
Así son las cosas
Debate, Madrid 1996.

John Brockman, (eds.)
La tercera cultura. Más allá de la revolución científica
Tusquets, Metatemas 43
Barcelona 1996

Una de las paradojas más notables de la modernidad es que la importancia que adquiere la ciencia como factor de modelización de la conciencia no se apoya en un efectivo conocimiento de la ciencia misma, cosa que siempre está al alcance sólo de relativamente pocos, sino que se funda en la difusión de una soi dissant mentalidad científica que, como mínimo, debería resultar ligeramente sospechosa para quien aprecie de verdad el valor del conocimiento objetivo. Estamos, pues, ante una situación en que los filósofos pueden quejarse del cientificismo casi justamente por las mismas razones por la que los científicos duros (a esperar que no de mollera) se lamentan de la escasa relevancia que la cultura científica alcanza en la opinión pública.

John Brokman, editor de los dos libros que comentamos, lo mismo que Katinka Bateson que comparte responsabilidad en la primera de las selecciones, es un agente literario dedicado a la gestión de derechos de autores científicos. Entre estos hay un buen número de autores de fama mundial, de estrellas del universo mediático-científico, gentes que el común de los mortales asocia a alguna de las disciplinas científicas más relevantes de la actualidad.

Ambos libros recogen una serie de breves escritos de estas estrellas del saber. La tercera cultura se inicia con una brevísima introducción de Brokman en que pretende poner en marcha la sugerencia de C. P. Snow en torno a una tercera cultura, la pretensión de que los científicos son también intelectuales y que los hombres de letras deberán permanecer atentos a lo que tienen que contar. En realidad, lo que sucede es que algunos científicos que estiman estar en condiciones de sentar cátedra universal se dedican a pontificar sobre asuntos en los que, a veces, su audacia es mayor que su competencia. De hecho, uno de los méritos de esta edición es que a las exposiciones de cada cual le siguen varias críticas de sus pares que, cuando no son elogiosas, resultan muy estimulantes porque muestran la distancia que existe entre la intuición y el resultado efectivo.

La lectura de estos textos es, como mínimo estimulante. Además, entre ellos hay alguna verdadera joya: en particular, el texto de David Gelernter «El estudio del Talmud» (pp. 227-235 de Así son las cosas) es una verdadera delicia. Gelernter ironiza a fondo sobre la chifladura y el afán de novedad que rodea (y esteriliza) ciertos ambientes de la universidad americana.

Los saberes llamados a capítulo en estos textos son varios: la biología, la inteligencia artificial, la cosmología, la neurofisiología, aquellos saberes que, en suma, están más cerca de las preguntas básicas y que han encontrado un modelo exportable en amplios espectros de la opinión pública: la evolución, las máquinas que piensan, el big-bang, la complejidad del cerebro (que todo lo explica) etc.

Hay en muchos de ellos un anhelo de unidad, casi diría que de una nueva metafísica una vez que se ha comprobado que el positivismo estricto produce estreñimiento intelectual. En general esa búsqueda se orienta hacia lo desconocido, aunque existen también personajes persuadidos de que ya tenemos la verdad en las manos y lo que hay que hacer es combatir los prejuicios anti-científicos que aún colean como la religión, la filosofía, la libertad, etc. De esta especie son Dawkins, Minsky, en cierto modo Schank, y Dennett que es el filósofo de cabecera de todos ellos. No sé si es necesario aclarar que son evolucionistas, es decir, que lo saben todo.

De la primera de las colecciones, además del excelente texto de Gelernter, hay que destacar las contribuciones de Lynn Margulis, Hao Wang, Nicholas Humphrey, Roger Schank, Steven Rose, y Lee Smolin que versan sobre asuntos tan diversos como la educación, el kéfir o el tiempo. Son, en efecto, pequeñas maravillas de la divulgación orientadas no al almacenamiento de datos, por sorprendentes que sean, sino a la pregunta, a esa clase de admiración que necesariamente nos mueve a pensar.

En el segundo de los libros a que me refiero se repiten muchos de los nombres aunque el editor se ha centrado más en dos de las grandes broncas que han sacudido el ambiente académico americano en las pasadas décadas: la de Stephen Jay Gould y los suyos contra la sociobiología de Wilson y la de los herederos de Skinner (Minsky, Schank etc.) contra los lingüistas chomskyanos. Los artículos son, en general, algo más extensos y van siempre seguidos de comentarios de algunos de los componentes de ese collegium invisibile que, por una vez, no siempre reaccionan de modo escolástico sino que se permiten heterodoxias y sinceridades que permiten colocar los prestigios adquiridos a una luz nueva, la que nos enseña no tanto lo que sabemos, como lo mucho que realmente ignoramos.

Temprana madurez

La Fundación Isaac Albéniz y la Escuela Superior de Música Reina Sofía vienen desarrollando una importante labor en la formación superior de los jóvenes músicos de talento. Entre sus objetivos se contempla también la promoción de estos intérpretes hacia una brillante carrera profesional. Para ello ha contado con la participación de destacadas empresas que se encargan del patrocinio de los distintos proyectos educativos.

La cátedra de Música de Cámara, que financia la compañía Merril Lynch, ha formado una serie de conjuntos instrumentales entre sus alumnos. Uno de ellos es el Trío Mozart, y la grabación de este disco viene a sumarse a los conciertos que realizan. Formado por la violinista alemana Sabrina- Vivian Hopcker, el violonchelista David Apellániz y el pianista Luis Fernando Pérez, ninguno de los cuales supera los 26 años de edad, este conjunto se presentó recientemente ante el público y ha grabado ya este primer disco.

Con una profesionalidad asombrosa, estos jóvenes abordan dos grandes obras camerísticas. El Trío en Re mayor Op. 70 n°1, uno de los más notables de Beethoven, recibe el apelativo de Fantasma, por el murmullo casi subterráneo del piano en el transcurso del segundo movimiento, uno de los momentos más hermosos de una obra de hondo sentimiento romántico.

El Trío n°1 en Re menor Op. 49 de Mendelssohn es una partitura preciosa. Sin duda, una de las páginas más bellas escritas para tres instrumentistas, que conjuga el sentimiento apasionado y la dificultad técnica. Es en esta obra donde el joven conjunto consigue un resultado más brillante.

Los tres músicos revelan a través de esta grabación una gran cohesión como grupo y una temprana madurez interpretativa. Se les puede augurar una prometedora carrera profesional que, a buen seguro, estará jalonada de éxitos.

Hamlet y don Quijote

Muy señores míos:

La primera edición de la tragedia de Shakespeare Hamlet y la primera parte de El Quijote de Cervantes aparecieron el mismo año, a principios del siglo XVII.

Esta coincidencia nos parece significativa; la cercanía de las dos obras citadas despierta en nosotros toda suerte de pensamientos. Pedimos permiso para compartir con ustedes esos pensamientos y solicitamos de antemano su indulgencia. «Aquél que quiera comprender a un poeta, debe entrar en sus dominios», dijo Goethe. El prosista no tiene derecho a una exigencia semejante, pero puede albergar la esperanza de que sus lectores -o sus oyentes- quieran acompañarle en sus peregrinaciones, en sus búsquedas.

Algunas de nuestras opiniones tal vez les sorprendan, muy señores mí­os, por su carácter excepcional; pero la especial preeminencia de las grandes creaciones poéticas a las que el genio de sus creadores ha dotado de una vida inmortal es tal, que las opiniones sobre ellas, como sobre la vida en general, pueden ser absolutamente diferentes, incluso contradictorias, y al mismo tiempo igualmente justas. ¡Cuántos comentarios se han escrito ya sobre Hamlet y cuántos están aún por llegar! ¡A qué diferentes conclusiones nos conduce el estudio de este modelo en verdad inagotable! Don Quijote, por el carácter mismo de sus problemas, por la claridad verdaderamente excepcional del relato, que se diría alumbrado por un sol meridional, ofrece menos posibilidades de interpretación. Nosotros, por desgracia, carecemos de una buena traducción de El Quijote al ruso; casi todos nosotros conservamos del libro un recuerdo bastante impreciso;  en don Quijote a menudo solo vemos un bufón; de hecho, la palabra «quijotismo» equivale entre nosotros a despropósito, mientras que en ese concepto deberíamos reconocer el elevado principio del autosacrificio, captado en una vertiente exclusivamente cómica. Una buena traducción de El Quijote sería muy bien recibida por el público, y un reconocimiento general espera al escritor que nos ofrezca esa obra única en toda su belleza. Pero volvamos al tema de nuestra conferencia.

Hemos dicho que la aparición contemporánea de El Quijote y Hamlet nos parece significativa. Creemos que en esos dos modelos se encarnan dos rasgos fundamentales y opuestos de la naturaleza humana: son los dos polos del eje sobre el que gira. Somos de la opinión de que todas las personas pertenecen, en mayor o menor medida, a uno de esos dos modelos; que casi todos nosotros estarnos próximos a don Quijote o a Hamlet. Es verdad que en nuestra época los Hamlets son bastante más numerosos que los Quijotes, pero estos últimos aún no han desaparecido.

Tratemos de explicarlo.

Todas las personas viven -consciente o inconscientemente- de acuerdo con sus principios, con sus ideales, etc., de acuerdo con lo que consideran verdadero, hermoso o bueno. Muchos reciben esos ideales ya completamente hechos, en formas determinadas, históricamente establecidas, y viven acomodando su vida a ese ideal; a veces se apartan de él bajo la influencia de las pasiones o de las circunstancias, pero no lo juzgan, no lo ponen en duda; otros, por el contrario, lo someten al análisis de sus propios pensamientos. Sea como fuere, no nos equivocaremos mucho si decimos que el ideal, el fundamento, el fin de la existencia de todos los hombres, se encuentra o bien fuera de ellos o bien en ellos mismos. Dicho de otra manera: o bien el propio yo está en primer lugar para cada uno de nosotros, o bien lo está en alguna otra cosa, que consideramos superior. Se nos puede objetar que la realidad no permite delimitaciones tan estrictas, que en un mismo ser humano pueden alternar ambas actitudes, incluso mezclarse hasta cierto punto; pero nosotros no pretendíamos demostrar la imposibilidad de cambios y contradicciones en la naturaleza humana, solo queríamos señalar dos actitudes diferentes del hombre hacia su ideal. A continuación, trataremos de demostrar de qué modo, en nuestra opinión, esas dos actitudes diferentes se encarnan en los dos modelos elegidos.

Comencemos por don Quijote.

¿Qué representa don Quijote? No debemos contemplarlo con esa mirada apresurada que solo se detiene en los rasgos superficiales y menudos. No debemos ver en don Quijote únicamente al caballero de la Triste Figura, un personaje creado para poner en ridículo las viejas novelas de caballerías. Es bien sabido que la importancia del personaje se agranda bajo la mano de su inmortal creador y que el don Quijote de la segunda parte, el amable interlocutor de duques y duquesas, el sabio mentor de su escudero-gobernador, no es el mismo don Quijote que aparece en la primera parte de la novela, especialmente en el comienzo, ni el extraño y ridículo loco que no para de recibir golpes; por tanto, tratemos de penetrar en la esencia de la obra. Repitámoslo de nuevo: ¿qué representa don Quijote? Ante todo, la fe; la fe en algo eterno, inmutable; en una palabra: en la verdad, en la verdad que se encuentra fuera del individuo, pero que es posible alcanzar; que exige un servicio y sacrificios, pero a la que se accede gracias a la constancia en ese servicio y a la fuerza de esos sacrificios. Don Quijote está penetrado por entero de la lealtad al ideal, por el cual está dispuesto a padecer todas las privaciones posibles, a sacrificar su vida; de hecho, solo valora su propia vida en cuanto que le permite encarnar el ideal e instaurar la verdad y la justicia en el mundo. Se nos dirá que su imaginación trastornada extrae ese ideal del mundo fantástico de las novelas de caballerías -y en eso consiste precisamente el aspecto cómico de don Quijote-, pero toda la pureza del ideal permanece intacta. Don Quijote consideraría vergonzoso vivir para sí mismo, preocuparse de su persona. Él vive (si se puede expresar así) fuera de sí mismo, para los otros, para sus hermanos, para extirpar el mal, para enfrentarse a las fuerzas enemigas de la humanidad -a los magos y a los gigantes, es decir, a los opresores. En él no hay ni rastro de egoísmo, no se preocupa de su persona, se autosacrifica por entero -¡aprecien el valor de esa palabra!-,  cree, cree firmemente y marcha sin volver la vista atrás. Por eso es intrépido, paciente y se contenta con una comida frugal, con las ropas más pobres: él no se preocupa de esas cosas. Su corazón es humilde; su alma, grande y audaz. Su conmovedora devoción no restringe su libertad. Ajeno a la soberbia, no alberga dudas sobre sí mismo, sobre su vocación, ni siquiera sobre sus fuerzas físicas. Su voluntad es una voluntad inquebrantable. Su constante aspiración a un mismo ideal dota de una cierta uniformidad a sus pensamientos, de una cierta exclusividad a su espíritu. Sabe pocas cosas, pero no necesita saber mucho. Sabe cuál es su misión, para qué vive en el mundo, y ése es el conocimiento más importante.  Don  Quijote puede  aparecer  como un verdadero  loco, porque incluso la realidad más evidente desaparece de su vista, se derrite como la cera bajo el fuego de su entusiasmo (confunde muñecos de madera con moros de carne y hueso, rebaños de corderos con caballeros andantes); en otras ocasiones, en cambio, parece un hombre limitado, porque se muestra reacio a la compasión y al placer; no obstante, lo mismo que un árbol añoso, ha echado profundas raíces en el suelo y no está en condiciones ni de cambiar sus convicciones ni de pasar de una tarea a otra; la fortaleza de su estructura moral (fíjense en que este loco caballero andante es la criatura más profundamente moral que existe en el mundo) dota de una grandeza, de una fuerza especial a todos sus juicios y palabras, a toda su figura, a pesar de las situaciones cómicas y humillantes en las que cae constantemente … Don Quijote es un entusiasta, un servidor de una idea, que le ilumina con su fulgor.

¿Qué representa Hamlet?

Ante todo, el análisis y el egoísmo y, por tanto, la incredulidad. Solo vive para sí mismo, es un egoísta; pero este egoísta ni siquiera puede creer en sí mismo; solo se puede creer en lo que está fuera de nosotros, por encima de nosotros. No obstante, ese yo en el que no cree le resulta muy caro a Hamlet. Es su punto de partida, al que regresa continuamente, ya que no encuentra nada en este mundo a lo que poder ligarse con toda su alma. Es un escéptico al que solo preocupa e interesa su propia persona; en todo momento piensa no en sus deberes, sino en su propia situación. Al dudar de todo, Hamlet no se compadece de sí mismo; su espíritu está demasiado desarrollado como para contentarse con lo que hay en su propia persona. Es consciente de su propia debilidad, pero en toda conciencia de sí mismo hay fuerza; de ahí proviene su ironía, contraria al entusiasmo de don Quijote. Hamlet se flagela con entusiasmo, de manera exagerada, se analiza a sí mismo sin descanso, bucea incesantemente en su interior, conoce en todo detalle cada una de sus faltas, las desprecia, se desprecia a sí mismo; y al mismo tiempo, puede decirse, vive, se alimenta de ese desprecio. No cree en sí mismo y, sin embargo, es vanidoso. No sabe lo que quiere ni para qué vive y, sin embargo, siente apego por la vida… «¡Oh Dios, oh Dios! (exclama en la segunda escena del primer acto), si el Eterno no hubiera dictado su ley contra el suicidio!… ¡Qué fatigosas, rancias e inútiles me parecen todas las costumbres de este mundo!». Pero no sacrificará esa fatigosa y rancia vida; sueña con el suicidio hasta la aparición de la sombra de su padre, hasta que recibe la terrible misión que aniquilará definitivamente su ya quebrantada voluntad; pero no se mata. Su amor a la vida se manifiesta incluso en esos mismos sueños de terminar con ella. Todos los jóvenes de dieciocho años conocen ese sentimiento:

Es la sangre que hierve, son las fuerzas que se desbordan 1

Pero no debemos ser muy severos con Hamlet, pues en verdad sufre, y sus sufrimientos son más dolorosos y profundos  que los de don Quijote. A éste le golpean los rudos pastores, los criminales a los que libera; Hamlet se causa heridas a sí mismo, se desgarra a sí mismo; en sus manos también hay una espada: la espada de doble filo del análisis.

Don Quijote, hay que reconocerlo, es absolutamente risible. Tal vez sea la figura más cómica que jamás haya trazado la mano de un poeta. Su nombre se ha convertido en un apodo ridículo incluso entre los campesinos rusos. Nuestra propia experiencia puede convencernos de ello. En cuanto pensamos en él, surge en nuestra imaginación un hombre enjuto, anguloso, de nariz aguileña, embutido en una armadura caricaturesca y montado sobre los lomos escuálidos de su lamentable cabalgadura, el pobre, apaleado y siempre hambriento Rocinante, una figura que no deja de resultar divertida y conmovedora a partes iguales. Don Quijote es risible…, pero en la risa hay una fuerza conciliadora y expiatoria; no en vano se dice: «A aquél del que te ríes acabarás sirviendo», a lo que se puede añadir que, cuando te ríes de alguien, ya lo has perdonado e incluso estás en condiciones de amarlo.

El exterior de Hamlet, por contra, es atractivo. Todo en él nos agrada y nos seduce: su melancolía, su aspecto pálido y su ligera pesadez (su madre advierte que está gordo: our son isfot), su ropa negra de terciopelo, la pluma del sombrero, sus maneras galantes, la indudable poesía de su habla, el sentimiento constante de superioridad sobre los otros, así como la delectación intensa con que se humilla. Todos se sienten halagados cuando se les llama Hamlet; en cambio, a nadie le gustaría merecer el apodo de don Quijote. »Hamlet Baratinski»; escribió Pushkin a su amigo. A nadie se le ocurriría burlarse de Hamlet, y en eso precisamente reside su condena: amarle es casi imposible, solo las personas como Horacio sienten cariño por Hamlet. Hablaremos de ellas más adelante. Cualquier persona siente compasión por él, lo que resulta comprensible: casi todo el mundo reconoce en él sus propios rasgos; pero, como hemos dicho antes, resulta imposible amarle, porque él mismo no ama a nadie.

Continuemos con nuestra comparación. Hamlet es el hijo de un rey asesinado por su hermano, que usurpa su trono; su padre sale de la tumba, de «las mandíbulas del infierno», para pedirle que le vengue; él vacila, emplea artimañas consigo mismo, se demora en su propio sufrimiento y finalmente mata a su padrastro por accidente. Un profundo rasgo psicológico que muchas personas inteligentes, pero poco perspicaces, han reprochado a Shakespeare. Don Quijote, por su parte, un hombre pobre, casi un indigente, sin recursos ni relaciones, viejo, solitario, toma sobre sí la tarea de deshacer entuertos y defender a los oprimidos del mundo entero (que le resultan completamente extraños). Poco importa que su primer intento por liberar a un inocente de su opresor termine con una doble desgracia para éste (nos referimos a la escena en que don Quijote salva a un muchacho de los azotes de su amo, el cual, en cuanto se aleja el salvador, golpea al desdichado diez vez más fuerte). Poco importa que, pensando que se enfrenta con malvados gigantes, don Quijote se lance sobre unos molinos de viento, tan útiles… El componente cómico de estas imágenes no debe hacernos olvidar el sentido que se oculta tras ellas: quien, antes de sacrificarse, decidiera considerar y sopesar las consecuencias y la posible utilidad de su acto, no sería capaz de sacrificarse. En el caso de Hamlet, no podría suceder nada parecido. Él, con su espíritu penetrante, discreto y escéptico, jamás incurriría en un error tan grosero. No, él no se enfrentaría con molinos de viento, él no cree en gigantes…, pero tampoco se lanzaría contra ellos en caso de que existieran. Hamlet no llegaría a afirmar, como don Quijote, que un bacín de barbero es el auténtico yelmo del encantador Mambrino, ni lo exhibiría delante de todo el mundo. Ni siquiera en el caso de que la verdad se presentara desnuda ante sus ojos, Hamlet se decidiría a aceptar que se trata realmente de ella, de la verdad… Pues, quién sabe, lo mismo que no hay gigantes, también pueden no existir las verdades. Nos reímos de don Quijote, pero ¿quién de nosotros, tras examinar concienzudamente sus convencimientos pasados y futuros, se atrevería a afirmar que él siempre, en todo momento, ha sabido y sabe distinguir el bacín de estaño de un barbero del yelmo de oro de un encantador?… Nosotros opinamos que lo importante es la sinceridad y la fuerza de la propia convicción… En cuanto al resultado, está en manos del destino. Solo éste puede decirnos si hemos combatido contra fantasmas o contra enemigos de verdad, y qué armas cubren nuestras cabezas… Nuestra tarea consiste en tomar las armas y combatir.

Las relaciones de la multitud, de las llamadas masas populares, con Hamlet y don Quijote son interesantes.

Polonio es el representante de las masas ante Hamlet; Sancho Panza lo es ante don Quijote.

Polonio es un viejo juicioso, práctico y sensato, y al mismo tiempo limitado y charlatán. Es un excelente administrador y un padre ejemplar: recuerden los preceptos que da a su hijo Laertes antes de que éste parta para el extranjero, enseñanzas que pueden rivalizar en sabiduría con las conocidas sentencias que el gobernador Sancho Panza dicta en su ínsula de Barataria. Para Polonio, Hamlet no es tanto un loco como un niño pequeño; de hecho, si no fuera el hijo del rey, le despreciaría por su absoluta inutilidad, por ser incapaz de llevar a la práctica de manera efectiva y juiciosa sus pensamientos. La famosa escena de la nube entre Hamlet y Polonio, esa escena en la que Hamlet se imagina que está engañando al viejo, tiene para nosotros una clara significación, que refuerza nuestra opinión… Permítanme que se la recuerde a ustedes:

POLONIO-   Señor, la Reina quiere hablar con vos, y en seguida.
HAMLET-    ¿Veis esa nube? Casi es como un camello en forma.
POLONIO-   Por la misa, desde luego que es como un camello.
HAMLET-     Me parece que es como una comadreja.
POLONIO-   Tiene el lomo como una comadreja.
HAMLET-    ¿O como una ballena?
POLONIO-   Muy parecida a una ballena.
HAMLET-     Entonces iré a ver a mi madre dentro de poco.

¿No es evidente que en esta escena Polonio es a la vez un cortesano que trata de complacer a su príncipe y un adulto que no quiere contrariar a un muchacho enfermo y caprichoso? Polonio no cree ni una sola palabra de lo que dice Hamlet, y hace bien; con la limitada presunción que le es característica, considera un capricho de Hamlet su amor por Ofelia, en lo que se equivoca; pero no se equivoca en la valoración de su carácter. Hamlet carece de valor para las masas; no les da nada, nunca podrá conducirlas porque él mismo no va a ninguna parte. ¿Cómo puedes  conducir a alguien cuando no estás seguro de que haya tierra bajo tus pies? Además, los Hamlets  desprecian  a la multitud. Aquél que no se respeta a sí mismo, ¿cómo puede respetar a los otros? Y en cualquier caso, ¿merece la pena ocuparse del pueblo? ¡Es tan grosero y sucio! Y Hamlet es un aristócrata, no solo por su nacimiento.

Sancho Panza nos ofrece una imagen completamente diferente. Él, por su parte, se ríe de don Quijote, sabe perfectamente que está loco, pero deja tres veces su aldea, su casa, a su mujer y a su hija para ir tras ese loco, le sigue a todas partes, soporta todo tipo de privaciones, le es fiel hasta la muerte, cree en él, se siente orgulloso de él y solloza, arrodillado, junto al modesto lecho de muerte de su antiguo señor. No se puede explicar esa fe por la esperanza en un beneficio, en un lucro personal. Sancho Panza tiene demasiado buen sentido como para no comprender que el escudero de un caballero andante, a excepción de golpes, poco debe esperar. La razón de su fidelidad obedece a motivaciones más profundas y tiene sus raíces, si se me permite la expresión, en la que probablemente sea la mejor cualidad de las masas: su capacidad para experimentar una ceguera noble y buena (por desgracia, conoce también otras cegueras), su capacidad para sentir un entusiasmo desinteresado, su desprecio por el propio interés, lo que para un pobre equivale prácticamente a despreciar el pan de cada día. ¡Una gran cualidad, de importancia histórica y universal! Las masas terminan siempre por seguir, con una ilimitada fe, a aquellos individuos de los que se burla, a los que incluso llega a maldecir y perseguir, cuando éstos, sin temer ni su persecución ni su maldición, ni siquiera su risa, siguen adelante con firmeza, con su inspirada mirada fija en un fin que solo ellos pueden ver; buscan, caen, se levantan y finalmente encuentran… la verdad; solo aquél al que le guía su corazón es capaz de encontrarla. Les grandes pensées viennent du coeur, dijo Vauvenargue. Los Hamlets, en cambio, no encuentran nada, no representan  nada y no dejan ninguna huella tras de sí -a excepción de la de su propia personalidad-, no dejan ninguna causa. No aman y no creen. ¿Qué es lo que pueden encontrar? Incluso en química (por no hablar ya de una naturaleza orgánica), para que aparezca una tercera sustancia es necesaria la unión de otras dos; pero los Hamlets solo se ocupan de sí mismos; están solos y, por lo tanto, son seres estériles.

Pero nos objetarán: «¿Y Ofelia? ¿Acaso no ama a Ofelia?».

Digamos unas palabras sobre ella, y también sobre Dulcinea.

Las relaciones de nuestros dos modelos con las mujeres también son muy significativas.

Don Quijote ama a Dulcinea, una mujer imaginaria, y está dispuesto a morir por ella (recuerden sus palabras cuando, vencido, derrotado, le dice a su vencedor, que levanta ya su lanza sobre él: «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida»). Ama de manera ideal y pura; tan ideal, que ni siquiera sospecha que el objeto de su pasión no existe; tan pura, que cuando Dulcinea aparece ante él en forma de tosca y sucia campesina, no cree en el testimonio de sus propios ojos y declara que ha sido transformada por un encantador malvado. También nosotros, a lo largo de nuestra vida, hemos visto morir a algunos hombres por algo tan imaginario como Dulcinea, o por algo sucio y tosco, en lo que veían la realización de su ideal, y cuya transformación  también  consideraban  efecto de acontecimientos y personas -casi podríamos decir encantadores- malvados. Hemos visto  a esos hombres, cuya desaparición provocaría que se cerrara para siempre el libro de la historia, pues ya no habría nada que leer en él. No hay traza de sensualidad en don Quijote. Todos sus sueños son pudorosos e inocentes; ni siquiera en lo más profundo de su corazón espera alcanzar una unión definitiva con Dulcinea. ¡Incluso parece temer esa unión!

En cuanto a Hamlet, ¿es capaz de amar? ¿Acaso su irónico creador, el más fino conocedor del corazón humano, decidió otorgar a ese egoísta, a ese escéptico penetrado por el veneno corrosivo del análisis, un corazón amoroso, devoto? No, Shakespeare no cayó en esa contradicción; cualquier lector atento puede descubrir sin grandes dificultades que Hamlet es un hombre sensual, incluso secretamente voluptuoso (no en vano el cortesano Rosencrantz ríe en silencio cuando Hamlet dice que las mujeres le aburren); que Hamlet, diríamos nosotros, no ama, sino que solo se imagina, y eso incluso de manera borrosa, que ama. Tenemos el testimonio del propio Shakespeare para corroborarlo.

En la escena primera del acto tercero, Hamlet le dice a Ofelia:
Yo os amé en otro tiempo
OFELIA-     En efecto, señor, así me lo hicisteis creer.
HAMLET- No deberíais haberme creído… No os amé.

Cuando pronuncia esas últimas palabras, Hamlet está más cerca de la verdad de lo que se imagina. Sus sentimientos hacia Ofelia, una criatura inocente y pura como una santa, o son cínicos (recuerden sus palabras, sus insinuaciones ambiguas, cuando, en la escena de la representación en el teatro, le pide permiso para descansar… en sus rodillas) o enfáticos (fíjense en la escena entre él y Laertes, cuando salta a la fosa de Ofelia y exclama, con un lenguaje propio de Bramarbas2 o el capitán Pistol3: «¡Cuarenta mil hermanos, con toda su intensidad de cariño, no alcanzarían mi suma! ¡Que nos echen encima millones de montañas!»,  etc.). En sus relaciones con Ofelia no se ocupa más que de su propia persona, y en su exclamación: «¡Oh, ninfa!, que en tus oraciones sean recordados todos mis pecados», solo vemos la profunda conciencia de su dolorosa incapacidad -incapacidad de amar-, que le lleva a arrodillarse de forma casi supersticiosa ante la «santidad de la pureza».

Pero ya hemos hablado bastante de los aspectos sombríos del modelo hamletiano; en realidad, esos aspectos, debido precisamente a que nos irritan, son los que nos resultan más cercanos y comprensibles. Tratemos de valorar ahora lo que hay en él de justo y, por lo tanto, de eterno. Hamlet encarna el principio de la negación, el mismo principio que otro gran poeta, tras separarlo de todo lo puramente humano, nos presentó en la figura de Mefistófeles. Hamlet también es Mefistófeles, pero un Mefistófeles encerrado en el círculo vivo de la naturaleza humana; por ello su negación no es un mal, sino que lucha contra el mal. La negación de Hamlet duda del bien, pero no así del mal, contra el que emprende una lucha encarnizada. Duda del bien, es decir, sospecha de su verdad y sinceridad y le ataca no en cuanto bien, sino en cuanto bien falso, bajo cuya máscara se oculta el mal y la mentira, sus eternos enemigos. Hamlet no se ríe con las risa demoníaca e indiferente de Mefistófeles; en su sonrisa amarga hay un abatimiento que nos habla de sus padecimientos y nos reconcilia con él. El escepticismo de Hamlet tampoco es indiferencia, y en eso reside su significado y dignidad. Bien y mal, verdad y mentira, belleza y fealdad, no se confunden para él en algo casual, mudo e inconsciente. El escepticismo de Hamlet, que no cree en la realización inmediata, por así decir, de la verdad, le lleva a emprender una lucha implacable contra la mentira, a convertirse en uno de los principales paladines de esa verdad en la que no puede creer del todo. Pero en la negación, lo mismo que en el fuego, hay una fuerza devastadora: ¿cómo mantener esa fuerza dentro de sus justos límites? ¿Cómo mostrarle dónde debe detenerse, cuánto debe destruir y qué debe perdonar, cuando a menudo una cosa y otra están unidas por lazos indisolubles? Es ahí donde percibimos el aspecto trágico de la existencia humana, como se ha señalado con frecuencia. Para actuar es necesaria la voluntad, para actuar es necesario el pensamiento; pero el pensamiento y la voluntad se han separado, y cada día que pasa se separan más…

And thus the native hue of resolution
Is sicklied o ‘er by the pale cast of thought…
(Así, el colorido natural de la resolución
queda debilitado por la pálida cobertura de la preocupación).

dice Shakespeare por boca de Hamlet… Por esa razón existen, por un lado, los Hamlets pensativos, juiciosos y a menudo universales, aunque también con frecuencia inútiles y condenados a la inmovilidad; y por otro lado, los don Quijotes medio locos, que solo resultan útiles y hacen marchar a los hombres porque no comprenden ni ven más que un solo punto, que a menudo ni siquiera existe en la forma en que lo ven. Inevitablemente surgen las preguntas: ¿acaso hay que estar loco para creer en la verdad? ¿Acaso un espíritu que se domine a sí mismo pierde por ello todas sus fuerzas?

Un examen de estas cuestiones, aunque fuera superficial, nos llevaría demasiado lejos.

Limitémonos a señalar que en esta discrepancia, en esta dualidad ya mencionada, debemos reconocer la ley fundamental de toda la existencia humana, pues la vida no es otra cosa que una eterna reconciliación y una eterna batalla entre dos principios que constantemente se separan y constantemente se unen. Si no temiéramos asustar sus oídos con términos filosóficos, diríamos que Hamlet es la expresión de la fuerza centrípeta fundamental de la naturaleza, mediante la cual toda criatura se considera el centro de la creación, mientras contempla todo lo demás como algo que solo existe para él (así, el mosquito, tras posarse en la frente de Alejandro Magno, con total convencimiento de su derecho, bebe su sangre, como si se tratara de un alimento más; de la misma manera, Hamlet, aunque se desprecie a sí mismo, algo que no hace el mosquito ya que carece de la elevación necesaria para ello, de la misma manera, Hamlet, decimos, lo relaciona todo consigo mismo). Sin esta fuerza centrípeta (la fuerza del egoísmo), la naturaleza no podría existir, lo mismo que sin esa otra, la centrifuga, según la cual todo lo existente existe solo para los otros (esa fuerza, ese principio de fidelidad y sacrificio, como ya hemos dicho, está alumbrada -para que todo quede en paz- por una luz cómica; ése es el principio que representan los don Quijotes). Esas dos fuerzas, la de la rutina y la del movimiento, la del conservadurismo y la del progreso, son las fuerzas fundamentales de todo lo existente. Nos explican el crecimiento de una flor y nos ofrecen la clave para comprender el desarrollo de los pueblos más poderosos.

Dejemos a un lado esas especulaciones, tal vez inoportunas, y dirijamos nuestra atención a otras consideraciones a las que estamos más habituados.

Sabemos que Hamlet es probablemente la obra más popular de Shakespeare. Esa tragedia pertenece al número de piezas que siempre llenan los teatros. Se trata de un fenómeno comprensible, dada la composición contemporánea de nuestro público, su gusto por la reflexión y el autoanálisis, su tendencia a dudar de sí mismo y su juventud; no vamos a mencionar las bellezas que colman esa obra, tal vez la más significativa del espíritu moderno, pero no podemos dejar de sorprendernos del genio de su creador, el cual, aun estando emparentado en muchos aspectos con el propio Hamlet, lo aparta de sí con el movimiento  libre de la fuerza creadora, y convierte a su modelo en objeto de estudio para la posteridad. El espíritu que ha creado este modelo es el espíritu de un hombre septentrional, un espíritu reflexivo y analítico, un espíritu pesado, sombrío, privado de armonías y tintes luminosos, que no se contenta con las formas elegantes y a menudo limitadas; en definitiva, un creador profundo, intenso, plural y libre. Extrajo de sus propias entrañas el modelo de Hamlet, con el que demostró que en el dominio de la poesía, como en los otros dominios de la vida del pueblo, se sitúa por encima de su hijo, ya que lo comprende por entero.

En la creación de Don Quijote se advierte el espíritu de un hombre joven, un espíritu luminoso, alegre, ingenuo, sensible, que no busca la profundidad de la vida, que no la abraza, sino que rechaza todas sus manifestaciones. No resistimos la tentación de trazar aquí un paralelo entre Shakespeare y Cervantes, aunque solo sea para mostrar en algunos puntos las diferencias y similitudes entre ambos. Shakespeare y Cervantes piensan de manera diferente, ¿cómo compararlos entonces? Shakespeare es un gigante, un semidiós… sí; pero Cervantes no aparece como un pigmeo ante este gigante que compuso El rey Lear, sino como un hombre, como un hombre de verdad; y un hombre tiene derecho a permanecer erguido incluso frente a un semidiós. Es indudable que Shakespeare apabulla a Cervantes -y no solo a él- con la riqueza y poderío de sus fantasías, con el brillo de su elevadísima poesía, con la profundidad y amplitud de su gigantesco espíritu; pero no encontrarán en la novela de Cervantes ni frías agudezas, ni comparaciones artificiosas, ni figuras empalagosas; tampoco encontrarán en sus páginas cabezas cortadas, ni ojos arrancados, ni todos esos arroyos de sangre, esa crueldad acerada y ciega, esa huella terrible de la Edad Media, esa barbarie que lentamente ha ido desapareciendo de las porfiadas naturalezas septentrionales.

Cervantes, lo mismo que Shakespeare, fue un contemporáneo de la Noche de San Bartolomé; mucho tiempo después de que ambos desaparecieran, aún se quemaban herejes y la sangre seguía corriendo: ¿dejará de correr alguna vez? La Edad Media se refleja en El Quijote; así se aprecia en el brillo de la poesía provenzal y en la gracia romanesca de esas mismas novelas de las que Cervantes se burla con inofensivo humor y a las que rinde un último tributo en el Persiles y Segismunda. Shakespeare toma sus modelos de todas partes -del cielo, de la tierra-; nada está cerrado para él, nada puede escapar a su penetrante  mirada: los arranca con una fuerza irresistible, con la fuerza del águila que cae sobre su presa. Cervantes presenta dulcemente ante el lector sus escasos modelos, como un padre a sus hijos; solo toma lo que está pr6ximo a él, ¡pero qué bien conoce esos temas que le son cercanos! El poderoso genio del poeta británico parece dominar todos los matices del alma humana; Cervantes extrae toda su riqueza de su propia alma, límpida, dulce, llena de experiencias humanas, pero no se ensaña con ella: no en vano, en el transcurso de sus siete años de duro cautiverio, Cervantes aprendió, como el mismo nos dice, el oficio de la paciencia. Sus dominios son más estrechos que los de Shakespeare; pero en él, lo mismo que en cualquier ser vivo, se refleja todo lo humano. Cervantes no os deslumbra con una lengua fastuosa; no os conmueve con la fuerza titánica de su inspiración triunfante. Su poesía no es shakespeariana. A veces un turbio mar es un río profundo que fluye tranquilamente entre dos orillas diferentes, en el que el lector, mecido dulcemente, rodeado por sus transparentes ondas, se abandona con placer al silencio épico y a la suavidad de su corriente.

La imaginaci6n evoca gustosa la imagen de los dos poetas contemporáneos, que murieron el mismo día, el 26 de abril de 1616. Es muy probable que Cervantes no supiera nada de Shakespeare; pero el gran trágico, en la soledad de su casa de Stratford, a la que se retir6 tres años antes de su muerte, bien pudo leer la célebre novela, que ya había sido traducida al inglés… Qué tema para un pintor que fuera al mismo tiempo un pensador: ¡Shakespeare leyendo El Quijote! ¡Dichosos países aquéllos en los que surgen tales hombres, maestros de sus contemporáneos y de la posteridad! El imperecedero laurel que corona a un gran hombre también descansa sobre la frente de su pueblo.

Una vez terminado nuestro incompleto estudio, pedimos permiso para compartir con ustedes algunas observaciones aisladas.

Un lord inglés (un buen juez en un asunto de este tipo) declaró que nuestro don Quijote era el modelo perfecto de gentleman. Y en verdad, si la sencillez y las maneras sosegadas constituyen el signo distintivo del hombre de bien, don Quijote tiene pleno derecho a ese título. Es un verdadero hidalgo, incluso cuando las bromistas criadas del duque le enjabonan toda la cara. La sencillez de sus maneras procede de la ausencia de lo que hemos dado en llamar no vanidad, sino presunci6n. Don Quijote no se ocupa de su propia persona, se respeta a sí mismo y respeta a los otros, y no siente deseos de vanagloriarse; Hamlet, en cambio, a pesar del ambiente cortesano, a veces nos parece -perdónenme por la expresi6n francesa- ayant des airs de parvenu. Es un hombre asustadizo, a veces incluso grosero, que presume de sí mismo y se burla de los otros. No obstante, posee la facultad de expresarse de forma original y justa, una facultad inherente a toda persona que reflexiona y cultiva su espíritu y que, por tanto, resulta totalmente inasequible para don Quijote. La penetración y la finura de análisis de Hamlet, así como su polifacética formación (no hay que olvidar que ha estudiado en la Universidad de Wittenberg) han desarrollado en él un gusto casi infalible. Es un crítico magnífico; sus consejos a los actores sorprenden por su agudeza y tino; el sentimiento de lo bello es casi tan fuerte en él como el sentimiento del deber en don Quijote.

Don Quijote siente un profundo respeto por todas las instituciones preexistentes: la religión, la monarquía, los duques; y, al mismo tiempo, es libre y reconoce la libertad de los otros. Hamlet, por su parte, injuria a los reyes y a los cortesanos, pero en realidad es tiránico e intolerante.

Don Quijote apenas sabe escribir, mientras que Hamlet, probablemente, lleva un diario. Don Quijote, a pesar de su ignorancia, tiene una concepción clara de los asuntos estatales y administrativos; Hamlet no ha tenido ni el tiempo ni el gusto de ocuparse de esas cosas.

Mucho se le han reprochado a Cervantes las innumerables palizas que recibe don Quijote. Ya hemos señalado más arriba, que en la segunda parte de la novela, el pobre caballero apenas es golpeado; pero a nosotros nos gustaría añadir que sin esas palizas resultaría menos grato a los niños, que con tanto deleite leen sus aventuras; tampoco a los adultos se nos mostraría bajo su verdadera luz, sino que aparecería ante nosotros como un ser frío y altivo, lo que estaría en contradicción con su carácter. Acabamos de decir que en la segunda parte ya no es golpeado; pero casi en su final, después de la derrota definitiva de don Quijote a manos del Caballero de la Blanca Luna, que no es otro que el bachiller disfrazado, después de su renuncia al ejercicio de la caballería, poco antes de su muerte, es pisoteado por un rebaño de cerdos. En más de una ocasión hemos escuchado reproches dirigidos a Cervantes por haber escrito esa escena, por repetir esas viejas bromas ya gastadas; pero también aquí Cervantes es guiado por el instinto de su genio, pues esa horrible aventura encierra un significado profundo: los don Quijotes siempre son pisoteados, especialmente al final de su vida; es el último tributo que deben pagar al rudo azar, a la indiferencia y a la cruel incomprensión… Es la bofetada del fariseo… Después de haberla recibido, ya pueden morir. Han pasado por todo el fuego de la fragua y han conquistado la inmortalidad, que ahora se abre ante ellos.

Hamlet, según el caso, puede mostrarse astuto e incluso cruel. Recuerden cómo da muerte a los dos cortesanos enviados a Inglaterra por el rey; recuerden su discurso sobre Polonia, asesinado por él. No obstante, en esa circunstancia vemos, como ya hemos señalado, el reflejo de la Edad Media, aún cercana en el tiempo. Por otro lado, estamos obligados a reconocer en el honesto y franco don  Quijote una inclinación por el engaño semi-inconsciente, semi-inocente, por la ilusión; inclinación casi siempre inherente a la fantasía del entusiasta. Su relato sobre lo que ha visto en la cueva de Montesinos no es más que una invención, con la que no consigue engañar al astuto y simplón Sancho Panza.

El más pequeño contratiempo basta para que Hamlet se desanime y se lamente; don Quijote, a pesar de ser molido a palos por los condenados a galeras, ni por un momento duda del éxito de su empresa. También Fourier pretendió haber mantenido entrevistas diarias, a lo largo de muchos años, con un inglés, al que invitaba en los periódicos a que le suministrara un millón de francos para la realización de sus planes. Naturalmente, éste no apareció nunca. Todo eso resulta extremadamente ridículo, pero despierta en nosotros la siguiente reflexión: los antiguos consideraban envidiosos a sus dioses, y en caso de necesidad juzgaban oportuno aplacarlos ofreciéndoles sacrificios voluntarios (recuerden el anillo arrojado al mar por Polícrates).

¿Por qué no pensar que un cierto componente ridículo debe entreverarse inevitablemente, como un tributo, como un sacrificio voluntario  a los envidiosos dioses, con los actos y el carácter de los hombres llamados a hacer grandes cosas? Después de todo, sin esos ridículos don Quijotes, sin esos estrafalarios ingenios, la humanidad no avanzaría y los Hamlets no tendrían nada sobre lo que reflexionar.

Sí, repitámoslo: los don Quijotes encuentran; los Hamlets cultivan sus espíritus. Pero, ¿cómo pueden cultivar sus espíritus los Hamlets, nos preguntarán, cuando dudan de todo y no creen en nada? A esto debemos responder que, gracias a la sabia disposición de la naturaleza, no hay ni Hamlets ni don Quijotes absolutos; esos modelos son solo expresión última de dos direcciones, de dos jalones, plantados por los poetas en dos caminos distintos. La vida aspira a ellos, pero nunca llega a alcanzarlos. No hay que olvidar que, de la misma manera que el principio del análisis lleva en Hamlet a la tragedia, el espíritu del entusiasmo lleva en don Quijote a la comicidad; pero en la vida rara vez se encuentran situaciones absolutamente cómicas y absolutamente trágicas.

Hamlet gana mucho ante nuestros ojos gracias a su afición por Horacío. Este personaje es encantador; y hay que decir, en honor de nuestra época, que resulta bastante frecuente en los días que corren. En Horado reconocemos el modelo del discípulo, del alumno en el mejor sentido de la palabra. Con un carácter estoico y franco, un corazón ardiente y un espíritu algo limitado, siente sus propias carencias y es modesto, lo que rara vez sucede con las personas limitadas. Tiene sed de conocimientos, de enseñanzas, por lo que reverencia al inteligente Hamlet y se entrega a él con todas las fuerzas de su alma honrada, sin exigirle nada a cambio. No se somete a él a causa de su condición de príncipe, sino debido a su superioridad. Uno de los mayores méritos de los Hamlets consiste en que instruyen y forman a hombres como Horado, los cuales, tras recibir de ellos las semillas del pensamiento, las hacen fructificar en sus corazones y las propagan por el mundo entero. Las palabras con las que Hamlet reconoce la importancia de Horacio le honran. En ellas expresa su elevada opinión sobre la dignidad del ser humano y sus nobles aspiraciones, que ningún escepticismo puede debilitar. «Escucha -le dice-: desde que mi alma querida fue señora de mis preferencias y supo distinguir entre hombres, su elección te selló por suya. Pues tú has sido como quien, sufriéndolo todo, no sufre nada; un hombre que ha recibido las bofetadas y las recompensas de la Fortuna con igual agradecimiento. Y bienaventurados aquéllos cuya sangre y juicio están tan bien mezclados que no son una flauta en que el dedo de la Fortuna puede tocar el agujero que le place. Dadme al hombre que no sea esclavo de la pasión y yo le llevaré en las entretelas del corazón, sí, en el corazón de mi corazón, como hago contigo».

Un escéptico honrado siempre respeta a un estoico. Cuando el mundo antiguo se derrumbaba, los mejores hombres buscaban la salvación en el estoicismo -como sucede en todas las épocas semejantes a aquélla-, pensando que se trataba del único refugio donde aún era posible conservar la dignidad humana. Los escépticos, si no tiene valor para matarse – «partir para ese país del que ningún viajero ha regresado todavía»-, se hacen epicúreos. ¡Se trata de un fenómeno comprensible, triste y demasiado conocido para nosotros!

Tanto Hamlet como don Quijote mueren de forma conmovedora. ¡Pero cuán diferente es su final! Las últimas palabras de Hamlet son hermosas. Se somete, se calma, ordena a Horado que viva y da su voto agonizante en favor del joven Fortimbrás, un aspirante al trono que no tiene ninguna mancha… pero la mirada de Hamlet no se dirige al futuro… «Lo demás es silencio» -exclama el escéptico al morir-; y, en verdad, calla para siempre. La muerte de don Quijote despierta en el alma una inefable ternura. En ese momento supremo, resplandece ante todos el enorme significado del personaje. Cuando su antiguo escudero, tratando de consolarle, le dice que pronto saldrán en busca de nuevas aventuras caballerescas, el moribundo responde: «Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco, y ya soy cuerdo: fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno».

Es una palabra sorprendente; la mención de ese apodo, por primera y última vez, conmueve al lector. Sí, solo esa palabra tiene aún significado ante el rostro de la muerte. Todo pasa, todo desaparece, la más elevada dignidad, el poder, el genio universal, todo se convierte en polvo…

Todo lo que es grande en la tierra se dispersa
como humo…4

Pero las buenas acciones no se dispersan como humo; son más duraderas que la más deslumbrante belleza: «Todo pasará -exclamó el apóstol-; solo el amor permanecerá» 5

No tenemos nada más que añadir a esas palabras. Nos consideraremos felices si con las indicaciones sobre esas dos direcciones fundamentales del espíritu humano, de las que les hemos hablado, hemos despertado en ustedes alguna reflexión, aunque no sea coincidente con las nuestras; si hemos cumplido con nuestro cometido, aunque solo sea de forma aproximada, y no hemos fatigado su benévolo entendimiento.

(Traducción del ruso: Víctor Gallego Ballestero)

NOTAS:
1· Verso de un poema de Mijail Lérmontov, No te creas a ti mismo (1839).
2· Soldado fanfarrón en el teatro alemán del siglo XVIII.
3 · Capitán jactancioso  y cobarde que aparece en Enrique IV;  Enrique V y Las alegrescomadres de Windsor de Shakespeare.
4· Cita de Schiller.
5 · Cita inexacta de la primera Epístola a los Corintios de san Pablo (XIII, 8).

Este texto, va precedido por la introducción de Rafael Llano

El consenso constitucional y el Estado autonómico

El pasado otoño se han cumplido veinte años desde que el Senado, presidido  entonces por Antonio Fontán, recobró la posesión de su histórica sede en la madrileña plaza de la Marina Española, en lo que desde el siglo XVI hasta la revolución liberal había sido convento y colegio de doña María de Aragón. Desde la suspensión de las sesiones parlamentarias por causa del golpe de Estado del general Primo de Rivera, no había tenido asiento en el viejo palacio una asamblea representativa, aunque sus salones y galerías seguían recordando a la Restauración, cuando la llamada Cámara Alta rivalizaba en importancia con el Congreso. De ese momento quedaban y  quedan -buena prueba de ello ha podido  encontrarse en la reciente exposición sobre Cánovas y la Restauración, en el antiguo cuartel del Conde Duque de Madrid -la espléndida biblioteca y la colección de retratos y de pintura de historia, una de las más representativas y evocadoras de nuestro siglo XIX.

Al instalarse de nuevo en su marco histórico, el Senado constituyente, al igual que el  Congreso  de los Diputados, hizo valer sin  duda una clara voluntad de  continuidad con la tradición del constitucionalismo español, por encima de las rupturas y los cambios de régimen. La recuperación por la segunda Cámara, tras las elecciones generales de junio de 1977, de su asentamiento tradicional supuso también un simbólico gesto de clausura de la larga etapa de divisiones y  exclusiones que se abrió con la crisis y destrucción del sistema de la Restauración. Esa clausura la simbolizaron entonces tres figuras señeras del Senado: dos liberales, Justino de Azcárate y Joaquín Satrústegui (el  primero de origen republicano, el segundo monárquico) y un socialista, Ramón Rubial. Los tres habían asistido al enfrentamiento civil y los tres participaban de la actitud de concordia, de la voluntad de «paz, piedad y perdón», proclamada por  Azaña  ya en plena contienda y reafirmada por don Juan Carlos I desde los comienzos de su reinado.

Cuando van a cumplirse dos décadas de la aprobación de la Constitución, bueno es recordar que el verdadero consenso constitucional surgió precisamente de esa misma voluntad, sobre la base de la conciliación, en el marco del Estado de Derecho, de las ideas democrático-liberales y de muchos de los objetivos de la socialdemocracia, a la vez que se garantizaba la continuidad histórica de la nación española y se reconocía su intrínseca pluralidad histórica y cultural. Los principios constitucionales de soberanía nacional, primacía del interés general, solidaridad interterritorial y organización autonómica del Estado son expresión de todo ello.

No contribuye, por tanto, al mantenimiento del consenso constitucional de 1978 -por mucho que se apele de nuevo a él para justificarla-, la discusión ahora en marcha sobre el modelo de Estado, abierta por la propuesta de Elkarri sobre la Disposición Adicional primera de la Constitución, o por las recientes iniciativas del nacionalismo moderado catalán sobre la interpretación «confederalizante» de la Constitución, la «cosoberanía» o el concierto económico para Cataluña.

Estas propuestas -y sus mantenedores lo saben bien – implican una transformación radical del actual Estado autonómico. A veces se pretende olvidar que este Estado es resultado de un compromiso de fuerzas muy dispares: de un lado, las tendencias  políticas  de tradición centralista -ya provengan en su más remoto origen del moderantismo o del liberalismo progresista-,  de otro, los nacionalistas catalanes moderados, y en medio, los socialistas de estirpe federal. Este compromiso -muy difícil de alcanzar en su día, pues todas esas fuerzas tuvieron que ceder en gran medida se plasmó en los artículos 1º y 2° de la Constitución de 1978 e inspira el resto de su texto. Para servir a los propósitos de la Constitución, ese compromiso debe mantenerse sin alterar su significado, lo que sucede cuando se atiende únicamente al reconocimiento de la existencia de las nacionalidades y regiones y se soslaya la proclamación de la soberanía y unidad de la nación española, en la que aquéllas se integran.

Del compromiso de 1978 se derivan varias  consecuencias capitales: en primer lugar, que el poder constituyente y la soberanía nacional residen en el conjunto del pueblo español, concebido como la suma de todos los ciudadanos, y no de las Comunidades Autónomas, consideradas de forma separada; en segundo término, que las instituciones generales de la nación -el Estado en sentido estricto – deben mantener las competencias necesarias para asegurar, como ha señalado Manuel Jiménez de Parga en fechas recientes, la supremacía de la soberanía nacional, el interés general de España y la solidaridad interterritorial; por último, que en el ejercicio de sus competencias, el Estado ha de respetar la autonomía de las distintas Comunidades, tal y como viene establecida en los respectivos Estatutos de Autonomía, si bien aquélla ha de ser interpretada y conjugada con los anteriores principios constitucionales.

Ni la Unión Europea -a diferencia de lo sugerido hace poco tiempo por Jordi Solé Turani la interpretación del actual texto constitucional autorizan, a mi juicio, a moverse de este marco sin grave riesgo de ruptura del consenso constitucional de 1978. Resulta, no obstante, evidente que la evolución del sistema de partidos en el Estado autonómico ha sido muy distinta de lo que preveían los constituyentes. La posición de los llamados partidos «bisagra» está siendo progresivamente ocupada por los nacionalismos moderados, que tienden a la intensificación de los hechos diferenciales y a la ampliación de la autonomía de sus respectivas Comunidades Autónomas, por razón tanto de su ideología como de sus intereses electorales. Ello se hace en detrimento a la larga de los principios constitucionales inspiradores del conjunto del Estado autonómico, que exigen mantener de forma estable las competencias de las instituciones generales en las esferas legislativa, ejecutiva y financiera. Debe recordarse a este respecto que si el sistema autonómico ha funcionado hasta ahora sin provocar mayores desequilibrios territoriales, ha sido gracias a la acción de compensación llevada a cabo por la Administración  del Estado a través de sus recursos presupuestarios. No son, pues, las Comunidades Autónomas las que garantizan por su propia existencia el nivel de vida y desarrollo de los ciudadanos en los territorios menos favorecidos -en contra de lo que ha sostenido Solé Tura-, sino las transferencias hacia aquéllos de la Hacienda estatal, en virtud del principio constitucional de solidaridad interterritorial. Este principio admite, claro está, distintos grados de aplicación, en función de los cambiantes programas de Gobierno, pero no puede desaparecer sin más del horizonte ni primar a las Comunidades más ricas.

Cuando se habla, por tanto, del cierre del Estado autonómico -y al margen de la deseable reforma del Senado-, no se quiere decir otra cosa que la necesidad de mantener el marco competencial del Estado establecido sobre todo en el artículo 149 de la Constitución, sin pretender constantes reducciones del mismo por la vía, que siempre ha de ser considerada excepcional, del artículo 150, ni por las sucesivas revisiones del actual sistema de financiación autonómica.

Para garantizar el cumplimiento de la Constitución y evitar su progresiva desnaturalización, es preciso un reverdecimiento  del consenso de 1978 y, en especial, del pacto básico entre el centro derecha y el centro izquierda nacionales sobre el modelo de Estado, sostenido hasta ahora por una gran mayoría del electorado y sin el cual se vendría abajo el actual edificio constitucional. Con tal fin sería muy oportuno  introducir por la vía de los hechos una convención constitucional que permitiera asegurar el mantenimiento en el gobierno de la fuerza política más votada, que, salvo circunstancias excepcionales, debería en principio poder agotar la legislatura sin temor a coaliciones «negativas» contra ella en el Congreso por cuestiones autonómicas -como la que lamentablemente ha tenido lugar en el debate sobre las humanidades-. De  este modo, los nacionalistas moderados podrían seguir integrados en nuestro sistema político, y contribuir, si lo desearan, a la formación de las mayorías parlamentarias, pero los distintos gobiernos no dependerían forzosamente de sus votos para continuar en el poder, sobre todo cuando se trataran asuntos  concernientes  a la estructura del Estado o a las competencias y recursos de las instituciones generales. Como contrapartida lógica de esa convención, tendría que establecerse  de manera  pública un acuerdo autonómico completo entre los grandes partidos nacionales, que habría de permanecer a través de los cambios de gobierno y reflejarse en las sucesivas renovaciones del Tribunal Constitucional.

Naturalmente,  una situación de este tipo dependería, en definitiva, del resultado de las elecciones. Si los ciudadanos prefieren apoyar cada vez más con sus votos a los partidos nacionalistas deberían saber también que están inevitablemente erosionando -lo quieran o no-los cimientos del actual Estado y tendrían que calcular, en consecuencia, el coste de esta operación para todos. Por su parte, los partidos nacionales habrían de ser conscientes de los riesgos que presenta la permanente reivindicación autonómica frente al Estado para el mantenimiento de la estructura constitucional, y tender puentes entre ellos para fijar una posición común en este campo, marcando con claridad los que Andrés de Blas ha calificado con acierto como «límites del disenso político».

El tan denostado canovismo dio un dilatado periodo de estabilidad política y civilidad a España, pese a sus evidentes defectos en el terreno de la representación. Lo que podríamos llamar un neocanovismo sin tacha democrática sería precisamente esa convención constitucional entre el centroderecha y el centroizquierda nacionales, que respaldaría hoy una amplia  mayoría   de  los  ciudadanos -recordemos que, en todas las elecciones generales celebradas desde 1977, los dos partidos más votados han sumado conjuntamente más de cuatro quintas partes de los diputados-. Con ella el consenso constitucional adquiriría una verdadera continuidad, sin peligros de desvertebración estatal ni de crisis autonómica.

En la exposición Cánovas y la Restauración, pudo contemplarse el gran cuadro de Jover y Sorolla, colgado habitualmente en el salón de conferencias del palacio del Senado, que representa la jura de la Constitución de 1876 por la reina regente doña María Cristina: Cánovas recibe el juramento de la regente, mientras Sagasta encabeza el gobierno que acaba de constituirse por renuncia de aquél. Esta pintura es la imagen plástica del pacto político que sostuvo a la primera Restauración. Necesitamos un acuerdo semejante para la segunda, no lastrado ya por carencia alguna de representatividad de los grandes partidos nacionales.

Turguénev, una profesión de fe europeísta

Varias razones nos han movido a traducir y publicar Hamlet y don Quijote, de Iván Serguéievich Turguénev. Nos atraía, en primer lugar, el valor filosófico de un ensayo donde el novelista dilucida unos rasgos de la vida humana, que entiende universales. El personaje de Shakespeare y el de Cervantes representan para Turguénev dos desarrollos posibles de la naturaleza humana. A cada uno asigna unas energías características, opuestas entre sí, que concluyen en dos polos antagónicos, dos tipos humanos excluyentes. La convicción y credulidad de los Quijotes se contrapone al análisis y la duda de los Hamlets; la acción que no vacila de los primeros y la fe que no se pregunta por las consecuencias de sus actos se contrapone a la inacción de los segundos, aquéllos perpetuamente atormentados por la cuestión de ser o no, incapaces de realizar con su vida alguna posibilidad limitada, no siempre consecuente y por eso humana; el altruismo de los primeros, en fin, que el pueblo comprende y sigue, contrasta según Turguénev con el egoísmo de los segundos, cuyas pasiones jamás alumbraron el entusiasmo de las clases bajas.

Queríamos que nuestro lector encontrase, pues, una distinción filosófica de largo alcance, que recuerda aquella otra entre Gesinnungsethik y Veranwortlichkeitsethik, entre Ética de la convicción y Ética de la responsabilidad, que estableciera Weber en 1920. No creo que sea peregrino traerla a colación. No se olvide que la polaridad típico-ideal desarrollada por Weber en sus conferencias sobre la acción humana als Beruf, como vocación, encuentra su origen en los escritos sociológicos del Tolstoi “convertido”, el posterior a 1880. Remito al lector interesado a los capítulos VI y XI de Mi religión (1884), al tercero de El Reino de Dios está dentro de (1893), y al ensayo “¿Qué hacer?”, de 1904.

Podemos pensar en la dicotomía entre Hamlets y don Quijotes como origen indirecto, vía Tolstoi, de la distinción weberiana de tipos de comportamientos orientados por principios. De hecho, sabemos que Turguénev tuvo oportunidad de comentar con Tolstoi sus ideas referentes a Hamlet y don Quijote, dos años antes de hacerlas públicas, cuando ambos coincidieron en Dijon. Tolstoi alabó su idea: “Parece -le comentó- muy inteligente” (Leonard Shapiro, Turgueniev. His Life and Times, Oxford U. P., 1978, pág. 148).

Hamlet y don Quijote tiene pues algo de ensayo filosófico, pero ha si­do engendrado por la pluma de un novelista. Aquí encontrábamos una segunda curiosidad, digna de la atención de nuestros lectores. Hamlet y don Quijote son los dos arquetipos, los “primeros principios” literarios, por así decir, sobre los que descansa la narrativa de Turguénev. Invitamos a nuestros lectores a cotejar los rasgos que se describen en este ensayo con los que configuran la actuación, las pasiones y la vida de los caracteres principales de las novelas de esa misma época: En vísperas (1860) y Nido de hidalgos (1859). Allí encontraremos Quijotes de ambos sexos. Coteje además los caracteres concebidos en novelas anteriores: Rudin, un Hamlet en esencia, sin ataques de ácida bilis, y los caracteres abocetados de Diario de un cazador, don Quijotes y Hamlets mezclados con esa dulzura de quien conoce a un pueblo entre cuyas gentes se ha peregrinado. ¿Acaso podríamos olvidar el gusto y contragusto que nos dejó el Hamlet del distrito de Schigrovskiz? Si quiere usted, en fin, adivinar los caracteres de las novelas posteriores de Turguénev, recurra a los arquetipos del ensayo que ofrecemos a los lectores de NUEVA REVISTA: los nihilistas en Padres e hijos (1862), nuevos no-Quijotes educados en la austera escuela de la ciencia natural; y los caracteres inconsistentes -sinsustancias- que encontramos en las vidas volátiles de Humo (1867).

Favorecer un ajuste fino en la comprensión de la obra literaria de Turguénev, por tanto, nos movía también a publicar este ensayo. Pero había más. Ustedes conocen los términos de la polémica que dividió la vida cultural rusa de la segunda mitad del siglo XIX. Los “europeístas” sostenían que la madurez de su nación pasaba por la integración y plena asimilación en la cultura occidental, que marchaba con siglos de ventaja por delante de Rusia en progreso material, social y espiritual. Los eslavófilos, por su parte, no estaban de acuerdo en conculcar la entera historia de Rusia. Admitiendo que todo en la clase de la aristocracia había sido tomado en préstamo de Occidente, desde luego, no podían concebir que la gran masa del pueblo hubiese vivido en vano su existencia sacrificada, que hubiese peregrinado ciega, entoncecida y servil durante los largos años de su pasión y cautiverio. Por el contrario, los eslavófilos veían en la evolución espiritual popular, condicionada por su trabajo, su dolor y su cristiandad, la gran promesa de la identidad nacional.

Pues bien, Turguénev estuvo siempre de parte de los primeros, mientras que otros, Dostoievsky por ejemplo, se alineaban apasionadamente con los segundos. Un europeísta como el primero “tenía’’ que obtener sus grandes principios de la literatura occidental: Hamlet y don Quijote. Un eslavófilo como el segundo “tenía’’ que aceptar por modelo a un escritor ruso: Pushkin. A las ideas de Fiodor Mijáilovich en su artículo de 1861, publicado en Tiempo (esencialmente las que repetiría 19 años después, en su interveción pública en Moscú con ocasión del desvelamiento de una estatua del poeta); esas ideas cultural-literarias del eslavófilo Dostoievsky se contraponen a las del euroepísta Turguénev en Hamlet y don Quijote. Este ensayo, por tanto, es una tarjeta de presentación ideológica del novelista, la página web de Turguénev, y como tal queríamos ofrecerla a nuestros lectores.

Un último motivo nos ha animado a publicar la conferencia de Turguénev, y es la trascendencia que para la vida rusa -:para su literatura tiene el año en que fue publicada. Algunos autores retrotraen a 1848 la incubación de las ideas expuestas en Hamlet y don Quijote, cuando Turguénev presenció los movimientos revolucionarios de París (cfr. Henri Grandfard, !van Turgu.éniev, París 1966, págs. 255-6). Shapiro sostiene que en 1857 su autor había apalabrado el artículo para El contemporáneo. Pero fue el 10 de enero de 1960 cuando las ideas de Turguéniev alcanzaron al público, con ocasión de la conferencia organizada en beneficio de la Sociedad para Ayuda de Escritores y Científicos rusos, que el mismo fundó en París junto con otros notables compatriotas.

En ese mismo año -1860- publica Turgéniev En vísperas. La novela presenta una íntegra versión literaria -caracteres y acciones- de las ideas contenidas en Hamlet y don Quijote. Rusia, en efecto, se sabía “en vísperas” de un acontecimiento trascendental: el decreto de abolición de la servidumbre. Llegaría un año después, el 11 de febrero de 1861. Aquel paso suponía el final de una época centenaria de la historia de Rusia. Un nuevo capítulo empezaba con páginas en blanco en la vida nacional. La intelligentsia tenía por delante una misión única, de máxima envergadura: dar contenido a la nueva etapa, fijar los pilares de la civilización rusa del siguiente milenio. Turguénev afirmaba en Hamlet y don Quijote que la historia termina cuando los individuos dejan de creer en el deber, en una causa, cuando los ciudadanos pierden su fe. En vísperas del trascendental acontecimiento convenía decir, por tanto, que Rusia necesitaba nuevos Quijotes, que era inaplazable el descubrimento en las planicies continentales de nuevas Indias, de una convicción nacional que asegurara una larga travesía, vida longeva a la nueva sociedad.

Estas coordenadas nos permiten entender la responsabilidad que pesaba sobre la literatura. No es éste el lugar para señalar aquel cúmulo de circunstancias históricas que hicieron de la literatura rusa el refugio del pensamiento ético, social y filosófico de la nación. Anotemos solo que reprimidas durante más de treinta años la ciencia primera, las universidades y el debate público por el miedo y la violencia de los monarcas autócratas, la literatura y especialmente la novela se había convertido en arma de ofensiva social, en espacio de reflexión moral, en pórtico del templo desde donde proclamar vibrantes verdades proféticas. En vísperas del gran decreto de la libertad era inevitable preguntarse si la literatura contemporánea iba a estar a la altura de las circunstancias, si lograría transformarse en instrumento para forjar una nueva conciencia eslava.

Sabemos qué produjo la literatura rusa los veinte años que siguieron al entierro de la servidumbre. Vieron la luz las grandes novelas de Tolstoi. Guerra y paz, gran épica histórica de las guerras napoleónicas, renuncia -¿sorprendente?- a las cuestiones contemporáneas. Los personajes de Ana Karenína, por su parte, sí representarán a individuos de la época, por más que la novela trate solamente de la vida y pasiones típicos de un círculo social, el de la vieja aristocracia. Ellos, en efecto, en absoluto podían considerarse protagonistas del crucial momento histórico. Así se lo hizo ver Dostoievsky a Lev Nikoláievich desde las páginas del Diario de un escritor. Por razones cuyo análisis nos llevaría muy lejos, Tolstoi renunció a la literatura poco después. Desde confesión, ya en la década de los ochenta, el conde, que confiesa haber sufrido una transformación interior, encuentra en la reflexión filosófica, en la moral racional y en la ciencia social instrumentos adecuados para la manifestación de sus ideas. Creerá su deber encauzar la vida rusa por unos derroteros de mayor conciencia y civilización, ideales tan elevados y -me tienta decirlo- tan germánico-kantianos, que excedían la potencialidad de la literatura, al menos aquélla de la que él mismo era capaz. El concepto, no la ficción, sería desde entonces su aliado principal.

Esto le reprochó siempre Turguénev a Lev Nikoláievich, que abandonara su oficio de novelista. Iván Sergéievich siempre le consideró un mal filósofo. Tenía, por ejemplo, las reflexiones metahistóricas de Guerra y paz por las partes más flojas de la novela. Estaba autorizado para decirlo, pues su formación filosófica adelantaba a la de Tolstoi, merced a sus afi.os de formación en el idealismo alemán en la universidad de Berlín.

Pero el problema “literario” de Turguénev, desde 1860, no iba a ser de naturaleza distinta a la del autor de Resurrección. También él se iba a mostrar incapaz de transformar cabalmente en caracteres sus convicciones filosóficas. Desde su posición “europeísta”, Turguénev avanzó un paso al frente y devino eslavófobo. Recuérdese Humo, y se comprenderá el asombro de sus contemporáneos, no tanto ya por su contenido (pues la profesión de fe europeísta era moneda corriente), sino más bien por los medios de expresión que emplea o, mejor aún, por los que no emplea. Algunas partes de la novela son simplemente panfletos; la reflexión -la dialéctica- sustituye a la representación; en lugar de vida, argumentos sobre la vida. Turguénev parece estar sufriendo el “síndrome Gógol’’. Como éste en Almas muertas, muestra lván Sergueiévich insuficiente talento para transformar las opiniones, las reflexiones, las intuiciones, las propias hipótesis sobre las cuestiones del día en linfa literaria: en caracteres, en relaciones, en drama.

Por lo demás, insiste Turguénev en ser cantor de su clase social, la misma a la que perteneció Tolstoi hasta su muerte. Fue el penúltimo pregonero de su decadencia. Aún tenía que venir Chejov y cerrar el ciclo de los hombres superfluos, para que luego otros arrojaran el cadáver de los ociosos hombres crueles, de los grandes sensuales, a las alcantarillas de la nueva civilización. Esposas frívolas, de Von Stroheim, ¿recuerdan el final?

Otras, no de aristócratas, tenían que ser las preocupaciones de una literatura que se asentara con pie firme en la nueva encrucijada. Hacía falta una concepción nueva que, como el mensaje de los viejos profetas israelitas, recorriera a golpe de emoción y escalofrío todas las clases sociales, desde el monarca hasta los individuos que trabajan con las manos, transmitiendo una nueva fe, la conciencia de un deber sagrado sobre el que asentar la nueva cultura de la libertad. Solo la literatura de Dostoievsky estuvo a la altura de las circunstancias. Solo ella supo concebir, durante más de veinte años, nuevos Quijotes, ingenuos alumbradores del futuro de Rusia: Sonias, Príncipes Mishkins, Alioshas Karamazovs, mujeres y hombres cuya fe tenía que probarse en singular combate contra los Hamlets terratenientes de viejo cuño, contra los más nuevosHamlets, analíticos de la ciencia -los Raskolnikovs, los lvanes Karamazovs- y también, finalmente, contra los novísimos europeístas que eran los socialistas.

***

Conocíamos dos traducciones de Hamlet y don Quijote. La Revista contempordnea, dirigida por don Francisco de Asís Pacheco, vertió al castellano la versión francesa y la publicó en el número de septiembre-octubre de 1879. Por su parte, hace también más de un siglo, el editor Antonio López publicó una serie de traducciones de obras de “Tourgueneff”, a cargo de Torcuato Tasso Serra, a partir de las traducciones francesas, entre las que se incluía nuestro ensayo. Pensábamos que Hamlet y don Quijote se merecía algo más que una traducción de segunda mano, por lo demás ya algo trasnochada. El trabajo de Víctor Gallego ha hecho justicia a las ideas del novelista ruso. Se abre el turno de nuestros lectores, a ellos les toca entrar en juego.

«Pensadores rusos», Isaiah Berlin

«La historia de las ideas es la historia de lo que la gente pensó y sintió, y esa gente fue real, no meras estatuas o colecciones de atributo» Estas palabras, pronunciadas por lsaiah Berlin poco antes de su muerte, dan la clave de la importancia de este libro sobre los pensadores rusos. De la obra de este autor, muchos tal vez pudieran citar títulos como Cuatro ensayos sobre la libertad, donde se expone de manera doctrinaria sus pensamientos o sus ideas políticas, pero ello constituiría una visión parcial de su obra. Berlin nunca escribió un libro de manera sistemática, para exponer sus tesis ideológicas. Su obra está compuesta  de relatos fragmentarios, de escritos casi siempre breves, que han sido recopilados por él mismo o por sus alumnos.

Tal es el caso de esta obra. En ella se reúnen una serie de ensayos pronunciados como conferencias a lo largo de treinta años, compiladas por Henrí Hardy. El libro carece de unidad metodológica, pero tiene un tema común que le da sentido: la intelligentsia rusa. Con este nombre se reconoce al conjunto de escritores y pensadores que durante el siglo XIX construyeron la crítica y la revolución intelectual y social más transcendente probablemente de la historia, a juzgar por sus efectos. 1intelligentsia es una palabra rusa inventada en el siglo XIX, que desde entonces ha adquirido significado mundial. El fenómeno mismo, con sus consecuencias revolucionarias históricas y literarias es, supongo yo, la mayor contribución rusa aislada, al cambio social en el mundo ‘ escribe Berlin. Efectivamente, éstas fueron las bases intelectuales, los polvos que dieron lugar -quiérase o no- a los lodos de la revolución rusa, aunque ninguno de aquellos hombres -Belinsky, Turguénev, Bakunin, Herzen o Tolstoi- quiso conseguir el efecto del monstruo bolchevique. Berlin aclara respecto de ellos que no son meros intelectuales, pues «se consideraban unidos por algo más que un simple interés en las ideas. Se concebían como una orden dedicada casi como un sacerdocio seglar, consagrado a difundir una actitud específica ante la vida, algo parecido a un Evangelio».

Berlin es esencialmente un historiador de las ideas, cuya mayor peculiaridad radica en el enfoque desde el que realiza sus análisis o, mejor dicho, en su actitud, lo que el llama el Einfühlung, palabra alemana que puede traducirse como «empatía» y que, en definitiva, significa ponerse en el lugar del otro. «Cuando  yo estaba trabajando en Herzen, Tolstoi, etc., procuraba comprender cómo habrían sido en Moscú, y pensar en los mismos términos de sus conceptos y categorías, de sus palabras… ¿Cómo nacieron sus ideas? ¿En qué época, lugar, sociedad particular?».

A Berlin se le ha calificado de liberal típicamente anglosajón, pero no lo es del todo, porque si bien era liberal en un sentido altamente empirista y realista al estilo inglés, su origen es eslavo. Nació en Riga (Lituania) en 1909. En 1915 se trasladó a vivir a Petrogrado, de donde se marchó en 1919. El resto de su vida giró en torno a Oxford. Pero, como decía Rilke, la patria del hombre es su infancia, y Berlín vivió a los ocho años dos revoluciones rusas. Berlín contó que fue en Londres donde, siendo socio de la London Library, encontró una colección de libros rusos, entre los cuales estaban los de Herzen. Fue este autor «quien me transmitió el gusto por la historia y las ideas sociales y políticas». Efectivamente, a través de Herzen, Berlín nos transmitió su respeto y admiración por los grandes ideales morales que -a pesar de estar revestidos de «grandes visiones despóticas»- movieron a aquellos hombres a luchar por la liberación o redención moral de su sociedad.

El marco histórico en que se desenvuelven los personajes de estos ensayos encuentra su momento significativo a partir de 1848. El libro comienza hablando de la Rusia del año 1848. La reacción despótica que el Gobierno del Zar Nicolás Iadoptó para evitar que la «enfermedad revolucionaria cundiera por el imperio ruso» produjo, a juicio de Berlin, una «cuarentena moral», que debilitó la influencia del liberalismo occidental. Esto provocó que el movimiento progresista ruso fuera volviéndose cada vez «más intransigente e introvertido», y se produjera u n cisma; unos tendieron a la derecha nacionalista (eslavófilos), y los otros hacia el ala populista y la izquierda. El proceso de radicalización fue la constante de todo el siglo XIX, y de los primeros años del XX.

En este ambiente histórico se produce un fenómeno intelectual que Berlín denomina «claustrofobia», favorecido por el estancamiento intelectual y una fuerte opresión social. Son momentos en los que el hombre busca visiones pluralistas con  una actitud de idealismo social cuasi religiosa, en  un proceso de búsqueda de la verdad absoluta. En todos los miembros de la intelligentsia rusa se produjo una evolución similar. Comenzaron con una actitud revolucionaria, de crítica social sistemática, que posteriormente desembocó (en alguno de los casos) en la búsqueda de una gran explicación filosófica que diera sentido único a la redención moral que querían para Rusia. El resultado fueron las grandes «cosmovisiones despóticas», que Berlin agrupa bajo el nombre de «monismo».

Para Berlín, en todos los pensadores hay dos actitudes, dos grandes visiones. Por un lado, aquélla que lo relaciona todo con una visión central,   un   sistema  más  o  menos   coherente,   un   solo  principio organizador, un  solo sentido explicativo de todo. Por otro lado, aquellas actitudes «que persiguen muchos fines, a  menudo no relacionados y aun contradictorios o incoherentes, no vinculados por algún principio moral o estático; estos últimos efectúan acciones y sostienen ideas que son centrífugas,  no  centrípetas». Los primeros son monistas; los segundos, pluralistas. El primer tipo de personalidad intelectual y artística es el de los «erizos»; el segundo, el de los «zorros». En los polos opuestos de cada tipo se encuentran Dostoievski y Pushkin. Monistas serían Belinski, los populistas o los eslavistas. En el campo pluralista se encontrarían los dos grandes modelos de Berlin: Turguénev, como artista, y Herzen, como intelectual en estado puro.

El marco histórico para la explosión intelectual estaba servido, piensa Berlin. La historia de Rusia carecía de una tradición renacentista de educación secular, situación que se vio reforzada por la censura zarista. El resultado fue «una sociedad asombrosamente impresionable, con una inaudita capacidad para absorber ideas». «Estos rusos fueron liberados por los grandes escritores metafísicos alemanes, que los desencadenaron por una parte de los dogmas de la iglesia ortodoxa y, por otra, de las frías fórmulas de los Racionalistas del siglo XVIII». Con esta situación concurrieron unos cuantos jóvenes pensadores y artistas que, aun en el caso del «este t a» Turguénev, estaba n totalmente comprometidos con la idea de que los problemas sociales y morales son las cuestiones básicas de la vida y del arte. La mayoría de ellos eran herederos del romanticismo alemán de Herder, Hegel, Fichte, etc.

En este ambiente, la tarea del filósofo consistía en discernir la marcha de la historia. El deber del hombre era «comprender la textura, el motor, el principio de la vida, de todo lo que existe (…), captar el plan oculto, interno, del universo,  comprender su propio lugar en él y actuar en consecuencia. Tanto en Rusia como en Alemania, flotaba en el aire la convicción romántica de que cada hombre tenía una misión exclusiva que cumplir, en cuanto supiese cuál era. Y esto crea un entusiasmo general por las ideas sociales y metafísicas, quizá como sustituto ético de una religión moribunda». Esta explicación social es una constante en Berlin. Cuando analiza los fenómenos ideológicos del siglo XIX, acentuada en el caso de Rusia. Ello puede sintetizarse en la tesis (que no llega a ser pronunciada por él, pero sí intuida) de la sustitución de la religión por la «ideología».

Sin embargo, para transmitir un reflejo fiel de Pensadores rusos, es preciso  asomarse  al mundo  -como  decíamos  al comienzo-  de la «gente  concreta  que  piensa».  El  primero,  «la  conciencia  de  la intelligentsia rusa», fue Belinsky. Se decía que toda Rusia conocía, y cualquiera que se preciara la sabía de memoria, la carta de Belinsky a Gogol. Belinsky fue «el prototipo original de estos campeones de la humanidad  perseguida»,   el  héroe  moral  e  intelectual  de  una generación,  el  mito,  el  modelo   de  radical,   en  cierto  sentido fundador   del   movimiento   que   culminó   en   1917  con   el derrocamiento  del  orden  social.  No  obstante,  su  mayor  valor intelectual  reside  en su espléndido  trabajo como crítico literario (hechizado,  como  todos,  por  el  gran  Pushkin).  Contrario  a  la eslavófilos,  creyó en un occidentalismo  que al principio  llegó a postular   una  suerte  de  despotismo  ilustrado.  En  este  sentido, escribió: «Rusia es como un niño y necesita una nodriza en cuyo pecho lata un corazón lleno de amor a ese lactante». La metáfora de la nodriza fue posteriormente utilizada por Lean Trotsky, para referirse a la revolución como un lactante que nace y crece, alimentándose de la Madre Rusia.

Pero, posteriormente, Belinsky despertó de ese espejismo idealista y reaccionó con una furia que le llevó a convertirse en un «demócrata revolucionario y, finalmente, en un socialista utópico premarxista. De él son estas palabras: «… socialismo… idea de ideas, esencia de ideas… el alfa y omega de la fe y la ciencia». La influencia de Belinsky fue notable en todos los miembros de la intelligentsia; y no fue ajena a ella la figura central del análisis de Berlin: Herzen.

Éste es el autor que mayor simpatía e influencia despierta en Berlín. Hace poco confesaba  que «durante toda mi vida, Herzen ha sido mi héroe». La atracción personal del autor se deja sentir claramente en estas palabras: «Hay algo singularmente atractivo en quienes conservaron (como Herzen) durante toda su vida, los modales,  el modo de ser, los hábitos y el estilo de un medio refinado y culto». También con Herzen, el autor coincide en una actitud intelectual, expresada por el ruso, contra el dilentantismo y el  Budismo en la ciencia. En ambas manifestaciones distinguía dos clases de personalidad intelectual que Herzen fustigaba. «Una es la del aficionado casual, que ve el bosque pero no ve los árboles, le aterra perder su preciosa individualidad; y la otra es la del que huye del bosque por una frenética concentración en los árboles», que se vuelve un minucioso estudioso de algún minúsculo colectivo de hechos aislados. Entre ambas partes debe haber una situación intermedia, moderada, de compromiso, objetividad y desapasionamiento.

Mas la identificación fundamental del autor con Herzen radica en compartir la misma explicación y actitud acerca de las ideas políticas. La tesis central consiste en la denuncia del terrible poder de las abstracciones ideológicas sobre la vida humana. «Herzen declara que todo intento de explicar la conducta humana en función de alguna abstracción, o de dedicar seres humanos a su servicio, por noble que sea tal abstracción o justicia, progresos, nacionalidad, aun si es predicada por grandes altruistas como Mazzini o Louis Blanc o Mill, siempre conduce al final al holocausto y al sacrificio» (…). Los intentos de adapta r a los individuos a esquemas racionales concebidos en función de una idea teórica, por elevados que sean sus motivos, siempre conducen al final, a una terrible mutilación de los seres humanos (…). Este proceso culmina en la liberación de algunos, siempre al precio de la esclavización de otros». Herzen se identifica así con las ideas centrales por las que ha escrito su obra Berlin; a Herzen le aterraban los opresores del zarismo, pero también los liberadores. Él también creía que las ideologías seculares eran herederas de los «fanáticos religiosos de otras épocas». Tal vez su problema fue no entender q ue la religión nunca fue una ideología, aunque algunos la utilizaran bastardamente como tal. A pesar de que Herzen postulaba una especie de socialismo místico, fundado en la recuperación de la vida campesina rusa, su convicción era liberal,  en el sentido de tener como propósito  de toda lucha política la lucha por la libertad, que no es la «libertad de mañana, es la libertad de hoy», la libertad de hombres vivos con todas sus necesidades individuales.

Herzen, al igual que Berlin, aborrece toda idea determinista de la historia, o cualquier sentido romántico del destino histórico. A Berlin  le gustaba  mucho  repetir  la frase de Herzen  de que «La historia no tiene un libreto». Por eso no creía en un progresismo histórico. Para Berlin, el progreso debe adaptarse al ritmo verdadero del cambio histórico, a las verdaderas necesidades económicas y sociales de la sociedad. En fin, como escribe complacientemente: «En el meollo máximo de la visión de Herzen (y también de Turguénev) se halla la idea de la complejidad e insolubilidad de los problemas centrales, de lo absurdo de tratar de resolverlos por medio de instrumentos políticos o sociológicos». Mi pasado y mis ideas constituye,  a juicio de Berlin, la obra más «importante de todas las representativas de la intelligentsia» rusa.

No termina en Alexander Herzen el análisis de Berlin. Su estudio toca todos los aspectos y polos de la intelligentsia. Particularmente, merece la pena leer su lúcido y objetivo análisis del ‘populismo ruso», quizá el movimiento de izquierda revolucionaria de mayor trascendencia dentro y fuera de las fronteras de Rusia. Propiamente hablando, el populismo abarca un movimiento radical que se manifiesta fundamentalmente entre los años sesenta y setenta, y que culmina con el asesinato del Zar Alejandro JI. El elemento crítico común a todos sus miembros era la creencia de que el gobierno y la estructura social de su país constituían una monstruosidad moral y política («caduca, bárbara, estúpida y odiosa; y dedicaron toda su vida a su destrucción total»). Las principales metas populistas eran la justicia y la igualdad social. Además, compartían con Herzen la idea de que la esencia de una sociedad justa tenía un modelo en la comuna campesina rusa -la «obschina»-, organizada en forma de una unidad colectiva llamada «mir». Todos ellos compartían una cierta visión apocalíptica: una vez derrocada la autocracia, surgiría espontáneamente un orden sano, armonioso y justo. Los populistas compartieron todas estas ideas con personajes como Bakunin o Lenin.

También en ellas se observa ese fondo místico religioso que sustituyó el paraíso del más allá por la creencia en el paraíso en la tierra. Los personajes más representativos van desde Nikolai Chernyshevsky -el más moderado- al más radical Tkachev, cuya fe en una élite jacobina de revolucionarios profesionales, como única fuerza capaz de contener el avance del capitalismo, fue el auténtico origen intelectual de Lenin.

Todavía en este contexto, los personajes concretos vuelven a centrar el interés de Berlín. Por ello, cuando trata de explicar el fenómeno del «nihilismo» como principal consecuencia del movimiento populista ruso, cuenta la historia a través de un personaje de novela: Bazarov, el  protagonista  de  Padres  e  Hijos,  de  Ivan Turguénev. Téngase en cuenta que la labor intelectual de la intelligentsia rusa se plasmó en obras literarias. Sus protagonistas son, fundamentalmente,  escritores  que  a  través  de  la  literatura transmitieron la descripción crítica de la sociedad que denunciaban, y el propósito moral de redención que postulaban. Berlin no analiza a Dostoievski, que nunca le fue simpático, tal vez por sus radicales planteamientos morales. Su análisis se centra sobre todo en Tostoi y Turguénev. Sus simpatías alcanzan especialmente a este último, cuya visión esteticista y pluralista comparte Berlin con Herzen y con otros escritores rusos posteriores, como Chestov o el poeta Brodski.

Berlín aborrece siempre de la escritura con pretensiones teológicas; de ahí su antipatía por los eslavófilos o pensadores rusos posteriores, como Berdiaev o Bulgakov. Isaiah Berlín comparte el rechazo de los miembros de la intelligentsia rusa por la iglesia, particularmente por la iglesia ortodoxa. Él era judío y, aunque en ningún momento se declarase ateo, tampoco se declaró judío practicante. Su crítica de la religión es una crítica institucional al dogmatismo y, particularmente, al fanatismo que mezcla religión y política. Parece que él mismo cayó en la trampa, pues nunca supo distinguir ambas cuestiones.

Mas, volviendo a Bazarov, Berlín termina su ensayo con este personaje. Bazarov es el prototipo de nihilista, de revolucionario radical. En él se sintetizan el modelo de vida ascética del revolucionario profesional de Netchaev y el nihilista cultural, definido como el reverso de los valores tradicionales de Occidente. Pero, como bien destaca Berlín, la crítica de Bazarov, su rebeldía, no se propone descubrir la verdad científica. Bazarov y sus amigos nihilistas son simples predicadores; «Denuncian las grandes frases, la retórica, el lenguaje hinchado y pesado para sustituir todo ello por su propia propaganda».

Éste es, en síntesis, y a pesar de su aparente increencia o relativismo, el nihilismo que aborrece  Berlín, y que a su juicio no compartía la intelligentsia rusa. Pues, como dice Berlín, la revolución de 1917 mató a la intelligentsia rusa, cuya aspiración máxima fue la ilusa pretensión de redimir moralmente a su país a través  de la historia. Las creencias de Berlín son más humildes y se pueden resumir en estas ideas que él pronunciaba poco antes de su muerte: «Existen valores universales. Se trata de un hecho empírico que se da en la humanidad (…). Por otro lado, existen grandes diferencias. Si uno logra comprender en qué difieren unos de otros los individuos, grupos, naciones…  habrá empezado a superar la inclinación a la intolerancia y al fanatismo ciego».

Pensadores rusos comienza con una frase de A. Herzen, en la que su autor previene al lector y le indica que él no posee la «omniscencia». Por esa razón, Herzen le avisa de que «no busque soluciones en este libro: no hay ninguna». El valor del libro reside en que narra la tragedia intelectual de una generación y un pueblo, el de Rusia, que ha alterado profundamente la historia contemporánea. Sus protagonistas son los miembros de la intelligentsia y su historia es la de una camino de «sufrimiento hacia la verdad». El final es el de una tragedia que expresa bien la anécdota que, en la conclusión del libro, se cuenta de Dostoievski: »Añadía que escribiría una novela, cuyo héroe será Aliocha Karamazov. Le haría pasar por un monasterio y luego le haría revolucionario, cometería un asesinato político, y sería ejecutado. Buscaría la verdad y, en el curso de su búsqueda, muy naturalmente se volvería revolucionario…». Inevitablemente, y a pesar de todo, tengo que volver a recordar las palabras de Berdiaev: la libertad está en el reino del espíritu, no en el reino del César, pues el César no quiere la libertad de nadie. Esto es lo que no sabían los pensadores rusos de Isaiah Berlin.