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El descrédito del deber

El objeto de este breve ensayo es describir de manera muy esquemática algunos de los resortes morales básicos que impregnan la vida cotidiana de las sociedades occidentales contemporáneas y, en particular, de la sociedad española de nuestros días. No se trata de enhebrar una rigurosa y erudita reflexión sobre los fundamentos del pensamiento ético actual, sino de intentar, mucho más modestamente, un dibujo misceláneo, pero consistente, que conecte fenómenos tan diversos como el Padre Apeles, la aprobación por el Congreso de la toma en consideración de una proposición de ley para homologar civilmente las uniones de hecho homosexuales a los matrimonios estándar, la presión de grupos influyentes en favor de la legalización de la eutanasia activa, los conciertos multitudinarios de rock para recaudar fondos con destino a paliar el hambre en el África subsahariana, la discriminación positiva de las minorías, la indiferencia con la que asistimos a la progresiva fragmentación de la nación española o la proliferación de decálogos de deontología profesional para periodistas.

Nuestro universo moral inmediato es elástico, polícromo y, en ocasiones, bastante inasible. Experimenta variaciones muy rápidas y se adapta aceleradamente a la aparición de espectaculares novedades en los campos científico, tecnológico, sociológico, cultural, religioso y mediático. Ha de generar respuestas en tiempo real a la oveja Dolly, a la petición de los colectivos homosexuales para que se les reconozca el derecho de adopción, al descubrimiento de que el fútbol es un bien de interés general, a las confesiones televisadas de Bárbara Rey sobre su distribución selectiva de cariño a los necesitados de tan cálido producto, o a la publicación en rotativos de gran circulación de sumarios judiciales sometidos a secreto. Esta necesidad continua de metabolizar y clasificar éticamente tantas y tan amenas sorpresas somete a nuestras conciencias a una gimnasia verdaderamente emocionante. Por ello, resulta de cierto interés examinar los instrumentos elementales de valoración y decisión moral del ciudadano medio en esta España nuestra, plurisecular y fininacional.

Curiosamente, asistimos a un innegable y ampliamente celebrado regreso de la ética al discurso y a la preocupación públicas. Se abusa del propio vocablo hasta extremos alarmantes y se recurre a él de forma en ocasiones grotesca. Así, es frecuente oír a comentaristas de radio o de televisión, a políticos, a empresarios, a estudiantes de filología hispánica o a voluntariosos entrenadores de equipos de fútbol afirmar de un determinado comportamiento individual o de una iniciativa colectiva concreta: «Esto no es ético», en el sentido de «es inmoral». Sin duda, todos quedaríamos desconcertados si un analista de sistemas ante un programa de ordenador mal concebido se lamentase diciendo: «Esto no es informático», pero, en cambio, aceptamos sin protestar el mal uso del adjetivo en el caso de la ética. Y es que la ética lo invade todo con voracidad creciente, las tertulias radiofónicas, las aulas escolares, las convenciones de agentes comerciales, los consejos de administración, los consejos de redacción, incluso ocasionalmente se oye resonar en algún púlpito una admonición ética, lo que no deja de resultar tranquilizador.

Hace apenas tres décadas, los golden sixties clamaban por la liberación sexual, capilar y laboral, y cualquier apelación a la moral era rechazada como muestra de represión farisaica o de anacronismo pequeño-burgués. Se trataba de romper todos los moldes, acabar con todas las convenciones y prohibir todas las prohibiciones. Todavía en los setenta, Marcuse y los profetas del éxtasis tóxico se enseñoreaban de los campus al tiempo que Valery Giscard d’Estaing se refería a Mao como «faro del pensamiento universal» y recibía a Sartre en El Elíseo llamándole «cher maítre». Todo esto parece hoy tan lejano como el paleolítico superior. La ética cabalga de nuevo y la apelación a referentes morales es omnipresente y frecuente.

Por supuesto, existe en paralelo a la reactivación del factor ético un clamor jeremíaco de denuncia de desaparición de los valores y de desbordamiento individualista ajeno a cualquier inquietud moral. Se señala y se pinta con los tintes más sombríos un proceso de decadencia y disolución imparable, cuyas manifestaciones serían la dualización progresiva de las sociedades capitalistas, el aumento alarmante de los índices de delincuencia común, el deterioro de la institución familiar, la multiplicación de los escándalos financieros y políticos, los numerosos crímenes sexuales con víctimas infantiles y el éxito de «Esta noche cruzamos el Mississippi». Sin duda, la ebullición ética de nuestro panorama público puede ser vista como la dolorosa reacción al deterioro generalizado de las costumbres que padecemos. Pero nos hallaríamos, en ese caso, ante una paradoja de difícil solución. Si el egoísmo individualista irresponsable está tan extendido y tan enraizado, si la desvertebración anómica de nuestra sociedad es tan irreversible, ¿cómo se explica que tanta gente reclame y se identifique con el enfoque ético de los problemas? ¿Cómo se conjuga la idolatría del ego indiferente a la desgracia ajena con la apología casi frenética de la solidaridad, la responsabilidad, el altruismo y la honradez a la que asistimos sin cesar? Resulta inevitable establecer la conclusión de que el modelo neoindividualista imperante tras el derrumbe del socialismo real y el abandono de la permisividad descontrolada de los años sesenta es más complejo de lo que en principio admiten los tratamientos simplistas. El nuestro es un tiempo de reconciliación entre individualismo y moralidad.

Efectivamente, nos encontramos ante un resurgimiento de la ética de una envergadura abrumadora, pero ¿de qué tipo de ética se trata? Cuando el ciudadano de a pie califica hoy un suceso o una acción concretas como moralmente encomiable o reprobable, ¿de qué moral está hablando?, ¿cuáles son sus referentes axiológicos y cómo los incorpora a su percepción y análisis de la realidad que le circunda? ¿Cuál es su sensibilidad ética?

Éstas son las preguntas que intentaré, si no responder, por lo menos atisbar en estas páginas.

DEBER SIN RELIGIÓN, RELIGIÓN DEL DEBER

Desde los orígenes del cristianismo hasta finales del siglo XVII, la moral era indisociable de la religión. La forma correcta de vivir emanaba de la Sagrada Escritura y de la doctrina de la Iglesia, única e indubitable hasta la reforma protestante, diversificada después de la revolución luterana. El ser humano es visto hasta la llegada de las Luces como portador del pecado original y, por tanto, necesitado de la guía de la fe redentora para alcanzar la auténtica virtud. Todos los teólogos coinciden en que, sin el conocimiento y el amor al verdadero Dios, no hay valor en el comportamiento de los hombres, aunque éste aparezca como bondadoso y loable.

Aunque existen precedentes en la Antigüedad clásica del enunciado de órdenes morales autónomos sin justificación trascendente y sin otro fundamento que la naturaleza o la razón, no es sino hasta la Ilustración cuando la sociedad es dominada por valores estrictamente laicos.

Al igual que la edificación de una ciencia experimental liberada del corsé bíblico y de un sistema jurídico-político autosuficiente que rompe las cadenas de la autoridad absoluta del monarca de origen divino, la afirmación de un orden moral ajeno al dictado de la Iglesia, de naturaleza racional e independiente de la verdad revelada, es uno de los signos definitorios de la modernidad y uno de los rasgos más característicos de nuestra cultura democrática. En efecto, la ética de los derechos del individuo construida a partir de principios no confesionales es el patrón moral de los tiempos modernos y de las modernas democracias. Se trata de una ética universalista y laica, surgida de los ideales de la soberanía individual y de la igualdad civil, consideradas imperativos inamovibles de la razón moral y del derecho natural que cristalizan en el valor absoluto de la modernidad: el individuo humano. Lo que va a fundamentar la organización social y política a partir del siglo XVIII no es ya la obligación hacia el legislador divino o investido por la divinidad sino los derechos inalienables, naturales e imprescriptibles de los individuos-ciudadanos.

Al convertirse el ciudadano en el objeto principal de la cultura democrática, la atención moral se concentra en la defensa y el reconocimiento de sus derechos subjetivos. Los deberes no desaparecen, sino que incluso se refuerzan, y derivan de los derechos fundamentales del individuo, de los que son correlatos. Los deberes reciben su formulación explícita de los derechos inviolables de las personas y nacen de ellos, en tanto que obligaciones de respetarlos.

Merece la pena destacar, en relación con el concepto contemporáneo de moral, que la Ilustración consigna el derecho a la felicidad como un derecho natural del ser humano, aspiración que emerge como un parámetro central de la nueva cultura individualista, en paralelo a la libertad y la igualdad. El placer se desembaraza así de su carga pecaminosa de origen religioso y la consecución de una vida feliz adquiere carta de legitimidad.  Asimismo, el mejor pensamiento liberal anglosajón rehabilita en los siglos XVIII y XDC los deseos egoístas y los intereses privados, al presentarlos como instrumentos —la «mano invisible»— del bienestar y la prosperidad del conjunto. Se consolida así el núcleo del pensamiento ético del que somos herederos, a saber, la colocación en primer plano de los derechos individuales al placer y al logro de fines particulares y personales, la reivindicación y desculpabilización del egoísmo.

Sin embargo, y paradójicamente, la irrupción del deber sin religión alumbró una exigente religión del deber, cuya ausencia de conexión con el más allá no le quitó un ápice de severidad y de rigor. Hasta mediados del presente siglo, los derechos del individuo han coexistido con una idealización del deber que roza la obsesión. Durante más de doscientos años, las sociedades modernas se entregaron con fervor entusiasta al cultivo del desinterés y de la abnegación, a la imposición coactiva de la pureza de costumbres y a la promoción de virtudes públicas y privadas. El marchamo laico de la ética basada en los derechos del hombre no le quitó un ápice de intransigencia y de inexorabilidad.

Rousseau, Kant, Comte, entre otros, llevaron a su cénit la glorificación del deber heroico e incondicional. La «inocente imagen de la virtud», el «imperativo categórico», el «vivir para otro», introdujeron con notable éxito y aceptación mayoritaria la imagen del comportamiento virtuoso como renuncia total y abnegación sin límites. La ideología económica y política liberal no consiguió de entrada la implantación de un individualismo sin cortapisas que permitiese a cada uno vivir a su manera de manera flexible y tolerante. Por el contrario, el egocentrismo de los derechos del individuo autónomo fue de inmediato implacablemente coartado por la exigencia desbordante del deber.

La religión cívica roussoniana de supeditación de los intereses personales a la voluntad general desembocó en el jacobinismo revolucionario y en el puritanismo republicano impuesto mediante la utilización masiva de la guillotina. A lo largo del siglo XDÍ y bien entrado el XX, la formación de los jóvenes ha pretendido hacer de ellos buenos ciudadanos, dispuestos a sacrificarse por la colectividad hasta las últimas consecuencias.

En cuanto a los enemigos de la democracia liberal, han extremado siniestramente la liturgia del deber. Los nacionalismos demandan a los individuos la subordinación total al interés y a la identidad tribales provocando holocaustos de dimensiones estremecedoras y atropellando sin contemplaciones derechos individuales inalienables. La izquierda revolucionaria marxista, por su parte, elaboró una ética dogmática que aplastaba a sus militantes con una disciplina férrea y esclavizaba al resto de los ciudadanos en aras del sentido inapelable de la Historia y de la construcción de la utopía igualitaria.

Hasta tal punto ha sido intensa la presión del imperativo moral a lo largo de los últimos dos siglos, que los esfuerzos para desacreditar y cuartear el ideal moral han sido también considerables. De Maquiavelo a Hegel, el mal es invocado como herramienta adecuada para salvar el Estado y garantizar el progreso de los pueblos. De Stirner a Freud, de Marx a Nietzsche, de Sade a Bretón, se vivisecciona la moral convencional y se la denuncia como hipócrita y represora.

La modernidad presenta así dos rostros: uno encarna la apología ferviente del imperativo moral y de la entrega al deber, el otro lo deslegitima y lo descalifica sin cuartel. La sacralización laica del deber tiene como envés la negación blasfema de la conciencia virtuosa. Maquiavelismo contra moralismo, utilitarismo contra idealismo, libertinaje contra puritanismo, la religión moderna y laica del deber, negada o afirmada, establece definitivamente la autonomía del sujeto moral que sólo atiende a la ley de la racionalidad, de la naturaleza o de sus deseos desatados.

La afirmación de una moral autónoma liberada de un Dios remunerador o vengador y desprovista de dogmas religiosos no ha sido un proceso breve ni fácil. Locke excluía del ámbito de la tolerancia a los ateos, cuya extrema impiedad socavaba el orden civil y no merecía a sus ojos más que la represión y el desprecio. Hubo que esperar al segundo tercio del siglo XX para que la Iglesia retirara su estigma a la «moral sin Dios» y se iniciasen las maniobras de aproximación entre el campo laico y el campo católico. La época moderna ha conseguido, no sin esfuerzo, patente de normalidad para la idea de una vida moralmente correcta separada de la fe, lo que podríamos denominar igualdad de principio, en el terreno moral, entre creyentes y no creyentes. La legitimidad ética queda así abierta a todos, independientemente de sus convicciones metafísicas. Y lo que es particularmente interesante de cara a interpretar los mecanismos éticos de nuestro tiempo, la responsabilidad moral humana se relativiza y se vuelve compleja. Desprovista de connotaciones religiosas, nuestra vida moral puede ser analizada en términos de la educación recibida, del ambiente social y familiar en el que nos hemos desarrollado y de nuestro psiquismo inconsciente. Aparece una responsabilidad moral que es función del tiempo y de las circunstancias y que genera procesos de posible desresponsabilización, parcial o total, de los individuos según haya sido su historia personal. Esta semilla exculpatoria ha florecido pujante y está dando actualmente frutos en fragante sazón.

La heterodoxia ya no es condenable, sino la coacción y la violencia que aplastan la libertad íntima de las conciencias. Este saludable principio ha llegado en el presente escenario político español a su culminación más espectacular, porque los aparatos partidistas ya no persiguen a los heterodoxos como en el pasado, sino a los ortodoxos que no se adaptan con la agilidad requerida a los cambios climáticos. Es como si la Inquisición llevase a la hoguera a los cristianos viejos de sangre incontaminada y comunión diaria. Vivir para ver.

La moderna moral secularizada ha progresado en dos direcciones distintas. Una configura una ética que nos indica el camino para ser felices. Para Bentham o Stuart Mili, la búsqueda racional del propio interés nos hace virtuosos porque está en nuestro propio interés el ser moralmente correctos. La corriente utilitarista armoniza felicidad y virtud, amor a uno mismo y bien común, ya que al fin y al cabo, de acuerdo con su interpretación, el Bien es sinónimo de placer y de utilidad. El otro enfoque separa deber y felicidad articulando sistemas morales de pura obligación. La moralidad demanda sacrificios integrales y definitivos y el requisito de la virtud es el supremo desinterés. Rousseau nos pedía que desgarrásemos nuestro corazón para cumplir con nuestro deber, Kant propuso purificar la acción moral de toda motivación sensible y Comte se erigió en profeta de una nueva religión laica al servicio de la Humanidad. La aparición del concepto del derecho del individuo a la felicidad tuvo como contrapeso la llamada a la renuncia a uno mismo, al despego de las ventajas materiales, a la inmolación del individuo en el altar de la Nación o de la Historia.

A pesar de su carácter ambivalente, la moderna exaltación del deber ha sido dominada hasta los años cincuenta de este siglo por la tentación omnicomprensiva del imperativo moral. El moderno culto del deber se ha extendido más allá de la cultura filosófica y política, determinando con igual intensidad los ámbitos más dispares de la vida cotidiana y de la actividad social. La obsesión moralizadora ha orientado a las sociedades democráticas desde sus inicios como tales y el tratamiento decimonónico de la sexualidad o de las relaciones familiares, por poner ejemplos especialmente llamativos, ilustran hasta qué punto el afán rigorista, represivo y disciplinar ha acompañado permanentemente hasta hace muy poco al desarrollo de la modernidad.

El castigo al beso en público, las legislaciones penalizadoras del adulterio, del divorcio o de la homosexualidad, aunque fuera consentida y entre adultos, no están tan lejanas en el recuerdo en muchos países occidentales. El celo represivo de corte religioso no sólo no fue mitigado por la modernidad democrática, sino frecuentemente reforzado con argumentos médico- científicos. Los higienistas del siglo XDÍ transformaron lo que era pecado en patología o en perversión. Los deberes familiares tuvieron hasta fechas muy recientes primacía sobre los derechos subjetivos, y la educación de los hijos, tanto en los hábitos socialmente aceptados como en el marco jurídico, ha estado presidida en la mayor parte de este siglo por un modelo disciplinario que ha puesto el énfasis en la autoridad de los padres y los deberes filiales de obediencia a todo trance.

La pasión del deber ha sido una nota distintiva y permanente de las sociedades occidentales avanzadas y sólo muy recientemente esta fiebre se ha calmado. Durante casi dos siglos la moral moderna ha operado como una religión del deber secularizado. Este período ha terminado y todo parece indicar que estamos ante su cierre sin retorno. De esta época nueva e inquietante en la que estamos inmersos y en la que la noción del deber, tal como la aprendió en su infancia mi generación, se transforma y se debilita, quisiera hacer un breve apunte a continuación.

LA ÉTICA INDOLORA: EL DESCRÉDITO DEL DEBER

Pronto hará medio siglo que las sociedades democráticas han entrado indisimuladamente en una etapa que Gilles Lipovetsky ha bautizado alborozadamente como la época del posdeber. Por primera vez en la Historia, los órdenes morales superiores no son obedecidos y sacralizados o combatidos y denostados, sino trivializados y relativizados. El ideal de abnegación y de entrega a una causa trascendente es abandonado y nuestra visión de la «vida buena» se adelgaza metafísicamente, mientras los deseos contingentes, el masaje relajante del ego y la privacidad placentera y materialista son cultivados y apreciados como objetivos dignos y asumibles. El imperativo de unirnos a algo más allá de nosotros mismos, que nos ennoblezca y nos eleve a cimas heroicas de proyección universal, ya no opera en nuestros espíritus, que empequeñecen sus ambiciones existenciales y escatológicas al nivel de un agradable bienestar inmediato conseguido mediante la satisfacción de derechos subjetivos. Hemos instaurado una ética sin obligaciones ni sanciones, una ética sin dolor y sin renuncia, la ética de la sociedad posmoralista. La retórica del deber sobrio, ilimitado, separador implacable del Bien y el Mal, suena hueca e incluso ridícula en nuestros oídos ansiosos del ritmo cálido de la fiesta vitalista y amable.

El clima posmoralista mayoritario no ha eliminado del todo las corrientes éticas severas y dogmáticas. Numerosos grupos virtuistas reivindican un concepto rigorista y absoluto de la moral, y los movimientos antiaborto, antipornografía, en favor de la reinstauración de la pena capital o de una legislación hiperrepresiva contra la droga, desarrollan una intensa actividad que, lejos de apaciguar el debate ético, lo enconan y lo agigantan convirtiéndolo en un espectáculo de masas llevado por la televisión, en tono simplista y estridente, a millones de hogares. Por supuesto, esta concepción absolutizadora del deber es minoritaria y sus impulsores se agrupan en organizaciones cerradas y beligerantes que se sitúan en la periferia de la opinión al uso. Aunque subsiste una presencia paralela de dos abordajes antitéticos de la remisión a los valores, una dialogada, acomodaticia, coyunturalista, y pragmática, rebajadora de umbrales, sincretizadora de criterios múltiples y atenta a las excepciones y las singularidades, y otra dicotomizadora, justiciera, universalista, y nítidamente definidora de obligaciones y de faltas, y su enfrentamiento no presenta apariencias de mitigarse, la tendencia dominante es clara y resulta evidente cuál de las dos está ganando la batalla.

El descrédito del deber agudiza la dualización de las sociedades democráticas, produciendo simultáneamente más integración y más exclusión, más autodisciplina higienista y más abandono a la autodestrucción del alcohol o las drogas, más rechazo a la violencia y más frivolización del delito. El individualismo avanza en todas partes y ofrece dos caras antagónicas: limpio, ordenado, civilizado, integrado, para la mayoría, y caótico, rupturista y antisocial en las nuevas y numerosas minorías apartadas del circuito convencional. Cuando se extingue la llama sagrada del deber, no nos amenaza de entrada la barbarie desatada ni la abyección universal, sino que asistimos a un interesante y complejo proceso de yuxtaposición de desorganización y de reorganización ética, en el que emergen nuevos códigos, siempre individualistas, pero no por ello menos deseosos de estructurar y encauzar la vida social.

En cualquier caso, hemos de ser conscientes de que la búsqueda de ese futuro sostenible y merecedor de vivirse se sitúa en condiciones de contorno muy distintas a las de hace medio siglo. Ya no disponemos de uno de los más poderosos instrumentos de regulación social que operaban en un pasado aún reciente: el sentido del deber. Ni siquiera el propio término «deber» es utilizado habitualmente en el discurso político, social, educativo, empresarial o religioso. Casi nadie se atreve a apelar explícitamente a nuestro compromiso con el cumplimiento de nuestro deber. En medio del clamor en favor de despenalizar la insumisión o de legalizar las parejas de hecho con indiferencia de su sexo —hasta el momento los tríos, cuartetos o grupos de cámara sólo son una propuesta experimental que demuestra las interesantes posibilidades del principio de subsidiariedad—, resulta excéntrico invocar una palabra tan solemne. El que hoy se atreviese a comparar «la ley moral en mí» con la grandeza del «cielo estrellado por encima de mí» sería rápidamente borrado de la lista de personas adecuadas para ser invitadas a cenas selectas. La moral ya no conmina; se conforma con acariciar, recomendar u optimizar.

Tras la exuberancia efímera de la contracultura contestataria e iconoclasta, la cuestión ética retorna con insólito vigor al escenario público democrático, pero no representa ni de lejos una resurrección de la antigua doctrina sobre el deber. No nos dejemos deslumbrar por los shows televisivos con fines benéficos, ni por la abundancia de organizaciones no gubernamentales de ayuda al Tercer Mundo o a los marginados del Primero, ni por las plataformas o los manifiestos en defensa de los derechos y las libertades. Mientras el Foro Babel reúne las firmas de lo más granado y conspicuo de la intelectualidad catalana izquierdante, las familias de Hospitalet de Llobregat, de Sta. Coloma de Gramanet o de Sant Adriá del Besos siguen sin poder elegir libremente el castellano como lengua de escolarización de sus hijos. Y nadie va más allá de la muy medida protesta verbal. Apoyo a los desvalidos y a los oprimidos, sí, pero sin llegar a heroísmos inconvenientes, que podríamos despeinarnos o perder la subvención. Consagrar la vida sin reservas a los necesitados, a la familia, a la ciencia o a la nación sería una exageración de dudoso gusto, propia de fundamentalistas arcaicos y molestos. Hay que reciclar la moral para servirla en forma de espectáculo, para primar la comunicación de las reglas sobre su contenido, para que sea objeto de consumo interactivo y cuasilúdico.

Nuestro horizonte ha de consistir en la realización personal plena de una vida de calidad y no en la obediencia al imperativo solemne de la extrema virtud. En la era posmoralista, la sociedad pide límites asequibles y cercanos, prefiere la responsabilidad equilibrada y razonable al deber abnegado y ferviente. Las leyes han de ser prudentes y tibias, del alcance estrictamente necesario para proteger los derechos individuales de cada uno, sin introducir obligaciones arduas o exigencias de excelencia o de superación. La ética mayoritariamente asumida es una ética exploratoria, cauta, retráctil, adaptable. La ética que se lleva, por utilizar un término que a algunos de los lectores les sonará familiar, es una ética de centro.

La transformación posmoralista alcanza todos los ámbitos que se relacionan con lo que está prohibido y con lo que está permitido, con lo correcto y lo incorrecto, con lo que está bien y lo que está mal. Pero si hay una esfera en la que la cultura del minimalismo ético es aparente e inequívoca es en la del placer.

La segunda mitad del siglo XX ha visto declinar imparablemente la noción del deber para recibir la irrupción del deseo sin ambages de felicidad subjetiva, de búsqueda del placer y de desculpabilización del sexo. Sin duda, éste es el aspecto más notorio del cambio posmoralista. La Ilustración introdujo la felicidad como ideal social, pero el derecho a una existencia agradable y placentera en todos los órdenes quedó sometido, tal como ya he señalado, al reclamo superior de los deberes de renuncia a uno mismo. Este primer -y largo— ciclo democrático de control y de represión del placer en función de finalidades y valores superiores se ha cerrado y nuestra cultura cotidiana exhibe sin rebozo la pretensión de placer autónomo respecto a la moral. La desaparición del puritanismo en los hábitos sociales y en las relaciones sexuales no significa, pese a todo, permisividad desenfrenada ni libertinaje frenético. Nuestra sociedad está ávida de moderación, corrección y orden, y condena los excesos, aunque lo haga en nombre de la gestión óptima de recursos y del bienestar físico y mental, y no al servicio de los valores idealizados. Vivimos un hedonismo ligero y autorregulado, que cede al principio del placer sin perder de vista el principio de la realidad.

UN INTERROGANTE FINAL

Cada época requiere un andamiaje ético que la sostenga frente a los desafíos sociales, políticos, científicos y técnicos que se le planteen. Más que la acuñación de nuevos sistemas de valores, porque los referentes axiológicos fundamentales de Occidente no han variado significativamente desde que Sócrates y Jesucristo los dejasen establecidos con carácter perenne, la forma de interpretar esos valores, su jerarquía y su cristalización en reglas concretas de convivencia han experimentado notables variaciones a lo largo de la Historia. En lo que se refiere a la ética vacía de deberes y rebosante de derechos que constituye nuestro ecosistema axiológico contemporáneo, cabe preguntarse: ¿es adecuada para responder a los problemas que nos formula un nuevo milenio plagado de incertidumbres y espoleado por una aceleración tecnológica sin precedentes? Una moral desprovista de autoexigencia y de aspiración a lo sublime, ¿será capaz de proporcionarnos el valor, la motivación y la firmeza indispensables para afrontar los riesgos gigantescos de un mundo multipolar, demográficamente explosivo y asediado por la irracionalidad deletérea del instinto identitario y del fundamentalismo dogmático?

¿Será suficiente la apelación a la responsabilidad inteligente y altamente tecnificada, pero carente de ambición trascendente, para mantener el norte de la dignidad y la libertad humanas en sociedades sacudidas por mutaciones inesperadas de alcance inabarcable y sometidas a la angustia permanente de la catástrofe global? Me gustaría acabar con una respuesta afirmativa, pero no lo voy a hacer porque mi razón y mi intuición me dicen lo contrario.

Aristóteles, en la Ética a Nicomaco, nos recomendaba ser en nuestras vidas como arqueros que disparan a un blanco. La salvación de los osos panda, la prohibición de fumar en vuelos nacionales, la recomendación de poner barreras poliméricas entre el amor y los retrovirus o la confección de enormes lazos azules son acciones indudablemente positivas y benéficas, pero sitúan el blanco aristotélico demasiado próximo a nuestros ojos. Tan próximo que nos impide ver allá, muy lejos, a través de los celajes brumosos de nuestra debilidad y de nuestra miseria, aquello que verdaderamente somos y que la ética sin deber que nos invade jamás conseguirá colmar: una sed insaciable de absoluto.


Este texto es una versión abreviada de la conferencia pronunciada en el Curso de Verano de la Universidad Complutense: Nacer, vivir, hablar, morir, celebrado en Almería del 30 de junio al 4 de julio de 1997

John Rawls: «Teoría de la justicia»

John RawlsTeoría de la justicia (A Theory of justice, Harvard University Press, Harvard, 1971 / Teoría de la justicia, Fondo de Cultura Económica, 1979)

Una Teoría de la justicia (A Theory of Justice), de John Rawls, profesor de Filosofía en la Universidad de Harvard, fue considerada en el momento de su aparición como una obra revolucionaria. Ciertamente, se ha convertido ya en un clásico de la filosofía política, traducido incluso a varias lenguas orientales, como el coreano y el japonés¹.

La novedad de su propuesta consiste en ofrecer una teoría liberal de la justicia, crítica con el utilitarismo. Rawls pretende sentar unos principios de justicia que sean aceptables para todos en una sociedad democrática, con independencia de las diversas creencias éticas, filosóficas o religiosas. Para ello se sirve de las teorías clásicas del contrato social y acuña un nuevo vocabulario. En lugar del «estado de naturaleza», ahora nos habla de la «posición original», en la que todos nos encontramos antes de entrar en el Estado de Derecho, bajo un «velo de ignorancia», esto es, sin saber qué lugar ocuparemos después en la sociedad.

Inspiradores de Rawls

Rawls utilizó en su teoría elementos de la filosofía de Kant, Hume, Locke, Hobbes, e incluso Aristóteles, sabiamente combinados. Sus propuestas fueron suficientemente amplias como para ser aceptadas no sólo por quienes defendían el liberalismo clásico, sino también por los socialdemócratas.

Uno de los asuntos claves de la Teoría son los dos principios básicos de justicia que deben ser respetados en toda sociedad democrática «bien ordenada» (well-ordered society), en expresión de Rawls. Estos dos principios son definidos de distinto modo a lo largo de la obra, tal y como ocurrió con las formulaciones del imperativo categórico kantiano.

El primero es el que establece la misma libertad para todos los miembros de la sociedad: «Cada persona ha de tener un derecho igual al sistema total más amplio posible de iguales libertades básicas, que sea compatible con un sistema similar de libertad para todos». Este principio prima sobre el otro, de manera que la libertad sólo puede ser restringida en aras de la propia libertad.

El segundo principio es el de igualdad. Las desigualdades sociales y económicas han de ser configuradas de modo que respondan a estas dos condiciones: en primer lugar, que se pueda esperar razonablemente que sean ventajosas para todos, también para los menos aventajados (worst-off). Éste es el principio de diferencia, que Rawls llama maximin, diferencias ventajosas para todos, pero especialmente para que los menos favorecidos logren el máximo beneficio.

La segunda condición consiste en que estén vinculados a posiciones y cargos accesibles para todos, es decir, que respeten el principio de igualdad de oportunidades.

Justicia y equidad

El modelo rawlsiano de la justicia como equidad se basa en la idea de que la equidad a partir de una posición originaria transferirá esa misma equidad a los principios de justicia. El resultado del acuerdo será justo si el proceso también lo es. Se insiste en la necesidad de una pureza procesual porque el contrato será la única fuente originaria de la justicia. Esos principios son los que cualquier persona racional y libre adoptaría si reflexionara equilibradamente (equilibrio reflexivo).

El ideal liberal de justicia está constituido por estas convicciones de justicia, reflejadas en los dos principios citados. Quienes eligen actúan de forma racional y desinteresada, pues se presupone que la racionalidad es la base de la cooperación social.

Ya desde el punto de partida nos enfrentamos, por tanto, a problemas como la variedad de intuiciones y sentidos o sentimientos sobre lo que es lo justo. Rawls apela entonces al sentido de justicia propio de las modernas sociedades liberales democráticas (en realidad, está pensando en Estados Unidos). Éste constituirá uno de los puntos más criticados de su sistema, que intenta paliar en su obra más reciente El liberalismo político.

La idea rawlsiana de justicia como equidad está referida a la distribución de cargas y beneficios, con vistas a la cooperación social. En definitiva, una intuición moral sobre qué sea la justicia. Rawls no trata de buscar la verdad moral, sino de lograr un objetivo político consensuado entre todos los ciudadanos. En «El constructivismo kantiano en teoría moral», un artículo posterior a la Teoría, publicado en 1980, Rawls abdica de su intento de una fundamentación epistemológica de su teoría de la justicia como equidad para conformarse con una teoría del consenso.

De ahí que Rawls destaque la idea de la autonomía de la voluntad kantiana. Una de las ideas claves es que en la posición original las personas son independientes y autónomas; no deben basarse en ninguna idea moral previa que les lleve a perseguir su propio interés, o en un modelo concreto de «vida buena». Los participantes en la posición original están mutuamente desinteresados ante el hecho de que se preocupan sólo por su propio bienestar, tomado aisladamente (a pesar de lo que afirma Rawls, en el fondo están movidos por el propio interés). No sienten envidia, ni interés en beneficiar o dañar a los demás con su propia búsqueda. En el logro de sus desinteresadas exigencias, las partes son libres para proponer y discutir sobre los principios de justicia que creen serán de mayor beneficio para ellos mismos, y acordarán, en tanto seres racionales que son, lo mejor que se puede obtener de los beneficios de la cooperación social.

Todos los participantes son iguales, tienen igual libertad de decisión, igual valía o dignidad (worth), su relación es simétrica. Esto presupone, en primer lugar, una idea de la persona como agente moral, que tiene una concepción del bien (concepción sobre qué fines personales merece la pena proponerse) y, en segundo lugar, un sentido de la justicia (es decir, una serie de creencias sobre lo que es una cooperación social justa). En la posición original todas las personas son iguales, igualmente morales, y sus exigencias tienen igual fuerza y validez. Para asegurar esto, Rawls introduce el concepto ya mencionado de velo de ignorancia (the veil of ignorance). Su objetivo es evitar toda posibilidad de falta de equidad en las decisiones, suponiendo que todas las partes que entran en el contrato ignoran qué lugar ocuparán en la sociedad después del contrato. De ese modo no pueden favorecerse a ellos mismos a expensas de otros con diferentes cualidades; no pueden utilizar los principios de justicia para perseguir sus fines particulares porque no conocen el contenido específico de su noción del bien. Conocen en general los rasgos de la naturaleza humana y de la sociedad, pero no sus circunstancias particulares, sexo, clase social, inteligencia, talentos, etc., así que no pueden explotar las circunstancias naturales y sociales en su propia ventaja. Su motivación es la búsqueda del propio interés, pero desconocen el contenido de la justicia.

Su elección, la materia sobre la que versa su decisión, son los principios (citados supra) sobre los que se van a construir las instituciones básicas de la sociedad, que determinarán a su vez la distribución de cargas y beneficios.

Los ciudadanos, como seres autónomos que son, deciden por sí mismos, pero se comprometen también a respetar los primeros principios de justicia que hayan acordado. Se conocen las reglas y se aceptan como razonables. Hay un respeto mutuo de unos por otros. La concepción pública de la justicia lleva consigo una restricción formal del concepto de derecho.

Las partes implicadas deben elegir un sistema público de reglas que definan los cargos y posiciones con sus correspondientes deberes, derechos e inmunidades. Todo ello debe ser fijo, de modo que se eviten privilegios. Los casos similares deben ser tratados de modo similar, aunque también deben estar determinadas las diferencias relevantes y contempladas en las normas existentes. A pesar de todo ello, habrá desde el inicio diferencias de opinión y debate, sin que esto impida el acuerdo en la existencia de unos bienes primarios o básicos que permitan al ciudadano poner en práctica su capacidad moral para perseguir el bien y su ideal de justicia. Estas libertades básicas son la libertad de pensamiento, la libertad de conciencia, la libertad de movimiento, la libre elección de ocupación y riqueza, el autorrespeto y la dignidad. Así llegamos al problema de la distribución de los bienes, que se intenta solucionar con los dos principios propuestos. El derecho a la igualdad es prioritario a la obligación de distribución para los desaventajados, así como también la igualdad de oportunidades es anterior al principio de diferencia.

Los bienes primarios, es decir, las libertades básicas ya mencionadas, se extienden a los derechos democráticos necesarios para la protección de los intereses individuales, como son, por ejemplo, el derecho a poseer algo de propiedad privada o la libertad frente a un arresto arbitrario. Las libertades políticas serán las propias de un Estado democrático. La libertad nunca podrá ser vendida por la búsqueda de una mayor prosperidad económica, excepto en la situación en la que el nivel económico de una sociedad sea absolutamente bajo. Rawls defiende la economía de mercado desde el principio de eficiencia. Si se permite el beneficio, éste servirá de incentivo y contribuirá a la mejora de negocios socialmente productivos. La envidia reduciría así las desigualdades, al funcionar como un incentivo. Sin embargo, el límite se encuentra en no perjudicar a otros, lo que sirve de límite social a las desigualdades económicas. Rawls rechaza el utilitarismo clásico que maximiza la cantidad total sin referencia a la distribución.

Para todo ello se requiere no sólo igualdad de derechos legales sino también igualdad educativa y de recursos materiales, ambas necesarias para el desarrollo de los talentos individuales heredados.

Una vez elegidos los principios de justicia, se debe crear una asamblea constitucional para elegir un gobierno; después se legislarán leyes y éstas serán aplicadas por los jueces. Tenemos ya los tres poderes; el legislativo, el ejecutivo y el judicial.

El factor humano

Rawls establece en la naturaleza humana la existencia de ciertos deseos, necesidades y habilidades. Se trataría del principio aristotélico según el cual «siendo iguales, los seres humanos disfrutan del ejercicio de capacidades conocidas, de habilidades innatas o adquiridas. Su disfrute aumenta cuanto más consciente sea de ellos, o cuanto mayor sea su complejidad».

En definitiva, Rawls ensaya una alternativa al utilitarismo, en la que se integran el principio universal de Kant, el espectador imparcial de Adam Smith y la inserción del individuo en una comunidad social, que tenga en cuenta a los desaventajados, siempre desde una perspectiva de una sociedad liberal.

Durante veinte años, la teoría de Rawls ha recibido todo tipo de críticas, a las que él ha ido contestando en diversos artículos, recopilados finalmente en la obra El liberalismo político. Aunque esta última obra es sugerente, y sí se puede hablar de algunas novedades conceptuales, Rawls sigue siendo fiel a los principios de su Teoría y, por tanto, las críticas siguen siendo igualmente pertinentes. De todos modos, abandona los aspectos de aquélla que eran más socialdemócratas, como el principio de diferencia y la necesidad de la redistribución de los bienes.

Entre las críticas más sagaces a la teoría de Rawls es obligado mencionar a las que provienen de la izquierda (Bernstein, Unger, Mc-Carthy, Tugendhat) o de la socialdemocracia antiliberal (Campbell). También son muy importantes las del comunitarismo (Sandel, Maclntyre, Taylor, Walzer), el feminismo (Benhabib, Mackinnon), el republicanismo de los seguidores de Hanna Arendt, las formuladas por los discípulos de Leo Strauss (Bloom, Pangle) e, incluso, aquéllas que provienen de las propias filas del liberalismo (Raz, Kymlicka, Dworkin, Alexy, Ackerman, Barry). Un caso distinto es el de Habermas que, a pesar de su republicanismo kantiano, ha acercado tanto sus posiciones a Rawls que se le podría eliminar de las filas de los críticos.

Citaré de un modo telegráfico algunos de los muchos problemas que presenta la Teoría de la justicia de Rawls. Parece difícil que quienes buscan su propio interés tengan en cuenta las libertades básicas aquí descritas. Por otra parte, es difícil que se llegue a un acuerdo cuando cada persona posee su propia visión moral sobre qué es la justicia natural. Es contradictorio ejercer una elección racional basada en la ignorancia, porque además el establecimiento de una básica estructura social requiere partir de una concepción del bien. Algunos preferirán elegir como meta organizar la sociedad basándola en la búsqueda del placer, y no en una sociedad bien ordenada.

Rawls parte de un principio no demostrado como es la autonomía de la voluntad kantiana, que le lleva a establecer la necesidad de la tolerancia como primer principio. Sin embargo, deja sin contestar cuál es el fundamento de la dignidad humana. Toda su teoría no parte de cero, parte de toda la tradición liberal ética y política que asume pretendiendo no hacerlo, o pretendiendo no tener presupuestos epistemológicos. En El liberalismo político mantiene la misma tónica, pretendiendo construir una teoría política sin presupuestos epistemológicos, lo cual resulta imposible.

Una teoría de la justicia basada en el contrato, que quiere ser fuente de derechos, cae bajo la sospecha de parcialidad. Rawls tampoco es coherente en su definición de la justicia como equidad, pues atiende al problema de la distribución una vez constituida la sociedad y creadas las desigualdades como consecuencia de la diferente distribución de los recursos naturales.

En relación con los principios de justicia, el Estado de bienestar debería cubrir, a diferencia del Estado liberal rawlsiano, y en primer lugar, las necesidades básicas de quienes no tienen lo esencial para vivir. De hecho, ésta constituye una diferencia importante entre la organización social europea y la estadounidense. En España existe el sistema de ayuda social para quienes disponen de rentas mínimas; en Alemania, por poner otro ejemplo, el Tribunal Constitucional otorgó lo que se llama el «derecho de pobres», que viene a ser lo mismo.

En principio la teoría de Rawls parece tener en cuenta a los más necesitados, pero existen contrariedades que se mantienen en su última obra. Por supuesto que el Estado de bienestar no puede reducirse sólo a cubrir las necesidades de los que no pueden procurarse por sí mismos los bienes esenciales. Se hace, por tanto, extensible a la provisión de salud pública y educación para cada uno de los ciudadanos, incluidos los que podrían solventar por sí mismos estas necesidades. Una de las características del Estado de bienestar es que proporciona estos servicios en igualdad, a la vez que se sostiene con la contribución desigual de los ciudadanos, a través del pago de impuestos progresivos al Estado en función de los ingresos. Los servicios se prestan de acuerdo a las necesidades y no de acuerdo a las capacidades de pago, a través del mecanismo fiscal del Estado. En este sentido, hay que reconocer a la Teoría de Rawls el mérito de superar el individualismo posesivo propio del liberalismo clásico, así como su preocupación por la redistribución y por los menos favorecidos de la sociedad, que le lleva, yendo más allá de la mera reivindicación de los derechos individuales, a un intento de superar las desigualdades naturales, o las que son fruto de las circunstancias familiares o del entorno social.

Ralws incluso supera la idea tradicional del liberalismo clásico que situó la ayuda a los necesitados como una parte de la virtud de la benevolencia o de la beneficencia (o caridad), pero sin considerarla una exigencia de la virtud de la justicia.

No obstante, y a pesar de todo ello, el principio de diferencia parece beneficiar más a los aventajados que a los necesitados. Además, al primar la libertad sobre la necesidad, se ponen las bases de una sociedad competitiva en la que ganan y se enriquecen siempre los que partían de una posición favorable; de este modo, aumenta la desigualdad económica.

Economía

En sus ideas sobre economía, Rawls sigue bastante de cerca al pensador escocés Adam Smith, aunque admite una mayor intervención del Estado, para corregir las desigualdades. Entre las libertades básicas están contempladas, por supuesto, el derecho a la libertad de mercado, el derecho a la propiedad privada, el derecho a la competitividad dentro de lo justo y razonable, y el derecho a derechos económicos iguales. Sin embargo, no considera negativo que aparezcan diferencias. La diferencia en habilidades traerá consigo la diferencia en las riquezas, dado un sistema de incentivos de libre mercado. Rawls admite así diferencias en la recompensa por servicios o méritos de los elegidos según sus habilidades. De este modo, aunque haya rechazado la aristocracia, apoya cierta meritocracia. El principio de diferencia es compatible con significativas desigualdades, que para nuestro autor son positivas, ya que no se trata de promover una sociedad igualitaria.

En la teoría de Rawls hay todavía un grupo más desfavorecido que los propios desfavorecidos, a saber, los no dotados, pues quedan excluidos de la posición original y carecen así de representación. Los participantes debían reunir unos requisitos, como el de ser personas racionales, una serie de cualidades que les permitieran formar parte activa de la sociedad. Por tanto, los incapacitados, los enfermos físicos o mentales quedan excluidos. Rawls tampoco contempla la posibilidad de accidentes o de pérdida de las capacidades, de enfermedades incurables. Los infortunios y los desafortunados no pueden ser parte del contrato original. Una aplicación estricta del principio de la diferencia llevaría a que el Estado de bienestar se ocupara de esas personas, pero Ralws no les incluye ni siquiera en el grupo de los desfavorecidos; la distribución se hace solamente entre quienes contribuyen económicamente a la cooperación social.

Si se lee atentamente El liberalismo político, se comprobará que la postura de Rawls en este aspecto (la integración de los no dotados) no ha sido rectificada. En todo caso, el principio de diferencia ha sido más bien olvidado a favor del primer principio. En esta última obra siguen siendo también deficientes las acciones positivas del Estado en la rectificación de las desigualdades, ya que no se incluyen en los contenidos esenciales de la Constitución. Todo ello sin que hayamos mencionado aquí los problemas que plantea la Teoría de Rawls en sus explicaciones de las relaciones entre las doctrinas comprehensivas y la política, la integración de las diferencias culturales en su teoría liberal, y nuevos conceptos como el consenso entrecruzado, la razón pública, etc.

Aunque Rawls ha acercado posiciones al comunitarismo, las diferencias persisten en los cinco puntos resumidos por Stephen Mulhall y Adam Swift: (Liberáis and Communitarians, Blacwell, Oxford, Cambridge USA, 1992): la concepción liberal de la persona, que prima la libertad por encima de otros valores (como el de la obligación y los deberes cívicos, prioritarios para las visiones republicanas); el individualismo asocial frente a la exigencia de solidaridad con el grupo; un universalismo homogéneo que no atiende a los derechos culturales de las minorías y mayorías; el formalismo y relativismo ético frente a una ética con contenidos sustantivos objetivos; finalmente, la idea de que el Estado debe ser absolutamente neutral ante los valores y no perseguir mejorar la vida de los ciudadanos, frente a la concepción perfeccionista del comunitarismo, que vincula vida privada y esfera pública en la persecución de una vida buena.

Quienes se sientan satisfechos con Teoría de la justicia verán sus tesis confirmadas en el último Rawls, y quienes esperaban algún cambio, habrán esperado en vano. No obstante, como señala Roberto Gargarella², los cambios de la última obra han decepcionado incluso a algunos de los «fieles devotos del siempre lúcido pensamiento de Rawls». Rawls ha dado un giro para preocuparse de las sociedades multiculturales y heterogéneas, del pluralismo religioso y cultural, pero no ha resuelto los problemas de la integración racial, la perspectiva de género (igualdad y diferencia varón-mujer), la necesidad de acciones positivas para el logro de la igualdad económica dé hecho, y los derechos a una ciudadanía diferenciada en función del grupo³.

¹ · Seguiremos aquí la síntesis certera que ofrece el profesor Tom Campbell, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Glasgow, recogida en su obra Justice de 1987, publicada en Edimburgh University Press.
² · «Los críticos del Liberalismo político de John Rawls», Claves de Razón Práctica, n° 76, octubre, 1997, págs. 61-64.
³· Cfr. Kymlicka, La ciudadanía multicultural, Paidós, Barcelona, 1996.





La imagen que encabeza este artículo es un fragmento de esta que se encuentra en Pixabay y firma Ezequiel Octaviano.

Las ilustraciones son de Diego Mora-Figueroa

Elogio a Pla

Las etiquetas políticas han lastrado durante años la figura de Josep Pla (Palafrugell, 1897- 1981), recuperado a veces para ser tildado de escritor conservador o «colaboracionista», y no para reconocerle como uno de los grandes prosistas españoles de este siglo. Tenía que llegar -ya es triste y a veces costumbre— el centenario de su nacimiento para que los alumnos más avispados de las facultades de Comunicación rescataran los libros del escritor ampurdanés de los fondos de las bibliotecas y vieran en Pla a un maestro, a un escritor y periodista total.

El hombre del abrigo, de Valentí Puig
Destino, Barcelona, 1998, 269págs.

Valentí Puig, con El hombre del abrigo, premio Josep Pla de 1998, da luz y deshace reduccionismos que merodean en torno al escritor catalán. El autor, que escribe desde el agradecimiento, ha pretendido elogiar a Pla, y al hacerlo, consigue en parte aquello que no se ha propuesto directamente: en este libro hay aproximación biográfica, análisis de estilo y de psicología, retazos de manual de historia y de política, y una defensa frente a los detractores del escritor.

Puig destaca desde el comienzo la contribución de Pla a la lengua catalana, con escasa tradición de prosa a comienzos de este siglo. Su mérito es grande pues parte de una «situación de inferioridad», dado que apenas tenía modelos y una tradición desde la que partir. Pla escribe sin retórica, sin afectación, pensando en los lectores. Ahí está la utilidad del periodismo, que «obliga a ver las cosas directamente y a describirlas de una manera clara y sencilla».

El autor de El cuaderno gris entiende que es importante mantener esa actitud de «ver las cosas directamente», y concibe la escritura como espejo de la realidad, «prodigiosa e inagotable, burda y mágica». Ese espejo no es sólo la escritura periodística, sino también la novela, que, a juicio del payés, como espejo de la vida no tiene que tener ni argumento ni necesariamente un final. Pla se mantiene siempre en esta senda del realismo -en ficción, frente a la tradición imaginativa y fantástica-, pues lo que le interesa es «la historia, vivir la historia (…). Entre los amores de un barbero y los sentimientos de un fogonero de tren y la política de Cambó y de Azaña, me quedo, como interés humano, con esto último».

Si el nuestro es el siglo de la «megamuerte», como algunos autores plantean, Pía encontraría su explicación precisamente en que nos hemos alejado de la realidad para confiarnos a las retóricas, a los idealismos y utopías. Puig se detiene quizá en exceso en la Europa del Pía joven y corresponsal, pero ese contexto histórico es clave para comprender el pensamiento escéptico y conservador del escritor, que definitivamente no puede creer en el progreso moral indefinido de las sociedades: ahí quedan la Gran Guerra y el gran error de Versalles, caldo de cultivo para el nacimiento del infierno nazi; la tumba que Italia cava al confiarse a un charlatán como Mussolini; la supresión brutal de la libertad que trajo el marxismo leninista; la Guerra Civil española, con el reventón de odios, venganzas e injusticias. Frente a estos hechos dolorosos, Puig muestra a un Pla defensor de las libertades individuales —la felicidad de todos empieza por conseguir la felicidad personal-, empirista, amigo de lo posible, del «mal menor» frente al «bien imposible», partidario de la intervención mínima del Estado, firme creyente del mercado y de la correspondencia entre la prosperidad económica y la libertad personal.

El «corpus» ideológico de Pla es expuesto de forma entretenida y audaz, pero el lector se pregunta si esto es lo más importante, pues a la postre el escritor catalán no va a ser recordado por sus posiciones políticas o económicas, sino por su singularidad como escritor. Y aunque el autor dedica de forma exclusiva al menos dos de los seis capítulos del libro a este punto decisivo, algunos lectores echarán de menos que no se haya incidido más en cuestiones como la capacidad de Pía para practicar con excelencia los géneros más diversos —dietario, crónica, ensayo, novela, libro de viajes, biografía…-, un repaso más profundo de su estilo vigoroso, o la imagen de sí mismo como escritor. Pero esta consideración no debe oscurecer un libro escrito con buena pluma, rigor y aciertos. Puig alienta la lectura de una obra concebida por su autor, Josep Pla, como una pequeña aportación a la siempre endeble cultura, amenazada de forma permanente por una naturaleza caótica; de una obra que, con la distancia, toma la forma de un vasto diario íntimo en el que Pía construye su pensamiento y hace memoria de una época.

Las 4 ecuaciones maxwellianas

Maxwell es una de las grandes personalidades de la Física, un auténtico genio, comparable  a  Newton  y  a  Einstein. Los escritos que aparecen en este volumen   se  pueden   clasificar   en  cinco apartados: conferencias,  monografías sobre hombres de ciencia, estudios sobre diversas cuestiones científicas, ensayos sobre Física Estadística y, finalmente,  estudios  sobre  Electromagnetismo. El libro se inicia con una documentada  introducción  de José Manuel Sánchez  Ron,  catedrático  de Historia de la  Ciencia,  en  la  que se exponen una serie de datos biográficos que ayudan a situar la figura de Maxwell,  al tiempo  que  un  análisis  de la aportación maxwelliana a la Física. Ésta tuvo tres ejes fundamentales: la teoría de los colores, la Física Estadística y la teoría electromagnética. Es, en este tener aspecto, donde su labor fue más importante.  Del mismo  modo  que Newton recogió toda una serie de experiencias y de hallazgos de otros físicos y astrónomos, anteriores a él, y los sintetizó mediante  una teoría -la de la gravitación  universal-  que  los  englobaba  y los explicaba, Maxwell recogió el trabajo de otros científicos y lo vertebró en las célebres cuatro ecuaciones del campo electromagnético. De ese modo, quedaba elaborada una teoría en la que se daban cita la Electricidad, el Magnetisno y la Óptica.

Con ocasión del centenario del nacimiento de Maxwell, Einstein escribió que, antes del físico inglés, «los investigadores concebían la realidad física -en la medida en que se supone que representa los fenómenos naturales- como puntos materiales, cuyos cambios sólo consisten en movimientos que pueden formularse mediante ecuaciones diferentes totales. Después de Maxwell, se concibió la realidad física como representada por campos continuos, que no podían ser explicados mecánicamente, que debían representarse mediante ecuaciones diferenciales parciales».

Las ecuaciones de Maxwell demostraron la estrecha conexión entre los fenómenos eléctricos y magnéticos, al tiempo que ponían de  manifiesto que la luz podía ser explicada como pura radiación electromagnética. A pesar de los éxitos de la teoría, era necesario conseguir la producción de es­ tas ondas electromagnéticas, que para Maxwell eran pura especulación. Era necesario también reproducir con ellas los fenómenos ópticos conocidos. El mérito de haberlo conseguido pertenece a Hertz, que realizó sus experiencias en  1888. Maxwell  había  muerto en 1879. Por esa razón, estas ondas reciben el nombre de ondas hertzianas. En la teoría electromagnética de la luz quedan comprendidas diferentes clases de radiaciones, cuyas características dependen exclusivamente de su longitud de onda. Así, quedan incluidos los rayos X, la radiación ultravioleta y el infrarrojo. Y también el pequeño dominio que corresponde a las radiaciones para las que es sensible nuestra retina.

Posteriormente, se han producido una  serie de descubrimientos.  Pero siempre las cuatro ecuaciones representarán  un hito en el pensamiento científico,  lo mismo  que la ley de la gravitación universal de Newton.

La Constitución española: entre el mito y la reforma

De toda la historia constitucional española, tan sólo dos Cartas Magnas han durado más que la Constitución vigente: la de 1876, que ostenta el récord, con 47 años de vigencia, y la de 1845, con 24 años. Esto, claro está, si excluimos los 37 años de existencia de las leyes fundamentales del régimen de Franco.

La longevidad de la Constitución de 1978 no ha sido óbice para que el tema de su posible reforma se haya planteado en nuestro país periódicamente. Y mucho más ahora, con un aniversario como el que se aproxima.

NUEVA REVISTA ha querido contribuir a esta efeméride constitucional y ha reunido a dos personas relevantes de la vida política para intentar desgranar de su conversación el estado de las cuestiones más importantes que giran en tomo al debate constitucional. Por un lado, Gabriel Cisneros, uno de los “padres” de la Constitución y, en la actualidad, secretario general del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados. Por el otro, Andrés Ollero, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Granada y portavoz de Justicia del mismo Grupo Parlamentario.

El encuentro tuvo lugar una mañana soleada de julio en el despacho de Gabriel Cisneros en el Congreso de los Diputados. La renovación del pacto constitucional, las reforma del Senado, la evaluación del modelo del Estado de las Autonomías previsto en la Constitución o el papel actual del sistema electoral y de partidos fueron algunos de los temas que centraron aquella conversación.

Gabriel Cisneros.- En las conversaciones que dieron lugar a la Constitución que ahora tenemos, existieron unos elementos de búsqueda de reconciliación nacional. Había, no un gran pacto, sino una multiplicidad de pactos integrados en ese pacto fundacional de la Constitución. El primero fue un claro pacto entre izquierda y derecha, aunque probablemente los elementos progresistas prevalecieron en los contenidos del texto constitucional. Sobre todo en la parte dogmática. La izquierda pretendía claramente marcar la ruptura con respecto al pasado inmediato, y eso llevó a un Título Primero (“De los derechos y deberes fundamentales”) muy casuístico y expansivo, frente a la idea defendida inicialmente por nosotros se asumir genéricamente las declaraciones universal y europea de derechos humanos.

Por otro lado, también se produjo un pacto histórico, generacional, entre los sectores reformistas provenientes del régimen anterior y la oposición antifranquista. Ese pacto que coincidió sustancialmente con el alcanzado entre izquierda y derecha, pero no es el mismo, puesto que existían unos grupos, unas personalidades, unos sectores sociales de derecha antifranquista -probablemente muy poco significativos desde el punto de vista sociológico- que estuvieron también en ese pacto fundacional.

Y, por último, el gran pacto. Éste, totalmente inédito, se produjo entre las concepciones de una España unitaria y el reconocimiento de una España plural, que es el intento que se acomete en el Título Octavo (“De la Organización Territorial del Estado”).

Andrés Ollero.- La verdad es que estos veinte años de Constitución no dejan de ser significativos, y nos recuerdan que la Constitución fue, al fin y al cabo, el producto de un sano instinto de conservación. En la Constitución se vuelca el convencimiento de todos los españoles de realizar un cierto exorcismo sobre los demonios familiares y mantenerlos alejados de nuestra convivencia, que es lo que se intenta plasmar en su texto. Quizá por eso no se le dio tampoco demasiada importancia al hecho de que no se supiera muy bien qué decían realmente determinados términos de la Constitución, porque lo que sí se sabía muy bien es qué acabaría diciendo cualquier discurso ajeno a la Constitución.

G.C.-Yo creo que una Constitución debe tener vocación de mito, debe ser tomada como un referente unánimemente aceptado, al que todos se remitan como instancia arbitral de sus diferencias. Probablemente, el hecho de la permanencia tiene un valor pedagógico en sí mismo. Si pensamos en las dos democracias anglosajonas, las más perfectas, podemos ver que son los dos únicos países que pueden presumir de haber tenido una única Constitución en su historia. La estabilidad es un valor en sí mismo, un valor de pedagogía democrática extraordinaria mente útil. Y a mí, el que cualquier insinuación o cualquier hipótesis de reforma constitucional se plantee con enormes cautelas y con enormes apelaciones a la necesidad de reconstruir un grado de acuerdo como el que presidió el momento constituyente, me parece una condición inexcusable.

‘’Lo más acertado de la Constitución es su parte orgánica” (Gabriel Cisneros)

A.O.-Estoy de acuerdo con que cualquier reforma de la Constitución hay que plantearla como una renovación de ese pacto constitucional. Por lo tanto, en la medida en que la reforma de la Constitución no implique discrepancia en lo fundamental, no habrá ningún problema para reformarla.

G.C.-Creo que, en cuanto a contenidos -y con mucho-, lo más afortunado de la Constitución está en la parte orgánica. Ahí creo que acertamos, acertamos en la configuración de la Corona, en las relaciones entre el Gobierno y las Cortes; en definitiva, acertamos en la Monarquía Parlamentaria. Además, en estos institutos jurídicos hubo prácticamente unanimidad, lo que supone mucho más que una transacción o más que un mero consenso.

A.O.-Pero también hay una conciencia clara de que existen problemas sin solucionar. Sin embargo, no deja de ser curioso que toda vía en los debates parlamentarios actuales, cuando se debate alguna reforma legistativa de cierta profundidad, sigue utilizándose un argumento negativo, y además con bastante eficacia: “Eso implicaría di rectamente reformar la Constitución”. Ese argumento suele ser definitivo, y hace que el debate concluya. Pienso, por ejemplo, en lo que está ocurriendo con una institución que quizá no fue tan bien diseñada en la Constitución, en lo que a su nombramiento se refiere, como es la Fiscalía General del Estado. Sin embargo, no podemos olvidar que en estos veinte años, la Constitución se ha reformado y, además, de la manera menos notoria que pueda imaginarse. Ése fue el caso del artículo 13 de la Carta Magna, sobre el sufragio pasivo de los extranjeros comunitarios. La reforma de la Constitución, necesaria para ofrecer la posibilidad de que llegaran a ser alcaldes, se hizo con una docilidad encomiable por parte de todos y casi con la actitud de quien cumple un obligado deber. Ello responde, sin duda, a la idea mítica que los españoles poseen de Europa. Esto es algo que suele admirar, con frecuencia, a los parlamentarios extranjeros cuando nos visitan para mantener sesiones de trabajo. Cuando intentan ahondar en el posible euroescepticismo es pañol y no lo encuentran por ningún sitio, se quedan bastante perplejos; es preciso explicarles que, para los españoles, Europa ha sido un símbolo de la homologación democrática con los países de nuestro entorno.

LA REFORMA DEL SENADO

G.C.-Si hemos de considerar otra hipótesis de reforma constitucional, yo la situaría en la reforma del Senado. Sería, en todo caso, una reforma que apuntase más a sus competencias que a la alteración sustancial de su esquema de representación; por ejemplo, invirtiendo el procedimiento legislativo, de tal modo que determinadas materias comenzasen por allí, o incrementando la presencia del cupo autonómico en detrimento del provincial. Y digo “incrementando en detrimento”, en ningún caso “sustituyendo” o tomando la Comunidad Autónoma como elemento único o base de representación. Cuando se produce el intento de prefigurar el Senado como una Cámara de representación territorial, una Cámara de cuño federal, el único dato que tenemos es el de la provincia; el dato de la Comunidad Autónoma es un dato sólo incoado. El proceso constituyente fue largo y, sin embargo, la realidad española siguió evolucionando en paralelo al proceso constituyente a un ritmo absolutamente vertiginoso. Muy probablemente, si hubiésemos esperado un poco más, y de no ser por dos o tres problemas concretos (Segovia, Cantabria), la Constitución habría podido acoger el mapa autonómico. En ese caso, habríamos podido perfilar otro modelo de Senado más claramente entroncado con ese tertíum genus entre un Estado Federal y lo que, en mi opinión, es el Estado de las Autonomías.

“La Constitución fue el sano resultado de un instinto de conservación” (Andrés Ollero)

A.O.-En ese aspecto, creo que podría abordarse la reforma del Senado desde la perspectiva de una renovación del pacto constituyente y no necesariamente desde un intento de resucitar discrepancias. Es evidente que el Senado, como Cámara de segunda lectura, ha quedado enormemente desprestigiado y, en la actualidad, tiene una función casi precaria respecto del Congreso de los Diputados. No sólo este aspecto es poco útil sino que, desde el punto de vista constitucional, además es negativo, porque no es bueno que exista una cámara con ese vacío funcional.

G.C.-Muy probablemente, esta cámara existe porque la Ley de Reforma Política estableció un régimen bicameral. Y lo hizo como señuelo para suscitar la creencia de buena parte de la clase política del régimen anterior, de que ésa era la cámara adecuada para residenciar sus ambiciones. Ése fue un elemento de astucia política. Yo dudo mucho de que en el diseño, en la cabeza y en la arquitectura de Torcuato Fernández Miranda, principal inspirador de la reforma política, estuviera el Título Octavo en los términos en que salió. Y, desde luego, la Cámara del Senado como Cámara de representación territorial. Está claro que nuestra Constitución estableció un bicameralismo asimétrico desde el principio, desde su declaración. También, creo, la práctica aplicativa de las normas reglamentarias ha acentuado la asimetría en mayor medida, porque los propios plazos que, por ejemplo, dispone el Senado en el procedimiento legislativo son casi vejatorios.

A.O.-Desde ese punto de vista, la posibilidad de que la convocatoria electoral del Senado no coincidiera con la del Congreso sería interesante. A la vez, el planteamiento de la reforma del Senado, su simple planteamiento, creo que también lo es en la medida en que obliga a reflexionar.

G.C.-Habría que ir por la vía de una especialización en el procedimiento legislativo por parte del Senado, y atribuirle una vitalidad para realzar la labor de una Cámara en este momento muy deprimida. Pero, si vamos al núcleo del asunto, yo no creo en absoluto en la re forma del Senado, en términos de viabilidad, porque las aspiraciones que se dejan sentir, las voces que se oyen, no propician en absoluto el concierto español respecto a este tema. Obviamente, cualquier reforma tendería a acentuar los signos federalizantes que pueda haber en el sistema político. Yo entiendo que esto para los nacionalismos es un non possumus absoluto. Lo que los nacionalistas consiguen, precisa mente, desde la construcción del hecho diferencial, es un federalismo asimétrico, es decir, no quieren elementos de geometría o uniformidad, sino elementos de singularización.

“Toda Constitución debe tener vocación de mito” (Gabriel Cisneros)

A.O.-Bien, pero creo que es una llamada a la reflexión de los que no suscriben el federalismo asimétrico, al dar por bueno el planteamiento actual de la Constitución. Por ejemplo, se está planteando la posibilidad de una convocatoria al Senado desvinculada del Congreso, lo que, sin duda, no casa del todo con la carrera que a la vez se ha emprendido entre las diversas Comunidades Autónomas por reformar sus Estatutos de manera que su Presidente tenga la posibilidad de disolver las cámaras. Es evidente que eso nos lleva a una ruptura de un calendario electoral autonómico uniforme. Y no olvidemos que los ciudadanos tienden a agradecer que se evite el bombardeo de convocatorias electorales. Otra posibilidad sería plantear un Senado con un modelo similar al de la Cámara Alta alemana, quizá sin llegar a tanto, pero en el que toda la elección fuera de segundo grado, vía autonómicas.

G.C.-Eso no es, propiamente, un Senado democrático. Es un Senado de mandatarios.

A.O.-Bueno, pero sí algo parecido a lo que son las Diputaciones Provinciales de hoy en día. Lo sugiero como pura hipótesis.

G.C.-Lo que en ningún caso debemos olvidar es que nuestra Constitución -yo creo que felizmente- residencia la titularidad de la soberanía nacional, no en el Congreso ni en el Senado por separado, sino en las Cortes Generales. Es decir, es el mismo pueblo español en su conjunto, como ciudadanos, el que elige al Congreso y el que elige al Senado. La diferencia es que, digamos, el Congreso lo eligen los españoles, sin más atributo. Es decir, sin la interposición de ninguna otra mediación de identidad o particularidad regional. En el Senado, en cambio, se intermedia esa representación con la integración de esa otra identidad regional interpuesta.

A.O.- No obstante, la excesiva dependencia del Congreso acaba siendo negativa incluso respecto a la funcionalidad política de algunas de las peculiaridades del Senado; por ejemplo, la apelación a las listas abiertas como símbolo de una mayor democracia o como posibles elementos regeneradores de los partidos. Porque en el Senado existen las listas abiertas. Sin embargo, el hecho de que las elecciones al Senado coincidan dentro de las elecciones generales con las del Congreso hace que los ciudadanos, de hecho, parezcan no enterarse de que tales listas abiertas existen.

G.C.- Convendría recordar, por ejemplo, que, en Italia, uno de los elementos de penetración de la mafia en la vida política fue clara mente la utilización de las listas abiertas.

A.O.-La realidad es que el grado de conocimiento que los ciudadanos tienen de los candidatos es nulo, y que a la hora de la verdad el ciudadano vota por un partido, no por una candidatura. Es más, la exigencia de listas abiertas responde a un elemento muy típico de la ciudadanía, que no es su afán de que se le permita elegir a su preferido, sino al afán de que se le permita excluir al preterido. Lo que el votante quiere es poder tachar a Fulano, porque a él sí lo conoce, precisamente por eso. Y, por supuesto, votará de mil amores a tres desconocidos.

EL SISTEMA DE PARTIDOS

G.C.-Hay mucha gente que piensa que los conceptos clásicos de democracia están en crisis, y que asistimos a algunas formas de participación, diversificadas, multiformes, que pueden cuestionar elementos dogmáticos de la democracia clásica, como puede ser el sistema de partidos. Puede que sea así. Yo confieso que no lo veo de ese modo. Las opciones que adoptamos en su momento fueron deliberadas, no fueron inocentes. Nosotros sabíamos en 1977 que teníamos un sistema de partidos débil, que teníamos una democracia incipiente y que era necesario fortalecerla. Por esa razón, decidimos propiciar la fortaleza de los partidos, empezando por su reconocimiento en la Constitución y con todos los otros elementos ortopédicos del sistema electoral. Pues bien, hoy, yo me reafirmo en aquella opción y no creo, tomando como ejemplo un tema de la actualidad más rabiosa, en las elecciones primarias.

“Cualquier reforma de la Constitución ha de ser planteada como una renovación del pacto constitucional” (Gabriel Cisneros)

A.O.-Respecto a las primarias, quisiera contar una anécdota di vertida. Sucedió en un almuerzo que tuvo lugar en el Congreso de los Diputados, concretamente en el Grupo de Amistad Hispano-Alemán, que reúne a parlamentarios de ambos países. En esa comida, que fue anterior a las primarias, uno de los padres de la Constitución, Jordi Solé Tura, defendió con gran entusiasmo las primarias. Entonces, una diputada del SPD alemán, con gran candor, apuntó: “¡Ah! Nosotros también hicimos una vez primarias, pero se debió a que teníamos una crisis de liderazgo, y la experiencia nos salió fatal”. Yo le dije entonces a Solé Tura: “El problema de tu planteamiento es que para que sea creíble tiene que perder las primarias el Secretario General”. Lo curio so es que, efectivamente, Joaquín Almunia las perdió, así que podían empezar a ser creíbles. Pero mucho me temo que el dictamen de la di putada alemana acabe haciéndose realidad. El PSOE las ha hecho por que tiene una crisis de liderazgo que, en partidos tan verticales, se deja sentir muchísimo más.

G.C.-En algún sitio, en plan experimental, situaron una urna de militantes y otra urna de simpatizantes, y por una escasísima diferencia no se produjo un resultado dispar, en una urna y en otra. Se hubiera creado un problema no previsto, pero absolutamente disparatado. Piénsese en una democracia –como ya es en este momento la nuestra más consorcional, en la que parece que el horizonte de las mayorías absolutas se ha alejado. Si tenemos en cuenta el mecanismo de investidura, ¿qué ocurriría, por ejemplo, si el Sr. Pujol, en la hipótesis de un apretado triunfo electoral socialista o popular, dijese: “Sí, yo estoy dispuesto a sostener la gobernabilidad de este partido, estoy dispuesto incluso a entrar en el Gobierno, pero no con la persona candidata que ustedes han dispuesto, sino con otra distinta; por ejemplo, el líder orgánico del partido”. Un candidato investido en un proceso de doble elección (primero, en virtud de un proceso de primarias; después, en unas elecciones generales) es muy difícil que aceptase esa posibilidad.

A.O.-De hecho, se encuentra muy extendida la idea de que los partidos en España no poseen democracia interna. Eso es absolutamente falso. Los miembros de los partidos dedicamos generosamente horas y horas a reuniones casi interminables, que se hacen muy llevaderas gracias a la lectura del periódico. Por tanto, la democracia interna funciona. Otra cosa es que en esas reuniones no haya debate interno; de hecho, hay más bien poco. Habría que preguntarse entonces por qué. La razón es muy simple: porque el elector español penaliza el debate interno de los partidos. Por razones que los sociólogos harían bien en estudiar, el elector español, cuando ve a unos señores discutiendo en su propia casa, tiende a pensar: “Si estos señores no se ponen de acuerdo para resolver sus problemas ¿cómo les voy a encargar que resuelvan los míos?”

G.C.-En mi caso, no es que no crea en las primarias, sino que estoy persuadido de que los sistemas responden a sus propias lógicas, y de que las primarias cumplen perfectamente su papel en el sistema estadounidense -donde realmente no hay partidos políticos, o no los hay tal y como nosotros los entendemos, es decir, partidos con una fuerte densidad ideológica, partidos de adhesión, de militancia, de encuadra miento, con una voluntad de permanencia, y no con esos aparatos electorales que se montan y se desmontan en función de las convocatorias y que básicamente vertebran grandes corrientes de opinión, grupos de intereses, etc., pero no en España.

A.O.-Lo que entonces ocurre, de hecho, es que el modelo del partido-parlamento, que es el de los partidos iniciales de la transición, acaba siendo penalizado. La UCD, por ejemplo, fue un partido-parlamento, en parte porque no era un partido sino más bien un parlamento. Aquello tuvo una trayectoria muy positiva en muchísimos aspectos, pero, sin embargo, a la hora de la verdad, todo se resolvió en la famosa pintada de “Ha UCDido lo que ha tenido que UCDer”. Y así, a partir de 1982, el partido socialista plantea al elector el modelo de partido ejecutivo y no el de partido-parlamento; se trata de un partido común, con un jefe que es el Jefe del Gobierno real o futuro, y una estructura pura mente ejecutiva, enormemente jerárquica, vertical, en la que incluso se le ofrece al ciudadano un cartel con una sola cara. Ese modelo tuvo un apoyo popular espectacular y, de hecho, el centro-derecha no llegó al poder hasta que no consiguió clonarlo.

G.C.-En cambio, sí que creo que hay déficits de democracia interna serios, graves. Lo estamos viviendo en todos los comicios electorales generales. Aquí tendríamos que invocar otros factores de tipo sociológico, el papel de los medios, la simplificación de los procesos electorales o la estilización de las campañas, que al final determinan que las elecciones sean una confrontación entre iconos. Además, los componentes parlamentarios se han desdibujado en aras de fuertes signos culturales de presidencialismo. Es verdad que nuestro Presidente del Gobierno no es un mero primus inter pares, que ocupa una posición institucional singularizada. Pero, en definitiva, su posición institucional deriva de una elección parlamentaria, no de una elección popular directa.

A.O.-Yo creo que, sin ninguna duda, en los partidos españoles su gran capital son sus electores, no su aparato; su aparato es algo necesario e imprescindible, pero el mismo ciudadano tiende a captar, que reducir un partido a su aparato sería precisamente resucitar todos los aspectos más negativos del sistema.

G.C.-Hay una constatación histórica curiosa. Tanto en materia electoral como constitucional, hay una tendencia bien comprensible a la petrificación de las instituciones y de las normas. Es decir, una clase política que ha resultado beneficiaria de un determinado mecanismo electoral se siente, en principio, muy poco inclinada a su reconsideración. De hecho, nuestro sistema electoral proviene de la reforma política; pasó por la Constitución sin romperse ni mancharse.

A.O.-Me gustaría saber tu opinión acerca de uno de los elementos que se excluyeron en la Constitución y sobre el que he leído reciente mente algún artículo de opinión. Recuerdo uno de Jiménez de Parga, en ABC, que aludía al despilfarro político que supone para un país el hecho de que personas que han aportado a la vida democrática muchos años de trabajo, queden excluidas, marginadas. Es el caso de los senadores vitalicios italianos, por ejemplo. Volveríamos así a la extinta figura de los senadores reales.

G.C.-La expresión inequívoca, rotunda, del perfil reformista de nuestra Constitución se encuentra en la institución de la Corona y en su titularidad. Que la Transición en sus fundamentos y en su fondo responde a un modelo reformista es innegable. Y, del mismo modo, tan evidente o tan innegable resultaba para la izquierda, y en general para las fuerzas de la oposición antifranquista, que hubo que compensar o neutralizar esa diafanidad con muchos elementos de compensación. Y uno de esos elementos de compensación pudo estar en la imposibilidad de plantear el mantenimiento de los cuarenta senadores de designación regia.

“Se equivocan quienes plantean la reforma de la Constitución desde la discrepancia” (Gabriel Cimeros)

A.O.-No sé si sería interesante recuperar esa figura. Parece más interesante para el país mantener a estas personas vinculadas a la política, incluso con una mayor libertad respecto a lo que pueda ser el juego de aparatos de partido.

G.C.- Esa sugerencia me plantea reflexiones encontradas. Por una parte, me parece utilísimo encontrar un acomodo en la institución adecuada a unas vocaciones políticas que ya han cumplido su etapa, con el fin de ejercer una suerte de magisterio social. Ahora, desde la perspectiva de los principios, de la pureza del modelo, reconozco que el cruce entre un Senado que suponemos federalizante, territorial, etc, y al mismo tiempo con estos otros elementos más propios de una Cámara de notables, me plantea muchas dificultades desde una perspectiva conceptual.

A.O.-Se me ocurre otro elemento que puede ser positivo en esa condición ln’brida del Senado y es que, por ejemplo, quienes han sido presidentes del Gobierno han tenido como parte de su tarea el lidiar, día a día, esa tensión autonómica, y han conseguido -porque la verdad es que se ha conseguido– mantenerla en unos límites de racionabilidad, que les dan una cierta autoridad respecto a posiciones extremas. No creo que nuestros ex-presidentes tuvieran demasiados problemas para entenderse con los nacionalistas, sino más bien al contrario. Eso podría dar un componente arbitral de autoridad moral de cierto interés en esos casos concretos.

G.C.-Es precisamente en el desarrollo del Título Octavo donde sí existe un elemento de “cripta-reforma”. En mi ánimo no estuvo nunca que el artículo 150.2 -que es una norma, en mi opinión, muy infeliz, con unas potencialidades disgregadoras tremendas- pudiera ser objeto de una utilización no explícita en la redacción de los Estatutos catalán y vasco. Hay un documento histórico de nuestra historia reciente que está muy enterrado y que fue el que contenía los motivos de desacuerdo que el Gobierno Suárez presentó a las redacciones originarias de los Estatutos catalán y vasco. Un simple cotejo a triple columna de cómo vinieron ambos Estatutos desde las Asambleas Regionales que los elaboraron, cuáles fueron los motivos de desacuerdo expresados por el Gobierno y cuál fue el resultado final, sería muy útil para desvelar hasta qué punto ese asalto a la Constitución por parte de los nacionalismos se produce ya desde el mismo año 1979.

EL ESTADO DE LAS AUTONOMÍAS

A.O.-Yo diría que eso nos lleva a un aspecto -para mí, decisivo-, y es la ambivalencia de términos cuando se nos habla de hechos diferenciales. ¿Qué se está queriendo decir con que existe un hecho diferencial? Ahí es donde entra en juego la simetría o asimetría de los planteamientos, porque el espíritu del Título Octavo es un espíritu de reconocimiento y respeto de la diferencia ajena, no una facultad de impedir que otros sean iguales a uno mismo.

G.C.-Es que ahí no hubo ni unanimidad ni compromiso. Lo que hubo fue un equilibrio, una especie de compromiso apócrifo, a través del cual se alcanzó el acuerdo sobre la reserva mental de atribuir a las mismas palabras diversos significados. Lo que yo oigo ahora son voces que no apuntan a la reforma del Título Octavo, sino más bien al Título Preliminar de la Constitución, y a los artículos primero y segundo, en concreto al artículo segundo. Y eso no significa en absoluto reformar la Constitución, sino dinamitarla. El problema es la ignorancia deliberada de la soberanía del pueblo español, que -hasta que no se demuestre lo contrario- es única e indivisible. Otra cosa son los poderes, las competencias, las atribuciones concretas que dentro del concepto de soberanía se integran y que pienso son susceptibles del reparto, como lo están siendo, y de traslación hacia ámbitos transnacionales, como el europeo. Pero en todo caso sin afectar a lo que es la piedra angular de la Constitución, que en mi opinión es el artículo segundo, donde se asegura que la Constitución se fundamenta en la unidad indisoluble de la Nación española. No dice “fundamenta” la unidad indisoluble española, sino que “se fundamenta” en ella. Quisimos dejar muy sentado que la unidad nacional era un presupuesto, un valor preconstitucional y una condición de la Constitución misma. Por con siguiente, esto no se puede poner en cuestión sin que lancemos toda la Constitución por los aires y, con ella, todo lo que tiene de paraguas, de tutela de los derechos y de las libertades individuales de todos los es pañoles.

‘’El lector español penaliza el debate interno de los partidos” (Andrés Ollero)

A.O.-Hay españoles que son diferentes, respetamos que sea así y no tenemos nada en contra de eso, ni entendemos que para afirmar a España haya que negar esa diferencia. Pero ese planteamiento -el que reconoce una diferencia existente- no tiene nada que ver con el planteamiento que se maneja desde determinados partidos nacionalistas: negar que otros españoles puedan ser iguales que ellos. Entonces se dan situaciones como la que sigue: un partido nacionalista solicita de terminada cuestión, -una transferencia, por ejemplo- y se le concede. Si a los dos días se le otorga también a Extremadura, los nacionalistas se sienten agraviados porque ya han dejado de ser diferentes. Este planteamiento nada tiene que ver con el anterior. “Usted tiene una realidad diferente, yo se la reconozco y se la respeto, pero ahora respete usted que los demás organicen su diferencia o su igualdad como les guste”; eso es lo que no siempre se respeta. Hay una especie de intento de imponer que “los demás” sean diferentes a “nosotros”; ése es el problema. Por esa vía, estaríamos pasando de respetar el hecho diferencial catalán a imponer el hecho diferencial extremeño. Ésa es la cuestión, sobre todo cuando el Estado de las Autonomías, no lo olvidemos, pretendía también abordar otro problema de gran calibre: el de la solidaridad autonómica en una nación como la española, enorme mente desigual.

G.C.-Yo me escandalizo ante iniciativas tales como la Declaración de Barcelona. Pero modulo claramente mi grado de irritación con respecto a los distintos firmantes. Es decir, el BNG era un partido marxista-leninista, residual -ahora ya no, obviamente- pero quiero decir que no estuvo presente en el momento constituyente. El PNV nunca se integró plenamente en el acuerdo constituyente, sino que curiosamente, contribuyó a formarlo. Pero, en todo caso, no tenemos derecho a quejarnos de que se reitere exactamente en las mismas posiciones en las que estaba hace veinte años. Una de las cosas que me sorprende del discurso de Arzallus es lo pétreo que resulta; es triste encontrarse de pronto con afirmaciones que las reconoces en la lectura del debate constitucional. Pero ciertamente, no es el caso de Pujol, que fue un artífice capital del proceso. Por consiguiente, tengo que reservar mi juicio más severo para él, porque recuerdo con emoción la primera intervención de Pujol en el Congreso, en la sesión constitutiva después de las elecciones del 15 de junio. Recuerdo que citó a Cambó. Creo que ahí ha habido un proceso de desenganche y de escalada en el descompromiso.

A.O.-Lo que más me llama la atención de esa Declaración es la exclusión del Partido Andalucista, un partido que en este momento tiene representación parlamentaria en Andalucía, que la ha tenido en las Cortes, que en el Congreso de los Diputados ha llegado a tener cinco parlamentarios en algún momento, y a ser decisivo en alguna investidura de Presidente de Gobierno. No olvidemos tampoco que llegó a tener dos parlamentarios en el Parlament de Cataluña, algo verdadera mente original e insólito, que no se ha vuelto a repetir. No se acaba de entender esa exclusión, sobre todo cuando Andalucía se convirtió en Comunidad histórica un 28 de febrero por la fuerza de los votos.

G.C.-Pero lo cierto es que lo que no estaba en el ánimo de los constituyentes estuvo en el seno de la sociedad española. Y lo protagonizaron los andaluces. ¿Qué es lo que ocurrió? Yo creo que lo que ocurrió es que, al calor de las condiciones de la libertad recuperada, en el seno de la sociedad española percibimos una demanda mucho más fuerte que la demanda de la libertad, que era la demanda de igualdad. Yo creo que el fenómeno de agravio comparativo se produjo con la emergencia de ese millón de personas, o las que hubiera, en las calles de Sevilla, Granada, etc. Al final, la esencia de los nacionalismos es que son identitarios; es que se afirman en diferencia hacia el otro y en gran medida en la hostilidad hacia el otro.

A.O.-Es interesante insistir en ese doble aspecto, porque no solamente parece haber una especie de cierre involutivo dentro de las propias ‘’fronteras” por parte de los nacionalistas (que además se está produciendo paulatinamente), sino que además el nacionalista exige un tratamiento privilegiado por el Gobierno del Estado, en el ámbito competencial del Estado.

G.C.-Y, desde esa perspectiva, yo entiendo que, efectivamente, ya hemos vivido mayorías suficientes o significativas, apoyadas ocasionalmente -como es el caso de UCD- por distintas fuerzas políticas. El proceso constituyente, por otra parte, absorbió mucha parte de esa etapa y la correlación de fuerzas importaba menos. Hemos vivido mayorías absolutas, regímenes consorcionales protagonizados por el PSOE, y por el PP en este momento, y nos falta por experimentar la hipótesis de la gran coalición.

“Si hay un precepto en la Constitución que tiene un valor de homenaje y respeto a la Historia es la Disposición Adicional Primera” (Gabriel Cimeros)

A.O.-Ese peligro de presión continuada de unos nacionalistas, que se saben llave y partido bisagra obligado, existe y va a continuar puntualmente, porque las mayorías absolutas no son fáciles. Sin embargo, puede ir encontrando paulatinamente un posible freno, en la medida en que esa tensión se haga agobiante: el que en un momento dado surja esa gran coalición.

G.C.-Yo creo que a los dos grandes partidos nos aproxima lo pro gramático. Nos aproximan los retos a los que hay que hacer frente, como gestionar con mejor o peor fortuna la economía libre de mercado, más globalizada, con más retos competitivos a los que no se puede volver la espalda. Nos aproximan las bases de eso que podemos llamar el consenso social demócrata sobre el bienestar. Nadie cuestiona, o nadie pretende cuestionar, la necesidad de que el Estado cargue sobre sus hombros el apoyo a los más desfavorecidos, aun cuando nos separen, naturalmente, los métodos, las políticas para decidir cuáles son los mejores caminos para hacer frente a eso. Nos aleja la historia, nos aleja la cultura psicológica. Yo creo que hace falta algún paso generacional para quebrantar el mito de la virtud de la izquierda. Todavía hoy se puede oír decir con naturalidad que quienes critican a Felipe González son antidemócratas. Esta especie de verdad establecida es fruto de la época reciente, fruto de la deslegitimación que sobre el concepto de “derecha” impera como consecuencia del franquismo. Eso aún no se ha superado y, por consiguiente, la izquierda parece tener el monopolio de la compasión. La derecha es egoísta, insolidaria y rapaz, absolutamente ajena a la suerte de los infelices, no compasiva, y sólo en virtud de una dispensación, nadie sabe por qué, gratuita, de una especie de imposición de manos, por parte de la izquierda, ésta ostenta los títulos de legitimidad democrática.

A.O.-Hay que ver en qué medida las fórmulas de gobierno que en la práctica han ido funcionando no contribuyen de una manera enormemente eficaz a luchar contra esos mitos. Recuerdo la primera reunión de la Junta Directiva Nacional del Partido Popular, después de las elecciones del 96, cuando José María Aznar, en su primera intervención, comentó (y creo que fue una frase feliz porque exponía la realidad de una manera -como luego se ha visto- notable): “Ahora sí que el partido se va a centrar”. Y es que era obvio que se hacía necesario un entendimiento con los partidos nacionalistas. Yo creo que se ha producido un gran cambio de mentalidad, no sólo en el electorado del Partido Popular, sino muy especialmente en sus militantes. O sea, que hemos pasado de tener algunos antiguos militantes que, prácticamente, excluían de su mundo mental el Título Octavo, a una situación como la actual, donde no sólo el militante sino, sobre todo, el ciudadano medio entiende lo que es la gobernabilidad, y la necesidad de que esa gobernabilidad se produzca, aunque sea compartida con los nacionalistas. Eso es algo muy positivo.

G.C.-Yo creo que, en el futuro, o se reconduce el discurso nacionalista hacia los presupuestos constitucionales, o esa coalición estará relativamente próxima. Sobre todo, teniendo en cuenta que hay pro puestas como la de la Disposición Adicional Primera. Y es que Xabier Arzallus ha dicho que él puede acceder a su independencia desde el respeto a los presupuestos constitucionales, en virtud de una ingeniería jurídica de dicha disposición. Yo creo que toda la Constitución es normativa, desde luego, también la Disposición Adicional Primera, sin du da. Pero si hay un precepto en la Constitución que tiene un valor simbólico, un valor de homenaje a la Historia, más que propiamente normativo es la Disposición Adicional Primera.

A.O.-Además, con esa gran coalición se tendría que dar por enterrada de una vez la guerra civil. Y que conste que yo no simpatizo nada con esa gran coalición, mucho menos en la situación actual -por razones obvias-, porque la otra parte contratante tiene todavía muchas historias que arreglar. Pero, en cualquier caso, ese horizonte de una posible gran coalición está ahí, llegará en su momento y, desde luego, su pondrá enterrar definitivamente el fantasma de la guerra civil.

G.C.-Pues fíjate por dónde hemos llegado, por un camino un poco tortuoso, a una conclusión que yo considero, sin embargo, más deseable, más verosímil, e incluso -si salimos de la coyuntura concreta en la que esta conversación está teniendo lugar-, quizá más próxima de lo que podamos pensar.

Quien sabe, sabe

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Seguramente no es fácil explicar de modo mínimamente coherente por qué razones la filosofía contemporánea, al menos buena parte de ella, muestra una tendencia (nítidamente suicida) a convertirse en un producto incomprensible para los más, absolutamente irrelevante para quienes se enfrentan en serio con cualquier forma de saber y, en bastantes ocasiones, por añadidura, mediocre, superficial y zafio. Lo menos que cabe decir es que la globalización y la información sin cuento no acaban de sentarle bien al pensamiento sereno.


Hay, además de las razones de época y las sociológicas, causas internas al discurrir de la filosofía del siglo, en alguna de cuyas grandes avenidas se proclamó el Ende der Philosophie, el acabóse del invento. Cuando los propios filósofos sospechan que la filosofía no cabe en este mundo, que es cosa del ayer, una ilusión de la infancia o una serie relativamente breve de malentendidos, no se puede salir a la palestra como si nada de eso se hubiera dicho nunca. Por eso comienza Rafael Alvira su antropodicea reconociendo que se enfrenta a un empeño imposible, a un dar razón de un ser contradictorio, aunque admitiendo también que este empeño es lo que nos humaniza.


Este libro del profesor Alvira tiene, entre otras, la ventaja de la sinceridad, el atractivo de un pensamiento hecho desde la vida y la reflexión personal, no sólo desde los libros, por importantes que éstos sean. Al leer este texto se escucha al autor, su voz nos va llevando adonde normalmente no queremos ir, a enfrentarnos con nosotros mismos, con las contradicciones que hacen de la vida de cada cual no sólo un enigma sino también una pasión. Justamente parte de esa pasión es la filosofía para el filósofo que no se limita a repetir, sino que trata de justificarse y de comprender la vida humana, de trazar una «geografía» del espíritu. Cuando se padece la filosofía, cuando es algo más que una teoría, una forma de vivir, el resultado, lo que se escribe, suele, como en este caso, merecer la pena.


Por eso el libro de Alvira es, en cierto modo, un libro sencillo, un texto que no abruma con tecnicismos ni presume de otra cosa que de lo que explica: es una obra autosuficiente en la que no es difícil notar el origen didáctico, el esfuerzo del autor por conseguir que los lectores entiendan lo que está diciendo. Aun a riesgo de resultar reiterativo, subrayaré que no es ésta, ni mucho menos, una virtud corriente: abundan los que actúan como si creyeran que sólo lo incomprensible es a la vez interesante y elegante, tal vez porque han llegado a la consecuencia lógica de su planteamiento, es decir, porque no están hablando de nada.


En el primero de los capítulos, Alvira aborda con gran maestría las cuestiones de método, la necesidad de un espejo en el que se refleje lo que somos y en el que podamos mirar. Aparecen entonces «los tres mundos» que han delimitado los filósofos con distintas variantes desde Platón a Popper, y también las tres realidades que pueden privarnos del dominio de nuestra propia vida, el poder, el brillo y el placer que, en último término, se refieren a las tres grandes cuestiones de la verdad, el bien y la belleza. Hay que destacar el empeño, y creo que el éxito, por relacionar y distinguir el arte, la religión y la filosofía y por defender con bravura la pertinencia de esta última frente a los ímpetus avasalladores de artistas y teólogos (en este momento más ardorosos aquéllos que éstos, pero siempre dispuestos unos y otros a poner las cosas en su sitio desde su peculiar orientación). Desde este punto de vista, el libro es una magnífica apología de la filosofía, pero nos aporta también un esclarecimiento profundo de lo que es el arte y de lo que cabe esperar de la religión cuando conseguimos vivir cada una de esas dimensiones de la vida en lo que tienen de esencial, como formas de abrirnos a lo universal desde nuestra particularidad efectiva. Alvira nos conduce con gran facilidad por los vericuetos de estos tres lenguajes básicos de la vida.


Esta sencillez del lenguaje del autor garantiza que el esfuerzo de entender temas difíciles será recompensado, y debería ser afirmada con mayor precauciónen el capítulo II, el más técnico y difícil del libro, el más metafísico y ambicioso y el único que requeriría, tal vez, mayor espacio para que las intenciones del autor llegasen plenamente a puerto. Alvira pelea, sobre todo, con Kant, Nietzsche y Heidegger, pero también con los pensadores de mayor actualidad como Rorty o Derrida, para defender tesis siempre llenas de interés y vigor, que el propio autor coloca en una estela de aristotelismo platónico o de tomismo. Se trata en todo caso de coincidencias y enseñanzas, nunca de repeticiones, porque lo que Alvira nos da es pensamiento en estado activo, capaz de enfrentarse a problemas bien reales que el autor reconoce con generosidad y valentía, nunca meras fórmulas.


El capítulo III se ocupa de nociones capitales para entender la naturaleza y la vida humana: qué es el alma y el espíritu, la relación del hombre con lo sobrenatural, la historicidad y la cultura, el ser personal o la condición sexuada de las personas. Alvira ha pensado a fondo cada una de estas cuestiones y siempre tiene algo interesante y concreto que decir. De paso que se enfrenta a ellas, hace un esfuerzo notable por asumir lo que hay de útil en las lecciones de la evolución, tema esencial en su planteamiento y al que vuelve en el capítulo IV. No es poco el provecho que se puede sacar de esta meditación sobre una de las claves de arco de la visión contemporánea de la naturaleza (y del saber mismo), puesto que el esfuerzo y la amplitud intelectual de Alvira iluminan desde ángulos inusuales (pues al fin y a la postre no es corriente ver a una especie de neoplatónico peleando con estas cuestiones) el significado último de la evolución, realidad/teoría a la que reconoce como una pieza científicamente sólida.


El capítulo IV estudia el carácter de la vida humana como proceso. Aquí aparece el único punto en el que me permitiré una discrepancia frontal: considerar que los experimentos lingüísticos con simios son verdaderamente interesantes es ir más allá de lo razonable. Yo creo que son tan poco interesantes, en general, como lo son, en particular, para los pobres simios que caen en manos de psicopedagogos y otras gentes de gran peligro.


La relación que nuestro autor establece entre las cuestiones de la muerte y del bien y del mal es brillante y es también, dentro de la discrepancia inevitable en un creyente, muy generosa con Nietzsche. A ello sigue una interesante reflexión sobre la estructura de la vida humana, sobre el «habitar», el «quehacer» y el «jugar», que culmina en un análisis de la cotidianeidad.


La justificación de sí mismo ha llevado lejos, pero termina en el día a día. Estar en el día con un espíritu atento, ser sobrio, agradecido, delicado y creativo es, entonces, no sólo un consejo sabio y prudente, sino la consecuencia de una manera inteligente y abierta de plantear una justificación de la vida, algo que siempre ha sido la filosofía cuando no ha cedido a ninguna de sus tentaciones, ni a las de la moda ni a las que son un poco menos pasajeras.

Confesiones de un amigo

Confesiones de un amigo
Luis Alberto de Cuenca
Las cien mejores poesías de la lengua castellana
Espasa Calpe Madrid, 1998, 404 págs.

Las antologías son inevitables. Cualquier lector, al terminar de leer una colección de poemas, ya tiene hecha su selección de aquéllos que más le han gustado, que más le han sorprendido o que más le han emocionado. Incluso dentro de un mismo poema, el lector elige, a veces, algunos versos sueltos que van a ser sus preferidos y los llamados a fijarse en esa antología esencial de todo lector de poesía que es la memoria.

Cuando ese lector se encuentra con otro cofrade de la minoritaria sociedad, casi secreta, que los aficionados al vicio solitario de leer versos componemos, surge de inmediato el intercambio de esos retazos selectos que cada uno alberga en su memoria.

Por el entusiasmo o la frialdad con que recita los versos de los distintos autores, conocemos al otro mejor que si nos hiciera vergonzantes confesiones íntimas. A veces, la admiración por tal autor o tal escuela o el desprecio por tales otros, compartidos con pasión por algunos miembros de la cofradía de la que aquí se habla, les lleva a crear sociedades aún más secretas, de escasísimos componentes, desde luego, pero unidos hasta la muerte, sí, hasta la muerte, por el amor apasionado hacia algún poeta o por el odio irracional a algún otro.

Así es y así tiene que ser. El inmenso caudal de la poesía escrita o recitada en nuestra lengua no sólo es inabarcable sino que nos obliga de forma conminatoria a elegir.

La poesía surge siempre para comunicar, aunque sólo sea la angustia que en el hombre provoca la imposibilidad de hacerlo; con esa finalidad sale de las manos o los labios de su creador. Los lectores, al leer los poemas, muchas veces los recreamos en nuestra pletórica soledad, pero otras se los leemos a aquél al que queremos transmitirle pensamientos, sentimientos o experiencias que esa lectura expresará de forma inmejorable. Al escuchar el poema que el otro nos recita, no sólo recibimos el mensaje que en sus versos contiene, sino que estamos aprendiendo muchas cosas del que nos lo ofrece, al que estamos conociendo de forma más profunda.

Eso es lo que hace Luis Alberto de Cuenca con Las cien mejores poesías de la lengua castellana. Luis Alberto de Cuenca ha respondido al divertido encargo que Víctor García de la Concha le hizo el pasado año de seleccionar las cien mejores poesías de la lengua castellana, a la manera que lo había hecho Marcelino Menéndez y Pelayo, también, como él, Director de la Biblioteca Nacional, encerrándose un mes con su memoria y con algunos libros para dar un repaso a ese océano de maravillas que son los tesoros de nuestra poesía.

Lo ha hecho con toda su inmensa sabiduría de conocedor acreditado de la poesía, y no sólo de la española, y toda su exquisita sensibilidad de poeta que sabe el valor que la palabra tiene para conocer y comunicar. Pero, además, al seleccionar poemas y canciones, lo ha hecho pensando en el lector. Un lector con el que ha buscado la complicidad amistosa ya desde esas ligeras, armoniosas, cálidas, inteligentes y, también, eruditas líneas que nos da para presentarnos cada poesía elegida.

Así, la antología del bastante sesudo Director de nuestra incomparable Biblioteca Nacional se lee como se escuchan las confesiones de un amigo. En más de una ocasión Luis Alberto de Cuenca ha hecho pública su aversión hacia los diarios íntimos, esa exhibición muchas veces impúdica del devenir de cada cual. Pues bien, esta selección de poemas es, a su manera, la forma que ha elegido el grandísimo poeta que es, para mostrarnos sus gustos, sus caprichos, sus fidelidades, en definitiva, los afectos más esenciales de su Weltanschauung. Al terminar la lectura del libro, sabemos mucho más sobre Luis Alberto de Cuenca de lo que nos podría haber transmitido en unas confesiones biográficas. Y, por supuesto, al terminar esa lectura tenemos la sensación de haber culminado un hermoso viaje, otro más, por la infinita selva de nuestra poesía en la que Luis Alberto, como un nuevo Virgilio, se ha ocupado de llamarnos la atención hacia rincones que, otras veces, nos han pasado desapercibidos. No supone una sorpresa su admiración por el Romancero o por el Cancionero Tradicional, aunque sería bueno recordar su aseveración de que "la lírica de tipo tradicional es una de las creaciones máximas del idioma, un prodigio de intensidad expresiva, misterio y delicadeza". Tampoco nos sorprende saber de su aprecio absoluto por Manrique, Garcilaso, Fray Luis, Lope de Vega, Bécquer o García Lorca. Pero sí que resulta significativo que de Góngora prefiera su vena neopopulista y que preste bastante atención al otras veces maltratado siglo XVIII y que elija poemas en los que se mezclan la narración en verso y el lirismo como "El tren expreso" de Campoamor o "La víbora" de Nicanor Parra, y que de Rubén nos sorprenda con la fascinante, y también narrativa, "Epístola a la señora de Leopoldo Lugones".

En el prólogo al libro, nuestro Virgilio declara, sincero, "que mi selección de hoy no sería mañana la misma". Pero quedémonos con ésta que, caprichosa, amable y generosamente nos ha entregado aquí Luis Alberto de Cuenca. Nos servirá para conocer mejor la poesía española y a él mismo y, al conocerlos, quererlos un poco más.

Parkinson

No recordamos exactamente el nombre de aquella coctelería. Posiblemente sea que no queremos recordarlo. Quizás tuviera un nombre rizadamente anglosajón, o algún arcano acróstico, o algo más nítidamente hortera. Pero el caso es que nos gustaba, y todos los fines de semana, Ane y yo quedábamos con Juanjo y Diana, dilatábamos la tarde en la calle Pozas y, después de un sandwich o una hamburguesa, nos dirigíamos a la coctelería. Allí, mientras Juanjo resolvía de nuevo tomarse un destornillador (de aquéllos llenos de fruta, cuyo aroma zumbaba en medio del círculo que hacíamos con los taburetes), Diana, Ane y yo nos introducíamos en la carta de cócteles dispuestos a probar los néctares más extraños.


– Por favor, un Remeros del Volga, un Ciudad Prohibida de Pekín y un Caricia del Caribe – podía ser nuestra demanda, ese tipo de cosas que uno pronuncia con tono difícil, con la voz potente que se reclama siempre de un tipo seguro de sí mismo pero, a la vez, con el deje de escepticismo de quien sabe que esas denominaciones no pasan de ser un género literario.


– Johnny: un Remeros, un Pekín y un Caribe -compilaba entonces Genaro, el encargado, mientras miraba a la otra punta de la barra.


Y allí, muy cerca de la puerta de la cocina, Johnny sonreía y ponía manos a la obra.


Aquella era una de nuestras aficiones nocturnas más queridas: recorrer las coctelerías de la ciudad. Era un quiero y no puedo para gente como nosotros, que ya no buscábamos aventuras ni sucesos extraordinarios, sino la suave tranquilidad de dos parejas con vocación de indisolubles. Juanjo y yo éramos amigos desde el colegio. Nos habíamos emborrachado muchas veces juntos. Ahora salíamos con dos chicas, y habíamos comprobado, casi con alivio, que ellas se gustaban y querían llevarse bien. Son ese tipo de cosas que le reconcilian a uno con el mundo: cuando se siente el temor de que el amor, como ocurre a menudo, pulverice amistades anteriores. Afortunadamente, entre nosotros, no había sido así.


Juanjo y yo nos sabíamos amigos, pero (quiero pensar que en ello había hasta galantería) cada uno había cedido el paso a una mujer que se interpusiera en nuestra amistad. La íntima confianza había retrocedido en favor de un sereno aprecio, y ellas estaban allí, para enseñarnos, como ha ocurrido durante generaciones, cuál es el lugar que el hombre, ese animal confundido, debe buscar en el mundo con su ayuda.


Con esos vagos afectos, cuyas líneas se entrecruzaban de unos a otros (y era hermoso que así fuera) terminamos conociendo todas las coctelerías de la ciudad. Pero sin duda era la de Genaro y Johnny nuestra preferida.


– Un Romántico, un Delicia de Shangai, un Viento de Tartaria – repetíamos.


Y Juanjo, como siempre, demandaba su destornillador, barroco, deslumbrante, rebosante de frutas.


Aquella coctelería, cuyo nombre no recordamos, tenía buenas razones para ser la más escogida. Pregúntenselo a Genaro.


– Romántico, Shangai y Tartaria – volvía a repetir.


– Y un destornillador – Diana, atenta a los deseos de su chico.


Y Johnny, otra vez, poniendo manos a la obra.


– Es mi mejor camarero – nos decía Genaro, como ese tono confianzudo que utilizan los gerentes inteligentes con sus clientes habituales-. Y además, os vais a reír, ¡va ganando con los años!


Johnny, hay que decirlo de una vez, era un viejo diminuto que hace años debería haber entrado en la jubilación, por no decir pasado a mejor vida.
Genaro nos aseguraba que lo mantenía porque aún le quedaban algunas cotizaciones para conseguir una pensión.


– Yo quiero que Johnny pase sus últimos años tranquilo – decía.


Pero no lo creíamos. Genaro era uno de esos sujetos que convierten las trampas de la burocracia en armas a su favor. Habría intentado cualquier cosa para justificar que un viejo como Johnny siguiera a su servicio: Johnny era la mayor atracción de la coctelería.


A nosotros no nos gustaban aquellos bármanes efectistas que lanzaban los cubitos de hielo por el aire, los estrellaban contra los muebles de su establecimiento y, tras recogerlos de revés con sus pinzas plateadas, los metían en tu vaso. En cierto modo, nos creíamos expertos, y preferíamos con mucho el estilo sobrio y clasicista que Genaro había impuesto en su local: nada de tonterías, el cóctel bien hecho, y el único efectismo el que uno sienta en su boca.


Johnny era el principal responsable de la calidad de aquellas secretas combinaciones: Johnny, al contrario de lo que ocurre casi siempre, había conseguido su mayor esplendor profesional al final de una carrera como barman que había sido hasta entonces, la verdad, bastante oscura.


Expulsado, por senilidad, de su último trabajo, Genaro se había hecho cargo de él. Genaro era un empresario vocational, un verdadero talento que puede sorprenderte con genialidades de ese tipo.


– Johnny? ¿Ese viejo en el negocio? – le había dicho uno de sus socios- Es un inútil. ¡Tiene Parkinson!


– Precisamente por eso.


No había más que echar un vistazo a Johnny para percibir su singular cuadro patológico: diminuto, escuchimizado, guardaba bajo su correcto esmoquin un cuerpo que tamborileaba como una lavadora vieja. Sus brazos parecían dos latiguillos nerviosos que fueran a salir en cualquier momento disparados hasta estrellarse con el techo. Dios mío, decíamos a veces nosotros (legos, al fin y al cabo, en medicina), lo de Johnny parecía un estadio terminal.


Pero esa gravosa tara de la vejez se transformaba en una prodigiosa habilidad a la hora de tomar la coctelera y agitarla eléctricamente durante breves segundos.


– Eso es -nos decía Genaro, contemplando, apoyado en la barra, las evoluciones de Johnny con la coctelera – movimientos enérgicos y cortos, casi sacudidas eléctricas. Amigos, un experto eso siempre lo nota.


Y nosotros, respetuosos ante tanta maravilla, decíamos que sí, que por supuesto, que siempre lo notábamos.


Había veces en que Johnny, en el devenir de su trabajo, debía atravesar la barra de un extremo a otro. Y si nosotros estábamos sentados en los sofás del fondo, podíamos contemplar su cabecita que, como los patos de un tiro al blanco de feria, se desplazaba entre breves convulsiones, a la altura de los codos de los clientes sentados en sus taburetes. Las gafas le bailoteaban en la cara, y nosotros, que ya íbamos cogiendo confianza, le gritábamos a veces:


– ¡Johnny, joder, cualquier día te rompes!


Y Johnny, muy ufano, sonreía, porque reconocía en aquella especie de enfermedad lo más acabado de su virtuosismo hostelero.


Un par de radios locales habían entrevistado alguna vez a Johnny y a Genaro. Cierta’ noche, mientras Johnny nos atendía, notamos cómo su mirada se escapaba inevitablemente hacia una columna del local: allí descubrimos un recorte de prensa, enmarcado, y en él una foto de Johnny, cuya cabeza reducida asomaba en medio de una larga hilera de botellas.


– Le han sacado en el periódico -nos explicó Genaro, y luego, confidencialmente-: Está como loco el chaval.


Y nosotros felicitamos con los ojos a Johnny que, en el otro extremo de la barra, sonreía con gesto modesto y mejillas encarnadas, mientras su brazo de colibrí batía vertiginosamente un nuevo combinado.


Llegó un momento en que la situación de Johnny se hizo casi insostenible.
Año tras año, su cuerpo había ido menguando. Hacía tiempo que Genaro le había prohibido tocar la vajilla; un plato o una copa en manos de Johnny no es que fuera un cúmulo de añicos, sino que, antes de alcanzar tan apacible estado, podía convertirse en un peligroso proyectil que sobrevolara el local en busca de la primera frente descubierta.


Ahora, Johnny se limitaba a esperar hasta que algún otro camarero pusiera la coctelera en sus manos y comenzara a agitarse con ella casi hasta hacerse invisible, como las hélices de una avioneta cuando van tomando impulso.


Y nosotros, al final (quizás presintiendo que el final ya se acercaba) aplaudíamos y, envalentonados por las copas bebidas, coreábamos su nombre.


El tiempo fue pasando. Quiero decir con esto que Juanjo y Diana, Ane y yo, nos casamos, que poco a poco fuimos consiguiendo modestas promociones profesionales, que vivíamos en esa felicidad honesta y sencilla de la gente que va liquidando poco a poco sus préstamos bancarios.


Hubo un año en que, tras las vacaciones de verano, volvimos a la coctelería. Buscamos con los ojos la descacharrada anatomía de Johnny. Pero sólo vimos a Genaro.


– ¿Dónde está la figura? -preguntamos.


No hubo tiempo de que algún oscuro presentimiento creciera dentro de nosotros.


-Tomen lo que quieran, muchachos -dijo luego Genaro, alzando por fin la cabeza-. Hoy invita la casa. Por el viejo Johnny, que nos ha dejado para siempre.


Creo que no volvimos a aparecer por aquel lugar. Nos hubiera parecido una completa desconsideración a su memoria. Quizá esto suene ahora un poco ridículo, pero entonces nos pareció el único gesto de homenaje que podíamos permitirnos.


Ane y yo dejamos de salir con Juanjo y Diana. Habíamos pasado demasiado tiempo juntos. La confianza envalentona a todo el mundo. Hubo algunas discusiones. Vagos resentimientos. Ahora apenas nos veíamos.


En casa, Ane y yo teníamos un precioso mueble-bar. Apenas salíamos de copas. Los años, como sabe cualquiera, se traducen en cansancio. La gente madura que se resiste esforzadamente a esa realidad resulta esperpéntica y los que no quieren engañarse les contemplan con una secreta piedad.


Ane y yo habíamos perdido un hijo. Luego tuvimos otros dos. Ane sufría a veces unas horribles jaquecas. Yo había cambiado algunas veces de trabajo. En realidad no éramos exactamente felices, pero tampoco encontrábamos suficientes razones para creernos desgraciados. Estoy seguro de que intentan comprenderme, y de que pueden hacerlo.


Ahora yo tampoco bebía mucho, pero los domingos, a la noche, cuando la perspectiva de una nueva semana de trabajo se cernía, como una horrible sombra, sobre nuestro pequeño piso, sacaba la coctelera. Practicaba. Ensayaba. Inventaba alguna cosa, y sin embargo, siempre se trataba de sabores demasiado forzados, sabores nunca del todo logrados, como si les faltara algo para considerarlos definitivamente conseguidos, sabores vagos, dignos de olvidarse pronto. Quizás amargos.


Agitaba la coctelera con gesto mecánico. Últimamente, Ane no me acompañaba. Ella ya sólo bebía agua y, a esas horas, sus comprimidos para la cabeza.


Agitaba, sí, la coctelera, yo solo, sin decir nada. Y me servía una copa. Quizás pensaba en Johnny, quizás hiciera esto como un obstinado homenaje a su memoria, o quizá pensara en nosotros, en todo lo que habíamos cambiado sin que pareciera que había cambiado nada. Y luego, me la bebía. Bastaban un par de tragos rápidos y atropellados, en los que casi nunca había placer y que sin embargo tampoco tomaban forma de castigo, como suele ocurrir acaso con muchas otras cosas de la vida, cosas preñadas de amargura, que se hacen por costumbre, que se hacen porque sí.