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Ver productosLa radio es quizá el medio de comunicación más sensible a los cambios tecnológicos, políticos, económicos y sociales, en especial a estos últimos. Los últimos diez años han acelerado la introducción de innovaciones tecnológicas. Una vez más, la radio —cuyos contenidos y funciones sociales han estado marcados por la evolución permanente de las técnicas de producción, distribución y recepción de mensajes- se enfrenta a un cambio radical y decisivo a estas alturas de siglo, el cambio introducido por la radiodifusión digital, un fenómeno «que exigirá de los operadores de red, de los radiodifusores, de la industria, de los investigadores del medio y de los oyentes una nueva forma de pensar, hacer y oír la radio».
Pilar Martínez-Costa ha realizado un trabajo minucioso de análisis y valoración de todo este fenómeno para ponerlo a disposición del público y, en especial, de los profesionales de la radiodifusión, que acogerán esta obra con interés. La radio en la era digital analiza la evolución de lo que hoy se conoce como Digital Audio Broadcasting (DAB) -para muchos, la revolución más importante en la historia de la radiodifusión sonora—, identifica el conjunto de circunstancias que han concurrido en el proceso de su introducción y trata de interpretar la función que va a desempeñar en la transformación del paisaje radiofónico del próximo milenio.
El libro está estructurado en cinco capítulos y un epílogo que ofrecen una visión completa de la radio digital. Pilar Martínez-Costa explica las características de los sistemas digitales y las innovaciones que han introducido en los procesos de producción, emisión y recepción de las señales de radio; también analiza los cuatro grandes problemas con los que la radio digital se ha encontrado a lo largo de su implantación (la localización de las emisiones en el espectro de frecuencias, la introducción simultánea de servicios terrestres y por satélite, el consenso sobre el sistema mundial que debe adoptarse y la forma de financiar la infraestructura técnica de emisión y recepción). La radio en la era digital aborda también las alternativas del DAB en Europa, prestando una atención especial al World DAB Forum y al caso español. En el último capítulo del libro se presentan las alternativas de la radio digital en Estados Unidos, las razones por las que este país se muestra contrario al sistema europeo y las ventajas y defectos del sistema americano IBOP, además del desarrollo que el DAB ha alcanzado en países como Canadá, Japón, etc. Termina Pilar Martínez- Costa este completo estudio con un análisis de las circunstancias por las que la radio digital se ha convertido en el factor desencadenante de todas las transformaciones que sufrirá este medio de comunicación en el próximo milenio.
Al final de la lectura del libro, no le quedarán dudas al lector de la obligada «conversión» digital de la radio, aunque su introducción en el mercado esté resultando algo lenta en comparación con el ritmo de la investigación y el desarrollo tecnológico en este campo. Como explica la autora, los radiodifusores están obligados a invertir en DAB «porque será la manera de competir en el mundo multimedia, sobre todo en los hogares, donde la radio tiene que integrarse al resto de la oferta interactiva». Se hace por esa razón más que nunca necesario definir los contenidos y los servicios que presta y puede prestar la radio; no en vano «la programación es la llave que hará despegar definitivamente el DAB». Pero para ello es importante asumir que el DAB es un sistema complementario y no sustitutivo de las tradicionales AM y FM.
«La implantación de la radio digital supone cambiar el concepto y la estructura tradicional de la radio»; la radio digital impone a este medio el reto de integrarse a otros en una oferta multimedia. El camino no tiene marcha atrás. Pilar Martínez-Costa ofrece al lector en La radio en la era digital una guía completa y exhaustiva de este fenómeno y las claves de un debate aún inacabado.
Referencia de Libro: La radio en la era digital, por María del Pilar Martínez-Costa, El País/Aguilar, Madrid, 1997.

Seguramente no es fácil explicar de modo mínimamente coherente por qué razones la filosofía contemporánea, al menos buena parte de ella, muestra una tendencia (nítidamente suicida) a convertirse en un producto incomprensible para los más, absolutamente irrelevante para quienes se enfrentan en serio con cualquier forma de saber y, en bastantes ocasiones, por añadidura, mediocre, superficial y zafio. Lo menos que cabe decir es que la globalización y la información sin cuento no acaban de sentarle bien al pensamiento sereno.
Hay, además de las razones de época y las sociológicas, causas internas al discurrir de la filosofía del siglo, en alguna de cuyas grandes avenidas se proclamó el Ende der Philosophie, el acabóse del invento. Cuando los propios filósofos sospechan que la filosofía no cabe en este mundo, que es cosa del ayer, una ilusión de la infancia o una serie relativamente breve de malentendidos, no se puede salir a la palestra como si nada de eso se hubiera dicho nunca. Por eso comienza Rafael Alvira su antropodicea reconociendo que se enfrenta a un empeño imposible, a un dar razón de un ser contradictorio, aunque admitiendo también que este empeño es lo que nos humaniza.
Este libro del profesor Alvira tiene, entre otras, la ventaja de la sinceridad, el atractivo de un pensamiento hecho desde la vida y la reflexión personal, no sólo desde los libros, por importantes que éstos sean. Al leer este texto se escucha al autor, su voz nos va llevando adonde normalmente no queremos ir, a enfrentarnos con nosotros mismos, con las contradicciones que hacen de la vida de cada cual no sólo un enigma sino también una pasión. Justamente parte de esa pasión es la filosofía para el filósofo que no se limita a repetir, sino que trata de justificarse y de comprender la vida humana, de trazar una «geografía» del espíritu. Cuando se padece la filosofía, cuando es algo más que una teoría, una forma de vivir, el resultado, lo que se escribe, suele, como en este caso, merecer la pena.
Por eso el libro de Alvira es, en cierto modo, un libro sencillo, un texto que no abruma con tecnicismos ni presume de otra cosa que de lo que explica: es una obra autosuficiente en la que no es difícil notar el origen didáctico, el esfuerzo del autor por conseguir que los lectores entiendan lo que está diciendo. Aun a riesgo de resultar reiterativo, subrayaré que no es ésta, ni mucho menos, una virtud corriente: abundan los que actúan como si creyeran que sólo lo incomprensible es a la vez interesante y elegante, tal vez porque han llegado a la consecuencia lógica de su planteamiento, es decir, porque no están hablando de nada.
En el primero de los capítulos, Alvira aborda con gran maestría las cuestiones de método, la necesidad de un espejo en el que se refleje lo que somos y en el que podamos mirar. Aparecen entonces «los tres mundos» que han delimitado los filósofos con distintas variantes desde Platón a Popper, y también las tres realidades que pueden privarnos del dominio de nuestra propia vida, el poder, el brillo y el placer que, en último término, se refieren a las tres grandes cuestiones de la verdad, el bien y la belleza. Hay que destacar el empeño, y creo que el éxito, por relacionar y distinguir el arte, la religión y la filosofía y por defender con bravura la pertinencia de esta última frente a los ímpetus avasalladores de artistas y teólogos (en este momento más ardorosos aquéllos que éstos, pero siempre dispuestos unos y otros a poner las cosas en su sitio desde su peculiar orientación). Desde este punto de vista, el libro es una magnífica apología de la filosofía, pero nos aporta también un esclarecimiento profundo de lo que es el arte y de lo que cabe esperar de la religión cuando conseguimos vivir cada una de esas dimensiones de la vida en lo que tienen de esencial, como formas de abrirnos a lo universal desde nuestra particularidad efectiva. Alvira nos conduce con gran facilidad por los vericuetos de estos tres lenguajes básicos de la vida.
Esta sencillez del lenguaje del autor garantiza que el esfuerzo de entender temas difíciles será recompensado, y debería ser afirmada con mayor precauciónen el capítulo II, el más técnico y difícil del libro, el más metafísico y ambicioso y el único que requeriría, tal vez, mayor espacio para que las intenciones del autor llegasen plenamente a puerto. Alvira pelea, sobre todo, con Kant, Nietzsche y Heidegger, pero también con los pensadores de mayor actualidad como Rorty o Derrida, para defender tesis siempre llenas de interés y vigor, que el propio autor coloca en una estela de aristotelismo platónico o de tomismo. Se trata en todo caso de coincidencias y enseñanzas, nunca de repeticiones, porque lo que Alvira nos da es pensamiento en estado activo, capaz de enfrentarse a problemas bien reales que el autor reconoce con generosidad y valentía, nunca meras fórmulas.
El capítulo III se ocupa de nociones capitales para entender la naturaleza y la vida humana: qué es el alma y el espíritu, la relación del hombre con lo sobrenatural, la historicidad y la cultura, el ser personal o la condición sexuada de las personas. Alvira ha pensado a fondo cada una de estas cuestiones y siempre tiene algo interesante y concreto que decir. De paso que se enfrenta a ellas, hace un esfuerzo notable por asumir lo que hay de útil en las lecciones de la evolución, tema esencial en su planteamiento y al que vuelve en el capítulo IV. No es poco el provecho que se puede sacar de esta meditación sobre una de las claves de arco de la visión contemporánea de la naturaleza (y del saber mismo), puesto que el esfuerzo y la amplitud intelectual de Alvira iluminan desde ángulos inusuales (pues al fin y a la postre no es corriente ver a una especie de neoplatónico peleando con estas cuestiones) el significado último de la evolución, realidad/teoría a la que reconoce como una pieza científicamente sólida.
El capítulo IV estudia el carácter de la vida humana como proceso. Aquí aparece el único punto en el que me permitiré una discrepancia frontal: considerar que los experimentos lingüísticos con simios son verdaderamente interesantes es ir más allá de lo razonable. Yo creo que son tan poco interesantes, en general, como lo son, en particular, para los pobres simios que caen en manos de psicopedagogos y otras gentes de gran peligro.
La relación que nuestro autor establece entre las cuestiones de la muerte y del bien y del mal es brillante y es también, dentro de la discrepancia inevitable en un creyente, muy generosa con Nietzsche. A ello sigue una interesante reflexión sobre la estructura de la vida humana, sobre el «habitar», el «quehacer» y el «jugar», que culmina en un análisis de la cotidianeidad.
La justificación de sí mismo ha llevado lejos, pero termina en el día a día. Estar en el día con un espíritu atento, ser sobrio, agradecido, delicado y creativo es, entonces, no sólo un consejo sabio y prudente, sino la consecuencia de una manera inteligente y abierta de plantear una justificación de la vida, algo que siempre ha sido la filosofía cuando no ha cedido a ninguna de sus tentaciones, ni a las de la moda ni a las que son un poco menos pasajeras.
Confesiones de un amigo
Luis Alberto de Cuenca
Las cien mejores poesías de la lengua castellana
Espasa Calpe Madrid, 1998, 404 págs.
Las antologías son inevitables. Cualquier lector, al terminar de leer una colección de poemas, ya tiene hecha su selección de aquéllos que más le han gustado, que más le han sorprendido o que más le han emocionado. Incluso dentro de un mismo poema, el lector elige, a veces, algunos versos sueltos que van a ser sus preferidos y los llamados a fijarse en esa antología esencial de todo lector de poesía que es la memoria.
Cuando ese lector se encuentra con otro cofrade de la minoritaria sociedad, casi secreta, que los aficionados al vicio solitario de leer versos componemos, surge de inmediato el intercambio de esos retazos selectos que cada uno alberga en su memoria.
Por el entusiasmo o la frialdad con que recita los versos de los distintos autores, conocemos al otro mejor que si nos hiciera vergonzantes confesiones íntimas. A veces, la admiración por tal autor o tal escuela o el desprecio por tales otros, compartidos con pasión por algunos miembros de la cofradía de la que aquí se habla, les lleva a crear sociedades aún más secretas, de escasísimos componentes, desde luego, pero unidos hasta la muerte, sí, hasta la muerte, por el amor apasionado hacia algún poeta o por el odio irracional a algún otro.
Así es y así tiene que ser. El inmenso caudal de la poesía escrita o recitada en nuestra lengua no sólo es inabarcable sino que nos obliga de forma conminatoria a elegir.
La poesía surge siempre para comunicar, aunque sólo sea la angustia que en el hombre provoca la imposibilidad de hacerlo; con esa finalidad sale de las manos o los labios de su creador. Los lectores, al leer los poemas, muchas veces los recreamos en nuestra pletórica soledad, pero otras se los leemos a aquél al que queremos transmitirle pensamientos, sentimientos o experiencias que esa lectura expresará de forma inmejorable. Al escuchar el poema que el otro nos recita, no sólo recibimos el mensaje que en sus versos contiene, sino que estamos aprendiendo muchas cosas del que nos lo ofrece, al que estamos conociendo de forma más profunda.
Eso es lo que hace Luis Alberto de Cuenca con Las cien mejores poesías de la lengua castellana. Luis Alberto de Cuenca ha respondido al divertido encargo que Víctor García de la Concha le hizo el pasado año de seleccionar las cien mejores poesías de la lengua castellana, a la manera que lo había hecho Marcelino Menéndez y Pelayo, también, como él, Director de la Biblioteca Nacional, encerrándose un mes con su memoria y con algunos libros para dar un repaso a ese océano de maravillas que son los tesoros de nuestra poesía.
Lo ha hecho con toda su inmensa sabiduría de conocedor acreditado de la poesía, y no sólo de la española, y toda su exquisita sensibilidad de poeta que sabe el valor que la palabra tiene para conocer y comunicar. Pero, además, al seleccionar poemas y canciones, lo ha hecho pensando en el lector. Un lector con el que ha buscado la complicidad amistosa ya desde esas ligeras, armoniosas, cálidas, inteligentes y, también, eruditas líneas que nos da para presentarnos cada poesía elegida.
Así, la antología del bastante sesudo Director de nuestra incomparable Biblioteca Nacional se lee como se escuchan las confesiones de un amigo. En más de una ocasión Luis Alberto de Cuenca ha hecho pública su aversión hacia los diarios íntimos, esa exhibición muchas veces impúdica del devenir de cada cual. Pues bien, esta selección de poemas es, a su manera, la forma que ha elegido el grandísimo poeta que es, para mostrarnos sus gustos, sus caprichos, sus fidelidades, en definitiva, los afectos más esenciales de su Weltanschauung. Al terminar la lectura del libro, sabemos mucho más sobre Luis Alberto de Cuenca de lo que nos podría haber transmitido en unas confesiones biográficas. Y, por supuesto, al terminar esa lectura tenemos la sensación de haber culminado un hermoso viaje, otro más, por la infinita selva de nuestra poesía en la que Luis Alberto, como un nuevo Virgilio, se ha ocupado de llamarnos la atención hacia rincones que, otras veces, nos han pasado desapercibidos. No supone una sorpresa su admiración por el Romancero o por el Cancionero Tradicional, aunque sería bueno recordar su aseveración de que "la lírica de tipo tradicional es una de las creaciones máximas del idioma, un prodigio de intensidad expresiva, misterio y delicadeza". Tampoco nos sorprende saber de su aprecio absoluto por Manrique, Garcilaso, Fray Luis, Lope de Vega, Bécquer o García Lorca. Pero sí que resulta significativo que de Góngora prefiera su vena neopopulista y que preste bastante atención al otras veces maltratado siglo XVIII y que elija poemas en los que se mezclan la narración en verso y el lirismo como "El tren expreso" de Campoamor o "La víbora" de Nicanor Parra, y que de Rubén nos sorprenda con la fascinante, y también narrativa, "Epístola a la señora de Leopoldo Lugones".
En el prólogo al libro, nuestro Virgilio declara, sincero, "que mi selección de hoy no sería mañana la misma". Pero quedémonos con ésta que, caprichosa, amable y generosamente nos ha entregado aquí Luis Alberto de Cuenca. Nos servirá para conocer mejor la poesía española y a él mismo y, al conocerlos, quererlos un poco más.
No recordamos exactamente el nombre de aquella coctelería. Posiblemente sea que no queremos recordarlo. Quizás tuviera un nombre rizadamente anglosajón, o algún arcano acróstico, o algo más nítidamente hortera. Pero el caso es que nos gustaba, y todos los fines de semana, Ane y yo quedábamos con Juanjo y Diana, dilatábamos la tarde en la calle Pozas y, después de un sandwich o una hamburguesa, nos dirigíamos a la coctelería. Allí, mientras Juanjo resolvía de nuevo tomarse un destornillador (de aquéllos llenos de fruta, cuyo aroma zumbaba en medio del círculo que hacíamos con los taburetes), Diana, Ane y yo nos introducíamos en la carta de cócteles dispuestos a probar los néctares más extraños.
– Por favor, un Remeros del Volga, un Ciudad Prohibida de Pekín y un Caricia del Caribe – podía ser nuestra demanda, ese tipo de cosas que uno pronuncia con tono difícil, con la voz potente que se reclama siempre de un tipo seguro de sí mismo pero, a la vez, con el deje de escepticismo de quien sabe que esas denominaciones no pasan de ser un género literario.
– Johnny: un Remeros, un Pekín y un Caribe -compilaba entonces Genaro, el encargado, mientras miraba a la otra punta de la barra.
Y allí, muy cerca de la puerta de la cocina, Johnny sonreía y ponía manos a la obra.
Aquella era una de nuestras aficiones nocturnas más queridas: recorrer las coctelerías de la ciudad. Era un quiero y no puedo para gente como nosotros, que ya no buscábamos aventuras ni sucesos extraordinarios, sino la suave tranquilidad de dos parejas con vocación de indisolubles. Juanjo y yo éramos amigos desde el colegio. Nos habíamos emborrachado muchas veces juntos. Ahora salíamos con dos chicas, y habíamos comprobado, casi con alivio, que ellas se gustaban y querían llevarse bien. Son ese tipo de cosas que le reconcilian a uno con el mundo: cuando se siente el temor de que el amor, como ocurre a menudo, pulverice amistades anteriores. Afortunadamente, entre nosotros, no había sido así.
Juanjo y yo nos sabíamos amigos, pero (quiero pensar que en ello había hasta galantería) cada uno había cedido el paso a una mujer que se interpusiera en nuestra amistad. La íntima confianza había retrocedido en favor de un sereno aprecio, y ellas estaban allí, para enseñarnos, como ha ocurrido durante generaciones, cuál es el lugar que el hombre, ese animal confundido, debe buscar en el mundo con su ayuda.
Con esos vagos afectos, cuyas líneas se entrecruzaban de unos a otros (y era hermoso que así fuera) terminamos conociendo todas las coctelerías de la ciudad. Pero sin duda era la de Genaro y Johnny nuestra preferida.
– Un Romántico, un Delicia de Shangai, un Viento de Tartaria – repetíamos.
Y Juanjo, como siempre, demandaba su destornillador, barroco, deslumbrante, rebosante de frutas.
Aquella coctelería, cuyo nombre no recordamos, tenía buenas razones para ser la más escogida. Pregúntenselo a Genaro.
– Romántico, Shangai y Tartaria – volvía a repetir.
– Y un destornillador – Diana, atenta a los deseos de su chico.
Y Johnny, otra vez, poniendo manos a la obra.
– Es mi mejor camarero – nos decía Genaro, como ese tono confianzudo que utilizan los gerentes inteligentes con sus clientes habituales-. Y además, os vais a reír, ¡va ganando con los años!
Johnny, hay que decirlo de una vez, era un viejo diminuto que hace años debería haber entrado en la jubilación, por no decir pasado a mejor vida.
Genaro nos aseguraba que lo mantenía porque aún le quedaban algunas cotizaciones para conseguir una pensión.
– Yo quiero que Johnny pase sus últimos años tranquilo – decía.
Pero no lo creíamos. Genaro era uno de esos sujetos que convierten las trampas de la burocracia en armas a su favor. Habría intentado cualquier cosa para justificar que un viejo como Johnny siguiera a su servicio: Johnny era la mayor atracción de la coctelería.
A nosotros no nos gustaban aquellos bármanes efectistas que lanzaban los cubitos de hielo por el aire, los estrellaban contra los muebles de su establecimiento y, tras recogerlos de revés con sus pinzas plateadas, los metían en tu vaso. En cierto modo, nos creíamos expertos, y preferíamos con mucho el estilo sobrio y clasicista que Genaro había impuesto en su local: nada de tonterías, el cóctel bien hecho, y el único efectismo el que uno sienta en su boca.
Johnny era el principal responsable de la calidad de aquellas secretas combinaciones: Johnny, al contrario de lo que ocurre casi siempre, había conseguido su mayor esplendor profesional al final de una carrera como barman que había sido hasta entonces, la verdad, bastante oscura.
Expulsado, por senilidad, de su último trabajo, Genaro se había hecho cargo de él. Genaro era un empresario vocational, un verdadero talento que puede sorprenderte con genialidades de ese tipo.
– Johnny? ¿Ese viejo en el negocio? – le había dicho uno de sus socios- Es un inútil. ¡Tiene Parkinson!
– Precisamente por eso.
No había más que echar un vistazo a Johnny para percibir su singular cuadro patológico: diminuto, escuchimizado, guardaba bajo su correcto esmoquin un cuerpo que tamborileaba como una lavadora vieja. Sus brazos parecían dos latiguillos nerviosos que fueran a salir en cualquier momento disparados hasta estrellarse con el techo. Dios mío, decíamos a veces nosotros (legos, al fin y al cabo, en medicina), lo de Johnny parecía un estadio terminal.
Pero esa gravosa tara de la vejez se transformaba en una prodigiosa habilidad a la hora de tomar la coctelera y agitarla eléctricamente durante breves segundos.
– Eso es -nos decía Genaro, contemplando, apoyado en la barra, las evoluciones de Johnny con la coctelera – movimientos enérgicos y cortos, casi sacudidas eléctricas. Amigos, un experto eso siempre lo nota.
Y nosotros, respetuosos ante tanta maravilla, decíamos que sí, que por supuesto, que siempre lo notábamos.
Había veces en que Johnny, en el devenir de su trabajo, debía atravesar la barra de un extremo a otro. Y si nosotros estábamos sentados en los sofás del fondo, podíamos contemplar su cabecita que, como los patos de un tiro al blanco de feria, se desplazaba entre breves convulsiones, a la altura de los codos de los clientes sentados en sus taburetes. Las gafas le bailoteaban en la cara, y nosotros, que ya íbamos cogiendo confianza, le gritábamos a veces:
– ¡Johnny, joder, cualquier día te rompes!
Y Johnny, muy ufano, sonreía, porque reconocía en aquella especie de enfermedad lo más acabado de su virtuosismo hostelero.
Un par de radios locales habían entrevistado alguna vez a Johnny y a Genaro. Cierta’ noche, mientras Johnny nos atendía, notamos cómo su mirada se escapaba inevitablemente hacia una columna del local: allí descubrimos un recorte de prensa, enmarcado, y en él una foto de Johnny, cuya cabeza reducida asomaba en medio de una larga hilera de botellas.
– Le han sacado en el periódico -nos explicó Genaro, y luego, confidencialmente-: Está como loco el chaval.
Y nosotros felicitamos con los ojos a Johnny que, en el otro extremo de la barra, sonreía con gesto modesto y mejillas encarnadas, mientras su brazo de colibrí batía vertiginosamente un nuevo combinado.
Llegó un momento en que la situación de Johnny se hizo casi insostenible.
Año tras año, su cuerpo había ido menguando. Hacía tiempo que Genaro le había prohibido tocar la vajilla; un plato o una copa en manos de Johnny no es que fuera un cúmulo de añicos, sino que, antes de alcanzar tan apacible estado, podía convertirse en un peligroso proyectil que sobrevolara el local en busca de la primera frente descubierta.
Ahora, Johnny se limitaba a esperar hasta que algún otro camarero pusiera la coctelera en sus manos y comenzara a agitarse con ella casi hasta hacerse invisible, como las hélices de una avioneta cuando van tomando impulso.
Y nosotros, al final (quizás presintiendo que el final ya se acercaba) aplaudíamos y, envalentonados por las copas bebidas, coreábamos su nombre.
El tiempo fue pasando. Quiero decir con esto que Juanjo y Diana, Ane y yo, nos casamos, que poco a poco fuimos consiguiendo modestas promociones profesionales, que vivíamos en esa felicidad honesta y sencilla de la gente que va liquidando poco a poco sus préstamos bancarios.
Hubo un año en que, tras las vacaciones de verano, volvimos a la coctelería. Buscamos con los ojos la descacharrada anatomía de Johnny. Pero sólo vimos a Genaro.
– ¿Dónde está la figura? -preguntamos.
No hubo tiempo de que algún oscuro presentimiento creciera dentro de nosotros.
-Tomen lo que quieran, muchachos -dijo luego Genaro, alzando por fin la cabeza-. Hoy invita la casa. Por el viejo Johnny, que nos ha dejado para siempre.
Creo que no volvimos a aparecer por aquel lugar. Nos hubiera parecido una completa desconsideración a su memoria. Quizá esto suene ahora un poco ridículo, pero entonces nos pareció el único gesto de homenaje que podíamos permitirnos.
Ane y yo dejamos de salir con Juanjo y Diana. Habíamos pasado demasiado tiempo juntos. La confianza envalentona a todo el mundo. Hubo algunas discusiones. Vagos resentimientos. Ahora apenas nos veíamos.
En casa, Ane y yo teníamos un precioso mueble-bar. Apenas salíamos de copas. Los años, como sabe cualquiera, se traducen en cansancio. La gente madura que se resiste esforzadamente a esa realidad resulta esperpéntica y los que no quieren engañarse les contemplan con una secreta piedad.
Ane y yo habíamos perdido un hijo. Luego tuvimos otros dos. Ane sufría a veces unas horribles jaquecas. Yo había cambiado algunas veces de trabajo. En realidad no éramos exactamente felices, pero tampoco encontrábamos suficientes razones para creernos desgraciados. Estoy seguro de que intentan comprenderme, y de que pueden hacerlo.
Ahora yo tampoco bebía mucho, pero los domingos, a la noche, cuando la perspectiva de una nueva semana de trabajo se cernía, como una horrible sombra, sobre nuestro pequeño piso, sacaba la coctelera. Practicaba. Ensayaba. Inventaba alguna cosa, y sin embargo, siempre se trataba de sabores demasiado forzados, sabores nunca del todo logrados, como si les faltara algo para considerarlos definitivamente conseguidos, sabores vagos, dignos de olvidarse pronto. Quizás amargos.
Agitaba la coctelera con gesto mecánico. Últimamente, Ane no me acompañaba. Ella ya sólo bebía agua y, a esas horas, sus comprimidos para la cabeza.
Agitaba, sí, la coctelera, yo solo, sin decir nada. Y me servía una copa. Quizás pensaba en Johnny, quizás hiciera esto como un obstinado homenaje a su memoria, o quizá pensara en nosotros, en todo lo que habíamos cambiado sin que pareciera que había cambiado nada. Y luego, me la bebía. Bastaban un par de tragos rápidos y atropellados, en los que casi nunca había placer y que sin embargo tampoco tomaban forma de castigo, como suele ocurrir acaso con muchas otras cosas de la vida, cosas preñadas de amargura, que se hacen por costumbre, que se hacen porque sí.
Las fronteras de la división académica del trabajo han impedido el reconocimiento del trasvase de ideas entre literatura y filosofía o entre literatura y ciencias sociales. Pero ya va siendo hora de saltar los muros entre las disciplinas académicas y descubrir la impronta dejada por la literatura de Goethe en otros campos del saber. Dejando al margen a autores como Heidegger y Ortega, también influidos en sus reflexiones filosóficas por el «genio de Weimar», me centraré en este breve artículo en algunas de las herencias de Goethe en tres autores alemanes fundamentales en el pensamiento del siglo XX: Georg Simmel, Max Weber y Ernst Bloch.
LA CONCIENCIA TRÁGICA DE LA SOCIOLOGÍA ALEMANA
Tanto Georg Simmel como Max Weber pertenecen a una época marcada por la herencia formativa de Kant y de Goethe, una herencia que impregna todo el humus filosófico y cultural del neokantismo de Heinrich Rickert, con quien compartieron tantos puntos de vista metodológicos e intelectuales. De hecho, Simmel desarrolla una teoría ética basada en la «ley individual», en la que los planteamientos kantianos vuelven de nuevo a la luz. Y en sus ensayos sobre Goethe, constata Simmel que en el pensamiento alemán existe históricamente una oscilación entre la importancia dada a Kant y la consideración otorgada a Goethe. La vuelta intelectual a Kant propuesta en la década de los setenta del pasado siglo se complementa con una llamada similar de retorno a Goethe unas décadas después. Y en 1906, año en que Simmel publica su pequeño estudio sobre Kant y Goethe, constata la necesidad de superar la vieja fórmu la «Kant o Goethe», ya que la época venidera quizá se encuentre en el signo de «Kant y Goethe», en el intento de síntesis de esta doble herencia.
Simmel publicó una monografía sobre Kant (Kant. Dieciséis conferencias dictadas en Berlín, 1904), un extenso estudio sobre Goethe (dedicado en 1913 precisamente a Marianne, la esposa de Max Weber, con quien mantuvo una larga discusión intelectual sobre el feminismo de su tiempo y la cultura femenina en general), así como una monografía sobre los dos autores (Kant y Goethe. Para una historia de la concepción moderna del mundo, 1906).
Por su parte, Max Weber, aunque no escribió directamente ni sobre Kant ni sobre Goethe, los tuvo presentes en su propia perspectiva, de manera que los dos autores impregnan de modo indeleble su pensamiento. La matriz neokantiana del pensamiento de Max Weber está ampliamente documentada y un análisis de cómo retoma temas y planteamientos de Goethe puede verse en mi libro Las huellas de Fausto. La herencia de Goethe en la sociología de Max Weber1.
El diagnóstico pesimista de Max Weber al final de su Ética protestante se ha hecho justamente famoso y el tópico de la sociedad moderna como una «jaula de hierro» inexorable de la que ya no hay salida posible se ha popularizado como una descripción weberiana de nuestra situación contemporánea. Lo que no suele ser moneda de uso corriente es la dependencia de dicho diagnóstico weberiano respecto a los planteamientos de Simmel en torno a la tragedia de la cultura moderna y a cómo los resultados objetivos de la cultura se imponen necesariamente sobre los subjetivos. Weber analizaba detalladamente cómo la modernidad se basaba -entre otras cosas- en la creación de un tipo especial de mentalidad compulsiva al trabajo y al ahorro que necesariamente era funcional al desarrollo del capitalismo racional moderno. Y también constataba cómo las intenciones iniciales de los reformadores protestantes desaparecían en el proceso, dando lugar a un ansia de acumulación de riqueza que ponía en peligro el propio espíritu religioso de los comienzos, señalando así el triunfo inevitable de las realizaciones de los hombres sobre los propios hombres que han proyectado y realizado su acción. Y esto lo formulaba Max Weber invirtiendo la frase con la que Mefistófeles se presentaba ante Fausto, afirmando que el ascetismo actuaba entonces como aquella fuerza «que siempre quiere el bien y siempre hace el mal». Se trata de un tema de la sociología que germinará más tarde bajo la denominación de «consecuencias imprevistas o no queridas de la acción» y que acaban imponiéndose sobre las intenciones originarias y sobre la propia acción individual o colectiva. En el final desencantado y pesimista de la Ética protestante, Weber reconoce su deuda con Goethe y encuentra en los Wanderjahre y en el final del Fausto la idea del carácter ascético del moderno trabajo profesional:
«Que la limitación al trabajo especializado, con la renuncia a la universalidad fáustica de lo humano que comporta, sea en definitiva el requisito de un obrar valioso en el mundo moderno y que, por tanto, «acción» y «renuncia» se condicionen hoy mutuamente de forma inevitable: este fundamental motivo ascético del estilo de vida burgués […] es lo que también Goethe quiso enseñarnos desde la cumbre de su conocimiento de la vida»2.
Certeramente ha expuesto Arthur Mitzman la tesis de la conexión entre el pesimismo de los párrafos finales de la Ética protestante y las ideas de Simmel sobre la tragedia de la cultura. La concepción trágica y pesimista era una idea compartida por los sociólogos alemanes de las décadas del comienzo de siglo:
«Ciertamente Ferdinand Tönnies, Werner Sombart y Robert Michels, los cuales tuvieron diversos grados de amistad personal con Weber, participaron de esta desesperación. Y otro amigo íntimo, Georg Simmel, le proporcionó el concepto del triunfo inevitable del espíritu «objetivo» sobre el «subjetivo», es decir, de las creaciones del hombre sobre el hombre creador, que Weber empleó de forma excelente en su sociología. En efecto, la obra de Weber en muchos puntos se podría interpretar como una aplicación detallada de la visión de Simmel a la historia de las ideas e instituciones políticas y religiosas -una sociología de la cosificación»3.
Y esta cosificación no es analizada por Simmel sólo desde la perspectiva del trabajo sino, de manera especial, desde la perspectiva del consumo o del consumidor de mercancías producidas en masa en la sociedad capitalista. Pero dejemos el problema de la alienación del consumidor y centrémonos en la idea general de Simmel sobre la doble visión de la cultura como cultura objetiva y subjetiva así como del contraste entre ambas. Es un hilo conductor de múltiples de sus artículos, pero también puede encontrarse de manera sistemática en su Filosofía del dinero. Dicho sea de paso, esta obra de Simmel fue el primer libro de ciencia social leído por Max Weber a la salida de la crisis psicológica que le mantuvo postrado sin poder dar clase ni escribir y casi sin poder leer durante los años del cambio de siglo; por ello, no es de extrañar la influencia de Simmel en los primeros artículos metodológicos así como en los ensayos de la Ética protestante, que fueron los primeros trabajos del «genio de Heidelberg» después de su enfermedad.
Para Simmel la cultura habita en el dualismo entre la vida subjetiva que es incesante, pero temporalmente finita, y sus contenidos que, una vez creados, son inamovibles y válidos al margen del tiempo. La cultura vive en el dualismo entre sujeto y objeto, entre la producción por el espíritu subjetivo o individual de numerosas figuras que siguen existiendo de manera autónoma e independiente del alma que las ha creado, así como de cualquier otra alma que las acepta o rechaza. Simmel define la cultura como «el camino del alma hacia sí misma», como la salida individual del mundo de la naturaleza para participar en el mundo de la cultura objetiva. La cultura tiene estas dos vertientes que Simmel expresa en términos hegelianos: espíritu objetivo, que consiste en las objetivaciones producidas en último término a partir de las realizaciones de los propios individuos, y espíritu subjetivo o formación de un alma que asciende de la naturaleza a la cultura. En palabras de Simmel:
«La cultura surge -y esto es lo absolutamente esencial para su comprensión- en tanto que se reúnen los dos elementos, ninguno de los cuales la contiene por sí: el alma subjetiva y el producto espiritual objetivo»4.
Pero este contraste entre sujeto y objeto, entre cultura subjetiva y cultura objetiva, se encuentra inevitablemente con el riesgo, la paradoja o la tragedia -de las tres maneras es caracterizada por Simmel- de que la cultura objetiva se independice respecto a los individuos que, sin embargo, son quienes la han producido. Las esferas de valor cultural acaban independizándose de sus autores, se tornan objetivas y determinan la vida y la actividad de los propios individuos productores de ellas así como de las siguientes generaciones: es el triunfo de la cultura objetiva. Y esto ocurre en todas las esferas de la vida, tanto en la producción económica como en el arte, la religión, la ciencia, la técnica o en la expresión lingüística. En todas las facetas de la vida, desde el lenguaje a la moral, pasando por las constituciones políticas y las doctrinas religiosas, la literatura o la técnica, se ha incorporado el trabajo de infinitas generaciones como espíritu objetivado, del cual cada individuo puede tomar tanto como quiera o pueda, sin que nadie llegue jamás a agotarlo. Por poner sólo un ejemplo: Simmel nos recuerda que la máquina ha enriquecido su espíritu más que el trabajador y se pregunta retóricamente acerca de cuántos trabajadores pueden hoy comprender la máquina con la que trabajan, es decir, comprender el espíritu invertido en la máquina5. El problema radica en que la preponderancia de la cultura objetiva sobre la subjetiva se va ampliando progresivamente cada vez más:
«Esta discrepancia parece estar ampliándose de continuo. El tesoro de la cultura objetiva aumenta progresivamente en todas sus partes, mientras que el espíritu individual únicamente puede ampliar las formas y contenidos de su formación de modo mucho más lento y como con cierto retraso respecto a aquel tesoro»6.
Pero esta discrepancia entre lo subjetivo y lo objetivo que culmina en el triunfo ya señalado de la cultura objetiva es conceptualizado por Simmel como tragedia. Y no puede ser quizá de otra manera, dada su apuesta por la cultura subjetiva como meta final dominante7. La apuesta por el individuo se ve condenada a un gran fracaso ante el avance imparable del espíritu objetivo que se impone sobre la conciencia subjetiva y le marca sus formas de ser. Y esta concepción trágica de fracaso del individuo moderno y, a pesar de ello, nueva apuesta por el individuo frente a todas las instituciones sociales -producto de la cultura objetiva- volvemos a encontrarla en Max Weber. La concepción simmeliana de la tragedia de la cultura es uria variación sobre la tragedia de Fausto, la desesperación del individuo que ha dedicado toda su vida a la sabiduría y llega a la conclusión desesperada de que no puede saber nada. Al viejo Fausto se le ha escapado la vida de las manos, su tiempo vital ha concluido sin haber podido gozar del amor o de las riquezas por haber antepuesto a todo la búsqueda de una sabiduría que, finalmente, se revela como inalcanzable.
EL FAUSTO DE GOETHE EN WEBER
Pienso que entre los principales temas de la herencia del Fausto de Goethe en Max Weber se encuentran los dos siguientes: primero, crítica de la idea romántica de la personalidad total -de aquel individuo que hiciera suya la voluntad y las palabras de Fausto: «lo que está repartido entre la humanidad entera quiero yo experimentarlo en lo más íntimo de mi ser»-; y segundo, la concepción de la política como pacto con el diablo.
Es necesario recordar que la identidad personal moderna tiene en Weber tres claves fundamentales: una clave religiosa en el concepto de Beruf (profesión-vocación) analizado en La ética protestante, pero que se extiende hasta sus famosas conferencias sobre la ciencia y la política como «profesión-vocación»; una clave goethiana, en el descubrimiento del «daimon» que maneja los hilos de la existencia individual; y una clave kantiana, pues la personalidad se define por la consistencia con los valores últimos que dan sentido a la propia vida. Además, la clave religiosa acaba, en último término, referida a Goethe, al aceptar explícitamente Max Weber en las conclusiones de La ética protestante lo que aquél quiso enseñarnos, desde las alturas de su profundo conocimiento de la vida, en los Años de andanzas de Guillermo Meister y en el final del Fausto.
La conclusión de La ética protestante prolonga las reflexiones de Goethe sobre el final de la idea de la humanidad bella. Max Weber se hace eco, explícitamente, de las palabras de Goethe e intenta recoger las enseñanzas de los Años de andanzas de Guillermo Meister y de la conclusión del Fausto, expresando la necesidad de la renuncia a la universalidad fáustica de lo humano y la limitación consiguiente al trabajo especializado y profesional como condición del obrar valioso en el mundo actual: «El puritano quiso ser un hombre profesional (Berufmensch), nosotros debemos serlo». Esto significaba para Max Weber, al igual que para Goethe, la renuncia y la despedida de una época de la humanidad integral y bella, época que ya no volverá a darse en nuestro desarrollo cultural moderno, de la misma manera que no volvió a repetirse el florecimiento de Atenas en la antigüedad.
La personalidad total e integrada ha sido rota ya definitivamente por la división del trabajo. Weber es consciente de vivir en una época en la que el sujeto se ha escindido en pluralidad de fragmentos. Señala con acierto el final de la armonía clásica representada simbólicamente por la unión de las diosas de la belleza, la bondad y la verdad. Ya no es posible recuperar aquellos momentos de plenitud a los que todavía estaba consagrado el edificio de la antigua Opera de Frankfurt: Dem Wahren, Schönen, Guten («A la Verdad, la Belleza y la Bondad»). Estas tres deidades se han hecho trágicamente incompatibles entre sí en la modernidad: si sacrificamos ante el altar de una de ellas, nos vemos expulsados del templo de las demás, pues los dioses de los distintos sistemas y valores mantienen entre sí una lucha eterna, sobre la que decide el destino y no la ciencia:
«Si hay algo que hoy sepamos bien es la verdad vieja y vuelta a aprender de que algo puede ser sagrado, no sólo aunque no sea bello sino porque no lo es y en la medida en que no lo es […] También sabemos que algo puede ser bello, no sólo aunque no sea bueno, sino justamente por aquello por lo que no lo es. Lo hemos vuelto a saber con Nietzsche y, además, lo hemos visto realizado en Las flores del mal, como Baudelaire tituló su libro de poemas. Por último, pertenece a la sabiduría cotidiana la verdad de que algo puede ser verdadero aunque no sea bello, ni sagrado, ni bueno»8.
Esta escisión de los valores tiene su correlato en la división social del trabajo: las distintas facetas de la vida -religión, economía, ética, ciencia, burocracia…-
compiten entre sí y no es posible abarcarlas en su totalidad. Weber extiende el certificado de de función del «hombre completo», del Kulturmensch, cuyo último gran reprede la personalidad sentante, en su opinión, fue Goethe. El «hombre de cultura» es sustituido por el mero especialista que resuelve técnicamente problemas técnicos, sin ser capaz jamás de tener una visión es fundamental de conjunto. Y retomando formulaciones goethianas, Weber establece como tarea de nuestra época la «vita activa», el ponerse al trabajo y responder, como ser humano y como pro a las «exigencias de cada día», lo cual será simple y sencillo si cada cual encuentra el daimon que mueve los hilos de su vida y le presta obediencia.
Sin embargo, según afirma también Goethe, la voluntad guiadora del daimon puede llevar al individuo por falsos caminos. En ocasiones, además, el poder positivo del daimon y el poder negativo del diablo se encuentran y la búsqueda del daimon que rige la vida del individuo acaba convirtiéndose en un pacto con el diablo. Esto ocurre especialmente en el campo de la política, según documenta Max Weber, y en el campo de la creación musical, tal como podemos leer en el Doktor Faustus, de Thomas Mann: cuando se nos niega el genio creador, bien sea éste artístico o político, la creatividad sólo se puede conseguir mediante un pacto con Mefistófeles o con el «Angel de la ponzoña», que son los nombres del diablo en Goethe y Thomas Mann, respectivamente.
La idea del daimon, de la personalidad daimónica que ejerce una verdadera atracción sobre los hombres, es fundamental para la concepción weberiana del carisma y para su idea de la política moderna. La competición electoral se basa en la fuerza del carisma de un líder con capacidad de atraer a grandes masas de votantes y en la férrea organización burocrática del partido. Sin carisma o sin máquina burocrática que respalde, la política de cualquier partido moderno está abocada al fracaso. Pero para que la personalidad de un político sea atrayente ha de reunir tres condiciones: entrega apasionada al dios o demonio que gobierna la causa política en la que uno cree, responsabilidad con respecto a esa causa y mesura o capacidad para mantener la cabeza fría y la distancia frente a los acontecimientos, los hombres y las cosas. El problema que tiene que resolver todo político es cómo conjugar la pasión ardiente y la mesurada frialdad, cómo unir los impulsos del corazón con la frialdad de la cabeza que debe impregnar las decisiones políticas. Sin embargo, la entrega apasionada al daimon de la política se convierte con mucha facilidad en la adoración del poder en cuanto tal, en el «baladronear de poder como un advenedizo o complacerse vanidosamente en el sentimiento de poder». Pues bien: en el momento en que el político deja de estar al servicio de una causa, sea ésta la que sea, para convertirse en un mero «político de poder» (Machtpolitiker), en alguien que busca a toda costa lograr el poder o permanecer en él, la búsqueda del daimon deja paso al pacto con el diablo. La fuerza positiva del daimon es sustituida por el poder de lo negativo, de lo diabólico.
El paso de la «búsqueda del daimon» al «pacto con el diablo» en política tiene como intermediario, en Max Weber, la constatación de las complejas relaciones entre el bien y el mal, o entre virtudes y vicios, o la certeza de la difícil transformación de los intereses personales en la vida económica privada en una función de bienestar colectivo: el bien perseguido por el individuo no se transforma necesariamente en un bien para la sociedad. En este punto Weber invierte conscientemente la vieja idea liberal que, en diversas versiones religiosas o secularizadas, había servido como fórmula legitimadora de los intereses políticos y económicos del individuo.
Según Max Weber, en la política la búsqueda del daimon se transforma necesariamente en un pacto con el diablo, en un pacto con las potencias diabólicas que acechan en torno a todo poder, a toda utilización de la fuerza y de la violencia legítima. El pacto con el diablo significa, en primer lugar, que el político ha de ser consciente de la falsedad de la tesis de que de lo bueno sólo puede resultar el bien y de lo malo sólo el mal. Ya no es posible la «solución optimista» de Goethe, sino que, por el contrario, la búsqueda del bien produce el mal, o el bien ya no puede ser considerado de otra forma que como una de las «flores del mal» en el sentido de Baudelaire. Pero esta idea es ya una vieja experiencia de todas las grandes religiones, desde el hinduísmo al mazdeísmo pasando, claro está, por el cristianismo:
«También los cristianos primitivos sabían muy exactamente que el mundo está regido por los demonios y que quien se mete en política, es decir, quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia, ha sellado un pacto con el diablo, de tal modo que ya no es cierto que en su actividad lo bueno sólo produzca el bien y lo malo el mal, sino que frecuentemente sucede lo contrario. Quien no ve esto es un niño, políticamente hablando»9.
La política impone necesariamente sus condiciones y la utilización de la violencia y del poder como instrumentos son vehículos que, una vez en marcha, no es posible abandonar cuando uno quiere. Weber insistirá una y otra vez en la incompatibilidad entre política y religión: se trata de dos mundos contrapuestos entre los que no hay mediación posible. Todo intento de una religión de salvación de utilizar la política y la violencia como medio acaba poniendo en peligro la «salvación del alma». Si utiliza la política, tarde o temprano, se le planteará el problema de que para conseguir fines «buenos» hay que contar con medios moralmente malos, y se verá confrontado también con el problema de las consecuencias laterales o no queridas de la acción, y con el problema de los «efectos perversos» de las buenas intenciones.
Precisamente para Max Weber, el pacto con el diablo también significa que en política no es suficiente una ética de puras intenciones o convicciones, pues se suele cumplir la paradoja de los efectos frente a las intenciones o, como expresa paradigmáticamente el refranero español, «el suelo del infierno está empedrado de buenas intenciones». Por ello, el político ha de ser responsable de sus actos y decisiones y Weber acabará abogando, en el terreno de la política, por una síntesis entre la ética de intenciones o convicciones (Gesinnungsethik) y la ética de responsabilidades (Verantivortungsethik).
LA UTOPÍA PROMETEICA DEL TRABAJO
La teoría social y la filosofía contemporáneas han visto en el Fausto de Goethe la realización de dos ele mentos utópicos. Desde puntos de vista diferentes, tanto Manuel Sacristán como Marshall Berman han interpretado a Fausto como un nuevo Prometeo que trae la liberación a los hombres mediante el trabajo organizado a gran escala o mediante el desarrollo de todas las fuerzas productivas, si bien este desarrollo tiene también tintes trágicos.
Fausto, hastiado de su vida centrada hasta entonces unilateralmente en la sabiduría, acepta la apuesta de Mefistófeles y se lanza a una incesante actividad con la finalidad de experimentar en lo más íntimo de su ser todo lo que está repartido entre la humanidad entera, abarcar con su espíritu lo más alto y lo más bajo, acumular en su pecho el bien y el mal de toda la humanidad, identificándose con ella y estrellándose como la propia humanidad también al fin. Como es bien sabido, Fausto consume su vida de deseo en deseo, atravesando el mundo a la carrera, sin satisfacerse nunca ni lograr tampoco la libertad ansiosamente buscada.
Sólo al final de su vida, y ya a punto de morir, encuentra su realización dirigiendo el trabajo de millones de hombres, dominando la naturaleza y abriendo caminos de libertad, en lo que podríamos denominar, siguiendo a Manuel Sacristán la «utopía burguesa del trabajo».
No quisiera dejar de señalar la dialéctica entre el bien y el mal que subyace en la utopía fáustica del trasurgirá precisamente de su bajo y de la modernización social. La deseo de eliminar la fuerza creadora de la sociedad burguesa, simbolizada en Fausto, comienza y se mantiene con la ayuda de Mefistófeles, el principio del mal. Fausto, a pesar de sus intenciones, no puede crear el desarrollo económico de la modernidad más que liquidando el viejo mundo tradicional y premoderno mediante el asesinato de quienes, como los ancianos Filemón y Baucis, se oponen a sus planes. En el pequeño pedazo de tierra que éstos poseen, quiere instalar Fausto su propia residencia desde la que contemplar, orgulloso, el desarrollo de su magna obra: «aquellos pocos árboles que no son míos me desbaratan la posesión del mundo».Y Mefistófeles se encargará de asesinar a los dos ancianos, representantes simbólicos de un mundo y de unos valores tradicionales que desaparecen violentamente por la acción purificadora del fuego en aras del progreso económico10. Según comenta Berman, Goethe comprende la modernización del mundo material como un sublime logro espiritual:
«El Fausto de Goethe, en su actividad como «desarrollista» que encamina al mundo por una nueva vía, es un héroe moderno arquetípico. Pero el desarrollista, tal como lo concibe Goethe, es trágico a la vez que heroico. Para cbmprender la tragedia del desarrollista, debemos juzgar su visión del mundo no sólo por lo que ve -por los inmensos nuevos horizontes que abre a la humanidad- sino también por lo que no ve: las realidades humanas que rehusa mirar, las posibilidades con las que no soporta enfrentarse. Fausto imagina, y lucha por crear, un mundo en el que el crecimiento personal y el progreso humano se puedan obtener sin costes humanos significativos. Irónicamente, su tragedia surgirá precisamente de su deseo de eliminar la tragedia de la vida»11.
El viejo Fausto, cegado por la Inquietud y vencido casi por el tiempo, sólo consentiría perder su apuesta con Mefistófeles cuando hubiera organizado el trabajo de innumerables masas humanas, planificando gigantescos proyectos de desarrollo económico y tecnológico para abrir nuevos caminos de libertad para la humanidad. Únicamente entonces aceptaría perder su apuesta con el diablo, deseando detener el instante, el hermoso instante que le hace feliz:
«A muchos millones de hombres les abro espacios donde puedan vivir, no seguros, es cierto, pero sí libres y en plena actividad. […] Sí, a esta idea vivo entregado por completo; es el fin supremo de la sabiduría: sólo merece la libertad, lo mismo que la vida, quien se ve obligado a ganarlas todos los días. […] Quisiera ver una muchedumbre así en continua actividad, hallarme en un suelo libre en compañía de un pueblo también libre. Entonces podría decir al fugaz momento: «No te vayas aún, ¡eres tan bello!»»12.
Y es precisamente esta búsqueda constante del instante pleno, de detener el momento perfecto que nos hace felices, lo que Emst Bloch establece como característica central de la voluntad utópica del hombre en El principio esperanza:
«La última voluntad es la de ser verdaderamente presente; de tal suerte, que el momento vivido nos pertenezca, y nosotros a él, y que pueda decírsele, «no te vayas aún». El hombre quiere, al fin, ser él mismo en el ahora y aquí, quiere ser en la plenitud de su vida sin aplazamiento ni lejanía. La voluntad utópica auténtica no es, en absoluto, una aspiración infinita, sino, al contrario, quiere lo meramente inmediato e intacto del encontrarse y existir, y quiere como mediado, al fin, como clarificado y plenificado, como plenificado feliz y adecuadamente. Este es el contenido límite utópico pensado en el «no te vayas aún, eres tan bello» del plan fáustico»13.
Cabría afirmar que todo el planteamiento filosófico de Bloch se encuentra prefigurado en los versos 1198 y 1199 del Fausto de Goethe: «Empieza la razón a hablar una vez más y la esperanza a florecer de nuevo». De hecho, Bloch recalca una y otra vez a lo largo de El principio esperanza la centralidad de Fausto como una de las figuras literarias más importantes de la superación humana de toda barrera y de todo límite. Su búsqueda permanente de la realización del momento perfecto es una utopía cargada con la experiencia del mundo: el goce del instante supremo, de aquel instante en que Fausto consentiría perder su apuesta con el diablo exclamando: «No te vayas aún; eres tan bello». Estas palabras dirigidas a detener el tiempo, a parar el momento supremo que le hace feliz, son consideradas por Bloch como la mejor caracterización de la utopía de la existencia humana. El doctor Fausto constituye, pues, el mejor ejemplo de hombre utópico: es el franqueador de fronteras por excelencia, siempre enriquecido en su experiencia cada vez que traspasa los límites de lo humano y salvado precisamente por aspirar siempre a un ideal14.
Sirvan estas ideas como botón de muestra de la actualidad de Goethe en el pensamiento social de nuestro ya declinante siglo XX. No estaría de más que, de manera semejante a los años finales del siglo XIX, hiciéramos hoy nuestra la consigna «¡Volvamos a Goethe!».
NOTAS
1· Madrid, Tecnos, 1992.
2· Max Weber, Ensayos sobre sociología de la religión, vol. I, Madrid, Taurus, 1983, p. 165.
3 · A. Mitzman, La jaula de hierro. Una interpretación histórica de Max Weber, Madrid, Alianza, 1976, p. 160. Un análisis interesante de la conciencia trágica en la sociología alemana puede verse en el artículo de K. Lenk titulado precisamente «Das tragische Bewusstsein in der deutschen Soziologie», en Kölner Zeitschrift für Soziologie und Sozialpsychologie, 16,1964. La idea de conciencia trágica conforma también el interesante análisis de Yolanda Ruano de la Fuente en su libro Racionalidad y conciencia trágica. La Modernidad según Max Weber, Madrid, Trotta, 1996.
4 · G. Simmel, «El concepto y la tragedia de la cultura», en su colección de ensayos Sobre la aventura. Ensayos filosóficos, Barcelona, Península, 1988, p. 208.
5 · G. Simmel, Filosofia del dinero, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1976, p. 563.
6 · Ibidem, p. 564.
7 · Cfir. G. Simmel, «De la esencia de la cultura», en su libro El individuo y la libertad. Ensayos de crítica de la cultura, Barcelona, Península, 1986, p. 126.
8 · Max Weber, «La ciencia como vocación», en la edición de Alianza, El político y el científico, Madrid, 1984, p. 216.
9 · Max Weber, «Política como vocación», en la edición ya citada de Alianza, p. 168.
10 · Véanse sobre este tema los ensayos de Manuel Sacristán («La veracidad de Goethe», en Lecturas. Panfletos y materiales IV, edición a cargo de J. R. Capella, Barcelona, Icaria, 1985) y de Marshall Berman («El Fausto de Goethe: la tragedia del desarrollo», cap. I de su libro Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad, Madrid, Siglo XXI, 1988).
11 · M. Berman, op. cit., p. 58.
12 · Goethe: Fausto, Madrid, Cátedra, 1987, p. 420.
13 · E. Bloch, El principio esperanza, Madrid, Aguilar, 1977, vol. I, p. XXV.
14 · Cfr. Los capítulos 49 («Paradigmas de la transposición de fronteras: Fausto y la apuesta por el momento colmado») y 50 («Paradigmas de la transposición de fronteras abstracta y mediada, mostradas en Don Quijote y Fausto») de E. Bloch, El principio esperanza, vol. III, Madrid, Aguilar, 1980, pp. 90-125 y 126-151 respectivamente.
En tan sólo once años de reinado (1786-1797), Federico Guillermo II de Prusia consiguió que su corte de Postdam alcanzara un brillo extraordinario en lo que se refiere a la música y las bellas artes. No es un hecho puramente casual, pues coincide con la época de mayor expansión política del reino prusiano. De su tío Federico el Grande heredó no sólo el reino sino una enorme pasión por la música, y del mismo modo quiso rodearse de los mejores músicos del momento. En lugar de tocar la flauta y el clave como lo hiciera su tío, Federico Guillermo II optó por la viola da gamba. Y así, en el largo período de sólida formación en muchas materias, pero principalmente de índole militar (que era lo que requerían los tiempos), el heredero al trono recibió las enseñanzas de Ludwig Christian Hesse, uno de los más renombrados «gambistas» alemanes de su tiempo.
Durante la Guerra de los Siete Años, fue enviado a Breslau (actual Wroclaw). Allí combatía el aburrimiento dejando la viola da gamba y familiarizándose con el «moderno» violonchelo de la mano del italiano Graziani, pues de allí procedía el nuevo instrumento.
Cuando pudo tener su propia corte en Postdam, reclutó un buen número de músicos con quienes hacer música de cámara. Su gran afición por los Cuartetos, que él mismo interpretaba al chelo, le hizo ser destinatario de importantes obras, como los Cuartetos Op. 5 que Haydn le dedicó recién llegado al trono. Los tres Cuartetos Prusianos de Mozart fueron escritos para él y, a juzgar por la dificultad de la parte del violonchelo, debía ser buen intérprete; o, al menos, su fama como tal, justificada o no, era conocida en toda Europa.
Además de atender sus obligaciones reales, consagraba diariamente dos horas a la música, y era tal su dedicación, que en sus viajes de campaña se hacía acompañar por dos violinistas y un violista, pues no podía renunciar a sus diarias sesiones cuartísticas.
Siendo todavía príncipe, Federico Guillermo contrató en 1773 a dos grandes chelistas franceses: los hermanos Jean-Pierre y Jean-Louis Duport. Su presencia en la corte de Postdam sería decisiva para acrecentar el mecenazgo de Federico Guillermo hacia el violonchelo y los compositores que escribieran para este instrumento. Con toda seguridad ellos fueron los grandes intérpretes, pero Federico Guillermo II, al fin y al cabo, era el rey y fue siempre el destinatario de las partituras.
Atraído por su intensa vida musical, Beethoven visitó la corte prusiana en varias ocasiones, y con tal motivo dedicó al rey dos Sonatas Op. 5 y tres series de Variaciones para violonchelo y piano. Boccherini, sin moverse de España, consiguió a través de J. P. Duport que se le nombrara compositor de la corte de Prusia y recibiera una importante asignación anual.
Grandes músicos como Beethoven, los dos Duport, Bernhard Romberg y Boccherini, que contribuyeron de forma muy importante a enriquecer el repertorio para violonchelo, deben en gran medida su aportación a la pasión de Federico Guillermo II de Prusia por este instrumento.
En este disco se recogen varias de estas obras: algunas muy poco conocidas, como la Sonata para dos chelos y piano de J. P. Duport, los Estudios para dos violonchelos de J. L. Duport, k Sonata n° 1 de Romberg o la Sonata en Mi bemol Mayor para dos violonchelos de Boccherini, junto a dos deliciosas series de Variaciones para chelo y piano de Beethoven.
A la singularidad del programa hay que añadir el encanto de su sonoridad, pues en esta grabación se utiliza un fortepiano en lugar del piano actual y dos instrumentos de arco de 1700, lo que le confiere una mayor autenticidad al recrear ese momento histórico. Además, la apasionada interpretación del principal ejecutante, Anner Bylsma, nos demuestra que para recrear una partitura no sólo es necesario tocar técnicamente bien un instrumento, sino sentir de verdad la música y saber transmitirla.
No siempre se tiene presente la importancia de la «pequeña Historia». NUEVA REVISTA recoge un testimonio sobre la guerra de Cuba que da nombre y apellidos a algunos de esos actores anónimos.
España no tenía una armada grande ni eficiente, pero envió a la lejana isla de Cuba, desde que estallara la rebelión de 1985, más de 200.000 soldados. Los americanos, en cambio, poseían modernos y poderosos cruceros blindados, bien artillados y veloces. Éstos bloqueaban la isla y protegían los alijos de armas para los insurrectos. Bombardearon la Habana, mas no pudieron arruinar el famoso castillo de El Morro1 -que aún está en pie-, guardián desde hacía siglos de la capital de la isla, la «provincia de Cuba»…
Mi padre, joven oficial de artillería, viajaba al infierno de la guerra de Cuba a meterse en la heroica -descabellada— empresa de defender la isla. El país entero —incluidos los hijos criollos de familias acomodadas2— estaba soliviantado, y los todopoderosos Estados Unidos bloqueaban las costas, tratando de impedir -en vano— que llegaran auxilios desde España, al mismo tiempo que ellos, por su parte, preparaban un inminente y decisivo desembarco.
El barco en que viajaba mi padre era un viejo transatlántico de madera sin blindaje alguno. No era una embarcación de guerra, sino de pasaje. Lo capitaneaba un viejo lobo de mar bilbaíno. Iba en el barco una brigada de infantería, armada con modernos máuseres, aquellos fusiles tan eficaces que aún hoy se emplean en nuestro ejército. Comprendía la brigada 2.000 soldados: dos regimientos de infantería mandados por sus respectivos coroneles, una batería de artillería de cuatro piezas del 7,5 que mandaba mi padre por no haber a bordo oficial de artillería de mayor graduación que él, y algunas tropas auxiliares. El jefe de la brigada era el joven e intrépido general Marina, que años después se batiría heroicamente en el Monte Gurugú, en las proximidades de Melilla, y que más tarde llegaría a ser Ministro de la Guerra (el ataque al Monte Gurugú tuvo lugar en 1909 y, si no estoy equivocado, el general Marina ganó por su valor y pericia la Gran Cruz laureada de san Fernando).
Al acercarse el viejo transporte a las aguas cubanas, los tripulantes de una lancha pesquera hicieron señales a nuestros marinos. Interpretadas las señales, el capitán del barco comunicó al general Marina que un crucero americano se hallaba navegando por aquellas aguas. El peligro de un encuentro era inminente, ¿qué hacer? El general Marina no se inmutó y, con gran energía, llamó a zafarrancho de combate. Ordenó a los coroneles de infantería que municionaran a la tropa y la distribuyeran a babor y estribor, con cincuenta
cartuchos por hombre. A mi padre le mandó colocar dos piezas a babor y otras dos a estribor, detrás de los infantes. Reunió a los mandos (los dos coroneles, el viejo capitán del barco y mi padre) y les dijo:
—Señores, defendámonos hasta morir o vencer.
Los coroneles de infantería, aun convencidos de la inutilidad de aquellas órdenes, nada respondieron. Pero mi padre, que era joven incauto, se atrevió a pedir la palabra.
—Diga joven, qué tiene que objetar.
—Mi general -dijo mi padre- el barco en que navegamos será hundido por los disparos de los cañones del 15,5 que lleva el crucero americano, probablemente antes de que lleguemos a verle. Mis piezas sólo alcanzan 7 kilómetros, la mitad que las del crucero, y retroceden al disparar. Andarán rodando por la cubierta, será difícil sujetarlas. No obstante, yo estoy dispuesto a cumplir las órdenes de V. E., mi general.
—Joven —insistió el general Marina, un hombre simpático y caballeroso-, amarre bien los cañones para que no retrocedan y haga fuego cuando se lo ordene. Que los infantes —añadió- hagan fuego a discreción o, si fuera conveniente, por descargas cerradas.
Un discreto y profundo silencio siguió a las palabras del valiente general Marina. Todos tenían oprimido el corazón. Pero no habían contado con el capitán del barco, gran conocedor de aquellos mares. Se sabía de memoria la situación de los famosos «cayos» —promontorios de rocas- que bordean gran parte del norte de la isla de Cuba. En un momento en que cogió reunidos, mudos y taciturnos, a los coroneles y a mi padre, se acercó a ellos y les dijo:
—No se preocupen ustedes. Esto lo arreglo yo. Me meteré entre los cayos, desafiando el peligro de embarrancar o de que el viejo casco del buque choque con un bajío y demos todos nosotros en el Infierno. Pero si logro hacer lo que ya hice otras veces (¿quién sabe si no fue en su juventud pirata 0 contrabandista?), nos salvaremos y llegaremos sanos y salvos a las costas cubanas. El crucero americano no tiene una buena carta marina de estos parajes, porque no la hay, no se atreverá a navegar por ellos y se mantendrá a buena distancia por temor a encallar.
Y así fue. Por entre los cayos se deslizó con arte supremo el viejo transporte. El crucero americano rondaba la isla, a la espera de dar caza a los transportes españoles, viejos y humildes barcos de madera. Con sus blindajes y su gruesa artillería, los navíos americanos se creían seguros y eficaces. No lo fueron en aquella ocasión, ni en otras muchas, y el barco español arribó a Nuevitas, en la costa norte de la isla. Allí desembarcaron las tropas del general Marina.
En vista de aquel esfuerzo que hizo España para enviar a Cuba más de 200.000 hombres en las condiciones narradas o en otras semejantes, creo que habría que rectificar el juicio que aquel 98 mereció a esos escritores que tomaron de aquel año el nombre de su generación.
Las Palmas, 1970.
NOTAS
1 Mandaba la fortaleza el general de artillería Fuentes, curioso personaje autor de un excelente libro sobre las campañas en Italia del Gran Capitán. Al general Fuentes se le ocurrió algo, entonces novedoso: cubrir los muros del castillo de gruesas capas de sacos llenos de tierra. Las granadas lanzadas por la poderosa artillería de los cruceros americanos estallaban en vano en la arena y no pudieron derribar los bastiones del fuerte. Lo mismo hicieron los franceses casi 20 años después, en la guerra del 14 al 18, para preservar la catedral de Reims.
2 Los señoritos con carrera y los hijos rebeldes de lo que se llamaba «buenas familias» estaban contra España. En la generación anterior éstos habían sido conocidos en la Habana como los «nenes de la acera del Louvre», porque se reunían para conspirar en la acera del Paseo del Prado, donde se levantan los grandes almacenes del Louvre, réplica de otros del París de la época. A los dichos ‘ nenes» perteneció en su juventud Manuel Cardenal Gómez, criollo matanceño, padre del personaje del presente relato, el joven teniente de artillería Manuel Cardenal Dominicis. Éste (M.C.D.) había sido enviado a estudiar a España, entró en las entonces Academia General de Segovia, salió oficial de artillería, y el año que los Estados Unidos declararon la guerra a España se alistó voluntario para Cuba.
Mientras el joven teniente servía en el ejército español, su rebelde padre (M.C.G.) mandaba un batallón de mambises independentistas. Se diría que las generaciones estaban invertidas. Padre e hijo llegaron a encontrarse en acción bélica al tiempo de la rendición de Santiago de Cuba. Se reconocieron y abrazaron. Sus respectivos hombres, cansados de la lucha, aprovecharon la tan grata como inesperada ocurrencia para abrazarse también entre ellos y terminar por su parte las hostilidades.
La preparación de un repertorio bibliográfico, por breve y sencillo que éste pueda ser, no resulta fácil. Si la tarea recopiladora de bibliografía es ya de por sí ardua, cuando ésta versa sobre materias propias de la disciplina del Derecho Político, como en este caso, la dificultad se acrecienta notablemente.
Al comienzo de una de sus obras más conocidas (Lecciones de Derecho Político, Granada, 1959), el profesor Sánchez Agesta explicaba que el escaso desarrollo de los estudios políticos en España ha conducido a incluir en la disciplina del Derecho Político un conjunto de materias diversas que ni siquiera tienen en común un substrato jurídico (Teoría del Estado, Derecho Constitucional, Ciencia Política, Sociología Política, entre otras). Bien es verdad que la configuración enciclopédica del Derecho Político viene de antiguo, concretamente desde que Adolfo Posada (Tratado de Derecho Político, Librería General de Victoriano Suárez, Madrid, 1935) sienta las bases de una disciplina moderna encaminada a estudiar globalmente el fenómeno de la «política». Sirva, en todo caso, como referente para delimitar el sentido y alcance de esta disciplina, la lectura de tratadistas clásicos del siglo pasado, como Vicente Santamaría de Paredes (Derecho Político, Librería General de Victoriano Suárez), y otros más cercanos en el tiempo, como Francisco Javier Conde (Introducción al Derecho Político actual, Ediciones Escorial, Madrid, 1942; reedición de 1953), Luis Izaga (Elementos de Derecho Político, Editorial Boseh, Barcelona, 1952) y Nicolás Pérez Serrano (Tratado de Derecho Político, Editorial Civitas, Madrid, 1976), sin olvidar el estudio de Jaime Guasp titulado El Derecho Político como Derecho del Gobierno (Libro-Homenaje a D. Nicolás Pérez Serrano, Reus, Madrid, 1959, tomo II).
ANTECEDENTES SOCIALES, POLÍTICOS Y JURÍDICOS
Esta exposición del material bibliográfico relativo a la Constitución de 1978 no sólo no tiene vocación de ser exhaustiva, sino que además es meramente indicativa, y responde a una simple selección de la bibliografía jurídica y política más relevante y significativa.
Conviene reseñar, en primer término, las publicaciones referentes a lo que pueden denominarse antecedentes sociales, políticos y jurídicos de la Constitución y su génesis histórica, con especial atención al proceso constituyente.
Sobre el proceso de reforma del orden político preexistente y su tránsito a la instauración del sistema constitucional de 1978, es posible atisbar dos tipos de material bibliográfico: por una parte, las aportaciones doctrinales de carácter eminentemente jurídico; por otra, los ensayos de corte extrajurídico, fundamentalmente sociológicos, históricos o políticos. Respecto a los primeros, al margen de los tratados generales sobre historia del constitucionalismo español que abordan el estudio de los antecedentes histórico-políticos de la Constitución, como los de Luis Sánchez Agesta (Historia del constitucionalismo español (1808-1936), Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1984), Joaquín Tomás Villaroya (Breve historia del constitucionalismo español, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1994) y Jorge Solé Tura y Eliseo Aja (Constituciones y períodos constituyentes en España (1808-1936), Ediciones siglo XX, Madrid, 1983), entre otros, es de destacar la existencia de ciertas publicaciones dedicadas al análisis del fenómeno de la reforma política con arreglo a ciertos criterios puramente jurídicos. Entre estos últimos, son dignos de mención los estudios de Sánchez Agesta («Movimiento constitucional. La reforma constitucional», en Revista de Derecho Público núm. 63, 1976), Joaquín Tomás Villarroya («Proceso constituyente y nueva Constitución. Un análisis crítico», en Revista de Estudios Políticos núm. 10 (Nueva Epoca)) y Lucas Verdú («La singularidad del proceso constituyente español», en Revista de Estudios Políticos núm. 9 (Nueva Época), 1978), además de los estudios jurídicos centrados en la Ley 1/1977, de 4 de enero, para la Reforma Política, entre los que cabe destacar los de los profesores Lucas Verdú (La octava Ley Fundamental. Crítica jurídico-política de la reforma Suárez (Tecnos, Madrid, 1976), Sánchez Agesta («La nueva Ley Fundamental para la Reforma Política», en Revista de Derecho Público núm. 66, 1977) y Pérez Tremps («La Ley para la Reforma Política», en Revista de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense núm. 54, 1978), así como el del letrado del Consejo de Estado José María Martín Oviedo («De la octava Ley Fundamental del Reino a la nueva ordenación constitucional española (Exégesis técnica de la Ley para la Reforma Política)», en Revista de Derecho Público núm. 68-69, 1977).
Otros estudios dignos de mención, aunque de perfil más sociopolítico e histórico que jurídico, son los de Raymond Carr y Juan Pablo Fusi (España de la dictadura a la democracia, Planeta, Barcelona, 1979), Jorge de Esteban (De la dictadura a la democracia. Diario político de un período constituyente, Universidad Complutense, Facultad de Derecho, Sección de Publicaciones, Madrid, 1979), Luis García San Miguel (Teoría de la transición. Un análisis del modelo español 1973-1978, Editora Nacional, Madrid, 1981), José María Maravall (La política de la transición, Taurus, Madrid, 1981), Antonio Hernández-Gil (El cambio político y la Constitución, Planeta, Barcelona, 1982), Raúl Morado (La transición política, Tecnos, Madrid, 1984), Gilmour (La transformación de España, Plaza y Janés, Barcelona, 1986), Paul Preston (El triunfo de la democracia en España, 1969-1982, Plaza y Janés, Barcelona, 1986), José Féliz Tezanos, Ramón García Cotarelo y Andrés de Blas (La transición democrática española, Editorial Sistema, Madrid, 1989), S. Miguez España (La preparación de la transición a la democracia en España, Universidad de Zaragoza, 1990), Ramón García Cotarelo y otros (Transición política y consolidación democrática (1975-1986), CIS/Siglo XXI, Madrid, 1992) y Manuel Redero San Román (Transición a la democracia y poder político en la España postfranquista (1975-1978), Librería Cervantes, Salamanca, 1993).
Todo ello, además, sin preterir estudios marcadamente históricos como el discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia del historiador Vicente Palacio Atard que, bajo el título «Juan Carlos I y el advenimiento de la democracia», fue leído en Madrid en 1988, y ulteriormente publicado como ensayo (edición de la Colección Austral, Espasa Calpe, Madrid, 1989); así como los siempre interesantes ensayos del jurista, y también historiador, José María Escudero, entre los que destaca su Historia política de las dos Españas, obra que obtuvo en 1975 el Premio Nacional de Historia Menéndez Pelayo, pero también su más reciente estudio, publicado en 1987, bajo el título Los españoles de la conciliación.
En otro orden de publicaciones, igualmente de carácter extrajurídico, no debe olvidarse la existencia de numerosos ensayos que, bajo la forma de memorias o testimonios políticos, constituyen referentes de primera magnitud, además de un género especialmente ilustrativo y enriquecedor para el estudio de este período de la historia de España. Cabe destacar las memorias de personalidades políticas del franquismo, como Laureano López Rodó, La larga marcha hacia la Monarquía (Planeta, Barcelona, 1979), Testimonio de una política de Estado (Planeta, Barcelona, 1987) y los cuatro documentados tomos de sus Memorias (Plaza y Janés, Madrid, 1990, 1991, 1992 y 1993); Federico Silva Muñoz, Memorias políticas (Planeta, Barcelona, 1993); Gonzalo Fernández de la Mora, Río Arriba (Memorias) (Planeta, Barcelona, 1995); testimonios de figuras de la transición, como Manuel Fraga Iribarne, Memoria breve de una vida pública (Planeta, Barcelona, 1980); José María de Areilza, Diario de un ministro de la Monarquía (Planeta, Barcelona, 1977), Cuadernos de la transición (Planeta, Barcelona, 1983), Crónica de libertad (Planeta, Barcelona, 1985) y Alo largo del siglo (1909-1991) (Planeta, Barcelona, 1992); Alfonso Osorio, Trayectoria política de un ministro de la Corona (Planeta, Barcelona, 1980); Fernando Alvarez de Miranda, Del contubernio al consenso (Planeta, Barcelona, 1985), Leopoldo Calvo Sotelo, Memoria viva de la transición (Plaza y Janés, Madrid, 1990) y Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, Memorias de estío (Temas de Hoy, Madrid, 1993), entre otros; y, en fin, no debe olvidarse la obra Lo que el Rey me ha pedido, cuyos autores -Pilar y Alfonso Fernández Miranda-, hija y sobrino, respectivamente, del que fue Presidente de las Cortes y del Consejo del Reino -Torcuato Fernández Miranda-, hacen una valiosa aportación al estudio de la reforma política.
Finalmente, citaré los cuatro volúmenes que con el título Constitución Española. Trabajos parlamentarios publicaron, en su momento, las Cortes Generales (Servicio de Estudios y Publicaciones). Esta edición, preparada por el catedrático y letrado de las Cortes Generales Fernando Sáinz Moreno, recoge los textos y debates íntegros del proceso constituyente y resulta una publicación del máximo interés.
ESTUDIOS SOBRE LA EXÉGESIS DEL TEXTO CONSTITUCIONAL
La promulgación de la Constitución de 1978 sumergió súbitamente a la doctrina científica en unas materias jurídicas completamente nuevas y, a la vez, trascendentales, puesto que incidió de manera decisiva sobre todas y cada una de las ramas del Ordenamiento, aun de aquéllas aparentemente más alejadas del orden jurídico-político, de tal suerte que ese enorme interés que pronto despertó el estudio del sistema constitucional entre los autores propició una frenética actividad investigadora y de publicación de libros, comentarios, artículos, etc., cuya recopilación bibliográfica resulta una tarea ciertamente enojosa.
Sin perjuicio de la existencia de ciertas obras editadas cuando la Constitución se encontraba todavía en fase de gestación parlamentaria ante las Cortes Constituyentes (así, por ejemplo, los Estudios sobre el Proyecto de Constitución publicado por el Centro de Estudios Constitucionales en 1978), es, precisamente, tras su promulgación, cuando comienza la proliferación de estudios dedicados a la exégesis del texto constitucional. Hay que destacar, a este respecto, por ser la aportación más temprana, la obra de carácter colectivo Lecturas sobre la Constitución Española, dirigida y coordinada por el profesor Tomás Ramón Fernández Rodríguez, y editada en dos volúmenes por la Universidad Nacional de Educación a Distancia, así como el estudio Constitución Española. Edición comentada, a cargo de los profesores Luis Sánchez Agesta, Pablo Lucas Verdú, Gumersindo Trujillo y Pedro de Vega (Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1979). Sin duda, de mayor calado fueron las obras colectivas de comentario a la Constitución dirigidas y coordinadas por los profesores Óscar Alzaga Villamil (Comentarios a las Leyes Políticas, Editoriales de Derecho Reunidas (EDERSA), Madrid, 1981), actualmente en proceso de actualización, y Fernando Garrido Falla (Comentarios a la Constitución, Civitas, Madrid, 1980). Y, al margen de los comentarios sistemáticos mencionados, es posible mencionar, además, otras obras individuales, como las de Oscar Alzaga Villamil, titulada La Constitución Española de 1978 (Comentario sistemático) (Editora del Foro, Madrid, 1978), y la de Gregorio Peces-Barba Martínez, publicada con la colaboración de Luis Prieto Sanchís, La Constitución Española de 1978. Un estudio de Derecho y Política (Madrid, 1981).
Asimismo, conviene citar algunos números monográficos de revistas especializadas aparecidos en el año 1979, como la Revista de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense o la Revista de Política Social. La mayor parte de la bibliografía sobre la Constitución española ha sido publicada en revistas dedicadas al área del Derecho Público, como las de Estudios Políticos, la de Derecho Público, la del Departamento de Derecho Político de la UNED, la de Administración Pública, la Revista Española de Derecho Administrativo, y otras que han sobrevenido con posterioridad, cuyos números ordinarios desde 1978 cuentan con relevantes contribuciones sobre el tema constitucional.
Más adelante en el tiempo, y siempre con mayor grado de sosiego y reflexión, comenzaron a ver la luz los primeros tratados o manuales de carácter general, obra generalmente de profesores universitarios, relativos al estudio del sistema constitucional de 1978. Cabe destacar, en este orden, las obras de Luis Sánchez Agesta (El sistema político de la Constitución española de 1978, Editora Nacional, Madrid, 1979, reeditado en Edersa), Manuel Martínez Sospedra (Aproximación al Derecho Constitucional Español. La Constitución de 1978, Fernando Torres Editor, S.A., Valencia, 1980), Jorge de Esteban Alonso y Luis López Guerra, con la colaboración de Joaquín García Morillo y Pablo Pérez Tremps (Régimen Constitucional Español, Editorial Labor, Barcelona, 1981), Francisco Bastida, Ramón Punset e Ignacio de Otto (Lecciones de Derecho Constitucional, Guiastur, Oviedo, 1981), Andrés de Blas (Introducción al sistema político español, Editorial Teide, Barcelona, 1983), Antonio Torres del Moral (Principios de Derecho Constitucional, Editorial Átomo, Madrid, 1986), así como la obra colectiva ítaloespañola titulada La Constitución Española de 1978. Estudio sistemático (Civitas, Madrid, 1981), dirigida y coordinada por los profesores Alberto Predieri y Eduardo García de Enterría, en el que se expone de forma sistemática un estudio del sistema constitucional realizado conjuntamente por juristas españoles e italianos.
Cumplida la primera década de vigencia del texto constitucional, en 1988 vio la luz pública una obra colectiva auspiciada por la Fundación para la Libertad y la Democracia y publicada por la Editorial de la Universidad Complutense, que bajo el título La Constitución Española. Lecturas para después de una década, aborda exclusivamente el estudio de ciertas materias constitucionales, además de otras publicaciones conmemorativas.
Más recientemente, es de destacar la publicación de tratados o manuales de carácter general sobre el sistema constitucional, como los de Enrique Álvarez Conde (El régimen político español, Tecnos, Madrid, 1990), Jorge de Esteban y Pedro J. González-Trevijano (Curso de Derecho Constitucional Español ¡II, Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, Madrid, 1994), Javier Pérez Royo (Curso de Derecho Constitucional, Marcial Pons, Madrid, 1994), Paloma Román y otros (Sistema político español, McGraw Hill, Madrid, 1995), José Fernando Merino Mechán (Instituciones del Derecho Constitucional español, Ramón Carande, Madrid, 1994), J. F. Merino Merchán, M. Pérez-Ugena Coromina y J. M. Vera Santos (Lecciones de Derecho Constitucional, Tecnos, Madrid, 1995) y, muy especialmente, por su singular enfoque e interés, la obra de Jorge Rodríguez- Zapata Pérez, titulada Teoría y práctica del Derecho Constitucional, Tecnos, Madrid, 1996).
Sobre las influencias extranjeras en la Constitución española, es preciso destacar el estudio de Santiago Varela Díaz («La Constitución en el marco del Derecho Constitucional Comparado», publicado como colaboración al volumen colectivo Lecturas sobre la Constitución), y el del eminente jurista y destacado ponente constitucional Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón («Les sources etrengéres de la Constitution», en Pouvoirs núm. 8).
El estudio de la Constitución como pieza jurídica y como fuente del Derecho constituye una materia que, como otras muchas en el Ordenamiento jurídico-público patrio, no ha sido en modo alguno monopolio de los constitucionalistas. Es más, no sería aventurado afirmar que ha sido la doctrina administrativista la que en gran medida ha contribuido de forma determinante a la exégesis del sistema constitucional en sus diferentes facetas.
No debe, sin embargo, olvidarse la obra del fallecido profesor Ignacio de Otto, Derecho Constitucional (Sistema de fuentes) (Ariel, Barcelona, 1993), que constituye indudablemente un importante y más que digno estudio sobre la Constitución y las fuentes del Derecho.
Sobre el significado y valor normativo de la Constitución como fuente del Derecho, sería injustificable omitir la mención de una obra crucial del profesor García de Enterría titulada La Constitución como norma y el Tribunal Constitucional (Civitas, Madrid, 1985), que contiene dos estudios previamente publicados en el Anuario de Derecho Civil («La Constitución como norma») y en la Revista Española de Derecho Constitucional («La posición jurídica del Tribunal Constitucional»). Su lectura es no sólo recomendable, sino absolutamente inexcusable para cualquier iuspublicista.
LA JURISPRUDENCIA DEL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL
Consideración aparte merece la jurisprudencia del Tribunal Constitucional, que, como es bien sabido, tiene carácter vinculante y obligatorio para los poderes públicos, en lo tocante a las interpretaciones que el Supremo haga de la Constitución; de ahí lo relevante de determinar sus fuentes de conocimiento.
Las Sentencias del Tribunal Constitucional se publican periódicamente en el Boletín Oficial del Estado, que no incluye los Autos. Además, la jurisprudencia del Tribunal Constitucional -Autos y Sentencias- se contiene en una publicación editada por el Boletín Oficial del Estado en colaboración con el propio órgano constitucional, bajo el título de Jurisprudencia Constitucional, de carácter anual. Se publica desde 1980, y cuenta con unos completísimos índices por disposiciones legales a que se refiere la Sentencia o el Auto y por materias.
No obstante la existencia de la colección oficial de jurisprudencia citada, es de reseñar que en la actualidad son muy numerosas las publicaciones y recopilaciones de carácter privado que recogen las sentencias del Tribunal Constitucional.
Cabe distinguir, en este sentido, entre colecciones generales y colecciones parciales. Respecto de las primeras, la más extendida y común es el «Repertorio Aranzadi del Tribunal Constitucional», publicada por la Editorial Aranzadi desde 1981, que recoge en volúmenes anuales las sentencias dictadas en procedimientos de declaración de inconstitucionalidad, las recaídas en recursos de amparo constitucional y las dictadas en conflictos constitucionales.
Merece la pena destacar la obra Jurisprudencia Constitucional, de Tomás Gui Mori, publicada por la Editorial Civitas, que sistematiza Ias sentencias dei Tribunal Constitucional, en su primera edición hasta 1991, y en su reciente reedición hasta 1997; asimismo, la obra colectiva Comentario a la Constitución (La jurisprudencia del Tribunal Constitucional), coordinada por el catedrático de Derecho Administrativo y Letrado de las Cortes Generales Antonio Jiménez-Blanco y Carrillo de Albornoz y elaborada por los Abogados del Estado Gonzalo Jiménez-Blanco y Carrillo de Albornoz, Pablo Mayor Menéndez y Lucas Osorio Iturmendi, publicada en 1993 por la Editorial Centro de Estudios Ramón Areces, S.A. Esta última sistematiza los autos y sentencias del Tribunal Constitucional hasta 1992, siguiendo el orden del articulado de la Norma Fundamental. Finalmente, la obra también colectiva Manual de Jurisprudencia Constitucional de E. Aja, M. Carrillo y E. Alberti, publicada en 1990 por la Editorial Civitas, y en la que se sistematiza la jurisprudencia constitucional hasta la fecha de edición.
También deben citarse publicaciones periódicas, como la Revista de Derecho Constitucional, editada por el Centro de Estudios Constitucionales y de publicación cuatrimestral, que dispone de una sección permanente, a cargo del Departamento de Derecho Constitucional de la Universidad Carlos m de Madrid, en la que se reseñan y comentan de forma sistematizada las sentencias del Tribunal Constitucional recaídas durante el cuatrimestre; y Jurisprudencia Española «Ledico», publicada por Gaceta del Foro, S.A., que incluye, entre otras, las sentencias del Tribunal Constitucional, así como artículos doctrinales. Se presenta en revista semanal, en tomos bimestrales y en un tomo anual. Por su parte, La Ley-Jurisprudencia es una publicación de la Editorial La Ley-Actualidad, S.A., que ofrece la jurisprudencia, además de incluir la doctrina, legislación y bibliografía. Cuenta con un diario, de lunes a viernes, unos repertorios mensuales y unos tomos bimestrales que recopilan la información publicada en la revista semanal y los índices. Finalmente El Derecho, editado por El Derecho Editores, S.A., es un diario de jurisprudencia general. Se presenta en CD-Rom.
Por lo que a las colecciones parciales se refiere, éstas incluyen únicamente jurisprudencia fragmentaria sobre ciertas materias. Las publicaciones de esta índole son numerosísimas, y han proliferado especialmente durante los últimos años. Cabe reseñar como publicaciones dignas de mención las de la Ley Actualidad, S.A. (Actualidad Administrativa, Actualidad Civil, Actualidad Penal, Actualidad Tributaria, Actualidad Laboral, Actualidad y Derecho, Actualidad Financiera)-, son también reseñables las publicaciones de Editorial Aranzadi (Aranzadi Civil, Aranzadi Fiscal y Aranzadi Hacienda Local, Aranzadi Mercantil, Quincena Fiscal, Aranzadi Administrativa y Aranzadi Social), que recogen con periodicidad semanal, trimestral y anual la jurisprudencia, además de la legislación, en estas materias. El esquema de las revistas mencionadas es el mismo, a saber: por un lado, una revista quincenal que incluye la jurisprudencia, con comentarios y análisis de su contenido doctrinal; la bibliografía que da cuenta de las aportaciones doctrinales aparecidas en las publicaciones jurídicas más relevantes y unos índices alfabético, legal y cronológico; por otra parte, los volúmenes cuatrimestrales que sintetizan el contenido de las revistas quincenales.
No hay que olvidar, tampoco, el Boletín de Jurisprudencia Constitucional, editado por las Cortes Generales con carácter mensual desde 1981, que recoge las sentencias del Tribunal Constitucional, con un breve extracto inicial y un comentario que facilita su lectura, además de noticias sobre sentencias de Tribunales Constitucionales europeos. Dispone también de completos índices analíticos, sistemáticos y de referencias.