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Ver productosMandelstam nace en Varsovia en 1891, en el seno de una acomodada familia judía dedicada al comercio del cuero. No obstante, su formación tiene lugar en la cosmopolita y bulliciosa ciudad de San Petersburgo, adonde los padres se trasladan poco después de su nacimiento, y el ruso es su lengua natal. Como era preceptivo entre las clases acomodadas, la madre, una notable pianista, contrató una institutriz francesa para que educara a sus tres hijos.
Tras concluir sus estudios en una escuela privada de prestigio, Mandelstam pasa una temporada en París y cursa dos semestres en la Universidad de Heildelberg, donde estudia literatura francesa antigua. De vuelta en San Petersburgo, inicia en la universidad estudios de filología alemana y románica; no obstante, nunca llegaría a graduarse.
En 1909, se une al grupo poético de los acmeístas, creado por Nikolái Gumiliov, poeta y primer marido de Anna Ajmátova, fusilado en 1921. En la revista del grupo, Apollon, Mandelstam empieza a publicar sus primeros versos y algún que otro texto en prosa, entre ellos su ensayo dedicado a François Villon. Sin embargo, el compromiso de Mandelstam con los ideales del acmeísmo fue bastante superficial: ajeno a las escuelas y a los manifiestos, trató siempre de seguir su propia trayectoria poética y vital. En La palabra y la cultura, cuya traducción publicamos en este número, escribió: «Lo que es verdad para un poeta, es verdad para todos. No es necesario fundar ninguna escuela. No es necesario inventar una poética propia.
Su adhesión al movimiento acmeísta solo puede entenderse en el contexto de su época: el hervidero de tendencias, escuelas, corrientes y movimientos del Petersburgo de los años diez. El acmeísmo, también llamado neo-realismo, surge más como una oposición a los excesos del simbolismo que como un programa articulado. Sus principales premisas son la vuelta a la realidad, un cierto gusto clasicista y erudito, el valor concedido a la palabra y la importancia del sentido racional del poema.
La maestría poética de Mandelstam queda patente desde sus primeros versos, que en lugar de ser meros ensayos, pruebas y esbozos, se revelan como acabadas piezas de arte, perfectamente coherentes en su aspecto formal y en su componente rítmico.
La obra poética de Mandelstam puede dividirse en dos grandes grupos. El primero incluye los poemas publicados en vida del poeta, principalmente los libros La piedra (Kamen, 1913) y Tristia (1922), así como algunos poemas posteriores que fueron incluidos en una recopilación de toda su poesía (1928). Hasta 1933, Mandelstam —más afortunado que algunos de sus colegas, como Ajmátova— consigue insertar de vez en cuando sus poemas en alguna revista. No obstante, a partir de esa fecha todas las puertas se le cierran, iniciándose un período de silencio que se prolongará durante más de cuatro décadas. Su obra póstuma, inédita en Rusia hasta fechas recientes, la parte más rica, intensa y perdurable de toda su producción, es la que asegura su hegemonía en la poesía rusa de este siglo —por encima de autores tan destacados como Block, Esenin, Ajmátova, Tsevetáieva o Pasternak.
Esa segunda parte de su obra poética se compone de cinco libros que se conocen como Primer cuaderno de Moscú (octubre 1930-octubre 1931), Segundo cuaderno de Moscú (mayo 1932-febrero 1934), Primer cuaderno de Voronezh (abril-julio 1935), Segundo cuaderno de Voronezh (diciembre 1936-febrero 1937) y Tercer cuaderno de Voronezh (marzo-mayo 1937). Los tres últimos toman su título de la ciudad a la que fue exiliado por las autoridades estalinistas (1934-1937). El poema que cierra el Tercer cuaderno de Voronezb lleva el premonitorio título de Hacia la tierra vacía. No obstante, sus últimos versos están llenos de optimismo y esperanza:
Las flores son inmortales. El cielo está intacto.
Y aquello que será es ya una promesa.
En la obra primera de Mandelstam dominan las cuestiones eruditas, los motivos esteticistas, la obsesión por el mundo clásico y el Cristianismo («La conciencia de tener razón es el rasgo más acusado del artista cristiano», escribió en Pushkin y Scriabin), las reflexiones sobre el tiempo, el papel del poeta en la sociedad, su relación con el lector, la naturaleza del impulso poético. En la segunda, por contra, la autobiografía del poeta, su propio deambular de outsider, en su doble condición de poeta y de judío, lo ocupa todo. Es entonces cuando su origen hebreo, hasta entonces contemplado con un cierto distanciamiento, incluso con un velado desprecio, empieza a adquirir importancia en su obra. Así, en una carta escrita a su mujer desde Yalta, Mandelstam le confiesa que ya solo se siente a gusto en compañía de judíos. Y en un pasaje de la iracunda Cuarta prosa, sin duda la obra más inflamada, hirsuta y lacerante de su autor, llega a exclamar: «Insisto en que la profesión de escritor, tal como se ha desarrollado en Europa y particularmente en Rusia, es incompatible con el honorable título de judío, del que me siento orgulloso. Mi sangre, que carga con la herencia de criadores de ovejas, patriarcas y reyes, se rebela ante las tramposas gitanerías de la tribu de los escritores».
La obra en prosa de Mandelstam puede entenderse como un complemento, como una prolongación de su poesía, pues con ella comparte muchos de los temas y también una misma tensión y una construcción verbal afín. No obstante, también dispone de algunas características propias.
Lo mismo que sucede con sus versos, gran parte de su prosa apareció de forma póstuma. Mandelstam solo llegó a publicar algunos ensayos en revistas y un solo libro titulado Sobre la poesía (O poezii, 1928), en el que se incluye «La palabra y la cultura».
Es difícil definir el género al que pertenecen sus composiciones en prosa. ¿Se trata de ensayos, de relatos, de páginas autobiográficas, de libros de viajes? En realidad, puede decirse que constituyen un poco una suma de todo ello, y al mismo tiempo algo completamente diferente, por lo que es mejor denominarlas simplemente como «prosa». De hecho, el propio autor decidió titular una de sus principales obras simplemente como La cuarta prosa. Mandelstam, que sentía con inmediatez y fuerza el paso del tiempo, la sucesión de las épocas, opinaba que los géneros del siglo XIX ya no eran válidos en aquel momento histórico. En El final de la novela escribe: «El futuro desarrollo de la novela no será más que la historia de la atomización de la biografía como forma de existencia personal; aún más, seremos testigos de la catastrófica ruina de la biografía». Y en El sello egipcio, obsesionado con una realidad política que empequeñece la biografía de las personas, añade: «Terrible es pensar que nuestra vida es una novela sin fábula y sin héroe, compuesta de vacío y de cristal».
La obra en prosa de Mandelstam destaca por su contenido autobiográfico, siempre entreverado de cuestiones intelectuales, filosóficas, estéticas y filológicas. Esa característica no solo es aplicable a aquellos libros más íntimamente ligados con una restitución del pasado, como El rumor del tiempo (1921) y El sello egipcio (1924), sino que también es asumible por sus ensayos, sus reseñas y su Viaje a Armenia.
Ese viaje, realizado gracias a los auspicios del protector político de Mandelstam, Nikolái Bujarin, reviste una importancia capital en su obra, pues en su transcurso recobró el don de la poesía, después de un período de sequía creadora.
En Mandelstam, el motivo enunciado en el título es siempre relativo, a veces incluso arbitrario. Sus ensayos -la mayoría de las veces— constituyen divagaciones o variaciones sobre un puñado de temas que obsesionan al autor -la naturaleza de la poesía, la imagen y el papel del poeta, el carácter del tiempo, la recepción de la obra—, sobre los que vuelve una y otra vez, como si trazara círculos concéntricos. De hecho, en sus textos en prosa la estructura fundamental es el párrafo, que a menudo engloba de forma cerrada y concluyente una idea, un pensamiento o una imagen.
En algunos textos, Mandelstam, que se ha apartado totalmente del mundo oficial de la literatura, parece buscar apoyo en los autores del pasado. Así, el poeta llega a equiparar su propio destino al de Pushkin y Dante. Y en la Conversación sobre Dante llega a escribir: «Dante es un pobre hombre… Dante no sabe cómo comportarse, cómo actuar, qué decir, cómo hacer una reverencia…». Tal vez, al escribir esas palabras, el autor estaba pensando en el decurso torcido de su propia vida.
El destino final del poeta es bien conocido. Tras escribir un poema en el que critica la figura de Stalin, es detenido, interrogado, exiliado y finalmente deportado a la lejana y ominosa Siberia, de donde no regresó nunca. Al parecer, murió de frío en un campo de tránsito en los alrededores de Vladivostok, en el extremo más oriental de Rusia, y fue enterrado en una fosa común, en 1938. Su trágica vida ha sido evocada en dos extraordinarios libros de memorias por su viuda, Nadezhda Yákovlevna, a la que también se debe la preservación de gran parte de su obra, publicada en Occidente en los años sesenta. Una pálida selección de los versos del poeta, mutilada y tergiversada, fue publicada en Rusia en 1973. El corpus completo de su obra tuvo que esperar a los años ochenta para ver la luz.
La palabra y la cultura
(1921)
Hay hierbas en las calles de San Petersburgo: se trata de los primeros brotes de una selva virgen que cubrirá el espacio de las ciudades modernas. Esa brillante y tierna verdura, con su sorprendente frescura, pertenece a una nueva e inspirada naturaleza. En realidad, San Petersburgo es la ciudad más avanzada del mundo; y no es el metro ni los rascacielos los que miden la carrera de la modernidad, sino la velocidad con que esa alegre hierba se abre paso a través de las piedras de la ciudad.
Todo —nuestra sangre, nuestra música, nuestro sistema estatal- encuentra su continuación en la tierna existencia de una nueva naturaleza, una naturaleza-Psique. En ese reino del espíritu sin hombre cada árbol será una dríada y cada fenómeno hablará de su propia metamorfosis.
¿Detenerse? ¿Por qué? ¿Quién detiene al sol cuando se lanza con sus estivales arneses sobre la casa paterna, poseído por el ansia del retorno? ¿No sería mejor regalarle un ditirambo que pedirle limosna?
No comprendía nada
y era débil y tímido como los niños;
personas desconocidas cazaban para él
y pescaban peces con redes…1.
Os doy las gracias, «personas desconocidas», por vuestra conmovedora
preocupación, por vuestra tierna tutela sobre el viejo mundo, que ya
«no es de este mundo», que se ha consumido del todo en esperanzas y
preparativos de la venidera metamorfosis:
Cum subit illius tristissima noctis imago,
Quae mihi supremum tempus in urbe fuit,
Cum repeto noctem, qua tot mihi cara reliquit,
Labitur ex oculis nunc quoque gutta meis2.
Sí, el viejo mundo ya «no es de este mundo», pero está más vivo que nunca. La cultura se ha convertido en la Iglesia. Se ha producido una separación entre la Iglesia-Cultura y el Estado. La vida secular ya no nos concierne: ya no comemos, sino que tomamos un sacramento; no vivimos en una habitación, sino en una celda monástica; no vestimos ropas, sino hábitos. Finalmente, hemos encontrado la libertad interior, la alegría interior verdadera. Bebemos el agua en jarras de arcilla como si fuera vino, y el sol nos parece más placentero en el refectorio de un monasterio que en un restaurante. A partir de ahora, las manzanas, el pan y las patatas no solo calman el hambre física, sino también la espiritual. El cristiano —yen la actualidad cualquier persona cultivada es un cristiano- no conoce un hambre meramente física o un alimento meramente espiritual. Para él la palabra es también carne y el simple pan, alegría y misterio.
Las diferencias sociales y los antagonismos de clase palidecen ante la división actual de las personas en amigos y enemigos de la palabra. Se trata, literalmente, de ovejas y cabras. Soy capaz de sentir de manera casi física el sucio olor de cabra que se desprende de los enemigos de la palabra. En este caso, el argumento que aparece en último lugar en cualquier disputa seria es completamente apropiado: mi adversario huele mal.
La separación entre la cultura y el Estado es el acontecimiento más significativo de nuestra revolución. El proceso de secularización del Estado no se detiene en la separación entre la Iglesia y el Estado, tal como lo entendía la Revolución Francesa. Nuestra revuelta social ha producido una secularización más profunda. En la actualidad, el Estado manifiesta por la cultura esa peculiar actitud que define a la perfección la palabra tolerancia. Pero al mismo tiempo, se advierte también un nuevo tipo de relaciones orgánicas entre el Estado y la cultura, similares a las que vinculaban a los príncipes feudales con los monasterios. Los príncipes mantenían los monasterios para servirse de su consejo. Con eso está dicho todo. El alejamiento del Estado de los valores culturales le sitúa en una posición de dependencia absoluta de la cultura. Los valores culturales embellecen el Estado, le comunican color, forma y, si me apuran, incluso sexo. Las inscripciones en los edificios estatales, en las tumbas y en las puertas protegen al Estado de la destrucción del tiempo.
La poesía es el arado que excava en el tiempo para que sus capas más profundas, su tierra negra, salgan a la superficie. Pero hay también épocas en las que la humanidad, no contenta con el presente, añora, como un labrador, las capas profundas del tiempo, se muestra sedienta de su suelo virgen. La revolución en arte lleva inevitablemente al Clasicismo. No porque David3 recoja la cosecha de Robespierre, sino porque así lo quiere la tierra.
A menudo se escuchan palabras como éstas: eso está bien, pero pertenece al ayer. Yo, por mi parte, digo: el ayer aún no ha nacido. No ha existido de verdad. Quiero que vuelvan Ovidio, Pushkin y Catulo; no me satisfacen los Ovidio, Pushkin y Catulo históricos.
En realidad, resulta sorprendente que todos se preocupen de los poetas y no puedan prescindir de ellos. Podría pensarse que con leerlos está todo hecho. Que quedan superados, como se dice ahora. Pues nada de eso. La trompeta de plata de Catulo -«Ad claras Asiae volemus urbes»- nos alarma y nos excita con mayor fuerza que cualquier acertijo futurista. No existe algo parecido en ruso. Pero algo así debe existir en ruso. He elegido unos versos latinos porque el lector ruso los percibe claramente como una categoría del deber; el imperativo resuena en ellos con mayor inmediatez. Se trata de una condición propia de toda poesía merecedora del apelativo de clásica. La poesía clásica es percibida como lo que debe ser, no como lo que ya ha sido. Así pues, ningún poeta ha existido todavía. Estamos libres de la carga de los recuerdos. En cambio, cuántos presentimientos únicos tenemos: Pushkin, Ovidio, Catulo. Cuando un amante, en el silencio de la noche, se enreda en tiernos nombres y de pronto recuerda que eso ya ha sucedido antes, las palabras y el cabello, y el gallo que canta tras la ventana, igual que en los Tristia de Ovidio, le embarga la alegría profunda de la repetición, una alegría vertiginosa:
Lo mismo que agua oscura, bebo yo el aire turbio,
El tiempo era excavado por el arado y la rosa era como
la tierra.
De ese modo, el poeta no teme la repetición y se embriaga fácilmente con el vino clásico.
Lo que es verdad para un poeta es verdad para todos. No es necesario fundar ninguna escuela. No es necesario inventar una poética propia.
El método analítico aplicado a la palabra, al movimiento y a la forma constituye un recurso absolutamente legítimo e ingenioso. En los últimos tiempos, la destrucción se ha convertido en una premisa formal del arte. Descomposición, desintegración, putrefacción —todo eso sigue siendo décadence. Pero los decadentes eran artistas cristianos; a su manera, son los últimos mártires cristianos. La música de la descomposición era para ellos la música de la resurrección. El Charogne de Baudelaire es un ejemplo sublime de desesperación cristiana. La destrucción consciente de las formas es una cosa muy diferente. Un indoloro Suprematismo. Un rechazo de la apariencia de los hechos. Un suicidio calculado en razón de la simple curiosidad. Es posible poner las cosas aparte y es posible ponerlas juntas; parece como si se estuviera experimentado con la forma, pero en el fondo es el espíritu el que se pudre y se descompone (a propósito, al haber mencionado a Baudelaire me gustaría recordar su significado como héroe ascético, en el sentido cristiano más auténtico de la palabra martyré).
La vida de la palabra ha entrado en una era heroica. La palabra es carne y pan. Comparte el destino del pan y de la carne: el sufrimiento. Los hombres están hambrientos. Más hambriento aún está el Estado. Pero existe algo más hambriento todavía: el tiempo. El tiempo quiere devorar el Estado. Como una voz de trompeta resuena la amenaza garrapateada por Derzhavin en su pizarra. Aquél que consiga levantar la palabra y mostrársela al tiempo, como hace el sacerdote en la Eucaristía, será considerado un segundo Josué, el sucesor de Moisés. No hay nada más hambriento que el Estado contemporáneo, y un Estado hambriento es mucho más terrible que una persona hambrienta. Compadecerse de un Estado que reniega de la palabra constituirá el compromiso social y el destino heroico del poeta contemporáneo.
Glorifiquemos la carga fatal
que el adalid de los hombres lleva entre lágrimas.
Glorifiquemos la carga sombría del poder,
su peso insoportable.
Todo el que tenga corazón debe escuchar, oh tiempo,
cómo se hunde en la profundidad tu barco…4
No se le debe exigir a la poesía una especial sustancialidad, concreción o materialidad. Eso es lo mismo que el hambre revolucionaria. La duda de Tomás. ¿Por qué es necesario tocar con los dedos? Y lo que es más importante, ¿por qué identificar la palabra con la cosa, con la hierba, con el objeto que designa?
¿Acaso la cosa es el amo de la palabra? La palabra es una Psique. La palabra viva no designa un objeto, sino que elige libremente, como si fuera para una vivienda, uno u otro significado concreto, algún objeto material, un cuerpo amado. La palabra vaga libremente alrededor de la cosa como un alma en torno a un cuerpo abandonado, pero no olvidado.
Lo que se ha dicho a propósito de la materialidad suena de otra manera cuando se aplica a la imagen:
Prends 1’eloquence et tords lui le cou!5
Escribe versos sin imágenes si puedes, si eres capaz. Un ciego reconoce una cara amada nada más rozarla con sus videntes dedos, ylágrimas de alegría, de la verdadera alegría del reconocimiento, brotarán de sus ojos después de una larga separación. El poema vive por medio de una imagen interior, ese sonoro molde de forma que anticipa el poema escrito. Todavía no ha surgido ni una sola palabra y el poema ya suena. Es el sonido de su imagen interior, es el oído del poeta palpándolo.
¡Solo el instante del reconocimiento es dulce para nosotros!6
En la actualidad, asistimos a un fenómeno de glosolalia. En su frenesí sagrado, los poetas hablan la lengua de todos los tiempos, de todas las culturas. No hay nada imposible. Lo mismo que la puerta de un moribundo se le franquea a todo el mundo, así también la puerta del viejo mundo está abierta de par en par ante la multitud. De repente, todo se ha convertido en un bien común. Id y coged. Todo es accesible: todos los laberintos, todos los escondrijos, todos los senderos prohibidos. La palabra se ha convertido no ya en un cálamo de siete agujeros, sino de mil, animado de pronto por el aliento de todos los siglos. En ese don de lenguas lo más sorprendente es que el hablante no conoce el idioma que habla. Habla una lengua absolutamente desconocida. Y a todos, incluso a él mismo, les parece que habla en griego o en caldeo. Se trata de algo completamente opuesto a la erudición. La poesía moderna, a pesar toda su complejidad y su refinamiento interior, es ingenua:
Ecoutez la chanson grise…
Un poeta sintético de los tiempos modernos no sería, me parece a mí, un Verhaeren, sino una especie de Verlaine de la cultura. Para él, toda la complejidad del mundo antiguo sería como ese mismo cálamo pushkiniano. Hablaría de las ideas, de los sistemas científicos y de las teorías sociales de la misma manera que sus predecesores hablaron de los ruiseñores y de las rosas. Dicen que la causa de la revolución es el hambre de espacios interplanetarios. Es necesario sembrar trigo en el éter.
La poesía clásica es la poesía de la revolución.
Notas:
1 Versos del poema de Pushkin Los gitanos, en el que se narra, sin nombrarle, una leyenda sobre el destierro de Ovidio a orillas del Mar Negro.
2 Ovidio, Tristia, 1.3.1-4
3 Se trata del pintor francés Jacques Louis David (1748-1825).
4 Versos de un poema del propio Mandelstam.
5 Verlaine, Art poétique.
6 Verso del propio Mandelstam.
De todas las Pléyades, Mérope fue la única que se casó con un mortal, con Sísifo. Por esa locura, o esa atrevida coincidencia del amor, le correspondió ser en su constelación la estrella que con menos brillo destacase. Los astros que representan a sus hermanas, en cambio, destellan con viveza.
El cuento, el cuento literario moderno, se parece a Mérope. Comparte su vida con una creación, la prensa, afectada por una aparente muerte periódica y testaruda, y merece más resplandor entre el oscuro concepto de los géneros de la Literatura, ese cielo de fronteras borrosas en este siglo. Puede aventurarse que el cuento, a pesar de los pesares, está conquistando la progresiva atención de editores, público, críticos, estudiosos. Algunos se escandalizan de que se le haya denominado género menor (pero creo que conviene interpretar en todo caso esa pequeñez como la que se aplica a los profetas veterotestamentarios: son menores porque los doce caben en un solo rollo de papiro). Se ha ido desgastando esa imagen acertada de que el cuento es la cenicienta de la literatura, el suburbio de la narrativa, porque un buen número de títulos demuestra con creces que una de las grandezas del cuento está en su sabia y administrada brevedad.
El cuento literario -el relato, la narración breve- se constituye como modalidad literaria específica en las columnas de los diarios y revistas que florecen mediado el XIX, al calor del auge del periodismo. Se publica suelto, exento, con interés y vida en sí mismo. Gana consistencia cuando se reúne en libro. Los primeros maestros -Poe, Maupassant, Chejov, O.Henry, Clarín, Pardo Bazán…— acaparan el reinado de esa época. Sin embargo, conviene tener presente que el cuento tal vez sea el género más antiguo del mundo y el más tardío en adquirir forma literaria. En el entramado íntimo de la especie humana pervive la fascinación por el relato, el deseo de contar y de conocer historias. Cualquier civilización se sirve de materias narrativas que tratan lo específico y universal del hombre para transmitir el tesoro de sus reflexiones, para ilustrar algunos modos de comportamiento, reedificar sus mitos, zarandear la emoción, bordear y saborear la belleza o apuntar la línea que lleva a vadear la verdad. O sencillamente cumple esa necesidad tan humana de encontrar puro y simple entretenimiento y ocio. Desde el remoto Oriente, tan proclive al didactismo, hasta los ecos de la Edad Media europea y la curiosa originalidad del Renacimiento, hemos
guardado en volúmenes narraciones cortas.
Distinguimos cuento tradicional, folclórico, de cuento literario. El cuento folclórico, nacido sin autor concreto conocido, transmitido oralmente en herencia de padres a hijos, admite variantes aunque respeta fórmulas, estructuras y relevantes detalles que facilitan el aprendizaje, y está envuelto en una arcana sencillez. Pero no tiene plasmación literaria fija. Ni siquiera Perrault, los Grimm, Andersen, que ahormaron narraciones traídas del pasado, pudieron sujetar a la letra impresa aquellas historias rescatadas. Al ser con frecuencia los destinatarios iniciales de estas piezas los niños, muchas personas siguen asociando —incluso hoy— el género literario cuento al mundo infantil. Y nuestra lengua cotidiana afea —»vivir del cuento», «dejarse de cuentos»— el sentido de esta palabra que procede de la latina computum, un término de sentido numérico, donde se sugiere el hecho de poner una cosa detrás de otra, construyendo un buscado orden, sea cual sea, lo que en esencia viene a ser el acto de contar. Pero el cuento propiamente literario es de autor que crea y firma su obra original, a quien le interesa que nadie modifique su texto, que todas las palabras, desde las primeras a las últimas, se lean. Esto es lo que convenimos que se consolidó desde el siglo XIX.
No resulta fácil redondear una definición de cuento. Su presunto hibridismo —la contagiosa proximidad y el cercano parentesco con otras modalidades literarias, desde el mismísimo poema en prosa, el artículo de costumbres, hasta la novela corta-, su relativamente reciente «presentación» y su gestación continua, el estar en proceso, dificultan una definición certera. Recurriendo a la idea de «pacto social» que entraña la aceptación por parte del lector de las manifestaciones literarias, admitiremos que el rasgo definitorio del cuento es su estructural brevedad, su noción de límite. No es infrecuente la trampa de recurrir a metáforas y a contrastes con la novela para esbozar la específica personalidad del género. Si la novela gana por puntos, el cuento por K.O. Si el cuento es una foto, la novela una película. Si la novela es como un veneno lento, el cuento como un navajazo. Casi todas esas imágenes coinciden en sugerir los efectos que la lectura produce. Edgar Alian Poe lo intuyó antes que nadie.
Aunque bastantes autores han promulgado, con bromas y veras, decálogos para cuentistas, parte de las primeras tablas de la ley del cuento las esculpió Poe en mayo de 1842, cuando reseñó en el Graham’s Magazine la tercera edición de los Twice-Told Tales de su compatriota Hawthorne. Poe partía de la corta extensión inherente al género. Pasaba ya en esa zona oscura de la psicología de la creación —se refería (¿petulantemente?) a tener concebido un relato desde antes de deletrear con tinta las primeras líneas— e intuía las teorías de la recepción (un cuento se lee de una sentada y permite llegar a un lector libre de interrupciones y sin riesgos de cansancio: su alma está entonces en manos del escritor) para crear un «efecto único», propio de una experiencia artística donde se requiere menos de dos horas de lectura. Es imposible no aprender del magisterio de Poe. Julio Cortázar, su más excelso traductor a nuestro idioma, un cuentista perfecto, recibió de él sus mejores lecciones.
El cuento, y más en nuestro país, se ha topado con testarudas dificultades. Sus restringidas vías de difusión —prensa periódica que el lector no conserva, premios, antologías, ediciones en reducidas tiradas, distribuidas deficientemente— y la atonía generalizada que ha sufrido, parecen hoy, por fortuna, pertenencia del pasado. Cuentista con obra firme (suele ser peligroso que un autor sobrepase los cien relatos publicados), cultivadores fieles y un gradual interés por el género —pequeño, pero sin confundir tamaño, grandeza y bulto— hacen, para quien esté deslumbrado por la fascinación del cuento, poseer la certeza de haber descubierto todo un bosque perdido entre los árboles.

En política, la mayoría de los acontecimientos suelen revestir la calificación de coyunturales y, sin embargo, la forma de afrontarlos, la aptitud que se percibe al tratarlos, las orientaciones que se establecen al analizarlos, el encaje que de los mismos se hace en la realidad y en la historia, nos dibujan con nitidez el perfil de quien le corresponde la misión de interpretarlos o de representarlos.
El componente estructural que tienen las consecuencias y las conclusiones políticas se eleva sobre la casuística, sobre la reiterada y concatenada profusión de acontecimientos, sobre el panel de hechos conexos y/o inconexos con objeto de permanecer en el mundo de las certezas y no diluirse en el almacén de los datos. Además, salvo los genios -aburridamente siempre bien- y los mediocres irredentos -de perfil plano-, la mayoría de los ciudadanos tenemos días buenos y malos. Digo esto por no dejar de referirme al «ángulo meteorológico» que incide con frecuencia, para bien o para mal, en las actuaciones de los políticos, y que computa positiva o negativamente en el promedio de su trayectoria política.
Los nítidos contornos del perfil mostrado por el candidato Borrell en el pasado debate sobre el estado de la Nación son difíciles de difuminar, mientras que contemplamos, sin embargo, la desaparición del aura, como fugaz estela, que imantaba, hasta antes de ayer, la figura del candidato. Carecen de valor, por falta de recorrido (pocos kilómetros todavía), lo que inhabilita, en definitiva, el juicio fiable, las opiniones o impresiones primerizas que se debaten entre el contratiempo puntual y el fracaso definitivo que conllevaría la quiebra -es decir, la insolvencia definitiva- del candidato.
Pero, en definitiva, el diagnóstico político más usual después del debate oscila entre la merma del crédito político otorgado por la sociedad, o el de su plena eliminación, al haberlo gastado de forma inútil y pródiga, con actuación desdichada y ajena a la línea de expectación creada y reconvertida, políticamente, en decepción generalizada.
Recordemos que el principal activo de Borrell lo constituye el aval, con el que soporta el crédito que recibe de la sociedad, de su presentación y triunfo, sin padrinos, en las elecciones primarias del Partido Socialista. Borrell ni heredó, ni fue designado, sino que triunfó sobre lo que estaba escrito, se alzó sobre lo que solo estaba pendiente de ser ratificado, pero que aún necesitaba cubrir déficits de legitimidad y de impulso político. Él era una simple coartada y… hubo que cambiar el guión. Es verdad que él surgió de la emoción de la política, de lo imprevisible, de la oportunidad alcanzada, de la esperanza democrática que se manifiesta al rebelarse, con aparente responsabilidad y seriedad, frente al conformismo inevitable y frustrante que conllevaba «el atado y bien atado» previo a su triunfo electoral.
Quiere todo esto decir que, en el proceso y en el resultado de esas primarias, hubo una cierta recuperación de la ilusión partidista en sectores que comparten ideas de izquierda o que pudieran llegar a comprender o impulsar su oportunidad (?) y, por consiguiente, a votarlas. Un cierto aire heroico, por tanto, de triunfador solitario, que encajaba en el retrato de un self made politician, pero al que le faltaba que esa imagen forjada por las circunstancias se correspondiera con la existencia de un programa político atractivo que mejorase al que, ahora mismo, triunfa en España. El desencuentro entre una «sobreimagen» recién adquirida y la constatación de un insustancial proyecto político regresivo, antiguo y probadamente fracasado, quedó en evidencia en este debate. Borrell se equivocó de tono y desempolvó el de hace una década. Estatismo, intervencionismo, progresividad fiscal, protección social al margen de la competitividad, crecimiento del Estado de bienestar sin reformarlo ni acotar sus prestaciones etc. Ni «la izquierda del centro» ni el «centro de la izquierda», solo izquierda rancia y tópica; era la izquierda de manual, de libro de bolsillo, la izquierda dogmática, incapaz de evolucionar, e inmovilista mientras la Historia camina en dirección contraria.
Se situó en el carril por donde da los últimos tumbos el socialismo democrático, con sus recetas ya superadas. Ignoró la «tercera vía» que propugna Tony Blair, que pretende -desde la renovación de las ideas socialistas y de un «nuevo consenso» con otras de otro tipo- dar respuesta a los retos del siglo XXI y acabar con «la cultura de la dependencia», que es la que pone en peligro el Estado de bienestar al estimular, en torno a él, la competencia desleal: no en vano puede parecer ésta una alternativa mucho mejor a la de buscar o aceptar un trabajo, pues se perciben las mismas prestaciones sociales y más subsidios.
Hubiera sido honesto y serio, y se hubiera encuadrado en «la corriente de éxito», que Borrell hubiera defendido ideas de este tipo, como hace Tony Blair desde la «izquierda del centro». Pero Borrell renegó de las reformas y volvió a los clásicos y fracasados planteamientos de más gasto social para extender los sistemas de protección, sin enterarse de que así es como se debilita al Estado de bienestar y a la sociedad que demanda las oportunidades que surgen de la competencia. Borrell se situó en «la corriente del fracaso».
Pero, más decepcionante aún fue su perfil personal, que transluce un talante, unas formas y un estilo que sería preocupante de llegar al gobierno. Es el perfil de las obsesiones, de la parcialidad en los análisis, de la conformación de la realidad desde su particular gusto, de ignorar la lógica en la prioridad de las cosas, para imponerlas desde el capricho personal. Toda su intervención transcurrió olvidando la realidad inmediata del país (euro, situación económica, oportunidades para España, etc.), en un intento de demostrar que España estaba mucho peor de lo que los españoles pensaban (la Seguridad Social en quiebra, nada más y nada menos) y que el Gobierno español había hecho trampas para alcanzar los requisitos de Maastricht y, por lo tanto, no merecíamos estar ahí.
Una intervención pesimista, llena de tecnicismos, pero alejada del sentido común, irresponsable desde el punto de vista político (debería saber el Sr. Borrell que no ha entrado el Partido Popular en el euro, sino España), una intervención inmadura y carente de la moderación que, en el fondo, históricamente siempre ha habido en estos debates. En definitiva, una intervención de ésas que dejan mal sabor de boca.
Por otro lado, Borrell dedicó la misma energía que en su discurso y con el mismo éxito, a la labor de doma de los escaños de la oposición. Perdió los nervios empeñándose -pues no le cabía en la cabeza que no pudiera ser así- en que el Parlamento se convirtiera en un claustro con el privilegio de conocer su nombramiento como jefe (honoris causa) de la oposición y de oír su lección magistral.
Al final, parecía el jefe de una empresa de seguridad obsesionado con el mantenimiento del orden público y la quiebra por sorpresa de la Seguridad Social (en versión devengos). ¡Qué atractiva oposición!
Todo esto sin dejar de referirnos al inquisitorial «conteste, conteste» dirigido al Presidente, propio de interrogatorios de otras instancias y profesiones, espero que no aprendidas en su paso por Hacienda, y que provocan una cierta inquietud. Borrell no hizo un análisis ajustado de la labor del Partido Popular que reconociera los logros y pusiera el acento a los peros en aquello que desde la oposición política estimara mejorable.
Borrell no emitió su opinión sobre el funcionamiento de la coalición parlamentaria que sostiene al Gobierno y que mantiene la estabilidad del país. No profundizó ni en su eficacia, ni en su coste, ni en su juego interno.
Los cambios políticos y de gobierno que se han producido en España (UCD, PSOE, pp) han sido fraguados sobre unas mínimas bases de sentido común, moderación y racionalidad. Los españoles, por ahora, no han dado saltos en el vacío, no han llevado al poder a nadie que no estuviera preparado para ello o que tuviera aristas inquietantes. Incluso aunque Borrell quiera jugar exclusivamente al «liderazgo aritmético», es decir, a la suma de votos de PSOE e IU que, partiendo de los datos del 3 de marzo, registran una diferencia de 2 millones de votos respecto al PP. Esta tesis técnicamente es posible, pero políticamente improbable por causas que van, desde una cierta modificación de la estructura social en estos dos años, al triunfo habitual, en la serie histórica, del voto moderado en España, el cual abriría, en última instancia, la abstención en la izquierda templada y, además, los trasvases lógicos de votos en elecciones generales a opiniones mayoritarias del mismo espacio social (por ejemplo, de los nacionalistas) o también al planteamiento subyacente en elecciones generales de un cierto referéndum a la labor del gobierno, que parece muy buena en este caso.
Por lo tanto, para obtener la confianza de los ciudadanos desde la oposición, parece que hay que ser mejor que el Gobierno: la aritmética es una ciencia exacta, y la política es inexacta.
Aznar estuvo brillante en este debate. Defendió con eficacia, seriedad y convicción los logros de su Gobierno. Fortaleció su coalición política. Mostró un camino de gestión con proyección de futuro, construido sobre la base de una tierra fértil, que tiene naturalmente problemas y riesgos (que exige estar con ojo inquieto, si la lluvia tarda»), pero que está lleno de oportunidades. Seguro y firme en la dirección del país, estuvo preciso y certero en la comunicación a los ciudadanos del rumbo de la nación.
Nada está definitivamente ganado; la política se hace, se teje todos los días (aunque exista gente que se dedique a destejer), pero vamos caminando a buen paso por el mejor sendero.
Es ésta la novela número quince que publica en Gallimard Patrick Modiano (1945). Pero en sus tres narraciones para Seuil o en sus libros con Pierre Le Than u otros dibujantes, en la larga entrevista a Enmanuel Berl publicada también por Gallimard, Modiano desarrolla siempre los mismos asuntos, las mismas obsesiones y preocupaciones. En Dora Bruder le toca el turno a uno de los temas que le son más queridos, que le provocan más inquietud y le impulsan más a narrar: la suerte de los judíos durante la Ocupación. Es uno de esos temas que le provocan a Modiano algo más que un pincement au coeur, que va más allá de la nostalgia crítica (por evocar dos actitudes muy suyas, tanto al escribir como al ser leído), y que, en rigor, es una incursión por las entretelas de la culpabilidad de numerosos franceses en la represión innoble y gratuita de los israelitas en una Francia que nada tenía contra ellos o a la que habían acudido como refugio. El antisemitismo francés tiene mucho de mimético, de importado (de Austria y Alemania, sobre todo, aunque también se alimente de aquel apócrifo que se fabricó en Rusia, Los protocolos de los sabios de Sión) y mucho de resquemor reaccionario por el avance de la modernidad gracias a las secuelas del caso Dreyfuss, donde los antisemitas, tradicionalistas y bigots en general fueron batidos en toda regla. Y si las diatribas antisemitas de la época de los dos emperadores no podían hacer prever nada parecido al Holocausto, en el caso francés no las explican en modo alguno.
El tema del judío durante la Ocupación está presente ya en la primera novela de Modiano, La Place de l’Etoile (1968), y resulta relevante en muchas otras, como La ronde de nuit, Livret de famille, Voyage de noches o el guión cinematográfico Luden Lacombe, escrito para Louis Malle. Otro de los temas de Modiano es la evocación, el recuerdo, la nostalgia, el mirar hacia el pasado en uno o dos niveles de rememoraciones. Voyage de noches, que traduje hace unos años para Alfaguara como Viaje de novios, tiene precisamente dos niveles de recuerdo: un hombre evoca al joven inexperto e inquieto que él fue (estamos ante un tipo de personaje muy característico de este autor) cuando hizo amistad con una pareja madura; y lo que le había sucedido a esa pareja cuando se conocieron durante la Ocupación, un día en que ella no puede regresar a casa por el toque de queda y él la acoge. Ella es judía. Más tarde, huirán hacia el sur, pero siempre habrá quien husmee en sus vidas, siempre habrá un colabó al servicio de Vichy o de la autoridad ocupante.
Dora Bruder, de acuerdo con lo que dice el propio Modiano en este libro, trata el mismo tema que Viaje de novios. Solo que, en esta novela, el escritor trazó una fantasía a partir de una noticia que se supone leyó en un diario de la época de la Ocupación: la desaparición de una muchacha, hija de judíos austríacos, a finales de 1941. Dora Bruder, sin embargo, es la reconstrucción, en la medida de lo posible, de las vicisitudes de la auténtica Dora y de las de sus padres, a partir de informaciones fragmentarias recogidas aquí y allá. Como tantos judíos franceses o refugiados en Francia, Dora y sus padres fueron internados en el campo de Drancy y sufrieron poco más tarde, la deportación a Auschwitz.
La novela es aquí una investigación, una detection, real o imaginaria, eso no podemos precisarlo, pero en cualquier caso es lo más cercano a la narrativa de no jicción que ha escrito Modiano hasta el momento. No es nada parecido a A sangre fría, de Capote, o La canción del verdugo, de Mailer, porque el estilo de Modiano es ajeno a las grandes formas, al gran desarrollo. Modiano se encierra siempre en obras breves, densas, que parecen variaciones de un mismo tema. La intensidad de la obra de este autor es tal, que crea auténtica adicción en algunos lectores.
Eso sí, Modiano no es para cualquiera. Sin ser para happy few, la narrativa de Modiano requiere un buen gusto de lector. En España ha sido ampliamente traducido (Alfaguara, sobre todo; en Venezuela, Monte Ávila), y se ha vendido bastante poco. Modiano carece de «ajo» narrativo suficiente para agradar a los paladares que consumen narrativa mayoritaria en nuestro país. Goza, eso sí, de unos cuantos adictos que no descienden a discutir el desdén de los adoradores de la novela urbano-alcohólica o marujo-sentimental. Modiano recibirá el Premio Nobel cualquier año de éstos. Nos pillará jugando, como siempre.
La palabra «verdad» suena fuerte a muchos oídos contemporáneos. Se suele decir que los finales de siglo -¡qué no será de milenio!- abundan en posturas escépticas. En el nuestro, debilitado por los planteamientos epigonales del postmodernismo, del postestructuralismo, de la fragmentación y del discurso narrativo, volver a traer el tabú de la verdad no parece de recibo. Un discurso que, además, tematiza el «interés» por ella parece necesitar de una potente justificación para hacerse oír en el coro actual de las lamentaciones por el final de la filosofía.

Acaba de publicarse el último libro de Antonio Millán-Puelles, El interés por la verdad y me parece que es ésta una buena ocasión para reflexionar sobre la auténtica vocación de la filosofía, sobre todo si nos guiamos por el ejemplo, bien próximo, de quien ha hecho de ella una profesión en el sentido más hondo.
Una de las notas características del pensamiento de Millán-Puelles es su indiferencia radical respecto de las modas intelectuales. Nunca se mueve para halagar el oído sediento de lo inmediato, de lo «actual» y «vivo». «En realidad es vivo todo problema auténticamente vivido con la intensidad indispensable para plantearlo con rigor y para sentirse en la necesidad de buscarle la solución. Cualquier otra manera de entender las vivas inquietudes intelectuales o los problemas vivos es pura y simple retórica vitalista» (pág. 280). Si alguna vez se ocupa Millán- Puelles de cuestiones que, en efecto, lo son de actualidad, no lo hace porque lo sean, sino por el interés que encierran en sí mismas y porque tropieza con ellas en su búsqueda de lo esencial. En filosofía, pocos asuntos pueden considerarse tan esenciales e invulnerables a las modas como el de la misma vocación de buscar e interesarse por la verdad, que es lo que constituye lo más formalmente propio de la tarea filosófica.
El libro que acaba de publicarse está estructurado en dos partes: el interés por conocer la verdad y el interés por darla a conocer. Ambas partes van acompañadas de una serie de consideraciones acerca de los aspectos éticos, tanto del interés cognoscitivo como del comunicativo.
Tras definir el interés por la verdad como «el deseo, efectivamente diligente o solícito, de tener conocimientos verdaderos en la acepción de concordantes o conformes con los objetos a que se refieren» (pág. 57), Millán- Puelles afronta directamente el problema de si la inteligencia humana puede estar dotada de un interés auténticamente teórico, para presentar una de las tesis centrales del libro: el valor que en sí misma posee la teoría. «Es necesario que el entendimiento humano sea capaz de conocimientos puramente teóricos, es decir, enteramente innecesarios para mantenernos en la existencia y en general para la llamada vida activa, pero en sí y por sí mismos valiosos (…). Ningún conocimiento puede dejar de presentársenos como preferible a su falta, si ambos son considerados en sí mismos, independientemente de cualquier sobrecarga eventual» (pág. 71). La posibilidad de un «estar teóricamente en la realidad» (pág. 72) no implica, naturalmente, que el hombre contemplativo no se interese nada más que por la teoría, de la misma forma que el hombre de acción tampoco se interesa solo por lo práctico (pág. 120). Desde luego, el preguntar, en su raíz y en su forma, es un acto puramente teórico.
Tales ideas no pueden mantenerse hoy sin una impugnación de la tesis fundamental del utilitarismo y del pragmatismo, tarea que el autor aborda con gran eficacia argumental (págs. 125 y ss). Condición esencial de la existencia de una natural inclinación humana a interesarse por el conocimiento de la verdad—y de que dicha tendencia no es contradictoria, a saber, no es una tendencia a su correspondiente y necesaria frustración— sería la inteligibilidad misma de lo real. En efecto, «para poder estar en la realidad intelectivamente es menester, ante todo, que la realidad sea inteligible» (pág. 73). El autor presenta una demostración modélica de la inteligibilidad de lo real (págs. 75-78), lo cual le obliga a discutir la tesis kantiana de la imposibilidad de conocer el ser del objeto, que queda reducido en el planteamiento del filósofo alemán a su mero ser-objeto. Ahora bien, según la propuesta kantiana, hay un realismo empírico que debe complementar al idealismo trascendental, según el cual las cosas que intuimos sensorialmente no son en sí mismas aquello por lo cual las tomamos en su intuición. Responde Millán- Puelles: «Una intuición donde lo intuido no es lo que de él se intuye es una intuición que no es ninguna intuición» (pág. 83). En un planteamiento fundamental del interés por la verdad no puede faltar una discusión seria sobre la tesis relativista. El autor la aborda en todas sus posibles inflexiones a partir de la fórmula de Protágoras, para mostrar la circularidad en que incurre y concluir que, «aunque no lo diga, el relativista piensa que la tesis relativista es verdadera incluso en el caso de que nadie, ni siquiera él mismo, la tuviese por tal. No piensa así de una manera expresa, pero tampoco el absoluto escéptico piensa explícitamente que está dejando de serlo al afirmar que lo es» (pág. 118).
El libro pone de manifiesto la inconsistencia del planteamiento kantiano de la filosofía como un puro preguntar sin respuesta posible que no trascienda la humana capacidad intelectual (pág. 98). En este sentido, quizá una de las ideas más originales del libro es la refutación del peculiar «activismo» de quien busca sin querer encontrar: «Lo que hace que quien indaga sea verdaderamente un activista es el hábito de preferir las verdades que son objeto de descubrimiento a las que son objeto de revelación. El activista intelectual es más amante de descubrir la verdad que de la verdad descubierta (pág. 134).
En relación al interés comunicativo, y tras una clarificadora glosa del famoso texto de Tomás de Aquino en De magistro, en el que compara la tarea del maestro con la del médico, se analiza el valor comunicativo del ejemplo en su vertiente transmisora de las verdades morales. Posteriormente, el discurso se desarrolla sobre los que se consideran supuestos básicos del interés por comunicar la verdad: la intersubjetividad (el plural del yo), la innata tendencia a comunicar la verdad y la comunicabilidad misma de ésta.
En esta parte son de destacar la discusión en torno al solipsismo, los pormenorizados análisis de la noción de alter ego en Husserl y de las ideas de Wittgenstein acerca de la imposibilidad de un lenguaje privado: una verdadera Filosofía del lenguaje que va al fondo de las cuestiones esenciales, bien lejano de las minucias propias de la analítica positivista, que no termina más que en un preciosismo sobre lo que nos deja indiferentes.
Finaliza el libro con un estudio detenido del problema moral de la mentira y las funciones de la justicia y la prudencia en la comunicación de la verdad, estudio que no elude la complejidad de las múltiples variables que ahí han de ser atendidas.
Diecisiete países europeos, en colaboración con la Biblioteca Nacional, han puesto en marcha el ciclo de conferencias 350 años de la Paz de Westfalia: Desde el Antagonismo hacia la Integración de Europa, con el fin de conmemorar aquel acuerdo histórico. NUEVA REVISTA publica el texto de la conferencia inaugural, pronunciada el pasado 9 de marzo en la sede de la Biblioteca Nacional.
Antiguo, trabajoso y bello oficio es el de historiador. Antiguo, porque desde que el mono se transformó en hombre sintió la necesidad de recordar, es decir, de pintar, las cosas importantes sucedidas y perpetuarlas, transmitiéndolas a quienes vivieran después y así progresar. Trabajoso, porque el historiador viaja a los mundos del pasado y trata de reconstruirlos en todas sus dimensiones económicas, ideológicas, políticas, sociales o culturales y busca a los hombres, y a cada hombre, de ese pretérito y procura situarse en su horizonte vital y entender su conducta. Bello, porque precisamente es oficio, en la investigación y en la enseñanza, de entendimiento, de amor y de verdad, sin cuyos instrumentos no lograría el historiador cumplir su tarea de comprender a quienes vivieron en otras épocas. Y también es oficio no exento de graves responsabilidades y peligros, propicio a la injerencia de aventureros sin escrúpulos o mercenarios a sueldo de los poderes, en cuyo caso el relato histórico se convierte con facilidad en droga o veneno, capaz de fundamentar mitologías absurdas y de suscitar odios y hasta guerras. Ya lo insinuaba Sebastián de Covarrubias en su célebre Tesoro de la lengua castellana: «Basta que el historiador tenga buenos originales y autores fidedignos de aquello que narra y escribe y que de industria no mienta o sea flojo en averiguar la verdad, antes que la asegure como tal». Buscar buenas y bastantes fuentes, no falsear la verdad por interés ni ser perezoso en la andadura de su averiguación, he ahí lo esencial, aunque siempre las sucesivas coordenadas históricas, metodológicas o biográficas condicionen nuestra mirada y nos hagan contemplar la realidad pretérita desde diferentes perspectivas, no engañosas sino complementarias y progresivamente enriquecedoras.
El historiador, pues, selecciona el punto de vista desde el que estudia el objeto histórico que ha escogido y prefiere unos métodos y técnicas de trabajo a otros cuando trata de analizarlo, interpretarlo y darlo a conocer.
También yo, y entro ya en materia, he debido elegir a la hora de desarrollar el tema que se me ha encomendado hoy: «La Monarquía Hispánica y Westfalia». Se me ofrecían múltiples formas de abordarlo: la revisión historiográfica de los varios enfoques nacionales y de escuela; el estudio de las negociaciones westfalianas desde la perspectiva madrileña, empleando, entre otras muchas fuentes, la correspondencia recogida en los tomos 82 al 84 del CODOIN por el marqués de Fuensanta del Valle, J. Sancho Rayón y F. de Zabalduru; el análisis de los 79 artículos del Tratado de Münster, publicados y analizados en 1956 por Jorge Castel; la descripción de los complicados intereses políticos, ideológicos y económicos puestos en juego y su dialéctica westfaliana; el universo cultural de los europeos de Westfalia; España en la Europa de mediados del siglo XVII; la idea de la paz perpetua y su fracaso, etc.
Sin embargo, me he visto obligado a sujetarme a unos límites realistas, más generales y menos profundos o eruditos. En efecto, mi intervención en este ambicioso ciclo internacional sobre la Paz de Westfalia tiene un carácter que difiere respecto al de las otras diecisiete conferencias que lo componen, ya que viene a ser algo intermedio entre una simple introducción al programa y un discurso académico en el pleno sentido del término. Con pocas palabras, algo más que una presentación pero algo menos que una conferencia en duración y densidad.
A fin de acomodarme al tiempo de que dispongo y emplearlo con el máximo contenido y tensión argumental compatibles con la benevolente paciencia de ustedes, he preferido vertebrar mi texto mediante tres preguntas a las que procuraré dar las respuestas, o algunas de las respuestas, a mi juicio más adecuadas. Claro está que una parte importante del trabajo del historiador consiste en formularse continuas preguntas, tratando de contestarlas satisfactoriamente. Mis preguntas son éstas:
—Primera: ¿Por qué aquella guerra espantosa de los Treinta Años, una de las más terribles de la historia del hombre, concluida, no del todo y efímeramente, en Westfalia?
—Segunda: ¿Cuál fue el recorrido de la Monarquía Hispánica, en el camino hacia Westfalia y después de Wesrfalia, cuáles sus razones, sus objetivos, su conducta, sus logros y fracasos?
—Tercera: ¿Por qué la paz que se proponían los europeos, punto final a tanto horror y tales violencias, no pudo ser «definitiva», y las miserias de la guerra se repitieron y todavía hoy seguimos siendo testigos de la bestialidad de nuestros instintos más crueles y destructivos?
¿POR QUÉ LA GUERRA?
En primer lugar, ¿cuáles fueron las causas profundas, no los praetextus belli o motivos aparentes, de la devastadora Guerra de los Treinta Años, que destruyó regiones enteras, arruinó países, derribó poderes, entre ellos el de España, paralizó para muchas décadas y aun siglos procesos en curso y causó millones de muertos militares y civiles en una población europea que, sin Rusia y los Balcanes, no llegaba a los ochenta millones de personas? De una contienda que muy bien puede compararse en lamentables
atrocidades e incidencia con los enfrentamientos europeos de nuestro no menos vergonzoso y sí más culpable siglo XX. Los archiconocidos grabados de Jacques Callot, de 1633, o aquellos versos de Ricarda Huch recogidos por Golo Mann, «Si ya has crecido, escucha el tambor / que redobla de lugar en lugar para enrolarte. / Síguelo, hijo, oye el consejo de tu madre, / si caes en la batalla, no te estrangulará ningún soldado» o la tétrica imagen calderoniana de 1635 en La vida es sueño, «Cada edificio es un sepulcro altivo,/ cada soldado, un esqueleto vivo», nos aproximan, estremeciéndonos, a la atmósfera desesperanzada e implacable que vivieron dos generaciones de europeos, sobre todo en los territorios germanos, de 1618 a 1648.
Si, con optimismo, quizá ingenuo, y confianza en las bondades de la condición humana, rechazáramos la inquietante hipótesis de que los seres humanos se cansan de la tranquilidad y, olvidados de los daños de la violencia, experimentan periódica, Cíclicamente, el prurito de retornar a ella, desahogando su ingobernable agresividad y que por eso a la generación pacifista que dirigió los destinos de Europa durante los tres primeros lustros del siglo XVII no hubo de sucederle por fuerza otra que cediese a los impulsos belicosos y destructivos latentes en nuestra naturaleza; si rechazáramos tan triste mecanismo alternativo, habríamos de preguntarnos por el caldo de cultivo, por los poderosos motivos de fondo que, en los precisos momentos aurorales de la nueva ciencia, del naciente imperio de la razón -Galileo, Descartes…-, impidieron el ejercicio del diálogo y el triunfo de las negociaciones sobre el lenguaje de las espadas, arcabuces y cañones.
Al final de aquel Otoño de la Edad Media, tan maravillosamente descrito por la pluma del holandés Huizinga, el Renacimiento y las conquistas de Ultramar forjaron altos valores de la cultura y del carácter europeos, acusado sentido estético, curiosidad científica, sentido crítico, poderosa creatividad, abnegación heroica, creciente conciencia de la dignidad individual, espíritu de empresa, económica o del espíritu, aptitud para la organización…, pero también se insinuaron entonces, con o entre esas virtudes, o al margen de ellas, una serie de ingredientes conflictivos y, en potencia, capaces de producir grandes males a la larga, como el excesivo individualismo poco solidario, la desmedida ambición, las oposiciones irreconciliables, el juego del todo a nada. Conforme avanza el siglo XVI y nos acercamos al tiempo del Barroco, se acentúa ese contraste de luces deslumbradoras y sombras abismales. Pero concretemos los factores fundamentales que contribuyeron a enrarecer las relaciones internacionales y a provocar el fenómeno bélico.
Por lo que se refiere a los rasgos negativos del clima histórico reinante, propiciadores de actitudes hostiles, hay que destacar, en medio del esplendor de las Letras y las Artes, la incultura de los más, proclive a comportamientos xenófobos y excesos fanáticos; luego, los nacionalismos emergentes en Francia, Inglaterra, Holanda, Alemania, España, etc., distintos, por supuesto, a los del tiempo de Napoleón o a los virulentos y a veces desaforados hasta el ridículo de nuestro siglo XX en todas sus manifestaciones y magnitudes doctrinales y geográficas, pero nacionalismos, aquéllos, muy reales, vigorosos y susceptibles, con vivos reflejos defensivos y ofensivos. Por último, el desarrollo inicial de los leviatanes estatales, mayores y menores, con sus «razones de Estado» siempre a punto y la mecánica de sus procedimientos de intervención bien adiestrada.
De forma más directa, a modo de estímulos o condicionamientos determinantes, actuaron otras causas. En primer término, las ambiciones personales de los dirigentes, tan ligadas a los sueños renacentistas y a las nociones vigentes de honor, fama o gloria, a menudo con vinculaciones de linaje o dinásticas.
Una segunda espuela de la guerra fue de índole económica. Me refiero a las concepciones mercantilistas imperantes, a tenor de las cuales la ganancia de los unos significaba la pérdida de los otros y viceversa. A partir de los dogmas sobre la balanza comercial favorable y de la concepción global de la economía, se derivaba hacia la apelación a la fuerza como argumento último, concluyente para eliminar los estorbos y obstáculos opuestos a los objetivos deseados. El espíritu dinámico y competitivo, en principio razonable y enriquecedor, propio del capitalismo se transformaba, con desgraciada frecuencia, en comportamientos hostiles, aniquiladores a la larga para todas las partes, a causa no solo de los daños directos, sino también de la inseguridad resultante y de la desviación de recursos humanos y financieros hacia consumos estériles de carácter militar o derivados del factor riesgo.
Y la religión. No deja de resultar paradójico que el tercer jinete o acicate, quizá el mayor, de las guerras en la Alta Edad Moderna se presentara bajo esa fisonomía. Formulaciones en teoría altruistas y espirituales, sobre el papel empeñadas en la defensa de los más nobles valores del ser humano, demostraron en el curso de esa primera modernidad su demoledor potencial destructivo. No solo las religiones ajenas a la «Cruz», el fanatismo expansionista de los musulmanes desde Filipinas al Mediterráneo, desde Viena al índico, también los cristianos, los hombres de la religión del amor, esgrimieron su fe contra ellos mismos, con intransigencia y afán de exterminio.
Lo que acabo de exponer nos ayuda a explicarnos cómo los gobernantes y los pueblos de Europa, creyéndose tantas veces en la disyuntiva trágica de aniquilar para no ser aniquilados, obraron en consecuencia, mediante recíprocas destrucciones y enfrentamientos a muerte durante treinta años. No sorprende que la nación que menos se implicó en las luchas continentales, Inglaterra, empezara a emerger como auténtica gran potencia poco después de Westfalia, camino de su poderío mundial en los siglos XVIII y XIX.
EL CAMINO ESPAÑOL HACIA WESTFALIA Y DESPUÉS DE WESTFALIA
Entre las muchas fábulas y afirmaciones gratuitas o disparatadas que pueblan la historia de España, tales como el hundimiento del poder naval español tras el fracaso de la Armada de Inglaterra de 1588 o el colapso militar de la Monarquía hispana luego de Rocroi, tengo que señalar ahora las dos que se refieren a la ambición hegemónica española como una de las causas principales y protagonista de la guerra europea desencadenada a partir de 1618, por una parte, y, por la otra, la atribución al conde-duque de Olivares de la autoría y responsabilidad de esa supuesta política exterior expansiva e insensata.
Lo cierto es que la caótica situación del Imperio Germánico al finalizar el reinado de Matías, con sus dos mil Estados y estadículos y sus conflictos jurisdiccionales y la guerra religiosa latente en las formaciones de la «Liga» y de la «Unión», implicaba al aliadinástico madrileño, por ser esta rama la «primogénita y mayor» de la Casa de Habsburgo, en el inminente conflicto centroeuropeo casi sin remedio. Y por lo que mira a la Tregua de los Doce Años concertada con los Países Bajos en 1609, los holandeses, tras el triunfo de los gomaristas, no deseaban otra cosa que el rompimiento con España, cuyo poder creían estar en condiciones de destruir en Europa y ambas Indias, y así lo provocaron con multitud de incidentes armados.
En lo que atañe a las responsabilidades belicistas de Olivares, está muy claro que él fue el beneficiario último, hacia 1622, de un lento golpe de Estado que protagonizaron otros, desde, por lo menos, 1617, los «reputacionistas» o partidarios del prestigio, contra los pacifistas, cuya cabeza más visible, Lerma, había preferido desengancharse peligrosamente de los asuntos septentrionales y centroeuropeos para atender, con la retaguardia descuidada, al Mediterráneo cervantino. Los estadistas madrileños no habían preparado la guerra: las fuerzas navales, valga como muestra, se contrajeron a una quinta parte de 1597 a 1616, mientras los holandeses las multiplicaban por dos, triplicando así a las españolas en esos cuatro lustros. La Monarquía Hispánica no se hallaba preparada cuando se vio envuelta en un colosal conflicto por tierra y mar, en el Continente y Ultramar.
Porque, además, esa Monarquía Hispánica o, en una segunda terminología de época, «Unión General de Reinos, Estados y Señoríos» —interesante modelo, por cierto para la Unión Europea que andamos hoy construyendo—, no albergaba, salvo en coyunturas o circunstancias excepcionales, propósitos expansionistas en el Viejo Continente y muy recortadas en Ultramar desde 1580 y tantos, sino la voluntad de defender o, en vocablo más preciso, «conservar» los territorios propios y de legítima posesión. Bien se lo recordaba el conde-duque a Felipe IV: «Para ser el primero, V.M. le sobra mucho, ser solo no es posible» y bien lo decía en su testamento del 14 de septiembre de 1665, tres días antes de morir, el rey: «Después que sucedí en estos reinos, se me han ofrecido grandes y continuas guerras sin culpa mía, porque todas han sido para defensa de mis reinos y dominios, que me pertenecen y heredé… de mis antecesores, de que me han pretendido despojar, imposibilitándome la defensa con la sublevación de algunos de mis reinos y vasallos».
A las razones religiosas, patrimoniales o dinásticas de la política extranjera de nuestros Austrias, a menudo exageradas, hay que añadir motivos muy fundamentados de estricto carácter político, económico y estratégico. Los políticos se referían al concepto de «reputación», o prestigio, y más ya, según acabo de decir, a la idea de «conservación» que a la de «aumento» o «crecimiento» y también al rechazo de las injerencias de los potentados europeos en los asuntos propios. Los motivos económicos se basaban en la preocupación por la autarquía o autosuficiencia económica de Imperio hispano, gravemente amenazada por la ambición e intereses de las burguesías septentrionales, por su dominio de los vitales tráficos mercantiles del Norte y por su actividad contrabandista; en lo que toca, por ejemplo, a las Provincias Unidas, los gobernantes madrileños no podían ignorar los avances holandeses en las Indias Orientales portuguesas, los asaltos a las Filipinas, los proyectos sobre las Indias de Occidente, el bloqueo de los tráficos mercantiles del País Bajo español con el cierre del Escalda, la penetración en el Mediterráneo levantino y los auxilios a la piratería berberisca y el comercio ilegal ruinoso para España organizado en las costas ibéricas. En cuanto a las razones estratégicas, la presencia en el Norte de la Monarquía Hispánica se justificaba por la insuficiencia para la defensa del Imperio ultramarino, como se comprobaría en el siglo XVIII borbónico, de la fortificación de tan dilatados dominios y de la vigilancia armada de las rutas atlánticas; un tercer recurso era indispensable para la mayor eficacia del sistema, a saber, la observación próxima, desde Flandes, y la amenaza cercana de réplica sobre los puntos de partida de las expediciones ultramarinas de los nórdicos.
En último extremo, tampoco pueden olvidarse las obligaciones del monarca común de castellanos, portugueses, aragoneses, italianos, borgoñones o belgas para con los derechos de todos ellos, no solo respecto a algunos de sus diferentes súbditos. Así, se comprende mejor la insistencia de la Corte de Madrid en la libertad de culto exigida para los católicos holandeses, los cuales, por cierto, y si mi estadística de 1996 no me engaña, superan hoy a los protestantes, con casi el 42% de la población frente al 37%. Una actuación, desde luego, opuesta a la de los norteamericanos cuando su precipitada huida de su sucio protectorado» vietnamita.
La Unión General de Reinos hispana, si no autosuficiente, sí abundantísima en riquezas y poder por sus enormes dimensiones, no fue quien más deseó la guerra, esas guerras de los europeos de las que España resultó víctima, como sucedería también casi dos siglos después, cuando el enfrentamiento anglo-francés de la época de la Revolución y del Imperio.
Pese a no hallarse adecuadamente preparada para ella y a no desearla ni convenirle, los primeros años de la guerra fueron triunfales para las armas de la Monarquía Hispánica. La ayuda española aseguró el trono imperial de Viena mientras el ejército de Flandes ocupaba el arco renano occidental; los astilleros ibéricos botaban nuevos buques de batalla, que llegaron a cuadruplicar la cifra de los existentes en 1616, se habilitó el puerto de Mardick-Dunquerque, que bajo Felipe IV constituyó la mayor base naval de una de las más temibles escuadras de corso de la historia marítima y se pusieron a punto, con mano de obra y capital liejés, los primeros altos hornos siderúrgicos -el gran secreto militar de los septentrionales— instalados en la Península Ibérica, en Liérganes y La Cavada Santander). 1625 fue el año cenital de las glorias militares de España, cuyos ejércitos y escuadras batieron a los holandeses en Bahía y Bredá, a los ingleses en Cádiz y a los franceses en Génova, como nos recuerdan los cuadros pintados para el Salón de Reinos del nuevo Palacio del Buen Retiro, las velazqueñas Lanzas entre ellos.
Pero aunque por un instante se acarició la quimera de imponer la pax catholica a los protestantes de Alemania, Inglaterra, Holanda y Dinamarca por medio del eje Madrid-Viena-Varsovia, pronto se abandonó la idea porque las victorias habían resultado en exceso costosas y había de restablecerse el orden financiero, y porque los recelos del poco agradecido aliado germánico respecto al engrandecimiento hispano y la incapacidad de los polacos en el área báltica desvanecieron la viabilidad del proyecto.
No obstante el curso favorable de los acontecimientos y, en contra de las afirmaciones de tantos historiadores, los gobernantes españoles de Madrid y Bruselas comenzaron, desde finales de 1626, a pensar en la posibilidad de alcanzar un acuerdo más o menos transitorio o definitivo con los «rebeldes» de las Provincias Unidas. Por la parte hispana condujo las conversaciones el comisario Keseler en la villa fronteriza de Roosendaal, treinta kilómetros al norte de Amberes, y también intervino, ocasionalmente, el pintor-diplomático Rubens. El 1 de agosto de 1628, el Consejo de Estado madrileño, máximo órgano de la política internacional de la Monarquía, se manifestó en términos bastante flexibles, insistiendo con más particularidad en las clausulas económicas; en esta sesión intervino el condeduque, quien llegó a aceptar, a cambio de la paz, la idea de la «soberanidad» de los Países Bajos.
Los esfuerzos reformistas de Olivares para modernizar el país y dotarle de medios eficaces con los que oponerse a los planes del inmenso poder holandés, encaminados a la ruina de la Monarquía Hispánica y a convertir a su rey «en un buen labrador» de los páramos ibéricos, chocaron con resistencias insuperables en todos los frentes, económicos o regnícolas, aristocráticos u oligárquicos. El fracaso de los banqueros judíos, mal mirados por los cristianos viejos castellanos, en la sustitución o relevo de los hombres de negocios genoveses, produjo un auténtico caos en las finanzas estatales, agravado hasta límites extremos por la pérdida de la flota del almirante Benavides en Matanzas el 8 de septiembre de 1628. Los neerlandeses aprovecharon la coyuntura y tomaron Wesel, Bolduque (Bois-le Duc, Hertogenbosch) y Pernambuco y no quisieron oír hablar más de paces. El rey sueco, que había vencido a Wallenstein en Stralsund, entraba en Alemania. Flandes «se perdía sin remedio» y la Monarquía hispana andaba al garete y alrededor todo eran desmoronamientos hacia 1630.
Olivares organizó un esfuerzo supremo por tierra y mar. En la trascendental batalla de Nõrdlingen, al sur de Alemania, la infantería española -el mejor soldado con que he luchado nunca, comentó el coronel Ostau— contuvo a los suecos y reabrió el camino de Milán a Bruselas por la Valtelina. Flandes, Bélgica, se habían salvado de la desaparición hasta nuestros días y el mapa confesional de Europa también quedaba definido. Pero cinco años después, en septiembre de 1639, las escuadras españolas del Oceano fueron destruidas por el almirante Van Tromp en las aguas del Canal de la Mancha y tras ello los holandeses dejaron de sentir un excesivo interés en colaborar con el aliado francés, que desde 1635 atacaba por el sur la fortaleza flamenca.
De 1638 a 1640, Felipe IV había perdido un centenar de buques de guerra, una docena de almirantes y veinte mil marinos; en Trafalgar serían diez navíos y mil hombres, quinientos en el 98 de Santiago y Cavite. La quinta década del siglo, al descubierto el flanco lusitano de la Península, fue angustiosa para la Monarquía Hispánica, con alzamientos desintegradores y conspiraciones en todas partes, empezando por los gravísimos de Cataluña y Portugal. En los Países Bajos, los tercios españoles sufrieron algunos reveses, Rocroi, Dunquerque y, ya en el 48, Lens, pero en el decisivo frente interior de Lérida, tras cinco años de lucha, 1642 a 1647, y varios sitios y batallas, el triunfo final correspondió a Felipe IV. En palabras de Cánovas del Castillo, «jamás alarde mayor o más desesperado esfuerzo hizo nación alguna que la española entonces, peleando por todos lados con desiguales medios e imponiendo respeto a sus enemigos por largo espacio
de tiempo todavía».
A partir de las Dietas alemanas de 1639 y 1640 en Nuremberg y Ratisbona, se comenzaron a coordinar las actividades en favor de una gran paz continental. Las ciudades westfalianas de Münster y Osnabrück, a 45 kilómetros una de otra, a jornada de caballo, fueron designadas sedes, después de largas discusiones, en 1641. Las conversaciones, que debían iniciarse en 1642, no lo hicieron oficialmente hasta el 43 y solo muy a finales del 44 empezó a tener consistencia la negociación. En Münster, donde, como es bien sabido, se llevaban a cabo las tareas preliminares de la paz concerniente a la Europa occidental y al Océano, con España, Francia, el Imperio y Holanda como principales actores, estuvo hasta 1645-46, en calidad de plenipotenciario de Felipe IV, junto al arzobispo de Cambrai, al diligente Antonio Brun y a Peñaranda, el gran escritor Saavedra Fajardo, quien nos ha dejado, entre otros textos pertinentes para nuestra historia, su epistolario münsteriano y su sabroso opúsculo postumo Locuras de Europa.
Münster representó para España la paz con Holanda, que ambas potencias, las dos mayores de Europa durante la primera mitad del siglo XVII, deseaban desde bastantes años antes. Los malos oficios del ministro austríaco Trauttmansdorff —Viena continuaba su desleal viraje antiespañol, que la llevaría a la firma de los Tratados de Reparto de la Monarquía Hispánica en el tercio postrero de la centuria— y las intringas incesantes de los embajadores franceses, que trataban de estorbar a toda costa la aproximación hispanoholandesa, no pudieron impedir que Felipe IV y las Provincias Unidas alcanzasen un acuerdo preliminar, firmado el 8 de enero de 1647, cuyos setenta artículos significaban la victoria a medias de la República holandesa en su guerra de independencia contra España o de los «ochenta años». Y digo a medias porque las provincias del sur quedaron en manos de España y hoy son Bélgica y Luxemburgo (y zonas de Francia y Alemania), aunque los holandeses lograran ¡por fin! el ansiado reconocimiento de su soberanía por parte española (artículo Io), la confirmación de sus conquistas en Europa y ambas Indias (artículos 3o, 5o y 6o), diversas ventajas comerciales y el abusivo mantenimiento del cierre o bloqueo de las bocas del Escalda, gravosísima hipoteca para la prosperidad del País Bajo meridional (artículo décimo tercero, décimo cuarto del Tratado definitivo). Éste se firmó trece meses más tarde, el 30 de enero del 48, ampliado en nueve cláusulas, intercambiándose las ratificaciones respectivas el 15 de mayo y publicándose al día siguiente, con lectura pública y pomposa ceremonia ante más de veinte mil personas.
España se había librado de su peor enemigo; sin embargo, lo que pronto sería la República inglesa de Cromwell crecía en poder y amenazas y Francia no había querido firmar la paz con España, mientras los movimientos de Sicilia y Nápoles y las secesiones ibéricas de lusos y catalanes minaban las cada vez más extenuadas y sorprendentes energías del antiguo coloso hispánico. No obstante, luego de Münster, las armas de Felipe IV reaccionaron con brío y lograron éxitos brillantes en Nápoles, Dunquerque, el 16 de septiembre del 52, y Barcelona, un mes más tarde. Todavía en 1656 los tercios derrotaban al ejército francés, mandado por el gran Turena, en Valenciennes, pero esto fue demasiado y los británicos unieron sus buques y tropas a las del general de Luis XIV, y el 10 de junio de 1658 aniquilaron en las Dunas de Dunquerque al muy inferior en número ejército de don Juan José de Austria y Condé, que sin artillería y a la desesperada había intentado salvar aquella ciudad del cerco a que estaba sometida. Los últimos soldados de los tercios famosos sucumbieron uno a uno, batidos por los cañones de tierra y mar y hendidos por las sucesivas oleadas de la infantería cromwelliana y por las cargas de la caballería francesa. Diez días después, se rendía la base naval dunquerquesa y con ella se perdía toda esperanza de resurrección bélica por parte española.
Felipe IV hubo de aceptar la Paz de los Pirineos, en la engañada esperanza de que franceses e ingleses le dejasen las manos libres para la recuperación de Portugal. Después de veinte años agotadores, numantinos, en los que Münster significó solo una etapa hacia la paz y un respiro, la Monarquía Hispánica había sido finalmente vencida por Europa. No obstante, como nos recuerda Pierre Vilar, la vieja elegancia de la Corte española en la Isla de los Faisanes puso en evidencia y ridículo el perifolloso mal gusto de los nuevos ricos y flamantes señores del mapa europeo.
Felipe IV murió sin querer reconocer la independencia política, que no económica, precio de la garantía británica, del reino lusitano. En 1668, dos décadas después de Münster, lo hizo el gobierno de la regente, Mariana, y con ello puede decirse que se cerró la larga etapa pacificadora postwestfaliana.
Las guerras volvieron a consumir a los hombres y las tierras de Europa, pero los ejércitos y el poder de España ya nunca volvieron a ser lo que habían sido.
¿POR QUÉ NO ACABARON LAS GUERRAS,
POR QUÉ LA PAZ NO FUE POSIBLE?
Llego, ya con urgencia, a la respuesta de la tercera pregunta que formulaba al principio. ¿Por qué las guerras continuaron ensangrentando los horizontes europeos y del mundo? El nuevo estilo diplomático y negociador desplegado en Westfalia cambió muchas cosas, relegó otras al museo, modernizó de modo sustantivo la estructura de las relaciones internacionales, abriendo una nueva era, dispuso un distinto equilibrio de poderes y potencias. Sin embargo, no pudo resolver el problema fundamental, la abolición del lenguaje de las armas como instrumento de la política exterior de los Estados.
Desde que los ibéricos abrieron el planeta a Europa y conectaron los continentes, ése ha sido el principal desafío para hombres y naciones, el «mensaje» mayor de 1492: descubrir, entrar en contacto, para dialogar, intercambiar y crecer conjuntamente, no para destruir.
Después de Westfalia y también durante Westfalia, permanecieron las causas de la violencia internacional. Cierto que se atenuó la incidencia del factor religioso, no tanto la del ideológico, más amplio. Perduraron el rechazo de lo diferente, la xenofobia, las recetas políticas y económicas exclusivistas, el juego perverso de las ambiciones personales o colectivas más egocéntricas, el desprecio del débil, las rivalidades a la postre ruinosas para todos, las leyendas satanizadoras del adversario… Las ideas de conflicto, lucha y dominio prevalecían sobre las de cooperación.
En la segunda mitad del siglo XVII y comienzos del XVIII, valga de ejemplo, los caprichos de un rey megalómano tuvieron en jaque a media Europa y ocasionaron, por lo menos, centenares de miles de muertos en los campos de batalla e inmensos sufrimientos a las poblaciones.
Durante los siglos XVIII y XIX, se suavizaron los procedimientos bélicos de la civilizada Europa y se procuró reducir en lo posible las destrucciones derivadas de las operaciones militares, mas el progreso era falso y reversible y así lo demostraron las bestialidades de nuestro siglo. ¿Aprenderemos alguna vez la lección?
Amo a este continente europeo, no mayor en su más estricta geografía que la Península Indostánica o que la antigua Nueva España. Amo —y repito palabras pronunciadas en otra ocasión—, amo a esta Europa de espléndidas raíces helénicas y de tan altas realizaciones estéticas y científicas, a esta Europa que, merced a la superioridad de sus velas y cañones, dominó el planeta y lo ha unificado a su semejanza.
Pero Europa, señora de la guerra y complacida en su supremacía, sin rivales exteriores, se embarcó desde el mismo inicio de los siglos modernos en luchas intestinas que la fueron debilitando, sin que apenas se diese cuenta, hasta su suicidio como centro hegemónico del planeta en las batallas de las dos guerras mundiales del siglo XX. La Monarquía Hispánica y España fueron víctimas tempranas, y mucho menos culpables de lo que se cree, del espíritu belicoso de los hijos de la recortada península occidental de Asia.
Concluyo. En la época moderna, antes y después de Westfalia, Sully y Kant, entre otros utopistas profesionales o de ocasión, habían sugerido fórmulas para poner coto a las veleidades guerreras de los estadistas y las naciones y asegurar la paz definitivamente mediante un orden internacional satisfactorio. A finales del siglo XVII, a los setenta años de su edad, un pensador y dramaturgo español, Pedro Calderón de la Barca, preocupado a lo largo de toda su existencia y dilatada producción teatral por el tema de las sinrazones del poder político, propuso un método excelente para la conquista de la justicia y de la paz. En La estatua de Prometeo, una de sus comedias mitológicas, ese género que algunos críticos superficiales califican de meramente escenográfico, el autor de La vida es sueño, convencido de que «más que la fuerza del brazo vale la de la razón», nos dice que, para desterrar el empleo de la violencia bajo la protección de leyes justas, el camino consiste en «el anhelo de saber», el aprendizaje de las ciencias y su enseñanza. Viajes, maestros y lecturas vencen a los prejuicios de que nace el odio, hijo de la ignorancia, y paralizan la tiranía y las agresiones del Poder y de los poderosos.
Serie de artículos aparecidos en el diario El Sol de Madrid entre el 24 de octubre de 1929 y el 10 de agosto de 1930 / Publicado por primera vez como libro en agosto de 1930 / Obras Completas, IV, págs. 111-310
La rebelión de las masas de Ortega y Gasset es la más difundida de las obras de pensamiento en la lengua española. Tal vez solo el Quijote y la poesía de García Lorca la superen en popularidad en el ámbito de las letras hispánicas. Como si cumpliera un destino irónico, un ensayo dirigido a criticar a las masas y su nuevo imperio alcanzaba un éxito masivo. Pero quizá solo fue un poco menos tergiversado y malentendido que leído. Su destinatario natural, o no comprendió, o no quiso tal vez sentirse aludido.
Es el momento de madurez intelectual del autor, cuando aparecen en el horizonte europeo negros presagios con el auge de los totalitarismos
El ensayo apareció como una serie de artículos en el diario El Sol de Madrid entre el 24 de octubre de 1929 y el 10 de agosto de 1930 e inmediatamente después, con algunas modificaciones, como libro. Es el momento de madurez intelectual de su autor, en el apogeo de su influencia pública en España, y cuando aparecen en el horizonte europeo negros presagios con el auge de los totalitarismos, que conducirán al desastre de la gran guerra.
En pocas ocasiones como en ésta, un libro tan leído fue tan mal leído. Probablemente, en él mismo se encuentren esclarecidas las causas. Entre ellas, tal vez no sea la menor la creciente politización imperante en España y en toda Europa, que interpretó exclusivamente en clave política lo que era un diagnóstico, trazado desde la filosofía, del espíritu crepuscular de una época y de las amenazas que pesaban sobre los fundamentos de la civilización liberal. En nuestro país, la polarización política de los años de la República y los siguientes, la cerrazón tradicionalista y la indigencia intelectual del progresismo neomarxista de los sesenta dificultaron aún más la normal recepción.
El libro es un ensayo de aplicación de su concepción aristocrática de la sociedad como articulada en una minoría selecta ejemplar y unas masas dóciles a la crisis europea de finales de los veinte. Tampoco cabe desdeñar como factor de incomprensión, no del todo desinteresada, la inteligente diatriba que contenía contra el fascismo y el comunismo, a los que consideraba, pese a sus diferencias y hostilidades, movimientos políticos afines, derivados del nuevo tipo de hombre (masa) emergente en Occidente y caracterizados por su apología de la acción directa y su hostilidad hacia la democracia y el liberalismo. La animadversión tergiversadora hacia el libro procede de su patente antiutopismo, de su oposición a los sueños revolucionarios de la razón. Ortega siempre estuvo persuadido de que solo lo que puede ser debe ser, de que el ideal solo puede brotar de la propia realidad.
Cuesta trabajo entender, casi sesenta años después, que abundaran, y aun no falten, quienes vincularan con posiciones reaccionarias e incluso profascistas, un libro uno de cuyos capítulos se titulaba «El mayor peligro, el Estado». Son los misterios inescrutables de la hermenéutica ideológica.
También hay que recordar que, para Ortega, el prototipo de hombre-masa no se encontraba en la clase trabajadora sino en los integrantes de las profesiones liberales, que proyectaban, no sin insolencia, la competencia de su especialidad sobre los demás ámbitos, en los que eran ignorantes. La «rebelión de las masas» y la «barbarie del especialismo» son inseparables. ¿Será necesario, aún hoy, reivindicar su genuina pertenecía a la tradición liberal clásica? Una de las advertencias políticas fundamentales de este libro no político es precisamente su requisitoria contra la creciente politización y la defensa de la civilización europea, basada en los principios de la ciencia pura y de la democracia liberal, frente a la amenaza totalitaria. El europeísmo, que parte de la idea de una nación europea formada, a su vez, por naciones y su propuesta de unos Estados Unidos de Europa son rasgos esenciales del libro. Otra advertencia se refiere a los riesgos del creciente intervencionismo estatal, que amenaza la libertad con la posibilidad de convertir el continente en una gigantesca termitera. Quizá la retórica de un libro dotado de una profunda y tal vez engañosa claridad también contribuyó a la incomprensión. En España, a diferencia de lo sucedido con la inteligencia extranjera, hemos desaprovechado en gran medida su enorme riqueza teórica.
Al final de La democracia en América, Tocqueville escribió estas palabras: «Las naciones de nuestros días no pueden impedir la igualdad de condiciones en su seno; pero de ellas depende que la igualdad las lleve a la servidumbre o a la libertad, a la civilización o a la barbarie, a la prosperidad o a la miseria». La rebelión de las masas es una profunda contribución al triunfo de la libertad, de la civilización y de la prosperidad. Ortega puso de manifiesto las consecuencias que tendría el triunfo de la nivelación social y la abolición de la excelencia a manos de la mediocridad. Los nuevos bárbaros no nos amenazan al otro lado de nuestras fronteras, sino que se encuentran entre nosotros, tal vez gobernándonos desde hace décadas. El nuevo bárbaro es el hombre-masa, cuya esencial tipología vital traza Ortega, que se declara en rebeldía contra toda instancia o norma superior y cuya hegemonía solo puede conducir a la degradación de la cultura y a la barbarie. La igualdad y los valores democráticos son irrenunciables, pero no atemperados ni recluidos en el ámbito estricto de la política pueden conducir al despotismo. En el cénit del avance del totalitarismo y de la hiperdemocratización de la vida social, un pensador español defendía la tradición de la excelencia del liberalismo aristocrático.
Si en la «ausencia de los mejores» diagnosticó Ortega en España invertebrada una de las causas de la invertebración histórica de nuestra nación, en la «rebelión de las masas», en realidad la otra cara de la misma moneda, percibió la raíz de la crisis europea. El remedio solo podía estar en el retorno de los mejores y en la docilidad de las masas a todo ejemplo superior. Pero la hiperdemocracia, el politicismo y el relativismo cultural trabajaban en contra. Y lo siguen haciendo. Las diatribas contra la degradación de la Universidad y el declive de las Humanidades deben mucho a los análisis proféticos de Ortega.
Desde las páginas de un periódico español, se arrojaba luz sobre las tinieblas que comenzaban a extenderse por todo el Occidente. Es, sin duda, uno de los libros más inteligentes del siglo. Y la obra de la lucidez siempre es perdurable. Al menos durante unas horas, la inteligencia europea habló español. El tiempo transcurrido desde entonces se ha obstinado en darle la razón. Es el destino reservado a los clásicos. Leído desde la distancia crepuscular de este final de milenio, el libro, obra de una poderosa inteligencia, sigue destilando, pese a sus excesos retóricos, una lúcida y serena melancolía.
El autor, Benoît Mandelbrot, es investigador de IBM en el Centro de Investigación Tilomas J. Watson y ya, en 1987, se publicó en España la traducción de la obra que le hizo célebre, Los objetos fractales. La palabra «fractal» procede del adjetivo latino fractus que, a su vez, tiene como verbo correspondiente a frangere, que significa romper en pedazos. En definitiva, en el término «fractal» se concitan dos ideas, la de romper en pedazos y la de algo irregular. Históricamente, se descubrieron estructuras matemáticas, que no podían ser explicadas con las ideas que habíamos heredado de Euclides y de Newton. La geometría de Euclides estudia una serie de estructuras regulares y la mecánica de Newton está basada, fundamentalmente, en la noción de continuidad. De tal modo que ha podido escribir Freeman Dyson que «los matemáticos creadores de esos monstruos les concedían importancia por cuanto mostraban que el mundo de la matemática pura tiene una riqueza de posibilidades que va mucho más allá de las estructuras sencillas que veían en la naturaleza». Encontramos aquí un cambio profundo de mentalidad entre la matemática del siglo XX y la de otras épocas anteriores. Hata ahora no se habían estudiado «muchas formas que habían de llamar veteadas, en forma de hidra, llena de granos, pustulosas, ramificadas, en forma de alga, extrañas, enmarañadas, tortuosas, ondulantes, tenues, arrugadas y otras cosas por el estilo». Pero ahora es posible dar a estas formas un tratamiento riguroso y cuantitativo.
Un capítulo de los más sugestivos de esta extensa obra, escrita sin pretensiones técnicas, es el dedicado al azar. Desde el cálculo de probabilidades, ideado por Pascal, en el siglo XVII, el azar había estado siempre presente en el pensamiento matemático. El autor prescinde de toda consideración filosófica y, refiriéndose al azar, afirma que «la teoría de la probabilidad es el único útil matemático disponible que nos puede servir para representar lo desconocido e incontrolable. Es una suerte que este útil, aunque complicado, sea extraordinariamente poderoso y adecuado».
La obra aparece dividida en doce capítulos, a través de los cuales se da un paso de gigante en la comprensión de la naturaleza. Se introducen nuevos conceptos para abordar el análisis de unas formas, extraordinariamente complejas, que siempre había rechazado la geometría tradicional. Por ejemplo, la noción de «escalante», para señalar aquella forma en la que su grado de irregularidad o de fragmentación es idéntico a todas las escalas. Euclides descartaba por «informes» el estudio de ciertas formas. Ahora constituyen el objeto predilecto de los matemáticos actuales. Se han adentrado en la investigación de la morfología de lo «amorfo». Si bien se había rechazado, en multitud de ocasiones, el estudio de todo aquello que podemos ver o sentir, es ahora cuando estos aspectos de la naturaleza pasan a un primer plano, por ejemplo, la medida de la costa de Bretaña, que el autor estudia en el capítulo cinco, y llega a la conclusión de que si bien la geometría de una costa es complicada, su estructura presenta también un alto grado de orden.
Nos encontramos ante una revolución en el pensamiento matemático. Ante un cambio profundo de métodos y de fines del análisis matemático. Además, se había insistido, en muchas ocasiones, en el carácter, meramente especulativo, de gran parte del conjunto de conocimientos matemáticos acumulados, hoy esta moderna matemática nos enfrenta ante problemas absolutamente reales y, con frecuencia, al alcance de cualquiera, pero ante los cuales solo la reflexión matemática es capaz de encontrar en los mismos ciertas y determinadas irregularidades.