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La palabra «verdad» suena fuerte a muchos oídos contemporáneos. Se suele decir que los finales de siglo -¡qué no será de milenio!- abundan en posturas escépticas. En el nuestro, debilitado por los planteamientos epigonales del postmodernismo, del postestructuralismo, de la fragmentación y del discurso narrativo, volver a traer el tabú de la verdad no parece de recibo. Un discurso que, además, tematiza el «interés» por ella parece necesitar de una potente justificación para hacerse oír en el coro actual de las lamentaciones por el final de la filosofía.

Acaba de publicarse el último libro de Antonio Millán-Puelles, El interés por la verdad y me parece que es ésta una buena ocasión para reflexionar sobre la auténtica vocación de la filosofía, sobre todo si nos guiamos por el ejemplo, bien próximo, de quien ha hecho de ella una profesión en el sentido más hondo.

Una de las notas características del pensamiento de Millán-Puelles es su indiferencia radical respecto de las modas intelectuales. Nunca se mueve para halagar el oído sediento de lo inmediato, de lo «actual» y «vivo». «En realidad es vivo todo problema auténticamente vivido con la intensidad indispensable para plantearlo con rigor y para sentirse en la necesidad de buscarle la solución. Cualquier otra manera de entender las vivas inquietudes intelectuales o los problemas vivos es pura y simple retórica vitalista» (pág. 280). Si alguna vez se ocupa Millán- Puelles de cuestiones que, en efecto, lo son de actualidad, no lo hace porque lo sean, sino por el interés que encierran en sí mismas y porque tropieza con ellas en su búsqueda de lo esencial. En filosofía, pocos asuntos pueden considerarse tan esenciales e invulnerables a las modas como el de la misma vocación de buscar e interesarse por la verdad, que es lo que constituye lo más formalmente propio de la tarea filosófica.

El libro que acaba de publicarse está estructurado en dos partes: el interés por conocer la verdad y el interés por darla a conocer. Ambas partes van acompañadas de una serie de consideraciones acerca de los aspectos éticos, tanto del interés cognoscitivo como del comunicativo.

Tras definir el interés por la verdad como «el deseo, efectivamente diligente o solícito, de tener conocimientos verdaderos en la acepción de concordantes o conformes con los objetos a que se refieren» (pág. 57), Millán- Puelles afronta directamente el problema de si la inteligencia humana puede estar dotada de un interés auténticamente teórico, para presentar una de las tesis centrales del libro: el valor que en sí misma posee la teoría. «Es necesario que el entendimiento humano sea capaz de conocimientos puramente teóricos, es decir, enteramente innecesarios para mantenernos en la existencia y en general para la llamada vida activa, pero en sí y por sí mismos valiosos (…). Ningún conocimiento puede dejar de presentársenos como preferible a su falta, si ambos son considerados en sí mismos, independientemente de cualquier sobrecarga eventual» (pág. 71). La posibilidad de un «estar teóricamente en la realidad» (pág. 72) no implica, naturalmente, que el hombre contemplativo no se interese nada más que por la teoría, de la misma forma que el hombre de acción tampoco se interesa solo por lo práctico (pág. 120). Desde luego, el preguntar, en su raíz y en su forma, es un acto puramente teórico.

Tales ideas no pueden mantenerse hoy sin una impugnación de la tesis fundamental del utilitarismo y del pragmatismo, tarea que el autor aborda con gran eficacia argumental (págs. 125 y ss). Condición esencial de la existencia de una natural inclinación humana a interesarse por el conocimiento de la verdad – y de que dicha tendencia no es contradictoria, a saber, no es una tendencia a su correspondiente y necesaria frustración— sería la inteligibilidad misma de lo real. En efecto, «para poder estar en la realidad intelectivamente es menester, ante todo, que la realidad sea inteligible» (pág. 73). El autor presenta una demostración modélica de la inteligibilidad de lo real (págs. 75-78), lo cual le obliga a discutir la tesis kantiana de la imposibilidad de conocer el ser del objeto, que queda reducido en el planteamiento del filósofo alemán a su mero ser-objeto. Ahora bien, según la propuesta kantiana, hay un realismo empírico que debe complementar al idealismo trascendental, según el cual las cosas que intuimos sensorialmente no son en sí mismas aquello por lo cual las tomamos en su intuición. Responde Millán- Puelles: «Una intuición donde lo intuido no es lo que de él se intuye es una intuición que no es ninguna intuición» (pág. 83). En un planteamiento fundamental del interés por la verdad no puede faltar una discusión seria sobre la tesis relativista. El autor la aborda en todas sus posibles inflexiones a partir de la fórmula de Protágoras, para mostrar la circularidad en que incurre y concluir que, «aunque no lo diga, el relativista piensa que la tesis relativista es verdadera incluso en el caso de que nadie, ni siquiera él mismo, la tuviese por tal. No piensa así de una manera expresa, pero tampoco el absoluto escéptico piensa explícitamente que está dejando de serlo al afirmar que lo es» (pág. 118).

El libro pone de manifiesto la inconsistencia del planteamiento kantiano de la filosofía como un puro preguntar sin respuesta posible que no trascienda la humana capacidad intelectual (pág. 98). En este sentido, quizá una de las ideas más originales del libro es la refutación del peculiar «activismo» de quien busca sin querer encontrar: «Lo que hace que quien indaga sea verdaderamente un activista es el hábito de preferir las verdades que son objeto de descubrimiento a las que son objeto de revelación. El activista intelectual es más amante de descubrir la verdad que de la verdad descubierta (pág. 134).

En relación al interés comunicativo, y tras una clarificadora glosa del famoso texto de Tomás de Aquino en De magistro, en el que compara la tarea del maestro con la del médico, se analiza el valor comunicativo del ejemplo en su vertiente transmisora de las verdades morales. Posteriormente, el discurso se desarrolla sobre los que se consideran supuestos básicos del interés por comunicar la verdad: la intersubjetividad (el plural del yo), la innata tendencia a comunicar la verdad y la comunicabilidad misma de ésta.

En esta parte son de destacar la discusión en torno al solipsismo, los pormenorizados análisis de la noción de alter ego en Husserl y de las ideas de Wittgenstein acerca de la imposibilidad de un lenguaje privado: una verdadera Filosofía del lenguaje que va al fondo de las cuestiones esenciales, bien lejano de las minucias propias de la analítica positivista, que no termina más que en un preciosismo sobre lo que nos deja indiferentes.

Finaliza el libro con un estudio detenido del problema moral de la mentira y las funciones de la justicia y la prudencia en la comunicación de la verdad, estudio que no elude la complejidad de las múltiples variables que ahí han de ser atendidas.


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