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John Brockman y Katinka Bateson, (eds.)
Así son las cosas
Debate, Madrid 1996.

John Brockman, (eds.)
La tercera cultura. Más allá de la revolución científica
Tusquets, Metatemas 43
Barcelona 1996

Una de las paradojas más notables de la modernidad es que la importancia que adquiere la ciencia como factor de modelización de la conciencia no se apoya en un efectivo conocimiento de la ciencia misma, cosa que siempre está al alcance sólo de relativamente pocos, sino que se funda en la difusión de una soi dissant mentalidad científica que, como mínimo, debería resultar ligeramente sospechosa para quien aprecie de verdad el valor del conocimiento objetivo. Estamos, pues, ante una situación en que los filósofos pueden quejarse del cientificismo casi justamente por las mismas razones por la que los científicos duros (a esperar que no de mollera) se lamentan de la escasa relevancia que la cultura científica alcanza en la opinión pública.

John Brokman, editor de los dos libros que comentamos, lo mismo que Katinka Bateson que comparte responsabilidad en la primera de las selecciones, es un agente literario dedicado a la gestión de derechos de autores científicos. Entre estos hay un buen número de autores de fama mundial, de estrellas del universo mediático-científico, gentes que el común de los mortales asocia a alguna de las disciplinas científicas más relevantes de la actualidad.

Ambos libros recogen una serie de breves escritos de estas estrellas del saber. La tercera cultura se inicia con una brevísima introducción de Brokman en que pretende poner en marcha la sugerencia de C. P. Snow en torno a una tercera cultura, la pretensión de que los científicos son también intelectuales y que los hombres de letras deberán permanecer atentos a lo que tienen que contar. En realidad, lo que sucede es que algunos científicos que estiman estar en condiciones de sentar cátedra universal se dedican a pontificar sobre asuntos en los que, a veces, su audacia es mayor que su competencia. De hecho, uno de los méritos de esta edición es que a las exposiciones de cada cual le siguen varias críticas de sus pares que, cuando no son elogiosas, resultan muy estimulantes porque muestran la distancia que existe entre la intuición y el resultado efectivo.

La lectura de estos textos es, como mínimo estimulante. Además, entre ellos hay alguna verdadera joya: en particular, el texto de David Gelernter «El estudio del Talmud» (pp. 227-235 de Así son las cosas) es una verdadera delicia. Gelernter ironiza a fondo sobre la chifladura y el afán de novedad que rodea (y esteriliza) ciertos ambientes de la universidad americana.

Los saberes llamados a capítulo en estos textos son varios: la biología, la inteligencia artificial, la cosmología, la neurofisiología, aquellos saberes que, en suma, están más cerca de las preguntas básicas y que han encontrado un modelo exportable en amplios espectros de la opinión pública: la evolución, las máquinas que piensan, el big-bang, la complejidad del cerebro (que todo lo explica) etc.

Hay en muchos de ellos un anhelo de unidad, casi diría que de una nueva metafísica una vez que se ha comprobado que el positivismo estricto produce estreñimiento intelectual. En general esa búsqueda se orienta hacia lo desconocido, aunque existen también personajes persuadidos de que ya tenemos la verdad en las manos y lo que hay que hacer es combatir los prejuicios anti-científicos que aún colean como la religión, la filosofía, la libertad, etc. De esta especie son Dawkins, Minsky, en cierto modo Schank, y Dennett que es el filósofo de cabecera de todos ellos. No sé si es necesario aclarar que son evolucionistas, es decir, que lo saben todo.

De la primera de las colecciones, además del excelente texto de Gelernter, hay que destacar las contribuciones de Lynn Margulis, Hao Wang, Nicholas Humphrey, Roger Schank, Steven Rose, y Lee Smolin que versan sobre asuntos tan diversos como la educación, el kéfir o el tiempo. Son, en efecto, pequeñas maravillas de la divulgación orientadas no al almacenamiento de datos, por sorprendentes que sean, sino a la pregunta, a esa clase de admiración que necesariamente nos mueve a pensar.

En el segundo de los libros a que me refiero se repiten muchos de los nombres aunque el editor se ha centrado más en dos de las grandes broncas que han sacudido el ambiente académico americano en las pasadas décadas: la de Stephen Jay Gould y los suyos contra la sociobiología de Wilson y la de los herederos de Skinner (Minsky, Schank etc.) contra los lingüistas chomskyanos. Los artículos son, en general, algo más extensos y van siempre seguidos de comentarios de algunos de los componentes de ese collegium invisibile que, por una vez, no siempre reaccionan de modo escolástico sino que se permiten heterodoxias y sinceridades que permiten colocar los prestigios adquiridos a una luz nueva, la que nos enseña no tanto lo que sabemos, como lo mucho que realmente ignoramos.


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