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Ver productosEn tan sólo once años de reinado (1786-1797), Federico Guillermo II de Prusia consiguió que su corte de Postdam alcanzara un brillo extraordinario en lo que se refiere a la música y las bellas artes. No es un hecho puramente casual, pues coincide con la época de mayor expansión política del reino prusiano. De su tío Federico el Grande heredó no sólo el reino sino una enorme pasión por la música, y del mismo modo quiso rodearse de los mejores músicos del momento. En lugar de tocar la flauta y el clave como lo hiciera su tío, Federico Guillermo II optó por la viola da gamba. Y así, en el largo período de sólida formación en muchas materias, pero principalmente de índole militar (que era lo que requerían los tiempos), el heredero al trono recibió las enseñanzas de Ludwig Christian Hesse, uno de los más renombrados «gambistas» alemanes de su tiempo.
Durante la Guerra de los Siete Años, fue enviado a Breslau (actual Wroclaw). Allí combatía el aburrimiento dejando la viola da gamba y familiarizándose con el «moderno» violonchelo de la mano del italiano Graziani, pues de allí procedía el nuevo instrumento.
Cuando pudo tener su propia corte en Postdam, reclutó un buen número de músicos con quienes hacer música de cámara. Su gran afición por los Cuartetos, que él mismo interpretaba al chelo, le hizo ser destinatario de importantes obras, como los Cuartetos Op. 5 que Haydn le dedicó recién llegado al trono. Los tres Cuartetos Prusianos de Mozart fueron escritos para él y, a juzgar por la dificultad de la parte del violonchelo, debía ser buen intérprete; o, al menos, su fama como tal, justificada o no, era conocida en toda Europa.
Además de atender sus obligaciones reales, consagraba diariamente dos horas a la música, y era tal su dedicación, que en sus viajes de campaña se hacía acompañar por dos violinistas y un violista, pues no podía renunciar a sus diarias sesiones cuartísticas.
Siendo todavía príncipe, Federico Guillermo contrató en 1773 a dos grandes chelistas franceses: los hermanos Jean-Pierre y Jean-Louis Duport. Su presencia en la corte de Postdam sería decisiva para acrecentar el mecenazgo de Federico Guillermo hacia el violonchelo y los compositores que escribieran para este instrumento. Con toda seguridad ellos fueron los grandes intérpretes, pero Federico Guillermo II, al fin y al cabo, era el rey y fue siempre el destinatario de las partituras.
Atraído por su intensa vida musical, Beethoven visitó la corte prusiana en varias ocasiones, y con tal motivo dedicó al rey dos Sonatas Op. 5 y tres series de Variaciones para violonchelo y piano. Boccherini, sin moverse de España, consiguió a través de J. P. Duport que se le nombrara compositor de la corte de Prusia y recibiera una importante asignación anual.
Grandes músicos como Beethoven, los dos Duport, Bernhard Romberg y Boccherini, que contribuyeron de forma muy importante a enriquecer el repertorio para violonchelo, deben en gran medida su aportación a la pasión de Federico Guillermo II de Prusia por este instrumento.
En este disco se recogen varias de estas obras: algunas muy poco conocidas, como la Sonata para dos chelos y piano de J. P. Duport, los Estudios para dos violonchelos de J. L. Duport, k Sonata n° 1 de Romberg o la Sonata en Mi bemol Mayor para dos violonchelos de Boccherini, junto a dos deliciosas series de Variaciones para chelo y piano de Beethoven.
A la singularidad del programa hay que añadir el encanto de su sonoridad, pues en esta grabación se utiliza un fortepiano en lugar del piano actual y dos instrumentos de arco de 1700, lo que le confiere una mayor autenticidad al recrear ese momento histórico. Además, la apasionada interpretación del principal ejecutante, Anner Bylsma, nos demuestra que para recrear una partitura no sólo es necesario tocar técnicamente bien un instrumento, sino sentir de verdad la música y saber transmitirla.
No siempre se tiene presente la importancia de la «pequeña Historia». NUEVA REVISTA recoge un testimonio sobre la guerra de Cuba que da nombre y apellidos a algunos de esos actores anónimos.
España no tenía una armada grande ni eficiente, pero envió a la lejana isla de Cuba, desde que estallara la rebelión de 1985, más de 200.000 soldados. Los americanos, en cambio, poseían modernos y poderosos cruceros blindados, bien artillados y veloces. Éstos bloqueaban la isla y protegían los alijos de armas para los insurrectos. Bombardearon la Habana, mas no pudieron arruinar el famoso castillo de El Morro1 -que aún está en pie-, guardián desde hacía siglos de la capital de la isla, la «provincia de Cuba»…
Mi padre, joven oficial de artillería, viajaba al infierno de la guerra de Cuba a meterse en la heroica -descabellada— empresa de defender la isla. El país entero —incluidos los hijos criollos de familias acomodadas2— estaba soliviantado, y los todopoderosos Estados Unidos bloqueaban las costas, tratando de impedir -en vano— que llegaran auxilios desde España, al mismo tiempo que ellos, por su parte, preparaban un inminente y decisivo desembarco.
El barco en que viajaba mi padre era un viejo transatlántico de madera sin blindaje alguno. No era una embarcación de guerra, sino de pasaje. Lo capitaneaba un viejo lobo de mar bilbaíno. Iba en el barco una brigada de infantería, armada con modernos máuseres, aquellos fusiles tan eficaces que aún hoy se emplean en nuestro ejército. Comprendía la brigada 2.000 soldados: dos regimientos de infantería mandados por sus respectivos coroneles, una batería de artillería de cuatro piezas del 7,5 que mandaba mi padre por no haber a bordo oficial de artillería de mayor graduación que él, y algunas tropas auxiliares. El jefe de la brigada era el joven e intrépido general Marina, que años después se batiría heroicamente en el Monte Gurugú, en las proximidades de Melilla, y que más tarde llegaría a ser Ministro de la Guerra (el ataque al Monte Gurugú tuvo lugar en 1909 y, si no estoy equivocado, el general Marina ganó por su valor y pericia la Gran Cruz laureada de san Fernando).
Al acercarse el viejo transporte a las aguas cubanas, los tripulantes de una lancha pesquera hicieron señales a nuestros marinos. Interpretadas las señales, el capitán del barco comunicó al general Marina que un crucero americano se hallaba navegando por aquellas aguas. El peligro de un encuentro era inminente, ¿qué hacer? El general Marina no se inmutó y, con gran energía, llamó a zafarrancho de combate. Ordenó a los coroneles de infantería que municionaran a la tropa y la distribuyeran a babor y estribor, con cincuenta
cartuchos por hombre. A mi padre le mandó colocar dos piezas a babor y otras dos a estribor, detrás de los infantes. Reunió a los mandos (los dos coroneles, el viejo capitán del barco y mi padre) y les dijo:
—Señores, defendámonos hasta morir o vencer.
Los coroneles de infantería, aun convencidos de la inutilidad de aquellas órdenes, nada respondieron. Pero mi padre, que era joven incauto, se atrevió a pedir la palabra.
—Diga joven, qué tiene que objetar.
—Mi general -dijo mi padre- el barco en que navegamos será hundido por los disparos de los cañones del 15,5 que lleva el crucero americano, probablemente antes de que lleguemos a verle. Mis piezas sólo alcanzan 7 kilómetros, la mitad que las del crucero, y retroceden al disparar. Andarán rodando por la cubierta, será difícil sujetarlas. No obstante, yo estoy dispuesto a cumplir las órdenes de V. E., mi general.
—Joven —insistió el general Marina, un hombre simpático y caballeroso-, amarre bien los cañones para que no retrocedan y haga fuego cuando se lo ordene. Que los infantes —añadió- hagan fuego a discreción o, si fuera conveniente, por descargas cerradas.
Un discreto y profundo silencio siguió a las palabras del valiente general Marina. Todos tenían oprimido el corazón. Pero no habían contado con el capitán del barco, gran conocedor de aquellos mares. Se sabía de memoria la situación de los famosos «cayos» —promontorios de rocas- que bordean gran parte del norte de la isla de Cuba. En un momento en que cogió reunidos, mudos y taciturnos, a los coroneles y a mi padre, se acercó a ellos y les dijo:
—No se preocupen ustedes. Esto lo arreglo yo. Me meteré entre los cayos, desafiando el peligro de embarrancar o de que el viejo casco del buque choque con un bajío y demos todos nosotros en el Infierno. Pero si logro hacer lo que ya hice otras veces (¿quién sabe si no fue en su juventud pirata 0 contrabandista?), nos salvaremos y llegaremos sanos y salvos a las costas cubanas. El crucero americano no tiene una buena carta marina de estos parajes, porque no la hay, no se atreverá a navegar por ellos y se mantendrá a buena distancia por temor a encallar.
Y así fue. Por entre los cayos se deslizó con arte supremo el viejo transporte. El crucero americano rondaba la isla, a la espera de dar caza a los transportes españoles, viejos y humildes barcos de madera. Con sus blindajes y su gruesa artillería, los navíos americanos se creían seguros y eficaces. No lo fueron en aquella ocasión, ni en otras muchas, y el barco español arribó a Nuevitas, en la costa norte de la isla. Allí desembarcaron las tropas del general Marina.
En vista de aquel esfuerzo que hizo España para enviar a Cuba más de 200.000 hombres en las condiciones narradas o en otras semejantes, creo que habría que rectificar el juicio que aquel 98 mereció a esos escritores que tomaron de aquel año el nombre de su generación.
Las Palmas, 1970.
NOTAS
1 Mandaba la fortaleza el general de artillería Fuentes, curioso personaje autor de un excelente libro sobre las campañas en Italia del Gran Capitán. Al general Fuentes se le ocurrió algo, entonces novedoso: cubrir los muros del castillo de gruesas capas de sacos llenos de tierra. Las granadas lanzadas por la poderosa artillería de los cruceros americanos estallaban en vano en la arena y no pudieron derribar los bastiones del fuerte. Lo mismo hicieron los franceses casi 20 años después, en la guerra del 14 al 18, para preservar la catedral de Reims.
2 Los señoritos con carrera y los hijos rebeldes de lo que se llamaba «buenas familias» estaban contra España. En la generación anterior éstos habían sido conocidos en la Habana como los «nenes de la acera del Louvre», porque se reunían para conspirar en la acera del Paseo del Prado, donde se levantan los grandes almacenes del Louvre, réplica de otros del París de la época. A los dichos ‘ nenes» perteneció en su juventud Manuel Cardenal Gómez, criollo matanceño, padre del personaje del presente relato, el joven teniente de artillería Manuel Cardenal Dominicis. Éste (M.C.D.) había sido enviado a estudiar a España, entró en las entonces Academia General de Segovia, salió oficial de artillería, y el año que los Estados Unidos declararon la guerra a España se alistó voluntario para Cuba.
Mientras el joven teniente servía en el ejército español, su rebelde padre (M.C.G.) mandaba un batallón de mambises independentistas. Se diría que las generaciones estaban invertidas. Padre e hijo llegaron a encontrarse en acción bélica al tiempo de la rendición de Santiago de Cuba. Se reconocieron y abrazaron. Sus respectivos hombres, cansados de la lucha, aprovecharon la tan grata como inesperada ocurrencia para abrazarse también entre ellos y terminar por su parte las hostilidades.
La preparación de un repertorio bibliográfico, por breve y sencillo que éste pueda ser, no resulta fácil. Si la tarea recopiladora de bibliografía es ya de por sí ardua, cuando ésta versa sobre materias propias de la disciplina del Derecho Político, como en este caso, la dificultad se acrecienta notablemente.
Al comienzo de una de sus obras más conocidas (Lecciones de Derecho Político, Granada, 1959), el profesor Sánchez Agesta explicaba que el escaso desarrollo de los estudios políticos en España ha conducido a incluir en la disciplina del Derecho Político un conjunto de materias diversas que ni siquiera tienen en común un substrato jurídico (Teoría del Estado, Derecho Constitucional, Ciencia Política, Sociología Política, entre otras). Bien es verdad que la configuración enciclopédica del Derecho Político viene de antiguo, concretamente desde que Adolfo Posada (Tratado de Derecho Político, Librería General de Victoriano Suárez, Madrid, 1935) sienta las bases de una disciplina moderna encaminada a estudiar globalmente el fenómeno de la «política». Sirva, en todo caso, como referente para delimitar el sentido y alcance de esta disciplina, la lectura de tratadistas clásicos del siglo pasado, como Vicente Santamaría de Paredes (Derecho Político, Librería General de Victoriano Suárez), y otros más cercanos en el tiempo, como Francisco Javier Conde (Introducción al Derecho Político actual, Ediciones Escorial, Madrid, 1942; reedición de 1953), Luis Izaga (Elementos de Derecho Político, Editorial Boseh, Barcelona, 1952) y Nicolás Pérez Serrano (Tratado de Derecho Político, Editorial Civitas, Madrid, 1976), sin olvidar el estudio de Jaime Guasp titulado El Derecho Político como Derecho del Gobierno (Libro-Homenaje a D. Nicolás Pérez Serrano, Reus, Madrid, 1959, tomo II).
ANTECEDENTES SOCIALES, POLÍTICOS Y JURÍDICOS
Esta exposición del material bibliográfico relativo a la Constitución de 1978 no sólo no tiene vocación de ser exhaustiva, sino que además es meramente indicativa, y responde a una simple selección de la bibliografía jurídica y política más relevante y significativa.
Conviene reseñar, en primer término, las publicaciones referentes a lo que pueden denominarse antecedentes sociales, políticos y jurídicos de la Constitución y su génesis histórica, con especial atención al proceso constituyente.
Sobre el proceso de reforma del orden político preexistente y su tránsito a la instauración del sistema constitucional de 1978, es posible atisbar dos tipos de material bibliográfico: por una parte, las aportaciones doctrinales de carácter eminentemente jurídico; por otra, los ensayos de corte extrajurídico, fundamentalmente sociológicos, históricos o políticos. Respecto a los primeros, al margen de los tratados generales sobre historia del constitucionalismo español que abordan el estudio de los antecedentes histórico-políticos de la Constitución, como los de Luis Sánchez Agesta (Historia del constitucionalismo español (1808-1936), Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1984), Joaquín Tomás Villaroya (Breve historia del constitucionalismo español, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1994) y Jorge Solé Tura y Eliseo Aja (Constituciones y períodos constituyentes en España (1808-1936), Ediciones siglo XX, Madrid, 1983), entre otros, es de destacar la existencia de ciertas publicaciones dedicadas al análisis del fenómeno de la reforma política con arreglo a ciertos criterios puramente jurídicos. Entre estos últimos, son dignos de mención los estudios de Sánchez Agesta («Movimiento constitucional. La reforma constitucional», en Revista de Derecho Público núm. 63, 1976), Joaquín Tomás Villarroya («Proceso constituyente y nueva Constitución. Un análisis crítico», en Revista de Estudios Políticos núm. 10 (Nueva Epoca)) y Lucas Verdú («La singularidad del proceso constituyente español», en Revista de Estudios Políticos núm. 9 (Nueva Época), 1978), además de los estudios jurídicos centrados en la Ley 1/1977, de 4 de enero, para la Reforma Política, entre los que cabe destacar los de los profesores Lucas Verdú (La octava Ley Fundamental. Crítica jurídico-política de la reforma Suárez (Tecnos, Madrid, 1976), Sánchez Agesta («La nueva Ley Fundamental para la Reforma Política», en Revista de Derecho Público núm. 66, 1977) y Pérez Tremps («La Ley para la Reforma Política», en Revista de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense núm. 54, 1978), así como el del letrado del Consejo de Estado José María Martín Oviedo («De la octava Ley Fundamental del Reino a la nueva ordenación constitucional española (Exégesis técnica de la Ley para la Reforma Política)», en Revista de Derecho Público núm. 68-69, 1977).
Otros estudios dignos de mención, aunque de perfil más sociopolítico e histórico que jurídico, son los de Raymond Carr y Juan Pablo Fusi (España de la dictadura a la democracia, Planeta, Barcelona, 1979), Jorge de Esteban (De la dictadura a la democracia. Diario político de un período constituyente, Universidad Complutense, Facultad de Derecho, Sección de Publicaciones, Madrid, 1979), Luis García San Miguel (Teoría de la transición. Un análisis del modelo español 1973-1978, Editora Nacional, Madrid, 1981), José María Maravall (La política de la transición, Taurus, Madrid, 1981), Antonio Hernández-Gil (El cambio político y la Constitución, Planeta, Barcelona, 1982), Raúl Morado (La transición política, Tecnos, Madrid, 1984), Gilmour (La transformación de España, Plaza y Janés, Barcelona, 1986), Paul Preston (El triunfo de la democracia en España, 1969-1982, Plaza y Janés, Barcelona, 1986), José Féliz Tezanos, Ramón García Cotarelo y Andrés de Blas (La transición democrática española, Editorial Sistema, Madrid, 1989), S. Miguez España (La preparación de la transición a la democracia en España, Universidad de Zaragoza, 1990), Ramón García Cotarelo y otros (Transición política y consolidación democrática (1975-1986), CIS/Siglo XXI, Madrid, 1992) y Manuel Redero San Román (Transición a la democracia y poder político en la España postfranquista (1975-1978), Librería Cervantes, Salamanca, 1993).
Todo ello, además, sin preterir estudios marcadamente históricos como el discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia del historiador Vicente Palacio Atard que, bajo el título «Juan Carlos I y el advenimiento de la democracia», fue leído en Madrid en 1988, y ulteriormente publicado como ensayo (edición de la Colección Austral, Espasa Calpe, Madrid, 1989); así como los siempre interesantes ensayos del jurista, y también historiador, José María Escudero, entre los que destaca su Historia política de las dos Españas, obra que obtuvo en 1975 el Premio Nacional de Historia Menéndez Pelayo, pero también su más reciente estudio, publicado en 1987, bajo el título Los españoles de la conciliación.
En otro orden de publicaciones, igualmente de carácter extrajurídico, no debe olvidarse la existencia de numerosos ensayos que, bajo la forma de memorias o testimonios políticos, constituyen referentes de primera magnitud, además de un género especialmente ilustrativo y enriquecedor para el estudio de este período de la historia de España. Cabe destacar las memorias de personalidades políticas del franquismo, como Laureano López Rodó, La larga marcha hacia la Monarquía (Planeta, Barcelona, 1979), Testimonio de una política de Estado (Planeta, Barcelona, 1987) y los cuatro documentados tomos de sus Memorias (Plaza y Janés, Madrid, 1990, 1991, 1992 y 1993); Federico Silva Muñoz, Memorias políticas (Planeta, Barcelona, 1993); Gonzalo Fernández de la Mora, Río Arriba (Memorias) (Planeta, Barcelona, 1995); testimonios de figuras de la transición, como Manuel Fraga Iribarne, Memoria breve de una vida pública (Planeta, Barcelona, 1980); José María de Areilza, Diario de un ministro de la Monarquía (Planeta, Barcelona, 1977), Cuadernos de la transición (Planeta, Barcelona, 1983), Crónica de libertad (Planeta, Barcelona, 1985) y Alo largo del siglo (1909-1991) (Planeta, Barcelona, 1992); Alfonso Osorio, Trayectoria política de un ministro de la Corona (Planeta, Barcelona, 1980); Fernando Alvarez de Miranda, Del contubernio al consenso (Planeta, Barcelona, 1985), Leopoldo Calvo Sotelo, Memoria viva de la transición (Plaza y Janés, Madrid, 1990) y Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, Memorias de estío (Temas de Hoy, Madrid, 1993), entre otros; y, en fin, no debe olvidarse la obra Lo que el Rey me ha pedido, cuyos autores -Pilar y Alfonso Fernández Miranda-, hija y sobrino, respectivamente, del que fue Presidente de las Cortes y del Consejo del Reino -Torcuato Fernández Miranda-, hacen una valiosa aportación al estudio de la reforma política.
Finalmente, citaré los cuatro volúmenes que con el título Constitución Española. Trabajos parlamentarios publicaron, en su momento, las Cortes Generales (Servicio de Estudios y Publicaciones). Esta edición, preparada por el catedrático y letrado de las Cortes Generales Fernando Sáinz Moreno, recoge los textos y debates íntegros del proceso constituyente y resulta una publicación del máximo interés.
ESTUDIOS SOBRE LA EXÉGESIS DEL TEXTO CONSTITUCIONAL
La promulgación de la Constitución de 1978 sumergió súbitamente a la doctrina científica en unas materias jurídicas completamente nuevas y, a la vez, trascendentales, puesto que incidió de manera decisiva sobre todas y cada una de las ramas del Ordenamiento, aun de aquéllas aparentemente más alejadas del orden jurídico-político, de tal suerte que ese enorme interés que pronto despertó el estudio del sistema constitucional entre los autores propició una frenética actividad investigadora y de publicación de libros, comentarios, artículos, etc., cuya recopilación bibliográfica resulta una tarea ciertamente enojosa.
Sin perjuicio de la existencia de ciertas obras editadas cuando la Constitución se encontraba todavía en fase de gestación parlamentaria ante las Cortes Constituyentes (así, por ejemplo, los Estudios sobre el Proyecto de Constitución publicado por el Centro de Estudios Constitucionales en 1978), es, precisamente, tras su promulgación, cuando comienza la proliferación de estudios dedicados a la exégesis del texto constitucional. Hay que destacar, a este respecto, por ser la aportación más temprana, la obra de carácter colectivo Lecturas sobre la Constitución Española, dirigida y coordinada por el profesor Tomás Ramón Fernández Rodríguez, y editada en dos volúmenes por la Universidad Nacional de Educación a Distancia, así como el estudio Constitución Española. Edición comentada, a cargo de los profesores Luis Sánchez Agesta, Pablo Lucas Verdú, Gumersindo Trujillo y Pedro de Vega (Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1979). Sin duda, de mayor calado fueron las obras colectivas de comentario a la Constitución dirigidas y coordinadas por los profesores Óscar Alzaga Villamil (Comentarios a las Leyes Políticas, Editoriales de Derecho Reunidas (EDERSA), Madrid, 1981), actualmente en proceso de actualización, y Fernando Garrido Falla (Comentarios a la Constitución, Civitas, Madrid, 1980). Y, al margen de los comentarios sistemáticos mencionados, es posible mencionar, además, otras obras individuales, como las de Oscar Alzaga Villamil, titulada La Constitución Española de 1978 (Comentario sistemático) (Editora del Foro, Madrid, 1978), y la de Gregorio Peces-Barba Martínez, publicada con la colaboración de Luis Prieto Sanchís, La Constitución Española de 1978. Un estudio de Derecho y Política (Madrid, 1981).
Asimismo, conviene citar algunos números monográficos de revistas especializadas aparecidos en el año 1979, como la Revista de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense o la Revista de Política Social. La mayor parte de la bibliografía sobre la Constitución española ha sido publicada en revistas dedicadas al área del Derecho Público, como las de Estudios Políticos, la de Derecho Público, la del Departamento de Derecho Político de la UNED, la de Administración Pública, la Revista Española de Derecho Administrativo, y otras que han sobrevenido con posterioridad, cuyos números ordinarios desde 1978 cuentan con relevantes contribuciones sobre el tema constitucional.
Más adelante en el tiempo, y siempre con mayor grado de sosiego y reflexión, comenzaron a ver la luz los primeros tratados o manuales de carácter general, obra generalmente de profesores universitarios, relativos al estudio del sistema constitucional de 1978. Cabe destacar, en este orden, las obras de Luis Sánchez Agesta (El sistema político de la Constitución española de 1978, Editora Nacional, Madrid, 1979, reeditado en Edersa), Manuel Martínez Sospedra (Aproximación al Derecho Constitucional Español. La Constitución de 1978, Fernando Torres Editor, S.A., Valencia, 1980), Jorge de Esteban Alonso y Luis López Guerra, con la colaboración de Joaquín García Morillo y Pablo Pérez Tremps (Régimen Constitucional Español, Editorial Labor, Barcelona, 1981), Francisco Bastida, Ramón Punset e Ignacio de Otto (Lecciones de Derecho Constitucional, Guiastur, Oviedo, 1981), Andrés de Blas (Introducción al sistema político español, Editorial Teide, Barcelona, 1983), Antonio Torres del Moral (Principios de Derecho Constitucional, Editorial Átomo, Madrid, 1986), así como la obra colectiva ítaloespañola titulada La Constitución Española de 1978. Estudio sistemático (Civitas, Madrid, 1981), dirigida y coordinada por los profesores Alberto Predieri y Eduardo García de Enterría, en el que se expone de forma sistemática un estudio del sistema constitucional realizado conjuntamente por juristas españoles e italianos.
Cumplida la primera década de vigencia del texto constitucional, en 1988 vio la luz pública una obra colectiva auspiciada por la Fundación para la Libertad y la Democracia y publicada por la Editorial de la Universidad Complutense, que bajo el título La Constitución Española. Lecturas para después de una década, aborda exclusivamente el estudio de ciertas materias constitucionales, además de otras publicaciones conmemorativas.
Más recientemente, es de destacar la publicación de tratados o manuales de carácter general sobre el sistema constitucional, como los de Enrique Álvarez Conde (El régimen político español, Tecnos, Madrid, 1990), Jorge de Esteban y Pedro J. González-Trevijano (Curso de Derecho Constitucional Español ¡II, Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, Madrid, 1994), Javier Pérez Royo (Curso de Derecho Constitucional, Marcial Pons, Madrid, 1994), Paloma Román y otros (Sistema político español, McGraw Hill, Madrid, 1995), José Fernando Merino Mechán (Instituciones del Derecho Constitucional español, Ramón Carande, Madrid, 1994), J. F. Merino Merchán, M. Pérez-Ugena Coromina y J. M. Vera Santos (Lecciones de Derecho Constitucional, Tecnos, Madrid, 1995) y, muy especialmente, por su singular enfoque e interés, la obra de Jorge Rodríguez- Zapata Pérez, titulada Teoría y práctica del Derecho Constitucional, Tecnos, Madrid, 1996).
Sobre las influencias extranjeras en la Constitución española, es preciso destacar el estudio de Santiago Varela Díaz («La Constitución en el marco del Derecho Constitucional Comparado», publicado como colaboración al volumen colectivo Lecturas sobre la Constitución), y el del eminente jurista y destacado ponente constitucional Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón («Les sources etrengéres de la Constitution», en Pouvoirs núm. 8).
El estudio de la Constitución como pieza jurídica y como fuente del Derecho constituye una materia que, como otras muchas en el Ordenamiento jurídico-público patrio, no ha sido en modo alguno monopolio de los constitucionalistas. Es más, no sería aventurado afirmar que ha sido la doctrina administrativista la que en gran medida ha contribuido de forma determinante a la exégesis del sistema constitucional en sus diferentes facetas.
No debe, sin embargo, olvidarse la obra del fallecido profesor Ignacio de Otto, Derecho Constitucional (Sistema de fuentes) (Ariel, Barcelona, 1993), que constituye indudablemente un importante y más que digno estudio sobre la Constitución y las fuentes del Derecho.
Sobre el significado y valor normativo de la Constitución como fuente del Derecho, sería injustificable omitir la mención de una obra crucial del profesor García de Enterría titulada La Constitución como norma y el Tribunal Constitucional (Civitas, Madrid, 1985), que contiene dos estudios previamente publicados en el Anuario de Derecho Civil («La Constitución como norma») y en la Revista Española de Derecho Constitucional («La posición jurídica del Tribunal Constitucional»). Su lectura es no sólo recomendable, sino absolutamente inexcusable para cualquier iuspublicista.
LA JURISPRUDENCIA DEL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL
Consideración aparte merece la jurisprudencia del Tribunal Constitucional, que, como es bien sabido, tiene carácter vinculante y obligatorio para los poderes públicos, en lo tocante a las interpretaciones que el Supremo haga de la Constitución; de ahí lo relevante de determinar sus fuentes de conocimiento.
Las Sentencias del Tribunal Constitucional se publican periódicamente en el Boletín Oficial del Estado, que no incluye los Autos. Además, la jurisprudencia del Tribunal Constitucional -Autos y Sentencias- se contiene en una publicación editada por el Boletín Oficial del Estado en colaboración con el propio órgano constitucional, bajo el título de Jurisprudencia Constitucional, de carácter anual. Se publica desde 1980, y cuenta con unos completísimos índices por disposiciones legales a que se refiere la Sentencia o el Auto y por materias.
No obstante la existencia de la colección oficial de jurisprudencia citada, es de reseñar que en la actualidad son muy numerosas las publicaciones y recopilaciones de carácter privado que recogen las sentencias del Tribunal Constitucional.
Cabe distinguir, en este sentido, entre colecciones generales y colecciones parciales. Respecto de las primeras, la más extendida y común es el «Repertorio Aranzadi del Tribunal Constitucional», publicada por la Editorial Aranzadi desde 1981, que recoge en volúmenes anuales las sentencias dictadas en procedimientos de declaración de inconstitucionalidad, las recaídas en recursos de amparo constitucional y las dictadas en conflictos constitucionales.
Merece la pena destacar la obra Jurisprudencia Constitucional, de Tomás Gui Mori, publicada por la Editorial Civitas, que sistematiza Ias sentencias dei Tribunal Constitucional, en su primera edición hasta 1991, y en su reciente reedición hasta 1997; asimismo, la obra colectiva Comentario a la Constitución (La jurisprudencia del Tribunal Constitucional), coordinada por el catedrático de Derecho Administrativo y Letrado de las Cortes Generales Antonio Jiménez-Blanco y Carrillo de Albornoz y elaborada por los Abogados del Estado Gonzalo Jiménez-Blanco y Carrillo de Albornoz, Pablo Mayor Menéndez y Lucas Osorio Iturmendi, publicada en 1993 por la Editorial Centro de Estudios Ramón Areces, S.A. Esta última sistematiza los autos y sentencias del Tribunal Constitucional hasta 1992, siguiendo el orden del articulado de la Norma Fundamental. Finalmente, la obra también colectiva Manual de Jurisprudencia Constitucional de E. Aja, M. Carrillo y E. Alberti, publicada en 1990 por la Editorial Civitas, y en la que se sistematiza la jurisprudencia constitucional hasta la fecha de edición.
También deben citarse publicaciones periódicas, como la Revista de Derecho Constitucional, editada por el Centro de Estudios Constitucionales y de publicación cuatrimestral, que dispone de una sección permanente, a cargo del Departamento de Derecho Constitucional de la Universidad Carlos m de Madrid, en la que se reseñan y comentan de forma sistematizada las sentencias del Tribunal Constitucional recaídas durante el cuatrimestre; y Jurisprudencia Española «Ledico», publicada por Gaceta del Foro, S.A., que incluye, entre otras, las sentencias del Tribunal Constitucional, así como artículos doctrinales. Se presenta en revista semanal, en tomos bimestrales y en un tomo anual. Por su parte, La Ley-Jurisprudencia es una publicación de la Editorial La Ley-Actualidad, S.A., que ofrece la jurisprudencia, además de incluir la doctrina, legislación y bibliografía. Cuenta con un diario, de lunes a viernes, unos repertorios mensuales y unos tomos bimestrales que recopilan la información publicada en la revista semanal y los índices. Finalmente El Derecho, editado por El Derecho Editores, S.A., es un diario de jurisprudencia general. Se presenta en CD-Rom.
Por lo que a las colecciones parciales se refiere, éstas incluyen únicamente jurisprudencia fragmentaria sobre ciertas materias. Las publicaciones de esta índole son numerosísimas, y han proliferado especialmente durante los últimos años. Cabe reseñar como publicaciones dignas de mención las de la Ley Actualidad, S.A. (Actualidad Administrativa, Actualidad Civil, Actualidad Penal, Actualidad Tributaria, Actualidad Laboral, Actualidad y Derecho, Actualidad Financiera)-, son también reseñables las publicaciones de Editorial Aranzadi (Aranzadi Civil, Aranzadi Fiscal y Aranzadi Hacienda Local, Aranzadi Mercantil, Quincena Fiscal, Aranzadi Administrativa y Aranzadi Social), que recogen con periodicidad semanal, trimestral y anual la jurisprudencia, además de la legislación, en estas materias. El esquema de las revistas mencionadas es el mismo, a saber: por un lado, una revista quincenal que incluye la jurisprudencia, con comentarios y análisis de su contenido doctrinal; la bibliografía que da cuenta de las aportaciones doctrinales aparecidas en las publicaciones jurídicas más relevantes y unos índices alfabético, legal y cronológico; por otra parte, los volúmenes cuatrimestrales que sintetizan el contenido de las revistas quincenales.
No hay que olvidar, tampoco, el Boletín de Jurisprudencia Constitucional, editado por las Cortes Generales con carácter mensual desde 1981, que recoge las sentencias del Tribunal Constitucional, con un breve extracto inicial y un comentario que facilita su lectura, además de noticias sobre sentencias de Tribunales Constitucionales europeos. Dispone también de completos índices analíticos, sistemáticos y de referencias.
Si Bernstein continuara vivo, tendría ahora ochenta años. Por ello quizá resulte un poco exagerado hablar de la «centuria Bernstein», como reza el título de la colección. Sin embargo, es tan amplio el catálogo de discos grabados por este director y compositor americano, que es muy posible que su reedición pueda extenderse casi hasta cumplirse el centenario.
Desde que en 1943 tuvo que sustituir a Bruno Walter a última hora al frente de la Filarmónica de Nueva York en un concierto ampliamente divulgado, puede decirse que la fama de Bernstein ha sido enorme. Tenía gran poder de comunicación y como showman en programas de televisión, logró ganarse al público que se iniciaba en la música. Se prodigó en numerosos conciertos multitudinarios y en actos musicales de gran difusión, recibió una gran cantidad de grabaciones.
Como creador, componía una música muy al gusto del público, con elementos neoclásicos, románticos y ritmos americanos con acentos jazzísticos, pero con indudable maestría en la orquestación. Como director buscaba igualmente ese éxito inmediato. Sus versiones no siempre observaban un rigor histórico, tal como se exige en nuestros días y, en general, su estilo tendía a las sonoridades orquestales amplias propias del postrromanticismo.
Entre el amplísimo repertorio cultivado por Bernstein, desde la música barroca hasta la más actual, se ha destacado como gran intérprete de Mahler, de Stravinsky y, sobre todo, de los compositores americanos del siglo XX, de quien se convirtió en verdadero especialista. Sus versiones de la música de Gershwin, Ives, Copland o Carter son de referencia. Por esa razón he querido detenerme en este disco.
Charles Ivés (1874-1954) es el primer compositor verdaderamente norteamericano, hecho a sí mismo, gran innovador, pionero en la liberación de la disonancia, en la polirritmia y politonalidad -mucho antes de que Schonberg ideara el dodecafonismo—; encarna hoy al héroe musical estadounidense. Ciertamente, no todas sus obras poseen la misma calidad, pero aquí puede decirse que se encuentran algunas de la mejores.
En The Unanswered Question, para trompeta, cuarteto de flautas y cuerda, se establece de manera ingeniosa y muy lograda el contraste entre la consonancia, en segundo plano, y la disonancia, en primer plano, protagonizada por la trompeta y flautas. La Sinfonía Holidays, más bien corresponde a la idea de suite, y en ella Ivés hace un retrato de la América del siglo pasado, con la pintura sonora de lo que eran entonces las distintas conmemoraciones nacionales, integrando himnos y cantos patrióticos de forma simultánea y contrastada. Central Park in ihe Dark nos ofrece la visión bucólica de lo que era en 1906 este parque neoyorquino.
La música de Ivés no es fácil de tocar, por la simultaneidad de melodías de distinto ritmo y tonalidad. Bernstein logra un trabajo admirable al desentrañar estas intrincadas partituras. El mismo grado de comprensión alcanza el Concerto for Orchestra de Elliot Cárter (n. 1908) en manos de Bernstein. Heredero del americanismo de Ivés, pero con formación también europea, Cárter encontró su vía personal a través de lo que llamó «modulación métrica», o cambios de velocidad controlados de forma casi matemática. El propio Bernstein se encargó del estreno de esta obra en 1940 y, poco después, realizó la grabación que aquí se recoge.
Tenemos pocas ocasiones de escuchar esta música. Esta razón por sí misma justifica el interés del disco, pero conviene añadir que el entusiasmo que imprime Bernstein en sus interpretaciones, y de forma muy especial hacia la música de estos autores, lo hace doblemente atractivo.
Durante el próximo mes de octubre se celebrará en la Universidad de Navarra el Congreso Internacional de Arquitectura De Roma a Nueva York Itinerarios de la nueva arquitectura española 1950-1965, organizado como homenaje a Javier Carvajal. El título del Congreso es una apenas velada cita a su propio itinerario personal, desde la Beca de Roma hasta el premio Pabellón Español en la Feria de Nueva York.
Ignacio Vicens ¿Podría hablamos de los comienzos de su actividad como arquitecto, de los momentos o circunstancias que sobresalen en su vida profesional? ¿Recuerda, por ejemplo, el día en que decidió ser arquitecto?
Javier Carvajal- Nada comienza en un sólo día, ni de golpe; nacemos a partir de muchas sensaciones, de ideas, de decisiones y recuerdos. Mis primeros momentos de arquitecto se funden con mi admiración a mis padres, con su afecto, con su inteligencia, con su cultura abierta a múltiples horizontes: el de la Arquitectura entre ellos, pues mi madre sentía una gran pasión por ese arte. Mi vocación se configura también con las impresiones recibidas en las casas en las que viví. Y de haber amado la unidad en la pluralidad, porque la mía era una familia muy unida, compuesta de catalanes y castellanos. Así entendí yo la compatibilidad con lo distinto y lo complejo. Estoy agradecido por esta herencia de culturas distintas. De la consciencia de ser heredero, ha nacido en mí la voluntad restitutoria de crear herencia. Mi vocación nace también con el lema, no escrito, de mi familia: “yo sirvo”, vivido intensamente; de mis juegos de niño, cuando me sentía arquitecto de papel y cartón, de corcho y de madera; de los libros que alimentaron mis primeras lecturas de adolescente, llenándome de admiración por Grecia y Roma y la belleza ordenada de su Arquitectura. De todas esas imágenes, de todas esas emociones, nació mi voluntad de crear, “cuando fuera mayor’’, eficacia y belleza. No sólo belleza, como hacen los artistas; no sólo eficacia, como hacen los ingenieros, sino eficacia y belleza a un mismo tiempo, como tan sólo persiguen los verdaderos arquitectos.
He sido el único responsable de elegir libremente mi camino. Nunca quise ser otra cosa, aunque estudiara también Derecho, que sólo fue para mí un complemento. Esto tiene una explicación. Mi madre era hija de una de las familia creadoras de la industria catalana. Por su parte, mi padre pertenecía a una familia castellana de militares, diplomáticos y políticos. Así que cuando dije que iba a ser arquitecto, en casa sólo me dijeron: “¿Estás seguro de quererlo ser?”. A mi padre, que era una persona encantadora, le chocaba mucho mi decisión, porque en mi familia nadie había sido arquitecto. Pero por si acaso él llevara razón, yo me puse a estudiar la carrera de abogado. Luego nunca la he ejercido, pero no me importa haber estudiado Derecho, ha sido importante para mi formación. Sin embargo, siempre ha querido ser arquitecto.
I.V.-De esa experiencia personal, ¿no se puede inducir algo sobre la vocación de arquitecto? Me da la impresión de que es una vocación que nace de un modo algo espontáneo, que no está determinada por lafamilia …
J.C.-No lo está como en otras profesiones, en las que los individuos siguen una tradición familiar, hasta llegar a constituir una saga profesional, de largo recorrido. Pero sí lo está por el ambiente que respiras en tu casa. Yo, por ejemplo, leía muchos libros de Arquitectura que, de un modo silencioso, me iban dando pistas. Creo que de ahí nace mi vocación por la Arquitectura.
I.V.- Vamos a hablar, si le parece, de la vocación contemporánea del arquitecto. En Moving Arrows, Eros and Other Errors, Peter Eisenman ataca toda forma de humanismo, y propone la disolución de una “Arquitectura que tradicionalmente se ha referido a la escala humana». Derrida se refiere a él, haciendo un juego con su patronímico, como a un hombre de piedra y hierro, “determinado a romper con la escala antropomóifica”, con el hombre como “medida de todas las cosas”. Usted, en cambio, en contra de todos estos dramáticos reduccionismos, ha sido y es un continuo defensor de la formación humanística del arquitecto.
De izquierda a derecha, Ignacio Vicens, Peter Eisenman y Javier Carvajal.
J.C.-Sí, absolutamente. Hay que preguntarse si quienes hablan así saben lo que es la Arquitectura como arte al servicio del hombre. Lo contrario sería entender la Arquitectura como un arte por el arte, donde lo accesorio es el servicio al hombre. Eso es tanto como negar el ser más profundo de la Arquitectura. Y de esa negación nace el distanciamiento entre la Arquitectura contemporánea y la sociedad, porque la Arquitectura se entiende como un juego con el dinero ajeno para la exclusiva realización personal.
Belleza expresiva sin eficacia de uso: eso es arte; eficacia de uso sin eficacia expresiva: eso es ingeniería; eficacia más expresión: eso es Arquitectura. Siempre he entendido que la Arquitectura no puede separarse de la voluntad de servicio. Servir dando eficacia , servir dando emoción y belleza. La Arquitectura es, en su sentido más profundo, eficacia significante.
Podríamos hablar de una construcción que, so pretexto de Arquitectura, se inscribe en el capítulo del arte por ser bella, pero que, al faltarle la razón de necesidad, deja de ser Arquitectura. La razón básica del ser de la Arquitectura es para mí la voluntad de servir a los hombres, dando solución a sus problemas de espacio. Desde que salió de las cavernas, el hombre ha necesitado espacios para la vida. El primer espacio creado por él fue tan sólo espacio de uso, una mera resolución constructiva. Luego, a la necesidad añadió la significación por medio de la emoción y la belleza, y en ese momento nació la Arquitectura.
La Arquitectura debe entenderse por eso como respuesta a necesidades materiales (que configuran su eficacia de uso); pero también a la emoción y a la belleza, que le confieren su condición significante. Cualquier planteamiento que disocie la teoría de la realidad, lo pánico y lo angélico, y que no tenga como centro al hombre total que vive de sueños y realidades, de certezas y misterio, no es propio de la Arquitectura, que siempre ha contemplado el hombre completo, configurando para él los espacios.
El hombre total, al que la Arquitectura siempre ha querido servir, es personal y social a la vez, se siente reclamado por fuerzas en tensión, vive en medio de certezas y de misterios, de libertad y de rigor, de igualdades y diferencias, de entidad unitaria y de complejidades plurales; entre la tensión del espacio y del tiempo, entre el yo individual y su circunstancia globalizadora.
En Arquitectura todo reduccíonismo es negativo. La posmodernidad, que pretende presentar como modelo el reduccionismo arquitectónico y el caos como única salida a la crisis de la modernidad, olvida que la historia de la cultura no es sino la historia del orden frente al caos; y que el caos, tal como se presenta, supone la negación del complejo orden que la Arquitectura construye al servicio del hombre complejo, y no del hombre reduccionista, sólo atento a la materia mensurable y a la economía, como única medida.
I.V.-Acaba de decir que la Arquitectura es eficacia significante. Los semióticos pretenden que “la cultura puede ser entendida como comunicación, y todos losfenómenos culturales son, en realidad, sistemas de signos” -son palabras de Eco-. Si eso es así, ¿cómo se explica la incomunicabilidad de la Arquitectura contemporánea? ¿Dónde está el problema: en una disciplina que no ha sabido codificar un sistema comprensible, o en una sociedad que no está dispuesta a pagar el peaje de un esfuerzo de comprensión?
J.C.-La respuesta, a mi entender, es sencilla y evidente: no se puede pedir comunicación cuando la Arquitectura se propone como un mero juego constructivo, que olvida el servicio al otro, al destinatario de la Arquitectura, y se convierte de esa manera en un expresionismo individual del arquitecto. Desde la perspectiva semiótica que ha citado, la ruptura del usuario con la Arquitectura es expresión de la ausencia de relación entre la “Arquitectura moderna” y las necesidades físicas y expresivas del usuario. Si la Arquitectura pierde su compromiso de servicio al hombre, el hombre se desentiende de la Arquitectura. A lo más, la enjuiciará como arte expresivo de la voluntad del arquitecto/artista, que ni siquiera actúa como arquitecto.
Cuando la Arquitectura recobre su lenguaje y estructura de servicio, será valorada como tal, y recuperará su papel de signo de la sociedad, la misma que hoy se desentiende de ella.
Éste es un tema más serio de lo que parece, porque en el fondo late la pregunta: ¿valora el arquitecto a la gente, o se dedica a jugar? Porque si uno sólo hace juegos formales, la gente los juzgará como tales, y por tanto, como signos cuyo mensaje es el desentendimiento del hombre y el caos. Esto supone la negación del complejo orden de la Arquitectura al servicio del hombre complejo.
R.LL–Su contestación me hace pensar en las vanguardias de comienzos de siglo, en aquellos movimientos artísticos que se planteaban objetivos muy ambiciosos en relación a las posibilidades educativas y transfonnadoras de la Arquitectura y del arte. A la vista de la experiencia de este siglo, que ahora acaba, ¿qué podemos decir de aquellas grandes expectativas humanizadoras, culturizadoras, que la Arquitectura pensaba podría ejercer en gran escala sobre la sociedad?
J.C.-Aquella Arquitectura fue radicalmente voluntarista, y respondía a una modernidad que también es voluntarista, porque permanece alejada de la realidad de las cosas. Ha planteado una ciudad que ha sido un desastre: la ciudad para dormir, la ciudad para jugar, una abstracción detrás de otra. Yo tengo dos manos, que odian o aman según lo que yo haga con ellas; pero, evidentemente, no tengo una mano para odiar y otra para acariciar.
Y un segundo error monstruoso: el dogmatismo. Eran brutalmente dogmáticos, resultaban como una academia más: el que no usaba pilotes, el que no ponía ventana continua, el que no ponía azoteas en las casas, era inexorablemente descalificado. La vanguardia se vino abajo cuando el culto a la razón, que también se planteaban los modernos, entró en crisis: la Guerra Mundial, la bomba atómica… ¿Qué tenía que ver todo eso con la razón? Así que adiós muy buenas. Es evidente: la gente busca también el misterio.
I.V.-Hemos hablado de semiótica, de la modernidad, de los que rechazan la razón… Las Arquitecturas más actuales se interesan por los espacios intersticiales, por las fisuras, los desplazamientos, las fragmentaciones. Renuncian a las categorías “fuertes” como “programa”, “estructura”, “belleza”. ¿Cree que es posible una traslación tan directa entre lasfilosofías deconstructivas y la Arquitectura?
J.C.-La deconstrucción es la traducción arquitectónica de la cultura del caos. Espacios intersticiales, fisuras, desplazamientos y fragmentaciones, no son otra cosa que mecanismos formales que no se reclaman ni necesitan, mientras que “programa”, “estructura” y “belleza” hablan directamente de necesidades generadoras de la Arquitectura. Todas esas traducciones deconstructivistas del pensamiento de Derrida que se han introducido en la Arquitectura pueden emplearse como mecanismos expresivos, si se quiere, siempre que no releguemos al olvido las categorías fuertes de programa, estructura y belleza, es decir, si el arquitecto no se desentiende de lo necesario en favor de lo meramente simbólico y extra-arquitectónico (toda Arquitectura tiene que manifestarse de forma simbólica y expresiva, obviamente, pero no puede olvidar la razón “de necesidad” que la genera y la justifica).
Desde hace años, las escuelas americanas son las responsables de esos peligrosos juegos de rupturas entre la teoría intelectual y la realidad arquitectónica. No por ser americanos los causantes del daño puede pensarse que éste sea un bien, y que deba ser asumido como un bien por todo el mundo. La patológica “cultura americana”, la psicopática realidad americana no tiene por qué ser aceptada sin más, por la única razón de ser “la profecía del imperio”.
I.V.-Hablemos ahora del rechazo del ornamento. Este rechazo fue una de las características de las vanguardias del siglo. El énfasis en lo “sustancial” -estructura, construcción, espacio y función- implicó una Arquitectura despojada de lo considerado “accesorio”. ¿Cree que este momento de revisión reconsiderará el papel del ornamento, su “función” y su “necesidad”?
J.C.-No; no lo creo; en principio, el ornamento es fruto de una sociedad artesanal, donde la habilidad artística y la baja presión del tiempo de ejecución eran muy distintos de los de nuestra realidad contemporánea. Hoy, las cosas son muy distintas. El costo y la desaparición del trabajo artesano, que ha sido sustituído por el industrial, determinan el recurso a las superficies lisas y poco decoradas.
La añoranza del ornato puede nacer de mimetismos y nostalgias, por parte de quienes desean manifestar su poder económico o social desde la imitación de una sociedad decaída, agónica.
Creo que ese otro “ornato” del que habla, tiene que ser aceptado cuando se trata de la calidad de los materiales y de la perfección de la ejecución, o cuando procede de aumentar la complejidad de formas excesivamente aburridas y elementales, nacidas de un minimalismo geométrico y simplificador. En la medida en que sea compatible con los costos, sí creo en esa complejización expresiva, en la “materia” y en la calidad. Pero no en lo otro, que siempre tendrá un componente nostálgico anecdótico.
En Nueva York, Mies me comentó una vez: «Fui yo quien inventó eso de que “menos” es “más”; pero hay que reconocer que, a veces, “menos” es “menos”». Ciertamente, no se refería Mies a una vuelta al ornato historicista, sino clarísimamente a la ruindad en el empleo de los materiales, a la mala ejecución de las tecnologías, a la pobreza de diseño. Tal vez no esté en lo cierto, pero yo sigo asumiendo esa categoría de que “menos” es “más”.
R.LL.- Don Javier, permítame plantearle a este respecto una cuestión desde mi punto de vista de usuario de la Arquitectura. Vd. se ha referido a las cavernas y yo creo que, como entonces, todos tenemos necesidad de sacralizar de algún modo los espacios en los que vivimos. No creo que podamos habitar en espacios vacíos, abstractos, sino que estamos inclinados a sacralizar de algún modo nuestras casas, creando tabúes de uso doméstico, rincones intocables, objetos o ambientes que consagramos a determinadas funciones …
J.C.-Sus palabras son muy actuales, porque justamente las vanguardias progresistas de comienzos de siglo no decían esas cosas… Mi profecía para el siglo XXI -que no viviré- es que va a ser un siglo de grandes rectificaciones, que empezarán por la demanda y aceptación del misterio, de la emoción.
R.LL.-Efectivamente, me parece que en nuestro ámbito doméstico buscamos nuestro propio misterio; en nuestra vida tiene que haber un misterio, aunque sólo tenga valor para nosotros mismos. Pero eso, que me parece que es así, puede conducir a una erosión o una acomodamiento de la Arquitectura a nuestras necesidades, a nuestras inclinaciones.
J.C.-Sí y no; o, si prefiere, no exactamente. Lo que está en crisis, lo que ha muerto definitivamente, es la modernidad, entendida como el culto a la razón por encima de cualquier otra cosa. Justamente, todas las vanguardias se movieron en este campo, y por eso muchos las hemos rechazado, al menos parcialmente. Había desde luego cosas positivas en aquella modernidad, había afirmaciones que eran totalmente ciertas; pero de ahí a decir: “acepto todo incondicionalmente, pues lo siento mucho, pero no”. ¿Y qué es lo que no acepto? Pues justamente cosas tan elementales como aquélla que dijo una vez Alvar Aalto: “Mi última obra racionalista fue el Hospital de Paimo; luego descubrí que Finlandia es un país pobre, y que era idiota cubrir nuestras azoteas con unas terrazas planas costosísimas, en un país que está todo el año cubierto de nieve. Y luego descubrí que traer vidrios de Alemania o de Suecia para hacer una monada de fachada, cuando aquí tenemos que defendemos del frío y hay que calefactar constantemente por dentro, que eso no era tampoco demasiado racional”.
Es decir, hay una racionalidad distinta, una racionalidad razonable, podríamos decir, que no procede de una razón abstracta, sino de la razonable. Así es como se puede recuperar la dimensión de la persona, tener en cuenta también el misterio de la muerte, el que cada uno lleva dentro. No hace muchos años, me decía un científico inglés que, puesto que las cosas cambian, él y cualquier otro científico tenían que aceptar el “principio de inseguridad”; es decir, de nuevo el misterio que aparece después de haber explicado el último misterio.
I.V.-Abordemos ahora la Escuela. Toda su vida profesional se ha desarrollado entre la Escuela y el estudio; entreverando la enseñanza con el ejercicio profesional. Hoy, muchas generaciones de arquitectos le llaman maestro. Y muchos profesores universitarios han aprendido de Vd. a aunar la reflexión sobre la Arquitectura y su enseñanzas con el fatigoso, arduo y enriquecedor intento de hacerla realidad. ¿Podría hablarnos de su actividad como catedrático, Director de Escuelas, propulsor de nuevos planes de enseñanza, de los talleres verticales; de su actividad en la Universidad?
J.C.- Desde luego. Yo desembarqué en la Escuela, como muchos otros docentes, desde una actitud crítica frente a la institución que a cada uno le había tocado vivir. Y también porque siempre he creído que la renovación y mejora de la Arquitectura se gesta en las Escuelas. Era, por tanto, necesario entonces (y en mayor medida lo es ahora), adecuar las enseñanzas a las necesidades de formación del arquitecto. Los arquitectos de la sociedad burguesa y protoindustrial se formaron según los esquemas heredados de las Escuelas Politécnicas napoleónicas. Pero si cuando me incorporé a la enseñanza nuestras Escuelas ya no eran las adecuadas, menos lo son ahora. Entre otras cosas, por el número y desarrollo de las técnicas y tecnologías, que inciden en la Arquitectura. Porque hoy existen técnicos de muy distintas especialidades y niveles, que conocen sus áreas mejor que los arquitectos, quienes las han aprendido y tienen que aprender con menor profundidad que ellos, debido al saber enciclopédico que sería necesario poseer, para dominar todas, con total profundidad.
A título personal, puedo decir que mi actividad de profesor ha sido y sigue siendo una de las más gratificantes de mi vida, y tal vez, la única de la cual me siento ciertamente orgulloso. Orgulloso por haber “contagiado” mi propia vocación de arquitecto a no pocos de mis mejores alumnos, que hoy se cuentan entre los mejores arquitectos de España. El brillo en la mirada que se descubre en los alumnos, cuando nuestras palabras les han abierto puertas, o les han ofrecido perspectivas de nuevos caminos, no se puede pagar con nada.
I.V.-Hablemos de la ciudad. Vd. es un barcelonés de nacimiento que vive en Madrid. Por encima de tópicos reductivos, puede parecer sorprendente que Barcelona, capital de un ámbito nacionalista -y, por tanto, teóricamente proclive a la exaltación de lo vernáculo- haya tenido, y sin duda siga teniendo hoy en día, una actitud ante la Arquitectura de vanguardia ciertamente más receptiva que la de Madrid. ¿Es un tópico eso de los dos modelos de ciudad?
J.C.-No y sí. según se mire. Yo he nacido desde luego en Barcelona, pero me encanta Madrid. Se suele decir que Barcelona es la ventana de España al mundo, pero a mí me parece que Barcelona es la ventana a Francia, mejor aún, a París y, en cierta medida, también a Italia (no ciertamente a Nápoles, ni siquiera a Roma).
En Madrid interesan más otras tierras: Alemania, Austria, los Países Bajos, Portugal y, desde luego, esa saga de pueblos que fueron las Nuevas Españas, de las cuales Barcelona, como no sea para exportar libros en castellano, no hace ningún esfuerzo por entender.
Barcelona ha tenido, desde tiempo inmemorial, una tradición comercial, como gran puerto español del Mediterráneo, anterior y posterior a la unidad, por razones que no eran de conquista, primero con Aragón y después con Castilla. Ésta es una tradición que Madrid no ha tenido nunca (Maragall les decía a los países costeros de España, en su “Oda a España”, refiriéndose a Castilla: “Habladle del mar, hermanas”).
A partir del siglo XVIII, en Barcelona se asistió al nacimiento de una clase media comercial e industrial, que iba a sustituir a las clases directivas de la antigua aristocracia. Los miembros de familias ilustres fueron emigrando a Madrid, según contraían matrimonio con personas allegadas a la Corte. Hasta tal punto fue así, que el último Rey, don Alfonso, se vio obligado, para apuntalar, aunque tarde y mal, el alejamiento de las clases directivas catalanas, a crear marquesados como el de Alella, el de Masnou, el condado de Egara o de Moseny. Era voluntad del Rey el ennoblecer a las nuevas clases industriales catalanas; y esas clases quisieron tener su propio puesto al sol, marcando con la Arquitectura su propia imagen.
De ahí surgieron los modernismos y los historicismos medievalistas, que crearon nuevas imágenes y, como en la Francia postborbónica e industrial, negaron los clasicismos y barroquismos del Antiguo Régimen, afirmando su propio estilo. Aquello produjo en Barcelona una movilidad que no existió en Madrid hasta la creación de las nuevas clases medías, en la época de Franco.
Pabellón de España en la Feria Mundial de 1963/1964. Nueva York.
Así, pues, Barcelona y sus clases industriales y comerciales emergentes, con la desaparición de las antiguas clases rectoras, forjó un dinamismo y una imagen que no se dio en Madrid. En la capital de España, las clases directivas eran muy autocomplacientes , orgullosas de su estructura social y de su imagen arquitectónica de clase, a lo que se unía cierto afrancesamiento academicista, que les llegó con las tropas borbónicas primero, y con las napoleónicas después .
A mi juicio, pues, en la aparición de una Arquitectura de vanguardia (o de retaguardia) en Barcelona, o en Madrid, no intervienen tanto cuestiones nacionalistas o vemaculares, cuanto la actitud de las respectivas clases ciudadanas.
I.V.-¿Está de acuerdo con los que piensan que Madrid sufre una involución intelectual, que se manifiesta en operaciones urbanas traumáticas y tratamientos ornamentales cosméticos de raíz casticista, entroncados en el pasado?
J.C.-El trauma de Madrid no es de involución intelectual; eso sería mucho decir para los involucionistas. La involución es consecuencia a lo más de una competencia de imagen, casi como en las confrontaciones futbolísticas: si unos se visten de un color, otros se visten de otro. La cultura tiene poco que ver con esto. A mi juicio, lo traumático de las obras públicas y lo del casticismo va por otro lado. Tiene que
ver, como ya he dicho, con esa competencia de imagen, en primer lugar; y en segundo, con la actitud de quien copia ramplonamente de una tradición castiza y pueblerina, pues el casticismo no es más que una degeneración de la tradición culta.
Pero a mí lo que me parece más grave es que Madrid no tenga conciencia de significación histórica de futuro. La renovación sin complejos de París, desde el Pompidou hasta el Arco de la Defensa, nace de una voluntad de seguir siendo creativos, de permanecer como capital de Europa en el siglo XXI. El nuevo Berlín nace también de esa voluntad de ser la capital de Europa, o cuando menos de la Europa del Este y de su imperio económico. Los políticos de Barcelona, por su parte, quieren hacer de ella la capital del Mediterráneo y, si pueden, de la nueva nación catalana, independiente de España. A los de Bilbao les pasa lo mismo: quieren hacer de Bilbao la capital del gran Euskadi a los dos lados del Bidasoa. Pero Madrid no tiene conciencia de futuro, sino que es una ciudad residual, sin más tradición que la de defender su casticismo. Sigue sin darse cuenta de que es la ciudad de referencia de más de cuatrocientos millones de personas que hablan un mismo idioma. Nuestros políticos dan la impresión de no enterarse. Es preocupante que en el próximo plan de Madrid, por ejemplo, haya más M-50, M- 60 y M-70, pero ni una sola operación de capitalidad, ni una sola operación de imagen; sigue siendo una ciudad residual que, sí, crecerá, pero sin alimentar ninguna voluntad histórica de futuro.
I.V.-Las grandes operaciones de transformación urbanísticas, que deciden hoy el futuro de las ciudades, resultan de acuerdos entre los poderes políticos y los grandes agentes económicos. ¿Cuál es el papel del arquitecto en la definición de un planteamiento urbano al que no ha sido convocado? ¿Debe resignarse a ser un mero formalizador de propuestas ajenas?
J.C.-No necesariamente, pero hace falta proponer ideas, ganar prestigio colectivo, potenciar los nombres de arquitectos capaces de hacer nuevos planteamientos, hacerlos prosperar y establecer nexos políticos que beneficien a los políticos, por las ideas que se les ofrezcan, y también a los arquitectos, por las posibilidades que se les abran.
Pero para eso existen las Administraciones, las corporaciones, y los propios arquitectos deben ayudar a que esa articulación sea posible, en vez de tirarse los trastos a la cabeza unos a otros; o que las Administraciones practiquen operaciones tan lamentables como la de las Torres KIO y su desgraciado entorno.
I.V.-La ciudad, que en frase de Chesterton “nutre y peifecciona todas las potencias del hombre”, ha sido históricamente el ámbito privilegiado de las relaciones humanas. Sin embargo, su crisis actual es patente: crecimientos desmesurados e inarmónicos, incapacidad de integración social; marco de conflictividad y marginación, pérdida de los equilibrios entre trabajo, ocio y residencia, entre circulación rodada y peatonal; indefinición de sus límites, déficit de forma … ¿Es preciso replantear la estructura de las ciudades históricas? ¿Cree posible la definición de un nuevo orden, la recomposición de equilibrios, o resulta inevitable aceptar, con Rem Koolhas o Bemard Tshumi, que el marco de la futura vida urbana será el de las discontinuidades y superposiciones, el de la indeterminación y el desorden?
J.C.-Hay mucho que decir al respecto. En primer lugar, sería un error de partida confundir el sentido histórico con la inmovilidad y la parálisis. Histórico es lo que cambia; muerte, lo que permanece inmóvil. Venecia no es una ciudad histórica, sino una ciudad museo, una ciudad muerta que asume un papel distinto de la ciudad viva. Ciudades históricas son, por ejemplo, París, Berlín, Nueva York. La historia es la vida, y no hay que temer a la vida. No todo en la ciudad histórica es igualmente defendible en función de su vida histórica. La Roma de Pío v no es la ciudad de los Césares pero, siendo una ciudad histórica, asumió los cambios y se enriqueció con ellos.
Para mí, el problema fundamental no está en la ordenación y conservación de la ciudad, sino en la ordenación del territorio. Hace mucho tiempo que vengo hablando de la ciudad-región, de la región ordenada con núcleos llenos y espacios vacíos. Habría que llevar al conjunto del territorio ordenado los fenómenos más configurantes de la ciudad: las interestructuras de relación y las ventajas de la discontinuidad de la vida urbana.
He dicho muchas veces que Madrid, Segovia, Ávila, Alcalá, Aranjuez, El Escorial, Toledo, constituyen ya una región, que necesita ser ordenada como área urbana discontinua, mediante la creación de nuevas centralidades, que no tienen por qué superponerse a las ya existentes. La última estructura administrativa que se estableció no tiene hoy ningún sentido. Ni siquiera se han planteado proyectar una nueva ciudad, porque los límites en que se ha movido el plan no son los adecuados; hubiera podido pensarse en la primera ciudad-región de un futuro urbanístico complejo, pero no ha sido así, y las luchas intermunicipales y autonómicas han hecho imposible cualquier planteamiento integrado. Cualquier cosa sería mejor que el caos en que estamos sumidos. Los posmodemos desconstructivos, y los políticos sin más techo que el de sus mandatos electorales, no ven ni siquiera como posible el establecimiento de un orden nuevo, sin reconocer que la aceptación del caos no es más que el retomo a la barbarie.
¿Qué podemos hacer? Ser imaginativos y contagiar la ilusión por crear un orden mejor, partiendo del encuentro y no del enfrentamiento. Pero, evidentemente, la ciudad-región es el futuro; no la ciudad continua, sino la ciudad discontinua.
I.V.-Termina la entrevista, termina el siglo y parece que con él la aventura de la modernidad. ¿Queda espacio -y tiempo- para la utopía?
J.C.-Desde luego. La modernidad ha terminado, en fechas muy concretas: Yalta y la caída del muro de Berlín. La modernidad, nacida de la reforma protestante y la ruptura del orden de la cristiandad, buscó una nueva referencia común para el acuerdo de los hombres, que hasta esa ruptura se encontraba en la verdad relevada y universal. Así llegó la razón, la razón demostrable, la razón científica, la razón de lo mensurable, investigable y demostrable.
Los tres siglos de utopía racional progresista han terminado en el terror atómico, la lucha universal de todos contra todos, los genocidios de pueblos enteros, la polución que pone en peligro a la misma naturaleza. El terrorismo, el aborto generalizado, la eutanasia como variante del racismo, que permite acabar con sectores no deseables o no productivos de la sociedad, han hecho que la razón y la ciencia no puedan seguir considerándose como garantía de un futuro más feliz, próspero y pacífico.
Sin embargo, sigue habiendo espacio para la generación de “utopías”, que abran paso a nuevas realidades. Todos los síntomas y señales del caos que nos rodea no son el anuncio de un mundo que nace, sino estertores y signos de una cultura que agoniza.
El siglo XXI, así lo veo y lo deseo, será, estoy seguro, un siglo de grandes rectificaciones morales. El hombre total, el de la ciencia, el de la fe y el del misterio, existirá sin contradicción. Ciencia y misterio son realidades que se reclaman y complementan. “Ven, espíritu de Dios e ilumina los corazones de los que en ti creen, para que se enciendan en nuevo ardor sus corazones y así se renueve la faz de la tierra”. En la era medieval, tuvo lugar el hombre religioso, el hombre de Dios, la fe. Después, aparece el hombre de la ciencia. Lo que quería san Agustín, lo que quería santo Tomás, lo que quería el propio Erasmo, era el hombre completo, heredero de la tradición greco-romana junto con la cristiana.
Cuando me hablan de la nueva Europa y no me hablan del cristianismo, me pregunto de qué Europa se está hablando. Nuestra Europa no se entiende sin el cristianismo. ¿Cuál sería la síntesis del hombre completo? La del hombre que no ve contradicciones entre ciencia y misterio, sino que los comprende como extremos que se reclaman, como dos caras de una misma realidad que nos conmueve.
Sólo unos pocos sospechaban a comienzos de este siglo que el desarrollo de las ciencias alcanzaría un ritmo tan sorprendente. El autor repasa los principales avances del “Siglo de la biología” y señala los cauces por los que discurrirá elprogreso científico en lospróximos cien años.
Después del viaje de Cristóbal Colón, que osó cruzar las fronteras en las que vivía el planeta y abrió la vía del conocimiento de los dos mundos, nuestro entorno fue surcado por todas partes, se hicieron realidad las utopías de Leonardo de Vinci y las ciencias y tecnologías abrieron sin cesar nuevos capítulos del conocimiento. Ciertamente, la ciencia avanzó en todos los frentes; pero hubo progresos espectaculares en unos dominios, a los que siguieron, algunos decenios más tarde, los descubrimientos, también fascinantes, en otros.
Existen dos razones principales que explican estos procesos. Por una parte, la gestación tarda a menudo varios decenios en que un vasto abanico de investigaciones fundamentales desemboque en aplicaciones insospechadas que, a su vez, generan otras investigaciones básicas. Por otra parte, la investigación científica es tributaria de la mejora de sus instrumentos, ya sean útiles de observación o métodos de medida y de identificación.
¿Cómo explicar, entonces, el desarrollo de las biotecnologías sin el paciente trabajo de los biólogos sobre las moléculas de la vida, el ácido desoxirribonucleico (ADN) y las proteínas, después de que, en 1953, Crick y Watson abrieran el apasionante capítulo de la biología molecular? ¿Cómo explicarlo también, sin el progreso de las técnicas de aislamiento, de identificación y de transferencia de genes, la cartografía de éstos, la cromatografía, la microscopía electrónica y el análisis bioquímico? ¿Cómo explicar la elucidación de los misterios del átomo, declarado inicialmente indivisible, y hoy compuesto de varios tipos de partículas, sin las potentes y costosas máquinas donde los átomos se machacan y las partículas obtenidas se identifican en tiempos extremadamente cortos? Y la exploración del espacio, ¿fue posible sin la puesta a punto de los cohetes y de sus combustibles especiales, sin los nuevos telescopios que escrutan en el firmamento el universo y complementan las observaciones hechas desde la Tierra?
EL TRIUNFO DE LA FÍSICA ATÓMICA
Los dos o tres decenios anteriores a la Segunda Guerra Mundial contemplaron, después de los trabajos de Einstein, Bohr, Dirac, Fermi y otros, el triunfo de la física atómica, a la que precedieron los avances en química física y analítica. La constitución íntima del átomo era el tema de investigación prioritario y la producción de energía resultante de su rompimiento permitía entrever el dominio de una nueva forma de energía nuclear. El uso de ésta con fines militares aceleró estas investigaciones en el marco del Proyecto Manhattan, para aventajar a los investigadores alemanes, los mejores en este terreno, a pesar de la emigración de algunos de ellos a Estados Unidos. Las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki demostraron la supremacía de los equipos del otro lado del Atlántico, al tiempo que probaban que la ciencia podía estar al servicio de la destrucción y de la aniquilación del hombre. En lo sucesivo, ya no se podría separar la investigación orientada a usos civiles de esta otra empresa para fines militares. Ésta, no se puede negar, ha tenido, y tiene todavía, repercusiones en el ámbito de las tecnologías útiles para nuestro bienestar, por ejemplo, en aeronáutica, electrónica, climatología o radiocomunicación.
A la física de las partículas sucedió, lógicamente, la física del estado sólido, con el descubrimiento de nuevos materiales que iban a cambiar el mundo de las comunicaciones y del transporte, y que son el origen de la revolución informática. La matemática aplicada, la microelectrónica y la creciente miniaturización de los circuitos electrónicos han permitido el advenimiento de los ordenadores más perfectos, así como la generalización de una herramienta que compite con el libro y que revoluciona la información y la comunicación, pues cubrirá la Tierra con una red a la cual tendrá acceso un creciente número de seres humanos, que extraerán todas las informaciones disponibles y se comunicarán unos con otros. Al mismo tiempo, continuaremos conociendo cada vez mejor la estructura fundamental de la materia, gracias a los aceleradores de partículas, en construcción o en fase de concepción. También seguiremos explorando, con la ayuda de sondas espaciales, en un proceso no exento de fracasos, nuestro sistema planetario, con lo que llegaremos a captar mejor el sentido de nuestro universo. Pero quedará por resolver el profundo misterio de la física cuántica y su mensaje contradictorio, por cuanto se refiere a nuestra intuición de la realidad física. Muchos físicos de talento están interesados en este problema, cuya solución supondrá un avance radical en nuestra comprensión del mundo físico. Entonces llegará una nueva edad de oro en la física.
EL SIGLO DE lA BIOLOGÍA
Mientras tanto, vamos a vivir el apogeo de la biología y las ciencias de la vida. Éstas son, sin ninguna duda, tan antiguas como la física. El hombre se ha interesado por los seres vivientes que lo rodean, por su propio organismo, por su funcionamiento y sus problemas, por su razón de ser. Al mismo tiempo, trata de elucidar los misterios del clima, de las tormentas, las erupciones volcánicas o las glaciaciones. Desde los naturalistas árabes, chinos y los del Renacimiento, se han sucedido numerosas investigaciones sobre la vida. Los sigos XVII y XIX echaron poco a poco los cimientos del método experimental, a Ja vez que progresaban los métodos de observación y de investigación. Pero en este fin de siglo, después de medio siglo de estudio de los seres vivos -microbios, plantas, animales y hombre-, puede afirmarse que los conocimientos acumulados, y los que en adelante se consigan, tendrán repercusiones tan grandes como los de la física atómica a comienws del siglo XX.
En efecto, los institutos de investigación de varios países han emprendido el viaje al interior del patrimonio hereditario del hombre (y de otros seres vivos menos complejos). El Proyecto del Genoma Humano, que durará unos quince afios y costará tres mil millones de dólares, describirá el genoma de la especie humana, es decir, unos 100.000 genes. En el 2005 se habrá completado su cartografía y se empezarán a conocer las funciones de cada gen. Este conocimiento abrirá un nuevo capítulo de la genética y tendrá profundas repercusiones en el tratamiento de las cuatro mil enfermedades genéticas registradas, relacionadas con deficiencias de los genes. En efecto, las repercusiones médicas son el motor del proyecto americano de secuenciación del genoma humano. Se podrá realizar el diagnóstico genético, es decir, la posibilidad de hacer un seguimiento prenatal de los fetos susceptibles de presentar graves deficiencias genéticas.
Otra consecuencia del conocimiento del genoma humano será la medicina preventiva. La configuración genética de un individuo puede predisponerlo a ciertas enfermedades plurifactoriales, como la diabetes, el cáncer o las afecciones cardiovasculares; entonces, se podrán poner en marcha con más anticipación los tratamientos preventivos. También se podrán identificar, en las familias en las que la frecuencia de una clase de cáncer sea especialmete elevada (por ejemplo, el cáncer de mama o de ovario), los genes causantes; así, se podrán examinar más a menudo las personas en peligro para identificar las células cancerosas en su estado más precoz y eliminarlas rápidamente.
No son pocas las implicaciones sociales, éticas y jurídicas de la secuenciación del genoma humano. En realidad, el proyecto americano les dedica un importante presupuesto: se trata del mayor programa de bioética de Estados Unidos y del mundo.
En general, lo que ya se denomina el “siglo de la biología” se distinguirá por numerosas aplicaciones en medicina, alimentación, agricultura y ganadería. Mientras que los avances médicos de las últimas décadas del siglo XX fueron el resultado de la aportación de la física nuclear (radiología con fines diagnósticos y terapéuticos), y de la farmacología (antibióticos, medicamentos sicótropos, ansiolíticos, neurolépticos o anestésicos), la ingeniería genética, desde el comienzo de los afios ochenta, ha conseguido la producción de moléculas con función terapéutica a partir de organismos con patrimonio genético modificado que contienen el gen que gobierna la síntesis de la molécula en cuestión. Así, se sintetizaron la insulina humana, diferentes tipos de interferones, la eritropoyetina y la hormona del crecimento humano y bovino. También el antígeno de superficie del virus de la hepatitis B que da lugar a la producción de la primera vacuna por ingeniería genética, que permitió no tener que recurrir a la sangre de los portadores crónicos de virus. Sin duda, se profundizará más en este dominio con la síntesis de otras sustancias terapéuticas, de productos de diagnóstico a base de anticuerpos monoclonales, de vacunas contra las demás hepatitis, el Helicobacter pylori (responsable en la mayoría de los casos de la úlcera gastro-duodenal), el sida, etc. Es también probable que la alianza de los biotecnólogos y los químicos permita la configuración, con la ayuda del ordenador, de sustancias terapéuticas que se podrán sintetizar por vía química o biotecnológica. Igualmente, la actual selección en numerosos laboratorios de productos naturales de origen microbiano, vegetal o animal, con efectos terapéuticos, podrá dar lugar a algunas sustancias interesantes que la ingeniería genética podría producir en grandes cantidades; o que la química orgánica podría transformar para acrecentar su eficacia o disminuir su toxicidad antes de sintetizarlas a escala industrial.
En el comienzo del próximo siglo veremos multiplicarse las experiencias de terapia génica, consecuencia directa del conocimiento de la función de los genes y de su cartografía exacta, así como las técnicas de transferencia de genes por vectores adecuados para sustituir los genes deficientes. Sin embargo, se corre el riesgo de una creciente separación entre las posibilidades diagnósticas que permiten las aplicaciones de la biología molecular (diagnóstico prenatal, diagnóstico de predisposición a contraer una determinada enfermedad) y los tratamientos disponibles. Esto provocará el recurso más frecuente al aborto o a la procreación asistida de forma médica, cuando se haya verificado previamente en el embrión la ausencia de genes defectuosos, y con riesgo de derivar hacia una forma de eugenesia.
La clonación de animales de laboratorio o domésticos (ovinos y bovinos), que será mucho más fácil de obtener en el próximo siglo, también contribuirá a la producción de diversas sustancias terapéuticas mediante rebaños de animales clonados cuyo genoma habrá sido modificado, para incorporarle el gen que controle la síntesis de la sustancia terapéutica buscada, que se producirá en la leche o la orina, de donde será fácil extraerla. Los animales clonados cuyo genoma habrá sido “humanizado” servirán para proporcionar injertos de órganos o de tejidos que se trasplantarán al hombre, sin peligro de rechazo.
Pero la clonación, en el plano de la investigación fundamental, abre un nuevo capítulo de la embriología experimental y de la diferenciación celular, puesto que, contrariamente a lo que se creía hasta ahora, el núcleo de las células diferenciadas, una vez transferido a un ovocito anucleado, es capaz de volver al estado embrionario, y la célula en la que se encuentra vuelve a pasar por todos los estados embrionarios para volver a dar un nuevo feto.
Así, la “galopada’’ del progreso científico proyecta sucesivamente un resplandor especial de un dominio de las ciencias a otro, como consecuencia de períodos de gestación más o menos largos, y de avances técnicos en los métodos de medida y de investigación. La irrupción de la biología molecular en medicina, agricultura y alimentación, gracias a las biotecnologías y a las técnicas de ingeniería genética es, sin duda, lo suficientemente espectacular como para que se pueda hablar del “siglo de la biología’’, después de los brillantes decenios caracterizados por los progresos de la física nuclear. Hay que señalar también que el “siglo de la biología’’ se caracterizará también por notables progresos en materia de funcionamiento del cerebro humano y de mecanismos de aparición de la inteligencia. La neurobiología se apoya también en la biología molecular, mientras que las ciencias cognitivas contribuyen a un campo naturalmente multidisciplinar donde se codean la lógica, la informática, la biofísica y la bioquímica, la psicología, la fisiología y la genética.
Es probable que después de la biología, o al mismo tiempo que ésta progresa, se hagan progresos espectaculares en la producción de energía, porque se trata de un problema que monopoliza la atención de los investigadores y del público en general. No podremos disponer de abundantes y baratas fuentes de energía eternamente; habrá que resignarse a aprovechar las llamadas energías renovables y la fusión nuclear (al desconfiar cada vez más de la fisión, a causa de las catástrofes que podría provocar y por la gran dificultad de tratar los desechos radioactivos que produce). Las experiencias recientes sobre la fusión han dado resultados prometedores, y la gestación que está actualmente en marcha podría desembocar en desarrollos espectaculares.
La “galopada” del progreso científico cambia la vida de los hombres, por lo que cada ola de descubrimientos y de aplicaciones va acompañada de problemas sociales. Es decir, que el siglo de la biología, como el de la física, abre un indispensable diálogo entre los científicos y la sociedad. En efecto, las contribuciones de las ciencias y de las técnicas que de ellas derivan deben ser evaluadas por los actores sociales a los que se aplican, porque estos últimos son los que deben juzgar su pertinencia y su utilidad. El debate entre científicos sobre la exactitud y la realidad de los descubrimientos es una garantía de la autenticidad de los resultados, pero este debate se debe ampliar a la sociedad ante la cual los científicos son responsables y de la cual reciben el sostén indispensable para sus trabajos. Se trata de un debate de naturaleza ética y sociológica, pero también de naturaleza política, porque el gran problema que sigue al galope del progreso científico es poder extender los beneficios de la ciencia a la mayor parte de la población de un país, así como a la humanidad pobre y falta de recursos. Incluso se podría decir que, más que ciencia nueva, hace falta más ciencia donde ésta no ha llegado aún. Es decir, la necesidad de compartir los beneficios de la ciencia en nombre de la solidaridad intelectual y moral de la Humanidad. Sólo en esta condición tendría sentido la “galopada’’ del progreso científico, de acuerdo con las siguientes palabras de J. Nehru:
“Sólo la ciencia puede resolver los problemas del hambre y de la pobreza, de la insalubridad y del analfabetismo, de la superstición, de las costumbres y las tradiciones paralizadoras, de los vastos recursos derrochados en un país rico habitado por gentes que padecen hambre … ¿Quién, verdaderamente, podría hoy permitirse despreciar la ciencia?… El futuro pertenece a la ciencia y a sus defensores”.
Si el poemario Los mapas interioresse abre con una borgiana cita sobre la crisis de las disciplinas geográficas no es por accidente o por simple laudatio al viejo maestro. Su pro pio autor, Juan Van-Halen, ha confesado, paladinamente, que lo borgiano es el paisaje del libro; no sus espacios interiores. Porque acaso en este texto, premio Rafael Alberti, que viene a sumarse (si se puede hablar de matemáticas en poesía) a más de quince libros de lírica, una novela, varios ensayos y una buena cosecha de relevantes premios literarios, podría pensarse que su autor consigue con plenitud mostrar aquello que lo distingue y señala entre los creadores de su generación. Se trata de su particular transvaloración de aquel tradicional sistema hegeliano en el que la lírica era el polo opuesto de la narrativa, la primera por subjetiva y la segunda por objetiva.
Porque Juan Van-Halen sabe combinar, como casi nadie de las últimas vanguardias poéticas, lo externo y lo interno, tradición y emoción (y así, de forma sabia, está expuesto en el prólogo que escribió Luis Alberto de Cuenca en su antología de la obra lírica de Van-Halen, La piel del agua), amor a la geometría y pasión por las fuentes ocultas del corazón. De ahí mi afirmación al principio de que, para el lector atento, tanto el título como la cita introductoria son elementos que le pueden guiar hasta las últimas intenciones del escritor, que ya en la estructura del libro encabalga poemas de textura histórica («Inscripción en la tumba de Fernando Pessoa» o «Recordando al brigadier Van-Halen en los campos de Peracamps»), con invenciones de la realidad (la magnífica serie de «Espejos»), o los buceos de la interioridad («Los límites del beso» y «La rosa en el viejo libro»). Y todo ello -y ahí también descubrimos la «reliquia de las disciplinas geométricas» de la cita de Borges- sirviéndose de una métrica sutil y cuidadísima, y a través de sonetos, cuartetos al modo inglés, en decasílabos…
El autor quiere que el lector le re conozca en la bifurcación de sus senderos, pero que también se reconozca a sí mismo. Por ello, en el último poema del libro, admite que sus palabras son «herramientas de un ávido conjuro» y que nacen de un «inconstante manantial», cerrando el ciclo iniciado con el primer poema, donde se precisa que «los mapas interiores crecen», con esa tentación de oscilar en los límites que caracteriza a la obra de Van-Halen, que así ya podíamos ver en uno de sus libros iniciales y que a mí más me gustan: «La frontera», de 1967.
El autor, periodista, viajero, heredero de personajes vitalmente literarios -el barojiano Van-Halen-, conocedor de los vericuetos políticos, indagador de sus propias máscaras, intuye que lo primero que hace todo buen caminante es comprar mapas. Sin embargo, luego, según el audaz consejo de Nietzsche, ha de tirarlos para poder hacer los suyos propios en su corazón: cuidando del alba que vence, en «Esas pequeñas cosas»; urdiendo laberintos donde esconderse, en «Buscadme en la Biblioteca» o, al fin, luchando contra el tiempo, en «Todo fue escrito».
Obra poética en la frontera, la lírica de Juan Van-Halen es, quizá, uno de los más ricos testimonios de su tiempo (como se puede ver, por ejemplo, en el Cuaderno de Asia, reciente mente reeditado), donde la alta telaraña de la sabiduría verbal caza continuamente el fugaz sentimiento, con los espejos, al fondo, de cierta desesperanza cernudiana y el hálito amoroso de Salinas.
Porque, al fin, es la indagación que se realiza en ese continente perdido del corazón, en esa África inexplorada de las pasiones, la que va levantando las coordenadas de un verdadero imperio por decubrir, allí donde el arte de la coreografía logra tal perfección que el mapa de una provincia ocupa toda una ciudad, y el mapa del imperio, toda una provincia, bajo las inclemencias del sol y de los inviernos, en las despedazadas ruinas de todos los mapas anteriores.
La palabra «verdad» suena fuerte a muchos oídos contemporáneos. Se suele decir que los finales de siglo -¡qué no será de milenio!- abundan en posturas escépticas. En el nuestro, debilitado por los planteamientos epigonales del postmodernismo, del postestructuralismo, de la fragmentación y del discurso narrativo, volver a traer el tabú de la verdad no parece de recibo. Un discurso que, además, tematiza el «interés» por ella parece necesitar de una potente justificación para hacerse oír en el coro actual de las lamentaciones por el final de la filosofía.

Acaba de publicarse el último libro de Antonio Millán-Puelles, El interés por la verdad y me parece que es ésta una buena ocasión para reflexionar sobre la auténtica vocación de la filosofía, sobre todo si nos guiamos por el ejemplo, bien próximo, de quien ha hecho de ella una profesión en el sentido más hondo.
Una de las notas características del pensamiento de Millán-Puelles es su indiferencia radical respecto de las modas intelectuales. Nunca se mueve para halagar el oído sediento de lo inmediato, de lo «actual» y «vivo». «En realidad es vivo todo problema auténticamente vivido con la intensidad indispensable para plantearlo con rigor y para sentirse en la necesidad de buscarle la solución. Cualquier otra manera de entender las vivas inquietudes intelectuales o los problemas vivos es pura y simple retórica vitalista» (pág. 280). Si alguna vez se ocupa Millán- Puelles de cuestiones que, en efecto, lo son de actualidad, no lo hace porque lo sean, sino por el interés que encierran en sí mismas y porque tropieza con ellas en su búsqueda de lo esencial. En filosofía, pocos asuntos pueden considerarse tan esenciales e invulnerables a las modas como el de la misma vocación de buscar e interesarse por la verdad, que es lo que constituye lo más formalmente propio de la tarea filosófica.
El libro que acaba de publicarse está estructurado en dos partes: el interés por conocer la verdad y el interés por darla a conocer. Ambas partes van acompañadas de una serie de consideraciones acerca de los aspectos éticos, tanto del interés cognoscitivo como del comunicativo.
Tras definir el interés por la verdad como «el deseo, efectivamente diligente o solícito, de tener conocimientos verdaderos en la acepción de concordantes o conformes con los objetos a que se refieren» (pág. 57), Millán- Puelles afronta directamente el problema de si la inteligencia humana puede estar dotada de un interés auténticamente teórico, para presentar una de las tesis centrales del libro: el valor que en sí misma posee la teoría. «Es necesario que el entendimiento humano sea capaz de conocimientos puramente teóricos, es decir, enteramente innecesarios para mantenernos en la existencia y en general para la llamada vida activa, pero en sí y por sí mismos valiosos (…). Ningún conocimiento puede dejar de presentársenos como preferible a su falta, si ambos son considerados en sí mismos, independientemente de cualquier sobrecarga eventual» (pág. 71). La posibilidad de un «estar teóricamente en la realidad» (pág. 72) no implica, naturalmente, que el hombre contemplativo no se interese nada más que por la teoría, de la misma forma que el hombre de acción tampoco se interesa solo por lo práctico (pág. 120). Desde luego, el preguntar, en su raíz y en su forma, es un acto puramente teórico.
Tales ideas no pueden mantenerse hoy sin una impugnación de la tesis fundamental del utilitarismo y del pragmatismo, tarea que el autor aborda con gran eficacia argumental (págs. 125 y ss). Condición esencial de la existencia de una natural inclinación humana a interesarse por el conocimiento de la verdad—y de que dicha tendencia no es contradictoria, a saber, no es una tendencia a su correspondiente y necesaria frustración— sería la inteligibilidad misma de lo real. En efecto, «para poder estar en la realidad intelectivamente es menester, ante todo, que la realidad sea inteligible» (pág. 73). El autor presenta una demostración modélica de la inteligibilidad de lo real (págs. 75-78), lo cual le obliga a discutir la tesis kantiana de la imposibilidad de conocer el ser del objeto, que queda reducido en el planteamiento del filósofo alemán a su mero ser-objeto. Ahora bien, según la propuesta kantiana, hay un realismo empírico que debe complementar al idealismo trascendental, según el cual las cosas que intuimos sensorialmente no son en sí mismas aquello por lo cual las tomamos en su intuición. Responde Millán- Puelles: «Una intuición donde lo intuido no es lo que de él se intuye es una intuición que no es ninguna intuición» (pág. 83). En un planteamiento fundamental del interés por la verdad no puede faltar una discusión seria sobre la tesis relativista. El autor la aborda en todas sus posibles inflexiones a partir de la fórmula de Protágoras, para mostrar la circularidad en que incurre y concluir que, «aunque no lo diga, el relativista piensa que la tesis relativista es verdadera incluso en el caso de que nadie, ni siquiera él mismo, la tuviese por tal. No piensa así de una manera expresa, pero tampoco el absoluto escéptico piensa explícitamente que está dejando de serlo al afirmar que lo es» (pág. 118).
El libro pone de manifiesto la inconsistencia del planteamiento kantiano de la filosofía como un puro preguntar sin respuesta posible que no trascienda la humana capacidad intelectual (pág. 98). En este sentido, quizá una de las ideas más originales del libro es la refutación del peculiar «activismo» de quien busca sin querer encontrar: «Lo que hace que quien indaga sea verdaderamente un activista es el hábito de preferir las verdades que son objeto de descubrimiento a las que son objeto de revelación. El activista intelectual es más amante de descubrir la verdad que de la verdad descubierta (pág. 134).
En relación al interés comunicativo, y tras una clarificadora glosa del famoso texto de Tomás de Aquino en De magistro, en el que compara la tarea del maestro con la del médico, se analiza el valor comunicativo del ejemplo en su vertiente transmisora de las verdades morales. Posteriormente, el discurso se desarrolla sobre los que se consideran supuestos básicos del interés por comunicar la verdad: la intersubjetividad (el plural del yo), la innata tendencia a comunicar la verdad y la comunicabilidad misma de ésta.
En esta parte son de destacar la discusión en torno al solipsismo, los pormenorizados análisis de la noción de alter ego en Husserl y de las ideas de Wittgenstein acerca de la imposibilidad de un lenguaje privado: una verdadera Filosofía del lenguaje que va al fondo de las cuestiones esenciales, bien lejano de las minucias propias de la analítica positivista, que no termina más que en un preciosismo sobre lo que nos deja indiferentes.
Finaliza el libro con un estudio detenido del problema moral de la mentira y las funciones de la justicia y la prudencia en la comunicación de la verdad, estudio que no elude la complejidad de las múltiples variables que ahí han de ser atendidas.