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Ver productosLa autora recupera el proyecto ilustrado que convertía el ideal estético en emblema de libertad, territorio de encuentros y de diálogo. Por eso considera que las instituciones culturales deben superar su lastre burocrático y fomentar el contacto permanente con el público.
Cualquier tipo de consideración sobre el estado de la cultura contemporánea se enfrenta a un campo de enorme complejidad en el que las perspectivas son siempre múltiples. Ello trae consigo que los métodos de la gestión cultural, los proyectos políticos y los planteamientos institucionales tengan que revisar constantemente sus estrategias para ser capaces de responder a las demandas de los distintos públicos, buscando, dentro de un rigor, una posición de pluralismo que permita reconocer las distintas cartografías de las artes.
Tendremos que convenir que el arte, en la perspectiva finisecular, aparece como símbolo del estatus social, actividad para el ocio ciudadano y, en algunos momentos, como el mismo sustituto de lo “espiritual”, que genera, en cualquier caso, un ritual en tomo al cual se desarrollan múltiples “ceremonias”. La experiencia estética, señala José Jiménez, está inmersa en la contemporaneidad dentro de una encrucijada que no es la que marcaba el corte entre vanguardia y tradición, ya que a lo que “estamos asistiendo (es) al necesario nacimiento de una nueva moral de la actividad artística o a su disolución”.
En una conversación entre Catherine David, directora de la última Documenta de Kassel y el teórico Paul Virilio, uno de los críticos más coherentes de la cibercultura, se plantea una importante reflexión sobre la “dislocación del arte contemporáneo”, su dificultad para definir su territorio y, especialmente, para sostenerse en un “aquí y ahora”: “Hay que inventar -llega a decir el autor de La máquina de visión- dispositivos de exposición (…), resulta urgente cortar el paso al zapping”. No cabe duda de que, en nuestro imaginario, se mantiene la idea de un arte que no sería en diferido, sino en tiempo real, aunque su situación sea procesual o la obra adquiera el signo del trayecto. Recuperar la dimensión testimonial de la experiencia cultural es necesario, tanto como asimilar que ya ha acontecido “el final de un mundo”, aquél en el que la obra podía mantenerse ajena a las condiciones contextuales.
El mismo Virilio ha establecido, de forma esquemática, una logística de la imagen y de sus eras de propagación. En primer lugar, encontramos la “lógica formal” de la imagen (pintura, grabado y arquitectura) clausurada en el siglo xvm; después surge, con la fotografía, la “lógica dialéctica”, para llegarse, por último, a la “lógica paradójica” de la imagen, que es la que se inicia con el invento de la videografía, la holografía y la infografía, en un agotamiento de la lógica de la representación pública. En este tránsito de la “realidad” de la representación pictórica a la actualidad de lo foto-cinemático, hay una preparación de lo “virtual”: imágenes en las que se transtoma la noción misma de realidad, capaces de producir una crisis de las representaciones públicas tradicionales (gráficas, fotográficas, cinematográficas …) en favor de una representación, de una “presencia paradójica” (telepresencia) que suple su misma existencia, aquí y ahora.
Ciertamente, el modo de difusión de las imágenes por las reproducciones ha desmaterializado en gran medida al propio arte, eliminando el espesor, las proporciones reales y los valores táctiles. El imaginario contemporáneo recompone la tabla de las semejanzas y las similitudes; la obra de arte se convierte en una unidad abstracta, integrable sin dificultad en los canales de comunicación masiva. A este respecto, Umberto Eco se cuesionaba: “¿Qué acción cultural es posible para hacer que estos medios de masa puedan ser vehículo de valores culturales?”. Esta pregunta, señala el propio autor, “mantiene toda su radicalidad desafiando a cualquier acción político-culturar’, y obliga a tomar decisiones, sin refugiarse en astucias teóricas o en las formas más elementales de la retórica de la negatividad y el resentimiento.
Resulta sorprendente la facilidad con la que las posiciones victimistas se camuflan tras el “pesimismo cultural”, reemplazando la falta de discusión de los proyectos por la descalificación sin argumentos. Conseguir crear un espacio, abrir espacios para la práctica cultural no es precisamente tarea fácil; supone, entre otras cosas, “tomar partido por la creación”, comprometerse con el tiempo en el que vivimos y abrir nuevos horizontes. La vivienda contemporánea es la del “no lugar”, tal y como lo ha denominado Marc Augé, a partir del cual se establecen distintas actitudes individuales: la huida, el miedo, la intensidad de la experiencia o la rebelión. Podríamos pensar que la historia transformada en espectáculo arroja al olvido todo lo “urgente”. Es como si el espacio estuviera atrapado por el tiempo, como si no hubiera otra historia que las noticias del día o de la víspera, como si cada historia individual agotara sus motivos, sus palabras y sus imágenes en el stock de una inacabable historia del presente.
EL MUSEO, MONUMENTO MODERNO
En esta “dislocación” surge el Museo como uno de los dispositivos fundamentales del mundo del arte, “máquinas de cultura” que tienden a implantarse y crecer desordenadamente. En este sentido, por el tipo de preguntas a las que trata de responder, el Museo depende de una metodología o mentalidad arqueológica, mientras la museografía parece obsesionada por mantener a raya lo heterogéneo. Las instituciones culturales y especialmente el museo serían los depositarios del esfuerzo heroico para salvar el abismo, el ámbito en el que estaban localizados los testimonios de la resistencia. Caminando por el museo, Valery se pregunta qué ha venido a hacer a un sitio que tiene algo de templo y de salón, de cementerio y de escuela: “¿He venido a instruirme, a buscar un encantamiento o a cumplir con un deber y a actuar conforme a lo conveniente? O incluso, ¿no será esto un ejercicio peculiar, un paseo abigarradamente entreverado de bellezas y desviado, a cada instante, a derecha e izquierda por estas obras maestras entre las cuales es preciso comportarse como un borracho ante los mostradores?”. En algunos momentos, arrastrados por la percepción distraída, todas esas criaturas abandonadas que son las obras de arte acaban imponiendo la fatiga.
El museo actual es el monumento moderno por antonomasia, monumento que, en algunos casos, parece celebrar su vacuidad. Baudrillard hablaba de la suprema ironía del Beaubourg: las masas se vuelcan sobre el museo no porque se estremezcan ante una cultura que les viene frustrando siglo tras siglo, sino porque por primera vez tienen la ocasión de participar multitudinariamente en el inmeso trabajo de enterrar una cultura que en el fondo siempre han detestado. A su vez, Arata Isozaki, arquitecto del Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles, sostenía que si en el pasado los edificios religiosos desempeñaron un importante papel en la sociedad, ahora los museos van a ocupar “el lugar en el que ya no están los dioses. Hacer arte es parecido a llevar a cabo un acto religioso”.
El museo es, habitualmente, la “caja blanca”, el espacio de la pureza, un espacio que siempre dice la verdad y que sustrae de la banalidad del presente aquello que ingresará en la historia. El artista sería, en este contexto, el santo para el que son precisos los nuevos templos, los lugares de culto, allí donde el silencio celebra lo excelso. Con todo, el aumento exponencial del número de museos, como ha afirmado Jean Clair, podría ser no tanto un signo de realización como de decadencia espiritual, de la misma manera que la multiplicación de los templos romanos no marca el apogeo sino el fin de una gran civilización. Al presentar la Bienal de 1993 del Whitney Museum, el director David Ross escribió que inherente a un museo de arte es la responsabilidad de cuestionar tanto como de celebrar, de provocar tanto como de conciliar: “De hecho, el museo debe ser un santuario para un mundo cansado de guerras y, sin embargo, su grandeza reside en su capacidad para funcionar simultáneamente como un lugar para el enfrentamiento de valores e ideas”.
Sin embargo, más allá de la visión que atiende a la esclerosis institucional, algunos museos han demostrado que pueden ser algo más que imponentes máquinas de “congelación de ideas”, y que es posible romper entre sus paredes ese pacto que reduce todo al “silencio”. Desde esta perspectiva, lo que Douglas Crimp llama las ruinas del museo puede que no sea otra cosa que su “reterritorialización”.
En este sentido, he planteado en alguna otra ocasión una pregunta que considero esencial: ¿qué museos queremos? Frente a las posiciones que intentan mantenerse ajenas a todo, como si eso fuera posible y válido, lo cierto es que la realidad museográfica a la que nos encaminamos requiere de una actitud mucho más porosa en cuanto a los criterios que deben ser utilizados. Nuestros museos, de ser considerados como simples depósitos de obras o como almacenes de nuestro pasado, evidentemente estarían condenados al más recalcitrante de los inmovilismos. Los presupuestos teóricos del museo del siglo XXI no pueden responder a una suerte de “obsolescencia planificada”, sino que requieren una constante revisión, ya que su propia realidad ha de venir definida por su propio carácter no estático. Un museo que no sea capaz de generar esta movilidad y este dinamismo, es decir, que se vea imposibilitado para propiciar un debate con repercusión social, es una institución que, lamentablemente, estará cerrando las puertas al cambio y a la renovación. En cuanto al proyecto ideal de museo, considero que, en un momento en el que se cuestiona la idea ilustrada que subyace a la noción de museo, es más oportuno convertir a éste en un ámbito vivo, permeable y abierto a la discusión.
ESTIMULAR EL PLURALISMO Y LA DESCENTRALIZACIÓN CULTURAL
Vivimos en un gran momento de efervescencia cultural, tanto desde el punto de vista de la iniciativa pública como de la privada, en el que es necesario estimular una cultura viva y divergente, “dar espacio al pluralismo”. Es evidente que la descentralización cultural es una de las bases para la correcta política de difusión cultural; no se trata de dividir colecciones, ni de disgregar fondos patrimoniales, sino de que en cada zona, municipio, comarca o provincia existan instituciones culturales adecuadas a su historia y situación socio-política. Tal estrategia descentralizadora o, mejor, “creadora de un tejido reticular” para la cultura requiere de una coordinación dinámica de programaciones.
El Consorcio de Museos que impulsé en la Comunidad Valenciana ha sido un instrumento novedoso capaz de producir “vertebración” pero, sin crear por ello centros o jerarquías que, con frecuencia, son incapaces de prestar atención puntual a los ciudadanos. El sentido del Consorcio de Museos es coordinar e impulsar el patrimonio museístico de la Comunidad Valenciana, fomentar la creación de nuevos espacios expositivos, trazar las directrices de las adquisiciones y favorecer el mecenazgo, así como estimular el trabajo creativo de los artistas valencianos o relacionados con la Comunidad. La investigación y la divulgación, basada en rigurosos criterios didácticos, es también fundamental en un proyecto de esta índole. Frente a una política basada exclusivamente en la exhibición de artistas de prestigio internacional, he planteado la creación de un modelo de institución cultural que actúe como elemento dinamizador de su propio tiempo y que, a su vez, sirva como núcleo generador de propuestas artísticas multidisciplinares de carácter abierto, plural y vivo.
En relación con la labor desarrollada desde el Consorcio de Museos y con la acción cultural concreta emprendida desde el mismo destacaría, entre otras iniciativas, la creación de infraestructuras en Alicante (donde se amplió la Sala Municipal de la “Lonja del Pescado”) y en Castellón, donde se está construyendo el Espacio de Arte Contemporáneo (EAC). Asimismo, estamos trabajando en la rehabilitación del antiguo convento del Carmen de Valencia, para ubicar en él un Museo del Siglo XIX. Al mismo tiempo, proseguimos con las obras de la IV fase de ampliación del Museo de Bellas Artes de Valencia … A través de todo ello, lo que buscamos es elaborar, de forma sistemática, un diseño de gestión cultural adaptado a las necesidades de nuestra Comunidad. De este modo, desde la Dirección General de Promoción Cultural, Museos y Bellas Artes de la Generalidad Valenciana se ha puesto en marcha una política de vertebración y exhibición de artistas valencianos por todo el mundo. Hemos realizado 205 exposiciones nacionales y 51 internacionales y se han editado, hasta el momento, 87 catálogos diferentes, en un esfuerzo que no tiene precedentes en la historia y estrategia cultural de las últimas décadas en nuestro país.
Es indudable que el arte necesita de un apoyo institucional, por la especificidad del objeto con el que trabaja. Este hecho, a su vez, no surge como una novedad en nuestra época, ya que históricamente ha constituido una constante en nuestra cultura. Estas apreciaciones, sin embargo, no deben llevamos a pensar que la situación ideal es aquélla en la que las instituciones apoyan de una manera absoluta toda iniciativa artística y cultural; si ello fuera así, caeríamos en un excesivo control que influiría muy negativamente en el propio desarrollo creativo. En este sentido, conviene recordar que la colaboración con la empresa privada es tan fundamental como necesaria, un hecho éste que hemos podido constatar mediante el Centro Técnico de Restauración que hemos desarrollado en el Museo de Bellas Artes de Valencia.
Junto a ello, considero importante desarrollar el campo de los contactos y la implicación efectiva del sistema educativo en el contexto de los proyectos culturales. Resulta sorprendente la vinculación, en ocasiones un tanto escasa, de la Universidad y del profesorado, especialmente el de enseñanza secundaria, en la dinamización de las instituciones culturales, como si fuera posible educar sin prolongar la formación fuera de las aulas, estimulando a los estudiantes a asistir a conciertos, representaciones teatrales o exposiciones. También es evidente que con la mera “presencia”, colectiva o individual, no basta. Se hace necesario desarrollar conjuntamente programas de participación educativa en las actividades culturales, e impedir que el aplauso o el silencio reverencial sean las únicas reacciones. Ha de existir una interacción, a partir de la cual pueda reorientarse y lograr mayor precisión o, sencillamente, diálogo.
Para contribuir a este diálogo hemos desarrollado, desde el Consorcio de Museos, ciclos de exposiciones en los que se han abordado “cuestiones problemáticas” como el multiculturalismo, el mestizaje de lenguajes, las relaciones entre el arte y el compromiso o el papel que desempeña la mujer en la creación artística. El objetivo que nos ha impulsado ha sido muy claro: fomentar una imagen y un proyecto cultural de diversidad, apertura y tolerancia.
A su vez, la propia estrategia de itinerarios de artistas valencianos, que ha venido a atajar la concepción de nuestro territorio expositivo como “mero peaje” en el que estacionaban exposiciones generadas en otras latitudes, sin conseguir prácticamente nunca introducir en esos canales nuestros proyectos, ha estado sostenida por una meditación práctica en torno a la dialéctica de “globalización y localización” .
En este sentido, ante el reto del siglo XXI, el camino más productivo y acorde con los planteamientos culturales hemos de hallarlo en el establecimiento de unos principios de diálogo. En los últimos dos años han sido frecuentes e intensos los intercambios en los que hemos trabajado con exposiciones y artistas de museos de toda América. Recientemente, celebramos en el Museo de Bellas Artes de Valencia un Simposio Internacional para tratar sobre las relaciones entre España y América en lo que se refiere a problemas museísticos, en el que se debatió sobre la identidad cultural de los museos, la experiencia estética contemporánea en una situación de hibridaciones y las estrategias que permiten una proyección, promoción y reconocimiento mutuos. No pretendo ofrecer un conjunto de “respuestas”. Tenemos que enfrentarnos a nuevas propuestas, intercambiar experiencias y contrastar métodos, para conseguir que los límites de las instituciones culturales y el “proteccionismo” se supere gracias a fórmulas de promoción cultural “dinámicas”.
Tenemos que aprender, por tanto, a pensar el espacio de la cultura o, mejor, sus múltiples manifestaciones, partiendo tal vez de la “visión de la sobremodernidad”, concebida como un territorio en el que proliferan los “no lugares”, a los que anteriormente ya me he referido. Por ello debemos recuperar, como propone el escultor Siah Armajani, el arte como “espacio para la acción comunicativa”. Pienso, en este sentido, en un proyecto tan ambicioso como el de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias, en donde se crearán los institutos de música, cinematografía y restauración-conservación, así como el palacio de la ópera y el museo de las ciencias. Qué duda cabe de que puede actuar como foco privilegiado para superar la experiencia de la dislocación y ofrecer procesos culturales en los que el internacionalismo se conbine con el enraízamiento. Un buen ejemplo de ello es la creación, en un espacio arquitéctonico y urbanístico tan singular, del proyecto de un “parque escultórico” en el que intervendrán artistas de reconocido prestigio para plantear una revisión significativa de las tendencias de nuestro tiempo y un diálogo con el propio contexto.
El esfuerzo que está haciendo la Generalidad Valenciana para generar un amplio tejido cultural que se sustente en la diversidad es significativo. En este sentido, es necesario, ciertamente, realizar estudios de usuarios de las instituciones culturales para ajustar las planificaciones. En el caso de los museos, es también evidente que la asignatura pendiente es la didáctica, una materia que no es accidental, sino vertebral. Cuando pienso en la didáctica en los Museos, no me refiero a esas actividades convencionales que suelen reducirse a talleres infantiles; estoy aludiendo a una serie de programas diversificados capaces de atender a públicos tan diferentes, por ejemplo, como son los adultos que están en período formativo universitario, profesionales de distinto tipo, jubilados con intereses y situaciones distintas, etc. Paralelamente, las presentaciones de las colecciones (tanto como las de las exposiciones temporales) tienen que estar mediadas por estructuras didácticas, códigos narrativos, fórmulas que capaciten y permitan que en las solemnes salas del museo suceda algo más que “sobrecogimiento ante lo sublime” o la sensación, más común de lo que pensamos, de incomprensión.
La “tarea política” en el campo de la cultura podría sintetizarse en aquel proyecto ilustrado que convertía el ideal estético en emblema de la libertad, territorio para los encuentros y el diálogo. Las instituciones culturales tienen que superar su lastre burocrático y volverse ágiles, ofrecer información y contactos permanentes a los públicos, y combinar tanto la “poética del aquí y el ahora”, con la potencia de las redes de comunicación. El reto que se nos plantea está, sin duda alguna, lleno de complejidad. Sin embargo, resulta apasionante. Sin refugiarnos en la nostalgia, debemos por ello fomentar el diálogo y el conocimiento mutuo. A fin de cuentas, ésta es la única divisa con la que podemos enfrentarnos a un proyecto cultural de futuro.
Antonio Millán-Puelles nació en Alcalá de los Gazules (Cádiz), el 11 de febrero de 1921. Cursó los estudios de Filosofía en las Universidades de Sevilla y Madrid. Obtuvo el Premio Extraordinario de Licenciatura y Doctorado. Ganó por oposición, con el número uno, una cátedra de Bachillerato. En 1951, ganó, también por oposición, una cátedra en la Universidad Complutense de Madrid, con docencia en Fundamentos de Filosofía, Historia de los Sistemas Filosóficos y Filosofía de la Educación. En 1976, pasó a ser catedrático de Metafísica en la misma universidad. Dirigió posteriormente el Departamento de Filosofía Fundamental de la antigua Facultad de Filosofía y Letras.
Ha sido Gastprofessor en la Universidad de Mainz. Es Profesor Extraordinario de la Universidad de Navarra y ha sido Profesor Visitante en la Universidad Panamericana (México), Profesor Honorario de la Universidad Adolfo lbáñez (Chile), y durante una larga temporada, Profesor de Metafísica y Filosofía de la Naturaleza en la Universidad argentina de Cuyo (Mendoza), lo que le valió el reconocimiento de servicios diplomáticos en esa República (1953).
En 1960, recibió el Premio Nacional de Literatura (Ensayo). En 1966, el Premio Juan March de Investigación Filosófica. En 1976, el Premio Nacional de Investigación Filosófica y, en 1996, el Premio Alétheia, concedido por la Academia Internacional de Filosofía de Liechtenstein. Es poseedor también de la Gran Cruz al Mérito Civil.
Desde 1976 es Académico de la Real de Ciencias Morales y Políticas. Ha sido Consejero del Consejo Superior de Investigaciones Científicas , Consejero Privado de don Juan de Borbón, Miembro Honorario de las Universidades Argentinas , Socio de Honor de la Sociedad Mexicana de Filosofía , Consejero Cultural de la Fundación General Mediterránea , miembro de la Junta Directiva de la Sociedad Internacional de Fenomenología y Presidente de la Sociedad Española de Fenomenología, Patrono del Museo del Prado , Profesor de la Escuela Diplomática y colaborador cultural de la Limmat Stiftung de Zürich (Suiza) y del Lindenthal lnstitut de Küln (Alemania).
Es autor de dieciocho libros, casi un centenar de artículos y monografías científicas, prólogos y traducciones. Sus trabajos y colaboraciones periodísticas superan el medio centenar.

Alejandro Llano.- He pensado que un buen criterio para conducir esta conversación sería el cronológico; podríamos hacer una especie de biografía intelectual, que naturalmente no pretende ser exhaustiva. Aunque yo la conozco algo, porque somos viejos amigos, la mayoría de la gente ignorará muchos aspectos de su vocación filosófica. Mi primera pregunta, pues, sería: ¿cómo se le ocurrió, Antonio, dedicarse a la Filosofía?
Antonio Millán-Puelles.- Decidí dedicarme a la Filosofía después de haberme encontrado casualmente con una obra de Husserl llamada Investigaciones lógicas. Yo había adquirido algunas nociones de filosofía en el bachillerato, por lo que tenía alguna noticia de la fenomenología. Pero en mi casa todos eran médicos: mi abuelo materno lo había sido, el paterno también, mi padrino lo era, lo mismo que mis tíos y mi padre. Así que mis nociones filosóficas eran elementales.
Cuando acabé el bachillerato a los quince años, yo no sentía inclinación especial por ninguna profesión. El ambiente familiar me predisponía a estudiar Medicina, o Química, o algo de Ciencias; así lo haría en cuanto se abriera la universidad, después de la guerra.
Por otra parte, mi padre tenía una buena biblioteca, y yo frecuentaba la de la Diputación Provincial de Cádiz. Allí había leído algunas cosas de Nietzsche, de Ortega, etc. Pero un buen día, en una librería (creo que se llamaba Librería de la Marina), me encontré con una obra que tenía un título para mí desconcertante: Investigaciones lógicas.
La investigación era para mí algo que se podía hacer en Biología, por ejemplo, o en Medicina. Mi padre, gran admirador de Santiago Ramón y Cajal, se dedicaba a investigar las enfermedades tropicales: el paludismo, la fiebre recurrente y esas cosas. También podía entender que se hablara de investigación en Física. Pero cuando vi en aquella librería gaditana un libro titulado Investigaciones lógicas, pensé que en Lógica precisamente ya estaba todo dicho; yo no era kantiano, pero pensaba que en Lógica no había nada nuevo que investigar. Así que concluí: investigaciones lógicas, ¡qué disparate! Pero compré el libro, me fui a mi casa y empecé a leerlo.
La obra de Husserl me sedujo total y absolutamente. Su lectura, y en especial la segunda de las investigaciones lógicas, fue para mí algo fabuloso. En aquella idea de la especie y las teorías modernas de la abstracción, encontré, dicho con términos que no son de Husserl, y que yo entonces hubiera sido incapaz de emplear, una defensa de la irreductibilidad del conocimiento intelectual al sensorial, que venía a probar de paso la inmortalidad del alma humana.
Si nuestro conocimiento no es solo sensorial, como el de un gato, sino también intelectual, nuestra alma no puede ser como la del gato. Esto es fundamental para la inmortalidad del alma humana. Si la diferencia entre conocimiento sensible e intelectual fuera solo de grado, y no de especie, nuestra alma no tendría que ser inmortal, como tampoco parece que lo sea la del gato.
En definitiva, yo me llevé la gratísima sorpresa de que cupieran las investigaciones lógicas en Filosofía. Y no solo eso, sino que además me resultaban mucho más interesantes que las cosas que hacía mi padre, que las que hacía nada menos que Santiago Ramón y Cajal y los otros científicos.
Le comenté a mi padre que quería dedicarme a la Filosofía. Él era un hombre de carácter, sus reacciones podían ser terribles, aunque a mí me quería mucho. Para mi sorpresa, me contestó: “Vamos a esperar dos meses antes de abandonar definitivamente lo de la Medicina. Si dentro de dos meses me vuelves a decir lo mismo, y no que quieres estudiar Astronomía porque has encontrado en una librería una obra que te ha encantado, entonces es que vas por el buen camino al elegir Filosofía”.
A los dos meses yo seguía en mis trece. Mi padre estuvo de acuerdo en que empezara Filosofía. Como ya había terminado la guerra, pude matricularme en la Facultad de Filosofía y Letras de Sevilla, donde iba a estudiar dos cursos completos.
A.LL.-¿Qué ambiente se encontró allí, desde el punto de vista intelectual?
A.M.- Como recordará también Antonio Fontán, que era de un curso inferior al mío, Francisco Murillo ejercía un influjo tremendo allí. Nunca fue un gran investigador, pero sí un excelente docente y, sobre todo, un impulsor de la dedicación profesional a la Historia del Arte. De él proceden los grandes investigadores en Historia del Arte de Sevilla o de Madrid, como el profesor Pérez Embid y otros.
En la universidad, los alumnos estudiábamos mañana y tarde. Si faltabas a los estudios del Laboratorio de Arte, no podías aprobar la asignatura. El ambiente era más bien historicista; no en el sentido filosófico de la palabra, sino en el sentido de un predominio del cultivo de las ciencias históricas. La presencia del Archivo de Indias condicionaba también el desarrollo de la Historia de América. Por mi parte, me tomé aquellos estudios muy en serio, con una dedicación casi exclusiva, que me dejaba muy poco tiempo para leer Filosofía.
Con el segundo curso apareció Luis Morales, catedrático de Literatura, a quien le asignaron además la Filosofía. No sé por qué regla de tres ni por qué conversaciones que mantuvo con algunos alumnos, el caso es que decidió que como él -así lo dijo- no sabía palabra de Filosofía, fueran algunos estudiantes los que se prepararan los temas y los expusieran en clase. López de Munaiz tuvo que explicar Filosofía Antigua y Medieval, y a mí me cayó la Moderna y la Contemporánea, que explicamos mientras el profesor Morales estaba sentado tomando apuntes. Lo único que nos exigía era seguir su método. Antes de empezar a hablar, había que hacer un esquema en la pizarra, con un sistema de llaves que permitiera abarcar toda la lección que iba a impartirse. Por tanto, había que prepararse muy bien aquellas lecciones.
Por cierto, como ya he dicho, Antonio Fontán estudiaba un curso por debajo del mío, y lo que Luis Morales hacía en Filosofía con aquel franciscano y conmigo, lo hacía en Latín, asignatura que también había acumulado, con Fontán. Así que Antonio se hizo cargo de la asignatura. Cuando Luis encontraba una palabra en latín que no conocía, le preguntaba a Antonio, que era un diccionario viviente. Estos recuerdos de juventud me resultan muy gratos.
Por lo que a mí respecta, aquel método me vino muy bien, porque pude estudiar Filosofía. Pero entonces no me pude presentar a Historia del Arte, pues no había tenido tiempo para prepararme bien la parte de pintura española. Como había que superar aquello, aunque fuera por vergüenza torera, decidí hacer un viaje a Madrid y visitar el Museo del Prado. Con el tiempo llegaría a ser patrono del Prado, junto con López Ibor, Pérez Embid y otros. Entonces su director era Diego Angulo, de quien fui compañero en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid.
El hecho es que, como tuve que dedicar bastante tiempo a la Filosofía, pude escribir un pequeño opúsculo, que hoy consideraría completamente empirista, llamado: Teoría de las constantes fenoménicas. Lo he perdido, pero me refiero a él porque forma parte de mi biografía filosófica. Fue lo primero que escribí de Filosofía. En aquella obra trataba de explicar el problema de los universales, que yo afrontaba -lo diré brevemente- en los siguientes términos.
La reproducción de imágenes (Husserl dice algo de esto alguna vez, pero en un sentido muy distinto), la reproducción de imágenes de un mismo objeto o de objetos distintos pero que son, como diría un lógico, del mismo tipo, esa reproducción hace que desaparezcan los rasgos diferenciales en las distintas apariciones, y que queden solo los que se han repetido. Sería el proceso, podríamos decirlo así, de formación de los universales por iteración de unos datos que se dan una vez y otra, mientras que de otros, aquéllos que no concurren, se acaba prescindiendo. Pues bien: todo eso era un disparate, un disparate absoluto, pues, como dice Husserl muy bien, la atención a una nota no anula la individualidad de esa nota: aquello sigue siendo individual y no universal. El caso es que a mí se me ocurrió aquello en mi segundo año de estudios en la universidad; en aquel momento me parecía más razonable que lo que decía Husserl…
El siguiente paso importante para mi vocación filosófica fue el encuentro con García Morente al año siguiente, en la Universidad de Madrid.
A.LL.-Usted conecta, efectivamente, con la que se ha llamado Escuela de Madrid, a través de García Morente. ¿Qué impresión le produjo don Manuel, cómo influyó en su formación?
A.M.- Ante todo, me llamaba la atención no tanto su fama de filósofo (que sin duda la tenía), sino el hecho de su conversión, de la que yo tenía noticias solo de oídas. En mi juventud nunca tuve, gracias a Dios, grandes tentaciones de fe (ni espero tenerlas ahora). En cambio, me llamó mucho la atención el hecho religioso de la conversión de aquella persona. Era algo que me resultaba raro; yo estaba de algún modo al acecho para ver si era verdad que se había convertido, pues se decían muchas cosas, unas a favor y otras en contra. Esto se opone a esa imagen monótona y monocorde de aquellos días que ahora se quiere pintar. En aquel tiempo había pluralismo de opiniones, como ocurre siempre.
A.LL.-En la inmediata post-guerra y en el primer franquismo, ¿había tanta unanimidad como se cree?
A.M.-No la había en absoluto. Hay quienes ahora sostienen, por ejemplo, que entonces se imponía el tomismo. Yo tengo un gran aprecio a algunas de las personas que mantienen eso, pero desde luego no es verdad. Había, sin duda, mucho interés por santo Tomás, pero el tomismo no estuvo impuesto jamás. Del pluralismo existente puede dar idea la descripción de los profesores de aquella época, que me van a permitir.
En primer lugar, hay que hablar del jefe de sección, Lucio Gil Pagoaga, que tenía de tomista lo que yo tengo de pope ruso. Era un positivista que, en cierta ocasión, les dijo a unas monjas compañeras mías de clase: “Hermanas, hermanas, que todo eso de la religión es cosa de glándulas sexuales”. Ése era el tomista que presidía la sección de Filosofía en Madrid.
Venía a continuación García Morente, vestido de sacerdote. Se trataba de un hombre excepcionalmente dotado desde el punto de vista pedagógico; yo no he visto a nadie con mayor capacidad para transmitir las propias convicciones, sus ideas filosóficas y todo su conocimiento. A nosotros nos explicaba la analogía del ser, pero lo hacía, claro está, sin entrar en si era una analogía de atribución o una analogía de proporcionalidad. Nada de eso, porque eso, además, a nosotros, jóvenes de diecinueve o veinte años, no nos hubiera podido entrar en la cabeza. Él explicaba la idea de Aristóteles de que “el ser se dice de muchas maneras”. Quería hacernos comprender no tanto la analogía en el sentido lógico, cuanto la analogía en sentido metafísico; es decir, que no hay un solo tipo de ser, que todo reduccionismo es filosóficamente recusable.
Él nos explicaba Ética, pero también Filosofía de la Naturaleza. Nos recomendó la exposición del tomismo de Gredt. A todo esto, López de Munaiz, que había venido a Madrid, me regaló una edición de la Summa Theologiae. Como García Morente nos había indicado que leyéramos también a Scheler, aquel franciscano me recomendó empezar a leer la obra de santo Tomás por el tratado de las cuestiones morales.
Yo leí aquello, y me encontré con una sutileza, con un rigor, con una profundidad que me desconcertó por completo. Me planteé lo siguiente, harto pueblerinamente: “¿cómo es posible que un señor del siglo XIII discurra de esta manera?”. Yo tenía entonces lo que tanta gente sigue teniendo en nuestros días, a saber, la convicción del progreso, estar persuadido de que la pertenencia al siglo XX nos hace automáticamente más listos que la gente del siglo XIII o la del IV antes de Cristo. Habría de todo en esas épocas, naturalmente, pero no solo gente atrasada. En absoluto. Santo Tomás era una magnífica prueba en contra.
Recuerdo que Morente nos explicó en Cosmología la teoría de la relatividad, llenando la pizarra de indicaciones, y a continuación nos dijo que el filósofo más próximo a la concepción de Einstein era santo Tomás, pues para él ni el espacio es absoluto, ni tampoco el tiempo. El espacio es relativo a los cuerpos que hay en él, y si no hubiera cuerpos, no habría espacio-explicaba Morente- ; y el tiempo es relativo al movimiento, porque como piensa también Aristóteles, el tiempo es la medida del movimiento. El que hizo absolutos el espacio y el tiempo fue otro señor, Newton, a cuyas teorías enfrenta las suyas el señor Einstein.
Por otra parte, Morente citaba a Ortega siempre que podía, y se mantenía fiel a las cosas de Ortega, en la medida en que se tratara de cosas que no atentasen contra la fe cristiana. En un prólogo que escribí para una publicación de inéditos de Morente, he hablado de la “noble continuidad” del pensamiento de Manuel García Morente en relación a su maestro Ortega. No obstante, hay que decir que cada vez era mayor la aproximación de Morente al tomismo. Él nos confesó en clase haber estudiado por primer vez el tomismo en Elementa philosophiae aristotelico-tomisticae, de Joseph Gredt, expositor de santo Tomás, como es bien sabido.
Pero Morente no era ningún tomista, como tampoco era un orteguiano. No podía serlo, sobre todo, por su concepto de Dios como providencia. Si recuerdan, o si leen el comienzo de El hecho extraordinario, eran cómo insiste (es como un motto musical) en que su vida no la hacía él solo, sino que alguien en él, sin contar con su permiso, se hacía presente en ella como una voluntad que tenía que acabar siendo reconocida como propia. Eso no lo dice en tono de protesta, al contrario. Su concepto de Dios era el de un Dios providente, un Dios que tiene que ver con el hombre.
En fin, no puede decirse que García Morente fuera un tomista. Habría que decir, más bien, que era un tomista-orteguiano, no porque llegara a esa síntesis teórica sino porque, de hecho, en García Morente concurrían vitalmente esas dos influencias; una muy antigua y otra incipiente, debida a sus estudios en el Seminario, a donde fue para poder ordenarse sacerdote. De Ortega nos contó una pequeña anécdota: cómo se disgustó con él -nos dijo Morente- “mi queridísimo maestro José Ortega”. Se enteró Ortega de que Morente quería ser sacerdote en un pueblecito pequeño, una localidad en la provincia de Toledo de pocos vecinos. El maestro le escribió: “No me extrañó nada tu conversión. La esperaba. Pero no me gusta nada eso de que quieras convertirte en un vulgar cura de misa y olla”. Esto nos lo explicó a todos los alumnos. Sin embargo, el Obispo había decidido que su puesto estaba en la universidad, que siguiera acudiendo a su cátedra, a pesar de que algunos le pudiesen interpretar mal.
Así que en Madrid estaban Lucio Gil Fagoaga, el positivista de las glándulas de secreción internas, por una parte; Manuel García Morente, que no era tomista, aunque tampoco antitomista, sino que exponía a santo Tomás de un modo brillantísimo, diciendo unas cosas preciosas sobre la analogía del ser, fomentando el espíritu abierto y huyendo de todo pensamiento reduccionista (entendía la analogía del ser como una apertura de la Filosofía a todo tipo de realidades; también, cómo no, a realidades suprafilosóficas. La filosofía puede admitir la posibilidad de que algo la supera, como explicaba Morente de un modo maravilloso. Por eso Aristóteles, con mucha razón, y aunque no estuviera pensando en esto, decía que el ser se dice de muchas maneras, también suprafilosóficas).
Lucio Gil, Manuel García Morente y, en tercer lugar, Juan Francisco Yela Utrilla, que no era un tomista, sino a lo sumo un suarista y un anselmiano que admitía la validez del argumento ontológico, y que sostenía que, si no se puede pasar del orden ideal al orden real, entonces se conculca aquella proposición de Hartmann, según la cual lo ideal gobierna de forma oculta y silenciosa, lo real. Era, por tanto, un antitomista, pues es bien sabido que Tomás de Aquino rechaza el argumento ontológico, con todos los respetos por san Anselmo. Yela, en definitiva, era un hombre muy abierto, algo suareciano, un tanto anselmiano, nada tomista, y muy partidario de Séneca y Jaspers… Mi afición por Jaspers viene de él.
Entonces, se preguntarán, ¿no había ningún tomista en la Facultad? Pues sí, claro que lo había: el padre Barbado. Pero el padre Barbado no era un fraile agarbanzado, sino un médico que estudió psicología en Berlín, elogiado por Comelio Fabro (quien, como es sabido, no tiene gran capacidad de elogio, sino que es muy polemista, por más que yo lo admire). Pues bien, el padre Barbado nos explicó psicología experimental, y allí en la pizarra nos representaba con tizas de colores todas las funciones del sistema nervioso, cómo interviene en la fase pasiva de la sensación, a la cual responden vitalmente los órganos sensoriales con conocimiento, que ya no es pasividad, sino actividad -actividad cognoscitiva- . Aquello era un verdadero derroche de ciencia positiva sobre el tejido nervioso, cosa que Tomás de Aquino, por razones obvias, nunca pudo llegar a acumular. Así que era un tomista, pero un tomista elogiado por Sigmund Freud, a quien presentó una vez un resumen de sus teorías y éste le contestó diciendo que era una imagen perfecta de lo que él pensaba. Éste era el tomista que había, ciertamente; pero hasta ahora el único.
Y luego estaba Leopoldo Eulogio Palacios, que entonces no era catedrático, sino profesor del Instituto de Alcalá de Henares, e impartía clases de Lógica en la universidad. Era un tomista, ciertamente, pero no un tomista impositivo. Y también estaba Juan Zaragüeta que, en el mejor de los casos, era un suarista, que procedía de la escuela de Lovaina, psicólogo, investigador de la teoría genética de la voluntad…
A.LL.-De ese precipitado de influencias, ¿qué permanece al final de sus estudios, hacia dónde se encamina?
A.M.- Al terminar la carrera, yo estaba algo perplejo, porque me parecía que el problema del “ente ideal”, al cual dediqué mi tesis doctoral, seguía siendo un problema. Husserl no acababa de resolverlo, pero tampoco lo hacía el tomismo. Yo iba a intentar una cierta síntesis, estaba en la idea de que había que unir esa fenomenología que luego se ha llamado realista (seguida por Roman Ingarden, por Edith Stein, etc.); unir, digo, esa fenomenología realista con el problema del ente ideal. Había motivos para estar perplejo pues, como podrás comprender, ese intento era como atar moscas por el rabo, si me permites la comparación. Y lo más curioso de todo es que estuve muchos años sin encontrar una solución a ese problema. Hoy ya no estoy más en esa situación; creo haber visto claramente algunos errores de Husserl, un cierto inmanentismo que yo entonces, al acabar la carrera y muchos años después, no acertaba a comprender. He escrito extensamente en los últimos años sobre la teoría de los “objetos puros’’, tratando esta cuestión. A la vez que detectaba esas insuficiencias, aumentaba mi admiración hacia Husserl, en lo que considero sus aciertos fundamentales. Del mismo modo, ha aumentado mi aprecio por el tomismo, al que por lo demás no me siento atado ni ligado, ni nadie nunca me lo ha impuesto.
A.LL.-Poco tiempo después apareció en España aquel interesante ambiente en tomo al Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en donde Carlos Serer y sus colaboradores empezaron a hablar de un proceso de renovación de ideas; introdujeron una serie de autores como Guardini, Christopher Dawson, Theodor Haecker, etc., y crearon la Biblioteca del Pensamiento Actual… ¿Influyó en Vd. todo aquello?
A.M.- Sí, entre otras razones porque yo formé muy pronto parte del Departamento de Culturas Modernas. Yo había conocido a Rafael Calvo en el año 1946. Él formaba parte de una comisión que representaba a España en el Primer Congreso Internacional de Filosofía, que se celebró en Roma después de la Segunda Guerra Mundial. La comisión oficial estaba formada, entre otros, por Eugenio d’Ors, Calvo, Santiago María Ramírez, Zaragüeta, Ramón Ceñal, y por mí. Yo fui por mi cuenta; al Embajador le hizo gracia que yo me agregara a esa comisión, en la que decidió meterme, y hasta me pagaron luego cierta cantidad por los “servicios diplomáticos” prestados en aquel Congreso. Allí conocí a Rafael Calvo. Unos años más tarde, después de haber estado en Albacete y en Algeciras como catedrático de Instituto, me fui un día a verle al Consejo, porque había oído hablar del Departamento que él dirigía. Rafael me recibió muy bien, y de aquel encuentro surgieron varios trabajos. Entre otros, Ontología de la existencia histórica, mi segundo libro.
Tiene razón al decir que aquello introdujo en aquel momento aire fresco en el panorama intelectual español. Aunque lo que yo he contado antes es exacto, a saber, que el profesorado de la Facultad no era tomista, sí es cierto que se había producido una cierta rutina dentro del tomismo. Había allí algo de comodidad. Por las razones que fueran, pues yo no quiero ser maledicente con nadie, lo cierto es que aquella rutina había producido un tomismo de poca categoría, que no representaba al verdadero tomismo, porque el tomismo no es rutinario. Calvo logró introducir aire fresco en ese ambiente e impulsar a gente que tenía ganas de trabajar, como eran Brakelmans (que dejó Alemania por España), Gonzalo Fernández de la Mora, Roberto Saumells, Oswaldo Marquet, etc. Sí, aquello fue otra cosa.
A.LL.-¿ Y qué ha quedado, Antonio, de aquello? Porque también se hablaba de un cierto tradicionalismo, de proximidad a Manéndez Pelayo, de restauración, etc. ¿Considera ese modo de pensar como algo liquidado?
A.M.-He de decir que, en mi caso personal, aquellas ideas me influyeron muy poco. He admirado siempre a Menéndez Pelayo, pero no como filósofo. Como filósofo lo considero muy rudo. Lo que dice él de los tomistas, lo digo yo de él, y no lo hago por devolverle la pelota. Marcelino era un hombre excepcional, un artista, un español, etc., pero no era un hombre que hiciese eso que ahora se llaman “análisis filosóficos en profundidad” (por cierto, que debería decirse “a fondo” y no “en profundidad” , que es un anglicismo).
En tomo a Calvo había ciertamente veneración por Marcelino, pero yo diría que no tanto por razones filosóficas cuanto políticas, de teoría política: el brindis del Retiro, la teoría de la restauración, etc. A bastantes de los que estábamos allí, aquello no nos afectaba. De aquella etapa, por tanto, no nos ha quedado nada. Eso fue una etapa que el mismo Rafael Calvo apuró relativamente pronto. Yo no le seguí, como tampoco lo hice luego, en su última etapa política. Tanto él, como también Florentino Pérez Embid, respetaron siempre mis opiniones, distintas de las suyas, y he de decir que, en el caso de ambos, lo hicieron de un modo como yo no he conocido después. Era un respeto muy superior al de otras personas que combatían contra ellos, que decían ser comprensivos y que, sin embargo, pretendieron inclinar mi voluntad a su favor.
A Rafael me unía un gran afecto. Durante una larga temporada, fue perseguido por los estudiantes del SEU, hasta el punto de tener que refugiarse en mi casa en cierta ocasión y pasarse allí el día entero. Mi cuñado le acompañó luego a la residencia del CSIC, donde él vivía, porque aquellos estudiantes, que eran muy partidarios del régimen, querían quemarle el coche y agredirle.
A.LL.-Por cierto, que Vd., en el año 68, se declaró a favor de la rebeldía de los estudiantes en el Prólogo de un libro alemán…
A.M.- Sí, cuando leí a Kai Hennann me convenció y, además, tampoco me parecía que fueran tan revolucionarios. Yo detectaba en ellos un ánimo grande de renovación. Así lo explicaba en aquel Prólogo, que Antonio Fontán reseñó luego en el Madrid.
A.LL.-Podríamos decir, por tanto, que en su carrera académica se orienta más hacia tareas propiamente filosóficas. Desde ese punto de vista, vemos que su obra está sin acabar; lo que naturalmente no es un reproche, sino al revés. Hay que subrayar, además, que los últimos años han sido muy productivos. Ha escrito un libro por año, o por año y medio (según el volumen), y esos libros forman una unidad con las obras anteriores, por lo que yo sé de ellas. Recuperando la perspectiva de los últimos años de trabajo, ¿cómo describiría su proceso de desarrollo intelectual? ¿Cuál es el significado de su obra, en qué dirección ha avanzado su filosofía?
A.M.-Quizá yo la veo demasiado desde dentro; habría que completar mi opinión con la de otros que la vieran desde fuera. Lo que yo puedo decir de mí mismo es que he procurado ir ahondando en las cosas que ya me surgieron en mi propia formación filosófica y en los años inmediatamente posteriores.
A.LL.-Entonces, ¿cree que es verdad en Filosofía lo que dice Holderlin, y cita Heidegger; aquello de que “donde comiences, allí permanecerás”?
A.M.-Estoy plenamente de acuerdo. También en otro sentido: al señalar cómo el principio no es una cosa que “principie” y luego se deje, porque el principio sigue estando presente en lo principiado. Yo he tratado de profundizar, por ejemplo, en el problema de la objetualidad. De ese asunto me ocupé en mi tesis doctoral, y luego, a lo largo de mucho tiempo, me he ocupado de él en clases, en algún trabajo, etc. Sobre el ente de razón he publicado algún artículo en la Revista de Filosofía, que luego ha aparecido recopilado en La claridad en Filosofía y otros estudios. Allí ya hablaba de la objetualidad, del ser meramente objetual, que yo entonces reducía al ente de razón escolástico. Siempre he mantenido la cuestión abierta, he ido tomando notas.
Cuando, ya jubilado, empecé a escribir la Teoría del objeto puro, tuve que repasar todas las notas que había ido tomando durante años.
A.LL.-Yo he sido testigo de eso; hace treinta años -si no antes usted ya hablaba de la Teoría del objeto puro.
A.M.-Exactamente, y la anunciaba.
A.LL.-La anunciaba, y todos decíamos que no llegaba. Pero llegó.
A.M.- Gracias a la jubilación anticipada; me hicieron un favor. Podríamos decir que, en mi caso, la profundización fue a la vez una ampliación. Eso de que “quien mucho abarca, poco aprieta” no es cierto en Metafísica. Las causas más profundas son las más universales; la causa más profunda de todas es la que llamamos “Dios”. Así que lo de abarcar mucho y apretar poco está bien para la lógica de los géneros y las especies, pero no para lo que yo llamo ahora la “lógica de los conceptos transgenéricos”, sobre los que estoy preparando un libro.
La Teoría del objeto puro fue un ensanchamiento, una profundización en el tema del ente de razón. Era preciso reconocer que lo pasado es ya objeto puro, pero no ente de razón, y lo futuro meramente objeto. Mientras nuestros proyectos son solo proyectos, permanecen como objetos de razón, como seres que no han sido realizados. Por eso termino el libro diciendo que “en todo uso de la libertad, lo irreal es imprescindible para la realidad de nuestro ser”.
A.LL.-Eso es una idea muy paradójica y, permítame la observación, muy original. Los que hemos seguido su obra a lo largo de estos años, creíamos que el tema central de su filosofía era la libertad. Vd. anunciaba la otra cuestión, la del objeto puro; pero al concluir ese libro de esa forma, nos quedamos parados, porque comprobamos que al final una cosa tenía que ver con la otra, que sus dos grandes preocupaciones intelectuales estaban conectadas.
A.M.- Comparto íntegramente esa observación que acaba de hacer, y me alegra mucho que la haya hecho explícita, porque yo no la había explicitado: el tema del objeto puro enlaza al final con la cuestión de libertad. Si el hombre no tuviese lo irreal como objeto posible de su imaginación y de su entendimiento, la libertad no sería posible. Tendríamos, sí, una capacidad maravillosa, pero nunca podríamos ejercitarla. Sería una especie de thesaurus absconditus, ineficaz. Para ponerme en marcha, tengo que ponerme primero a hacer proyectos, entre los cuales opto luego por el que considero mejor, por el que va más conmigo. Pero esas posibilidades que es necesario formular antes de actuar, son entonces objetos irreales. Serán reales si los realizo, pero la mayoría de ellas quedarán fuera de la realidad, cuando yo haya optado solamente por una. La elección sería irreal si no estuviese precedida por la ponderación de los pros y los contras de unas irrealidades, porque ninguna de ellas está realizada todavía.
A.LL.-En uno de sus grandes libros, La estructura de la subjetividad, ya estaba anticipada de algún modo la Teoría del objeto puro. Viendo el nuevo trabajo que prepara sobre el conocimiento de los trascendentales, ¿se podría decir también que está, de algún modo, condicionado por la subjetividad humana?
A.M.-Efectivamente, hay una conexión entre la estructura de la subjetividad y lo que yo estoy haciendo ahora. En aquella obra me refería a los trascendentales, pero éstos son solo uno de los casos de objetos transgenéricos. Así como el ens rationis es solo uno de los casos del objeto puro, los transcendentales son, en su orden, solo uno de los casos que yo he querido llamar “transgenéricos”. Si encontrara un término menos raro que el de “transgenéricos” lo utilizaría, pero todos los que he ensayado hasta ahora no me han resultado bien. Todos los trascendentales son transgenéricos, puesto que el ente no es género. No gozan de peor condición las propiedades del ente, puesto que en definitiva son equivalentes al propio ente. Luego, como son conceptos que no son de género, ni incluidos en géneros, los podemos llamar “transgenéricos”. Y tambien es transgenérico “Dios”, porque “Dios” no es un género del que se prediquen varias especies, que a su vez se prediquen de varios individuos. Tampoco está subsumido en ningún género por encima de él. Se trata, por tanto, de un concepto transgenérico. No es casualidad que la metafísica aristotélica, y luego de ella la metafísica clásica, se ocupara tanto de los trascendentales como de Dios. De unos como universales y restrictos, in praedicando; del otro, como universal in causando. Ahí tenemos el trascendental in praedicando y el trascendental in causando. Conforme he ido avanzando en esta línea, me he ido convenciendo de que también las perfecciones puras, en la medida en que pueden ser elevadas al superlativo absoluto, podrían ser asimismo consideradas conceptos transgenéricos.
A.LL.-Antonio, permítame a este respecto una pregunta un poco personal, que quizá sea una tontería, pero que me interesa. ¿No se encuentras solo haciendo este tipo de filosofía? Es decir, Vd. se levanta por la mañana y dice: “Voy a pensar en los conceptos transgenéricos», cosa en la que, además de Vd., quizá sólo piense algún amigo suyo. Al leer las revistas culturales, por ejemplo, uno comprueba que se habla de la ultramodernidad, de la contingenica, de lo lúdico, etc. ¿Cómo se siente en medio del marasmo superficial que nos rodea?, ¿como un señor extraño o como alguien que tiene todavía algo que decir?
A.M.- Comprendo lo que me pregunta. El hombre es un ser social que necesita sentirse acompañado, también, qué duda cabe, cuando está filosofando. En mi caso, me siento acompañado por los grandes filósofos, y que me perdonen mi inmodestia, pero es así. Eso me anima, me excita, mientras soy habitualmente incapaz de leer entero un periódico. Eso sí que me resulta el superlativo relativo. Pero es cierto que yo no tengo vocación de farero. Creo que soy un hombre social; siempre me ha gustado tener amigos y compartir mis cosas. Hablo de mis cosas siempre que puedo, como en esta ocasión lo estamos haciendo sin ninguna reserva. Ocurre, además, que no me siento solo porque pienso que, aunque no haya muchas personas trabajando sobre estos temas, sí hay unas cuantas que las consideran en serio. Yo me siento acompañado por Fabro, por Femando Inciarte, y muchos otros amigos míos que, aunque piensen de modo distinto al mío, estoy seguro que podrán dialogar y discutir los temas en los que yo estoy trabajando. Me siento acompañado por mucha gente, aunque no hable con ellos.
A.LL.-Antonio, ¿cree Vd. que el nuevo siglo traerá un renacimiento de la Metafísica?
A.M.-Yo no sé si esto es una especie de superstición cronológica que yo tengo, pero cuando yo veo que el final del siglo XVIII es parecidísimo al final del siglo XIX, que el comienzo del XIX se parece muy poco al final del XVIII; cuando veo que en 1900 las Investigaciones lógicas de Husserl inician una reacción frente al positivismo y al idealismo postkantiano o al neokantismo, a la vista de todo eso, ¿por qué no pensar que pueda ocurrir lo mismo en el siglo XXI? Parece como si en las segundas mitades de siglo, desde el XVIII, descendiera el interés por la Filosofía, o la profundidad de las investigaciones lógicas y metafísicas; como si la humanidad culta, sociológicamente hablando, fuera, en promedio, antimetafísica…
A.LL.- Hegel se refería a un “pueblo culto sin Metafísica”, pero hoy habría que hablar más bien de un “pueblo inculto sin Metafísica”. ¿Tiene confianza en que la presencia del pensamiento en la cultura, merced a sus ritmos, vuelva a recuperar su vigencia?
A.M.- De la Metafísica se ha dicho tantas veces lo que Voltaire decía de la Iglesia: que no duraría más de veinte años. A los veinte años de decir esto, Voltaire estaba muerto, mientras que la Iglesia tiene en nuestros días muy buena salud.
R.LL.- En este contexto de posible renacimiento de la Metafísica, ¿qué papel asignaría a losfilósofos españoles en particular?
A.M.- El de renovar el tratamiento de los problemas clásicos de siempre. Yo no sé si tiene razón o no Conrad Martin, al afirmar que todos los filósofos dicen lo mismo; de lo que sí estoy seguro es de que todos los filósofos de verdad se ocupan de lo mismo. Las tareas de los filósofos se concentrarían, pienso yo, en dos grandes áreas: la Metafísica y la moral, pues ésas son las columnas fundamentales de la Filosofía. Lo que necesitamos es un replanteamiento con hondura, un replanteamiento que no sea repetición de los temas, sino un nuevo modo de vida filosófica que los asuma desde dentro. Esto es lo que yo desearía para este final de siglo, y para el siglo siguiente. La Filosofía nunca está acabada, pienso yo. Con eso no quiero negar la existencia de eso que los griegos llaman ktésis eis áei, posesiones para siempre: sí, hay posesiones para siempre, pero es necesario saber desarrollarlas y expresar con nuevos términos en nuevos contextos.
A.LL.- Lo que podemos asegurar, Antonio, es que, como decíamos a Induráin, “contamos contigo” en ese rejuvenecimiento de la Filosofía. Muchas gracias.
Cinco fueron las piezas del Cancionero Tradicional que incluí en mis Cien mejores poesías de la lengua castellana, concretamente ojos », «Si la noche hace escura», «Al alba venidas «En Ávila, mis buen amigo», «Mal ferida iba la garza», y «Que de noche la mataron». En la última selección se me cayó la pieza «Tres morillas me enamoran», y la verdad es que desde entonces Axa, Fátima y Marién se me aparecen en sueños pidiéndome que entone la palinodia. Lo hago ahora muy gustoso, porque las tres morillas se lo merecen y porque, además, estoy dwseando que dejen de incordiarme. Lo de cantar palidonias viene de Estesícoro de Hímera, que era un poeta griego muy antiguo. La figura de Helena tenía muy mala prensa entre sus casi homónimas las helenas. Refugiada en los brazos de un truhán barbilampiño llamado París, se había escapado con él del hogar conyugal, dejando con tres palmos de narices al barbudo Menelao, su marido. Aquello no podía tolerarse, de modo que a Estesícoro se le ocurrió inventarse una historia «alternativa» (como suele decirse), para aplacar los ánimos de las «marujas» griegas: la verdadera Helena no se fugó con París ni estuvo en Troya durante la guerra, sino en Egipto, en la corte del rey Proteo, asediada, eso sí, por el hijo de éste, Teoclímeno, que quería casarse con ella; luego, de regreso de Troya, Menelao recogió en el país del Nilo a su mujer y se la llevó a Esparta, deduciendo que la víctima de Paris fue una falsa Helena, una cosa rarísima, un fantasma hecho de nube y éter, un holograma. En lo sucesivo, las amas de casa de la Hélade podrían descansar tranquilas. Y todo gracias a la Palinodia de Estesícoro.
Así que yo también canto mi palinodia, que no intenta disimular ningún adulterio ni quedar bien con ningún gineceo, sino declararles mi envidia y mi admiración a esas tres moras del villancico, que intentaron coger aceitunas y manzanas en Jaén hace no sé cuántos cientos de años y siguen intentándolo ahora y aquí, desmintiendo el paso del tiempo y burlándose de la muerte. Para los hologramas de Axa, Fátima y Marién, que encontraron, encuentran y encontrarán vado el árbol de la vida, pero que fueron, son y serán garridos y lozanos para siempre, la magia dulce de esta palinodia.
Tres morillas me enamoran
en Jaén:
Axa, Fátima y Marién.
Tres morillas tan garridas
iban a coger olivas
y hallábanlas cogidas
en Jaén:
Axa y Fátima y Marién.
Y hallábanlas cogidas
y tornaban desmaídas
y las colores perdidas
en Jaén:
Axa y Fátima y Marién.
Tres morillas tan lozanas
iban a coger manzanas
[y cogidas las hallaban]
en Jaén:
Axa y Fátima y Marién.
El gen democrático es la segunda entrega de una trilogía de la que ya se ha publicado la primera parte (El experimento moderno, Trotta, Madrid, 1992) y cuya tercera parte (Viaje a la intemperie) verá la luz próximamente. En ella, el autor quiere ofrecer una reflexión en el momento actual sobre la teoría y práctica de la democracia.
El tema de fondo, hilo conductor de toda la obra, lo constituye la relación entre la política y el individuo. Se trata de dar respuesta a la pregunta: ¿tiene alguna influencia en el mundo interior del ciudadano el tipo de régimen político en el que vive? Si es así, ¿cómo influye en la persona vivir en un régimen democrático o en un régimen autoritario, en un tipo de democracia o en otro? Y, en consecuencia, ¿hasta dónde debe la política tener en cuenta al individuo, con las peculiaridades que le son propias?
El siglo XX, que para el autor termina propiamente en 1989 con la caída de los regímenes comunistas, se caracteriza por una extensión progresiva de la democracia, que ha tenido lugar de la mano de una creciente desafección respecto de ella, motivada por la impresión de que democracia significa corrupción. Ésta es la idea que dio origen a El experimento moderno y que será desarrollada en El gen democrático. En aquel primer libro, el autor aludía a la «confusión perversa» de la modernidad entre pensar y actividad mental. Frente a ella, Roiz mantiene que la actividad mental es mucho más amplia que el pensamiento, pues abarca asimismo toda la esfera de lo afectivo, que también es un elemento constitutivo de la interioridad y, en ocasiones, mucho más determinante de nuestro modo de actuar que la pura consciencia. El individuo es, por tanto, mucho más rico, pero también mucho más vulnerable de lo que la modernidad lo ha considerado.
Para mostrar cómo no todo está racionalmente -conscientemente determinado, Roiz utiliza la tragedia de Hamlet. En «El poder de la ausencia» (capítulo 1), explica cómo la presencia no visible del rey ausente condiciona el comportamiento de quienes ahora son los protagonistas de la vida política de Dinamarca. Se trata de una ausencia que está presente de una manera metafísica, no visible, activándolo todo.
Otra característica de este siglo es que carece de pensamiento político propio. Vive del pensamiento del siglo XVIII, «el pensamiento borbónico» (capítulo 2). Se trata de una «tradición sobria y realista que levanta el baluarte de la verdad de los hechos frente a las teorías, y que reivindica la concreción de los datos frente a las ilusiones religiosas o psicológicas» (pág. 54). Esta línea de pensamiento que se remonta hasta Hobbes es la que anima la actuación de los principales líderes políticos en la actualidad. Es una corriente marcada por un individualismo radical que se manifiesta en el rechazo de todo lo religioso, y que está presente en el pensamiento democrático español. Esto no deja de resultar paradójico en un país cuya identidad frente a Europa ha estado caracterizada por ser el brazo armado de la ortodoxia católica. Quizá este hecho haya vacunado a todo el mundo contra las verdades absolutas y haya motivado el empeño de los pensadores españoles por dejar claro que no buscan implementar la verdad. Cotno resultado de ello, «nadie mantiene su verdad en público» (pág. 103) y las explicaciones con una pretensión de verdad son sustituidas por planteamientos pragmáticos, por recetarios ad casum para solucionar las diferentes cuestiones que puedan surgir en la vida cotidiana.
Otra de las características del hobbesianismo español es la consideración de la sociedad como una «zona abierta» a la visión de todos, en la cual todos estamos en presencia de todos, donde es posible establecer un control sobre todas y cada una de nuestras acciones, de manera que nadie quede en la oscuridad de la vida privada. El ámbito de la privacidad es el ámbito de los intereses particulares, que no deben trasladarse a la esfera pública. La pretensión de organizar la vida pública a partir de los intereses particulares es lo que ha llevado a lo largo de la historia a la corrupción y al enfrentamiento fratricida. En el fondo, Hobbes es, por tanto, un puritano radical, al pretender despojar al individuo en su dimensión social de todo interés particular.
La pregunta que el autor plantea en el capítulo tercero -«¿Hay un lugar para la omnipotencia?»- encuentra su respuesta a la luz de la constatación de la debilidad de un individuo que no es razón pura y que debe sustituir las pretendidas explicaciones últimas por planteamientos mucho más modestos. «Esa omnipotencia temperada es un requisito de la democracia moderna» (pág. 108).
Esta pretensión de frugalidad en las explicaciones últimas se manifiesta también en una «desteologización de la vida política» (pág. 112). Este fenómeno consiste en el rechazo de toda trascendencia en la política, que lleva a planteamientos historicistas, a la consagración de la verdad como una realidad histórica. La única regla moral consiste en adaptarse a las regularidades cósmicas, a las leyes de la naturaleza. «La nación, las leyes naturales (…), la patria, el proyecto imperial, el etnocentrismo y, sobre todo, un naturalismo despótico aunque impersonal, han sustituido las certezas de u n mundo católico siempre ordenado y jerarquizado adecuadamente» (pág. 125). No hay ningún tipo de ley moral ni positiva que pueda imponerse a los dictados de la naturaleza.
Por eso, cualquier intento de fundamentación teórica despierta una actitud de sospecha. Frente a ella, la lógica política tiene que plegarse a la fuerza de los hechos. Ésta es la razón por la que una cultura tan rica como la española ha sido tan poco fructífera en lo que a teoría política se refiere.
Al final del libro, el autor retoma aquello que el primer capítulo apuntaba mediante el recurso al relato. Abunda en la idea de que otro de los rasgos que nuestra época ha heredado de la modernidad es la confusión entre actividad mental y pensamiento, pura actividad consciente que se muestra incapaz de proporcionar una explicación satisfactoria de los acontecimientos que nos rodean. El concepto de yo debe ser sustituido por el de self, como aquella realidad que engloba todo el mundo interno del individuo, incluyendo también la esfera de lo inconsciente, de lo afectivo, de lo que no es pura conciencia. El yo moderno sería un aspecto más de ese self que abarca el «mundo interno del ciudadano» (capítulo 4) en su totalidad. Existe toda una serie de mecanismos, impulsos, afectos no perfectamente controlables por la consciencia, que influyen en el comporta miento humano, que hacen que el sujeto democrático no sea capaz de una responsabilidad total de sus actos, como quizá en ocasiones se le ha querido atribuir. «La filosofía política va a tener que contar con ciudadanos que son entelequias más endebles de lo que pensábamos, y en las que antes confiábamos» (pág. 138). Por eso el gran problema del comunitarismo es que no cuenta con la debilidad del individuo y, por ello, en la base del republicanismo democrático se encuentra una excesiva confianza en el ser humano, en su capacidad para la solidaridad y el consenso. Frente a este optimismo, es preciso, para formular una teoría de la democracia adecuada a nuestra realidad, tomar conciencia de las limitaciones de nuestro control sobre el self de los in dividuos y los grupos. «La democracia solo resulta posible cuando se acepta una identidad múltiple o fraccionada, un self integrado por ciertas piezas internas a él que, aunque son susceptibles de posesión, no lo son de control» (pág. 144).
Por eso una adecuada teoría democrática tiene que hacerse cargo de las diferencias individuales, aquéllas que escapan a la razón abstracta y universal, aquéllas que se derivan, por ejemplo, del género (capítulo 5). De ahí la necesidad de revisar la frontera que con tanta nitidez pretende establecer el liberalismo entre lo público y lo privado, recluyendo toda idiosincrasia particular en el ámbito de la privacidad. Pero, en realidad, lo que separa lo privado de lo público es más bien una ‘zona borrosa», que con frecuencia tendrá que ser traspasada si se quiere organizar una sociedad de forma que realmente se haga justicia a los individuos que la componen. No se trata, por ejemplo, de incorporar a la mujer sin más, a la vi da pública, cuando ese ámbito de lo público está regulado de una manera patriarcal, que favorece al hombre y perjudica a la mujer. Con eso solo se ha puesto un parche; el problema de la discriminación de la mujer no se solucionará mientras no se incorporen las diferencias en la elaboración de las políticas. Y para ello resulta in suficiente el abstracto sujeto liberal que pretende proteger su self de toda intromisión estatal, con el fin de salvaguardar un margen máximo para la libertad, bajo el lema que reza «cuanta más política, menos libertad». Por esa razón, el feminismo actual no acepta «la uniformidad de lo público, un ámbito público incluyente, y pasa directamente a promover la heterogeneidad en público » (pág. 202).
El análisis y diagnóstico que el autor hace en su libro, así como sus prescripciones para la elaboración de una adecuada teoría de la democracia, no constituyen una llamada a la irracionalidad, sino a una democracia más humilde, más consciente del poder y la limitación de los individuos que la construyen y hacen funcionar.
El euro, la nueva moneda europea, es ya una realidad, casi palpable, a escasos meses del comienzo previsto: tenemos once países candidatos cumpliendo con holgura los estrictos criterios de convergencia exigidos, y se disipan las escasas incertidumbres que todavía quedaban por resolver (como la actitud del Tribunal Constitucional alemán o la posible incidencia de las próximas elecciones alemanas). España, por méritos propios, va a formar parte de ese grupo inicial de países que configurarán el área monetaria del euro. Aunque no es el momento ni el lugar para reflexionar sobre los factores que subyacen a este logro, no debemos eludir dos cuestiones clave. En primer lugar, que aunque ahora nos parezca natural que nuestro país forme parte de la Unión Monetaria desde su inicio, debemos tener en mente que en mayo de 1996 nadie (y me refiero no tanto a España como al resto de Europa) daba, en expresión castiza, «ni un duro» por la posibilidad de que fuéramos miembros fundadores de la Unión Monetaria. En segundo lugar, a aquéllos que utilizan la amplitud de países en condiciones de acceder al euro como un elemento de demérito relativo del logro alcanzado, es preciso recordarles que la apuesta decidida y sin titubeos del actual gobierno por estar en la primera velocidad europea obligó a algunos países a tomarse en serio los criterios de convergencia para no quedarse aislados. El logro español ha sido, más que nunca, un logro europeo.
El euro es ya, por tanto, una realidad tangible, y es imprescindible que pasemos de la macroeconomia de los criterios de convergencia a la microeconomia del impacto que el euro va a suponer para los sectores productivos. En ello nos va el éxito de la economía española y de las empresas españolas en la Unión Monetaria y, por tanto, nuestras posibilidades de crecimiento económico, de creación de empleo y de convergencia a los niveles de bienestar europeos.
De entre todos los sectores económicos, hay uno en el que las transformaciones asociadas al euro serán más profundas. Me refiero, claro está, al sector financiero español, ya que es el único sector en el que se produce un cambio en su producto, en su materia de intercambio: la peseta desaparece y se sustituye por el euro. En este breve artículo repasaré los principales retos a los que se enfrenta el sector financiero español, tanto en su vertiente de sistema crediticio (bancos y cajas de ahorro) como en la de mercados financieros organizados (la Bolsa, la Central de Anotaciones en Cuenta del Banco de España para la negociación de deuda pública, el mercado AIAF de negociación de renta fija privada y los Mercados de Futuros y Derivados MEFF).
EFECTOS DE LA INTRODUCCIÓN DEL EURO
El euro supondrá un nuevo contexto operativo para el sistema financiero español en dos aspectos claves. En primer lugar, el área del euro se caracteriza como un área de elevada estabilidad macroeconómica. En segundo lugar, la competencia en el sector financiero será mucho mayor, por la desaparición de la heterogeneidad que introducían la coexistencia de diversas divisas europeas.
Merced a elementos tales como los criterios de convergencia, la independencia del Banco Central Europeo o el Pacto de Estabilidad de las finanzas públicas que entrará en vigor el 1 de enero de 1999 (y que prevé, grosso modo, sanciones para aquellos países que tengan déficits superiores al 3% del PIB), la Unión Monetaria se está configurando como un área de estabilidad macroeconómica elevada. Estabilidad que, en términos cotidianos, se traduce en inflaciones moderadas (entre el 1% y el 2%), tipos de interés nominales y reales bajos, déficits públicos próximos a cero y deudas públicas con un peso sobre la economía cada vez menor. Este entorno, aun cuando ya es una realidad palpable para la economía española, no deja sin embargo de suponer un cambio radical respecto al contexto en el que ha venido operando la economía, cuyos profundos desequilibrios tenían su expresión en unos tipos de interés nominales y reales muy elevados, y desmesurados en comparación con los vigentes en otros países europeos.
Los efectos de unos tipos de interés nominales y reales muy elevados han sido especialmente notables en el ámbito financiero. Sin ánimo de ser exhaustivo, este contexto produjo:
—En el ámbito de los balances bancarios, y en comparación con lo que ocurría en otros países; una elevada remuneración del pasivo bancario (de los depósitos) y unos tipos de activo (de los préstamos) muy elevados. Esta estructura de ingresos y pagos del balance contrastaba con la existente en otros países europeos, caracterizada por una remuneración de los depósitos muy reducida (y cobros de comisiones generalizados) y por un coste de los créditos más ajustado.
—En el ámbito de los mercados financieros, esos tipos de interés reales y nominales tan elevados llevaron al subdesarrollo del mercado bursátil, ya que las acciones de las empresas no podían ofrecer rentabilidades reales tan elevadas y la renta fija privada, las obligaciones de las empresas, no podían competir con las condiciones que ofrecía la deuda pública. En este contexto, la deuda pública aparecía como la única alternativa viable de inversión. A su vez, esa hipotrofia del mercado bursátil llevaba a una gran dependencia de la empresa de la financiación bancaria.
Que el euro supondrá una mayor competencia en todos los sectores económicos es algo que no se discute: la desaparición del tipo de cambio y de sus oscilaciones imprevistas facilita la penetración de los productos exportados, aumenta la comparabilidad entre productos similares producidos en distintos países y facilita la generación de sinergias que se deriven de estrategias y alianzas multinacionales.
De todos los sectores económicos, es el financiero el que más rápidamente va a notar esa creciente competencia. En primer lugar, porque la «materia prima» del sector financiero, el dinero, queda perfecta y automáticamente homogeneizada con la creación del euro, permitiendo una comparabilidad plena entre productos. En segundo lugar, porque la fungibilidad de dicha materia prima facilita sobremanera la exportación o, de manera más precisa, la oferta transfronteriza de productos: basta con una transferencia electrónica para situar ese producto ofertado en uno u otro país.
A su vez, es en el sector financiero donde más sinergias, más ganancias en eficiencia, se pueden lograr mediante estrategias multinacionales. Dentro de éstas caben la integración de mercados, las fusiones bancarias (amistosas o mediante OPAS hostiles) o los acuerdos de colaboración entre mercados o instituciones.
En cualquier caso, y como elemento atemperador de lo que supone esa mayor competitividad, hemos de recordar que no hablamos de un proceso abrupto, sino de que esa culminación en los niveles de competencia se ha visto precedida de un proceso gradual de creciente apertura del sector financiero español. De hecho, ya desde 1992 está en vigor el Mercado Único, que incluye a los servicios financieros (si bien la barrera de la distinta divisa de denominación va a subsistir hasta 1999).
EL SISTEMA CREDITICIO Y LA UEM
Que el inicio de la UEM va a suponer un antes y un después para nuestros bancos y cajas de ahorro es algo obvio para todo aquél que lea con atención las páginas de economía de cualquier periódico. En efecto, los bancos parecen sufrir de lo que podríamos denominar el «síndrome Deutsche Bank»1: nuestros gigantes bancarios empequeñecen al lado de los bancos existentes en países como Alemania. Y el tamaño importa, tanto porque las posibilidades de mantenerse independientes quedan reforzadas si se tiene un tamaño suficiente como porque la competitividad en ciertos segmentos del mercado (en concreto, banca al por mayor, esto es, operaciones crediticias de elevado volumen, pero de escaso margen) aumenta con el tamaño de la institución.
En cuanto a las cajas de ahorro, están a salvo de posibles matrimonios forzados merced a su estatuto jurídico especial, pero se enfrentan al mismo problema de falta de tamaño para poder competir con los grandes colosos europeos. Además, la transición a unos tipos de interés reales y nominales reducidos es más compleja en su caso, ya que obligará a un descenso de los tipos del activo que no se verá compensado por una menor retribución de los depósitos (pues ésta, en el caso de las cajas de ahorro, ya era muy reducida): los márgenes de intermediación se verán comprimidos y los controles de costes serán la clave para mantener la competitividad y la rentabilidad. A cambio, y como factor compensatorio, su especialización en la banca al por menor les protege de esa competencia exterior. Desarrollaré este argumento con posterioridad.
A estos elementos se une, en el caso español, la adaptación a un entorno de tipos de interés reales reducidos, a un contexto de estabilidad macroeconómica. Ello obliga a una recomposición de la estructura de remuneración de los balances bancarios, con descensos en los tipos pagados por los depósitos (y la generalización del cobro de comisiones) y con unos tipos para préstamos más ajustados. De hecho, este proceso ya está teniendo lugar, y a estas alturas está prácticamente finalizado (con remuneraciones de depósitos muy reducidas y con tipos hipotecarios muy cercanos ya a los niveles existentes en otros países como Alemania).
El nuevo entorno de tipos de interés reales reducidos supone el fin de la supremacía de la deuda pública y el resurgir de la bolsa como alternativa de financiación empresarial, especialmente mediante la emisión de acciones. Ese resurgimiento de la renta variable, del que ya somos testigos, viene además facilitado e impulsado por los cambios habidos en la canalización del ahorro familiar -esto es, por el desarrollo de los fondos de inversión en los últimos años- y por la moderación del déficit público, con la consiguiente menor presión competitiva de la deuda pública. Este desarrollo, de continuar en el futuro y de extenderse a la renta fija privada, llevaría a una disminución del balance del sistema crediticio, en la medida en que las empresas dependieran en menor medida de la financiación bancaria tradicional.
En definitiva, la banca y las cajas de ahorro van a experimentar un cambio en su entorno operativo. Sin embargo, es necesario ponderar adecuadamente las dimensiones de esa transformación.
En primer lugar, el indudable aumento de la competencia que traerá consigo el euro no será igual para todos los segmentos del mercado. En concreto, es en el sector de la banca al por mayor, de las operaciones de activo de elevado volumen -préstamos sindicados, líneas de crédito a grandes empresas, etc.-, donde la competencia a escala europea va a ser mayor -aunque se trata precisamente de operaciones con un menor margen de beneficio-. En la banca al por menor, la de las operaciones de crédito a particulares y PYMES, la de captación de depósitos de escaso volumen, las cosas van a ser muy distintas, y el incremento de competencia mucho más parsimonioso. En efecto, esa banca al por menor se basa en relaciones estables y de largo plazo entre la entidad y el cliente -de forma que la entidad puede evaluar el riesgo de sus clientes de manera eficiente y selectiva-, y requiere una red de oficinas de un tamaño mínimo para poder ser competitivo. En resumen, que la entrada de un banco extranjero en este segmento del mercado requiere o bien una inversión inicial elevada y un período de maduración de muchos años, o bien la adquisición (vía OPA hostil) de un banco con implantación en ese mercado minorista.
Pero la adquisición de una entidad española tampoco será una tarea fácil, ya que las entidades españolas disponen de mecanismos defensivos importantes. En unos casos, se ha optado por introducir en los estatutos de la sociedad cláusulas anti-OPA que dificultan las tomas de control indeseadas y hostiles. En otros, se ha optado por aumentar el volumen de recursos propios, de forma que sea muy caro para otra entidad tomar el control.
Por último, otras entidades han elegido la vía de la rentabilidad como la medida de protección más efectiva: hacer de la revalorización de la acción el mecanismo de frenar tomas de razón hostiles (elevando su coste). Por último, hay otros elementos que atemperan el posible impacto del euro sobre nuestro sistema crediticio. En primer término, el fracaso reiterado de la banca extranjera en España en sus intentos de penetrar en el negocio bancario al por menor ha sido, desde la liberalización de su instalación, paradigmático: raro es el año en el que una entidad extranjera no anuncia su abandono del mercado español (planteado, por supuesto, como reorganización del enfoque del negocio en España). En segundo término, nuestros bancos y cajas de ahorro ya han superado, sin traumas especiales, el choque competitivo que se derivaba del Mercado Único de 1992. Éstos son elementos de esperanza, que reflejan la competitividad y eficacia de nuestros bancos y cajas de ahorro.
LOS MERCADOS FINANCIEROS Y EL EURO
Dentro del sistema financiero, los mercados son el tejido más delicado, el más frágil, ante los cambios bruscos del entorno y el tejido que más cuesta desarrollar. En definitiva, es muy fácil destruir un mercado financiero y muy difícil revivirlo. El principal motivo por el que los mercados tienen esa fragilidad es la existencia de economías a escala, las ventajas y sinergias que se derivan de la concentración de actividades en los centros financieros donde el volumen de negociación, el tamaño del mercado, es mayor. En otras palabras, en el ámbito de los mercados financieros existe una tendencia a la centralización de actividades en un solo polo. Veamos, por ejemplo, el caso de los Estados Unidos, donde la actividad financiera está básicamente concentrada en Nueva York (donde residen los mercados bursátil e interbancário) y en Chicago (donde están los mercados de futuros y de derivados financieros).
Esta tendencia centralizadora se ve lógicamente acrecentada en la medida en que desaparecen barreras nacionales al comercio de servicios, ya sean éstas explícitas o implícitas. Dentro de las barreras explícitas, están las de carácter regulatorio. La plasmación en la legislación nacional de la Directiva comunitaria de servicios de inversión (que supone el establecimiento de un pasaporte comunitario para las firmas de inversión) supondrá un avance muy importante en la desaparición de este tipo de barreras. En cuanto a las implícitas, la propia creación de la moneda única representa a su vez la eliminación de la barrera implícita más importante a la libre prestación de servicios financieros. En suma, que en el próximo año van a desaparecer una serie de barreras que limitaban por el momento esa tendencia centralizadora de los mercados financieros.
Además de esta especial característica de los mercados financieros, éstos carecen de las posibilidades defensivas de las que disponen la banca y las cajas de ahorro. No hay manera de «blindar» un mercado, y las estrategias protectoras a ultranza solo pueden llevar a mercados ineficientes que, a la postre, terminan por desaparecer.
¿Quiere esto decir que no hay esperanza, y que los mercados españoles acabarán siendo absorbidos por Londres, París o Francoforte del Meno? En absoluto, ya que existen frenos a esa tendencia a la fuga. En primer lugar, hay también una fuerza descentralizadora generada por las ventajas de información que ofrece la cercanía a la empresa emisora de los valores. El conocimiento del entorno económico, legal y cultural en el que opera una determinada empresa es, sin duda, muy importante a la hora de evaluar una inversión en valores que ésta emita. Que ese conocimiento se puede tener desde Londres, es posible. Que es mucho más costoso obtenerlo en Londres que en Madrid es innegable. Que ese conocimiento remoto es muy burdo, es cierto en la mayoría de las ocasiones: todos nos hemos indignado en alguna ocasión por una barbaridad acerca de la economía española escrita por un ilustre intermediario financiero anglosajón de muy reconocido prestigio. En definitiva, que esa tendencia a la centralización se ve compensada, al menos parcialmente, por las ventajas de información que otorga la proximidad física. Por supuesto, no todos los mercados tienen la misma tendencia compensatoria. Por ejemplo, los mercados de renta variable, en los que el conocimiento de la situación individual de cada empresa es vital para poder evaluar sus expectativas de beneficios futuros, disfrutan en un mayor grado de esas ventajas de centralización.
Además de este elemento compensatorio de la tendencia a la descentralización, la existencia de una demanda, de un apetito de títulos que está en mayor o menor grado insatisfecho, es un elemento de potencialidad del mercado muy importante. La entrada masiva del pequeño ahorrador al mercado bursátil en los últimos tiempos es un claro ejemplo de las posibilidades futuras de desarrollo de los mercados españoles.
Otro elemento clave para frenar los riesgos de deslocalización de mercados es el mantenimiento de ventajas de costes. Si un mercado periférico fuese además un mercado ineficiente, las posibilidades de supervivencia quedarían claramente mermadas. En este aspecto, podemos respirar con tranquilidad: nuestros mercados (bursátiles, de deuda pública o de futuros y derivados) no solo están al nivel de los estándares europeos, sino que en muchos casos han sido pioneros en la adopción de técnicas de negociación avanzadas (como la eliminación de títulos físicos o la adopción de sistemas electrónicos de negociación). Solo es necesario que mantengan la presión competitiva que han venido demostrando en el pasado.
En resumen, aun cuando el panorama de los mercados financieros españoles es más incierto que el de bancos y cajas de ahorro, existen elementos para la esperanza, siempre y cuando se aprovechen las ventajas de localización, se logre desarrollar con plenitud toda la potencialidad latente en la demanda insatisfecha, y se mantenga la presión por el control de costes y la calidad del servicio que se ha visto en el pasado.
CONCLUSIONES
De la lectura de este breve repaso del impacto potencial del euro debería quedar un aroma que combine la preocupación, la incertidumbre y la esperanza. Preocupación por las presiones competitivas que el euro va a introducir, incertidumbre acerca del grado de éxito relativo que alcanzará nuestro sistema financiero y esperanza (que no tranquilidad ni relajación) en que nuestras instituciones financieras y nuestros mercados sabrán responder al reto que el euro y la integración europea les plantea.
¿Qué ocurrirá a medio y largo plazo? Probablemente, que nuestro sistema financiero perderá su carácter nacional y quedará disuelto en un magma europeo. Pero es que es precisamente esto lo que supone el proyecto de integración europea: que un español trabaje en Alemania para una empresa financiera británica. Este epitafio final es pues, excepcionalmente, un colofón de esperanza en el futuro.
Además, en último término, del mismo modo que nadie pensaba hace escasos años que España llegaría a ser uno de los miembros fundadores de la Unión Monetaria, ¿quién nos dice que no seremos ahora capaces de superar las dificultades iniciales que el euro plantea y lograr, de nuevo, un éxito imprevisto en el ámbito del sistema financiero? Los beneficios del euro son claros, la buena base de nuestra industria financiera está ahí, y ahora solo falta que nuestras empresas aspiren a lo más alto, con una ambición que a los ojos de Europa roce la osadía.
NOTAS
1 · En efecto, no deja de ser paradójica la imagen existente acerca de los países (como Alemania) que muestran una mayor disciplina macroeconómica, como países con dosis de masoquismo, en los que la población «sufre» para mantener esa disciplina. Nada más alejado de la realidad: esos países, sus ciudadanos y sus empresas, disfrutan de unos tipos de interés reales muy reducidos. La estabilidad y la credibilidad, pues, rinden frutos. El Deutsche Bank es el mayor banco alemán, y el que tiene una vocación paneuropea más clara. Su enorme tamaño de balance, 71 billones de pesetas (alrededor de cuatro veces el tamaño del balance de los mayores bancos españoles), y esa vocación paneuropea hacen que sea temido como el Leviatán de las fusiones bancarias por OPA no amistosa.
Alguien ha dicho que el gnosticismo surge de una inmensa decepción ante el mundo, tal y como el clasicismo griego la experimentó al ver desaparecer la visibilidad de sus cosmoi. Pero también procede de la forma en que el cristianismo se autointerpretó para comprender la necesidad de su nacimiento y legitimar su lugar respecto al pasado. Un mundo vacío de dioses fue la condición para que el Dios cristiano se autopresentase en su necesidad.
La potencia histórica del gnosticismo recrea la necesidad de dioses nuevos. Sin embargo, la repetición alteró algo básico. De un Dios nuevo que necesitaba legitimación, se pasó a una deslegitimación del existente, para así reclamar otro nuevo. Gnósticas son todas las banderas que saludan una nueva fe. Por eso, las decepciones gnósticas abrieron los caminos a todo nuevo mesías, a toda promesa de regeneración.
En el fondo, le resulta difícil al hombre pensar que el Mesías solo vino una vez, y que todas las demás generaciones deben anhelarlo. Este asunto se debería pensar hasta el final. El hombre, una vez conocida la experiencia gnóstica, no sabe cómo detenerla. Pero si solo un Mesías puede ser verdadero, el gnosticismo posterior es falso en su totalidad. Si es verdad que un Mesías ha venido, Dios ya no puede abandonar el mundo, ni está permitida la decepción desesperada. Inviables son muchos mesías. El gnosticismo, con su inclinación compulsiva a la repetición, es internamente contradictorio. De esa contradicción vivieron siglos de expectativas excesivas, con las que los hombres confesaban su miedo al futuro, al que pretendían tornar propicio elevándolo a Dios.
La esencia del gnosticismo, afín al mundo moderno, es la diferencia entre el Dios nuevo y el viejo. Esta estructura genera su pretensión revolucionaria. El Dios viejo, que domina el mundo, no salva. El Dios nuevo, que salva, no es de este mundo. Finalmente, el mito gnóstico no es posible sin un politeísmo básico, sin aquella elaborada teología epicúrea de los dioses intercósmicos que viajan en una apariencia de átomos sutiles hasta presentarse en los sueños de los hombres.
El viejo Dios ilegítimo, dios de la injusticia, del derecho, de la materia, de las almas, de los cuerpos, dios resentido que prescribe una ley imposible para tener un motivo fundado de vengarse de los hombres, sus criaturas, canalizó todo el antijudaísmo del viejo gnosticismo. La consecuencia fue considerar al Mesías como un hombre aparente. La salvación no podía glorificar la tierra, sino raptar a los elegidos hacia un nuevo cielo. La salvación no podía consistir en acción alguna, sino en la gracia por la que el Dios del espíritu depositaba un pneuma de fuego en sus elegidos.
Como se ve, se trataba de una concentración sectárea del estoicismo, propia de un mundo que ya no podía creer en la universalidad de la physis. Esta forma de pensar era tan revolucionaria, tan apocalíptica, que no podía prender sino en los márgenes de los cosmoi clásicos, en los desesperados que generaba el mundo romano, en los náufragos de los puertos imperiales, frutos de la degradación general. No podía brotar en los discretos barrios de las ciudades de la diáspora, en los serenos padres de familia de Alejandría o de Éfeso, para los que el mundo aspiraba a reproducrise, ahora fecundado por una nueva potencia, antaño desconocida, por un amor nuevo, que reunía a las familias y a las familias de familias.
El gnosticismo, con su radicalidad acósmica, definió una batalla interna entre los adoradores del nuevo Dios de amor, entre aquellas familias de judíos conversos en las que se salvaban los destellos del orden griego, del orden judío y del nuevo orden cristiano, y aquellos individuos ambulantes, raídos, inquietos, formados por la pléyade de los desesperados del mundo. El gnosticismo siempre fue el reto que había de definir todas aquellas actitudes propias de los que vivían por amor al mundo.
En el momento de la decepción, no hay camino para la continuidad de los dioses. De haber triunfado el gnosticismo, el mundo romano no habría mantenido ninguno de los elementos de orden que sostenían la tierra. El acosmismo de la gnosis está diseñado para el corto plazo del eschaton. Si el tiempo cumple su esperanza de continuidad, la gnosis se corrompe en un dogma cerrado, o en la proliferación de explicaciones de la demora de la salvación definitiva, o en la violencia que aumenta el mal como provocación técnica de la venida del Mesías, con la esperanza de que los gritos de la tierra despierten al Dios.
Pero Roma era la continuidad de la tierra, la confluencia de la naturaleza y la divinidad. Por eso supo que debía sobre todo buscar la duración. Roma siempre apostó por la sustancia del mundo, por lo que permanece. Por eso todo lo cifró en aquella relación en la que la tierra y la divinidad podían compartir orden y esperanza. Y por ello el Dios nuevo fue Hijo de Dios viejo y la ley vieja fue simplificada por la ley nueva, y así Roma supo desde el principio que solo podía pensarse como nueva Jerusalén, heredera de Jerusalén, donde cabían los hijos del pacto antiguo y del pacto nuevo.
No hay gnosis sin esa Roma que mantenía intacta la promesa del triunfo mientras exista la tierra. Ahí mismo reside su mayor peligro, sin embargo. Roma, complexio oppositorum, supo que la apuesta por la continuidad del mundo era compleja. ¿Qué excluir de ella? ¿Cómo no dejar que entrara toda la vieja naturaleza? Si Dios no abandona el mundo, lo mundano en su totalidad parece que debe integrarse y sacralizarse. Y así, Roma, que emprendió lo más difícil, dignificar el mundo, acabó hundida en él, y así generó ella también hombres que clamaron desesperados por un dios joven y nuevo.
El gesto se repitió cada vez más acelerado, hasta fundar una sospecha universal para todos los dioses, viejos y nuevos, pues éstos envejecían al ritmo frenético de la electrificación. De esta manera, la sospecha se hizo universal, para los órdenes y los desórdenes, para la compleja integración y para la desintegración, para los apocalipsis y las esperanzas. Y en el grito final de «¡Dios ha muerto!» parece triunfar.
Robert B. Reich fue ministro de Trabajo en el primer gobierno de Bill Clinton. Profesor de Harvard de política económica y social, Reich conocía al Presidente norteamericano desde 1968, cuando estudiaron juntos en la universidad de Oxford. Locked in the Cabinet es un relato, en forma de diario, en el que se encuentran reflexiones de Reich sobre su trabajo – y su vida- en la administración Clinton. El tono es directo e informal, y recoge muchas impresiones políticas, profesionales y humanas de su experiencia al frente del Ministerio de Trabajo.
Reich es inconformista e ingenuo. No soporta el pactismo de la clase política ni el economicismo «reaganiano» que invade la Administración y el Congreso. Plantea sus puntos de vista y sus ideales con la ingenuidad propia de un académico, y en su lucha choca continuamente con la burocracia. También choca con el difícil equilibrio de poder que rodea al presidente Clinton. El autor narra algunos episodios de su enfrentamiento con una Administración centrada en el objetivo de la reducción del déficit público (así, sus encuentros con Greenspan, el Presidente de la Reserva Federal, o con el Presidente del Congreso). Su trato personal con Clinton le permite adoptar posiciones radicales, pero en la mayoría de los casos es vencido por esa «lógica republicana» introducida en la cabeza de todos los políticos americanos (incluidos los demócratas) de reducción del déficit, reducción luego del Estado, y reducción por último del Estado de bienestar.
Reich comienza el libro con un flash-back al idealismo de Clinton en su etapa de estudiante en Oxford. Describe luego los objetivos de bienestar social plasmados en el programa demócrata, y se centra en lo que él considera la parte medular de dicho programa: la inversión en capital humano. Para el autor, que no critica la ineficiencia del Estado, el gasto en educación debería considerarse inversión pública, en la medida en que dicho gasto supone una mejora en las capacidades de los trabajadores y permite que aumente la productividad y el nivel de vida.
Es interesante contrastar la sólida base de economía de mercado que subyace en las propuestas de Reich. Su planteamiento admite un análisis económico -cosa que no ocurre, por ejemplo, en la propuesta de las 35 horas- y su empeño choca con la «lógica republicana», no con el análisis económico. Reich, con sólidas bases académicas, nos hace reflexionar sobre los fines del Estado, y luego utiliza los medios económicos para potenciarlos.
También refleja el autor las dificultades por las que atraviesan los sindicatos americanos y el interés del partido demócrata por conseguir su relanzamiento. Narra algunos episodios de enfrentamientos sindicales y de apoyo del gobierno frente a las empresas, que desde su punto de vista han ganado demasiada fuerza y protagonismo en la vida política. Se queja el ministro de Trabajo de la atención y el poder desmesurados que tienen en la estructura política actual los lobbies empresariales.
Reich ve cómo poco a poco el ambicioso programa de inversión en capital humano va siendo eliminado de la agenda del Presidente. Ya en el discurso de investidura, el autor tiene que emplear sus privilegiadas relaciones con Clinton para incluir alguna referencia a dicho programa, puesto que la redacción ha sido controlada por los «economistas».
Reich también incluye en el libro referencias a su sacrificio personal, al separarse de su familia y asumir un trabajo con una dedicación casi absoluta. Cuando Clinton se pone en manos de un «consultor» para elaborar su programa de la reelección (uno que incluye solamente ideas previamente contrastadas mediante encuestas), muestra su decepción.
El libro es una descripción en primera persona de la línea de pensamiento de una parte —la más radicaldel partido demócrata, y de las limitaciones que para las ideas suponen los aparatos políticos únicamente guiados por la realidad, que han perdido toda referencia al liderazgo y a la capacidad de cambio.
Isaiah Berlin
J G. Hamann y el origen del irracionalismo moderno
Tecnos, Madrid 1997, 243 págs.
En la primera semana del pasado noviembre nos llegaba la triste noticia del fallecimiento de Isaiah Berlin (1909- 1997). Con él se extinguía un noble linaje intelectual que ha incluido a figuras tan señeras del pensamiento liberal como Raymond Aron, Friedich von Hayek o Karl Popper. Todos ellos pertenecen a la misma tradición humanista y liberal defensora, frente a modas ideológicas y mera falta de criterio, de los valores de la razón, la libertad, el pluralismo ideológico y el realismo político y económico, que han marcado de manera indeleble el pensamiento de la segunda mitad de este siglo.
Nacido en Riga, en el seno de una familia burguesa judía, Berlin se vio obligado a emigrar a Inglaterra con el resto de los suyos a causa de la revolución bolchevique. Tras realizar brillantes estudios en Oxford, trabajó para el servicio exterior británico durante la Segunda Guerra Mundial, en Washington primero, y en Moscú más tarde, al final de la guerra. Allí conoció a la poetisa Akhmatova, con la que al parecer tuvo una breve, pero apasionada relación sentimental. Posteriormente, se afincó en Oxford, desde donde sus ensayos sobre el pensamiento de Occidente llegaron a nuestros países.
El libro que ahora comento, brillantemente traducido y prologado por Juan Bosco Díaz-Urmeneta Muñoz, nace de una conferencia pronunciada en 1965 durante las Woodbridge lectures de la Universidad de Nueva York. Esta edición incluye un interesante estudio sobre las ideas y valores románticos, en contraste con los ilustrados, de Díaz-Urmeneta, a quien quizá solo se pueda reprochar el uso de algún que otro vocablo oscuro o meramente incomprensible (¿qué les parece "quiasmo", "inexhaurible" o "cimerio"?).
Johann Georg Hamann es un oscuro pensador alemán, natural de Koenigsberg, amigo y coetano de Kant. Se ganó la vida como pequeño funcionario de la administración prusiana, a la que aborrecía tanto como a su cabeza visible, el Rey Federico el Grande, a quien no podía perdonar su antirreligiosidad y frío racionalismo, y para quien la eficacia y la razón de Estado se anteponían a la humanidad y a la riqueza de la diversidad histórica de los pueblos bajo su gobierno. Hamann procedía de una familia pietista y fue educado en la creencia de un Dios personal y en la exaltación de la emotividad religiosa. A lo largo de su vida rechazaría el puritanismo característico de los pietistas, si bien seguiría fiel al núcleo de pensamiento de esta secta luterana, inspirada -como lo fue en el mundo católico el jansenismo- en una lectura extrema de san Agustín.
A partir de esta educación familiar, nuestro pensador desarrolló una feroz oposición al pensamiento de la ilustración, por lo que éste tenía de racionalista y universalista, así como a la metafísica católica, quizá por razones similares. En realidad, Finan fue el último epígono de la doctrina nominalista. Para él, las únicas fuentes de conocimiento válidas son la revelación, la tradición y la experiencia. Dios es un poeta que habla, a través de la Naturaleza y de la Historia, al Hombre no pervertido por el afán de racionalización. Concibe al ser humano como una unidad en la que aspectos racionales e irracionales se integran sin fisuras. Precisamente, cualquier intento de supresión de las pasiones que lleva a privilegiar como facultad suprema (y excluyente) el análisis racional constituye una auténtica automutilación, que suele degenerar en una perversión que impide el acceso a la verdad. Por esa razón, Finan entendía que la doctrina de la Ilustración suponía una disección de las capacidades humanas, en perjuicio de la misma Naturaleza que pretendía estudiar.
Hamann participó de manera original y vigorosa en la polémica planteada por Condillac acerca del origen del lenguaje. Frente a los que concebían el lenguaje como hábito adquirido, creía que se trataba de un don innato que, como señalaron posteriormente sus discípulos Herder y Jacobi, se va desarrollando progresivamente a la par que otras capacidades humanas. Para él, las palabras o símbolos son indisociables del pensamiento. Hamann, ferviente defensor de la originalidad, hizo un apasionado alegato en favor del mantenimiento de la letra "H", muestra de irregularidad y excepción a cualquier regla que pretendiese moldear el lenguaje siguiendo un patrón lógico. Señaló también que contenido, forma, estilo y lenguaje no se pueden separar en la obra de arte, pues su identidad es indisoluble y orgánica.
Sin duda, Hamann fue inspirador directo del movimiento literario Sturm und Drang, marcado por el odio a las normas y caracterizado por el abandono al sentimiento y a la pasión espontánea. Como hicieron los cultivadores de esta corriente literaria, Hamann enfatizó los orígenes irracionales del genio creador. Éste es un hábito divino, la manifestación y el instrumento de un poder superior. La genialidad es una enfermedad divina que permite la unión del cielo y la tierra, que se constituye en altavoz de la divinidad. Estamos en este punto en el precedente inmediato y directo de la concepción contemporánea del artista, caracterizada por una autoafirmación sin límites, así como por la exaltación de una libertad creativa irrestricta. Ello dará origen a lo más creativo, y a la vez a lo más destructivo, en el ámbito de la cultura de nuestra época. Lo cierto es que su huella se hizo sentir sobre las generaciones siguientes, y ya en su época se le calificó de "Mago del Norte", apelativo del que se sentía especialmente orgulloso.
Con todo, Berlin traza una crítica clara de las doctrinas de Hamann. En efecto, como acertadamente señala al comentar la epistemología de éste, cierto nivel de generalización es necesario para que puedan existir símbolos, palabras y pensamientos. Atacar el pensamiento crítico y el análisis racional es ir contra el mismo proceso del raciocinio humano. En realidad, Hamann es un fanático que exagera los caracteres individuales y específicos de cada hombre y de cada cosa, en detrimento de sus características comunes y de su universalidad. Su irracionalismo abonó posteriormente el irracionalismo político y social, al desacreditar la discusión basada en términos de principios inteligibles que, como expone lúcidamente el filósofo de Oxford, son los únicos que pueden llevar a un aumento del acervo de nuestros conocimientos. No obstante, también reconoce que Hamann ha hecho una positiva contribución al resaltar aquellos aspectos de la vida humana que las ciencias y el racionalismo tienden a ignorar: los sentimientos y la fuerza de lo inconsciente y de lo irracional en el hombre. El confuso pensador prusiano encendió la mecha de la gran revolución romántica y existencialista, cuyas consecuencias aún no se han extinguido.
En cualquier caso, este sugerente ensayo, dedicado a un pensador en las antípodas ideológicas de Berlin, es buena muestra de aquello sobre lo que giró su obra: la defensa del pluralismo elevado a idea central y valor máximo del legado filosófico occidental. En esta característica, expuesta por John Gray en su ensayo "Isaiah Berlin", y en la antiutopía, entendida por oposición a toda elucubración tendente a encontrar Estados perfectos y soluciones definitivas a los problemas humanos, radica la mayor grandeza de la valiosa contribución de Berlin a la filosofía contemporánea.